sábado, diciembre 18, 2021
Prosas leprosas o el oficio de buscar
miércoles, diciembre 15, 2021
Rojinegros
Mi recuerdo futbolero más antiguo es rojinegro. Cuento. Viví
hasta los trece años en una casa ubicada en la calle (luego avenida) Madero de
Gómez Palacio. Tenía de frente unos diez o doce metros y un fondo como de
cuarenta. La parte construida ocupaba unos quince metros, así que en la zona
trasera teníamos un espacio que en mi memoria considero inmenso. Lo llamábamos corral, pues su suelo era de tierra;
allí estaban los tendederos de mecate y el bóiler de leña, además de que
llegamos a ocuparlo con gallinas, conejos y otros animales de granja. Hacia 1970
o 71, creo, y no sé por iniciativa de quién, le fueron colocadas unas porterías
de madera similares en tamaño a las del futbol-sala. No tenían red, pero
servían perfectamente para armar piquitas entre los mocosos del barrio.
Una tarde cualquiera de las muchas tardes perdidas en
aquella infancia austera y alegre que me cupo en suerte, quizá la tarde en la
que estrenamos las porterías, todos aparecimos, lógico, con ropa de distinto
color. Había niños de seis hasta diez años, más o menos, y antes de comenzar
alguien preguntó a uno de los más grandes que de cuál equipo era cada jugador
de acuerdo al color de su ropa. Yo vestía playera roja y un short negro, de
esos de tela de algodón con elástico apretado, algo inflados y con una bolsita
en la nalga derecha. Aún no sabía nada sobre futbol profesional, y cuando llegó
mi turno, el dictaminador dijo: “Tú eres del Atlas”.
Poco después, ya clavado en una afición patológica por el futbol, me dominó, hasta la fecha, la querencia por Cruz Azul que luego complementaría con la del Santos Laguna, de manera que vivo dividido entre dos clubes. Sin embargo, la tarde aquella en la que, por culpa de mi ropa, me dijeron “Tú eres del Atlas”, provocó que siempre pusiera atención a los rojinegros, que viera sus partidos todos los sábados por la noche, que los respetara e incluso que los quisiera por su cantera inagotable, por su permanente jogo bonito y hasta por su hermosa combinación de colores anarcosocialistas. De hecho, cuando aflora el tema siempre digo: “Atlas es mi equipo de Jalisco”. Por esto me dio harto gusto lo que sucedió el domingo, y más por mi amigo Beto Rubio, atlista fervoroso y hoy feliz.
sábado, diciembre 11, 2021
Psicosis resemantizada en Motel Bates
Texto leído en la presentación de Motel Bates, Yussel Dardón, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2013, 74 pp., celebrada en el foyer del Teatro Nazas, de Torreón, el 18 de octubre de 2013.
miércoles, diciembre 08, 2021
Portento de Sahagún
sábado, diciembre 04, 2021
Hawking para principiantes
He leído con entrecortado placer Breve historia de mi vida (Crítica, México, 2014, 148 pp.),
autobiografía de Stephen Hawking (Oxford, 1942). Como queda claro en el número
de páginas que anoté hace quince palabras, es un libro efectivamente corto, y
más corto se siente porque viene bien aderezado con una abundante cantidad de
fotos del autor y su familia. No tengo por hábito leer semblanzas de personajes
ajenos a la literatura o al arte, pero en este caso la vida del científico
inglés me ha intrigado desde que supe algo sobre él. Por esta misma razón, y
contra mi rechazo más o menos visceral a las biopics, vi alguna vez la película que también lo aborda.
Adjetivé como “entrecortado” al placer que sentí durante
la lectura de la bio. Por supuesto, esto no se debió a la calidad de libro,
sino a mi absoluta incompetencia para entender la física teórica (y de hecho
cualquier física). Ni siquiera vista por encimita, de pasada, como lo hace
Hawking, esa ciencia es asequible para mí y supongo que para muchos que, como
yo, carecen de la inteligencia casi inhumana que se requiere para volar tan
alto en el universo de la especulación científica. Admitimos que Hawking y sus
colegas son lo que son o fueron lo que fueron porque en los textos o programas
divulgativos los han etiquetado como genios, no porque entendamos los conceptos
entre los que se movieron. Admirarlos es, pues, casi casi, un acto de fe,
precisamente lo menos apegado a los métodos de la ciencia. Con Einstein pasó
exactamente lo mismo.
¿Y entonces qué me gustó del libro? Pues todo lo demás,
que no es poco. El autor recorre a grandes trazos las etapas más significativas
de su vida. No se detiene mucho en detalles, y el libro da, por ello, la
impresión de que fue escrito con alguna urgencia. Era lógico. Para la segunda
década del nuevo milenio se había tornado casi segura la muerte del genio, una
muerte que gracias a su tenacidad y a la ciencia (médica en este caso) logró ser
pospuesta mucho más allá del lapso que décadas atrás se había pronosticado. Si
a los veinte años comenzaron a aparecer en Stephen los primeros síntomas de la
esclerosis lateral amiotrófica y los malos augurios sobre su supervivencia, no
deja de parecer milagroso que en 2010 todavía estuviera vivo y escribiendo a la
mayor rapidez posible.
A los neófitos como yo pueden seducirnos más, entonces, los
contornos de su vida familiar. Su niñez feliz y ciertamente desahogada, atravesada
por la influencia de un padre médico e investigador. O su natural tendencia de
joven al relajo y la relajación festiva, lo que puede notarse en la famosa foto
que figura en la portada, aquella en la que el veinteañero Hawking aparece, en
pose de burlón triunfador, junto a sus amigos, los integrantes del club de remo.
No deja de llamar la atención, claro, su dura vida privada, la relación que
debió truncarse con Jane Wilde, su paternidad, su encuentro amoroso con Elaine
Mason, enfermera que lo rescató en lo físico y en lo espiritual.
Hawking dedica un capítulo a contar la historia de su
libro más famoso: Historia del tiempo (1988),
que a la postre se convertiría en bestseller
y lo catapultaría a la celebridad mundial.
Salvo por algunas páginas difíciles, Breve historia de mi vida es un libro interesante y apto para todo público.
miércoles, diciembre 01, 2021
Apetito internacional
La
palabra “internacional” tiene mucho prestigio internacional. Cuando es
enunciada en el contexto gastronómico (“cocina internacional”) no hay
posibilidad de pensar en algo chafa. Al contrario, de inmediato imaginamos
lujos y exquisiteces propios de paladares sabios. Hay sin embargo ciertos
alimentos que llevan adherida alguna palabra con aire internacional y no son ya
de tanta alcurnia, como si el uso hubiera gastado en algo su semántica
original. Ofrezco diez ejemplos que circulan con éxito en nuestra región.
Cacahuates
estilo japonés. Al parecer fueron inventados en México por el padre del
cantante Yoshio. Hay mil marcas, casi todas buenas sobre todo si son maridadas
con cerveza. La cubierta es básicamente harina de trigo con soya. He comprobado
que una bolsita de estos cacahuates puede engañar a la tripa con mucho éxito.
Comida
china. Nuestra comida china ya incorporó chiles toreados. Nunca he ido a China,
así que no puedo asegurar si la grasosa de aquí es como la de allá.
Empanadas
argentinas. Han ido cobrando alguna popularidad debido al establecimiento de
dos o tres restaurantes de comida argentina y de food-truks. Tuve la suerte de probarlas en su país de origen, donde
son el equivalente a nuestros tacos, y no siento que las de acá se les parezcan mucho en sabor e incluso en aspecto.
Enchiladas
suizas. Todos las hemos probado. Según sé, estas enchiladas son llamadas
“suizas” sin que en Suiza sepan que existen las enchiladas suizas. Sabemos que
son como tacos de pollo remojados en salsa verde y suelen ser espolvoreadas con
queso o crema. Su acompañamiento habitual es el arroz. En nuestra región son
más populares las rojas que las verdes, creo, y les llamamos “enchiladas” a secas.
Helado napolitano. Un gentilicio que suena lindo. Por cierto: Nápoles significa “nueva
ciudad” (neos+polis).
Pan
árabe. Pan sin levadura. Acá ya he visto que sirve para acompañar hasta
frijoles refritos.
Pan
francés. Siempre he dicho que es nuestro baguette, quizá uno de los productos
laguneros más entrañablemente deliciosos.
Papas
a la francesa. Es imposible no haberlas probado. Suelen ser una bomba de grasa
y sal, pero es difícil resistirse a su encanto, además de que son económicas.
Rusas.
Quien inventó esta bebida refrescante tuvo una idea genial: relacionarla con el
frío siberiano.
Salchicha alemana. Cuando es gruesa (y sé que queda abierta la portería para la llegada del albur), le dicen “alemana” aunque de alemana no tenga casi nada. Lo importante es usar en ella el adjetivo.
sábado, noviembre 27, 2021
Glosa (innecesaria) a un decálogo
Quizá
porque fue el primero o uno de los primeros, el decálogo latinoamericano de
cuento más famoso es el de Horacio Quiroga (Fortaleza, Uruguay, 1873-Buenos
Aires, 1937), aquel que desde el arranque empieza con un cross a la mandíbula: “Cree en un
maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo”. Otros objetos
semejantes, también armados con diez ítems, de ahí el nombre “decálogo”, ruedan
por el mundo con mayor o menor fortuna. Uno de ellos, ciertamente menos
conocido que el de Quiroga, es el “Decálogo para cuentistas” del peruano Julio
Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994).
Para fines didácticos, lo releí con interés hace dos días y se me ocurrió la travesura de compartirlo con alguna innecesaria glosa. Digo innecesaria porque es muy claro. Comparto pues cada inciso del decálogo ribeyrano y entre paréntesis cuadrados añado el ocioso comentario de mi cuño.
1. El
cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha
hecho para que el lector pueda a su vez contarlo. [Ciertamente esta idea es un
eco de Poe; urdir más de una historia puede desfigurar un cuento].
2. La
historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer
inventada, y si es inventada, real. [Una genialidad, aunque la verdad la verdad
lo que menos debe interesar al lector es que la historia sea real o ficticia,
sino eficaz, persuasiva].
3. El
cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
[Otra idea propuesta por el bostoniano Edgar. Lo malo es que jamás podremos
acordar con exactitud qué es lo breve, qué es o qué no es lo que puede ser
leído de “un tirón”].
4. La
historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o
sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no
sirve como cuento. [De los cuatro verbos infinitivos, al que más adhiero es al
último].
5. El
estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones.
Dejemos eso para la poesía o la novela. [Cierto, pero en lo personal no me
metería mucho con el estilo. Directo o sinuoso, puede ser atractivo si cuenta
bien la historia].
6. El
cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja. [Sin
duda, pues a veces, sobre todo en la juventud, es demasiado visible la maldita tendencia
a edificar].
7. El
cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple,
epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se
diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral. [Claro. Cada cuento
pedirá su propio molde. El cuentista que mejor elija será el mejor elegidor].
8. El
cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un
conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
[Excelente punto. Un cuento sin personaje(s) en conflicto casi es un
no-cuento].
9. En
el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es
absolutamente imprescindible. [Siempre he creído que esta es una exageración
imposible de cumplir, pero hay que advertir a quien escribe que un cuento siempre
debe luchar contra el exceso y la rebaba].
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado. [Lo que Ribeyro quiso decir es que el planteamiento del cuento debe concordar con el desenlace; si hay un planteo inicial, un desarrollo que se le ciñe y un desenlace incongruente con lo anterior, el cuento resbala y termina por ser insatisfactorio].
miércoles, noviembre 24, 2021
El cielo dibujado en el desierto
Sabemos que las comunidades que habitaron el espacio del
actual estado de Coahuila no alcanzaron el desarrollo de los pueblos del centro
y del sur de nuestro país, de ahí que la definición que en general se usa para
distinguirlos sea la de cazadores-recolectores-pescadores. Eran, dicho esto de
manera muy general, numerosas y pequeñas tribus que se desplazaban en un
entorno relativamente cercano, y su movilidad nomádica dependía del clima. En
tal circunstancia los sorprendió la conquista, lo que significó, por varios
motivos, su desaparición.
Cuando pensamos en la época precortesiana se tiende
entonces a fijar la atención en los pueblos más poderosos del centro y del sur
del país. Los astros en las rocas de
Coahuila: arqueología de los antiguos habitantes del desierto (Secretaría de Cultura de Coahuila, Saltillo, 2019, 136 pp.), libro
del arqueólogo Yuri Leopoldo de la Rosa Gutiérrez, describe con ánimo
divulgativo los estudios emprendidos con el fin de ubicar y describir la
cultura material e inmaterial de los antiguos pobladores de nuestro estado.
Poco a poco, acaso con lentitud pero de manera sostenida desde hace al menos
setenta años, varios investigadores, entre los que destaca Leticia González
Arratia, han reconstruido el rompecabezas de las comunidades que vivieron en Coahuila,
aborígenes que lograron no sólo adaptarse a la naturaleza local, sino que
llegaron a expresarse mediante las herramientas de la piedra y la pintura.
De la Rosa Gutiérrez (Ciudad de México, 1968) es
antropólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Desde 2001 se
incorporó al Centro ENAH Coahuila en el Proyecto Cuatro Ciénegas encabezado por
la investigadora Leticia González Arratia. Es hoy responsable del Proyecto de Protección
Técnica y Legal del Patrimonio Arqueológico de Coahuila, donde realiza labores
de registro, protección, investigación y difusión del patrimonio arqueológico
del estado, y colaborador de la revista Nomádica.
El libro de Yuri de la Rosa, como insinúa su título, pone
énfasis en el interés que la observación del cielo provocó en los pobladores de
estas tierras. Así, describe los hallazgos ubicados en seis zonas donde los vestigios
dejan ver representaciones del espacio estelar.
Dice: “… la relación de los hombres con el firmamento y
sus fenómenos celestes es una de las que más claramente están representadas en
la gráfica rupestre que dejaron los hombres, ya que la referencia visual que
existe entre los astros y las pictografías, particularmente de la luna y el
sol, es innegable”.
Siete son los apartados de Los astros en las rocas de Coahuila, además de la introducción, las conclusiones y la copiosa bibliografía. “El entorno natural de los habitantes prehispánicos de
Coahuila”, “Antecedentes arqueológicos en Coahuila”, “Los antiguos habitantes
del desierto de Coahuila”, “La arqueoastronomía”, “Metodología”, “Los sitios
arqueológicos” y “Análisis de las pictografías”. En el primero, De la Rosa
Gutiérrez ubica el entorno físico del espacio donde nos movemos, nuestro desierto
o semidesierto, su flora y su fauna. En el segundo apartado se sintetiza a
trazo rápido la historia de la investigación arqueológica en esta zona del país.
Luego, se describe a sus antiguos habitantes,
la presencia humana que en diferentes momentos del pasado se adaptó al entorno árido.
En seguida, es descrita la “arqueoastronomía”, disciplina que estudia los vestigios
de la representación celeste con el ánimo de entender la cosmovisión del hombre
antiguo. Después de plantear la metodología de las investigaciones, vienen los capítulos
con la información sobre los seis sitios arqueológicos explorados (Junco I, Junco
II, La Espantosa, Cueva de la Estrella, Mesa de Cartujanos I y Petrograbados
del Huizachal), a los que se suma el análisis de las representaciones de cada
lugar. De un censo de 1331 figuras rupestres, 27 (el 2%) muestran soles, lunas,
estrellas, cometas y otros cuerpos celestes.
Es abundante y clara la información que contiene el libro de De la Rosa Gutiérrez, y toda asombra porque da pauta a que muchos, sobre todo los niños y los jóvenes de nuestra entidad, vean que el desierto y sus rocas son un libro permanente abierto a la lectura y la interpretación.
sábado, noviembre 20, 2021
Una compilación no antológica
Escrito por Nancy Azpilcueta, el cuento “Maldito corazón”, que alude como mantra a la canción
compuesta por Cuco Sánchez y que nunca cantó José Alfredo, relata la vida de
Valentín, un hombre sometido a la dictadura de su mujer, La China. El Valen,
como lo apodan, es repartidor de una florería, y en sus rondas laborales por la
ciudad piensa en su destino de macho sometido. Un día, cierta mujer le da la
clave para salvarse de su esposa, pero la realidad en la que deriva el cuento no
es la esperada. O sí, si nos atenemos a la conducta de la mujer, más hombruna
que femenina.
En “Elpidio, el vivo”, Héctor Esparza Nieto relata con
bien templado ritmo poético la vida de un sujeto rústico, elemental y viejo cuya
mayor fama es la de haber sido considerado varias veces muerto. El narrador así
lo cuenta, pues en algún momento, de casualidad, tuvo la suerte de ver a
Elpidio en condición de fallecido. Por el tono y la anécdota, este texto de
Esparza recuerda un poco a Traven. También en clave socarrona está narrado
“Sangre de chilero”, relato tragicómico en el que un sujeto ve la muerte de una
“avecilla” exangüe recién desprendida de la vida, casi a lo Lorena Bobbitt.
Alex Heesher ofrece en “Incurable” (como
Benedetti en el cuento “La muerte”) una mirada a la brutalidad de las palabras
y la muerte. Tras recibir un diagnóstico fatal en el que aparece la palabra del
título, el protagonista elucubra su circunstancia y raya en la filosofía: “Me
pregunto si el médico entiende el poder de sus palabras, si entiende que entre
él y este libro maldito toda esperanza dentro de mí se ha esfumado. Quisiera
poder decir que se equivoca, que nada de lo que he leído es cierto, pero, ¿qué
es una pieza efímera de carne en este mundo contra la sabiduría hecha papel?
¿Qué es la mísera existencia humana? ¿Qué es el alma?” Sin salir del hospital,
el personaje narrador ve su destino y piensa sentido glacial del argot médico
hasta que encuentra un consuelo precisamente en el mismo poder de las palabras.
Otro cuento de Alex se mueve en el mundo del periodismo, la edición, la
pasión por los libros y la búsqueda de un amor pasajero.
“Fe
de repuesto”, de Bernardo Bahué, es un gran cuento. Trata sobre un
ludópata que, como tal, enfermo de expectativas, se vuelca en las apuestas
electrónicas propiciadas por el deporte. La vinculación, en dos planos, de su
vida personal con un partido de tenis es descrita con agilidad y buena prosa.
La apertura anuncia todo, así que es muy apropiada para facturar un cuento-cuento:
“Las manos me sudan, las tripas se revuelven entre sí, y mis labios por el
interior de la boca, vuelven a descubrirse con llagas sanguinolentas por las
mordidas. Pero ahora sí voy a ganar”. Sin duda es un relato ágil y certero.
El
último autor es Andrés Ortiz Sandoval, dueño de una imaginación que avanza torrencial,
estroboscópica, alucinada, vertiginosa. Relatos como “Dis.astrum” no facilitan
el asidero de una trama y el ritmo se derrama en imágenes que remiten a un discurso
coruscante, lleno de chispas, cortocircuitos y shocks sintácticos similar al del lenguaje psicótico de la loca en
el famoso cuento de Piglia. No es el estilo narrativo que más me acomoda, pues
ciertamente es difícil seguir la huella del sentido, pero sé que habrá lectores
más atentos y disciplinados que yo para apreciarlo con mejores parámetros.
El libro No es una antología se suma a la cosecha de obras colectivas que en los años recientes han sido publicadas por estos rumbos (Un lugar menos común, Narrar a mediodía…). Tenemos futuro de sobra en la literatura lagunera; ojalá que todos los autores sigan trabajando.
miércoles, noviembre 17, 2021
Periodismo cultural de Lucila Navarrete
Regresar del silencio (UAdeC,
2020, Saltillo, 158 pp.) es el título del libro sobre el que conversaré hoy con
su autora, Lucila Navarrete Turrent. No se tratará entonces de una presentación
al uso, sino de un diálogo cuyo detonador será el periodismo cultural que tanto
ella como yo, en diferentes momentos y en diferentes trincheras, hemos
practicado. Desde ya es para mí una estupenda oportunidad de interpelar a una
académica que ha decidido no encerrarse en el cubículo de la investigación
documental y ha desplegado quehaceres que transitan por el ejercicio del
periodismo, por el activismo cultural y por la actividad deportiva en las
vertientes del ciclismo y el senderismo.
Es difícil definir a Lucila. Ya lo intenté una vez, pero
su hiperactividad desborda las semblanzas y obliga a sumar ítems. Por ejemplo,
recién ha venido trabajando en el rescate del canto cardenche en la región de
Jimulco. ¿Cómo lo hace? ¿A qué hora añade nuevas inquietudes? No lo sé. Lo que
sí sé es que ella abraza todos sus emprendimientos con una mezcla equilibrada
de entusiasmo, responsabilidad y competencia, de suerte que siempre obtiene
resultados que no dudo en calificar como notables.
La semblanza que funge como paratexto en la solapa de Regresar del silencio busca establecer,
creo que sin lograrlo, como ya dije, los límites de Lucila: “Investigadora,
docente y periodista cultural. Fue becaria de la Fundación para las Letras
Mexicanas en la categoría de ensayo. Realizó su doctorado en Estudios
Latinoamericanos en la UNAM y se ha desempeñado como docente en el Colegio de
Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de esta misma
institución, en el Instituto Superior Intercultural Ayuuk, y en la Universidad
Iberoamericana Torreón. Ha colaborado en diversos medios impresos y digitales
de la región, como la revista Acequias,
Milenio Laguna, Red es Poder y
Vanguardia. Ha dictado conferencias y cursos especializados sobre crítica,
teoría y géneros literarios latinoamericanos. Reparte su vida entre la
docencia, la maternidad, la escritura, la investigación y el ciclismo”.
El diálogo está programado para este miércoles a las 11 am en la Sala Kino de la Ibero Torreón. La entrada es libre.
Regresar del silencio está disponible también en línea. Pulse aquí.
sábado, noviembre 13, 2021
Fantasías de Óscar Bonilla
Finalmente, creo
que observada desde muy alto la narrativa escrita en nuestra lengua tiende a
dibujar un mapa en el que predomina la zona del realismo. La escritura de ficciones fantásticas, si se me permite
la expresión, ocupa fragmentos pequeños y discontinuos de ese hipotético mapa.
Decir ficciones fantásticas parece un
pleonasmo, pero no lo es, pues todos sabemos que en los dos territorios de la
escritura ficcional podemos encontrar textos realistas (no necesariamente
reales) y fantásticos.
Óscar Bonilla,
joven escritor lagunero, ha publicado en su primer libro cuatro cuentos trabajados
con pulcritud. Bonilla nació en Gómez Palacio, en 1996; en 2017 ganó el premio
internacional de cuento Juana Santacruz con “Las vías del tren” y en 2020
obtuvo el premio nacional Juan Rulfo para primera novela. También en 2020 ganó
la beca Arte Resiliente otorgada por la Secretaría de Cultura de Coahuila; con
este estímulo, precisamente, trabajó El
esqueleto, el hada y otros textos, su ópera prima.
Los cuatro relatos
que integran El esqueleto… se
inscriben entonces en el contexto de lo sobrenatural. En la primera pieza
—breve, de una página—, un esqueleto revive y crece hasta alcanzar dimensiones gigantescas
gracias a la suma de presencias solidarias integradas a su ser; es una alegoría
del imperativo que deberíamos asumir para sacar del olvido, como colectividad,
a quienes han muerto en forma violenta y en el anonimato. “Allá donde fuera,
los muertos abandonaban sus tumbas clandestinas: esqueletos anónimos ejecutados
en noches aciagas, víctimas de la guerra y el olvido. Los vivos, al escuchar su
llanto, también salían a su encuentro, agachaban la cabeza y lloraban con él;
humedecían de lágrimas la tierra por donde el esqueleto caminaba”.
La protagonista de
“Volver a vivir”, el segundo relato, es Columba Sabina, una niña sometida a un
proceso de resurrección. El narrador es un joven científico que, junto con sus
pares, asiste al momento en el que la niña es traída de nuevo a la vida luego
de 400 años sometida a la “criogenización”, es decir, a la preservación de la
vida por congelamiento cuando una enfermedad hasta cierto momento no curable
puede ser, luego, atendida con éxito. Lo que sucede al narrador y a Columba
(paloma en latín, la paloma que acaso anuncia la vida) cuando cruzan sus
miradas es estremecedor/enternecedor, sin más. Al final nos encontramos con un
dilema ético: ¿tiene sentido prolongar la vida más allá de sus lindes
naturales? “Volver a vivir” es un excelente cuento por el tratamiento de su
tema y la agilidad de su prosa.
“El día absurdo”,
tercero del conjunto, ha sido escrito en segunda persona y en clave quizá más
realista. En un hotel, un sujeto ve pasar las horas y los días sin que sepamos con
exactitud el motivo de su encierro. Queda la idea de un amor roto, pero es lo
de menos; el tipo está allí, aherrojado a un dolor que lo hunde poco a poco. De
pronto mira al edificio aledaño y alguien lo observa, una especie de vigilante.
La paranoia de nuestro personaje crece, se compra unos binoculares, pero logra
saber poco de quien lo mira. El final es inesperado y, dentro de los cánones
del absurdo, lógico. No lo revelo.
En “El hada”, un
tipo decide refugiarse en la cabaña que perteneció a su abuela. Será, como él
dice, su “guarida”, lo que nos induce a pensar que perpetró algo. No importa.
Como en los buenos cuentos, muchos hechos quedan aneblados, cubiertos por un
velo de secreto como malicia narrativa. En el bosque, el tipo se vincula con un
hada y ambos construyen una historia de amor alucinante que podría ser infantil
salvo por ciertos detalles algo pícaros.
Óscar Bonilla ha fraguado un primer libro que sorprende por la factura de los cuentos en términos de prosa e imaginación. Es, desde ya, un narrador al que debemos seguir así escriba en clave realista o fantástica, da igual. Lo merece.
La versión digital de este libro es gratuitamente asequible en este enlace.
miércoles, noviembre 10, 2021
Imperativo de la sostenibilidad
Sostenibilidad. La
responsabilidad corporativa del siglo XXI (Universidad
Iberoamericana Torreón, 2021), libro de José Édgar Salinas Uribe, será
presentado este miércoles 9 de noviembre a las 9:30 AM en la Sala Kino de la
Ibero Torreón. Los comentarios estarán a cargo de Nadya Sharlene López Ortega,
académica, y Juan Luis Hernández Avendaño, rector de la Ibero Torreón.
Martha
Patricia Herrera González, ex Directora Global de Impacto Social en CEMEX y
Presidenta del Consejo Directivo del Pacto Mundial México y actual secretaria
de Igualdad e Inclusión del gobierno de Nuevo León, ha señalado en el prólogo
de Sostenibilidad que “José Edgar
Salinas Uribe, desde su visión, además de darnos un recorrido historiográfico
de los elementos más relevantes que conforman la Responsabilidad Social
Corporativa hacia una visión que incluye un papel más activo por parte de las
empresas, nos habla de las consecuencias que podría traer al planeta continuar
con el modelo de producción actual y hace hincapié en cómo esto afectaría al
clima y la biodiversidad del planeta, así como la propia vida de las personas”.
Salinas
Uribe es doctor en sostenibilidad por la UNICEPES, y autor de los libros Las 7C de ciudadanía, Arqueología de un Imaginario: La Laguna
y Memoria y recuerdo: microhistoria de
Ayotitlán.
En
la introducción, el autor observa que “El cambio, crisis o emergencia climática
nos ocurre aquí y ahora, y avanza con una velocidad que ha sorprendido incluso
a la comunidad científica. Esta realidad es la expresión que mejor evidencia
los daños generados al ecosistema global por razones antropogénicas. Las
empresas, como agentes productores de bienes, servicios y satisfactores son un
eslabón fundamental en la cadena de elementos que contribuyen al escenario de
perturbación planetaria. (...) En este contexto, no es extraño que el desempeño
de las empresas y la reputación de las marcas esté valuado no solo por
resultados económicos, sino también por indicadores cualitativos y
cuantitativos que reflejen la interacción de las compañías con su entorno, y
cómo responden a las expectativas de todos sus grupos de interés dado su
impacto en ecosistemas y sociedades”.
La entrada a la presentación es libre.
sábado, noviembre 06, 2021
Ese que veis allí
Allá por 2017 me pidieron armar un curso relacionado con
Cervantes, y lo hice. La propuesta no me daba mucho tiempo de margen para
maniobrar, de modo que a velocidad relámpago trabajé una idea sencilla y a mi
parecer interesante, mínimamente atractiva: describir grosso modo los prólogos escritos por el autor del Quijote para varias de sus obras. Hablé
pues, ante una concurrencia más bien escasa, del paratexto llamado prólogo, de su peculiaridad y su uso en
la época del Siglo de Oro. Los prólogos que destaqué fueron los de La Galatea (1585), del Quijote I (1605), de las Novelas ejemplares (1613), del Quijote II (1614) y de Los trabajos de Persiles (1617).
El más famoso es, sin duda, el de la primera parte del Quijote, pero no se queda muy atrás en
popularidad el de las Novelas ejemplares
al que aquí deseo referirme en un par de minutitos. Siempre me ha parecido una
pieza de autopresentación bella, sincera y plena de sereno orgullo. Es además
la única en la que el más grande escritor de nuestra lengua pintó su
autorretrato, es decir, la única en la que describió su físico. Cuando articuló
esos renglones estaba muy cerca de la muerte, y como había trajinado por todas
las costas del Mediterráneo su cuerpo ya acusaba el deterioro de días, de
meses, se años, de décadas sometido a malpasadas de todos los pelajes.
El párrafo que más me gusta es, obvio, aquel en el que se
mira en el espejo: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de
cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva,
aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que
fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni
crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos,
porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos
estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena;
algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro
del autor de La Galatea y de Don
Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje
del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que
andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase
comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y
medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en
la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que,
aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más
memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los
venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la
guerra, Carlo Quinto, de felice memoria”.
Ni siquiera es necesario el análisis o la ampliación
interpretativa, pues cada trazo se entiende a la primera. Si acaso no estaría
de más acotar que en aquel momento tenía cerca de 65 años, que ya era un hombre
algo decrépito, como podemos enterarnos al leer lo señalado sobre su despoblada
boca. También es de observar lo que apunta sobre la paciencia aprendida en su
cautiverio argelino, y más todavía la quizá más célebre afirmación del prólogo:
que la inhabilitación de su mano izquierda, aunque parece, o es, fea, él la
tiene por hermosa, pues la perdió luchando por una causa en la que bien creía.
En fin. Todo el prólogo es genial, como lo son las Novelas ejemplares que anticipa,
novelas que por cierto no son novelas en el sentido que hoy le damos a tal
género, sino cuentos o casi cuentos.
miércoles, noviembre 03, 2021
De las lagunas y el mezquite
La literatura infantil puede ser, como la otra, la
literatura no infantil, un vehículo que combine el entretenimiento con el
aprendizaje. Al ser literatura, en principio debe procurar el arte, ser un
producto estético, y si a esto se le añade el conocimiento, se redondea la obra
como fruto del espíritu humano. Los niños
del mezquite (Secretaría de Cultura de Coahuila-Amonite, 2019, Saltillo),
de Quitzé Fernández con ilustraciones de Carlos Vélez, es un buen ejemplo de lo
que afirmo: se trata de un relato no sólo bello, sino también instructivo y cuyos
destinatarios, los niños, podrán disfrutar y, al alimón, apreciar como panorama sobre la vida de los aborígenes que habitaban el sur de Coahuila antes
de la llegada de los europeos.
Quitzé Fernandez nació en Torreón, Coahuila,
en 1982, y ha escrito La mujer que
encontró dinosaurios en su casa y Canto
de fantasía y otros mundos mejores. Fue ganador del Premio Nacional de
Periodismo y Divulgación Científica, CONACYT y el Premio Nacional de Periodismo
“Rostros de la Discriminación.” Fundó también Amonite, una plataforma de
divulgación de ciencia y tecnología para niños.
El propósito de Amonite es el siguiente: “Por
medio de la ilustración y los medios audiovisuales buscamos acercar las
novedades de ciencia y tecnología con un lenguaje accesible para todos. Amonite
es un proyecto binacional editado y diseñado entre México y Argentina. Nace en
2017 a iniciativa de Quitzé Fernández (…) A él se unieron los ilustradores
Daniel Galindo y Jess Silva, que han generado trabajo visual para diarios e
instituciones del norte de México; y más adelante los periodistas José Juan
Zapata y Jessica Jaramillo, en la edición y generación de contenido, desde
Buenos Aires, Argentina. Todos ellos forman parte del staff permanente de
Amonite, junto a un grupo de colaboradores que aportan sus visiones
periodísticas, visuales y literarias del mundo de la ciencia”.
Así pues, Los niños
del mezquite tuvo claro su objetivo: mediante un relato coloridamente ilustrado,
vistoso, acercar a los lectores hacia el pasado de estas tierras, hacia la
cultura de los hombres y mujeres del desierto que dependían de las lagunas en el
espacio de la actualmente llamada Comarca Lagunera, de su flora y de su fauna,
principalmente de las pequeñas especies animales como conejos y peces, y de
ciertas plantas como el mezquite y la tuna.
El relato ha sido planteado desde la voz de un narrador-testigo.
Observa que Jamé, niña cuachichil, está a punto de dejar de ser niña para convertirse
en mujer; los cuachichiles fueron una de las muchas tribus (irritilas,
laguneros, tripas blancas…) que dependían de las lagunas situadas en La Laguna
y, como todas ellas, se habían adaptado al medio gracias a la caza y la recolección.
No era una vida fácil, por la hostilidad del clima, en extremo cálido en
primavera y frío en invierno, así que debían emprender permanentes migraciones
en el espacio sureño de la actual Coahuila. Gracias a las lagunas, sin embargo,
había animales pequeños y se daban frutos producidos espontáneamente por la
humedad cercana, de modo que las tribus podían sobrevivir y tenían una
convivencia, en general, pacífica.
Allí, en esta zona, el lugar donde actualmente habitamos,
el narrador-testigo (no adelanto una sorpresa sobre él) cuenta las andanzas de
su comunidad. El hilo conductor es Jamé, quien, como ya dije, se acerca a la
condición de mujer. Mientras llega ese momento, los lectores pueden visualizar los
quehaceres de la tribu, cómo viven, qué comen y cuál es su organización social,
todo articulado con una prosa poética y sencilla.
Los niños del mezquite
suma en sus créditos, además del texto escrito por Quitzé Fernández, las
hermosas ilustraciones de Carlos Vélez, la asesoría del historiador
(especialista en el tema de las comunidades indígenas coahuilenses anteriores a
la llegada de la cultura occidental) Calos Manuel Valdés Dávila, el diseño
editorial de Florentino Durón Gómez y la edición de Alejandro Beltrán.
Se trata en suma de un excelente libro infantil que por fortuna tuvo un tiraje amplio: 5000 ejemplares.













