domingo, julio 12, 2009

El jijo del ahuizote


De todos los animales descritos por fray Bernardino de Sahagún (León, España, circa 1499-México, 1590) en su Historia general de las cosas de Nueva España el que siempre me ha causado más horror es el ahuizote. Ya desde el puro nombre impone miedo, pues no es lo mismo llamarse toro o león o tigre que ahuizote, palabra que suena a cosa fea, a golpe dado con un látigo, a azote. Fue esa palabra, como sabemos, la que hizo legendario al periódico opositor más virulento del Porfiriato, publicación que en años recientes tuvo una descendencia que siguió pues los fustigadores pasos de El Hijo del Ahuizote primigenio.

Ignoro si hay otras descripciones de aquel animalejo, pero estoy seguro de que, si las hay, son escasas. Tal fue y seguirá siendo el valor de la obra sahaguniana: dejar a la posteridad una pintura pormenorizada de todo cuanto había en el altiplano de México durante la primera época de la conquista. Sin Sahagún, pues, sabríamos mucho menos de la compleja realidad mexica, una complejidad que fue escrupulosamente observada por aquel franciscano al que anacrónicamente se le atribuyen dotes de antropólogo, etnólogo, historiador y lingüista.

La Historia general… es, pues, una obra monstruo, tanto que allí cupo todo lo que un hombre (Sahagún) y sus informantes juzgaron importante para comprender en el futuro lo que estaba siendo demolido por la cultura occidental. De no ser por esa recolección, innumerables datos, nombres, hábitos y palabras se habrían perdido para siempre tras el apagamiento de la cultura aborigen.

Sobre el abominable engendro de la naturaleza el padre Sahagún anota que el ahuizote era eso, un engendro de la naturaleza. El Libro XI, Capítulo IV, refiere en su inciso 2, titulado “De un animalejo llamado ahuítzotl, notablemente monstruoso en su cuerpo y en sus obras, que habita en los manantiales o venas de las fuentes”, que “Hay un animal que vive en el agua, nunca oído, el cual se llama ahuítzotl; es tamaño como un perrillo, tiene el pelo muy lezne y pequeño, tiene las orejitas pequeñas y puntiagudas, tiene el cuerpo negro y muy liso, tiene la cola larga y en el cabo de la cola una como mano de persona; tiene pies y manos, y los pies y manos como de mona; habita este animal en los profundos manantiales de las aguas, y si alguna persona llega a la orilla del agua donde él habita, luego le arrebata con la mano de la cola…”. Atrapada la víctima, dice Sahagún que el agua se enturbia y hay gran y espumoso escándalo hasta que todo se calma. Luego de algunos días, el muertito sale a la superficie sin ojos, sin uñas y sin dientes, aunque el cuerpo no muestra llagas o cortaduras, sino sólo “cardenales”, o sea, moretones (el cárdeno es el color morado o púrpura, de ahí que las tunas de tal color sean llamadas “cardonas” o a los cardenales del clero también les digan “purpurados”).

Había, según Sahagún, un ritual luego de que las aguas escupían el muerto. Sólo podían tocarlo los sacerdotes, no la gente común. Luego veneraban el cuerpo con ceremonia musical y florida, pues se pensaba que el alma del victimado se iba sin aduanas al paraíso.
Comenta el franciscano que el ahuizote se las ingeniaba de otra forma para hacer sus travesuras: “para cazar alguno hacía juntar muchos peces y ranas por allí”, de tal manera que los codiciosos quisieran atraparlos sin saber que ellos iba a ser los cautivos. Pero eso no es nada. Cuando el ahuizote de plano pasaba una larga temporada sin merienda, su hambre lo hacía apelar al ingenioso Plan C, que consistía en lo siguiente: “salíase a la orilla del agua y comenzaba a llorar como niño, y el que oía aquel lloro iba pensando que era algún niño”, de tal manera que, al tratar de salvarlo, caía retenido por el competente bicho, tan competente que era hasta capaz de ventriloquía.

Tal vez Sahagún ayudó a fijar el mito del ahuizote como bestia espeluznante. Ahora sabemos por qué un periódico con ese nombre necesariamente debía manejar como política editorial tres rasgos indefectibles: la inteligencia, la elusividad y la fiereza. La fealdad no; ésta ya es asunto de pasquines.

sábado, julio 11, 2009

Casa de Coahuila en el DF



Anda en Torreón, gozando/padeciendo de estos calorones, Pedro Martínez Estrada. Lo conocí apenas el jueves, pero su conversación desde el principio fue tan cálida, abierta y afín a nuestro risueño desenfado que me hice una veloz conjetura: este amigo tiene algo de lagunero. No pasó mucho tiempo para que me enterara de la realidad: Pedro nació en Torreón, vivió su infancia y su juventud en la colonia Pancho Villa, estudió en la PVC y luego viajó a México para hacer sus estudios universitarios. Allá ha echado raíces, se casó, tiene dos hijos (uno abogado, otro publicista) y preside actualmente la Casa de Coahuila AC. Su visita a la comarca obedece a lo que todo buen hijo debe a sus mayores: viene a celebrar los noventa años de don Pedro Martínez Guzmán, su padre, quien durante décadas fue comerciante de una tienda de abarrotes con la que sacó adelante, no sin heroísmo, a una familia con ocho hijos.
Le he pedido a Pedro que nos informe sobre las actividades de la Casa de Coahuila. Mis noticias sobre esta institución, hasta ayer, eran muy pobres, aunque la ubico al menos de nombre porque en las muchas conversaciones que he sostenido con el escritor Fernando Martínez Sánchez él solía mencionarla. Sus frecuentes viajes a la capital incluían visitas a la Casa de Coahuila, así que luego me describía lo bien que era atendido en ese espacio. Nunca he estado allí, en esa Casa, pero sé que es reiterada sede para presentaciones de libros, conferencias y otras actividades análogas.
Mucho antes de saber de la Casa de Coahuila supe de otra similar. En charlas con amigos de Chihuahua escuché que los oriundos de aquel estado radicados en la capital reunirse en una asociación que les permitía afianzar lazos de chihuahuense identidad. Acudían escritores, pintores, médicos, abogados, empresarios y todos los que, sin más, hubieran nacido en el estado más grande del país. Luego, como dije, me enteré del caso coahuilense, que también nuestra entidad tenía un cubil en el que los nativos de estos desiertos podían mantener vínculos de camaradería y recuerdo de su espacio provinciano. Podrá sonar melifluo, pero creo que nunca está de más que el hombre tenga, cuando por alguna razón debe alejarse de su tierra, un punto de reunión en el espacio distante, un lugar en el que se afiance esa misteriosa forma de la amistad que se basa en la oriundez. Coahuila, pues, tiene una casa en el DF, la Casa de Coahuila, precisamente.
Me informa Pedro Martínez que la CdeC fue constituida en 1956 por Nazario Ortiz Garza, quien buscaba como objetivo la integración de los coahuilenses radicados en la ciudad de México y su zona conurbada, esto con el fin de que no perdieran su raigambre cultural e histórica. La Casa, añade, pretende ser una ventana para la promoción y divulgación cultural y académica, así como para el desarrollo industrial, comercial y de servicios.
Es, como ya quedó insinuado arriba, una asociación civil, de manera que no tiene objetivos de lucro. Es, creo, un espacio ideal para que los creadores de La Laguna de Coahuila presenten sus obras, si les interesa, en la capital del país. Este servicio no es poca cosa, habida cuenta de que las dificultades para lograr alguna módica promoción en el DF son particularmente difíciles para quienes no contamos con contactos adecuados en el centro. Pedro Martínez me da la dirección de la CdeC: Prolongación Xicoténcatl 10, Colonia San Diego Churubusco, 04120, Delegación Coyoacan, México, DF. El e-mail del director es pedro_mar_es@hotmail.com, por si algún lagunero desea su comunicación. Por lo pronto, el 13 de agosto el magistrado Jesús Sotomayor presentará allá uno de sus libros; después, el 8 de septiembre, hará lo propio Jorge Andrés Zarzosa Garza con su obra El brigadier. Felicidades a Pedro y más felicidades a don Pedro, su padre, por los primeros noventa.

viernes, julio 10, 2009

Cínica demora



Es muy delicado lo que está pasando con la secuela del siniestro en Hermosillo. Dije ayer que parece una sinécdoque (la parte por el todo) de lo que es México, y no me desdigo. La tardía y enredada y tal vez rasurada aparición de la famosa lista tiene flecos comprometedores para dar y repartir. No por otra razón afirmé hace dos semanas que el tema de la guardería estaba más allá de lo trágico, casi como si ese hecho fuera una carta con el estado de salud de la República. Lo más fácil, sin embargo, es caer en abstracciones que nos alejan del punto medular: 48 niños murieron horriblemente debido al desinterés de quienes en teoría los iban a cuidar, y de eso no se ha desprendido ningún castigo ejemplar para nadie.
Si mi opinión sirve de algo, soy de los que sostienen que hay áreas de la vida social en las que el Estado debe intervenir no sólo con laxas fiscalizaciones que por otro lado, lo sabemos, se prestan a cualquier cantidad de enjuagues. Así como el Estado se apropia del uso de la violencia para, al menos en un plano hipotético, imponer el orden, igual debe intervenir en el caso de la salud de los niños de los trabajadores. Ese servicio no puede ser transferido a otros sin riesgo, a menos de que haya una rigurosa, fría y frecuente observación de políticas y lineamientos. En otro terreno, es el mismo peligro que supondría la subrogación de cárceles, por imaginar un espacio igual de comprometedor.
Hay una aceptación tácita de la importancia que tienen las guarderías y su relación con el incendio en la cínica demora que se dio para que compareciera Daniel Karam, director del IMSS. En política, lo que parece casi siempre es. En otros términos, la posposición de esa audiencia pública se debió al uso electoral que podía darse de las listas. La granizada de votos contra el PAN, sin duda, habría sido mayor si salen a la luz los datos del negocio que es la subrogación de guarderías. Asistimos, entonces, a un momento aterrador de nuestra historia política antigua o reciente: 48 criaturas pagan con su vida, y otras más con su futuro, y el acontecimiento pasa de ser asunto judicial a electoral. Sólo en México se puede dar tamaña dislocación de la lógica.
A lo afirmado por José Ángel Cordova, secretario de Salud, respecto a que lo importante es que las guarderías funcionen bien sin importar quiénes son sus responsables, se puede contestar que en este caso el buen funcionamiento de esos espacios depende de la formación, el origen, la capacidad y hasta el talante humano de los concesionarios. Aquí, el dinero para ganar licitaciones no lo es todo, o al menos no debe ser el requisito de mayor peso. Si así fuera, cualquiera que tenga recursos y le quiera entrar al negocio podría hacerse no de una, sino de tantas guarderías como quisiera. Como al final ofrecerán un servicio a niños de muy breve edad, trabajo de suyo especializado, es esencial la calidad humana de quienes recibirán una guardería subrogada. Lo contrario, que es precisamente lo que se está haciendo, es meter en la tómbola a parientes, compadres y amigos que en muchos casos pudieran operar con total o mediana responsabilidad, y en otros, como en la guardería ABC, con el salvajismo sin nombre que implica hacer de cierto bodegón una presunta estancia para niños.
Estamos ya a poco más de un mes del percance. No debemos perder de vista que hasta en eso hay un mensaje, que todo comunica. La tragedia dejó al descubierto una cloaca de intereses y complicidades, y fue usada hasta el último momento como instrumento electoral. Esto significa, en una palabra, que las instituciones no están pensando en la salud, en la educación ni en la justicia, sino en sus beneficios coyunturales y en la preservación de privilegios. Ignoro si pueda haber afrenta peor para un país.

jueves, julio 09, 2009

México es una guardería



Las elecciones del domingo demostraron que México es una inmensa guardería subrogada que va de incendio en incendio. Así como en Sonora se invirtieron las tendencias luego de la tragedia en Hermosillo, en el país fue muy marcado el voto de castigo contra quien ha incendiado al país con una guerra irracional y quién sabe si necesaria, con una política económica que ha convertido al presidente del empleo casi en subempleado del priísmo ganón y, desde el inicio de su mandato, con torpes designaciones en su gabinete.
El usufructo que el PRI ha hecho de la novatez y la perversidad del panismo en el poder no está para disparar ninguna alegría nacional, pues tanto el pinto como el colorado son dos gallos que demostradamente han sabido hacer acuerdos de alternancia o convivencia que no afectan en lo sustancial a las mafias económicas y políticas. Baste decir que Televisa, por señalar sólo un caso, no ve con malas cámaras que llegue uno u otro, siempre y cuando esas dos opciones le cierren el paso a los sectores más amenazantes de la todavía llamada izquierda mexicana. Que pierda el PAN, que gane el PRI, que pierda el PRI, que gane el PAN… mientras así siga el carrusel, los grupos de poder enarbolarán sus triunfos como muy democráticos. Todo depende de quien arruine la guardería nacional: quien lo haga, pondrá en bandeja el triunfo de los “enemigos”.
La lección para quienes, contra cualquier debacle, aún suspiran por un gran y auténtico movimiento de izquierda que represente otros intereses y proponga una política de verdadera depuración es simple: aprender a elegir en las legítimas luchas intestinas, no guiarse por lo que digan los grandes consorcios de la comunicación y tratar de sumarse, en el grado que sea, al activismo por la causa. Suena utópico, pero no hay de otra sopa. Si el perredismo se queda atornillado en la quejumbre por su inepta dirigencia nacional, si se va con la pantalla de los ataques que los medios orquestan para ridiculizar o vapulear movimientos intragables, los resultados en el futuro podrían ser peores que los del 5 de julio. No fueron pocas las voces que se alzaron, por caso, contra el chuchato gandalla y entreguista; muchos militantes, analistas y simples simpatizantes advirtieron que esa dirigencia flácida se desmoronaría como castillo de harina al primer soplido electoral. Y eso pasó. Ortega y sus huestes se fueron abajo, entregaron cuentas paupérrimas, lo que haría prudente su germanización, es decir, que los inmolen como al dirigente del PAN, por incompetentes.
Asimismo, urge una etapa de definición en la parte más rejega del PRD. López Obrador y sus cercanos deben reacomodar las piezas en el tablero, apelar a los principios si los hay, es verdad, pero también acatar el pragmatismo requerido por los tiempos: salir o no salir del PRD, ese es el dilema. Hagan lo que hagan, deben hacerlo ya, sin demoras, pues sigo creyendo que hay muy poco tiempo para reorganizar al único movimiento severa, cínica, brutalmente atacado desde hace algunos años, pero todavía dueño de algún capital político que pueda servir para revivir en el ciudadano la posibilidad de una tercera opción, esa que nunca han dejado crecer los amafiados de las cúpulas para los que la democracia sólo tiene dos cabezas.
Mientas eso pasa, quedan tres años, o poco menos, para que el actual gobierno federal prosiga con el incendio del país. Sin la Cámara, sin la inmensa mayoría de los estados, todo indica que recibirá buen combustible, el suficiente para que sus errores sean cobrados por un priísmo ávido de ver desplomes que otra vez aseguren votos de castigo en abundancia. En síntesis, debemos prepararnos para ver el consabido espectáculo del uso electorero del desastre, la capitalización del incendio nacional a favor de las mismas camarillas de siempre. Lo dicho: México es una inmensa guardería, y subrogada.

miércoles, julio 08, 2009

Vuelve el jurásico



Hace una semana se escuchaban todavía estentóreas las baladronadas internéticas de Germán Martínez. La estrategia ruda, de manita de puerco y agresivo espot, no les sirvió en 2006 ni en 2009, pues en aquella ocasión el PAN logró apenas una pírrica e increíble (increíble no por asombrosa, sino porque muchos no la creímos) ventaja con la que arrebataron la presidencia y ahora, en las elecciones del domingo 5, perdieron casi todo. Lo que queda de ese prematuro naufragio sexenal es ver el aceleramiento de la maquinaria priísta para llegar con todo, como Acereros de Pittsburgh, al anhelado 2012.
La explicación que puedo hacerme de este regreso tricolor al carro (casi) completo es que no se trata de un regreso, sino de algo distinto que no sé cómo definir. Por decirlo de algún modo, es como si el PRI nunca se hubiera ido, y si alguien o algo no se va, es imposible que regrese. O sea, como el legendario dinosaurio, siempre ha estado allí. En apariencia, tras el triunfo de Fox el priato quedó con la mandíbula rota y en la lona, noqueado por los siglos de los siglos. Falso. Fox y el PAN se hicieron de la presidencia, es verdad, pero nunca del Congreso ni, mucho menos, de la mayoría de las gubernaturas. La cosa parecía, al menos, empatada, pero lo cierto era que no, que el PRI siguió teniendo el control casi completo del país, dado que el centro del poder se desplazó del presidente a los feudos estatales, concertados mínimamente por una dirigencia nacional priísta un tanto testimonial, en efecto, pero con la suficiente representatividad como para seguir dando apariencia de cohesión y fuerza partidista.
Aunado pues al poder recién descubierto por los gobernadores priístas —quienes de golpe pasaron a convertirse de marionetas del ejecutivo a seres autónomos en su corral—, Fox hizo de su mandato una farsa que lastimó severamente los principios históricos del PAN. El payaso guanajuatense, embotado (no sólo porque usaba botas, sino) por su repentino poder y su falta de altura intelectual hizo que el tricolor se fortaleciera atléticamente en los estados. Los gobernadores advirtieron muy pronto que la dinámica había cambiado, que apoyados por su dirigencia nacional, pero sobre todo por los recursos propios legales e ilegales podían acomodar piezas en la Cámara y nombrar en cada entidad sucesores cómodos sin la intromisión del centro. El triunfo del PRI el domingo 5 no es el triunfo del PRI nacional, sino de las dirigencias estatales y del apoyo recibido por cada candidato en cada uno de sus feudos. Sonora es un caso anómalo, por lo que ya sabemos; si no hubiera ocurrido ningún incendio, el seguro arrasador en ese estado sería el partido que hizo lo propio en otras cinco entidades donde hubo elecciones para gobernador.
A nadie se le oculta que las elecciones pasadas son apenas un renglón en la épica novela que escribe el PRI para cristalizar su retorno a Los Pinos. Que la boca se me haga chicharrón, pero lamentablemente creo que no queda mucho tiempo ya para que el PRD o el PAN, los dos únicos partidos que podrían dar la pelea, se recompongan y descarrilen un tren que viene a gorro. En el PAN no queda figura relevante (¿Josefina Vázquez Mota, Juan Molinar, quién?) que pueda soñar con una candidatura de peso. El PRD-PT-Convergencia o lo que resulte de esa ensalada, sigue teniendo los activos de Ebrard y López Obrador, pero uno se verá chico en el ranking y el otro será marrulleramente obstruido incluso más de lo que padeció en 2006. El camino luce libre para dos personas, y en el fondo eso fue lo que se dirimió el domingo 5: ya sabemos qué partido se adelanta hacia las elecciones de 2012 y sólo nos falta saber si su candidato es norteñamente bigotón o envaselinadamente copetón. Eso irá quedando claro en unos meses. Ni pex.

domingo, julio 05, 2009

Votar y qué más



No votar es tirar el voto; votar es tirar el voto; anular es tirar el voto. Nunca como ahora habíamos estado colocados en el mismo desfiladero para todas las opciones que tiene un acto tan simple y en apariencia tan decisivo como el de sufragar. La discusión, creo, camina por otro rumbo. Hemos llegado a un entrampamiento en el que no nos queda opción: como el voto está sitiado y ya no garantiza sino más de lo mismo, la misma continuidad putrefacta que tiene al país en cama, agónico, el factor de cambio, si lo hay, no está en el voto en sí mismo, sino en la participación continua del ciudadano, en el acto de sumarse con cierta permanencia a la actividad política, no nada más a la jornada electoral de un domingo cualquiera.
No me engaño: es un sueño guajiro aspirar a un cambio de actitud del ciudadano para que de la queja y la impotencia pase a la acción organizativa. De los partidos a la mexicana y de los políticos a la chichimeca ya nada debemos esperar, sólo la recurrente habilitación de fórmulas de control (“legales”) que los favorezcan. El ciudadano, en cambio, sería la última palanca para fortalecer la esperanza en una verdadera transformación económica y social. Pero, enfatizo, no me engaño: por muchas razones ha sido impuesta la idea de que la participación política colectiva no es necesaria. El neoliberalismo feroz no sólo es, en este sentido, una tendencia económica. Como cualquier proyecto económico, necesitaba una base de pensamiento que sirviera a su propósito fundamental, que es crear riqueza descomunal, inclemente, despiadada contra la sociedad y el medio ambiente, y siempre inequitativamente repartida. Esa base de pensamiento es visible en la masificación de la frivolidad que encarna el mundo del espectáculo, el consumo compulsivo, la irracionalidad del clasismo y todo lo que los medios crean como imágenes inconexas, distractivas y desactivadoras de la irritación masiva. Al final, eso que funciona a la perfección en sociedades como Canadá, Finlandia o Suecia —donde no importa si la gente se desentiende de la política puesto que, además del capital original histórico que permitió su desarrollo, los políticos tienen una noción más estricta del honor y del servicio y por lo tanto cumplen con su trabajo como lo haría cualquier profesional—, en países como México sólo ha provocado que gradualmente nuestros políticos hayan pasado de mal a peor y a pésimo en función de que no ha habido una sociedad que los fiscalice y los castigue, que ponga contrapesos a su proverbial rapacidad. Lejos de eso, los mexicanos hemos sido cada vez más permisivos, más indiferentes ante el hacer de la nuestra clase política. Sabemos que son unos podridos, sabemos que cada vez se pudern más y que ahora es imposible cruzar los pantanos partidistas sin mancharse. Porque, bien mirado, no hay político mexicano actual que no tenga trapitos o trapotes qué esconder, pero exhibidos o no, la composición amafiada del poder, sumada a la indiferencia de los ciudadanos, hace imposible cualquier tipo de sanción incluso en casos terribles de corrupción e/o incompetencia.
México es una pachanga para la casta de politicastros que lo gobiernan. Por eso, mientras el periodismo o el ciudadano común debaten sobre el voto equis o el voto zeta, la partidocracia echa maromas de felicidad, pues sabe que han sido puestos los candados necesarios para que a ellos se les dé, como dicen los empresarios, una dinámica de “ganar ganar”, lo que equivale, esto para la complaciente ciudadanía, a “perder perder”.
La lista de desastres cívicos, solos o combinados, tiene ahora un elemento más: el voto llamado blanco. Poco antes, el poder estaba tranquilo porque la gente no votaba por ignorancia, apatía, miedo, resentimiento, irritación y desorganización. Ahora, el voto más promovido fue el voto que deliberadamente es anulado, lo que, si es alto, tendrá un valor sólo testimonial, y ya sabemos que a los políticos todo reclamo que se quede en el plano del testimonio se hace acreedor a una sabrosa restregada por el arco del triunfo.
Dije hace algunas semanas (en la columna titulada “Cuatro caminos”) que había sólo una posibilidad, un resquicio a este desbarajuste. Lo plantee en el punto cuatro de ese texto: “El voto ‘volado’. Lo llamo así porque es como un volado, un águila o sello. En el panorama político mexicano no hay muchos signos alentadores: todos los actores parecen desgastados, manchados, desahuciados. Elegir es, casi casi, jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor, y no por nada han cobrado tanta fuerza la abstención y la anulación. Creo, sin embargo, que la ruleta rusa puede contener una bala de salva. Yo sé cuál puede ser (nótese que el “puede” enfatiza lo hipotético del argumento), pero sólo lo pienso y no lo digo. Es la opción que, por sus errores y por la hostilidad que históricamente ha padecido, no ha podido nunca colocarse en un plano de decisión realmente importante, salvo en un caso. Esa opción no garantiza nada, pero creo que merece al menos un voto de confianza por no haber sucumbido ante los hachazos del poder. Nomás por eso conjeturo que no ha de ser la peor opción, y votaré por ella”.
Un buen lector, Armando Moncada, me dijo en una carta (4-6-09): “Lo que llamas voto volado y presentas medio de perfil, medio misterioso, podría hasta ser interpretado errónea cuanto literalmente como un ‘águila o sol’ o un ‘de tin-marín’ frente a la b'oleta, lo que sería igualmente irresponsable que la abstención. Francamente no lo creo posible en un ciudadano pensante como tú, y volveré a ello al final del texto. Aunque debo reconocer con el mayor comedimiento y respeto el derecho de cada cual a mantener en secreto su preferencia electoral (…) Debo aclarar que ni conozco a los candidatos del [xx] y [xx], ni me interesan, ni estoy afiliado a ninguno, pero que el voto en favor de estos partidos representa la alternativa menos peor, pensando en lo negro que se observa en el horizonte político y social y lo que nos espera en el 2012. No hay más mulas p’al arado que las que están en el corral y que, aunque flacas y pasmadas, peor se pondrá la cosa si éstas se nos mueren o se nos pierden. ¿Era a esto a lo que te referías con lo del voto volado? Hombre, si así fuera, yo le hubiera llamado mejor ‘voto embozado’ o ‘voto pudibundo’ y santas pascuas, no hubiese habido fijón”. Pues sí, era eso a lo que me refería. A votar por unos no con un volado, sino con la remota esperanza (he allí el águila o sol) de que rompan con la inercia predadora de nuestros polacos.
Pero enfatizo: las elecciones han sido rebasadas. Mientras el ciudadano no dé un extra, todo lo que digamos sobre el voto será palabra estéril.

sábado, julio 04, 2009

Golpe a golpe



La asonada en Honduras parece una mera anécdota en la historia de América Latina, pero no es para tomarse a la ligera o verla de reojo, como si aquella no fuera más que una zarzuela centroamericana de la cual nos podemos desentender así nomás. La historia de nuestro continente cultural fue plagada durante dos siglos casi enteros, el XIX y XX, por la mala suerte de sufrir, sistemáticamente, golpes castrenses que de la noche a la mañana, sin metáfora en este caso, se hacían del poder a punta de bayoneta y sangre. Esa tentación, por lo visto, no ha dejado de estar allí.
Un chiste ilustra la catadura de los militares llegados a la cima de la política por medio de las armas. Por eso aguas. Aquellos milicos, como los cocodrilos, no se andan con mamadas, así que más vale leer esta historia como parábola bíblica. Va pues. Se cuenta que un grupo de generales se reúne en la clandestinidad para acordar un albazo contra el generalote que durante décadas ha controlado las autocráticas riendas de cierto país. Los militares debaten, cuestionan, se animan, se desaniman, se engallan. Luego de varias horas, entre el humo de los cigarrillos y el amargor del café quemado, todos por fin coinciden en sacar a la tropa muy temprano, a las cinco de la mañana (de allí la palabra albazo), para asumir el control de la nación y destituir (si se puede hasta matar) al sátrapa. La reunión se deshace, todos salen con cuidado hacia sus puestos, y uno de ellos, el general Martínez, quien por cierto será el personaje al que seguiremos, va a su casa. Desde el principio, aunque actuó bien para que no se notara su vacilación, pensó que eliminar al comandante supremo iba a estar del maldito carajo, y que, si la operación fallaba, todos los militares insubordinados desfilarían, sin juicio ni nada, frente a gatilleros que gustosos harían fuego en algún descampado de la selva. La duda lo engullía. Eran las once de la noche, la víspera del golpe. Martínez tenía sueño, pero no podía dormir. A las doce con treinta comenzó a resquebrajarse su seguridad; pensó en vestirse de inmediato para ir al palacio del supremo general y delatar a los golpistas. La duda lo detuvo. ¿Y si lograban su propósito? Al final de cuentas, todos habían jurado lealtad al proyecto, por el bien de la patria. Pasó otras dos horas despierto, inquieto, fumando en un patio interior, concentrado en el futuro inmediato. Eran las dos y treinta de la madrugada cuando, decidido, fue a tomar la llave de su coche: iría a palacio para denunciar a los traidores y salvar así su pellejo. Ya en el coche, antes de encenderlo, recordó los rostros de sus colegas: en todos vio el gesto del arrojo, de la certeza, del odio al criminal que se había enquistado en el poder. Martínez permaneció así, quieto, nervioso, sudando, sin encender el coche. Sacó un cigarrillo y comenzó a fumar en la oscuridad de su garage. En ese preciso momento se estaba jugando su futuro, un águila o sol del que dependía su vida y las de todos sus familiares. Seis, siete, tal vez ocho cigarrillos más pasaron volando dentro del coche. Vio su reloj. Faltaban quince minutos para las cinco, y calculó que podía estar en las puertas de palacio en poco menos de diez minutos. Encendió el coche, y aceleró. Frenó frente al enorme enrejado de la entrada central. Unos guardias se aproximaron y, al identificarlo, le permitieron el paso sin mayores trámites. Faltaban cinco minutos para las cinco. Un ama de llaves le permitió llegar sin problemas a la recámara del supremo general, quien aguardaba plácido, fumando y con bata de dormir. De inmediato, Martínez le comunicó la nueva:
—Señor comandante, he asistido como supuesto aliado a reuniones tramadas para derrocarlo hoy a las cinco de la mañana. Yo soy leal a su persona y a la patria, así que vengo a que tome providencias.
—Caray, Martínez. Nada más faltaba usted para venir a denunciar ese asqueroso plan. Ya me estaba decepcionando.

viernes, julio 03, 2009

Policiales de Fernando Fabio



Si no es sólo una casualidad, ignoro la razón precisa por la que de unos años a la fecha La Laguna ha construido un lote ya atendible de ficciones policiales. A Cuatro crímenes norteños, de Paco Amparán; a Partitura para mujer muerta, de Vicente Alfonso; a Leyenda Morgan, de mi autoría, viene a sumarse De la escritura a la evidencia, siete historias (pseudo) policiales, de Fernando Fabio Sánchez, libro publicado bajo el sello editorial de la UAdeC en la segunda serie Siglo XXI-Escritores coahuilenses. Se trata, en todo caso, de una obra cuya publicación, como suele suceder en nuestro modorro entorno, fue largamente pospuesta. Leí su original enargollado, si no recuerdo mal, hace más de cinco años, pero es hasta este 2009 cuando su autor ha podido verlo impreso y en circulación.
Prologado por Ignacio Corona, profesor de la Ohio State University, De la escritura a la evidencia oscila entre la historia policial cruda y el laborioso y cerebral despejamiento de los misterios planteados como ingeniosa incógnita en el arranque de cada relato. En este sentido, es un libro colocado a caballo entre las dos grandes tradiciones del género: la sobria, cuadriculada y a veces hasta estetizante manera inglesa, y la ruda, violenta y siempre viscosa escuela norteamericana del hard boiled.
Esta especie de hibridismo es entendible si nos asomamos, creo, a la formación académica del autor y a su primera experiencia laboral. Nacido en Torreón, en 1973, Fernando Fabio Sánchez estudió comunicación en el antiguo Iscytac, donde por cierto inauguró sus andanzas literarias. Recién egresado consiguió chamba como reportero de policiales, lo que para él significó, de golpe, sumar a su inquietud de escritor un contacto con casos violentos de la vida real. Poco después se dio su salida de La Laguna, de México, y su radicación en el estado de California, de donde partió a Boulder, Colorado, para estudiar su maestría y allí mismo el doctorado, que concluyó con éxito para luego instalarse como profesor en la Universidad de Portland.
A grandes zancadas he resumido el pasado que explica este libro: por un lado está el escritor, el académico, y por el otro el incipiente reportero que traba relación con sucesos que luego, trasformados por el tiempo y la imaginación, devinieron embriones de historias policiales, esas mismas historias que pasados los años fueron madurando para formar De la escritura a la evidencia, libro que, como ya dije, leí en borrador hace más de cinco años y que desde entonces me mostró esas dos caras de la narrativa que sabe hacer Fernando Fabio: por un lado, el ingrediente sanguinolento, el Mal reptando en cada página, y, por el otro, un gusto fijo por poblar cada cuento con libros, manuscritos, fotografías, periódicos, es decir, con referentes literarios.
Ignacio Corona ha dicho bien que “La colección de historias De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales (…) ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios…”. En efecto, las anécdotas son casi lo de menos; en las historias de este libro hay una especie de sustrato cuya complejidad desea aproximarnos a la infinita trama de relaciones humanas en estado de descomposición, esto como reflexión sobre los abismos que separan a la sociedad visible de lo que soterrada y verdaderamente es: un catálogo de almas en bancarrota, inmorales, movidas por la perversidad y sus afines. (Texto leído ayer en el Teatro Nazas; participamos el autor, Gerardo García Muñoz —quien hoy cumple el tostón— y yo).

jueves, julio 02, 2009

Tres muertes



El ajetreo literario de los días recientes, una suma de pequeñeces que de todos modos me ha sacado de la monocromía habitual, no me permitió ver con atención las muertes de Michael Jackson y de Farrah Fawcett, a las que se sumó, ayer, la del boxeador Alexis Argüello. Más allá de que parezca una frivolidad, el hecho de que caigan tres de tal tamaño casi al hilo y de una edad más o menos similar me indica que, en efecto, aunque no lo parezca, el tiempo vuela y, como dice Milanés, nos vamos poniendo viejos.
Una mala broma era recurrente cuando, con escándalo, se iban los famosos en fila: “Se están muriendo personas que antes no se morían”. Pues sí, morir es una costumbre, dice Borges, “que sabe tener la gente”. Pero al parecer se nos olvida y, por la rutina y porque la cabeza no suele estar en eso, perdemos de vista que nos vamos poniendo viejos a una velocidad increíble, como si el calendario tuviera turbo.
Qué cerca nos parece a los cuarentones, por ejemplo, la época en la que Jackson hacía las delicias del televidente con sus videoclips naivísimos, con su baile robótico y con aquella muy frecuente transformación de características físicas que lo llevó de la simpática negritud infantil a una blancura de geisha y un gesto de muñeco plástico, tan feo o más que Alfredo Palacios. Nunca oí con atención sus canciones, pues no me gustan ni en lo mínimo, pero sé aceptar que dejó marcas en la generación juvenil a la que pertenecí, que cuando fui joven allí andaba Michael en las fiestas, en los estéreos, en los televisores de mis contemporáneos. Y es muy extraño: alejado como siempre estuve de ese producto, al oírlo ahora en innumerables programas siento una especie de silenciosa nostalgia, pues el ex negrito bailarín me remite a todo un proustiano tiempo perdido, a una etapa de mi vida lagunera en la que estaba decidiendo ser lo todavía quiero ser.
Igual pasa con Farrah. Nunca me cuadró del todo, pues siempre me pareció una rubia un tanto ósea, medio equina. Son simples gustos, no más. De Los ángeles de Charlie, la verdadera diosa era (es todavía) Jaclyn Smith, una trigueña espectacular y hasta con un cierto aire latino. Pero los ángeles eran los ángeles, y cuando uno pasó ya, por mucho, la inocente edad de la chaquira, no se olvida fácilmente de todas las mujeres que se convirtieron en inspiratrices de adolescentes y solitarias sesiones de autoayuda.
Por último, ayer murió uno de mis más grandes y admirados iconos deportivos: Alexis Argüello. Al parecer, se pegó un balazo en el pecho. Era alcalde de Managua. Durante muchos años fue para mí el boxeador perfecto, y aquí confieso que me gustaba y me sigue gustando, como aficionado nomás, el deporte de las narices chatas y las orejas de etcétera. Argüello fue poseedor de dos virtudes boxísticas difícilmente hallables en un pugilista: una pegada de dinamita y una clase de gentleman. Bastaba verlo unos segundos sobre el cuadrilátero para confirmar que la elegancia de sus desplazamientos apenas podía insinuar a un pegador brutal, a un noqueador que terminaba peleas con un solo disparo fulminante. Sé que siempre fue un hombre recto, y aunque en México pudo ser odiado porque venció a nuestro Púas Olivares, el nicaragüense me trasmitió siempre la imagen de deportista inteligente y caballeroso. Entre muchos otros, en You Tube hay un video donde se nota de qué material era el tremendo Alexis: derrumba de un derechazo a su rival, quien queda tendido en la lona, ido. En vez de celebrar, como lo hacen todos, el bombardero nica se dirige de inmediato hacia su oponente y pregunta por su integridad. Fue un deportista impresionante.
Así, con estas tres estampas, me cae de nuevo el veinte: el tiempo va minando y hay que terminar lo pendiente. Luego de los cincuenta, nada está seguro. Más vale reorganizarse bien.

miércoles, julio 01, 2009

Hoy, cien años de Onetti


Revolución y cine mexicano



Andan en su tierra, La Laguna, Gerardo García Muñoz y Fernando Fabio Sánchez; como ya lo he comentado en otros momentos, ambos trabajan en la actualidad en universidades de Estados Unidos, pero no los abandona del todo el síndrome de la “Canción Mixteca” y cada que pueden se apersonan en la estepa nativa donde reanudan el viejo habito de las cervezas, los lonches y las gorditas. Los dos terminaron sus respectivos doctorados (García Muñoz en la Universidad Estatal de Arizona y Fernando Fabio en la Universidad de Boulder, Colorado) y nunca han suspendido sus empeños literarios. Vienen de vacaciones, pero yo los aprovecho para dialogar sobre sus actividades. Ambos preparan, como editores, un libro ambicioso: Luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana, un volumen colectivo de ensayos que pronto aparecerá bajo el sello del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; examina la producción cinematográfica en la cual la Revolución Mexicana se erigió en objeto de representación histórica y estética. El índice de autores está integrado por: Felipe Cazals, Aurelio de Los Reyes (UNAM), Julia Tuñón (Centro de Investigaciones Históricas de México), Matthew Bush (Lehigh University), Jean Franco (Columbia University), Zuzana Pick (Carleton University), Stephany Slaughter (Alma Collage), Adela Pineda (Boston University), Héctor Ruvalcaba (University of Texas en Austin), Ignacio Corona (Ohio State University), y los editores. Fernando Fabio me ha proporcionado unas líneas de su introducción (“De la representación a la historia: un siglo de cine y Revolución”):
“Antes de la idea fue la luz; antes de que se formara el concepto de la Revolución Mexicana existió su representación cinematográfica en las salas públicas y privadas del país. Todavía antes de que se iniciara la edificación del México posrevolucionario y surgiera el interés académico nacionalista por lo indígena y las tradiciones rurales; antes del Muralismo mexicano, la Novela de la Revolución y el régimen de la revolución institucional, se encuentra el cine de la Revolución. A la par de los reportajes periodísticos y fotográficos, el cine difundió imágenes de guerra provenientes de todas las regiones del país; presentó a los habitantes del México porfirista escenas que implicaban el derrumbe de un orden impuesto por más de tres décadas y, al mismo tiempo, el caos de la guerra que, con el tiempo, preludió el advenimiento de una nueva era.
La luz y la guerra: el cine de la Revolución Mexicana es precisamente un estudio de la vida del cine de la Revolución desde sus orígenes hasta casi el cumplimiento del centenario de la Revolución (1911-2009). El libro analiza las relaciones entre este corpus fílmico, la idea de la Revolución Mexicana y el régimen posrevolucionario. Tal como se verá a lo largo de este libro, el cine de la Revolución, a diferencia de lo que se piensa del Muralismo y de la mayor parte de las novelas de la Revolución, no siempre estuvo alineado con la propuesta simbólica del Estado y el grupo de intelectuales orgánicos. Aunque las convenciones que determinaban la producción cinematográfica fueron manipuladas por los caudillos —como antes lo fueron durante el régimen del presidente Díaz— y empezaron a ser explotadas comercialmente por los creadores del cine de ficción a partir de los ’30 haciendo eco de la narrativa auspiciada por el gobierno posrevolucionario, el cine no siempre fue un panegírico de hombres fuertes, celebración de la violencia originaria del México moderno y exaltación de héroes nacionales. De esta manera, el presente libro habla de una serie de encuentros y desencuentros entre el Estado, los grupos intelectuales y la Revolución”.

domingo, junio 28, 2009

Esbozo de Parábola



Contar la historia de un libro es regresar al misterioso origen de la creación. ¿En qué momento y a propósito de cuál visión, frase o aroma nació la idea que luego habría de generar un puñado más o menos amplio de cuartillas? En general, mi memoria suele conservar intacto aquel instante, sobre todo si se trata de los libros personalmente más apreciados. Juegos de amor y malquerencia, por ejemplo, nació completo, de golpe, cuando vi la foto de quienes luego serían los Tereseros; el embrión de Leyenda Morgan, mi más reciente libro, metáfora de la corrupción y la impunidad a la mexicana, fue engendrado mientras escuchaba una conferencia sobre derechos humanos. Parábola del moribundo tuvo su origen en un momento de desesperación, mientras pensaba cómo hacerle para arrimar más recursos a mi entorno familiar. Pensé en la desgracia de un escritor que, angustiado por la falta de oportunidades en su entorno provinciano, publica un anuncio en el periódico donde ofrece sus servicios de redactor a destajo. Nunca publiqué el anuncio y nunca lo publicaré, pero allí nació Santiago Macías, el poeta cuya historia empieza siendo un cuento sobre la supervivencia de la literatura en La Laguna; pasados algunos meses, aquel relato terminó convertido en una novela. Su borrador lo armé en 1999, así que tuve diez años para, de vez en vez, volver sin mucha convicción a esas cuartillas. Les metí un poco de mano cada dos o tres años, pero siempre terminaba por abandonarlas, por imaginar que en algunas vacaciones rearmaría todo el conjunto hasta dejarlo completamente acicalado.
Lo que pasó fue esto: muy poco después de escribir Parábola del moribundo, en 2000, me pegó una compulsión cuentística que sospecho jamás regresará. En efecto, de 2000 a 2005 escribí Las manos del tahúr, Ojos en la sombra, Polvo somos, Leyenda Morgan y otro libro de cuentos más (por ahora inédito). En suma, más de cuarenta cuentos pensados tal vez con excesivo y necio rigor formal. Eso me puso demasiado lejos el proyecto de Parábola del moribundo, pues frente a la rígida complexión que trataba de imprimirle a mis cuentos, la novela del 99 me parecía un mero ejercicio de vagancia narrativa.
Esto significa que Parábola del moribundo es, o vaya a ser cuando publicado esté, un libro anacrónico en mi producción. Nació cuando yo tenía tres libros publicados, pero estará en circulación, gracias al concurso Rafael Ramírez Heredia, luego de siete u ocho libros escritos y publicados con ulterioridad. Su estilo, sus preocupaciones, su percepción de la realidad y su tema son los de un escritor de treinta y tantos años, y aunque por estas fechas tengo oportunidad de maquillarlo y repeinarlo un poco, su base es inamovible y quedará tal y como fue parida.
Dije que, como todos mis relatos, Parábola… nació con la modesta aspiración de ser un cuento. Empecé, como empieza la novela, con mi personaje narrador contando que es poeta y que, tras pagar un miserable aviso clasificado en el periódico, le caen esporádicos clientes, entre ellos, Vicente Caballero, un setentón lleno de vitalidad, con lana y un apetito insaciable de mujeres. El descubrimiento de ese personaje provocó que el cuento quedara chico; sin premeditarlo, di con una pareja cómica cuyas andanzas me permitieron pespuntear del mundo emproblemado de Santiago al universo etílico-lúbrico-musical de Vicente, de la realidad culterana y pedante de Santiago a la barbarie ágrafa de Vicente, de las carencias de Santiago a los excesos tontos de Vicente. En el camino, Parábola… me permitió trabajar algunos subtemas de mi interés: la picaresca cultural, los límites del realismo en la literatura y la propuesta de una estructura narrativa que posibilitara ensamblar una novela dentro de la novela.
No seré yo el que diga que Parábola… es un libro escrito con flecos humorísticos, pues siempre suena grotesco que alguien declare tener capacidad para hacer reír. En su dictamen, los jurados (Eugenio Aguirre, Hernán Lara Zavala y Óscar de la Borbolla) advirtieron que este libro acusa un “discurso narrativo interesante y ameno que fluye sin tropiezos y que demuestra talento, ingenio y una dosis de humor y malicia por parte del autor”. Si es así, sospecho que no fue tan deliberado como parece; en todo caso, el humor, si lo hay, surgió de la conjunción de la pareja dispareja que habita todo el libro, del contraste marcado entre el joven lleno de libros y encierro y carencias y el viejo lleno de ingenuidad y vida y holgura de recursos. Todo fue dejarlos hacer, permitir que se movieran con libertad por la comarca lagunera, dejarlos entrar y salir sobre todo de aquellos sitios en los cuales Vicente Caballero está permanentemente al acecho de mujeres. La risa, si surge, se debe al hecho obvio de que ambos actúan movidos por resortes muy distintos, y al amargor de Santiago, quien narra las peripecias.
Cuando recién me anunciaron el premio, Karla Lobato, reportera cultural de La Opinión Milenio, me pidió un resumen. Mi respuesta es hoy la misma; para visualizar completo, de un jalón, todo Parábola..., sintetizo que la historia es, pues, muy sencilla: trata sobre un poeta de 33 años (la edad que más o menos tenía yo cuando la escribí) que vive en La Laguna y, por ello, hace alardes de ingenio para sobrevivir y mantener su vocación: corrige libros, imparte talleres, escribe reseñas e incluso desea escribir una novela, para ver si de allí sí obtiene algo. Ese poeta es pobretón, misántropo, resentido, culto y medio depresivo, y desde el primer capítulo traba amistad con un viejo de setenta años que jamás ha leído un libro pero tiene una enorme fuerza vital, pese a sus años, y es muy bueno para el trago y las mujeres, además de que tiene bastante plata. Narro sus andanzas por la noche lagunera, el disparate de su amistad, casi como si fueran el Quijote y Sancho al revés: el Quijote es el joven poeta y Sancho el viejo lúbrico, todo en un ambiente que me atrevo a considerar deudor de la novela picaresca española, que siempre ha sido una de mis principales pasiones como lector. Ahora bien, en medio de esas peripecias, como aderezo, la novela describe la odisea de ser escritor en La Laguna, el mundillo literario-periodístico local, las pequeñas mezquindades y ridiculeces que se dan por nuestro todavía evidente provincianismo.
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Texto leído ayer en el teatro Ricardo Castro de Durango capital dentro del marco de la Feria Nacional del Libro Durango 2009.

sábado, junio 27, 2009

Denevi, grande del micro



Frecuento mucho la narrativa sudamericana. Sin duda, me gusta más que la mexicana y la española, y esto lo digo sin el ánimo de imponer tal preferencia. Es una cuestión de química, dirían los jóvenes de hoy. Me hallo bien, sobre todo, con los narradores argentinos. A uno que nunca, creo, he recomendado frontalmente es a Marco Denevi (1922-1998), quien con su libro Falsificaciones (1966) habita, sin atisbo de duda, el canon del microrrelato moderno. En internet o en libro hay que leerlo. Me atrevo a decir que su prosa es un placer mayor. Veamos tres piezas nomás, como prueba:
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Gobernantes y gobernados
Por las noches el Gran Tamerlán se disfrazaba de mercader y recorría los barrios bajos de la ciudad para oír la voz del pueblo. Él mismo les tiraba de la lengua.
—¿Y el Gran Tamerlán? —preguntaba—. ¿Qué opináis del Gran Tamerlán?
Invariablemente se levantaba a su alrededor un coro de maldiciones y de rabiosas quejas. El mercader sentía que la cólera del pueblo se le contagiaba. Arrebatado por la indignación, añadía sus propios denuestos, revelaba un odio feroz contra el gobierno.
A la mañana siguiente, en su palacio, el Gran Tamerlán se enfurecía. ¿Sabe toda esa chusma —pensaba— qué es manejar las riendas de un imperio? ¿Creen esos granujas que no tengo otra cosa que hacer sino ocuparme de sus minúsculos intereses, de sus chismes de comadres? Y se dedicaba a los intrincados problemas oficiales.
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Los animales en el arca
Sí, Noé cumplió la orden divina y embarcó en el arca un macho y una hembra de cada especie animal. Pero durante los cuarenta días y las cuarenta noches del diluvio ¿qué sucedió? Las bestias ¿resistieron las tentaciones de la convivencia y del encierro forzoso? Los animales salvajes, las fieras de los bosques y de los desiertos ¿se sometieron a las reglas de la urbanidad? La compañía, dentro del mismo barco, de las eternas víctimas y de los eternos victimarios ¿no desataría ningún crimen? Estoy viendo al león, al oso y a la víbora mandar al otro mundo, de un zarpazo o de una mordedura, a un pobre animalito indefenso. ¿Y quiénes serían los más indefensos sino los más hermosos? Porque los hermosos no tienen otra protección que su belleza. ¿De qué les serviría la belleza en un navío colmado de pasajeros de todas clases, todos asustados y malhumorados, muchos de ellos asesinos profesionales, individuos de mal carácter y sujetos de avería? Sólo se salvarían los de piel más dura, los de carne menos apetecible, los erizados de púas, de cuernos, de garras y de picos, los que alojan el veneno, los que se ocultan en la sombra, los más feos y los más fuertes. Cuando al cabo del diluvio Noé descendió a tierra, repobló el mundo con los sobrevivientes. Pero las criaturas más hermosas, las más delicadas y gratuitas, los puros lujos con que Dios, en la embriaguez de la Creación, había adornado el planeta, aquellas criaturas al lado de las cuales el pavorreal y la gacela son horribles mamarrachos y la liebre una fiera sanguinaria, ay, aquellas criaturas no descendieron del arca de Noé.
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Los animales del génesis
Recién expulsado del Paraíso, Adán hizo una aparición espectacular entre los animales. Todos reconocieron en él a una criatura más poderosa que los demás habitantes del agua, del aire y de la tierra. Pero mientras algunos corrieron a someterse, otros, orgullosos de su libertad, prefirieron mantenerse apartados. A estos últimos Adán los llamó fieras salvajes.

viernes, junio 26, 2009

Adiós al último decoro



Hace pocos días un lector me preguntó por qué le estaba dedicando al menos un comentario por semana al tema de la guardería ABC. Le respondí sin rodeos: porque si las autoridades no atienden con severidad un caso donde de la peor manera han muerto 47 niños y varios más permanecen graves y, si sobreviven, quedarán marcados por las quemaduras, entonces ya no hay remedio para las “instituciones” de nuestro país. Así de simple. No porque un niño valga más que un adulto, sino porque a los niños ni siquiera les pueden inventar culpas. No los pueden tachar de provocadores, de revoltosos, de violentos, de nada. Son, sin más, la inocencia a plenitud, de ahí que no existan excusas para postergar una buena investigación que dé con los culpables y, como dicen, se les finquen responsabilidades.
Así que, si con 47 niños muertos y varios más en situación delicada, las autoridades judiciales y los gobiernos federal y estatal montan el performance de la mutua acusación (que en el fondo no es más que la postergación del castigo), ¿qué puede uno esperar si algún día ve violentados sus derechos de manera grave? Pues nada. En todo caso, silencio, impunidad, olvido.
El incendio de la guardería ABC ha permitido ver con lente de aumento el tamaño de la mafia mexicana. Sin otro interés que el control político que es control económico, una inmensa red de parentescos y amistades cubre el mapa nacional en todas las áreas de la política y la economía. En el estricto rubro de las guarderías subrogadas no ha salido de sus cloacas la famosa lista porque le daría una encuerada mayúscula al sistema en su totalidad. ¿Quiénes están allí? No se sabe, por supuesto, pero la tardanza de su publicación genera suspicacias que no deben andar muy descaminadas. Como en cualquier contrato a la mexicana, detrás de las guarderías subrogadas pueden estar hermanos, primos, cuñados, compadres, amigos cercanos de algún chipocludo estatal o federal. Hasta la extensa parentalia de Calderón salió a balcón con el abominable percance de la guardería sonorense. Por eso, sólo por eso, hay un anómalo manto de indiferencia oficial en torno al asunto de la lista, pues aquí no habría para dónde hacerse: las cientos de guarderías, como negocio, han quedado en manos del hermano, del primo o del compadre al que se le debe echar la mano para que se ayude tantito con unos pesos fáciles, esto porque no importan demasiado, como ya se vio, las condiciones en las que vivirán durante varias horas del día los hijos de trabajadores que no pueden pagar nana ni viven en un mundo de juguete.
Lo que vemos ahora, el bombardeo de estiércol entre el relamido y retórico Gómez Mont contra el engallado (que no empollado, lo que sería más cercano a la verdad) Bours Costelo, es una disputa ajena por completo a las investigaciones forenses y a la impartición de justicia lógicos en cualquier estado de derecho. Habida cuenta de que cuando se cruzan gobiernos de distinto partido todo se politiza, ahora no podía ser de otra manera, pues la circunstancia electoral ha sido radicalmente modificada por la tragedia. El gobernador saliente, un triunfador echón como el que más, tenía bajo su control las riendas del potranco, pero el desaguisado vino a despertar los apetitos blanquiazules de agenciarse por primera vez la anhelada Sonora, tierra de militares emblemáticos del régimen priísta y uno de los estados con mayor riqueza legal e ilegal en el país. Por eso, para quitarse la papa caliente de las manos y de paso acabar de hundir al mandatario de Sonora y a su delfín Alfonso Díaz Serrano, alias el Vaquero, el felipismo impúdico no ha tenido empacho en usar el siniestro de la guardería como macana electoral. La morosidad de las investigaciones les conviene a los dos gobiernos: a uno, para que el incendio quede arrumbado en el olvido; al otro, para que esté lo más fresco posible el día de las elecciones. Todo es, en fin, torcido. La “vileza estructurada”, como dice Osvaldo Bayer, no cesa de operar.

jueves, junio 25, 2009

Libro y lectura en Acequias



Hoy a las ocho de la noche en la librería Gandhi, Carlos Reyes, Andrés Jáquez y yo presentaremos el número 48 de Acequias, revista de la UIA Laguna. A reserva de ampliar el comentario, espigo aquí algunas ideas sobre su contenido. Recuerdo a los lectores que Acequias circula gratis desde su mismísimo nacimiento, así que esta noche podrán llevarse los ejemplares que deseen con solo hacer acto de asistencia. Entre otras, aquélla es una de las muchas razones que han consolidado a esta publicación de “literatura y crítica cultural”, pues siempre ha ofrecido sus páginas sin ningún costo, hecho por demás generoso y extraño en el mundo con código de barras que hoy vivimos.
Pero la circulación gratuita es una más entre sus varias virtudes. Acequias, como ya lo he dicho en numerosas ocasiones, ha caminado sola entre las publicaciones universitarias de La Laguna, pues, que yo sepa, no existe ninguna revista de esta índole bajo el auspicio de alguna institución de nivel superior en la región. Supongo que han sido emprendidos proyectos similares, pero de vida efímera. Asimismo, algunas universidades mantienen boletines internos con cierto formato de revista, pero ninguna instancia ha propuesto una publicación donde quepan el ensayo de temática miscelánea, la poesía y la narrativa con cierta densidad y extensión más o menos aceptables para ser tenidos como dignos de niveles académicos universitarios.
Acequias, al contrario, ha llegado a su año doce notablemente fortalecida. De la buena revista que ya era cuando rompió el cascarón, ahora sigue sólida y con el extra de un diseño moderno, mucho color y material de alta calidad. Pero no debemos engañarnos: es bienvenido lo exterior y es harto agradecible que una revista de esta pinta llegue a nuestras manos con la leyenda “Ejemplar gratuito”. Lo fundamental es y seguirá siendo, sin embargo, el contenido, la calidad de los textos que número tras número nos ofrece esta publicación trimestral.
Como ejemplo de lo que aseguro, basta ver el menú del número 48, dedicado en su parte monográfica al libro y la lectura. La idea de apartar una sección de Acequias a un tema específico es de Édgar Salinas, director de la revista desde el número 39. Gracias a esto, a la fecha sumamos ejemplares de Acequias en los que han sido abordados temas de suyo interesantes, como el de nueva tecnología y escritura y el de editores laguneros, donde tuve la suerte de colaborar. Ahora, tres especialistas en materia de libros y lectores ofrecen su visión sobre el asunto, que no por panorámica deja de ser interesante. Felipe Garrido hace en “Lengua, identidad y cultura” una reflexión sobre el valor de la palabra que se alberga en los libros; gracias a ellos, observa el escritor jalisciense, el hombre cruza a dimensiones liberadoras, al amplio horizonte de la imaginación. Saúl Rosales, en “De la lengua al libro”, hace un inteligente sondeo a las posibilidades de la palabra en tanto instrumento rico y enriquecedor; sin perder profundidad, el texto de Rosales tiene una fuerte intención didáctica, tanto que podría persuadir a cualquiera sobre la importancia del libro como receptáculo de lo mejor que el ser humano tiene: su inagotable capacidad de comunicar. Por su parte, Carlos Reyes traza un breve texto (“Reflexión sobre el libro y la lectura”) donde piensa en la universalidad de la lectura, en la relación libro-lector, permanentemente abierta a combinaciones infinitas.
Además, Acequias 48 contiene un sesudo ensayo de Andrés Jáquez, una entrevista (sobre el genio de Mozart) a Eusebio Ruvalcaba, un emotivo cuento de Édgar Salinas cuyo personaje innominado es nada menos que Magdalena Mondragón, y mucho más. Nos vemos hoy por la noche en Gandhi. Aprovechando el viaje, quiero felicitar en persona a Édgar y a Julio César Félix por sus diez primeras salidas: Acequias, con ellos, sigue firme.

miércoles, junio 24, 2009

Acequias 48 en Gandhi Torreón

Arte de diluir



El tiempo es el gran verdugo, el gran aplanador, el gran rasero, el gran nadificador (si es que existe esta palabra que alguna vez le oí a un filósofo infuloso). Por eso me impresiona tanto aquella frase de Borges metida como si nada en el cuento “La intrusa”: “La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá”. Sí, toda crónica está condenada a perderse, a ser nada conforme la devora el calendario con su inmenso hocico. Bordo tan vaporosa reflexión cuando pienso en el tratamiento que por parte del Estado reciben los crímenes como el de la guardería ABC, fechoría que apunta ya a su tercera semana y todavía no deja un solo culpable claro, salvo quizá unos cuantos peces chicos que serán usados, en todo caso, no como peces, sino como chivos para que el tiempo pase y todo termine arrumbado en el expediente inútil de una Procu, perdido como todo se perderá.
El factor tiempo es, entonces, imprescindible para los políticos sorpresivamente metidos en megaescándalos como el de la guardería. Entre más semanas pasen, mejor para ellos, pues la gaseosa opinión pública se cansará del tema, por trágico que haya sido, y dejará que todo se diluya hasta derivar en el resumidero de la historia. Ese ha sido el tenor de sucesos parecidos: truenan, provocan una ola poseidónica de interés mediático, desestabilizan un rato al poder (en este caso, al gobierno de Sonora y al matrimonio Calderón-Zavala), hay promesas de investigación a fondo y mientras, mientras pasan las semanas, los meses, hasta que llega el olvido.
Leo un viejo libro sobre la masacre del Jueves de Corpus. Su título es La investigación, y lo publicó Proceso a principios de los ochenta, hace más de treinta años. El aporte de Enrique Maza da seguimiento a la información difundida por los medios luego de aquel jueves sangriento. Declaraciones de Luis Echeverría y de Alfonso (mejor conocido desde entonces como Halconso) Martínez Domínguez apuntaban, mutatis mutandis, lo mismo que ahora oímos de Bours o de Medina Mora: se castigará a los culpables, se llegará hasta el fondo de la verdad, nadie está por encima de la ley, el estado de derecho blablablá. El resultado de aquellas promesas con guayabera blanca quedó en nada, en crimen caído en el pozo de la historia nacional, en “misterio sin resolver”, como dice un programa forense-policiaco gringo. La voz popular, apagada poco a poco por el tedio, señalaba y señala como culpables al Echeverría y al ex regente Halconso, pero nunca pasó nada: el Jueves de Corpus fue carcomido por los años y desde hace mucho está condenado a ser nomás una carpeta perdida en la borrosa historia de la impunidad mexicana.
Ahora, como procedió Enrique Maza con la información nacida inmediatamente después del siniestro represivo, traigo esta nota sobre el incendio de la guardería: “Tehuacán, Pue., 15 de junio. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) dará a conocer esta semana los nombres de las guarderías subrogadas que representan un riesgo para los niños y por tanto suspenderán su servicio, así como de los dueños de todos estos establecimientos en el país.
Daniel Karam, titular del IMSS, indicó que en la página de Internet de la institución aparecerá el listado de personas a quienes se ha adjudicado el servicio de guardería, de forma directa o como resultado de un proceso de licitación”.
Tal vez fue precipitada la declaración del director del IMSS, pues en una semana no estuvo lista la lista prometida, pues ya vamos en la segunda semana desde que Karam arrojó al mundo el ofrecimiento y no pasa nada. También podemos pensar que sólo fue lo que es: una táctica distractiva, una forma segura de diluir dos o tres semanas con la creación de una expectativa falsa. Vayan ustedes a saber la cochinada que esconde esa lista. Por eso la esconden, por eso tardan en darle su buena rasurada.

domingo, junio 21, 2009

Camerata quinceañera



Modestia al margen, fui, si no el primero, sí de los primeros en aplaudir la feliz iniciativa de fundar una camerata, la Camerata de Coahuila, y establecer su sede en Torreón. En efecto, el primero de julio de 1994, hace exactamente quince años, escribí y publiqué, con la prosa agreste que todavía me gastaba en aquel año trágico para la política de nuestro país, que la Camerata abría una oportunidad espléndida en el contexto de la cultura regional, pues por primera vez en la historia de La Laguna se asentaría una instancia que de manera profesional y sistemática iba a dedicar aquí su esfuerzo a la difusión y el fomento de la música grande.
Creo que pocos imaginaron que un emprendimiento como el de la Camerata lograría permanecer vivita y tocando durante quince años. Y así es, pues en los días que corren esta institución cumple década y media de existencia y todo indica que en tal lapso ha echado raíces firmes para permanecer durante muchos años más, tantos como queramos los laguneros.
En mi texto celebratorio por el nacimiento de la agrupación cerré con una felicitación enfática “a los músicos de nuestra Camerata (músicos que deben hacer escuela), al personal administrativo, al matrimonio de los Santibáñez [Ricardo y Lucrecia], al patronato, al director Ramón Shade y a la encantadora Cristy Matouk [quien por entonces era la gerente]”. A esos músicos, a esos administrativos, a ese director y a ese patronato hay que reiterarles ahora una felicitación retroactiva, pues gracias a su iniciativa, gracias a lo que antes fue aventura de unos pocos, la Camerata es hoy una realidad tangible, viva, sólida y definitivamente fructífera en la historia del arte lagunero.
Dije allí, ojo: “músicos que deben hacer escuela”. En aquel momento no sabía bien a bien lo que afirmaba, es cierto, pero la presencia de músicos profesionales mexicanos y extranjeros resultó definitiva en la creación de un clima favorable para la música culta en la región. Con la Camerata llegó una ola de maestros voluntarios e involuntarios, de músicos que además de formar parte de esta agrupación han ido diseminando sus conocimientos entre muchos prospectos laguneros. Gracias a la Camerata cuajó entonces un saludable ambiente de instrucción musical en La Laguna con maestros como Natalia Riazanova, Joel de Santiago y Tatul Yeghizarian, entre otros; además, se multiplicaron las presentaciones de ensambles o formaciones parecidas en actividades culturales y sociales que antes no contaban con música clásica en sus programas.
Asimismo, y dado el entorno en el que debía operar, la Camerata se propuso desde su fundación no concentrar sus empeños en el escaso público especializado, de ahí que entre sus iniciativas vertebrales haya estado la de ofrecer “conciertos didácticos”, es decir, presentaciones en las que junto con la ejecución, ya de por sí valiosa, el público es informado en vivo sobre las piezas interpretadas, sobre los instrumentos, sobre los géneros, sobre los compositores y, en general, sobre todo aquello que ayude a crear las bases necesarias para alcanzar una mejor inteligencia del arte musical.
La Camerata ha tenido dos escenarios magníficos: el Teatro Isauro Martínez y el Teatro Nazas, ambos de Torreón. Su labor, sin embargo, no ha quedado encerrada en esos queridos recintos, pues ha desempeñado un papel de representante cultural de La Laguna en foros igualmente importantes como el Palacio de Bellas Artes, el alcázar del Castillo de Chapultepec, además de escenarios en festivales de Estados Unidos y Cuba. La Camerata ha acompañado también a solistas con reconocimiento internacional, como Ramón Vargas, Carlos Prieto, Horacio Franco, Edison Quintana, Jorge Federico Osorio, Román Revueltas, Emilio Angulo, Stefan Milenkovic, Pilar Rioja, Fernando de la Mora, Jorge López Yánez, Walter Boeykens, entre otros, y ha presentado conciertos misceláneos, todos de calidad, en cada una de sus nutridas temporadas. Su página web afirma que “ha realizado estrenos mundiales de obras escritas por compositores mexicanos para la orquesta como lo son el maestro Manuel de Elías, Graciela Agudelo y Mario Kuri Aldana, así como los conciertos de gala donde se integran músicos invitados para interpretar obras escritas para orquesta sinfónica”. Además, ha puesto en escena las óperas Bastián y Bastiana, de Mozart, El barbero de Sevilla, de Rossini; La serva padrona, de Pergolesi; La isla deshabitada, de Haydn (estrenada aquí en el ámbito de América Latina); el Orfeo, de Gluck; Elíxir de amor, de Donizetti; Dido y Enéas, de Henry Purcell y La Traviata, de Giuseppe Verdi. En materia de grabaciones, la Camerata de Coahuila cuenta con tres discos producidos: Camerata de Coahuila (2003), Paisaje cubano (2005), Astor Piazzolla. Las 4 estaciones (2006).
Por todo, es de justicia felicitar a todos los integrantes del patronato de la Camerata de Coahuila. Afortunadamente es amplio, y lo encabezan, como presidentes, el gobernador Humberto Moreira Valdés y su esposa, Vanesa Guerrero de Moreira; y los vicepresidentes ejecutivos Antonio Méndez Vigatá y su esposa, Gabriela Romero de Méndez.
Quede también el siguiente testimonio sobre los integrantes de la Camerata en el momento en el que arriba a su aniversario quince; aunque vengan otros, todos forman parte ya, como sus predecesores, de esta institución artística lagunera: director artístico y general: Ramón Sade; violines primeros, concertino: Tatul Yeghizarian; co-concertino: Marina Gorbenko, Ani Mkrtchyan, José Antonio Alanís; violines segundos: Dmitri Myzdrikov, Andrei Vlassov, Abraham Serrano, Samia Maloof; violas: Yulia Mokhnatkina, Vladimir Leshin, Babken Vardyan; cellos: Sergey Kosemyan, Alberto Jairo Ossa, Elena Myzdrikova, Jorge A. Paulín Arenas; contrabajos: Gabriel Robles, Guillermo Prieto; flautas: Juan Manuel Rosales, Katherine Calvey; oboes: Josef Gamilagdishvili, Enrique Trujillo; clarinetes: César Encina; Fernando Guijarro; fagots: Ventsislav Rumenov Spirov, Konstantin Melik-Vrtanesyan;, cornos: Serguei Marouchtchak, Alexandre Marouchtchak; trompetas: Francisco Cedillo, Carlos Espinosa; piano: Mariana Chabukiani; percusiones: Ricardo Jáuregui, Jorge Valenzuela, José Manuel Portilla.
Quince años suenan bien; que vengan muchos más.

sábado, junio 20, 2009

Recordatorio chileno



Acaba de morir la señora Hortensia Bussi, esposa de Salvador Allende. Sobreviviente del golpe militar chileno de 1973, la señora Bussi pasó parte de su exilio en nuestro país, lugar donde dejó grata memoria. Y a propósito de la asonada gorila que la obligó a salir de Chile, y aprovechando de paso que sopla un vientecillo fascistoide en nuestro actual régimen, no está mal releer (que es como escuchar) algunas de las palabras de Allende emitidas por Radio Magallanes, palabras enunciadas en el mismísimo momento en el que los milicos estaban apoderándose del gobierno chileno. Unos pocos fragmentos, sí, pero que son una lección inextinguible de aquel Allende frente a un micrófono de radio diciendo sus últimas palabras:
“Compañeros que me escuchan:
La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participa la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada.
Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito. El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse.
Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará su a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida. (…)
En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato conciente de un presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas.
En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra... roto la doctrina de las Fuerzas Armadas.
El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor...”.

Bunge estuvo aquí



Siempre he tenido la impresión de que los laguneros no sabemos apreciar lo que tenemos y, menos todavía, lo que esporádicamente nos llega de fuera. Doy un ejemplo; hace dos años, en mayo de 2007 si mi memoria no cascabelea, vino a Torreón, traído por la UAdeC, el doctor Mario Bunge. La invitación se la hizo el doctor Roberto Tuda Rivas, de la Facultad de Economía. Ignoro por qué razón no había un auditorio lleno a tronar para ver y oír a Bunge, sino un aula con apenas quince personas que, me cuento, lo atendimos deslumbrados. Puedo presumir, no me apena, que me tomé una foto con él, que es un intelectual de peso apabullantemente completo.
Lo mismo o algo similar pasó en noviembre de 2007, cuando vino el poeta Juan Gelman. Los alcaldes laguneros no fueran a recibir a esa eminencia, lástima, y se perdieron así el privilegio de codearse con quien poco después sería reconocido con el premio Cervantes. En otro momento contaré la anécdota sobre el libro que me envió.
Vienen muy de vez en vez esos tipazos y nos pasan de noche, así que cuando encuentro comentarios como el que citaré, no puedo no pensar que andamos muy lejos del aprecio por lo verdaderamente valioso. Cito algunos párrafos de la reseña “La fuerza de Mario Bunge” publicada recién (13, junio, 09) en el suplemento cultural Babelia del El País de España; su autor es Jesús Mosterín, quien se refiere al libro Filosofía política: Solidaridad, cooperación y democracia integral (Gedisa, 2009): “Mario Bunge, que en septiembre cumple 90 años, es el filósofo hispano (en sentido amplio) más importante de su generación. Nacido en Argentina, se doctoró con el físico austriaco Guido Beck, aunque pronto dejó la física por la filosofía. Después de sonados encontronazos con peronistas y militares, en 1963 tuvo que abandonar Argentina. Tras una estancia en Estados Unidos y en Alemania, se estableció definitivamente en Canadá, en Montreal, en cuya Universidad McGill él y Marta, su mujer, obtuvieron sendas cátedras de filosofía y matemáticas. Trabajador infatigable, todavía no ha reducido su pasmoso ritmo de producción. Su ingente obra está destinada a promover una visión sistémica y materialista del mundo. Todavía su penúltimo libro, A la caza de la realidad (Gedisa, 2006), constituye una vigorosa y penetrante defensa del realismo materialista, entendiendo por materia lo mutable o cambiante, por contraposición a la inmutabilidad de las ficciones y de los constructos abstractos de la matemática. (…) La obra está dedicada a su padre, médico, parlamentario e impulsor de la justicia social en Argentina, que transmitió sus ideales progresistas al joven Bunge, cuya primera empresa consistió en fundar una Universidad obrera. Cuando ya estaba en Canadá, durante la dictadura del general Onganía, sus obras fueron quemadas en el patio de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, junto a las de Marx. Cuando en 1982 los militares argentinos invadieron las islas Malvinas, y muchos intelectuales blandengues, como el mismo Ernesto Sabato, se dejaron llevar por un patrioterismo irracional a apoyar la acción de la dictadura, los realmente lúcidos, como Borges y Bunge, mostraron su completo desacuerdo. (…) En el prólogo leemos que ‘la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros’. Este reproche nadie se lo haría a Bunge, que no tiene pelos en la lengua y es lo contrario de un escolástico: es un auténtico surtidor de ideas originales, iluminadoras a veces y otras insuficientemente digeridas y precisadas. El matiz no es lo suyo y con frecuencia se lo ha comparado al elefante en la cristalería, pero hay que reconocer que se trata de un elefante filosófico magnífico, lleno de fuerza y empuje intelectual”. Y pensar que Bunge estuvo en Torreón. Tal vez sea el hombre más lúcido que ha pisado estas tierras y ni cuenta nos dimos.
o
Nota del editor: en la imagen, Roberto Tuda con Mario Bunge en la UAdeC-Torreón. La foto es mía.

jueves, junio 18, 2009

Palabras en Durango



Esto leí ayer en Durango capital: Tengo pocos, pero todos los que he recibido son ya parte importante de mi modesta carrera literaria. Me refiero, por supuesto, a los premios. Ellos son, sin duda, espaldarazos que además de socorrer en lo económico ayudan a tomar confianza en lo que uno hace, a creer en la obra propia, esa obra que nace siempre entre la soledad y el escepticismo, entre las pequeñas y grandes complicaciones de la vida y la permanente angustia por no escribir lo que uno quiere, sino lo que uno puede, que por lo general es poco y de muy cuestionable calidad.
Los premios, es cierto, no garantizan nada, pero en el plano estrictamente literario son al menos garantía de que a uno lo han leído muy buenos lectores. Con esto quiero decir que lo más valioso de los premios es haber pasado frente a los ojos de colegas con obra demostradamente sólida. En mi caso, he recibido alguna vez el voto favorable de José Agustín, de Evodio Escalante, de Guillermo Samperio, de Daniel Sada, de Elmer Mendoza y otros escritores más igualmente reconocidos, como los que dictaminaron el premio que esta noche nos convoca: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. A todos ellos los he leído con admiración, y cuando me enteré de que juzgaron positivamente mi Parábola del moribundo no puedo dejar, por dentro, de enorgullecerme y, por fuera, de morder el rebozo, dado mi irremediable provincianismo lopezvelardeano.
De todos los reconocimientos y de todos los jurados no es éste, ciertamente, el más importante. Esto que parece una afirmación políticamente incorrecta no lo es tanto, ya verán por qué. Hace un cuarto de siglo yo sumaba veinte años, iba a la mitad de mi carrera y no tenía en las manos más que dedos. Ya escribía un poco, ya quería dedicarme a la literatura, pero nada me permitía asegurar que podía hacerlo. Estaba en Torreón, no había escuelas de letras, no teníamos un movimiento literario alentador ni contaba con la más elemental biblioteca para bucear por la libre. Eso no fue obstáculo, sin embargo, para borronear con timidez algunos mecanuscritos en mi Letera Olivetti color cremita. Por esas fechas sancoché mis primeros cuentos, unos relatos de cuyos contenidos no quiero acordarme pues sistemáticamente me dejaban la impresión de que no servían ni para envolver tomates.
A ciegas, con el puro lazarillo de la intuición y con algunas lecturas hechas con la brújula del azar, en 1984 vi una convocatoria y me atreví a mandar un relato. Era el primer concurso de cuento Magdalena Mondragón convocado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Se trataba de un certamen regional, y otorgaba módicos premios al primero, segundo y tercer lugares. Cuando los resultados aparecieron en el periódico, vi que mi cuento no ganó nada, pero en un parrafito final decía que el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas, una de ellas para mí. Aquella bicoca fue, sin embargo, el mejor regalo que he recibido en mi vida, y me estimuló tanto que lo considero desde entonces mi mejor permio literario.
Fue tan grande mi alegría que tuve la ocurrencia de asistir a la premiación, y allí me dieron un diploma. No había nada más, pero me alegré al escuchar que me nombraron y pasé a tomar el reconocimiento, que recibí de manos del único jurado: Rafael Ramírez Heredia. 25 años después, tengo la fortuna de ganar la primera convocatoria del concurso que con toda justicia homenajea al Rayo Macoy gracias a la iniciativa de la Fundación Guadalupe y Pereyra, la revista La Otra, el Instituto Politécnico Nacional y el Instituto de Cultura del Estado de Durango, instancias a las que agradezco sinceramente. Este premio cierra para mí una especie de ciclo; es, por ello, como un paréntesis que en sus extremos lleva el entrañable nombre del narrador tamaulipeco. Ignoro qué sigue para mí, pero estos primeros 25 años han sido, creo, rounds de estudio, la dura etapa del inagotable y titubeante aprendizaje.
En cierta forma, ese es el tema de la novela, la vida un tanto picaresca de un escritor perdido en la estepa lagunera, es decir, un creador ajeno al ambiente cultural que abre oportunidades a granel y permite al menos asegurar los bienes de consumo básico. En Parábola del moribundo, el personaje narrador se las ve literalmente negras para sobrevivir; es poeta y no quiere dejar de serlo, así que se inventa una forma lateral para arrimar recursos: escribir, editar, corregir a destajo en un ambiente, como ya dije, en el que esos oficios son menos importantes que la poesía en una junta de la Coparmex.
No digo más; sólo concluyo con mi más enfático agradecimiento a Juan Ángel Chávez Ramírez, presidente de la Fundación Guadalupe y Pereyra; a José Ángel Leyva y a María Luisa Martínez Passarge, responsables de la revista La Otra; a Enrique Villa Rivera, director general del IPN y a nuestro anfitrión, Juan Antonio de la Riva, director del Instituto de Cultura del Estado de Durango. A todos, muchísimas gracias por colocar este importante pedestal en memoria del maestro Rafael Ramírez Heredia.
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Durango, Durango, 17, junio y 2009

miércoles, junio 17, 2009

46 muertos, 0 culpables



Se equivocó redondo José Alfredo cuando dijo que allá en su León, Guanajuato, la vida no vale nada. Si pudiéramos hacer una versión corregida de aquella ranchera, creo que nadie se enojaría si en vez de decir “León”, afirmamos que es todo el país, que en el México entero de este tiempo la vida no vale un rábano. Quien lo dude, basta que vea la pizarra electrónica del siniestro hermosillense: 46 niños muertos (de una manera literalmente infernal) y cero detenidos. Sólo en un país como el nuestro se puede dar esa criminal contradicción, que mueran tantos inocentes frente a los ojos de la “autoridad” y que luego todo se diluya en la manoseadas frases dilativas: “Se actuará hasta las últimas consecuencias”, “el Estado hará valer todo el rigor de la ley”, “se procederá caiga quien caiga”.
El incendio de la guardería ABC vino a probar, por si hiciera falta y con las más desgarradoras víctimas, la increíble y triste podredumbre de la política al uso y su sistema desalmado. El siniestro no sólo quemó las a todas luces inadecuadas instalaciones de esa estancia para niños, sino que arrasó con las últimas hebras de credibilidad que tienen los administradores de este país, sean del nivel que sean. El hecho luminoso de que no haya un solo culpable visible y al menos arraigado, muestra hasta qué punto los negocios privados se han confundido con los quehaceres públicos, como si el país se hubiera fernandezdecevallizado por completo, como si México no fuera ya un Estado sino un tianguis gigante en el que no importa el hombre, sino sólo lo que vende y lo que compra.
Fernando Gómez Mont, el corpulento engominado que despacha en Gobernación, señaló ayer que no es pertinente “politizar” la tragedia. Es posible estar parcialmente con él, sobre todo en el estricto caso de las indagaciones, la compilación de pruebas y el reparto de culpabilidades, todo en el caso de que sean profesionales y en verdad estén tratando de llegar al esclarecimiento de los hechos para fincar las penas correspondientes. Sin embargo, el desaguisado se politiza en automático por el simple hecho de que las guarderías son, como tanto en México, un botín para hacer negocios particulares en los pasillos del poder político.
De ahí quizá que el IMSS no haya dado a conocer de inmediato el padrón de responsables de las guarderías subrogadas, como si la tardanza obedeciera a un impulso protector de hermanos, primos, tías y compadres de encumbrados. Ante la demora, la suspicacia, una suspicacia apoyada en años de saber que detrás de un contrato, de una concesión, de un concurso, está la mano negra de los cambalaches en lo oscurito.
En México son bien conocidos los resultados que se gastan las autoridades judiciales luego de desastres de parecida magnitud al sonorense. Todos pasan, forzosamente, por el factor disolvente conocido como “tiempo”. Estamos, hoy, a doce días del incendio en la guardería; debido al tortuguismo deliberado y al congestionamiento de otras noticias los afectados se van quedando más solos de lo que ya estaban, es decir, pierden hasta el favor de la opinión pública que en general vira si interés hacia donde soplan nuevos aires noticiosos. Pasadas varias semanas, o meses, las procuradurías estatal y federal darán estos resultados: A) que por angas o mangas no hay delito qué perseguir, pues los papeles de los subrogantes están en regla y, bueno, fue un penoso accidente; B) caerá algún chivo expiatorio de peso mosca, que es el recurso favorito de las autoridades, pues sale escandalosamente barato construir un expediente retorcido a cualquier pelagatos, y C) que caiga un culpable verdadero, pero con derecho a fianza. En síntesis, aquí en mi México lindo, la vida no vale nada.