sábado, enero 31, 2026

Las palabras y los signos

 








El diccionario académico da una sola definición a la entrada “negacionismo”: “Actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes, especialmente el holocausto”. Como cualquier definición, esta podría ser mejorada para adaptarla al sentido actual, que llega hasta el adjetivo “históricos” de la cita, aunque también podría ser menos eufemística y cambiar el adjetivo “relevantes”, porque negacionista es quien niega ciertas realidades relevantes ocurridas en el pasado, pero relevantes en función de las atrocidades perpetradas por un gobierno o grupo político. Así entonces, alguien no es negacionista porque niega que tal o cual gobierno haya aumentado el impuesto predial o haya construido una escuela en lugar de una carretera, sino porque torturó, mató y desapareció, es decir, porque perpetró crímenes de lesa humanidad. Esto es ser negacionista.

España es un país que por su pasado reciente mantiene una permanente tensión entre negacionistas y “afirmativistas” (propongo este neologismo por mera analogía). El meollo del debate es, lo sabemos, la Guerra Civil, el franquismo y su política de aniquilación a quienes eran mínimamente sospechados de rojos. En los meses que corren, dos efemérides han atizado la rivalidad discursiva: por un lado, el cincuenta aniversario de la muerte de Franco (el 20 de noviembre pasado) y el noventa aniversario del inicio de la Guerra Civil (el 17 de julio de este año). Explicado de manera harto esquemática, se enfrentan dos trincheras: del ala izquierda, el PSOE (que gobierna) y Podemos (con sus dos voceras principales: Ione Belarra e Irene Montero), más Gabriel Rufián, de Ezquerra Republicana de Cataluya; y del otro, la derecha que es oposición en el PP encabezado por Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, y la cercanía, aunque más a la derecha, de Vox con personajes como Santiago Abascal, Pepa Millán y José María Figueredo. Por supuesto que se trata de un esquema simplista, pero creo suficiente para dibujar desde lejos la polaridad ideológica de la España actual.

En la semana que termina se manifestó con particular intensidad la polémica sobre la valoración de la Guerra Civil. Se debió sobre todo a que David Uclés, un joven escritor y músico andaluz, autor de La península de las casas vacías, novela que en las últimas semanas ha vendido miles de ejemplares, declinó participar en Letras de Sevilla, un encuentro cultural convocado por la Fundación Cajasol con la coordinación de dos escritores: Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. Uclés grabó un video para decir que no participaría en la XI edición de Letras de Sevilla porque en la lista de participantes aparecían José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, ambos políticos claramente ubicados a la derecha o poco más allá de la derecha: Aznar es orgulloso hijo de un falangista, y Espinoza es uno de los fundadores de Vox, partido que, entre otras ideas políticas convenientes a la oligarquía española, abraza férreamente la del negacionismo.

Tras la decisión de Uclés, otros escritores se bajaron del barco y comenzaron a poner énfasis en el nombre del festival: “1936: La guerra que todos perdimos”. Las palabras nunca son inocentes, y muchos vieron en esto una sutil intención de equiparar (“todos perdimos”) a los derrotados republicanos con los vencedores y ensañados franquistas. Ante esto, Pérez-Reverte y Vigorra publicaron una carta en la que exponían las razones para la posposición de LdeS; desde su primer párrafo son elocuentes: “La intención expresada en las redes sociales por grupos de ultraizquierda, proponiendo manifestarse de forma violenta ante el lugar donde está previsto celebrar la XI edición de letras en Sevilla (‘1936: ¿La guerra que todos perdimos?’) la semana próxima, nos hace aconsejar a Cajasol que aplace hasta nueva fecha los debates anunciados. Tal es el resultado de una campaña intolerable de presiones que desde el partido Podemos y medios afines se ha estado ejerciendo sobre algunos de los participantes, a fin de hacerles renunciar a su intervención en unas jornadas cuyo contenido éstos conocían perfectamente y cuya asistencia habían confirmado hace meses sin plantear objeción alguna”. No es necesario destacar que escribir “de ultraizquierda” fue preparar el terreno con una exageración que en teoría hace persuasivo todo lo que sigue: si lo dice la “ultraizquierda”, los malditos zurdos, malo debe ser.

Con columnas, artículos, declaraciones y torrenciales comentarios en las redes se desató en España un tsunami de opiniones a favor y en contra de los bandos. “Todo empezó con un título gloriosamente blanqueador: ‘1936: La guerra que todos perdimos’. Qué bonito, ¿verdad? Un intento de abrazar en la misma frase a golpistas y fusilados, a verdugos y víctimas, diluidos en una melancolía común, como si fueran igual de culpables Yagüe o Queipo que los asesinados en Badajoz o en Andalucía, como si cupieran en el mismo saco los asesinos de García Lorca y el poeta”, escribió Paco Arenas.

Un detalle que muchos “ultraizquierdistas” no pasaron por alto fue el uso tardío de los signos de interrogación. “1936: La guerra que todos perdimos” apareció en la carta de Pérez-Reverte como “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”. Cuando saltó el detallito, el escritor sostuvo que la falta de los signos fue un “error de maquetación”, con lo cual terminó en el autogol, pues ese simple rasgo tipográfico da por hecho que a destiempo advirtieron el “todos perdimos” a secas como una barbaridad negacionista, una equiparación cínica para lavar un poco las manos ensangrentadas del franquismo.

Por otra parte, con o sin signos de interrogación, el sindicalista Diego Cañamero expuso que la guerra “la perdimos niños como yo que tuvimos que ponernos a trabajar a la edad de 8 años porque el hambre golpeaba en nuestros estómagos cada minuto del día, la perdieron los que fueron fusilados en paredes de cementerios y cunetas, la perdieron los que fueron a las cárceles, los que se quedaron sin padres, los que no tenían un trozo de pan que llevarse a la boca, la perdieron los que defendieron el gobierno democrático de la República... Así que, señores Reverte y Cajasol, el título de dicho acto es insultante, por eso quiero, desde esta página, felicitar a los conferenciantes que se han negado a participar en dicha jornada”.

Las palabras nunca son inocentes, dije hace algunos renglones. Amplío: ni los signos.

miércoles, enero 28, 2026

Efecto naranja

 







Los oriundos de la modernidad, el periodo que cubre, más o menos, de la Revolución Francesa al desgajamiento de la URSS, no podemos habituarnos todavía al aire que sopla para la humanidad de este momento. Tras el derrumbe de los grandes relatos que explicaban el mundo y la irrupción de la posmodernidad, ha crecido la idea de que se puede regresar al despotismo y conculcar derechos conseguidos a durísimas penas sobre todo tras la propuesta del estado de bienestar que se aceleró poco después de la Segunda Guerra. Que el Estado se inmiscuyera en la procuración de alimento, salud, educación, vivienda y demás obra pública gozaba hasta hace pocas décadas de una sanción variablemente positiva, lo que se vio aparejado por la conquista de derechos y un avance notable, entre otros, del feminismo y la conciencia ambiental.

Esta situación cambió drásticamente en las dos décadas más recientes, lo que coincide con la invención del smartphone y la creación de las redes sociales. Sin que fuera muy evidente para la mayoría (todavía no lo es), una nueva ola de pensamiento político adquirió los peores rasgos del comportamiento en las redes: la agresividad, la banalidad, la emocionalidad, la espectacularidad pasaron a caracterizar el modo de comunicar lo social y lo político, y se extravió todo rastro de densidad y espíritu comunitario. El auge de la nueva derecha se inscribe en esta inercia global: ahora, en el río revuelto de las redes, las fake news y la IA se puede decir lo que sea, y no sólo decirlo, sino algo peor: hacerlo.

El caso extremo de esta relajación de los principios, aunque no el único en el mundo, es el de Trump. Antes, durante y después de su primer mandato le escurría de la boca machismo, racismo, clasismo, pedofilia y autoritarismo comprobado en miles de notas de prensa, y de todos modos repitió mediante el voto su estancia en la Casa Blanca. Si esto es de por sí increíble, el magnate naranja dio otras vueltas a la tuerca desde el 3 de enero: pasó del discurso a la acción no sólo en patios ajenos, sino también en su país. Tal muestra de brutalidad no es la causa, sino el efecto de un padecimiento social que prohijó la aparición de un tirano al que el pueblo permitió llegar y sólo el pueblo podrá, esperemos, defenestrar. Si no lo hace, tendremos vesania para rato.

sábado, enero 24, 2026

Pacheco por Laura Emilia

 











Laura Emilia Pacheco ha reunido en uno de los libros de la colección Opúsculos varias aproximaciones a la abundante y diversa obra de José Emilio Pacheco, su padre. El recorrido es compendioso en dos sentidos: porque enumera varias líneas de trabajo abrazadas por JEP y lo hace de manera sumaria, a trazo grueso, lo que permite apreciar de un solo vistazo, en apenas 89 páginas, toda la ramificación del quehacer pachequiano.

El libro lleva por título Caleidoscopio: José Emilio Pacheco, aproximaciones a la obra de un poeta (El Colegio Nacional, México, 2025), y tiene un par de textos liminares: una presentación de Vicente Quirarte y un prólogo de Rosa Beltrán. Quirarte destaca en sus palabras algunas de las preocupaciones centrales de JEP, como la relacionada con la devastación ambiental y su mirada pesimista respecto del paso del tiempo y sus estragos en el presente. Al subrayar su condición de polígrafo, lo hermana con Reyes, pero anota que en su bajo perfil y su negación a conceder entrevistas sobre cualquier tema dejó ver que no quería ser todólogo, un papel (y esto lo digo yo) que muchos escritores son forzados a representar por culpa de la actualidad periodística.

Dice Quirarte: “La modestia fue su principal enemiga, pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades del a veces innoble oficio. Con el ejemplo de su vida y de su obra, nos enseña a ser mejores, a respetarnos y respetar la existencia. A vivir con la mayor integridad la breve aventura que nos corresponde”.

Por su parte, Rosa Beltrán describe cómo se dio su contacto con la obra poética, narrativa y crítica de JEP, y cómo, a partir de sus libros, fue adentrándose en el universo tenaz y silencioso de este autor visible en su obra e casi invisible en su persona. Coincide en destacar su modestia: “Pese a ser un autor festivo, bienhumorado, conferencista magnánimo y generoso en sus participaciones públicas, José Emilio se oponía a aparecer en los medios de comunicación, que para él eran banalizadores automáticos de la cultura”.

Luego de las dos anotaciones anteriores, Laura Emilia Pacheco traza en diez capítulos el perfil completo de su padre. No es, lo remarco, una descripción detallada, pormenorizada, minuciosa de cada línea de interés en JEP, sino el vistazo más abarcador y rápido posible a un personaje cuya diversidad de intereses lo convirtió en uno de los divulgadores —culturales, literarios— más importantes de la segunda mitad del siglo XX mexicano y el arranque del XXI.

En cada tramo aborda una cara del poliedro que fue JEP: la recurrente presencia de los animales, la traducción, su guion de la película El castillo de la pureza (donde por cierto hay una errata grave, pues el papel del protagonista fue de Claudio Brook, y no Obregón), su quevediana obsesión por el paso del tiempo, su mirada sobre el sismo del 85, su columna periodística  “Inventario”, su pasión por los libros y Borges, el periodismo cultural, López Velarde y Oscar Wilde. La clasificación puede parecer algo caprichosa, pero es verdad que, como dice Quirarte, “la versatilidad de su trabajo lo hace indefinible”, así que bien se pueden añadir más abordajes a la decena propuesta por Laura Emilia en este Caleidoscopio.

Al menos en la intención, en la sintonía del apetito esencial, JEP puede ser analogado a Reyes, y lo mismo podría decirse con respecto de Borges, como señala Laura Emilia: “Más allá del saludo circunstancial en la Capilla Alfonsina, ¿qué vincula a Jorge Luis Borges y a José Emilio Pacheco? Los libros, las bibliotecas, una gozosa erudición, ¿qué más? Ambos ejercieron el periodismo cultural, ambos fueron poetas y narradores, ambos fueron ensayistas y traductores. Ambos recibieron el Premio Cervantes. Los dos reconocieron como maestro a Alfonso Reyes, generoso artífice de nuestras letras. En 1999 José Emilio Pacheco publicó el libro Jorge Luis Borges: una invitación a su lectura, donde reúne varios ensayos sobre el autor de El Aleph. Pacheco escribió, como imitación y en ocasiones como parodia, algunos textos en homenaje a Borges, cuentos que son ensayos y ensayos que parecen cuentos. ‘Borges —escribió Pacheco— sólo puede entenderse en la mezcla, la unión, la síntesis y la discordia de lo urbano, lo rural, lo europeo, lo nacional, lo elitista y lo popular’”.

No soy especialista en José Emilio Pacheco, pero sí un viajero frecuente de sus páginas; creo tener y haber leído una parte mayoritaria de su obra publicada (sobre todo la poética y narrativa), y una parte importante de la suma de los “inventarios” publicada por Era en tres tomos (que hoy es un material de referencia y leí durante incontables semanas, cuando Proceso publicaba la columna); puedo afirmar pues que este sucinto Caleidoscopio preparado por su hija es una puerta amplia y generosa para acceder a un escritor que debemos tener siempre a la vista: JEP, sigla que, como sabemos, fue durante muchos años la firma con la que JEP buscó notarse lo menos posible.

miércoles, enero 21, 2026

Cascabel en el espacio

 











Tengo un par de amigos (Alberto de la Fuente y Fernando Fabio Sánchez) con inquietudes astronómicas, de esos tipos que hasta se han comprado un telescopio para husmear en el vecindario sideral. Yo, por supuesto, en este tema y en mil más, no soy más que un lejano interesado por mera cultura general, sin un interés que vaya más allá de lo superficial. Datos duros sobre el espacio no podría dar, pero cada vez que veo un programa sobre el cosmos siento en estremecimiento por mi pequeñez dentro de la pequeñez del mundo.

Esta es la razón por la que vi con asombro un breve documental sobre la sonda espacial Voyager 1. Como sabemos, fue lanzada en 1977, y desde entonces se aleja de la Tierra a no sé qué velocidad. En este 2026 cumplirá la distancia de “un día-luz”, por lo que obviamente se trata del objeto humano más alejado del género humano. No me pregunten las distancias en cifras o algún otro detalle técnico, pues, como ya dije, eso me abruma. Otro aspecto del asunto me emocionó más que lo propiamente científico.

El Voyager —en cuyo diseño destaca una antena parabólica que emite información a la Tierra— lleva un disco de oro similar en su tamaño y forma a los discos de vinilo que nos servían hasta los noventa para escuchar música. Su nombre es “The sounds of earth”. Este objeto lleva información diversa como fotos, saludos en distintas lenguas, escritura humana en muchos códigos, todo escogido por Carl Sagan y un equipo de trabajo. Se supone que el contenido busca comunicar algo a una civilización remota en caso de que ocurra el hipotético contacto.

Entre los datos que lleva el disco figuran varios fragmentos musicales de distintas culturas. En español contiene “El cascabel”, son veracruzano compuesto por Lorenzo Barcelata (Tlalixcoyan, Veracruz, 1889-Ciudad de México, 1943). Es una pieza alegre, bailable y ciertamente hermosa. Lo que me pasmó fue imaginar al compositor mexicano metido en la escritura de la letra: “Yo tenía mi cascabel / con una cinta morada / y como era de oropel / se lo di a mi prenda amada”, sin imaginar que sus versos —nunca mejor usado el lugar común— “iban a llegar tan lejos”. Estas notas, interpretadas por Antonio Maciel y Las Aguilillas con el mariachi México de Pepe Villa, estarán en noviembre de 2026 a un día-luz (26 mil millones de kilómetros) de nosotros, una distancia que emociona y apabulla.

sábado, enero 17, 2026

Aquel adiós a la máquina

 











Tengo frente a mí, detrás de la computadora con la que escribo estas palabras, tres máquinas de escribir meramente ornamentales, reliquias del oficio que atesoro sólo por su aspecto: la Olympia funciona; la Underwood, no; y la Remington, más o menos. De cualquier manera, no las conservo por una razón práctica, ni siquiera para rememorar la añeja sensación de golpear sus teclas y escuchar el ruido que hoy da la impresión no de ser ejercicio de escritura sino secuencia de latigazos. Son, sin duda, pese a su obsolescencia, aparatos hermosos por su mecanismo visible, por el ingenio de su diseño a flor de metal, que no de piel.

Aunque, como ocurre con todos los adornos de la casa, se han vuelto invisibles para mí, de vez en cuando fijo la mirada en alguna de las máquinas y recuerdo el tiempo de la transición, cuando a finales de los ochenta y principios de los noventa, la década que va de 1985 a 1995, mi década más adicta a la consecución y lectura de revistas y suplementos culturales, fui testigo en las páginas periodísticas de una pregunta y una respuesta frecuentes en las entrevistas a escritores: ¿usted sigue escribiendo a máquina o ya usa computadora? Las respuestas a esa pregunta hoy inviable eran variadas, todavía sin unanimidad. Algunos escritores decían que la computadora les parecía muy fría, demandante de gran experiencia en su trato y en algunos casos riesgosa, pues corría el rumor no tan falso de que por impericia o un desperfecto del sistema podían perderse documentos, incluso libros ya terminados, así que preferían la máquina de escribir mecánica. Otros, una minoría que poco a poco iba pasando a ser mayoría, confesaba que había entrado con tibieza y escepticismo al mundo del teclado electrónico, y que sin duda lo sentían como un avance para la creación literaria. Unos pocos, sobre todo los poetas, respondían que ni máquina ni computadora, sino lápiz y papel.

No pasó mucho tiempo (el mundo digital no demoró y sigue sin demorar en avasallarlo todo, incluidos sus propios adelantos) para que la pregunta dejará de aparecer en las entrevistas. En un momento de los noventa, quizá en su segundo lustro, ya casi no había escritor que no tuviera una computadora para redactar sus cuartillas, y conste que esto ocurrió poco antes de que llegara la verdadera revolución: internet. Escasos años antes de que se creara la necesidad casi física del contacto con “la supercarretera de la información” (apodo que tuvo internet en el momento de su primera expansión), las computadoras eran, para los escritores, máquinas de escribir, no más, y ya eso parecía ciencia ficción.

En esto, un escritor adelantado en La Laguna fue Paco Amparán. No vi su computadora, pero como chisme azorado en el mundillo literario local corrió la voz de que él, Paco, “tenía una Macintosh”. Me enteré del secreto a voces y no entendí nada. Cerrábamos la década de los ochenta y yo seguía fiel a mi Olympia de metal pesado y a mis hojas tamaño carta de papel revolución para sancochar originales que luego, ya para entonces, pasarían a aparecer en revistas, periódicos y en mis primeros libros.

Pero no transcurrió mucho tiempo para que la fuerza de los vientos que soplaban en el universo digital también venciera mis defensas: en 1993, gracias a la propuesta de un vendedor que la ofrecía en cómodas mensualidades, adquirí una Macintosh Classic II, mi primera compu, la misma que presume Steve Jobs en la foto de arriba. Luego de los tanteos iniciales, pronto me di cuenta de que esa máquina era un adelanto brutal, pues así, de entrada, obviaba los “borradores”. A partir de ese momento no habría más cuartillas llenas de enmiendas, tachaduras, flechitas con dirección a los calces. El texto virtual en la pantalla permitía cambiar infinitamente, sin máculas, la sintaxis de una oración, de un párrafo, de un capítulo, de toda una novela. Fue una revelación, aunque poco después ocurrió lo que ya sabemos: el despliegue de los avances digitales, la caducidad programada, provocó cambios de equipo sin freno hasta la fecha.

El Centro Gabo de Colombia publicó no hace mucho una serie de fragmentos que muestra la transición máquina-computadora en García Márquez. Al leer sus opiniones recordé las entrevistas que comenté párrafos atrás: hubo un tiempo en el que el periodismo se interesó en saber si los escritores habían dejado de ser arcaicos. En la introducción a las citas, se señala que “Aunque era un escritor formado en la era de las máquinas de escribir, Gabriel García Márquez jamás le huyó a las computadoras. Por el contrario, poseía una practicidad a prueba de nostalgias que le permitía adaptarse con facilidad a los cambios tecnológicos. Cuando procesar textos a través de un teclado y una pantalla fue posible gracias a la invención del computador, el autor colombiano no dudó en abandonar sus máquinas de escribir”.

Y amplía que la velocidad de GGM para terminar libros se vio notablemente favorecida: “A lo largo de su vida probó sin recelo todas las herramientas útiles en la confección de un libro: plumas estilográficas, bolígrafos, máquinas de escribir mecánicas y máquinas de escribir electrónicas. En la década de los ochenta del siglo anterior fue el turno para el computador. El amor en los tiempos del cólera fue su primera novela escrita con esta tecnología. Le siguieron El general en su laberinto, Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas tristes. La transición le permitió a García Márquez reducir el tiempo que empleaba para finalizar sus libros, ya que no tenía que empezar de nuevo en una hoja en blanco cada vez que cometía un error de mecanografía”.

De las frases que citan de GGM, la primera resume de alguna manera a las demás, pues enfatiza la mayor ventaja que la computadora le dio a su escritura, algo que hoy no vemos porque ya olvidamos escribir con máquina mecánica: “Escribir en la computadora es como volver a escribir a mano, se puede romper, quitar, poner. Me río cuando mis amigos escritores hablan de su vieja máquina de escribir, de que escribir a mano es como ver fluir la sangre por las venas. La verdad pura y simple es que el mejor invento que se ha hecho para el escritor es la computadora. Si la hubiera tenido hace veinte años tendría el doble de libros escritos”. (“La fama es un oficio de 24 horas”, El Tiempo, 28 de marzo de 1989).

Quiero subrayar la fecha en la que GGM hizo la declaración: 1989. Es la misma a la que me referí al principio, el instante bisagra en el que moría un aparato de escritura y nacía otro. Cuatro años después, en 1993, opiné igual.


miércoles, enero 14, 2026

Fotos y remembranza























Dice Han que padecemos una “crisis de la narración”, que vivir en el presente perpetuo de las “actualizaciones” ha desembocado en la anulación de las historias dado que el relato necesita tiempo, paciencia. Algo así. Creo que quienes nos formamos antes del boom digital todavía disfrutamos de esa práctica, como lo he notado al urdir pequeñas historias de vida cotidiana en la red. Cuento.

En estos días vi dos fotos antiguas de cines torreonenses ya desaparecidos. Como los conocí de joven, compartí las fotos que motorizaron la remembranza y les añadí un relato que vinculara mi experiencia con los inmuebles. Por los comentarios noté que el pasado nos interesa cuando supone una vivencia compartida o al menos afín. En el primer caso me referí al cine Variedades; esto dije.

El algoritmo me envió esta postal (primera foto; dar click para ampliar). Fue tomada sobre la avenida Morelos de oriente a poniente, casi en la esquina de la calle Múzquiz, en Torreón, donde estuvo el cine Variedades, zona siempre populosa. Dos años (de segundo a tercero de secundaria, agosto de 1977 a mayo de 1979) me paré muchas tardes al lado de ese cine para esperar un camión. Salía de la secundaria Flores Magón, en Ciudad Lerdo, y me bajaba en esa esquina para tomar otro transporte, desde el mercado Alianza hasta la colonia Nogales, en Torreón. Creo que en tales andanzas me nació el instinto de cronista. Yo era adolescente y entonces me impresionaba aquel rumbo decadente y a veces hasta putrefacto de la ciudad. A diferencia del Buki, allí el ritmo de la vida no me parecía mal, sólo me asombraba y por ello retenía en la memoria el ambiente y los tipos humanos que deambulaban por el rumbo. Era como estar en un mercado turco o hindú, ruidoso, caótico, lleno de gente pobre y sudada, de estudiantes proletarios, de vagabundos y perros callejeros. Pasados como cinco años, ya en la carrera, colaboré en un periódico universitario y escribí varias “crónicas de vida cotidiana” a la manera de José Joaquín Blanco, pero fallidas (las mías). Una de ellas tuvo como protagonista al Variedades, que obviamente era un cine de piojito, tan insalubre como su entorno lleno de estanquillos, cantinas e infrahoteles que incluso en sus umbrales lucían putas. La crónica sobre el Variedades, como las otras, fue publicada pero afortunadamente se perdió en alguna de mis mudanzas. Dos o tres pasajes de dos o tres cuentos de mi cuño tienen ese espacio como inspiración, y a esto se debe que la foto me agradara. A veces el recuerdo, aunque la vivencia haya sido ingrata o triste, se edulcora en la memoria.

Unos días después, sobre el cine Modelo, esto (segunda foto). Ahora el algoritmo me acercó esta imagen. Es del cine Modelo. Estaba en la Matamoros y Valdez Carrillo, a una cuadra del edificio Monterrey, en Torreón. Era, como casi todos los cines de mi juventud, un inmueble decadente donde pasaban películas softporno, filmes que hoy son más inofensivos que la divertida serie Pepa Pig, pero que en aquellos lejanos tiempos eran sinónimo de Pecado, con culpígena mayúscula. Recuerdo dos anécdotas de las pocas veces que disfruté de exhibiciones en su cochambrosa pantalla (cochambrosa en el sentido concreto y también en el abstracto). En la cuadra me juntaba con amigos dos o tres años mayores; yo tendría 16 o 17, y ellos ya traían cartilla militar, el documento que entonces servía para verificar la mayoría de edad, al menos los 18 años. Un domingo decidieron ir al cine y me invitaron. Accedí sin saber que irían al Modelo a ver dos películas “para adultos”. Me la jugué y cuando pasamos junto al boletero hice la mejor cara de señor que me salió. Entré sin que me pidieran la cartilla y fue así como pude ver algunas escenas de Edwige Fenech como dios la trajo al mundo, fórmula retórica que todavía se usaba como eufemismo de encuerada. Los esfuerzos que hice por memorizar algunas escenas han rendido frutos hasta hoy: no las he olvidado. La otra situación se dio como dos o tres años luego. Hacíamos una tarea escolar y Adrián recordó que era día del estudiante técnico, y por eso nos podrían dejar entrar gratis al cine. Yo ignoraba que hubiera día del estudiante técnico y que por eso dejaran entrar gratis al cine a los estudiantes técnicos. Alguien argumentó que estudiábamos Comunicación, una carrera humanística, pero Adrián tenía una respuesta genial: la universidad donde estudiábamos tenía la letra “T” en sus siglas, y eso significaba “Tecnología”, como se podía leer más abajito. Así pues, armados con nuestras credenciales llegamos al cine Modelo y sin pasar por la taquilla llegamos con el boletero, quien nos cedió el paso luego de que cada uno (éramos cuatro) le mostró su documento. Recuerdo más esta anécdota por el detalle de la gratuidad que por las películas pelangochas (en ese cine mugriento no daban de otras) que vimos con sentimiento de triunfo. El Modelo término presa de un incendio años después, lo demolieron y ahora, desde hace mucho, es un estacionamiento improvisado que atiende mi amigo el gordo que al estacionarnos da un boletito donde anota la hora de iniciado el servicio. Muchos años estuvo allí, enfrente, el tabarete de la birria Beto, la mejor birria de su tipo que he probado por estos rumbos, y en otra de las equinas figura el bar Reforma, de las pocos que quedan con aspecto antiguo, de esos que conservan el aroma tradicional a meados y cerveza.

En ambos casos la respuesta de algunos contactos añadió información o valiosas precisiones a lo que escribí, lo que me lleva a pensar que la crisis de la narración a algunos no nos ha afectado.

sábado, enero 10, 2026

Horror de altos vuelos


Scilingo ha enviado cartas a militares de alto rango e incluso al presidente, pero no recibió respuesta. Su interés se centra en demostrar que, dado su grado en la jerarquía castrense, él acató órdenes superiores para servir a la patria y ahora desea que quienes instruyeron esas directivas se hagan cargo de su responsabilidad y no se escuden en la coartada fácil de los “excesos” de la tropa. Lo que encontró fue silencio, un paredón de indiferencia que en aquel momento, primer lustro de los noventa, lo obliga a seguir otro camino. Buscó pues al periodista Horacio Verbitsky para ponerlo al tanto de todo lo que de todos modos ya se sabía, aunque sin la declaración absolutamente brutal de un actor directo como Scilingo, quien no dudó en señalar en algún momento de su declaración que “hicimos cosas peores que los nazis”.

De nombre Adolfo Francisco Scilingo (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1946) y oficio militar, había participado en vuelos de la muerte. Tras las leyes de Punto Final dictadas por Menem, los militares previamente condenados vieron terminada su reclusión, y fue allí que Scilingo se preguntó qué habían hecho los subordinados. ¿Simples crímenes, simples excesos individuales? Dirigió cartas a Videla, a Menem y, como ya dije, nunca recibió respuesta. La crisis se agudizó en 1994, cuando dos militares de apellidos Rolón y Pernías decidieron hablar ante los senadores sobre sus métodos de lucha contra la “subversión”. Lo que dijeron disipó toda duda acerca de la vileza empleada para liquidar a los enemigos armados y no armados, como las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, una vileza que no era mero exceso individual, sino modus operandi, política pública de la dictadura.

El vuelo (Planeta, 1995, 205 pp.), de Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942), es un documento escalofriante, un libro al que le queda justo el epígrafe de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”. Fue el primero en abordar uno de los métodos más crueles habilitados por la dictadura argentina para deshacerse de “subversivos”. Dejemos que lo explique Scilingo mediante una de sus cartas sin respuesta: “En 1977, siendo Teniente de Navío, estando destinado en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de Ejército, siendo usted [Videla] el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares…”.

El arrepentido y desdeñado militar busca eco en la parte alta de la estructura lo de poder; sustancialmente desea que los jefes militares de la dictadura reconozcan que fueron ellos quienes impartieron las órdenes para materializar la atrocidad. No halló respuesta y en su desesperación buscó a Horacio Verbitsky, acaso el periodista argentino más dotado del siglo XX argentino y lo que va del XXI. Además de haber trabajado en numerosos medios de prensa escrita, es autor de una bibliografía amplísima y determinante para el examen de distintas coyunturas argentinas, entre otros de La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), La posguerra sucia (1985), Civiles y militares (1987), La educación presidencial (1990), Hacer la corte (1993), Un mundo sin periodistas (1997), Doble juego: la Argentina católica y militar (2006), Cristo vence: la Iglesia en la Argentina: un siglo de historia política (1884-1983) (2007), Vigilia de armas. Del Cordobazo de 1969 al 23 de marzo de 1976 (2009), La mano izquierda de Dios. La última dictadura (1976-1983) (2010), La música del Perro (2020). Además de El vuelo (Planeta, 1995, Buenos Aires, 203 pp.), de él tengo en Torreón y he leído Ezeiza (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1976-1978) (1985), Medio siglo de proclamas militares (1987), Robo para la corona (1991), Hemisferio derecho (1998), El Silencio. De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (2005) y Vida de Perro (2018). Ha trabajado en un montón de periódicos y revistas, y actualmente dirige el portal digital El Cohete a la Luna.

El vuelo es principalmente una entrevista. Verbitsky aprovecha en ella, para extraer toda la sopa posible, la disposición del informante. El diálogo es frío, seco, sin matices de parte del entrevistador, que en todo momento se mantiene en una postura extraña: no se suaviza ante Scilingo, lo que hace suponer que pone en riesgo la conversación. Pero no, el militar avanza en su exposición, decidido a denunciar la injusticia que los altos mandos del Ejército cometen al no aceptar que impartían órdenes luego acatadas por sus subordinados ahora despojados de ascensos y salpicados de sospecha delictiva. Scilingo defiende incluso a Astiz, uno de los represores más famosos del “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que la dictadura se obsequió a sí misma para encubrir el terrorismo de Estado bajo un rótulo con mera resonancia administrativa.

Scilingo cuenta que recibió un curso propedéutico para el combate contrainsurgente. El instructor les informó que se trataría de la “lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales (…) Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar (…) Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”. El verbo “volar” era, claro, literal, en avión, para morir y desaparecer, y en efecto a dicha modalidad dio luz verde la iglesia católica mediante capellanes del ejército como el famoso Christian Von Wernich, cura hijo de puta luego condenado por crímenes de lesa humanidad. Ahora bien, “Había dos formas de desaparecer: vuelo o parrilla”; es decir, arrojados vivos desde el aire al mar o incinerados (en la Argentina no siguieron pues el método del franquismo, que llenó el territorio de España con fosas comunes, sepulcros colectivos y anónimos que hasta hoy siguen apareciendo).

El diálogo salta para muchos subtemas mediante preguntas que en algunos casos requieren el contexto específico del momento, como las reuniones del senado para escuchar a Rolón y Perdías. Empero, lo que perdurará en la mente del lector es lo que intuye Verbitsky como fundamental, el colmo de la crueldad: los detalles precisos de cada vuelo. Tiene razón: las preguntas debían servir como tirabuzón para sacar a la luz los pormenores de los vuelos, cada detalle exacto. El entrevistado, así sea con reticencias, se suelta y saca a la luz no la abstracción del horror, sino su concreción abominable. En las pausas, dado que celebra varios encuentros con Scilingo, Verbitsky reflexiona y sospecha que en cierto punto el informante frenará la lengua: “La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos [las cartas que recibió fotocopiadas y figuran en el apéndice del libro] aún llevan su firma. En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera? Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima [el mismo Verbitsky, quien fue militante montonero]. Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?”.

La acumulación de evidencias comprometía a los militares, sobre todo a los comandantes, pero estos eludían toda responsabilidad con retórica autoexculpatoria. Argüían que la guerra contra la subversión implicó métodos novedosos, y que tal vez alguno de los héroes de la patria cometió excesos, pero nada que no estuviera dentro del margen de lo lógico en una guerra así de heterodoxa. Un informe de observadores internacionales —de la OEA— no dejó duda de que tales excesos eran más bien la regla, el plan sistemático de aniquilamiento.

Aun así, los excomandantes de la Junta Militar callaban, minimizaban o tergiversaban; una de las explicaciones señalaba que reñían dos grupos: los subversivos y los restos de la Triple A, con el gobierno en medio, casi como árbitro que desea frenar la pugna. En su “Carta de un escritor a la Junta Militar”, Walsh los apuntó directamente al rechazar “la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A [grupo paramilitar que operó años antes del golpe] de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’ sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte”. En una palabra, fue el mismo Estado de donde manó a borbotones la política terrorista y, de paso, en lo económico, “la miseria planificada”.

Pese a las evidencias que poco a poco fueron apareciendo sobre la atrocidad, incluso en el informe de la Conadep, los jefes militares no salían de su libreto: sólo aceptaban algunos “excesos inconsultos” de sus “cuadros inferiores”, no un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas. La declaración de Scilingo comprobó lo ya sabido al recordar minuciosamente su participación en dos vuelos y en otras tareas no menos ominosas de su paso por el Ejército. Asimismo, explicó que el personal militar asignado para ejecutar los vuelos era “rotativo”, una decisión inteligente para involucrar a todos los represores y garantizar bocas cerradas. Al detenerse un poco en la figura del almirante Emilio Massera, Verbitsky cita algunas de las frases más famosas del mandón en la ESMA, como aquella en la que resumió que “el concepto general del accionar del Proceso era occidental, humanista, cristiano”. Pese a tan bello accionar, sin embargo, como lo declaró en privado al periodista Jacobo Timerman, “El mundo no está como para que reconozcamos lo que estamos haciendo”.

Tres veces he leído El vuelo y en las tres he sentido la misma perplejidad. No de otra manera, es decir, con perplejo horror, se puede imaginar un método de tamaña bestialidad: desde aviones, arrojar al mar a seres humanos vivos, engañados, desnudos, sedados con inyecciones y sin el derecho a saber que morirán pocos minutos después. El libro es de difícil consecución en México, pero hay mucho material en YouTube sobre el capitán Scilingo, quien por cierto terminó condenado en España, pero esa es otra parte de su historia. El video que más recomiendo es la entrevista a Verbitsky sobre el tema en el canal Encuentro.

Por último, no está de más observar que los promotores de aquellos vuelos tenían la misma matriz ideológica de quienes hoy gobiernan, por ejemplo, la Argentina y los Estados Unidos, así que más allá de la atrocidad pasada debemos pensar en la atrocidad futura o ya no tan futura, vistos los aires represivos que soplan en el gigante del norte que todavía presume libertad y ha sacado el gran garrote para golpear a propios (manifestantes en EUA) y extraños (Venezuela, el caso más reciente). El vuelo es en síntesis un libro-advertencia para siempre.


miércoles, enero 07, 2026

Volver a Valadés














En uno de mis vericuetos discursivos del taller literario, no sé cómo di con el tema Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, 1915-Ciudad de México, 1994). Mencioné mi vago recuerdo de Las dualidades funestas, recomendé El libro de la imaginación y por supuesto desemboqué en su libro más famoso: La muerte tiene permiso, volumen de cuentos que contiene su relato más leído, el homónimo del libro.

En el camino del Teatro Martínez a la casa recordé que en algún momento debía recordar la búsqueda del libro, pues me asaltó la sospecha de que no lo había visto en al menos un par de décadas. En efecto, una exploración no muy acuciosa en la biblioteca arrojó un resultado negativo: mi edición de La muerte tiene permiso no apareció. En alguna de las varias mudanzas se extravió, lo presté, no sé. No sentí pesar, pues es un libro muchas veces reeditado (un clásico mexicano) y en cualquier momento lo vuelvo a pescar en las librerías de acá.

El fin de semana fui a Educal, dentro del Museo Arocena, y encontré la grata sorpresa de ver “La muerte tiene permiso” en la colección Vientos del Pueblo, del FCE. Es el cuento independiente en un opúsculo grapado a la manera de las revistas. Su precio es fantástico: 9 pesos, ni un paquete de semillas de los que venden afuera de la lucha.

El susodicho cuento es una perla de nuestra narrativa breve, tanto que, si existiera, podría entrar en una antología de los diez mejores cuentos mexicanos. Trata, no deslizo el final, sobre el abuso de un presidente municipal a su comunidad: una comitiva de burócratas del gobierno consulta en una asamblea a los campesinos de San Juan de las Manzanas. Surge el tema del alcalde y poco a poco salen a luz sus tropelías gracias sobre todo a la denuncia de un campesino llamado Sacramento. Le suman al menos tres agravios contra la comunidad, abusos que parecen imperdonables en un funcionario que se supone no está para atropellar, sino lo contrario. Luego de deliberar, el veredicto de la mesa nos comparte una sorpresa que se ha convertido en contraseña mexicana de cierto tipo de justicia.

Es un acierto que “La muerte tiene permiso” de don Edmundo Valadés, uno de nuestros maestros del cuento, circule solo, como relato independiente. Ha sido ilustrado póstumamente por Antonio Helguera (Ciudad de México, 1965-2021).

sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el gusto de imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.