Así
pues (estos inicios desconcertantes los aprendí de Héctor Libertella), tengo
una profunda admiración por ciertos libros viejos. Me gusta, como a cualquiera,
que estén en buen estado, sin máculas de agua u otros agentes agresivos con el
papel, como la grasa o los alimentos. No me refiero a cualquier tipo de libro,
sino a aquél que por alguna razón sí deseo leer. En otras palabras, no me
gustan sólo como objetos, por su sola antigüedad y para acumularlos en un museo
privado con el fin de alimentar una suerte de bibliofilia ornamental. Si
consigo un libro antiguo, primero me aseguro de que su tema me interese y de que
su tipografía sea clara, pues la idea de la que parto tiene muy poco o casi
nada que ver con el coleccionismo y sí, absolutamente, con el gusto literario y
a veces con el potencial deslumbramiento ante el repentino encuentro con
escritores desconocidos.
Los
libros literarios de las décadas del cuarenta y cincuenta me complacen sobremanera.
Esos libros de portadas sólo impresas con tipografía y, cuando mucho, una
severa viñetita, son mis favoritos. Hace no tanto encontré uno publicado en
1958 por, dice el sello, Ediciones de la Revista de Bellas Artes. Su título es Oficio de cadáver, de Tomás Díaz
Bartlett, poeta nacido en Tenosique, Tabasco, en 1919; su vida fue corta, pues
murió en 1957. Como suele suceder cuando uno hurga en librerías de saldos y viejas
ediciones, no tenía noticia de este escritor, así que volví las páginas con un tenue
velo de expectativa, con el tranquilo deseo de encontrar alguna sorpresa. Lo
que leí fue más que una sorpresa: hallé una voz poética madura pese a su
juventud, serena pese a la angustia de estar ferozmente picoteada por la
muerte.
Díaz
Bartlett vivió en Puebla, Toluca y Veracruz. En 1945 se recibió de médico
cirujano en el Distrito Federal, donde ejerció durante un tiempo. Una
enfermedad se atravesó en su vida y quedó postrado con la esperanza de recobrar
la salud, lo que no sucedió más. Allí escribió, casi muerto. Tenía cerca la
amistad de Carlos Pellicer, su paisano, y su poesía, publicada poco a poco en dos
libros (Bajamar, 1951; Con displicencia de árbol, 1955),
despertó la admiración de algunos buenos lectores, como Andrés Henestrosa.
Oficio de cadáver
es un libro póstumo. Su título es más que elocuente y terrible, y aunque
parezca increíble, no condesciende al lloriqueo, a la lágrima chantajista. Es,
más bien, un libro estoico, sereno, diríase que hasta luminoso, como si el
poeta, para analizarse mejor, saliera de sí mismo para verse desde fuera,
agónico: “Hace mucho tiempo que no vengo a verme / y ya me es necesario /
platicar conmigo”. El poeta aquilata lo que tiene, ya un mendrugo de vida,
porque sabe que el final lo acecha: “Si tú quieres saber si amas la vida /
acércala a la muerte”. El hombre tiene plena consciencia de su prisión: la cama
y su propio cuerpo: “Estoy aquí, medido por una cama, / amontonado en mí /
echado hasta la esquina de una sábana”, o en este par de versos: “Y me reclamo
como único / habitante de mí mismo”. En tal circunstancia, al borde del abismo,
siente que ha llegado al Conocimiento: “Lo único malo es que todo se aprende /
en ese mismo punto / en que acabó el camino”.
Díaz
Bartlett escribió sobre sí mismo, pero dado que todos avanzamos a la muerte, en
la salud o en la enfermedad podemos pensar esto o algo parecido: “Aquí me
tienes, vida, / ayudando a mi cuerpo”.
A veces pasa eso: descubrí entre libros viejos a un gran, gran poeta.