sábado, agosto 18, 2018

Un soneto total




















He dicho en muchas ocasiones sin exagerar que cuando puedo memorizo los poemas que me gustan. Es una forma de tenerlos siempre a la mano y de pensarlos/decirlos incluso en los pasadizos del entresueño. No son, por supuesto, muchos, pues mi memoria carece de fuerte adhesividad, pero los que más me llegan han quedado guardados al menos parcialmente en mi disco duro. Quise alguna vez retener, por ejemplo, “La suave Patria”, pero no lo logré; lo que gané, eso sí, es que a la menor provocación me lleguen estrofas completas y las declare entre dientes, casi en silencio y siempre asombrado por la inmensidad de esas palabras inalcanzables para cualquier otro hacedor que no fuera el inalcanzable Ramón López Velarde.

Los poemas que resguardo más fácilmente son los sonetos; esto es comprensible por la brevedad de las piezas y porque a final de cuentas las estrofas y las rimas se vinculan con la mnemotecnia. Entre los sonetos que más me gustan hay unos gemelos, es decir, son dos sonetos mellizos acuñados por Borges. Su título es enigmático, por numérico: “1964”, y esto hubiera bastado para que me agradaran, pues el 64 es el año en el que nací. Borges los compuso y los publicó al mismo tiempo, como si fueran un solo poema, y ambos se refieren a la frustración amorosa. Me sé los dos, pero el que más me gusta es el segundo: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa.  / Hay tantas otras cosas en el mundo;  / un instante cualquiera es más profundo  / y diverso que el mar. La vida es corta  / y aunque las horas son tan largas, una  / oscura maravilla nos acecha,  / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha  / que nos libra del sol y de la luna  / y del amor. La dicha que me diste  / y me quitaste debe ser borrada;  / lo que era todo tiene que ser nada.  / Sólo me queda el goce de estar triste,  / esa vana costumbre que me inclina  / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Más allá de la perfección formal, de los encabalgamientos y la belleza de las rimas, hay aquí una resignación ante la pérdida y no pocas ideas que hacen vislumbrar la pequeñez de nuestras penalidades frente a la eternidad. Todo es triste, exacto y hermoso desde la primera y tajante afirmación: “Ya no seré feliz”, lo que “tal vez” no importe, un “tal vez” que apenas disimula la certeza. Poco después viene este portento de imagen: “una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha…”. La muerte como un mar en el que nos liberamos de todo, de lo bueno y de lo malo, “y del amor” cuyo terrible envés es el “desamor”, también demolido al llegar el acabamiento. Luego, esta lápida: “lo que era todo tiene que ser nada”, y al final la resignación ante el advenimiento de la tristeza sólo engañada por la vana esperanza de rondar “cierta esquina”.

Visto así, a las carreras, parece un poema sencillo. Puedo asegurar que no, que tal perfección sólo ha sido deparada a unos pocos, poquísimos poetas.

miércoles, agosto 15, 2018

Con 100 pesos para comer











Hay dos caminos para comer muy mal: por exceso de recursos o por falta de. En el primer caso, cuando la plata sobra es posible que se incurra en desórdenes alimenticios vinculados sobre todo con la superabundancia de productos a merced de las mandíbulas. Es de alguna manera, a escala macro, lo que pasa en la obsesa sociedad norteamericana, precisamente obesa porque come mucho y mal, sin control. La segunda forma de comer mal es la cara B del fenómeno: muchas personas, familias enteras se alimentan mal, muy mal, porque no tienen recursos para procurarse comida adecuada, comen lo más barato y de baja calidad, y esto casi equivale a decir que comen lo que sea.
En México es más común, claro, la segunda vertiente: comer mal por falta de recursos. Si el salario mínimo mexicano para 2018 es de 88.36 pesos diarios, lo lógico es pensar que lo básico, comer, será cubierto precariamente. Dado que una familia de cuatro miembros no puede vivir con esa cantidad, es de suponer que se requiere mayor ingreso. Supongamos pues que el padre se dobletea de chamba (agarra “liebres”) o la mujer y los hijos salen también de casa en busca de dinero. Supongamos entonces que a diario pueden ingresar entre 150 y 200 pesos. Son casi dos salarios mínimos o poco más, así que en términos ideales eso debería alcanzar para cubrir la canasta básica.
Pero sigamos suponiendo. Si el pasaje del camión, en Torreón, cuesta 11 pesos por viaje, a los hipotéticos 200 pesos hay que restar 22, o 44 si son dos los usuarios. Quedan 182/156. Al ingreso hay que restar los servicios mensuales: gas, agua, electricidad, lo que, prorrateado durante el mes en cálculos muy conservadores, dejaría el ingreso diario en 100 pesos. Eso es lo que queda para comer, y al margen se colocan el vestido (resuelto con trapos de segunda), la salud (con servicio público si lo hay), el esparcimiento (con tele), la cultura (con nada).
Con 100 pesos al día es pues milagroso que coman cuatro. La carne de res molida, digamos, cuesta a 100 pesos el kilo, de manera que queda excluida en la dieta diaria. A lo mucho, se puede comprar cada tanto un cuarto de molida de baja calidad a 30 pesos, y debe ser preparada con muchas papas para que rinda. En la cantidad de dinero disponible cabe también un kilo de frijol (en promedio 20 pesos), un kilo de arroz (en promedio 20 pesos), un kilo o kilo y medio de tortillas (15 pesos el kilo), una Coca Cola de dos litros (25 pesos), un cuarto de chile serrano para la salsa (2.50 pesos). A esto hay que sumar otros insumos de compra más espaciada, como el aceite (25 pesos el litro más económico), los cubitos de consomé (12 pesos seis cubos), la sal (10 pesos un kilo).
Como podrá notarse, los 100 pesos disponibles para comer apenas ajustan para malcomer tres veces al día. En este caso debemos prescindir de carnes, lácteos, cereales, frutas y otras delicias suntuarias. Remarco aquí que los productos alcanzables con el presupuesto mencionado tienen que ser necesariamente los de más bajo precio y, por ello, de menor calidad. A diario, mucho frijol, mucho arroz, mucha tortilla, mucho chile, mucha Coca Cola y mucho aceite barato son las bases de una dieta que desafía al salario mínimo. Con 100 pesos es asombrosamente posible —a costa de una monotonía atroz y daños irreversibles a la salud— seguir en pie para conseguir los 100 pesos del día siguiente.

sábado, agosto 11, 2018

Reyes humano















“Para ti es fácil”, me dicen con frecuencia quienes no escriben. Piensan erróneamente que escribir es, para uno, como enchilar gordas. Se equivocan. Salvo para algunos pocos privilegiados, escribir es una actividad que comporta tercas dificultades, serios dolores de parto. Nada más inquietante que una cuartilla (hoy monitor) en blanco, razón por la que no es nada infrecuente que los proyectos serios de escritura, los que aspiran al privilegio de la publicación, se demoren y a veces terminen por salir como jalados por un tirabuzón torpe y obstinado.
Me pasa pues que, como a la mayoría e indefectiblemente, escribir siempre es una actividad no ajena al disgusto. Quiero suponer que eso se debe, entre otros motivos, a que no es frecuente el casamiento de las expectativas con los resultados: uno tiene una idea más o menos redonda en la cabeza y a la hora de materializarla en el disco duro tal idea se torna esquiva, tan escurridiza que nos arrincona poco a poco en la frustración del cazador burlado por la liebre. He aprendido, sin embargo, a lidiar y a convivir con ese sentimiento: el de las expectativas altas y los resultados insatisfactorios. El consuelo, al final, es que uno hace lo que puede, no lo que quiere.
Por eso mi asombro al hallar, en un libro que leo por estos días y quiero reseñar dentro de poco, una confesión de Alfonso Reyes asentada en la intimidad de su diario. El polígrafo regiomontano se refiere en ella a los dolores de cabeza que en cierta oportunidad le provocó un texto. Hasta antes de leerla yo pensaba que el autor de Visión de Anáhuac jamás había sufrido para desahogar palabras, párrafos, cuartillas como quien arroja tortillas al comal. Con una producción bibliográfica como la que nos legó, es decir, descomunal, Reyes me dio siempre la impresión de que era un engranaje perfectamente aceitado para no sufrir a la hora de fraguar textos.
Pero no. Aunque quizá menos que el común de los escritores, Reyes también sufrió, como podemos notarlo en estas palabras: “Llevo como 10 días encerrado en casa, consagrado a la monografía sintética ‘Las letras patrias’ concebido por el secretario de Educación Jaime Torres Bodet, que hay que hacer a toda prisa: México y la cultura. Me ha costado mucho esfuerzo concebirlo, y lo he atacado tres veces, guardando los dos estados anteriores de lo que ya llevaba hecho sobre el siglo XVI, pues ha de caber todo en 100 páginas a máquina. Ni como ni duermo. ¡Terrible! Abandoné todo lo demás” (en Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1955, FCE-Colección Tezontle, México, 2018, 431 pp.)
Casi da gusto que el indetenible Reyes también haya sufrido alguna vez durante el acto de escribir. Lo digo por la admiración que le guardo, pues lo consideraba una especie de semidiós. El párrafo citado me dejó ver que a veces fue humano, tan humano como cualquiera de nosotros.

miércoles, agosto 08, 2018

Más allá de Rusia
























El futbol es ya una fuente importante de literatura. De no ficción principalmente —reportajes, ensayos, biografías…—, pero también de ficción, es decir, de textos que apoyan su valor en el plano de lo estético, de lo imaginativo. En este caso último se encuentra Once cuentos rusos (Ficticia, México, 2018, 164 pp.), libro colectivo que, como su título advierte, convoca una alineación de once jugadores sobre la cancha de papel, equipo armado por el narrador y DT Marcial Fernández.
No es el primer libro futbolístico de Ficticia. De hecho, este sello tiene una “Biblioteca del Futbolista” que sin duda es el emprendimiento mexicano más serio en la materia. Entre otros, han publicado aquí el entrenador argentino Ángel Cappa y al ex portero mexicano Félix Fernández Christlieb, y la colección ha sabido deambular entre los géneros del ensayo, la crónica, la memoria y el cuento.
El más reciente título de la mencionada biblioteca es otra buena muestra de lo viable que es el pretexto del futbol para narrar historias. Esto lo digo como adicto al futbol, pues supongo que los cuentos de este libro son más disfrutables en la medida en que el lector es igualmente pica del asunto. No significa, sin embargo, que quien se sienta ajeno a tal gusto vaya a encontrar indignos los relatos contenidos en el racimo. La explicación de esta certeza, lo he dicho siempre, es simple: los cuentos son atractivos porque, como en otras ficciones futboleras, en los Once cuentos rusos este deporte es un detonador, el marco en el que se despliegan historias espesas de humor y vida humana.
Como es un libro múltiple resulta difícil establecer sus coordenadas temáticas en el palmo de este espacio. Baste decir que Naief Yehya narra la insolencia de perderse un partido de la selección por culpa de un perro; que Gustavo Marcovich cuenta un desdoblamiento del personaje protagónico que sustituye a un conserje-fanático futbolero; que Luis Aguilar introduce el tema de la homosexualidad en un sudoroso vestidor; que Federico Fernández Christlieb describe las peripecias de un equipo perfectamente entrenado para perder; que Pedro Serrano reconstruye la vida de la adolescencia y el futbol al aire libre; que Gabriel Martínez Bucio ingresa a la mitología del barrio y sus milagros; que Juan Manuel Orbea arma un mecano en cinco voces; que Eduardo Ruiz Sosa deambula por Brasil y los rescoldos del inolvidable Garrincha; que Jesús Ramón Ibarra nos aproxima a la peculiar existencia de un jugador “decolorado por las lesiones y la falta de estrella”, y que Marcial Fernández urde el más experimental de los relatos, un juego donde acopia mensajes parecidos a los del chat, cartas y otros trucos. Yo colaboré con un cuento, “Mancha sobre mi padre”, sobre un jugador caído en desgracia.
En suma, sé que este libro les hará pasar un buen momento más allá del mundial Rusia 2018. Ya di sus generales. Me dará gusto que lo busquen.

sábado, agosto 04, 2018

Entre las teclas (disponible)




















Como Tolvanera de palabras, libro publicado en este 2018, Entre las teclas, periferia del oficio literario también está a merced en la librería El Astillero (Morelos entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón). Su tiraje fue pequeño, casi de autoconsumo, así que muy probablemente se agotará de un soplido. Para que se vislumbre su contenido, dejo aquí parte del prologuito:
“Escribí muy deliberadamente poco más o poco menos de la mitad de este libro, y tiempo antes la otra había salido sin proponérmelo, movida por el viento del azar. Un día noté que cierta serie de piezas publicadas en mi columna tenía como tema de fondo un asunto que denominé vida literaria, y eso me dio la idea de escribir, ahora sí con toda intención, otros tantos apuntes que deambularan por el mismo rumbo hasta reunir el puñado de cuartillas necesario para componer un libro, éste. No son, ya se podrá ver, solemnes, pero tampoco se tiran de panza a la piscina del relajo. Tampoco arman un libro de regañones consejos ni nada que se le parezca. Desean a lo sumo, así las pienso, compartir una mirada personal, la mía, sobre algunos gestos cercanos al trabajo literario en tanto forma de pasar la vida cercado y habitado por las palabras.
Imaginé al lector modelo de estas páginas y no se me ocurrió otro mejor que el ubicado todavía en la juventud. Un joven escritor es la persona que aquí busco. Quizá a ese lector puedan servir mis ideas no tanto como brújula, sino como simple y tal vez emborronado croquis para orientarse en algunas zonas de la ciudad literaria. Al escribir me recordé joven y creí que en aquel lejano tiempo me hubiera gustado saber algo de lo que comento ahora que ya estoy bien entradito en años, casi pisando los de Aquiles a la tercera edad. Por ejemplo, entender la importancia de los títulos, vislumbrar qué tanto es necesario escribir al día para no autodesterrarse del oficio, de dónde agarrar temas, considerar si existe la inspiración o el texto sólo sale a punta de abnegada talacha. En fin, todo eso, o algo de eso que, como ya dije, constituye parte de la vida literaria y sus inmediaciones.
Lo he subtitulado periferia precisamente porque no indaga en el hueso de la actividad literaria, es decir, no es lo que los antiguos llamaban preceptiva, un manual para inmiscuirse en los géneros, por otro lado habitualmente inútiles o casi inútiles (me refiero a las preceptivas). Alguien dirá que mis apuntes son meras generalizaciones, y estaré de acuerdo, pues en materia de creatividad todo tiene sus asegunes y es imposible suministrar recetas. Quien las desee a la hora de escribir, que cambie la computadora por la estufa.
Como en muchos casos o como en casi todos los casos relacionados con lo que escribo, he dudado y sigo dudando sobre la puntería de mis afirmaciones. La seguridad al decir algo, si la hay, es siempre una falacia, la fachada que uno se inventa para no parecer lo que es: un pobre diablo vacilante.
No añado más, sólo mi propósito de no aburrir y haber escrito bien lo que he pensado y hoy comparto (con las mismas moderadas —por no decir nulas— esperanzas de siempre) en este racimo de papel”.

miércoles, agosto 01, 2018

Esas malditas llamadas
















Publiqué ayer en mis redes este post: “Por una política de autodefensa suelo no contestar llamadas telefónicas cuyo número no tenga registrado. Si alguien nos necesita con urgencia, pienso, para contactarnos antes de hablar tiene los caminos del Whatsapp, chat de FB, SMS, mail, MD de Twitter y demás. Hoy, contra mi costumbre, contesté una llamada proveniente de un número desconocido, el 5587416132. Se trataba de una extorsión con amenaza de secuestro. La voz de angustia inicial fue tan sorpresiva que sí me asusté, y mucho, pero por suerte pude maniobrar, corté rápido y comprobé que no pasaba nada mediante una llamada a otro teléfono”.

Es la primera vez que me pasa esto y se debió a un descuido, pues contesté a un número no almacenado en la memoria del teléfono. La técnica del delito es bien conocida: de repente recibí la llamada, contesté y por el auricular salió una voz angustiada en este caso de mujer. Como horrorizada, soltó siete u ocho palabras que por desagradables no reproduzco textualmente. Se trataba de un supuesto secuestro. Luego, sin cortar la llamada, se puso al teléfono un sujeto que con voz firme aseguraba tener a la víctima y poder lastimarla. Creo que maniobré bien para suspender el diálogo y marcar, obvio, a otro número para asegurarme de que nada había pasado.

La lógica de esas llamadas es marcar para ver quién pica el anzuelo. Si le llaman a una persona sin hijos y la primera frase que oye es “¡Papá, ayúdame!”, la extorsión se derrumba desde allí. Pero si da la casualidad de que el tal papá es en efecto padre de una joven, el oído tiende a asociar la voz querida con la voz embusteramente aterrorizada que sale del auricular y luego seguir la conversación con el delincuente que sin demora comienza a proferir amenazas y órdenes.
Yo oí la voz angustiada y de inmediato hice la monstruosa asociación. Tres segundos después desperté del aturdimiento para pensar que no, que esa no era la voz querida. Tras colgar y certificar que todo estaba bien, saqué algunas conclusiones que supongo cualquiera saca tras un sacudimiento de esta ruin naturaleza. El primero, y básico, es no contestar jamás llamadas de números desconocidos, menos si proceden de otras zonas y no tenemos mucho qué ver con lugares lejanos. El segundo, saber que si alguna vez contestamos esas llamadas (por error, prisa o lo que sea) conservar la calma y reflexionar de inmediato en el tono de la voz supuestamente querida. El tercero, en caso de duda buscar pronto a la persona teóricamente amenazada. El cuarto, denunciar de inmediato, al menos en la redes sociales, el número. Y el quinto: instruir a la familia sobre la manera de actuar en estos y otros casos.

Lo más importante, siempre, es mantener la calma y poner los cinco sentidos en el asunto. Nunca es fácil, pero ya estando en eso hay que intentarlo.

sábado, julio 28, 2018

El señor de la cantina




















Entre muchos otros, Facebook tiene un dispositivo que diariamente recuerda a cada usuario sus antiguas apariciones en esa red social. Si uno subió una foto hace dos años, cualquier día de estos la telaraña de Zuckerberg la trae a cuento con la intención de que sea relanzada. Facebook descubrió entonces que nos gusta recordar, que en el pasado encontramos motivos suficientes para reafirmar lo que somos.

Así como Facebook, mi mente se atarea en recuerdos que detonan caprichosamente, al azar de cualquier estímulo. Algunos me alegran, la mayoría no, pero no elijo ni los unos ni los otros. Lo que hacen es llegar sin aviso, instalarse en mi conciencia y permitirme la proyección íntima de viejas películas vividas en carne propia. Ayer, por ejemplo, vi en línea la portada de un libro español que de inmediato provocó un bullidero de recuerdos hasta llegar particularmente a uno. El libro era una bella edición de El gallo de oro, el famoso relato de Rulfo que a la postre fue convertido en film. La primera versión, homónima, tuvo a Ignacio López Tarso y a Lucha Villa como protagonistas; la segunda, titulada El imperio de la fortuna, a Ernesto Gómez Cruz y a la hermosa Blanca Guerra. Ver esa portada me recordó el centenario de Rulfo, y tras recordar eso recordé que hace 28 años, cuando Pedro Páramo cumplió cuarenta de vida, decidí escribir algo sobre el habla en el campo lagunero.

Ya en aquellos años —yo tenía como treinta— la agenda periodística me la imponía solo, así que decidí emprender un recorrido por nuestro ámbito rural con el fin de platicar con ejidatarios viejos. En mi Caribe tomé el rumbo de Gómez Palacio hacia El Compás. Antes, mucho antes de llegar a mi destino, cambié de planes, me detuve en una ranchería cualquiera donde vi a un viejo sentado en un tronco convertido en banca. Le expliqué mi difuso propósito periodístico y accedió a conversar. Sólo me pidió un favor: “Vamos a mi cantina”, dijo. Lo seguí unos cincuenta metros hacia un cuarto de adobe aledaño a una parcela con sorgo, quitó un candado y vi que la cantina era en realidad la bodeguita de adobe. En el interior estaban tirados algunos aperos de labranza y una hielera antigua de Carta Blanca, de aquellas que tenían tapas corredizas de lámina galvanizada. Movió una de las hojas y vi que en un lago de agua quizá fresca, sin hielo, nadaban cinco botellas de caguama. El viejo sacó una para mí y otra para él. No había vasos. Luego salimos del cuarto y nos sentamos en unas endebles sillas de alambrón. Creo que conversamos como tres o cuatro horas, y entre cerveza y moscas el viejo me iluminó con el mejor español campirano de La Laguna. No recuerdo su nombre, pero cada que pienso en Rulfo no es extraño que derive en mi alma aquel personaje de Pedro Páramo con el que conversé caguamas mediante.

miércoles, julio 25, 2018

Modelo mexicano















Cuando la concentración de la riqueza hace monstruosa la desigualdad y alienta el malestar social, los gobiernos de derecha han encontrado una receta que bien podemos denominar mexicana: militarizar, sacar al ejército a las calles y así contener —ya inhibiendo, ya actuando— las posibilidades de protesta. En México, lo sabemos bien, este método fue impulsado en el amanecer del sexenio calderonista que articuló, para justificarse, el relato de la guerra contra la delincuencia, particularmente contra el narcotráfico; una de las lecturas que se han impuesto sobre esa peculiar medida fue, sin embargo, muy distinta: Felipe Calderón sacó militares a las calles porque temió, con justa razón, que su precaria legitimidad fuera puesta en entredicho y más valía, para él, tomar las debidas precauciones. En sus seis años de gobierno no se obtuvieron los resultados que en teoría se iban a obtener simplemente porque no era lo buscado. Al contrario, esos años estuvieron llenos de plomo y sangre, y casi todo el país padeció los estropicios de la barbarie.
Luego, llegado el turno de Peña Nieto, la militarización continuó en pie y el mapa de la violencia siguió teñido de rojo: los muertos y los desaparecidos se cuentan hoy en cifras de varios dígitos y es fecha que no acusan el menor asomo de decremento. En tal escenario apareció la llamada Ley de Seguridad Interior, una ley que casi doce años después legaliza la presencia militar en las calles más allá de las funciones delimitadas por la Constitución. Si hacemos caso al discurso de López Obrador, parece que dentro de unos meses la milicia volverá a los cuarteles y el ataque a la delincuencia organizada se dará en el marco legal del que nunca debió salir.
Pues bien, el modelo mexicano está siendo habilitado ahora en países como Argentina, donde el presidente Mauricio Macri ha decidido sacar al ejército a sus calles con la excusa de una guerra contra la delincuencia. Lo curioso es que la iniciativa se da cuando su modelo económico está a la puerta del colapso, cuando ya se prefigura el aumento de la protesta social ante la evidente catástrofe de sus políticas, todas antipopulares. Roberto Navarro, periodista, ha explicado que la medida se debe a que ha terminado el blindaje mediático para Macri luego de un escándalo por financiamiento irregular a su partido (Cambiemos), y El Manifiesto Argentino, organización política, ha advertido “que la injustificable e indefendible decisión de que las FFAA vuelvan a intervenir en conflictos internos, pone en peligro la convivencia de la sociedad y la paz de la República, constituyéndose en el más grave atentado contra la democracia desde la caída de la dictadura”. Sea como sea, el caso es que el peligroso modelo mexicano ya está siendo importado en otros rumbos donde curiosamente la crisis económica justifica la protesta.

miércoles, julio 18, 2018

Del verbo mochar














El verbo “mochar” (y sus derivados) es polisémico en nuestro país. Puede significar “pagar” (“Fulano se mochó con la cena”), “compartir” (“Zutano se mochó con un pantalón”), “cortar” (“Perengano mochó la rama del árbol”), mostrar aceptación venérea (“Fulana sí se mocha”) y, como sustantivo, “soborno” o “coima” (“El diputado recibió un moche para votar a favor”). El contexto, la posición de los interlocutores, el tono de voz y todo lo que en el habla coloquial suele ser habilitado ayudan a entender cada una de las mencionadas variantes. En el caso del título que encabeza este comentario, uso la tercera acepción, es decir, mochar literalmente, eliminar una parte del todo.
En los días que corren ha levantado polvo la propuesta amlista de mochar los sueldos y las prestaciones de la burocracia de cuello blanco. Fue, lo sabemos, una de las tantas promesas de campaña que ilusionaron a sus seguidores y ya comenzó a tomar forma al menos declaratoria. Para arrancar, se corta un alto porcentaje al ingreso del presidente, y de allí para abajo todos los funcionarios de alta gama que quieran sumarse a su proyecto deberán aceptar un emolumento menor.
Por supuesto no será nada fácil ajustar la nómina del gobierno federal, pues una de las malas costumbres estructurales de nuestro país ha sido la de apapachar con sueldazos y atiborrar de prestaciones sobre todo a quienes trabajan en el techo del servicio público. Sospecho que no va a ser del todo terso el paso de un tabulador obsceno a otro que de alguna forma se amolde a los vientos de austeridad que el presidente neojuarista apetece para el país.
Será difícil, sin duda, pero en buena hora puede arrancar este propósito de abolir la vida faraónica de ciertos funcionarios y rehacer, poco a poco, el sentido del trabajo en la burocracia más encumbrada del país. Esto es parte de lo que la ciudadanía siempre ha reclamado sin asomo de respuesta: que quienes operan desde secretarías, subsecretarías, direcciones, delegaciones y demás no vivan entre ingresos y prestaciones de sultanes.
Junto con el plan de reducción de la nómina camina otro no menos importante: el de disminuir hasta donde seas posible el gasto público en insumos, personal, equipamiento y mil otras sangrías que también han sido un permanente lastre para el erario federal. Reitero que no será nada fácil acabar o al menos desacelerar la inercia de gastos desmesurados y suntuarios, pero es un hecho que estamos ante una posibilidad real de, por fin, rehacer hábitos y emparejar un poco la distancia entre los servidores públicos con derecho de picaporte y los de trinchera.

sábado, julio 14, 2018

Mi retiro de la primera división















Una conversación con mi hija derivó en el tema del futbol durante la infancia. Claro que quise ser jugador profesional, hija, le respondí. Todos los que alguna vez fatigamos canchas en la niñez/adolescencia sentimos el deseo de vestir un uniforme consagrado. Quien, ya adulto, diga lo contrario, miente o no jugó futbol. Yo sí jugué, ergo quise llegar a la primera división.

La historia de mi renuncia a ese anhelo tiene que ver, creo, con una mañana sabatina de 1978 o 79. Antes de ese día yo había jugado mucho futbol en la calle, en la cancha de básquet de la escuela y en canchas de tierra, casi todas de Gómez Palacio y Ciudad Lerdo. Tenía como quince años, entrenaba lo suficiente y no me sentía tan malo, pues tenía técnica, decorosa gambeta, visión de campo y buena ubicación, aunque no le pegaba fuerte a la pelota, no era muy veloz ni era rudo. Me consideraba —la autoestima puede ser muy dadivosa a esa edad— un mediocampista con talento, con toque, un enlace entre defensas y delanteros. Muchos años después, cuando vi a Zidene y a Riquelme, creí que yo creía ser como ellos. Pero no era así, como lo supe brutalmente en la vivencia que relato.

Aquella mañana del 78 o 79 mi equipo de la secundaría jugaría un partido en el agreste campo aledaño al IMSS de Gómez Palacio. Ese campo atroz, irregular y con abundante piedrecilla de río, estaba exactamente donde años después se instaló el supermercado Casa Ley. Mi equipo era solvente, teníamos buenos jugadores y yo era titular, como se dice, “indiscutible”. Recuerdo que nuestro centro delantero era Héctor Macías, un chico de Ciudad Lerdo a quien no olvido porque jugaba de maravilla, anotaba muchos goles, era rápido y preciso en sus disparos, la mejor de nuestras armas. El partido comenzó y fue en ese momento cuando recibí un golpe de realidad.

En el equipo contrario, del que no recuerdo nada, ni su nombre, alineaba un joven de mi edad. Era espigado tirándole a flaco, no muy alto, veloz y correoso, de pelito cortado a lo escolar, con raya al lado. Jugaba en la media pero muy adelantado, casi como eje de ataque. Lo peculiar era su mando. Como Maradona, exigía que todos le dieran el balón y se molestaba cuando sus compañeros decidían soltar la pelota a otro compañero. Su liderazgo era evidente, gritaba, indicaba, dirigía todo, casi quería jugar solo. Cada que le llegaba un balón, lo recibía perfectamente, levantaba la cabeza, y si era necesario gambetear, gambeteaba; si era necesario pasar, pasaba; si era necesario tirar, sacaba disparos hermosos. Todo lo hacía bien y a una velocidad asombrosa. Por mi posición de medio, tuve la mala suerte de toparme contra él en varias jugadas. En todas lo vi pasar como quien ve pasar fantasmas, en todas me sacaba un eterno segundo de ventaja, en todas pensaba más rápido y en todas elegía bien la siguiente jugada. No iba el minuto veinte del primer tiempo cuando yo ya lo consideraba un extraterrestre, un jugador que estaba a años luz de mi capacidad futbolística, y eso que yo, en teoría, “era bueno”.

Es innecesario añadir que perdimos el choque y que quizá para mis compañeros fue un partido más. Para mí no. Para mí fue el punto de inflexión entre un pasado con ilusiones de llegar a la primera y un presente en el que estalló esa burbujita inflada con ingenuidad. Rumbo a mi casa, con mi mochila deportiva en la espalda, caminé pensando que a la primera división llegaban los jugadores como el flaco, no los que, como yo, lo deseamos pero no nacimos con las condiciones para lograrlo. Supongo que también allí, de paso, sin que yo lo supiera, nació mi primera vinculación con estas cosas de leer y escribir en las que al menos, quiero creer, quizá sí podría ganarle, esté donde esté, al pinche flaco que me retiró de la primera división.

miércoles, julio 11, 2018

Querencia de Dolina




















Hace tres años fui invitado a colaborar con un breve texto en el libro conmemorativo del programa de radio La venganza será terrible conducido por Alejandro Dolina. Mi texto fue incluido y el libro circula desde el año pasado. El libro lleva como título, no podría ser de otra manera, La venganza será terrible. 30 años (Planeta Argentina, Buenos Aires, 496 pp.). Comparto la opinión que ofrecí y aparece en la página 418:

Nací y vivo en el norte de México y descubrí a Dolina en 2002 o 2003, cuando al vagabundear por la red me topé con algunas piezas de Crónicas del Ángel Gris. Fue un amor a primera lectura, un flechazo implacable a la mente y el corazón. Al indagar sobre el autor de aquellos textos supe que hacia 1944 había nacido en Baigorrita, en el partido de General Viamonte y todo eso que al final no dice nada o dice muy poco, pues Dolina jamás cabrá entero en la helada descripción de una solapa. Descubrí, sí, un dato interesante: para esos años ya tenía cerca de veinte como conductor de La venganza será terrible, así que busqué su voz. No había radio en vivo por internet, o la señal era pésima, pero gracias a no recuerdo qué sitio web encontré fragmentos del programa. El impacto fue poderoso: el tal Dolina improvisaba en La venganza con una mezcla hipnótica de erudición, humor, desenfado, compromiso con la inteligencia, fe en el arte y lujo verbal que de inmediato me provocó un debate íntimo: ¿a quién iba a preferir? ¿Al Dolina que escribía? ¿Al que hablaba en la radio? ¿Al que cantaba tangos? Resolví salomónicamente: preferiría a los tres.
Así, en mi segundo viaje a Buenos Aires caminé decidido por Corrientes hasta encontrar sus libros. Hallé dos, uno de ellos Bar del infierno, recién publicado. Fue el primero que leí completo, y recuerdo que en unas vacaciones de navidad escribí en El Paso, Texas, la elogiosa reseña que publiqué en mi columna mexicana. No sé cómo, Álex, hijo de Dolina, dio con ella en la red, la compartió con su padre y recibió de él la encomienda de enviarme un agradecimiento vía mail. Lo demás es una historia que ya he contado en otros espacios: he ido un par de veces a la emisión en vivo de La venganza, sigo oyendo el programa cada vez que puedo, he tomado café con Dolina en Baires y sé que gozo —y lo presumo— de su bienvenido afecto.
Ahora bien, entre las muchas que tiene, ¿cuál es la mayor virtud del poliédrico Dolina? No temo equivocarme al afirmar que es esto: el enfoque. Cualquiera que sea el tema, cualquiera que sea el desafío intelectual, el Negro sabe encararlo desde una vereda distinta a la que transita la mayoría. En esa terca originalidad de su mirada se basa la querencia de los miles que lo admiramos y el ya largo éxito de La venganza y de sus libros.

Comarca Lagunera, México, 15, agosto y 2015

sábado, julio 07, 2018

Crisis tripartita










Para quienes nacimos hace más de cincuenta años no es tan fácil asimilar lo que pasó el domingo. Fue un suceso al que por fuerza debemos hacerle digestión lenta, pues no todos los días se viene encima un banquetazo con tal cantidad de novedades. Parece un quiebre, un parteaguas que de golpe nos hace sentir que provenimos de la prehistoria: hace cuántos millones de años el PRI echaba a andar la aplanadora electoral y con ella dejaba convertidos a sus opositores en tortilla; hace cuánto la CTM era manejada con mano de hierro por un vejete de cuyo nombre no quiero acordarme; hace cuánto la CNC cooperaba con miles de campesinos sólo útiles para el acarreo; hace cuánto vivíamos los rituales del destape, los fastos de un partido hecho a la medida de la autodenominada y gandalla “familia revolucionaria”.
Todo eso y más venía desplomándose desde hace décadas pero parecía que el desplome avanzaba en cámara Phantom. Primero fue el hachazo propinado por el delamadridismo-salinismo a los políticos de viejo cuño. La llegada de los “tecnócratas” —palabra que hoy también parece prehistórica— desplazó a quienes se habían hecho en las bregas del escalafón: antes de ser gobernador, digamos, era necesario comenzar en la juventud como ayudante C o D de algún regidor o alcalde de poca monta; si se tenía suerte, habilidad, una alta dosis de servilismo y buen padrino se podía ascender hasta una diputación, una senaduría y más. Ese paradigma moroso y funcional cambió en el PRI, partido que fue asaltado por jóvenes políticos que mezclaban los estudios en escuelas importantes con ambición, y luego por júniors sólo dotados de colmillos y amigotes voraces. El PRI volvió pues a Palacio Nacional, pero lo hizo no para pensar en un renacimiento de largo aliento, sino en una orgía de vaciamiento de las arcas públicas.
Luego el PAN y el PRD, cada cual a su modo, calcaron prácticas similares y terminaron casi en las mismas que su modelo. Tras el debilitamiento de la figura presidencial, no sólo los gobernadores operaron a sus anchas, sino que también los partidos pusieron de su parte hasta lograr que la gente los odiara-rotulara con un nombre peyorativo: “partidocracia”. Hoy los tres partidos atraviesan sus peores crisis y buscan con denuedo a los culpables para pasarles la factura. Cada uno tendrá, es de suponer, distinto futuro. Creo que en el PAN habrá lucha encarnizada por el control pero saldrá adelante; el PRI batallará más porque es una agencia de colocaciones y al haber perdido espacios no podrá disponer de huesos para su horda habitual; sobrevivirá, sin embargo, como ha sobrevivido siempre, como la yerba mala. Al que le veo menos chance de resucitar es al PRD: los Chuchos acabaron con él hace como diez años, pero se dieron cuenta de esto hasta el domingo pasado.

miércoles, julio 04, 2018

Sismo cívico












Ni echando a volar la imaginación como el Chicharito era posible anticipar el terremoto político del domingo 1 de julio. Porque eso fue, una jornada con algo de sacudimiento telúrico, una especie de sismo cívico que puede marcar un antes y un después en la historia de México. El “antes” ya lo conocemos, y tiene que ver con un sistema político que con mil defectos, autoritario y todo, emergió luego de la Revolución y creó instituciones que ampararon a buena parte de la población hasta entrar, en los setenta, a una etapa de deterioro que poco a poco fue precarizando la vida nacional hasta derivar en un sexenio, el de Peña Nieto, caracterizado por la desigualdad económica, la inseguridad y la corrupción a escalas inimaginables, las escalas propias del neoloberalismo; el “después”, si se consuma, tiene un buen principio —la jornada del domingo—, pero es obvio que es apenas eso, un principio de algo que sólo con responsabilidad, trabajo y tiempo puede modificar la desoladora realidad que enfrentará el nuevo gobierno.
No será fácil, porque el hoyo es grande y porque hay inercias que resistirán cualquier conato de cambio. Sin embargo, el comienzo es una especie de recomienzo, pues ya Fox, en el 2000, amaneció a su cargo con un capital político que hizo pensar en un futuro esperanzador. No ocurrió así, fue un fracaso. Los problemas y las inercias pasaron como aplanadora sobre el inepto guanajuatense y luego hicieron lo mismo, cada vez peor, sobre Calderón y Peña Nieto. Hoy, AMLO y su partido gozan de un ímpetu civil parecido al que despertó el foxismo, e incluso más, pues ambas Cámaras, varias gubernaturas y cientos de alcaldías ya conquistadas deben jalar, en teoría, hacia el mismo lado, lo que de antemano plantea como inauditos los pretextos en caso de que los cambios se demoren o no lleguen: el capital político del Movimiento encabezado por López Obrador se encuentra frente a una oportunidad que en definitiva se convierta, ahora sí, en una transformación, no importa si le llaman “cuarta” o no.
Soy, por supuesto, de los que confían en la posibilidad de que ese cambio ocurra, pero no ignoro que, pese a los vientos favorables que soplan para el ganador y su partido, el camino fue tortuoso y requirió de una política de alianzas más o menos indiscriminada que de antemano supone un problema interno para el futuro presidente. Pero confío en un cambio real, y quisiera imaginar que todo pueda ceñirse al espíritu del primer discurso del domingo: no tolerar la corrupción, poner primero a los pobres, ahorrar e invertir, abatir la inseguridad por la vía del bienestar y no de las armas... Si eso se cumple, México deberá ser otro en 2024. De eso se trata, y tal fue el mensaje lanzado por el descomunal apoyo del domingo: de que México sea otro y mejor.