sábado, febrero 06, 2010

Cambio de vía



Los dolorosos sucesos del fin de semana han puesto en un predicamento, como nunca en este sexenio, al gobierno federal. Cierto que han sido muchas y muy variadas las formas del horror que como espectáculo siniestro hemos visto en el actual sexenio, pero lo ocurrido en Juárez y en Torreón casi simultáneamente son ya un hito del sexenio por más que Felipe Calderón mire hacia otro lado. Distintas voces se han pronunciado, por ello, a favor de un cambio radical en la política seguida por el calderonato para acabar, según él, con la enfermedad del narco.
El replanteamiento que viene, si es que viene un replanteamiento, ofrece cuatro salidas al feo túnel en el que fuimos metidos a la fuerza sólo para legitimar, mediante argumentos de plomo, a un gobierno que nació con fórceps y muy poco reconocido por la ciudadanía que en los hechos nunca perdonó el “haiga sido como haiga sido”. Más allá del pecado original vinculado a las urnas del 2006, el calderonato ha actuado a sus anchas y tras los acontecimientos del domingo está en la obligación de escuchar, ahora sí, el grito angustiado de la gente.
Muchos legisladores y analistas han declarado ya la urgencia de cambiar la ruta del combate al crimen organizado. Otros, menos quizá, se declaran a favor de la suspensión de las hostilidades hasta que no se tenga una garantía plena de victoria frente a la fuerza y la ferocidad de la delincuencia. El segundo camino es imposible de seguir, pues sería una declaración abierta de derrota que lamentablemente sólo conviene al bando criminal, no al gobierno ni a la ciudadanía.
Los derroteros a seguir, por tanto, son cuatro:
1. Continuar igual la llamada guerra contra el narcotráfico. Esta posibilidad asegura lo que ya hemos visto: palos de ciego que en el revoltijo ayuno de estrategia dan como resultado un ritmo sostenido y creciente de muertos por todas partes y de todos los frentes, esto con picos elevadísimos como los dos graficados el pasado fin de semana.
2. Agudizar la intensidad de la guerra bajo el mismo esquema desarrollado hasta hoy. El ritmo ascendente del número de muertos es una prueba irrefutable de que la lucha, tal y como ha sido emprendida, sólo abona muertes y desgaste. Incrementar la dureza de las medidas en el mismo sentido en el que van sólo escalaría el problema hacia una, perdón por el ingrato y lamentable neologismo, juarización del país.
3. Suspender la guerra. Como ya dije, sería un harakiri que por obvio es absolutamente inviable. De hecho, a estas alturas no conviene a nadie, menos a los Estados Unidos, país que ve con beneplácito el preservación de una guerra que sólo deja muertos de este lado del río Bravo.
4. Modificar el esquema de la guerra. No se trata sólo de bajar la intensidad de las hostilidades, sino de orientar mejor el sentido de la lucha y acompañarlo con medidas constructivas, no represivas. Dado que en el fondo es un problema económico, el rigor en el uso de la fuerza es lo de menos si no se apareja con la creación de oportunidades para los jóvenes, no sólo para los que ya se han involucrado en actos delictivos y caen presos, sino, igualmente o más, para aquellos que están en riesgo permanente de enredarse con la telaraña.
Es borroso el futuro de la mentada guerra. Lo definitivo es que no puede seguir así, pues hay mexicanos caídos por todos lados y es absurdo pensar que unos duelen y otros no.

Imagen del profesor Lazalde



Voy de vez en cuando al café del hotel Calvete y allí reencuentro amigos con los que converso feliz. Uno de ellos es Nacho Lazalde. Hace unos días quedé de verme en ese lugar con Silvestre Faya Romero, otro excelente amigo. Por él me enteré, tarde ya, que había muerto el profesor Lazalde, padre de Nacho. Le pedí por ello a Silvestre una evocación para recordar en este espacio al profesor Lazalde y dar un pésame a su familia. Debo decir, de paso, que yo lo traté varias veces, pero sólo como comprador asiduo de libros en sus bien surtidas librerías. Emotivamente, Silvestre escribió:
Conocí al profesor Francisco Javier Lazalde Alcalá en 1975, cuando el Iscytac organizó una serie de presentaciones de música clásica en el Casino de La Laguna. Acudí con el deseo de escuchar a los diferentes artistas que durante varios domingos se presentaron en ese sitio. Ahí lo vi. Su rostro enmarcaba una gran sonrisa y un entusiasmo que me contagió de inmediato. Le escuché hablar sobre el sistema nervioso, los clásicos griegos, Unamuno y Ramón y Cajal. En ese preciso instante decidí estudiar psicología clínica. Mi vocación profesional quedó marcada por su influencia. Era imposible resistirse al encanto del maestro que ponía la vida en cada una de sus cátedras. La descripción acuciosa y detallada sobre el sistema nervioso y la influencia poderosa de la educación sobre éste, desataron en mí la necesidad de investigar de manera constante. El descubrimiento de mi enorme ignorancia siempre fue subsanado por la palabra de aliento, la sonrisa franca y a veces burlona del profesor Lazalde. Tuve la buena fortuna de compartir con su hija Rocío la misma carrera y como psicólogos disfrutamos del eterno desafío que se vive en el área clínica psicológica. Nuestra estancia en el Hospital Civil B de Gómez Palacio conformó nuestra visión profesional y cimentó nuestra metodología clínica.
El profesor Lazalde poseía una manera única para sacar lo mejor de sus alumnos; los desafiaba. Siendo el mayor de sus admiradores siempre busqué ser reconocido por él y ser acogido bajo su ala protectora. Le agradezco a Dios y a la vida que él que lo hiciera siempre. ¿Qué definió la influencia del profesor Lazalde en mi vida?
Su inteligencia portentosa al conducir a sus alumnos por los laberintos intrincados del cerebro humano; su insistencia en el desarrollo de la persona frente a la cultura; pues igual nos llevo de la mano de Unamuno, Gregorio Marañón, que la vida y obra de Santiago Ramón y Cajal.
Era un hombre con letras mayúsculas y alma de niño. Contemplar el universo a través de la visión lazaldiana siempre fue un gran deleite. Recuerdo sus disertaciones sobre el Cristo de Velazquez y su nunca cansada insistencia en el desarrollo de los valores universales del bien, la verdad y la belleza. El 9 de junio de 2005 la ONG “Amor al Ser Humano” le entregó el reconocimiento “Extraordinaria Calidad Humana”.
Admiro el amor que siempre derramó a su alrededor y la abnegada devoción por su esposa, con quien mantuvo una relación extraordinaria hasta el último aliento. El pasado 21 de enero de 2010 este mundo perdió a un hombre que supo sembrar la esperanza en la humanidad y forjar con nuestro esfuerzo una mejor generación de seres humanos. Para su familia y para las generaciones que abrevamos de esa fuente de sabiduría y amor, mi más sentido pésame.
Maestro: no le digo adiós, sino hasta pronto.

miércoles, febrero 03, 2010

El Chunko Maclovio



“Chunko el chusco”. Ese fue el título que quise usar para esta entrega, pero preferí apelar al recuerdo y jugar con una referencia cinematográfica adquirida en mi infancia: la película El Tunco Maclovio (1969), estelarizada por un Julio Alemán jovenazo que compartía créditos con Mario Almada y una princesa bellísima llamada Bárbara Angely. El juego de palabras estaba, pues, dibujado: chunko-tunco. Pero no nomás por eso me vino a la mente el tal Maclovio cuando supe que Ariel Chunko Gómez León, diputado federal chiapaneco por el PRD, se había pasado de claridosito en un programa de radio donde no sólo dictó cátedra en materia de racismo, sino también de ignorancia. Como el Tunco de Alemán, el legislador (¿legislador? ¿qué puede legislar este legislador?) es un pistolero famoso, un sujeto que saca el revólver a lo bruto para matar al primero que se le ponga en el camino.
El audio no deja mentir ni exagerar. Es un catálogo de tonterías que exhibe el nivelazo discursivo de un diputado/comunicador a la mexicana. La pregunta que de inmediato surge tras escuchar al Chunko es la más elemental de todas: ¿cómo puede ser diputado y comunicador alguien que habla así? La respuesta podría ser igual de simple: porque estamos en México, país que suele premiar a vándalos que jamás han pasado por un libro pero sí por un entrenamiento arduo en los andurriales de la picaresca política. Insisto que no miento ni exagero: el ya famoso Chunko usa una retórica tan chafa que al hablar comete incluso faltas de ortografía. El contenido deja ver a un tipo prejuicioso y racista tanto como la forma revela un trato de la palabra casi casi gutural. Es el típico sabelotodo según esto caimebién, muy chispeante y argumentador, pero hueco y torpe como tantos y tantos conductores de televisión y radio aptos para botanear al aire e ineptos para moverse en las áreas de la crítica sensatamente apuntalada. Su lenguasuelta en algo se asemeja a la de Esteban Arce, otro francotirador estrábico que hace poco lanzó prejuicios sin ton ni son, pero muy seguro de sí mismo y hasta imperativo.
¿Ejemplos? Basta escuchar con atención para salir de dudas y lamentar que en México destaquen esos representantes del pueblo. Lo primero que escupe el susodicho Chunko es un neologismo tonto y cacofónico similar al “sospechosismo” de Santiago Creel. Al referirse al comportamiento de las masas desesperadas de Haití mientras recibían ayuda humanitaria, el Chunko expresó que en los videos notó caras de “abusivez”. ¿De qué extraño diccionario de neologismos jala de las greñas esa palabra sufijada asnalmente? Es inaceptable que sujetos con esa insensibilidad para el manejo de la palabra usen un micrófono y quieran dar línea, además de que, por si fuera poco, tienen un cargo de elección popular que en teoría toma en cuenta las capacidades intelectuales del personaje.
Entre chascarrillos, palabrotas según él muy naturales e hipótesis de cantina, el Chunko prosiguió su perorata mequetrefe. Para evitar la “abusivez” de los haitianos al momento de pedir ayuda, era pertinente, señaló, marcarlos con tinta indeleble blanca. El colmo. Y parece que no, pero esto tiene relación con todo lo que está pasando en México, incluido lo que ya sabemos: debido a políticos como el Chunko —además, claro, de muchas otras mugres— el país está como está: en agonía.

domingo, enero 31, 2010

Una de vampiros



El mejor disfraz que conozco es también el más económico. Consiste en una dentadura de plástico que entra a la dentadura real del ser humano y, tras esa simple instalación, provoca una apariencia perfecta de vampiro. Todos la recordamos, pues antes venía de regalo en ciertos dulces o la echaban en los “bolos” de las piñatas para que los niños prehalloweeneanos nos convirtiéramos en monstruos sin ningún esfuerzo. Supongo que mis lectores se calzaron alguna vez esos horribles dientes en los que destacaban, obviamente, los colmillos de chupasangre, dos picos capaces de transformar cualquier rostro apacible en una cosa horrenda, de película.

¿Por qué una dentadura de plástico es capaz de cambiar radicalmente la apariencia de quien la porta y con ello producir espanto? La respuesta, creo, podemos encontrarla en la leyenda tejida alrededor del vampiro. La literatura, el cine y la gráfica culta y popular se han encargado durante décadas de propagar la imagen monstruosa del vampiro. Su monstruosidad consiste básicamente, según puedo entender, en su aparente no monstruosidad: mientras el vampiro no abra la boca es un caballero elegante, con pelo relamido y capa de poeta decimonónico. Cuando enseña los dientes, empero, de inmediato sale a relucir su naturaleza de terrible succionador nocturno (de yugulares). Ahí se afinca pues la mala fama pública de ese bicho mitad hombre mitad murciélago: un tipo no monstruoso que de golpe, por la sola presencia de dos colmillos, hace temblar al más machito.

Hay otros elementos, claro, que ayudan a reforzar la calaña temible del vampiro: que habite un castillo neblinoso y en penumbra, que pernocte (si per-noctar es pasar la noche, en el caso del vampiro sería per-diurnar, dado que él duerme de día) en un ataúd y que su imagen no sea reflejada por los espejos. Pero es en los colmillos, como digo, donde principalmente radica su capacidad para infundir pavor. Por eso mismo, y a diferencia de otros monstruos fílmicos más elaborados y muchas veces inverosímiles, el vampiro nos persuadía de su maldad con un simple close-up al rostro: los ojos fijos y los dientes ya listos para ser encajados en la piel de víctimas plácidamente recostadas.

La sencillez del monstruo no es un detalle menor en la totalidad de su prestigio. Por ejemplo, dada la modestia de las producciones mexicanas de terror era muy común que los seres del más allá fueran literalmente adefésicos y por lo tanto, también en sentido estricto, increíbles: hombres-lobo con pelos demasiado artificiales en el rostro, momias con vendas de hospital un poco desgarradas, zombis con máscaras de Chácharas y Juguetes, y Frankesteines cuyas molleras planas delataban un uso grotesco del papel maché, todo eso sumado a (d)efectos especiales como truenos producidos con láminas de ducto o vaporcito de discoteca. El desarrollo de los efectos, que apoya en la computadora sus resultados más apreciables, vino a modelar un espectador más exigente, de manera que ahora parecen francamente ridículos los disfraces de aquellos personajes que en lugar de mover a miedo lo hacen a risa. No ocurre lo mismo con el vampiro, y eso se debe, insisto, a la simplicidad de su disfraz: ese traje negro y esos colmillos que pueden ser de plástico, no importa, pues a cierta distancia no se notarán irreales y sí malvados, siempre odontológicamente crueles.

En mi catálogo de vampiros famosos está, claro, el emblemático Bela Lugosi, actor cuyo nombre real ya tenía algo de vampírico (será porque en el nombre Bela Lugosi está oculta una buena parte de la palabra murciélago, incluidas las cinco vocales una sola vez cada una). Yo me quedo, sin embargo, con dos vampiros que hicieron las temblorosas delicias del público mexicano hace muchos años: Germán Robles y Aldo Monti. El primero hizo El vampiro en 1957, película en la que encarnó al conde Karol de Lavud o Duval el vampiro. El rostro flaco y la expresión de hielo que manejaba Robles dejaban fritos a los asistentes, quienes desde entonces recuerdan el big close-up a los ojos del actor; Robles era allí tan convincente que hacía innecesario abrir la toma para ver sus colmillazos.

Por su parte, Monti fue el Drácula de cajón en las películas de Santo. No había mucho qué pedir a los argumentos, pues los puros títulos de cada cinta (como Santo y Blue Demon contra Drácula y el Hombre-lobo, 1973) ya anunciaban su registro subinfrasurrealista. Pese a ello, los rasgos y la caracterización del actor italiano (ver foto) avecindado en México fueron suficientes para, con remaches, fijar en la niñez mexicana que, en efecto, Drácula no podía ser sino ese tipo, el mismísimo Aldo Monti que con cara de tanguero a media luz y sobre alfombras que no hacen ruido se quedaba viendo a sus víctimas como un auténtico vampiro antes de clavar sus esmaltados caninos en el cogote de alguna chica bella y enfundada en un taquillero negligé.

Y pensar que toda esa mitología nació del quiróptero, un animalito tan feo y difamado como útil en la naturaleza.

sábado, enero 30, 2010

Otra lágrima por Gómez



¿Por qué las obras públicas demoran tanto en Gómez Palacio? Lo lamento por mi ciudad, pues noto que además de incómodo y antiestético es triste pasar por ciertos rumbos y ver que una obra civil tarda no días, sino meses y en ocasiones hasta años para ser concluida y servir plenamente a la ciudadanía. No entiendo. Dicen que es un asunto de presupuestos, de partidas que no llegan y todo eso. Podrán afirmar lo que sea, absolutamente lo que sea, pero nada palia las molestias de la gente que debe ser servida con pasión por el avance, dicho esto para parafrasear los demagógicos lemas de Octaviano y Rebollo en dos administraciones recientes que dejaron a Gómez Palacio en el mismo subdesarrollo infraestructural.
Ejemplo soberano del caracoláceo (porque avanza con suma lentitud) ritmo con el que las autoridades trabajan en Gómez es la construcción del puente ubicado en el bulevar Miguel Alemán sobre la vía del tren. El puente ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo sin que quede como mandan los cánones de la urbanística: terminado y al servicio seguro de quien sea. Como está a media cocción, durante meses que ya pintan para el año tal cruce se ha convertido en un miniDVR lleno de conflictos viales y fealdad, siempre con tránsitos que nomás están al hacha para ver a quién le tiran el dientazo.
La intención de este comentario no es, sin embargo, detallar la falta de respeto que la autoridad perpetra contra la ciudadanía mediante el puente en coma del Alemán. Hay otra obra de suyo espeluznante: la calzada Lázaro Cárdenas en el tramo que va del bulevar González de la Vega a la calle Tamazula, en la zona industrial gomezpalatina. Lo grave no es que esa ruta parezca sacudida por un terremoto, sino la notable lentitud con la que avanzan las obras de repavimentación. Meses han pasado y el escenario es desastroso, una vergüenza y un peligro. Polvo, piedras, hoyos, cráteres, abismos, muros de bloqueo sin luz nocturna, señalamientos puestos con las pezuñas, aquello da la impresión de haber sido creado para fastidiar espacios y molestar a la ciudadanía. De sólo imaginar a la pobre gente (pobre gente aunque tenga puesto gerencial) que por necesidad transita o trabaja en ese rumbo se me retuercen las tripas y siento lástima por su condición: son ciudadanos ninguneados, ciudadanos que no merecen una calzada firme, ágil, bien señalada, con buen alumbrado público y demás. En lugar de eso, cientos de trabajadores deben encarar todos los días, durante meses, la grosería del desastre y el problema de las desviaciones que, dicho sea de paso, conducen a zonas casi idénticas, también maltrechas.
¿Qué las autoridades nunca van a esos sitios? ¿Qué no usan las calles? ¿Qué no respiran ese polvo y los efluvios de las alcantarillas a cielo abierto? Tengo la impresión de que late aquí una especie de cinismo torpemente maquillado con propaganda barata y/o pretextos consistentes en la vieja táctica de pasar la bolita: si la riega el gobierno municipal, le avienta el lío al estatal; si es el estatal, lo transfiere al federal; si es el federal, inculpa al estatal y al municipal, y en ese juego de pretextos y acusaciones aniñados el único que pierde es el ciudadano.
Quería mencionar aquí al gobernador Hernández Deras y al alcalde Calderón Cigarroa, pero mejor no. Qué caso tiene.

viernes, enero 29, 2010

Atascaos los unos y los otros



Gorditas de picadillo, frijoles, requesón, deshebrada, carne con chile verde, asado, discada, chicharrón de pella y prensado, mole, huevo y tinga; lonches de aguacate, carne, queso blanco, jamón, mortadela, mixtos aguacate y carne, triples aguacate-carne-queso, adobada, guiso y barbacoa. Tacos de papa, picadillo, deshebrada, requesón, suadero, adobada, buche, al pastor, bistec, tripas, sudados y de carne asada. Menudo, pozole, birria, caldo tlalpeño. Hamburguesas sencillas, dobles, con queso, con tocino, con tocino y queso, con aguacate, hot dogs, huaraches, tamborazos. Costillitas, carne asada, salchichas para asar, cortes americanos como rib eye, t-bone, sirloin, new york. Pasteles tres leches, rosca, napolitano, piñatero, de chocolate, niño envuelto. Cerveza Modelo, Láger, Bohemia, Negra Modelo, Indio, Carta Blanca, Tecate, Sol, caguamas y caguamones. Coca Cola, Fanta, Fresca, Sprite, Pepsi, Mirinda, Barrilito, Jarrito, Seven Up, de raíz, marca de la tienda. Galletas Marías, Sabrosas, Oreo, Barritas, Canelitas, Emperador, Polvorones, Piruetas, Surtido rico. Pingüinos, Submarinos, Gansitos, Napolitanos, Chocorroles, Negritos, Donas, Triki-Trakes, Bimbuñuelos, Roles de canela. Conchas, quequis, charamuscas, marranitos, empanadas. Donas glaseadas de fresa, chocolate, vainilla, canela, nuez, cacahuate o azúcar. Sabritas, Ruffles, Churrumaíz (¿o Churrumáiz o Churrumaiz?), Doritos, Tostachos, Takis, Cheetos, Fritos, Sabritones, Pizzerolas, conchitas Encanto, palomitas con chile, con mantequilla, acarameladas. Cacahuates salados, enchilados, con cascarita, estilo japonés, garapiñados, con limón. Gomitas, moritas, chocolates, chamoyes, paletas Tutsi, mazapanes, skwinkles, sugus, bubulubus, Charms, pulpas Rago, Ticos, bombones, bolis, gelatinas, flanes. Tortillas de maíz, de harina, de trigo, pan francés, bolillo, baguette, tostadas. Sopa de fideo, estrellitas, letras; spaghetti, macarrón, tallarín, ravioles. Pizzas chicas, medianas y familiares, cuadradas, con orilla de queso. Burritos, tortillones, mega tortillones de medio metro. Duros de marrano bañados en salsa y duros de harina con verdura y cueritos encima llenos también de salsa y crema. Elotes desgranados en vasito o hervidos/tatemados en mazorca con mantequilla, limón, crema, mayonesa y chile en polvo o salsa casera. Coctel de camarón, de ostión, combinado, huachinango a la veracruzana, pescado al mojo de ajo, a la plancha, zarandeado, tostada de ceviche, pulpo, camarón al aguachile. Huevos rancheros, a la mexicana, con chorizo, con papas, motuleños, con machaca secos o salseados. Yugurt, fruta, hot cakes, queso cottage. Frijoles de la olla, aguaos o charros. Pollo Kentucky, Church, Feliz, Loco, Los Muchachos de Zapopan, Pepe o rostizado del súper. Papas a la francesa, ensaladas con aderezo ranch, mil islas o vinagreta. Chiles rellenos, en nogada, rajas, tamales. Papas asadas, a la francesa o hashbrown. Aros de cebolla, totopos, palitos de pan. Chicharrones de puerco, carnitas, cabrito, moronga, hígado encebollado. Café, té, agua fresca. Azúcar Splenda.
¿Obesidad en México, en Coahuila, en La Laguna? Nos están levantando un falso. Y aquí los dejo, pues ya está tocando el joven de la moto con la pizza Dominator 4 que me voy a echar viendo la tele.

jueves, enero 28, 2010

Fama y fosa común



La fama es así: cuando la fortuna o la desgracia caen sobre ella, todo parece alcanzar dimensiones bíblicas. Porque la fama es, en principio, un capital simbólico que a su vez genera dinero. La muerte, el atentado, el divorcio, la boda de un famoso son billetes que hacen sonar cajas registradoras. Lo ideal sería, pues, que ante el ataque a un personaje no tocado por la dicha (algunos pocos creen que es lo contrario: una desdicha) de la celebridad los medios otorgaran el mismo tratamiento que le asignan al personaje encumbrado. Pero el comportamiento actual de los medios no avanza por esas vías: los medios magnifican el suceso en función no del suceso, sino del personaje. La noticia adquiere valor no tanto por el espantoso qué o el reiterado dónde, sino por el visible quién.
Todos los días en cualquier parte del país son cometidas atrocidades idénticas o peores que la perpetrada contra Salvador Cabañas. Todas son igualmente tristes y lamentables. La del delantero del América, sin embargo, adquirió una notoriedad mayúscula en función de lo que el personaje significa simbólicamente: es el mejor jugador del deporte más popular del equipo más promovido por el medio de comunicación más poderoso de México, y además su dueño. Creo que todo esto no atenúa, para los antiamericanistas o antitelevisistas, la gravedad del hecho: fuera o no Salvador Cabañas, un balazo en la frente es una muestra de barbarie que no merece nadie, y nada más obvio que exigir la rápida detección y apresamiento de los culpables.
Lo que veo detrás del manejo informativo me revela más sobre la realidad que padece el país que sobre el obvio comportamiento de la prensa en este caso. Aquí y dónde sea, un personaje tocado por la fama va a ser seguido por las cámaras y los micrófonos haga lo que haga. Eso lo damos por descontado. No asombra, entonces, la inmensa cobertura que detonó el atentado; lo que cautiva en todo caso es la miseria que hay detrás de un país que exige a los ciudadanos el recurso escasísimo de la fama para entrar en el interés de las autoridades y los medios luego de un desaguisado.
No devalúo lo terrible de la agresión contra el futbolista paraguayo. Sé que él y su familia, en primer término, están pasando ahora por momentos de tenso dolor y a muchos nos alegraría leer la noticia de que Cabañas ha quedado fuera de peligro y pronto volverá a sus actividades normales en plenitud de condiciones. Lo digo con toda sinceridad, pues el también seleccionado guaraní es un hombre con facultades notables para desarrollar una actividad sana, de donde precisamente proviene su celebridad. Lo que lamento es que tenga que ser un hombre de elevado prestigio quien remueva un poco, durante unos cuantos días, el adormecido accionar de las autoridades y los medios y no las mil y una historias de dolor que todos los días y a toda hora manchan de sangre el mapa del país.
En el escenario de miedo e indiferencia/impotencia al que nos ha atado la violencia ubicua, es triste comprobar que sólo las víctimas con alguna forma de poder serán atendidas a fondo y con el mayor escrúpulo. Los otros casos, a la fosa común del olvido, si bien les va.

domingo, enero 24, 2010

Cinema Cacarizo III



Con sorpresa leo y oigo comentarios de nostálgicos que han rehidratado sus recuerdos con este repaso arbitrario de los míos sobre las salas de cine laguneras. Ha llovido, pienso cuando leo, por ejemplo, esta carta de Jesús Aviña (cantante, locutor, actor y ahora doblador al español, en el DF, de series extranjeras de televisión y cine): “Mi querido Jaime: se levanta la polvareda de los recuerdos con Cinema Cacarizo: conseguir una cartilla de alguien que se pareciera a ti, o, más osadía, conseguir una cartilla y hacer la falsificación fotostática y luego la reducción, y entre todas estas maniobras seguramente de sobra conocidas por ti viene un dato nebuloso, impreciso que ojalá hubiera modo de comprobar en las hemerotecas o el archivo municipal pues, supongo, constituye un récord de permanencia en cartelera: la multicitada Natalie estuvo en cartelera desde esa experiencia que narras (a tus 15 o 16) hasta el incendio el Modelo (estimo que fueron de 6 a 8 años en cartelera); entre sus ruinas se podía ver la marquesina humeante: “HOY NATALIE HOY”; seguro rompió un récord. Además, ¿nunca luchaste bajo la pantalla del Palacio? La del Roma era más paique porque estaba de bajadita; el ritual dominguero era que todos los niños nos íbamos a misa de 8 a Guadalupe ya armados del infaltable lonche de huevo, o el misto de huevo con frijoles, dejábamos al más güey haciendo fila desde las 8 y a las 9 que salíamos de misa nos íbamos a la fila de los boletos, que a esa hora ya llegaba casi hasta la esquina de Centenario y Mina, hasta la tienda de los güeros que se llamaba “El sur de Jalisco”; si íbamos a gayopa, salía la provisión de hormigas en un frasquito y empezaba el concurso de a ver quién llegaba más lejos los gargajos; si íbamos abajo, la onda era entrar tempra para ponernos lejos de los infamantes proyectiles y además empezar las luchitas bajo la pantalla. A la salida nos echábamos un raspado de Mangas Mochas y un luchador de plástico; el domingo alcanzaba para eso si íbamos al Palacio (el Roma era de los cherris); a la comadre Celia le comprábamos los dulces antes de entrar”.
Jorge Rodríguez, otro nostálgico, comenta igual, vía mail: “Jaime: Te llevo cinco años, y en la infancia esa es una diferencia muy grande entre un chamaco y otro. Te digo esto porque es muy probable que no recuerdes que en el Elba se pasó, en el 71, Teorema, de Pier Paolo Pasolini, en una sola función nocturna muy anunciada y muy concurrida por la gente más pomadosa de La Laguna. Fuimos mi hermano y yo (de 13 años), y estoy seguro que nunca antes el Elba había juntado tanta lana en una noche, pues los boletos estuvieron a ocho maracas. Por último te comento que lo que para ti fue el Elba para mí lo fue el Unión (Centenario, entre Allende y Madero), donde muchísimos viernes, en el 2x1, para desquitar la entrada había que reventarse las tres películas de la función (no pocas de las cuales recuerdo con un inmenso agrado)”.
En charla personal, el ingeniero Jorge Ramírez, lector asiduo de este espacio, observa que en el desfile de divas no he recordado a dos que para él no han sucumbido, en la memoria, a la hostilidad del tiempo: Rosa Carmina y Silvana Mangano. Con la metáfora de rigor, el ingeniero añade, mostrando la palma derecha abierta y orgullosa: “Esta mano las recuerda con inmenso cariño”. Luego me regala con una fervorosa descripción de las funciones en el Salón Javier, local situado todavía en la esquina de Bravo y 11: “En una de esas películas la Mangano llevaba un vestido ligero que con el aire se le pegaba al cuerpo; no era necesario el desnudo, pues con sólo ver su figura debajo de ese vestido untado a la piel se detenía la respiración del cine, quedábamos todos como hipnotizados, boquiabiertos ante la belleza de esa mujer. Por supuesto, del cine corríamos al baño”.
Casualmente, en la misma semana, ésta que termina, Julián Mejía, al hablar también sobre los cines laguneros de endenantes, me platicó la anécdota de un amigo de su padre que en la sobremesa de una cena dedicó nutridos elogios a la italianazazaza Mangano. Lo único extraño es que, apunta Julián, el confundido amigo no decía Silvana, sino “Manuela” Mangano, quién sabe por qué.
A menos que haya petición popular para seguir con esto, concluyo que la felicidad del cine es una ola que arrastra todos los recuerdos: a partir de una película, de una sala, vienen a la mente los mejores momentos de nuestra educación sentimental y el despertar a los mejores asombros de la juventud ya ida. (El martes a las 8 pm charla de este servidor en el Icocult Laguna; el tema es la reseña de libros y sus flecos; están todos invitados. Allá nos vemos).

Más sobre Haití



La columna de Renata Chapa publicada hoy en El Diario de Chihuahua:

Imaginario colectivo
Príncipes del puerto

Renata Chapa

De todas las imágenes que han dado cuenta de la tragedia de Haití, es una la que, en lo particular, sacude la entraña a siete grados Richter. Se trata del operativo de auxilio nocturno realizado por bomberos de Nueva York para rescatar a dos niños atrapados entre las ruinas de Puerto Príncipe. El fragmento del video muestra el momento en el que, por fin, los rescatistas extraen a uno de dos pequeños del fondo de los escombros. El niño, al salir, desafiando todo pronóstico fatal, eleva los brazos en señal de victoria y sonríe de manera espectacular. Los bomberos lo entregan de inmediato a quien se puede suponer es su padre. Cuando ambos se abrazan, el nene aún se ocupa de saludar entusiasmado, enterísimo, a quienes han visto el rescate y le han aplaudido desde el primer instante en que vio la luz de los reflectores (www.youtube.com/watch?v=-AslGgDFgg0). Fueron ocho los días que el menor vivió en la penumbra, sin alimentos, sin más comunicación que la que pudo establecer con otra niña ahí también atrapada. La actitud del chico, al salir, desgarra e inspira. Nos recuerda esa ingenuidad que vuelve tan frágil a la infancia pero que, a la vez, los convierte en héroe. Nos pone de frente con su natural ánimo alegre en medio de la mezquina ambición material, la injusta marginación extrema y demás desgracias. Pese a todo, los niños haitianos intentan abrirse paso con el arrojo de un gigante. Con una valentía de príncipes que defienden el puerto que consideran suyo. Algunos, como el de la imagen aquí descrita, lo logran. Otros, tarde o temprano, claudicarán.
Desde siglos atrás, los niños de Haití vienen demostrando esa pasta suave y dura que los define. De ello han dado testimonio numerosas fuentes, pero, como fue mencionado en este mismo espacio, pareciera que el dolor de Haití, antes del 12 de enero de 2010, era inexistente o una causa tan perdida como el dolor de nuestros propios niños mexicanos también sumidos en la pobreza y en el olvido. Selecciono un par de referentes sólo como penosa muestra de los azotes que ya padecían los menores haitianos antes del terremoto.
El periódico El País, hace cuatro años, denunciaba que 250 mil niños haitianos sufrían una “nueva esclavitud”: “Haití fue el primer país en romper las cadenas de la esclavitud hace más de dos siglos, pero en la actualidad unos 250 mil menores viven en condiciones de explotación al servicio de familias sin escrúpulos. Los nuevos ‘esclavos’ de la nación más pobre del hemisferio occidental son chicos y chicas entre 7 y 14 años que dejaron el medio rural pobre para terminar como sirvientes en las ciudades haitianas, subyugados en las plantaciones de caña de azúcar o en las redes de prostitución de la vecina República Dominicana. Las redes de tráfico de menores operan impunemente en Haití con el 50% de la población menor de 18 años, una esperanza de vida que no supera los 52 años, un índice de escolarización del 54% y más de la mitad de los haitianos sin saber leer ni escribir. Las calles están pobladas de niños sin futuro. Los menos dóciles escaparon de sus nuevos progenitores y se integraron en pandillas. Algunos van a parar a las bandas de ‘chimères’ en los arrabales de Puerto Príncipe, donde es frecuente ver chavales de apenas 10 años armados. Jean Robert Cadet opina que, a pesar de la abolición del régimen esclavista, la primera república negra del mundo sólo cambió de amo, al reproducir el mismo sistema. Cadet es un ejemplo de lo que en Haití se conoce como los ‘restavec’, término créole que proviene del francés ‘reste avec’ y que puede traducirse como ‘quédate con’ A los cuatro años su madre, negra, falleció y su padre, blanco, se negó a reconocerlo y lo entregó a una antigua maestra. Pasó toda la infancia trabajando de criado y se convirtió en un ‘restavec’ más. (…) Estos niños desarraigados se convierten rápidamente en pequeños esclavos, explica Alphonse Deo Nkunzimana, director del programa de lucha contra el tráfico de menores de la Pan American Development Foundation (PADF). ‘Trabajan por encima de sus posibilidades, no reciben remuneración alguna, son víctimas de abusos sexuales y de todo tipo. Son obligados a limpiar la casa, cocinar, cargar agua y buscar leña’. (…) ‘Hay padres que rehúsan aceptar a su hijo de vuelta’ comenta Marline Mondesir, directora del Centre d'Action pour le Développement (CAD), que acoge a niños esclavizados que fueron rescatados. ‘Tuvimos una niña de 16 años. Localizamos a su madre verdadera que nos dijo que no la podía aceptar porque tenía otros seis hijos. No tenía cómo alimentarla’. (…) Las redes de tráfico de menores que van a parar a República Dominicana cuentan con la complicidad de la policía en la frontera, que facilita el paso ilegal por cuatro puntos. (…) Alrededor de 3,000 niños cruzan anualmente la frontera entre Haití y República Dominicana en el Noreste, según cifras de UNICEF. El Ministerio dominicano de Trabajo estima que entre 25, 000 y 30, 000 niños haitianos trabajan en el sector agrícola” (Francesc, Relea, http://www.elpais.com/, 12/02/2006).
Las desafortunadas condiciones de los pequeños ‘restavek’ se suma a la de otros menores descrita por el Centro de Información sobre Desastres: los huérfanos y niños de la calle entre 5 a 17 años que, tan sólo en Puerto Príncipe, en 2006, llegaron a ser 7 mil 833: “A menudo son maltratados por la policía que los considera delincuentes, y son propensos a sufrir enfermedades y problemas estomacales” (p. 8). El 81% de los niños “restavek” están en zonas rurales, el 73% son niñas y sólo el 55% asiste a la escuela. Otro golpe a la calidad de vida de los menores de Haití es la anemia, condición que en el año 2000 era padecida por el 65.3% de los niños en edad preescolar, es decir, con una edad igual o menor a los cinco años. Los mayores de cinco y menores de nueve años, en el Haití de 2006, encontraron en la tuberculosis, las enfermedades diarreicas, la desnutrición, el SIDA y la malaria las cinco principales causas de muerte. En 2003, un tercio de los niños entre 6 y 12 años tenían parásitos. Los de diez a 19 años también morían debido al SIDA, las agresiones físicas, los accidentes, la tuberculosis, la fiebre tifoidea y a causas relacionadas con la maternidad. En este sentido, en 2005, “se registraron poco más de mil partos entre niñas de 10 a 14 años de edad y 6, 090 partos en jóvenes de 15 a 19 años” (“Salud en las Américas”, Volumen II, 2007, www.crid.or.cr/digitalizacion/pdf/spa/doc16712/doc16712-9.pdf).
Los auténticos príncipes del puerto, los niños de Haití, además de navegar sobre las adversas aguas hasta aquí descritas, ahora tienen que sortear otras contracorrientes derivadas del terremoto del 12 de enero: orfandad, hambruna, más enfermedades, tráfico de infantes y hasta las adopciones al vapor que, en medio del caos, sólo resta confiar que sí les representarán mejor destino. Cuántos chicos, en medio de lo abominable, podrán levantar los brazos en señal de victoria como el que fue rescatado por los bomberos de Nueva York. Los que siguen vivos y con su espíritu de niño aún robusto, en cualquier parte del globo, tienen esa posibilidad. La esperanza es que no claudiquen, o, al menos, sigan creyendo por muchos años más que pueden vencerlo todo, como príncipes del más hermoso de los puertos.

centrosimago@yahoo.com.mx

Para otros dos inolvidables príncipes que navegan por aquí:


sábado, enero 23, 2010

Hamlet en Torreón



No nos veíamos hace muchos kilos. La última vez que platicamos fue de casualidad; aquello ocurrió en la central camionera de Chihuahua, donde en el andén cruzamos unas cuantas palabras y quedamos de escribirnos en alguna ocasión. Eso nunca ocurrió. Para entonces él trabajaba en comunicación social de la Conagua chihuahuense; yo, creo, seguía con las clases de periodismo y literatura en la UIA Laguna que campechaneaba con la edición de periodismo cultural. Eran mis tiempos de noviazgo, la vida me entusiasmaba como a un chamaco y recuerdo que hasta ahorraba para casarme como ordenaban los cánones civiles y religiosos. Estoy hablando tal vez del 95, poco más o menos.
Los años corrieron y le perdí la pista a Hamlet Murillo, que es el cuate al que me estoy refiriendo. Hamlet, como lo conocemos a secas quienes los conocemos, es hermano de Prometeo, periodista-diseñador, y Adela, fotógrafa que por cierto vive en Londres. Estudió comunicación en el Iscytac, y luego de chambear un tiempo en México decidió poner un océano de por medio para avecindarse en Barcelona, donde ha trabajado en todo para mantener estable su permanencia allá. Gracias al manejo del inglés, Hamlet ha podido vincularse al mundo de la hotelería, donde actualmente trajina.
Este viejo amigo lagunero está de nuevo, brevemente, en La Laguna. Viene a rehidratar un poco su vivencia irritila y a tramitar un asunto académico que le servirá para homologar sus papeles universitarios mexicanos con los españoles.
Ayer viernes cumplimos con el más apreciable ritual de la cultura del reencuentro en La Laguna: fuimos a la botana. Estuvimos allí, entre cervezas y cacahuatitos, Prometeo, Hamlet, Raymundo Tuda y el de la voz. La charla discurrió, obviamente, por las andanzas hamletianas en Europa. Como era de esperarse, luego de una década en aquellas tierras viene espeso de anécdotas. Mujeres, paisajes, culturas, problemas de vida cotidiana volaron en torno de la mesa de cantina. En todos los casos palpitó la alegría de Hamlet al reproducir sus vivencias. No fueron escasos, por cierto, sus elogios a la belleza femenina de aquel caleidoscopio racial; buenos mexicanos al fin, laguneros aterrados para mayores señas, oímos con placer aquel agitado itinerario que lo mismo nos paseó por las diversas manifestaciones de la mafiosidad cosmopolita afincada en cataluña que por las asombrosas peripecias del desenfado sexual que se maneja por allá y es la envidia de los machos de por acá.
La conversación no bajó de sabor durante cuatro horas, una de las cuales aproveché para despachar estos apurados párrafos con sabor a chela y amistad, pues por más que rogué no me dejaron escapar para cumplir con mis obligaciones rutanorteñas (y en la lap de Hamlet, pues la mía se echó ayer). Dos impresiones, en fin, me dejó reanudar lazos con este trotamundos lagunero: que hay culturas donde se respira un aire de libertad plena (sobre todo vinculada a ciertos temas) y que pese a la belleza y la riqueza de lo europeo un mexicano puede volver sin acento luego de una década, usando los mismos modismos y las mismas muletillas de los amigos que vemos en nuestro rancho todos los días.
Ojalá Hamlet no tarde otros diez años en volver. Bienvenido cuando quiera.

Charla sobre la reseña de libros por Jaime Muñoz



“La reseña de libros: catapulta de lecturas” es el título de la charla que ofrecerá Jaime Muñoz Vargas el próximo martes 26 de enero a las 20:00 horas en la Galería del Icocult Laguna. Esta actividad inicia los trabajos de la coordinación de literatura del Icocult Laguna y continúa el ciclo de conferencias que ha sido ofrecido por esta institución durante aproximadamente dos años.
Como se sabe, la reseña es un género periodístico por medio del cual son comentadas, sobre todo, las actividades culturales de muy reciente presentación. Así, se puede hablar de reseñas de teatro, de cine, de danza, de exposiciones y demás. Una de las formas de la reseña es la dedicada a los libros de reciente edición, vertiente que desde hace veinte años practica Muñoz Vargas con asiduidad.
Autor del libro Tientos y mediciones, breve paseo por la reseña bibliográfica (2004), Jaime Muñoz ha sido promotor incansable de este género en La Laguna. Según su opinión, la reseña podría ser usada como recurso adicional en la promoción de libros, ya que su lectura catapulta o dispara el interés de los lectores por el libro comentado.
Muñoz Vargas es escritor, maestro, periodista y editor. Entre otros libros, ha publicado El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr, Ojos en la sombra, Leyenda Morgan y Parábola del moribundo. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven, de Novela Jorge Ibargüengoitia, de Cuento de San Luis Potosí, de Narrativa Gerardo Cornejo y de novela Rafael Ramírez Heredia. Asimismo, es columnista y articulista de periódicos y revistas. Textos suyos han aparecido en revistas y periódicos de México, Argentina y España.
En su presentación, el autor lagunero hablará sobre su experiencia como reseñista de libros y hará algunas acotaciones útiles para la escritura de este tipo de textos. La entrada es libre.

viernes, enero 22, 2010

Una de cal



Si es cierto lo que afirma Daniel Goñi, presidente nacional de la Cruz Roja Mexicana, nuestro país es un país indigerible a la primera. Por eso quizá es de los pocos con una literatura tan amplia sobre su ser nacional, esa literatura sociológico-antopológico-filosófica que alguna vez dio origen a una colección especializada cuyo nombre no deja dudas al respecto: México y lo mexicano, que editó Porrúa y Obregón en los cincuenta. La coordinó Leopoldo Zea, y en ella cupieron numerosos estudios que trataron de desentrañar, con muy diversos enfoques, qué diantre es esta extraña cosa llamada México.
Goñi ha declarado que a pocas horas de que concluya el acopio de productos con ayuda humanitaria para Haití, los mexicanos han roto su récord en esta materia, pues hasta ese momento llevaban casi tres mil toneladas de todo lo que se pide en estos casos: víveres, material para curación, agua.
Así, México demuestra que sabe cerrar filas cuando ve desvalidos. De hecho, la dadivosidad del pueblo mexicano parece un timbre de su personalidad, como si adrede estuviera hecho para dar la mano cuando advierte que el otro no tiene ni en qué caerse muerto, frase que por cierto es mexicanísima y expresa mejor que ninguna la pobreza extrema: alguien está tan mal en lo económico que no tiene ni en qué depositar sus huesos. Haití es, en los días que corren, ejemplo terminal de desvalidez. Los sismos que lo acaban de azotar fueron una cortina que se corrió para que el mundo viera, en vivo y a todo color, el dramón de la miseria más miserable que arrastrarse pueda en el reino de este mundo. Si de por sí la nación caribeña era paradigma de país menesteroso a fuerza de gobiernos títeres e históricas sangrías trasnacionales, los terremotos terminaron por dar al traste con esa endeble economía; para usar una abominable metáfora taurina, fueron la puntilla, una puntilla tan dolorosa que por ello removió la compasión mundial que en México se ha manifestado de manera asombrosa: tres mil toneladas de productos en poco más de una semana.
Los mexicanos, tan criticados y autocriticados en general por tantos defectos, no tienen el de la mezquindad cuando es necesario ser un poco generosos. Es una de cal por las muchísimas de arena que nos cuelgan y nos colgamos. Empero, no debemos pensar que por esos gestos urgentes e indoloros estamos ya del otro lado y somos ciudadanos de primera. La cooperación en casos de desastre, para los haitianos o para quien sea, es bienvenida y encomiable, pero de poco sirve si no va acompañada de una reflexión más o menos permanente en la conciencia del ciudadano: en qué medida hacemos algo firme para mejorar lo que somos como grupo. ¿Leemos, criticamos, participamos en algún partido o asociación, inculcamos en nuestros hijos el cada vez más caduco concepto, aunque siempre pertinente, de “hacer patria”? ¿En qué medida nos creemos agentes de algún cambio benéfico, por mínimo que sea, del espacio físico y espiritual en el que vivimos?
México es generoso, sin duda. Pero ojo: una dádiva no hace verano. Hay que hacer siempre más, mucho más, por Haití, por nosotros, por todos.

jueves, enero 21, 2010

Razones de Haití



El pasado domingo 17 de enero la columna Imaginario colectivo, publicada por Renata Chapa en El Diario de Chihuahua, abordó el tema de Haití. Creo que es de interés. La reproduzco íntegra:
o
Imaginario colectivo
Ahí tiembla Haití
Renata Chapa

¿Y quién se acordaba de Haití antes del 12 de enero? Quizá los mismos que recuerdan a los pobres entre los pobres en México. Es decir, prácticamente, nadie.
Con las debidas proporciones consideradas, la manera en que el olvido y la marginación a la que son sometidos millones de habitantes de territorios vapuleados por el subdesarrollo es infame. Es su peor tragedia. Ahí tiembla Haití. Desafortunadamente, estas comunidades, internacionales o del propio México, son ubicadas en el mapa o puestas en la mira cuando, a consecuencia de algún infortunio, quedan aún más azotados. Cuando los medios masivos difunden imágenes estremecedoras de la pobreza algo cala, en efecto, pero la misericordia que pudiera convertirse en acción contundente, en un buen número de casos se prende y se apaga junto con la pantalla de televisión.
Para corroborar si Haití ha padecido, basta un breve vistazo a la siguiente lista de causas y efectos extraída del texto “Salud en las Américas” (Volumen II, 2007, http://www.crid.org.cr/) publicado por el Centro de Información sobre Desastres (CRID*). De dicha fuente, todos los contenidos han sido citados de manera fiel, con excepción del tiempo de sus verbos. Esta modificación fue necesaria porque lo descrito se refiere al Haití de antes de las cinco de la tarde del 12 de enero de 2010.
Si antes del desastre, Haití ya era considerado como “el más pobre de las Américas”, hoy es difícil encontrar alguna categoría para tanto dolor esparcidos en su zona oeste, principalmente, en Puerto Príncipe. “En Haití, el 4% de su población contaba con el 66% de la riqueza, y el 10%, prácticamente, no tenía nada. Como los pobres recurrían a la naturaleza para sobrevivir, las deficientes prácticas agrícolas aceleraron la erosión del suelo. El escurrimiento generado por las lluvias tropicales sigue arrastrando la tierra cultivable hacia el mar y provoca la obstrucción de los sistemas urbanos de drenaje. El agua de superficie está contaminada a causa de los métodos ineficientes de eliminación de aguas servidas y la basura doméstica. Según la Encuesta de las Condiciones de Vida en Haití, 55% de la población vivía con menos de un dólar al día por persona y 71%, más de seis millones de personas, vivían por debajo de la línea de pobreza, es decir, disponían de $2.00 dólares por persona al día. La misma encuesta muestra que la pobreza era peor en las zonas rurales: afectaba al 82% de la población del país. (…) Menos del 40% de la población tenía acceso a servicios básicos de salud en ciertos departamentos. El 80% de las personas buscaba la atención prestada por curanderos. (…) Una consulta que solía costar 25 gourdes haitianos (HTG) a fines de los ochenta, ahora cuesta HTG 1,200 (48 veces más). (…) En agosto de 2000, la tasa de cambio era de HTG 22 por un dólar estadounidense; en 2005, el gourde se había depreciado a un cambio de HTG 42 por dólar. (…) 3.8 millones de personas sufrían hambre y 23% de los niños menores de 5 años presentaban desnutrición crónica. Más de 40% de las familias padecían inseguridad alimentaria y una alta proporción de mujeres (12%) estaban por debajo del umbral crítico de deficiencia crónica de energía. (…) La inestabilidad política y la inseguridad del país desaceleraron las inversiones y el crecimiento económico después del año 2000. El PIB real disminuyó de HTG 23,900 en 1987 a HTG 12,900 en 2003, lo que equivalió a una caída de 48%. (…) Las Naciones Unidas se han referido a estas terribles circunstancias como ‘la emergencia silenciosa’”. Ahora, ¿qué término utilizará la ONU para definir la condición de los pobladores de Haití? Todas las cifras aquí mencionadas fueron trastocadas. Todo es peor.
De éstas y muchas más características que pintan de lleno las injusticias vividas por ese Haití previo al 12 de enero y que evidencian un grado mínimo de atención internacional, es necesario destacar una de ellas, la relacionada con los fenómenos naturales. Como lo declaraba Fidel Castro en días pasados, estos fenómenos son y serán cada vez más feroces a consecuencia del cambio climático, condición también provocada y alimentada por la indiferencia de las generaciones actuales que parecen no estar dispuestas a cambiar sus modelos de consumo.
Los fenómenos naturales en Haití, según “Salud en las Américas”, ameritan un tratamiento aparte. Vaya un primer ejemplo: “Haití a menudo es azotado por huracanes, y el daño puede ser grave a causa del degradado medio ambiente del país y las viviendas precarias, con frecuencia deficientemente construidas sobre suelos inestables en terrenos muy abruptos, zonas pantanosas o a lo largo de ríos. Dada la difundida deforestación del país, aun las lluvias normales pueden provocar inundaciones en Puerto Príncipe y otras zonas urbanas”. El territorio haitiano, por tanto, cuenta con condiciones naturales de alta vulnerabilidad ante el embate de la naturaleza, tanto por su ubicación geográfica como por las condiciones propias de su orografía. Pero, además, éstas son potenciadas a consecuencia de la pobreza y la desigual distribución de la riqueza.
El segundo ejemplo de esta fórmula de horror en Haití, la que suma fenómenos naturales a la pobreza extrema, es la penosa evidencia de que detrás del sismo del 12 de enero la desatención triunfó sobre la prevención; de la manera en que la marginación se impuso sobre la inclusión; del egoísmo traducido en miles de muertos. Y es que el terremoto en Haití de alguna manera ya había sido pronosticado, al menos, tres años atrás si se toma como referencia la fecha de publicación del documento “Salud en las Américas”. El CRID lo consigna así: “Haití es en extremo vulnerable a los terremotos. En el país existen ocho fallas geológicas, dos de ellas muy importantes; una está situada en el norte y la otra atraviesa el territorio de este a oeste. La actividad sísmica en Haití en 2003-2005 ha revivido el espectro de un posible terremoto de grandes dimensiones (7 u 8 grados en la escala de Richter) que los expertos han estado pronosticando desde hace varios años. La en extremo elevada tasa de urbanización, que ha dejado a la región de la comuna de Puerto Príncipe con algo más de dos millones de habitantes (10,000 a 18,000 personas por km2), agravará los daños”.
Si la llegada de un fenómeno natural de tales proporciones ya había sido advertida y difundida por organismos de prestigio internacional, responsables de velar por la calidad de vida e integridad de los pueblos del mundo, y si existía tal conciencia de la bomba de tiempo que representaba el ahora más pobre de los pobres países de las Américas, ¿por qué no se obró en consecuencia? ¿Quiénes levantaron la mano para advertir el desastre? ¿Quiénes fueron indiferentes al llamado? ¿Quiénes son los responsables de este otro tipo de masacre?
La desgracia de Haití, a través del sufrimiento de su pueblo, evidencia nuestra propia miseria. Las “emergencias silenciosas” esparcidas por el globo y las que, como Haití, van rompiendo ese callado soportar a costa de tragedia y dolor, son el más vergonzoso patrimonio de la humanidad. Quién sabe hasta cuándo dejarán de salir perdiendo los menos afortunados.
centrosimago@yahoo.com.mx

Para mi amigo Federico Ramos Salas

* El Centro de Información sobre Desastres (CRID) está conformado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Comisión Nacional de Riesgos y Atención de Emergencias de Costa Rica (CNE), la Federación Internacional de Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y Media Luna Roja (FICR), el Centro de Coordinación para la Prevención de los Desastres Naturales en América Central (CEPREDENAC) y la Oficina Regional de Médicos sin Fronteras (MSF).

Nuestras pesadillas



No sin bostezar reviso una lista con las (dizque) diez pesadillas más recurrentes del mundo. Independientemente de que la interpretación a cada una es, o al menos parece, una jalada de greñas, creo que la lista no anda tan descaminada. Lo difícil no es dar con las pesadillas más frecuentes, sino aplicar la hermenéutica adecuada a cada una. Cito la lista y ofrezco un modesto aporte interpretativo y autóctono, aunque advierto que, pese al método científico que trato de aplicar, hay ciertas posibilidades de error; así es el mundo pantanoso y etéreo de las pesadillas. No por nada todos ignoramos bien a bien cómo está la onda en este rollo aunque algunos merolicos de diván aseguren lo contrario.
Soñar que lo persiguen. Lo más probable es que usted tenga deudas. Esta pesadilla pone en acción a varios seres encorbatados y con maletín ejecutivo. Los sujetos avanzan con las fauces abiertas y tirando tarascadas. Usted los ve con pavor y sigue corriendo. Este horrible sueño suele hacerse realidad durante el día: los bancos no dejan de llamar a su teléfono.
Con una caída. Usted siente que le quitan el tapete y que debajo de él hay un abismo; la caída es infinita y angustiante. Según los expertos, esta pesadilla es pertinaz en países donde las amenazas de recorte laboral son incesantes.
Que se conduce un vehículo descontrolado o que se está a bordo de uno. Una de las pesadillas mexicanas favoritas. Los especialistas coinciden en afirmar que se relaciona en algo con nuestros gobernantes.
No poder moverse, hablar ni gritar. Desde que comenzó el gobierno actual, esta pesadilla es de las más frecuentes entre los mexicanos. De hecho, dejó de ser pesadilla para convertirse en pan de cada día.
Estar herido, sangrando o agonizando. Pesadilla que se activa luego de apagar el televisor en las noches. En algo han influido las noticias más frecuentes de estos tiempos.
Soñar que se está atrapado. Debido a esta pesadilla está cada vez más concurrida la embajada de Canadá en México.
Ahogarse, soñar con inundaciones o con olas gigantes. Los futurólogos mexicanos han fomentado esta pesadilla. Sus principales promotores son aquellos que ya dan por hecho que llegarán Peña Nieto o Manlio Fabio. Abandonen el barco: niños y mujeres primero.
Estar desnudo en público. Sin duda, sueño amargo vinculado estrechamente a la canasta básica y a los cobros inflados en todos los servicios. También tiene relación con los intereses y las comisiones bancarios.
Hacerse cargo de un animal o bebé indefenso. Pesadilla que creció con el aumento al robo de vehículos.
Llegar tarde todo el tiempo. Y qué querían. Llegamos tarde porque no dormimos bien debido a tanta pesadilla.

miércoles, enero 20, 2010

Guanajuato: sólo para machines



El gobierno estatal de Guanajuato, encabezado por el yanqusisisísimo Juan Manuel Oliva, acaba de demostrar urbi et orbi por qué diablos nació allí “El Rey”, aquel que con dinero y sin dinero hace siempre lo que quiere y su palabra es la ley. Lo demostró, así nomás, tras repartir entre los niños una lotería que estaba destinada a los adultos. La ocurrencia corrió a cargo de la Procuraduría General de Justicia del Estado, cuyo titular es un tal Carlos Zamarripa. Imagínense.
La mentada lotería ha provocado controversia. Gustavo Rodríguez Junquera, ombusman estatal, dirigió por ello tres recomendaciones al ligero Zamarripa. Parece poco, dado el contenido de esa lotería que sin duda se parece poco, muy poco, a la que bien conocemos quienes alguna vez fuimos adictos a los juegos de mesa mexicanos: el de la oca, las serpientes y escaleras y aquella lotería que ya es parte de la cultura popular mexicana, la del diablito, el borracho, el músico y la siempre voluptuosa sirena con ese pelazo azabache ensortijado que nomás de verlo sabe uno que huele a Vanart de bolsita regordeta.
Lejos está la lotería guanajuatense de la tradicional. Pese a ello, fue méndigamente repartida entre los chiquitines que seguramente recibieron un curso relámpago de mierdez humana, pues las imágenes y los textos de cada carta son un homenaje a las peores conductas del mexicano enano. Además de las imágenes, la lotería incluye frases que tienen la fuerte voluntad de ser ingeniosas, aunque todas más bien rayan en lo picaresco mamilas: “Si no me pega, no me quiere”, “Quien bien te quiere te hará llorar”, “A cualquier hora el perro mea y la mujer llora”, “Mujeres juntas, sólo difuntas”, “Vino y mujeres dan más pesares que placeres”, “No hay fea sin gracia, ni bonita sin tacha”. Como frases para azulejo de mingitorio tabernario no están mal, pero parecen aberrantes como material didáctico de chiquillos y chiquillos, para decirlo en el estilo fallidamente bonachón de un guanajuatense inolvidable.
La “Lotería de género”, como la llaman, fue diseñada para repartirla entre adultos. Tuvo la sanción aprobatoria del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, quien la recomendó (ignoro por qué, dada su retórica baladrona) para ser distribuida sólo entre mayores de edad, pero un supuesto “error” de funcionarios de la Procuraduría de Justicia y Secretaría de Seguridad de Guanajuato provocó que cayera en manos de muchos miles de niños y niñas que, confundidos, ya están forjando otra mentalidad: si no se las quitan pronto, en unos pocos años aceptarán tranquilamente los roles sociales que a las mujeres y los hombres les asigna “El Rey” de José Alfredo. El solo aprendizaje de una sentencia como “El hombre en la cocina huele a caca de gallina” pinta un futuro aterrador para las mujeres. A la vieja usanza, los machos de Guanajuato volverán a la caza-recolección y las mujeres al fogón. Me salió un verso: ya se me pegó el modo cavernario de esa lotería que momifica (muy guanajuatensemente) conductas que suponíamos rebasadas.

domingo, enero 17, 2010

Cinema cacarizo II



No fue una muchedumbre, pero sí dos o tres lectores los que me arrimaron comentarios a propósito de la remembranza cinera que publiqué el domingo pasado. Añaden, aclaran, apuntan su experiencia en el antiguo trote de visitar salas de cine cuando no había de otra si uno quería echarse la película deseada. Continúo pues lo que quedó pendiente el domingo pasado. ¿Y qué quedó pendiente el domingo pasado? No sé qué quedó pendiente el domingo pasado, pero es lo de menos, dado que cualquier recuerdo de nuestras salas puede ser chispa que detone la nostalgia de los otros. Noto por eso que la experiencia fue común: todos tuvimos un cine cerca para ver las matinés ingenuas de rigor, luego las de aventuras y violencia y después, en ese imborrable gran después, las de pasión y sexo, dicho esto con algo de risa dado que la pasión y el sexo que vimos en pantalla no pasaban del conato. Pese a lo light que era eso en tiempos en que todavía no existía lo light, un amigo me confesó una vez que debido a tal cine él corrió el peligro de morir como las planchas: a puras calentadas.
En la adolescencia y ya con el bigote a medio brotar, los jóvenes de más antes (esta expresión ranchera es sabia: significa obviamente que algo está antes de lo que ya de por sí está antes) nos hacíamos ilusiones junto a la palomilla de la cuadra. Tal vez a otros les pasó lo que a mí: los amigos un poco más verijones (me refiero a la edad) solían narrar con lujo de peladez sus accesos al cine para “adultos”. Esa palabra, “adultos” (o la “clasificación C”), eran el reto más tentador para un principiante de chaquetero. Colarse a una función de ese tipo era entrar a la dimensión de los meros machos, la prueba de fuego para ciertos espinilludos que por lo difícil del reto aceptaban confundidos los mitos de esa liturgia iniciática: te van a pedir la cartilla en la entrada; ve a gayopa (¿gallopa?), allá no te revisan nada; si los de prevención social te agarran dentro, te llevarán al baño para que te bajes los pantalones y demuestres que ya tienes pelos; ni lo intentes, te pueden detener y hablarle a tus papás para quemarte. En fin, qué paparruchas no escuchamos de los aviesos amigos que en vez de pintarnos un panorama tranquilizante nos arredraban con panchos nacidos con fórceps en el guaraguara del barrio.
En el pozo de la memoria se pierden, creo, las escenas un tanto ridículas y nerviosas del joven que fuimos en su lucha por entrar al cine para ver lo nunca visto. Platicaré dos breves anécdotas para dar idea de lo que debíamos hacer para embarcarnos en aquella odisea. Recuerdo que la primera vez que fui a ver una película de ésas (como a las amantes, a esas películas las llamamos así, con un pronombre demostrativo-peyorativo: ésas) lo hice con tres amigos de la cuadra que al menos me llevaban unos tres años en promedio. Tendrían 18 o 19 años, yo 15 o 16, y un domingo se organizaron para ir al Modelo, cine que terminó incendiado años después y no precisamente porque pasaban filmes candentes. Recuerdo hasta el título de la cinta, pues aquella sesión propedéutica me resulta inolvidable: se llamaba Natalie, y la estelarizaba una desconocida de excelentes hechuras. Creo que no pude disfrutar de la historia (bueno, de las escenas, pues supongo que no contaba ninguna historia) por el nerviosismo que me abrumó desde la entrada. Mis amigos, muy confiados, me dijeron que en las funciones del domingo en la noche no pedían la cartilla, y que no me preocupara. En efecto, el señor de la entrada tomó los boletitos y nos dejó pasar: tres adultos jóvenes y un preadulto: yo. La única escena que recuerdo, eso sí, dibuja en mi mente a la sensual Natalie, de pie, recargada en un árbol, desnuda, mientras un musculoso negrazo supuestamente hace de las suyas. No se veía gran cosa, pero eso fue suficiente para acreditarme como parte de la cofradía de amigos que veía películas de ésas.
La segunda anécdota es más corta: junto con un compañero de la carrera ingresé a la primera función de Emmanuelle, aquella película que protagonizó la tentadora holandesita Sylvia Kristel. Cuando salimos, el público de la primera función se agolpaba en la entrada con la fila de la segunda función. Yo iba en la fila de salida, pues, y de frente a mí, en la fila que entraba, venía uno de mis hermanos menores. Recuerdo que, con pena, sólo alcanzamos a cruzar dos palabras culpígenas: “Quihubo”, dije. “Quihubo”, dijo mi hermano (tristemente, continuará el próximo domingo).

sábado, enero 16, 2010

Haití en ceros



Hay zonas sísmicas, lo sabemos. Cualquiera está expuesta al desastre, como ha ocurrido en México, Japón o recientemente en China. Ante los terremotos, la tragedia es inevitable, pues. La diferencia está entonces en la prevención, en la anticipada educación de la colectividad para encarar, en unos cuantos segundos que hipotéticamente están en el futuro, el peligro del zarandeo telúrico. Si bien no hay prevención completa ante los sismos, pues nunca se sabe a qué hora, dónde y de qué tamaño será el siniestro, mucho se puede hacer para mitigar sus potenciales estragos. En México sabemos lo que es eso; no los laguneros o los pobladores de otras áreas con nulas o pocas posibilidades de padecer terremotos, por supuesto, pero sí, y muy bien, los habitantes de la capital. Por eso ya están muy entrenados, hacen frecuentes simulacros de evacuación y hasta donde sé manejan un control más o menos estricto de las estructuras que pueden sufrir daños inmediatos en caso de desastre. Las experiencias padecidas, como en otros países, los han obligado a formar equipos y técnicas que socorran en esas contingencias, de suerte que cuentan con el personal y el equipo necesarios para afrontar los megadesaguisados que de vez en vez manda la naturaleza.
La ventaja de un terremoto, si se puede hablar, sin ironía, de una “ventaja” en medio de esos cataclismos, en países como México, Japón o China, es que, además de la prevención, hay recursos más o menos inmediatos para hacer frente al infortunio. Las vías y los medios de comunicación no quedan en la nada, los víveres fluyen, el servicio de hospitales no desaparece y en alguna parte cercana hay recursos económicos para aliviar en el cortísimo plazo las urgencias de rescate, atención médica y alimento. Luego viene la reconstrucción, pero eso es otra cosa, la cicatrización de la herida que suele demandar también extraordinaria cantidad de recursos.
El problema con el sismo en Haití es precisamente que el país no estaba ni siquiera mínimamente preparado para un sismo. De hecho, Haití no estaba mínimamente preparado para nada, ni siquiera para una epidemia algo benévola, si las hay. Un sismo de la magnitud que ha sufrido es casi como arremeter a puntapiés contra un ser agónico, y conste que no quiero usar metáforas terribles para dramatizar lo que pasó en aquella pequeña nación del Caribe. El drama haitiano no necesita metáforas apocalípticas ni sismos para parecer dramático: ya lo era antes de la reciente devastación, pero no la veíamos porque en general, como dije hace un par de días, los países son como las personas y Haití es una especie de vagabundo, un desarrapado al que nadie mira con atención, sino con indiferencia o repudio.
Algunos dirán, no sé, que esos países colocados en el cabús del progreso tienen la culpa de sus desgracias. En efecto, hay mucho de culpa interna, pues su historia muestra que nacieron y crecieron en el caos, sin una idea precisa de lo que deseaban ser. No tuvieron líderes (o “liderazgos”, como dicen ahora los que saben hablar y escribir bien) que ayudaran a cuadrar una idea de país con instituciones fuertes. Desde su origen, la rebatinga por el poder político y económico favoreció la desgracia de asentar los privilegios para un reducidísimo grupo de familias. Hasta antes del sismo, por ejemplo, un 70% de su población vivía no en la pobreza, sino en algo peor que eso: la extrema pobreza, ésa que ya no aspira a nada, salvo a un poco de comida diaria que, si llega, de todos modos lo hace en raciones magras y de una calidad que casi equivale a no comer nada. Pensar en educación, salud, comunicaciones, servicios, vivienda, cultura, deporte y demás (demás como medios adecuados de prevención de desastres y ayuda en casos de), es pensar en lujos que casi siete millones de haitianos no pueden darse. Su único lujo, pues, es la vida sin adjetivos, la vida en cueros, la supervivencia.
Una de las etapas más penumbrosas del pasado haitiano se dio entre 1957 y 1986. Durante esas tres décadas gobernó (es un decir) la familia Duvalier, primero Françoise y luego Jean-Claude. Mis primeros recuerdos noticiosos sobre Haití tienen ese apellido: Duvalier. Sin excluir a los otros, ese periodo hizo más profundas las desigualdades de ese país, y a nadie se le oculta que los Duvalier recibieron apoyo militar y económico del exterior. No es buen momento para meter el tema histórico-político en Haití, pero es un hecho que en su desgarrado pretérito las intromisiones han servido sólo para macerarlo más, nunca para alentar su desarrollo. El sismo, pese a lo infernal que ha sido, puede servir, sin embargo, para algo: para comenzar de nuevo, para propiciar la cooperación que salva, no ya la mano que golpea.

viernes, enero 15, 2010

Finísimas personas



Tengo un librote titulado Asesinos seriales. Las crónicas del horror (Círculo Latino, Barcelona, 2003) de Andrea B. Pesce. Aunque es una edición de lujo, la imagen de su portada es fallida, pues hace un juego visual con una calavera como de grupo de rock, como de película de terror, lo que solemos asociar poco con la mentalidad enferma del asesino en serie. Su contenido no es deslumbrante, pues la información que podemos encontrar en cada apartado es fácil de localizar también en internet; su virtud está en que ha sabido reunir en un puñado de páginas a los principales asesinos seriales de la historia.

El libro comienza con una amplia sección dedicada a explorar, desde el punto de vista clínico, la mentalidad de este tipo de criminales (estos segmentos son ilustrados con imágenes de películas famosas relacionadas con el tema, la mayoría hollywoodenses).
En la página 35, por ejemplo, nos ofrece un cuadro donde figuran, explicados en dos columnas, los “Motivos de un asesino serial”. Aparecen allí los asesinos visionarios, misioneros, hedonistas, lujuriosos, emocionales, lucrativos y buscadores de poder. Los misioneros, por ejemplo, “piensan que es su responsabilidad matar para librar a la sociedad de elementos no deseados”; los buscadores de poder matan por “el deseo de tener control sobre la vida y muerte de otros”. Y así los demás, cada cual según sus motivaciones.

Luego de esa sección exploratoria, los lectores pasamos a la galería donde han sido expuestas las biografías de muchos famosos asesinos. Comienza con uno que se llevó las palmas del más siniestro público: Gilles de Rais. Nacido en 1404, este francés de nombre Gilles de Laval-Montmorency fue una verdadera bestia. “Confesó sus aberraciones delante de la iglesia de Nantes el 22 de octubre de 1440 frente a una muchedumbre, dio detalles y relató: ‘Por mi ardor y mi deleite sexual he tomado y hecho tomar tantos niños que no sabría precisar el número’”. Apodado Barba Azul, le achacaron 300 muertes, pero él confesó que fueron nomás 140 (George Bataille, el gran explorador del Mal, tiene un ensayito sobre esta finísima persona; lo publicó Tusquets y lleva un prólogo de Vargas Llosa; lo leí hace mil años, pero no lo tengo ahora a la vista).

Luego de Barba Azul, los asesinos de este libro se muestran un tanto poquiteros: Henri D. Landrú (El asesino de señoras), Albert Fish (El maníaco de la luna, llamado así por haber revelado su deseo de comer carne cruda en las noches de luna llena), Fiedrich Haarman (El carnicero de Hannover, cuya última voluntad, por cierto no concedida, fue que su epitafio dijera: “Aquí yace El Exterminador”), Peter Kürten (El vampiro de Düsseldorf, quien declaró luego de su sentencia a la pena capital: “Después de que me decapiten, podré oír por un momento el sonido de mi propia sangre al correr por mi cuello… Ese será el placer para terminar con todos los placeres”), Jack The Ripper (el infaltable y todavía anónimo Destripador), Ed Gein (El carnicero de Plainfield), Albert DeSalvo (El estrangulador de Boston), Charles Willis Manson (otro emblemático del oficio), Andrei Romanovich Chikatilo (El carnicero de Rostov, cuya tierno rostro engalana el encabezado de este post), John Wayne Gacy (El payaso asesino), Theodore Robert Bundy (Lady killer), Harold Shipman (El doctor muerte), Richard Trenton Chase (El vampiro de Sacramento), Jeffrey Dahmer (El descuartizador de Milwaukee), Thierry Paulin (El monstruo de Montmartre), entre otros.

En el prólogo de Asesinos seriales, Eugenio Juan Zapietro señala lo siguiente: “Una vez lanzado a su tarea destructiva, el asesino podrá ser estudiado por sus vicios, aparentes modus operandi u obsesiones fijas, pero todavía no es posible prevenir lo que un vecino cualquiera puede realizar cuando algo hiere su razón y emerge la bestia o el Mr Hyde que llevamos dentro”. O sea, todos somos potenciales finísimas personas.

Insisto que no es una maravilla de documento, pero deja ver panorámicamente los resortes interiores y los casos más famosos del asesinato en serie. Además permite, y es aquí a lo quería llegar, vislumbrar si algunos detenidos vinculados en México al crimen organizado no son en el fondo, también, algo parecido a un serial killer. Digo, los 600 muertos que le cuelgan al pozolero Teo, sumado al método casi culinario que usaba para disolver a las víctimas, nos permite ver algo más que un asesino común o “lucrativo”. Por otras rutas y acaso sin glamour, tal vez hemos llegado a la producción autóctona y en serie de asesinos en ídem. Como siempre, en lo sórdido somos muy buenos para progresar y destacarnos.

jueves, enero 14, 2010

Más ruinas sobre Haití



Tengo por Haití un extraño recuerdo. Extraño porque es sólo literario. Me refiero a que no conozco su historia ni me he preocupado (nadie se ha preocupado) por conocer a fondo detalles sobre sus terribles y congénitas enfermedades económicas y políticas, pero es un país que tengo muy presente y al que de alguna forma sigo en las noticias. Hace unos días, casi como un mal augurio, compré el libro Secretos, mentiras y democracia, entrevistas realizadas por David Barsamian a Noam Chomsky (Siglo XXI-Gandhi, 2007). En uno de sus breves apartados, el crítico norteamericano habla sobre el sufrido pueblo haitiano: “Haití es un país extremadamente pobre, en condiciones desastrosas”. Chomsky comenta los vaivenes, siempre desfavorables para la población, de la política interior y exterior haitiana, de las luchas intestinas, de la pobreza que arrastra décadas de ignorancia, subalimentación y demás lastres.
El también lingüista de origen judío repasa la coyuntura por la que atravesaba Haití a principios de los noventa, en las épocas de Jean-Bertrand Aristide. Como ahora, el apaleado pueblo haitiano era víctima de interesadas intromisiones norteamericanas en función de la posición estratégica que tiene ese país, sobre todo por su cercanía con Cuba. En fin, gracias a Chomsky me asomé retrospectivamente a la antigua colonia francesa y mi conclusión fue la misma: pobre Haití, que triste su maldición.
Pero mi recuerdo, el literario, se remonta a uno de los diez libros más importantes de mi vida: la novela El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Publicada en 1949 (tengo la primera edición), esa historia me acompaña desde 1986, año en el que la leí por primera vez. No exagero si confieso que su trama, y sobre todo su estilo, me enceguecieron y en su momento fueron combustible para que yo siguiera escribiendo. Mi primer libro, El augurio de la lumbre, lleva de hecho un solo epígrafe, y fue tomado de aquella novela.
El reino de este mundo es un libro valioso en el contexto latinoamericano (Vargas Llosa, al reflexionar sobre la importancia del estilo en la creación narrativa, lo ha puesto de ejemplo en sus Cartas a un joven novelista) por varias razones: la primera, porque es allí donde Carpentier aloja su noción de lo real-maravilloso, que casi es otra forma de nombrar a lo que habitualmente hemos denominado realismo mágico; porque es un antecedente de la llamada novela histórica y porque sin duda es cimiento de lo que vendría poco después: el boom, si es que aceptamos que hubo tal boom.
La historia de esa novela, sus motivaciones originales, se relacionan con un viaje de Carpentier a Haití. El escritor cubano recorre ese país, lo investiga a fondo y halla que su historia es una mezcla de hechos reales y fantásticos. Para entonces, su idea de lo sobrenatural, lo mágico, lo fantástico, lo maravilloso en arte estaba fuertemente vinculada a la que abrevó en Europa: la del surrealismo. El prólogo del autor, apéndice raro en una novela, es más bien una especie de nueva profesión de fe y una serena diatriba contra la burocracia de la fantasía que profesaban los surrealistas en Europa: gracias al embrujo de Haití, Carpentier descubre América Latina, su timbre íntimo, la mezcla de magia y realidad que ha servido como argamasa para levantar nuestras historias comunes.
El tema eje de El reino de este mundo es pues la independencia mágica de Haití, su lucha contra los colonizadores franceses; a la postre fue, luego de los Estados Unidos, el segundo país americano en lograr su independencia, para después caer, lamentablemente, en una lucha visceral por el poder que es parte de lo que narra la obra carpenteriana. Abruptamente, Haití pasó de ser un dominio francés a convertirse en el de una serie inagotable de dictadorcillos que tuvo a la feroz dinastía de los Duvalier como principal representante.
Tras la catástrofe todavía fresca en ese país fatigado por el desastre, no pude no pensar en la novela y en el pasado de aquel pobre país invadido de llagas. Si los países son como personas, Haití es un vagabundo que en vez de piedad recibe más y más maltratos. Ayer de agentes externos, hoy de internos, mañana del feo azar de la naturaleza que con frecuencia lo golpea por medio de ciclones y ahora con un sismo cuyo saldo de víctimas asciende, según estimaciones todavía conservadoras, a algo así como la quinta parte de la población de Torreón. Imaginemos eso. Imposible: es inimaginable.