Mostrando las entradas con la etiqueta nancy azpilcueta. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta nancy azpilcueta. Mostrar todas las entradas

miércoles, noviembre 23, 2022

Monólogo desde la conjetura












Conozco a Nancy Azpilcueta desde hace muchos años, casi cuarenta. Ambos trabajamos en el ámbito periodístico lagunero, ella como reportera y yo, sobre todo, como articulista/columnista, aunque mi costado literario ya pesaba más desde entonces. La recuerdo siempre inquieta, entregada a la noticia con una vocación profunda y disciplinada. Cientos de notas quedaron, de su pluma, publicadas en diarios y revistas de nuestra región, e incluso alguna vez, asombrosamente, coincidimos en Buenos Aires, a donde llevó su inquietud periodística.

Pasaron los años y desde hace algunos meses, cuando comenzó a compartir fragmentos de su novela Monólogo desde el olvido (La Coyotera Editores, 2022, Metepec, 143 pp., prólogo de Miguel Amaranto), me llamó la atención que tales adelantos mostraran una escritura fluida y eficaz, emotiva en su timbre poético, impregnada en cada renglón por un tono que anticipaba algo bueno. Imaginé, porque de alguna manera lo he vivido, lo difícil que debió ser para Nancy cambiar de tesitura, pasar de la austeridad del estilo noticioso a una escritura en la que eran necesario cuidar, además del contenido, el ritmo de la prosa, la consecución, como digo, de un tono que en muchos pasajes del libro alcanza, incluso, un innegable filo poético.

Sólo quienes hemos estado alguna vez ceñidos a la escritura apresurada de la prensa sabemos lo complicado que es hacer el viraje hacia la literaria. No es lo mismo, claro que no es lo mismo, y más en el caso de las exigencias actuales al trabajo informativo, una labor que debe propender, al menos en términos ideales, a la objetividad, a la desaparición del yo que redacta. En la literatura, por el contrario, quien escribe derrama su subjetividad sobre el especio en blanco y con esto intenta construir universos engendrados en su imaginación.

Nancy Azpilcueta nació en Torreón, Coahuila, en 1964. Estudió Sociología en la Universidad Autónoma de Coahuila y por más de treinta años se desempeñó en el oficio periodístico tanto en medios impresos como Radiofónicos en la Comarca Lagunera y Buenos Aires, Argentina. En dos ocasiones recibió el Premio Nacional de Periodismo otorgado por el Club Primera Plana y la Federación de Asociaciones de Periodistas de México (FAPERMEX). Desde hace algunos años incursionó en la literatura. Esta es su primera novela.

Monólogo desde el olvido, primer libro literario individual de Nancy Azpilcueta, es una bienvenida sorpresa. Se trata de una historia en la que su autora imagina la voz de María Luisa Ybarra y Goribar, esposa y luego viuda, sin descendencia, de Leonardo Zuloaga. Como su título lo indica, es María Luisa Ybarra quien teje el monólogo de su vida y de su entorno, del mundo convulso que le tocó vivir y al final, como ha pasado con tantísimas mujeres, la arrumbó casi en el anonimato. Para hacerlo, Nancy Azpilcueta traza un fantasma-narrador: la viuda de Zuloaga. Este recurso es parecido al usado por Ignacio Solares en Madero, el otro, novela en la que el autor chihuahuense hace hablar al político parrense desde ultratumba. Como el Madero de Solares que ve su pasado desde un presente etéreo, María Luisa Ybarra escudriña todos los rincones de su biografía real desde el más allá, con los fueros que le permite usar la condición de ser ultraterreno, ubicuo.

Dice Javier Cercas que la literatura no se articula para justificar tal o cual hecho o conducta, sino para entender. Nancy ha levantado el monólogo de su protagonista para tratar de entender quién fue, qué hizo, qué pensó en todos y cada uno de los momentos que atravesaron su existencia, sobre todo aquellos que se vinculan a su condición de mujer rica y esposa de un hombre, Zuloaga, cuya imagen no ha dejado de ser polémica.

Para edificar la figura, tan imaginaria como posible, de la señora Ybarra y Goribar, Nancy siguió el camino de la investigación documental que imprime mayor verosimilitud al personaje. La protagonista es conjetural, por supuesto, y no puede ser de otra manera dado que se trata de un monólogo que nos habla desde el espacio de la muerte, pero asimismo es creíble a partir de una base cuya información no se administra de manera libérrima, sino ceñida a los datos que la autora compiló y aquí ha ordenado con el fin de que el objeto literario resultante se afiance lo mejor posible en un corpus documental adecuado.

El acto de comunicación, el monólogo, tiene entonces dos orígenes: por un lado, la base documental mencionada y, por otro, lo que, a propósito de esa base, sostiene al relato como una vida posible, como lo que María Luisa Ybarra ve, en su condición de fantasma omnipresente, que ha sido su vida. El objeto del discurso péndula pues entre la referencia al pasado en tanto hecho conocido y la referencia al significado personal que a cada suceso o personaje confiere la protagonista, quien adquiere consistencia ante nosotros, sus lectores, luego de permanecer oculta, callada, olvidada durante siglo y medio. Dice por allí: “Nunca alguien ha hurgado más allá de los dichos que escribieron lapidariamente en contra nuestra los que ganaron la batalla y mandaron a la tumba a mi marido. De nosotros se sabe muy poco y cada vez menos, de Leonardo sólo se ha contado lo malo, y de mí, casi nada”.

En este monólogo tiene un lugar destacado toda la franja sur del estado de Coahuila, doloroso escenario de la vida de María Luisa Ybarra y su marido. Sin freno se suceden hechos políticos, luchas, desangramientos, acuerdos y traiciones que la imaginaria señora Ybarra y Goribar sobrevuela para compartirnos su hipotética opinión, la única que podríamos tener de ella luego de haber sido sepultada por el silencio. No me gustaría destacar nada sobre los momentos finales de la novela, pues corro el riesgo de adelantar un rasgo importante de su arquitectura. Sólo diré, sólo reiteraré que es una bienvenida sorpresa encontrar a Nancy Azpilcueta en condición de escritora, y que su Monólogo desde el olvido me hace pensar en más páginas suyas tan afortunadas como estas.

Comarca Lagunera, 22, noviembre y 2022

Texto leído en la presentación de Monólogo desde el olvido celebrada en el Teatro Alfonso Garibay el 22 de noviembre de 2022. Participamos Miguel Amaranto, la autora y yo.

sábado, noviembre 20, 2021

Una compilación no antológica


No es una antología (SEC, s/l, 2021, 98 pp.) es el extraño título de una colección de cuentos publicada por el colectivo “Algo casi negro” en una edición realizada con el auspicio de la Secretaría de Cultura de Coahuila a través del Apoyo a Instituciones Estatales de Cultura (AIEC) 2020. Enfatiza desde su título que no es lo que habitualmente tampoco son los libros así llamados, antologías, sino compilaciones de textos generalmente escritos por distintos autores. Más allá del abuso que se ha dado de la palabra antología, este libro, que en su título rechaza serlo, ofrece materiales estimables de sus cinco autores, aunque, como ocurre siempre en el caso de los volúmenes misceláneos, el lector sabrá apreciar unos y acaso ver muy de paso otros. Sus piezas son 17, así que me detendré sólo en una de cada autor/autora.

Escrito por Nancy Azpilcueta, el cuento “Maldito corazón”, que alude como mantra a la canción compuesta por Cuco Sánchez y que nunca cantó José Alfredo, relata la vida de Valentín, un hombre sometido a la dictadura de su mujer, La China. El Valen, como lo apodan, es repartidor de una florería, y en sus rondas laborales por la ciudad piensa en su destino de macho sometido. Un día, cierta mujer le da la clave para salvarse de su esposa, pero la realidad en la que deriva el cuento no es la esperada. O sí, si nos atenemos a la conducta de la mujer, más hombruna que femenina.

En “Elpidio, el vivo”, Héctor Esparza Nieto relata con bien templado ritmo poético la vida de un sujeto rústico, elemental y viejo cuya mayor fama es la de haber sido considerado varias veces muerto. El narrador así lo cuenta, pues en algún momento, de casualidad, tuvo la suerte de ver a Elpidio en condición de fallecido. Por el tono y la anécdota, este texto de Esparza recuerda un poco a Traven. También en clave socarrona está narrado “Sangre de chilero”, relato tragicómico en el que un sujeto ve la muerte de una “avecilla” exangüe recién desprendida de la vida, casi a lo Lorena Bobbitt.

Alex Heesher ofrece en “Incurable” (como Benedetti en el cuento “La muerte”) una mirada a la brutalidad de las palabras y la muerte. Tras recibir un diagnóstico fatal en el que aparece la palabra del título, el protagonista elucubra su circunstancia y raya en la filosofía: “Me pregunto si el médico entiende el poder de sus palabras, si entiende que entre él y este libro maldito toda esperanza dentro de mí se ha esfumado. Quisiera poder decir que se equivoca, que nada de lo que he leído es cierto, pero, ¿qué es una pieza efímera de carne en este mundo contra la sabiduría hecha papel? ¿Qué es la mísera existencia humana? ¿Qué es el alma?” Sin salir del hospital, el personaje narrador ve su destino y piensa sentido glacial del argot médico hasta que encuentra un consuelo precisamente en el mismo poder de las palabras. Otro cuento de Alex se mueve en el mundo del periodismo, la edición, la pasión por los libros y la búsqueda de un amor pasajero.

“Fe de repuesto”, de Bernardo Bahué, es un gran cuento. Trata sobre un ludópata que, como tal, enfermo de expectativas, se vuelca en las apuestas electrónicas propiciadas por el deporte. La vinculación, en dos planos, de su vida personal con un partido de tenis es descrita con agilidad y buena prosa. La apertura anuncia todo, así que es muy apropiada para facturar un cuento-cuento: “Las manos me sudan, las tripas se revuelven entre sí, y mis labios por el interior de la boca, vuelven a descubrirse con llagas sanguinolentas por las mordidas. Pero ahora sí voy a ganar”. Sin duda es un relato ágil y certero.

El último autor es Andrés Ortiz Sandoval, dueño de una imaginación que avanza torrencial, estroboscópica, alucinada, vertiginosa. Relatos como “Dis.astrum” no facilitan el asidero de una trama y el ritmo se derrama en imágenes que remiten a un discurso coruscante, lleno de chispas, cortocircuitos y shocks sintácticos similar al del lenguaje psicótico de la loca en el famoso cuento de Piglia. No es el estilo narrativo que más me acomoda, pues ciertamente es difícil seguir la huella del sentido, pero sé que habrá lectores más atentos y disciplinados que yo para apreciarlo con mejores parámetros.

El libro No es una antología se suma a la cosecha de obras colectivas que en los años recientes han sido publicadas por estos rumbos (Un lugar menos común, Narrar a mediodía…). Tenemos futuro de sobra en la literatura lagunera; ojalá que todos los autores sigan trabajando.