miércoles, diciembre 18, 2019

Publicar y leer aquí
















Publicar un libro en La Laguna no es difícil si el propio autor decide financiarlo, pues ya contamos con, al menos, dos o tres imprentas que trabajan muy bien y hay varios jóvenes editores que conocen los rudimentos básicos del oficio. El problema de publicar surge si uno aspira a que una institución pública o privada quiera arropar tal o cual libro. Lamentablemente no tenemos ninguna editorial consolidada en La Laguna y las instituciones (gobiernos, universidades, centros culturales…) no tienen una política editorial sostenida. Hay casos aislados de instituciones que impulsan la publicación, pero son tan pocos que no logran cubrir la demanda de propuestas. Muchos escritores e investigadores de la localidad, por ello, deben buscar auspicios fuera de la región o de plano autofinanciar sus proyectos.
Por otro lado, vivimos en una región con magra cantidad de lectores, y en esto no nos diferenciamos mucho de los habitantes del resto del país. Los laguneros leemos poco, tenemos pocas librerías y bibliotecas, y carecemos del hábito de leer como parte de la vida cotidiana. Aunque la dinámica ha cambiado poco a poco, seguimos siendo una comunidad más inclinada a las actividades productivas vinculadas con la industria y el comercio que una comunidad cercana a los bienes del espíritu. Esto ha mejorado en los últimos treinta años con la creación de espacios como el Museo Arocena, el Teatro Nazas, la restauración del Teatro Isauro Martínez, el Museo del Algodón, la llegada de las librerías Gandhi o El Astillero y demás, pero en lo editorial seguimos rezagados con respecto a otras zonas del país. En una palabra, el libro todavía no es un producto habitual en la canasta básica del lagunero.
Creo que podría ayudar mucho que las instituciones (gobiernos municipales, universidades, centros culturales e iniciativa privada) incluyan entre sus proyectos el de publicar a los autores locales. Principalmente las universidades, ya que en teoría deben ser, además de formadoras dentro del aula, difusoras del conocimiento y la creatividad por medio de la palabra escrita. Ahora bien, los caminos para formar lectores son varios y nada excluyentes: que las escuelas dediquen tiempo a la lectura, que los medios difundan el valor del libro, que los padres de familia lean con sus hijos pequeños, que los universitarios debatan a partir de tal o cual autor, que las instancias culturales presenten libros u organicen ferias, etcétera. Todos podemos hacer algo por el hábito de la lectura. La responsabilidad no recae sólo en quienes se dedican a editar o escribir.

sábado, diciembre 14, 2019

Cámaras, alarmas y otras orwelleces













Tengo una aversión profunda por los ruidos estridentes y en particular por los claxonazos. Esa es la razón por la que, a lo mucho, suelo usar el claxon dos o tres veces al año, y de ahí también que al activarse cualquier alarma de coche mi estado de ánimo comience a zozobrar; cuando oigo alguna, no muy en el fondo del alma empieza a bullirme una especie de ansiedad que sólo se apaga, precisamente, cuando la maldita alarma es apagada. En ese momento siento un alivio muy parecido a la sedación.
Ahora bien, digo lo anterior para que se entienda lo que viene. Vivo cerca, a quince o veinte metros, de un negocio con una alarma ultrasensible. Supongo que en las madrugadas se activa hasta con el paso de las cucarachas que de inmediato echan a andar el monótono concierto. No digo que eso ocurra a diario, pero sí una o dos veces a la semana, casi siempre entre las cuatro y las seis de la mañana. No sé si los otros vecinos ya se acostumbraron o tienen el sueño muy pesado o se arrullan con esa corneta de tren, pues en efecto es un estrépito que suele durar entre veinte minutos y media hora. Ignoro también si alguien la apaga o se apaga sola. Da lo mismo, pues en los hechos ya me ha quebrado el sueño durante meses y meses, tanto o más que el reloj despertador de siempre y, en otros tiempos, las asquerosas llamadas de los bancos.
Sé que las alarmas en casas, negocios y vehículos no son hoy innecesarias. No lo son, pero a mi juicio reflejan la miserable condición a la que hemos rebajado la vida en sociedad. Todo está vigilado, todo tiene púas, en todos lados hay cámaras, a todos lados nos sigue el GPS del celular y, aunque nos hagamos patos, todo lo que escribimos y leemos gracias a internet, incluido el abundante menú de pornografía que consumimos a la carta, tiene algún tipo de orwelliano seguimiento. ¿Cómo es posible conseguir en estos tiempos una absoluta privacidad? Es casi imposible a menos que no tengamos celular y vivamos en una aldea a la que no llegue ninguna señal de nada. Porque si no tenemos celular pero vivimos en la ciudad y la deambulamos a diario, en cualquier rincón va quedando registro de nuestros pasos, de nuestro rostro, de las puertas que abrimos y de los trámites que hacemos.
Para mí, lo bueno de todo esto es que llegó cuando ya voy de salida, pues no me gustan ni las alarmas ni las cámaras de seguridad, dos de las herramientas más monstruosas creadas por el ser humano para disuadir y vigilar al ser humano.

miércoles, diciembre 11, 2019

El mago de las fechas



















El bus de la excursión estaba a punto de partir. El guía nos había dado dos horas para recorrer el centro de aquella pequeña ciudad turística. Durante unos minutos erré con una pareja alemana de recién casados. Ella hablaba un español mocho, pero entendible. Poco después me desesperé, y supongo que ellos también se desesperaron de caminar a mi lado en plan de compartirnos frases huecas, así que optamos por tomar rumbos distintos. Era casi el final del viaje, y localicé pronto el mercadito de las artesanías para llevar a casa lo de siempre, llaveros, bisutería, ceniceros y todas esas baratijas que sirven para alegrar un minuto a los familiares y amigos más cercanos. Eché un vistazo al reloj y vi con gusto que quedaba media hora para escoger los ineludibles souvenirs. No sin algún tibio regateo, escogí las chácharas. Volví a ver el reloj: diez minutos para que saliera mi bus. Calculé que estaba a tres cuadras del estacionamiento, es decir, a tres minutos de caminata a paso veloz. Entonces vi el pequeño tumulto en una esquina. Un hombre hablaba con voz bien timbrada y elocuencia casi magisterial. Usaba un saco azul oscuro y muy cuadrado de los hombros, y una corbata roja y sebosa. Mostraba en su mano derecha unos sobres que describía como “el método”. Yo no entendía de qué se trataba eso, pero me detuve porque el público lo miraba y lo escuchaba sin parpadear. El tipo explicó.
—… el método es infalible, y les aseguro que dejará boquiabiertos a sus amigos. Luego de que lean las instrucciones contenidas en este sobre, ustedes no ignorarán una sola fecha de nacimiento y muerte de los personajes más famosos de la historia del arte, la política, la ciencia y el deporte. Este método les asegura la admiración de quienes los escuchen, y para demostrarlo me expongo ante ustedes a cualquier inquisición. Díganme el nombre de algún personaje relevante y de inmediato diré el año de su nacimiento y el año de su muerte…
No puedo negar que quedé atrapado por esa explicación. El tiempo corría, el bus iba a salir y yo deseaba ver el resultado de la prueba. Para apurar el examen, fui el primero en proponer un nombre famoso.
—Martin Luther King —grité, seco.
—1929-1968 —respondió de inmediato el merolico.
Hubo un breve silencio. Luego, del pequeño tumulto salió una voz de mujer.
—Sor Juana Inés de la Cruz.
—1651-1695.
Esa segunda respuesta detonó una andanada de nombres y de más respuestas expresadas sin átomo de titubeo, serenas, como enunciadas por quien atraviesa una especie de trance.
—Galileo.
—1564-1642.
—Simón Bolívar.
—1783-1830.
—Charles Chaplin.
—1889-1977.
—Juana de Arco.
—1412-1431.
—Cicerón.
106 a.C.-43 a.C.
—Marx.
—1818-1883.
Las respuestas eran seguras e inmediatas, tanto que se hizo un silencio cuando de momento, sorprendido por la escena, el público ya no halló más nombres. Pensé en alguien menos visible, pero importante en la historia por alguna hazaña, y grité su nombre.
—Edmund Hillary.
—1919-2008.
No pude creerlo. Concluí que ese pobre merolico, un Wikipedia de carne y hueso, tenía muy buena memoria, y él, sin saber lo que pasaba por mi mente, me contradijo.
—Ustedes están pensando que esto es sólo buena memoria. Se equivocan. Mi método —aquí levantó de nuevo los sobres— es sencillo, ustedes sólo deben aprender algunas reglas elementales y hacer dos simples operaciones aritméticas. Les doy un avance: piensen primero en el siglo XVI. Ese será, digamos, nuestro punto de partida hacia el pasado y el presente…
Vi mi reloj, me había pasado diez minutos de la hora convenida para llegar al bus, y, sin más, corrí. El apuro me hizo olvidar por un momento al mago de las fechas, pero en todo el trayecto de regreso a mi país no dejé de pensar en su voz, en su memoria y en la posibilidad de que los sobres guardaran, en efecto, “un método”.
Pasado un tiempo, y para no frustrarme, opté por pensar que lo soñé. Es lo más fácil: olvidar esas vivencias, obligarnos a creer que fueron pesadillas.

lunes, diciembre 09, 2019

Vicente Francisco Torres sobre Morgan
























Vicente Francisco Torres, acaso uno de los principales críticos mexicanos de literatura policial, publicó en 2019 un ensayo que acabo de recibir y de leer. Su título es “El relato criminal mexicano en antologías” (Dura, revista de literatura criminal hispana), y al referirse a uno de mis cuentos publicado en Latinoir (NitroPress-UANL, 2018), señala, para mi asombro, que “es todo un acierto que muestra a un narrador que tiene garra de autor policial”. Cierto que me gusta, pero nunca me he sentido particularmente inclinado a trabajar este género de historias. Pasó que escribí Leyenda Morgan aguijado por mi curiosidad, pero jamás quise, ni quiero, aunque en el futuro reincida en esto, ser narrador del inframundo criminal. Me sorprende y agradezco pues que el maestro Torres haya considerado mis cuentos en su largo periplo crítico por la narrativa policial de nuestro país. Pasados quince años después de escritas, esas historias han encontrado a otro crítico de la talla de Federico Campbell, quien también les vio algo bueno.
Maestro de la Universidad Autónoma Metropolitana, Vicente Francisco Torres escribió lo siguiente:

… El cuento con que aquí participa me hizo ir a mi librero en donde estaba Leyenda Morgan. Cinco casos de sensacional policiaco (2009), que incluso tenía yo en una segunda edición de 2011 en donde ya había un cuento menos. Me sumergí con entusiasmo en el libro y encontré a un detective parecido a Filiberto García, el protagonista de El complot mongol. El teniente Morgan tiene un habla coloquial y desenfadada. Por momentos, como Filiberto García, pisa el dintel de los criminales. Si bien estos cuentos se apegan a las disquisiciones del relato de enigma, su lenguaje, sus escenarios, sus personajes, su visión del mundo y sus mismos temas los ubican en el género negro porque su detective no restaura un orden burgués, sino muestra el mundo, lo patea y se marcha en busca de las curvas de una mujer, la penumbra de un bar o el refugio de una rockola en donde siempre suenan Los Cadetes de Linares.
En estos días en que se hermana la narrativa negra con la historieta, es notable que en Leyenda Morgan aparezca no una adaptación de la narrativa, sino lo que dicen las imágenes de Rubén Escalante Alonso puede leerse como parte del relato.
Primitivo Machuca Morales, a disgusto con su nombre, adoptó el alias de Morgan que le dieron en su adolescencia por el parecido que tenía con el beisbolista Joe Morgan. Abandonó los estudios y entró en la policía de Torreón. Un día alguien le dijo Teniente Morgan y desde entonces se le conoce así. Es un hombre brutal, homofóbico, misógino y que resuelve su vida sexual en los lupanares de Torreón. Tiene un antiguo Impala con el motor arreglado para devorar kilómetros, come tacos de suadero y saborea el chamorro de botana. Fuma cigarros Raleigh, usa botas texanas, gusta de las películas de Mario Almada, bebe cerveza Indio y lee novelas ilustradas de las que venden en los puestos de periódico, llenas de erotismo, violencia y romance. Sabe que los policías que trabajan con él son corruptos y ladrones pero la moral suya no es intachable. Siempre que resuelve un caso se queda con el botín o extorsiona a los delincuentes antes de dejarlos ir. Esta es su visión de la vida: “El mundo estaba descompuesto, irremediablemente descompuesto y él no había nacido para enderezar los miles y miles de torcidos destinos que habitaban sobre la cáscara del globo. Que se pudriera todo, que se pudriera más y más al cabo ya estaba podrido y nada se podría salvar”.
Los escenarios de sus cuentos son adecuados (callejones, menudearías, bares, table dances, chiqueros) y, junto con la caracterización de Morgan que va creciendo historia tras historia hace que los relatos de este volumen formen un todo unitario.
Aunque sus escenarios, lenguaje y tema son brutales, al estilo de la narrativa negra, Muñoz Vargas tiene recursos típicos del relato de enigma. Si en el cuento ajedrecístico un asesino sale del cine para cometer su crimen y regresa mientras dura todavía la película para tener coartada, en “A sangre y lodo”, que transcurre en su parte central en una porqueriza, el matancero sale del billar cuando todos están embebidos en una apuesta. Va, mata y regresa. Nadie se dio cuenta porque estaban hipnotizados por el juego. En la última página de este libro notable hay unas líneas reveladoras de la conciencia que tiene el autor sobre su trabajo:

Escribí los cinco cuentos de Leyenda Morgan entre agosto y diciembre de 2004; ignoro si es prudente señalar que de aquellos meses a la fecha se ha deteriorado notablemente el estado de la seguridad pública en La Laguna y, acaso, en la mayor parte del país. Expertos y diletantes coinciden en afirmar que el principal motor de la violencia sin orillas es la impunidad. Más allá de lo literario, este libro quiso resaltar a escala y con algo de sorna aquel virus de nuestra cultura que fue más o menos manejable hasta hace poco. La desgracia, sin embargo, se ha fugado a estadios de sicosis en algunas regiones del país, de ahí que el relato policial sea apenas una caricatura de lo que nos acontece y quién sabe a dónde vaya a derivar.

Esto significa que el teniente Morgan, con los recursos que ha trabajado, ya no tendrá lugar en el mundo de violencia sin cuento que Muñoz Vargas ha visto nacer.

sábado, diciembre 07, 2019

Sueños de youtuber













Y recordé el maravilloso nombre que José de la Colina —recién fallecido— le dio a su columna de Milenio Diario: “Los inmortales del momento”. Porque eso son, inmortales del momento, los youtúberes que desde hace algunos años provocan tumultos en las ferias del libro y otros espacios adecuados para exaltar famas forjadas a partir de productos con contenidos que equivalen a la Absoluta Nada.
En el caso de los libros “escritos” por los youtúberes se trata, obvio, de chácharas cuyo mercado le será menos fiel que Pedro Ferriz a su señora esposa. Con esto no quiero decir que sea fácil ser youtuber. Al contrario: dado el éxito que han alcanzado es cada vez más difícil abrirse cancha en esa nadería. Niños o adolescentes que antes no sabían qué querían ser en la vida, ahora definen su vocación a los doce años y de un día para otro comienzan el empinado ascenso a la montaña que, si son persistentes en su vacuidad, los encaramará en el pináculo de la gloria. Muy pocos llegarán, ciertamente, pero los que venturosamente logren acumular miles y miles de visitas en YouTube serán suficientes para convertirse en ejemplo que otros chiques seguirán para buscar lo mismo: el escurridizo y efímero abrazo de la popularidad.
No necesité una encuesta para tantear el agua a los camotes de lo que significa el punch de los youtúberes. Fue suficiente una vivencia que aquí cuento. En la FIL de Guadalajara tomé asiento para respirar en medio de los amontonamientos mayoritariamente juveniles. En eso quedó libre un espacio a mi derecha y lo ocupó una señora con sus dos hijos casi prepubertos, quienes rápido comenzaron a hojear sus novedades editoriales. Traían cinco (¡cinco!) libros nuevos, todos de youtúberes. Comencé entonces una charla con la señito: “Un dineral, seguramente”, dije con tono de quien comprende los pliegues de la abnegación materna. “Sí, como 1500 nomás en estos libros. Les encantan los youtúber y yo les compro esto con tal de que lean algo”. Pude ver que uno de los libros era de una tal Polinesia y otro de Luisito Comunica, personaje de quien por cierto una vez vi un fragmento de video.
Pensé (no pude no pensar) en el destino de la humanidad en relación con las innumerables estratagemas que urde el comercio para “monetizar” (usan mucho este raro verbo) cualquier sabandija siempre y cuando tenga fama.
Ayer fue el Werevertumorro, hoy es Luisito Comunica y mañana será algún otro inmortalazo del momento. El asunto es poner a prueba la abnegación de miles y miles de madres esforzadas y acaso dispuestas a sacrificar parte del chivo en la credulidad de sus retoños.

miércoles, diciembre 04, 2019

En modo cool




















Mario Ernesto O’Donnell es un médico, escritor e historiador argentino mejor conocido como Pacho, Pacho O’Donnell. Nació en Buenos Aires hacia 1941, y cada vez que encuentro algo escrito o dicho por él no puedo no reconocer la agudeza de su ojo, la puntería de su mirada crítica. Hace poco, por ejemplo, me asomé a una entrevista y ante la pregunta “¿Qué es ser viejo?”, O’Donnel respondió lo que sigue: “Ser viejo indudablemente, en una sociedad de consumo como la que vivimos, es ser un objeto de descarte porque realmente los viejos consumimos muy poco o nada. Usted habrá visto en la televisión que no hay avisos dirigidos a los viejos. Los avisos están dirigidos a los jóvenes o a los adultos (…) El viejo además tiene una crisis porque antes se suponía que era sabio, el conocimiento era acumulativo, es decir, mientras más viejo eras, más sabías porque habías acumulado más conocimiento, más experiencia. Ahora un chico de doce años sabe más que yo de cosas que la sociedad privilegia; yo no sé manejar los hashtags y el internet como lo maneja un chico de doce años. El viejo ha perdido el rol social que se le adjudicaba. El viejo sigue siendo indudablemente un foco de sabiduría, justamente por la experiencia, pero es algo que en este momento no se valoriza”.
No soy viejo todavía, o creo que no lo soy aunque ya ando en vías de serlo “a la mayor brevedad posible”, para decirlo burocráticamente, pero en efecto he notado que desde hace algunos años ser viejo es ser invisible, es desaparecer antes de que la muerte haga su rutinario jale. O’Donnell comenta que en la tele no hay comerciales para viejos, y yo ampliaría que —salvo los hospitales, las empresas dedicadas a las pompas fúnebres y sus adláteres vendedoras de cómodos, bastones y andaderas— nada hay que les dé entidad, que los visibilice.
Del terror al deterioro físico inoculado por la publicidad se deriva precisamente el fenómeno de la chavorruquez. Quiero recordar a los viejos de mi juventud, a quienes tenían sesenta o poco más cuando yo rasguñaba los treinta, y en mi memoria aparecen señores con ropa demodé, peinados con estilacho de antes y decorados con lentes feos y de gran aumento. Hoy, al contrario, como dicen que los cincuenta o sesenta son los nuevos cuarenta, y en casos extremos (no ajenos a la cirugía) hasta los treinta, lo ruco no necesariamente sofoca lo cool. Ahí está la clave: hay que andar en modo cool aunque el pellejo declare lo contrario.

sábado, noviembre 30, 2019

Memoria de la lectura
























Las memorias suelen referirse a la vida completa de quien recuerda y escribe, pero también a cierto periodo o a determinado tema. En Los libros y la calle (Ampersand, Buenos Aires, 2019,168 pp.) Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) ha construido una memoria específica: la de sus lecturas. Con un estilo sobrio y elegante, este prolífico escritor, guionista y cineasta argentino condensó su larga experiencia como adicto del libro, casi como deberían hacerlo todo los artistas para ayudar a la develación de los secretos agazapados en sus obras.
Gracias a estas páginas de Cozarinsky podemos acceder no a los caprichos bibliográficos de Cozarinsky, sino a su alma, a su sensibilidad creadora, pues, quiérase o no, siempre hay una relación estrecha entre lo que se lee y lo que después se escribe (y en su caso también se filma). ¿Y quién es el escritor/cineasta que podemos ver tras los libros y los autores que desfilan en esta memoria? Para empezar, un curioso, un buscador incesante de obras que al final terminan configurando una suma de títulos en la que no es extraña la presencia de cierto caos, el caos en el que incurren los lectores hedónicos y voraces. Al final del libro, como previendo que el lector se lo agradecerá, aparece la lista de los títulos y los autores sobrevolados en la memoria, cerca de 200. Esta es apenas, suponemos, una mínima parte de otros cientos leídos y tenidos, pues, como él mismo lo observa, “Me sentiría exiliado si no viviera entre paredes cubiertas de libros”.
La memoria libresca no se desentiende de la otra, la vital, pues no es posible leer al margen de la vida y sus habituales circunstancias como el amor, la amistad, el trabajo, los viajes y demás. Así, Cozarinzky traza sus impresiones de lector sobre el lienzo de sus diferentes edades. Si habla, por ejemplo, de sus lecturas de Stevenson o Balzac, establece un puente entre la memoria de aquellas páginas y el mundo que lo rodeaba cuando las leyó, los parientes o amigos que lo orientaron, los lugares donde leyó y las páginas escritas con algún vago o marcado influjo.
Cozarinsky se refiere en la mayor parte de los casos a libros literarios, no tanto de otra índole. Dice: “No me envanece ni me humilla pertenecer a una especie menguante, si no ya extinta: la de aquellos para quienes la literatura, no el psicoanálisis ni la sociología ni alguna de las muchas ramas de la fronda teórica, explican la vida”. Coincido con él. Para muchos, leer literatura es más que suficiente.

miércoles, noviembre 27, 2019

Patología de la miseria




















El libro Patología de la pobreza (El Colegio Nacional, México, 2017, 57 pp.) es un documento breve y contundente sobre los estragos que la pobreza inflige al ser humano. En general es algo que inferimos: a mayor desventaja económica, mayor grado de cercanía de la enfermedad, es decir, de la muerte. Su autor, Ruy Pérez Tamayo (Tampico, 1924), es una eminencia en el ámbito de la medicina mexicana que en el caso de este libro ha resumido la estrecha relación entre la precariedad y el deterioro físico acelerado. Es, por ello, un material que nos alerta sobre la necesidad de avanzar en la mejoría de la calidad de vida como base de la salud/longevidad.
“Pobreza y enfermedad”, “La patología de la pobreza” y “Las enfermedades crónicas y la transición epidemiológica en México” son los tres ensayos que configuran el libro. Pérez Tamayo —quien fue fundador y director durante quince años la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina de la UNAM en el Hospital General de México, y durante diez años del Departamento de Patología del Instituto Nacional de la Nutrición— observa que en principio es necesario analizar “las consecuencias de la pobreza en los distintos aspectos de la vida humana que tienen relación con la enfermedad, como la ignorancia, la desnutrición, las malas condiciones higiénicas, la ausencia de planificación familiar, etc.”. Por ello, añade, “Para combatir con eficacia la patología de la pobreza lo que se necesita no es más ciencia médica o más hospitales, sino simplemente más riqueza”.
De los aportes del doctor Alejandro Celis (primero que planteó en México la relación entre pobreza y patología), Pérez Tamayo cita, entre otros, que en los setenta “los enfermos del Hospital General [donde trabajaba Celis] de la SSA estaban mucho más desnutridos y tenían lesiones más avanzadas, cuando fueron vistos por primera vez en esa institución, que los pacientes de la consulta privada”.
La crítica a nuestro sistema de salud debe pasar primero, concluimos, por modificar las condiciones que hacen posible no tanto la enfermedad, sino la miseria. “La salud es un derecho —señala el autor—, pero tal derecho se vuelve inoperante en la miseria. La buena nutrición no es posible cuando no hay ni qué comer, ni dinero (…), ni trabajo para ganar dinero, ni educación para aprender a trabajar…”.
Patología de la pobreza es, por todo, un librito que mueve a reflexión sobre el imperativo siempre acuciante de generar y distribuir mejor la riqueza.

sábado, noviembre 23, 2019

La Pereyra en 366 páginas















Entre las escuelas emblemáticas de La Laguna se encuentra, sin duda, la Carlos Pereyra, institución que cumplió 75 años de vida y para celebrarlo publicó un libro cuyo contenido recoge, con textos e imágenes, una gruesa parte de su historia. La investigación fue coordinada por la doctora Laura Orellana Trinidad, directora de Investigación Institucional en la Ibero Torreón.
El ejercicio de reconstrucción histórica abarca 366 páginas en formato oficio apaisado, y cubre desde el año pereyrano cero hasta 2018. No podía ser menor el tamaño de la obra si consideramos la complejidad del objeto estudiado. En una introducción, seis largos capítulos y una sección de reflexiones finales, el libro conmemorativo rinde detallado testimonio de los innumerables retos que la Pereyra ha encarado en sus más de siete décadas.
Para llegar a buen término, la investigación se basó en distintas fuentes, entre ellas, los anuarios, las publicaciones que editaron los estudiantes en diferentes periodos, las revistas institucionales, las cartas y documentos del archivo del colegio, las memorias de algunos egresados, las fuentes hemerográficas y (es muy importante destacar esto) las más de cuarenta entrevistas “individuales y grupales” a jesuitas, directivos, personal administrativo, profesores y egresados.
A grandes zancadas puede subrayarse que el primer capítulo describe el contexto social y económico de La Laguna en los albores de la Pereyra como escuela preparatoria; los siguientes dos apartados dan cuenta de los primeros avances para asentar su infraestructura, sus programas, su planta de maestros y su visión hispanista. El cuarto capítulo describe las características de la Ratio Studiorum, es decir, el modelo de educación eje de la enseñanza jesuita. En la quinta estancia se aborda el periodo de los setenta, ochenta y el fin de siglo, con las complejas implicaciones que tuvo esta larga etapa en el contexto religioso derivado del Concilio Vaticano II. El capítulo final examina los rasgos de la Pereyra frente la realidad más cercana: la de la educación en un mundo que ha cambiado radicalmente debido a las nuevas tecnologías.
Todos en La Laguna tenemos, cerca o lejos, y acaso sin saberlo, algo que ver con la Pereyra. Puede ser que un pariente o amigo hayan egresado de sus aulas, o que un cliente o proveedor hayan sido profesor, funcionario... En todos los casos es posible que haya un rasgo común: el orgullo de haber estado en la Pereyra durante algún periodo de sus 75 años.

miércoles, noviembre 20, 2019

Muñoz Valenzuela desde Chile













Cuento desde hace diez años con la amistad de Diego Muñoz Valenzuela, escritor chileno prolífico y reconocido. Entre muchas otras editoriales, lo ha publicado el FCE, y en estos días me ha enviado por mail varias reflexiones sobre lo que pasa en Chile. Su pedido es que, quienes podamos y queramos, le hagamos eco. Así sea pequeño, aquí está el mío en este palmo de papel:

16 de noviembre, 2019
“Grandes emociones y pensamientos imperfectos”, título de una magnífica novela de Rubem Fonseca, me da la clave para escribir mi crónica de hoy, cuando cuatro semanas después del estallido del 18 de octubre comienza una nueva fase. Las emociones han sido intensas: millones de personas manifestándose en la calle contra abusos de naturaleza muy diversas, carabineros vestidos para la guerra que declaró el irresponsable gobernante, brutal represión reflejada en muertes, torturas, violaciones, apaleos, pérdidas de ojos, militares en las calles. Podría seguir y seguir.
Partió con el reclamo por el alza de treinta pesos en el pasaje de metro pero nos dimos cuenta que la razón real era una abrumadora suma de abusos que partieron en 1973, siguieron con la imposición del experimento neoliberal en dictadura y la destrucción del estado, y la continuidad y profundización del mismo modelo en tiempos de la precaria democracia que logramos.
Este tiempo que parte ahora es el de la construcción de una nueva democracia, y no está siendo fácil, ni lo será. Se abren muchas posibilidades que requieren un tránsito hacia la madurez, donde aprendamos a convivir de otra manera diferente a la que nos han impuesto y enseñado. “El fin de la infancia”, título de la gran novela de Arthur Clarke me otorga la síntesis perfecta. Ya no tenemos derecho a comportarnos como niños. Nos ganamos ese deber en estas cuatro semanas. La lucha sustantiva comienza ahora y debe considerar ciertos pilares fundamentales: el conocimiento, la tolerancia, la inteligencia, la organización, la perseverancia. Sin ellos no podremos avanzar hacia los objetivos que —en clara conciencia, difusa o intuitivamente— queremos lograr.
Sin jerarquía ni orden, pues todos son fundamentales, entre en estos pilares.
El conocimiento. Hemos vivido décadas sometidos a diversos tipos de censura y adormecimiento. Primero fue la quema de libros, la censura expresa, la falta total de libertad de expresión, la represión brutal. Después la televisión, el consumismo irracional, el estrangulamiento económico de los medios de comunicación independientes (¿qué puedes decir ahora, Eugenio Tironi?), la concentración de los medios en consorcios económicos. En estos días hemos advertido el efecto nocivo de estos medios controlados por quienes controlan el poder económico. Por suerte tenemos las redes sociales. Pero necesitamos prepararnos y aprender mucho esta nueva fase, sobre todo si queremos que el pueblo gobierne. Somos el resultado de un modelo que no ha privilegiado la educación  y eso implica que tenemos un déficit. Yo propongo que volvamos a  leer, toda clase de libros, porque necesitamos más palabras y más pensamiento. Mal que mal, tenemos que redactar una nueva constitución y todos debemos contribuir, no solo los delegados constituyentes.
La tolerancia. Requerimos ponernos de acuerdo entre personas que piensan diferente, que tienen historias distintas: formación, aficiones, anhelos, saberes, creencias, habilidades singulares. Y tenemos que construir una gran mayoría. Es una oportunidad fantástica. Si no le vemos así, pienso que es un error. La infancia se caracteriza por la priorización del cumplimiento del deseo personal en forma inmediata. La madurez en la capacidad de comprender que hay millones de otros deseos (la famosa y compleja empatía, de la cual solemos carecer) y que debemos aceptar que no todos se pueden cumplir al mismo tiempo. Y que debemos priorizar los problemas más acuciantes. El gran desafío de la tolerancia: convertirla en un desafío personal, no en una mera carencia de los demás. Comprender al otro, asignarle un valor, no despreciarlo a priori. Cuestionarse a sí mismo. Convivir con el otro, posibilitar el encuentro de un acuerdo y construir mayorías, porque siempre habrá grupos que pretenden imponer lo suyo a troche y moche. Esto es la democracia.
Inteligencia, que es un producto que requiere dos ingredientes básicos: el conocimiento y la tolerancia. Para crear una sociedad nueva en la pizarra -y después para construirla, un desafío mucho mayor- necesitamos ideas antiguas y nuevas. No podemos despreciar ningún aporte, no podemos darnos ese lujo. Podemos desechar algunas en el camino, pero hay que demostrar a todas luces su inconveniente naturaleza maligna, impráctica, ociosa, lo que sea y esto requiere argumentos, conversaciones, capacidad de escucha y convicción. ¿Por qué no podemos convencer a un país si tenemos las mejores ideas? ¿O el único camino es la imposición, la lógica del apaleo o de la manipulación? Hoy vemos cómo se manifiesta la intolerancia: divisiones y subdivisiones en partidos y movimientos por quítame estas pajas. “Nosotros somos los puros, los únicos dueños de la razón”, la consigna de los esclarecidos. Cuidado con la estrechez, con el fanatismo, con las sectas, con la mera demonización del oponente sin argumentos sólidos. Por el país completo se advierten manifestaciones de este fenómeno.
La organización es imperativa: social, barrial, gremial, de género, pueblos originarios. También organización política, no nos equivoquemos en esto. Hemos llegado a detestar con razones a los políticos, porque son responsables del estado de cosas. Pero en la historia ha habido políticos grandes, generosos, trabajadores. Debemos crear nuevas formas de organización política, porque necesitamos sustituir a los políticos actuales, derrotarlos, desplazarlos.
Y perseverancia, claro está. Valientes hemos demostrado ser. Eso está en nuestro favor, pero creer que en cuatro semanas el país va a funcionar de otra manera radicalmente diferente, eso permítanme ciudadanas y ciudadanos eso es ingenuidad pura, puerilidad infantil, falta de madurez. Para deshacer una labor planificada, movida por poderosos intereses, ciertamente maligna, ejecutada a lo largo de muchas décadas, necesitaremos mucho tiempo (conocimiento, inteligencia, tolerancia, organización) para lograr resultados buenos, regulares y hasta magros. Pero lo lograremos, si somos perseverantes y cumplimos con estas cinco condiciones esenciales.
En esto pienso -de seguro imperfectamente- esta bella mañana, azul e inundada de sol, estremecido por las grandes emociones de un pueblo completo que ha vencido en esta primera batalla, donde cada uno de nosotros va ejerciendo su aprendizaje personal para aportar al conjunto de la sociedad la nueva fase que nos conducirá al fin de la infancia.
Mi única invitación en este momento tan especial: aquilatar el valor del truunfo alcanzado y pensar —de verdad, de manera profunda, comprometida— acerca de cómo cada cual aportará en estos cinco campos en los años venideros: organización, conocimiento, inteligencia, tolerancia, perseverancia. Si logramos esto, construiremos un Chile nuevo, solidario, libre y justo.

17 de noviembre, 2019
Mandatario zombi
Pensar que hace solo unos pocos días te imaginabas ovacionado en Naciones Unidas. Ahora tu sueño se ha evaporado entre gases tóxicos, proyectiles letales, nubes de humo y fogatas que te envuelven en llamas, como si ya hubieras ingresado a tu propio infierno. Tus esbirros te mantienen criogenizado, aislado en un cubo de vidrio impermeable, flotando en un líquido que te preserva de cualquier mal. Otros deciden tus palabras, tus momentos, las acciones de tu presunto gobierno. Te has convertido en un pelele, una marioneta inútil, un muñeco de trapo, el espectro de un estadista fracasado hasta los tuétanos. Todavía no percibes bien lo que ha ocurrido, ahora que el tiempo es tan gelatinoso y líquido como la realidad. Lees las palabras de otros, te retiras de vuelta al catafalco transparente para dormir ese miserable sueño donde todavía mantienes la esperanza fútil de ser lo que no eres, mandatario zombi.

18 de noviembre, 2019
“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos” (Antonio Gramsci).
Esta cita goza de plena actualidad, pues advierto la presencia de toda clase de monstruos, de múltiples demostraciones de intolerancia, que es un veneno letal para la democracia, que -pienso, elucubro o deliro (usted dirá)- es la quimera detrás de la cual vamos, si no absolutamente todos, la amplia mayoría.
Habrá algunos pocos que quieren otra cosa: seguidores de Pol Pot, Stalin, Franco, Hitler, Mussolini o Pinochet. A estas alturas debiéramos aprendido algo de la historia, basta informarse sobre el estado de cosas alcanzado mediante esa clase de liderazgos.
Un ejemplo al caso (uno de tantos): la funa a Beatriz Sánchez. ¿Quiénes son los puros y prístinos seres autorizados a denostarla, acusarla de traición, impedirle hablar? Cuidado con esa clase de ciudadanos talibanizados, porque ya veremos que muy pronto sacarán a relucir al acero de las guillotinas jacobinas y las aplicarán a todo aquel que no acate sus ideas con mansedumbre de borregos.
Creo pertinente aclarar que Beatriz Sánchez no me interpreta en lo absoluto: ni su trayectoria política, ni sus estrategias, ni su accionar periodístico, ni su modo de hablar, nada. No pretendo ofender a Beatriz, es un mero ejemplo. Pero no tengo dudas en declarar que ella es una demócrata valiosa, un ser humano digno de nuestro mayor respeto.
Quiero que construyamos un país donde todos puedan expresar sus ideas, sin temor a amenazas, crímenes, agresiones, represión, ni funas, ni descalificaciones. Podría poner muchos otros ejemplos de personas que han sido atacadas por sus posiciones en estos días.
Anoche los nazis criollos salieron a escribir terribles amenazas en contra de los extranjeros, los pueblos originarios, las mujeres. ¡Qué horror que exista esa clase de seres! Lo mismo que los agentes represivos que matan, golpean, torturan, sacan ojos.
En esencia, lo que quiero decir es que, por fortuna, no pensamos igual. No tenemos que pensar igual. Es un horror que pensáramos todos igual, una pesadilla espantosa, irresistible. Si alguien anhela esto, significa que tiene un problema muy severo. Si usted piensa así, parta por leer 1984 de Orwell, El mundo feliz de Huxley. Leer sirve para curarse de la ignorancia, del absolutismo, de la idiotez. Por eso los nazis quemaban libros primero, luego a personas, igual que en la época de la Inquisición, en nombre de la Santa Iglesia.
Yo no quiero un mundo uniforme, gris, uniformado, genuflexo. Quiero un mundo protagonizado por seres libres, cultos, fraternos, propositivos, solidarios, activos. Conocí como demasiados otros compatriotas el horror de una patria sometida a un solo credo, aplastada por la represión inmisericorde, sometida a la censura.
Vamos a ganar, debemos ganar, tenemos el deber de ganar, con las mejores ideas y los principios más altos, con la máxima tolerancia. Y para vencer necesitamos a cada uno de los chilenos que desea y merece un mejor país, no esta pesadilla, ni ninguna otra pesadilla vil de opresión dictatorial. Esta lucha la vamos a ganar a condición de marchar todos juntos, unidos, solidarios, libres, tolerantes.
A un mes del despertar de Chile, les ruego a mis compatriotas, con fervor y con humildad, que erijamos la tolerancia como un baluarte sagrado e imprescindible.


sábado, noviembre 16, 2019

Una mirada a tres miradas










No son fotos en acción sino de estudio. Más que en la foto espontánea o la foto en pose pero al aire libre (en grupo y con testigos), la foto preparada en un espacio cerrado y luz vigilada deja ver detalles reveladores de la personalidad. Bien decodificadas, es verdad, todas las fotos conllevan alguna jiribilla, pero quiero imaginar que en las placas captadas dentro del estudio fotográfico los personajes elegían, por así decirlo, “su rostro”. Hasta donde es posible imaginar y si el fotógrafo sabía relajar al modelo, en tal situación no había tantas prisas ni presiones, los músculos de la cara se relajaban y uno puede suponer que el sujeto pensaba específicamente en el hecho de que estaba siendo retratado, y ponía de su parte. El gesto, así, se identifica con la personalidad, parece más íntimo.

Más allá de la trampa puesta en “leer” y “descubrir” índoles a toro pasado, cuando ya sabemos cómo fue tal o cual personaje captado en un acercamiento fotográfico, creo que es posible distinguir, así sea borrosamente, el natural de un sujeto a partir de la expresión retenida por la placa sensible en un estudio. Veamos los casos de tres revolucionarios emblemáticos (click a la imagen para verla de mejor tamaño) ahora que viene otro aniversario del movimiento armado.

Zapata es misterioso, receloso, enigmático. Es el menos extrovertido de los tres, sin duda. De hecho, el morelense es sólo mirada. Sus ojos son casi la totalidad de su ser. En ellos brilla la convicción, el arrojo, pero también la desconfianza y, acaso, el resentimiento. Se nota que no está del todo cómodo, que lo desasosiega la ocasión, y responde con un aire de desafío. También, que no juega, que para él la cosa siempre va en serio, que no permite dobleces.

En la mirada de Villa hay algo felino y al mismo tiempo infantil. La leve sonrisa le da un aire de tipo sobrado, seguro, firme y despojado de temor. La cara ancha es la de un tipo que irradia vitalidad, y las patas de gallo, pese a la lozanía de su piel, permiten sospechar que ha reído mucho, que es de talante alegre y juguetón, como niño que a la primera oportunidad ya está inventando algo para divertirse, pero que también es dominante en sus prácticas.

Madero tiene firmeza en la mirada, serenidad en el gesto, buen porte en la posición del cuerpo, aunque un poco erguido de más, como pasa con muchos chaparros. Hay en el fondo de sus ojos, también, un poderoso brillo de convicción y confianza, y creo que nos parecería inverosímil esperar de este hombre algo distinto a la generosidad y la inteligencia.

Luego de esta aproximación, ya pueden ustedes recordarme el famoso dictum de la imagen que vale más que mil palabras. Bueno, es cierto, no le hice caso: me las hubiera ahorrado. Estas fotos comunican por sí solas.

miércoles, noviembre 13, 2019

El reino de este libro




















En la pasada Feria del Libro Región Laguna un joven preguntó a Saúl Rosales sobre los tres libros que se llevaría a una isla etcétera. Es una pregunta común, lo sabemos, y Saúl la respondió de acuerdo a sus gustos. Tras pensar en los míos, creo que uno de los que treparía a la maleta es El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Lo elegiría porque fue un libro determinante en mi noción de lo literario. Hacia 1983 u 84, esta novela de Carpentier tuvo en mí un efecto alucinante. Por un lado, me desafió como lector: por primera vez me enfrenté a un estilo pleno de barroquismo, a una escritura que me comprometió a percibir que la literatura no sólo estaba hecha de palabras, sino de ritmos, de secreta musicalidad. Por otro, vi en aquella obra que la literatura podía ser, además de arte, una manera de contar la convulsa realidad en la que vivimos. Fue una lección, y jamás la olvidé.
Unos años después de la primera lectura, di de casualidad (¿de qué otra manera podía ser?) con la primera edición publicada en México por Ediapsa. Su colofón indica que salió de la imprenta el 24 de mayo de 1949, así que este año cumplió setenta. Su valor es sobre todo literario, claro, pero tiene otro: la idea de que la realidad de América Latina se apega a lo que Carpentier denominó lo “real maravilloso”. El cubano detectó esto en Haití, “A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”. Para demostrar lo que describe en su prólogo, Carpentier recorre un fragmento de la historia haitiana. Allí podemos observar, como en cualquier otro fragmento de la historia latinoamericana, lo desmesurado (maravilloso) de nuestra realidad tanto geográfica como humana. Casi en la parte final del relato, el narrador omnisciente borda un hermoso pasaje que luego, recordado sea de paso, serviría de epígrafe a mi primer libro: “Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo”. Invito a leer este portento.