sábado, abril 05, 2014

Pulir la onza




















¿El escritor nace o se hace? Esta pregunta podemos dedicarla a cualquier profesional: ¿el matemático, el ajedrecista, el carpintero, el vulcanólogo, el estilista, el cantante, el plomero, el “lo que sea” nacen o se hacen? La respuesta resulta sencilla en todos los casos y es, como dice el albañil al preparar la mezcla, ésta: micha y micha. Cualquier profesión asumida vocacionalmente, es decir, no por obligación sino por genuino gusto, demanda una mixtura de capacidad innata, de inclinación física y anímica natural, y de trabajo, de chamba similar a la del galeote.
Los casos que rompen esta dualidad cunden en el planeta. En toda actividad hay profesionales que no traen la onza ni le echan fervor a la chamba, o que traen el diamante y se tiran a la hamaca porque creen que se pulirá solo, o que no traen nada de nacimiento y de paso asumen esa carencia rascándose el ombligo. En menor cantidad están los que cuentan con el talento y se empeñan en perfeccionarse, los conscientes de una capacidad que saben escalable gracias, sin más, al trabajo.
En Escribir es un tic (Ariel, Barcelona, 2008), libro-bufet de Francisco Piccolo, esto es afirmado mediante una parábola deportiva: “Conviene recordar siempre que McEnroe y Carl Lewis, lo mismo que Maradona, son una combinación de talento y entrenamiento. Más de uno pensará: si yo tuviera las piernas de Carl Lewis no perdería el tiempo entrenándome. Pero si Carl Lewis hubiera decidido levantarse cada cuatro años para ir a los Juegos Olímpicos a correr y saltar, su talento habría quedado en muy mal lugar. Basta con informarse un poco para saber que Carl Lewis se entrenaba más que nadie, más que los que no eran Carl Lewis. Así que no será difícil creer que el mismo concepto (método, justamente) se les puede aplicar a Tolstoi y a Flaubert, a García Márquez y a Calvino”.
Si Carl Lewis entrenaba más que los que no eran Carl Lewis, imaginen entonces lo que debe hacer, en el caso de la literatura, quienes no son Faulkner o Mann. Deben entregar su vida, lo que se pueda de su vida, a la pulimentación, sin fatiga, de la piedrita que ya traen de nacencia, pues de lo contrario no llegarán a escribir lo que en potencia, por el talento natural ya dado, guardan en su cabeza.
Sobre los métodos de trabajo no hay regla que valga, pues en este caso cada quién se inventa sus entrenamientos y se inscribe en sus competencias. Pienso por ejemplo en Juan Rulfo. A simple vista parece un escritor huevón, un genio que no quiso dar a la posteridad más allá de dos o tres libros. Rulfo tenía, es incuestionable, un talento especial, único e inaudito, un oído conectado con la sonoridad profunda del español mexicano del mundo rural. Eso estaba en él desde siempre, desde que nació, pero lo pulió en silencio, abnegada, tozudamente, a lo largo de los 35 años que le sirvieron de entrenamiento para llegar a El llano en llamas y Pedro Páramo. ¿Y qué fue exactamente ese entrenamiento? Leer, leer como loco, con la vista puesta en las tripas de la prosa, en la estructura de historias ajenas que orientaron y afinaron su sensibilidad a un grado casi aéreo. Luego de esa breve totalidad, de esa carrera de cien metros planos que fue “su” única carrera, Rulfo se llamó a silencio y ya jamás volvió a las pistas.
Lo malo es que los Rulfos, como los Bolts, no se dan en maceta. Los demás tienen, tenemos, que trabajar y trabajar sin freno, todos los días leer y escribir cuanto sea viable para poder dar lo poco o lo mucho a lo que estuvimos destinados, sea lo que sea.

Laboratorio de análisis cínicos















Gerardo:

Vi tu comentario, la “carta abierta” o “artículo” que no hubieras querido escribir ahora que te has autoerigido Procurador para la Defensa del Chismorreo. Tiene muchas observaciones atendibles sobre el actual manejo de las redes sociales y sobre los recovecos de la vida noticiosa y cultural. Podría apreciar parte del mensaje que en la carta anotas al pie de página web (“Eres un escritor y un ser humano que respeto y admiro. Te considero el mejor Director de Cultura que hemos tenido en esta ciudad”), pero no soy yo quien debe opinar sobre mi “gerencia”, como jamás lo he hecho. En estos casos sólo agradezco sobriamente, a veces sin enunciar una sola palabra.
Paso a responderte.

De lo especioso
En tu alegato noto flecos especiosos y varias suposiciones infundadas, incluso algunas plenamente instaladas en la ruindad (no todas las atenderé, pues, como verás, hay algo que me detiene en el primer párrafo de tu texto). Por ejemplo, entre los especiosos, que debe interesarnos igual la vida de las islas Fidji que la de La Laguna. En primer semestre de periodismo enseñan que el interés noticioso depende sobre todo de la cercanía, así que yo no manejaría en los mismos términos un link sobre Oceanía que otro sobre Torreón.
Otro especioso o al menos parcialmente equívoco: que me opongo a las actividades de “relumbrón”. Sí, claro, me opuse a eso y me seguiré oponiendo, siempre y cuando tal sea el eje de la política cultural de un municipio. Es decir, si una administración pública trae un cantante o un conferencista foráneos y de alta cotización cada dos días, claro que me parece y me seguirá pareciendo (a mí) incorrecto, pues eso demanda recursos que pueden aplicarse en actividades de amplio espectro social, por llamarlas de algún modo. Pero la dinámica de una administración pública se ciñe a ciertos tiempos, y aquí no te digo nada nuevo. Yo llegué a la DMC para trabajar la mitad de un periodo, los dos últimos años, los más difíciles en términos presupuestales. No promoví la visita, por ello, de un solo conferencista o cantante o grupo de fuera, pues apenas había recursos para lo local, y esto con serias limitaciones. Lo anterior no significa que en otra coyuntura más propicia me niegue a la presencia de artistas o intelectuales foráneos. Lo único que haría es evitar personalidades muy onerosas o actividades demasiado frecuentes con invitados de esta índole.
Otro comentario especioso: que supongo “elitismo” en Maldonado y en ti. Sin palabras, nunca dije eso, pues no lo pienso.
En suma, puedo afirmar que el manejo de tus argumentos raya en lo cómico, tanto que despide un cierto tufo chimoltrufio: como digo una cosa, digo la otra. Dices “Que Renata Chapa y Jaime Muñoz son esposos y se están divorciando no se revela aquí por primera vez; el dato aparece en más de un periódico y más de un sitio en internet”. Y sin decir agua va, concluyes: “A mi parecer, debiste mencionar en el blog tu parentesco conyugal con Chapa, pues forma parte inesquivable del contexto de la discusión. Debiste informar, asimismo, que ocupabas la dirección cultural de Torreón mientras tu esposa ocupaba la de Gómez Palacio, y que ahora ella te sucede en la administración torreonense”. Bien, dado que cuando polemizo debo confesar incluso lo que ya está en “más de un periódico y más de un sitio en internet”, comenzaré diciendo que mi nombre es Jaime Muñoz Vargas, que nací en mayo de 1964 en Gómez Palacio, Durango, que me dedico…
De lo ruin
Una suposición ruin tiene que ver con mi llamada al director de una revista para quejarme de ciertas publicaciones y demás. Que yo recuerde, ni ahora ni nunca he llamado a ningún director de algún medio de comunicación para quejarme de nada. Repito: ni ahora ni nunca he llamado a ningún director de algún medio de comunicación para quejarme de nada. Jamás. En ningún medio de comunicación del mundo hay una carta, ni un tibio mail, para pedir siquiera “derecho de réplica”, pues para eso tengo mis espacios favoritos y no favoritos, y también para eso aprendí a escribir. ¿Crees que ahora le voy a llamar a Pepe Lupe para darle lecciones de moral y periodismo independiente o para pedirle que te margine de su staff? ¿Crees que me interesa que le hagan de agua la publicidad allí donde la pepena? No soy quién para aleccionar a nadie sobre lo que puede publicar o no. Además, ¿alguien me haría caso si disemino querellas en los medios contra los cuáles siento desacuerdos? Lo que si hago, y lo hago con frecuencia, es opinar en mis modestos espacios sobre la recepción de los mensajes. Por eso reseño libros o comento los temas que se le atraviesan a mi mente y siento de interés y se ubican cerca de mis gustos y competencias. Más que indicar utópicamente a Televisa, a TV Azteca, a Excélsior, a Milenio, a El Siglo de Torreón, a Noticias, a Grem, a Radio Torreón, a Kiosco, al Washington Post, a La Voz de Viesca y a quien sea lo que deben difundir, procuro opinar, insisto, sobre algunos mensajes y sobre cómo creo (creo, ojo) que son y cómo creo que deben ser recibidos. ¿Eso es poco? Tal vez sí, y es lógico que me encantaría tener tiempo y capacidad para escribir teorizaciones sartorianas y contar con altavoces más grandes para que mis palabras no fueran compartidas por un público tan escaso, pero es lo que he podido hacer y he hecho siempre con la mayor honestidad, pulcritud y desinterés posibles. Por tanto, la conclusión a la que llegas (que me he convertido “en un represor de la libertad de expresión”) es, creo, risible si la basas en el invento de que hablé con el director de una revista para quejarme, más si tomamos en cuenta que tengo al menos cinco meses o poco más sin conversar, que yo recuerde, con el director de algún medio (con la última que conversé fue con Marcela Moreno, el lunes 10 de noviembre de 2013, para programar mi vuelta a las páginas de Milenio Laguna, cita que tengo documentada en mi correo electrónico). Pero no sé. Quizá en las madrugadas salgo a dialogar, sonámbulo, inconsciente, con directores de medios, y si es el caso, ofrezco una disculpa. Así entonces, quienes te publicaron y te publiquen esta “carta abierta” (y cualquier otro texto) jamás recibirán ni una sílaba de mi parte. Debes estar tranquilo. Este furioso “represor” te lee atento y te responde sin necesidad de cerrar las puertas a nadie ni aleccionar medios de comunicación chicos o grandes.

La visita fantasma
Puntualización aparte merece la mención que haces sobre una visita mía, reciente, a El Siglo. Tienes razón: lo visité por última vez el 23 de febrero de 2012 a las 8:30 pm (cita que tengo documentada en mi correo electrónico), cuando me invitaron a una cena luego de haber sido jurado de un concurso de cuento organizado por el propio diario. ¿Eso es reciente? No puedo, por tanto, más que quedar pasmado ante los fantasmales y muy frescos apersonamientos que de manera inmunda, desaseadísima, me atribuyes. Esto precisamente, el dime y el direte sin pruebas, peregrino, artero, es lo que trato de evitar, pues si tú dices que yo hice eso ahora, en idéntica respuesta puedo inventar cualquier vómito infundado y atribuírtelo (“¿por qué oculta Monroy, como supe por ahí, que fulanito le está pagando con droga por atacarme?”), lo que obviamente no haré. ¿Crees que no tengo capacidad para fabularte unas veinte o treinta o cuarenta andanzas y sólo anteponerles el “supe por allí”, el “me enteré”, el “dicen las malas lenguas” o el “me lo dijo un pajarito” y luego pasarlas de fayuca como verdades? Los “me dijeron”, “me enteré”, “supe por allí” y sus equivalentes no sirven de nada en un debate serio, pues abren un portón del tamaño del Arco del Triunfo a cualquier choro, por descabellado y asqueroso que parezca. Así qué chido: digo que me enteré “por allí” o “sé de buena fuente” que alguien hizo tal o cual mierda y luego le disparo acusaciones de “mafioso” y “represor”. Vaya preciosidad de método. Te plantearía que, si no es mucha molestia, des el nombre del funcionario de El Siglo con el que “platiqué”, y de paso el día y la hora, con pruebas. Sospecho muy de antemano que te quedarás chiflando en la llanura, pues nadie aceptará autoenjaretarse la patraña que concebiste en tu agusanado laboratorio de infundios. También, ya entrados en gastos, quisiera el nombre del director de la revista al que “le llamé” para inaugurarme como “represor” y, si se puede, una evidencia documental de la llamada registrada en su teléfono o algo así. Pídele que te ayude, que te busque una copia o foto de eso, es sencillo, pues ahora todo deja un registro. Solicito pruebas mínimas de lo que me acusáis sin razón porque si no estaremos ante otro caso flagrante de chirinolería parasitaria y quitatiempo con careta de lucha social desde La Pureza Ideológica. Si tales pruebas existen, no te será difícil conseguirlas, pues Torreón no está en las islas Fidji.
Ahora bien, ¿por qué te pido esto que no podrás conseguir ni documentar por la sencilla razón de que no existe? Para evitar que en tus próximas deyecciones (que eso son aunque las impregnes con loción seudoacadémica de notas al pie de página) me conviertas en Miguel Nazar Haro y afirmes, sin despeinarte siquiera, tan cínico como ahora, la trasquilada especie de que mando asesinar poetas.

En fin, “algo” tengo que decir
Y ya, punto, porque curiosamente el párrafo clave de tu larga exposición es el primero. No estoy tan seguro de que hayas descubierto “casi por accidente” el abarrote de comentarios míos y demás, pero no importa. Lo que importa es lo que me pides en ese primer párrafo. Cito su cierre: “El tema sobre el cual gira el debate que suscitó tu comentario es la administración cultural pública de Gómez Palacio y Torreón; pero tú desvías de esto tu atención, y la de tu lector. No tocas el tema: lo rodeas. Inspeccionas minuciosamente las orillas, pero no entras al mar. Te propongo que desarrollemos públicamente el tema que hasta ahora has evadido. Como intelectual y como ex-funcionario, seguramente algo tienes que decir. Todas las rutas convergen sobre este norte: no nos quedemos a medio camino”.
Bien. Vamos a suponer que como “intelectual” sólo inspeccioné minuciosamente las orillas sin haber entrado al mar, ese mar que es la pasada administración cultural pública de Gómez Palacio y la presente de Torreón. Para no volver a caminar por “las orillas” (mi relación personal con Renata, el uso de las redes sociales, el manejo del rumor en los medios, mi calidad de flamante “represor” y “mafioso”, mis ficticios encuentros en lo oscurito con directores, tus fábulas facilistas y todo lo demás), opino breve, directa y contundentemente sobre las administraciones culturales municipales de Gómez Palacio (anterior) y Torreón (actual). Sobre la anterior de Gómez opino —y sólo porque me lo pides, pues no soy la persona indicada para hablar sobre esto dado todo lo que mencionas en tu "carta abierta" o "artículo"— que es una de las mejores administraciones culturales que ha tenido Gómez Palacio en su historia. Y conste que no digo esto en desdoro de los valiosos esfuerzos pasados, sino en reconocimiento a una capacidad creativa y organizativa que dio buenos frutos pese a las siempre adversas circunstancias presupuestales, a la hostilidad circundante, al acoso mediático y, sobre todo, a la atroz inseguridad que vivió mi ciudad natal durante el periodo 2010-2013. Esa inseguridad, por cierto, golpeó a la directora y a su familia, pero hasta este momento lo comento (sólo porque me pides que diga “algo”, que dé una opinión) pues ¿a quién pueden importarle las circunstancias reales de trabajo de cualquier funcionaria y su familia en un entorno plagado de vicisitudes que ponen en riesgo hasta su vida?
Ahora bien, sigue Torreón. Un mes de trabajo, o menos, me parece nada para comenzar con los loores o el acribillamiento de nadie. Esto no significa que tal trabajo, por incipiente que sea, no pueda y deba ser sometido a escrutinio, pero celebrar los logros o lapidar a un director luego de un mes de labores, cuando todavía ni siquiera ha definido su equipo de trabajo y está en medio de la borrasca que genera todo periodo de transición, me parece, por decir lo menos, pueril.
Como ciudadano que paga meticulosamente sus impuestos tienes derecho a pedir y recibir cuentas sobre el trabajo de todos los funcionarios. Y las recibirás, claro, no porque tú personalmente las exijas, sino porque las dependencias públicas son obligadas, por ley, a rendir cuentas a la ciudadanía. Para eso están los informes anuales, para eso están las contralorías, para eso están las instancias de transparencia. Si te parece poco y quieres que quede estatuido un “Informe a Gerardo Monroy sobre las actividades de enero a marzo de 2014 del IMCE Torreón”, manda una iniciativa de ley para que el congreso o el cabildo la autoricen.

The end
Tuve la suerte (ahora no sé si la desgracia) de ocupar la dirección de Cultura —una de las carteras más complicadas desde hace años en la administración municipal de las ciudades laguneras— durante 23 dificilísimos meses. Gracias a eso sé algo que tú no sabes: que las voluntariosas fórmulas que llegan de fuera son generalmente nobles, viabilísimas y fáciles de realizar en la teoría, pero su ejecución y término ven de frente desafíos, inercias, limitaciones y golpes desaseadísimos nada sencillos de sortear. Quizá esa es la razón por la que siempre he tratado de trabajar en paz, colaborativamente, allí donde esto me ha sido posible antes y después de ser director. En algunos lugares se ha podido; en otros, no, pero por actitud no ha quedado.
A saltitos, sin mucho tiempo disponible, he ido armando y puliendo un ensayo más o menos largo sobre el trabajo cultural en un municipio como el nuestro. Son, como quien dice, las notas de trabajo que pude tomar mientras colaboré en la DMC. Si algún día lo termino, creo que tendrá un mero carácter descriptivo, aunque deseo insinuar algunas tímidas propuestas. ¿Por qué tímidas y no contundentes, implacables, como se estila entre los formuladores de panaceas? Por lo que ya te dije: la realidad, complejísima en este caso, también juega, es movediza y matrera, y aunque uno traiga varitas mágicas resulta que todo abracadabra se estrella contra los hechos y las limitaciones que llamamos “estructurales” (también aquí las hay, y de todo tipo). En el escritorio puedes crear Florencia; lo complicado es ver en el día a día quién carga las mamparas, si te dan gasolina para llevar los caballetes a la colonia de la periferia o quién se queda hasta el final de la presentación sin amagar mañana con una hecatombe en la oficina.
En fin, Gerardo. He opinado sobre tu carta un tanto a vuelatecla, pues no tengo las ventajas que da el ocio y yo sí estoy, como dicen los argentinos, “tapado” de chamba, lo que incluye mi papel de padre de tres hijas que no dispone ni de los sábados para aceptar unas caguamas Indio gracias a la amable invitación de Paco Zamora y otros contertulios. Espero que, más allá de las discrepancias grandes y pequeñas, todo salga bien. Supongo que tu decepción es irreversible. Si es así, lo lamento de veras. Si no es así, también lo lamento, pues difamas con grotescos y desaseadísimos infundios las involuntarias cátedras de honestidad que, mañosamente agradecido, dices que te brindé.
Hasta nunca.

Jaime

miércoles, abril 02, 2014

La sombra del yo




















Acaba de salir la versión definitiva (si esto fuera posible) de mi libro Polvo somos (treinta relatos futbolísticos) y como sucede con frecuencia, de mi cuota total de cinco lectores no ha faltado alguno que pregunta sobre el origen de los relatos. ¿Se basan en experiencias reales?, es su inquietud. Mi respuesta es concisa: no, todas son ficciones, inventos, creaturas puestas en pie por la imaginación. Con ella dejo contento a mi interlocutor, aunque también esa respuesta es una ficción, pues si bien se trata de textos apoyados en el fantaseo, todos tienen vasos comunicantes con mi experiencia real. Explico y aprovecho la explicación para volver al tema de la autobiografía en la narrativa, tema que hace poco sobrevolé en el texto “Con la jaulita al hombro”.
Creo que ninguna de las treinta historias que configuran Polvo somos cuenta un hecho real, pero todas requirieron mi experiencia directa para ser inventadas. Los escritores suelen dividir sus opiniones cuando hablan sobre escritura y autobiografía. Unos aseguran rehuir su experiencia real y otros dicen usarla como si fuera la mejor plastilina para modelar relatos. Yo soy de esos escritores a la antigua que suelen todavía conversar sobre sus métodos de trabajo, así que no me apura destacar que uso lo que tengo más a la mano para confeccionar historias. Nada es tan mecánico, por supuesto, pero procedo más o menos así.
En un altísimo porcentaje de los casos pienso primero en la situación, en la famosa “anécdota”. Es menos frecuente que primero se me ocurra un título, o un personaje, o una frase con cierto encanto. No, lo primero que se atraviesa en el camino es pues una situación que puede ser resumida en una frase. Tal es el embrión del relato. Lo que sigue es buscarle protagonistas. Generalmente es uno el más importante, y a ése se le añaden otros, incluido el antagonista si lo hay “de carne y hueso”. Lo demás es malicia, guiño, finta, “bicicleta” de Ganso Padilla para que el lector se vea metido en un texto envolvente y tenuemente barnizado de ambigüedad.
Y es aquí donde llego a la autobiografía oculta. Para no trabarme, para que el embrión de relato crezca y vaya más allá del puñadito de palabras, ubico la anécdota y los personajes en terreno conocido. Aparece entonces lo que denomino “la sombra del yo”. Si requiero una oficina, pienso, y de alguna manera “retrato”, alguna de las oficinas que he habitado, tal cual. Si necesito un hotel, lo mismo, pienso en alguno que se acomode al presupuesto de la anécdota. Si es un restaurante, nada mejor que mover a los tipos del relato por alguno que retenga mi memoria. Y así sucesivamente. Ubicar “una zona” guardada en mi recuerdo permite que allí los personajes se muevan con confianza y sabedores de que dominan el terreno. Por eso, no miento si digo que los terregosos campos de futbol, los estadios, los camiones, los barrios donde actúa cada personaje de Polvo somos fueron arrebatados a mi autobiografía. Las historias son inventadas; el contexto, la atmósfera, la vida que sirve de background, no.
En 1999 publiqué el relato más lejano a mi experiencia. Fue El principio del terror, novela que narra la vida (imaginaria, a la Schwob) del primer guillotinado. Las peripecias de Nicolas-Jacques Pelletier se dan, obvio, en París. Por eso algunos, cuando apareció, me preguntaron que si yo conocía esa ciudad. Les dije que no, y sigue siendo fecha que no la conozco. Mi respuesta fue simple: pude armar las correrías de Pelletier por los recovecos de París gracias a un truco: en mi imaginación lo puse a caminar por el Gómez Palacio, Durango, de mi adolescencia, y así el cabrón hizo lo que quiso.

sábado, marzo 29, 2014

Mirar con ojos de suegra

















El libro me hizo recordar cuatro casos recientes de carrilla antimexicana. La primera fue la desatada por el cantante Tiziano Ferro, quien se refirió a nuestras mujeres como “bigotonas”; por supuesto, le sobraron chulas mentadas de madre y un montón de fans abandonó el barco de su admiración a ese sujeto. Por las mismas fechas, un programa de radio de la BBC hizo burla de los mexicanos, lo que generó un comunicado de la embajada azteca en Londres. Por otro lado, la franquicia Burger King lanzó en España una hamburguesa llamada Texican Whopper en la que aparecían un texano y un luchador con la bandera de México, lo que motivó una queja de la nuestra diplomacia. Por último, y muy recientemente, un tiroteo tuitero en el que los argentinos, con un tag racista, nos ponía como lo peor del universo y puntos circunvecinos.
Esos vituperios internacionales no son infrecuentes. Resultan, más bien, tan comunes que incluso pasan del estereotipo a la malditez, como sucede en el caso de los chistes mexicanos contra los gallegos, gracejadas que por supuesto se basan en la nada. Tan en la nada, o a lo mucho en algún tonto prejuicio, como lo hizo George F. Ruxton, viajero inglés que en el siglo XIX atravesó México desde el puerto de Veracruz hasta Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez), y en 1847 publicó el libro Aventuras en México (El Caballito, México, 1974), obra en la que nuestra ilustre raza queda, valga el lugar común, como lazo de cochino.
Ruxton comienza su relato desde que parte de Southampton, atraviesa el Atlántico, llega a las Antillas y de Cuba enrumba a Veracruz. Desde el principio se nota que, para él, fuera de Londres todo es Cuautitlán. Antes de llegar a México tiene unas cuantas palabras de elogio a las realidades que observa, por ejemplo cuando se le van los ojos ante la calidad de la melcocha femenina de La Habana; fuera de eso, todo o casi todo le parece pinchurriento.
Ya en nuestro país, al despectivo inglés no le faltan frases ingratas sobre “los perezosos mexicanos”. Obviamente tiene pinceladas de elogio al paisaje, a veces a ciertos climas, a algunas edificaciones. Tiene también opiniones interesantes sobre la política interna, como cuando afirma esto que quizá sigue vigente: “en este país los gobernantes derrotados son tratados bien, ya que pueden resurgir y administrar un trato similar a sus adversarios”.
En efecto, los ambientes cautivan sus sentidos, más cuando ve el Valle de México. Le gana, sin embargo, la mirada puntillosa y hiperbolizante de los defectos: “México es un cuartel de la suciedad. Las calles están sucias, las casas son sucias, los hombres son sucios y las mujeres aún más sucias, y todo lo que uno coma o beba está sucio”.
Ruxton se siente hecho a mano nada más por ser europeo, así que en todo momento ve a los mexicanos como dios mira a las liendres, según el juego de palabras de Gilberto Prado: “Para un inglés montado no hay nada más ridículo que un mexicano montado sobre su caballo”.
El viajero pasó parte de sus Aventuras en México por el rumbo de La Laguna, como “Perdizenia” (Pedriceña) y Mapimí, e incluso menciona de pasada nuestro río Nazas. Todo el recorrido fue difícil, ingrato para sus ojos de hombre refinado. Durango es para él “la Ultima Tule de la zona civilizada de México”, así que no le faltan oportunidades para atizarnos comentarios que hoy parecen cruzados a la mandíbula.
Campea en todo el libro la actitud de superioridad, como si la circunstancia de estas tierras fuera la misma que la vivida por su milenaria Europa. A mediados del siglo XIX, lo sabemos, la recién nacida República hacía esfuerzos descomunales para organizarse y alcanzar estadios de progreso que muy lentamente se han ido dando. No como quisiéramos, pero tampoco para pensar que “los perezosos mexicanos” no habíamos logrado algo en esos entonces y no logramos algo décadas luego. Basta citar nuestra pintura, nuestra arquitectura, nuestra música para saber que, patrioterismo aparte, no somos lo que algunos dicen que somos. Ni éramos.

miércoles, marzo 26, 2014

Arte de titular























Titular un libro (o un artículo, una película, un disco, una obra de teatro, un programa de televisión, lo que sea) no es enchilar tacos. Tiene su chiste, como todo, y para hacerlo bien es necesaria cierta jiribilla. Es tan difícil que si no hay tiempo para pensar en esto, como pasa comúnmente en el vertiginoso periodismo, ocurre con frecuencia que se cuelan títulos atroces por kilométricos, sosos, obvios y demás. Por ejemplo, titular en periodismo “Análisis de la política económica seguida por el gobierno de Peña Nieto en su primer año de gobierno” es casi escribir el artículo en el título, o sea, no titular nada. Unos sosos serían “El sistema político” o “La inflación”, y así, fallidos. Pero se entiende que en la prisa del periodismo los títulos no se dejan hallar así nomás, tanto que a veces es lo más difícil de encontrar.

En literatura se supone que no es lo mismo, pues en ella hay tiempo para barajar posibles nombres antes de llegar a la pila bautismal. De todos modos hay desaguisados, titulamientos que ni fu ni fa. No hay regla en esto, vale decir desde ya. El poeta Gerardo Deniz, por ejemplo, tiene títulos extraordinarios de una sola palabra, ideales para libros de índole poética: Adrede, Gatuperio, Mansalva; tiene otro un poco más largo, genial, para un libro con guiños autobiográficos: Paños menores. También cortos, algunos de Lezama Lima son hermosos: La fijeza, Aventuras sigilosas, y este bárbaro: Enemigo rumor.

Los mejores dos de Borges, a mi juicio, llevan la palabra “historia”: Historia universal de la infamia e Historia de la eternidad; hay otro inmejorable: El tamaño de mi esperanza. Él admiraba a los ingleses Burton y De Quincey, autores de dos libros con títulos apabullantes: Anatomía de la melancolía y El asesinato considerado como una de las bellas artes, respectivamente. Vargas Llosa tuvo la manía de usar la conjunción “y” en varios de los suyos: La ciudad y los perros, La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Kathie y el hipopótamo. Octavio Paz logró títulos poderosos; los dos mejores son, a mi parecer, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y La llama doble.

Los títulos de García Márquez han sido claves de su éxito. Son poéticos, de una sonoridad perfecta: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, Memoria de mis putas tristes; pero su título más famoso es, sin duda, Crónica de una muerte anunciada, que ha sido parafraseado hasta el asco, tanto que ya suena mal decir, por ejemplo, “Crónica de un fraude anunciado”.

Muchos escritores de más reciente producción han despoetizado sus títulos, casi a la manera de Bukowski y su Música de cañerías. Fadanelli tiene libros deliberadamente bautizados con tosquedad: Terlenka, Lodo, como Melamina o Six pack, de nuestros Daniel Herrera y Carlos Reyes. Fernando Nachón, también mexicano, llevó al extremo esta posibilidad y publicó libros con títulos escalofriantes: Cachetadas en las nalgas, De a perrito, Diario de un pendejo.

Titular, como podemos ver, no es tan sencillo. Hay sutilezas que deben ser tomadas en cuenta, no nombrar a lo burro. Eso es lo que veo en el título que me gusta más entre todos los que me gustan, uno que siempre envidiaré: Todo verdor perecerá, novela del argentino Eduardo Mallea.

domingo, marzo 23, 2014

La tarde-noche de aquel 23














Faltaban dos o tres años para que internet comenzara la invasión de los hogares, así que en marzo de 1994 todavía nos informábamos sólo con los periódicos y las revistas, la radio y la televisión. Se suponía que los medios electrónicos eran los más veloces, y lejos estábamos de imaginar que cerca de veinte años después las redes sociales permitirían diseminar una noticia por todo el mundo a sólo unos segundos de haberse dado.
Llegué aquel miércoles 23 de marzo a casa luego de ofrecer un par de clases en la universidad. Me faltaban exactamente dos meses para cumplir treinta años, era soltero y tenía un cuartito independiente en casa de mis padres. Mi biblioteca, la cama, una mesa de trabajo y la maravillosa máquina de escribir Olympia color guinda estaban allí. Creo recordar que también contaba para entonces con la tele Hitachi en blanco y negro que agarraba la señal con un gancho de ropa en calidad de antena. El caso es que llegué como a las siete o poco más, encendí la tele y al primero que vi y oí fue a Javier Alatorre, ya para entonces el lector de noticias estelar en TV Azteca.
Al principio me desconcertó que estuviera fuera de su horario. Algo había pasado. Luego lo dijo claramente, pero todavía sin datos precisos: habían atentado en Tijuana contra el candidato del PRI a la presidencia. Al parecer dos o tres balazos. Hacía enlaces un tanto torpes, no se sabía mucho en Tijuana y menos en el DF. Lo único verdaderamente cierto en ese momento era que el candidato había sido llevado con urgencia a un hospital, grave.
Poco después, casi a las nueve, en cadena nacional, el vocero de la campaña del PRI, Liébano Sáenz, dio la noticia: el candidato estaba muerto.
Lo que ocurrió después ya lo sabemos. Jamás se supo bien a bien qué pasó. Muchas pistas fueron borradas, quizá hasta cambiaron al asesino material, fiscales especiales fueron y vinieron, el país se puso más tenso que de costumbre, corrió un río de tinta, pero con claridad no se supo nada de nada.
Siempre he creído que la orden salió del lugar del que se sospechaba más, pero no podía decirse. Ni entonces ni ahora, pues de alguna forma ese poder sigue vigente y es muy grande, grandísimo, inmenso, el mayor del país desde 1988 o poco antes.

sábado, marzo 22, 2014

Nadie te espera
















Hay una afirmación de Ricardo Garibay en Oficio de leer (Océano, 1996) que me deslumbra: “Un paradero literario es una frase donde hay que detenerse”. Esta frase es pues, también, un “paradero”. La siento justa porque siempre que leo, y también cuando escucho, hay puñados de palabras que logran decir más que otros, como si fueran sentencias o aforismos o axiomas involuntarios. Esas frases pueden salir de la pluma de Voltaire o de la boca del compita que nos cambia la Firestone en una vulka, todo depende del misterioso encanto que contenga la pizca de palabras.
Recuerdo una. Oriundo del interior argentino, un padrote fracasado (ignoro si esto es un pleonasmo) recuerda su llegada a Buenos Aires. Aparece en el cuento “El precio del amor”, de Ricardo Piglia, y su imagen se me quedó adherida a la memoria. Cuando el personaje narrador describe su llegada a la capital, dice: “En esta ciudad de mierda, ¿te das cuenta? Uno llega, piensa que lo están esperando. Cuando quiere acordarse, está perdido, triturado”. Toda su tragedia ulterior estuvo cifrada entonces en ese comienzo: “Uno llega, piensa que lo están esperando”, pero en realidad no hay una sola persona que de veras tenga los brazos abiertos, la mano tendida para ayudar.
Cuando el hombre es joven y por necesidad debe dejar su primer espacio —el pueblo-útero que lo arropó en los años de primera formación—, es frecuente su tendencia a pensar que alguien, quien sea, estará esperando del otro lado de los cerros o del agua. La realidad es otra, por eso al personaje de Piglia le va como le va: es triturado. Ocurre casi lo mismo —no sé por qué siempre lo he pensado así— con el escritor muy joven acosado por el ansia de publicar. Hoy existe la válvula despresurizadora de las redes sociales y los blogs para compartir lo primero que va saliendo de la impetuosa vena, pero el libro sigue firme como fetiche ideal para paliar las urgencias de quien desea darse a conocer como “escritor” y tal vez, por qué no, alcanzar el estrellato.
Por experiencia vivida y leída sé que es muy difícil resistir la punzada de publicar recién agrietado el cascarón. Cuando alguien descubre que escribir es “lo suyo”, no falta que antes de articular algo decoroso, lo que sea, ya se imagine firmando libros y estremeciendo a la humanidad con párrafos y estrofas más bien calisténicos, de mero calentamiento. En esta etapa no cabe por lo general ni un átomo de escepticismo. Eso viene luego, después de publicar dos o tres libros y darse cuenta de que la gente recibe esas creaturas como quien recibe el martes. En tal momento se demuestra la verdadera vocación: si uno es triturado por la indiferencia y de todos modos sigue dándole al teclado, allí está clara.
Ser Rimbaud es un tanto complicado, así que es muy común que los primeros y apresurados libros sólo tengan un valor curricular. Quizá, si el escritor avanza y cuaja, la crítica los ubicará como embriones de lo que luego llegó, rastreará en ellos las preocupaciones que después se convirtieron en el hueso y la carne de la obra madura. Pienso por ejemplo en ¡Écue-Yamba-O!, Fervor de Buenos Aires y Los jefes, libros de los que sus autores (Carpentier, Borges y Vargas Llosa, respectivamente) hablaron siempre como quien confiesa sus pecados juveniles.
No veo mal, sin embargo, que el joven escritor (o a veces no tan joven) quiera publicar con la premura de una ambulancia. Lo que debe saber, aunque duela, es que nadie estará esperando y quizá nadie, jamás, vaya a hacerlo. Si prosigue pese a esto, muy bien. Si no, también.

miércoles, marzo 19, 2014

Eco, narrador confeso




















Entre los narradores hay una subespecie no abundante: la de los teóricos, quienes se caracterizan por escribir relatos y reflexionar cada que pueden sobre las estrategias que otros escritores y ellos mismos han usado para construir ficciones, para inventar personajes, tramas y atmósferas. A esta categoría pertenecen, entre otros pocos, Ricardo Piglia y Mario Vargas Llosa, escritores que en numerosos ensayos y conferencias han escudriñado en la producción propia y ajena con el único fin de destacar los pliegues y resortes ocultos en las historias que por convencionalismo llamamos “ficciones” aunque partan de la realidad y a veces intenten retratarla con detalle. No es un trabajo sencillo, pues las posibilidades de la creación narrativa y su concreción (en un cuento o una novela, por ejemplo) demandan observaciones que en algunos casos rozan incluso la filosofía.
Por eso nomás, por lo difícil que es pensar en el arte de la ficción y sus entresijos, uno no puede menos que alegrarse con la presencia de Umberto Eco y sus Confesiones de un joven novelista (Lumen, 2011, 221 pp.), libro que amablemente nos pavimenta el camino hacia el entendimiento, sobre todo, del corpus narrativo armado por el piamontés, aunque con inevitables derivaciones hacia todos los derroteros del afán ficcionalizador.
Eco, lo sabemos, arrancó ya ruco su carrera de novelista. Tenía 38 años y una sólida reputación como ensayista especializado en semiótica cuando publicó El nombre de la rosa (1980), libro que de golpe lo instaló, ayudado además por la versión fílmica (1986), en los más visibles escaparates de la literatura mundial. Ocho años después apareció El péndulo de Foucault, y de allí no ha parado hasta arracimar seis novelotas (como Baudolino, que es un libro descomunal) sin dejar de publicar, claro, cada dos o tres días, algún ensayo sobre sus temas recurrentes: estética, medios de comunicación, cultura medieval y demás.
Entre esos libros apareció Confesiones de un joven novelista, ciclo de conferencias que Eco ofreció en EU, reflexiones cuyo interés radica principalmente en ver el despliegue de datos que el italiano pone sobre la mesa para que, con el conejillo de Indias de sus propias ficciones, nos adentremos de su mano hacia las profundidades de la creación.
Cierto que algunos pasajes son inevitablemente densos, pero el tono accesible (y “socarrón”, como dicen los editores) se sostiene en la mayor parte de las conferencias. Es una rara mixtura la que se da en el Eco de estas páginas: por un lado leemos al erudito que parece saberlo todo, al anatomista del pensamiento que ve significados donde no parece haber nada; y por otro, al hombre de carne y hueso que nos lleva a la cocina de sus libros narrativos, a sus manías de investigador detectivesco, esas obsesiones que lo obligan a contar el tiempo que demora en recorrer un pasillo de abadía para ajustar a tal distancia un diálogo de sus personajes.
Para los fans de Eco, y para los no fans de Eco pero sí interesados en pasear por los sótanos de cualquier relato, Confesiones de un joven novelista es un libro muy útil. Con este Eco hay que parar oreja.

sábado, marzo 15, 2014

Letras y patas de hule















“A esta altura de mi vida en una gran ciudad, lo mejor que le encuentro a un automóvil es que no sea mío. Desgraciadamente ellos no parecen compartir este rechazo, y me basta salir a la calle para ingresar en un sistema y un código en los que sólo la vigilancia más atenta puede evitar el rápido paso de la integridad a la papilla”, dice Cortázar en “Monólogo del peatón”, uno de los muchos textos integrados a Papeles inesperados (Punto de lectura, México, 2009, 486 pp.), el librote misceláneo que hace cinco años llegó a engrosar el ya de por sí gordo expediente cortazareano.
No sé si me equivoco pero en general los escritores, por su misma naturaleza encerradiza, tienen una mala relación con el coche y demás objetos atropelladores no identificados. De Cortázar no me sorprenden las palabras citadas, pues la neurosis automovilística le saltó en otros momentos, entre ellos el que lo llevó a escribir “Autopista del sur”, uno de los relatos infalibles en cualquier antología del argentino. Tuvo al final de su vida, como sabemos y él mismo lo declara, un fugaz reencuentro amoroso con el coche, pero hizo trampa: viajó con la hermosa Carol Dunlop, su pareja, de París a Marsella, y se tomó casi un mes para hacer un viaje que por lo común demanda diez horas. Usó en este caso el menos aventurero de los vehículos, una Combi roja que a cada parada se demoró en pausas de exploración y fotografía que quedaron impresas en Los autonautas de la cosmopista, libro que casi casi apareció póstumamente.
Un rastreo veloz por la biografía de muchos escritores nos permitiría ver que conducir (manejar, decimos en mi rancho) está lejos de ser un goce del gremio. No imagino a Rulfo, a Borges, a Neruda, a Paz, a Carpentier, a Benedetti, a Vargas Llosa (bueno, a Vargas Llosa sí) en plan de Fittipaldis, con el codo salido por la ventanilla y silbando un sabroso bolerito, muy acá. Más bien los imagino dependientes siempre de otros, o de sus pies, que para caminar fueron  hechos. Creo que esta malquerencia del volante no se da por esnobismo, sino por algo que en efecto caracteriza al escritor: su distracción. Distracción, claro, de lo cotidiano, de lo inmediato, no de lo que se supone está escribiendo permanentemente dentro la cabeza.
Mis amigos escritores manejan con decoro, aunque muchos llegaron tarde al arte de macalacachimbas, unos incluso más allá de los treinta años (yo conduje mi primera nave casi en la ancianidad, según mis coétaneos: a los 23). Otros se van vírgenes de patas de hule, y los admiro de veras. El caso de esta índole que mejor recuerdo es el de Arreola, quien al parecer no fluctuó como Cortázar del odio a la parcial aceptación vehicular, sino que abrazó una pureza absoluta como caminante del Mayab y puntos circunvecinos. Tan lejos se colocó de la pasión automovilística que en alguna de las muchas entregas para una columna que publicó en El Sol de México durante casi dos años, del 75 al 76, se confesó “peatón original” frente a la barbarie de esas máquinas siempre listas para el apachurramiento y demás accidentes perpetrados “en estas calles de Dios”.
¿Y dónde me coloco yo? Con la mano en el pecho les aseguro que si me dan a escoger, prefiero siempre, como Julio, que alguien me supla en los volantes o si eso no es posible, conducir lo menos posible y caminar, caminar cuando se pueda o ascender al “jet de la pradera”, cómo le decían mis amigos al Torreón-Gómez-Lerdo en el que llegábamos a la secundaria. Sólo así veo algo que me interesa ver, tocar, sentir: la ciudad.

miércoles, marzo 12, 2014

Cien chilenas




















Cierta noche de 2011 casi me perdí una cita, hoy inolvidable, con amigas y amigos escritores de Chile. Un día antes me habían organizado una mesa de lectura en Letras de Chile, asociación que agrupa a destacados escritores de aquel país. Todo salió bien, les comenté algo sobre literatura mexicana y leí un cuento de mi cuño y letra. Al día siguiente me esperaban para una cena. Recibí la dirección y las indicaciones para llegar en metro. Lamentablemente, al salir de la estación ya no supe dónde quedé y sólo contaba con el número de celular de quien me recogería en una intersección ya determinada. Creí que me sería fácil dar con el punto, pero era una zona algo confusa. Esperé en una gasolinera a ver qué se me ocurría, pues ya iba llegando la hora de la cita. Vi que por allí estaba un tipo y me acerqué a preguntarle el rumbo de unas calles. Notó mi acento y se armó una breve plática. Dijo que por motivos de trabajo había estado alguna vez en Monterrey, y luego de agregar otros detalles preguntó por mi problema. Le dije que buscaba una calle, nomás, y añadí que sólo contaba con el número de celular de una persona. Cordial, me lo pidió, marcó desde su aparato y me lo pasó. Dije que estaba en la gasolinera de la calle tal y hasta allí llegó mi enlace, la escritora Gabriela Aguilera.
Poco después me encontraba sentado en la casa de la escritora Susana Sánchez Bravo (quien alguna vez estuvo en Torreón, me contó) junto a cerca de diez colegas suyos. Pensé que era una cena de ellos, pero no: la habían organizado para mí, con todo, incluido el entusiasmo. Probé deliciosos platillos y conversamos muy amablemente sobre nuestras literaturas y nuestras situaciones políticas. Noté que en el grupo eran más aguerridas las mujeres que los hombres, y que ante cualquier tema ofrecían una opinión informada, frontal y llena de sabrosas maldiciones. Fueron suficientes dos horas para que yo idealizara a la mujer chilena. Pensé: si todas o la mayoría son así de simpáticas y entronas, ya entiendo la fascinación de Neruda.
Así terminó la cena y llegó la hora de las fotos y la momentánea despedida, pues poco después íbamos a vernos en Mendoza, Argentina. Y así fue. Viajé en bus de Santiago de Chile a Mendoza y no olvido que mientras atravesaba la cordillera andina tuve tiempo para pensar en la hospitalidad de los chilenos. Los y las reencontré en el encuentro literario celebrado en la Universidad Nacional de Cuyo, donde algunas compañeras del contingente chileno me hicieron dos regalos: un juego de libritos en formato volante, elaborados con una endiablada y perfecta malicia de dobleces, pues cada uno era una hoja tamaño carta, sin grapas ni pegamento. También, el libro ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género (Asterión, Santiago de Chile, 2011, 115 pp.). Recuerdo que en ese momento estaba de moda en toda América Latina la activista Camila Vallejo, así que las chilenas se estaban convirtiendo para mí en modelo redondo de combatividad.
El libro me deslumbró por lo que tiene de hecho consumado pero más por lo que tiene de idea. Imaginé a las chilenas en la solicitud del material: era necesario convocar a cien compañeras escritoras para que cada una apoquinara una microficción sobre el tema. Supuse que en otras latitudes no sería fácil concluir tal emprendimiento, pues aquí y allá, en muchas partes, el trabajo colectivo y solidario se ha tornado muy difícil ante las inercias dominantes de la ganancia y el individualismo. Vi que en Chile eso no pasa, o al menos no pasa con mis amigas Lilian Elphick, Pía Barros, Gabriela Aguilera, Silvia Guajardo, Susana Sánchez y demás, quienes cierran filas y cristalizan proyectos con una solidaridad que me pasmó, envidiable.

sábado, marzo 08, 2014

Leer con los ojos abiertos




















En una de las ilustrativas páginas que habitan el libro Un lector se hace, no nace (Ariel, 2000, 140 pp.), Felipe Garrido nos comparte esta anécdota: “Un día de febrero de 1961, cuando había ya llegado a la Facultad de filosofía y letras de la UNAM, una mujer pequeñita de cuerpo y gigantesca en su magisterio, María del Carmen Millán, nos pidió a sus alumnos de introducción a las investigaciones literarias, en el primer año de la carrera, que leyéramos ‘Talpa’. El cuento de Rulfo nos deslumbró (…), pero nadie estaba preparado para la pregunta que hizo la maestra: ‘¿Por qué ese par de amantes, cuando consiguen matar a Tanilo Santos —esposo de ella, hermano de él— tienen que separarse?’ Nos miramos, desconcertados, unos a otros. Todos habíamos leído el cuento, pero nadie lo había interrogado; nadie se había interrogado sobre el carácter ni los motivos de los personajes; nadie había examinado las palabras ni los sabios silencios de Rulfo; nadie había reconocido ni mucho menos explorado el alarde de técnica que es la estructura de ese cuento. ‘Niños —nos dijo la maestra—, hay que leer con los ojos abiertos.’ Ese comentario bastó para cambiar la vida de muchos de nosotros”.
Las sencillas palabras de la maestra Millán son, quizá precisamente porque son sencillas y golpean la cabeza del clavo, sabias como los silencios de Rulfo, y qué bueno que las cita Garrido y ahora puedo recordarlas en estos renglones. Me alarman un tanto, sin embargo, pues si en 1961 ya se leía sin leer, hoy el panorama en este sentido es dos milímetros menos que pavoroso.
A muchas razones es atribuible que pasemos ahora por las páginas de un libro —o de un periódico o de una revista o de cualquier texto en internet— sin llegar a la verdadera lectura, ésa que en efecto observa con detenimiento las tripas de cada párrafo, casi con la atención del cirujano que se juega la vida o la muerte del paciente en cada movimiento. Una de las razones, creo, está en la vertiginosidad con la que ahora nos caen sobre la cabeza miles de textos. Por esto, la primera virtud del lector no es leer mucho o tener la disposición de leer mucho, sino saber discriminar, separar, elegir, pues nadie dispone del tiempo necesario siquiera para leer los cuarenta o sesenta links que llegan durante cinco minutos a una miserable cuenta de tuiter.
Luego de saber qué vamos a leer, es necesario instalar los cinco sentidos en el texto de manera que no pasemos por sus renglones como quien hace zapping en la tele. Aunque hay diferentes niveles de compresión y libros que imponen grados de dificultad muy distintos, de poco sirve en realidad sobrevolarlos o avanzar a paso veloz si en el camino no llegamos a la comprensión. Eso sí que es una pérdida de tiempo, como leer con los ojos cerrados, semileer.
Más vale entonces resignase a un ritmo de lectura (el que tenga cada quien, así sea lento) y tratar de comprender lo más posible. Esto podemos hacerlo mejor —les comparto un truco— si cada tanto, no sólo al final, le hacemos una preguntita al libro: ¿por qué este personaje dijo esto o esto otro? ¿Por qué aquí guardó silencio o comenzó a gritar como loco?, y así. El caso es que leer es casi casi como conversar con alguien querido en el café; allí debemos, a riesgo de que nos consideren descorteses, estar atentos a la charla, hacer preguntas con interés aclaratorio, afirmar de vez en vez, negar también y escuchar siempre, en resumen, con los ojos bien abiertos, como dijo la maestra María del Carmen Millán a Felipe Garrido y sus compañeros de la Facultad.

miércoles, marzo 05, 2014

En la lengua de Drácula













Hace dos años, poco más o menos, mi amigo Rogelio Guedea me escribió desde Nueva Zelanda, donde trabaja, para convidarme a participar en un libro colectivo armado con textos breves. El libro apareció en 2013, y su título es El canto de la salamandra. Por razones atribuibles a mi negligencia todavía no lo tengo, pero sé de buena fuente que ha corrido con fortuna.
La página donde lo vende la editorial Arlequín dice lo siguiente:

La literatura brevísima es un animal elástico y anfibio que cambia de hábitat a la menor provocación: de ahí su capacidad de rozar otros géneros (cuento, poesía, ensayo, aforismo) de manera inverosímil (como la salamandra y sus metamorfosis) y construir una sinfonía en corto que no deja de sonar y asombrar a cada lectura.
Siguiendo esta descripción, y bajo la premisa de Baltasar Gracián, «lo bueno, si breve…», Rogelio Guedea antologa a escritores mexicanos de comienzos del siglo xx hasta las voces actuales que ejercitan el género con plena conciencia. El censo de autores abarca desde los canónicos nombres de Dufoo, Reyes, Arreola, Tario, Monterroso, o contemporáneos como Alberto Chimal, Cecilia Eudave, Édgar Omar Avilés, entre otros. Su método para decantar esa enorme producción de brevedades es la selección minuciosa de una decena de textos por autor.
Autores seleccionados: Genaro Estrada, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes, Julio Torri, Max Aub, Nelly Campobello, Francisco Tario, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Otto-Raúl González, Salvador Elizondo, René Avilés Fabila, Felipe Garrido, Guillermo Samperio, Óscar de la Borbolla, Mónica Lavín, Marcial Fernández, Jaime Muñoz Vargas, Cecilia Eudave, Alberto Chimal, Rogelio Guedea, Édgar Omar Avilés y Hugo López Araiza Bravo.

Hasta aquí, todo en entendible orden. La sorpresa que ayer me envió Guedea por mail fue que en una revista rumana comentaron brevemente el libro y de paso, claro, tradujeron algunas piezas. Una de ellas es de mi cosecha, así que ya puedo presumir que he sido traducido a la lengua de Drácula; mi felicidad creció porque quitaron un año al anotar mi fecha de nacimiento.
Al abrir el link no supe a cuál microrrelato de mi cuño le habían puesto palabras transilvánicas. Pero pronto lo reconocí; es, claro, “Microrrelato total”, que en rumano dice así:

Schiţă totală
Într-un sat de prin La Mancha al cărui nume n-am cum să-l ţin minte, şi spre-amiaza vieţii noastre muritoare ajuns, într-o pădurentunecoasă mă rătăcii, pierzînd dreapta cărare, cînd în faţa plutonului de execuţie colonelul José Aureliano Buendía avea să-şi amintească de după-amiaza îndepărtată cînd tatăl său l-a dus să facă cunoştinţă cu gheaţa şi cînd el dorea doar să spună că a venit la Comala pentru că i-au spus că aici a trăit tatăl său, un oarecare Pedro Páramo, declaraţie exprimată în dimineaţa fierbinte de februarie cînd a murit Beatriz Viterbo, numai cu puţin înainte ca Gregor Samsa să se trezească în patul lui, după o noapte de vise zbuciumate, metamorfozat întro gînganie înspăimîntătoare, ţipînd ca un nebun, şi întrebînd cu o durere extraordinară: Cînd se-alesese praful de Peru? 

En buen romance (aunque el rumano también es buen romance, pero ustedes me entienden), lo escribí como sigue:

Microrrelato total
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?

Gracias a Rogelio Guedea por el detallazo. Le debo varios.

Saccomanno 77: para entendernos un poco















He acomodado en diez años la lectura de una asombrosa trilogía armada por Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948). Por suerte pude proceder en orden: La lengua del malón (2003), El amor argentino (2004) y 77 (Planeta, 2008, 273 pp.). La más reciente es la que conservo, por lógica, más fresca, pues la acabo de despachar hace apenas tres semanas. Su extraño título alude al año más cruento de la dictadura argentina, esa dictadura eufemísticamente llamada Proceso de Reorganización Nacional que en esencia fue, lo sabemos todos, un régimen que sólo reorganizó una carnicería. En efecto, hacia 1977 toda la Argentina vivía el azote de los milicos que sin pudor alguno secuestraban y desaparecían/mataban a todo aquel sospechoso de subversivo, lo que no es de poco temer cuando de facto ha sido borrado cualquier vestigio de Estado de derecho.
La novela, es decir 77, pone en escena, como en las otras piezas de la trilogía, al profesor Gómez, hombrecillo solitario, gris homosexual que da clases en una secundaria, apasionado de las letras inglesas, “cabecita negra” y difuso simpatizante del peronismo. Junto con él asistimos a la reiterada visión (justamente obsesiva en la conciencia argentina) del bombardeo a la Plaza de Mayo del 55 y toda la ristra de conflictos que derivaron en un desastre: la llegada de los Videlas y los Masseras y los Agostis y los Bussis y los Menéndez al poder que luego usarían como instrumento de aniquilación.
Me detengo brevemente en la expresión de uso colectivo “cabecita negra”. Cargada de un fuerte componente racista y por lo mismo clasista, es la etiqueta usada por el argentino blanco contra los hombres que, llegados del interior a la capital para mejorar su condición del vida en el trabajo industrial, luego serían identificados por los blancos antiperonistas simplemente como “cabecitas”.
El profesor Gómez es pues un cabecita, y además carga el agravante de una homosexualidad no confesa, de clóset, y la culpa de estar a medio camino entre la simpatía con los rebeldes y el pavor. Junto a él, frente a sus ojos, pasa el espectáculo de la persecución contra todo lo que huela a montonero, el movimiento radical peronista que después fue despiadadamente perseguido por la dictadura de igual forma que lo fue, entre otros, al mismo tiempo, la guerrilla marxista del PRT encabezada por Mario Roberto Santucho.
Sé que en México el nombre de Guillermo Saccomanno suena a nada pese a que, como me lo comentó, alguna vez estuvo en Saltillo, y sé asimismo que la dinámica montonera y el acoso militar nos suenan a historia lejanísima, pero tras hincar el ojo a 77 siento que muchas de sus páginas sólo requieren algunos cambios —básicamente de nombres propios— para adaptarse de manera congruente a la realidad que vivimos hace poco en sitios como La Laguna. Igual que aquí, el miedo en la novela está instalado, atornillado a la vida cotidiana: “Un atardecer, cuando volvía del colegio sentí que me seguían. No era una simple sensación. Era físico ese miedo. En todo el cuerpo lo sentía. Me paraba frente a una vidriera y miraba hacia atrás como al descuido. Dos tipos que venían detrás de mí parecieron canas [policías]. Crucé la calle. Los tipos siguieron de largo. Respiré. Pero la paranoia volvió a la carga. La realidad entera era cana”.
Y así todo el tiempo, como ocurrió aquí, insisto, donde por algunos años, calculo que del 2007 al 2012, el infausto calderonato, nada que se moviera afuera de nuestras casas era de fiar.
En muchos pasajes de 77 no vi pues una novela argentina: vi una novela nuestra, asombrosa, mexicana y reciente.