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miércoles, noviembre 13, 2019

El reino de este libro




















En la pasada Feria del Libro Región Laguna un joven preguntó a Saúl Rosales sobre los tres libros que se llevaría a una isla etcétera. Es una pregunta común, lo sabemos, y Saúl la respondió de acuerdo a sus gustos. Tras pensar en los míos, creo que uno de los que treparía a la maleta es El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Lo elegiría porque fue un libro determinante en mi noción de lo literario. Hacia 1983 u 84, esta novela de Carpentier tuvo en mí un efecto alucinante. Por un lado, me desafió como lector: por primera vez me enfrenté a un estilo pleno de barroquismo, a una escritura que me comprometió a percibir que la literatura no sólo estaba hecha de palabras, sino de ritmos, de secreta musicalidad. Por otro, vi en aquella obra que la literatura podía ser, además de arte, una manera de contar la convulsa realidad en la que vivimos. Fue una lección, y jamás la olvidé.
Unos años después de la primera lectura, di de casualidad (¿de qué otra manera podía ser?) con la primera edición publicada en México por Ediapsa. Su colofón indica que salió de la imprenta el 24 de mayo de 1949, así que este año cumplió setenta. Su valor es sobre todo literario, claro, pero tiene otro: la idea de que la realidad de América Latina se apega a lo que Carpentier denominó lo “real maravilloso”. El cubano detectó esto en Haití, “A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”. Para demostrar lo que describe en su prólogo, Carpentier recorre un fragmento de la historia haitiana. Allí podemos observar, como en cualquier otro fragmento de la historia latinoamericana, lo desmesurado (maravilloso) de nuestra realidad tanto geográfica como humana. Casi en la parte final del relato, el narrador omnisciente borda un hermoso pasaje que luego, recordado sea de paso, serviría de epígrafe a mi primer libro: “Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo”. Invito a leer este portento.

miércoles, febrero 03, 2010

El Chunko Maclovio



“Chunko el chusco”. Ese fue el título que quise usar para esta entrega, pero preferí apelar al recuerdo y jugar con una referencia cinematográfica adquirida en mi infancia: la película El Tunco Maclovio (1969), estelarizada por un Julio Alemán jovenazo que compartía créditos con Mario Almada y una princesa bellísima llamada Bárbara Angely. El juego de palabras estaba, pues, dibujado: chunko-tunco. Pero no nomás por eso me vino a la mente el tal Maclovio cuando supe que Ariel Chunko Gómez León, diputado federal chiapaneco por el PRD, se había pasado de claridosito en un programa de radio donde no sólo dictó cátedra en materia de racismo, sino también de ignorancia. Como el Tunco de Alemán, el legislador (¿legislador? ¿qué puede legislar este legislador?) es un pistolero famoso, un sujeto que saca el revólver a lo bruto para matar al primero que se le ponga en el camino.
El audio no deja mentir ni exagerar. Es un catálogo de tonterías que exhibe el nivelazo discursivo de un diputado/comunicador a la mexicana. La pregunta que de inmediato surge tras escuchar al Chunko es la más elemental de todas: ¿cómo puede ser diputado y comunicador alguien que habla así? La respuesta podría ser igual de simple: porque estamos en México, país que suele premiar a vándalos que jamás han pasado por un libro pero sí por un entrenamiento arduo en los andurriales de la picaresca política. Insisto que no miento ni exagero: el ya famoso Chunko usa una retórica tan chafa que al hablar comete incluso faltas de ortografía. El contenido deja ver a un tipo prejuicioso y racista tanto como la forma revela un trato de la palabra casi casi gutural. Es el típico sabelotodo según esto caimebién, muy chispeante y argumentador, pero hueco y torpe como tantos y tantos conductores de televisión y radio aptos para botanear al aire e ineptos para moverse en las áreas de la crítica sensatamente apuntalada. Su lenguasuelta en algo se asemeja a la de Esteban Arce, otro francotirador estrábico que hace poco lanzó prejuicios sin ton ni son, pero muy seguro de sí mismo y hasta imperativo.
¿Ejemplos? Basta escuchar con atención para salir de dudas y lamentar que en México destaquen esos representantes del pueblo. Lo primero que escupe el susodicho Chunko es un neologismo tonto y cacofónico similar al “sospechosismo” de Santiago Creel. Al referirse al comportamiento de las masas desesperadas de Haití mientras recibían ayuda humanitaria, el Chunko expresó que en los videos notó caras de “abusivez”. ¿De qué extraño diccionario de neologismos jala de las greñas esa palabra sufijada asnalmente? Es inaceptable que sujetos con esa insensibilidad para el manejo de la palabra usen un micrófono y quieran dar línea, además de que, por si fuera poco, tienen un cargo de elección popular que en teoría toma en cuenta las capacidades intelectuales del personaje.
Entre chascarrillos, palabrotas según él muy naturales e hipótesis de cantina, el Chunko prosiguió su perorata mequetrefe. Para evitar la “abusivez” de los haitianos al momento de pedir ayuda, era pertinente, señaló, marcarlos con tinta indeleble blanca. El colmo. Y parece que no, pero esto tiene relación con todo lo que está pasando en México, incluido lo que ya sabemos: debido a políticos como el Chunko —además, claro, de muchas otras mugres— el país está como está: en agonía.

domingo, enero 24, 2010

Más sobre Haití



La columna de Renata Chapa publicada hoy en El Diario de Chihuahua:

Imaginario colectivo
Príncipes del puerto

Renata Chapa

De todas las imágenes que han dado cuenta de la tragedia de Haití, es una la que, en lo particular, sacude la entraña a siete grados Richter. Se trata del operativo de auxilio nocturno realizado por bomberos de Nueva York para rescatar a dos niños atrapados entre las ruinas de Puerto Príncipe. El fragmento del video muestra el momento en el que, por fin, los rescatistas extraen a uno de dos pequeños del fondo de los escombros. El niño, al salir, desafiando todo pronóstico fatal, eleva los brazos en señal de victoria y sonríe de manera espectacular. Los bomberos lo entregan de inmediato a quien se puede suponer es su padre. Cuando ambos se abrazan, el nene aún se ocupa de saludar entusiasmado, enterísimo, a quienes han visto el rescate y le han aplaudido desde el primer instante en que vio la luz de los reflectores (www.youtube.com/watch?v=-AslGgDFgg0). Fueron ocho los días que el menor vivió en la penumbra, sin alimentos, sin más comunicación que la que pudo establecer con otra niña ahí también atrapada. La actitud del chico, al salir, desgarra e inspira. Nos recuerda esa ingenuidad que vuelve tan frágil a la infancia pero que, a la vez, los convierte en héroe. Nos pone de frente con su natural ánimo alegre en medio de la mezquina ambición material, la injusta marginación extrema y demás desgracias. Pese a todo, los niños haitianos intentan abrirse paso con el arrojo de un gigante. Con una valentía de príncipes que defienden el puerto que consideran suyo. Algunos, como el de la imagen aquí descrita, lo logran. Otros, tarde o temprano, claudicarán.
Desde siglos atrás, los niños de Haití vienen demostrando esa pasta suave y dura que los define. De ello han dado testimonio numerosas fuentes, pero, como fue mencionado en este mismo espacio, pareciera que el dolor de Haití, antes del 12 de enero de 2010, era inexistente o una causa tan perdida como el dolor de nuestros propios niños mexicanos también sumidos en la pobreza y en el olvido. Selecciono un par de referentes sólo como penosa muestra de los azotes que ya padecían los menores haitianos antes del terremoto.
El periódico El País, hace cuatro años, denunciaba que 250 mil niños haitianos sufrían una “nueva esclavitud”: “Haití fue el primer país en romper las cadenas de la esclavitud hace más de dos siglos, pero en la actualidad unos 250 mil menores viven en condiciones de explotación al servicio de familias sin escrúpulos. Los nuevos ‘esclavos’ de la nación más pobre del hemisferio occidental son chicos y chicas entre 7 y 14 años que dejaron el medio rural pobre para terminar como sirvientes en las ciudades haitianas, subyugados en las plantaciones de caña de azúcar o en las redes de prostitución de la vecina República Dominicana. Las redes de tráfico de menores operan impunemente en Haití con el 50% de la población menor de 18 años, una esperanza de vida que no supera los 52 años, un índice de escolarización del 54% y más de la mitad de los haitianos sin saber leer ni escribir. Las calles están pobladas de niños sin futuro. Los menos dóciles escaparon de sus nuevos progenitores y se integraron en pandillas. Algunos van a parar a las bandas de ‘chimères’ en los arrabales de Puerto Príncipe, donde es frecuente ver chavales de apenas 10 años armados. Jean Robert Cadet opina que, a pesar de la abolición del régimen esclavista, la primera república negra del mundo sólo cambió de amo, al reproducir el mismo sistema. Cadet es un ejemplo de lo que en Haití se conoce como los ‘restavec’, término créole que proviene del francés ‘reste avec’ y que puede traducirse como ‘quédate con’ A los cuatro años su madre, negra, falleció y su padre, blanco, se negó a reconocerlo y lo entregó a una antigua maestra. Pasó toda la infancia trabajando de criado y se convirtió en un ‘restavec’ más. (…) Estos niños desarraigados se convierten rápidamente en pequeños esclavos, explica Alphonse Deo Nkunzimana, director del programa de lucha contra el tráfico de menores de la Pan American Development Foundation (PADF). ‘Trabajan por encima de sus posibilidades, no reciben remuneración alguna, son víctimas de abusos sexuales y de todo tipo. Son obligados a limpiar la casa, cocinar, cargar agua y buscar leña’. (…) ‘Hay padres que rehúsan aceptar a su hijo de vuelta’ comenta Marline Mondesir, directora del Centre d'Action pour le Développement (CAD), que acoge a niños esclavizados que fueron rescatados. ‘Tuvimos una niña de 16 años. Localizamos a su madre verdadera que nos dijo que no la podía aceptar porque tenía otros seis hijos. No tenía cómo alimentarla’. (…) Las redes de tráfico de menores que van a parar a República Dominicana cuentan con la complicidad de la policía en la frontera, que facilita el paso ilegal por cuatro puntos. (…) Alrededor de 3,000 niños cruzan anualmente la frontera entre Haití y República Dominicana en el Noreste, según cifras de UNICEF. El Ministerio dominicano de Trabajo estima que entre 25, 000 y 30, 000 niños haitianos trabajan en el sector agrícola” (Francesc, Relea, http://www.elpais.com/, 12/02/2006).
Las desafortunadas condiciones de los pequeños ‘restavek’ se suma a la de otros menores descrita por el Centro de Información sobre Desastres: los huérfanos y niños de la calle entre 5 a 17 años que, tan sólo en Puerto Príncipe, en 2006, llegaron a ser 7 mil 833: “A menudo son maltratados por la policía que los considera delincuentes, y son propensos a sufrir enfermedades y problemas estomacales” (p. 8). El 81% de los niños “restavek” están en zonas rurales, el 73% son niñas y sólo el 55% asiste a la escuela. Otro golpe a la calidad de vida de los menores de Haití es la anemia, condición que en el año 2000 era padecida por el 65.3% de los niños en edad preescolar, es decir, con una edad igual o menor a los cinco años. Los mayores de cinco y menores de nueve años, en el Haití de 2006, encontraron en la tuberculosis, las enfermedades diarreicas, la desnutrición, el SIDA y la malaria las cinco principales causas de muerte. En 2003, un tercio de los niños entre 6 y 12 años tenían parásitos. Los de diez a 19 años también morían debido al SIDA, las agresiones físicas, los accidentes, la tuberculosis, la fiebre tifoidea y a causas relacionadas con la maternidad. En este sentido, en 2005, “se registraron poco más de mil partos entre niñas de 10 a 14 años de edad y 6, 090 partos en jóvenes de 15 a 19 años” (“Salud en las Américas”, Volumen II, 2007, www.crid.or.cr/digitalizacion/pdf/spa/doc16712/doc16712-9.pdf).
Los auténticos príncipes del puerto, los niños de Haití, además de navegar sobre las adversas aguas hasta aquí descritas, ahora tienen que sortear otras contracorrientes derivadas del terremoto del 12 de enero: orfandad, hambruna, más enfermedades, tráfico de infantes y hasta las adopciones al vapor que, en medio del caos, sólo resta confiar que sí les representarán mejor destino. Cuántos chicos, en medio de lo abominable, podrán levantar los brazos en señal de victoria como el que fue rescatado por los bomberos de Nueva York. Los que siguen vivos y con su espíritu de niño aún robusto, en cualquier parte del globo, tienen esa posibilidad. La esperanza es que no claudiquen, o, al menos, sigan creyendo por muchos años más que pueden vencerlo todo, como príncipes del más hermoso de los puertos.

centrosimago@yahoo.com.mx

Para otros dos inolvidables príncipes que navegan por aquí:


viernes, enero 22, 2010

Una de cal



Si es cierto lo que afirma Daniel Goñi, presidente nacional de la Cruz Roja Mexicana, nuestro país es un país indigerible a la primera. Por eso quizá es de los pocos con una literatura tan amplia sobre su ser nacional, esa literatura sociológico-antopológico-filosófica que alguna vez dio origen a una colección especializada cuyo nombre no deja dudas al respecto: México y lo mexicano, que editó Porrúa y Obregón en los cincuenta. La coordinó Leopoldo Zea, y en ella cupieron numerosos estudios que trataron de desentrañar, con muy diversos enfoques, qué diantre es esta extraña cosa llamada México.
Goñi ha declarado que a pocas horas de que concluya el acopio de productos con ayuda humanitaria para Haití, los mexicanos han roto su récord en esta materia, pues hasta ese momento llevaban casi tres mil toneladas de todo lo que se pide en estos casos: víveres, material para curación, agua.
Así, México demuestra que sabe cerrar filas cuando ve desvalidos. De hecho, la dadivosidad del pueblo mexicano parece un timbre de su personalidad, como si adrede estuviera hecho para dar la mano cuando advierte que el otro no tiene ni en qué caerse muerto, frase que por cierto es mexicanísima y expresa mejor que ninguna la pobreza extrema: alguien está tan mal en lo económico que no tiene ni en qué depositar sus huesos. Haití es, en los días que corren, ejemplo terminal de desvalidez. Los sismos que lo acaban de azotar fueron una cortina que se corrió para que el mundo viera, en vivo y a todo color, el dramón de la miseria más miserable que arrastrarse pueda en el reino de este mundo. Si de por sí la nación caribeña era paradigma de país menesteroso a fuerza de gobiernos títeres e históricas sangrías trasnacionales, los terremotos terminaron por dar al traste con esa endeble economía; para usar una abominable metáfora taurina, fueron la puntilla, una puntilla tan dolorosa que por ello removió la compasión mundial que en México se ha manifestado de manera asombrosa: tres mil toneladas de productos en poco más de una semana.
Los mexicanos, tan criticados y autocriticados en general por tantos defectos, no tienen el de la mezquindad cuando es necesario ser un poco generosos. Es una de cal por las muchísimas de arena que nos cuelgan y nos colgamos. Empero, no debemos pensar que por esos gestos urgentes e indoloros estamos ya del otro lado y somos ciudadanos de primera. La cooperación en casos de desastre, para los haitianos o para quien sea, es bienvenida y encomiable, pero de poco sirve si no va acompañada de una reflexión más o menos permanente en la conciencia del ciudadano: en qué medida hacemos algo firme para mejorar lo que somos como grupo. ¿Leemos, criticamos, participamos en algún partido o asociación, inculcamos en nuestros hijos el cada vez más caduco concepto, aunque siempre pertinente, de “hacer patria”? ¿En qué medida nos creemos agentes de algún cambio benéfico, por mínimo que sea, del espacio físico y espiritual en el que vivimos?
México es generoso, sin duda. Pero ojo: una dádiva no hace verano. Hay que hacer siempre más, mucho más, por Haití, por nosotros, por todos.

jueves, enero 21, 2010

Razones de Haití



El pasado domingo 17 de enero la columna Imaginario colectivo, publicada por Renata Chapa en El Diario de Chihuahua, abordó el tema de Haití. Creo que es de interés. La reproduzco íntegra:
o
Imaginario colectivo
Ahí tiembla Haití
Renata Chapa

¿Y quién se acordaba de Haití antes del 12 de enero? Quizá los mismos que recuerdan a los pobres entre los pobres en México. Es decir, prácticamente, nadie.
Con las debidas proporciones consideradas, la manera en que el olvido y la marginación a la que son sometidos millones de habitantes de territorios vapuleados por el subdesarrollo es infame. Es su peor tragedia. Ahí tiembla Haití. Desafortunadamente, estas comunidades, internacionales o del propio México, son ubicadas en el mapa o puestas en la mira cuando, a consecuencia de algún infortunio, quedan aún más azotados. Cuando los medios masivos difunden imágenes estremecedoras de la pobreza algo cala, en efecto, pero la misericordia que pudiera convertirse en acción contundente, en un buen número de casos se prende y se apaga junto con la pantalla de televisión.
Para corroborar si Haití ha padecido, basta un breve vistazo a la siguiente lista de causas y efectos extraída del texto “Salud en las Américas” (Volumen II, 2007, http://www.crid.org.cr/) publicado por el Centro de Información sobre Desastres (CRID*). De dicha fuente, todos los contenidos han sido citados de manera fiel, con excepción del tiempo de sus verbos. Esta modificación fue necesaria porque lo descrito se refiere al Haití de antes de las cinco de la tarde del 12 de enero de 2010.
Si antes del desastre, Haití ya era considerado como “el más pobre de las Américas”, hoy es difícil encontrar alguna categoría para tanto dolor esparcidos en su zona oeste, principalmente, en Puerto Príncipe. “En Haití, el 4% de su población contaba con el 66% de la riqueza, y el 10%, prácticamente, no tenía nada. Como los pobres recurrían a la naturaleza para sobrevivir, las deficientes prácticas agrícolas aceleraron la erosión del suelo. El escurrimiento generado por las lluvias tropicales sigue arrastrando la tierra cultivable hacia el mar y provoca la obstrucción de los sistemas urbanos de drenaje. El agua de superficie está contaminada a causa de los métodos ineficientes de eliminación de aguas servidas y la basura doméstica. Según la Encuesta de las Condiciones de Vida en Haití, 55% de la población vivía con menos de un dólar al día por persona y 71%, más de seis millones de personas, vivían por debajo de la línea de pobreza, es decir, disponían de $2.00 dólares por persona al día. La misma encuesta muestra que la pobreza era peor en las zonas rurales: afectaba al 82% de la población del país. (…) Menos del 40% de la población tenía acceso a servicios básicos de salud en ciertos departamentos. El 80% de las personas buscaba la atención prestada por curanderos. (…) Una consulta que solía costar 25 gourdes haitianos (HTG) a fines de los ochenta, ahora cuesta HTG 1,200 (48 veces más). (…) En agosto de 2000, la tasa de cambio era de HTG 22 por un dólar estadounidense; en 2005, el gourde se había depreciado a un cambio de HTG 42 por dólar. (…) 3.8 millones de personas sufrían hambre y 23% de los niños menores de 5 años presentaban desnutrición crónica. Más de 40% de las familias padecían inseguridad alimentaria y una alta proporción de mujeres (12%) estaban por debajo del umbral crítico de deficiencia crónica de energía. (…) La inestabilidad política y la inseguridad del país desaceleraron las inversiones y el crecimiento económico después del año 2000. El PIB real disminuyó de HTG 23,900 en 1987 a HTG 12,900 en 2003, lo que equivalió a una caída de 48%. (…) Las Naciones Unidas se han referido a estas terribles circunstancias como ‘la emergencia silenciosa’”. Ahora, ¿qué término utilizará la ONU para definir la condición de los pobladores de Haití? Todas las cifras aquí mencionadas fueron trastocadas. Todo es peor.
De éstas y muchas más características que pintan de lleno las injusticias vividas por ese Haití previo al 12 de enero y que evidencian un grado mínimo de atención internacional, es necesario destacar una de ellas, la relacionada con los fenómenos naturales. Como lo declaraba Fidel Castro en días pasados, estos fenómenos son y serán cada vez más feroces a consecuencia del cambio climático, condición también provocada y alimentada por la indiferencia de las generaciones actuales que parecen no estar dispuestas a cambiar sus modelos de consumo.
Los fenómenos naturales en Haití, según “Salud en las Américas”, ameritan un tratamiento aparte. Vaya un primer ejemplo: “Haití a menudo es azotado por huracanes, y el daño puede ser grave a causa del degradado medio ambiente del país y las viviendas precarias, con frecuencia deficientemente construidas sobre suelos inestables en terrenos muy abruptos, zonas pantanosas o a lo largo de ríos. Dada la difundida deforestación del país, aun las lluvias normales pueden provocar inundaciones en Puerto Príncipe y otras zonas urbanas”. El territorio haitiano, por tanto, cuenta con condiciones naturales de alta vulnerabilidad ante el embate de la naturaleza, tanto por su ubicación geográfica como por las condiciones propias de su orografía. Pero, además, éstas son potenciadas a consecuencia de la pobreza y la desigual distribución de la riqueza.
El segundo ejemplo de esta fórmula de horror en Haití, la que suma fenómenos naturales a la pobreza extrema, es la penosa evidencia de que detrás del sismo del 12 de enero la desatención triunfó sobre la prevención; de la manera en que la marginación se impuso sobre la inclusión; del egoísmo traducido en miles de muertos. Y es que el terremoto en Haití de alguna manera ya había sido pronosticado, al menos, tres años atrás si se toma como referencia la fecha de publicación del documento “Salud en las Américas”. El CRID lo consigna así: “Haití es en extremo vulnerable a los terremotos. En el país existen ocho fallas geológicas, dos de ellas muy importantes; una está situada en el norte y la otra atraviesa el territorio de este a oeste. La actividad sísmica en Haití en 2003-2005 ha revivido el espectro de un posible terremoto de grandes dimensiones (7 u 8 grados en la escala de Richter) que los expertos han estado pronosticando desde hace varios años. La en extremo elevada tasa de urbanización, que ha dejado a la región de la comuna de Puerto Príncipe con algo más de dos millones de habitantes (10,000 a 18,000 personas por km2), agravará los daños”.
Si la llegada de un fenómeno natural de tales proporciones ya había sido advertida y difundida por organismos de prestigio internacional, responsables de velar por la calidad de vida e integridad de los pueblos del mundo, y si existía tal conciencia de la bomba de tiempo que representaba el ahora más pobre de los pobres países de las Américas, ¿por qué no se obró en consecuencia? ¿Quiénes levantaron la mano para advertir el desastre? ¿Quiénes fueron indiferentes al llamado? ¿Quiénes son los responsables de este otro tipo de masacre?
La desgracia de Haití, a través del sufrimiento de su pueblo, evidencia nuestra propia miseria. Las “emergencias silenciosas” esparcidas por el globo y las que, como Haití, van rompiendo ese callado soportar a costa de tragedia y dolor, son el más vergonzoso patrimonio de la humanidad. Quién sabe hasta cuándo dejarán de salir perdiendo los menos afortunados.
centrosimago@yahoo.com.mx

Para mi amigo Federico Ramos Salas

* El Centro de Información sobre Desastres (CRID) está conformado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Comisión Nacional de Riesgos y Atención de Emergencias de Costa Rica (CNE), la Federación Internacional de Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y Media Luna Roja (FICR), el Centro de Coordinación para la Prevención de los Desastres Naturales en América Central (CEPREDENAC) y la Oficina Regional de Médicos sin Fronteras (MSF).

sábado, enero 16, 2010

Haití en ceros



Hay zonas sísmicas, lo sabemos. Cualquiera está expuesta al desastre, como ha ocurrido en México, Japón o recientemente en China. Ante los terremotos, la tragedia es inevitable, pues. La diferencia está entonces en la prevención, en la anticipada educación de la colectividad para encarar, en unos cuantos segundos que hipotéticamente están en el futuro, el peligro del zarandeo telúrico. Si bien no hay prevención completa ante los sismos, pues nunca se sabe a qué hora, dónde y de qué tamaño será el siniestro, mucho se puede hacer para mitigar sus potenciales estragos. En México sabemos lo que es eso; no los laguneros o los pobladores de otras áreas con nulas o pocas posibilidades de padecer terremotos, por supuesto, pero sí, y muy bien, los habitantes de la capital. Por eso ya están muy entrenados, hacen frecuentes simulacros de evacuación y hasta donde sé manejan un control más o menos estricto de las estructuras que pueden sufrir daños inmediatos en caso de desastre. Las experiencias padecidas, como en otros países, los han obligado a formar equipos y técnicas que socorran en esas contingencias, de suerte que cuentan con el personal y el equipo necesarios para afrontar los megadesaguisados que de vez en vez manda la naturaleza.
La ventaja de un terremoto, si se puede hablar, sin ironía, de una “ventaja” en medio de esos cataclismos, en países como México, Japón o China, es que, además de la prevención, hay recursos más o menos inmediatos para hacer frente al infortunio. Las vías y los medios de comunicación no quedan en la nada, los víveres fluyen, el servicio de hospitales no desaparece y en alguna parte cercana hay recursos económicos para aliviar en el cortísimo plazo las urgencias de rescate, atención médica y alimento. Luego viene la reconstrucción, pero eso es otra cosa, la cicatrización de la herida que suele demandar también extraordinaria cantidad de recursos.
El problema con el sismo en Haití es precisamente que el país no estaba ni siquiera mínimamente preparado para un sismo. De hecho, Haití no estaba mínimamente preparado para nada, ni siquiera para una epidemia algo benévola, si las hay. Un sismo de la magnitud que ha sufrido es casi como arremeter a puntapiés contra un ser agónico, y conste que no quiero usar metáforas terribles para dramatizar lo que pasó en aquella pequeña nación del Caribe. El drama haitiano no necesita metáforas apocalípticas ni sismos para parecer dramático: ya lo era antes de la reciente devastación, pero no la veíamos porque en general, como dije hace un par de días, los países son como las personas y Haití es una especie de vagabundo, un desarrapado al que nadie mira con atención, sino con indiferencia o repudio.
Algunos dirán, no sé, que esos países colocados en el cabús del progreso tienen la culpa de sus desgracias. En efecto, hay mucho de culpa interna, pues su historia muestra que nacieron y crecieron en el caos, sin una idea precisa de lo que deseaban ser. No tuvieron líderes (o “liderazgos”, como dicen ahora los que saben hablar y escribir bien) que ayudaran a cuadrar una idea de país con instituciones fuertes. Desde su origen, la rebatinga por el poder político y económico favoreció la desgracia de asentar los privilegios para un reducidísimo grupo de familias. Hasta antes del sismo, por ejemplo, un 70% de su población vivía no en la pobreza, sino en algo peor que eso: la extrema pobreza, ésa que ya no aspira a nada, salvo a un poco de comida diaria que, si llega, de todos modos lo hace en raciones magras y de una calidad que casi equivale a no comer nada. Pensar en educación, salud, comunicaciones, servicios, vivienda, cultura, deporte y demás (demás como medios adecuados de prevención de desastres y ayuda en casos de), es pensar en lujos que casi siete millones de haitianos no pueden darse. Su único lujo, pues, es la vida sin adjetivos, la vida en cueros, la supervivencia.
Una de las etapas más penumbrosas del pasado haitiano se dio entre 1957 y 1986. Durante esas tres décadas gobernó (es un decir) la familia Duvalier, primero Françoise y luego Jean-Claude. Mis primeros recuerdos noticiosos sobre Haití tienen ese apellido: Duvalier. Sin excluir a los otros, ese periodo hizo más profundas las desigualdades de ese país, y a nadie se le oculta que los Duvalier recibieron apoyo militar y económico del exterior. No es buen momento para meter el tema histórico-político en Haití, pero es un hecho que en su desgarrado pretérito las intromisiones han servido sólo para macerarlo más, nunca para alentar su desarrollo. El sismo, pese a lo infernal que ha sido, puede servir, sin embargo, para algo: para comenzar de nuevo, para propiciar la cooperación que salva, no ya la mano que golpea.

jueves, enero 14, 2010

Más ruinas sobre Haití



Tengo por Haití un extraño recuerdo. Extraño porque es sólo literario. Me refiero a que no conozco su historia ni me he preocupado (nadie se ha preocupado) por conocer a fondo detalles sobre sus terribles y congénitas enfermedades económicas y políticas, pero es un país que tengo muy presente y al que de alguna forma sigo en las noticias. Hace unos días, casi como un mal augurio, compré el libro Secretos, mentiras y democracia, entrevistas realizadas por David Barsamian a Noam Chomsky (Siglo XXI-Gandhi, 2007). En uno de sus breves apartados, el crítico norteamericano habla sobre el sufrido pueblo haitiano: “Haití es un país extremadamente pobre, en condiciones desastrosas”. Chomsky comenta los vaivenes, siempre desfavorables para la población, de la política interior y exterior haitiana, de las luchas intestinas, de la pobreza que arrastra décadas de ignorancia, subalimentación y demás lastres.
El también lingüista de origen judío repasa la coyuntura por la que atravesaba Haití a principios de los noventa, en las épocas de Jean-Bertrand Aristide. Como ahora, el apaleado pueblo haitiano era víctima de interesadas intromisiones norteamericanas en función de la posición estratégica que tiene ese país, sobre todo por su cercanía con Cuba. En fin, gracias a Chomsky me asomé retrospectivamente a la antigua colonia francesa y mi conclusión fue la misma: pobre Haití, que triste su maldición.
Pero mi recuerdo, el literario, se remonta a uno de los diez libros más importantes de mi vida: la novela El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Publicada en 1949 (tengo la primera edición), esa historia me acompaña desde 1986, año en el que la leí por primera vez. No exagero si confieso que su trama, y sobre todo su estilo, me enceguecieron y en su momento fueron combustible para que yo siguiera escribiendo. Mi primer libro, El augurio de la lumbre, lleva de hecho un solo epígrafe, y fue tomado de aquella novela.
El reino de este mundo es un libro valioso en el contexto latinoamericano (Vargas Llosa, al reflexionar sobre la importancia del estilo en la creación narrativa, lo ha puesto de ejemplo en sus Cartas a un joven novelista) por varias razones: la primera, porque es allí donde Carpentier aloja su noción de lo real-maravilloso, que casi es otra forma de nombrar a lo que habitualmente hemos denominado realismo mágico; porque es un antecedente de la llamada novela histórica y porque sin duda es cimiento de lo que vendría poco después: el boom, si es que aceptamos que hubo tal boom.
La historia de esa novela, sus motivaciones originales, se relacionan con un viaje de Carpentier a Haití. El escritor cubano recorre ese país, lo investiga a fondo y halla que su historia es una mezcla de hechos reales y fantásticos. Para entonces, su idea de lo sobrenatural, lo mágico, lo fantástico, lo maravilloso en arte estaba fuertemente vinculada a la que abrevó en Europa: la del surrealismo. El prólogo del autor, apéndice raro en una novela, es más bien una especie de nueva profesión de fe y una serena diatriba contra la burocracia de la fantasía que profesaban los surrealistas en Europa: gracias al embrujo de Haití, Carpentier descubre América Latina, su timbre íntimo, la mezcla de magia y realidad que ha servido como argamasa para levantar nuestras historias comunes.
El tema eje de El reino de este mundo es pues la independencia mágica de Haití, su lucha contra los colonizadores franceses; a la postre fue, luego de los Estados Unidos, el segundo país americano en lograr su independencia, para después caer, lamentablemente, en una lucha visceral por el poder que es parte de lo que narra la obra carpenteriana. Abruptamente, Haití pasó de ser un dominio francés a convertirse en el de una serie inagotable de dictadorcillos que tuvo a la feroz dinastía de los Duvalier como principal representante.
Tras la catástrofe todavía fresca en ese país fatigado por el desastre, no pude no pensar en la novela y en el pasado de aquel pobre país invadido de llagas. Si los países son como personas, Haití es un vagabundo que en vez de piedad recibe más y más maltratos. Ayer de agentes externos, hoy de internos, mañana del feo azar de la naturaleza que con frecuencia lo golpea por medio de ciclones y ahora con un sismo cuyo saldo de víctimas asciende, según estimaciones todavía conservadoras, a algo así como la quinta parte de la población de Torreón. Imaginemos eso. Imposible: es inimaginable.

jueves, septiembre 11, 2008

Devastación en el Caribe



La situación es más que grave en el Caribe. ¿Cómo ayudar, si no es con el depósito de unas cuantas monedas en el banco y la apertura de este espacio para llamar a la solidaridad?

Huracanes, capitalismo y revolución

(tomado de La Jornada)

Ángel Guerra Cabrera

Los huracanes fueron, hasta hace unas décadas, alteraciones climáticasregidas por las leyes de la naturaleza, que aún no daba señales de agotamiento. Los campesinos en las zonas tropicales ciclónicas sabían que “después de la tempestad viene la calma” y que a periodos desequía sucedían copiosas precipitaciones acarreadas por el mal tiempo, que si castigaba cosechas, viviendas, instalaciones y mataba personas y animales también recargaba el acuífero haciendo que la tierra dieraluego frutos más generosos. Esta no es más la realidad desde mediadosdel siglo XX cuando se advirtió una tendencia al alza en la frecuencia e intensidad de los ciclones. Estudios científicos concluyen que, comootros cambios alarmantes del clima, su causa está en los gases de efecto invernadero que alimentan el calentamiento global. La tragediareciente en parte del Caribe, es, por eso, un aviso de otras mayores a escala regional y mundial a consecuencia del irracional y suicida patrón capitalista de producción y consumismo desenfrenado.
A una semana del azote a Cuba del poderoso huracán Gustav, Ike barrió todo el oriente, salió al mar por el sur y embistió de nuevo la occidental provincia de Pinar del Río, ya arrasada por el primero al igual que el municipio Isla de la Juventud. Con las lluvias, vientos y marejadas de Hanna, tres de estos organismos batieron la mayor de las Antillas de este a oeste en nueve días, un hecho sin precedente. En la ruta de Gustav y Ike la agricultura, la vivienda, la infraestructuravial, eléctrica, portuaria, de comunicaciones y parte de la industria, están en ruinas. Pueblitos enteros han casi desaparecido. Gracias a susingular cultura solidaria, organización y sólidos vínculos pueblo-gobierno, Cuba ha podido atenuar relativamente una destrucción material inédita y, lo más importante, reducir al mínimo la pérdida devidas, que en otros parajes del Caribe suma cientos cuando faltan casitres meses para el fin de la temporada ciclónica y queda octubre pordelante, el mes más crítico. Pero los daños son de proporciones bíblicas y resarcirlos exigirá un esfuerzo sobrehumano, aumentado exponencialmente por los elevados precios internacionales dealimentos, combustibles, máquinas y materiales de construcción que el bloqueo vuelve más onerosos.
El nuevo patrón de comportamiento de las tormentas tropicales ha hecho que en los últimos años el Caribe viva en estado de emergencia. La región de la que un puñado de potencias capitalistas extrajo gran parte de los recursos que le permitieron, junto al tráfico negrero, concentrar la riqueza del mundo, ahora sufre año tras año el arrasamiento de sus economías y el agravamiento del drama social si no fuera bastante con el instaurado por las políticas neoliberales sobre las secuelas de siglos de subdesarrollo y dependencia.
Haití, la colonia más rendidora de Europa en el siglo XVIII, viodesaparecer sus bosques, erosionar sus tierras, arruinada suagricultura, que hasta no hace tanto, aunque precariamente, alimentaba su población. Hoy es una de las naciones más pobres y de las más vulnerables a la más leve perturbación climática. Sólo un gran programa de cooperación internacional podría salvarla del apocalipsis,que la tele saca a relucir ahora de Gonaives bajo el agua, pero que essu realidad cotidiana. ¿Hasta cuándo Occidente le va a cobrar la osadía de sacudirse la esclavitud y encabezar la independencia latinoamericana? La gesta inmortal de Bolívar debe mucho a Petion. Es una afrenta que calles de América Latina evoquen a Thiers cuando debieran honrar a Louverture.
Si en las elites de Europa y Estados Unidos quedara residuo de amor al prójimo, iniciarían hoy por el Caribe la reparación sincondicionamientos políticos del saqueo al Tercer Mundo, a que deben suopulencia. A Cuba le bastaría el levantamiento del bloqueo, más dañino que 100 huracanes, pero Washington afirma que no sería “inteligente”ni siquiera de modo parcial y transitorio.
Conmueven gestos como el del diminuto y sufrido Timor Leste, que no demoró un instante en tender la mano a Cuba, al igual que lo hicieron Venezuela, Rusia y China.
Luchar muy duro por el imperio universal de la equidad, la solidaridad y la reconciliación con la naturaleza es lo único que queda a los pueblos. Esos que hoy se juntan y organizan para entregar algo de lo poco que tienen a Cuba, Haití, a sus hermanos del Caribe.