sábado, noviembre 14, 2020

Gabo guionista


 






Los caminos de la fama pública, bien se sabe, son innumerables. En el caso de Gabriel García Márquez ha sido la novela el género que más prestigio le ha granjeado, pero no es posible olvidar que una considerable cuota de reconocimiento se la han obsequiado los lectores gracias a la labor del colombiano en el cuento (Doce cuentos peregrinos, que luego mudaría de título a Extraños peregrinos), en la crónica (Cuando era feliz e indocumentado), en el reportaje (Miguel Littin clandestino en Chile), en la columna (Textos costeños) y en la autobiografía (Vivir para contarla). Además de eso, ya de por sí abrumador, el Nobel 1982 se ha dado tiempo para autorizar a las casas editoriales la publicación de libros en donde frontal u oblicuamente toca un género apendicular de la narrativa: el guion.

La bendita manía de contar no es, obvio, un libro capital en la producción garciamarqueciana, ni siquiera es posible anotarlo en su ya copiosa lista de títulos imprescindibles, la que encabeza Cien años de soledad. Es, en cambio, un libro periférico, una de esas obras que engordan la bibliografía de un autor sin agregarle demasiados nutrientes, una de esas obras que satisfacen la voracidad del mercado editorial hoy acostumbrado a publicar, si se trata de un famoso, lo que sea, absolutamente lo que sea.

Pese a ello, La bendita manía de contar puede ofrecer, como sus congéneres Cómo se cuenta un cuento y Me alquilo para soñar, una idea de lo que ocurría al interior de los talleres de guionismo coordinados por García Márquez, y no es inoportuno señalar que sus lectores primarios son aquellos escritores que comienzan la escalada de armar guiones de carácter narrativo, obras que serán el punto de arranque para la producción de televisión y cine.

El libro contiene una introducción de ggm, cuatro partes a su vez divididas en nueve segmentos y un breve anexo donde se enumera a los integrantes del taller, entre los que destaca el cubano Senel Paz. En la entrada es el propio colombiano quien explica a qué se refiere con “la manía de contar”, rasgo que deberán tener los que aspiren a trabajar en el sacrificado mundo del guionismo. Para empezar, observa a sus talleristas:Siguen pensando en términos de imagen, estructuras dramáticas, escenas y secuencias, ¿no es así? Pues bien: olvídenlo. Estamos aquí para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo, hablando con entera franqueza, si eso es algo que se puede aprender. No quisiera descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no (...) Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se hace. Claro que el don no basta. A quien sólo tiene la aptitud, pero no el oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia... Eso sí, posee lo principal. Es algo que recibió de la familia, probablemente, no sé si por la vía de los genes o de las conversaciones de sobremesa”.

García Márquez describe, en general, la vocación del narrador nato, para luego particularizar en la del guionista. Esta introducción, como todo el libro, ha sido transcrita directamente de las sesiones del taller, así que tiene el tono campechano y desenfadado característico en la conversación del Nobel. Al dirigirse a los sesionantes, la voz del colombiano se despoja de almidonamientos y explica los secretos del oficio como si conversara en el café. Así, describe por ejemplo que “Para nada se necesita más humildad en este mundo que para ejercer con dignidad el oficio de guionista. Se trata de un trabajo creador que es también un trabajo subalterno. Desde que uno empieza a escribir sabe que esa historia, una vez terminada, y sobre todo una vez filmada, ya no será suya”.

Cada segmento de La bendita manía de contar encierra pasajes de las reuniones en las que el autor de El amor en los tiempos del cólera dialoga con sus discípulos en torno a la confección de historias. La dinámica es sencilla, y la organización formal del libro la refleja con mucha claridad: cada participante asume la voz con libertad, y aunque uno supone que el moderador de esas reuniones es García Márquez, él queda inmerso en la conversación y aparece como un interlocutor más, acaso el más experimentado y brillante, pero con una voz que no sofoca la de sus alumnos.

Hay muchos puntos muertos en el libro, participaciones cuya omisión no sería gravosa, pero en todo momento no deja de latir el interés gracias a que los talleristas y su maestro arman verdaderas polémicas en torno a las historias que tratan de articular; lo principal allí es ver la pertinencia de una acción, de un personaje, la necesidad de buscar el inicio y el final de una anécdota, el acomodo de la cronología en una larva de guión. No discurren los participantes —como lo advirtió GGM en su presentación— por el andamiaje teórico del relato, sino que entran directamente a la armazón de los posibles guiones, es decir, cuentan historias que luego se convierten en dinamos del debate, en historias llenas de vericuetos desarmables.

Para los interesados en el cine y en la televisión, en el guion y en García Márquez, La bendita manía de contar puede ser un título atractivo, la puerta de acceso a la semilla de donde surgen las películas y las series de tv.

La bendita manía de contar, Gabriel Márquez, eictv/ Ollero & Ramos/ DeBolsillo, Barcelona, 2003, 201 pp.

miércoles, noviembre 11, 2020

Gol del alma













Murió de viejo, a los 85, solo, viudo, en su cama y convertido en una pasita de ser humano. No puede decirse que haya vivido con lujos, jamás los tuvo, pues en sus mejores épocas pagaban nada o casi nada aunque fueras una estrella y jugaras como príncipe y con tu equipo encima, en la espalda. Don Manuel “Araña” Bustamante lo fue, fue estrella. Regional, pero lo fue. Aunque eran otros tiempos. Allí sí se jugaba, como dicen, por amor al arte, un arte que en este caso era el futbol. Se vivía entonces de otros trabajos, no del deporte aunque le llamaran “profesional”. Claro que les pagaban, pero digamos que con lo que se echaban al bolsillo se hacían de algo, de una casa o un carrito nomás, apenas de lo necesario para retirarse con cualquier cosa en las manos, no como ahora que en una o dos temporadas en primera hacen lo que no soñaban hacer los jugadores de antes en toda su vida. Bueno, pero no me pierdo. Decía que don Manuel murió de viejo, solo pero muy querido. Enviudó a los setenta, cuando ya no podía caminar. Había tenido un hijo que murió joven, en un accidente allá por Piedras Negras. El caso es que al quedar solo todos pensaban, quizá hasta él, que su vida también se apagaría, pero sobrevivió. Sobrevivió quince años. Lo asombroso es que no tenía nada, ni trabajo ni pensión ni familia ni nada, y aguantó porque en 1960 anotó un gol que salvó a nuestro equipo de caer en la segunda división. No hay video, no hay nada que lo testimonie, ni una foto siquiera, pero dicen los que vieron eso que ya nos íbamos a la segunda, faltaba tal vez un minuto para que pitara el árbitro cuando don Manuel, en aquel tiempo de treinta años a lo mucho, tomó un balón rebotado en media cancha, se quitó a dos cabrones con una finta, luego se llevó al último defensa con una carrera corta en diagonal, por su lado derecho, y cuando el portero enemigo le salió, ambos como máquinas de tren, frente a frente, don Manuel metió la pierna con todos los güevos del universo, se estrelló contra el arquero y tras el choque el baloncito de gajos salió como tornillo hacia la portería. Y claro, fue gol. Cuentan que los aficionados nuestros, que hicieron el viaje hasta Morelos con una mínima esperanza de sobrevivir como visitantes, celebraron aquello como si hubiéramos ganado una guerra contra Estados Unidos. Don Manuel llegó a nuestra región y ya jamás perdió el respeto de la gente, sobre todo de la que vivía en su barrio. Al enviudar, postrado y con achaques crecientes, no faltó que los vecinos le llevaran permanentemente de comer, o le ayudaran con su aseo, o le acercaran un doctor para sus revisiones.
Sin saberlo, hacía poco más de cincuenta años que don Manuel “Araña” Bustamante amarró la pensión de su vejez con un gol salvador, uno de esos pepinos que caen a punta de riñón, a pura dignidad, metidos con el alma, no con el pie.

sábado, noviembre 07, 2020

Cuentos juveniles en Acequias 82



















Como lo comenta el escritor Daniel Salinas Basave en el texto que abre el número 82 de Acequias (“Los rapsodas de la peste”), en todos lados y en todos los medios los seres humanos estamos dejando constancia escrita e icónica de nuestras ideas y nuestros sentimientos ante la actual pandemia. Este material servirá quizá, no lo sabemos, para que en el futuro los historiadores y cualquier curioso del pasado tengan mejor conocimiento de lo que intelectuales, políticos, periodistas, artistas y demás expresaban mientras un virus asolaba —como todavía lo hace hasta hoy— al planeta.

Para promover la creatividad de las y los jóvenes y para saber al menos aproximadamente cómo han atravesado la pandemia, la Escuela Carlos Pereyra y la Ibero Torreón convocaron a un concurso de cuento en dos categorías: preuniversitaria y universitaria. El resultado es muy interesante, pues muchos jóvenes que tal vez no iban a escribir nada al respecto se vieron estimulados a crear relatos en los que asoma su percepción del momento actual, de este anómalo 2020. Llama la atención que en sus ficciones se sienta una especie de hilo conductor que asemeja los relatos pese a sus diferencias. Por ejemplo, que sus personajes hablen en primera persona, casi como un alter ego que expresa sentimientos entrañables, muy próximos; también, la presencia de cierta desesperación que termina por enloquecer, por crear fantasmagorías tras el encierro prolongado, lo que nos habla de la alta valoración de la libertad como prerrogativa social que de momento les ha sido restringida. Si este concurso sirve para favorecer la escritura literaria de las y los jóvenes y de paso saber lo que piensan durante/tras el confinamiento, la convocatoria ha cumplido su propósito. En similar tenor, el número 82 de Acequias suma dos trabajos de otro concurso, el de reseña bibliográfica. Dos jóvenes lectoras de la Ibero Torreón abordan cada una libros muy distintos, ambos valiosos.

Además del ensayo inicial del también reportero Salinas Basave, Acequias 82 suma un artículo de la maestra Laura Elena Parra sobre las fake news; un largo y pormenorizado reportaje del periodista Iván Hernández sobre el auge del ajedrez en tiempos de pandemia; una reseña del escritor Miguel Báez Durán sobre la serie/película Downton Abbey; una reseña sobre una novela de Enrique Medina (escritor argentino lamentablemente poco conocido en México) y un cuento del maestro Raúl Blackaller.

Acequias puede ser leída en la web de la Universidad Iberoamericana Torreón. Su presentación se llevará a cabo este lunes 9 de noviembre a las 5 por la vía del Facebook Ibero Torreón.


miércoles, noviembre 04, 2020

Ficciones y celulares

 








El fin de semana vi dos películas y supongo que debido a que ambas son thrillers vinculé muchas de sus situaciones a la posibilidad de tener o no un celular. Dado que en la ficción ayuda mucho el ingrediente de la incertidumbre, y dado que muchas veces la incertidumbre se debe en gran medida a la incomunicación, tener un celular haría más fácil el desbaratamiento de las tensiones provocadas por el hecho de no poder comunicarse para pedir ayuda.

Esto lo vio claro Hernán Casciari y lo planteó en el artículo “El móvil de Hansel y Gretel”. Arranca así: “Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: ‘No importa. Que lo llamen al papá por el móvil’”.

Y continúa: “Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción”.

Efectivamente, la ubicuidad de celular ha provocado que muchas historias tanto de la literatura como del cine, sobre todo del cine, primero lo incluyen y debido a las exigencias de tal o cual argumento luego provoquen que sea perdido por los personajes o, en el peor de los casos, que se quede sin carga en situaciones extremas. Este obstáculo para las historias (es decir, la ventaja de tener celular) no lo enfrentó Seven (1995), una de las cintas que recién vi. Más bien volví a verla creo que por tercera vez, y ahora me obsesionó el detalle de imaginar en su trama un celular. Sobre todo en el clímax, pues David Mills (Brad Pitt) pasa mucho tiempo metido en el asunto vertebral de la historia y en todo ese lapso no llama ni manda un mugre mensajito de Whatsapp a Tracy (Gwyneth Paltrow), su mujer, lo que da estupenda pauta a la construcción de la sorpresa final. En 1995 ya había celulares, pero todavía no se popularizaban, así que los guionistas de Seven pudieron prescindir de ellos. A lo mucho, por allí, en alguna escena, el detective William Somerset (Morgan Freeman) usa lo que parece ser un “beeper”, aparato que tuvo cortísima vida.

La otra película que vi es de 2016. Su título es No respires, y en ella los jóvenes que entran a robar la casa de un ciego todopoderoso no pueden no tener celulares. En cierto momento amagan con usarlos para salvarse, pero deciden no hacerlo y luego los pierden, lo que impide su comunicación, torna casi imposible su escapatoria y viabiliza la zozobra.

Cierto que en la vida diaria los celulares han hecho más frecuente y fluido nuestro contacto, pero en algunas ficciones son un estorbo con el que los guionistas deben lidiar, principalmente en las películas de suspenso. En ellas, casi indefectiblemente, los celulares deberán perderse, descargarse o, si el thriller fuera mexicano, quedarse sin saldo del Oxxo.


sábado, octubre 31, 2020

Ochenta años de Saúl Rosales


 







Saúl Rosales cumplió ochenta años el pasado jueves 29 de octubre. Nació en Torreón el mismo mes y el mismo año, lo digo como coincidencia onomástica, que Lennon (el 9) y Pelé (el 23), sólo, pues, con algunos días de diferencia. Él es, como muchos sabemos sobre todo en La Laguna, uno de los escritores más queridos y respetados en nuestra comunidad, acaso el hombre a quien en la literatura lagunera mejor le calza el título de maestro. Lo ha sido, y amigo también, de muchos que con mayor o menor talento y fortuna ejercemos aquí el oficio de escritores, y creo que en general le tenemos una mezcla pareja de admiración, cariño y gratitud.

De Saúl he dicho y escrito mucho, y creo que me ha cabido en suerte, no sé, ser uno de sus amigos literarios más cercanos desde hace casi cuarenta años. En los más recientes he tenido además la suerte de trabajar junto a él en la edición de sus libros, lo que nos ha llevado a conversar durante muchas horas no sólo de literatura, sino de todo lo que le/me interesa. Aunque de natural, digamos, melancólico, Saúl es un tipo con extraordinario sentido del humor, agudo siempre en sus observaciones sobre lo que le rodea y un obsesivo apasionado de la palabra. Ha sido, también lo sabemos, un espíritu abierto a las manifestaciones más altas del arte en la música, el teatro, la pintura, de lo que ha escrito mucho, y esto no significa que desdeñe el arte popular cuando en él nota autenticidad y vena. Son abundantes pues los elogios que puedo volcar a su persona, pero no necesito hacerlo porque ya lo he hecho en muchos foros y espacios impresos, además de que él sabe bien que el afecto que le tengo viene de muy lejos y es genuino.

La suma de sus libros, sólo de sus libros, alcanza veinte títulos. De temas misceláneos (como él denomina este rubro), están Dichos de Sor Juana; Sor Juana. La Americana Fénix; Un año con el Quijote; Don Quijote, periodistas y comunicadores; Cronistas, historiadores y crónicas; Mi iconografía del barrio de Yáñez; Jales sobre habla lagunera; Poesía de la música grande; El guerrillero Raúl Florencio Lugo; Reseñas y señales de narrativa y poesía laguneras y Jesús Morales Hernández. Un vikingo en la guerrilla urbana. De cuento, Autorretrato con Rulfo, Memoria del plomo y Vuelo imprevisto. De poesía, Vestigios de Eros, Floración del sueño, Dialéctica de la pasión y Recolecta en el ocaso, además de la novela Iniciación en el relámpago y la obra de teatro Laguna de luz. Aunque es una producción a un tiempo vasta y valiosa, la obra dispersa de Saúl en artículos y otros materiales para la prensa alcanzaría para fraguar varios libros más.

Además de todo lo anterior, uno de los flancos más importantes de su trabajo como hombre literario ha estado hondamente marcado por la docencia y la edición. Saúl ha sido, desde su retorno a La Laguna en los albores de los ochenta, un incansable editor de publicaciones en las que muchos han visto su obra impresa por primera vez (me cuento entre ellos) tanto en suplementos culturales como en revistas y libros. Podemos mencionar, sólo como ejemplos, el suplemento Opinión Cultural, El Juglar de la UAdeC, la revista Estepa del Nazas y libros colectivos de cuento, ensayo y poesía que han nacido de su entusiasmo por difundir la escritura ajena, sobre todo de los jóvenes.

A los ochenta de su edad, puedo decirle de mi parte gracias, Saúl, por tanto, por todo lo que me, por todo lo que nos has dado. Nos quedan aún muchas conversaciones por delante.


miércoles, octubre 28, 2020

Novedades en el Archivo Histórico












El Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) de la Ibero Torreón ha dado recién un nuevo paso en su evolución como resguardo y difusor de documentación principalmente vinculada al pasado de La Laguna. Bajo la dirección de la doctora Laura Orellana Trinidad, la semana pasada el AHJAE puso en marcha un servicio que seguramente será de gran utilidad para los investigadores: un catálogo digital y un blog con novedades. Ambos espacios se erigen desde ya como herramientas útiles para acceder, desde cualquier lugar del mundo, a los fondos catalogados de acuerdo a normas internacionales hoy vigentes en el ámbito de los archivos históricos.

“El Archivo Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) tiene un importante acervo documental de personas, familias, organizaciones y empresas, todos ellos de interés para la comprensión de los procesos históricos de la Comarca Lagunera. El impacto de algunos de nuestros fondos alcanza un nivel nacional e incluso internacional. Para proporcionar un mejor servicio a nuestros usuarios, hemos comenzado un proceso de transición hacia la digitalización de los fondos documentales. Sin embargo, este procedimiento llevará algún tiempo; por esta razón mantendremos las dos modalidades en que los fondos y colecciones documentales de nuestro archivo pueden ser consultados”, señala en su presentación.

Los documentos digitalizados y puestos ya en línea corresponden hasta el momento a diez fondos y colecciones, y la idea es sumar gradualmente otros materiales del acervo. Entre los diez que ya están disponibles para la consulta se encuentra, por ejemplo, “La lucha de clases en la Comarca Lagunera 1932-1952”, memoria escrita por Carlos G. Monsiváis que consta de 96 cuartillas, escritas a máquina, copia del original, que fue entregada por su nieta política, Aurelia Nájera de la Torre. En este documento, Carlos G. Monsiváis buscó dejar asentada “la lucha que llevó a cabo la organización en defensa del trabajo que contribuyó a fundar: el Sindicato Gremial de Albañiles y Ayudantes del Municipio de Torreón, que tuvo una existencia de dos décadas. Durante este periodo, Monsiváis también formó parte de una célula del Partido Comunista en la Comarca Lagunera; de ahí que dé cuenta de los hechos más sobresalientes de la vida de este sindicato, con un lenguaje e interpretación marxista”. Como este fondo ya hay disponibles nueve más, todos de suyo interesantes y perfectamente catalogados y listos para su consulta.

Además de lo anterior, fue creada la Bitácora del Archivo, blog cuyo propósito, señala en su intro, es acercar, “de manera contextualizada, a algunos de los fondos documentales del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ. El objetivo es interesar a nuestros lectores en los acervos de las personas, familias y organizaciones de la Comarca Lagunera, a partir de su conocimiento, de la época en que se generaron y de las preguntas que despiertan actualmente sus documentos”. La Bitácora será pues un estímulo para favorecer el conocimiento de los fondos y su potencial consulta.

Con ambas herramientas del AHJAE (Catálogo digital y Bitácora), el estudio de la historia lagunera tiene dos nuevos aliados. No podemos más que celebrarlo.


sábado, octubre 24, 2020

Oficio de morir


 











Así pues (estos inicios desconcertantes los aprendí de Héctor Libertella), tengo una profunda admiración por ciertos libros viejos. Me gusta, como a cualquiera, que estén en buen estado, sin máculas de agua u otros agentes agresivos con el papel, como la grasa o los alimentos. No me refiero a cualquier tipo de libro, sino a aquél que por alguna razón sí deseo leer. En otras palabras, no me gustan sólo como objetos, por su sola antigüedad y para acumularlos en un museo privado con el fin de alimentar una suerte de bibliofilia ornamental. Si consigo un libro antiguo, primero me aseguro de que su tema me interese y de que su tipografía sea clara, pues la idea de la que parto tiene muy poco o casi nada que ver con el coleccionismo y sí, absolutamente, con el gusto literario y a veces con el potencial deslumbramiento ante el repentino encuentro de escritores desconocidos.

Los libros literarios de las décadas del cuarenta y cincuenta me complacen sobremanera. Esos libros de portadas sólo impresas con tipografía y, cuando mucho, una severa viñetita, son mis favoritos. Hace no tanto encontré uno publicado en 1958 por, dice el sello, Ediciones de la Revista de Bellas Artes. Su título es Oficio de cadáver, de Tomás Díaz Bartlett, poeta nacido en Tenosique, Tabasco, en 1919; su vida fue corta, pues murió en 1957. Como suele suceder cuando uno hurga en librerías de saldos y viejas ediciones, no tenía noticia de este escritor, así que volví las páginas con un tenue velo de expectativa, con el tranquilo deseo de encontrar alguna sorpresa. Lo que leí fue más que una sorpresa: hallé una voz poética madura pese a su juventud, serena pese a la angustia de estar ferozmente picoteada por la muerte.

Díaz Bartlett vivió en Puebla, Toluca y Veracruz. En 1945 se recibió de médico cirujano en el Distrito Federal, donde ejerció durante un tiempo. Una enfermedad se atravesó en su vida y quedó postrado con la esperanza de recobrar la salud, lo que no sucedió más. Allí escribió, casi muerto. Tenía cerca la amistad de Carlos Pellicer, su paisano, y su poesía, publicada poco a poco en dos libros (Bajamar, 1951; Con displicencia de árbol, 1955), despertó la admiración de algunos buenos lectores, como Andrés Henestrosa.

Oficio de cadáver es un libro póstumo. Su título es más que elocuente y terrible, y aunque parezca increíble, no condesciende al lloriqueo, a la lágrima chantajista. Es, más bien, un libro estoico, sereno, diríase que hasta luminoso, como si el poeta, para analizarse mejor, saliera de sí mismo para verse desde fuera, agónico: “Hace mucho tiempo que no vengo a verme / y ya me es necesario / platicar conmigo”. El poeta aquilata lo que tiene, ya un mendrugo de vida, porque sabe que el final lo acecha: “Si tú quieres saber si amas la vida / acércala a la muerte”. El hombre tiene plena consciencia de su prisión: la cama y su propio cuerpo: “Estoy aquí, medido por una cama, / amontonado en mí / echado hasta la esquina de una sábana”, o en este par de versos: “Y me reclamo como único / habitante de mí mismo”. En tal circunstancia, al borde del abismo, siente que ha llegado al Conocimiento: “Lo único malo es que todo se aprende / en ese mismo punto / en que acabó el camino”.

Díaz Bartlett escribió sobre sí mismo, pero dado que todos avanzamos a la muerte, en la salud o en la enfermedad podemos pensar esto o algo parecido: “Aquí me tienes, vida, / ayudando a mi cuerpo”.

A veces pasa eso: descubrí entre libros viejos a un gran, gran poeta.

miércoles, octubre 21, 2020

MI altar para Cuatro ingenios


 











Extraña, curiosa, arbitrariamente se comporta la glándula de nuestra sensibilidad cuando se trata de elegir. Entre mis libros hay algunos de mejor acabado material que otros, por supuesto, obras cuya apariencia física —y cuyo precio también— obliga a calificarlas de preciosistas. Tengo, vaya un par de casos, El renacimiento en Italia o la edición de lujo preparada para dar arranque a las Obras completas de Alfonso Reyes, pero he comprobado que, como objetos, no logran seducirme tanto como mi humilde, austera, discretísima segunda edición de Cuatro ingenios, volumen de bolsillo que la Colección Austral, de Espasa Calpe, publicó en 1950 con el número 954.

Es muy curioso. Una secreta amistad he logrado entablar con este librito de camisa verde y no tan amplia cantidad de páginas (141). Lo compré a diez insignificantes pesos en una librería de viejo, y ese precio se mantiene invicto, a lápiz, en el ángulo superior derecho de la primera página. Pero su apariencia no importa, o, si importa, lo hace de un modo que encierra algo de paradoja: el recipiente es modesto; el papel no se diga; el tamaño, más todavía. Con esas cartas credenciales se puede pensar que dicho libro no alcanza los méritos para merecer alguna veneración. Sin embargo, es precisamente por eso que Cuatro ingenios significa para mí infinitamente más de lo que vale su papel. Desde que lo compré, no recuerdo cuándo, sentí que sólo el arte de la edición era capaz de envasar en recipientes tan humildes la mayúscula obra de un escritor tan admirado y querible. Cuatro ingenios me revela, casi como amuleto ya, que la palabra literaria no requiere de soportes materiales de gran lujo para ofrendar al lector su sabia savia. Cuando la prosa tiene ese calado, esa firmeza, ese temple y esa hondura del intelecto y del alma, cualquier pedazo de papel es capaz de convertirse en un palacio.

Sé que los ensayos recogidos en estas páginas los puedo encontrar diseminados en este o en aquel tomos del regiomontano; sé que allá el líquido de la palabra puede lucir en vasos de glamorosa apariencia, pero también sé que en esta edición de Espasa Calpe argentina mi lectura fraterniza con una curiosa y delicada sensación de orgullo, de una íntima felicidad que ahora comparto. Deambular por los renglones de este libro, revisitarlo una y otra veces, eso ha sido para mí un goce que, reitero, raya en el fetichismo (por cierto, el único que me puedo permitir: el fetichismo de los libros). Leer sobre el Arcipreste, sobre Lope, sobre Quevedo y sobre el padre Gracián, avistar el esbozo de sus biografías, penetrar llevado de la mano en sus recintos vitales, hacer todo eso en la superficie de un libro tan pequeño y ordinario me permite reconsiderar el valor del espíritu y, en contraste, el menosprecio de la materia. Si la literatura es capaz de brillar, pienso, en recintos ajenos a la opulencia, ¿por qué no hacer lo mismo con la vida? El alma de Reyes, una pequeña parte, digamos, habita en mi edición de Cuatro ingenios. Nada impide pues que yo trate de ser yo sin ornamentos, sin lujos, como quizá alguna vez lo anheló, en un famoso prólogo, un no menos célebre espíritu gemelo de don Alfonso: Michael de Montaigne.

sábado, octubre 17, 2020

Aforística Sor Juana*










Casualmente hace poco, a propósito del refrán “debajo de mi manto, al rey mato”, mencioné un valioso libro de Nieves Rodríguez Valle, investigadora de la UNAM. La doctora observa lo siguiente: “El primer refrán del Quijote I aparece en el Prólogo y, significativamente, es ‘Debajo de mi manto, al rey mato’ (I, Prólogo, p. 51 ). Este refrán en su nivel metafórico, como todos los refranes, expresa una generalización que se aplica a una situación determinada, en donde el manto no es literalmente un manto, ni el rey un rey; el manto representa lo que puede cubrir, proteger, esconder, y el rey se presenta como la metáfora de lo más poderoso e infranqueable, lo intocable, la autoridad, la censura”.

La cita procede del libro Los refranes del Quijote: poética cervantina, vivisección pormenorizada de los dichos que acumula torrencialmente el Quijote a partir del mencionado “debajo de mi manto, al rey mato”. Destaco una sutileza visible en el título de la doctora Nieves Rodríguez: al decir que los refranes son parte de la poética de Cervantes se afirma, puesto que la poética es, digamos, el modo esencial que tiene un autor de insuflar literatura o belleza a su palabra, que la obra de Cervantes está signada por tal recurso, el del refrán.

Este procedimiento no es, de hecho, patrimonio exclusivo de Cervantes. Casi puedo asegurar que se trata de un ethos, palabra griega que suele ser usada para designar al conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad. Esto quiere decir que el uso de refranes, y en general el modo aforístico, atraviesa, permea la obra de casi todos los escritores del Siglo de Oro y su luz se extiende algunas décadas más adelante, pues todavía puede advertirse en las maneras de Sor Juana y otros escritores hispanos como Gracián o Feijoo, o novohispanos como Sigüenza.

¿Y en qué consiste el estilo aforístico? En su Diccionario de retórica y poética, Helena Beristáin, de la UNAM, apunta que el aforismo (también llamado apotegma, sentencia, refrán, adagio, máxima y proverbio) es una “Breve sentencia aleccionadora que se propone como una regla formulada con claridad, precisión y concisión. Resume ingeniosamente un saber que suele ser científico, sobre todo médico o jurídico, pero que también abarca otros campos”, y añade que “se origina en la experiencia y la reflexión”.

Tal es el estilo de Sor Juana, o al menos un rasgo saliente del estilo de Sor Juana, como bien ha subrayado Saúl Rosales en un libro de título inequívoco: Dichos de Sor Juana. Este nuevo libro glosa renglones aforísticos de la obra de la escritora novohispana. Para acometer su materia, el autor ha seleccionado fragmentos de Sor Juana en los que es posible advertir la sonoridad de una sentencia, dicho o paremia, con su consiguiente lección moral. La paremiología es, según la RAE, “tratado de refranes”, y el ensayista lagunero observa lo que de paremiológico hay en la obra de quien escribió Primero sueño. El resultado es un libro que nos abre amplias ventanas a la agudeza de la Décima Musa, a su finísima mirada sobre la condición humana.

En su advertencia, el autor señala que es “propósito de este libro acercar lectores a la obra de Sor Juana mediante giros lingüísticos que la puedan hacer aparecer próxima (prójima, o de la familia). Los dichos de Sor Juana reunidos en estas páginas proceden de poemas, obras para teatro versificadas y dos misivas: la Repuesta a Sor Filotea y la Carta a Núñez”.

Se trata entonces de 138 “dichos” de Sor Juana que el escritor lagunero entresacó para nosotros, todos con un comentario que los desmenuza clara, puntualmente, para hacerlos accesibles al lector de a pie, lector acaso menos habituado a moverse en el castellano del Barroco. Muchas veces, y esto lo he percibido con mis alumnos, el léxico y la sintaxis del español antiguo son barreras que parecen infranqueables. Muchos rechazan los Diarios de Colón o las Cartas de Cortés o la Historia verdadera de Bernal e incluso El Buscón de Quevedo porque esos señores escriben “muy raro” y no se les entiende, e incluso porque tienen “faltas de ortografía”. Si a esto añadimos la voluntad barroca de escritores como Góngora o Sor Juana, los lectores menos curtidos se agachan y se van de lado, reculan ante tal goce. Este alejamiento es lo que quiso evitar Alfonso Reyes al prosificar La fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, en un libro que se llama El Polifemo sin lágrimas, o ahora, entre nosotros, Saúl Rosales con Dichos de Sor Juana, que es casi como decir “Sor Juana sin lágrimas”.

Doy un solo ejemplo, no sin reiterar que hay 138 equivalentes en el libro. Tras citar los versos “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”, Rosales Carrillo acota: “Cuando se fracasa en un importante propósito es grato recibir alguna consolación. La máxima de Sor Juana que titula estas palabras parece adecuada para ello, para atenuar los efectos de la frustración”. Luego, poco más adelante, abunda: “Quien se haya propuesto ganar una competencia deportiva y no lo haya conseguido, quien se haya propuesto titularse como universitario sin lograrlo, quien haya pretendido obtener una casa para su familia sin obtenerla, quien haya intentado escribir un buen libro y haya fracasado, quien haya querido conquistar una pareja sin éxito —y miles de mejores ejemplos— podrían ser consolados con paremias como ésta: ‘Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso’”.

Leer Dichos de Sor Juana es, por todo, acercarnos a nuestra escritora mayor, rozar su grandeza; Saúl Rosales nos lleva de la mano a su aforística con comentarios que, estoy seguro, permanecerán en nosotros como “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”. Animémonos pues a mirar el sol que fue, que es, que seguirá siendo Sor Juana, escritora “cuya fama y cuyo nombre se acabará con el mundo”, como la ponderó Sigüenza.

Comarca Lagunera, 16, octubre y 2020

*Texto leído el 16 de octubre de 2020 en la ceremonia de reconocimiento a Saúl Rosales con motivo de su ochenta aniversario. Participamos Arcelia Ayup Silveti, Salvador Hernández Vélez, Saúl Rosales y yo. Fue organizado en el campus de la UA de C por la Secretaría de Cultura de Coahuila y la UA de C.

miércoles, octubre 14, 2020

Borges en modo profe

 











No ha terminado el rescate de todo lo que Borges publicó y, ahora también, de todo lo que dijo en las conferencias dictadas (seguramente este verbo pedante no le hubiera gustado) en los confines de su vida. De natural tímido, más allá de la mitad de su amplia vida rompió la barrera que le impedía hablar en público y, un tanto escudado en su ceguera y otro tanto para sacar provecho a su creciente fama, encaró foros atestados de gente picada por la curiosidad de escuchar en vivo su lucidez. Uno de los primeros libros abocados a recoger aquella voz tiene un título elocuente: Borges oral (1979), ya un clásico del Borges conferencista; o Siete noches (1980), igual de clásico y enjundioso.

Otro casi recién publicado es El aprendizaje del escritor, que no hospeda conferencias en sentido estricto, sino el diálogo del escritor con un grupo de alumnos de la Universidad de Columbia, en Nueva York (la edición mexicana, de Lumen, apareció en 2016 y tiene 173 pp.). El encuentro data de 1971, y en el aula Borges estuvo acompañado todo el tiempo por Norman Thomas Di Giovanni, uno de sus muchos y más puntillosos traductores al inglés. Los estudiantes que charlan con él en efecto lo interpelan, a diferencia de lo que suele ocurrir en las conferencias unidireccionales. No son, además, alumnos reunidos al azar, sino estudiantes dedicados al aprendizaje de la escritura literaria, carrera que no es precisamente la de Letras que conocemos en México.

La arquitectura del libro se basa en lo que de verdad ocurrió: se divide en tres estancias, cada una ceñida en su traslado al español a la versión audiograbada en inglés durante tres reuniones. Se trata entonces de un libro que fluye como fluye la conversación, con las digresiones y la participación espontánea de los interlocutores. En todo momento se siente que Borges estuvo cómodo, que a esa altura de su vida (los 72 años) se manejaba ya muy bien en público pese a su timidez esencial.

En la primera parte los asistentes leyeron el cuento “El otro duelo”, y en seguida todos comienzan a examinarlo. Lo interesante aquí es algo que en general no ocurre con las conferencias y las entrevistas que tienen a Borges como centro; mientras en éstas se avanza por textos y temas misceláneos, en esta charla todos focalizan su mirada en un solo relato, de suerte que vemos el camino del análisis casi frase por frase, todo socorrido por la lupa del propio autor.

El apartado segundo concierne a la poesía, y opera de manera análoga al anterior: se dio lectura a tres poemas de Borges, y él, Di Giovanni y los alumnos escudriñaron cada verso, su sentido y sus posibilidades. No falta en ciertos casos que los estudiantes inquirieran a Borges con un tono que a la distancia puede parecer algo insolente. Esto, si fue así, puede deberse a la naturaleza de los jóvenes o a que la palabra impresa nos oculta el tono y el semblante. En cualquier caso, Borges los despachó con implacable amabilidad.

El tramo final, sobre traducción, es el más largo y el que al parecer motivó más interés en los alumnos. Las lecciones de Borges en este tema, dado que también fue traductor, están llenas de sutilezas y pueden ser de alto provecho para quienes se dedican al trasiego de textos.

Si algo queda, me queda, tras abrevar en estas páginas, es el siguiente aprendizaje: en literatura —Borges lo supo mejor que nadie— todas las palabras gravitan e irradian algo, un sentido preciso y a la vez difuso, de ahí que el autor de Ficciones haya conferido tanta importancia a cada una, sin excepción.

sábado, octubre 10, 2020

Dinelo, lespeto y podel

 







Son ubicuos, prácticamente no hay lugar en el cual guarecerse para no sufrir la granizada de sus mensajes tanto icónicos como verbales. Me refiero aquí a toda o casi toda, no sé, la ola de cantantes que se mueven en la órbita del reguetón y sus modalidades adláteres. A estas alturas de la diversidad, ya casi no vale la pena meterse a pensar en lo que gusta a los demás, pues todo se ha pulverizado en ínsulas y es imposible tener una idea siquiera aproximada de lo que nos circunda. Atrevo, de todos modos, un tímido parecer sobre la base de algún contacto cercano con esos adefesios (“adefesio mal hecho”, cantó alguna vez, con delicioso pleonasmo, Paquita la del Barrio).

Vagaba en internet, creo en Facebook, y me topé con el video de un sujeto cuyo nombre desconozco, pero es lo de menos. Su look era el de los tipos que cantan algo que en términos muy amplios he identificado con el reguetón: gorra de pelotero con la visera plana, barba rasa y trabajada con vernier, playera informal y, al cuello, una cadenota de oro como de dos kilos, de obsceno gusto. No era un video musical, sino casero, de esos que son o parecen de TikTok. En el video, el tipo encaraba a la cámara con altanería, a gritos. Tenía un acento casi inentendible, como de puertorriqueño o algo así. Entre las frases que escupía era evidente la palabra “Lamborghini”, y mientras miraba a la cámara de frente señalaba su lujoso auto. Decía, creo, que ya tenía otro Lamborghini, que su Lamborghini esto y aquello, que su Lamborghini no sé qué. Al terminar el breve video no pude no sentir una mezcla de asco y lástima por aquel muchacho que depositaba en objetos suntuosos su orgullo de campeón. En él vi la vulgaridad y la tragedia implicadas tras la idea de creernos merecedores de veneración por tener objetos carísimos. Y en fin. Se necesita una pobreza de espíritu superlativa para cifrar tanta fe en cualquier fetiche.

La otra experiencia me ocurrió en una tienda. Mientras buscaba productos para la cocina, la voz también caribeña de un ¿cantante? llamó la atención de mis oídos. Creo que en general he logrado, como tantos, abstraer esas frecuencias, pasarlas desapercibidas, pues son omnipresentes y uno no puede andar por la vida oyendo con atención tamaña escoria. Por repetitiva, una frase quedó retenida en mi vapuleado cerebro: “Dinero, respeto y poder” (dinelo, lespeto y podel), insistía la voz que salía de las bocinas. Mientras daba vueltas con el carrito de súper por los pasillos de la tienda, las tres palabras retumbaban en mi interior como un resumen de la desdicha humana: la gente, los jóvenes sobre todo, oyen eso a diario, y muchos se tragan ese discurso de superación personal a la brava, violento y estúpido, de “triunfo” cueste lo que cueste.

Ya no cuento que por cualquier lado, vague en internet, en la tele o en lo que sea, llegan videos de chicas y chicos bailando reguetoneramente, haciendo o tratando de hacer “viral” la simplonería más chabacana. No sé qué sigue de esto. Lo que me aterra es que siempre existe un más abajo, que luego de llegar al fondo muchos se las arreglan para descender un peldaño más hacia el abismo.


miércoles, octubre 07, 2020

Cervantes in espanglish, ese

 










Al husmear en un viejo disco duro di con un artículo que creo no publiqué. Ignoro cuál fue la suerte del libro que motivó estos párrafos, pues nunca supe más sobre él. Va en seguida el comentario:

De lo que estoy seguro es de que tendrá éxito. Me refiero a la primera edición del Quijote en espanglish, ese dialecto nacido tras el ayuntamiento selvático del español con el inglés, y usado sobre todo en la frontera de México y Estados Unidos y en algunos puntos más, como Nueva York, Chicago, Florida and Puerto Rico. El proyecto de traducción lo ha emprendido el doctor Ilan Stavans, intelectual de origen mexicano y catedrático de Filología y Estudios Culturales en el Amherst College de Massachussets, donde abrió el primer curso de espanglish, una lengua/idioma/dialecto/o como se llame que usan para darse a entender 35 millones de personas, cantidad superior a la población de muchos países europeos.

El doctor Stavans ha preparado antes un diccionario de ese código centauro y ha reunido en él más de seis mil acepciones, lo cual nadie le ha discutido. Sin embargo, el deseo de que Cervantes se exprese en espanglish, además de ser original, será, ya lo es, polémico. Los académicos de la Real le echarán en cara, seguramente, la herejía de macular la pureza del castellano precisamente con el traslado de su libro totémico, y no faltarán opositores a ese experimento.

A mi juicio no tiene nada de malo intentar aquella empresa. El espanglish es el embrión de una lengua, y tiene derecho a existir, por mucho que hispano y angloparlantes lo juzguemos contaminante. Además, es inevitable, y por tanto sería necio pretender que la chicaniza deje de expresarse con ese código mellizo. ¿Acaso no han nacido así muchos idiomas hoy ecuménicamente apreciados?

Lo único que cuestiono es el nombre del nuevo catálogo verbal. Al parecer el doctor Stavans —y muchos más— lo llama spanglish, palabra donde las dos partes del centauro son anglicismos (span y glish). Como se trata de un código mixto, es de justicia que lo denominemos en español y en inglés: espa y nglish, eso para impedir que el nuevo instrumento conlleve desde su nombre molestas inequidades.

Cierro con el inicio del Quijote en espanglish, a ver qué les parece el fruto del doctor Stavans: “In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa los sábados, lentil pa los viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa los domingos, consumían tres cuarers de su income. (...) El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y gaunteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear. La gente say que su apellido was Quijada or Quesada but acordando with las muchas conjecturas se entiende que era really Quejada. But all this no tiene mucha importancia pa nuestro cuento, providiendo que al cuentarlo no nos separemos pa nada de la verdá”.

sábado, octubre 03, 2020

Oír a ciegas

¿Qué ocurre con las canciones muy famosas? Las oímos sin atención, las echamos del alma sin reparar ni un segundo en el contenido de sus versos. Muchas mujeres cantan “El rey”, por ejemplo, sin advertir que su letra, quizá una de las menos afortunadas de José Alfredo, las devalúa. Decimos “qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas” sin reparar en el doble pleonasmote: los ojos siempre están debajo de las cejas y las cejas siempre tienen la no muy extraña costumbre de ser dos, si la aritmética avanzada no nos miente. Cantamos el “Cielito lindo” y no reparamos en la gratuidad de la rima “bajando-contrabando” que complementa al par de ojitos negros salidos de la Sierra Morena. Entonamos el himno nacional sin preguntarnos qué significa el aprestamiento del “acero”, del “bridón” o la extraña frase “mas si osare”, y en fin, oímos sin filtro, distantes de cualquier mínimo análisis a las letras que a todo gaznate hemos cantado desde la niñez.

La mejor anécdota que he pepenado sobre este raro hábito de oír a ciegas me ocurrió en 1997. Por circunstancias dignas de cuento, acepté trabajar por primera vez en una preparatoria. Di sólo un semestre, pero fue imborrable. Era una escuela de corte religioso, administrada por amables y sosegadas monjas. Mis alumnas, jovencitas de faldas tableadas e indetenible rebeldía, eran una calamidad en el aula pero confieso que me agradaba lidiar con ellas, luchar contra su imbatible y desquiciante gritería. Los lunes, antes de mi tempranera clase, reviví la ya remota costumbre infantil de honrar a la bandera, al “lábaro patrio”, como le decíamos al lábaro patrio sin saber nunca, hasta hoy, qué demonios es un lábaro. Un lunes cualquiera, la maestra de ceremonias instalada en la gran escalinata comunicó que ese día celebraban el onomástico de la madre superiora; las chicas de la rondalla —dijo la presentadora— habían preparado una canción para felicitar a la autoridad máxima de la institución. Entonces las muchachas pasaron al frente con guitarras, mandolinas y panderos. Hubo un poco de suspenso. No dijeron el nombre de la canción, y luego de acomodarse frente a la madre superiora, a todo trapo acometieron el vertiginoso entonamiento de una pieza emblemática de nuestro cancionero popular:

Yo que fui del amor ave de paso

yo que fui mariposa de mil flores

hoy siento la nostalgia de tus brazos

de aquellos tus ojazos

de aquellos tus amores...

No sin estupor, pensé en lo que pudo haber pensado el gran bohemio Álvaro Carrillo al ver tan lindo cuadro. “El andariego” —la canción insignia de su don Juan arrepentido, de su “mariposa de mil flores”— era dedicado esa mañana a una venerable monjita que, por cierto, “escuchó” feliz a la rondalla del colegio. Ni cadenas ni lágrimas la ataron para gozar aquel tremendo bolerazo del ingeniero oriundo de Cacahuatepec, Oaxaca.

miércoles, septiembre 30, 2020

Al rey mato

 

“Debajo de mi manto, al rey mato” significa, a trazo muy grueso, que en casa propia cada quien puede hacer de las suyas, lo que le pegue la gana. El dicho es viejo, de origen español, tanto que fue usado por Cervantes: “El primer refrán del Quijote I aparece en el Prólogo y, significativamente, es ‘Debajo de mi manto, al rey mato’ (I, Prólogo, p. 51 ). Este refrán, en su nivel metafórico, como todos los refranes, expresa una generalización que se aplica a una situación determinada, en donde el manto no es literalmente un manto, ni el rey un rey; el manto representa lo que puede cubrir, proteger, esconder, y el rey se presenta como la metáfora de lo más poderoso e infranqueable, lo intocable, la autoridad, la censura”, comenta Nieves Rodríguez Valle, de la UNAM.

Dada la recién estrenada realidad del confinamiento y las reuniones a distancia por la vía de Zoom, Meet, similares y conexos, no ha sido infrecuente la comisión de actos vinculados al dominio de lo privado pero hechos públicos debido a la enorme capacidad de indiscreción que tienen las cámaras y los micrófonos disponibles para la comunicación remota desde el hogar, dulce hogar. De hecho, antes de la pandemia ya había notables indicios de la capacidad de tales sistemas para exhibir situaciones domésticas en marcos públicos, como aquella en la que las hijas del profesor Robert Kelly entran a la habitación mientras él ofrecía una entrevista a la BBC. Algo similar, también en entrevista para la BBC, ocurrió con Clare Wenham, quien sorteó con más solvencia la prolongada interrupción de su hija y el dibujo del unicornio.

Con el enclaustramiento, sin embargo, la frecuencia de estos casos se ha multiplicado. En todas partes hay reuniones y en todas ellas no escasea, leve o grave, el desaguisado tragicómico. La semana pasada, basten estos ejemplos, supe de dos que ilustran el fenómeno. En México, una maestra de la UJED se hizo repentinamente famosa por tratar a sus alumnos como en los tiempos ya idos de la docencia castrense. No sin ingenuidad, pues sus alumnos son universitarios y obviamente podían grabarla, en sus sesiones de Zoom soltaba latigazos verbales como teniente a la soldadesca. La denuncia no demoró y al parecer las autoridades de la UJED tomaron la única medida pertinente: suspender a la profesora que se pasó de tueste.

El otro caso aconteció en Argentina. Un diputado federal sesionaba en Zoom junto a sus pares y mientras otro hablaba, apareció en cámara su novia, le bajó el escote y le besó una teta. Como su sistema se había caído, el legislador no advirtió que la señal había vuelto y supuso que estaba fuera de cámara cuando propinó a la chica el lactancioso mimo. El escándalo, ciertamente hipócrita, no tardó en estallar y derivó en la remoción del diputado.

Además de los errores técnicos o las zancadillas que inflige el azar, hay, creo, algo extra en todo esto: aunque estemos frente a un público, los usuarios de salas de reunión no dejamos de sentir, tal vez inconscientemente, que en casa podemos ser quienes en verdad somos. Ahora vemos que no: un error o un accidente pueden hacer público lo privado, así que bajo el manto de Zoom no podemos descuidarnos. Aguas.


sábado, septiembre 26, 2020

Rastro y rostro del escritor









En cada género literario es desigual el suministro de información autobiográfica. La poesía lírica, por ejemplo, expresa directamente, en teoría, las filias y las fobias del autor, dado que, suponemos, su hacedor nos habla directamente, sin intermediarios, desde su yo real. Así, en este fragmento del poema “Elegía interrumpida”, el “yo” que recuerda es Octavio Paz, y tanto los muertos como la casa y todo lo demás son los suyos: “Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. / Al primer muerto nunca lo olvidamos, / aunque muera de rayo, tan aprisa / que no alcance la cama ni los óleos. / Oigo el bastón que duda en un peldaño, / el cuerpo que se afianza en un suspiro, / la puerta que se abre, el muerto que entra. / De una puerta a morir hay poco espacio / y apenas queda tiempo de sentarse, / alzar la cara, ver la hora / y enterarse: las ocho y cuarto”. Obviamente el poeta, por más que quiera calcar la realidad vivida, también tiene licencia para modificar, y aunque quiera ser fiel, casi fotográfico, algo de inventiva se filtrará en su confesión. Lo mismo suele pasar en géneros explícitamente confesionales como el diario o la memoria, que suponen rigor en la autorreferencialidad pero en el fondo, lo quieran o no quienes se derraman en ellos, imprimen alguna dosis de falsedad. En el teatro, la novela y el cuento se opera de otra forma, digamos que con mayor desenfado en el uso de lo ficcional.

Saber qué tanto es verdad y qué tanto es mentira en un relato representa una legítima y permanente inquietud del lector. Tan frecuente es que se ha convertido en una de las preguntas de cajón a la hora de las entrevistas, sean para la prensa o para desahogar la simple sobremesa: ¿en qué se basó para escribir tal libro? Aquí notamos que la imaginación pura seduce menos que el relato impregnado de realidad, de historicidad, como si, para tener autoridad frente a sus lectores, el autor debiera probar que ha vivido en pellejo propio lo narrado.

Este asunto ha sido explorado por muchos escritores. En su ensayo “La solitaria y el catoblepas”, Vargas Llosa apunta que “La raíz de todas las historias es la experiencia de quien las inventa; lo vivido, la fuente que irriga las ficciones literarias. Esto no significa, desde  luego, que una novela sea siempre una biografía disimulada de su autor; más bien, que en toda ficción, aun en la de imaginación más libérrima, es posible rastrear una semilla visceralmente ligada a una suma de vivencias de quien la fraguó (…) todas las ficciones son arquitecturas levantadas por la fantasía y la artesanía sobre ciertos hechos, personas, circunstancias que marcaron la memoria del escritor y pusieron en movimiento su fantasía, la que, a partir de aquella memoria, fue exigiendo un mundo tan rico y tan múltiple a veces, que resulta imposible (y a veces sin casi) reconocer en él aquella greda autobiográfica que fue su rudimento, y que es el secreto nexo que toda ficción tiene con la realidad real”.

Una opinión muy anterior de Alfonso Reyes (“La biografía oculta”) observa algo parecido: “El ‘yo’ es muchas veces un mero recurso retórico. Los recuerdos de la propia vida, al transfundirse en la creación poética, se transfiguran en forma que es difícil seguirles la huella. En ocasiones, los testimonios más directos se esconden detrás de un párrafo que sólo contiene, en apariencia, ideas y conceptos abstractos. En ocasiones, lo que se ofrece como una evocación de hechos reales puede ser un mero efecto de inventiva literaria”.

En resumen, dentro del arte es imposible escapar de uno mismo.


miércoles, septiembre 23, 2020

Roma dos años después

 

Quizá fue en los noventa cuando decidí no surfear en las olas de la moda literaria, cinematográfica ni musical. Esto significa que no me acucia ningún apuro para leer, ver y/u oír productos que durante algún momento tienen encima todos los reflectores hasta ser la comidilla de los medios y, ahora también, de las redes sociales. Es por tal razón que en 2018 no dije ni pío sobre Roma, la peli de Alfonso Cuarón multiplicada mediante Netflix. Creo que en su momento leí comentarios de todos los pelajes, muchos de ellos elogiosos, pero ni así cedí a la tentación de correr a verla.

Dos años después la he atravesado sin apremio y puedo decir que me gustó, que es una gran película pese a su minúscula trama. Todo en ella parece cuidado maniáticamente, con la obsesividad puesta hasta en los detalles más pequeños. La reconstrucción de “la realidad” en películas ubicadas en épocas lejanas es, creo, más fácil cuando el espectador queda lejos de la historia, pues, a menos que sea especialista, no podrá reconocer minucias del habla, del vestido y, en general, del entorno habitado por los personajes, lo cual quiere decir, por ejemplo, que es quizá más sencillo reconstruir una escena del Medievo que otra de los años sesenta, pues todavía hoy a muchos nos resultará reconocible un dato mal colocado en ese pretérito cercano. Es lo que sucede en Roma: un espectador de cuarenta años de edad en adelante advertirá con facilidad anacronismos o rasgos de la realidad mal colocados, pero también, ciertamente, reconocerá sin batallar toda aquella información dispuesta en la película para reconstruir la época, es decir, 1970-71. En la cinta de Cuarón son infinitos los detalles que justifican su eficacia espacio-temporal, más en las numerosas tomas abiertas que adrede amplían la experiencia del espectador para que “en realidad” se ubique en aquel pasado.

Celebrar la puntillosidad casi patológica de la producción en Roma es pertinente, pero no radica allí su mérito principal. Creo que más allá del dinero invertido, su gracia se encuentra en otro punto. Las actuaciones, basadas asimismo en un casting de excepción, son en su mayoría deslumbrantes. Pienso en la de Yalitza Aparicio o Marina de Tavira, claro, pero también en otras menos visibles en la historia pero de igual modo solventes, como la de la ginecóloga (Lisbeth Chinolla) o la del joven “halcón” (Jorge Antonio Guerrero) que durante un rato funge como novio de Cleo. Tienen una participación breve pero logran representar a la perfección los roles que les fueron asignados.

La trama de Roma, como ya dije, es apenas una insinuación. Si bien tiene un cráter en el embarazo y su crudo desenlace, lo fundamental es el estado de ánimo que comunica en dos vertientes: en lo personal, marcado en el destino secretamente heroico de Cleo, y en lo colectivo, al ofrecer un relámpago del México que anunciaba la llamada Guerra Sucia del sádico echeverriato.

Me gustó Roma. La pude ver sin prisas, sin la urgencia de opinar sólo por moda. Es una película admirable.