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viernes, diciembre 30, 2011

Minificción en el norte de México



Texto leído en las Primeras Jornadas Internacionales de Microrrelato celebradas entre el 11 y 13 de agosto de 2011 en la Universidad Nacional de Santiago del Estero, en Santiago del Estero, Argentina.

Minificción en el norte de México: experiencia de la revista coahuilense Historias de entretén y miento


Jaime Muñoz Vargas

México tiene seis estados (o provincias o departamentos para muchos de ustedes) colindantes con los Estados Unidos: Baja California Norte, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Se trata de entidades federativas económicamente poderosas, territorialmente grandes y donde millones de mexicanos viven a diario un intercambio cultural intenso con el poderoso país vecino. Uno de esos estados, Coahuila —topónimo que tiene su origen en una tribu llamada coahuilteca— fue oficialmente fundada a fines del siglo XVI con la llegada de los primeros españoles y varios indígenas tlaxcaltecas aliados a la Corona que acá construía la Nueva España. Ese estado fue particularmente importante durante la Revolución, pues allí nacieron dos de sus más conocidos protagonistas: Francisco I. Madero y Venustiano Carranza, además de que otro personaje no menos famoso, Pancho Villa, tuvo éxitos militares decisivos en plazas coahuilenses como la de Torreón, ciudad de la que provengo.
Coahuila de Zaragoza, su nombre oficial, es pues una de las 32 entidades federativas de México y una de las seis que perfilan nuestro norte. Su población total es de casi tres millones de habitantes (de los poco más de cien que tiene México) y es una de las menos densamente pobladas, la número 27 de 32, con apenas 16 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra nada cercana a la de casi seis mil habitantes por kilómetro cuadrado que tiene el Distrito Federal. La capital de Coahuila es Saltillo, ciudad ubicada al sureste del territorio.
Es de un producto creado en Coahuila, y específicamente en Saltillo, de lo que tratarán estas cuartillas. Me refiero a la revista Historias de entretén y miento que desde hace poco más de veinte años publica el Gobierno del Estado de Coahuila en sus propias prensas. Si nos atenemos al carácter cultural, y más precisamente literario de la publicación, advertiremos que no es poco decir “veinte años” de supervivencia. Lo digo porque en nuestros contextos, bien lo sabemos, es frecuente que las aventuras hemerográficas culturales sean a veces tan efímeras que envejecen y mueren al segundo o tercer números. No ha sido este el caso de Historias de entretén y miento, espacio que ya va (en agosto de 2011) por su número ciento setenta y tantos y que no ha sucumbido a los cambios de administración estatal. Esto que parece menor es muy significativo: México es un país cuyos gobiernos municipales, estatales y no se diga federales suelen arrasar con todo lo que hicieron las administraciones predecesoras. En México es casi imposible que no sean borrados una política pública, un plan, un proyecto, una publicación en el momento en que cambian las administraciones públicas, esto a la más pura usanza del dictum “muerto el rey, viva el rey”. Por ello, y dicho esto como primer asombro, es casi milagroso que Historias de entretén y miento haya atravesado al menos cuatro gobiernos sexenales sin recibir el habitual tiro en la sien.
La publicación fue fundada en 1988. El gobernador de Coahuila era entonces Eliseo Mendoza Berrueto, y en el directorio de la revista quedó asentado que sus dos principales promotores fueron Gabriel Pereyra, encargado de la Dirección General de Difusión Cultural y Política del Gobierno del Estado, y el escritor Jesús de León, coordinador de la revista. Los dos fundadores dejaron de trabajar en este espacio en marzo de 1992 (número 16) fecha en la que entró a editarla el escritor Jaime Torres Mendoza. El aspecto inicial de Historias… es muy similar al actual: tamaño carta, impreso a dos o tres tintas en papel bond ahuesado o “cultural”. La única modificación que su aspecto físico ha experimentado en el camino tiene que ver con sus tapas y en algunos casos con el encuadernado: en el número 36 (marzo de 1994) comenzó a llevar portada en un papel distinto al de los interiores y no son escasas las ediciones de los años recientes que en vez de grapas tienen un esbelto lomo, de revista-libro.
Hay algo de accidentado en su periodicidad, que nunca ha sido estable, obediente a un ritmo regular. Por momentos era trimestral, a veces mensual y con el paso de los años ya no acató una frecuencia estable de salida. Su distribución siempre ha sido gratuita y su tiraje asciende en promedio a dos mil ejemplares por número. En cuanto a las firmas, la revista ha amalgamado a escritores con renombre (Carlos Monsiváis, Julio Torri, Carlos Montemayor, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco…) y muchísimos escritores de la región, todos con menor cartel.
Ubicadas estas generalidades, es momento de ver su contenido. En su origen, Historias… tuvo un propósito abarcador, genéricamente misceláneo. En sus primeros números apareció el tipo de textos que ordinariamente acoge toda revista literaria. Por su extensión y por su tema, hay poemas, cuentos, ensayos (literarios, históricos y hasta sociológicos), fragmentos de obras teatrales, reseñas bibliográficas y demás. Entre ese variopinto material abundan los microtextos: prosa poética, aforismo, poemínimo, ensayo breve o poemático (como le llama José Luis Martínez) y fragmentos cortos de obras mayores. En esa fauna de brevedades se mueven también muchos, abundantes microrrelatos.
Ni siquiera es necesario recordar que no todo texto breve escrito en prosa es un microrrelato, una micronarración o una microficción (o mini en vez de micro, según queramos). En Historias de entretén y miento, revista que por su título parece que auspiciará sólo aquello que tiene un explícito carácter narrativo, cupieron y caben todavía, pues no ha muerto, textos breves del más diverso pelaje entre los que desde su arranque se colaron, casi por accidente, microrrelatos.
Digo “casi por accidente” apoyado en un gesto editorial: a ningún texto le es asignada una etiqueta genérica, es decir, los editores no advertían a los lectores, como lo hacen ciertas publicaciones, con marcas claras en las cornisas o en algún otro sitio visible, que tal o cual colaboración era “poesía”, “cuento”, “ensayo”, etcétera. Esta ausencia de rotulación genérica es pareja en Historias…, así que los microrrelatos, cuando aparecen, no apuntan al lector que lo son, de suerte que por su aspecto externo podían pasar por prosa poética, aforismo o algo parecido.
La forma narrativa más recurrente en Historias… es el cuento propiamente dicho, de una extensión que va de las tres cuartillas a seis o siete. El microrrelato aparece entre cuentos, pero siempre da la impresión de que lo hace un tanto por azar, sólo porque cabe cómodamente en espacios pequeños. Desde ya vale advertir que nunca, si nos atenemos al examen más puntilloso de cada uno de los ejemplares de la publicación, aparece no digamos una teoría, una historia o una mínima reflexión sobre el microrrelato, sino una sola mención de esa palabra. Las micronarraciones que allí aparecen se agrupan pues, en su totalidad e implícitamente, al género cuento, sin usar jamás los prefijos diferenciadores micro o mini.
La primera presencia fuerte del microrrelato en Historias… se dio en junio de 1989. Para conmemorar el centenario de Julio Torri —saltillense, amigo cercano de Alfonso Reyes y asombrosamente uno de los “fundadores” del microrrelato en América Latina—, la revista armó una especie de número monográfico cuya nota preliminar no señala explícitamente el culto de Torri por las brevedades. Recuerda otros detalles de su biografía, no lo que a la postre servirá para situar a Torri en el contexto de la narrativa latinoamericana: que ya en 1940 había publicado De fusilamientos, uno de los libros emblemáticos del género que aquí nos ocupa.
Historias… publicó algunas piezas de Torri. Entre ellas, “La humildad premiada”, famosa porque tiene mucho de autobiográfica:

En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.
Y así transcurrieron largos años hasta que un día, en fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia luciente y bella como pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.

En la página 16 del mismo número, Javier Villareal Lozano traza una estampa de Torri. Como que quiere decir lo que deseamos escuchar, pero apenas lo insinúa: “Escritor para escritores, estilista, burilador, cuentagotas”. Es de notar que quienes en ese momento ponderan la especificidad de Torri tienen conciencia de su parquedad artesanal, pero sin asignarle la etiqueta de microrrelatista o algo similar. En los otros dos acercamientos al saltillense ocurre lo mismo; Sergio Cordero afirma: “Tres libros (1964) (…) reúne las breves, concentradas, corrosivas prosas que integran su escasísima creación literaria”; Beatriz Espejo, por su lado, añade sobre Torri: “… sus pequeños y maravillosos textos siguen resultando un deleite exquisito para quienes se acercan a ellos con ánimos de emprender una lectura cuidadosa”. El número monográfico en tributo a Torri es acompañado por otros textos, entre ellos algunos microrrelatos que buscan seguir los pasos del homenajeado, como este de Armando Alanís (“Fábula”, que tiene mucho, en tres renglones, del “Viaje a la semilla” carpenteriano):

En aquel planeta el tiempo caminaba para atrás. Los hombres, desde la eternidad, se iban precipitando hacia el útero materno. Un feto era un agonizante.

Ese ejemplar marca, a mi parecer, el arranque del microrrelato en Historias… y acaso en el norte de México o al menos en Coahuila. A partir de allí irán apareciendo muchos textos que podemos clasificar, sin mayor problema, en ese género, aunque no deja de asombrar que jamás haya un deslinde teórico o una aproximación con carácter más o menos exploratorio. Nada, ni siquiera andan por allí los prefijos “micro” o “mini”, aunque tampoco se trata de un mar de microrrelatos sin definición lo que aparece en Historias… El género más socorrido es la poesía, luego el cuento y al final el ensayo literario. Entre los microtextos, abunda la prosa poética y es allí, no sé si por casualidad o deliberadamente, donde se cuelan las pequeñas historias que nos entretienen y nos mienten. Es frecuente, también, la publicación de microrrelatos “recortados”, es decir, de historias que gozan de cierta autonomía aunque hayan sido tomadas de obras amplias, como ocurrió en el número 21 donde son tomados ciertos pasajes narrativos de Homero y Virgilio, ambos con redondura microrrelatística.
Poco a poco, número tras número Historias… irá acumulando, en suma, micronarraciones sin delimitación genérica. Traigo algunos pocos ejemplos:

—Caite con la lana.
—Pero es que...
—Nada. Dámela o te doy un balazo.
Entonces el borrego se desnudó. (César Eduardo Alejandro, “El asalto”, HEM, 53, agosto del 95).

Soñó que le daban un balazo y despertó bañado en sangre. Vino el médico y le recomendó volver a dormir. Soñó de nuevo que lo balaceaban y ya no quiso despertar. Reprochó a su agresor "Ya basta. No me dejas descansar". El otro protestó: "Deja de quejarte. Este es el sueño que me gusta". (Eligio Coronado, “La realidad rota”, HEM 57, diciembre del 95).

La oruga creyó ver, en el tractor que venía por la brecha, a Dios y se prosternó para reverenciarlo. Murió aplastada al paso de la estrepitosa máquina. (Abraham Nuncio, “Cuatro fábulas”, fábula 1, HEM 92, noviembre del 98).

“Somos modelo de democracia”, comentaron entre sí los ascensores, mientras uno bajaba y el otro subía. (Abraham Nuncio, “Cuatro fábulas”, fábula 3, HEM 92, noviembre del 98).

Yo mismo señalé, en una conferencia leída hacia 2007 en las Jornadas de Microficción organizadas en Tucumán, que entre

… julio y agosto del 91 publiqué casi a oscuras un largo artículo dividido en dos partes. Su título fue “El cuento de pronto acabar”, y apareció en la revista Brecha, de Torreón, lo cual le garantizó un tiraje corto y una pobre circulación. Ese texto era más bien una miniantología comentada, y si algún valor histórico puede tener es el de haber planteado por primera vez, en su parte introductoria, la eficacia de las formas breves. En aquel momento yo ya era conciente de que existían formas literarias más vertiginosas que las aceptadas por el lector y por nuestra crítica, pero el mito de lo mayúsculo se me imponía tanto como a toda mi generación. De ahí que, entre elogios a la brevedad, no dejé de deslizar burlas a la pereza que presuponía, por prejuicio, en los autores como Torri o Arreola y sus seguidores. Como no tenía una denominación precisa a la mano, me atreví a llamarlo (nótese el tinte minusvalorativo) “cuentito”. Repito aquí una parte de ese primer acercamiento que tenía, claro es, un afán promocional del texto breve:

En literatura no hay géneros buenos ni malos, ni moldes útiles ni inútiles. Todos sirven. A veces, la función de un texto puede ser valiosa si se le juzga a partir de sus aspiraciones formales y temáticas. Es lógico que un poemínimo o un cuento breve nunca, ni de broma, deben catarse con la vara para medir Muerte sin fin o Palinuro de México. No, claro. Aunque existen excepciones, la calidad y el largo aliento son dos virtudes literarias que, juntas, hacen del creador un ser único, digno de la admiración y de respeto públicos, eso es indiscutible. Hay, por otro rumbo, trabajos con intenciones mucho más modestas. Por tal casillero encontramos, en poesía, al haikú, al epigrama, al poemínimo y, en narrativa, al cuento breve, al brevísimo, como el promovido por Edmundo Valdés en las páginas de El Cuento. Podemos creer que el objetivo de estas miniobras es estimular, con una chispa, la sensibilidad del lector: sacarle una sonrisa, meterle una interrogación, obsequiarle algunos miligramos de estupor, no más. Si el epigrama y el poemínimo se erigen como posibilidades de creación poética al alcance de todos, algo similar pretende el cuentito. En verso, los trabajos del gomezpalatino Campos Díaz y Sánchez y el invento de Efraín Huerta son rica muestra de concisión y perspicacia concentrados, textos a medio camino entre “la-obra-seria” y la ocurrencia fortuita que se queda en la charla de café, o como dedujo el mismo Huerta luego de una encuesta informal a su hija y a Octavio Paz: los poemínimos son aportaciones líricas que andan muy cerca del chiste. Para la prosa es lo mismo, o casi. Por la compra de pocas palabras al lector adquiere, como en ganga, todo un microcosmos al que suele no faltarle la pimienta del humor.

Por esa idea del microrrelato transité en 1991, y conste que en ese mismo momento transcribí cerca de treinta ejemplos de microrrelatos escritos por Arreola, Borges, Anderson Imbert, Samperio, Papini, Avilés Fabila y otros varios, todos espléndidos, como “Sadismo y masoquismo”:

Escena en el infierno.
Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
—No.

Tuve incluso el imberbe atrevimiento de proponer una novedad, como se puede advertir en estas palabras:

Es lícito, en ocasiones, truquear la consecución de un cuentito, tal como lo hizo Valadés en El libro de la imaginación. Podemos extraer, de un texto largo, algún pasaje que cumpla con la pequeña esfericidad que reclama este molde narrativo. Como ejemplos traigamos dos ejemplos subsumidos en trabajos de Alfonso Reyes y de Diógenes Laercio, respectivamente:
… Tisias, luego de aprender la retórica del maestro Córax, se niega a pagarle sus enseñanzas. Argumento de Tisias: “Si de veras me has enseñado a persuadir, podré persuadirte que no me cobres, y en tal caso nada te pago. Si no logro persuadirte, tus enseñanzas han sido vanas, y en tal caso nada te debo”. Respuesta de Córax: “Si no logras persuadirme, tendrás que ceder a mi demanda. Y si me persuades, también, pues habrás probado con ello la utilidad de mis lecciones”.

La falta de información que yo tenía en los albores de los noventa es la misma que evidencia, por esas fechas, Historias de entretén y miento. Poco a poco, gracias sobre todo a mi contacto con historiadores, teóricos y cultores del género como David Lagmanovich y Raúl Brasca, he tratado de incorporar alguna información en artículos y columnas, esto para visibilizar con mayor claridad el trabajo de los microficcionistas que no saben que lo son. Sé que lo importante no sólo son las creaturas literarias, sino su mayor inteligencia a partir de la conciencia que tomemos sobre su peculiaridad y su belleza, sobre su independencia y su valor sugestivo. En Historias de entretén y miento han aparecido muchas microficciones pero jamás esa palabra o una parecida. Quizá ya es hora de que coincidan los afanes del creador con los propósitos del historiador y el crítico. Este acercamiento es parte de esa modesta pero importante lucha por abrir los espacios de la microficción como creatura autónoma y autosuficiente de la literatura, de nuestra literatura.

domingo, junio 21, 2009

Camerata quinceañera



Modestia al margen, fui, si no el primero, sí de los primeros en aplaudir la feliz iniciativa de fundar una camerata, la Camerata de Coahuila, y establecer su sede en Torreón. En efecto, el primero de julio de 1994, hace exactamente quince años, escribí y publiqué, con la prosa agreste que todavía me gastaba en aquel año trágico para la política de nuestro país, que la Camerata abría una oportunidad espléndida en el contexto de la cultura regional, pues por primera vez en la historia de La Laguna se asentaría una instancia que de manera profesional y sistemática iba a dedicar aquí su esfuerzo a la difusión y el fomento de la música grande.
Creo que pocos imaginaron que un emprendimiento como el de la Camerata lograría permanecer vivita y tocando durante quince años. Y así es, pues en los días que corren esta institución cumple década y media de existencia y todo indica que en tal lapso ha echado raíces firmes para permanecer durante muchos años más, tantos como queramos los laguneros.
En mi texto celebratorio por el nacimiento de la agrupación cerré con una felicitación enfática “a los músicos de nuestra Camerata (músicos que deben hacer escuela), al personal administrativo, al matrimonio de los Santibáñez [Ricardo y Lucrecia], al patronato, al director Ramón Shade y a la encantadora Cristy Matouk [quien por entonces era la gerente]”. A esos músicos, a esos administrativos, a ese director y a ese patronato hay que reiterarles ahora una felicitación retroactiva, pues gracias a su iniciativa, gracias a lo que antes fue aventura de unos pocos, la Camerata es hoy una realidad tangible, viva, sólida y definitivamente fructífera en la historia del arte lagunero.
Dije allí, ojo: “músicos que deben hacer escuela”. En aquel momento no sabía bien a bien lo que afirmaba, es cierto, pero la presencia de músicos profesionales mexicanos y extranjeros resultó definitiva en la creación de un clima favorable para la música culta en la región. Con la Camerata llegó una ola de maestros voluntarios e involuntarios, de músicos que además de formar parte de esta agrupación han ido diseminando sus conocimientos entre muchos prospectos laguneros. Gracias a la Camerata cuajó entonces un saludable ambiente de instrucción musical en La Laguna con maestros como Natalia Riazanova, Joel de Santiago y Tatul Yeghizarian, entre otros; además, se multiplicaron las presentaciones de ensambles o formaciones parecidas en actividades culturales y sociales que antes no contaban con música clásica en sus programas.
Asimismo, y dado el entorno en el que debía operar, la Camerata se propuso desde su fundación no concentrar sus empeños en el escaso público especializado, de ahí que entre sus iniciativas vertebrales haya estado la de ofrecer “conciertos didácticos”, es decir, presentaciones en las que junto con la ejecución, ya de por sí valiosa, el público es informado en vivo sobre las piezas interpretadas, sobre los instrumentos, sobre los géneros, sobre los compositores y, en general, sobre todo aquello que ayude a crear las bases necesarias para alcanzar una mejor inteligencia del arte musical.
La Camerata ha tenido dos escenarios magníficos: el Teatro Isauro Martínez y el Teatro Nazas, ambos de Torreón. Su labor, sin embargo, no ha quedado encerrada en esos queridos recintos, pues ha desempeñado un papel de representante cultural de La Laguna en foros igualmente importantes como el Palacio de Bellas Artes, el alcázar del Castillo de Chapultepec, además de escenarios en festivales de Estados Unidos y Cuba. La Camerata ha acompañado también a solistas con reconocimiento internacional, como Ramón Vargas, Carlos Prieto, Horacio Franco, Edison Quintana, Jorge Federico Osorio, Román Revueltas, Emilio Angulo, Stefan Milenkovic, Pilar Rioja, Fernando de la Mora, Jorge López Yánez, Walter Boeykens, entre otros, y ha presentado conciertos misceláneos, todos de calidad, en cada una de sus nutridas temporadas. Su página web afirma que “ha realizado estrenos mundiales de obras escritas por compositores mexicanos para la orquesta como lo son el maestro Manuel de Elías, Graciela Agudelo y Mario Kuri Aldana, así como los conciertos de gala donde se integran músicos invitados para interpretar obras escritas para orquesta sinfónica”. Además, ha puesto en escena las óperas Bastián y Bastiana, de Mozart, El barbero de Sevilla, de Rossini; La serva padrona, de Pergolesi; La isla deshabitada, de Haydn (estrenada aquí en el ámbito de América Latina); el Orfeo, de Gluck; Elíxir de amor, de Donizetti; Dido y Enéas, de Henry Purcell y La Traviata, de Giuseppe Verdi. En materia de grabaciones, la Camerata de Coahuila cuenta con tres discos producidos: Camerata de Coahuila (2003), Paisaje cubano (2005), Astor Piazzolla. Las 4 estaciones (2006).
Por todo, es de justicia felicitar a todos los integrantes del patronato de la Camerata de Coahuila. Afortunadamente es amplio, y lo encabezan, como presidentes, el gobernador Humberto Moreira Valdés y su esposa, Vanesa Guerrero de Moreira; y los vicepresidentes ejecutivos Antonio Méndez Vigatá y su esposa, Gabriela Romero de Méndez.
Quede también el siguiente testimonio sobre los integrantes de la Camerata en el momento en el que arriba a su aniversario quince; aunque vengan otros, todos forman parte ya, como sus predecesores, de esta institución artística lagunera: director artístico y general: Ramón Sade; violines primeros, concertino: Tatul Yeghizarian; co-concertino: Marina Gorbenko, Ani Mkrtchyan, José Antonio Alanís; violines segundos: Dmitri Myzdrikov, Andrei Vlassov, Abraham Serrano, Samia Maloof; violas: Yulia Mokhnatkina, Vladimir Leshin, Babken Vardyan; cellos: Sergey Kosemyan, Alberto Jairo Ossa, Elena Myzdrikova, Jorge A. Paulín Arenas; contrabajos: Gabriel Robles, Guillermo Prieto; flautas: Juan Manuel Rosales, Katherine Calvey; oboes: Josef Gamilagdishvili, Enrique Trujillo; clarinetes: César Encina; Fernando Guijarro; fagots: Ventsislav Rumenov Spirov, Konstantin Melik-Vrtanesyan;, cornos: Serguei Marouchtchak, Alexandre Marouchtchak; trompetas: Francisco Cedillo, Carlos Espinosa; piano: Mariana Chabukiani; percusiones: Ricardo Jáuregui, Jorge Valenzuela, José Manuel Portilla.
Quince años suenan bien; que vengan muchos más.

viernes, febrero 27, 2009

Ricardo Acosta en Moscú



Hoy 27 de febrero La Laguna estará presente en Moscú. No lo hará de manera turística, deportiva o comercial, sino por medio del arte. El joven pianista Ricardo Acosta Murguía (Torreón, 1993), quien apenas cursa el tercero de secundaria, participará en el quinceavo Festival Internacional de Jóvenes Solistas en Moscú, donde interpretará el Concierto para piano No. 2 de Dmitri Shostakovich bajo la dirección del Maestro Orlov Dmitri Mixailovich y la Orquesta Sinfónica Estatal de Moscú. No se trata, por supuesto, de un logro casual, pues casi toda la vida de Ricardo y buena parte de la de sus padres ha sido dedicada al propósito de que este lagunero alcance el brillo técnico que sólo se puede lograr frente a maestros y públicos de grandes ligas.
El caso de Ricardo Acosta es un buen ejemplo de condiciones favorables y bien aprovechadas, lo que a muchos padres nos sirve de modelo. Es talentoso, sin duda, como millones de niños en todo México, ¿pero de qué sirve ese talento si no hay alguien que lo apoye? Ricardo, por fortuna, ha recibido siempre el respaldo de sus padres y sus hermanos, de suerte que hoy, tras un esfuerzo físico, económico y moral inmensos, es motivo de orgullo no sólo para su familia, sino para toda nuestra región. Ricardo es un ejemplo de fe en el arte, de confianza en los hijos y de apoyo sin coto a las virtudes creativas del ser humano en este país por lo común mezquino y hasta hostil con casi todos, incluidos los niños.
Pese a su breve edad, Ricardo ostenta ya un currículum poderoso: inició sus clases de música y piano a la edad de cuatro años con la maestra Lily Solís en Torreón. Desde 1999 es alumno de la maestra Mariana Chabukiani, pianista y concertista de la Camerata de Coahuila. A partir de entonces ha participado regularmente en diferentes recitales en esta ciudad con obras de varios autores y estilos. Ha participado en diferentes concursos nacionales e internacionales como Open Piano Competition en Oakland, y en el Segundo Concurso Nacional “Petrof-Symphony-Pearl River” en Colima. En el mes de junio del 2006 fue seleccionado para participar en el Tercer Festival Internacional de Música “Moscú recibe a sus amigos” auspiciado por Vladimir Spivakov y el gobierno Ruso; allí tocó obras de Manuel M. Ponce. En junio del 2005 fue seleccionado para participar en la Academia de la Universidad de Indiana en Bloomington, para pianistas jóvenes, donde fue el alumno de menor edad de su generación. Durante ese curso recibió instrucción magistral por parte de pianistas como Karen Taylor, Gustavo Cardinal, Christopher Harding, Daniel Schene y Menahem Pressler. En julio del 2007 fue seleccionado para el curso de la Interlochen School of Arts (Michigan) en donde recibió instrucción de Anna Soukiassan; allí fue aceptado nuevamente para el verano del 2008, esta vez bajo la tutela de Martha A. Fisher. En tres ocasiones ha sido invitado por el maestro Ramón Shade a participar como solista en la Camerana de Coahuila. En 2009-2010 seguirá sus estudios musicales con especialidad en piano por tres años también en la Interlochen School of Arts, esto como antesala de su ingreso al conservatorio donde proseguirá sus estudios profesionales.
Me permito la imprudencia de reflexionar sobre la relación padres-hijos y su vinculación con el apoyo al talento. Es frecuente, y aquí sin pena puedo hablar en primera persona, que los padres desfallezcamos en el fragor de la supervivencia y dejemos a los hijos a merced de la educación convencional. Sé que no es fácil hallar tiempo y/o recursos para darles una formación que vaya más allá de lo ordinario, pero no dedicarles tiempo, no escuchar el llamado de sus capacidades, es desperdiciar potencialidades únicas e irremplazables. Ricardo y sus padres son una muestra de negación a las inercias fatalistas. Por ello, que reciban muchos aplausos aquí y en Moscú.