miércoles, abril 19, 2017

Capturas sin épica













“Épico” es un adjetivo que los jóvenes usan actualmente con perseverancia y vacuidad.  En sus tres primeras acepciones el lexicón de la RAE le da estos significados: “Perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica”; “Dicho de un poeta: Cultivador de la poesía épica” y “Propio y característico de la poesía épica, apto o conveniente para ella. Estilo, talento, personaje épico”. En la cuarta acepción, eso sí, plantea que se trata de un adjetivo ponderativo que significa “Grandioso o fuera de lo común. Un esfuerzo épico. Una comilona épica”. Hoy, ya lo insinué, tiende a ser usado coloquialmente para calificar algo “Grandioso o fuera de lo común”, aunque lo adjetivado de esa forma sea cualquier hecho bobo. El rollo es decir que ahora todo es “épico” casi con el sentido de que estuvo “chido”.
La épica, en cualquiera de los sentidos arriba mencionados, incluso en el tontolón del habla juvenil, no se dio en la reciente captura del ex gobernador de Veracruz. Las imágenes que todos pudimos ver no muestran un despliegue de fuerzas especiales ni escondites secretos donde se ocultaba la presa. El estilo antiguo de las capturas con producción televisiva ya está desacreditado, así que en estos tiempos será difícil ver, oh viejas glorias de la pantalla chica, operativos como el montado para echar el guante a la Quina o, mucho más cerca, para rescatar a Romano o prender infinitamente al Chapo. Esta vez se impuso la mesura: en un lujoso hotel de Guatemala, sin sobresaltos y pasando por el lobby como quien camina por la plaza, Duarte de Ochoa avanza esposado junto a dos jóvenes policías, sube a una camioneta, posa sonriente para los memes, y fin.
Parece pues que estamos ante un nuevo paradigma de captura: el de Yarrington sin imágenes y el de Duarte sin alharaca, como si el énfasis del ruido en los operativos fuera un elemento que de antemano quedara desestimado porque asimismo de antemano se sabe que despertará la suspicacia del respetable público. Quizá tienen razón quienes bajaron el voltaje del morbo: ya nadie se traga las acciones justiciaras de estilo Rambo y ahora, principalmente en el caso de Duarte, lo importante no es la captura en sí, sino el uso político que se le va a dar, como ya lo dejó ver, hace varias semanas y con pruebas irrefutables que no probaron nada, Yunes, el nuevo peligro para Veracruz.

sábado, abril 15, 2017

Feudos estatales












Agustín Basave añadió una “u” y con eso amonedó una palabra-alebrije que le viene muy bien al México actual: “feuderalismo”, que en síntesis se refiere a un país, el nuestro, dividido en feudos que en muy poco se diferencian de los medievales. En ellos manda un Señor (uso la mayúscula para que consuene con el estilo oscurantista) que extrae toda la riqueza posible sin más límite que el que demarque su ambición. Este régimen ha echado por los suelos al federalismo que supone el interés armónico de tres estratos de gobierno: el federal, el estatal y el municipal. Sin que se salven en su voracidad, el primero y el tercero parecen poca cosa junto a las trapacerías que hoy más que nunca cometen los gobernadores.
Insisto: sin que el gobierno federal y los municipales puedan ser eximidos de culpa, los estatales han venido demostrando que atraviesan por su época dorada. Tengo para mí que el fenómeno despuntó desde el zedillato, cuando la figura presidencial, omnipotente todavía hasta Salinas, comenzó a perder peso, a diluirse en sujetos ora grises, ora ignorantes, ora obsesivamente crueles, ora zafios. Mientras un presidente los mantuvo en cintura, los gobernadores podían hacer de las suyas con buen margen de maniobra y hasta enriquecerse para toda la vida y la de muchas de sus generaciones sin que se notara, nomás lo estrictamente necesario. Hay casos como el emblemático de Flores Tapia en los que el propasamiento devino jalón de orejas y hasta caída para frenar el exceso. Aunque suene indeseable, el teatro era controlado desde el centro, y los gobernadores sabían a qué atenerse.
Ahora parece que eso ya no existe, que pasamos de un desequilibrio a otro igualmente nocivo o quizá peor, pues la corrupción extrema, al pulverizarse, termina por habituarnos al escándalo diario de cada estado. Los gobernadores de esta hora no tienen llenadera y en apariencia no hay modo de fiscalizarlos. Más allá de simulacros excepcionales como el de Padrés, los gobernadores sangran las arcas públicas, se vinculan con la delincuencia, controlan a la prensa con plata o plomo, crean cuerpos parapoliciacos que siembran el terror, y al final, cuando terminan sus rapaces mandatos, tratan de cuidar la retirada con algún delfín o de plano se fugan como lo que son, prófugos de la justicia desde que ejercían en sus casas de gobierno.

miércoles, abril 12, 2017

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

sábado, abril 08, 2017

Piedra, papel o tableta














En 2015 no desaproveché la oportunidad para hacerme una foto con Roger Chartier (Lyon, Francia, 1945), famoso especialista en la historia del libro y la lectura. Lo vi en el recibidor del hotel donde pernocté durante la FIL Guadalajara de aquel año. Cordial, con una sonrisa quizá demasiado grande para su cara, Chartier accedió a posar. Antes y después de ese instante me lo había topado en fotos, artículos y entrevistas que bordean sus temas eje, temas en los que es tenido, harto justificadamente, como autoridad.
Una de esas entrevistas me cayó ayer. La publicó Clarín, diario Argentino de cuyo pasado no quiero acordarme. En la intro se hace una pregunta que me inquietó: “¿Es la apropiación de un texto la misma si este se lee como una entidad textual materializada en un objeto impreso o si está propuesto en una forma digital que multiplica los enlaces y permite la descontextualización de los fragmentos?” Aunque no específicamente a ella, responde el mismo Chartier: “La lectura frente a la pantalla es generalmente una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas temáticas el fragmento textual del cual quiere apoderarse sin que necesariamente sea percibida la totalidad textual de la que proviene ese fragmento”.
El cambio de la materialidad del libro de piedra o de papel —por citar los dos extremos de su historia— al libro digital no supone, creo, un shock en la noción de pertenencia o posesión, pues a final de cuentas una persona requiere objetivar el libro, su libro, de una u otra manera. Lo que sí se alteró de manera sustancial fue la recepción sobre todo por la mezcla de dos factores destacados por Chartier: en un mundo donde gravita la idea de almacenamiento total de la información y su consecuencia ideal, el acceso de todos a todo, los lectores tienden a obtener datos recortados, fragmentos.
Pongamos este ejemplo: no es necesario recorrer la biografía completa de Mozart si de antemano sabemos que siempre es posible encontrar cientos de relatos sobre él, así que googleamos el dato apetecido y lo recortamos para apropiarnos del resultado: un fragmento. No viene al caso, pero quizá sirva de algo decir que vivo, como muchos otros, entre dos aguas, entre el papel y la digitalidad, y ambas me asombran. ¿Qué pasará en el futuro? ¿Desaparecerá el papel? No sé, y creo que ni el amable monsieur Chartier podría anticiparlo.

miércoles, abril 05, 2017

Ochenta de mi jefe
























En “Llegar a viejo”, una de las muchas canciones que han envejecido bien del gran Joan Manuel, hay un verso que siempre me deslumbra por sencillo y verdadero: “Si no se llegase huérfano a ese trago”. El trago al que se refiere es, por supuesto, la vejez, etapa de la vida complicadísima para la mayoría. No estoy en ella aún, o al menos eso creo, pero ya le piso los talones y quizá por ello entiendo mejor el verso de Serrat: si a la vejez no se le sumara la orfandad, sería definitivamente más llevadera.
No he llegado entonces a la vejez, pero como ando cerca puedo saborear la alegría que significa contar todavía con mis dos padres. Durante muchos años, quizá cuarenta o más, ese hecho formidable me pareció normal, parte de la (de mi) vida cotidiana. Tener padres, esa cosa tan simple… Luego, ya en los años recientes, he entendido que no es así, y que uno es un cabezadura: tener a mis viejos ha sido y es, como tener a mis tres hijas, el mayor privilegio que podré gozar en mi paso por el tiempo.
Rogelio Muñoz Macías, mi padre, nació el 5 de abril de 1937 en San Felipe, Durango, y fue hijo de Zeferino, de oficio carpintero, y Antonia, ama de casa, ambos hidrocálidos. Muy pequeño sufrió la desventaja de quedar huérfano de padre, lo que sólo le permitió estudiar, con excelentes notas, la primaria. Enfrentado a la adversidad de colaborar con su familia, comenzó a trabajar desde la adolescencia, allá por el cuarenta y tantos, y hoy es día que sigue activo. Durante toda mi infancia vi cientos de veces a mi padre rumbo a su trabajo en la Pasteurizadora Nazas de Gómez Palacio. Su llegada diaria a casa es un tatuaje en mi memoria: cruzaba nuestro zagancito de la calle Madero con seis litros de leche envasada aún en botellas de vidrio. Cada tres días añadía una barra inmensa de queso, así que por falta de insumos lácteos no sufrió aquella familia de siete hijos.
Al jubilarse de tal trabajo, mi padre se reinventó, puso un negocio y allí sigue, fiel a su fervor laboral. Heredé de él, creo, ciertos hábitos: el pelo corto, la camisa fajada, el zapato lustrado, la música mexicana, el afecto por la cerveza y la conversación; y en lo físico, las entradas desde la juventud y los brazos peludos. Creo, sin embargo, que lo que más nos une es el amor por el beisbol. Es un hombre responsable, callado, cordial, de palabra. Felicidades a mi jefe por sus ochenta, y gracias públicas por todo.

Foto: mi papá y yo en la inauguración de un torneo de beis y futbol. San Felipe, Durango, circa 1970.

sábado, abril 01, 2017

Palabras y sustento














Uno de los problemas más agudos que tiene el escritor, como casi cualquier ser humano, es conseguir los recursos necesarios para vivir, acaso para sobrevivir. Si damos por sentado que escribir poesía, cuento, novela, ensayo y dramaturgia no son precisamente una garantía de éxito económico, quien se dedique a urdir párrafos debe pensar qué puede hacer para seguir comiendo sin renunciar a la literatura, para seguir en la grata compañía de las palabras escritas y leídas. Hablo de los ingresos sostenidos, recurrentes, incluso quincenales o semanales, no de los premios u otras venturas esporádicas. El asunto es peliagudo, y más en la periferia, allí donde la cultura no es bocado de consumo habitual entre la población.
Cuando comencé a escribir, en el “clima de época” (como le llama Eduardo Jozami) de mi primera formación, todavía estaba de moda escribir desde una posición, digámoslo con una palabra convertida hoy en burla, progre. El escritor no ambicionaba una vida material ostentosa y para él era preferible pasar algunos sacrificios antes que entregarse a la mundanal explotación. Aceptaba empleos fijos o “semifijos” en la burocracia cultural, en la docencia, en el periodismo, en el mundo editorial o en el azar, todo para pagar, con el dinero estrictamente necesario, el alimento y el alquiler de la buhardilla. Generalizo, por supuesto, pero creo recordar que ninguno de los escritores que traté en aquella época tenía como prioridad hacerse rico o siquiera vivir con cierta holgura. Sospecho que era hasta motivo de vergüenza aspirar a (o ser) pequeñoburgués, de ahí que en ese tiempo, el de los “escritores comprometidos”, conocí casos de sacrificio que rayaban en la ascesis.
Prosigo en la inevitable generalización, pero sé que, pese a esto, algo queda en claro para saber qué puede hacer un escritor para sobrevivir. No ha sido infrecuente que en talleres literarios me haya tocado trabajar con estudiantes de carreras nada literarias. Con alguna preocupación me han confesado que les gusta la literatura y que tal vez debían dedicarse a ella desde la mismísima universidad, pero que no habían tenido otra opción que estudiar ingeniería, derecho o cualquier otra carrera vinculada al mundo práctico. Invariablemente les respondo que no es necesario estudiar letras para dedicarse a ellas. Con leer mucho y bien es suficiente para tratar de escribir, aunque tampoco esto garantice que los resultados vayan a ser notables. Grandes escritores han existido que se ganan la vida en oficios nada literarios, pero es un hecho que ninguno ha podido prescindir de, al menos, una formación autodidacta, es decir, ninguno se ha olvidado de leer. Allí está la clave: leer, leer rigurosamente, con todos los sentidos puestos en lo que se lee, es fundamental para aprender a escribir, no tanto asistir a cursos o talleres u obtener títulos.
Es algo raro, sin embargo, que un escritor se gane la vida, digamos, con la medicina o la plomería. Por una especie de inevitabilidad —y si bien no se ganan la vida directamente con lo que escriben—, la mayoría de los escritores trabaja en las cercanías de lo literario: dan clases, hacen periodismo, editan, corrigen, traducen, conferencian, investigan, hacen guiones, dictaminan, promueven la cultura… Es raro pues que un escritor no se coloque cerca de su oficio, pero insisto que no hay reglas. La única regla es, en todo caso, cuando hay verdadera vocación, mantenerse vivo para seguir, no importa cómo, escribiendo.

miércoles, marzo 29, 2017

Plaga de júniors




















Como dos años trabajé de manera altruista en una cárcel y, obvio, fue una experiencia imborrable. De aquel pequeño esfuerzo obtuve in situ una conclusión que en México ya es lugar común: los pobres son la materia prima de nuestras cárceles. Quizá debo generalizar y decir lo mismo de Brasil, de Colombia, de Perú y de todo país rezagado, pero lo que vi lo vi en México y es aterrador. Aquellos sábados entraba al reclusorio para dirigir un taller literario y por los pasillos, en los patios, por todos los recovecos del lugar aparecían sujetos que a las claras se veían sumidos en la precariedad, eufemismo para no decir, simplemente, pobres.
Muchas veces intenté localizar algún preso que pusiera en crisis mi certeza de que allí, en el bote, sólo había jodidos. No lo logré. Seguramente los hay, algunos pocos, pero no me tocó verlos, escucharlos, saber que estaban tras las rejas, pese a su buena posición económica, por algún error de esos que cualquier ser humano puede cometer. Pero no, insisto: las cárceles sólo se alimentan de pobres, y en el envés de esta triste realidad está lo previsible: no es que los pudientes no delincan, sino que la posición económica es el factor clave para no morder barrote en el reino de la impunidad.
Por eso no me extraña que uno de los Porkys de Veracruz acusado de pederastia se haya salido con la suya. El júnior había sido detenido en junio pasado en Madrid, y luego de este lapso el juez consideró que no había quedado plenamente acreditado el delito de pederastia. La determinación tiene un aspecto churrigueresco: “… un roce o frotamiento no serán considerados como actos sexuales, de no presentarse el elemento intencional de satisfacer un deseo sexual a costas del pasivo”.
Pese a lo delicado que es examinar delitos sexuales de este tipo, es increíble que en la circunstancia en la que operaron los Porkys, y prófugos como estaban, no se considere que hubo un “elemento intencional”. El arabesco retórico se debe, creo, a la posición social de los acusados, bien ubicados como júniors de esos que hoy son plaga y se enorgullecen de su plata y de su estupidez y de su facilidad para librar cualquier lío con la justicia. De no haber sido pudientes, los acusados pasarían en automático a ser carne de presidio. Así es México. Punto.

sábado, marzo 25, 2017

El miedo cabalga de nuevo














En 1994 cubrí durante cuatro meses parte del proceso electoral en Chihuahua. Lo hice para El Diario de aquella entidad, y no recuerdo dónde conocí a Miroslava Breach, si en ruedas de prensa o en sesiones del IFE. No la traté, pero su peculiar nombre era fácil de memorizar y desde entonces la ubiqué como reportera respetada en el entorno de la capital chihuahuense. Luego, durante más el veinte años y un poco al azar de la lectura en internet, leí notas de esta periodista brutalmente asesinada el 23 de marzo pasado.
Este crimen me conmueve y me irrita por el antecedente que acabo de traer. No quiere decir que los otros valgan menos, sino que ese nombre estaba, como el de Eliseo Barrón, unido de alguna tenue forma a mi experiencia profesional: Miroslava trabajó para El Diario, donde yo publiqué en los noventa; y Eliseo, en Milenio Laguna, donde publico estas líneas. En ambos casos sus muertes se inscriben en el contexto ya largamente turbulento e ininterrumpido de la violencia que en grado superlativo padecemos desde 2006, es decir, desde el arranque del espuriato.
No estoy completamente seguro, sin embargo, sobre el origen de la descomposición que hoy se advierte al rojo vivo. Como ocurre en la escritura de la historia, en algún punto hay que hacer cortes artificiales para no comenzar todo desde el Big Bang; igual, para explicar el fenómeno de la violencia recargada en México debemos colocar un punto de arranque, una cota. Para mí es el 88. El régimen priísta ya se había agotado en ese momento y gracias a lo que ya sabemos y no es necesario recontar, fue mantenido a punta de garrote. Sorpresivamente, ese año no calcularon el efecto de la antipatía y fue necesario un golpe brusco de timón la misma noche del recuento de votos. Luego, en 1994, para prevenir otro escenario ochentayochero, sembraron antes el miedo, casi el terror, lo que derivó en el triunfo de Zedillo. Luego vino la farsa de la transición foxista y después, de nuevo, la siembra del miedo en 2006 que seis años después amerdizó en la vuelta pactada del PRI, es decir, en el retorno del apocalipsis.
Hoy, otra vez, en este mar de tsunamis recurrentes que es nuestra política, se va abriendo el expediente del miedo, ese viejo conocido electoral de los mexicanos.

miércoles, marzo 22, 2017

Policial a la mexicana




















Amorcito corazón (Nitro Press-Instituto Sonorense de Cultura, 2015, 127 pp.), novela de Carlos René Padilla (Agua Prieta, Sonora, 1977), pega un brinco al pasado y nos inmiscuye en una aventura situada en el DF de 1957, cuando la capital ya comenzaba a dejar de ser “la región más transparente del aire”. Con prosa agilísima, tan ágil que los diálogos se imbrican vertiginosamente con la ya de por sí vertiginosa narración, Padilla aprieta su historia en unas pocas horas, el tiempo contrarreloj que necesitan dos investigadores, los norteñotes Ezequiel Rocha y Pánfilo Díaz, para esclarecer un doble asesinato.
Dos fulanos, un hombre y una mujer, aparecen semicalcinados en un tambo. Rocha y Díaz llegan al lugar y a partir de allí comienzan una pesquisa que los (nos) llevará a recorrer varios submundos: el de las corporaciones policiales, el de los hacinamientos habitacionales deefeños, el de las estrellas de cine mexicano y el de la droga en el norte del país. Aunque parezca increíble, Padilla se las arregló para que en esta novela desarrollada en el DF quedaran varias marcas de su condición norteña: como los dos investigadores, uno de los muertos es nada menos que Pedro Infante, sinaloense cuya muerte fue aquí ficcionalizada.
A partir del enigma inicial y con la valiosa ayuda del Niño Palencia, fotógrafo de la nota roja, los sabuesos develan poco a poco el misterio que envuelve a los dos muertos. En determinado punto, no sin cierta violencia y picardía ejercidas en el trance de investigar, Rocha y Díaz logran convencer a su jefe, el señor Córdova, de proseguir una investigación que les está siendo arrebatada por un gringo cercano a nuestra alta burocracia. Gracias a Ismael Rodríguez, el cineasta, se enteran de lo que ha pasado con el ídolo de Guamúchil: María Félix y el mismo Rodríguez habían viajado a Sinaloa en el avión de Pedro Infante porque el actor deseaba mostrarles unos predios que acababa de comprar. Allí los tres se llevan una sorpresa que vinculará la historia con el narcotráfico que ya en el 57 era una realidad amenazante en la tierra del Chapo.
Dotado de habilidad para contar a todo tren, Padilla cuaja una historia envolvente, maliciosa, plena de humor negro; en suma, un acabado espécimen de literatura policial a la mexicana.

sábado, marzo 18, 2017

Primer cuento con olor a cancha















En la oscuridad del estadio y sobre el césped que ya presiente la humedad del rocío, un joven de 25 años camina hacia el centro de la cancha. Es la media noche y a lo lejos sólo se oye el leve rumor de la ciudad dormida y, acaso, algún ladrido suelto, distante. El joven lleva en la mano un arma y en el bolsillo de la camisa un par de cartas escritas la tarde anterior; dentro, en su corazón, bulle una pena, un dolor que no lo deja en paz. No soporta la idea de no jugar o, peor aún, de jugar en otro equipo, y antes de que eso ocurra terminará con todo. Al pisar el círculo central, mira o cree mirar por última vez hacia las tribunas casi borradas por la noche. Recuerda las ovaciones, los espesos gritos de aliento que se derramaban desde las gradas hasta su figura de atleta. Llora un poco, pero ya no quiere darse tiempo para pensar en lo que viene. Levanta el arma, mira apenas la solidez de su brillo y sin pensarlo más se pega un tiro.
El cuerpo es encontrado hasta el amanecer. El nombre del suicida es Abdón Porte, jugador del Club Nacional de Football, del Uruguay. La noticia corre de inmediato por los diarios y conmociona a los lectores. Porte, jugador del Nacional, fue un ídolo durante los cinco o seis años previos a la autoinmolación. Nació en el Departamento de Durazno, en el corazón del Uruguay, hacia 1893. Lo apodaban El Indio y fue un elemento recio, mediocampista defensivo con mucha personalidad y extraordinario cabeceo, lo que le aseguró el rol de líder, de capitán. Tras una inexplicable baja de juego, la directiva del equipo decidió reemplazarlo y con esto comenzó la tragedia. Era tanta la pasión de Porte por sus colores, era tan grande el sentimiento de pertenencia acumulado en más de doscientos partidos con esa camiseta que en pocos días tomó la decisión: suicidarse, lo que ocurrió el 5 de marzo de 1918.
La leyenda de Abdón Porte comenzó a andar, por supuesto, de inmediato, y hoy en la tribuna del Nacional —equipo más popular, junto a Peñarol, del Uruguay— el suicida es visto casi como santo y seña de la pasión sostenida por los llamados “tricolores”, quienes despliegan banderas con un mensaje contundente: “Por la sangre de Abdón”. Creo además que tras esa muerte no sólo comenzó la leyenda de Abdón Porte, sino la narrativa con tema futbolero en América Latina. A reserva de que algún perito investigador desentierre un relato previo, apenas unos días después del suicidio de Porte, en mayo de 1918, Horacio Quiroga publicó “Juan Polti, half-back” en la revista Atlántida de Buenos Aires.
Radicado en la capital argentina, el escritor uruguayo tenía ya una fijación profunda por las muertes trágicas, más si eran suicidios. Él mismo, como sabemos, ingirió cianuro en 1937, así que el motivo literario del suicidio era para él, digamos, una especie de sombra. Tras conocer lo vivido por Porte, Quiroga fue movido de inmediato a la escritura, y sin saberlo estaba fundando un tema o subtema literario que a mi juicio se retomaría sólo hasta 1959 con la publicación del cuento “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, en el libro Montevideanos. Luego, muchos años después, por los setenta-ochenta, la narrativa futbolística se fue armando en antologías y libros individuales que poco a poco constituyeron un tópico preciso en el mapa de la literatura ficcional. Galeano, Fontanarrosa, Sacheri, Villoro, Braceli, Sasturain, García Galiano, Rivera Letelier y muchos más han dedicado tiempo a la escritura de estos relatos cuyo antecedente remoto está, insisto, en el cuento precursor de Quiroga.
Una mención colateral: en su celebrado libro sobre futbol, Eduardo Galeano —a propósito, hincha del Nacional— publicó “Muerte en la cancha”, una estampita sobre Porte:

Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos, a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella.
Entonces lo sacaron del equipo titular. Esperó, pidió volver, volvió. Pero no había caso, la mala racha seguía, la gente lo silbaba: en la defensa, se le escapaban hasta las tortugas; en el ataque, no embocaba una.
Al fin del verano de 1918, en el estadio del club Nacional, Abdón Porte se mató. Se pegó un balazo a medianoche, en el centro de la cancha donde había sido querido. Estaban todas las luces apagadas. Nadie escuchó el disparo. Lo encontraron al amanecer. En una mano tenía el revólver y en la otra una carta.

Se trata, como vemos, de una especie de microbiografía con énfasis en el momento trágico. Y no más. El cuento de Quiroga es, en cambio, una punzante indagación en el alma de un hombre que cree haber tocado el cielo con las manos y luego cae en desgracia hasta sentir que su condición de estrella ha sido devaluada (“una criatura fulminada por la gloria”, dice el autor). El encumbramiento y la caída es tema común del arte narrativo, claro, pero lo raro es que por primera vez se aplicó a la gloria y la caída futbolísticas, y eso lo consumó, acaso a ciegas, Quiroga, como acaso a ciegas Edgar Allan Poe, su remoto maestro, había inventado el relato policial. “Juan Polti, half-back” es un cuento extraordinario, uno de los mejores de Quiroga, mejor incluso que muchos otros más famosos de su producción. Lo traigo aquí completo para facilitar su acceso, aunque daría casi lo mismo que lo leyeran en donde lo tomé: la revista Sudestada.

Juan Polti, half-back
Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:
—Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…
Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.
La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.
Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.
Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.
Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.
Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
“Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!”
Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional! 

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

miércoles, marzo 15, 2017

Si Jesucristo pitara















Contra la inclinación generalizada, creo que jamás he odiado a un árbitro de futbol. Algunos me han caído mal, como Edgardo Codesal o Joaquín Urrea, pero jamás he pensado en ellos para víctimas de mi vudú. La razón de esta especie de indiferencia es simple: creo que ellos practican un trabajo muy difícil, uno de los más complicados del mundo e imposible de ejercer sin sobresaltos. Como tiendo a ser racional antes que bárbaro —aunque a veces le gane lo segundo a lo primero—, pongo los elementos de esa chamba sobre la mesa y concluyo que un árbitro lleva siempre, injustamente, las de perder.
Para empezar, y aunque lo acompañen dos abanderados y un asistente, el árbitro actúa esencialmente solo, pues más allá del auxilio que sus asistentes puedan prestarle él tiene el silbato y sólo en su pellejo recaerá el error o el acierto de las decisiones. Junto a esto, y he aquí lo más peliagudo, debe ver y juzgar cada jugada casi de inmediato, sin tiempo para el análisis, el juicio y el fallo; en otras áreas de la vida en las que interviene algún tipo de arbitraje los encargados de impartir justicia disponen de algunas ventajas: un juez penal, por ejemplo, escucha a las partes en litigio, analiza las pruebas, puede solicitar más elementos, establecer prórrogas, esperar apelaciones y así hasta llegar al veredicto. Un árbitro, al contrario, comprime todo el proceso en un segundo, y a veces en menos, lo cual no es una exageración. Es decir, ve una jugada y de inmediato, casi como si fuera una acción espontánea similar al parpadeo, decide qué tipo de infracción fue cometida. Si a esto sumamos que no son pocos los actores de un partido y que todos o casi todos entran a la batalla con la deshonesta idea de disimular las faltas cometidas o fingir las no recibidas, la labor del silbante se torna terrible, siempre polémica en función de la falibilidad humana tanto suya como de los jugadores.
Creo por eso, y lo he dicho a varios amigos cuando tocamos este tema, que no debemos cargar tanto las tintas a los árbitros, quienes mucho hacen al ser jueces en una actividad propicia al desbordamiento de los ánimos, más que a la ecuanimidad. Cierto que se equivocan, cierto que algunos pueden ser parciales, cierto que en ocasiones se dejan impresionar por las tribunas, pero nadie que tome el silbato podría ser ajeno a las pifias o a la debilidad. Si Jesucristo pitara, también provocaría discordias, esto ni dudarlo.
Por todo, ir al estadio o ver un partido de futbol para apreciar el desempeño del árbitro me parece una depravación. A mí me gusta este deporte por lo que tiene de fortuito y de azaroso, incluso de injusto. Cuento entonces de antemano con las equivocaciones de los árbitros y los jugadores, pero también doy por hecho sus innumerables y a veces maravillosos aciertos. Todo es parte del juego, así que arremeter contra los “nazarenos” (como les decíamos antes) por sus fallas es pecar de ingenuidad, considerar que esos pobres seres de carne y hueso no son como nosotros, exactamente como nosotros: humanos, demasiado humanos.

domingo, marzo 12, 2017

El amasiato: la entrega del PAN
























Soy de los que creen, no sé si exageradamente, que en los hechos no ha habido transición política en México al menos desde 1928. Sumamos pues noventa años de lo mismo: un régimen autoritario, pleno de privilegios para unos cuantos grupos que, mutatis mutandis en el plano ideológico, se autoprotegen y preservan el estado de abismal desigualdad característico de México. El PRI, por supuesto, es el causante mayor de esta calamidad, pero no ha sido magra la colaboración de otras fuerzas políticas en teoría opositoras. En los últimos años, baste este ejemplo, el PRD de la línea chuchista-pactista se ha entregado con destacada solicitud al actual gobierno federal.
Pero no sólo la “izquierda” representada por el perredismo blandengue ha revuelto sus canicas con las del priísmo; el PAN, opositor histórico del tricolor, ha renunciado a los principios de sus fundadores y en los años recientes sus líneas de acción han entroncado, contranatura, con las de un PRI que entre sus principales valores se cuenta el hecho de no tenerlos, de responder sólo a intereses de camarilla. Así entonces, las esperanzas de renovación que trajeron las elecciones del 2000 se vieron frustradas por la ineptitud y la mendacidad de Vicente Fox, y luego, tras el amaño de 2006, por el despotismo de Felipe Calderón. El resultado es lo que hoy estamos viendo: un país desvaído, vapuleado por el saqueo, la corrupción y la impunidad.
En el libro El amasiato: el pacto secreto Peña-Calderón y otras traiciones panistas, Álvaro Delgado (Lagos de Moreno, Jalisco, 1966) recorre de lado a lado el sexenio de Felipe Calderón y lo que llevamos del presente hasta mediados de 2016, es decir, los diez vertiginosos años de la violencia sin coto y el desprestigio casi terminal de las instituciones en el que ahora estamos instalados. Es un lapso complejo, acaso el más borroso momento de nuestra historia reciente, pues se han desvanecido las fronteras que, así sea precariamente, habían distinguido la geografía política mexicana como espacio segmentado en tres grandes territorios: por un lado una siempre trastabillante y conflictuada izquierda, por otro una derecha plena de fe en la virginidad ideológica de sus adeptos y, en un punto siempre ambiguo, el PRI y su pragmatismo capaz de abrazar cualquier postulado con tal de lograr sus propósitos. Pues bien, eso se dislocó en los diez años que deambula El amasiato, época extraña en la que todo o casi todo se ha “revolcao en un merengue”, como dice el tango “Cambalache”.
Provisto de un arsenal de datos obtenido de entrevistas directas, documentos y acervos periodísticos, el libro de Delgado, reportero de Proceso y autor de títulos como El Yunque y El Ejército de Dios, explica minuciosamente en qué consistió el amasiato entre el mexiquense y el michoacano. La historia comienza, digamos, en 2006, cuando el entonces gobernador del Estado de México tuvo un acercamiento con el candidato del PAN a la presidencia para negociar la entrega de 200 mil votos que a la postre serían muy útiles en la jornada electoral del 2 de julio. A partir de entonces y ya en el desfiguro total, los dos partidos (léase los dos personajes, Peña y Calderón) comenzaron una relación entrañable que no pasó desapercibida para nadie, menos para los panistas que vieron la evolución de ese amorío político durante el segundo sexenio presidencial del PAN.
Calderón no sólo emprendió por sus pistolas “la guerra contra el narco” y militarizó el país, lo que devino genocidio hasta hoy impune, sino que quiso proceder a la más pura usanza del presidencialismo priísta: trató de adueñarse de su partido y lo logró parcialmente durante las presidencias de esos dos tipos de cuidado que fueron Germán Martínez y César Nava, ambas expertos en negocios particulares antes que en trabajo político. Pese al desconcierto de gran parte de la militancia blanquiazul (como la de Javier Corral y Juan José Rodríguez Prats), Calderón prosiguió con su acercamiento a la figura de Peña Nieto hasta llegar al siguiente proceso electoral, el de 2012, para definir al nuevo presidente de la República.
Álvaro Delgado describe pormenorizadamente, y desde la perspectiva de varios involucrados, el más asombroso viraje que un panista ha dado para favorecer a su supuesto némesis: el PRI. Me refiero al desguace de la campaña electoral de Josefina Vázquez Mota, que nació muerta tras el fallido acto del Estadio Azul, la revivieron un poco con los espots de “Peña no cumple” y la volvieron a desfondar con el retiro de esos anuncios que habían pegado estrepitosamente en la línea de flotación peñista, pues exhibían lo que hoy todos sabemos a la perfección: que en efecto Peña no cumple. La justificación que se dio para retirar esos espots no deja de ser, sin embargo, lógica si nos atenemos a los compromisos de EPN y FCH de 2006: según los sondeos del PAN, el candidato del PRD, López Obrador, estaba siendo el más favorecido por los espots panistas contra Peña, al grado de que se corría el riesgo de que ganara, y eso no lo iban a permitir quienes son enemigos del PRI pero en las malas no dejan de echarle una manita. En esto Calderón no estuvo solo, ya sabemos, y recibió ayuda, entre otros, de Vicente Fox, el rey de los bandazos.
Libro ágil, certero y sobrio, El amasiato sirve ahora, asombrosamente, no tanto para asomarnos al pasado inmediato, a los dos sexenios oscuros de Calderón y Peña, sino para vislumbrar el futuro que ya despunta. Por eso ha regresado el fusible mil veces quemable de Josefina, ahora en Edomex, y por eso ya hace fila Margarita ante la debacle del PRI. En pocas palabras, quieren hacer de las suyas otra vez, quieren que el amasiato jamás llegue a su fin.

El amasiato: el pacto secreto Peña-Calderón y otras traiciones panistas, Álvaro Delgado, Ediciones Proceso, México, 2016, 191 pp.