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sábado, marzo 11, 2017

Libro del mapa humano













El filósofo Pedro Yerena dice que dicen de él que es un libro abierto y ya escrito, y agrega que a tal afirmación no hagamos caso, que nada es cierto. Me atrevo a contradecirlo, y más: todos, por el solo hecho de existir, somos libros abiertos donde no sólo mucha gente ha escrito, sino, de entrada y desde que habitamos el microcosmos uterino, donde la misma naturaleza nos redacta hasta convertirnos, modestia aparte, en la máquina más sofisticada entre todas las que pueblan la cáscara de este melón llamado Tierra.
Algo, o más bien mucho, hay sobre esto en Mapa del libro humano, hijo bibliográfico más reciente de Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960). El ensayista, un ensayista que sí escribe muy bonito, continúa y magnifica de algún modo lo realizado en Los ojos de la Medusa: explorar con poesía y erudición, con erudición y poesía que nunca dejan de darse la mano, el laberinto del humano ser, la nomenclatura y el valor real y simbólico que tiene cada parte del organismo que nos constituye.
La tarea, por supuesto, no es sencilla, pues si hay algo complejo entre lo complejo eso es lo que somos y el conocimiento y el sentido que damos a lo que somos. Esta inverosímil complejidad del homo sapiens ha demandado siglos de observación, miles y miles de horas hombre para dar, sin que el misterio haya sido revelado por completo, con la verdad absoluta sobre el funcionamiento del engranaje vital. El avance durante los siglos cercanos ha sido portentoso, es verdad, tanto que ya es posible, por ejemplo, curar enfermedades inauditas y, algo todavía más apabullante, xerografíar, clonar al ser humano con todas las implicaciones éticas y demográficas que esto conlleva.
Prado Galán, fascinado desde siempre por el funcionamiento de la máquina, suma con éste, pues, dos aproximaciones a la fachada y a los interiores de la criatura que somos. Las ha cristalizado, como ya dije, desde una perspectiva literaria, irrenunciablemente poética, sin descuidar el fondo de conocimiento profundo que caracteriza a los ensayistas de mejor cuna.
Como en Los ojos de la Medusa, en Mapa del libro humano avanza a trancos cortos, gambetea, para el balón y sigue con su dominio del asunto sin dejar de darnos la impresión de originalidad —cara en el ensayo—, como si cada parte del cuerpo guardara secretos que nos son revelados por primera vez, como si fuéramos acompañados por un guía en la ciudad que habitamos pero ya no vemos: nuestro propio cuerpo.
Maliciosamente, inteligentemente, la metáfora global de esta obra se halla cifrada en el título. Prado Galán no piensa en el cuerpo humano como un cuerpo, pues eso es dominio casi exclusivo de la ciencia médica, sino como un libro. Lo que hace entonces, casi en sentido estricto, es reseñarnos ese libro, mapearlo, trazar las coordenadas que nos permiten apreciar el valor literario atañedero al arsenal lingüístico de la anatomía y la belleza que hay en la descripción de las funciones propias de cada uno de nuestros recovecos externos y recónditos.
El resultado salta a la vista: paseamos la mirada y el entendimiento por nosotros mismos, reconsideramos el valor de nuestra arquitectura, nuestro moblaje y nuestro cableado, y nos solazamos con la opulencia del saber gilberteano siempre aderezado por un sentido del humor elegante hasta para citar giros populares. No es, como podría pensarse hasta ahora, un recuento poetizado sobre secciones aisladas del organismo, sino un pespunte entre esas partes y su razón de ser. El detonante de la reflexión es, en más de un caso, como bien lo ha notado Héctor Orestes Aguilar, prologuista, cierta palabra a todas luces rara, técnica, ajena al vocabulario habitual. Un caso para mi ejemplar, aunque en todas las estampas late este sistema, es “Un rinoceronte en la cama”, instantánea dedicada al ronquido. La palabra que aquí mueve el pensamiento del autor es punto menos que espectacular, un racimo de letras que en teoría debemos pronunciar de corridito. Notemos en la cita lo que he advertido: ubicación física del objeto, función específica y palabra o palabras detonantes: “El ronquido es, según dicen los que saben, el sonido que se produce al paso libre del aire a la nasofaringe. Y sus causas son de naturaleza variopinta: el alcohol, la comida antes del sueño, el cigarro, el sobrepeso o las salidas de tono de la úvula o del velo del paladar. Llegué al asombro del ronquido por la vía de una palabra kilométrica, que retuvo mi atención de inmediato: uvolopalatofaringoplastia, vocablo teratólogico, de 25 letras, que por supuesto ha sido expulsado de la cárcel de los diccionarios”.
Dividido en dos grandes predios (“Extramuros” e “Intramuros”), la suma de estampas sobre las diferentes partes del cuerpo humano, sus modos de accionar, similares y conexos, es también kilométrica: 95, si no computo mal. A esto hay que añadir el prólogo ya mencionado y tenemos de cuerpo entero un tour al país de carne y hueso que somos, a las regiones de la nariz, del oído, de la garganta, de las axilas, de los pies, y también a las provincias de la próstata, de los pulmones, del hígado, de los intestinos y demás etcéteras siempre orientados por el sextante de un ensayista que, sin necesitarlas ya, sigue dando pruebas de su mandona pericia a la hora de usar, por cierto, el más fértil territorio de nuestro cuerpo: el cerebro.
Felicidades a Gilberto por estas veinte mil leguas de viaje al centro y al exterior de lo que somos.

Comarca Lagunera, 7, abril y 2016

Nota: comentario leído el 7 de abril de 2016 en la presentación de Mapa del libro humano (Axial- Arteletra, México, 2015, 164 pp.). Se celebró en el auditorio del Museo Regional de La Laguna, Torreón. Participé junto a Gilberto Prado Galán y en la misma mesa fueron presentados, también de la colección Axial-Arteletra, En los signos luminosos de tu cuerpo, de Pablo Arredondo, y Moradas diez éticas, de Javier Prado Galán, este último presentado por Salvador García Cuéllar.

domingo, febrero 15, 2015

Cascarita con balón de papel















Daniel Lomas me regaló el año pasado esta reseña sobre Polvo somos. Dado su ateísmo futbolero, como él dice, agradezco el esfuerzo y la generosidad.

Puesto que no me preocupa ser un aguafiestas y ganarme la rechifla general, empezaré confesando que soy ateo del futbol. Aclaro: como deporte me parece excelente; como espectáculo, lo más que me suscita son bostezos y zapping. El último mundial que vi con gusto fue México 86; por entonces mis padres habían bautizado a mi hermano menor y de tal festejo había sobrado una cantidad innúmera de cajas de refresco, así que prácticamente desfondé un sillón de la salita por tantas horas que pasé arranado mirando el mundial y emborrachándome con Coca-Cola, a mis irracionales ocho años. Ha pasado el tiempo y hoy ignoro qué me gusta menos: si la Coca-Cola o el futbol. Pero en fin, ni esta parrafada ni tampoco mis preferencias personales han sido obstáculo para que mi lectura de Polvo somos (treinta relatos futbolísticos), de Jaime Muñoz Vargas, fuera placentera y haya arrancado carcajadas a un descreído del balompié.
Obvio que el eje del libro es el futbol; sin embargo, creo que a la par se trata de un pretexto para que salten al papel diversos jugadores: las pasiones, la envidia, la sed de fama o dinero, los destinos truncos, la resurrección de rencillas por viejos amores y hasta una conmovedora cátedra de ética impartida por la batuta de un alcohólico en la pizarra de la traición. En suma: una ración de la vida de la gente, o la representación en letra de la vida.   
De los diez cuentos con que arranca Polvos somos, me agrada especialmente que los personajes sean deportistas de los llanos (o de la Liga Municipal de Gómez). Es decir, son seres minúsculos, de escasísima gloria. Así vemos a los empleados de Carnicería Bustamante, de Güicho Ferreteros, de Tortillería La Chinita o de Vulcanizadora Goliat, saltar al terreno de juego con muchas ganas de aterrarse (de tierra, claro está, y no de miedo). Por cierto, los motes o alías bajo los cuales se dibuja a los personajes son muy buenos y en ocasiones irónicos. Efraín Quiñones, El Mula, posición central, es más que nada un quebrantahuesos de profesión que ya les molió las tibias y peronés a varios de sus contrincantes. Zoilo Pantoja, Metralleta, un flamante goleador que a la hora de la verdad y en medio de un partido de campeonato vuela un penalti. Lauro Meza, el Trucutrú, quien jamás ha acertado un gol, cierta noche se va de farra con sus cuates y goza de los excesos del tabaco, el alcohol, la comilona, las mujeres y el bailongo; al día siguiente, aunque extenuado por la resaca, le ocurre un milagro: anota tres goles de un jalón; supersticiosamente cree que su buena estrella radica en la serie de disparates cometidos la noche anterior, de ahí que tratará de reproducirla (sin éxito) y morirá de catarrín. Un vendedor de aguas frescas que entra de relevo a ocupar el silbato del árbitro; un estilista afeminado que arma su escuadra sobornando a la palomilla del barrio: promete pagar uniformes, arbitraje, carne asada; un vendedor de semillas que anota fortuitamente un gol, son algunos de los detonantes para crear y crecer las historias. De alguna forma, esta primera sección nos retrata pequeñas biografías, teñidas por el recuerdo de las penas y glorias a que pueden aspirar estos héroes anónimos. Recuerdo aquí lo que escribió Marcel Schwob: “El arte del biógrafo sería otorgar el mismo valor a la vida de un pobre actor que a la vida de Shakespeare”.
En Polvo somos hay un manejo cuidadoso del detalle. En alguna entrevista Rulfo comentó que en la literatura los árboles no se llaman árboles ni los pájaros se llaman pájaros: se llaman sauces, ahuehuetes y mezquites, se llaman cuervos, zopilotes y colibríes. Sólo interesa pues lo particular, lo único. Hay un refrán que quizás viene a cuento: “Dios está en todas partes y el Diablo en los detalles”. En ese sentido, el libro de Jaime Muñoz Vargas está escrito con mucha pezuña de diablo, con fina minucia; al grado que a veces, valiéndose del truco de la reticencia, se contiene la respiración y se esconden maliciosamente los detalles para que el lector no los vea sino en el momento preciso y entonces lo golpeen con la contundencia de la sorpresa.
En la segunda sección de Polvo somos figuran 19 relatos. Si lo pensamos bien, es un amplio desfile de personajes. “Willy desde dentro” narra la historia de una joven promesa del balompié que ha acabado metido en el fracaso: ni más ni menos que en una botarga, con la que anima los partidos a ras de pasto, mientras por dentro lo achicharra la envidia y el odio que le despierta un amigo, un compañero de cascarita que sí ha triunfado en primera división. “Para escapar de Malisani” es un aguafuerte de gánsteres futboleros en que un mexicano ha ejecutado una trácala y ha estafado así a unos estafadores argentinos, que ya es mucho decir, y ahora por tanto es víctima de una persecución a muerte. “Cábala gitana” cuenta la historia del más raro amuleto con que ha cargado un futbolista: un hámster vivo entre las ropas durante los 90 minutos. “Futbol intergaláctico”, uno de los cuentos que más disfruté, nos narra un partido ocurrido en el año 6044 o 4066, cuando ya no quede ni un átomo del mundo que hoy habitamos; es una visión futurista y alocada del futbol. “Charla con Pelé”, una visita del astro brasileño a La Comarca Lagunera. “Partido eterno”, un juego que dura poco más de quince horas. Asimismo, un árbitro abucheado no sólo en las canchas sino también en calles, autobuses y cantinas; un poeta futbolero, y hasta una sutil crítica del fanatismo con que se vive la religión del futbol en un país desmoronado por la violencia de incontables muertes, son algunas de las premisas desde las cuales se catapultan las ficciones.
Es válido afirmar que los relatos de Polvo somos parecen recién salidos de la peluquería, pues vaya que su autor (que en otros libros ha dado muestras de largo aliento, por ejemplo en su última novela Parábola del moribundo) ha decidido esta vez frenar la pluma y usar la tijera de la poda y encapsular al máximo las historias, en las que no sobra ni un flequillo de más. Son pues ficciones bien recortadas como calcomanías.
Cierra el volumen un cuento largo y (el adjetivo no es exagerado) genial: “Mancha sobre mi padre”. El meollo de esta historia es la traición, pero no una traición cualquiera sino una ética traición. El personaje central es el viejo don Aristeo, quien por cierto aparece excelentemente dibujado desde las primeras líneas, desde ya pegado a perpetuidad al vaso de cerveza. Es una especie de paradoja ver a este alcohólico consuetudinario que se dedica al deporte, así sea por detrás de la raya de cal, pues dirige a un equipo infantil, y, por si fuera poco, lo hace con bastante tino. Ajá, pastorea al equipo a lo largo de jornadas y más jornadas, hasta que logra conducirlo a la gran final. Pero entonces acontece algo extraño: el viejo Aristeo vende el partido, pacta la derrota. ¿A cambio de qué se ha prestado a cometer semejante infamia?, he ahí la incógnita. Por otra parte, amarillea en el cuento un aire bellamente nostálgico, como de fotografía del pasado. Quien nos narra la anécdota es el hijo del director técnico, que a su vez fue jugador del equipo y que muchos años después de ocurrida la traición todavía seguirá sin comprender por qué demonios su padre vendió el partido más importante, y no descubrirá la verdad sino al cabo de un velorio. Sin duda el lector tiene garantizada aquí una historia de profundo humanismo.
Creo que he dejado claro que prefiero por mucho revisitar Polvo somos que extasiarme en bostezos ante cualquier partido del mundial que se avecina (por si alguien lo ignora, informo: la sede será Groenlandia 2015). Lo bueno del futbol en la vida social de la Comarca Lagunera es que arrastra consigo carne asada, cervezas y festiva amistad. Agrego una posdata: del mundial México 86 no solamente recuerdo la legendaria tijerita con que Manuel Negrete convulsionó al estadio Azteca, llevándolo al borde del infarto colectivo; también recuerdo los comerciales televisivos con cancioncilla y baile sexy: los de la Chiquitibum.

Polvo somos (treinta relatos futbolísticos), Jaime Muñoz Vargas, Axial-Colofón-Arteletra, México, 2014, 134 pp.