jueves, marzo 05, 2009

Recepción del Villaurrutia 2008



El maestro Adolfo Castañón me ha enviado y permitido publicar su discurso de recepción del premio Villaurrutia 2008, galardón que recibió por su libro Viaje a México (Iberoamericana, 2008). Desde hace algunos meses me honra con un trato epistolar que, aunque breve, no deja para mí de ser enriquecedor:

“Si bebe agua de este pozo nunca saldrá del pueblo”
Premio Xavier Villaurrutia 2008
Viaje a México

Muchos leen un libro teniéndolo en su poder
y no saben qué leen ni saben entender
Otros poseen cosas preciadas de valor
pero no las estiman cual deberían hacer.

El Arcipreste de Hita
Décimo tercera Dama
La Marja Doña Gómez

La historia de Viaje a México se podría remontar a varios momentos: En un extremo, hasta poco antes del nacimiento del autor, cuando, a fines de 1951, se encontraron un domingo por la mañana, las miradas de la Dra. Estela Morán Núñez y el Lic. Jesús Castañón Rodríguez y poco tiempo después decidieron vivir juntas en los ojos del hijo futuro; en el otro, cuando Klaus D. Vervuert decidió proponerme en diciembre de 2005 que le diera un texto para que formara parte de su catálogo —sin saber yo que con ese libro se iniciarían las actividades de la editorial Iberoamericana en México en colaboración con Juan Luis Bonilla y Benito Artigas.
En medio, otros momentos, por ejemplo: cuando (hacia 1966) llegó el primer extranjero —un francés filósofo exdiscípulo de Michel Serres— que trabajaba en Nueva York como taxista— a pasar una temporada a casa de mis padres. O bien cuando salí en una excursión hacia Oaxaca en una motocicleta BMW para ver el eclipse total de sol con Enrique Alatorre —el hermano menor de Antonio—,Yolanda, su esposa y sus hijos Argel e Iris, Moisés Gamero y Jacobo Chenzinsky, quienes me hicieron sentir, por su forma tan distinta de ser, acaso influida por Erich Fromm, Ejo Takata, el monje zen, o por sus amigos intelectuales tal Jorge Ibargüengoitia o José de la Colina, como ajeno a mi propia familia, peregrino en mi patria o en fin, cuando recibimos en a la mítica y chimuela Alcira Soust Scaffo —evocada por Elena Poniatowska y por el infrarrealista Roberto Bolaño—; casi todo un año hasta que un día mi madre, Santa Dentista, le dijo que tenía que escoger entre irse de la casa o dejarse arreglar la boca —Alcira comprendería bien que no era una buena publicidad para alguien de ese oficio (“en casa del herrero…”) tener en casa a una belleza desdentada.
Detrás del libro Viaje a México discierno una cuestión ética o, para decirlo con Paul Ricoeur, del sí mismo como otro. En la composición del manuscrito se fueron primero sumando y luego restando muchos textos (una primera versión incluía 82 textos y más de 500 páginas tamaño carta) hasta dar con la forma del libro en cuestión que sólo incluye 39 y tiene menos de 375 pp. Entre sus páginas palpita la pregunta: ¿quién soy?, ¿de dónde venimos? A mí ciertamente me costó trabajo darme cuenta de que la biblioteca de mi padre —a quien está dedicado uno de los capítulos del libro— no era México sino que estaba en México y que él era, para decirlo pronto, un hijo de su circunstancia, nacido en 1916, —un año antes de la Constitución de 1917 a la que cuidaba como una hermana menor—, formado en la escuela nacional preparatoria de San Ildefonso y en la Facultad de Derecho bajo la tutela de sus maestros Virgilio Domínguez, mi padrino Adolfo Menéndez Samará —cuyo nombre llevo—, Eduardo García Maynez, César Sepúlveda y Antonio Martínez Báez. Compañero de escuela de Ricardo Garibay, Manuel Calvillo, Gastón García Cantú, Jesús Reyes Heroles, Moisés González Navarro y Susana Francis, en fin, amigo de Manuel Porrúa, Andrés Henestrosa, René Avilés (padre) y Raúl Noriega Ondovilla.
Me costó, como digo, trabajo, años, diría la longevidad, darme cuenta de que ese señor que presumía de haber visto a los Octavios —Barreda y Paz— en el Café París junto con León Felipe, Jorge Cuesta, Alí Chumacero y Xavier Virraurrutia, era mi padre y que no sólo había nacido en México sino, que en algún momento de su vida, había decidido hacerse mexicano, ser “voluntario de México”, como diría Alfonso Reyes con quien, por cierto tomó el curso de invierno 1941-1942, sobre La antigua retórica, según consta en un diploma de la Universidad Nacional Autónoma de México, fechado el 15 de febrero de 1942 y firmado por el Rector Mario de la Cueva.
¿Cómo le había hecho? ¿Cómo le habían hecho para sentirse a gusto en el país y no salir corriendo de aquí o vivir alimentándose del odio al país natal, para citar a Leopardi, o fingir que vivían en otra parte?
Durante mucho tiempo traje enterradas estas preguntas como aguijones en la garganta. A veces en la noche, me despertaba con un sentido de asombro y extrañeza, como si hubiesen cantado en mi interior, uno después de otro, los gallos de Sócrates y de San Pedro: ¿Qué hago aquí? ¿De qué se trata esto? Y por la mañana al ver a la gente en la calle, tan atareada y ensimismada, o tan despreocupada como alegre comadre de Windsor, me preguntaba si no estaría disimulando, si no sentiría en el fondo lo mismo que yo.
De niño prefería la compañía de los amigos de mi padre o de las amigas de mi madre a la de los muchachos de mi propia edad. Pero a partir de que en la adolescencia empezaron a llegar a mi casa visitantes extranjeros, me incliné hacia esos extraños y me transformé en guía de forasteros. Por una razón: esa gente —digamos la psicóloga canadiense a la que acompañé a Guanajuato— no sólo me divertía sino que, en cierto modo, me ayudaba a sobrevivir y alimentarme, me enseñaba, por ejemplo, que las alegrías de amaranto y obleas pintadas de colores que se vendían por la calle y que mucho antes habían servido de adorno comestible en los altares sacrificiales prehispánicos, como panes de panespemia, eran apetitosas; que aquellas vasijas metálicas llenas de granos de maíz eran sabrosas aunque en casa no comiéramos ezquites…; que las peregrinaciones religiosas podrían ser interesantes sobre todo si no se era creyente…; en fin, que se podía ir a una iglesia no a rezar ni a confesarse sino a tomar clases de historia del arte.
Estas experiencias me llevarían a leer como si fueran libros de aventuras —y de hecho lo eran— los relatos de los viajeros extranjeros por México o que aquí se reencontraron a sí mismos con todo y su desarraigo y desconcierto: D.H. Lawrence, Malcom Lowry, Aldous Huxley, Antonin Artaud, la Marquesa Calderón de la Barca, y desde luego, mucho más tarde, el Viaje a México de Paul Morand, traducido por Xavier Villaurrutia. Por cierto, el francés Paul tiene en común con el mexicano Castañón un rasgo: como mi segundo apellido es Morán, los dos viajes a México son obra de un Moran(d).
A la pregunta de quién soy la acompañaba en paralelo otra: ¿y quiénes son esos multitudinarios que se dicen mexicanos y se ufanan de serlo? ¿De dónde les viene ese orgullo de vivir en un país donde la vida no vale nada pero donde se hacen peregrinaciones a la Virgen? ¿No tienen vergüenza? ¿Qué les dieron? Y me venía a la mente una voz como de leyenda: “si bebe agua de este pozo, nunca saldrá del pueblo”. Me preguntaba dónde estaba el pozo. Tuve que dar largos rodeos. Para abreviar, diré que tuve la fortuna de tener, además de mi padre, algunos maestros y amigos. A muchos de ellos le dedico ensayos o retratos en Viaje a México o aparecen mencionados en sus páginas: Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Luis Martínez, Ernesto Mejía Sánchez, Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Gabriel Zaid, José de la Colina, Alejandro Rossi, Leopoldo Zea, Jaime Reyes, Elsa Cross, Huberto Batis, Jaime García Terrés, José Luis Rivas, Christopher Domínguez, Guillermo Sheridan. ¿No será casual que muchos de ellos hayan sido premios Xavier Villaurrutia?
¿Dónde estaba ese pozo? Tomaré un ejemplo. Octavio Paz en su libro Xavier Villaurrutia en persona y en obra lee unos versos del autor de Nostalgia de la muerte en que descubre la presencia de otros escritores como en un palimpsesto. Así discierne a Jules Supervielle tras un poema de Xavier Villaurrutia quien mejora la fuente de su inspiración:

Saisir
Saisir, saisir le soir, la pomme et la statue,
saisir l’ombre et le mur et le bout de la rue.

Saisir le pied, le cou de la femme couchée
Et puis ouvrir les mains. Combien d’oiseaux lâchés,

Combien d’oiseaux perdus qui deviennent la rue,
l’ombre, le mur, le soir, la pomme et la statute.

El poema de Xavier tiene trece líneas, está en versos libres sin rima y a partir de la tercera línea la semejanza con el poema de Supervielle empieza a disiparse hasta desaparecer del todo en las siguientes. Los elementos del poema de Villaurrutia son muy distintos y hasta opuestos —fichas en lugar de pájaros— y su movimiento general consiste en una metamorfosis que se revela como una condenación: la estatua despierta sólo para decir que está muerta de sueño. El poema de Supervielle es crepuscular, el de Villaurrutia es un nocturno (…)

Nocturno de la estatua

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo,
Hallar en el espejo la estatua asesina,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una herramienta imprevista
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.

Paz, en ese hermoso libro cuadrado color violeta de 16 cm de ancho X 22 cm de alto y 1 cm de grosor, que lleva 10 ilustraciones de Juan Soriano —tan amigo de Xavier Villaurrutia— y acompaña una elegante iconografía y fue impreso el 25 de agosto de 1978 en la Imprenta Madero bajo la mirada vigilante de Vicente Rojo, Paz da, en ese ensayo, distintas claves para entender el vaivén entre tradición, traducción y talento individual. Un vaivén que apuesta siempre al enriquecimiento y está gobernado por la búsqueda de lo excelso.
“’Suite del insomnio’ —dice más adelante Paz— revela una lectura atenta de Tablada y en Aire y Cézanne hay ecos de Carlos Pellicer”. Casi se podría decir que a Paz —y con razón— sólo le interesaba un poema o un poeta en la medida en que éste sabía pulsar los armónicos invisibles de la tradición, para echar mano de la fórmula del crítico y filólogo Amado Alonso.
Al publicar en 1978 —hace 31 años— una modesta reseña de este libro de Paz advertía y señalaba al paso que este ensayo “no sólo [es] un comentario sobre la obra de Villaurrutia sino —lo cual es mucho más importante— el texto más acusadamente villaurrutiano de Octavio Paz, un texto donde, para decirlo con la voz de Paul Valéry, desde las profundidades del juez, nos habla el culpable”. Era un paso —ya se ve— alambicado y barroco como el mío adolescente. Paz me llamó de inmediato por teléfono para agradecérmela pero en su comentario oral me dijo algo sobre la observación en cuestión que yo traduje en mi interior como “por ahí va la cosa”. Iba en efecto por ahí. Con los años descubriría que, sin salirnos de Paz, detrás del Nocturno de San Ildefonso estaba el San Ildefonso de Alfonso Reyes y que, antes de La otra voz del autor de Los hijos del limo, estaba la plaquette Otra voz de Alfonso Reyes y que detrás del “Óyeme como quien oye llover” de Paz había versos de Bergamín y, ¿quién lo diría?, de Unamuno. Pero, volviendo a Xavier Villaurrutia, atrás o debajo de algunos de sus versos sonámbulos yacen o se yerguen no sólo Ramón López Velarde, Jules Supervielle o Paul Valéry, sino los nuestros: Luis G. Urbina, Amado Nervo, José Juan Tablada, Leopoldo Lugones, Rubén Darío y el propio Alfonso Reyes. Años después yo descubriría —atención tesistas— que del libro en cuestión Xavier Villaurrutia en persona y en obra sólo sobrevivieron en el ensayo recogido en el Vol. IV “Generaciones y semblanzas” de las Obras completas de Paz unos cuantos fragmentos. Además, se rescata en ese libro uno de los últimos poemas que Xavier Villaurrutia escribió. El poema se encontraba en la última página de Libertad sobre palabra, en el ejemplar que Paz le había regalado a Xavier Villaurrutia y que a la muerte de éste le fue caballerosamente restituido por Elías Nandino, “Xavier —dice Paz— lo había mandado empastar y lo había anotado con cuidado. En la última página había escrito con su letra clara y menuda, un poema de cuatro líneas, probablemente uno de los últimos que escribió: Palabra. Lo leo como un oblicuo comentario a mi libro y a la poesía:
o
“Palabra que no sabes lo que nombras.
Palabra, ¡reina altiva!
Llamas nube a la sombra fugitiva
de un mundo en que las nubes son las sombras”.

Hasta donde sé el poema “Palabra”, recogido por Octavio Paz, no se encuentra todavía reproducido en las Obras completas de Xavier Villaurrutia recopiladas por Miguel Capistrán, Luis Mario Shneider y Alí Chumacero para el Fondo de Cultura Económica.
Esta agua, como la he llamado, es la de la tradición y la traducción y aquí ya debería empezar a hacer trazos con el otro lado del lápiz. Todo lo que no es plagio es tradición, sentencia la voz solar y cruel de Eugenio D’Ors. Dicho de otro modo y toda proporción guardada, de la misma manera en que es imposible concebir algo que esté fuera de la naturaleza —pues el progreso y la industrialización son en primer lugar síntomas de esas fuerzas titánicas que mueven y sacuden la gran cadena del ser—, de esa misma manera, resulta difícil decir o escribir algo que no tenga un parentesco o un modelo con enunciados previos, es decir, tradición. Pero, ya se sabe, al menos desde Juan de Mairena: sin excepción, no hay regla.
Esa dificultad desafiante como esfinge tiene un nombre o si se quiere una máscara: se llama el presente, se llama uno mismo. ¿Cómo llegar a eso que casi no existe y que se encuentra, como diría Octavio Paz, al final de su ensayo sobre Xavier Villaurrutia, entre, entre el pasado y el porvenir?

“En esa zona vertiginosa y provisional que se abre entre dos realidades, ese entre que es el puente colgante sobre el vacío del lenguaje, al borde del precipicio, en la orilla arenosa y estéril, allí se planta la poesía de Villaurrutia, echa raíces y crece. Prodigioso árbol transparente hecho de reflejos, sombras, ecos.
El entre no es un espacio sino lo que está entre un espacio y otro; tampoco es tiempo sino momento que parpadea entre el antes y el después. El entre no está aquí ni es ahora. El entre no tiene cuerpo ni substancia. Su reino es el pueblo fantasmal de las antinomias y las paradojas. El entre dura lo que dura el relámpago (…)
El entre es el pliegue universal. El doblez que, al desdoblarse, revela no la unidad sino la dualidad, no la esencia sino la contradicción. El pliegue esconde entre sus hojas cerradas las dos caras del ser; el pliegue, al descubrir lo que oculta, esconde lo que descubre; el pliegue, abrir sus dos alas, las cierra; el pliegue dice No cada vez que dice Sí; el pliegue es su doblez: su doble, su asesino, su complemento. El pliegue es lo que une a los opuestos sin jamás fundirlos, a igual distancia de la unidad y de la pluralidad. En la topología poética, la figura geométrica del pliegue representa al entre del lenguaje: al monstruo semántico que no es ni esto ni aquello, oscilación idéntica a la inmovilidad, vaivén congelado. El pliegue, al desplegarse, es el salto detenido antes de tocar la tierra —¿y al replegarse? El pliegue y el entre son dos de las formas que asume la pregunta que no tiene respuesta. La poesía de Villaurrutia se repliega en esa pregunta y se despliega entre las oposiciones que la sustentan:
o
¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?" (1)

¿Cómo llegar a uno mismo y salir del solitario laberinto que es el pecho y de la caverna platónica de la mente? ¿Cómo mirarse al espejo? ¿Cómo conocer y cómo reconocer? Se necesita una mirada, la de otro, la del prójimo, la mirada del otro. Por eso me ha dado tanta alegría este Premio Xavier Villaurrutia que, como tantas cosas en mi vida, llegó rodeado de un ramo florido de coincidencias y casualidades. “Xavier se escribe con equis” yo estaba en Oaxaca cuando mi amiga, Ma. Teresa Franco, Directora del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, me llamó para anunciármelo. La primera persona a quien hablé fue a mi amigo, el librero Enrique Fuentes, quien me dijo: “Te tengo una sorpresa”, yo también, le respondí, ¿Cuál es la tuya?: “Tengo para ti un ejemplar de Laurel [la antología de poesía hispánica hecha por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados, Juan Gilbert y publicada por la editorial Seneca] ¿Y tu sorpresa?”. A mí me dieron un Laurel, el Premio Xavier Villaurrutia 2008. Por supuesto, nos reímos. Los días siguientes, al ver la prensa en distintos periódicos, aparecía junto a mi nombre y la noticia del Premio, la noticia de la muerte del pintor Andrew Wieth, autor del cuadro El mundo de Cristina de 1948, cuadro que muestra una mujer arrastrándose en un campo vacío dominado por dos casas. Da la casualidad que tengo una reproducción ese cuadro exactamente frente a mí, en mi escritorio de Copilco. Hubo otras coincidencias cuya exposición le ahorro al público pues este género —el de las causalidades— puede ser muy tedioso para quien no se encuentra atrapado en su red. El Premio Xavier Villaurrutia significa para mí un acto de reconocimiento por parte de un grupo de escritores que leen, representados por Silvia Molina, Daniel Leyva y Federico Patán, Enzia Verduchi hacia un lector que escribe. Un jurado de lujo auspiciado por la Sociedad Alfonsina organizadora de este premio.
Reconocimiento es una palabra preñada de implicaciones poéticas y filosóficas: Luego de su travesía Ulises es reconocido por su perro, su criado, su esposa y su hijo; Atenas reconoce a Sócrates a través de la cicuta; Antígona se entrega a la muerte porque la ciudad no quiere reconocer el cadáver de su hermano como hijo de la ciudad; Jesucristo reconoce a Judas en el tiempo mítico en que le anuncia a San Pedro que lo negará tres veces. La universidad reconoce a sus maestros e investigadores eméritos, mientras que el médico, a su vez, practica a sus pacientes otro tipo de reconocimientos.
Ni Xavier Villaurrutia, ni Gilberto Owen, ni José Gorostiza, ni Jorge Cuesta tuvieron ningún premio, en aquellos tiempos había mecenazgo pero no había becas, ni estímulos. Sin embargo, fueron reconocidos, es decir, leídos y saludados, por Alfonso Reyes, Octavio Paz, Alí Chumacero y José Luis Martínez, quienes no sólo los leyeron y releyeron, los transcribieron sino que los reescribieron y hasta reeditaron (con Martínez y García Terrés) —esa forma de salvar— sus obras y sus revistas.
El secreto de la fama, para evocar el nuevo título de Gabriel Zaid, no estaba tan mercantilizado ni tan amenazado por los discursos ideológicos y partidarios como ahora y el papel del escritor como ciudadano no estaba tan sujeto al Cheque y carnaval, título de mi segundo libro que tuve el honor de ver reseñado por Francisco Zendejas, en su columna de Excélsior, fundador de este Premio Xavier Villaurrutia cuya sombra saludo desde aquí, junto con la presencia de Alicia Zendejas, al entrar a su casa como hijo pródigo en este martes de carnaval.
La salud de una ciudad se puede medir por la calidad de sus reconocimientos, y la mexicana le debe a la Sociedad Alfonsina, a sus fundadores e integrantes un agradecimiento por haber sabido dar consistencia y continuidad a este reconocimiento. Yo se lo debo a las letras que alguna vez aprendí a deletrear en las rodillas de mi madre y los brazos de mi padre y en los escritorios de mis maestros y amigos, también se lo debo a mi familia y a mi esposa Marie Boissonnet quien me acompaña desde hace casi 35 años y al apoyo de mis asistentes.
Gnosis y anagnorisis, conocimiento y revelación— que tengo el honor de recibir de manos de mis amigos y lectores [Silvia Molina, Daniel Leyva, Federico Patán, Alicia Zendejas, Enzia Verduchi y María Teresa Franco]. Muchas gracias.

1 Octavio Paz, “Xavier Villaurrutia en persona y en obra”, Generaciones y semblanzas, Obras completas, tomo 4, Circulo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 2003, p. 277.

sábado, febrero 28, 2009

Inventos de Poe



Cuando un genio comete una genialidad cualquier pelagatos advierte que ese hecho genial no implicaba tanto genio, sino sentido común, pues seguramente se ha tratado de algo más o menos evidente y al alcance de cualquier capacidad mediocre. Eso fue lo que hizo Poe: descubrió el cuento y, al descubrirlo, lo problematizó y de paso inventó un nuevo tipo de lector. Casi nada. De golpe, con “Los asesinatos de la calle Morgue” se echó como tres pájaros de un solo resorterazo. Les paso revista.
1) Antes de Poe, se sabe, el relato breve ya existía, pues eso de contar mentiras con personajes ficticios es tan viejo como la milenaria humanidad. Pero, ¿qué era el cuento antes de Poe? Era, como ahora, una historia breve y con pocos personajes. Se les atribuye a ciertos estudiosos alemanes del XVIII-XIX la pesquisa de la tradición oral germana en pueblos chicos y grandes, lo que dio como resultado la compilación de un corpus narrativo espectacular, tan rico que algunas de sus piezas llegaron hasta las manos de Disney, quien las adaptó a monitos y les sacó una plusvalía digna de monopolio. Esas historias con tamaño de cuento basaban su encanto en la anécdota, pero al haber sido concebidas por “el pueblo” tenían un cierto estatus de producto espontáneo, ajeno a una intencionalidad propiamente literaria. De alguna manera eso lo llegó a Poe, quien, como todo buen genio, le dio una vuelta de tuerca genial a lo ya hecho. Tengo para mí que aquí jugó un papel decisivo su intuición; el bostoniano (me refiero al escritor, no el zapato) sospechó que esa forma sucinta, el cuento popular, contenía en potencia la especie más tensa y explosiva de la creación literaria. Fue allí cuando, al alimón, se atrevió a dos osadías: legislar sobre el cuento y, para los escépticos, ejecutarlo. Cuando un genio anda de vena, no para: pudo haber escrito un cuento sobre novios despechados o sobre granjeros en bancarrota, pero no; lo que hizo fue un cuento policial, y así, en unas cuantas páginas, inventó un género, un subgénero y unas reglas de juego. Dijo, grosso modo, que el cuento debe contar una sola historia, ser breve, sumar pocos personajes, exigir la lectura de un tirón, mantener alta y fija la intensidad y ofrecer un final congruente y sorpresivo. En pocas palabras, y como decimos los laguneros, se la bañó.
2) Lo que antes había sido distracción involuntaria de los pueblos (el cuento, digamos, folclórico), por culpa de Poe devino endemoniada forma de la literatura, desafío de la escritura. La confección de cuentos ya no iba a ser la misma, sin duda, y nació específicamente, al lado de las grandes y nacientes urbes, lo policial, lo detectivesco, además de que lo terrorífico alcanzó nuevos registros. Muchos agradecieron el aporte, pero otros tantos, al saber que el cuento ya no iba a ser esa cosa ligera y relajada de antes, consideraron que Poe marcó pautas que el tiempo se encargaría pronto de abolir. Han pasado más de 150 años desde que el norteamericano planteó su travesura y ya vemos que, hasta donde se puede percibir, su creatura goza de cabal salud.
3) Decir que Poe inventó un nuevo tipo de lector no es ocurrencia mía. Cómo va a ser ocurrencia mía, si la cabeza no suele darme para tanto. Fue Borges (¿quién más podría ser?) el que lo declaró. Desde “Los asesinatos de la calle Morgue” los lectores fueron otros, como si de repente hubieran perdido la virginidad. Gracias al primer relato policial, apuntó el argentino, los receptores de narrativa se hicieron desconfiados, rejegos, mañosos, al grado de que ya no leen nada sin suspicacia. Tan trucha está el lector actual luego de adiestrarse en el cuento policiaco que, señala Borges, si el Quijote hubiera sido escrito después de Poe los lectores entrecerrarían los ojos para preguntarse, desde el principio, ¿por qué el autor plantea que no puede acordarse de aquel lugar de La Mancha? En síntesis, hubo mucho de nuevo en literatura luego de Poe, ese genio vigente.
o
Nota del editor: texto leído en el homenaje a Poe celebrado en el Icocult Laguna y organizado por el Programa Salas de Lectura y el Taller de grabado El Chanate; participamos Salvador Álvarez de la Fuente, Miguel Canseco (de quien es el grabado que encabeza este post) y yo.

viernes, febrero 27, 2009

Ricardo Acosta en Moscú



Hoy 27 de febrero La Laguna estará presente en Moscú. No lo hará de manera turística, deportiva o comercial, sino por medio del arte. El joven pianista Ricardo Acosta Murguía (Torreón, 1993), quien apenas cursa el tercero de secundaria, participará en el quinceavo Festival Internacional de Jóvenes Solistas en Moscú, donde interpretará el Concierto para piano No. 2 de Dmitri Shostakovich bajo la dirección del Maestro Orlov Dmitri Mixailovich y la Orquesta Sinfónica Estatal de Moscú. No se trata, por supuesto, de un logro casual, pues casi toda la vida de Ricardo y buena parte de la de sus padres ha sido dedicada al propósito de que este lagunero alcance el brillo técnico que sólo se puede lograr frente a maestros y públicos de grandes ligas.
El caso de Ricardo Acosta es un buen ejemplo de condiciones favorables y bien aprovechadas, lo que a muchos padres nos sirve de modelo. Es talentoso, sin duda, como millones de niños en todo México, ¿pero de qué sirve ese talento si no hay alguien que lo apoye? Ricardo, por fortuna, ha recibido siempre el respaldo de sus padres y sus hermanos, de suerte que hoy, tras un esfuerzo físico, económico y moral inmensos, es motivo de orgullo no sólo para su familia, sino para toda nuestra región. Ricardo es un ejemplo de fe en el arte, de confianza en los hijos y de apoyo sin coto a las virtudes creativas del ser humano en este país por lo común mezquino y hasta hostil con casi todos, incluidos los niños.
Pese a su breve edad, Ricardo ostenta ya un currículum poderoso: inició sus clases de música y piano a la edad de cuatro años con la maestra Lily Solís en Torreón. Desde 1999 es alumno de la maestra Mariana Chabukiani, pianista y concertista de la Camerata de Coahuila. A partir de entonces ha participado regularmente en diferentes recitales en esta ciudad con obras de varios autores y estilos. Ha participado en diferentes concursos nacionales e internacionales como Open Piano Competition en Oakland, y en el Segundo Concurso Nacional “Petrof-Symphony-Pearl River” en Colima. En el mes de junio del 2006 fue seleccionado para participar en el Tercer Festival Internacional de Música “Moscú recibe a sus amigos” auspiciado por Vladimir Spivakov y el gobierno Ruso; allí tocó obras de Manuel M. Ponce. En junio del 2005 fue seleccionado para participar en la Academia de la Universidad de Indiana en Bloomington, para pianistas jóvenes, donde fue el alumno de menor edad de su generación. Durante ese curso recibió instrucción magistral por parte de pianistas como Karen Taylor, Gustavo Cardinal, Christopher Harding, Daniel Schene y Menahem Pressler. En julio del 2007 fue seleccionado para el curso de la Interlochen School of Arts (Michigan) en donde recibió instrucción de Anna Soukiassan; allí fue aceptado nuevamente para el verano del 2008, esta vez bajo la tutela de Martha A. Fisher. En tres ocasiones ha sido invitado por el maestro Ramón Shade a participar como solista en la Camerana de Coahuila. En 2009-2010 seguirá sus estudios musicales con especialidad en piano por tres años también en la Interlochen School of Arts, esto como antesala de su ingreso al conservatorio donde proseguirá sus estudios profesionales.
Me permito la imprudencia de reflexionar sobre la relación padres-hijos y su vinculación con el apoyo al talento. Es frecuente, y aquí sin pena puedo hablar en primera persona, que los padres desfallezcamos en el fragor de la supervivencia y dejemos a los hijos a merced de la educación convencional. Sé que no es fácil hallar tiempo y/o recursos para darles una formación que vaya más allá de lo ordinario, pero no dedicarles tiempo, no escuchar el llamado de sus capacidades, es desperdiciar potencialidades únicas e irremplazables. Ricardo y sus padres son una muestra de negación a las inercias fatalistas. Por ello, que reciban muchos aplausos aquí y en Moscú.

jueves, febrero 26, 2009

La historia castigadora



Por estos días ha sonado recio el tema de la culpabilidad por la narcoviolencia. Todo parece un duelazo de ping-pong inocuo en el que los chipocludos de la polaca hablan como locos y ninguno oye. Mientras, los atarantados mexicanos que ni tenemos velas para nuestros entierros seguimos la marcha, trabajamos como podemos y en lo que podemos, sobrevivimos a los embates de la anarquía chirinolera en la que sobrenada el país.
Los dichos de Germán Martínez, embusteramente airado como siempre, apuntaron con dedo acusador hacia los sexenios del PRI. A Fox le vio las manos limpias, por eso recargó las tintas en los gobiernos del tricolor que dejaron hacer y dejaron pasar para beneplácito de la delincuencia organizada. De inmediato, con tremenda granizada declarativa se le fueron encima los Beltrones y los Gamboas, quienes incurrieron en la obviedad de culpar a uno de los muchos culpables: a Fox. El zipizape parecía muy trabado y condenado al olvido hasta que se levantó la figura gordezuela y engominada del secretario de Gobernación, quien señaló, no se sabe si consciente o inconscientemente, que en el sexenio pasado hubo “omisiones” en el combate al narcotráfico, lo que daba como resultado una “paz simulada, sin sustento”.
Según La Jornada, “El responsable de la política interna pidió ir más allá de la memoria de corto plazo, porque los problemas de inseguridad estaban soterrados en la sociedad desde hace mucho; es decir, advirtió, la violencia ya estaba implícita, la seguridad ya estaba perdida desde antes. El problema de la inseguridad, de la amenaza del narcotráfico, de los secuestros, ya estaba latente, lo que pasa es que no habían sido enfrentados con fuerza para que salieran sus efectos más dramáticos a flote”. O sea que, burros como somos, nunca vimos que el cáncer habitaba ya en el cuerpo de la nación, pues nadie lo había encarado para tratar de extirparlo. No es sino hasta el actual sexenio, se infiere, que nos damos cuenta del estropicio gracias a la voluntad quirúrgica del calderonismo. En otras palabras, la culpa para los enemigos y, claro está, las buenas políticas y los logros para los cuates.
Por supuesto, el secretario Gómez Mont fue cuestionado luego de incluir a Fox en el racimo de los culpables: ¿hay posibilidades de castigar a Fox por sus peligrosas omisiones? La respuesta parece más de Corín Tellado que de un ministro del interior, como les dicen en otros países a los homólogos del abogado Gómez Mont: “Hasta donde yo entiendo, la política va poniendo a todos en su lugar. Del pasado tomemos lo que necesitamos para aprender; ¡hombre!, no nos quedemos anclados en eso. Todos tenemos que entrarle”. El pasado, entonces, sólo servirá para dar lecciones al presente, no para ubicar en él la culpa por destrozos infligidos a toda una nación. Eso significa que, si nos atenemos a la teoría en la que el pasado sólo sirve para que aprendamos de él, los que ahora son presente y en el futuro serán pasado pueden dormir tranquilos, pues la historia (no la ley, no la justicia) se encargará de ponerlos en su lugar.
Sin culpables concretos en el horizonte, el país puede estar confiado en que la situación empeorará. Gran parte del caos y la violencia tiene su base en la impunidad, y por lo que dijo el secretario Gómez Mont no se ve la hora en la que del Estado surja una mínima disposición al deslinde de responsabilidades. Se puede decir que un presidente fue omiso y puso en peligro de muerte a un país, pero en ningún momento se insinúa un procedimiento real, no metafórico, no vinculado a la historia como magister vitae, mediante el cual se establezca un castigo. Salida cómoda: la riegan crasamente y como pena capital sólo queda impuesto un hipotético mal recuerdo. Si la historia es la única que castiga, cualquiera estará dispuesto a labrar fechorías.

miércoles, febrero 25, 2009

Gerardo Segura y su thriller saltillense



Una llamada telefónica me trajo desde Saltillo la voz de Gerardo Segura. Era 2003 o 2004, no recuerdo con precisión. Hasta entonces, Segura era para mí el nombre de un escritor saltillense, el ágil e inteligente entrevistador de Todos somos culpables, el único libro que de él conocía hasta aquel momento. Fue grato saber que detrás del nombre y detrás del currículum se atrincheraba una voz cordial, atenta, educada o, como dicen mis mayores, de “finísima persona”.
El tiempo y mis frecuentes viajes a la capital de nuestro estado sirvieron para perfilarme con más detalle a Segura. Editor, maestro, corrector, periodista y promotor cultural, es sobre todo escritor, narrador. En cualquiera de sus oficios Segura es un trabajador infatigable, uno de esos sujetos que le exprimen más de 24 horas al día y mantienen siempre muchísimas ollas en la lumbre, tantas que parece ubicuo. Puede ser, por ejemplo, que en este momento esté en el Teatro Nazas, cierto, pero también, no sé cómo, en su taller de testimonio en Monclova, o presentado un libro en Piedras Negras, o vigilando unas pruebas de imprenta en Monterrey, o recorriendo con Taibo alguna parte de la geografía norteña. Así es él, uno de esos cabrones que, como decía Roberto Arlt, ganan las batallas por “prepotencia de trabajo”. Además, es de los pocos saltillenses verdaderamente interesados en la literatura lagunera y un profesional del buen trato a sus colegas, lo cual siempre se agradece en un medio acostumbrado a la indiferencia o a la bravuconería.
Las palabras de las que me he servido para definirlo y describir mi relación con él de ninguna manera contaminan el parecer que me nace tras la lectura de ¿Quién te crees que eres? (en lo sucesivo QCE), novela publicada en 2008 con el sello del Icocult Saltillo. Dados los antecedentes que tengo sobre Segura, fanático de la ficción policial, esperé que QCE bordara ese género. No es así, pero en efecto camina por una subespecie no tan lejana: la del thriller. El resultado es un coctel de peripecias que, con suspenso incluido, aran el terreno de la fatalidad y la ironía, de la socarrona visión del homo saltillensis, de la atmósfera de pueblo grande y semilustrado que todavía conserva la capital coahuilense.
Gerardo Segura nació en Saltillo hacia 1955. Estudió Letras Españolas y ha publicado, entre otros, Historias de la Historia, el ya mencionado Todos somos culpables, Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten, Nadie sueña e Inventiva en Coahuila. Su labor de editor es amplísima, como lo puede demostrar el catálogo reciente de la bibliografía aportada por la Universidad Autónoma de Coahuila.
Ahora, con QCE, Segura añade una novela más a su producción narrativa. Lo hace con brillo, pues articuló un relato cuyos ingredientes logran lo fundamental en un proyecto novelístico: atrapar al lector con una amplia redada de palabras, hacerlo con todos los condimentos propios de un platillo que aspira a ser completo. QCE narra entonces la investigación que debe emprender Paz Navarro, el protagonista, para localizar a una inglesa que residió en Saltillo en los tiempos de bonanza del muy ficcionalizado Banco Purcell. Paz, quien carga en sus lomos un divorcio fresco que le apachurra el ánimo, entra al laberíntico pasado saltillense mediante entrevistas e investigación documental, todo para que a la mitad del camino le ocurran desgracias promovidas por quienes no desean que logre dar con el paradero de miss Mary Mauttn, la misteriosa ciudadana de origen inglés que alguna vez trabajó cerca, en el terreno de este thriller, de don Guillermo Purcell.
Celebro la historia, los enredos en los que se ve envuelto el personaje vertebral de la novela, pero más, mucho más, la chispeante y pícara prosa que asume la voz narrativa. En efecto, de poco serviría el relato sobre la pesquisa si no llevara encima el aderezo de la palabra burlona que en más de un momento termina por llevarnos a la carcajada. Paz Navarro está tan fastidiado por la mala suerte que trae una autoestima localizada más abajo que sus calcetines. Ese es el motivo que refiere al título del libro: cada vez que Paz hurga, interroga, escudriña en los papeles o a las personas que puedan darle pistas para localizar los rastros dejados por miss Mauttn en Saltillo, se le viene encima un sentimiento de derrota que sin defecto lo lleva a plantearse la pregunta: ¿quién te crees que eres? Pese a ello, y estimulado por la amistad con Mauricio, quien le ha hecho el encarguito de localizar las huellas de miss Mauttn, Paz logra ingresar al dédalo del pasado saltillense y a tropezones halla algunos rastros.
En el trayecto, entre caída y caída, entre madriza y madriza, los lectores asistimos a una disección moral de Saltillo. Como Borges a Buenos Aires, Paz no está unido a Saltillo por el amor, sino por el espanto, y es por eso que la quiere tanto. Y es que amar a una ciudad es como amar a una mujer: la prueba de fuego es mantenerse unido a ella aunque se le haya visto sin maquillaje, desgreñada en las mañanas o haciendo del dos. Lo mismo se puede decir del hombre, claro, pero la ciudad es femenina y uno aprende a quererla, como Paz a Saltillo, pese a sus amaneceres ojerosos y pintados.
Los escondijos físicos y espirituales de Saltillo enmarcan, pues, la trama, pero soy de esos lectores que en esta novela seguramente optarán por preferir las pinceladas filosóficas del personaje, un higadito que termina siendo harto jocoso en el entrevero de la investigación y el suspense.
Digo que Paz incurre en sabrosas filosofarías y creo no errar sin baso en ese rasgo gran parte de la fortuna que tiene QCE. Mientras investiga, insisto, topa con innumerables seres, paisajes y situaciones, y de todo colige oportunas opiniones, como cuando deriva, por sed de cerveza, en una piquera de pésima muerte que vende trago pese a la ley seca: “Lo de ‘privado’ era eufemismo, porque allí bebía medio Saltillo. Prostitutas de tercera, policías privados y públicos, borrachos crónicos, artistas insomnes, suicidas en recesión, divorciadas chamorrudas, normalistas desempleados, traileros de paso, periodistas chayoteros, charros cantores y charros sindicales. Un sitio maravilloso para un profesional de la noche. Como yo”. O aquella pincelada en la que don Fonso nos habla del paisaje sexual saltillense: “Caray —observó en tono reflexivo—, cómo hay jotos en Saltillo. Lo malo es que son jotos de la cabeza, que es la peor forma de la mariconería; si fueran de la cola nada más, allá ellos. Pero eso de no tener palabra…”.
Nada puedo adelantar, por el género al que responde, sobre el desenlace de QCE. Sólo puedo asegurar que Segura se maneja seguro de cabo a rabo, con un temple narrativo y un humor tan agridulce como los boleros, ese género musical que, por cierto, también acude a las páginas de esta novela que recomiendo con sincero gusto.
o
Nota del editor: texto leído ayer durante la presentación de ¿Quién te crees que eres? celebrada en el Teatro Nazas.

domingo, febrero 22, 2009

Cuento nuestro de cada día



La gente suele platicar cuentos, no novelas. La novela, más que leerla y platicarla, la vive. Cuando a alguien le preguntan cómo le fue, no es infrecuente que diga más o menos esto: “Bien, fui con fulano y nos topamos a perengano, luego entramos al restaurante equis y qué crees, vimos un pleito a gritos de una pareja, así que luego llegó la policía…”. La historia no se alarga mucho, hace simplemente el recorte de un momento, extrae lo básico del hecho y lo presenta con la mayor dosis de verosimilitud posible. Eso es, en estado casi espérmico, un cuento. Por supuesto que a la hora de narrar un cuento, es decir, de escribirlo, hay que pensar de una manera más fría los detalles, pues la escritura no puede ser organizada igual que la conversación. Pero el caso es, en esencia, el mismo: elegimos los detalles más significativos de un hecho, tratamos de compactarlos y luego los contamos con las cejas levantadas, para ganar la expectación de quien nos oye o quien nos lee. En ese sentido, aunque el cuento es un artefacto literario se parece mucho a lo que habitualmente hace cualquiera cuando platica en la sobremesa o cuando acaba de llegar.
He intentado explicar y explicarme por qué la gente que lee lee más novelas que cuentos. Tras años y años de pensarlo, sigo sin una respuesta satisfactoria. Todo se queda en especulación, en vago intento de respuesta. Dos de los más poderosos novelistas latinoamericanos, Vargas Llosa y García Márquez, me han servido para intuir qué pasa. El peruano ha reiterado en incontables ocasiones (se lo oí como cuatro veces en diferentes mesas de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara) que la novela, al plantearnos una especie de vida sucedánea o algo así, nos enriquece, nos permite salir de nuestro pobre destino único e incanjeable. No tengo a la vista sus palabras textuales, pero dice más o menos eso. El colombiano, por otra parte, al bordar algunos comentarios sobre el cuento (comentarios que ahora tengo a la vista y citaré tal cual) señala que “El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del siglo de piedra”. Eso está en el breve artículo titulado “¿Todo cuento es un cuento chino?”.
Me interesa detener la mirada en la afirmación que abre el párrafo: “El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana”. Si es así, la gente ya sabe cuentos, los hace a diario, los cuenta y se los cuentan en cualquier lado. En cambio, la novela es menos cotidiana, pues nadie toleraría tres, cuatro, diez horas seguidas oyendo las peripecias de otro. Para aguantar eso es necesario leerlo, avanzar por capítulos, consumir información por tramos. Todo es, como todo, más complejo, pero es válido ese sencillo intento de comprender, a partir de dos afirmaciones autorizadas, por qué el cuento no circula tanto como la novela.
En el terreno de la dificultad, he leído que muchos grandes narradores han tenido serios problemas con el cuento. La gente suele creer que es un asunto más sencillo, pero al ver lo que dice nada menos que García Márquez notaremos que la sencillez y la dificultad también suelen ser mal asignadas a uno u otro género; dice el autor de Cien años de soledad: “Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo. La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela”. Y abunda más abajo: “La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real”.
He leído, reitero, opiniones de los novelistas más famosos y en todos los casos muestran respeto y a veces hasta reverencia cuando hablan del cuento. La mayoría tiene novelas que gozan de éxito comercial, y tiene también cuentos por lo regular olvidados, ocultos, casi marginales. Pero todos coinciden en afirmar, como García Márquez, que en la novela se sueltan más la greña, que operan con mayor relajación, mientras que en el cuento se ven desafiados y muchas veces, por qué no confesarlo, vencidos.
Pese a todo, pese a la segregación racista que a veces se ensaña contra él, confío en que el cuento no morirá, pues se trata de algo inherente a la condición humana.

sábado, febrero 21, 2009

Tiempo para Mempo



Pasé el mediodía del 23 de mayo de 2004, mi cumpleaños cuarenta, en un restaurante de Tucumán, Argentina. Acompañado por David Lagmanovich y su esposa, y los ensayistas Enrique Foffani y Juan Pablo Neyret, la charla nos llevó, no sé cómo, al soneto, y allí pude recordar el de Renato Leduc titulado “Tiempo” que luego cantaron José José y Marco Antonio Muñiz. En esa pieza poética, dije, se rima con la palabra "tiempo", que no tiene consonante, es decir, palabra que le rime. Para mi asombro, la pavorosa erudición de David no lo conocía, y lo glosé como pude: doce de sus versos terminan en la palabra tiempo, que no tiene consonante… y todo eso (“Sabia virtud de conocer el tiempo; / a tiempo amar y desatarse a tiempo…”). David, con su ingenio habitual, acuñó un endecasílabo veloz: “Lo comparto con Giardinelli, Mempo”. Reímos, porque en efecto “Mempo” rima juguetonamente con “tiempo”.
Recuerdo la anécdota porque a propósito de lo que vivimos ahora, la militarización, he querido releer Luna caliente. Hace algunos años le hinqué el ojo, y escribí una reseña que quizá, si la rehidrato, convide a su lectura. Sé que es una novela breve y espléndida. Vaya entonces “Luna caliente o el horror en Resistencia”:
Sabía de ella desde el ochenta y tantos, cuando le otorgaron un premio de novela en México, pero no la había encontrado en nuestras desnutridas librerías. Hace unas semanas la compré en una edición de bolsillo y su lectura me confirmó su éxito de hace dos décadas: Luna caliente, novela corta del escritor Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, Argentina, 1947), en una obra de arte torneada con la arcilla del horror. Su extraordinaria trama, para empezar, es una rara y viscosa y atractiva mezcolanza de relato negro, político, erótico y hasta filosófico, lo que permite leerla de un alucinado jalón, virtud que en estos tiempos de apremio es muy agradecible.
Giardinelli no es muy conocido en México. Su ficha internética declara que ha publicado La revolución en bicicleta (novela, 1980), El cielo con las manos (novela, 1981), Vidas ejemplares (cuentos, 1982), El género negro (ensayo, 1984), Qué solos se quedan los muertos (novela, 1985), El castigo de Dios (cuentos, 1994), Santo oficio de la memoria (novela, VIII Premio Internacional “Rómulo Gallegos” 1993) e Imposible equilibrio (novela, 1995). Fundó y dirigió la revista Puro cuento entre 1986 y 1992.
Luna caliente narra, en tiempo objetivo, dos o tres días en la vida de Ramiro, doctor en Derecho graduado en una universidad francesa. Ramiro habita su mejor momento: tiene un título rimbombante, ha regresado al Chaco tras ocho años de ausencia y sabe que es joven y capaz, así que nada parece impedir su ascenso rápido en la vida pública de aquella ardiente zona del noreste argentino, precisamente donde el país de las pampas se junta con las voraces selvas del Paraguay. El joven exitoso es invitado a cenar en casa de un doctor que fue amigo de su padre, y allí, entre bocado y bocado, reencuentra a Araceli, ahora una adolescente de trece años que, como el Tadzio de Muerte en Venecia, despierta, en el pegajoso clima del Chaco, los confusos y bochornosos instintos del protagonista, un Gustav von Aschenbach criollo.
Lo que sigue en la trama es imprevisible, y a partir de allí irrumpe el horror: en la madrugada, Ramiro abusa de Araceli y cree matarla para evitar que hable. Al tratar de huir, el padre alcohólico de la adolescente, sin saber del siniestro, sigue a Ramiro y le pide buscar una tabernucha para continuar tomando cañas. Es el 77, los sorprende la policía represora de la dictadura, pero al no hallar evidencia de nada, los deja ir. La trama se complica en este punto: Ramiro elimina al viejo dipsómano y prosigue su huida. Todo le deja ver que, según lo sucedido, puede desviar la atención sobre el asesino de Araceli (inculpar a su padre) y luego dejar correr la hipótesis de que el médico se suicidó. Pero el asunto no es sencillo: los sabuesos de la policía argentina de esos tiempos negros y teñidos de sangre por la represión política le dicen que si confiesa el sistema lo ayudará, pues como doctor graduado en Francia puede servir al régimen dentro de la universidad. Ramiro no coopera, pues está obsesionado en no delatarse. La noveleta sufre otra vuelta de tuerca con la reaparición, vivita y seductora, de Araceli, quien por su precoz voracidad sexual encubre a Ramiro y todo se complica más.
Dejo la trama en este punto, para no regalar demasiado el magnífico cierre de la historia. Lo importante, en todo caso, y más allá de la brillante sucesión de los acontecimientos que ya enumeré, es admirar la forma en la que Ramiro, el profesionista equilibrado, el abogado con futuro luminoso, el joven de éxito seguro, se desfigura cuando aúllan en él las hienas del deseo. Como en Muerte en Venecia, insisto, la rectitud que impone la Cultura con mayúscula se ve bruscamente trastrocada por la insubordinación del ello, del salvajismo íntimo que, lo queramos o no, es parte inherente de la condición humana. Por eso Giardinelli, en una pausa reflexiva de la narración, anota que “Un hombre en el límite es capaz de todo. Y él [Ramiro] había llegado al límite”.
Luna caliente es una novela corta excepcional. Ahora que han tenido tanta resonancia mediática los crímenes pasionales e impulsivos, leer esta ficción de Mempo Giardinelli es una experiencia abrumadora.
o
Luna caliente, Mempo Giardinelli, Byblos, Barcelona, 2005, 156 pp.

viernes, febrero 20, 2009

Por un millón de euros



En el muladar informativo a veces es difícil encontrar notas que de verdad nos alienten a seguir, que nos infundan fe, esperanza y calidad en el consumo de datos. En México ya no salimos de lo mismo: todo es matazón y sinvergüenzada, rompimiento de marcas olímpicas en la competencia denominada ajusticiamiento de cristianos, dimes y diretes de secretarios de Estado parásitos, palabras optimistas de un comodino Felipe Calderón que nos llama cobardes por tenerle miedo al miedo, y así. Por eso, y para que no se enfade Rodolfo Elizondo Torres, secretario de Turismo, pongo los ojos por hoy en otro lado, muy lejos de la crudelia realidad que nos ladra por doquier.
Recuerdo que hace años gran parte de la información internacional nos llegaba por la vía del cine. Entre película y película (a mí me tocó la modalidad de tres cintas distintas al hilo por un solo pago) pasaban además documentales muy interesantes, con notas generalmente sabrosas, lo que en Milenio suelen acomodar en la sección Tendencias. Recuerdo más que nada al Noticiero Mexicano, con producción de Manuel Barbachano Ponce, dirección de Carlos Loret de Mola y narración de Fernando Marcos, el mismo míster que poco después fue eterno comentarista de futbol y que solía terminar las transmisiones con su editorial de cuatro palabras (Gerardo García Muñoz me ha dicho que alguna vez Marcos polemizó con Carlos Albert, y las cuatro palabras finales fueron un puyazo contra su compañero de locución: “Usted me cae mal”). Bueno, así nos llegaba la información, con meses de retraso, pero con eso ya nos creíamos cosmopolitas y teníamos de qué platicar con la perrada.
Ahora, la superabundancia de notas curiosas de todos los escondrijos del orbe es parte de la rutina informativa. Estamos al día sobre los acontecimientos importantes e idiotas que ocurren en el mundo y más allá de él, como los dos sobre los que leí ayer, un dechado de cómo se maneja ahora lo que antes era rollo privadísimo. Resulta (esta palabra se la aprendí a una tía cuando estaba a punto de soltar un chisme) que en Italia una chica de nombre Raffaella Fico, ex participante del Big Brother, ha decidido abrir una subasta para abrir, valga la rebuznancia, el cofrecito de su virginidad. Para los caballeros es una estupenda noticia, lástima que la lorenza Raffaella puso muy alta la canasta: un millón de euros cobrará al primer v(c)aliente que se anime a darle para comprar sus tunas. Lo importante de esta nota sin importancia es que la señorita Fico es en efecto señorita (dizque) y tiene una apariencia de muy pellizcable melocotón. Es, para acabar pronto, una bestia, tanto que Thalía es una gárgola junto a ella. “Quiero ver si alguien desembolsa esta suma para tenerme”, ha declarado, y también que desea comprar una casa en Roma y un curso de actuación. Ya estoy oyendo a muchos mexicanos: “Si yo fuera Slim, seguro que me trueno un milloncejo en la Raffita”.
El otro caso es el de la británica Jade Goody, también ex participante del Big Brother, quien ha mercado sus últimos días de vida. Hace seis meses le diagnosticaron cáncer cervical y por ello decidió vender su agonía a una cadena de televisión; cotizó ese raro producto en un millón de euros, plata con la que desea asegurar la educación de sus futuros huérfanos. “Quiero que mis dos preciosos hijos sean bautizados, para que cuando yo me muera sepan que su mamá está en el cielo. Soy una ignorante, pero mis niños no lo serán. Tendrán la mejor educación y sabrán que es todo gracias a su mamá”, señaló.
El show de la información sigue y seguirá dando noticias frescas, listas para hacernos olvidar crisis y balazos. Aunque todo es parte de lo mismo: la sociedad del espectáculo, el mundo como parodia infinita.

jueves, febrero 19, 2009

Política del porque sí



El 17 de julio de 2008 fue “subido” a You Tube un video del partido Nueva Alianza (http://www.youtube.com/watch?v=7Jwm8c6cY3w). Su elocuencia me asombró, pues en 21 segundos logra sintetizar el hoyo de inmundicia en el que se revuelcan los partidos mexicanos. Para quien no lo pueda ver y oír en internet, el comercial comienza con la imagen de Jorge Kahwagi, ese ajonjolí de todos los fangos que lo mismo sale en el Big Brother que se pelea con el Cibernético y discursea en la Cámara. El también millonetas y ex boxeador cherry nos hace un comentario, como si nos interesara: “Muchas veces me han preguntado que por qué Nueva Alianza”. Luego aparece a cuadro una chica de blusa rosa que parece responderle: “Porque es diferente yyyyy…”; al decir la conjunción copulativa hay un corte que prorrumpe en música guapachosa, como salsa, y el jingle “Porque sí, porque sí, porque sí, Nueva Alianza es mi generación, porque sí, porque sí, porque sí, Nueva Alianza por la educación”, y al final vuelve Kahwagi a cuadro y simplemente declara, con cara de que es obvio, tontos: “Porque sí”. Cuando ocurre el jingle, hay que acotar, un grupo de jóvenes ejecutan una especie de coreografía bochornosa, como de chimpancés alegres ante el sorpresivo descubrimiento de un bananal.
Describo así, con pelos, el espot porque no lo había visto y me parece que, aunque relativamente viejo ya, resume implacablemente, insito, los grados de trogloditismo a los que llegó hace tiempo nuestra propaganda. Como ya nadie les cree, como ni ellos mismos aceptan la sinceridad de sus palabras, los partidos han amerdizado en la simplonería más babotas posible. Es el cinismo, la inescrupulosidad, la locura casi. ¿O sea que, si alguien nos pregunta por qué militamos en un partido y no en otro, nuestra respuesta puede ser llanamente “porque sí”? Aprendí hace como cuarenta años (tengo 44) que esa respuesta es de niños, que las preguntas no podemos responderlas de esa forma: porque sí, porque no, ya que esa respuesta no responde nada. Pero Kahwagi arroja luz, y deslumbra: está en Nueva Alianza, oh, “porque sí”, que es casi como decir “porque se me hinchan”, como los niños que hacen berrinche y les ganan a sus padres hasta conseguir la cajita feliz de esta semana.
Fuera de bromas (¿se puede opinar sobre esos espots sin bromas?), la propaganda política que se nos viene como avalancha nepalense deberá encarar un desafío mayúsculo en las elecciones. ¿Qué deben hacer los partidos para conmover un poco, un poquito, un poquititito siquiera al electorado en estos tiempos de oscuridad, en este medievo con computadoras? ¿Con qué guantes entrarle al erizo que es ahora el potencial votante? Yo no veo cómo. La bajeza de nuestra clase política sin clase ha alcanzado ya las máximas alturas, de suerte que, óigase bien, ningún discurso, por sincero, pensado y congruente que parezca logra mover un músculo esperanzado en el rostro de la ciudadanía. Como Jesús Ortega, quien ni con sus tremendos dotes de antiactor y su chinita-chef logra sacarnos una pizca de confianza; o Peña Nieto, quien ni con Angélica Rivera ni ahora con Lucero y su poderoso caderón alcanza a convencernos de la grandeza alcanzada por el gobierno mexiquense. Los ejemplos son muchos, y al viejo espot de Nueva Alianza donde se pavonea Kahwagi lo uso de ejemplo sólo porque recién me lo mandó Heriberto y porque me pareció una joya de la peligrosa vacuidad a la que hemos llegado.
En el México convulso, traspasado por balas de alto calibre, herido por granadas de fragmentación, atado a la pobreza y al pavor, los espots son algo así como el Manual de Carreño en Sodoma y Gomorra. De todos modos, irremediablemente, unos deben difundirlos y otros, la mayoría, consumirlos. La explicación de esa perversidad quizá sea más sencilla de lo que creemos: porque sí.

miércoles, febrero 18, 2009

Cartilla extraviada



No recuerdo la página, pero sí el pasaje. Está en El pez en el agua, de Mario Vargas Llosa. Al referirse a ciertos amigos o conocidos suyos, intelectuales para más señas, el peruano recordó que solían hacer bromas crueles, juegos de palabras despiadados, malévolas comparaciones. Eso se daba, por supuesto, en un contexto de conversación relajada, amistosa, un terreno donde el humor negro goza de muy buena recepción entre los intelectuales. Al escribir eso, y sin asumir una etiqueta (la de “intelectual”) que forzosamente suena ridícula cuando alguien se la aplica a sí mismo, pensé que muchos de mis amigos y yo solemos hacer lo mismo: quien escribe, quien lee, quien de alguna manera anda metido en trotes de crítica y creación acostumbra hacer comentarios inhumanos sobre todo, de ahí que muchas veces resulte chocante a la gente alejada de ese mundillo.
Con recursos pobres de imaginación y de escritura, he incurrido e incurriré en el desliz del humor negro narrativo. Sin embargo, hay dos o tres temas en los que no me permito el lujo de esa desfachatez. Uno de ellos, ahora convertido en la peor de las miserias nacionales, es el de la violencia. Como cualquier mexicano más o menos bien nacido, meneo y meneo la cabeza en señal de negación, como quien concluye con impotencia que esto está ahora más allá de la comprensión, que esto ya no es vida, que estamos no cerca del infierno, sino en él. En él, cierto, porque poco a poco quedamos arrinconados, metidos en cubiles, con el pánico anudado en los cogotes. ¿En qué momento, como se pregunta Santiago Zavala en Conversación en La Catedral, se jodió lo que se nos jodió? ¿Qué hemos hecho mal para merecer esta endiablada caricatura de país?
Comento lo del humor ácido y la antisolemnidad hiriente que goza de amplia aceptación en el gremio de los intelectuales porque si en un ambiente de esos alguien recuerda la Cartilla moral de Alfonso Reyes no pasará, lo aseguro, un segundo antes de que los sarcasmos despiadados le lluevan sobre la mollera. Me temo, sin embargo, que debemos ocupar la cabeza en algo que de verdad nos vuelva la mirada al nacionalismo más elemental, al mínimo sentido de patria que hasta los más relajados deben observar si no queremos que el país se nos escurra de las manos, si es que no se ha escurrido ya sin que nos hayamos dado cuenta.
Este es el párrafo de presentación sobre el contexto de aquel tratadito alfonsino: “A solicitud de Jaime Torres Bodet, entonces secretario de Educación Pública, Alfonso Reyes redactó, en 1944, un breve texto que llamó Cartilla moral. La cartilla resume algunas de las más ilustres opiniones sobre la materia, de pensadores de la Grecia Clásica, por ejemplo, a la que don Alfonso era tan aficionado, y está escrita con sencillez, cortesía y claridad tan deliberadas que se antoja hecha para ser leída en voz alta a los niños o a educandos adultos. No es, ciertamente, un escrito moderno o de actualidad, pero tiene, en cambio, una gravedad rotunda que añade al valor de la exposición ética la ilustración histórica indirecta de la solemnidad con que, hasta hace relativamente poco tiempo, se trataron estas cuestiones. La cartilla se ofrece al maestro y a todas las personas, pues, no tanto como un cuerpo de doctrina, sino como testimonio pedagógico de uno de nuestros mejores escritores, Alfonso Reyes, de quien se ha dicho que fue ‘la versión mexicana de la cultura universal’”.
Podemos abrir con utilidad cualquier parte de la Cartilla moral, aunque ya no sirva de mucho; pese a ello, en medio del caos, sin brújula, entre los rumores y la sangre, Alfonso Reyes sigue siendo un bálsamo, un tónico contra la total desesperanza.

domingo, febrero 15, 2009

Boff mira la crisis



La crisis económica que se nos viene encima es menos grave, creo, que una de sus excrecencias: la delincuencia. Por incapacidad, porque uno sólo es inventor de narraciones y no sociólogo ni economista ni profesional de la politología (esa especialidad que ahora puede ser considerada como neochamanismo, sentido común expresado con cara de profundidad), apelo a otros que viven de escudriñar los pliegues de la realidad para sacar luego conclusiones orientadoras. Uno de esos observadores para mí confiables es, desde hace muchos años, el ex franciscano Leonardo Boff. De él encontré hace algunos días un artículo que, puesto como telón de fondo, enmarca perfectamente el estado de las desgracias regionales.
Boff, brasileño nacido en 1938, es filósofo y fue uno de los principales promotores de la llamada “teología de la liberación”. Sus posiciones, la mayoría de signo radical y profundamente crítico, lo llevaron poco a poco a tener encontronazos con el vaticano, lo que a la postre derivó en su decisión de colgar los hábitos. En su palmarés figura la publicación de más de cien libros, conferencias en las mejores universidades del mundo y varios reconocimientos.
Como tantos, quizá como todos en nuestro país, he tratado de hallar una explicación más o menos sencilla a los aires de brutalidad que ahora soplan. No encuentro la cuadratura, pero la intuición me orilla a pensar que el gran culpable es una especie de megatendencia de pensamiento, una manera de ser global que nos llevó a preferir, sin filtro humanístico ninguno, la cultura de la individualidad y el lujo estéril, el apego perruno a lo superficial y el desprecio de cualquier gesto solidario. Si detrás de todo está el afán voraz de poder económico, ¿qué podíamos esperar ahora que la lumbre llegó a los aparejos? Boff lo explica muy bien. Recomiendo que lo leamos (“El hoyo perfecto”):
Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique y uno de los más agudos analistas de la situación mundial, llamó a la actual crisis económico-financiera “la crisis perfecta”. Putin, en Davos, la llamó “la tempestad perfecta”. Yo por mi parte la llamaría “el hoyo perfecto”. El grupo que compone la Iniciativa Carta de la Tierra (M. Gorbachev, S. Rockfeller, M. Strong y yo mismo, entre otros) advertía hace años: “no podemos continuar por el camino ya andado, por más llano que se presente, pues más delante se encuentra un hoyo abismal”. Como un estribillo lo repetía también el Foro Social Mundial, desde su primera edición en Porto Alegre en el año 2001.
Pues bien, ha llegado el momento en que el hoyo ha aparecido. Dentro de él han caído grandes bancos, fábricas tradicionales, inmensas corporaciones transnacionales. Fortunas personales de miles de millones de dólares se han unido al barro de su fondo. Stephen Roach, del banco Morgan Stanley, también afectado, confesó: “Se equivocó Wall Street. Se equivocaron los reguladores. Se equivocaron las agencias de evaluación de riesgo. Nos equivocamos todos”. Pero no tuvo la humildad de reconocer: “Acertó el Foro Social Mundial. Acertaron los ambientalistas. Acertaron grandes nombres del pensamiento ecológico como J. Lovelock, E. Wilson y E. Morin”.
En otras palabras, los que se imaginaban señores del mundo —hasta el punto de decretar alguno de ellos el final de la historia—, que sostenían la imposibilidad de toda alternativa y que en sus concilios ecuménico-económicos promulgaron los dogmas de la perfecta autorregulación de los mercados y de la única vía, la del capitalismo globalizado, han perdido ahora todo su latín. Andan tan confusos y perplejos como un borracho por una calle oscura. El Foro Social Mundial, sin orgullo pero con sinceridad, puede decir: “nuestro diagnóstico era correcto. No tenemos todavía la alternativa pero una cosa es segura: este tipo de mundo ya no tiene capacidad para seguir y proyectar un futuro de inclusión y de esperanza para la humanidad y para toda la comunidad de vida”. Si continúa, puede poner fin a la vida humana y herir gravemente a la Pachamama, la Madre Tierra.
Sus ideólogos tal vez no crean ya en dogmas y se contenten con el catecismo neoliberal, pero andan buscando un chivo expiatorio. Dicen: “No es el capitalismo en sí el que está en crisis. Es el capitalismo de corte norteamericano que gasta un dinero que no tiene en cosas que la gente no necesita”. Uno de sus sacerdotes, Ken Rosen, de la Universidad de Berkeley, por lo menos ha reconocido: “El modelo de Estados Unidos está equivocado. Si todo el mundo utilizase el mismo modelo, nosotros ya no existiríamos”.
Hay aquí un engaño evidente. La razón de la crisis no está solamente en el capitalismo estadounidense como si hubiera otro capitalismo correcto y humano. La razón está en la lógica misma del capitalismo. Ya J. Chirac y una gama considerable de científicos han reconocido que si los países opulentos situados en el Norte quisiesen generalizar su bienestar a toda la humanidad, necesitaríamos por lo menos tres Tierras iguales al actual.
El capitalismo es, por su propia naturaleza, voraz, acumulador, depredador de la naturaleza, creador de desigualdades y sin sentido de solidaridad hacia las generaciones actuales y mucho menos hacia las futuras. No se le quita la ferocidad a un lobo haciéndole algunas caricias o limándole los dientes. El lobo es feroz por naturaleza. Igualmente, el capitalismo, poco importa el sitio donde se realice, ya sea en Estados Unidos, en Europa, en Japón o en Brasil, cosifica todas las cosas, la Tierra, la naturaleza, los seres vivos y también a los humanos. Todo forma parte del mercado, y de todo se puede hacer negocio. Este modo de habitar el mundo regido solamente por la razón utilitarista ha cavado el hoyo perfecto. Y ha caído en él.
La cuestión no es económica. Es moral y espiritual. Solo saldremos del hoyo a partir de otra relación con la naturaleza, sintiéndonos parte de ella y viviendo la inteligencia del corazón que nos hace amar y respetar la vida y a cada ser. De lo contrario, continuaremos en el hoyo en el que el capitalismo nos ha metido.

sábado, febrero 14, 2009

Diluvio sobre Maciel



No era para menos. Y no por la historia de la amante, del hijo y del espíritu poco santo que lo habitaba, que al final eso es lo de menos, sino por uno de esos pecados que no merecen perdón de nadie y sí cárcel e ignominia: su pederastia. Por ello, aunque la atención haya sido encaminada al desliz muy perdonable de sus tratos con una mujer adulta, lo fundamental no deja de ser que Marcial Maciel Degollado, con sus desviaciones sexuales, lastimó la vida de niños. Eso es aberrante aquí y en Saturno, aunque algunos de sus fieles sigan en la buenísima onda de negar y/o perdonar, recurso cómodo de quienes, al no haber padecido en carne propia el abuso pederasta, por fanatismo se niegan a creer en lo ya probado: que Maciel fue una mayúscula falacia.
Los comentarios periodísticos recientes se han ubicado, todos, en la condena. Dos me han llamado mucho la atención. El que la semana pasada publicó en Milenio Juan Ignacio Zavala, quien se fue directo a la póstuma yugular del michoacano (el michoacano de Cotija, no el de Morelia, su cuñado) y remarcó que las conductas de Maciel son indefectiblemente imperdonables, sin atenuante ninguna. Y el que ayer publicó en Excélsior Francisco Martín Moreno, quien la semana pasada había dado una entrevista a Milenio sobre el mismo tema. Con el título “¿Perdón a Maciel? ¿Perdón a un pederasta?”, el escritor e historiador pone el acento en lo fundamental, y sobre Maciel señala que “fue un ‘padre’, ¿qué padre, no..?, pervertido, corrupto, prostituido, desencaminador de almas, inmoral, degenerado, maligno, violador de niños y niñas, un endiablado sujeto desnaturalizado, vicioso, ignorante del menor sentimiento de pudor y de piedad, un representante de Dios, un depredador de vidas inocentes como las de aquellos chiquillos que fueron obligados a masturbarlo y a quienes después penetró villanamente destruyendo para siempre cada vida, de lo cual se consoló pidiéndole perdón al Señor… Si el sacerdote es una persona que ejerce como intermediario entre el ser humano y la divinidad, ¿cómo esperar que semejante autoridad espiritual se utilice para penetrar analmente a chiquillos inocentes que están naciendo a la vida? El ‘padre’, el miserable padre Maciel, debería haber sido juzgado y condenado con todas las agravantes consignadas en la ley: premeditación, alevosía y ventaja, pero además por haber abusado sexualmente de menores con arreglo a su supuesta figura divina en lugar de ‘servir a todo el pueblo de Dios en su búsqueda de la santidad y en su empeño apostólico por anunciar el Evangelio…’”.
Más adelante, sin bajar el tono de su arremetida, el autor de México acribillado explica: “Si se llegó a descubrir la paternidad del ‘padre’ Maciel fue porque en la actualidad existe una división interna producto de las luchas por el poder económico de la orden y, en ningún caso, porque los legionarios hubieran decidido motu proprio confesar semejantes crímenes cometidos por un hombre de la Iglesia. Que quede claro: la verdad se supo gracias a la quiebra financiera mundial que debió haber afectado igualmente a los legionarios que hoy luchan por controlar el inmenso poder de la orden. El surgimiento repentino de una de las hijas de Maciel, no pasará mucho tiempo antes de que aparezcan más aberraciones como la presente, es parte de la guerra sucia que se libra entre los legionarios, sin que la divulgación de la nota responda a un proceso de purificación de la orden manchada ya de por vida urbi et orbi…”.
Por un lado, pues, hay un merecido fustigamiento a la conducta depravada de un sujeto que supuestamente vivía en olor de santidad y más bien era maligno; por otro, la sospecha de que las revelaciones no tienen vinculación con un deseo de aseo moral, sino de simple reacomodo mafioso en torno a lo que verdaderamente importa: el dinero, siempre el cochino dinero.

viernes, febrero 13, 2009

La daga según Jorge Méndez



La daga, obra del recientemente fallecido Víctor Hugo Rascón Banda, será presentada hoy, mañana y pasado mañana en el Teatro Garibay. Ya hizo seis presentaciones y seguirá en cartelera durante todo este mes, así que hay poco tiempo para verla. El montaje corresponde a la Agrupación Teatral La División del Norte, que tiene como director a Jorge Méndez, de quien siempre he subrayado que es uno de los mejores maestros de arte dramático en La Laguna y uno de los pocos que ha sostenido una carrera amplia, congruente y apegada al trabajo escénico con una dramaturgia humana, demasiado humana.
Con pocos recursos y con actores cuyas trayectorias apenas amanecen, Méndez ha logrado meternos a la atmósfera de la carnicería que es el centro de esta obra escrita por Rascón Banda. La combinación de eficacia narrativa y economía de medios permite que los tres vértices temáticos de la obra queden al descubierto, desnudos ante el espectador. Me refiero al machismo (y su derivación hacia la homosexualidad), el alcoholismo y la violencia. Esos son, a mi juicio, los ejes de esta puesta dramática, ejes que se mezclan en un discurso hilvanado entre el humor populachero y la crudeza, entre la barbajanada hiriente y la risa. No es para menos, si pensamos que ese es uno de los rasgos distintivos de esos comercios populares en los que la compra-venta se ve siempre impregnada por el chismorreo y la maledicencia.
Román (Homero Guerrero), es el dueño de la carnicería; se trata de un tipo rústico, fortachón, dicharachero y conquistador, briago de tiempo completo y echón como pocos. Con él trabaja El Mudo (Édgar Eloy Delgadillo), joven cuya discapacidad lo aherroja en la cárcel de la ignorancia y al martirio de los insultos que perpetra contra él, sobre todo, su patrón Román. Al negocito llega Chela (Marisol Díaz de la Serna), chamaca que regentea una estética unisex y hace favores venéreos al carnicero. La dinámica vulgar y simple del lugar se ve alterada con la aparición de René (Sergio Escajeda), gimnasta olímpico mexicano, triunfador y amigo de andanzas juveniles de Román. La trama nos lleva al enredo de conversaciones entrecortadas, elípticas, de agresividad tosca y gratuita, rasgo que suelen tener las charlas en espacios donde el alcohol inunda almas primarias. Los contornos bisexuales insinuados al principio y luego materializados entre Román y René provocan un interés creciente y ponen sobre la mesa el gran tema de la hipocresía. Se trata, pues, de una historia en apariencia sencilla, simple en su pellejo, con la mayor parte de sus malicias colocadas como guiños entre los parlamentos. La daga-fetiche de Román es como un personaje más, símbolo fálico al que debemos poner atención, pues gravitará en el clímax de la obra.
El ritmo es uno de los varios aciertos de la dirección. Los actores han sido colocados con tino y la fuerza del trabajo actoral armoniza muy bien en el conjunto. Homero Guerrero hace un buen machín de barrio, da el tipo, aunque todavía acusa leves altibajos cuando su personaje lo obliga a tocar un registro más solemne. Édgar Eloy Delgadillo luce espléndido como El Mudo, pobrediablo convincente a fuerza de expresiones que no pasan de la seña y la muy mal atendida guturalidad. El mejor desempeño actoral lo hace, a mi ver, Marisol Díaz con su sexosa ligadora; ella es ya una actriz que promete. A Sergio Escajeda lo siento algo débil, como falto aún de trabajo con la voz, aunque tiene una presencia grata, apta en este momento para papeles de joven sensible. La daga convocó, entre otros, a Sergio Gómez (director asistente), Francisco Lira (quien hizo una excelente reproducción de “El buey desollado” de Rembrandt), Carlos de la Rosa (fotografía), Juan Antonio de Alba (apoyo logístico) Óscar Calderas (iluminación), Gilberto Ibarra (carpintería), Enrique Tavares (audio). La producción ejecutiva es del Teatro Nazas y la general es del Icocult Laguna.
Todo este conjunto ha conseguido una meritoria puesta en escena. Hay que verla y felicitar a Jorge Méndez, el director de teatro con el trabajo continuo más largo en la historia reciente del teatro lagunero.

jueves, febrero 12, 2009

El origen de los cronopios



Dos efemérides se juntan este 12 de febrero: el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y el 25 luctuoso de Cortázar. Esa es la razón del título siamés que encabeza esta incómoda entrega de Ruta Norte, incómoda porque poco o nada hay de común entre el más grande naturalista de la historia y una de las cumbres de la literatura contemporánea. Pese al riesgo de preparar una ensalada que no quede bien ni con la biología ni con la literatura, atrevo una modesta recordación de tan admirados personajes.
Salvo los conocimientos elementales que me ayudan a distinguir entre un caballo y un perico y un tiburón, ignoro todo lo concerniente a la fascinante especialidad de la ciencia biológica. Por selección natural, es decir, porque nunca tuve aptitudes para ello, fui desplazado de esa asignatura desde la mismísima secundaria, así que soy como plancton en materia de capacidad para la biología. Eso no fue obstáculo para que hace varias eras geológicas, como a mis 25 o 26, yo leyera con gusto de aficionado norteño El origen de las especies en la edicioncita popular que todavía conservo. Fue de esas pocas lecturas hechas sin apetito literario, sólo por el afán de, en aquel caso, entablar trato directo con las teorías de una lumbrera. Una especie de gen escaso en mi ser, pero algo influyente, me mueve a ver con interés, desde chico, documentales sobre la vida en la naturaleza. No olvido, por ejemplo, el programa Reino salvaje que transmitían, todavía en blanco y negro, en cadena nacional cuando yo era niño e inmortal. Hoy, ya con más variedad en el bufet, no soy tan mal televidente de Animal Planet, Nat Geo, Discovery Channel y el Canal del Congreso, donde con frecuencia sintonizo programación sobre fauna en estado silvestre. Eso explica por qué la figura de Darwin se me impone; aunque pocos lo recuerden en su cumpleaños, ese viejo Santoclós de la genialidad científica es sin duda el mandón de la disciplina que abrazó. Aunque antes de sus aportes hay un conocimiento acumulado de innegable importancia, fue el biólogo inglés quien partió de un hachazo la historia del saber naturalista, pues sus conclusiones sentaron la base para un entendimiento de la vida y la evolución sin supersticiones chicas y grandes que lo mismo explicaban la presencia del hombre con encueradas parejas primigenias o con seres paridos por la luna mañosamente embarazada por el sol. Como en otros casos parecidos de científicos superdotados, la obra de Darwin es una hazaña de la inteligencia humana, un enorme e inextinguible poema nacido de la duda.
No menor a Darwin, aunque en otros trajines, Julio Cortázar se nos adelantó (perdón por la imagen de orador pagado en sepelio mexicano) en 1984. La suya es, como bien lo saben quienes leen literatura no mercenaria, una obra innovadora, refrescante, atrevida desde cualquier ángulo. Cortázar es a las letras castellanas lo que Picasso es a la pintura moderna: un eterno gambusino, un buscador incesante de formas originales. Pero el cronopio argentino era más que cáscara, desde luego, al grado de que, aunque maravilloso en el plano de lo formal, al mismo tiempo es emoción, humanidad, sangre y hueso. Sus cuentos —he dicho siempre que ellos contituyen su mejor aporte— son una prueba irrecusable de que el juego puede estar presente en todo momento, pero sin dejar al margen el apetito por hallar en las historias un fleco de la cruda realidad, por más fantasioso que luzca sobre la página. Y digo “realidad” no en el sentido panfletario de la palabra, pues Cortázar siempre estuvo muy lejos de la literatura misional; si alguna tuvo, su misión fue hacer buena literatura, destruir/construir la forma y hundir la vista, con dolor y asombro, en los entresijos de la condición humana.
Sé que la mezcolanza Darwin-Cortázar es algo osada. No importa: los genios habitan la misma eternidad.

miércoles, febrero 11, 2009

Juventud en exxxtasis



Parece que la brecha generacional de hoy es, más bien, un abismo generacional: lo que a los adultos nos alarma, pasa inadvertido o apenas hace sonreír de escepticismo a los mugrosos chamacos. No sé si llamar a eso “crisis de valores” o de cualquier otra forma similar más o menos conservadora o asustadiza. Prefiero ser descriptivo y que otros saquen conclusiones, para no caer en ridículas posturas carloscuauhtemocsanchistas, es decir, aleccionadoras, con tufo a padre Marcial Maciel cuando no estaba en lo mero suyo, trepado en el guayabo con su amante bandida.
La semana pasada el superatleta Michael Phelps, quien ganó en Beijing medallas como si le salieran en la veintera de los cacahuatitos estilo japonés, fue exhibido por un pasquín londinense; el nadador aparece con un tubo donde hoy, aclaró la información, los jóvenes inhalan mota. Disculpen mi ignorancia, pero ese aparato nunca lo había visto; en mis tiempos, la mostaza se tramitaba hacia los pulmones a carrujo limpio, con el cigarro forjado a punta de papel arroz y un poco de saliva, como taquito de yerba (de preferencia lerdense). El escándalo no demoró: un paradigma del deporte fue pillado en prácticas motorolas, poniéndose bien acá con un churro de la verde servido en el aditamento mágico que le habían facilitado en una fiesta donde circuló de todo. El tritón tuvo que admitir el “error” y declarar que había sido “estúpido”, eso para conservar intactos sus millonarios patrocinios.
Una semana después, con precisión de cronómetro, del otro rey de los pasados olímpicos, el velocista jamaiquino Usaian Bolt, circula en internet la foto en la que se le ve de espaldas en una discoteca y adherida frente a él una bailarina colgada asimismo de su cuello, patiabierta y a todas luces jariosa, en plan chango, como haciendo capiruchos con un balero, en una especie de pasito ensartador. Bolt, sin átomo de moralina, declaró inmediatamente que no se sentía culpable de nada: “No he hecho nada malo. Me gusta la música y disfruto bailando. La chica me seguía y nos lo hemos pasado en grande. No he de dar explicaciones a nadie. No ha ocurrido algo de lo que deba lamentarme”.
Hasta allí los dos casos. En el segundo, el de Bolt, bestia de la velocidad que se tragó los cien metros olímpicos en un suspiro, tuve la ocurrencia de asomar una mirada distraída a las opiniones de los lectores, la mayoría jóvenes. Pese a la redacción, generalmente tosca en esos escaparates de la escritura veloz y sin pelos en la lengua, dan pistas acerca del perfil moral que tienen los internautas. Traigo algunos ejemplos firmados con seudónimo, lo que equivale al anonimato (respeto la forma; El Universal):
“No veo cual sea la noticia, no tenía ninguna carrera al día siguiente o algo así, fue con una mujer no con un hombre, está joven, trae lana, estaba en un congal, de verdad que ya no hallan ni que publicar que suene a escándalo, por lo menos este no es y ni al caso que lo comparen con lo de Phelps, ese wey si la regó gacho...”
“¿Y eso que? Han de querer que este corriendo los 365 dias del año...”
“Finalmente son seres humanos como cualquiera y ademas ambos estan muy jovenes y con ganas de hacer lo que cualquiera a su edad hace. Esa doble moral!!! que miedo...”
“Doble moral? ja, ja, ja, señores, estos deportistas son muy buenos haciendo lo que saben hacer, son lo mejor de lo mejor, fuera de ámbito deportivo son personas comúnes y corrientes que lo mismo se les antoja una chela que una chava, y?????”
“Bien por esos jóvenes extraordinarios que son Phelps y Bolt... Sus acertadas decisiones lúdico-eróticas nos confirman que son personas normales...”. O sea, triunfa la cachondería casi por unanimidad. Que Bolt siga la fiesta.

domingo, febrero 08, 2009

Guardadito de Cortázar



Llegará el día, estoy seguro, en el que los escritores ya no dejen un solo papel a la posteridad, salvo los que hayan publicado. Quiero decir que ya no dejarán borradores tachonados, textos a medio cocinar, cuentos o poemas con los que no quedaron muy contentos u obras maestras incomprendidas. Ya ni correspondencia heredarán los escritores, a menos que dejen passwords a la vista y alguien quiera entretenerse con cartas apuradas, mal escritas y varios kilos de spam no eliminado.
Lo anterior viene a mi imaginación aguafiestas por una nota que esta semana recibí como reenvío gracias al escritor argentino Juan Pablo Neyret. Es de Página 12, periódico de Buenos Aires. Da gusto, claro que da gusto saber que Cortázar vivió la era precomputacional y dejó un baúl de los recuerdos, pues si hubiera vivido en ésta ignoro si alguien caería en la cuenta de hurgar en la PC vieja y descontinuada del gran cronopio, lo que significa que buena parte del futuro de las investigaciones literarias definitivamente requerirá los servicios brindados por los técnicos en computación que ayuden a convertir “viejos” formatos en documentos actualizados. Será un lío.
Más fácil, sin duda, será ser Aurora Bernárdez y hallar en una cómoda todo o buena parte de todo lo que Cortazar dejó inédito, recortado, perdido o cuidadosamente olvidado para que el porvenir le permitiera tener una edición sorpresa en su 25 aniversario luctuoso. El caso es que estos papeles de Cortázar aparecieron como en un cuento de Cortázar, luego de haber vivido anidados en una especie de archivo muerto provisional. Tomo un amplio trozo de la nota, y desde ya me relamo los bigotes nomás de imaginar el sabor de los vinillos que añejaron en la cava de madera mientras su autor se daba tiempo para morir y de inmediato pasar a formar parte de la selecta inmortalidad. Va un fragmento, pues, de la nota “Los papeles ocultos”:
Una cómoda que permaneció ignorada por años, bajo llave, sin provocar jamás siquiera curiosidad. La decisión de investigarla, unos días antes de Navidad. La sorpresa cuando, a duras penas, se puede abrir, por la gran cantidad de papeles que hay en su interior. El tesoro que aparece y que reluce amarillento: cientos de papeles inéditos de Julio Cortázar, desde un discurso escolar hasta un capítulo inédito de Libro de Manuel o tres nuevas historias de cronopios. Podría ser parte de uno de sus cuentos; ocurrió de verdad, un par de años atrás, y pronto el valioso contenido aparecerá editado bajo el acertado título de Papeles inesperados.
La noticia fue revelada ayer por el diario español El País: Aurora Bernárdez, viuda, albacea y heredera universal de Cortázar, abrió la cómoda del tesoro el 23 de diciembre de 2006. El mueble había sido conservado por la madre del escritor y contenía papeles que Cortázar habría querido quemar en algún momento. El material hallado es tan abundante que conformará un libro de 450 páginas, compilado en colaboración con la viuda y Carles Álvarez, estudioso del autor. La editorial Alfaguara lo editará en mayo próximo, en forma simultánea en España y la Argentina.
Entre estos Papeles inesperados hay once relatos nunca incluidos en obra alguna —entre ellos, uno llamado “Los gatos”, fechado en enero de 1948 y, por lo tanto, uno de los más antiguos que se conservan del escritor—, trece poemas hasta ahora desconocidos, un capítulo inédito de Libro de Manuel, que al parecer no fue incluido “por redundante y por su alto contenido erótico”. Hay más: once nuevos episodios del personaje que protagonizó Un tal Lucas, suerte de alter ego de Cortázar. Entre éstos, Álvarez rescata especialmente “Lucas, las cartas que recibe” y “Lucas, sus erratas”: un Lucas obsesionado con las erratas termina convencido de que degeneran en ratas y encarga a un miniaturista japonés una ratera especial para cazarlas.
Entre los cajones de la cómoda mágica aparecieron también tres historias de cronopios que quedaron sueltas: “Never stop the press”, “Vialidad” y “Almuerzo”, que fueron presentadas la semana pasada en edición de bibliófilo. El hallazgo también incluye un texto titulado “Discurso del Día de la Independencia”, que en 1938 Cortázar recitó a sus compañeros y profesores, y otro discurso que pronunció en el acto en que recibió la nacionalidad francesa. Y una decena de textos que dedicó a personalidades como el sociólogo Ángel Rama o la cantante Susana Rinaldi, más escritos donde el autor de Rayuela dispara sus inquietudes en la pintura, la escultura o la fotografía.
En medio de estos Papeles inesperados, Bernárdez y Álvarez tuvieron que abrir un capítulo especial dedicado a “textos inclasificables”, aquellos “puro Cortázar”: juegos verbales fascinantes que llegan a la categoría de epigramas. Allí aparecen también las cuatro “autoentrevistas”, donde el escritor es interpelado por un dúo sarcástico que relativiza todo lo que dice: los buscavidas porteños Calac y Polanco, que acompañaron a Cortázar desde su novela 62, modelo para armar. (…)
Julia Saltzmann, editora responsable de Alfaguara en Buenos Aires, precisó el valor literario del hallazgo que pronto podrá leerse en forma de libro: “El arco vivencial de Cortázar aquí reflejado va desde principios de los años ’30 hasta casi 1984; por eso nos permite ver desde el personaje más engolado hasta el más lúdico, del Cortázar profesor de provincias al más político, comprometido y crítico”, explicó. “Para mí es, junto con la correspondencia, el otro gran texto autobiográfico, donde se ve la formación de la persona y del escritor, del ‘pre-Cortázar’ al Cortázar famoso”.
El abundante material incluye muchos géneros y muchas épocas y estilos de escritura, por eso Saltzmann destaca el valor añadido de estos “múltiples Cortázar”: “A través de estos textos se puede viajar de esa prosa grandilocuente juvenil del personaje, con un punto incluso cursi, a esa liberación retórica del castellano que personificó, en uno de los casos más extraordinarios en la literatura del siglo XX”, analizó la editora. El próximo jueves se cumplen 25 años de la muerte del autor que propuso varios recorridos de lecturas posibles para su novela fundamental. Ahora sigue jugando con el tiempo y el espacio a través de un hallazgo inesperado en una cómoda.