sábado, septiembre 28, 2024

Más sobre mexicas, tlaxcaltecas y españoles

 

















Entre 2019 y 2021 Saúl Rosales escribió un amplio lote de artículos sobre la conquista de México y muchas de sus implicaciones históricas y culturales. Luego de esto reunió una buena parte de aquella producción y fue publicada por la UAdeC en el libro Malinche y la conquista de México (Saltillo, 2023, 171 pp.). Lo presenté en su momento, así que mi parecer quedó asentado en una recensión después incorporada a la columna. Aprecié y aprecio tanto el contenido de tal libro que llevé cuatro ejemplares a Chile y Argentina en abril-mayo de 2024, y mi deseo es que hayan quedado en manos que sepan valorarlos.

Pasados unos meses, Saúl ha organizado otro libro que asimismo es producto del trabajo por él acometido entre 2019 y 2021: El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia (Mango Verde Fondo Editorial, Torreón, 2024, 104 pp.). No es difícil afirmar que aquel par de libros podría ser considerado un mismo título dividido en dos salidas. El tema, el tono, la extensión de las piezas y la inteligente agilidad de los análisis permiten sentir un impulso afín en su hechura, una equivalente capacidad ordenadora, un estilo análogo.

El título de esta segunda parte de los asedios de Saúl Rosales al mundo de la conquista se justifica por el ensayo más largo del volumen; en efecto, trata sobre “El poder tras el trono de Moctezuma”, es decir, sobre la gravitación de los sacerdotes mexicas en todas las decisiones del tlatoani gobernante. Ceñido a las dos más importantes “corónicas” sobre las vicisitudes de la conquista, la de Cortés y la de Bernal, aunque también cercano a las articuladas por Sahagún, Durán, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y la del cronista anónimo, el escritor lagunero verifica que los “papas” (así denomina Bernal a los sacerdotes indígenas) tenían un ascendiente pesado e ineludible en los gobernantes, tanto que son aquellos los oráculos por quienes fluyen realmente todas las decisiones de índole política. Pese a su catadura astrosa —tal vez algo parecida a la de los locos/parias de las actuales urbes—, los religiosos apuntalan, gracias a su fantasiosa interlocución con las deidades, toda asesoría al poder civil. Esto lo vieron el soldado y el misionero español, quienes inconscientemente dieron prelación al clero indígena en cada enunciado enumerativo de sus relatos: al ponderar y describir por escrito cualquier encrucijada política, el testimonialista europeo primero distinguía y mencionaba a los sacerdotes, luego a los gobernantes/caciques y al final, si era necesario, a los guerreros.

Los “papas” arrebataban entonces la iniciativa, eran el mando tras el mando. Son ellos quienes para todo detentan la última palabra: “En otro momento de este pasaje de la historia de la Conquista narrada por Bernal, el Capitán General le dice al Gran Tlatoani que, ya que andan allí [en uno de los templos], les muestre los dioses autóctonos. Esto da oportunidad de observar y resaltar cómo el jerarca mexica depende de los papas para tomar decisiones pues: ‘Moctezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas’. La suspicacia murmura: el poder tras el trono de Moctezuma”. De esto trata el primer largo ensayo del racimo.

Más cortos, los textos que siguen en el libro son aproximaciones a distintas escenas del mismo encontronazo histórico. Todas convocan la prosa divulgativa del autor torreonense, quien esquiva rebuscamientos o tecnicismos para, más bien, bordear cierto didactismo deseoso de aproximar remisos al conocimiento de la gesta protagonizada por mexicas, tlaxcaltecas y españoles.

En la mayor parte de los quince momentos del libro destaca pues el tratamiento de alguno de estos rubros: la guerra, los usos y costumbres indígenas y la herencia de la cultura precortesiana en nuestra actualidad. No para agotar lo que aborda, pues por suerte es inagotable, sino para atraer nuestra atención de lectores a pliegues de una realidad pasada y significativa en tanto cimiento psicológico de la nación que poco a poco se convirtió en lo que hoy llamamos México. Esto no es insinuado por el autor, sino dicho con todas sus letras, como lo hizo también en Malinche y la conquista de México. Observa, por ejemplo, en la pieza “Testimonio de 500 años de mestizaje”: “La potencia europea invasora, el grandioso imperio azteca que le resistió y la imbatible insumisión tlaxcalteca son los tres poderíos que sustentan, o deberían sustentar, el espíritu mexicano actual”. Más claro no es posible expresar este deseo (al que sin duda adhiero).

Cercos, matanzas, negociaciones, desacuerdos, estrategias, arremetidas y diferentes abordajes al plano bélico de la conquista son el tema central del conjunto. Lo épico (dicho esto en el sentido no obtuso de la palabra, o sea, no como la usan hoy muchos tarambanas que calcan servilmente el inglés) es la vértebra de El poder tras el trono de Moctezuma, pero a su vera hay algunos abordajes interesantes, como ya dije, sobre aspectos relacionados con la herencia de la cultura autóctona; particularmente subrayo los últimos cuatro: “Piciete, tabaco, marihuana”, “Nombres de hace cinco siglos”, “Nostalgia por las tunas” y “Alcoholismo del último umbral”), textos que trabajan, respectivamente, sobre el insumo mexica de lo que quizá era cannabis, sobre la imposición europea de la onomástica y los topónimos en la realidad domeñada, sobre la esplendidez del gordezuelo fruto que da el nopal y sobre el consumo de pulque sólo permitido a la senectud mexica y muy penado a los jóvenes.

Por todo, estas páginas son otra estimable invitación a rever la odisea de la conquista mexicana como lo que fue: la más asombrosa conjunción militar y cultural de arrojo, orgullo, resistencia, pasión y estoicismo que vieron en América los pasados siglos y no esperan ver los venideros.

Nota. El poder tras el trono de Moctezuma. Religiosos quasi una fantasia puede ser adquirido mediante el servicio de Amazon: pulse aquí.


miércoles, septiembre 25, 2024

Idea de Leer Libres

 











Claudia Soto y Elena Palacios son dos escritoras laguneras con un empuje envidiable. En un tiempo en el que se alienta el “emprendedurismo” (quizá la palabra más espantosa en los usos del infraespañol actual), ellas han decidido abrazar un proyecto que más que dividendos materiales deja, para nuestro asombro, frutos espirituales hoy ni siquiera bien aquilatados pues se relacionan con el gusto de escribir y de leer. Lectoras, escritoras, asistentes a talleres, presentadoras, Elena y Claudia ahora han conjuntado sus entusiasmos para crear, desde abril de este año, el proyecto Leer Libres Ediciones, cuyo primer producto es una serie de plaquettes con obra de ellas mismas y de escritores locales.

Aunque César Aira alguna vez confesó que la promoción de la lectura le parece un empeño baldío y en buena medida lo es dada la mayoritaria indiferencia al consumo de libros, no deja de ser meritorio que algunos prefieran creer con pasión en que todavía es viable estimular sobre todo a los jóvenes para que lean, como pasa con Elena y Claudia. El fruto de cualquier esfuerzo de este tipo siempre parecerá magro, pero es indudable que aún es posible sumar adeptos.

En el editorial de su primera plaquette (plaquette es el galicismo que se usa para designar una publicación de pocas páginas, generalmente grapada), las autoras señalaron que “Esta publicación quiere ser una sencilla aportación al campo literario de La Laguna, pues consideramos que este tipo de esfuerzos nunca están de más para conseguir que la literatura llegue a más personas en nuestra comunidad”. E inmediatamente después dan idea del contenido que abrazarán: “La Plaquette de Leer Libres tiene la finalidad de entretener con cuentos, recomendaciones de lectura y reseñas de libros, ejercicios de escritura y pasatiempos lúdico-literarios”.

Tengo y leí ya los tres primeros números (abril, mayo y junio de 2024) del cuadernillo de Leer Libres. Sé que ya van para su número seis o siete, todos con materiales de escritoras y escritores laguneros. Contienen sobre todo relatos y pequeños ejercicios verbales y literarios, materiales que nos ayudan a conocer nuevos autores y, sobre todo, a convivir con lo mejor del ser humano: la palabra.

Gracias a Elena y a Claudia por insistir en que leamos libres.

sábado, septiembre 21, 2024

Silvio, aniversario y después

 













“Si te dieran a escoger a qué cantante escuchar y te pagaran todos los gastos para ir a su concierto, ¿a quién escogerías, papi?”. Recuerdo esta pregunta de una de mis tres hijas, pero no recuerdo cuál. La motivaba una conversación en la que concluí tajantemente, sin ninguna concesión, que no me interesaba ir a ningún concierto, que no me interesaba escuchar a nadie en ningún tumulto. “¿Pero a nadie a nadie a nadie, papi?”, insistió mi hija. “No, a nadie”, rematé, y esto incluía principalmente los conciertos de cualquier música de pop o de rock, por espectaculares que parecieran. Sé que si la propuesta fuera real, dudaría. ¿Javier Solís, Pavarotti, Zitarrosa, Lola Beltrán, Serrat, Mercedes Sosa, Albano Carrisi, Adriana Varela, Atahualpa Yupanqui, Anna Netrebko, Ibrahim Ferrer? Tal vez, pero de solo imaginar las implicancias de un concierto, el hecho de desplazarme a no sé dónde y de convivir a veces apretujadamente, me lleva a desear no desearlo, conformarme con la reproducción hoy dispensada por las plataformas digitales.

Mi negativa parte de que los experimenté alguna vez: jamás me sentí cómodo ni me estremeció un pelo ver en vivo a un “famoso”. No me pregunten por qué, pero por razones de trabajo, de gratuidad o compromiso vi a Bosé, Tropicalísimo Apache, Juan Gabriel, Marco Antonio Solís, Los Cadetes de Linares, Óscar Chávez, Los Ángeles Negros, Facundo Cabral, Celso Piña, Depeche Mode, Caetano Veloso, Plácido Domingo y Calle 13, y en ninguno de los casos hallé un motivo poderoso para enamorarme de la modalidad “en vivo”. Por esta razón y no otra es por la que percibo muy extraña a la gente que sigue el ritual de comprar boletos en línea y moverse a veces hasta de país para escuchar a tipos abiertamente frívolos o embusteramente densos, como si fueran filósofos de nuestra era sólo porque desean la paz mundial.

Dado lo antecedente, sonará raro que el 25 de mayo de 2004, hace ya dos décadas, amaneciera inquieto ante la inminencia del maratón que me esperaba en la Plaza de Mayo. Había llegado el 15 a Buenos Aires, era mi primer viaje para allá, y dos días después, o tres, no recuerdo, me chuté un recorrido de quince horas por tierra para estar en San Miguel de Tucumán, a donde había sido invitado por David Lagmanovich para participar en un encuentro de escritores. Además de conocer a David, allí conocí también a Juan Pablo Neyret y a Rogelio Ramos Signes, y crucé dos palabras con un par de invitados importantes: María Rosa Lojo y el español Rafael Chirbes. Cumplí cuarenta años casi al final de mi estancia tucumana, el día 23. Esa misma noche, Neyret y yo, que nos hicimos amigos de inmediato, nos fumamos las quince horas del bus a Buenos Aires. Bajamos en la capital argentina, convivimos el 24 en algunas caminatas y restaurantes del microcentro, y esa misma tarde Neyret siguió a su tierra, Mar del Plata. De nuevo quedé solo en Buenos Aires; me hospedé en el Grand Hotel España, un vetusto edificio art déco de la calle Tacuarí número 80, a una cuadra de la avenida 9 de Julio, cerca del legendario Café Tortoni.

El 25, digo, amanecí inquieto. A mi primer viaje argentino le quedaban unos tres días de vida, así que decidí aprovecharlos en andanzas que me dieran una visión más clara del plano porteño. Sabía ya que el día era feriado por la Revolución de Mayo, así que opté por acercarme a la plaza para ver cómo lo celebrarían. Temprano, todavía sin público en la plancha histórica, vi que varios trabajadores hacían los últimos arreglos a dos grandes escenarios: uno frente a la Casa Rosada y otro al lado opuesto, cerca de la catedral, por la calle Bolívar. Creo que con algunas preguntas pude saber que la celebración conllevaría discursos y un desfile de grupos y cantantes, todo con el remate de Silvio Rodríguez. Deambulé un rato más por el rumbo, sin separarme mucho de la plaza. Cuando vi que comenzó a poblarse me aproximé al escenario más grande, el aledaño a la Rosada. Primero quedé como a cincuenta metros, pero como pude me fui escurriendo hacia adelante, poco a poco. Mi idea era no quedar tan lejos, pues mi cámara digital Fuji (aquello ocurrió en el breve momento en el que se usaron las cámaras digitales) no tenía zoom y temí que las fotos quedaran muy borrosas. Al final logré acomodarme como a veinte metros del punto principal. La Plaza de Mayo quedó llena, gobernaba Néstor Kirchner, allí estaba Cristina Fernández y nadie podía saber en ese momento que la Argentina viviría poco más de diez años de desendeudamiento, de mejoría económica y, por ello también, de feroz persecución mediática contra la pareja que provocó aquel respiro de bienestar social.

No recuerdo cuánto duró todo, pero sí que llegué como a las cinco de la tarde y a las nueve todavía no me iba de allí. Muchos cantantes pasaron antes del plato principal. Todos desahogaban dos o hasta tres piezas, la gente los aplaudía con entusiasmo y el animador los presentaba con elogios y vítores por el día conmemorado. Pero la gente esperaba el número fuerte: Silvio.

Cuando el cubano apareció en escena, pensé que su paso duraría lo mismo que todos los demás, pero no: cantó una hora y aquello me dio la impresión de ser hipnótico: la gente coreaba sus canciones y yo entre dientes también las expresaba. En los ochenta había sido adicto a su música y en general a la nueva trova, pero poco a poco me había alejado de él. Lo que no sabía es que me sabía aún todas las piezas, al menos las famosas, y esto sobrevive hasta hoy, fecha en la que algunos de sus versos me parecen algo débiles, algo forzados o innecesariamente herméticos, aunque conservo el gusto por casi todos sus arreglos y por supuesto de sus muchísimas estrofas brillantes. Así de terca es la memoria.

De aquel concierto hay video en YouTube, y aunque no me veo entre el público oscurecido por la noche, estuve cerca de la bandera del Che que ondeó durante todo aquel concierto, tal vez el único al que he asistido con un sentimiento parecido al gusto.

Nota. Como la que encabeza este post, las siguientes fotos fueron tomadas la tarde referida en la crónica.













miércoles, septiembre 18, 2024

Henríquez Ureña, erudito

 











El Fondo de Cultura Económica recién ha cumplido 90 años. Ya es un lugar común decir que lo fundó Daniel Cosío Villegas para difundir libros sobre Economía, de ahí su nombre original: el adjetivo “económica” no significa “de bajo precio”, sino “sobre Economía”. Luego, lo sabemos, el tema se fue ampliando hasta abarcar, hoy, prácticamente todas las vertientes del saber y la imaginación humanos. Es, por mucho, una de las instituciones culturales más importantes de México y la más importante, sin pizca de duda, en materia editorial.

Varios directores ha tenido en su nonagenaria vida. Uno de ellos es inolvidable: el argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien ocupó el cargo de 1948 a 1965; en ese periodo dio impulso a varias colecciones que hasta la fecha sobreviven, como los Breviarios y la Colección Popular, de las cuales he sido viajero frecuente a lo largo ya de cuatro décadas. Son, bien lo sabemos, libros de divulgación, todos impresos en formato de bolsillo.

Uno de los muchísimos que tenía pendiente de lectura es Historia de la cultura en la América hispánica (México, 171 pp.), de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). La edición que tengo y leí es de 1973, aunque su primera salida se dio en 1947, un año después de que murió su autor. Veo en el catálogo del Fondo que su más reciente impresión data de 2021, así que es asequible (y por menos de cien pesos). Se trata de un libro de pequeño volumen y de corte enciclopédico, tupido sobre todo de nombres propios, topónimos y fechas. Junto con estos datos, de los que ahora llamamos “duros”, aparecen los puntuales y veloces juicios del erudito nacido en la República Dominicana.

El libro es útil para hacerse de un panorama sobre los logros más salientes de la cultura latinoamericana (por esto los jóvenes deberían leerlo). Henríquez Ureña comienza su periplo con los pueblos originarios de lo que luego sería Latinoamérica, pasa por la Conquista, luego la Colonia, después por la etapa de nuestras independencias y al final con el cierre del siglo XIX hasta llegar a la primera mitad del XX. La revisión de los frutos culturales de esta inmensa zona del planeta se desarrolla pues cronológicamente, y con rápido zigzag describe lo que ha pasado con la historia, la literatura, la arquitectura, la pintura y la música de nuestros países y de Brasil (la aparición de este país desconcierta un poco, dado el título del libro).

Del FCE también recuerdo haber leído la correspondencia entre Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, con edición de José Luis Martínez. Leer al dominicano es una forma de tenerlo presente como siempre lo tuvieron Borges y Reyes, de quien puede decirse que fue casi preceptor. Reyes lo quiso y lo respetó mucho, y Borges no se diga, tanto que llegó a lamentar la situación algo marginal en la que se tuvo a Henríquez Ureña durante su radicación en Buenos Aires (“creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser quizás mulato”). Pudo tener razón, y por eso con más ganas celebro haber cruzado, gustoso, Historia de la cultura en la América hispánica, un cuadro abarcador del maestro Pedro Henríquez Ureña.

sábado, septiembre 14, 2024

Reyes frente al mundo

A lo largo de treinta años y pico he frecuentado cada tanto algún libro de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959). Esta costumbre autoimpuesta se debe en primer lugar al placer que siempre me produce su obra y, en segundo lugar, a que de no leerla me torturaría la culpa de haber acumulado de balde medio centenar de títulos de su autoría y otros tantos de crítica a su vida y su trabajo. Es mucho espacio por cubrir, así que necesitaría la territorialidad amplia del león para poder abarcarlo a planitud. No me da ya la biología para lograrlo, pero sí para incursionar de vez en cuando, uno o dos momentos por año, a alguno de sus volúmenes, como sucedió ahora con el recorrido por Tentativas y orientaciones (Nuevo Mundo, México, 1944, 230 pp.), libro que también es asequible en ediciones recientes como la individual del FCE o la resguardada en el tomo XI, también del Fondo, de sus obras completas, donde comparte espacio con dos más: Ultima Tule y No hay tal lugar

Tentativas… contiene diez ensayos que a simple vista pueden parecer misceláneos, pero tienen un común denominador: todos, además de un tenue didactismo, muestran un fleco político, social y cultural global, es decir, que en ellos el regiomontano observa asuntos relacionados con las circunstancias del mundo entre los años 1932 y 1944, cuando el planeta se veía amenazado por el fascismo, el nacional-socialismo y la Segunda Guerra. Como en casi todos los libros de Reyes, el menú es variado y la erudición estalla frente a los ojos y se derrama como avalancha en cada página. Ahora bien, su apabullante magma de saberes no parece nunca afectado ni amenazante, sino natural y sobre todo ameno. Esto lo logra por su fluidez discursiva, por la perfección de la forma y por algo casi indefinible de tan sutil: una suerte de pasión por la gracia del estilo, por la frecuentación de giros expresivos que se aproximan mucho a la conversación. Reyes aquí también, entonces, no parece escribir, sino charlar con su invisible lector.

El rasgo más saliente del estilo alfonsino está pues en el gesto que podemos suponer mientras escribe-habla: aun en los temas más serios o graves, su actitud es cordial, la de un amigo que nos describe realidades sin pedantería, sólo por el gusto de compartir lo que sabe como entre sorbos de café. Carlos Fuentes percibió esto y lo resumió con una frase: “A mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa”. Y sí: la coyuntura mundial, por espantosa, estaba para volcarse en el ejercicio casi legítimo del amarillismo, para tomar partido con agitación de fanático, pero Reyes no añade gasolina a la polémica, sino que trata de explicar serenamente las dolencias del mundo, los horrores de la barbarie, pero siempre contrastadas con la posibilidad de revertirlas mediante las armas de la cultura y el humanismo, los mejores frutos de la civilización, y nunca con más y peores agresiones.

Los ensayos, digo, mezclan las cartas intelectuales de Reyes, su condición de espíritu grecolatino entregado a la compostura del destartalado siglo XX. Lector omnívoro, al analizar el momento que vive el mundo apela a la literatura, la historia, la política, la filosofía, la ciencia e incluso un poco a la economía. En todo su repaso late el deseo de persuadirnos acerca de un imperativo válido ayer y válido en este momento: la necesidad de comprender la realidad como un todo y optar sin titubeos por las respuestas civilizadas y civilizatorias. Por ejemplo, Reyes enfatiza lo criminal que es la desigualdad material de los pueblos, y en este contexto, repudia la discriminación y el exterminio por motivos de raza, uno de los motores más poderosos de la belicosidad durante la guerra que se libraba principalmente en Europa y Asia. El ensayista subraya varias veces que la superioridad natural de una raza sobre otra es una patraña para justificar atrocidades. Frente a la violencia, el humanista mexicano llama a quienes se quieran sumar a la cruzada por la sensatez: “La onda de barbarie que anega el mundo nos va arrojando a la misma orilla. Desde aquí, juntamos los haces de una realidad que parecía alcanzada, y que otra vez se nos deshizo en las manos, urna de arcilla quebradiza. Es necesario que persistan algunos, para que al cabo se salven todos. Empecemos otra vez, empecemos todas las mañanas. Nos congrega la fraternidad de un empeño que debe adelantarse día a día con un esfuerzo paciente. Con un esfuerzo paciente y hasta lleno de comprensión para las flaquezas humanas. No hay que exigir demasiado a la naturaleza. La regla de oro: rigor en lo esencial, tolerancia en lo secundario, abandono de lo indiferente. Sumemos a todo el que tenga buena intención, por escasas que sean sus fuerzas. No pretendamos movilizar ejércitos de héroes: basta con que haya algunos, y los demás, que los sigan tan de cerca como les sea posible. Transformar, poco a poco, lo heterogéneo en asimilable. Que cada uno preste su brazo, hasta donde su brazo alcance. ¡A ver si, entre todos, acabamos por desterrar la violencia, la ceguera, el crimen, cínicamente erigidos en normas de la vida social por la voluntad de dos o tres locos”.

Casi sobre lo mismo, en el ensayo “Un mundo organizado” coloca en el centro las nociones a considerar para la creación de un ente como la ONU, que en aquel momento estaba todavía en proceso de construcción: “El problema se reduce a encontrar un justo equilibrio entre la soberanía y la supersoberanía. Lo cual, inmediatamente, plantea la cuestión vital de dar, dentro del organismo superestatal, una posición tal a los Estados menores, que éstos no se sientan amenazados por las Grandes Potencias, y de encontrar para éstas un sistema tal de engranajes, que ellas no puedan empujar al mundo a un nuevo desastre como el que ahora padecemos”.

Reyes ya había dejado la diplomacia cuando publicó Tentativas…, libro en el que resaltan sus famosos ensayos “Discurso por Virgilio”, “Homilía por la cultura”, “Esta hora del mundo”, “Posición de América” y “El hombre y su morada”, que es en este lote el texto más largo y compendioso de la historia de la civilización humana. Poco después de escribirlo y de publicarlo, en 1944, tuvo el primero de los cuatro infartos que terminaron por vencerlo. Por lo que sabemos, es de suponer que trabajaba sin freno en ese entonces, y así siguió hasta 1959, bregando a diario en la factura de nuevos libros y en la organización de todo lo que luego edificó el corpus de su obra completa.

Es necesario insistir en un detalle: que las piezas de Tentativas… pueden dar la impresión, vistas de lejos, de aridez o de secura profesoral. No. En “Discurso de la lengua”, precisamente el penúltimo ensayo del índice, hace este elogio de nuestro idioma, que cito en largo como ejemplo de su pulcritud y por exacto de la afirmación: “Sólo declaro al comenzar que considero como un privilegio hablar en español y entender el mundo en español: lengua de síntesis y de integración histórica, donde se han juntado felizmente las formas de la razón occidental y la fluidez del espíritu oriental; tan ejercitada en las argucias intelectuales como en las libres explosiones del ánimo, ya en sus escolásticos o en sus místicos; lengua cuyo atletismo admite el transportar fácilmente las crudezas terrenas hasta el cielo de las ideas puras, o el hacer bajar los arquetipos hasta los afanes del trato diario, según se advierte, para ambos extremos, en el diálogo eterno de Don Quijote y Sancho; lengua lo bastante elaborada para captar las regularidades y exactitudes, lo bastante audaz para respetar las temblorosas indecisiones del misterio; capaz de la matemática como de la lírica; valiente en la cordura y en la locura, y cabal en su registro de las posibilidades humanas; lastrada por una ironía profunda, que al par la defiende de la pura embriaguez abstracta y de la estéril fascinación de lo inmediato, al punto que su sola práctica dicta normas para la buena conducta de la voluntad y el pensamiento; sonora sin delicuescencias que amengüen su viril reciedumbre, y cuyo equilibrio fonético parece dictado por la misma economía biológica del resuello. Los que viven en otra de las grandes lenguas civilizadas podrán reclamar para ella iguales excelencias, o aun otras que les parezcan superiores. Quiere decir que son igualmente privilegiados, o que se hallan tan a gusto de beber en su vaso como nosotros en el propio. Lo que importa es convencernos de que poseemos un instrumento tan bueno como cualquiera de los mejores, y nunca culpar al instrumento de nuestra impericia en manejarlo”.

Con esta lengua elogiada y en su caso perfectamente usada, Alfonso Reyes nos adentra en la permanente urgencia de caminar con la cultura en ristre, única lámpara que teníamos ayer y seguimos teniendo hoy para avanzar en la penumbra.

Nota. Esta es la portada de la edición que leí, la primera:

miércoles, septiembre 11, 2024

Recuerdos por una foto


 







Pesqué hace como quince días una foto en internet y de inmediato la guardé para conservarla y quizá para escribir en el futuro sobre ella. Ese futuro llegó ahora, en estos veloces y melancólicos renglones. La imagen no tiene mucha calidad, como que es foto de foto, pero da igual. Retiene un edificio ubicado en la esquina nororiente del cruce que forman la avenida Morelos con la calle Treviño, exactamente allí donde hoy se encuentra la terminal abajeña del teleférico, en Torreón.

La foto puede datar de los setenta, así que la esquina luce despejada, sin la edificación contigua de la terminal norte del teleférico. La parte inferior —el primer piso— del edificio fotografiado contenía la farmacia Benavides, que además de ese servicio relacionado con la venta de medicamentos, al lado administraba un restaurante-cafetería. Ignoro si en la parte alta había oficinas o también era un espacio de la farmacia.

Tuve una etapa de cinco años como habitué de la cafetería, y creo que fue allí donde practiqué por primera vez el bello deporte de la ociosidad literaria, del cual ya vivo retirado. Me refiero a la conversación con amigos escritores que, como yo, muchas tardes de la semana nos apostábamos en una mesa para hablar sobre libros y autores, para compartir ideas siempre revueltas por la ventisca del azar, que es el mejor modo de la conversación. Lo bueno de esos cafés estaba en la tranquilidad que ofrecían, es verdad, pero más en la costumbre casi inaudita y anticapitalista de permitir que tres, cuatro o cinco comensales consumieran y pagarán cada uno una modesta taza de café “americano” con infatigables rellenos (refills), y aguantarlos allí, sin malas caras de nadie, dos o tres horas de permanencia y diálogo. Ahora que lo pienso, quizá por eso quebró.

Dos recuerdos fijos tengo del café de Benavides. Uno de ellos, aquel en el que Gilberto Prado y Héctor Matuk me enseñaron el arte de la palindromía, arte que sé ejercer, aunque sin obsesión y por ello tampoco grandes hallazgos. El otro recuerdo es la entrevista que allí nos hizo un periodista a Ricardo Serna y a mí luego de que ambos ganamos, por la música y la letra, respectivamente, el concurso nacional para componer el himno del IMSS.

De ese pasado ya no queda casi nada, salvo frágiles recuerdos como los que por ahora aquí, en la palabra concluyen, concluyen.

sábado, septiembre 07, 2024

Fervor de Vasconcelos

 











En mi infancia, y en la infancia de todos mis contemporáneos, era común que consumiéramos reiteradamente los mismos productos audiovisuales, llámense películas o programas de televisión. No era posible, claro, que eligiéramos el día y la hora para ver tal o cual obra ante la pantalla de la sala familiar o de la sala cinematográfica, pues todavía no disponíamos de sistemas de reproducción (videocaset o DVD) o programación a la carta del tipo de Netflix, así que nos contentábamos con lo que estaba disponible en el horario habitual de la tele o en la cartelera de las salas de cine. Además, la cantidad de contenidos no parecía, como hoy, infinita, así que podíamos ver año tras año algunas películas de cajón: todos mis contemporáneos nos echamos al menos diez veces las de Pepe el Toro o, en semana santa, Marcelino pan y vino, cinta que nos hacía llorar aunque ya supiéramos desde el principio que nos haría llorar. Esta es la razón por la que mis contemporáneos guardan en su memoria lo mismo que yo guardo.

Uno de los recuerdos compartidos es, quizá, el nombre de Mauricio Magdaleno, quien en muchas películas del Indio Fernández aparecía en los créditos como guionista. Y sí, lo fue de filmes como Flor silvestre, María Candelaria, Pueblerina y muchos más. Como Gabriel Figueroa en la fotografía, Magdaleno era el otro brazo del cineasta coahuilense a la hora de trabajar una película, y fuera del fugaz crédito al inicio de las cintas (antes los créditos totales aparecían cuando arrancaba la obra) nada conocía yo con certeza sobre él. Sólo sabía,  sin haberlos leído hasta ahora, que era autor de los libros de narrativa El resplandor y El ardiente verano.

En los días recientes he subsanado en parte tal laguna con la lectura de Las palabras perdidas (FCE, México, 224 pp.), que insumí en su primera edición (intonsa) de 1956, libro que además tiene un apéndice con fotos y cada capítulo, de los 24 que suma, ofrece un hermoso grabado del maestro Alberto Beltrán. Ha sido una sorpresa redonda, tanto que ya la tengo considerada mi mayor placer literario de agosto/2024. Con una prosa intensa, elegante, ágil y no desprovista de contrapuntos entre la desolación y el humor, Magdaleno reconstruye la odisea emprendida para instalar a José Vasconcelos en la silla presidencial. Aquello ocurrió hace casi cien años, en 1929, y, como bien lo sabemos, terminó en fracaso.

No creo que sea flaco elogio afirmar que la prosa de Magdaleno es parecida, al menos para mí, a la de su coetáneo Martín Luis Guzmán. Lo digo por el ritmo de crónica en caída libre, por el fondo temático vinculado a los golpeteos en el primer momento posrevolucionario, por los ambientes físicos que describe y por apelar muy principalmente a un repertorio acabado de mexicanismos. Al leerlo, uno siente la oralidad del país en muchos trazos, en palabras y locuciones que para nosotros han sido frecuentes en la conversación familiar, en el cotilleo con aire todavía algo rural pero hoy, por desgracia, aplanado por esa máquina uniformadora del habla y la mala escritura llamada internet, sobre todo en su vertiente de las “redes antisociales”, como las llama Horacio Verbitsky, el mejor periodista vivo de América Latina. Por expresiones de cuño mexicano me refiero a algunas como “la carabina de Ambrosio”, “alborotar el huacal”, “pelar gallo”, “aguantar a chaleco”, “echar al plato” y decenas más, acaso cientos que se apiñan en un estilo que no deja de parecer moderno, actual, aunque todavía impregnado de giros un tanto ampulosos, medio declamatorios.

Magdaleno nació en Tabasco, un pequeño municipio del estado de Zacatecas, en 1906, y murió en la Ciudad de México hacia 1986, justo a los ochenta de su edad. Su padre acusó inquietudes políticas, fue simpatizante de Obregón, así que sus hijos Mauricio y Vicente, apenas atravesados los veinte años y junto a varios veinteañeros más, habían sido arrastrados por la pasión política en un México de rebatingas por el poder que tuvo como momento señero el magnicidio en La Bombilla perpetrado contra la figura del presidente electo, lo que fortaleció a Calles y alebrestó a sus opositores de cara al proceso electoral del 29.

Parte de los alebrebrestados de marras (“de marras”, así escribían los articulistas de endenantes) eran los grupúsculos que idearon candidatear a Vasconcelos. En ellos participaban los hermanos Magdaleno, y es sobre la campaña en favor del oaxaqueño en lo que trabaja Las palabras perdidas. El proyecto comenzó casi de casualidad, cuando en 1928 los estudiantes de la capital vieron que se aproximaban las elecciones e intuyeron, sin posibilidad de errar, que el futuro Jefe Máximo manipularía todo para quedar él a la sombra pero sin soltar los hilos que le permitirían controlar el movimiento de sus títeres. Los jóvenes y varios viejos nostálgicos del maderismo pensaron en un posible gallo para la Grande. Calles, quien ya tenía de factótum a Portes Gil, importó a Ortiz Rubio de la diplomacia en Brasil para que actuara como “aspirante” del oficialismo. Allí aparece la figura de Vasconcelos, quien acepta la posibilidad y recibe un respaldo minoritario aunque confiado en su crecimiento conforme avanzara la campaña. La idea era, ya desde entonces, hacer valer los postulados justicieros de la revolución, renovar moralmente las estructuras de poder secuestradas por una cáfila de gandallas con discurso dizque revolucionario y pistola al cinto por si la demagogia no apaciguaba a los rejegos.

El problema, el inmenso problema para los vasconcelistas, como se desprende de la crónica urdida por Mauricio Magdaleno, era que su propósito suponía múltiples obstáculos: no eran muchos los convencidos, tenían pocos recursos, el país era enorme y, sobre todo, estaba plagado de cacicazgos adictos al callismo que podía poner palos en la rueda a las actividades de la campaña o de plano apelar a métodos más taxativos, como las madrizas o los balazos.

Magdaleno escribió su crónica un cuarto de siglo después de ocurridos los hechos que de joven le incumbieron. Cuando vivió lo que allí cuenta tenía 23 años, y Vicente, su hermano, 22. Eran casi unos chamacos, e igual muchos de sus correligionarios, quienes con ahínco juvenil, cuenta el autor, desplegaron sus trajines políticos por la capital y varios estados de la República sobre todo del norte, como deja ver la crónica, ya que casi todo el relato se mueve en la capital, el Bajío y el noreste del país. El proselitismo exigía viajes, pega de carteles, repartición de volantes y mítines en los que la oratoria, todavía una actividad muy apreciada, servía para enfervorizar a los ciudadanos y convencerlos sobre la valía del “Maestro”, como llamaban a quien escribió el Ulises criollo, quien asimismo era un temible orador, ducho para la cita erudita y más ducho todavía para zaherir a sus enemigos con la filosa verba que igualmente se dejó sentir en muchos de sus agrios libros poselectorales, ya cuando por su exilio y su amargura adhirió al nazismo.

“Trato de recoger mis pasos, no de deformarlos. Aquello fue así”, dice Magdaleno a la mitad de su abultada relación. ¿Y qué fue “aquello”? Pues los recorridos, las conversaciones, las actividades proVasconcelos, los errores y más que nada las pocas garantías que los militantes tenían, por ejemplo, al celebrar un mitin, ya que no fueron esporádicas las ocasiones en las que anónimos matones a sueldo los bajaran del estrado a plomazos y en plena efusión oratoria para después hospedarlos, si bien les iba, en alguna celda abundantemente provista de chinches. “Han mandado manadas de asesinos a todas partes a fin de hacernos saltar antes de que los derrotemos en las urnas”, dijo por esos días Vasconcelos según Magdaleno. No era mentira decir eso en el México de entonces, cuando ya comenzaba a cocerse, con la fundación reciente del PNR, el sistema presidencialista del que Calles fue primer mandamás, un sistema de jefatura todopoderosa, revolucionaria de dientes para afuera y para la que los comicios sólo representaban una pantomima de envergadura nacional.

En realidad, Vasconcelos aparece poco en Las palabras perdidas. Los jóvenes dialogan con él en escasas ocasiones y Magdaleno lo muestra como hosco, apenas cordial, pero, pese a esto, ninguno de sus seguidores le regateó una estimación que rayó en la idolatría basada esencialmente en la ponderación de su pasado como secretario de Educación, promotor de colecciones bibliográficas y de revistas como El Maestro (1921-1923). La idea vertebral del plan era, como ya señalé, un sueño guajiro: regenerar el sistema político, abatir en él la podredumbre moral de quienes habían salido gananciosos en la tómbola de la revolución e instaurar un gobierno probo bajo el lema, por cierto muy vasconceleano, “Trabajo, Creación, Libertad”. Si Renato Leduc escribiría años después que “la Revolución degeneró en gobierno”, una idea similar alentaba los esfuerzos de quienes empujaron la candidatura de Vasconcelos: la administración de la cosa pública estaba en manos (garras) de unos pocos buitres en detrimento de las inmensas mayorías, lo cual urgía la implantación de la nueva moral explícita en el ideario electoral vasconcelista.

El final es triste, diríase que hasta dramático. El día de los comicios fue el 17 de noviembre del 29, y con él llegó la derrota cimentada en el chanchullo más directo: la inhibición del voto mediante la fuerza. El callismo, o su instrumento, el portesgilismo, distribuyó saboteadores armados en todos los puntos del país donde sentían que había prendido la prédica vasconcelista, y así el desenlace fue anticlimático porque ni Vasconcelos ni nadie dio respuesta armada al obvio fraude, de donde se deduce que sus intenciones eran buenas, pero mala la organización y pésima la falta de un plan B a sabiendas de que el enemigo impondría sí o sí su plan A. Mauricio Magdaleno, quien vivió la jornada electoral en el noreste —por Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila—, anduvo en ascuas, a salto de mata y en espera del levantamiento por un tiempo, pero nada ocurrió.

Conocemos la historia que vino poco después: Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez fueron impuestos por Calles, quien mantuvo así su poder hasta que se topó con el bigote de Lázaro Cárdenas. Luego, Mauricio Magdaleno se metió a guionista del Indio, escribió novelas, hizo periodismo, dio clases, participó en actividades de divulgación como integrante del Seminario de Cultura Mexicana, fue investido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y llegó a diputado y funcionario público. Entretanto, en 1956 publicó Las palabras perdidas, crónica de una derrota electoral que quizá fue más que eso: una derrota histórica, una derrota que continuó siendo derrota durante varias décadas en un país caracterizado más por los tumbos y por el revoltijo de intereses repugnantes que por la equidad, para decirlo con un estilo que no por oratorio es falaz.

Nota 1. No aguanto las ganas de compartir algunos grabados, ocho nomás, del maestro Alberto Beltrán. Como digo en el comentario, cada una de estas imágenes y 16 más abren cada uno de los capítulos de Las palabras perdidas. No fueron escaneados, sino que les tomé foto con mala luz. Pese a la técnica rupestre que usé para captar cada imagen, es innegable que su calidad plástica conserva gran poder de comunicación. Un dato adicional y asombroso: en 1999 o 2000, no lo recuerdo con precisión, alcancé a conocer en el DF al maestro Beltrán en un encuentro convocado por el Seminario de Cultura Mexicana del que él era miembro. Yo también lo era, pero de la modesta corresponsalía de Torreón. El grabador moriría un par de años después en la misma capital del país. Aquí parte de su obra:




















Nota 2. El libro es completamente asequible, pues ha sido reimpreso y reeditado varias veces desde su publicación hasta la fecha. Puede ser conseguido nuevo o usado, y en este caso, incluso, la primera edición de 1956. Esta es la portada de la edición más reciente: FCE, México, 2006, de fácil localización en línea.



miércoles, septiembre 04, 2024

Adolescencia superstar

 

















Uno de los rasgos más visibles del tiempo que vivimos es el culto de la juventud. Ya nadie quiere ser viejo, con todo lo que esto supone de achaques, discriminaciones, arrugas y sobre todo cercanía del más allá. Al avance de la edad se le combate principalmente en el exterior, por eso no es gratuito el auge de los gimnasios y los quirófanos, el boom de los tenis blancos, el coaching y la comida baja en sodio y grasas saturadas. Si en otras edades de la humanidad los jóvenes se afanaban por parecer adultos lo más pronto posible y así alcanzar respetabilidad, hoy vivimos en el envés de aquella preocupación: ahora los viejos pellizcamos migajas de (aparente) juventud a punta de esfuerzos otrora inexistentes: es el triunfo de la mentalidad bótox.

Lo curioso de este fenómeno se da no sólo en el plano de la fachada. Con menor dificultad, incluso, el interior de muchos adultos se adapta al espíritu adolescente, pues es más sencillo sobreactuar los gestos de inmadurez que pagarse un restiramiento del pellejo. Así es como las tendencias infantilizantes se entronizan y logran cautivar no sólo a los chamacos, sino a una legión de señores y señoras ya entrados en años pero gustosos de adherir al más huero pubertinaje.

Si bien su público mayoritario es el de los todavía jóvenes, ciertos productos del entretenimiento actual también hechizan a los adultos. Es el caso de las series sobre narcos o, más aún, el de las canciones de géneros como el llamado “bélico”, en el que se hacen explícitas las idealizadas travesuras de la juventud. Si antes los chamacos se dejaban la greña larga o se rapaban como punks para mostrar su diferencia de los viejos con corte de pelo escolar, hoy las canciones de este tipo nos muestran, como en el tema “El belicón”, el uso de parafernalia narca, armamento y buchonas de utilería que sirven para afirmar su identidad de “chicos malos” o neorrebeldes sin causa, todo cantado con voces de borracho en discusión.

Los arreglos musicales apabullan por ramplones, de guitarrita rítmica y monótona tuba, y las letras son, no podían ser de otra manera, dechados de literatura lela. Un solo pasaje exhibe su asombrosa y pueril fanfarronería siempre atestada de rimas metidas a empellones: “De alta frecuencia los aparatos / esperando la orden del señor / cumplo la misión / ropa deportiva o de diseñador / en modo campaña como un marinón / y si toca fiesta hacemos un fiestón”.

Están para reír, pero parece que, como los niños y los adolescentes, los devotos del género "bélico" y muchos más toman esa fantasía malandra muy en serio, se la creen y la celebran.

sábado, agosto 31, 2024

Momento bisagra

 










La palabra “bisagra” se ha extendido de su significado de “gozne” a otros sentidos, ambos metafóricos. Uno de ellos es horrible; por la función flexiva entre el antebrazo y el hombro, para la raza nostra es un equivalente a axila, a sobaco, de ahí que no sea infrecuente oír “Le apestan las bisagras”, o peor: “Le jieden las bisagras”, con una jota que misteriosamente hace más pestífera la expresión. El otro caso no es ingrato: “Fue un momento bisagra”, que sirve para marcar los hitos, parteaguas o puntos de inflexión de algo o de alguien en una determinada temporalidad. En este último sentido me detendré, no en el nauseabundo.

Leo un post de esos que el algoritmo arrima tal y como opera el algoritmo: sin que lo solicitemos, despiadadamente. En ocasiones, sin embargo, se pone serio y no propala chistes, morras despampanantes o tutoriales para manualidades domésticas, sino textos más o menos bien elaborados y con asuntos de interés general. Uno de estos me cayó el jueves, y aborda sinópticamente la vida de Pete Best, quien pudo ser el baterista de Los Beatles. Me llamó la atención porque, mutatis mutandis, cuando ya somos algo viejos todos llegamos a pensar que hemos vivido uno, o quizá más, momentos bisagra en nuestro pasado. Best estaba ya en el grupo cuando al productor se le ocurrió que no cuadraba, que no poseía los atributos de Paul, John y George. Entonces le dio la noticia: saldría del grupo y su reemplazo sería Ringo. Lo que siguió en la trayectoria del cuarteto ya lo sabemos, así que huelga contarlo.

Para empezar, sé que el algoritmo no es nada pendejo. Si manda el material que manda, es porque ya nos tiene mediditos. Ni siquiera una madre conoce tan bien a sus hijos como el algoritmo a los innumerables navegantes del ciberespacio. Es la vigilancia total, absoluta, e incluye hasta nuestros apetitos más recónditos. Lo curioso es que, a diferencia de la vigilancia basada en la noción del panóptico, que incomodaba a los vigilados, ésta es invisible y bienvenida, tan aparentemente inocua que la dejamos entrar a nuestras vidas porque sería peor perder la sensación de independencia y dominio que alcanzamos mediante la pantalla táctil. Dado, entonces, que no vamos a renunciar así como así a las delicias de la navegación confesable e inconfesable, cabe por lo menos hacerse alguna pregunta, si queremos íntima, sobre las decisiones del algoritmo y por qué en el mostrador nos despacha ciertos productos y no otros.

Esto pensé ahora con el post sobre el tal Best y Los Beatles. Según la nota (lo común es no indagar si fue cierta o no, pues en la época de las noticias falsas la verdad es una categoría si no muerta, sí moribunda), “El golpe fue devastador. El éxito de The Beatles se convirtió en una herida abierta para Pete, quien no comprendía cómo había pasado de estar dentro del fenómeno cultural más grande del siglo a observarlo desde fuera. Pensó que su atractivo y talento le asegurarían una carrera, pero nadie volvió a fijarse en él. El dolor y el resentimiento lo consumieron”.

Best, abatido, trabajó dos décadas como empleado estatal, pero luego volvió a la música, alcanzó algo de reconocimiento y se embolsó “6 millones” (la nota no dice si de dólares o de qué). Pese a esto, “La prensa, al conocer la noticia, le lanzaba la pregunta hiriente: ‘¿Cómo se siente al saber que mientras usted cobró 6 millones, la fortuna de Ringo es de 400 millones?’”. El texto cierra con una especie de moraleja: “Aquel agosto de 1962 cambió la vida de dos bateristas para siempre. Esa decisión marcó un punto de quiebre tan claro que pocas veces se puede señalar un momento tan decisivo en el destino de alguien”.

¿En algún momento dije (el celular también nos escucha) o escribí algo con la orientación de la nota sobre Best? ¿Expresé que la vida me planteó alguna disyuntiva entre una realidad u otra tanto que el algoritmo ahora me lo enrostra? No sé. Pero esto es como los horóscopos: si nos esforzamos en que nos calce, nos calza. En mi caso, puedo ver varios momentos en los que por mi decisión o por ajenas causas avancé por un lado y no por otro, y es un hecho que uno nunca sabe, aunque lo especule contrafactualmente, qué hubiera sido de haber tomado otro derrotero. Insisto: no sé, pero es claro que la anécdota de Best trasluce la mugrosa y ubicua noción exitista del presente, la idea de que el segundo lugar es catastrófico. No por nada esta es la misma idea que vertebra la novela Número dos (Pinguin Random House, 2022), de David Foenkinos, que no he leído pero en una reseña pesqué que trata sobre los dos actores que llegaron a la final del casting para hacer la película Harry Potter; ya podemos imaginar qué destino le cayó encima al perdedor luego del momento bisagra que lo dejó fuera del film.

En la “Milonga del solitario”, Atahualpa Yupanqui nos regala esta estrofa: “El que me quiera ganar, / ha’e tener buen parejero. / Yo me quitaré el sombrero, / porque así me han enseñao, / y me doy por bien pagao, / dentrando atrás del primero”. No es falta de ambición, es sólo no dejarse engatusar, estemos o no estemos en un momento bisagra, por las paparruchas del éxito como única vara para medir el espesor de nuestras vidas.

miércoles, agosto 28, 2024

Naturalmente ganó

 








Las palabras tienen la peculiaridad de migrar de su sentido estricto a otros sentidos. Eso pasa con el verbo “agarrar”, que usamos los humanos aunque no tengamos garras. Este desplazamiento se da en el adverbio “naturalmente”, ya que hoy lo usamos para modificar incluso aquello que no es natural. Un ejemplo extremo sería “Naturalmente los aviones bajan su velocidad poco antes de aterrizar”, donde los aviones no ejecutan nada de manera natural, sino artificial, pero entendemos el adverbio como sinónimo de “obviamente”.

Pues bien, voy a escribir sobre alguien que en su deporte ganó naturalmente, pero a quien antes de que eso ocurriera se le echó encima una jauría mundial —la jauría de las redes sociales y su miserabilidad— de burlones que la hicieron pedazos en función de su apariencia. Me refiero, claro, a Imane Khelif, la boxeadora argelina que en las Olimpiadas de París se tuvo que tragar el bullying planetario sin haber hecho nada fuera del reglamento.

En su momento supe, como cualquiera, que era mujer y que no había ingerido ninguna sustancia artificial que le diera ventaja sobre sus contrincantes. Dado esto, ¿por qué los cuestionamientos tras su primer triunfo? Sólo por el prejuicio de la apariencia, pues cualquier deportista que gana, suponemos, lo hace por su preparación física, pero también, y sustancialmente, por sus aptitudes natas. Así es el deporte: se impone el que está mejor preparado, sí, pero también el que naturalmente es más rápido, más fuerte y más hábil.

En otras palabras, cuestionar a la boxeadora permitiría pedir que descalifiquen a Bolt de los 100 metros planos porque sus largas y poderosas piernas le dan ventaja para ser más rápido, o a Jordan porque su desmedida habilidad lo hace más preciso para anotar canastas en el básquet, o, en otro terreno, a Einstein hay que botarlo de las universidades porque su inteligencia es una ventaja y nadie lo derrota en la Física.

La capacidad natural de un deportista es la onza que habrá de permitirle, junto con el entrenamiento, ganar a sus rivales. Khelif es mujer y no tomó nada prohibido. Si de manera natural tiene más testosterona y golpea más duro es exactamente por esto por lo que compite. Su ventaja natural no infringió ninguna regla.

sábado, agosto 24, 2024

El mundo de los Underwood

 













Además de la máquina de escribir mecánica, una de las pruebas más claras de que los cincuentones+ (uso este “+” al modo actual, para significar que me refiero a las personas de esa edad o mayores) provenimos de otra realidad, casi de la Edad Media, es el visor estereoscópico. Era, mis contemporáneos no me permitirán mentir, un dispositivo cuyas características... ahora que lo pienso no es de fácil descripción. Consistía, digo, en una especie de cine en miniatura: tenía la forma de unos binoculares, y en un extremo se le colocaba un disco plano en cuyos bordes se ordenaban en círculo pequeñas imágenes de celuloide, 14 fotos o dibujos fijos a color. Esos 14 cuadros en realidad eran 7, pues se repetían de modo que al girar el disco una imagen quedaba visible al ojo izquierdo y la otra, casi idéntica, al ojo derecho. Al verlas simultáneamente con ambos ojos se creaba el efecto del estereoscopio: admirar dos imágenes juntas y percibir en la mente una sola en tercera dimensión (lo advertí: es difícil explicar esto).

Vi esos aparatos en la calle durante toda mi infancia. Los señores que alquilaban los “cinitos” se apostaban sobre todo afuera de las primarias, y por un pago seguramente ínfimo permitían que cualquier niño pudiera disponer de los “binoculares” y un disco. Durante dos o tres minutos, el pequeño arrendador le daba algunas pasadas a las siete imágenes y terminaba su turno. Aunque parezca increíble, ver siete imágenes en tercera dimensión era divertido, por eso digo que provenimos casi del Medievo.

Recién esta semana me enteré de que el estereoscopio fue un divertimento inventado en el siglo XIX, una razón para admitir que su popularidad fue larga, pues alcanzó a llegar hasta la infancia de los ahora cincuentones+. Lo que sé ahora sobre el aparato se debe al encuentro de Underwood & Underwood. Una visión estereoscópica de México (Universidad Iberoamericana, México, 2012, 126 pp.), libro de lujo presentado en una caja que además contiene un estereoscopio igualmente fino y eficaz en su diseño.

No exagero si digo que el conjunto es una exquisitez, incluida la caja. De edición impecable, el libro y el estereoscopio tienen un formato de trece por quince centímetros, casi cuadrado; fueron impresos en un papel de calidad muy superior a la habitual en los libros comerciales. Pero más allá de estas delicadezas de suyo bienvenidas, su contenido es harto interesante. El libro ofrece un estudio introductorio con abundantes notas de Teresa Matabuena Peláez, quien además hizo la selección de las imágenes para el estereoscopio.

Matabuena Peláez recorre con detalle la historia del objeto. Consigna que en 1838 fue el inglés Charles Weathstone quien fraguó el primer estereoscopio, cuyo sistema recurría a los espejos. Luego, claro, llegaron otros creadores —como David Brewster— que le introdujeron cambios, aunque sustancialmente se basaran en lo mismo: el sistema binocular. El producto no tuvo un arranque prometedor, pero fue en la Exposición Universal de Londres, hacia 1851, donde la reina Victoria vio uno y quedó maravillada. Luego de esto, la fama del invento se acrecentó notablemente hasta convertirse en un producto común en muchos de los hogares primero ingleses, luego europeos y después americanos.

La etimología de “estereoscopio” es griega: “estereo” quiere decir “sólido”, y “scopos”, “ver”. Esto significa que las imágenes vistas a partir de aquel aparato tienen la peculiaridad de parecer tridimensionales, con relieve, como “sólidas”, tal y como vemos en la realidad. Aquí paso a un punto difícil de esta reseña: explicar cómo funciona el estereoscopio y por qué fue (es) fascinante. Bien sabemos que, así sea por muy poco, nuestros ojos ven desde dos lugares distintos; podemos comprobarlo con un experimento simple: delante de su cara coloque la mano izquierda abierta, de canto, de manera que el pulgar quede a unos dos o tres centímetros de la nariz. Luego cierre alternativamente los ojos. Notará que con el ojo izquierdo ve sólo la parte exterior de la mano, y con el derecho, la interior. Los dos ojos abiertos sirven para dar volumen a los objetos, y esto es lo que nos permite, por ejemplo, percibir la distancia cuanto asimos cosas.

Lo anterior parece, es, elemental para cualquiera, pero fue Weathstone quien le vio un uso más allá de la condición natural de los ojos, y por eso inventó el estereoscopio; además se ayudó en su momento del desarrollo de otra innovación: la fotografía, aunque en sus inicios usó dibujos. Digamos que el aparato tiene dos lentes como de binoculares, ya lo expliqué. Luego, a una distancia de unos diez centímetros, se colocan dos imágenes cuadradas como de cinco por cinco centímetros cada una, ambas separadas unos tres milímetros. A simple vista, las imágenes darán la impresión de ser la misma, pero no: la imagen de la izquierda habrá sido tomada (si es foto) como si la percibiera el ojo izquierdo, y la de la derecha, el derecho. Al colocarlas en el binocular, la mente hará el trabajo de juntarlas en una sola, con la novedad de que será asombrosamente tridimensional, es decir, los objetos en primer plano se verán como separados del segundo plano, tal y como ven los ojos humanos.

El aparato fue un divertimento, cierto, pero también más que eso, como lo es hoy internet. Los fabricantes de estereoscopios pronto advirtieron que podían venderlo y además ofrecer vistas de diferentes partes del mundo, así que diseminaron fotógrafos por todo el planeta. Lo fundamental es que las imágenes, por ejemplo, de las pirámides de Egipto o del Partenón podían adquirir relieve, una tridimensionalidad que permitía admirarlas mejor, como si se vieran “en vivo”. A mi parecer, esta fue la primera o una de las primeras revoluciones informativas globales, pues en una época en la que hasta las grandes ciudades eran como aldeas separadas de otras aldeas, el estereoscopio permitió saber, casi tal cual, cómo eran otras realidades.

Claro está que México no quedó al margen del estereoscopio. Muchos fotógrafos vinieron a hacer tomas de nuestra circunstancia, de nuestros paisajes, de nuestra arquitectura. Eran enviados por compañías establecidas en urbes como Nueva York, desde donde controlaban el mercado de los estereoscopios y de las fotos. Fue el caso de Underwood & Underwood, cuyos hermanos, Bert y Elmer Underwood, crearon una especie de “biblioteca de los viajes” para ver allí todos los sitios del mundo que juzgaban interesantes, con más de setenta lugares de los cuales se ofrecían cien fotos por cada uno, un verdadero tour por el planeta. Una de las series con cien imágenes (una book- box) llevó como título Mexico Through the Stereoscope.

En 2012, la Ibero México, gracias al trabajo de Teresa Matabuena, hizo una selección de treinta imágenes y sumó un estereoscopio para verlas. El resultado es espléndido, así que quedé atravesado de alegría cuando pude recordar los “cinitos” que en mi infancia vi afuera de la primaria, la López Mateos de la colonia Santa Rosa, en Gómez Palacio, y este objeto del que jamás imaginé un valor tan alto en la comunicación mundial.

Hoy podemos viajar con mucho mayor facilidad, hoy podemos ver películas, millones de fotos y documentales de cualquier realidad, e incluso creemos que —para decirlo con una palabra del filósofo alemán Hartmut Rosa— es completamente real la “disponibilidad” de todo lo que existe, pero entre 1850 y 1920, pongámosle ese lapso, los seres humanos se asombraron al ver y casi tocar con sus pupilas, gracias al estereoscopio, un mundo que era mucho más grande, variado e “indisponible” de lo que imaginamos. Fue, sin duda, una revolución del conocimiento ahora muy poco valorada, pues nadie se acuerda hoy de Charles Weathstone ni de los hermanos Underwood. El trabajo de Teresa Matabuena, por suerte, los rescata para nosotros del olvido.

Nota. Anexo imágenes del estereoscopio. La última es una versión muy similar a la que he descrito en relación con mi infancia.