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jueves, febrero 11, 2010

La maldición del enredo



Imaginemos que hay una, dos, tres, cuatro autoridades con deseos de cumplir con su responsabilidad en un caso criminal; imaginemos que hay dos, tres, cuatro comunicadores con deseos de difundir los resultados verdaderamente comprobados en ese mismo caso criminal. Imaginemos ahora a dos, tres, veinte, cuarenta autoridades que por cualquier razón (ineptitud, corrupción, desidia, miedo…) no cumplen con su responsabilidad para aclarar el mencionado caso criminal. Imaginemos por último que hay veinte, cuarenta, cien comunicadores que por sacar la nota suman hipótesis y chismes a la difusión masiva de susodicho caso etcétera. En México ganan los segundos, gana el enredo irresoluble por abrumadora mayoría.
A la corta o a la larga, no hay caso criminal chico ni grande que en México dé siquiera la sensación de claridad. Todas las investigaciones de los sucesos siniestros emiten opacidad, la idea de que son un enredo intragable, nudos ciegos sin final feliz posible, lo que a la postre asienta definitivamente una certeza de irresolución, la imposibilidad de que cuadre aunque sea sólo una vez el armazón de la justicia.
Digo casos chicos y grandes no en función del dolor, pues todos duelen. Al decir chicos me refiero a las tragedias (secuestros, asesinatos, robos) que padecen las personas sin reflectores, los ciudadanos de a pie, es decir, los desaguisados que no tienen esperanzas de convertirse en dinamos de la voracidad mediática. La expectativa de justicia en esos casos es casi nula, pues muy probablemente los expedientes se enreden en el kafkiano dédalo de los trámites atorados o perdidos aunque medie por allí un billete que de todos modos no garantiza la eficiencia, como lo ha podido comprobar la señora Isabel Miranda de Wallace, quien en su lucha por dar con el paradero de su hijo ha tenido que invertir millones y convertirse en experta investigadora. Pero sin reflectores ni dinero, que dios ampare a las víctimas, o que las consuele, pues lo más probable es que primero llegue la resignación que la esquiva o inencontrable justicia.
Con cartel, con fama, con dinero, con medios encima, con todo a favor para dar con los responsables de un delito, siempre falla algo y la tragedia deriva en madeja que más vale arrinconar en el olvido. Es el caso Cabañas. Confieso que las primeras indagaciones del suceso, lo que dijo el procurador Mancera en los noticieros, sumado al video de los sospechosos junto al baño del Bar Bar, me dejaron la ingenua sensación de que el asunto no tenía vuelta de hoja. A dos semanas del balazo aquel, tras el cúmulo de pistas, videos, declaraciones, especulaciones, mentiras, verdades, acusados, exculpados, dimes y diretes, he asumido la seguridad de que por todo México rondan las investigaciones al estilo Caso Colosio: al enredo inicial se suman enredos, y al enredo resultante se le trepan más y más, de suerte que en unos cuantos días el desciframiento del enigma resulta peor de complicado que la lectura de la piedra de Rosetta.
Ante esto, por la certeza de que la maldición del enredo se hace presente en todas partes, lo mejor que puede ocurrirnos es que no nos ocurra nada. Si no, sólo queda el camino de la resignación ya que el de la justicia está vedado.

jueves, enero 28, 2010

Fama y fosa común



La fama es así: cuando la fortuna o la desgracia caen sobre ella, todo parece alcanzar dimensiones bíblicas. Porque la fama es, en principio, un capital simbólico que a su vez genera dinero. La muerte, el atentado, el divorcio, la boda de un famoso son billetes que hacen sonar cajas registradoras. Lo ideal sería, pues, que ante el ataque a un personaje no tocado por la dicha (algunos pocos creen que es lo contrario: una desdicha) de la celebridad los medios otorgaran el mismo tratamiento que le asignan al personaje encumbrado. Pero el comportamiento actual de los medios no avanza por esas vías: los medios magnifican el suceso en función no del suceso, sino del personaje. La noticia adquiere valor no tanto por el espantoso qué o el reiterado dónde, sino por el visible quién.
Todos los días en cualquier parte del país son cometidas atrocidades idénticas o peores que la perpetrada contra Salvador Cabañas. Todas son igualmente tristes y lamentables. La del delantero del América, sin embargo, adquirió una notoriedad mayúscula en función de lo que el personaje significa simbólicamente: es el mejor jugador del deporte más popular del equipo más promovido por el medio de comunicación más poderoso de México, y además su dueño. Creo que todo esto no atenúa, para los antiamericanistas o antitelevisistas, la gravedad del hecho: fuera o no Salvador Cabañas, un balazo en la frente es una muestra de barbarie que no merece nadie, y nada más obvio que exigir la rápida detección y apresamiento de los culpables.
Lo que veo detrás del manejo informativo me revela más sobre la realidad que padece el país que sobre el obvio comportamiento de la prensa en este caso. Aquí y dónde sea, un personaje tocado por la fama va a ser seguido por las cámaras y los micrófonos haga lo que haga. Eso lo damos por descontado. No asombra, entonces, la inmensa cobertura que detonó el atentado; lo que cautiva en todo caso es la miseria que hay detrás de un país que exige a los ciudadanos el recurso escasísimo de la fama para entrar en el interés de las autoridades y los medios luego de un desaguisado.
No devalúo lo terrible de la agresión contra el futbolista paraguayo. Sé que él y su familia, en primer término, están pasando ahora por momentos de tenso dolor y a muchos nos alegraría leer la noticia de que Cabañas ha quedado fuera de peligro y pronto volverá a sus actividades normales en plenitud de condiciones. Lo digo con toda sinceridad, pues el también seleccionado guaraní es un hombre con facultades notables para desarrollar una actividad sana, de donde precisamente proviene su celebridad. Lo que lamento es que tenga que ser un hombre de elevado prestigio quien remueva un poco, durante unos cuantos días, el adormecido accionar de las autoridades y los medios y no las mil y una historias de dolor que todos los días y a toda hora manchan de sangre el mapa del país.
En el escenario de miedo e indiferencia/impotencia al que nos ha atado la violencia ubicua, es triste comprobar que sólo las víctimas con alguna forma de poder serán atendidas a fondo y con el mayor escrúpulo. Los otros casos, a la fosa común del olvido, si bien les va.