sábado, agosto 31, 2019

Visibilizar el dolor
























Como muchos otros problemas sociales, el de la migración ha sido invisibilizado. Borrar o minimizar la información sobre un asunto es, visto desde el poder, impedir que alcance una solución satisfactoria para los afectados. De ahí la importancia de dar voz, de exponer por cualquier medio una demanda que a la postre viabilice posibles soluciones.
Ruta de paso, libro pensado y escrito por los laguneros Fernando de la Vara y Jorge Martínez, es un aporte desde ya fundamental a la atención que en La Laguna demanda el tránsito de migrantes en plenitud de adversidad, hombres, mujeres y hasta niños que desde Centroamérica buscan llegar a suelo norteamericano con la ilusión de mejorar sus condiciones de vida. Todo, para ellos, es contracorriente, obstáculo y peligro. Los días, las semanas y en ocasiones los meses que deben pasar avanzando a cuentagotas hacen de la travesía un via crucis literal, sin metáfora: la cruz que cargan es su pobreza y el martirio en el camino son los golpes, el hambre, el frío o el calor, y en no pocos casos el hachazo de la muerte.
El libro es un documento periodístico pero no dejó de asombrarme lo bien escrito de sus páginas, detalle no menor porque permite que el relato de las calamidades que contiene no se vea obstruido por anfractuosidades de estilo o barroquismos imprudentes. Su desarrollo es limpio, ágil, penetrante y espeso de información no sólo estadística, sino vivencial. De la Vara y Martínez han logrado articular un cuadro breve y contundente (no le digo denuncia para no sonar panfletario) sobre el migrante que se las ve con La Laguna, que llega a nuestra tierra y debe, aquí, tomar un respiro nunca cómodo para continuar luego su viaje a lo desconocido.
El libro fue compuesto con dos secciones introductorias tituladas “Sobre Ruta de paso” y “Un contexto de violencia”, donde grosso modo explican las motivaciones del proyecto y sus generalidades, además del clima de violencia desbordada (todavía no extinto) que ha padecido nuestra región desde hace ya cerca de quince años, del calderonato a la fecha. Luego, prosigue con cinco notables piezas que en lo genérico fluctúan entre la crónica, la entrevista y el reportaje. En ellas, los autores dan voz, y en este sentido visibilizan, a varios migrantes que despliegan ante nuestros ojos la barbarie de la que vienen, la barbarie que viven y posiblemente la barbarie a la que llegaron.
Digo que las piezas fundamentales de Ruta de paso destacan, no podía no ser así, lo periodístico, pero no por ello prescinden del detalle literario. Por ejemplo, para cerrar una de ellas, De la Vara describe sus madrugadas como residente del centro de Torreón; este pequeño toque de lirismo no es innecesario, ya que se suma a los trazos sobre el horror vividos por el migrante: “Hay un momento de la noche —escribe De la Vara— en que el pitido del tren, sofocado la mayor parte del tiempo por los ruidos diurnos y de la madrugada joven, inunda las calles. Cada que se deja escuchar la culebra de acero, me pregunto cuántos migrantes vienen en la cima, y la ciudad de las noches largas responde con su silencio”.
Ruta de paso, en suma, es un libro que nos descoloca, pues su información nos deja ver lo mucho que hemos sido indiferentes a una crisis que más allá de las cifras atraviesa y despedaza vidas humanas. Puede ser por ello un buen detonador de nuestra inquietud sobre el problema o más, si es posible: de nuestra solidaridad.
Comarca Lagunera, 30, agosto y 2019

Ruta de paso, Fernando de la Vara y Jorge Martínez, Astillero, Torreón, 2019, 89 pp. Texto leído en la presentación del libro celebrada en El Astillero Librería el 30 de agosto de 2019. Participamos los autores, Ruth Castro (quien cuidó la edición) y yo.

sábado, agosto 24, 2019

Súmmum de Arreola















Si uno no es un tremendo lector, pero al menos es un lector “correcto” (el adjetivo lo tomo de Fontanarrosa), guarda un registro mental con imágenes muy sintéticas de los libros que ha leído; en ocasiones esa idea es difusa y sobrevive como un recuerdo condensado en una frase, en una página, en un pasaje... Así, he olvidado la mayor parte de mis libros favoritos de Arreola, pero ignoro por qué no se han nublado en mi memoria algunos de sus relatos. Algo tienen, por ejemplo, “El rinoceronte”, “La jirafa”, “El ajolote”, “Teoría de Dulcinea”, “Los bienes ajenos” y muchos otros que se me aparecen como dechados de brevedad y los retengo íntegros, como quien retiene un soneto o una décima. O su “Homenaje a Otto Weininger”, un diamante puro que si bien es una pizca de palabras (187 en cinco párrafos cortos), acusa una rotundidad que lo hace inolvidable. El “Homenaje…” es éste:

Al rayo del sol, la sarna es insoportable. Me quedaré aquí en la sombra, al pie de este muro que amenaza derrumbarse.
Como buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra. La seguí con celo entrañable. A ella, la que tejió laberintos que no llevaron a ninguna parte. Ni siquiera al callejón sin salida donde soñaba atraparla. Todavía hoy, con la nariz carcomida, reconstruí uno de esos itinerarios absurdos en los que ella iba dejando, aquí y allá, sus perfumadas tarjetas de visita.
No he vuelto a verla. Estoy casi ciego por la pitaña. Pero de vez en cuando vienen los malintencionados a decirme que en este o en aquel arrabal anda volcando embelesada los tachos de basura, pegándose con perros grandes, desproporcionados.
Siento entonces la ilusión de una rabia y quiero morder al primero que pase y entregarme a las brigadas sanitarias. O arrojarme en mitad de la calle a cualquier fuerza aplastante. (Algunas noches, por cumplir, ladro a la luna.)
Y me quedo aquí, roñoso. Con mi lomo de lija. Al pie de este muro cuya frescura socavo lentamente. Rascándome, rascándome…

Así parezca o sea una peligrosa simplificación de mi parte, creo que este texto es Arreola explica a Arreola, constituye el mester de su trabajo. Parece una pieza inofensiva, sin mayor jiribilla, pero exhibe de un plumazo una de las mayores catástrofes de la vida humana: el desamor y la decrepitud. El perro es apenas un perro, el mejor pretexto para hablar del hombre al que se le escurre la vida luchando por el amor sin conseguirlo. Y más todavía, “Homenaje…” trata del pobre diablo al que el amor de su vida se le pasea por delante y lo maltrata con el látigo de su desprecio, valga el lugar común.
Arreola dice como de pasada (nada acontece “de pasada” en sus textos) que el perro actúa “como buen romántico”. Esa es su fatalidad, vivir atado a un no correspondido anhelo de compañía que paulatinamente se ve devorado por el olvido. La sarna y la pitaña merman las facultades del perro y no sólo eso: su entorno inmediato, el muro, amaga con venirse abajo. En ese estado, la rabia se convierte en un mal deseable (“Siento entonces la ilusión de una rabia…”), y más aún: ser encarcelado o morir por atropellamiento. No es necesario saber quién fue Weininger, el filósofo homenajeado en este relato. Basta saber que todo déficit de amor puede activar una bomba de autodesprecio y veloz acabamiento.

miércoles, agosto 21, 2019

A fondo con Soler Serrano














Nacido en Murcia el 19 de agosto de 1919, hace exactamente un siglo, Joaquín Soler Serrano fue un periodista español especializado en el género de la entrevista televisiva. Culto y cordial, fue conductor del programa A fondo (1976-1981), donde dialogó con una serie impresionante de artistas, sobre todo escritores. Gracias a la tecnología, el privilegio de ver y oír aquellas conversaciones no quedó limitado a su tiempo, como ocurría entonces. Hoy, a la vuelta de YouTube podemos acceder al vasto archivo de Soler Serrano y adentrarnos en la vida y en la obra de personalidades que reviven con la magia del documento audiovisual.
Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Octavio Paz, Rafael Alberti, Salvador Dalí, Camilo José Cela, Alejo Carpentier, Manuel Puig, José Donoso, Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Atahualpa Yupanqui, Manuel Mujica Lainez, Emilio Indio Fernández, Federico Fellini y Marguerite Duras son apenas algunos de los nombres que desfilaron en A fondo. Sé, porque he visto otras entrevistas de este tipo, lo difícil que es a veces dialogar con los artistas. Esto se debe, creo, a dos razones: por un lado, a la manera de ser de los entrevistados, muchas veces tenue o abiertamente mamona; en segundo lugar, a la impericia del entrevistador, que en la mayor parte de los casos suele encarar la charla sin saber nada sobre su interlocutor. Joaquín Soler Serrano logró lo increíble: crear un clima de confianza en sus conversaciones e inspirar respeto a sus entrevistados gracias a que en general sabía qué preguntar más allá del consabido “¿en qué se inspira?”
De esta forma, A fondo es ahora una referencia imprescindible si queremos conocer, así sea por encima, el universo de muchos creadores que al hablar con Soler Serrano hablan para nosotros. En todos los casos es muy importante el contenido de las declaraciones, por supuesto, pero también, ya que vemos “en acción” a los personajes, es interesante la forma en la que se expresan. Por ejemplo, confirmamos la contención de Rulfo y Onetti, quienes al responder preguntas parece que no quisieran estar allí, o la soltura cosmopolita de Fuentes y Vargas Llosa, quienes se ven permanentemente bien encanchados en el diálogo televisivo.
No sé si en algún otro lugar fue recordado el siglo de nacimiento de Joaquín Soler Serrano, quien murió en 2010. Yo lo recuerdo aquí con gratitud y no poco asombro ante la proeza de sus entrevistas.

jueves, agosto 15, 2019

Genocidas en tiempo extra
























Como dije en junio, sigo desde hace cinco o seis años el trabajo de Ricardo Ragendorfer, periodista nacido en La Paz, Bolivia, pero hecho en Argentina y un poco —al arrancar su carrera— en México. La primera nota que de él leí trataba sobre un ladrón o algo así, no recuerdo, publicada en la revista Caras y Caretas. No recuerdo, insisto, el tema preciso de aquel texto, pero sí (incluso con claridad) el grato impacto que me produjo el tono, el tratamiento que Ragendorfer da a los hechos generados en el mundo de la delincuencia. Había en aquella prosa un no sé qué distante y zumbón, la mirada cuidadosamente desenfadada (si se me permite el oxímoron) de un redactor de noticias policiales ya curtido para los asombros ante el amplio océano de la ruindad humana. Desde entonces, desde hace cinco o seis años, como digo, no me perdí cuanto artículo, crónica o testimonio que de RR encontré a merced en internet.
Sin sospecharlo, algo sabía ya sobre el Patán, apodo de Ragendorfer tal vez debido a su voz ronca y encigarrada, como la risa del perro célebre por los dibujos animados. “Zippo”, acaso el cuento más famoso de Guillermo Saccomanno, tiene como protagonista a cierto periodista boliviano que, entre otros hechos insólitos, en su infancia fue cargado en brazos nada menos que por el nazi Klaus Barbie, mejor conocido como El Carnicero de Lyon, quien ya para los cincuenta residía en Bolivia con la tranquilidad de un jubilado. Quizá desde ese momento y sin quererlo, Ragendorfer se acostumbró a tratar de tú, sin hacer gestos, con monstruos y monstruosidades de la más variada envergadura, como lo evidencia su largo paso por periódicos y revistas en los que ha trabajado casi exclusivamente con lo policial y lo delictivo, sea del fuero común o del otro, más peligroso: el fuero institucional o político.
Una derivación no menos importante de su labor como reportero es visible en su también amplio trabajo como autor de libros. En su producción destacan títulos como el clásico La Bonaerense (escrito junto a Carlos Dutil), La secta del gatillo, Historias a pura sangre, La maldición de Salsipuedes y Los doblados. Esta especialización lo ha llevado asimismo a laburar en medios audiovisuales, donde co-guionó el film El bonaerense dirigido por Pablo Trapero, o donde colaboró en el documental Parapolicial negro. Uno de sus aportes más recientes en este rubro es el documental Presidio. Experimento Ushuaia, sobre la cárcel del fin del fin del fin del mundo que albergó, entre otras personalidades, al Petiso Orejudo, flor y espejo de asesino que en su momento hizo las delicias de la escuela lombrosiana, esa seudociencia de lo criminal que podía dictar cadenas perpetuas por el delito de portación de cara.
De 2017 es El otoño de los genocidas (Punto de Encuentro, Buenos Aires, 151 pp.), una “Antología de crónicas periodísticas 2008-2017”. La compilación, lo afirmo desde ya, es muy valiosa porque nos permite echar un vistazo a veinte actores importantísimos del pasado inmediato argentino, todos ellos caracterizados, en diferentes medidas, por carecer de misericordia a la hora de relacionarse con enemigos políticos.
Ragendorfer trata en el siglo XXI con/sobre genocidas setenteros, es decir, con tipos cuyas apariencias ya no son las de milicos o agentes de zahúrdas parapoliciales, sino de abuelitos enternecedores. A todos los investiga, de todos saca trapos no sucios, sino inmundos, y a todos los busca incluso hasta entablar con ellos charlas en salas hogareñas bien provistas de galletitas y café. La galería de criminales políticos se engalana con la presencia de algunos pesos pesados como Emilio Massera y Albano Harguindeguy, pero no se detiene sólo en estos habitués de los trabajos sobre la memoria. Aborda a otros sujetos menos conocidos pero no por ello menos vocados para el arte de torturar y desaparecer. Nombres, cifras, fechas, lugares, nada escapa a la labor detectivesca del Patán, de suerte que en cada pieza es reconstruido el contexto en el que actuaron aquellos “vidriosos” (el adjetivo es suyo) personajes y, por ello, el tamaño de sus culpas históricas. Puro campeón en materia de estropicios lesivos para la humanidad, en suma.
Hablé al principio del tono de RR. En El otoño de los genocidas lo confirmo. Sin renunciar al rigor de sus investigaciones, lo que en todos los casos conlleva una denuncia a la barbarie perpetrada desde el Estado, el autor habilita cierto humor negro frecuente en la literatura policial, pero no tanto en la crónica periodística. El humor, la ironía, el pincelazo sarcástico, sirven siempre para subrayar la malditez sin orillas de los sujetos descritos. Traigo algunos ejemplos. Al hablar sobre Julio Alberto Cirino, dice: “En 1976 publicó el libro Argentina frente a la guerra marxista. En sus páginas aconsejaba algunas sutilezas, como ‘combatir a la subversión con fusilamientos in situ’”; al hablar sobre un secuestrado, apunta: “A manera de saludo, Combal recibió un culatazo en el rostro”; cuando se refiere al represor Héctor Pedro Vergez, señala: “Después pasó a La Perla, donde asistió a la etapa más fructífera de su carrera comandando secuestros, interrogatorios y ejecuciones”; y al tratar sobre el obispo Manuel Menéndez, observa que era “un sujeto cuya posición ideológica lo situaba a la derecha de Atila”. Por supuesto, este mínimo entresacamiento de frases no es el libro de Ragendorfer, pero como ingrediente sí constituye uno de sus atractivos. Lo fundamental, reitero, es el torrente de datos duros que aporta para que nos hagamos una idea, lo más precisa posible, sobre las andanzas de varios sujetos que ejercieron el terrorismo de Estado y llegaron a sus respectivos otoños, muchos de ellos, sin el castigo que merecían. El otoño de los genocidas es, por esto, un libro que suma a la memoria y al imperativo permanente de cerrar el paso a la impunidad, tenga la edad que tenga.

miércoles, agosto 14, 2019

Bucear en libros antiguos















Gracias a Sergio Garza Orellana he tenido acceso a siete trípticos de la colección “Libro en contexto”, proyecto emprendido por la biblioteca del Museo Arocena. Diseñados con pulcritud y exquisitez, estos materiales son un espléndido complemento de los cursos que con ese mismo nombre, “Libro en contexto”, han desarrollado in situ, frente a públicos interesados en profundizar sus conocimientos sobre tal o cual publicación antigua. No dudo en destacar el valor de este proyecto como promotor de la cultura bibliográfica que muchos, por suerte, todavía juzgamos imprescindible en un mundo que en apariencia ya le dio la espalda.
El formato de los trípticos es grande y por ello muy legible. Contiene la portada del libro en su frontis y a continuación un ensayo como de tres o cuatro cuartillas sobre el título a contextualizar; el material es complementado con imágenes vinculadas a la temática, una ficha bibliográfica amplia y otros breves anexos. Por ejemplo, Enciclopedia del hogar, tomos primero, segundo y tercero del recetario de cocina de Excélsior, primer título abordado por la colección, es asediado por Adriana Gallegos Carrión en el ensayo “Para la dueña del hogar”.  El trabajo de contextualización consiste en desmenuzar para nosotros el horizonte de recepción que tuvo este material entre las amas de casa, el uso social que le daban y la idea que el medio productor del discurso (en este caso el diario Excélsior) tenía sobre el hogar y la mujer entre 1943 y 1944. Hay, pues, una labor de interpretación que nos permite vislumbrar más allá del libro en sí, una hermenéutica que no por breve deja de ser interesante y enriquecedora.
Como en el primer tríptico proceden los otros seis, su estructura es similar. El segundo trata sobre el libro Euzkadi en llamas (1930), de Ramón de Belausteguigoitia, que fue buceado por Carlos Castañón Cuadros. El tercero, Ejercicios del Santísimo Rosario de Nuestra Señora y modo de rezarle con meditaciones de sus misterios (1630), fue estudiado por Sergio Garza Orellana. Historia de un anticuario (1962), analizado por Adriana Gallegos. Euzkalerriaren Alde, Revista de Cultura Vasca (1926), por Ruth Castro. Guatemala por Fernando VII (1810), por Adriana Gallegos, y Apellidos vascos (1953), por Carlos Castañón.
No sé si los materiales están disponibles en papel para todo el público o si los tienen a la venta. Lo importante es que pueden ser consultados en la web del Arocena, sección de biblioteca. Adelante pues. A disfrutarlos.

sábado, agosto 10, 2019

Gracias al fut














El escritor Rodrigo Márquez Tizano vino a La Laguna el jueves 8 de agosto, y Juan Gómez Junco y yo sostuvimos un diálogo con él en el Museo Arocena. Hablamos sobre futbol, literatura y periodismo, temas que siempre sentiré entrañables dado que, bien o mal, los he practicado en diferentes momentos de mi vida. Recordé mi niñez, que en mi casa no había libros ni antecedentes de lectura como fuente de placer. Lo que sí había era periódico, pues mi madre compraba a diario La Opinión, el periódico más antiguo de La Laguna, fundado en 1917. Gracias a esto, cuando al fin llegué a la primaria y aprendí a leer, las páginas del diario se complementaron con los libros de texto, así que de 1970 a 76, más o menos, no tuve contacto con otros papeles que no fueran esos. Los libros de texto de aquellos años que me gustaban más eran los de español e historia, y desde siempre me sentí lejos de los otros.

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol.

En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días.

Es extraño: muy probablemente comencé a leer con pasión gracias al futbol.

miércoles, agosto 07, 2019

De leer a escribir














He tratado de explicarme por qué comencé a leer, y sospecho que eso se debió a mi flanco tímido. No soy antisocial, pero tampoco me he considerado nunca el alma de las fiestas. Tiendo entonces a la soledad, al aislamiento, zonas de la vida en las que no me siento nada mal. La timidez y la soledad en general tienen mala prensa, suelen ser etiquetadas como negativas en el mundo del exitismo, pero a mí me sirvieron para comenzar a leer. Un día descubrí que tener libros y leerlos me complacía, y repetí y repetí freudeanamente ese placer. Poco después de quedar asombrado ante los libros, di el siguiente paso: escribir. Por supuesto, desde entonces hasta la fecha leer me gusta más, y escribo como una consecuencia casi obligatoria de lo estimulante que ha sido para mí pasar los ojos por los libros.
Leer siempre es un viaje, como lo descubrí en el libro Maravillas del mundo. Un viaje imaginario, pero viaje al fin. Es decir, se trata de un desplazamiento, de una salida de nuestra circunstancia. Gracias a la lectura he podido saciar una necesidad que muchos resuelven con viajes reales, con el alcohol o las drogas, con el cine, con la música, con la locura o el suicidio. Leer me ha permitido conocer otras geografías, moverme en otros periodos de la historia, vagabundear en el alma de muchos hombres, turistear azoradamente en nuestra lengua, enterarme de conflictos que se libran sobre el papel, clavar la mirada en dichas y desdichas ajenas. Todo esto, en la noción vargaslloseana, ha enriquecido mi pobre experiencia individual y me ha granjeado diversas alegrías, como descubrir a Borges y releerlo o saber que Quevedo o Cervantes siempre estarán al alcance de la mano. No quiero decir que la lectura haya tenido, para mí, sólo fines utilitarios o terapéuticos, sino que gracias a la alegría que leer me produce he lidiado mejor con las miserias de la vida que, como cualquiera, enfrento. Esto significa que leer es para mí, en primer término, un acto estético, un ejercicio hedónico, y en segundo lugar todo lo demás.
No tengo hábitos de lectura, salvo quizá el de leer donde se pueda y a la hora en que se pueda, e igual pasa cuando se trata de escribir. Dado que soy padre de tres hijas, la situación material siempre me ha exigido trabajar mucho en lo que sé hacer, que es dar clases, editar, escribir para la prensa, coordinar talleres y cursos, dictaminar en concursos, todo eso, oficios que pueden dar para vivir pero no para hacer rico. El tiempo que me queda libre lo aprovecho esté donde esté para leer y escribir.

sábado, agosto 03, 2019

Atrapado en Interjet
















Viajé a la Ciudad de México el 29 de julio de 2019. Vine a despachar un asunto laboral relativamente breve y de paso ver a mi hija aunque fuera algunas horas. La salida de Torreón tuvo una demora de dos horas, y la llegada al aeropuerto Benito Juárez nos retuvo en la pista al menos una hora.
La estancia en la capital fue tranquila, fluida y feliz. Mi regreso estaba programado para el martes 30 a las 5 pm. Llegué a las 3, con tiempo suficiente, y vi que el aeropuerto estaba congestionado de turistas en la zona de Interjet. Para documentar, allí se hacía una cola como de 200 metros. Por suerte, yo ya había impreso mi pase de abordar, así que podía evitar la documentación de mi pequeño equipaje.
Pasé el filtro de seguridad y esperé. Conforme se daba la hora, en las pantallas vi que el vuelo a Torreón no aparecía. También vi que Interjet tenía con demora más de diez vuelos, y oí que la empresa carecía de tripulaciones suficientes para tantos vuelos. Sea por lo que hubiera sido, mi vuelo no apareció nunca en la pantalla. Entonces fui al módulo de Interjet y el espectáculo que se me presentó fue, perdón por el manoseado adjetivo, dantesco: los tumultos de clientes airados hacían imposible ver que me dieran una explicación y que me resarcieran con hotel y comidas.
Gracias a mi contacto en Torreón logré saber que mi vuelo se había suspendido y que me habían asignado otro para el miércoles 31 de julio a las 6 am. Busqué un hotel para pasar la noche, y luego de descartar el Fiesta Inn (más de 5 mil la noche), hallé un pulguero de 800. En esa mazmorra, donde me sentí secuestrado, me levanté a las 3 am y fui al aeropuerto, atravesé por segunda vez los filtros de seguridad y ya dentro me dijeron que no, que mi vuelo sería el de las 6 am pero del jueves 1 de agosto. Les menté la madre. Fui a una ventanilla milagrosamente no muy concurrida, expuse mi caso y me pusieron en el vuelo de las 6 pm del 31 de julio. Regresé entonces al hotel dispuesto a pagar otro día, pues tengo en este momento un problema lumbar que me exige precauciones, y por fortuna el joven de la recepción me dijo que podía volver a la misma habitación hasta el “check” del mediodía. En suma, mi regreso resultó un desastre y perdí más de 24 horas y parte de mis escasas vacaciones, todo por viajar en temporada alta.
Al final volví a Torreón y hoy sigo sin saber qué pasó en ese negro y kafkiano hoyo.

miércoles, julio 31, 2019

Su majestad la selfie
















Lo grande y lo pequeño, lo importante y lo banal, todo encanece. En principio, lo más evidente en relación a la obsolescencia es lo que se vincula con la tecnología: notamos de inmediato, por ejemplo, el cambio en una televisión o en un celular; basta verlos, sin tocarlos siquiera, para saber que son viejos o nuevos, descontinuados o actuales. Lo mismo pasa con los coches y la moda: no es necesario ser expertos para advertir que ya caducaron o están al último grito.
Hay bienes y servicios en los que es menos evidente el cambio, pero es suficiente estar un poco entrado en años para comparar el antes y el ahora. Pienso por caso en el ejercicio físico y todo “el cambio de paradigma” (así suele decirse) que conlleva. En el caso del antes, claro que se hacía ejercicio, la gente (sobre todo los hombres) jugaba beisbol, futbol, basquetbol, nadaba, andaba en bicicleta, corría…, pero estas prácticas tenían mucho más que ver con lo lúdico, con el esparcimiento, que con la salud; se siguen ejerciendo, por supuesto, e igual son asumidas como divertimento apto para la convivencia y el relajo, pero poco a poco han sido suplidas por la práctica de algún deporte como salvaguarda de la salud y en muchos casos como medio para alcanzar una mejor apariencia.
Debajo de la ejecución de algún deporte para favorecer la salud y la apariencia está una gigantesca operación del mercado y los medios. Para modificar conductas globales es necesario que la información y las nuevas tecnologías entronquen en una misma o al menos en parecida dirección. Así, los smartphones, por ejemplo, abrieron la cancha a las redes sociales, y las redes sociales posibilitaron que la vida privada se distendiera hasta convertirse en vida pública; esto permitió que todos pudiéramos exhibirnos en público (como los artistas y las modelos, toda proporción guardada), de modo que el culto a la apariencia personal se convirtió de golpe en una prioridad generalizada. La aplicación llamada Instagram, en la que casi solamente importa la imagen del usuario, es el altar en el que deriva la convicción de cada individuo por “verse bien”, por lucir lo mejor posible.
A este deseo por esculpirse se le ha emparejado un cúmulo de bienes y servicios cuyo valor en el mercado es hoy incalculable. Para verse bien no es suficiente un celular con buena cámara. También es fundamental comer sanamente (esto suele ser también más caro), comprar ropa buena y variada, tomar mucha agua y hacer ejercicio de preferencia en un gimnasio, ahora llamado “gym”. El auge de la cultura fitness trajo consigo, a su vez, un desarrollo impresionante de la ropa deportiva y de los suplementos alimenticios. Dos o tres décadas antes, los gimnasios eran negocios de barrio que sólo concernían a compas con alma de luchador o boxeador, y no mujeres. La idea era ponerse como Pedro Infante y quizá lucir un tatuaje de anclita o de Guadalupana. El agua no era vendida en botellas y se sudaban playeras, pantaloneras y tenis sin marca visible, de diseño ordinario y materiales convencionales. Hoy no es así: los gyms son pasarelas de esculturas masculinas y femeninas con ropa deportiva de marca cara, con Bonafont en mano y comida y suplementos vigilados. Además, como ha sido necesario añadir ayudas externas, los cirujanos plásticos viven su época de oro, todo con el fin de que la imagen individual en Instagram no vaya a defraudar.
Entre el consumismo y el individualismo (los dos “ismos” más importantes de esta hora), las redes sociales son evidencia de transformaciones muy claras y otras no tanto. En la práctica autoimpuesta del deporte todo cambió, hasta la manera de beber agua y después sudarla.

sábado, julio 27, 2019

El enigma Carlovich
























Parece, así lo imagino, que era como Zidane, un bailarín obligado a vivir en el cuerpo de un basquetbolista, un jugador de esos en los que la estampa grandulona no parecía coincidir con la posesión de habilidades extraordinarias para el desempeño futbolístico. Me refiero a Tomás Felipe Carlovich (Rosario, Santa Fe, Argentina, 1946), alias el Trinche, futbolista que en las décadas de los setenta y ochenta jugó mayoritariamente en equipos ínfimos y sin embargo se convirtió en una leyenda cuyas borrosas hazañas han sido contadas en entrevistas, documentales, periódicos y, ahora, en el libro Trinche. Viaje por la leyenda del genio secreto del fútbol, de la mano de Tomás Carlovich (Planeta, Buenos Aires, 2019, 197 pp.), escrito por Alejandro Caravario.
Sospecho que la fama mundial del Trinche es resultado, principalmente, del impulso que a ciertos personajes ha dado la aparición de internet. Antes de YouTube era casi imposible que una historia como la suya desbordara la periferia de un barrio, de una ciudad, acaso de un país. Hoy, gracias a la permanencia 24/7 y el acceso gratuito a los productos audiovisuales, muchos han dado, como yo, con la vida de este personaje. Como lo cuenta Caravario en sus páginas, el Informe Robinson, programa deportivo español, compiló en uno de sus documentales la evidencia casi incontestable para demostrar que el Trinche fue uno de los más grandes. Ciertamente no hay imágenes que lo prueben, y ya sabemos que en este tipo de debates no es posible hacer afirmaciones categóricas si no se ve el desenvolvimiento contante y sonante del elogiado. Si digo, por caso, que Pelé es Pelé; o Maradona, Maradona; o Cruyff, Cruyff, es porque tengo a merced imágenes que soportan, sin margen para la controversia, lo asegurado. ¿Pero qué pasa con un exjugador como el Trinche, de quien las imágenes sobre su calidad sólo sobreviven en la cabeza de quienes lo vieron in situ, en la cancha? Sin imágenes, lo que se diga sobre él siempre será sospechado de embuste, de exageración, de lo que sea, menos de verdad incontrovertible.
Como muchos, reitero, llegué a la fama del Trinche gracias al Informe Robinson puesto en YouTube. Caravario habla de algunos sujetos que, igual que yo, vieron ese documental y de inmediato soñaron con conocer a la leyenda sin que les importara la susodicha carencia de imágenes. Algunos, cuenta el biógrafo, viajaron de inmediato a Rosario, la ciudad donde vive el Trinche, para conocerlo, para certificar, al menos con el saludo de manos, que alguien así de grande tiene en realidad entidad física. En efecto faltan imágenes de sus jugadas sobre el terreno de juego, pero el documental subsanó tal laguna con un recurso que apuntala lo que se supone fue Carlovich: en entrevistas que discurren a trancos van pasando testigos reales, hombres que vieron la maravilla, algunos muy conocidos como Menotti, Pékerman y Valdano, entre otros obviamente argentinos. Gracias pues a sus palabras, uno termina por aceptar la consistencia del fantasma: Carlovich fue tan bueno que quienes tuvieron la fortuna de verlo lo recuerdan como un todopoderoso sobre la cancha, un jugador que de haber vivido otras circunstancias —por ejemplo, un representante que cuidara a garrotazos su carrera— sería hoy algo parecido, quizá, aunque suene hiperbólico, a Messi, otro rosarino.
Pero eso no ocurrió, y encontrar la razón de la leyenda, desentrañar el misterio que se esconde tras el fracaso romántico del Trinche, es lo que emprende Caravario. No articula su texto, como podría pensarse, en clave estrictamente biográfica. De hecho, más que una biografía, el autor acomete el estudio de la leyenda que envuelve a Carlovich. ¿Es cierto o no todo lo que se dice sobre él? Por supuesto, para develar el enigma repasa la trayectoria del Trinche, su accidentada y al parecer deslumbrante andanza por equipos que a durísimas penas son conocidos en la Argentina. El libro es entonces una mezcla de tres recursos: entrevistas directas (a sus compañeros, a exfutbolistas que por casualidad lo acompañaron en el terreno de juego, a exentrenadores, a rivales en la cancha, a fanáticos del Trinche antiguos y modernos, a periodistas y al propio protagonista de esas páginas); el segundo recurso se basa en documentos periodísticos de todo tipo, tanto impresos como audiovisuales, y, por último, ciertos trazos interpretativos, con tono marcadamente ensayístico, del propio Caravario.
La urdimbre de esos tres hilos va creando una idea de lo que fue Carlovich. Nunca, sin embargo, es perfectamente claro aquel pasado, como si todo se confabulara para mantener en estado gaseoso las razones de la admiración y la leyenda. El mismo Trinche, por sus declaraciones monosilábicas, vagas, imprecisas, modestas y demás, parece alimentar el carácter aneblado de su historial futbolístico. De cualquier modo, su figura atrae porque representa algo así como la anarquía en un mundo lleno de controles y de cálculos, es decir, que el Trinche, pese a su talento o precisamente por él, jamás se dejó atar por el gobierno de la disciplina y la búsqueda de éxito, rasgos del futbol ya bien establecidos en aquella época. Fue, y sigue siendo para muchos, un superdotado que dilapidó el talento que le cupo en suerte porque lo suyo era jugar, tal vez divertirse, no atropellar estadísticas ni engordar cuentas bancarias.
Entre las numerosas y, creo, atinadas aproximaciones de Caravario a la leyenda, observa, siguiendo a Roland Barthes, que “es lícito tomar al Trinche también como un mito realista y utópico.  (…) Quizá toda la energía colectiva invertida en la biografía exagerada de Carlovich pretende actuar como equilibrio simbólico. De un lado, el podio del dinero que domina el deporte. Del otro, una versión corregida y aumentada del potrero, ese territorio edénico que se enarbola como origen del estilo argentino. Origen de la habilidad, la picardía y el coraje. Y también como bastión de la pureza, donde se juega a la pelota por amor a la pelota”.
El caso es que, vistos los ires y venires de Carlovich, sus desconcertantes indisciplinas, sus partidos de genio en equipos menores, da la impresión de que nunca aspiró al profesionalismo en serio, sino a una suerte de permanente querencia por el llano que lo vio nacer. Sus éxitos, los partidazos que dio según lo propalado por sus evangelistas, la invención del “doble caño” y otras maravillas de la mecánica corporal con el balón, brillaron en la penumbra de ligas de ascenso, desprovistas incluso del mínimo glamur que confiere el registro vidográfico. El equipo de sus amores, Central Córdoba, de la ciudad de Rosario, jamás ha estado a la altura de Central o Ñuls, pero allí desplegó un talento que atrajo multitudes. “Esta noche juega el Trinche”, dicen que decía la afición cuando, azorada y en masa, iba al estadio para ver qué nuevo conejo sacaba de la chistera aquel mago de la media cancha. De eso no hay, hasta ahora, ni diez segundos de video; no existen incluso del partido que podría ser señalado como cumbre en su carrera, un choque amistoso entre la Selección Argentina, que se preparaba para el mundial del 74, contra un combinado rosarino articulado de manera exprés con cinco jugadores de Rosario Central, cinco de Newell’s y uno de Central Córdoba, el Trinche. Aquella mitológica tarde, en match disputado sobre el pasto de Ñuls, los jugadores rosarinos ganaron 3-1 al seleccionado nacional. Como es previsible en los cuentos de hadas, la cenicienta Carlovich fue, según la prensa, el mejor jugador.
Ni con eso, lamentablemente, el Trinche pudo cambiar la ruta de su destino. Al final, como se puede comprobar en el Informe Robinson, la leyenda creció y creció, primero de boca en boca, gracias a los testigos de Carlovich y después gracias a los testigos de los testigos de Carlovich, y luego, ahora mismo, por el efecto multiplicador que producen los buenos dramas en internet. El video multicitado en este recorrido concluye con Carlovich tratando de digerir la imposible posibilidad de volver a una cancha. La garganta se le cierra, los enrojecidos ojos se le encharcan, y en ese rostro vemos que en efecto hay un estrujón de la nostalgia; algunos podrán interpretarlo como llanto por lo no realizado; otros (también considero viable esta lectura), simplemente por la imposibilidad de volver a la diversión de la pelota.
Alejandro Caravario dialogó con el admirado/¿malogrado? Carlovich, y quizá de antemano sabía que no hay explicación capaz de dejar sin arrugas semejante leyenda. En su mejor momento, al Trinche se le abría una puerta y misteriosamente entraba, hacía todo bien, deslumbraba, y poco después, sin motivo aparente, salía y la cerraba. Según se sabe, tuvo oportunidades de jugar en equipos grandes, pero siempre pasó “algo”. En la página 174, Tomás Felipe Carlovich declara esto a Caravario, una frase que bien puede resumir todo lo ocurrido: “Es que cuando sos joven pensás que el fútbol te va a durar toda la vida”.

miércoles, julio 24, 2019

Artes de la lectura




















Como todos los actos complejos, el acto de leer supone una diversidad amplísima de prácticas y variaciones. Es algo más que leer de pie o leer sentado, como propuso Vasconcelos. Así, nadie lee igual ni lo mismo, e indagar en algunas de sus variaciones fue lo que se propuso Gerardo Segura (Saltillo, 1955) en Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros, título publicado en febrero de este año por la Secretaría de Cultura del gobierno de Coahuila.
Editor, narrador, profesor y periodista cultural, Segura es una de las presencias más destacadas de la literatura coahuilense. En Invítame a leer se nota lo que afirmo, pues logró convocar a 29 comensales. A todos los entrevistó para indagar en sus gustos literarios, en las razones por las que leen, en la relación que guardan con los libros y en todo lo que para ellos significa convivir con la palabra escrita. Es, entonces, un libro amplio, de 351 páginas que distribuidas entre los participantes da un promedio de diez por cabeza, así que son diálogos que tratan de no quedarse en la epidermis del asunto, sino profundizar hasta donde es posible en un trabajo periodístico.
No sé si me equivoco, pero creo que ningún libro coahuilense de esta naturaleza había logrado aglutinar tantos rostros conocidos y con renombre en el ámbito literario. La primera virtud de Segura fue, por ello, ser creíble ante sus entrevistados, quienes no escamotearon su tiempo para responder a las preguntas del autor. Entre otros escritores-editores (“gente de libros”, como dice el subtítulo) desfilan por estas páginas Juan Domingo Argüelles, Óscar de la Borbolla, Julieta Fierro, Felipe Garrido, Pepe Gordon, Ethel Krauze, Luis Felipe Lomelí, Alejandro Merlín, Alma Delia Murillo, Eduardo Antonio Parra, Ruy Pérez Tamayo, Benito Taibo, Carlos Manuel Valdés y Roberto Zavala Ruiz (autor del fundamental El libro y sus orillas).
Generosamente, Segura sumó a tres laguneros: Saúl Rosales, Édgar Valencia y, más generosamente todavía, a mí. En su prólogo señala que “La pléyade aquí reunida representa a los diversos gremios de la parábola que trazan los libros desde su salida del escritorio del escritor hasta su destino final. Editores, promotores, bibliotecarios, lectores y críticos están representados en las siguientes páginas”. Conversar con todos ellos es el propósito de Invítame a leer. En resumen, y como decía Quevedo, este libro nos invita a escucharlo con los ojos.

sábado, julio 20, 2019

El pez paralizante
























Ayer celebramos la presentación en Gómez Palacio de El pez torpedo. Ética aplicada (Colofón-Arteletra, México, 2018, 99 pp.), libro de Javier Prado Galán (Torreón, Coah., 1959), jesuita, doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México y autor de numerosos libros, todos vinculados con la reflexión filosófica. En su trayectoria profesional, Javier ha fungido como vicerrector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y actualmente es Director General Académico de la Ibero León.
La ética es la rama filosófica con la que más se ha relacionado el quehacer de Prado Galán. En varios de sus libros, tal reflexión se ha dado en el plano de lo, digamos, general, de lo abstracto. El pez torpedo es una puesta en práctica del imperativo ético en la vida cotidiana. El filósofo lagunero ha delimitado entonces el territorio de su propuesta a ocho espacios del accionar común: el ambiental, el amoroso y sexual, el científico, el empresarial, el político, el profesional, el mediático y el vital. Como podemos imaginar, casi no queda ámbito del entramado humano que no sea al menos sobrevolado por la mirada del autor.
¿Y qué es el “pez torpedo”? ¿Por qué figura en el título y se asimila a la dimensión ética? Prado Galán comenta que Sócrates fue calificado de “torpedo” en alusión al pez cuya facultad es paralizar o “entorpecer”, tal y como la ética lo hace cuando queda puesta sobre la mesa antes de tomar casi cualquier decisión. Así entonces, el propósito del libro es plantear que en todas las dimensiones de su existencia el hombre puede enfrentar al pez torpedo, es decir, a la ética que ralentice o limite sus acciones e incluso las anule.
Cada ensayo nos pone frente al abismo abierto por la ética y su envés: la indiferencia. Por ejemplo, en el caso de la ética ambiental sabemos que es urgente frenar el deterioro de la naturaleza, pero esta posibilidad choca con la necesidad de mantener la producción tal cual y, de paso, los empleos. Algo similar ocurre con la ciencia, navaja de filo doble: por un lado, facilita la existencia, y, por el otro, la pone en riesgo, y para muestra bastan los botones del gran desarrollo médico al lado del vertiginoso avance del armamentismo, todo relacionado con la “tecnociencia”. Las demás éticas (empresarial, política, mediática…) tienen igualmente el afán, si no de paralizar, al menos sí de colocarnos frente a disyuntivas que por complejas demandan nuestra urgente y permanente preocupación.

miércoles, julio 17, 2019

Una lágrima para Barbosa
















“Apestar” es un verbo espantoso, y de él deriva el sustantivo “apestado”, es decir, el que, por culpa de la peste, es marginado, relegado. Por supuesto, su sentido ahora no es estricto, sino figurado, ya que no es necesario portar ninguna peste para ser un apestado. Como tal, como apestado, vivió el portero Moacir Barbosa Nascimento, quien alineó bajo los tres palos para la selección brasileña en el mundial celebrado hacia 1950 en el país de la samba.
Conocida por medio mundo, su historia siempre me ha estrujado. De todos es sabido que el punto de inflexión en la vida de Barbosa se dio el 16 de julio del 50, día en el que Brasil y Uruguay disputaron la final de la Copa del Mundo, en aquel tiempo llamada Jules Rimet. Para el país fue un desastre, el famoso “maracanazo”, pues la verde-amarilla perdió 2 a 1 contra la celeste charrúa. El desastre golpeó a los jugadores, a los 200 mil espectadores que atestaban las gradas del estadio y a todo Brasil. Hubo suicidios, llanto, una frustración colectiva que no acarrean ni las debacles económicas. Así es —y así era ya a mediados del siglo XX— el futbol en países que lo han elevado a la categoría de religión. Tras los goles de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, el resultado del partido se convirtió en bomba atómica, así que un culpable debía ser localizado. No fue difícil hallarlo: fue Barbosa, el portero, quien murió en 2000. Esto significa que cargó un injusto sambenito durante medio siglo, el brutal castigo de ser un apestado. Son muchas las tristes anécdotas sobre el ninguneado Barbosa, como aquélla en la que se propuso saludar a los seleccionados brasileños poco antes del mundial de Estados Unidos, todo para que no lo dejaran acercarse porque contagiaba la mala suerte.
Muchos grandes jugadores han merecido canciones. Maradona, por ejemplo, la que Rodrigo hizo grande, o Garrincha, cuyo tema en la voz de Zitarrosa es inmenso. Barbosa tiene también su canción. La compuso Tabaré Cardozo, y en alguna de sus estrofas dice: “Cuida los palos Barbosa / del arco del Brasil / la condena de Maracaná / se paga hasta morir. // Quema los palos Barbosa / del arco del Brasil / la condena de Maracaná / se pega hasta morir. // Un viejo vaga solo / la gente sin piedad / señala su fantasma sin edad / por la ciudad”.
Pues bien: mis palabras son una lágrima solidaria y respetuosa a la memoria de Barbosa. Descansa al fin, admirado Moacir.