domingo, junio 16, 2013

Homenaje en San Pedro




















Hace casi un mes leí estas palabras en el homenaje a los escritores Concha Luna y Alfredo Hernández. Eso ocurrió en el auditorio de la Casa de la Cultura de San Pedro de las Colonias, edificio donde vivió Francisco I. Madero y en el que escribió La sucesión presidencial en 1910. El homenaje fue organizado por el ingeniero Isidro Pérez, responsable del departamento de difusión cultual de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro Unidad Laguna en coordinación con el Instituto Sampetrino de Cultura que encabeza el maestro Cornelio Cepeda.

Concha y Alfredo: la cultura como eje de vida

Jaime Muñoz Vargas

I
No puedo disimular distancia, frialdad o sequedad en un apunte sobre Cocha Luna y Alfredo Hernández. Pese a que los he tratado poco, desde hace más de veinte años les guardo un respeto y una admiración no exentos de cariño. Sé desde entonces que son lo que ustedes ya saben que son: dos excelentes escritores y dos incansables abejas de la promotoría cultural en La Laguna, particularmente en San Pedro de las Colonias. Eso, para mí, es suficiente base para apoyar el aprecio que les tengo.
Debo decir de paso que el lugar donde Concha y Alfredo más han sembrado es un espacio que estimo profunda y desinteresadamente. Por muchas razones, todas ellas inmateriales, quiero a San Pedro. La primera, porque aquí estudió mi abuelo, Eduardo Vargas Rodríguez (por él, mi segundo nombre es “Eduardo” y mi segundo apellido es “Vargas”), a principios del siglo XX; aquí vivió y escribió mi prócer favorito, Madero, también a principios del siglo XX; aquí nació el general Francisco L. Urquizo; de aquí fue, asimismo, el mejor pintor lagunero de la historia: Xavier Guerrero; aquí nació uno de mis mejores amigos: Raymundo Tuda Rivas; y de aquí son, claro, Concha y Alfredo. Todas esas razones me llevaron a fechar en San Pedro, aunque fuera en términos ficticios, una novela disfrazada de memoria, esto para enraizar en mí la idea de que pertenezco en algo, aunque sólo sea en el plano de la fabulación, al espacio sampetrino.
Así pues, no dudé ni tantitito en decir sí cuando Isidro Pérez, responsable del área cultural en la benemérita Antonio Narro Unidad Laguna, me convidó al homenaje para Concha y Alfredo. ¿Cómo no sumarme, pensé, al reconocimiento de dos personajes que armados de silencio, talento y humildad han mantenido viva la flama de la buena literatura en un municipio tan querido de mi ya de por sí querida comarca lagunera. Voy, pensé, porque será grato estar con Concha y Alfredo, porque será un honor decirles sus verdades frente a frente, como lo hago ahora mismo.

II
Comienzo con Conchita. Ella nació en San Pedro, ha sido maestra, promotora cultural y poeta. Las primeras publicaciones de sus trabajos vieron la luz en la capital del país. Más adelante aparecen sus poemas en revistas como Parva, órgano literario de la OPIC, edición que se difunde por varios países de Latinoamérica. Ha sido invitada a leer su obra en varios lugares de la república, entre los que destacan el ex Convento de Santo Domingo, en Oaxaca, y el canal 11 de Televisión del Politécnico Nacional, esto dentro de la serie “Poetas de México”. Recibió homenajes del gobierno del Estado de Coahuila y de la Universidad Autónoma de Coahuila, y la revista Casa de Coahuila la incluyó en sus páginas. En 1969, la Universidad Autónoma de Coahuila le publicó Poemas y el ayuntamiento de Torreón, en 1983, Poemas en el agua. Su presencia es constante en los diarios y revistas de Coahuila. Perteneció al patronato fundador de la primera biblioteca de San Pedro. En 1976 fue cofundadora, junto con Alfredo Hernández, del Centro Cívico Cultural “Francisco I. Madero”, que generó la Casa de la Cultura de San Pedro, donde fue directora honoraria hasta 1995. Tiene presencia constante en encuentros culturales y colaboró con el gobierno del estado durante varios años en la selección de becarios en artes. La asociación de sampetrinos radicados en el DF le otorgó la medalla al mérito, y la asociación de periodistas de San Pedro, el reconocimiento por el impulso que ha dado a la cultura popular. El Sindicato Nacional del SNTE, en Coahuila, le entregó un reconocimiento por su trayectoria. El ayuntamiento de su ciudad natal, por conducto del Instituto Sampetrino de Cultura, le entregó la presea “Mitote” con que distingue a los ciudadanos que hacen una aportación valiosa a la comunidad. El mismo ayuntamiento la declaró ciudadana distinguida en ceremonia popular en septiembre de 2011.
Esta ficha biográfica apenas insinúa parte de los múltiples haceres culturales de Concha Luna. Destaca en la enumeración, por supuesto, su flanco literario. Ahora que he releí parte de la poesía  de nuestra homenajeada arribo a una conclusión que, creo, tardé en redondear: Concha Luna no es la mejor poeta sampetrina actual, sino una de las dos o tres mejores de Coahuila, y cuando digo “la mejor” no necesariamente estoy pensando en términos genéricos, sólo en las mujeres. Me atrevo a señalar esto porque en sus poemas hay hondura, sobre todo ese toque de sutil asombro ante los enigmas de la vida que, dichos con música verbal, son una poesía que cala hasta los huesos.
El asombro, pues, camina por los versos de Cochita. Sus temas son variados, como debe ser en todo poeta abierto a la diversidad de la vida humana. Por eso conviven, por ejemplo, los poemas paisajísticos con lo filosóficos, los familiares con los que atesoran un tenue ímpetu social.
En “Tierra mía, periférico sol”, la autora dibuja nuestro entorno con fuerza telúrica y entrañable. No está aquí el verso chovinista, la exaltación gritona de la belleza ambiental que nos cupo en mala o buena suerte, sino la descripción azorada ante el vigor de nuestro espacio:

Ríos subterráneos
alimentaron esta vastedad
que se tiende a los aires
como espiga o flor
o fruto abierto. (…)
Aún en ella palpitan otras eras.
      
Aún corre el ígneo rumor
que ondula sus entrañas.
Tierra, llanura, valle,
ola en el mar de arenas. (…)

La muerte es el ayer,
el tiempo roto.
La vida aquí amanece, flor abierta
en el cristal del cielo,
los árboles asoman su ropaje
y en el bajo relieve de los campos
el universo a la semilla canta
como canta el azul en el paisaje. (…)

Deseo convertirme en tu sol,
calcinarme en tu arena.
Pueblo sereno y limpio
acomódame en tu mano.

En “La noche”, nuestra poeta deambula por su interior, explora su alma y en ella podemos vislumbrar la nuestra cuando la oscuridad nos arropa:

Aparece la noche
rigurosa,
ajena a los cumpleaños
eterna y lúcida.
Sus calles sobreviven
a mis calles.
Vienen entonces,
como una fiesta,
sueños
presentidas palabras,
sueltos gritos.
Mi voz de pobre
amarrada a mi historia.

O éste titulado “Niño de la calle”, donde el grito de denuncia se eleva frente a la llaga con unos versos que nos toman de la mirada y nos hacen ver de otra manera lo omnipresente y doloroso:

Sueños perdidos,
infancia subterránea,
 juegos adormecidos con dolor,
con hambre larga.

La cajita de dulces, gran tesoro.
Mientras dormita cotidiana
la indiferencia
en nuestros ojos.

A su tristeza se acostumbra el viento.


III
Paso ahora hacia Alfredo Hernández. No sé si he contado que a él lo conocí en 1984, hace casi treinta años. Fue en la calle 12 casi esquina con la avenida Juárez, en Torreón, lugar donde estaba ubicada la oficina del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Allí recibió Alfredo el primer lugar del premio Magdalena Mondragón en el género de cuento, y en la ceremonia estaba el jurado, Rafael Ramírez Heredia. Asistí porque aparte de los tres primeros lugares, el jurado otorgó dos menciones honoríficas, una de las cuales me tocó. Fue la primera vez que concursé en algo y no recuerdo un momento de mayor alegría literaria. Conservo el recorte de La Opinión con la nota sobre aquella ceremonia. Tiene foto de Alfredo Hernández y allí, perdido en algún párrafo, aparece mi nombre.
Pasaron muchos años, décadas incluso, y de Alfredo me llegaban vagas noticias. Su nombre, asociado siempre al de mi admirada Conchita, era y sigue siendo, para mí, sinónimo de cultura en San Pedro. Amigos comunes de Torreón lo mencionaban de vez en cuando, siempre con afecto y respeto, pues Alfredo ha sabido ganarse, sin aspavientos, la amistad de muchos que tal vez él ni siquiera imagina que lo admiran o admiramos.
Ahora que me invitaron a presentar una partecita de sus prosas me ha contentado mucho. Leerlo ha sido confirmar que es un narrador agudo, ágil, malicioso para el articulado de relatos en los que brillan el ingenio y la prosa poética. Confieso que me sorprendió, no exagero, su colmillo de microrrelatista. Ignoro si es conciente de su destreza como artífice de piezas que no le piden nada a las microficciones de los microficcionistas consumados. Junto a los apellidos totémicos de Torri, Arreola, Monterroso, Denevi, Shua, Valenzuela, Goloboff, Brasca, Epple y Lagmanovich el de Hernández no desluciría en lo absoluto. Y creo, lo cual es apenas una corazonada, que microrrelata a partir de la intuición, del olfato, no tanto de un acercamiento a las teorías, hoy de moda, sobre el texto súbito, el fragmento o como queramos llamar a las piezas narrativas brevísimas.
Hay en Alfredo Hernández una suerte de atrayente desenfado. Me gusta, por ejemplo, que en su “Pequeña biografía” no se tome nada en serio y cuente todo como si todo hubiera sido, acaso porque en esencia todo lo es, producto del, a veces, dadivoso azar. La ficha de vida, digamos, seria, describe que Alfredo Hernández, de profunda raíz sampetrina, publicó por primera vez en México, DF, en 1965. Estudió teatro en el Instituto Cultural Hispano Mexicano y en el Foro Isabelino de la UNAM. Colaboró en la revista femenina Mujer de Hoy y en el Diorama de la Cultura de Excélsior. En julio de 1970 y en mayo de1973 intervino como dramaturgo y director en los festivales de primavera del Instituto Nacional de Bellas Artes. En 1974 colaboró en el suplemento Meridiano del diario La Opinión. Participó un tiempo Noticias, y en ambos periódicos, fuera de los suplementos, publicó comentarios acerca de la actividad cultural lagunera, particularmente de Torreón. En 1974, dentro del primer Concurso Regional de Cuento auspiciado por la Casa de la Cultura de Torreón y el Comité Organizador de la Feria del algodón, obtuvo el primer lugar. En 1985 conquistó el primer lugar en el primer concurso de cuento “Magdalena Mondragón, organizado por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su texto apareció en la antología de “Escritores Coahuilenses”, de la propia Universidad, luego en la revista “Cultura Norte”, del Programa Cultural de las Fronteras, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha escrito y dirigido varias obras de teatro escritas por él. Una de ellas, para niños, viajó en las presentaciones del “Teatrailer”, del patronato del Teatro Isauro Martínez, y llegó a más de cien representaciones en varias ciudades del estado de Coahuila, incluida la capital del estado y el Festival Nacional de Teatro en Monterrey. Ha presentado sus obras en el teatro Mayrán, en el Martínez de Torreón, en el Auditorio Municipal y en la Casa de la Cultura de San Pedro. También en colonias, plazas públicas, el Bosque Venustiano Carranza y varios espacios de Torreón. Llevó sus trabajos al Teatro de la Ciudad, en la capital del estado. En México dirigió una obra en la “Sala Chopin”. Actualmente colabora en la revista Qué Onda, San Pedro, que dirige su hija Jimena Hernández Luna.
Esta descripción fría, curricular, puede ser contrapunteada por el relato que de sí mismo ha trazado en la “Pequeña biografía”, un relato salpimentado con pasajes que a la postre nos perfilan el contexto en el que nuestro homenajeado se movió:

Por mi barrio pasaba el tren, allá en Torreón, donde ocurrió casi toda mi infancia. A las doce del día venía el tren de Durango, por eso el barrio se llama “La Durangueña”. Por las noches eran dos o tres los que arrullaban mi sueño, de modo tal que aprendí a dormir con el traca traca y el cimbrar de rieles y durmientes. Les comento que aplasté redondas monedas de cobre de cinco centavos en las vías. Y muchas veces llegué a pensar que mis amigos y yo, al colocar esas monedas, de seguro habíamos provocado algún descarrilamiento. Pero la policía nunca fue por nosotros, así que a lo mejor los trenes se descarrilaban por otras causas. De cuando en cuando sigo escuchando un largo silbido a medianoche.

Observé hace algunos párrafos que me ha sorprendido la destreza con la que Hernández se mueve en los territorios de la minificción, sobre todo por la calidad de su prosa y por la eficacia en el bruñido de cada idea. “El pez”, por ejemplo, es un portento de relato onírico, y si no fuera porque me detiene la mesura, yo lo colocaría sin vacilar al lado de los mejores apuntes arreolanos, aquellos del Bestiario:

Amada: el pez viene a ser un ente prodigioso que se desliza en silencio por el agua y por los sueños. Su inventor es el mismo que diseñó la naranja, la espada, el huevo y la bicicleta.
Lo mismo que la naranja, es el más remoto símbolo de la caducidad de los imperios, la veleidad y belleza de los adolescentes y la eternidad de las querellas entre los amantes.
Su vestidura ha sido creada a partir de una aleación alquímica entre la plata, el diamante y las lágrimas. Su ojo redondo representa al anillo de Saturno y por eso entre algunos disidentes coptos suele llamársele sábado.
El pez original, el padre de todos los peces, viaja invisible por las constelaciones. Le conocen en los nueve planetas y en todos es objeto de la misma veneración. El paso de los diluvios ha ido modificando la forma de su cuerpo y se dice que hoy es ya sólo una minúscula esfera transparente.
Debo decirlo todo: En el año del pez también te amo.

Ignoro si Alfredo tiene organizadas sus brevedades en algún engargolado. Si no es así, no sé qué espera para hacerlo y luego para buscar pronto su edición. Más de uno se llevará la misma sorpresa que me llevé yo al contemplar microficciones como “El adivino” o textos que están más cerca de la prosa poética, pero igualmente notables, como “La cebolla”. De la tanda que me compartieron, mi brevedad favorita es “De fantasmas”, puñado de palabras que no puede envidiarle nada a Torri:

La vieja casona que parecía encontrarse a punto de caer tiene ahora manos hábiles encargándose de su restauración. Hay un movimiento inusual de trabajadores durante el día y buena parte de la noche. Se reponen vidrios de ventanas, se repintan muros, techos…
Dos inquilinos, quienes aparentemente realizan una inspección rutinaria en el edificio, de pronto detienen sus pasos.
Pálido el rostro, temblorosa la voz, el más joven se vuelve a su compañero y expresa, de manera casi inaudible: ¿Oíste? ¿Escuchaste ese ruido como de cadenas arrastrándose?
—Escuché, claro, pero más que ruido de cadenas debe ser alguien arrastrando varillas de metal para construcción o quizá de aluminio.
—Son cadenas, insisto ¿Y ese ruido de puertas que se cierran de golpe? ¿Notaste un aire helado que cala hasta los huesos?
—Si…Alguna puerta que alguien olvidó cerrar; recuerda que es invierno.
—Alguien gime…
—Es el viento.
—¿Y ese grito?
—No, no, es alguien que canta.
—¿Viste?
—Nada…
—Qué miedo —murmura—.Tengo los nervios casi destrozados. Esta interacción entre vivos y difuntos me molesta. Odio que se me aparezcan los vivos en estos caserones aparentemente abandonados.

Por todo lo anterior, y por todo lo que se queda en el tintero, Alfredo Hernández es, junto con Concha Luna, referente de la literatura lagunera. Y miren qué maravilla: Alfredo y Concha son pareja, y más maravilloso para mí es que sé que me tienen por amigo. En literatura nunca es tarde para reconocer el valor de una obra. Lo reconozco ahora.

Comarca Lagunera, 24, mayo y 2013

sábado, junio 15, 2013

Geometría del cuento


Urdí estas rápidas notas para usarlas como guía en una conferencia celebrada en la biblioteca municipal José García de Letona, en Torreón. La ofrecí el 30 de enero de 2013 y nunca tuve ni me di tiempo para aplicarles una mano de gato que viabilizara su publicación al menos en el único lugar que me permite hacerlo sin cortapisas: este blog. Hice hoy la revisión y aquí está el resultado. Advierto que apenas retoqué, así que estas palabras debemos imaginarlas complementadas —aderezadas— con explicaciones en estilo oral. En las conferencias no me gusta leer tal cual, pero tampoco dejar todo en manos de la espontaneidad. El texto que viene da una idea de los apuntes que suelo sancochar como “acordeón” de conferenciante. Ojalá sirvan de algo ya rebarnizadas y puestas en un formato cercano al artículo.

Geometría del cuento: apuntes en moto sobre un género movedizo

Jaime Muñoz Vargas

He pasado mi vida de cuentista creyendo y desconfiando de todo lo que sé sobre el cuento, género con el que comencé a escribir y género con el cual todavía no firmo mi divorcio. Me sé, pues, esencialmente cuentista, malo o regular, ya que no puedo decir bueno, pero cuentista al fin. He pasado por todos los demás moldes literarios y periodísticos, pero siempre, así deje de escribirlos, me consideraré creador de esas ficciones breves denominadas cuentos.
En el camino he escrito muchos, claro, y también he leído algo de teoría e incluso mi “decálogo” quiroguesco, pero lo que más me ha enseñado a valorarlo, a entenderlo, a gozarlo como género (porque el goce estético es a fin de cuentas lo más noble que tiene todo arte), es la lectura de muchos, de ya innumerables cuentos. Voy a espigar aquí, pues, algunas opiniones sobre lo que creo ha sido el cuento, sobre algunos de sus más importantes cultores y principalmente sobre las dos, digamos, brechas por las que suele caminar la mayoría de los cuentos, todo eso en diez apresurados trancos. Al final ofreceré mi lista para una antología tentativa, si alguna vez me la encargaran y no tuviera yo cómo eludir esa solicitud.

El protocuento
El cuento entendido como forma de relato breve es tan viejo como los cerros y la palabra articulada. Allí donde un grupo humano comenzó a colocar palabra tras palabra, a transformar la realidad en discurso, fue el cuento lo primero que afloró, lo primero que pudieron crear aquellos primeros y peludos hermanos nuestros. La primera explicación para todos los fenómenos, lo sabemos, fue mítica, y esto significa que si los homínidos primigenios querían entender el rayo, el sol, la lluvia y demás, apelaron al relato, crearon dioses adecuados, seres todopoderosos que de la nada eran capaces de provocar tormentas o iluminar el firmamento. Todavía hoy, claro, hay incontables vestigios de esa explicación mítica de todo lo visible y lo invisible, explicación enunciada en pequeños relatos, en protocuentos, por llamarlos de algún modo.

Los mil y un cuentos
Porque estos apuntes buscan una inteligencia rápida de la criatura llamada cuento y no permiten detenernos demasiado, demos un salto de miles de años. Siglos más, siglos menos, los griegos y los romanos afinaron muy bien su gusto por los relatos. Cuántas historias cortas y aleccionadoras hay en ambas literaturas, cuántos escritores no practicaron el arte de inventar personajes y destinos. Lo hacían, sin embargo, sin una conciencia clara de la independencia que podía tener el relato breve en relación con otras formas de escritura, con el drama. Ese gusto de las dos antigüedades clásicas llega hasta finales de la Edad Media y produce, por ejemplo, series como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, y por esas mismas fechas, el Decamerón, de Boccaccio. Poco antes, en el siglo IX y por rumbos no europeos, alguien compuso Las mil y una noches, obra que ocho siglos después tuvo extraordinaria recepción en la Europa del siglo XIX.

El ABC de Poe
Los manuales de cuento citan de cajón a Edgar Allan Poe como el creador del cuento moderno. A diferencia de otros, el norteamericano visibilizó una noción que hasta la fecha es importante en toda forma breve, como el cuento: “La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente”. En su famoso Método de composición, Poe describe las características que debe tener en cuenta quien encare un texto cuyo propósito sea lograr esa “unidad de impresión”. En todo ese ensayo examina los rasgos que no sólo hicieron posible “El Cuervo”, sino también el primer cuento moderno de la historia, “Los crímenes de la calle Morgue”, que a su vez fue el primer relato policial que creó un clima de suspenso, de incertidumbre, con pistas, detectives y todo lo que ya sabemos, eso que luego sería ingrediente fundamental para los textos policiales y para todos los relatos con estructura cuentística moderna. Por eso mismo se puede afirmar que el cuento es quizá el único género con lugar y fecha precisos de nacimiento: su cuna fue la Graham's Magazine, de Filadelfia, en su edición de abril de 1841.

Boom del cuento
Gracias a Poe y “Los crímenes de la calle Morgue” el cuento alcanzó su independencia genérica. Por fin se había convertido en un espécimen autónomo, con reglas precisas, capaz de seducir a muchos escritores que, atraídos por la novedosa forma, se vieron desafiados y compusieron relatos que aspiraban a la “unidad de impresión” que el bostoniano había propuesto tanto en la teoría y como en la práctica.

La sombra de la novela
El cuento legislado, el cuento en el que los escritores se imponen la tarea de trabajar una estructura cerrada, nació pues en el llamado “siglo de la novela”. Frente a muchas obras gigantescas, frente a genios descomunales como los de Víctor Hugo, Flaubert, Dickens, Dumas, Stevenson, Verne, Tolstoi, Destoyevski, Zolá y tantos otros, el cuento se abrió paso a codazos y logró convertirse en un género importante. Sin embargo, la sombra de la novela fue tan pesada que hasta la fecha predomina, colma el mundo editorial e impide que el cuento se haga de un público mayor.

Consolidación en América Latina
La suerte del cuento quedó marcada en el siglo de la novela, el XIX. Chejov, Conan Doyle y Maupassant fueron sus principales impulsores, y el eco de estos tres europeos, junto con el de Poe, llegó a Latinoamérica. Aquí lo acogió, sobre todo, el uruguayo Horacio Quiroga, con una producción numerosa y terrible, muy en la línea poesca. También lo asimiló Darío, siempre con su estilo lleno de suntuosidades, y Leopoldo Lugones, quien a mi juicio es el primer gran cuentista de nuestro continente espiritual; basta leer, para probarlo, Las fuerzas extrañas, libro de cuentos publicado en 1906.

Grandes presencias en AL
Ya bien aclimatado el cuento entre nosotros, a mediados del siglo XX aparecen los nombres que podemos identificar con mayor facilidad, puesto que siguen muy al alcance de la mano en cualquier biblioteca o librería. Cortázar, Borges, Bombal, Arlt, Arreola, Monterroso, Rulfo, Valadés, García Márquez, Onetti, Filisberto, Carpentier, Fuentes, Walsh, Benedetti, Anderson Imbert, Ribeyro y muchos más, lograron lo que quizá parezca inverosímil, pero que a mi juicio es verdad: que América Latina reuniera en unas cuantas décadas, dos o tres apenas, a los mejores cuentistas del mundo. Sin embargo, la novela, el género del Boom, continuó la rectoría de la narración mayor sobre la breve, al menos desde el punto de vista editorial.

Continuadores
El peso de escritores como Rulfo y García Márquez, incluso de Vargas Llosa, quien sólo ha escrito un libro de cuentos, dio como resultado que el cuento terminara por convertirse en una presencia habitual y con muy estimables continuadores todavía vivos. Me refiero a escritores como Piglia, José Agustín, Abelardo Castillo, Luisa Valenzuela, Guillermo Saccomanno, Soriano, Eduardo Antonio Parra, entre otros muchos. En todos ellos todavía puedo notar una línea de trabajo que arranca desde Poe y sigue, sin solución de continuidad, hasta casi finalizado el siglo XX. Es decir, creo notar que, unos más, otros menos, todos tienen presente que el cuento debe aspirar a lo que Poe quería, la famosa “unidad de impresión” que determina gran parte del oficio. En esto pensó también Borges cuando en el ensayo “El arte narrativo y la magia” observa que “Todo episodio, en un cuidadoso relato, es de proyección ulterior”, un proceso de escritura que denomina “mágico”, pues en él “profetizan los pormenores”. Esta noción se corresponde con la expresada por Piglia en su “Tesis sobre el cuento”: “un cuento siempre cuenta dos historias (…) El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. [es decir] Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”.

Adiós a los candados
El otro proceso destacado por Borges es el “natural”, “que es el resultado de incontrolables e infinitas operaciones”; a él se ciñeron muchos escritores abrazados, por decirlo de manera esquemática, a la estética de la posmodernidad, aquella que suele renunciar a los grandes discursos no sólo en política, sino en todo lo que tenga tufo de cartabón academicista, esteticista. Esos escritores producen cuentos en cierto modo bukowskianos, historias breves que parecen estampas de vida, instantáneas, recortes de la realidad cruda y descreída que les tocó en suerte. Pedro Juan Gutiérrez (El insaciable hombre araña), Guillermo Fadanelli (Más alemán que Hitler) y Roberto Bolaño (Putas asesinas) son tres ejemplos de esa cuentística ya despreocupada del corsé a lo Poe. Los cuentos de estos escritores no se ciñen entonces a una estructura predeterminada, no piensan en las peripecias con “proyección ulterior”, y más bien buscan que el humor negro, la frescura insolente de la prosa, la pavorosa gravitación de la rutina, el sinsentido de la existencia y todo eso sea lo que sostenga cada relato.

El mismo problema
El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.

Veinte cuentos que siempre releeré
Toda selección es discriminatoria. Ofrezco esta lista de veinte cuentos sólo para no terminar recomendando cincuenta o más. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cupiera exactamente la veintena.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

domingo, junio 09, 2013

El magnate














1. Naces. 2. Te heredan una fortuna. 3. Ganas un torneo. 4. Celebras peor que mi tío el borracho. 5. Eres TT nacional. 6. Sigues en Forbes.

lunes, mayo 06, 2013

Todo está en todo













Al consultar en internet los atributos de un medicamento
—tic de la edad—
veo que tiene contraindicaciones peligrosas
voy a las contraindicaciones
y no entiendo una palabra
voy a esa palabra y llego a otra
y así a otra
y a otra
y a otra.

Dos horas después termino leyendo un reportaje
sobre la muralla china
o Cháng Chéng
cuyo significado es "larga fortaleza".

domingo, mayo 05, 2013

Naturaleza muerta
















La naturaleza estaba bien sin nosotros
digamos que fluía
que andaba sobre el tiempo con todas sus especies
y nadie notaba su verdor azul amarillento y rojo.

La naturaleza era
simplemente era
y no se preocupaba de sí misma
nadie la acosaba
ninguna de las miles y miles de presencias
pululantes
ululantes o silenciosas
le tocaban un pelo.

La naturaleza caminaba pues
digamos
como señora por su casa
como reina suprema de todo cuanto había.

Pero nada es perfecto
ni la naturaleza
y para acabar pronto
pasaron los milenios
y un puto mono tomó la mala decisión
de bajar del árbol
de tomar un palo
de golpear
y comenzar el funeral
a gritos
como todavía podemos verlo
en cualquier calle.


viernes, mayo 03, 2013

Revelación científica















El ritmo conocido como tribal fue un proyecto secreto creado por la NASA para espantar alienígenas.

Luz de la Santa Cruz




















Un día de la Santa Cruz
—que es el día del albañil—
alcancé a ver una luz
sin saber que venían mil.

martes, abril 23, 2013

El País de La Laguna en PDF




















La Universidad Iberoamericana Laguna nos regala esta obra en el Día Internacional del Libro 2013. Se trata, a mi juicio, del más informado documento sobre La Laguna (o Comarca Lagunera o Región Lagunera) en términos de larga duración. Su autor, el doctor Sergio Antonio Corona Páez, es el cronista oficial de Torreón y autoridad mayor en estas materias. Tuve la suerte de ser el editor de El País de La Laguna y no puedo no afirmar que es un libro que me enorgullece. Lo digo no por su forma, que yo cuidé, sino por su extraordinario contenido, importante para los laguneros y para quienes se interesen en nosotros, en nuestro pasado regional.
El libro puede ser leído y descargado en este enlace: El País de La Laguna.

lunes, abril 22, 2013

En los poemas













En los poemas pasa a veces
que no pasa nada
que sólo son un montoncito de palabras
echadas al vacío de la hoja
nomás por no dejar.

Pasa a veces también
que en los poemas pase algo
un instante
donde la vida cabe espesa
un instante eterno
como dicen los poetas.

Tomemos en consideración
que no todo lo que sale de la cabeza
es humo
que a veces sí hay dolencia
o algo de muerte en el espejo
donde nos vemos
y entonces el poema
si es que hacemos el poema
sabe a otra cosa
quizá a revelación
a odio
a caída
a rodillazo en los huevos
a flecha en el pulmón
a golpe en el meñique de algún pie
a todo eso.

Acá en lo personal
me gusta que el poema traiga algo
que diga esos momentos
en los que parece
o es verdad
que todo se va yendo
hacia el carajo
y resistimos.

domingo, abril 21, 2013

Una década de Corazón de nuez




















Hace diez años, en abril de 2003, mi primera hija cumplió seis años y con ella hice un experimento literario: publicar un libro con sus relatos y sus dibujos. Esa experiencia la narré en el epílogo de aquella publicación, y hoy la recuerdo con renovada alegría. Como lo hice en 2003, hoy reitero que no me vi movido por un instinto de papá cuervo ni trabajé pensando ingenuamente que tenía frente a mí una niña prodigio. Todos los niños, afirmé, son capaces de construir historias divertidas y dibujos fascinantes, dado que su mundo es puramente lúdico y no se ve oprimido por los cinchos de la lógica, que luego, ya en la adolescencia del ser humano, suelen contener los ímpetus creativos.
Corazón de nuez y otros relatos tuvo un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la fecha creo que conservo un ejemplar de archivo.
Una anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de Torreón que organizaba entonces la UIA Laguna, donde yo trabajaba. En las juntas de planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik, Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro 2003. Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombroso fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros, cincuenta, sesenta personas.
En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy mi hija tiene 16 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.
A continuación, el epílogo que apareció en el libro:

Epílogo a Corazón de nuez

Jaime Muñoz Vargas

Si la memoria no me engaña, tengo ya quince años de maestro y hasta el momento mi mayor orgullo en este oficio se ha dado fuera del aula: yo enseñé a leer y a escribir a Renata Iberia, mi primera hija. Lo hice sin plan, sin método, sólo por compartir con ella un buen rato antes de que el sueño la venciera. Fue una cotidiana sorpresa ver su evolución; aún no cumplía los cuatro años cuando comenzamos con la rutina casi diaria de aprender las primeras letras frente a una pizarra grande, un pintarrón de medio uso. Escribí, y no borré, el alfabeto en la parte más alta. No comencé con las vocales. Lo primero que logré fue que reconociera todas las letras. Durante esas noches, en aproximadamente media hora diaria, la Ranita vio, en desorden, escritas por mí, todas las letras y aprendió a distinguirlas. Luego, también en desorden, conforme se me ocurrían, le escribí sílabas de dos letras, después de tres. Inmediatamente pasamos a formar palabras y, al final, pequeñas oraciones. Puedo asegurar que mi arbitrario método sirvió para que ella pudiera leer, a los cuatro años, frases como “La casa azul está bonita” o “El elefante es muy grande”. De allí a la lectura de breves párrafos ya no hubo tanto problema.
Pocos meses después, dado su gusto por los libros infantiles, por las películas, por las caricaturas y los noticiarios de la tele, su madre y yo la escuchamos narrar pequeñas historias y luego la invitamos a escribirlas; eran relatos que ella armó con imaginación de niña sin prejuicios, libremente, sólo apoyada a veces en las ideas que obtenía luego de preguntar sin fatiga, como cualquier otro niño, el porqué de todo lo que sus sentidos percibían.
Poco a poco ha ido avanzando, como se puede notar en este libro. De sus primeros relatos —que abarcan apenas un milagroso puñadito de renglones— a los más recientes hay un salto de experiencia; eso se debe a que también procuré hacerle evidente la estructura básica de las historias como las que ella goza en las películas y en los libros: toda fantasía empieza, se desarrolla y termina. Así, con esa mínima receta, Renata Iberia pudo iniciar un camino como creadora de ficciones, como narradora, y ella tendrá que decidir si continúa.
Ya con cierto material reunido, debo añadir, vino el trabajo de corrección en el que procuramos retocar sólo la forma de los relatos, nunca su fondo, para evitar toda pérdida de espontaneidad. Renata Iberia ha crecido entre libros, para ella son objetos habituales y ahora, gracias a esta vivencia literaria, conoce además las implicaciones del trabajo editorial, la emoción y la responsabilidad de publicar sus textos.
No hay, pese a lo que llevo dicho, nada extraordinario en el caso de Renata Iberia. Creo que todos los niños —unos más rápido que otros, pero todos— son capaces de armar sus propios cuentos. Lo que en este caso hicimos su madre y yo sólo fue dedicarle algunos minutos, ofrecerle la computadora y enmendar su ortografía. Lo demás ha sido dejarla en libertad, lograr que se manifieste su imaginación, permitir que sea la niña que ella, por fortuna, todavía es.

Comarca Lagunera
10, abril y 2003

jueves, abril 18, 2013

Un juego imborrable



















Hacía tiempo que no coincidíamos mis hermanos (hombres) con mi padre en el beisbol. Lo hicimos el miércoles 17, ayer. Fuimos los cinco, así que mi padre, lo noté, la pasó feliz, en un ambiente ideal, pues la noche mezclaba el beisbol y la cerveza en un clima no tan caluroso gracias al aire libre. Como nos visitaban los Diablos Rojos del México, una especie de América del beisbol, hubo una muy buena entrada, como de seis mil o siete mil aficionados.
Mientras charlábamos con bromas y risotadas de por medio, mis hermanos y mi padre vimos el desarrollo del partido con insatisfacción, pues los pingos de la capital, una poderosa máquina de hacer carreras, nos pusieron desde muy temprano contra la pared. En la mismísima parte alta de la primera entrada los visitantes nos hicieron tres, y a la mitad del choque ya nos tenían 7 a 2. Por más que Laguna lo intentaba, el picheo rojo mantuvo apagada a la batería de casa, lo que terminó por convertirse en un desfile de roscas color naranja durante varios episodios.
Casi al final, antes del último inning, muchos aficionados se retiraron, seguros de la derrota. Mis hermanos y mi padre nos quedamos. Salvo Luis Rogelio, que siempre sale con locuras, ni mi padre ni yo ni mis otros hermanos abrigábamos esperanzas: Laguna iba a perder, sin duda.
Pero ocurrió un milagro en el estadio de la Revolución. Necesitábamos seis carreras para ganar. Las tribunas semivacías, ya resignadas, esperaban los tres outs finales y tan tan. Eso no fue lo que pasó. Con batazos oportunos, errores y algo de suerte, Laguna anotó tres y el marcador se puso 7 a 5. Nos faltaban otras tres. Siguió el juego, nos hicieron dos outs, pero se llenó la casa y hubo un momento en el que la pizarra mostraba la cuenta llena: tres bolas, dos strikes y dos outs. Eso significaba que en el último lanzamiento se jugaba el milagro. Se necesitaba al menos un doble para empujar las tres carreras, pero también corredores rápidos en la primera y segunda bases. Se dio ese cambio, dos gacelas entraron a correr, por si se daba el batazo anhelado. Y lo increíble sucedió: salió el tablazo hacia el jardín derecho y entraron las tres carreras, lo que sumó seis en esa entrada y la voltereta en la pichada final. Los Diablos Rojos mordieron el polvo.
En la tribuna y en el campo, los de franela naranja celebramos como si de un campeonato se tratara. No era para menos, pues no todos los días se le anotaban seis carreras a los Diablos Rojos en la parte baja de la novena entrada, y no todos los días mi padre tenía juntos a sus hijos en algo que le importa desde siempre: el beisbol.
Sentí alegría, y quise escribirla, para que conste que también, aunque sea muy pocas veces, he visto milagros, en este caso un juego imborrable, junto a mi padre y mis hermanos.

Posdata. Las fotos que encabezan este post son de mi hermano Luis Rogelio. Nótese el brinco de los jugadores al diamante y la pizarra definitiva, histórica. Nótese también la alegría que muestro junto a mi padre y mi llegada oronda y barrigona al estadio de la Revolución.

lunes, abril 15, 2013

Desde fuera














Ese que soy
me levanto temprano
y sigue rutinas
desayuna lo que pueda y me baño
tomo café
y sale a trabajar.

Así todos los días
y en todos lados
mientras despacho pendientes
un estremecimiento lleva al lomo
juega con las palabras
me invaden las ideas como termitas
y se asombra de saber
que ese que soy
es únicamente yo
separado por las paredes de su piel
de todo cuando hay
y sólo estará una vez
aquí
por un ratito
y luego seré nada.

domingo, abril 14, 2013

Sabiduría del bolero














Los más grandes pensadores de la antigüedad sabían perfectamente que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras.

sábado, abril 13, 2013

Estepa del Nazas ya en la red



















El jueves 11 de abril de 2013 fue presentada la digitalización completa de la revista literaria Estepa del Nazas, trabajo que encabezó José Fabela Aldaco con el apoyo de la Dirección Municipal de Cultura de Torreón. Como se sabe, esta publicación es auspiciada desde 1994 por el Teatro Isauro Martínez, y la dirige el maestro Saúl Rosales Carrillo. Estepa del Nazas es la única revista literaria de La Laguna y allí han publicado muchos de los escritores de nuestra región y otros tantos de fuera. Cualquier apoyo a su divulgación es, pues, bienvenido y muy agradecible. Me tocó estar atento a la digitalización y escribí una presentación para la página de inicio. Lo comparto aquí y convido a que vayamos a los ejemplares mediante este enlace.

Presentación    
Estepa del Nazas, revista literaria del Teatro Isauro Martínez, de Torreón, Coahuila, México, fue publicada por primera vez en 1994 y desde entonces se mantiene vigente como la única publicación de su tipo en la comarca lagunera. Su mérito no es pobre, pues ha tenido que sortear etapas difíciles, algunos hiatos, momentos tan complicados que han puesto en peligro su salida en formato de papel.
Sin embargo, gracias sobre todo al empeño de Saúl Rosales Carrillo, su director, y al apoyo institucional del TIM, Estepa del Nazas ha seguido adelante hasta convertirse en el principal recipiente de la obra literaria generada por muchos escritores laguneros (y de escritores no laguneros y no principiantes que gustaron aparecer en sus páginas) cuya producción da una idea clara de lo que se ha trabajado aquí, durante poco más de tres lustros, en los géneros de poesía, cuento y ensayo.
Se trata pues de textos literarios que, por ello, tienen un carácter imperecedero, no completamente sujeto a una coyuntura informativa que los torne inviables como documentos propicios para la lectura. Por tal razón, la Dirección Municipal de Cultura de de la administración municipal 2009-2013 ha pensado en la pertinencia de acercarlos al lector en este soporte digital, para que testimonien una buena parte del estado de la literatura lagunera en un lapso determinado y para que estén al alcance permanente y libre de quien guste aproximarse a ellos en cualquier parte del mundo.
Que este espacio sea, por todo, una puerta más de acceso a la literatura lagunera, una de las literaturas más ricas y sólidas del norte mexicano.

viernes, abril 12, 2013

Kafkianada


Escribiré un libro sobre un hombre mentiroso que de repente se siente cucaracha y comienza a decir la verdad. Lo titularé “La netamorfosis”.

jueves, abril 11, 2013

En trance de polémica


















Leí y reseñé Entredichos, libro de Osvaldo Bayer, en septiembre de 2010, y me dejó una lección poderosa: el mejor terreno del debate, acaso el único verdaderamente útil para confrontar posiciones, es el de la escritura. Cierto que hoy decimos polémica o debate y casi en automático pensamos en la tele o en la radiodifusión, en encontronazos de candidatos durante periodos electorales o en mesas (o “paneles”) con politólogos y demás, pero es en la escritura donde las ideas se asientan mejor, donde el margen de improvisación es más pequeño y, por ello, pueden desarrollarse ideas con mayor orden y calado. Hoy, al revisar por motivos de trabajo otro comentario mío sobre Bayer, pasé por Entredichos y se me ocurrió esta breve reflexión sobre algunos entresijos de la polémica escrita.
Ante cualquier debate de este tipo, todos los caminos de la respuesta son potencialmente conflictivos dado que el ánimo está puesto en interpretar lo escrito o lo dicho con indeclinable y (con frecuencia torcida) suspicacia. Doy los tres tipos posibles de respuesta cuando estalla la primera trompada de un Cleto Reyes con lápiz. 

1. No respuesta, silencio: lo que interpreta quien propone el debate o quienes lo siguen (en caso de que sea público) es esto:
A) No respondió porque no tiene argumentos.
B) No respondió porque es un cobarde.
C) No respondió porque es un engreído y se cree superior de antemano.
D) No respondió porque está ocultando algo.
E) No respondió porque está calculando los tiempos y no quiere meterse en líos que pongan en predicamento su comodidad.
F) Una mezcla de todo lo anterior.

2. Respuesta breve: lo que interpreta quien propone el debate o quienes lo siguen (en caso de que sea público) es esto:
A) Responde en dos renglones y cínicamente se escurre por el lado de la brevedad.
B) No toma en serio la discusión.
C) Incurre en irresponsables generalizaciones.
D) Responde como si la respuesta fuera un favor y no una obligación.
E) Una mezcla de todo lo anterior.

3. Respuesta larga: lo que interpreta quien propone el debate o quienes lo siguen (en caso de que sea público) es esto:
A) Tira mucho rollo para adornarse/justificarse.
B) Lo que quiere es exhibir fanfarronamente un supuesto dominio del tema.
C) Cree que enredando con una respuesta larga consigue confundir al enemigo.
D) Se extiende porque es un ocioso y no tiene algo mejor que hacer.
E) Una mezcla de todo lo anterior.

¿Qué hacer ante estas posibles interpretaciones? ¿A quién le damos gusto? En mi caso, y con el riesgo de ser malinterpretado, en toda polémica elijo la tercera opción, la respuesta larga, pues además de ser (o creer ser) escritor, creo que una carta de saludo amistoso puede ser escrita con un "hola" y un "adiós", mientras que, al contrario, una carta aclaratoria o de debate debe tratar de avanzar muy detalladamente aunque padezca el riesgo de extenderse y hasta enredarse. Es preferible, por ello, ser luego criticado por exceso y no por falta, que quede mucha evidencia sobre la mesa y no silencio o parquedad, lo que se presta a interpretaciones que no zanjan absolutamente nada y sólo terminan atizando más la suspicacia.

Quince años después











Mañana saldré a la calle y me sentiré raro. La gente dirá: "Mira, ese güey es cementero, qué envidia".

lunes, abril 08, 2013

Picasso: un decaloguista del arte moderno




















Hace como diez años, en el aniversario treinta de la muerte de Picasso, publiqué este textito en Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana Torreón. Creo que no lo refritee en otro lado, así que ésta es la segunda vez que lo propalo. Aprovecho, claro, el aniversario cuarenta, hoy, de la muerte de quien considero el papá de los pollitos en el arte del siglo XX. Suena a lugar común, pero no lo es. Se trata simplemente de una opinión generalizada, de un parecer casi unánime en torno al genio malagueño y saleroso.

Picasso: un decaloguista del arte moderno

Jaime Muñoz Vargas

En la historia del siglo xx acaso no hay un artista más emblemático que Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso. Se puede afirmar (sin miedo a incurrir en hipérboles descabelladas) que el pintor malagueño sintetiza mejor que ningún otro los afanes y los logros del arte contemporáneo. Si el arco de su vida —abierto en 1881 y cerrado hace treinta años, en 1973— cubre la mayor parte de la pasada centuria, el arco de su obra representa cabalmente, y con genial esplendidez, la “estrategia lingüística globalizadora”, la nueva gramática global de la que nos habla Subirats.
Proponer a Picasso como el summum del arte moderno es demasiado simplista, ciertamente, pero es por medio de esas síntesis como establece sus primeras coordenadas el estudio de las corrientes estéticas. ¿Hay un autor más paradigmático que Góngora para compendiar el barroco literario español? ¿Hay un realizador más significativo que Buñuel para perfilar al cine surrealista? ¿Alguien puede competir contra Hugo si queremos resaltar a la figura más sobresaliente del romanticismo francés? La vida y la obra de Picasso son, para el caso, suma y espejo de modernidad, ruta indispensable para acceder al conocimiento de la actitud creativa asumida por los artistas del xx.
Si el autor del Guernica es eso, entonces podemos repensar su propuesta como clave. Para comprender a Picasso, y al mismo tiempo las nociones básicas del arte vigesimista, se puede observar la secuencia de sus obras; puesto que se trata de un pintor, hacer eso es lo más indicado. Pero hay otra puerta de acceso, siquiera una rendija, a Pablo Ruiz: la que se nos abre tras la lectura de sus declaraciones. En ellas está condensada la visión de Picasso y es posible convertirlas en un decálogo que abraza —a veces ceñidamente y a veces no tanto— a buena parte de los protagonistas del arte moderno. Tal es el propósito de este acercamiento, espigar las palabras del malagueño y convertirlas casi en tabla mosaica de quienes renovaron y dieron vida a la pintura del siglo recién ido.
En Picasso, poemas y declaraciones (México, Darro y Genil, 1944), nuestro artista vuelca una serie de opiniones que acusan un sentido conglobador, sintético. Habla de su experiencia personal, en efecto, pero dicha experiencia irradia su luz hacia múltiples destinos y parece que está hablando, con o sin permiso, por la tribu entera, por Gris, por Braque, por Mondrian, por Grosz, por tantos otros. He aquí, mirada a vuelatecla, una tentativa de decálogo picasseano:
1. No buscar, sino encontrar. Se opone aquí a la cristalización del arte por medio de pesquisas deliberadas o de investigación. Para Picasso, la búsqueda no es nada en sí misma, pues cualquiera puede tener esa voluntad. El éxito del arte, entonces, radica no en la exploración, sino en el hallazgo de las nuevas rutas de navegación. “Lo que cuenta es lo que se hace y no lo que se tenía la intención de hacer”, dice.
2. El artista miente, pero dice la verdad. Picasso entiende la palabra arte como fingimiento, como mentira o subjetivación de lo real. Éste es uno de los puntos caros a la retórica del artista contemporáneo, pues gravita, llevado a sus consecuencias últimas, en el resultado del arte moderno: la abstracción de la realidad, la demolición del modelo comúnmente llamado figurativo. “Me gustaría saber si alguien ha visto una obra de arte natural”, señala con ironía. Por supuesto que no, nadie la ha visto, dado que la naturaleza es naturaleza y el arte es arte. De allí parte, pues, la noción del producto artístico como mentira, una mentira que en sus pliegues esconde el rostro de la verdad.
3. El arte no evoluciona. Picasso contradice radicalmente la idea de evolución artística. “Para mí no hay en el arte ni pasado ni futuro. Si una obra de arte no puede vivir siempre en el presente no se la debe tomar en consideración”. Contrapone a la idea de evolución la de realización. Dependiendo de cada época, de cada caldo de cultivo, el arte producido queda peor o mejor realizado, y de allí su eternización, su perdurable presentismo. “Si se pudiera expresar gráficamente la historia del arte como en una tabla de las que usan las enfermeras para anotar los cambios de temperatura del enfermo, se vería el mismo perfil montañoso, prueba de que en el arte no hay progreso ascendente, sino alzas y bajas que pueden ocurrir en cualquier momento. Lo mismo sucede con la obra del artista individual”.
4. La pintura es, indefectiblemente, dibujo, composición y color. Moderna o antigua, la pintura es dibujo, composición y color. En el caso del cubismo, como en el de cualquier otra escuela, observa Picasso, se han usado esos elementos pero con diferentes temas, “pues hemos introducido (...) objetos y formas enteramente ignorados. Hemos abierto la mente a lo que nos rodea”.
5. El arte se construye con caprichos. La cristalización de una obra de arte no depende de la preconcepción sino del capricho. Terminar un cuadro, pues, es una sorpresa, una inesperada revelación. “Un cuadro no se proyecta ni se decide de antemano. Al hacerse, va cambiando a la par que nuestras ideas. Y cuando se termina sigue cambiando según el estado de ánimo del que lo mire”.
6. El arte abstracto no existe. La abstracción pura es imposible, dado que el punto de partida siempre será un referente que, trabajado por la mano del artista en un proceso de supresión-adición de elementos que borren la realidad, dejará de todos modos una huella de lo que fue al comienzo. “No existe el arte abstracto. Hay que comenzar siempre con algo y después se pueden quitar todas las huellas de realidad. Entonces ya no hay peligro, porque la idea del objeto habrá dejado una marca indeleble”.
7. La pintura está hecha de figuras. Para Picasso no hay arte “figurativo” ni arte “no figurativo”, pues toda la pintura se crea con figuras. Una persona, un árbol, es una figura tanto como lo pueden ser un círculo y un triángulo. Cuando una figura ha perdido su nexo con el referente lo único que hace es abreviar el camino hacia su impresión en la mente.
8. Todo objeto es materia del arte. No existen objetos de primera ni objetos de segunda. Todo, absolutamente todo entra o debe entrar en arte con el mismo valor: el cielo, la tierra, un pedazo de papel, una telaraña, lo grande y lo pequeño, todo puede ser motivo del arte.
9. No existe entrenamiento académico para la belleza. El arte no se rige por un canon, sino por lo que el instinto y el cerebro son capaces de trazar.
10. El arte no se comprende. El valor del arte no radica en la comprensión, sino en la emoción inexplicable que produce. “Todo el mundo quiere comprender el arte. ¿Por qué no tratan de comprender el canto de un pájaro? ¿Por qué amamos la noche, las flores y todo lo que nos rodea sin tratar de comprenderlo? Pero si se trata de un cuadro, todos tienen que comprender”.
He allí, sucintamente expuesto, un decálogo del arte moderno, con todo lo que tenga de incompleto y perfectible. Con respecto de dicho decálogo se podrán destacar, insistimos, coincidencias o disidencias de un cuadro a otro, de un pintor a otro, y como ejemplo de esa síntesis picasseana podemos tomar un cuadro de Juan Gris (Le taureangeau, por ejemplo) para verificar que le son aplicables todas o casi todas las ideas del pintor andaluz. En lo que sí podemos estar totalmente de acuerdo es en que el genio de Picasso comprendió la esencia del nuevo arte y por ello desató, como bien sabemos, la revolución pictórica más importante de los tiempos modernos.
A treinta años de su muerte (Mougins, Francia, 8 de abril de 1973) el pintor malagueño sigue tan vivo que cuando uno recorre sus obras emana la impresión (releamos el punto tres del hipotético decálogo) de que cada día pinta mejor.