domingo, enero 12, 2014

Tres partidas















De uno fui amigo cercano, a los otros dos los traté poco, pero cordialmente. Los tres murieron esta semana.
José María Mena Rentería ejerció el periodismo en varias publicaciones laguneras. Lo recuerdo sobre todo como reportero de La Opinión; allí estuvo varios años. Cubríó diversas fuentes, y creo que la cultural fue la que más lo atrajo.
Gabino Martínez (en la foto que ilustra este post) fue maestro, periodista, escritor y editor. Militó en agrupaciones políticas de izquierda en Durango capital. En los últimos años de su vida fue responsable editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango. Lo traté poco, más por correo electrónico que en persona. Hacia 2011, en su casa comimos Saúl Rosales, Gabriel Castillo y yo, quienes fuimos a Durango a presentar el libro Madera, del profesor José Santos Valdés. La casa del anfitrión me pareció impresionante. Casi toda era un archivo/biblioteca, plena de estanterías adecuadas para la impecable organización de documentos.
A Fernando Martínez Sánchez lo traté mucho y a fondo. Puedo decir que fuimos buenos amigos. Tuve la suerte de verlo unas horas antes de su muerte.
Si no me equivoco, los tres nacieron entre 1936 y 1946.

sábado, enero 11, 2014

Fernando Martínez aquí se queda
















Ayer a las 5:30 de la tarde recibí un DM de Twitter enviado por mi ex alumno Jaime Martínez Romero. Me comunicaba una noticia que de alguna manera yo esperaba desde hacía meses: la muerte de su tío, mi amigo Fernando Martínez Sánchez. Un día antes, el jueves 9, puede ver por última vez a don Fer. Estaba tendido en una cama de hospital ya inconsciente y con respiración afanosa. Lo acompañaban tres de sus hijos: Fernando, Cristián y Mireya; Gerardo venía en camino desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. La hora de visita era breve, así que sólo pude estar allí poco menos de media hora.
Con toda mi inexperiencia en los trotes médicos, ajeno como pocos al mundo de la enfermedad y los hospitales, noté que don Fernando estaba cerca del fin. Lo sentí. Por eso, cuando la encargada de vigilancia nos conminó a salir dado el término del acceso a los visitantes, me acerqué de nuevo a la cama de mi amigo, le toqué el pecho cubierto por una gruesa frazada y cerca de su oído pude murmurar unas palabras afectuosas. Su hija, que es doctora, me había dicho poco antes que no reaccionaba a las palabras, pero que sí escuchaba. Oyera o no, quise decirle a Fer, en una frase corta, que yo estaba allí, y que sentía hacia él un cariño fraterno por lo mucho que compartimos durante al menos treinta años de frecuente convivencia. También, por lo mucho que dio a la cultura lagunera, pues fue escritor, orador, actor, maestro, periodista, cinéfilo, contador público (egresado de la UNAM), cronista y promotor cultural.
Don Fer era un hombre vitalísimo. A pocos he conocido con un gusto por la vida así de grande, por el disfrute permanentemente festivo de dos hermosas maravillas: la buena cocina y todas las delicias del arte que se atravesaba en su camino. Nunca olvidaré además que fue un enfermo incurable de biobliomanía, el peor (o el mejor, según se vea) que conocí jamás. Si al final de su vida no tuvo fortuna fue porque nada de lo que ganaba se quedaba a reposar en alcancías: todo, absolutamente todo lo dejaba siempre en compras de libros, principalmente, y también de discos, películas, entradas al teatro y paseos gastronómicos y culturales con María Caliano, su esposa, y sus cuatro hijos.
Don Fer nació el 21 de septiembre de 1936 en Torreón. Creo que su única ausencia larga de nuestra ciudad fue la que hizo en el DF, cuando estuvo allá para estudiar su carrera profesional; de paso, en la capital aprovechó para vincularse, sobre todo, con grupos literarios y teatrales. Volvió a Torreón y fue funcionario público del gobierno federal. Luego, por muchos años, asumió la dirección de la Casa de la Cultura de Torreón, ya desaparecida. Pese a nuestra diferencia de edad, conviví con él en incontables/imborrables momentos. Edité dos de sus libros y recibí como regalo muchos de su enorme biblioteca. Gracias a él tengo, por ejemplo, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias, una joya.
No olvidaré (supongo que muchos en La Laguna podrán decir lo mismo) a don Fernando Martínez Sánchez. Yo lo recordaré principalmente por las que fueron, creo, sus dos máximas virtudes: la poesía y la risa.
Descanse en paz este querido y admirado amigo nuestro.

Nota: La foto que encabeza este post es la última que me tomaron con don Fer. La hizo Ivonne Gómez Ledezma a mediados de 2013. 

jueves, enero 09, 2014

El inmenso Nelson

















Un mensajito de Gilberto Prado Galán me enteró el domingo 5 de enero sobre la muerte de Nelson Ned. Yo estaba regando mi jardín, eran como las once de la mañana, y lo primero que pensé fue lo obvio: oír de nuevo al impresionante brasileño, a ese hombre que se impuso a su condición para, con su voz, convertirse en un símbolo de la canción —llamada “romántica”— en Brasil, en América Latina y quizá más lejos.
Al hablar de Nelson Ned lo más sencillo es caer en lo que ya caí. Si bien eso es lo que a todos se nos ocurre en automático, quiero insistir en que no se trata de una enfermedad, sino de una condición diferente que como en cualquier otro caso merece absoluto respeto y, si es posible, solidaridad.
Me asombra y me conmueve, no necesariamente en este orden, el caso de Nelson Ned. Mientras la humanidad ha confinado a los hombres de su condición al espacio de la risa, él, dotado de una voz notable, peculiar, inconfundible, supo abrirse paso en la adversidad y conquistar la admiración de muchas, de muchísimas personas. Con unos huevos que ya quisiera el más pintado, Nelson Ned aparecía en los escenarios no para buscar el humor con machincuepas grotescas ni para chantajearnos con nada, sino para hacer que con su voz despertaran emociones a partir de letras sencillas, muchas de ellas ya integradas al cancionero familiar latinoamericano.
Nunca fue mi cantante favorito, pero he de reconocer que, para mí, en la voz de ese pequeño ser humano estaba toda la fuerza y la vitalidad del querido y admirado pueblo brasileño, casi como si en esa entonación nasal cupiera condensada, al menos para mí, insisto, toda una cultura.
Salvo uno o dos, no aprecio sus temas legendarios. Me gustan en grado superlativo, eso sí, canciones de perfil más bajo, menos famosas en su repertorio. Les comparto una breve antología nacida de mi arbitrario gusto, es decir, de la que más me agrada en adelante:

“Todo pasará”. Es una letra sencillísima, de apenas tres estrofitas. Me gusta cómo arremete el estribillo, un vendaval luego de la calmosa y breve introducción.

“Déjenme si estoy llorando”. Aquí logró lo que parecía imposible: encarar esta letra mejor que Germaín. Oigo con atención la palabra “nostalgia” y me encanta cómo la pronuncia, muy aportuguesada, con la “g” como atragantada por la emoción. Tremenda.

“Angustia”. Este viejo y espléndido bolero (cantado alguna vez por Los Panchos, Javier Solís y Bienvenido Granda, entre otros) le queda bárbaro a Nelson Ned; hagan de cuenta que fue compuesto para que lo cantara él.

“¿Quién eres tú?”. Uno de sus temas emblemáticos, sin duda. Ninguna antología, por apresurada que haya sido su hechura, podría excluirlo. Lo más cachondo que alguna vez cantó.

“A pesar de todo”. Otra de sus representativas. Imprescindible en un top five como éste.

Ahí queda pues la voz de Nelson Ned. Para mí, la tesitura de Brasil, como ya dije. Y no es poco decir.

miércoles, enero 08, 2014

Ámbito y escritura













Ni una mosca, ni el vuelo de una mosca debe alterar la concentración de los escritores obsesionados por el orden y el silencio. Lograr ese estado de perfección en el entorno es, sin embargo, imposible o casi imposible en la actualidad. Salvo Paul Auster y dos o tres escritores que venden libros como quien despacha bolillos, la mayoría inmensa de los aporreadores de teclados debe resignarse a la escritura en condiciones permanentemente amagadas por el ruido, la familia, el estrés laboral, la incertidumbre, los gritos del señor del gas y un larguísimo etcétera de turbulencias.
Escribir en la tranquilidad de un estudio colisiona asimismo contra el atractivo de las nuevas tecnologías. Antes, el escritor se aislaba a duras penas y casi etimológicamente lo lograba: encerrado en su isla (la buhardilla o el cuartito de atrás), pensaba y escribía mientras el mundo seguía su, por supuesto, mundanal marcha. Tras la invención de los aparatos reproductores de música, el poeta o el novelista podían acaso acompañarse de un disco o un caset adecuados para la creación de atmósferas propiciatorias. Pero hoy, este hoy lleno de distractores vacuos, la tecnología reta al escritor, le instala el mundo entero en la computadora y lo pone frente a distractores tan poderosos que es necesario ser de veras una ostra para escribir sin ceder a la tentación de echarle un ojito recurrente al mail, al Twitter, al YouTube, al Face, a todo eso que engatusaría hasta Víctor Hugo.
Ante la silenciosa amenaza de la parálisis, no hay escritor que explícita o secretamente no se invente cierto ritual o “cábala”, como dicen los argentinos. Escribir de noche o muy temprano, en pijama, con cierta música, de pie, con algún aroma especial en el ambiente, frente a cualquier fetiche sobre el escritorio, en pura ropa interior, con permanente café o como sea, sirve de embrague para que la creatividad no pierda aceleración.
Será por eso que algunos recomiendan que el escritor en cierne entre en contacto con el periodismo en el periódico, para que agarre disciplina y escriba sí o sí, con o sin el apoyo de las esquivas musas o de los fetiches. El escritor que alguna vez pasa por una sala de redacción, donde hay ruido permanente y mucha presión, terminará por aprender el zurcido de ideas en medio del bullicio y con el reloj picándole sin freno las costillas. Ahora bien, si no puede o no quiere llegar a tanto, una columna o un artículo frecuentes lo obligarán igual a trabajar siempre en contra del calendario, pues si algo tienen todas las fechas del futuro es que siempre llegarán.
En el plano de la autorreferencia, hace mucho que dejé de soñar en una burbuja o torre de marfil. Por circunstancias que no viene al caso contar, he aprendido a escribir en donde sea, en lo que sea y a cualquier hora del día. No es lo ideal, pero poco puedo hacer para ir en contra del estrecho margen de maniobra que me ha cabido en suerte. Ahora bien, quien quiera dominar el arte de escribir haya o no haya ámbito favorable (todavía no lo domino, lo sigo aprendiendo), que empiece por tener dos o tres hijos. Ya verá que con eso pondrá a prueba toditita su vocación.

sábado, enero 04, 2014

El ineludible corregir




















Supe de un escritor de brocha gorda que afirmaba, fanfarrón, lo siguiente: “Yo jamás corrijo; así como sale a la primera, así lo dejo todo”. Era, por supuesto, un pelatunas que se creía superdotado, pues uno de los primeros requisitos de toda escritura que aspire a ser periodística, literaria, pública en suma, requiere algunas plastas de maquillaje antes de salir a la calle.
Corregir puede llegar a ser una práctica fascinante o agria, según sea el caso (estoy hablando de corregir el trabajo propio, ya que el ajeno es casi indefectiblemente ingrato, más cuando el texto a enderezar demanda cirugía mayor). Es agradable cuando la masa textual sobre la que debemos trabajar salió sin muchas dudas, sin demasiados titubeos en el proceso. Si uno escribe a disgusto, forzado, muy poco convencido del artefacto verbal que va creando, lo más probable es que su corrección también sea penosa. Como la corrección es, a su modo, una reescritura, es más cómodo “reescribir” sobre un material dócil, no sobre un texto erizado de púas que casi necesariamente nos irá espinando. Por eso siempre he dicho que es importante escribir, o tratar de escribir, muy bien, lo mejor posible, a la primera, para que luego el camino de la revisión nos emprobleme en menor grado.
Creo que fue Barthes (sí, fue él) quien escribió alguna vez sobre las famosas tres enmiendas. Cuando corregimos, tenemos tres caminos: agregar algo, suprimir algo o permutar algo. Confieso que, cuando comencé a escribir, creía que era más importante agregar que suprimir; luego, pasados unos años, creí lo contrario. Hoy, ya con mis defectos y mis pocas virtudes bien asentados, entiendo que los tres caminos de la corrección son importantes por igual, sólo es necesario ser sincero/severo con el texto, no andarse con contemplaciones o autoapiadamientos, pues si nos tentamos el corazón después la vamos a pagar peor con los lectores.
Hoy, con las computadoras, es difícil ver la evolución de un texto desde que fluye de la cabeza al monitor por primera vez hasta que se convierte en un documento público (en periódico, revista, libro o internet). Las enmiendas entran y salen vertiginosamente en el Word y ya ni los escritores reparan en todo lo que van haciendo en el camino para adecentar sus textos. Antes no era así. Hay evidencia en papel de manuscritos y mecanuscritos que, pese a haber sido acuñados por grandes escritores, lucen llenos de tachaduras, rayas, flechas y comentarios al calce, casi como planos de un combate militar. Al respecto, recuerdo unas imágenes imperdibles. Están en el libro El oficio de escritor, publicado por Era en México; hay allí algunas páginas donde se ve claramente que el escritor que valora no sólo su trabajo, sino el tiempo del lector, gasta sus ojos en una labor que nadie debe ver, pero que es imprescindible en el mundo de la escritura. Ni Faulkner se libraba de esa tarea.
Así pues, hay que desconfiar de los escritores todopoderosos, esos que a la primera paren textos, según ellos, tocados por la perfección.

viernes, enero 03, 2014

Verso cima




















Puedo oír miles de veces este verso y no me cansa. Para mí es el mejor momento de cualquier canción, la cima: "Arpa d'or dei fatidicivati".

jueves, enero 02, 2014

Eres hermosa













En materia artística lo más fácil del mundo es enamorarse de uno mismo. Aguas pues con la obra propia: es el espejo de Narciso.

miércoles, enero 01, 2014

Aquel primero de enero













Todos o casi todos recordamos en qué sitio estábamos y qué hacíamos la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones entraron como letales dagas en las Torres Gemelas. Esos acontecimientos mayúsculos no sólo marcan, pues, hitos en la "historia de la humanidad", sino que se convierten en puntos de referencia en la cronología de cada quien, por ordinario que sea. Sé, por ejemplo, que yo estaba en mi casa de la Prolongación Colón, recién bañado y arreglándome esa mañana de martes para apersonarme en el Café Literario del Teatro Isauro Martínez, de Torreón, con el televisor encendido y viendo en vivo el casi simétrico desmoronamiento.
Igual, sé dónde estaba y qué hacía el primero de enero de 1994 a las 8 de la mañana. Estaba despertando en el hotel Mirador, de Chihuahua, y encendí la tele nomás para comenzar las abluciones matutinas. Eludí a Chabelo y al brincar a otro canal oí la voz agitada de un reportero. Las imágenes mostraban un tumulto, periodistas que abordaban en desorden a un encapuchado con fusil seguido por otros sujetos igualmente embozados.
Se hablaba de "levantamiento", de "guerrilla", de "zapatismo". Comenzaron a fluir las siglas EZLN y los lugares donde aquello ocurría; recuerdo dos en particular: San Cristóbal de las Casas y Ocosingo, ambos de Chiapas.
En la confusión, dependientes como estábamos en todo el país de esas precarias escenas televisivas, brotó el nombre del vocero que pronto se iba a convertir en una celebridad mundial: Marcos, el subcomandante.
A partir de esa mañana, por muchos días, semanas, meses y hasta años fue visible y muy mediático el levantamiento zapatista. Hasta yo, que trabajaba en una publicación sin recursos, busqué la forma de hacerme presente en San Cristóbal y viajé hasta allá en los primeros días de marzo. El camino de Tuxtla a la zona de conflicto estaba totalmente militarizado, pero fui testigo de las primeras mesas de negociación, aquellas que tuvieron Marcos y Camacho Solís con el obispo Samuel Ruiz presente. Llegué por cierto a San Cristóbal un día antes de que Colosio pronunciara su famoso discurso en el monumento a la Revolución, el que, dijeron, marcó no sólo su ruptura con el salinismo, sino su destino menos de diez días después en la colonia Lomas Taurinas, de Tijuana.
Había intranquilidad, claro, pero también entusiasmo en todo México, una agitación política que poco a poco sería apagada por el régimen a punta de acontecimientos siniestros.
Escribí en San Cristóbal algunas crónicas e incluso perpetré un poema bien ubicado en el panfletarismo menos púdico. Recuerdo que los mandé por fax, pues todavía faltaban unos añitos para que llegara el boom de internet.
Hace dos décadas de aquello. Ignoro a qué hora se nos fueron tantos años.

lunes, diciembre 30, 2013

Fin del cuento
















Y entonces, el Lobo Feroz compró una caja con cortes americanos de Carnes La Laguna y se quitó de broncas.

domingo, diciembre 29, 2013

A veinte años de la Mac




















Manuscrito de 1983, una crónica sobre el ya extinto cine Variedades de Torreón; fue publicada en el suplemento universitario Clase del diario La Opinión.




















Macanuscrito de 1985, un cuento ("Sólo este autorretrato") publicado en la Opinión Cultural.




















Mecanuscrito de 1993, un editorial sobre concursos literarios de La Laguna. Fue publicado en La Tolvanera, suplemento cultural de la revista Brecha.


La Macintosh Clássic II que compré en 1993.

Recuerdo que por aquel año, 1993, era un debate frecuente en revistas y suplementos culturales: ¿en qué escribe más cómodamente —interrogaban a los escritores—, en máquina mecánica o en computadora? Estábamos, como quien dice, en el comienzo de la transición, en el punto todavía difuso en el que la computadora, lo sabríamos luego, comenzó la masacre de las maquinitas Remington, Olivetti y demás.
Pero en aquel momento no sabíamos aún lo que iba a suceder. Las computadoras comenzaron a aparecer en oficinas, en periódicos, en imprentas, y en muy contados casos, en escritorios caseros. Eran un objeto extraño, más o menos temible, útil sólo para unos cuantos iniciados en el misterio de los teclados, la pantalla y el impresionante y enigmático CPU, cerebro de aquel trío.
Pero hago un poco más de esfuerzo y me coloco una década atrás. En 1983 comencé a sentir la inquietud de escribir, de hacer "literatura". En esos primeros tanteos procedí como suelen hacerlo los que de veras están en Kleen Bebé: primero a mano, con una letra pequeñita y apretada, en horribles manuscritos que luego mecanografiaba en una Olivetti Lettera color crema muy popular entre los estudiantes. Esa maquinita fue la de combate en mis trabajos de la preparatoria y la carrera, así que de paso la usé para pasar en limpio los cuentos y las crónicas con los que comencé a teclear con gesto, según yo, de "escritor".
Muy poco tiempo sancoché borradores a mano. Conservo escasas evidencias de ese esfuerzo simplemente porque tuvo corta vida. Creo que escribí así apenas lo suficiente para notar que me sentía más cómodo omitiendo esos borradores atroces a cambio de los mecanografiados, feos pero legibles. Años después me enteraría de un dictum, creo, de García Márquez: en periodismo hasta las cartas de renuncia se escriben directamente a máquina.
Llegó pues un momento en el que abandoné la escritura a mano y ya jamás pude volver a ella. Sólo una vez, en una madrugada febril de Buenos Aires, hacia 2004, a falta de computadora y hasta de cuaderno aproveché un plano de esa ciudad y en el envés dejé escrito un cuento que salió de golpe, desesperadamente. Fuera de eso, siempre trabajé los borradores de la cabeza a las teclas, sin pasar por el bolígrafo.
Cuando la Olivetti Lettera dio de sí, supongo que en 1988 más o menos, compré una maquinota eléctrica de segunda mano; apenas la usé dos o tres meses, pues al accionar sus teclas hacía un escándalo de balacera y jamás perdía un hipnótico zumbido de abejorro.
Al ver mi situación, fue Gilberto Prado Galán quien me regaló la máquina Olympia color guinda, hermosísima, con la que escribí cuatro o cinco años sin parar, del 88 al 93. La conservo, y me encanta no sólo por su sólido aspecto de escarabajo, sino por su tipografía; no sé a qué familia pertenece, pero definitivamente no es la misma que tenían las Remington ni las Olivetti. Esa Olympia hacía —sigue haciendo— una letra un poco cursiva, y su rasgo principal es la forma de la “a”. La imagen que incorporo en este post es de un borrador mío rescatado de casualidad (luego contaré cómo) junto a muchos más que despaché en aquella época; da idea de la belleza tipográfica de esa maquinita. Si comparamos su tipografía con los rasgos, por ejemplo, de la Olivetti, veremos que en efecto es menos convencional, de ahí que siempre me sentía orgulloso de los “originales” nacidos en su rodillo.
En 1990 comencé a trabajar en la revista Brecha. Desde aquel año hasta, supongo, poco después del 2000, pasó la mejor época de esa publicación. La dejé en 1998, y hasta le fecha se mantiene vivo un adeudo de veinte mil pesos nada despreciable todavía. Cuando comencé a trabajar allí, la revista ya contaba con dos maquinitas Macintosh Classic II, una para capturar y revisar los textos y otra para diseñarlos. Fue la primera vez que las vi, y las usaban sólo dos personas: Jaime Arellano, el diseñador, y Óscar Fernández, el capturista y corrector. Toda colaboración llegaba pues escrita en máquina mecánica. El capturista la convertía en documento de Word y luego la pasaba al diseñador mediante un disquete. Yo mismo seguía ese procedimiento. En casa escribía con mi Olympia y llevaba el texto en papel, claro, para que lo pasaran a la Mac. Siempre pude usar una de las dos computadoras de la revista, pero todavía entonces se mezclaba en mí un sentimiento de indiferencia y miedo a esos aparatos, así que los desdeñé.
El rechazo duró tres años, pues en algún momento de 1993 compré en cómodas mensualidades una Macintosh idéntica a las de Brecha; la conservo, y es la que aparece en la foto. Su peculiaridad estaba en la unión del CPU y el monitor; el teclado y el mouse venían aparte. Comencé a usarla con inquietud, pensando que en cualquier momento estallaría o me borraría todo. Jamás recibí alguna capacitación, y me guié sólo con preguntas elementales al diseñador y al capturista. Quedé maravillado, como todos los que en aquel tiempo dudaban de las bondades de esas máquinas con respecto de las mecánicas.
Fue en ese momento cuando casi desaparecieron mis borradores impresos, pues comencé a llevar mis colaboraciones (dos columnas por revista, una reseña, dos textos editoriales no firmados y no sé qué más) en cómodos disquetes. Luego, muy poco después, llegaría internet, lo que facilitó el envío de documentos en cualquier actividad, incluida la periodística.
Cumplo pues veinte años de residencia en la galaxia de Gates. Estar aquí, manejar información en la computadora, no deja de asombrarme, pues comparo esto con la etapa anterior de mi formación y por supuesto que se trata de otro mundo. Hoy sigue siendo fascinante para mí teclear en Word, editar fotos, armar libros, bajar música, vagabundear en internet, responder mails, tuitear, todo eso, y me siento permanentemente afortunado al acceder a tanta información. Creo que esta valoración —que a otros podrá parecer exagerada— se debe, reitero, a la experiencia previa: al libro, la revista y el periódico de papel, a la maquinita mecánica, a la cuartilla llena de enmiendas a mano, al sonido incomparable de mi Olympia color guinda, el escarabajo que en 1993, hace dos décadas, usé por última vez para luego pasar por la Macintosh, la Lanix, la Alaska, la Toshiba y, por último, la Samsung con la que hoy escribo esta pequeña remembranza.

sábado, diciembre 28, 2013

La biblioteca de papel




















Adrede suena este título como a cuento de Borges. Me refiero al problema que ahora plantean las bibliotecas armadas a la usanza tradicional. Ese problema no es problema para los chicos de veinte, pocos años más o pocos menos, dado que crecieron en un mundo en el que prácticamente todo es virtual, salvo la comida. En la computadora está, para ellos, el cine, la música, los juegos, las tareas, el degenere, los amigos, los novios y, claro, los libros. La computadora, o el celular o la tableta o cualquier otro adminículo con funciones de computadora, está ya tan adherido a la querencia de los jóvenes que nomás la pierden, se descompone o no hay internet, y ya están pegando insoportables berrinches.
Creo que seguimos instalados, todos, en una época de transición en la que la computadora va desplazando poco a poco el uso del papel. Hay en este momento tres grandes tipos de receptor de información: 1) El que sólo la recibe y la manipula mediante aparatos electrónicos, mayoritariamente juvenil, que ya no lee en papeles ni a mentadas; 2) El que se maneja por igual, casi equitativamente, entre la información en pantallas y la información en papel (libros, revistas y/o periódicos), grupo conformado por personas de entre treinta y cincuenta años; y 3) El receptor enemigo de las pantallas, quien sólo lee tinta sobre papel, sector en el que se ubican, sobre todo, lectores de cincuenta años o más.
Esto irá cambiando de manera gradual, a medida que los jóvenes vayan dejando de serlo. El futuro que imagino al respecto está, por ello, lleno de dispositivos electrónicos y cada vez menos lectores del sector 3. Creo que, sin ponerme muy roñoso, me ubico en el inciso 2, pues oscilo entre la lap, el celular y los soportes de papel. Mi problema, a los casi cincuenta años que ya tengo, es el destino de mi biblioteca de papel. ¿A dónde irá a parar? Sospecho que esta pregunta se la han hecho todos los que, como su servidor, han pasado una vida de castores, casi toda dedicada al acarreo de papeles y más papeles hoy amenazados de muerte.
El asunto me preocupa aunque debiera tenerme sin cuidado, pues hasta las canciones vernáculas aconsejan no apegarse demasiado a lo material dado que al colgar los tenis nos llevamos “nomás un puño de tierra”. Pero uno es humano y terco y piensa en el porvenir de algo que, como la biblioteca, ha sido articulado como si la vida fuera a durarnos para siempre. Lo lamentable es lo que he visto dos o tres veces en las librerías de viejo de mi localidad: las bibliotecas, ya desperdigadas, de ciertos personajes renombrados puestas en remate, casi como un símbolo de la vida que se ha pulverizado.
Los hijos (y menos los hijos de ahora) no son, pues, buenos depositarios de una biblioteca configurada en décadas, pues luego de que el dueño se ha despedido de la fanaticada comienzan a salir de casa sus libros y otros cachivaches inservibles. Por todo, ya tengo las barbas en remojo. Luego les comparto mi plan de choque.

miércoles, diciembre 25, 2013

Inspiración/transpiración










Hace poco publiqué un tuit que, como muchos otros de mi cuño, es un disparate que encierra algún átomo —¿qué más podría ser?— de verdad. Es éste: “Lo bueno de que se extinga la inspiración en la Tierra es que ya nadie preguntaría: ‘¿En qué te inspiras para escribir?’". La inspiración no está en peligro de extinguirse, por supuesto, ni la pregunta dejará de ser recurrente cada vez que alguien tenga —en una universidad, en una rueda de prensa o en una sobremesa familiar— la noble inquietud de saber de dónde demonios saca el escritor sus mafufadas o qué le detona el deseo por parir determinados textos.
Creo que jamás he escrito sobre el tema, y eso que muchas veces lo he reflexionado no con afán didáctico o filosófico, pues la cabeza no me da para tanto, sino como simple mortal que a veces tiene el impulso de pensar en lo que le atañe. Así entonces, el producto de mi reflexión desemboca en la noción que aquí planteo esquemáticamente, a salto de página, dado que dispongo de poco espacio para explicar algo que tal vez, para ser más preciso, demandaría al menos un ensayo amplio y con los pelos bien engominados.
He aquí mi planteo: en la disyuntiva “inspiración o transpiración” yo me quedo con ambas, pues ambas son parte inherente del (de mi) trabajo  “creativo”, y esto, insisto, lo digo por experiencia, con la autoridad que me da el fracaso, como dijo Fitzgerald. En efecto, creo, o estoy seguro, más bien, que al menos a mí sí se me han aparecido tantito las rejegas musas, aunque una parte significativa, la mayor, de mis “frutos” se debe no tanto al estro, a la inspiración, sino a la chamba, al hecho simple de imponerme una tarea (digamos, un libro) y tratar de terminarlo con cierta disciplina y en cierto tiempo, aquel que permiten las denominadas chambas alimenticias.
Perdonen la autorreferencialidad, pero soy el hombre que tengo más a la mano, como dijo no recuerdo quién. He sentido la presencia de la “inspiración” a rachitas, apenas como un susurro, como un bisbiseo que me dicta algo por lo general misterioso. Pero pasa pronto, jamás se queda a vivir dentro de mí por temporadas largas, así que he debido ingeniármelas para que el trapiche siga moliendo sin la colaboración de las musas. Y es aquí donde viene lo más peliagudo. Es fácil escribir un poema o un cuento movido por un ataque de inspiración. Cualquiera que sufra una tremenda y repentina alegría o una tremenda y repentina desdicha puede ser capaz de sancochar unos renglones, así sean prescindibles; lo complicado es construir algo decoroso sin más acicate que la conciencia y la fuerza de voluntad. Por eso son escasísimos los casos de trascendencia basada en uno o dos libros “inspirados” (Rimbaud, Rulfo…). La mayoría de los escritores, por desgracia, han tenido que depender de la ecuación tiempo/nalga.
Lo poco o mucho, lo digno o indigno que he parido como aporreador de teclas, por ejemplo, se debe a un cinco por ciento de inspiración y a un 95 de transpiración. Debo añadir, por otra parte, que esto del sudor no es metafórico si uno escribe en La Laguna. Bueno fuera.

sábado, diciembre 21, 2013

Libros aborrecidos















El título de esta entrega es deliberadamente exagerado y por lo tanto escandaloso. Sólo busca, entonces, llamar la atención, pues tratará sobre un asunto que interesa a un segmento minúsculo de lectores. No sé si alguna vez usted se ha preguntado sobre los libros que los escritores suelen apreciar en menor grado. Por supuesto que en este caso, como en todos, el disgusto se rompe en géneros, pero ocurre con frecuencia que los libros que más incomodan al escritor son los propios.
Sí, aunque usted no lo crea, es raro que un escritor no guarde con sus libros una relación de amor/odio en la que predomina lo segundo de manera, a veces, apabullante. Se dan casos, obvio, de enamoramiento narcisista fundamentado en el caradurismo, en el superávit de autoestima o en las obligaciones mercadológicas cuando es necesario que el autor hable bien de su hijo bibliográfico con el fin de excitar las ventas. Lo común, sin embargo, es mantener siempre con el libro propio una especie de distanciamiento, una reserva muy parecida a la vergüenza o de plano a la negación.
Creo saber, o al menos intuir, a qué se debe esa vinculación de suyo áspera entre el escritor y sus libros. Todo buen escritor, sospecho, es o debe ser primero un buen lector. O más: un extraordinario lector. Pero no se asusten: eso, en países como el nuestro, no es la gran cosa. Ser un “extraordinario lector” en México significa casi simplemente saber leer, o leer al año unos cinco o seis libros. Por eso el adjetivo “extraordinario” amerita alguna precisión: un escritor debe ser un lector fuera de serie no sólo por la cantidad de libros que lee, sino por los libros que escoge y, sobre todo, por el modo en que los lee.
No importa tanto leer muchos libros, ni que los libros sean todos de la Divina Comedia para arriba, sino la actitud que el escritor asume frente al texto. Un escritor problematiza su lectura, escarba, indaga, revuelca los párrafos, reelabora en su mente las ideas, celebra un adjetivo inusitado como si fuera el hallazgo de un diamante. Cuando encuentra, entonces, un libro que de manera reiterada le ofrece motivos de deslumbramiento, sabe que está ante una obra cuyo destino es el altar personal. Un escritor es de entrada, por tanto, un hombre que admira, que reconoce a uno, dos, tres, veinte, cuarenta colegas generalmente ya muertos a quienes considera inalcanzables acaso porque los son.
Antes ese hermoso/horrible panorama, ¿qué puede opinar un escritor sobre sus propios libros? Tiene cuatro caminos, a saber: a) Elogiarse irresponsablemente, incluso autorrecomendarse; b) Denigrarse de forma inverosímil, pues todo mundo sabe que detrás del flagelo murmura un vanidoso de clóset; c) Campechanear, decir “mi libro no es la gran cosa, pero por allí esconde dos o tres versos afortunados”; y d) Olvidarse de la obra propia, hacerse el distraído, silbar un bolerito y mirar al otro costado como si no fuera culpable del puñado de páginas que hubiera sido mejor no publicar.

miércoles, diciembre 18, 2013

Las manos de Jérôme













Desde hace mucho domino dos o tres actos de prestidigitación, esto para beneplácito de mis tres hijas y mis 17 sobrinos. Son sencillos, caseros, tanto que cualquiera podría aprenderlos con un poco de habilidad y práctica. Ese movimiento natural de los dedos para manejar algún objeto pequeño se aprecia en el video "Manipulación Sorteo del Mundial 2014" en el que Jérôme Valcke, secretario general de la FIFA, abre las bolitas con las tiras de papel que poco a poco fueron conformando los grupos en los que, por cierto, a México le tocó bailar con el más feo.
El video, pese a su producción un tanto rústica, evidencia como cachetada lo que pudo haberse evitado con total facilidad mediante varias técnicas de transparencia a la hora de sortear algo, algunas usadas hasta en las ferias de rancho. No sé, una mesa transparente, un par de edecanes con mano santa, un interventor de la Secretaría de Gobernación, la catafixia de Chabelo… pero no, los mercenarios de Zurich prefirieron un método más oscuro que el usado por el pactismo reformista mexicano.
Los mafiosi de la FIFA tienen, se supone, algo de recursos económicos como para organizar con decoro, y sin migaja de duda, una tómbola en la que el azar debe tener el mayor de los protagonismos. Optaron sin embargo por instruir a una especie de prestidigitador y sembrar inquietudes sobre la naturaleza chapucera del sorteo. En un comunicado que buscaba contradecir las acusaciones de chanchullo, los angelitos de la FIFA señalaron que “Durante el sorteo había al menos siete cámaras desde diferentes perspectivas apuntando al secretario general de la FIFA (…). Dos desde delante, una desde la derecha y otra desde la izquierda, una desde detrás y otra directamente encima de su cabeza”.
El argumento no aclara nada. Pudieron ser mil cámaras, pero si la producción televisiva fue de la propia FIFA podían ser manejadas para que jamás se viera lo que luego despertó las sospechas. Cierto que por intereses de mercado los grupos del mundial son administrados con cabezas de serie y demás, para no dejar las manos totalmente libres al azar, pero también es cierto que la naturaleza de un sorteo no es la de controlar aquello que en teoría determinará la suerte.
En Brasil, empero, el sorteo sólo tuvo una bolita, la del país anfitrión, evidente y abierta por un sujeto distinto a Valcke, además de las mostradas por el bombón Lima. Todas las otras quedaron a merced del secretario de la FIFA, quien las abrió casi literalmente abajito de la mesa, siempre en un acto de prestidigitación socorrido por una impertinente mesa azul.
Ahora bien, con o sin azar, este torneo es un desafío para cualquier equipo. No sé si a México lo echaron a ese grupo así nomás, al estilo FIFA, o fue el azar el que nos deparó a Brasil. Sea como fuere, cualquier grupo está para parir chayotes, aunque debemos estar tranquilos: ninguna otra selección tiene a Oribe Peralta.

sábado, diciembre 14, 2013

Morena de mar o los primeros oleajes del deseo




















A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de conocer a muchos escritores jóvenes. Como en cualquier disciplina artística, deportiva o académica, he visto de todo. Escritores o prospectos de escritores sin talento pero ganosos; talentosos pero sin entusiasmo; sin facultades pero altaneros; dotados para escribir y por ello ensoberbecidos; aptos, rigurosos para trabajar  y muy centrados. De todo. En 1998 o 99 me topé con Daniel Lomas y desde sus primeras cuartillas algo vi que me pareció, como hasta ahora, digno de énfasis: una manera poética y profundamente humana para percibir la realidad. Lo primero que le leí fue poesía, una poesía plena de imágenes relampagueantes, de fogonazos algo vallejianos o jaimesabineanos. Luego leí su narrativa, varios cuentos en los que advertí el pulso de un artista que mira al mundo con azoro y una especie de sutil compasión y un tenue humor frente a los habituales desfiguros de la vida humana. Años después, cuando ya había quedado lejos el taller literario donde me compartió sus primeras tentativas literarias, tuve la suerte, como ahora la tendrán todos ustedes, de leer Morena de mar, su primer relato con aliento novelístico.
Tras leerlo me he felicitado por el buen ojo que he tenido al creer siempre en las virtudes literarias de este autor. Sin renunciar al derecho penal, su especialidad profesional, lejos siempre de grupos y de aparadores, Lomas ha sido leal al joven que conocí como estudiante, pues sin pausa se ha entregado a la lectura gozosa y atenta de excelentes libros y a la escritura de poemas y relatos que, como le he dicho siempre, serán recibidos con beneplácito a medida que vayan viendo la luz editorial.
Baste como ejemplo lo que nos depara Morena de mar, una novela que se deja leer harto placenteramente. Lo primero que gusta al ingresar en ella es el cadencioso flujo de la prosa, un ritmo que poco a poco nos cautiva e impide que la abandonemos. Creador, como ya dije, de imágenes certeras, Lomas es un gran observador de los detalles, y a todos les saca jugo, tanto que en cualquier párrafo hallamos una entonación que, sin desviarnos de su empeño narrativo, siempre tiene una voluntad de estilo cercana a la poesía. Por ejemplo, este pasaje casi del arranque:

Justo en ese momento varias muchachas cruzaron correteando por la terraza del hotel. Era un grupito de diminutos bikinis. Triangulitos de bikinis que se apretaban fieramente contra las nalgas. Colas de caballo cayéndoles sobre las nucas. La tez bronceada y turgente. Como un barullo, las chicas pasaron por la terraza loquitas de la risa y dejaron tras de sí una estela de alegría: el inconfundible aroma de la juventud. Mi padre, escondido detrás de unos negros lentes clandestinos, las siguió con los ojos torciendo el cuello lo más que pudo, como un avestruz, y dijo:
—Por qué no sueltas el libro y las sigues. Míralas, güey, míralas.

Mientras uno lee, pues, asiste al espectáculo de una prosa medida, equilibrada, sobria y al mismo tiempo alegre, viva, una prosa que comunica no sólo las peripecias de los personajes, sino una atmósfera donde cunden emociones de todas las coloraturas.
Pero más allá de esa virtud, que es la primera de las virtudes que solemos demandar a cualquier narrador, Lomas tiene la capacidad de irnos inquietando a medida que volvemos las páginas de su libro. Un viaje a Mazatlán, el del personaje narrador con su padre, sirve de pretexto para introducirnos al mundo del despertar sexual, que casi es lo mismo que decir del despertar a la adultez. Uno siente allí, por supuesto, la resonancia de Las batallas en el desierto: un hombre ya de cierta edad nos cuenta su experiencia en aquel lejano viaje al litoral mazatleco. Lo hace a sabiendas de que, por más que lo quiera, el chico de la historia ya no es el adulto que narra. O, dicho de otra manera, es y no es, y esta ambigüedad imprime en el relato un juego permanente, una especie de estructura de cajas chinas armado no tanto con las anécdotas, sino con la perspectiva del narrador. El narrador Lomas cede la palabra al personaje narrador adulto que a su vez cuenta las andanzas del mismo personaje narrador cuando era joven y se topa con el apabullante mundo del erotismo encarnado, muy bien encarnado, por Matilde.
Unos cuantos días son entonces recordados por el personaje narrador adulto, aquellos en los que él, de jovencito, de cuasi adolescente, estuvo en Mazatlán en compañía de su padre y vivió un primer y repentino encontronazo con la felicidad sexual. Con esta anécdota, Lomas parecía tener la mesa puesta para regodearse con escenas salivosas y seminales, para llevarnos de la mano hacia los terrenos del voyeurismo tres equis. No lo hace. Antes bien, reprime un poco a su personaje, lo hace dudar muy coherentemente, por su edad, cuando se enfrenta a Matilde, quien experimenta asimismo, dadas las circunstancias de su vida, una especie de reticencia en sus acometidas a la juvenil bragueta que el destino le puso en Mazatlán.
El padre y sus maromas etílicas y sexosas, siempre con el eterno portafolios, aparece en Morena de mar como contrapunto tragicómico de la poesía y el delicioso desconcierto encerrados en el encuentro del joven con Matilde. Se trata, por todo, de un relato entrañable, de una primera novela que a mi parecer nos pinta a Daniel Lomas como lo que es: un estupendo narrador.

Morena de mar, Daniel Lomas, Dirección Municipal de Cultura de Torreón, Torreón, 2013, 105 pp. Comentario leído el 28 de noviembre de 2013 en la presentación de este libro celebrada en el Museo Regional de La Laguna. Participamos Enrique Sada, el autor y yo.

miércoles, diciembre 11, 2013

Memoria y permanencia




















Aunque presumimos lo contrario, tenemos mala memoria. Pasan apenas unos cuantos años para que olvidemos lo que, se supone, siempre deberíamos recordar. Por ejemplo, en México se sigue hablando hoy de polarización, de esa división social provocada por lo ocurrido en 2006. Lo que no se recuerda es quién, cómo y por qué la propició. Contra esa mala costumbre, ciertas sociedades tienen la buena costumbre de organizar documentos para tenerlos siempre a la mano y recordar cuando es debido. Los franceses, por caso, son maestros en la organización de archivos, y acá en América, desde hace algunos años, los argentinos tienen la obsesión de documentar lo más posible el pasado reciente, harto monstruoso.
La memoria, entonces, alcanza su dimensión mayor cuando la aterrizamos en documentos. Sea de interés colectivo o individual, es importante ver que cuaje en papel o, ahora también, en audio y/o video. El hábito, como ya insinué, no es común entre nosotros, y eso se debe acaso al recelo y los dobleces que Paz y otros han destacado en el ser mexicano. Nos gusta, pues, rodear, eludir, no mostrarnos.
Por esto es celebrable que Rosario Ramos haya escrito, publicado y presentado (el lunes 9 de este mes) Los días de mamá, memoria que recorre la vida de su madre en relación con la numerosa familia que le cupo en suerte. El diálogo que entabló la autora con su madre no fue sólo un diálogo literal, sino entablado incluso con silencios a lo largo de una vida poblada de anécdotas, tropiezos, desacuerdos y todo lo que en general sazona el caldo en el que se configura una familia.
Los presentadores destacaron, cada uno de acuerdo a su posición profesional, los valores de este libro. Ruth Castro, quien lo editó, dio una idea clara del trabajal que hay detrás de todo producto bibliográfico digno de ser llamado “libro”. Angélica López Gándara enfatizó el valor de lazo que entablan los hijos (sobre todo las hijas) con su madre, un lazo que por lo común se enreda o se tensa, pero que suele no romperse. Felipe Garrido, por su parte, enfatizó la importancia de la escritura como arma para luchar, así sea infructuosamente, contra el olvido que, como dice un tango, todo destruye.
Tuve ya la suerte de acceder, cuando se encontraba aún en estado embrionario, a las primeras páginas de lo que hoy es Los días de mamá. Puedo decir ahora que es un emotivo viaje al interior de esa relación siempre desafiante: la que mantenemos con nuestros padres y tiene por costumbre dejarnos insatisfechos, pues si nos brindamos a fondo o si les regateamos tiempo y afecto, de todos modos al final nos queda la sensación de que pudimos estar más cerca y brindarnos más.
Rosario Ramos ha pintado, como vocera de su amplia familia, una estela detallada del recorrido vital de su madre. Es un buen ejemplo para todos de que la memoria bien documentada se defiende mejor ante la inevitable erosión provocada por el tiempo.

miércoles, diciembre 04, 2013

Y volver volver volver



















La vida está básicamente hecha de despedidas; también, a veces, de regresos. Yo, que me he despedido de tanto a lo largo de tantos años; yo, que una tarde de noviembre de hace un lustro disparé al ángulo de una portería, oí un crack en mi rodilla y con eso terminé mi vida en el futbol; yo, que en 1997 renuncié sin tragedia a vivir en un lugar que no fuera La Laguna; yo, que en enero de 2011 bajé la cortina de esta columna, vuelvo hoy como quien anuncia una gran reapertura para beneficio de los clientes pero que, en el fondo, es una consecuencia de la nostalgia, esa nostalgia que semana tras semana me empujó a opinar sólo íntimamente sobre todo lo que se me atravesaba en la calle y en el alma.
Desde hace meses, o quizá desde el mismísimo día de la despedida que al final no ocurrió para siempre, como podemos ver, quedé sin degustar el placer de la adrenalina generada por los cierres de edición. Escribí cuanto pude para mi blog, y en él están esos testimonios de redacción apresurada y voluntariosa, pero no es lo mismo. El blog, pese a las bondades que le sigo viendo, no aguija, y la necesidad por alimentarlo sólo compromete a su administrador. Así, sin el azote de la mesa de edición ni la expectativa de los lectores que buenamente admiten esto, el impulso por opinar se evapora y queda reducido a intermitentes apariciones blogueras o bibliográficas.
Eso me pasó. Escribí mucho durante mi paréntesis periodístico, pero no tanto como lo hubiera deseado, y todo por la falta de presión, esa "carrilla" (como decimos aquí) que impone el trabajo cuando es obligatorio y conlleva plazos perentorios. Unos meses luego de dejar Ruta Norte descubrí tuiter y en esa pedacería amorfa volqué (en horas deliberadamente no laborales, pues nunca faltan los seguidores con lupa) mi inquietud tecleadora. Alguna vez calculé incluso que a diario escribí el equivalente a un artículo como el que aquí transcurre, sólo que en migajas, sin unidad, tuitero en suma.
Vuelvo pues ahora y espero reencontrar a los lectores que generosamente me acompañaron en el, digamos, primer periodo de Ruta Norte. No se aprende mucho en tres años de ausencia, así que este retorno ofrece casi lo mismo que ofrecí antes; a saber, pareceres sobre temas misceláneos, aunque la mayoría, sí, literarios; además, el deseo infatigable por generar en el lector el apetito por acudir a ciertos libros, a cuentos, a ensayos, es decir, que el camioncito rutanorteño conduzca a donde haya páginas que sean útiles para algo más que pasar el rato.
No reaparezco sin agradecer a quienes posibilitan esta vuelta. A Marcela Moreno, porque suspendimos el diálogo unos meses, aunque siempre, creo, con la idea secreta de que seguíamos conversando. A Heriberto Ramos Hernández, que con su buena memoria me hacía ver frecuentemente que no todo maquinazo anterior fue pasto del olvido. Y a los lectores y amigos que aquí y a allá, sin alharaca, sin ruido, de vez en cuando nomás, me preguntaban sobre un posible retorno de la columna. Bien, aquí está.