sábado, diciembre 18, 2021

Prosas leprosas o el oficio de buscar




















Los caminos de la literatura son inescrutables. Sí, lo son siempre y para todo lo vinculado al quehacer de la escritura. Lo que dijo, pues, Cioran, sobre el misterioso destino de los libros, es aplicable al destino de muchos hombres. Dijo el filósofo rumano que nada podemos asegurar sobre un libro, lo que torna muy riesgoso cualquier adivinación sobre su porvenir. Lo mismo exactamente se puede decir sobre el hombre. Enrique Ramos Salas (Torreón, Coahuila, 1952), ingeniero con doctorado en estadística, vivió varias décadas estrechamente vinculado como profesor e investigador al mundo de los números, y ahora, casi sorpresivamente, irrumpe como sujeto estrechamente vinculado al mundo de las letras.
Dije “casi sorpresivamente”. Uso el adverbio “casi” para aclarar esto: que la sorpresa no fue tan sorpresiva al menos para él ni para quienes lo han tratado de cerca, pues durante todos esos largos años palpitó, debajo de los análisis multivariables, los valores discordantes y todo eso, lo que constituye su trabajo profesional, el deseo de armar y desarmar con palabras su emoción más personal, sus experiencias, sus filias y sus fobias arraigadas en el hueso. Un día no muy lejano a este día, Ramos Salas quemó las naves de su actividad alimenticia y construyó otras con palabras, embarcaciones que son libros como el que aquí hoy presentamos.
Prosas leprosas y una que otra letanía profana fue publicado en Sonora hacia finales de 2012. Lo primero que desconcierta al lector es que ninguna de sus 45 piezas sean prosa, sino, si nos atenemos al menos a su complexión física, poesía. Desde allí hay un quiebre, una ruptura del sentido que habitualmente le atribuimos al género armado con renglones que van de orilla a orilla en una página, es decir, prosa. Aquí no, aquí las prosas tienen la textura de la poesía y en ella una figura es recurrente: la ennumeración que en ocasiones roza una variante de esa misma figura: la ennumeración caótica. El manual de retórica se refiere a ella como el engarzamiento de términos o partes que no necesariamente se vinculan semánticamente. Esto que suena horrible puede ser traducido a mejor romance: Enrique Ramos apela en muchos de sus “prosemas” (el anfibio de prosa y poesía) al enlistamiento en letanía de versos que al acumularse van armando su figura interior, van esculpiendo, digamos, su espíritu, el del autor.
Así sea tarde para lo que usualmente pasa en las carreras literarias, noto en el conjunto de poemas un impulso por expresar con emoción y sinceridad. La voz presente en cada pieza es confesional, casi ceñidamente autobiográfica. En este sentido poco importa, entonces, la demora con la que llegaron los pálpitos del autor a su condición de textos, pues cada uno está atravesado por una experiencia de vida que jamás podría tener un hombre de menor edad. Ramos Salas escribe entonces algo tarde si nos atenemos a lo que habitualmente ocurre, como ya señalé, en otras vidas literarias, pero eso es un factor que opera a favor de la calidad de los prosemas, dado que nos colocan frente a espejo en el que vemos nuestra existencia cuando han llegado ya las grandes preguntas, aquellas preguntas que todos solemos hacernos cuando descubrimos y comenzamos a padecer nuestra finitud.
Antes de explorar un poco el meollo temático del libro, quiero hacer notar que hay momentos que podrían mejorar en términos de ritmo. Sé que hay tendencias literarias que repelan de cualquier canon, de cualquier preceptiva, de cualquier atadura, pero en poesía, aunque de momento le queramos decir prosa, es fundamental que el flujo de los versos se dé como si corriera el agua, con prioridad por el énfasis en el logro de una música determinada. ¿Qué pasa en algunas piezas de Prosas leprosas? Que van muy bien, que nos envuelven, pero allí, sutilmente escondidas, hay algunas arrugas en la tela, leves caídas del ritmo que a veces pudieran ser remediadas con un cuidadoso hipérbaton o con una especie de encabalgamiento. Por fortuna, son pecas, escasas y sólo notorias para quien está metido más o menos de lleno en el comercio de la poesía.
El fondo, este sí, pinta al ser humano que es en este momento Enrique Ramos Salas, un ser humano que hunde su mirada en sí mismo y bucea en su ser con ánimo de descubrir su universo subcutáneo. Descubrí con gusto que las certezas terribles y los asombros pasmosos son acompañados por una mirada generosa y libre. Quiero decir que el ánimo del autor oscila entre la catástrofe y la dicha, entre la alegría y la desazón, y en suma, todo apunta al mismísimo centro del asombro y la necesidad de expresarlo. No hay, por ello, un tema eje, algo que destaque notoriamente como emoción señera.
Sin embargo, si me obligaran a subrayar líneas temáticas destacadas puedo decir, sin temor a errar, que Prosas leprosas es una especie de libro contable en el que, trepados en el lomo del tiempo, vemos la suma de errores, caídas, fracasos, derrotas y demás que nos hace un hombre y, a la par, su deseo de agradecer los dones y los logros que también quedaron asentados en el decurso de la vida. El libro contiene varios poemas en los que el autor marca una especie de punto final o hace un corte que sirve no sólo para recontar el pasado, sino para abrir cancha al presente y al futuro. En el trayecto, pasa revista a todo lo que sus ojos miran, pero más hacia adentro que hacia afuera, como quien entiende que luego de mirar la vida y sus trajines, invierte la mirada y reconstruye a partir de ese momento una nueva vida, la interior con todas sus fealdades y realizaciones, con todo a secas.
En resumen, Prosas leprosas es, como dice uno de sus poemas, una lucha entre su autor y su sombra, acaso el mayor desafío que todo escritor tiene cuando asume la aventura de contarse a sí mismo. Por ello me gusta mucho, como varios poemas de este libro, éste, que puede ser fácilmente citado por breve, contundente y, sobre todo, franco:

En Yécora recobré el hilo,
vencí mis fantasmas,
salí adelante,
esta vez no me ganaron,
pero ahí están derrotados,
humillados,
rechinando, retorcidos,
pero agazapados,
como estuve yo tantas veces antes, abatido,
pero no más por ahora,
aunque nunca es bueno cantar victoria
contra tu propio enemigo.

Recomiendo el libro de Enrique Ramos Salas por esto: porque en el combate ha vencido sus fantasmas y, sin embargo, cierto de que el hombre nunca está seguro ni en sí mismo, se abstiene de levantar el brazo.

Prosas leprosas y una que otra letanía profana, Enrique Ramos Salas, Editorial de Mil Agros, Hermosillo, otoño, 2012, 91 pp. Ilustraciones de Beatrix Prieto. Texto leído en la presentación de este libro celebrada el 14 de marzo de 2013 en el auditorio del Museo Arocena, Torreón. Participamos el autor, Rosario Ramos y yo.

miércoles, diciembre 15, 2021

Rojinegros

 











Mi recuerdo futbolero más antiguo es rojinegro. Cuento. Viví hasta los trece años en una casa ubicada en la calle (luego avenida) Madero de Gómez Palacio. Tenía de frente unos diez o doce metros y un fondo como de cuarenta. La parte construida ocupaba unos quince metros, así que en la zona trasera teníamos un espacio que en mi memoria considero inmenso. Lo llamábamos corral, pues su suelo era de tierra; allí estaban los tendederos de mecate y el bóiler de leña, además de que llegamos a ocuparlo con gallinas, conejos y otros animales de granja. Hacia 1970 o 71, creo, y no sé por iniciativa de quién, le fueron colocadas unas porterías de madera similares en tamaño a las del futbol-sala. No tenían red, pero servían perfectamente para armar piquitas entre los mocosos del barrio.

Una tarde cualquiera de las muchas tardes perdidas en aquella infancia austera y alegre que me cupo en suerte, quizá la tarde en la que estrenamos las porterías, todos aparecimos, lógico, con ropa de distinto color. Había niños de seis hasta diez años, más o menos, y antes de comenzar alguien preguntó a uno de los más grandes que de cuál equipo era cada jugador de acuerdo al color de su ropa. Yo vestía playera roja y un short negro, de esos de tela de algodón con elástico apretado, algo inflados y con una bolsita en la nalga derecha. Aún no sabía nada sobre futbol profesional, y cuando llegó mi turno, el dictaminador dijo: “Tú eres del Atlas”.

Poco después, ya clavado en una afición patológica por el futbol, me dominó, hasta la fecha, la querencia por Cruz Azul que luego complementaría con la del Santos Laguna, de manera que vivo dividido entre dos clubes. Sin embargo, la tarde aquella en la que, por culpa de mi ropa, me dijeron “Tú eres del Atlas”, provocó que siempre pusiera atención a los rojinegros, que viera sus partidos todos los sábados por la noche, que los respetara e incluso que los quisiera por su cantera inagotable, por su permanente jogo bonito y hasta por su hermosa combinación de colores anarcosocialistas. De hecho, cuando aflora el tema siempre digo: “Atlas es mi equipo de Jalisco”. Por esto me dio harto gusto lo que sucedió el domingo, y más por mi amigo Beto Rubio, atlista fervoroso y hoy feliz.

sábado, diciembre 11, 2021

Psicosis resemantizada en Motel Bates




















Por más que hayan producido, los grandes artistas suelen ser recordados por uno solo de sus gestos. Picasso es “Las señoritas de Avignon”; Beethoven es “La novena sinfonía”; Víctor Hugo es Jean Valjean; Duchamp es el mingitorio replanteado como “La fuente” y Borges es, sin duda, “El Aleph”. Solemos, pues, identificar a los monstruos apenas por una de sus obras y, a veces, por una partícula de esas mismas obras. Así el abarrote, ¿qué pasa cuando pensamos en Alfred Hitchcock? Sé que a nuestra memoria puede acudir una cascada de imágenes, pero hay una que destaca entre todas las demás: Hitchcock es Psicosis (1960), y, si me apuran un poco, Hitchcock es Marion Crane en la última ducha de su vida.

Esa obra emblemática del cineasta inglés —y podríamos decir que del cine en su totalidad— da pie a Yussel Dardón para configurar el mecano narrativo titulado Motel Bates. Ya el título es, por supuesto, un tributo al amo y señor del suspenso, pues ese peculiar inmueble es la locación en la que se dio lugar la psicosis de Psicosis.

Libro ganador del premio de cuento breve Julio Torri 2012, Motel Bates es un objeto desconcertante sobre, creo, el desconcierto. Si algo tuvo Psicosis y si algo tienen hoy los estroboscópicos textos de Dardón es, precisamente, una mirada desconcertada y desconcertante sobre el desconcierto que es la vida. Más allá del aparente y en apariencia gratuito trabalenguas, Dardón nos hace deambular por sus páginas sin que sepamos bien a bien qué hay detrás de cada puerta. Es un homenaje a Psicosis, film en el que, como bien sabemos, las apariencias eran sólo eso: apariencias, fintas para el espectador que a cada minuto, mientras avanza la película, se va topando con sorpresas y más sorpresas, la mayoría, claro, terribles.

Hay una frase en el epígrafe que justifica con inteligencia dos rasgos paradójicos de Motel Bates: justifica su unidad y su fragmentarismo. En efecto, Hitchcock declaró, según el epígrafe de Dardón, y acaso embusteramente, que no le interesaban los argumentos ni los personajes, sino “que la unión de los trozos pudiera hacer gritar al público”. Digo que la ejecución de Motel Bates se ajusta a ese postulado: la unión de sus escenas, puestas todas en el mismo tono narrativo y en la misma atmósfera, producen la sensación de desconcierto, de irrealidad, de locura, tanto que uno termina por quedar cerca de una agitación que casi llega al alarido.

Organizado en tres estancias bien delimitadas, Motel Bates tiene un tono delirante entre lo fantasmal, lo inconexo, lo perverso, lo vesánico y lo simplemente enigmático. Da la impresión de ser una especie de guion literario entrecortado, pesadillesco y vertiginoso, una pauta que reproduce esa sutil acumulación de pequeños horrores que es el cine de Hitchcock. Es pues un terreno narrativo pantanoso, denso, que genera una suerte de espesa neblina entre el lector y lo descrito, de manera que asistimos a un desfile de figuras que entran y salen de la escena sin un aparente hilo conductor. El hilo, en todo caso, es el set, el motel escalofriante (metáfora de la vida, a mi parecer) en el que ocurren los más disparatados acontecimientos y donde se nos anuncia en varios “Atentos avisos” con estilo de guía turística, todo el espanto que nos garantiza la radicación en ese inmueble.

Es, por todo, un libro de difícil clasificación, genéricamente azogado, movedizo, tanto como la sanguinosa imagen de su portada. ¿Son relatos? Sí y no, pues aunque se dejan leer independientemente, cada uno guarda sutiles conexiones con la caldosa atmósfera general del libro. ¿Es una novela? Sí y no, o al menos se trata, como dicen, de un libro de relatos vía novela, dado que, aunque carezca de un argumento explícito o personajes evidentemente destacables, no hay una trama, o si la hay, está diluida casi hasta la invisibilidad. Digamos, por ejemplo, que esta es una pieza más o menos habitual en Motel Bates; es uno de los “atentos avisos” diseminados perturbadoramente en el libro:

Motel Bates cuenta con una colección de animales disecados que puede llevarse a su habitación para dárselos a los niños, quienes tendrán un compañero de juego mientras usted prepara los cuchillos con los que les arrancará la piel. Cada animal está embalsamado con las mejores técnicas: rellenos de cabello, uñas y dientes humanos. Los souvernirs siempre sirven de algo en Motel Bates.

Es evidente la referencia al documento real, el film —los animales del Norman hitchcockeano  pasados por la taxidermia que en el final de Psicosis justifican la momificación de la madre—, pero aquí tienen un sentido todavía más inquietante, más, digamos, perturbado y perturbador. Es de notarse lo inclasificable del relato, que sólo por obligación asocio al estilo de la guía turística, como dije antes, sin aparentes nexos con el estilo narrativo.
Hay, incluso, fragmentos que no participan de ese timbre y más bien parecen pequeñas piezas aforísticas, textos con estilo expositivo, como “Apunte”, donde se remarca la lejanía con respecto de lo narrativo:

Lo mínimo puede ser causa de un gran suspenso, porque el pensamiento es un cameo, porque en los sueños el sonido chirriante de los violines forma parte del impasse de la realidad.
En el suspenso coexisten la prudencia y la desmesura de los eventos ocultos, el pensamiento que se transforma en una obsesión, en una carga. Así, entre los cambios del blanco y negro al techniocolor descubrimos el detalle, el guiño que si captamos nos volverá cómplices.
Ser copartícipe de la sospecha nos ubica en el límite del peligro, del riesgo.
El suspenso es detalle y reflexión, causa y efecto.
Complicidad, al fin y al cabo.

Libro breve pero complejo, Motel Bates —título 471 del Fondo Editorial Tierra Adentro— es una turbadora resemantización de Psicosis, una apuesta que condensa en sus apretadas páginas, creo, esta alegoría brutal: el escenario donde Hitckcock ubicó su cinta no es a secas un hotel cercano a la autopista, sino la vida misma, ese sitio en el que abundan las dobles personalidades, las tragedias viscosas, las fantasías terribles, las muertes gratuitas, las voces turbias provenientes del recuerdo, los sujetos infantilmente desalmados, los desenlaces fatales y, en suma y para decirlo pronto, la incertidumbre y el desconcierto, la imposibilidad de saber qué es y para qué es el mundo que habitamos, este Motel Bates conocido más comúnmente como vida.
Comarca Lagunera, 18, octubre y 2013

Texto leído en la presentación de Motel Bates, Yussel Dardón, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2013, 74 pp., celebrada en el foyer del Teatro Nazas, de Torreón, el 18 de octubre de 2013.

miércoles, diciembre 08, 2021

Portento de Sahagún




















Un libro eternamente consultable es la Historia general de las cosas de Nueva España, del fraile franciscano Bernardino de Sahagún. Todos sabemos que gracias a ese trabajo monumental tenemos hoy una enciclopedia que nos ayuda a ingresar con mayor conocimiento al mundo azteca. El horizonte desde el cual escribía Sahagún era el de su tiempo y de su condición de español y religioso, pero, a diferencia de sus coetáneos, advirtió que algo andaba mal si la idea era borrar del mapa la cultura local hasta no dejar rastro de ella. Protocientífico social, Sahagún coleccionó, analizó, inventarió y clasificó cuanto pudo sobre los antiguos mexicanos y gracias a esa labor monstruo tenemos hoy un documento que tranquilamente podemos considerar tesis doctoral en el área de la antropología.

Sabemos que Sahagún recogió el testimonio directo de los ancianos nativos que en náhuatl le compartieron innumerables datos. Todo lo anotó, por eso su Historia general… en efecto es una historia general, un pormenorizado fresco donde vemos todo o casi todo el accionar de la sociedad subyugada por los españoles. Mientras otros llegaron a arrasar, a no dejar piedra sobre piedra, el fraile leonés notó que era importante compilar toda la información posible sobre el universo de los conquistados, de ahí que emprendiera una labor investigativa que a la postre serviría para documentar la complejidad y el poder de la sociedad azteca, lo que a trasmano evidenciaría, claro, el mérito de los peninsulares.

Y de veras: todo lo que queramos saber sobre la realidad azteca está aquí, en esta Wikipedia de la antigüedad mexicana. Es, por ello, un clásico inagotable de la literatura, la historia y la antropología nacionales. Yo lo frecuento desde que lo conocí, y lo consulto como obra de referencia, como quien se asoma precisamente a los tomos de una Británica cualquiera. Miren esto, por ejemplo.

En el Libro X, capítulo XV, número 1, titulado “De las mujeres públicas” (mi edición es la de Porrúa, Sepan cuantos…, número 300), Sahagún describe el comportamiento de aquellas chicas que, pese a su mala reputación, merecen un lugar en el mural de los aztecas. Más allá de lo que ahora nos parecería excesiva moralina, la descripción es importante porque dibuja los usos y costumbres, podríamos decir “sofisticados”, de quienes se dedicaban a la prostitución. Y más: al saber hoy que en el mundo azteca había prostitución, nos damos una idea de la complejidad de las relaciones sociales y económicas tejidas entre sus habitantes. Dice Sahagún:

1. La puta es mujer pública y tiene lo siguiente: que anda vendiendo su cuerpo, comienza desde moza y no lo deja siendo vieja, y anda como borracha y perdida, y es mujer galana y pulida, y con esto muy desvergonzada; y a cualquier hombre le da y le vende su cuerpo, por ser muy lujuriosa, sucia y sin vergüenza, habladora y muy viciosa en el acto carnal; púlese mucho y es tan curiosa en ataviarse que parece una rosa después de bien compuesta, y para aderezarse muy bien primero se mira en el espejo, báñase, lávase muy bien  y refréscase para más agradar; suélese también untar con ungüento amarillo de la tierra que llaman axin, para tener buen rostro y luciente, y a las veces se pone colores y afeites en el rostro, por ser perdida y mundana.

2. Tiene también de costumbre teñir los dientes con grana, y soltar los cabellos para más hermosura, y a las veces tener la mitad suelto, y la otra mitad sobre la oreja o sobre el hombro, y trenzarse los cabellos y venir a poner las puntas sobre las molleras, como cornezuelos, y después andarse pavoneando, como mala mujer, desvergonzada, disoluta e infame.

3. Tiene también costumbre de sahumarse con algunos sahumerios olorosos, y andar mascando el tzictli, para limpiar los dientes, lo cual tiene por gala, y al tiempo de mascar suenan las dentelladas como castañetas. Es andadora, o andariega, callejera y placera, ándase paseando, buscando vicios, anda riéndose, nunca para y es de corazón desasosegado.

4. Y por los deleites en que anda de continuo sigue el camino de las bestias, júntase con unos y con otros; tiene también de costumbre llamar, haciendo señas con la cara, hacer del ojo a los hombres, hablar guiñando el ojo, llamar con la mano, vuelve el ojo arqueando, andarse riendo para todos, escoger al que mejor le parece y querer que la codicien, engaña a los mozos, o mancebos, y querer que le paguen bien, y andar alcahueteando las otras para otros y andar vendiendo otras mujeres.

Hasta aquí la cita. Nótese que pese a censurarlas, hay en estos párrafos alguna tibia pincelada de admiración: “es tan curiosa en ataviarse que parece una rosa después de bien compuesta”; por supuesto, la curiosidad en este caso significa “cuidado en hacer algo con primor”, según la RAE. El pasaje en el que describe que siempre anda “mascando el tzictli, para limpiar los dientes, lo cual tiene por gala, y al tiempo de mascar suenan las dentelladas como castañetas”, es un apunte genial: las malas mujeres truenan el chicle mientras lo mastican, lo que ha sobrevivido como tópico de las “perdidas” hasta la actualidad, como lo ha exhibido puntualmente el cine de cabareteras.

La edición sahaguneana de Porrúa tiene más de mil páginas. Imaginen todo lo que podemos consultar y hallar en este portento de investigación, uno de nuestros libros imprescindibles.

sábado, diciembre 04, 2021

Hawking para principiantes

 











He leído con entrecortado placer Breve historia de mi vida (Crítica, México, 2014, 148 pp.), autobiografía de Stephen Hawking (Oxford, 1942). Como queda claro en el número de páginas que anoté hace quince palabras, es un libro efectivamente corto, y más corto se siente porque viene bien aderezado con una abundante cantidad de fotos del autor y su familia. No tengo por hábito leer semblanzas de personajes ajenos a la literatura o al arte, pero en este caso la vida del científico inglés me ha intrigado desde que supe algo sobre él. Por esta misma razón, y contra mi rechazo más o menos visceral a las biopics, vi alguna vez la película que también lo aborda.

Adjetivé como “entrecortado” al placer que sentí durante la lectura de la bio. Por supuesto, esto no se debió a la calidad de libro, sino a mi absoluta incompetencia para entender la física teórica (y de hecho cualquier física). Ni siquiera vista por encimita, de pasada, como lo hace Hawking, esa ciencia es asequible para mí y supongo que para muchos que, como yo, carecen de la inteligencia casi inhumana que se requiere para volar tan alto en el universo de la especulación científica. Admitimos que Hawking y sus colegas son lo que son o fueron lo que fueron porque en los textos o programas divulgativos los han etiquetado como genios, no porque entendamos los conceptos entre los que se movieron. Admirarlos es, pues, casi casi, un acto de fe, precisamente lo menos apegado a los métodos de la ciencia. Con Einstein pasó exactamente lo mismo.

¿Y entonces qué me gustó del libro? Pues todo lo demás, que no es poco. El autor recorre a grandes trazos las etapas más significativas de su vida. No se detiene mucho en detalles, y el libro da, por ello, la impresión de que fue escrito con alguna urgencia. Era lógico. Para la segunda década del nuevo milenio se había tornado casi segura la muerte del genio, una muerte que gracias a su tenacidad y a la ciencia (médica en este caso) logró ser pospuesta mucho más allá del lapso que décadas atrás se había pronosticado. Si a los veinte años comenzaron a aparecer en Stephen los primeros síntomas de la esclerosis lateral amiotrófica y los malos augurios sobre su supervivencia, no deja de parecer milagroso que en 2010 todavía estuviera vivo y escribiendo a la mayor rapidez posible.

A los neófitos como yo pueden seducirnos más, entonces, los contornos de su vida familiar. Su niñez feliz y ciertamente desahogada, atravesada por la influencia de un padre médico e investigador. O su natural tendencia de joven al relajo y la relajación festiva, lo que puede notarse en la famosa foto que figura en la portada, aquella en la que el veinteañero Hawking aparece, en pose de burlón triunfador, junto a sus amigos, los integrantes del club de remo. No deja de llamar la atención, claro, su dura vida privada, la relación que debió truncarse con Jane Wilde, su paternidad, su encuentro amoroso con Elaine Mason, enfermera que lo rescató en lo físico y en lo espiritual.

Hawking dedica un capítulo a contar la historia de su libro más famoso: Historia del tiempo (1988), que a la postre se convertiría en bestseller y lo catapultaría a la celebridad mundial.

Salvo por algunas páginas difíciles, Breve historia de mi vida es un libro interesante y apto para todo público.

miércoles, diciembre 01, 2021

Apetito internacional

 











La palabra “internacional” tiene mucho prestigio internacional. Cuando es enunciada en el contexto gastronómico (“cocina internacional”) no hay posibilidad de pensar en algo chafa. Al contrario, de inmediato imaginamos lujos y exquisiteces propios de paladares sabios. Hay sin embargo ciertos alimentos que llevan adherida alguna palabra con aire internacional y no son ya de tanta alcurnia, como si el uso hubiera gastado en algo su semántica original. Ofrezco diez ejemplos que circulan con éxito en nuestra región.

Cacahuates estilo japonés. Al parecer fueron inventados en México por el padre del cantante Yoshio. Hay mil marcas, casi todas buenas sobre todo si son maridadas con cerveza. La cubierta es básicamente harina de trigo con soya. He comprobado que una bolsita de estos cacahuates puede engañar a la tripa con mucho éxito.

Comida china. Nuestra comida china ya incorporó chiles toreados. Nunca he ido a China, así que no puedo asegurar si la grasosa de aquí es como la de allá.

Empanadas argentinas. Han ido cobrando alguna popularidad debido al establecimiento de dos o tres restaurantes de comida argentina y de food-truks. Tuve la suerte de probarlas en su país de origen, donde son el equivalente a nuestros tacos, y no siento que las de acá se les parezcan mucho en sabor e incluso en aspecto.

Enchiladas suizas. Todos las hemos probado. Según sé, estas enchiladas son llamadas “suizas” sin que en Suiza sepan que existen las enchiladas suizas. Sabemos que son como tacos de pollo remojados en salsa verde y suelen ser espolvoreadas con queso o crema. Su acompañamiento habitual es el arroz. En nuestra región son más populares las rojas que las verdes, creo, y les llamamos “enchiladas” a secas.

Helado napolitano. Un gentilicio que suena lindo. Por cierto: Nápoles significa “nueva ciudad” (neos+polis).

Pan árabe. Pan sin levadura. Acá ya he visto que sirve para acompañar hasta frijoles refritos.

Pan francés. Siempre he dicho que es nuestro baguette, quizá uno de los productos laguneros más entrañablemente deliciosos.

Papas a la francesa. Es imposible no haberlas probado. Suelen ser una bomba de grasa y sal, pero es difícil resistirse a su encanto, además de que son económicas.

Rusas. Quien inventó esta bebida refrescante tuvo una idea genial: relacionarla con el frío siberiano.

Salchicha alemana. Cuando es gruesa (y sé que queda abierta la portería para la llegada del albur), le dicen “alemana” aunque de alemana no tenga casi nada. Lo importante es usar en ella el adjetivo.

sábado, noviembre 27, 2021

Glosa (innecesaria) a un decálogo

 









Quizá porque fue el primero o uno de los primeros, el decálogo latinoamericano de cuento más famoso es el de Horacio Quiroga (Fortaleza, Uruguay, 1873-Buenos Aires, 1937), aquel que desde el arranque empieza con un cross a la mandíbula: “Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo”. Otros objetos semejantes, también armados con diez ítems, de ahí el nombre “decálogo”, ruedan por el mundo con mayor o menor fortuna. Uno de ellos, ciertamente menos conocido que el de Quiroga, es el “Decálogo para cuentistas” del peruano Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994).

Para fines didácticos, lo releí con interés hace dos días y se me ocurrió la travesura de compartirlo con alguna innecesaria glosa. Digo innecesaria porque es muy claro. Comparto pues cada inciso del decálogo ribeyrano y entre paréntesis cuadrados añado el ocioso comentario de mi cuño.


1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo. [Ciertamente esta idea es un eco de Poe; urdir más de una historia puede desfigurar un cuento].


2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real. [Una genialidad, aunque la verdad la verdad lo que menos debe interesar al lector es que la historia sea real o ficticia, sino eficaz, persuasiva].


3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón. [Otra idea propuesta por el bostoniano Edgar. Lo malo es que jamás podremos acordar con exactitud qué es lo breve, qué es o qué no es lo que puede ser leído de “un tirón”].


4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento. [De los cuatro verbos infinitivos, al que más adhiero es al último].


5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela. [Cierto, pero en lo personal no me metería mucho con el estilo. Directo o sinuoso, puede ser atractivo si cuenta bien la historia].


6. El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja. [Sin duda, pues a veces, sobre todo en la juventud, es demasiado visible la maldita tendencia a edificar].


7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral. [Claro. Cada cuento pedirá su propio molde. El cuentista que mejor elija será el mejor elegidor].


8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino. [Excelente punto. Un cuento sin personaje(s) en conflicto casi es un no-cuento].


9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible. [Siempre he creído que esta es una exageración imposible de cumplir, pero hay que advertir a quien escribe que un cuento siempre debe luchar contra el exceso y la rebaba].


10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado. [Lo que Ribeyro quiso decir es que el planteamiento del cuento debe concordar con el desenlace; si hay un planteo inicial, un desarrollo que se le ciñe y un desenlace incongruente con lo anterior, el cuento resbala y termina por ser insatisfactorio].

miércoles, noviembre 24, 2021

El cielo dibujado en el desierto

 











Sabemos que las comunidades que habitaron el espacio del actual estado de Coahuila no alcanzaron el desarrollo de los pueblos del centro y del sur de nuestro país, de ahí que la definición que en general se usa para distinguirlos sea la de cazadores-recolectores-pescadores. Eran, dicho esto de manera muy general, numerosas y pequeñas tribus que se desplazaban en un entorno relativamente cercano, y su movilidad nomádica dependía del clima. En tal circunstancia los sorprendió la conquista, lo que significó, por varios motivos, su desaparición.

Cuando pensamos en la época precortesiana se tiende entonces a fijar la atención en los pueblos más poderosos del centro y del sur del país. Los astros en las rocas de Coahuila: arqueología de los antiguos habitantes del desierto (Secretaría de Cultura de Coahuila, Saltillo, 2019, 136 pp.), libro del arqueólogo Yuri Leopoldo de la Rosa Gutiérrez, describe con ánimo divulgativo los estudios emprendidos con el fin de ubicar y describir la cultura material e inmaterial de los antiguos pobladores de nuestro estado. Poco a poco, acaso con lentitud pero de manera sostenida desde hace al menos setenta años, varios investigadores, entre los que destaca Leticia González Arratia, han reconstruido el rompecabezas de las comunidades que vivieron en Coahuila, aborígenes que lograron no sólo adaptarse a la naturaleza local, sino que llegaron a expresarse mediante las herramientas de la piedra y la pintura.

De la Rosa Gutiérrez (Ciudad de México, 1968) es antropólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Desde 2001 se incorporó al Centro ENAH Coahuila en el Proyecto Cuatro Ciénegas encabezado por la investigadora Leticia González Arratia. Es hoy responsable del Proyecto de Protección Técnica y Legal del Patrimonio Arqueológico de Coahuila, donde realiza labores de registro, protección, investigación y difusión del patrimonio arqueológico del estado, y colaborador de la revista Nomádica.

El libro de Yuri de la Rosa, como insinúa su título, pone énfasis en el interés que la observación del cielo provocó en los pobladores de estas tierras. Así, describe los hallazgos ubicados en seis zonas donde los vestigios dejan ver representaciones del espacio estelar.

Dice: “… la relación de los hombres con el firmamento y sus fenómenos celestes es una de las que más claramente están representadas en la gráfica rupestre que dejaron los hombres, ya que la referencia visual que existe entre los astros y las pictografías, particularmente de la luna y el sol, es innegable”.

Siete son los apartados de Los astros en las rocas de Coahuila, además de la introducción, las conclusiones y la copiosa bibliografía. “El entorno natural de los habitantes prehispánicos de Coahuila”, “Antecedentes arqueológicos en Coahuila”, “Los antiguos habitantes del desierto de Coahuila”, “La arqueoastronomía”, “Metodología”, “Los sitios arqueológicos” y “Análisis de las pictografías”. En el primero, De la Rosa Gutiérrez ubica el entorno físico del espacio donde nos movemos, nuestro desierto o semidesierto, su flora y su fauna. En el segundo apartado se sintetiza a trazo rápido la historia de la investigación arqueológica en esta zona del país.  Luego, se describe a sus antiguos habitantes, la presencia humana que en diferentes momentos del pasado se adaptó al entorno árido. En seguida, es descrita la “arqueoastronomía”, disciplina que estudia los vestigios de la representación celeste con el ánimo de entender la cosmovisión del hombre antiguo. Después de plantear la metodología de las investigaciones, vienen los capítulos con la información sobre los seis sitios arqueológicos explorados (Junco I, Junco II, La Espantosa, Cueva de la Estrella, Mesa de Cartujanos I y Petrograbados del Huizachal), a los que se suma el análisis de las representaciones de cada lugar. De un censo de 1331 figuras rupestres, 27 (el 2%) muestran soles, lunas, estrellas, cometas y otros cuerpos celestes.

Es abundante y clara la información que contiene el libro de De la Rosa Gutiérrez, y toda asombra porque da pauta a que muchos, sobre todo los niños y los jóvenes de nuestra entidad, vean que el desierto y sus rocas son un libro permanente abierto a la lectura y la interpretación.

sábado, noviembre 20, 2021

Una compilación no antológica


No es una antología (SEC, s/l, 2021, 98 pp.) es el extraño título de una colección de cuentos publicada por el colectivo “Algo casi negro” en una edición realizada con el auspicio de la Secretaría de Cultura de Coahuila a través del Apoyo a Instituciones Estatales de Cultura (AIEC) 2020. Enfatiza desde su título que no es lo que habitualmente tampoco son los libros así llamados, antologías, sino compilaciones de textos generalmente escritos por distintos autores. Más allá del abuso que se ha dado de la palabra antología, este libro, que en su título rechaza serlo, ofrece materiales estimables de sus cinco autores, aunque, como ocurre siempre en el caso de los volúmenes misceláneos, el lector sabrá apreciar unos y acaso ver muy de paso otros. Sus piezas son 17, así que me detendré sólo en una de cada autor/autora.

Escrito por Nancy Azpilcueta, el cuento “Maldito corazón”, que alude como mantra a la canción compuesta por Cuco Sánchez y que nunca cantó José Alfredo, relata la vida de Valentín, un hombre sometido a la dictadura de su mujer, La China. El Valen, como lo apodan, es repartidor de una florería, y en sus rondas laborales por la ciudad piensa en su destino de macho sometido. Un día, cierta mujer le da la clave para salvarse de su esposa, pero la realidad en la que deriva el cuento no es la esperada. O sí, si nos atenemos a la conducta de la mujer, más hombruna que femenina.

En “Elpidio, el vivo”, Héctor Esparza Nieto relata con bien templado ritmo poético la vida de un sujeto rústico, elemental y viejo cuya mayor fama es la de haber sido considerado varias veces muerto. El narrador así lo cuenta, pues en algún momento, de casualidad, tuvo la suerte de ver a Elpidio en condición de fallecido. Por el tono y la anécdota, este texto de Esparza recuerda un poco a Traven. También en clave socarrona está narrado “Sangre de chilero”, relato tragicómico en el que un sujeto ve la muerte de una “avecilla” exangüe recién desprendida de la vida, casi a lo Lorena Bobbitt.

Alex Heesher ofrece en “Incurable” (como Benedetti en el cuento “La muerte”) una mirada a la brutalidad de las palabras y la muerte. Tras recibir un diagnóstico fatal en el que aparece la palabra del título, el protagonista elucubra su circunstancia y raya en la filosofía: “Me pregunto si el médico entiende el poder de sus palabras, si entiende que entre él y este libro maldito toda esperanza dentro de mí se ha esfumado. Quisiera poder decir que se equivoca, que nada de lo que he leído es cierto, pero, ¿qué es una pieza efímera de carne en este mundo contra la sabiduría hecha papel? ¿Qué es la mísera existencia humana? ¿Qué es el alma?” Sin salir del hospital, el personaje narrador ve su destino y piensa sentido glacial del argot médico hasta que encuentra un consuelo precisamente en el mismo poder de las palabras. Otro cuento de Alex se mueve en el mundo del periodismo, la edición, la pasión por los libros y la búsqueda de un amor pasajero.

“Fe de repuesto”, de Bernardo Bahué, es un gran cuento. Trata sobre un ludópata que, como tal, enfermo de expectativas, se vuelca en las apuestas electrónicas propiciadas por el deporte. La vinculación, en dos planos, de su vida personal con un partido de tenis es descrita con agilidad y buena prosa. La apertura anuncia todo, así que es muy apropiada para facturar un cuento-cuento: “Las manos me sudan, las tripas se revuelven entre sí, y mis labios por el interior de la boca, vuelven a descubrirse con llagas sanguinolentas por las mordidas. Pero ahora sí voy a ganar”. Sin duda es un relato ágil y certero.

El último autor es Andrés Ortiz Sandoval, dueño de una imaginación que avanza torrencial, estroboscópica, alucinada, vertiginosa. Relatos como “Dis.astrum” no facilitan el asidero de una trama y el ritmo se derrama en imágenes que remiten a un discurso coruscante, lleno de chispas, cortocircuitos y shocks sintácticos similar al del lenguaje psicótico de la loca en el famoso cuento de Piglia. No es el estilo narrativo que más me acomoda, pues ciertamente es difícil seguir la huella del sentido, pero sé que habrá lectores más atentos y disciplinados que yo para apreciarlo con mejores parámetros.

El libro No es una antología se suma a la cosecha de obras colectivas que en los años recientes han sido publicadas por estos rumbos (Un lugar menos común, Narrar a mediodía…). Tenemos futuro de sobra en la literatura lagunera; ojalá que todos los autores sigan trabajando.

miércoles, noviembre 17, 2021

Periodismo cultural de Lucila Navarrete









Regresar del silencio (UAdeC, 2020, Saltillo, 158 pp.) es el título del libro sobre el que conversaré hoy con su autora, Lucila Navarrete Turrent. No se tratará entonces de una presentación al uso, sino de un diálogo cuyo detonador será el periodismo cultural que tanto ella como yo, en diferentes momentos y en diferentes trincheras, hemos practicado. Desde ya es para mí una estupenda oportunidad de interpelar a una académica que ha decidido no encerrarse en el cubículo de la investigación documental y ha desplegado quehaceres que transitan por el ejercicio del periodismo, por el activismo cultural y por la actividad deportiva en las vertientes del ciclismo y el senderismo.

Es difícil definir a Lucila. Ya lo intenté una vez, pero su hiperactividad desborda las semblanzas y obliga a sumar ítems. Por ejemplo, recién ha venido trabajando en el rescate del canto cardenche en la región de Jimulco. ¿Cómo lo hace? ¿A qué hora añade nuevas inquietudes? No lo sé. Lo que sí sé es que ella abraza todos sus emprendimientos con una mezcla equilibrada de entusiasmo, responsabilidad y competencia, de suerte que siempre obtiene resultados que no dudo en calificar como notables.

La semblanza que funge como paratexto en la solapa de Regresar del silencio busca establecer, creo que sin lograrlo, como ya dije, los límites de Lucila: “Investigadora, docente y periodista cultural. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la categoría de ensayo. Realizó su doctorado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM y se ha desempeñado como docente en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de esta misma institución, en el Instituto Superior Intercultural Ayuuk, y en la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha colaborado en diversos medios impresos y digitales de la región, como la revista Acequias, Milenio Laguna, Red es Poder y Vanguardia. Ha dictado conferencias y cursos especializados sobre crítica, teoría y géneros literarios latinoamericanos. Reparte su vida entre la docencia, la maternidad, la escritura, la investigación y el ciclismo”.

El diálogo está programado para este miércoles a las 11 am en la Sala Kino de la Ibero Torreón. La entrada es libre.

Regresar del silencio está disponible también en línea. Pulse aquí.

sábado, noviembre 13, 2021

Fantasías de Óscar Bonilla

 











Finalmente, creo que observada desde muy alto la narrativa escrita en nuestra lengua tiende a dibujar un mapa en el que predomina la zona del realismo. La escritura de ficciones fantásticas, si se me permite la expresión, ocupa fragmentos pequeños y discontinuos de ese hipotético mapa. Decir ficciones fantásticas parece un pleonasmo, pero no lo es, pues todos sabemos que en los dos territorios de la escritura ficcional podemos encontrar textos realistas (no necesariamente reales) y fantásticos.

Óscar Bonilla, joven escritor lagunero, ha publicado en su primer libro cuatro cuentos trabajados con pulcritud. Bonilla nació en Gómez Palacio, en 1996; en 2017 ganó el premio internacional de cuento Juana Santacruz con “Las vías del tren” y en 2020 obtuvo el premio nacional Juan Rulfo para primera novela. También en 2020 ganó la beca Arte Resiliente otorgada por la Secretaría de Cultura de Coahuila; con este estímulo, precisamente, trabajó El esqueleto, el hada y otros textos, su ópera prima.

Los cuatro relatos que integran El esqueleto… se inscriben entonces en el contexto de lo sobrenatural. En la primera pieza —breve, de una página—, un esqueleto revive y crece hasta alcanzar dimensiones gigantescas gracias a la suma de presencias solidarias integradas a su ser; es una alegoría del imperativo que deberíamos asumir para sacar del olvido, como colectividad, a quienes han muerto en forma violenta y en el anonimato. “Allá donde fuera, los muertos abandonaban sus tumbas clandestinas: esqueletos anónimos ejecutados en noches aciagas, víctimas de la guerra y el olvido. Los vivos, al escuchar su llanto, también salían a su encuentro, agachaban la cabeza y lloraban con él; humedecían de lágrimas la tierra por donde el esqueleto caminaba”.

La protagonista de “Volver a vivir”, el segundo relato, es Columba Sabina, una niña sometida a un proceso de resurrección. El narrador es un joven científico que, junto con sus pares, asiste al momento en el que la niña es traída de nuevo a la vida luego de 400 años sometida a la “criogenización”, es decir, a la preservación de la vida por congelamiento cuando una enfermedad hasta cierto momento no curable puede ser, luego, atendida con éxito. Lo que sucede al narrador y a Columba (paloma en latín, la paloma que acaso anuncia la vida) cuando cruzan sus miradas es estremecedor/enternecedor, sin más. Al final nos encontramos con un dilema ético: ¿tiene sentido prolongar la vida más allá de sus lindes naturales? “Volver a vivir” es un excelente cuento por el tratamiento de su tema y la agilidad de su prosa.

“El día absurdo”, tercero del conjunto, ha sido escrito en segunda persona y en clave quizá más realista. En un hotel, un sujeto ve pasar las horas y los días sin que sepamos con exactitud el motivo de su encierro. Queda la idea de un amor roto, pero es lo de menos; el tipo está allí, aherrojado a un dolor que lo hunde poco a poco. De pronto mira al edificio aledaño y alguien lo observa, una especie de vigilante. La paranoia de nuestro personaje crece, se compra unos binoculares, pero logra saber poco de quien lo mira. El final es inesperado y, dentro de los cánones del absurdo, lógico. No lo revelo.

En “El hada”, un tipo decide refugiarse en la cabaña que perteneció a su abuela. Será, como él dice, su “guarida”, lo que nos induce a pensar que perpetró algo. No importa. Como en los buenos cuentos, muchos hechos quedan aneblados, cubiertos por un velo de secreto como malicia narrativa. En el bosque, el tipo se vincula con un hada y ambos construyen una historia de amor alucinante que podría ser infantil salvo por ciertos detalles algo pícaros.

Óscar Bonilla ha fraguado un primer libro que sorprende por la factura de los cuentos en términos de prosa e imaginación. Es, desde ya, un narrador al que debemos seguir así escriba en clave realista o fantástica, da igual. Lo merece.

La versión digital de este libro es gratuitamente asequible en este enlace.

miércoles, noviembre 10, 2021

Imperativo de la sostenibilidad

 











Sostenibilidad. La responsabilidad corporativa del siglo XXI (Universidad Iberoamericana Torreón, 2021), libro de José Édgar Salinas Uribe, será presentado este miércoles 9 de noviembre a las 9:30 AM en la Sala Kino de la Ibero Torreón. Los comentarios estarán a cargo de Nadya Sharlene López Ortega, académica, y Juan Luis Hernández Avendaño, rector de la Ibero Torreón.

Martha Patricia Herrera González, ex Directora Global de Impacto Social en CEMEX y Presidenta del Consejo Directivo del Pacto Mundial México y actual secretaria de Igualdad e Inclusión del gobierno de Nuevo León, ha señalado en el prólogo de Sostenibilidad que “José Edgar Salinas Uribe, desde su visión, además de darnos un recorrido historiográfico de los elementos más relevantes que conforman la Responsabilidad Social Corporativa hacia una visión que incluye un papel más activo por parte de las empresas, nos habla de las consecuencias que podría traer al planeta continuar con el modelo de producción actual y hace hincapié en cómo esto afectaría al clima y la biodiversidad del planeta, así como la propia vida de las personas”.

Salinas Uribe es doctor en sostenibilidad por la UNICEPES, y autor de los libros Las 7C de ciudadanía, Arqueología de un Imaginario: La Laguna y Memoria y recuerdo: microhistoria de Ayotitlán.

En la introducción, el autor observa que “El cambio, crisis o emergencia climática nos ocurre aquí y ahora, y avanza con una velocidad que ha sorprendido incluso a la comunidad científica. Esta realidad es la expresión que mejor evidencia los daños generados al ecosistema global por razones antropogénicas. Las empresas, como agentes productores de bienes, servicios y satisfactores son un eslabón fundamental en la cadena de elementos que contribuyen al escenario de perturbación planetaria. (...) En este contexto, no es extraño que el desempeño de las empresas y la reputación de las marcas esté valuado no solo por resultados económicos, sino también por indicadores cualitativos y cuantitativos que reflejen la interacción de las compañías con su entorno, y cómo responden a las expectativas de todos sus grupos de interés dado su impacto en ecosistemas y sociedades”.

La entrada a la presentación es libre.


sábado, noviembre 06, 2021

Ese que veis allí

 











Allá por 2017 me pidieron armar un curso relacionado con Cervantes, y lo hice. La propuesta no me daba mucho tiempo de margen para maniobrar, de modo que a velocidad relámpago trabajé una idea sencilla y a mi parecer interesante, mínimamente atractiva: describir grosso modo los prólogos escritos por el autor del Quijote para varias de sus obras. Hablé pues, ante una concurrencia más bien escasa, del paratexto llamado prólogo, de su peculiaridad y su uso en la época del Siglo de Oro. Los prólogos que destaqué fueron los de La Galatea (1585), del Quijote I (1605), de las Novelas ejemplares (1613), del Quijote II (1614) y de Los trabajos de Persiles (1617).

El más famoso es, sin duda, el de la primera parte del Quijote, pero no se queda muy atrás en popularidad el de las Novelas ejemplares al que aquí deseo referirme en un par de minutitos. Siempre me ha parecido una pieza de autopresentación bella, sincera y plena de sereno orgullo. Es además la única en la que el más grande escritor de nuestra lengua pintó su autorretrato, es decir, la única en la que describió su físico. Cuando articuló esos renglones estaba muy cerca de la muerte, y como había trajinado por todas las costas del Mediterráneo su cuerpo ya acusaba el deterioro de días, de meses, se años, de décadas sometido a malpasadas de todos los pelajes.

El párrafo que más me gusta es, obvio, aquel en el que se mira en el espejo: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria”.

Ni siquiera es necesario el análisis o la ampliación interpretativa, pues cada trazo se entiende a la primera. Si acaso no estaría de más acotar que en aquel momento tenía cerca de 65 años, que ya era un hombre algo decrépito, como podemos enterarnos al leer lo señalado sobre su despoblada boca. También es de observar lo que apunta sobre la paciencia aprendida en su cautiverio argelino, y más todavía la quizá más célebre afirmación del prólogo: que la inhabilitación de su mano izquierda, aunque parece, o es, fea, él la tiene por hermosa, pues la perdió luchando por una causa en la que bien creía.

En fin. Todo el prólogo es genial, como lo son las Novelas ejemplares que anticipa, novelas que por cierto no son novelas en el sentido que hoy le damos a tal género, sino cuentos o casi cuentos.


miércoles, noviembre 03, 2021

El ferocarril, exposición de la SEC

 

De las lagunas y el mezquite

 











La literatura infantil puede ser, como la otra, la literatura no infantil, un vehículo que combine el entretenimiento con el aprendizaje. Al ser literatura, en principio debe procurar el arte, ser un producto estético, y si a esto se le añade el conocimiento, se redondea la obra como fruto del espíritu humano. Los niños del mezquite (Secretaría de Cultura de Coahuila-Amonite, 2019, Saltillo), de Quitzé Fernández con ilustraciones de Carlos Vélez, es un buen ejemplo de lo que afirmo: se trata de un relato no sólo bello, sino también instructivo y cuyos destinatarios, los niños, podrán disfrutar y, al alimón, apreciar como panorama sobre la vida de los aborígenes que habitaban el sur de Coahuila antes de la llegada de los europeos.

Quitzé Fernandez nació en Torreón, Coahuila, en 1982, y ha escrito La mujer que encontró dinosaurios en su casa y Canto de fantasía y otros mundos mejores. Fue ganador del Premio Nacional de Periodismo y Divulgación Científica, CONACYT y el Premio Nacional de Periodismo “Rostros de la Discriminación.” Fundó también Amonite, una plataforma de divulgación de ciencia y tecnología para niños.

El propósito de Amonite es el siguiente: “Por medio de la ilustración y los medios audiovisuales buscamos acercar las novedades de ciencia y tecnología con un lenguaje accesible para todos. Amonite es un proyecto binacional editado y diseñado entre México y Argentina. Nace en 2017 a iniciativa de Quitzé Fernández (…) A él se unieron los ilustradores Daniel Galindo y Jess Silva, que han generado trabajo visual para diarios e instituciones del norte de México; y más adelante los periodistas José Juan Zapata y Jessica Jaramillo, en la edición y generación de contenido, desde Buenos Aires, Argentina. Todos ellos forman parte del staff permanente de Amonite, junto a un grupo de colaboradores que aportan sus visiones periodísticas, visuales y literarias del mundo de la ciencia”.

Así pues, Los niños del mezquite tuvo claro su objetivo: mediante un relato coloridamente ilustrado, vistoso, acercar a los lectores hacia el pasado de estas tierras, hacia la cultura de los hombres y mujeres del desierto que dependían de las lagunas en el espacio de la actualmente llamada Comarca Lagunera, de su flora y de su fauna, principalmente de las pequeñas especies animales como conejos y peces, y de ciertas plantas como el mezquite y la tuna.

El relato ha sido planteado desde la voz de un narrador-testigo. Observa que Jamé, niña cuachichil, está a punto de dejar de ser niña para convertirse en mujer; los cuachichiles fueron una de las muchas tribus (irritilas, laguneros, tripas blancas…) que dependían de las lagunas situadas en La Laguna y, como todas ellas, se habían adaptado al medio gracias a la caza y la recolección. No era una vida fácil, por la hostilidad del clima, en extremo cálido en primavera y frío en invierno, así que debían emprender permanentes migraciones en el espacio sureño de la actual Coahuila. Gracias a las lagunas, sin embargo, había animales pequeños y se daban frutos producidos espontáneamente por la humedad cercana, de modo que las tribus podían sobrevivir y tenían una convivencia, en general, pacífica.

Allí, en esta zona, el lugar donde actualmente habitamos, el narrador-testigo (no adelanto una sorpresa sobre él) cuenta las andanzas de su comunidad. El hilo conductor es Jamé, quien, como ya dije, se acerca a la condición de mujer. Mientras llega ese momento, los lectores pueden visualizar los quehaceres de la tribu, cómo viven, qué comen y cuál es su organización social, todo articulado con una prosa poética y sencilla.

Los niños del mezquite suma en sus créditos, además del texto escrito por Quitzé Fernández, las hermosas ilustraciones de Carlos Vélez, la asesoría del historiador (especialista en el tema de las comunidades indígenas coahuilenses anteriores a la llegada de la cultura occidental) Calos Manuel Valdés Dávila, el diseño editorial de Florentino Durón Gómez y la edición de Alejandro Beltrán.

Se trata en suma de un excelente libro infantil que por fortuna tuvo un tiraje amplio: 5000 ejemplares.