Cuando Federico Campbell me regaló La
invención del poder yo abrazaba un par de sentimientos: por un lado, me
embargaba una felicidad inédita, la sorpresa de haber abierto solo y desde
provincia, sin ayuda, las puertas de una editorial capitalina; por otro, la
tristeza de haber quedado en la orillita de un premio nacional de novela que me
hubiera ayudado muchísimo no sólo en lo literario, sino, principalmente, en lo
económico. Cuento. En 1998 me hallaba en el salón de clases de la Ibero Torreón cuando recibí el
aviso de una secretaria para que me apersonara en una oficina, pues me iban a
llamar desde la capital del país. No usaba celular, todavía no eran tan
populares, así que suspendí un momento la clase y fui a esperar la misteriosa
llamada. Pocos minutos después, una voz que dijo trabajar para la editorial
Planeta me explicó que yo era finalista del premio Joaquín Mortiz para primera
novela, y que, si podía, me esperaban en el restaurante tal del DF, eso el
día tal a la hora tal. En mi casa les habían dado el teléfono de la
universidad. Me animé a viajar, a ver de cerca ese posible triunfo literario.
Para entonces, las finanzas familiares no andaban nada bien (nunca han andado
bien), pero hice el esfuerzo y viajé en bus toda una madrugada. Llegué a un
hotel modesto y cuando al fin estuve en la ceremonia, los ejecutivos de la
editorial me recibieron con amabilidad. Yo era prácticamente el único
provinciano que se había colado hasta el último dictamen. Luego de dos o tres
declaraciones a la prensa, las autoridades anunciaron al ganador, que no fui
yo. Se fueron así cuarenta mil pesos que necesitaba sobremanera, pues mi
primera hija tenía un año y mi trabajo no daba para mucho. Apechugué, de
cualquier forma, y acepté la invitación a comer donde estuvieron autoridades de
la editorial, finalistas y jurados. Poco después me anunciaron un premio de
consolación: que me publicarían en la
Serie del Volador, lo que no ha dejado de enorgullecerme,
pues fui de los últimos que aparecieron allí. Alguien me presentó a Campbell,
quien platicó amablemente conmigo por un ratito y me dio un libro, La invención del poder, con una
dedicatoria que luego del mensaje y la fecha remataba con la mención del lugar:
“México-Tenochtitlan”. Pocas veces me he sentido tan triste. Pocas veces me he
sentido tan contento. Así es la literatura.
sábado, febrero 15, 2014
Jano con sombrero charro
Tarde
ya, a poco más de un año de haberlo leído, invito con este comentario a que
visiten un libro espléndido: Mexicanidad
y esquizofrenia: los dos rostros del MexiJano (Océano, 2011, 196 pp.), de
Agustín Basave (Monterrey, 1958). No sé si fue el mejor que despaché en 2012,
pero seguro que puedo ubicarlo, aunque sea muy retrospectivamente, entre los
mejores. Luego de apurar sus primeras páginas, vista la claridad y la
contundencia de las afirmaciones que Basave ofrecía en los rounds de estudio, decidí recorrer todas las páginas con un lápiz a
la mano. Así de interesante me pareció, así de logradamente agudos me
resultaron sus capítulos.
No
sé si la Argentina y México han sido en América Latina los dos países más
tercos en eso de autoexplorarse para saber qué los define, pero es un hecho que
allá no han parado desde Sarmiento, Lugones, Scalabrini Ortiz, Martínez
Estrada, Jauretche y muchos otros hasta llegar, toda proporción, al ácido Caparrós
de Argentinismos. En México no nos
quedamos nada atrás, pues desde Fernández de Lizardi, de diferentes modos y con
todos los géneros disponibles (como el poema en López Velarde), hemos querido
saber qué demonios somos: Ramos, Paz, Zea, Ramírez, Garizurieta, Portilla y
muchos otros nos han rajado la panza para examinar lo que guardamos en el interior,
todo eso que en los cincuenta intentó recoger la colección “México y lo
mexicano” de Porrúa y Obregón, S.A.
Basave
(como hace poco, también, Heriberto Yépez con La increíble hazaña de ser mexicano) se suma a ese
contingente y lo hace con un libro que no desentona. A diferencia de sus
predecesores en el arte de descifrar el jeroglífico que es México, Basave
reflexiona sobre un pasado con nuevos ingredientes. Mientras Ramos, Paz y demás
pensaron en el México posrevolucionario, un México de partido único y por ello brutal
componente autoritario, el autor de Mexicanidad
y esquizofrenia escudriña lo que somos tras el luminoso advenimiento de una
transición que en realidad nos deparó, dicho en elocuente náhuatl, puro camote.
Eso
es lo que me resulta más interesante en este libro: tras los gobiernos de Fox y
Calderón, que en teoría nos iban a colocar en un punto histórico ya distante de
la mano dura y los modos tradicionales de hacer política (a la mexicana),
nuestro país siguió enchufado a la misma corriente idiosincrática, casi como si
no hubiera pasado nada.
De
allí que el estudio tenga un cariz psicoanalítico desde su mismo frontispicio,
esa palabra, esquizofrenia, que parece sólo relacionada con anomalías de la personalidad
individual y en este caso es un padecimiento profundamente arraigado bajo la
costra nostra: configuramos una sociedad en la que el decir y el hacer son dos
realidades abismalmente distintas y distantes, vivimos una doble conducta
social como si fuera algo natural, como si no constituyera el meollo de
nuestros habituales desfiguros, desfiguros de Jano (el dios romano de las dos caras) con sombrero charro.
No
es lo que importa en un libro de esta índole, pero es justo decir que la prosa
de Basave tiene, al alimón, ductilidad y belleza. Es tan grato el estilo que
también por ese rumbo podemos engancharnos a su contenido. No es infrecuente
que apele, incluso, al humor, como cuando habla del “corrupto legal” como
“campeón de la deshonestidad con estricto apego a derecho”. En resumen, un
libro que con buena leche y sin piedad nos deja en cueros.
miércoles, febrero 12, 2014
Fama de ocurrentes
“Borges
es acosado por unas señoras en el momento mismo en el que cruzamos la calle.
—¿Usted
es Borges, verdad? —pregunta una de ellas.
—Sí
—responde el escritor—. Pero si seguimos aquí corro el riesgo de dejar de serlo
en cualquier momento”.
“Hacia
mil novecientos cuarenta y tantos Borges integraba la comisión directiva de la
Sociedad de Escritores. En una reunión, el poeta Vicente Barbieri clama ante
sus compañeros:
—Señores,
debemos hacer algo por los jóvenes que se inician en el camino de las letras.
Borges
levanta la cabeza y con dos palabras aconseja el procedimiento a seguir:
—Sí,
disuadirlos”.
“En
la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines, le presento a
Borges al periodista Enrique Bugatti.
—¿Cómo
me dijo que se llamaba usted, señor? —le pregunta Borges.
—Bugatti,
como los automóviles —le responde el periodista.
—Ah,
encantado, yo soy Borges, como las cajas fuertes”.
Estas
tres anécdotas, tomadas del libro El
humor de Borges, de Roberto Alifano, muestran la soltura que el gran
escritor argentino tenía para la ocurrencia. Allá los llaman “repentistas”,
hombres que siempre tienen una respuesta ingeniosa a flor de pico.
Esta
es una de las famas que suelen cargar los escritores: en teoría, todos son
hábiles para rematar de botepronto, todos son ocurrentes, todos son
“repentistas”. La otra fama es que lo saben todo, que son Wikipedias con patas,
por eso suelen ser víctimas habituales de entrevistas sobre cualquier tema.
Falsas,
falsísimas ambas famas. Por experiencia sé que son pocos los escritores dotados
para el repentismo, tan pocos que apenas puedo recordar, entre los mexicanos, a
Novo y a Monsiváis, o al cubano Lezama Lima aparte del citado porteño. El caso
más cercano que conozco es el de Gilberto Prado, quien en una tanda estándar de
cervezas acostumbra engarzar trescientas ocurrencias del mejor cuño.
Pero
la fama es la fama y hay escritores que luchan infatigablemente por parecer
ingeniosos de tiempo completo, casi como si fueran obreros de una maquila
repentista. Pero así como la mayoría de los escritores no puede opinar
creíblemente sobre economía más allá de lo que cuestan los licores en el súper,
tampoco puede ser necesariamente brillante en las ocurrencias sobre todos los
asuntos que le salen al paso. Puede que ese escritor alguna vez diga algo
memorable, un calambur, un retruécano o una metátesis citable más allá del
contexto que propició la frase ilustre, pero si, en cambio, muestra un esfuerzo
por parecer irónico, mordaz, juguetón, insolente, y no lo consigue, termina por
parecer, o ser, lo que es peor, un sujeto cercano a la repugnancia.
Debemos
reconocerlo, para terminar: hay más y mejores repentistas entre las tías de los
escritores que entre los mismos escritores. lunes, febrero 10, 2014
sábado, febrero 08, 2014
Manualito de De la Borbolla
De poco sirven las recetas si quien las lee y las pone en práctica
carece de talento y sensibilidad para la cocina, si no tiene intuición para
saber lo que significa un aroma, una probadita a mitad de la cocción o una
pizca de pimienta salvadora. Igual, si alguien que desea escribir usa un manual
y carece de lo mismo, es muy difícil que el platillo de palabras quede a pedir
de ojo. Los manuales literarios (puedo decir que los manuales de todo) no son
la salvación para quien no tiene salvación, así que debemos usarlos sólo cuando
en efecto tenemos la esperanza de sacarles un provecho, cuando de veras
sentimos el llamado, así sea tenue, de una vocación o al menos de un genuino
interés por aprender.
Luego entonces, el Manual de creación literaria (Nueva
Imagen, 2002) de Óscar de la Borbolla (México, 1955) puede ser tan útil como
desalentador. A quienes realmente ven entre sus potencialidades algún latido
expresivo de carácter literario puede socorrerlos en grata y profunda medida; a
quienes se sientan lejos de este negocio, en cambio, puede persuadirlos
definitivamente de que no intenten ni el apresurado fritangueo de unas
palabras.
Pensemos, sin embargo, que el libro (o este modesto comentario) caen en
las ansiosas manos de un joven aspirante a escritor. No dudo ni tantito que le
será de tremenda utilidad, ya que en sencillos capítulos De la Borbolla despeja
el camino para llegar al buen relato, sea cuento o sea novela. Creo que el
título pudo ser Manual de creación “narrativa” (las comillas son sólo un
énfasis), pues el autor se detiene básicamente en examinar los vericuetos de la
creación de historias en prosa, no tanto, o nada más bien, en explorar, por
ejemplo, las estrategias de la poesía o el teatro.
Pero más allá de esa minucia y más acá del contenido, el manualito de De
la Borbolla es un ilustrativo paseo, ameno y ágil, además, por aquello que
puede servir a un principiante que apetezca construir historias con tramas
adecuadas, personajes creíbles, estructura firme, humor, verosimilitud, fina
ambigüedad y, en suma, todo aquello que hechiza a los lectores cuando encaran
cuentos y novelas convincentes, de esos que nos agarran de la solapa y por una
“extraña” razón no nos dejan escapar.
Entrecomillé adrede el adjetivo “extraña” porque esa razón no lo es, o
al menos no lo es tanto como creemos. La capacidad persuasiva de una buena
historia tiene sus bases, y esas bases han sido escrupulosamente escudriñadas
por teóricos de todos los pelajes, quienes aquí y allá han explicado, en
muchísimas ocasiones con una jerga cifrada, para iniciados, llena pues de
sememas y metadiégesis, cómo funcionan los relatos.
Óscar de la Borbolla, fiel como siempre a su deseo de ser entendible sin
dejar de ser incisivo, y fiel también a su propia práctica como narrador, nos
trae digerido, para que lo entendamos sin lágrimas, un mapa que orienta en los
entreverados caminos de la creación narrativa. Muchos ejemplos de su
producción, siempre oportunos, hacen de este manualito un taller literario
ambulante al que podemos asistir cuando nos dé la gana. Todo es cuestión de
buscarlo y volver cuando queramos cada una de sus esclarecedoras páginas.sábado, febrero 01, 2014
Chocochips de humor
He
notado que las situaciones humorísticas en la literatura deben aparecer, si
aparecen, como chispas de chocolate dentro del pastelillo. Cuando no es así y
todo el migajón se siente retacado de gracejadas, lo literario cede lugar a lo
plenamente cómico, a la burocracia del chiste. Cuando se busca además que todo
sea jajajá, la suspicacia del lector activa lo aprendido en siglos: la risa es
estúpida, sólo lo serio es inteligente.
Hay
escritores incapaces para el humor. Digamos que, paradójicamente, ni de broma
sueltan una broma. Eso, creo, no es totalmente voluntario. La época, el
ambiente, la manera de ver la realidad y la propia inclinación del ánimo hacen
que jamás salga por allí, así sea por accidente, una ironía, un retruécano
jocoso, algo que levante un poco los adustos labios del lector. Octavio Paz y
José Revueltas, por citar dos ejemplos cercanos, opuestos y contemporáneos,
jamás tendieron siquiera a sonreír. Su obra fue cerebral o estremecedora, respectivamente,
nunca afecta a las piruetas del humor.
Hay
casos abundantes, antiguos y modernos, de la presencia de humor en la
literatura. Si uno vuelve las páginas de Diógenes Laercio, digamos, encuentra
que es un autor de divertidos balconeos a toda la perrada de filósofos griegos.
Mucho más acá y en España, toda la literatura picaresca es dechado de aventuras
salpimentadas, pese a su fondo trágico, de humor. Allí mismo, en España, el
Quijote es un libro que oscila entre los temas “graves” (como decían en aquella
época) y las mil sabrosas ocurrencias que Cervantes supo añadir como aderezo a
cada peripecia.
Creo
que luego del Naturalismo, es decir, de Zolá, la literatura occidental comenzó
a tomar más en serio el humor. A finales del siglo XIX ya no era tan mal visto
que los escritores insistieran en la sonrisa incluso al abordar temas seriotes.
Lo que pasó fue que el humor, como en Marcel Schwob, debía aparecer, tenue y
maliciosamente expresado, en un segundo plano, contenido, siempre como a punto
de estallar; las Vidas imaginarias
del francés son un modelo perfecto, hasta la fecha, del humor que hasta hoy
sigue gozando de buena prensa en la literatura.
En
la narrativa de América Latina es muy difícil no encontrar esos gestos. Salvo
contados escritores y con mayor o menor fortuna, todos han apelado al
ingrediente. Recuerdo de botepronto el ensayo que Felipe Garrido le dedicó a
“El humor en Juan Rulfo”, y hay numerosísimos estudios sobre el tema en el caso
de Borges, el más alto exponente de lo irónico en nuestras letras. Además
Cortázar, García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, Carpentier, Lezama Lima, Arreola,
Del Paso, Otero, no se diga José Agustín, Piglia, Saccomanno, Samperio, Taibo
II, Mendoza (Élmer), Villoro y tantos más, han sabido guiñar el ojo y decirnos
que sus obras son serias y por ello no prescinden del humor.
El
caso es que, en todos, eso aparece como chispa de chocolate. No es el centro,
no es lo mero mero, pero sin su presencia el pastel no sabría igual.miércoles, enero 29, 2014
Del estilo y sus reiteraciones
En “Tras el rastro del orgullo”, un cuento de su seguro servidor, inventé una historia sórdida en la que de paso, muy de paso, abordo el tema del estilo. El protagonista es convidado a resolver un caso de secuestro en el que debe “descifrar” unos mensajes escritos por anónimos delincuentes. Él mismo confiesa que detectar los tics de sus escritores favoritos no es lo mismo que percibir eso mismo en cualquier hijo de vecino, más si tal sujeto es casi ágrafo. El estilo, pues, es la repetición de un gesto, el recurrente y voluntario uso de ciertos guiños identificables por el lector. A diferencia de otros tipos de escritura (la administrativa, la periodística, la científica), en la literaria es casi indefectible que se busque “un estilo”, un tono que sirva para identificar a cada autor o por medio del cual el autor “busca” identificarse.
Algunos
tendrán muy presente esa aspiración, a otros les importará un pepino, pero
marcada o sutilmente allí estará siempre esa inclinación, el latido del estilo.
Como trató de demostrarlo Fernando Vallejo en su Logoi, el número de combinaciones en la estructura discursiva es finito.
Esto significa que forzosamente serán usadas unas u otras, y algunas, las que
elija tal o cual escritor, caerán en la página de forma reiterada, lo que
delineará, quiera o no, “su estilo”. Explico con un ejemplo burdo, pero claro.
Supongamos que esta es una estructura: “Juan se mantuvo atento, listo para
opinar cuando fuera necesario, inevitable”. Los verbos, las pausas, podrían
repetirse en el mismo escritor así sea inconscientemente: “Avancé rápido,
ansioso de llegar al sitio oculto, recóndito”.
No
creo, sin embargo, que sea sólo la forma de la escritura lo que determina un
estilo. La búsqueda de la palabra justa,
a lo Flaubert —o algún fraseo más o menos insistente, a lo Paz—, no llega a
convertirse en el único sello de identidad del escritor. El estilo es
repetición, sí, pero no sólo de palabras o estructuras lingüísticas, sino
también de temas y abordajes. Los lectores no se contentan con lo puramente
verbal, por más primoroso y reiterado que sea; buscan que su autor de cabecera
vuelva a los temas o, mejor, a los abordajes de los temas que lo fueron
haciendo admirable. Alejo Carpentier es un portento de narrador con un estilo
definido no sólo por su barroquismo, sino también por sus asuntos, por sus
ambientes, la mayoría ubicados en el Atlántico: “Con dos tambores andaba
Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al
hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién
arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas”. Si hay mate y
primera persona y estilo “oral” y calidez familiar, casi es seguro que sea
Cortázar urdiendo fantasías en la vida cotidiana de sus personajes: “Lo
recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles.
Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente
se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate”. Y así, cada cual con sus
palabras y sus abordajes, todos los grandes escritores llegaron a serlo en el
momento en el que sus lectores consumían, felices, las mismas dosis, aquellas
que una y otra vez hacían únicos e irrepetibles a sus escritores favoritos.
sábado, enero 25, 2014
Entre el caos y el orden
Por
ser una actividad en la que uno compite contra uno mismo, la carrera literaria
requiere forzosamente una especie de autoflagelo. Es el propio escritor quien
se propina latigazos en la espalda para producir, quien se regaña cuando los
avances no son satisfactorios, quien se deprime cuando la parcela ya no da
melones y quien, a veces, se felicita cuando siente que ha parido algo digno de
leerse. Hay casos, contadísimos casos, sin embargo, en los que el éxito de
ventas convierte al aporreador de teclas en una especie de burócrata de la
creación literaria, tanto que deja de ser él quien se autoarrea para cederle la
tutela al editor.
Ante
la cruda realidad de su trabajo en solitario, el escritor es un infatigable
inventor de coartadas cuando ni a pujidos salen las cuartillas. Los pretextos
que se inventa pueden ser los mismos que ofrece a los dos o tres milagrosos amigos
atentos a su quehacer. “He tenido demasiadas ocupaciones”, “Estoy batallando
mucho para redondear una historia”, “Ando en el proceso de investigación,
reuniendo datos”, “Estoy releyendo mi poemario y todavía no me convence”, “Mi
abuelita se fracturó la cadera y la estoy cuidando”. Cualquier puerta le sirve
para escapar y no decir, sencillamente, que no escribió o que lo hizo pero
aquello que salió del molino es intragable.
Cierto
que no son pocos los apuros que provoca una actividad que en general no acerca
dividendos materiales. El escritor común y corriente, e incluso algunos
multipremiados y con muchos libros apiñados en el polvoriento currículum, debe
tener siempre una fuente alterna de trabajo. Quien se confía al puro ejercicio
inmaculado de las letras termina en (o cerca de) la indigencia, y es pertinente recomendar que
ni se le ocurra construir una familia porque lo único que logrará construir es
una jauría.
Por
eso más le vale procurarse un mínimo método de trabajo, así sea un método que
ni siquiera lo parezca. Leer a tales horas o ciertos días nomás, escribir equis
cantidad de cuartillas en promedio al día o a la semana, corregir cuando los
astros queden favorablemente alineados, todo sin descuidar aquello que se haya
convertido en fuente de trabajo alimenticio. Operar sin ese mínimo rigor deriva
casi inevitablemente en la esterilidad o, cuando menos, en la producción de una
obra pegada con alfileres.
Las
obras grandes y sólidas, por todo, han nacido de renuncias. Imaginemos las
miles de horas que Balzac no dio a sus cuates para, aislado, escribir como si
la vida fuera el encierro y no la libertad. El escritor que se deja seducir por
lo contrario —por la “bohemia”, por la “tertulia”, por el actual “reven” o
simplemente por la contemplación de la existencia y su habitual pinchedumbre— la
pasa quizá de pelos pero a la larga ve cómo se vacía su talento, si alguno
tuvo, en el albañal de la nada.
No
hay reglas, claro, pero es un hecho que casos como el de Lope de Vega, es
decir, escritores que viven y escriben mucho y bien, no se dan en maceta. La
mayoría necesita un mínimo orden, saber que si sólo tiene una hora para
escribir, esa hora servirá para eso y nada más. Todo lo que se diga aparte es,
pues, pretextosa bisutería.miércoles, enero 22, 2014
Con la jaulita al hombro
“¿Te pasó eso?” es una de las preguntas cliché planteadas al narrador e incluso al poeta que deja ver demasiado, al escribir, las costuras de su experiencia personal. Al lector le interesa saber, sí o sí, qué tan cerca estuvo el autor de lo contado, si aquello que está en las páginas es parte de su biografía o “lo inventó” flagrantemente. Para el autor es lo de menos, más si lo suyo es el texto que tira hacia lo fantástico, hacia lo irreal, aunque también en estos casos puede colarse una sutil autobiografía. Pero no sé por qué al lector le agrada comprobar que las aventuras albergadas en un relato fueron en efecto vividas por quien las contó.
El
escritor, como quien sea, habla (y principalmente escribe) a partir de su
experiencia, y no puede ser de otra manera. Claro que no me refiero sólo a los
referentes visibles en el relato, sino a lo más íntimo, a lo más personal. Es
decir, si un alemán, por ejemplo, cuenta la historia de un narco, no es
suficiente que pueble su relato de trocas Lobo, canciones del Komander,
botellas de Buchanan’s y otros adornos similares, sino que de veras
atraviese la atmósfera espiritual, valga
el adjetivo, de ese excrementicio universo. La verosimilitud requiere pues de
una escalera grande y otra chiquita.
Quiera
o no, el escritor, mientras vive, va captando temas, ambientes, tipos humanos,
sueños, libros y formas de pensar propias y ajenas. Esos son los insumos que
luego servirán para fraguar la obra propia, y sólo de su talento depende si
logra aprovechar tal experiencia o ésta queda, digamos, desperdiciada,
recluida en su ser. Da lo mismo si es un hombre de acción o un contemplativo:
toda experiencia es viable para hacer literatura.
El
cuento de Borges que más me gusta, “El Sur”, supuestamente nació de un
accidente real del autor, quien luego pasó a ser Juan Dahlmann, el
protagonista. En alguna entrevista Vargas Llosa declaró que para escribir La guerra del fin del mundo, esa novela
monstruo, tuvo que asentarse durante buen rato en la zona de Brasil donde
trascurre su historia. Alejo Carpentier atribuye a un viaje a Haití su noción
de lo real-maravilloso y la escritura de El
reino de este mundo. El apando
obedece al encarcelamiento en Lecumberri de José Revueltas. Y así un larguísimo
etcétera que nos confirmaría la relación visceral que hay entre experiencia y
obra.
No
significa esto, sin embargo, que pasar unos meses en Pernambuco o ser apandado
un par de años en Lecumberri vayan a tener como grata consecuencia dos novelas.
Eso se comprueba con los tíos que en la sobremesa nos cuentan aventuras
inauditas, maravillosas y condenadas a quedarse allí, pues tener mucho qué
contar no es suficiente.
Por
todo esto siempre he creído, y creo que creo bien en este caso, que el escritor
es una especie de cazador que en todas partes se presenta con una jaulita al
hombro. Esté donde esté, haga lo que haga, platique con quien platique, fracase
en lo que fracase, toda experiencia es presa digna de ser atrapada. Luego se
verá si la pieza es de valor o no, cuando se convierta en cuento, en novela, en
poema, en algo.sábado, enero 18, 2014
Espejismo de la trascendencia
Tres
días de luto nacional fue lo que ofrendó el gobierno de Argentina al poeta Juan
Gelman. Eso, más las miles de notas periodísticas desparramadas en el mundo
sobre todo de habla hispana, son un claro ejemplo de acercamiento a la anhelada
trascendencia. Gelman, como cualquier escritor importante que ahora nos llegue
a la cabeza (Tolstoi, Martí, Papini, Nabokov, Sabato…), “ya trascendió”, tiene
seguro un pedestal en la historia de la literatura.
El
deseo de “trascender” es, o era, uno de los motores del trabajo literario.
Aunque no lo confesara porque sonaba inevitablemente bobo y cursi, el escritor
se alimentaba de futuro, de un futuro en el que las generaciones que todavía no
estaban aquí sabrían aplaudir las obras heredadas por aquel hombre acaso
incomprendido por sus contemporáneos, pero que habría trabajado sin descanso
porque en el fondo de su alma flameaba una vocación inquebrantable.
Por
ese deseo secreto, atavismo de un pasado cada vez más lejano, el escritor
seguía adelante pese a que todo a su alrededor parecía confabulado contra él.
Antes de que descubriera el cinismo y/o el glamour que hoy producen escritores,
incluso jóvenes, que pueden andar en coches último modelo y viajar a donde lo
deseen, la mayoría de los aporreadores de teclas vivía a la sombra de su
angustia por sobrevivir, siempre con una mano adelante y otra atrás, con
acreedores por doquier, alejados del bullicio y de la falsa sociedad. Eran
locos luminosos como Macedonio Fernández, misántropos geniales como Onetti,
depresivos exquisitos como Rulfo, militantes irreductibles como Roque Dalton.
Poco, muy poco les sonreía en la vida cotidiana, pero ellos se impusieron la
chamba de urdir palabras costara lo que costara y a la larga obtuvieron el
premio de la trascendencia.
Me
gusta pensar que también en este rubro nací a la vida literaria en un momento
de cambio. En los primeros años de mi formación (aunque es claro que no tuve
nada parecido a una “formación”), ninguno de mis amigos o conocidos hablaba
sobre ese tema, pero pude notar que en un gesto, en una frase accidental, en
cualquier anécdota, todos sentíamos una rara vinculación con “la
trascendencia”, como un convenio con el porvenir o un pacto que nos garantizaba
“algo” en el futuro pese a la indiferencia padecida en el presente.
Pasados
los años, no sólo cambiamos y nos enfrentamos a la realidad de que trascender
no es enchilar sopes, sino que el mundo se transformó tanto que no quedó casi
vestigio del escritor tocado por los dioses ni del “comprometido”, ése que
sacrificaba su comodidad para servir a causas que en el futuro le granjearían
la admiración del respetable público.
Hoy
ya no percibo lo que vi hasta los ochenta, cuando comencé la aventura suicida
de escribir. Ahora el escritor, escéptico de todo, es pragmático, busca estar
bien en el presente, tener una linda casa minimalista y no una buhardilla
mugrienta donde se vería muy mal una Mac. Si la trascendencia llega, qué
importa; si no llega, igual, qué importa. Y así, lo que sea sobre todo y sobre
todos, qué importa.
miércoles, enero 15, 2014
El texto intermitente
“México,1978-Resistencia,
2009”, dice al final el cuento “Semper fidelis”, del libro 9 historias de amor (Ediciones B, Buenos Aires, 2009), del
argentino Mempo Giardinelli. Otros relatos de ese mismo libro son fechados de
manera similar: “Resistencia-Charlottesville, 2006-2009”; “Resistencia,
1972-2008”; “Buenos Aires, 1975-México, 1982”; “Panamá, 1997-Paso de la Patria,
2003”. Tomo como pretexto la extraña citación de aquel libro para pensar en el
texto intermitente, ése que los escritores van trabajando de un lugar y un
tiempo a otros, como caracoles que con lentitud llevan encima no su casa, pero
sí sus cuartillas mientras la necesidad los obliga a desplazarse.
Es
una fortuna, ya lo dije en otro momento, tener un nicho plácido para escribir y
una tranquilidad basada sobre todo en la abolición del estrés que suelen
generar los innumerables apremios materiales. Cuando un escritor tiene
resueltas sus necesidades y construye un ámbito impermeable a los sobresaltos de
la vida cotidiana, puede quizá jalar el hilo de su creatividad para que de
golpe se venga toda la madeja. Pero ni en tales condiciones es seguro que los
textos broten como manantial; siempre hay frenones, dudas, la vacilación propia
del trabajo artístico en el hipotético caso de que vaya creciendo con una
visión autocrítica.
Si
eso pasa en condiciones ventajosas, es peor cuando el escritor es acosado por
penurias económicas o viaja mucho y vende su fuerza de trabajo intelectual aquí
y allá; en esa circunstancia el texto se pone más rejego y sale, si sale,
intermitentemente, a pedazos, como edredón de casa pobre.
Sé,
porque lo he vivido, que hay ciertos textos que no se dejan cocer a la primera,
que se ablandan poco a poco y con la llama muy bajita. Por eso cuando los
fechamos acostumbramos escribir, digamos, “Torreón, 1993-2005”. No quiere decir
que uno se haya tardado doce años en freír siete cuartillas, sino que
comenzamos y suspendimos y recomenzamos y resuspendimos y seguimos corrigiendo
y escribiendo a brincos, cada que había tiempo o cada que uno fue reencontrando
los borradores en el archivo de madera o digital. Mi experiencia más
significativa en este sentido se dio con la novela Parábola del moribundo, cuyo primer borrador salió entre 1998 y
1999, más o menos, y que revisité intermitentemente durante una década.
Recuerdo que cada dos años le aplicaba una despiojadita, pero nunca me dejaba
satisfecho. Decidí “terminarla” en el 99, la mandé a un concurso y tuvo el
atrevimiento de ganar. Lo mejor de aquel logro fue que me permitió no releerla
más, alejarla para siempre de mi vista.
Todo
esto nos permite vislumbrar que ciertos textos —libros enteros— son el
resultado de rodeos, de pausas, de
titubeos y tropiezos. Unas veces se da esto por exceso de chamba alimenticia,
otras por problemas familiares, otras por desavenencias entre el texto y el
autor, otras por todo eso junto, el caso es que muchas obras, aunque se
presenten de manera compacta, provienen de la tortura sisífica de regresar una
y otra vez sobre los mismos pasos, siempre con la roca de palabras sobre el
lomo.
martes, enero 14, 2014
domingo, enero 12, 2014
Tres partidas
De uno fui amigo cercano, a los otros dos los traté poco, pero cordialmente. Los tres murieron esta semana.
José María Mena Rentería ejerció el periodismo en varias
publicaciones laguneras. Lo recuerdo sobre todo como reportero de La Opinión; allí estuvo varios años.
Cubríó diversas fuentes, y creo que la cultural fue la que más lo atrajo.
Gabino Martínez (en la foto que ilustra este post) fue
maestro, periodista, escritor y editor. Militó en agrupaciones políticas de
izquierda en Durango capital. En los últimos años de su vida fue responsable
editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango. Lo traté poco, más
por correo electrónico que en persona. Hacia 2011, en su casa comimos Saúl
Rosales, Gabriel Castillo y yo, quienes fuimos a Durango a presentar el libro Madera,
del profesor José Santos Valdés. La casa del anfitrión me pareció
impresionante. Casi toda era un archivo/biblioteca, plena de estanterías
adecuadas para la impecable organización de documentos.
A Fernando Martínez Sánchez lo traté mucho y a fondo.
Puedo decir que fuimos buenos amigos. Tuve la suerte de verlo unas horas antes
de su muerte.
Si no me equivoco, los tres nacieron entre 1936 y 1946.sábado, enero 11, 2014
Fernando Martínez aquí se queda
Ayer
a las 5:30 de la tarde recibí un DM de Twitter enviado por mi ex alumno Jaime
Martínez Romero. Me comunicaba una noticia que de alguna manera yo esperaba
desde hacía meses: la muerte de su tío, mi amigo Fernando Martínez Sánchez. Un
día antes, el jueves 9, puede ver por última vez a don Fer. Estaba tendido en
una cama de hospital ya inconsciente y con respiración afanosa. Lo acompañaban
tres de sus hijos: Fernando, Cristián y Mireya; Gerardo venía en camino desde
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. La hora de visita era breve, así que sólo pude estar
allí poco menos de media hora.
Con
toda mi inexperiencia en los trotes médicos, ajeno como pocos al mundo de la
enfermedad y los hospitales, noté que don Fernando estaba cerca del fin. Lo
sentí. Por eso, cuando la encargada de vigilancia nos conminó a salir dado el
término del acceso a los visitantes, me acerqué de nuevo a la cama de mi amigo,
le toqué el pecho cubierto por una gruesa frazada y cerca de su oído pude
murmurar unas palabras afectuosas. Su hija, que es doctora, me había dicho poco
antes que no reaccionaba a las palabras, pero que sí escuchaba. Oyera o no,
quise decirle a Fer, en una frase corta, que yo estaba allí, y que sentía hacia
él un cariño fraterno por lo mucho que compartimos durante al menos treinta
años de frecuente convivencia. También, por lo mucho que dio a la cultura
lagunera, pues fue escritor, orador, actor, maestro, periodista, cinéfilo,
contador público (egresado de la UNAM), cronista y promotor cultural.
Don
Fer era un hombre vitalísimo. A pocos he conocido con un gusto por la vida así
de grande, por el disfrute permanentemente festivo de dos hermosas maravillas:
la buena cocina y todas las delicias del arte que se atravesaba en su camino.
Nunca olvidaré además que fue un enfermo incurable de biobliomanía, el peor (o
el mejor, según se vea) que conocí jamás. Si al final de su vida no tuvo
fortuna fue porque nada de lo que ganaba se quedaba a reposar en alcancías:
todo, absolutamente todo lo dejaba siempre en compras de libros,
principalmente, y también de discos, películas, entradas al teatro y paseos
gastronómicos y culturales con María Caliano, su esposa, y sus cuatro hijos.
Don
Fer nació el 21 de septiembre de 1936 en Torreón. Creo que su única ausencia
larga de nuestra ciudad fue la que hizo en el DF, cuando estuvo allá para
estudiar su carrera profesional; de paso, en la capital aprovechó para
vincularse, sobre todo, con grupos literarios y teatrales. Volvió a Torreón y
fue funcionario público del gobierno federal. Luego, por muchos años, asumió la
dirección de la Casa de la Cultura de Torreón, ya desaparecida. Pese a nuestra
diferencia de edad, conviví con él en incontables/imborrables momentos. Edité
dos de sus libros y recibí como regalo muchos de su enorme biblioteca. Gracias
a él tengo, por ejemplo, el Tesoro de la
lengua castellana de Sebastián de Covarrubias, una joya.
No
olvidaré (supongo que muchos en La Laguna podrán decir lo mismo) a don Fernando
Martínez Sánchez. Yo lo recordaré principalmente por las que fueron, creo, sus
dos máximas virtudes: la poesía y la risa.
Descanse
en paz este querido y admirado amigo nuestro.
Nota: La foto que encabeza este post es la última que me tomaron con don Fer. La hizo Ivonne Gómez Ledezma a mediados de 2013.
jueves, enero 09, 2014
El inmenso Nelson
Un mensajito de Gilberto Prado Galán me enteró el domingo 5 de
enero sobre la muerte de Nelson Ned. Yo estaba regando mi jardín, eran como las
once de la mañana, y lo primero que pensé fue lo obvio: oír de nuevo al impresionante
brasileño, a ese hombre que se impuso a su condición para, con su voz, convertirse
en un símbolo de la canción —llamada “romántica”— en Brasil, en América Latina
y quizá más lejos.
Al hablar de Nelson Ned lo más sencillo es caer en lo que ya
caí. Si bien eso es lo que a todos se nos ocurre en automático, quiero insistir
en que no se trata de una enfermedad, sino de una condición diferente que como
en cualquier otro caso merece absoluto respeto y, si es posible, solidaridad.
Me asombra y me conmueve, no necesariamente en este orden,
el caso de Nelson Ned. Mientras la humanidad ha confinado a los hombres de su
condición al espacio de la risa, él, dotado de una voz notable, peculiar,
inconfundible, supo abrirse paso en la adversidad y conquistar la admiración de
muchas, de muchísimas personas. Con unos huevos que ya quisiera el más pintado,
Nelson Ned aparecía en los escenarios no para buscar el humor con machincuepas
grotescas ni para chantajearnos con
nada, sino para hacer que con su voz despertaran emociones a partir de letras
sencillas, muchas de ellas ya integradas al cancionero familiar
latinoamericano.
Nunca fue mi cantante favorito, pero he de reconocer que, para mí, en la voz de ese pequeño ser humano estaba toda la fuerza y la
vitalidad del querido y admirado pueblo brasileño, casi como si en esa
entonación nasal cupiera condensada, al menos para mí, insisto, toda una
cultura.
Salvo uno o dos, no aprecio sus temas legendarios. Me gustan
en grado superlativo, eso sí, canciones de perfil más bajo, menos famosas en su repertorio. Les
comparto una breve antología nacida de mi arbitrario gusto, es decir, de la que
más me agrada en adelante:
“Todo
pasará”. Es una letra sencillísima, de apenas tres estrofitas. Me gusta
cómo arremete el estribillo, un vendaval luego de la calmosa y breve
introducción.
“Déjenme
si estoy llorando”. Aquí logró lo que parecía imposible: encarar esta letra
mejor que Germaín. Oigo con atención la palabra “nostalgia” y me encanta cómo
la pronuncia, muy aportuguesada, con la “g” como atragantada por la emoción.
Tremenda.
“Angustia”.
Este viejo y espléndido bolero (cantado alguna vez por Los Panchos, Javier
Solís y Bienvenido Granda, entre otros) le queda bárbaro a Nelson Ned; hagan de
cuenta que fue compuesto para que lo cantara él.
“¿Quién
eres tú?”. Uno de sus temas emblemáticos, sin duda. Ninguna antología, por
apresurada que haya sido su hechura, podría excluirlo. Lo más cachondo que
alguna vez cantó.
“A
pesar de todo”. Otra de sus representativas. Imprescindible en un top five como éste.
Ahí queda pues la voz de Nelson Ned. Para mí, la tesitura de
Brasil, como ya dije. Y no es poco decir.
miércoles, enero 08, 2014
Ámbito y escritura

Ni una mosca, ni el vuelo de una mosca debe alterar la concentración de los escritores obsesionados por el orden y el silencio. Lograr ese estado de perfección en el entorno es, sin embargo, imposible o casi imposible en la actualidad. Salvo Paul Auster y dos o tres escritores que venden libros como quien despacha bolillos, la mayoría inmensa de los aporreadores de teclados debe resignarse a la escritura en condiciones permanentemente amagadas por el ruido, la familia, el estrés laboral, la incertidumbre, los gritos del señor del gas y un larguísimo etcétera de turbulencias.
Escribir
en la tranquilidad de un estudio colisiona asimismo contra el atractivo de las
nuevas tecnologías. Antes, el escritor se aislaba a duras penas y casi
etimológicamente lo lograba: encerrado en su isla (la buhardilla o el cuartito
de atrás), pensaba y escribía mientras el mundo seguía su, por supuesto,
mundanal marcha. Tras la invención de los aparatos reproductores de música, el
poeta o el novelista podían acaso acompañarse de un disco o un caset adecuados
para la creación de atmósferas propiciatorias. Pero hoy, este hoy lleno de
distractores vacuos, la tecnología reta al escritor, le instala el mundo entero
en la computadora y lo pone frente a distractores tan poderosos que es necesario ser de veras una ostra para escribir sin ceder a la tentación de echarle un
ojito recurrente al mail, al Twitter, al YouTube, al Face, a todo eso que engatusaría
hasta Víctor Hugo.
Ante
la silenciosa amenaza de la parálisis, no hay escritor que explícita o
secretamente no se invente cierto ritual o “cábala”, como dicen los argentinos.
Escribir de noche o muy temprano, en pijama, con cierta música, de pie, con
algún aroma especial en el ambiente, frente a cualquier fetiche sobre el
escritorio, en pura ropa interior, con permanente café o como sea, sirve de
embrague para que la creatividad no pierda aceleración.
Será
por eso que algunos recomiendan que el escritor en cierne entre en contacto con
el periodismo en el periódico, para que agarre disciplina y escriba sí o sí,
con o sin el apoyo de las esquivas musas o de los fetiches. El escritor que
alguna vez pasa por una sala de redacción, donde hay ruido permanente y mucha
presión, terminará por aprender el zurcido de ideas en medio del bullicio y con
el reloj picándole sin freno las costillas. Ahora bien, si no puede o no quiere
llegar a tanto, una columna o un artículo frecuentes lo obligarán igual a
trabajar siempre en contra del calendario, pues si algo tienen todas las fechas
del futuro es que siempre llegarán.
En
el plano de la autorreferencia, hace mucho que dejé de soñar en una burbuja o
torre de marfil. Por circunstancias que no viene al caso contar, he aprendido a
escribir en donde sea, en lo que sea y a cualquier hora del día. No es lo
ideal, pero poco puedo hacer para ir en contra del estrecho margen de maniobra que
me ha cabido en suerte. Ahora bien, quien quiera dominar el arte de escribir
haya o no haya ámbito favorable (todavía no lo domino, lo sigo aprendiendo),
que empiece por tener dos o tres hijos. Ya verá que con eso pondrá a prueba toditita
su vocación.
sábado, enero 04, 2014
El ineludible corregir
Supe
de un escritor de brocha gorda que afirmaba, fanfarrón, lo siguiente: “Yo jamás
corrijo; así como sale a la primera, así lo dejo todo”. Era, por supuesto, un
pelatunas que se creía superdotado, pues uno de los primeros requisitos de toda
escritura que aspire a ser periodística, literaria, pública en suma, requiere
algunas plastas de maquillaje antes de salir a la calle.
Corregir
puede llegar a ser una práctica fascinante o agria, según sea el caso (estoy
hablando de corregir el trabajo propio, ya que el ajeno es casi
indefectiblemente ingrato, más cuando el texto a enderezar demanda cirugía
mayor). Es agradable cuando la masa textual sobre la que debemos trabajar salió
sin muchas dudas, sin demasiados titubeos en el proceso. Si uno escribe a
disgusto, forzado, muy poco convencido del artefacto verbal que va creando, lo
más probable es que su corrección también sea penosa. Como la corrección es, a
su modo, una reescritura, es más cómodo “reescribir” sobre un material dócil,
no sobre un texto erizado de púas que casi necesariamente nos irá espinando.
Por eso siempre he dicho que es importante escribir, o tratar de escribir, muy
bien, lo mejor posible, a la primera, para que luego el camino de la revisión nos
emprobleme en menor grado.
Creo
que fue Barthes (sí, fue él) quien escribió alguna vez sobre las famosas tres
enmiendas. Cuando corregimos, tenemos tres caminos: agregar algo, suprimir algo
o permutar algo. Confieso que, cuando comencé a escribir, creía que era más
importante agregar que suprimir; luego, pasados unos años, creí lo contrario.
Hoy, ya con mis defectos y mis pocas virtudes bien asentados, entiendo que los
tres caminos de la corrección son importantes por igual, sólo es necesario ser
sincero/severo con el texto, no andarse con contemplaciones o autoapiadamientos,
pues si nos tentamos el corazón después la vamos a pagar peor con los lectores.
Hoy,
con las computadoras, es difícil ver la evolución de un texto desde que fluye
de la cabeza al monitor por primera vez hasta que se convierte en un documento
público (en periódico, revista, libro o internet). Las enmiendas entran y salen
vertiginosamente en el Word y ya ni los escritores reparan en todo lo que van
haciendo en el camino para adecentar sus textos. Antes no era así. Hay
evidencia en papel de manuscritos y mecanuscritos que, pese a haber sido
acuñados por grandes escritores, lucen llenos de tachaduras, rayas, flechas y
comentarios al calce, casi como planos de un combate militar. Al respecto, recuerdo
unas imágenes imperdibles. Están en el libro El oficio de escritor, publicado por Era en México; hay allí
algunas páginas donde se ve claramente que el escritor que valora no sólo su
trabajo, sino el tiempo del lector, gasta sus ojos en una labor que nadie debe
ver, pero que es imprescindible en el mundo de la escritura. Ni Faulkner se
libraba de esa tarea.
Así
pues, hay que desconfiar de los escritores todopoderosos, esos que a la primera
paren textos, según ellos, tocados por la perfección.viernes, enero 03, 2014
Verso cima
Puedo oír miles de veces este verso y no me cansa. Para mí
es el mejor momento de cualquier canción, la cima: "Arpa d'or dei fatidicivati".
jueves, enero 02, 2014
Eres hermosa
En materia artística lo más fácil del mundo es
enamorarse de uno mismo. Aguas pues con la obra propia: es el espejo de
Narciso.
miércoles, enero 01, 2014
Aquel primero de enero
Todos o casi todos recordamos en qué sitio estábamos y qué hacíamos la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones entraron como letales dagas en las Torres Gemelas. Esos acontecimientos mayúsculos no sólo marcan, pues, hitos en la "historia de la humanidad", sino que se convierten en puntos de referencia en la cronología de cada quien, por ordinario que sea. Sé, por ejemplo, que yo estaba en mi casa de la Prolongación Colón, recién bañado y arreglándome esa mañana de martes para apersonarme en el Café Literario del Teatro Isauro Martínez, de Torreón, con el televisor encendido y viendo en vivo el casi simétrico desmoronamiento.
Igual, sé dónde estaba y qué hacía el primero de enero de 1994 a las 8 de la
mañana. Estaba despertando en el hotel Mirador, de Chihuahua, y encendí la tele
nomás para comenzar las abluciones matutinas. Eludí a Chabelo y al brincar
a otro canal oí la voz agitada de un reportero. Las imágenes mostraban un
tumulto, periodistas que abordaban en desorden a un encapuchado con fusil
seguido por otros sujetos igualmente embozados.
Se hablaba de "levantamiento", de "guerrilla", de "zapatismo". Comenzaron a fluir las siglas EZLN y los lugares donde aquello ocurría; recuerdo dos en particular: San Cristóbal de las Casas y Ocosingo, ambos de Chiapas.
En la confusión, dependientes como estábamos en todo el país de esas precarias escenas televisivas, brotó el nombre del vocero que pronto se iba a convertir en una celebridad mundial: Marcos, el subcomandante.
A partir de esa mañana, por muchos días, semanas, meses y hasta años fue visible y muy mediático el levantamiento zapatista. Hasta yo, que trabajaba en una publicación sin recursos, busqué la forma de hacerme presente en San Cristóbal y viajé hasta allá en los primeros días de marzo. El camino de Tuxtla a la zona de conflicto estaba totalmente militarizado, pero fui testigo de las primeras mesas de negociación, aquellas que tuvieron Marcos y Camacho Solís con el obispo Samuel Ruiz presente. Llegué por cierto a San Cristóbal un día antes de que Colosio pronunciara su famoso discurso en el monumento a la Revolución, el que, dijeron, marcó no sólo su ruptura con el salinismo, sino su destino menos de diez días después en la colonia Lomas Taurinas, de Tijuana.
Había intranquilidad, claro, pero también entusiasmo en todo México, una agitación política que poco a poco sería apagada por el régimen a punta de acontecimientos siniestros.
Se hablaba de "levantamiento", de "guerrilla", de "zapatismo". Comenzaron a fluir las siglas EZLN y los lugares donde aquello ocurría; recuerdo dos en particular: San Cristóbal de las Casas y Ocosingo, ambos de Chiapas.
En la confusión, dependientes como estábamos en todo el país de esas precarias escenas televisivas, brotó el nombre del vocero que pronto se iba a convertir en una celebridad mundial: Marcos, el subcomandante.
A partir de esa mañana, por muchos días, semanas, meses y hasta años fue visible y muy mediático el levantamiento zapatista. Hasta yo, que trabajaba en una publicación sin recursos, busqué la forma de hacerme presente en San Cristóbal y viajé hasta allá en los primeros días de marzo. El camino de Tuxtla a la zona de conflicto estaba totalmente militarizado, pero fui testigo de las primeras mesas de negociación, aquellas que tuvieron Marcos y Camacho Solís con el obispo Samuel Ruiz presente. Llegué por cierto a San Cristóbal un día antes de que Colosio pronunciara su famoso discurso en el monumento a la Revolución, el que, dijeron, marcó no sólo su ruptura con el salinismo, sino su destino menos de diez días después en la colonia Lomas Taurinas, de Tijuana.
Había intranquilidad, claro, pero también entusiasmo en todo México, una agitación política que poco a poco sería apagada por el régimen a punta de acontecimientos siniestros.
Escribí
en San Cristóbal algunas crónicas e incluso perpetré un poema bien ubicado en
el panfletarismo menos púdico. Recuerdo que los mandé por fax, pues todavía
faltaban unos añitos para que llegara el boom de internet.
Hace dos décadas de aquello. Ignoro a qué hora se nos fueron tantos años.
Hace dos décadas de aquello. Ignoro a qué hora se nos fueron tantos años.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


















