miércoles, marzo 31, 2010

Herralde, capo editor



Sé que muchos perciben con cierta vaguedad el oficio que desempeña el editor de un libro. No saben qué hace, por qué es necesario. Lo más común es que lo confundan con el impresor, aunque es verdad que en algunos casos el editor también puede ser impresor. Lo más frecuente, sin embargo, es que un editor no sea impresor, sino un sujeto que trabaja con un original para convertirlo en libro. Los grados de colaboración entre el autor y el editor pueden variar muchísimo, pero se supone que el editor está allí para cuidar detalles como tipografía, caja, interlínea, papel, portada, solapas y obviamente con el contenido en sí del libro. Lo lee, lo revisa, sugiere cambios, extirpa dedazos o imprecisiones, cuida, en suma, el nacimiento del bebé. Y aprovechando la metáfora que me acaba de salir, el editor es una especie de ginecólogo bibliográfico, un médico especializado en cuidar partos de papel.
El editor es eso, y en las grandes ligas del mundo librero puede ser también un tipo dedicado a detectar autores, a vigilar la circulación de las obras, a provocar ruido publicitario, a configurar un catálogo que de alguna manera refleje sus inclinaciones intelectuales. Pues bien, un tipo que se dedica exactamente a eso es Jorge Herralde, capo del sello Anagrama. Editor famoso entre los famosos, Herralde es casi sinónimo de editor, un profesional que ha sabido combinar la necesidad de la ganancia con el buen gusto para construir un menú de títulos que es demandado por miles de lectores. Publicar en Anagrama es para muchos escritores, de hecho, lo mismo que para una modelo posar en Victoria’s Secret o para un futbolista jugar en el Barça.
Anagrama es Herralde y Herralde es Anagrama. Esa vinculación siamesa ha determinado que allí donde se encuentre un libro de Anagrama palpite el gusto y la decisión de su editor, y allí donde ande Herralde se tenga forzosamente que hablar del sello que él creó en 1969. El matrimonio acaba de cumplir cuarenta años y entre otros numerosos reconocimientos, Herralde fue agasajado en México con el libro El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina. Lo publicó el FCE en la Colección Tezontle y su cáscara es una deliberada calca de los Compactos Anagrama.
El optimismo de la voluntad apiña cerca de cincuenta textos de Herralde ceñidos a diferentes géneros como el artículo, la conferencia, la memoria, la entrevista y el brindis. La mayoría, por no decir todos, fueron preparados para revistas o para ser leídos en público, por eso su tono fresco, ameno, regido por la intención de no provocar bostezos en los auditorios. El libro está dividido en seis secciones: México, Argentina, Chile, luego Perú-Colombia-Ecuador-Venezuela y Cuba, Textos complementarios y Títulos de autores latinoamericanos en Anagrama (1970-2008). En las primeras tres partes desfilan comentarios sobre los escritores latinoamericanos más publicados y seguidos por Anagrama, todos del eje mexicano-argentino-chileno, como Pitol, Monsiváis, Villoro, Piglia, Pauls, Lemebel y su indiscutible favorito: Bolaño.
La sección Textos complementarios sirve para acercarnos al meollo del quehacer editorial, a sus “leyes” y caprichos. Nos enteramos de los métodos que ha aplicado Herralde para lograr que, pese a los malos signos de los primeros años, Anagrama sea hoy una empresa cultural tan rentable como prestigiada por su catálogo. El optimismo de la voluntad es un recorrido por la casa de un editor que, justo es reconocerlo, ha cumplido con su vocación sin obedecer las órdenes severas del canibalismo editorial y el mercado de la moda bibliográfica. No por nada, en su prólogo, Juan Villoro denomina a Herralde el “optimista en la catástrofe”.

domingo, marzo 28, 2010

Quince párrafos de afecto



El suceso le pegó a mi familia extensa un hachazo sin nombre. Viví la necesidad de sentir cerca algo, lo que fuera, para agarrarme de allí y no caer en ese jueves aciago e inolvidable. Recibí muchas llamadas cálidas y muchas cartas electrónicas. Les agradezco a todos los que telefonearon o escribieron. Creo que así, anónimas, las cartas pueden servir para que pensemos una vez más, juntos y solidarios, en lo que está pasando. Cada párrafo es una carta. Los comparto y los agradezco en memoria de mi querido sobrino:
Jaime, mi querido Jaime, lo siento mucho. Me siento mal, es una pesadilla esto. Un abrazo, me quedo mudo.
Jaime, mi más sentido pésame por la lamentable muerte de su sobrino; no se imagina, en verdad, cuánto lo siento.
Toda mi alma, justamente, contigo y con los tuyos. Y paz eterna para el muchacho. Perdón, nunca sé bien qué decir en estos casos sino que sabes que estoy, y es más que metáfora. Y paz para tu dolorosa república americana, de una vez y para siempre. Mi abrazote para que se funda contigo siempre.
Recibo con tristeza esta noticia. Sabes que desde acá te envío mis más sentidas condolencias para ti y para toda tu familia. Por el bien de todos, los que estamos fuera y los que están en el país, que esta locura termine pronto.
Siento muchísimo lo que nos comunicas. De verdad, profundamente. Me deja triste y sin esperanza. Por favor, dime si hay algo en que puedo ser de ayuda. Mi más calido abrazo.
Recibe mis condolencias. A pesar de lo previsible de hechos así, no dejo de sentir estupor, ira y dolor. Con noticias como ésta queda uno en el filo del temor y la impotencia. Te saludo con mi afecto y mi solidaridad.
Querido Jaime, me vengo enterando aquí en Saltillo. Lamento mucho lo ocurrido. ¿Qué puedo decir? Va un abrazo, carnal.
Mi Jaime: recibe un abrazo solidario. Me duele lo que te pasa, me duele lo que nos pasa.
Circulo por la calle cada día y cada noche con la firme convicción de que nada me pasará. A veces más noche de lo que quisiera andar. Pero no podemos dejar que nos quiten la libertad. Lamento, en el corazón, esto que te está pasando, el dolor de los tuyos. El dolor de tantos. Te aprecio y deseo que tengas fortaleza para ser pilar de tu hermano.
Toda mi solidaridad para contigo, tu hermano y cuñada, Jimmy. Te acompaño y me uno a tu duelo, que con el antecedente de los modos en que ocurrió esta tragedia nos provoca impotencia y coraje. Te abrazo fraternalmente.
Sin palabras, ayer así me quedé y aunque quise contestarte y expresarte mis condolencias la verdad es que no me salieron. Quiero que sepas que al igual que tú me siento mal por todo esto que está pasando y más que jóvenes inocentes tengan que sufrir de esta guerra. Lo siento mucho, tú sabes que se te estima.
Nuevamente mi más sentido pésame. Cualquier cosa que pueda hacer por usted y su familia, Jaime, no dude en decírmelo. Es imperdonable ver cómo los nuestros y nosotros mismos estamos a merced de la delincuencia, organizada o desorganizada. Duele en lo más profundo saber de las personas abatidas en este infierno en que se ha convertido nuestra ciudad y el país entero, y duele aun más, hasta los huesos, cuando se trata de jóvenes estudiantes familiares de los buenos amigos, como en el desafortunado e injusto caso de su sobrino. Jaime, espero que los papás, tanto del su sobrino como del otro muchacho, encuentren una pronta resignación. Mis condolencias y pésame también para ellos.
Jaime Muñoz, le conozco a través de su columna periodística y, honestamente, solo la leo cuando aborda temas literarios; a la literatura solo soy aficionado y trato de inculcar el gusto por esta bella creación a mis alumnos; también, le reitero que no soy maestro de literatura, soy biólogo, pero tengo la certeza que si nuestros estudiantes fueran lectores de literatura tendríamos la oportunidad de cambiar la educación de este país; en una de mis clases sobre filosofía de la ciencia abrí tema con su columna sobre Mario Bunge, y entiendo su sorpresa ante la mínima presencia de laguneros en la conferencia que impartió el señor Bunge en Torreón. En realidad, decidí enviarle este correo para saludar a través de usted a la mamá de su sobrino; tuve la oportunidad de tratar con ella en la universidad donde estudiaba él, fue mi alumno en varias ocasiones, él solo era un joven, como todos, su vida estaba por delante, y a todos nos dolió como fue segada su juventud y su futuro. Saludos amorosos para toda su familia.
Jaime: apenas me he enterado del dolor por el que atraviesan, permíteme hacerlo mío. Justo ayer externaba esta sensación de opresión en el pecho, esta desgana de andar por la calle, esta incertidumbre que abarca el presente y el futuro de los hijos. Tengo miedo de decir que tengo miedo, porque el miedo es la antítesis del amor... el lado oscuro de la existencia, el infierno, el laberinto del que no se sale. Te acompaño a distancia pero con la cercanía de la solidaridad. Tengo sobrinos a los que amo, tengo amigos a los que amo, tengo desconocidos a los que encuentro de vez en vez, a los que amo... porque en el fondo la única realidad es que amo la vida y de pronto me pregunto... ¿dónde quedó la vida?
Estimadísimo Jaime, no me había enterado de la muerte de tu sobrino. Voy sabiéndolo y me quedo boquiabierto. Te mando un abrazo solidario y mudo. Un abrazo.

sábado, marzo 27, 2010

Carta de Susana Estens



El miércoles recibí una carta de Susana Estens; se refiere a la columna que publiqué el domingo en este mismo espacio. Le he pedido autorización para publicarla porque en su contenido veo un detalle que pasé por alto en mi argumentación; parece una nimiedad, pero en los tiempos que vivimos se converte en un detalle de suma importancia, y más todavía en la etapa vacacional que se avecina. Además, Susana Estens hace otras consideraciones importantes y dignas de difusión:
“Jaime, comparto tu opinión respecto a los papelitos con publicidad que tiran en nuestras casas. Al igual que tú, ni los veo, esto más como un acto de protesta que por la falta de interés. Lo que yo hago es meterlos entre los periódicos que junto y una vez a la semana se lleva alguna de las personas que recolectan residuos por las casas.
Una maestra americana reunía estos papeles y los repartía a sus alumnos para que por la parte posterior escribieran las respuestas a una prueba rápida (quiz), que aplicaba todos los días al iniciar sus clases. De esto no hace menos de ocho años. Ya tenemos mucho tiempo que nos invaden con toda esa basura.
La otra cuestión que me preocupa es que esos papeles también son un anuncio para los maleantes sobre quién está en casa o si se encuentra deshabitada.
Y esto también viene aparejado con la actitud que en general se tiene en el tema de los residuos. No se asume que son nuestra responsabilidad. Pocas personas separan los residuos en reciclables y no reciclables. Y luego los argumentos: “Para qué clasifico mis residuos, si el camión los compacta”. Cierto: sin embargo, hay una planta segregadora que recupera los reciclables y esto se vuelve más difícil cuando todo va revuelto.
Como ciudadanos, debemos cumplir separando los residuos. Tendremos que involucrarnos, como ha sucedido en otras ciudades, para que se abran centros de acopio donde se reciban los residuos (ya no será basura), que se pueden reciclar. De hecho, así lo marca la ley (Ley General para la Prevención y Gestión Integral de Residuos).
En Torreón estamos en un impasse. Debemos aprovechar la oportunidad para detonar de nuevo un movimiento para un manejo integral y responsable de los residuos sólidos urbanos.
No quisiera abusar de tu tiempo, y por último te comento que a través del Instituto Ciudadano para el Buen Gobierno de Torreón estamos participando con un grupo de ciudadanas interesadas en conocer y actuar en el tema de residuos, ya que no se resignan a esta apatía general en un tema que, considero yo, es un indicador de nuestro nivel ciudadano.
Ojalá y a través de tu pluma, puedas crear mayor conciencia en este tema. Por mi parte, pongo a tu disposición el estudio que se hizo en Torreón el año pasado sobre este tema”.

Agradecimiento y pésame
Un pésame amoroso para mi hermano, su esposa y sus pequeñas; su hijo mayor, mi sobrino, como miles de jóvenes en este país enfermo, no merecía eso. Gracias a quienes se han comunicado para compartirme palabras de aliento y solidaridad.

jueves, marzo 25, 2010

Perdón por presentar



Sospecho que ya he escrito sobre esto, pero no recuerdo cuándo ni dónde. Me refiero a la chamba periférica, siempre orbital, de presentar libros. No a su rutina en los escenarios o a sus contenidos o formulaciones in situ, sino al hecho en sí de presentar libros. ¿Vale la pena hacer eso? ¿Qué utilidad tiene? ¿Cómo es percibido desde fuera? No soy yo el que va a responder definitivamente a esas tres preguntas; sólo intentaré aclarar la última debido a la coincidencia reciente de comentarios que me suponen, creo que con error e injusticia, avidez por participar en las presentaciones de libros, casi como si en ello me fuera la vida o casi como si en ello viera yo la forja de Mi Prestigio Con Mayúscula, si es que alguno tengo.
Ya el solo hecho de explicar algo que no le hace daño a nadie parece una necedad. Es presentar libros, una actividad que de entrada da la impresión de ser útil. ¿Necesitamos explicarla, justificarla como si fuera tracaleo de contrabando o trata de blancas o venta de plazas federales? En todo caso, la actividad es inocua, a nadie le hace daño. Pero no, por la coincidencia de comentarios noto que hay algunas personas a las que les molesta, incomoda, fastidia o apiada que yo presente libros. Me hacen ver que presento muchos libros y preguntan si no hay otro fulano que despache tal peripecia. Mi respuesta no es agresiva, sino cordialmente explicativa de algo que, insisto, parece útil o, en el peor de los casos, inocuo.
Y explico, digamos, que si presento diez libros en un año esta es la distribución aproximada desde la perspectiva de quien me invitó: dos son presentaciones pagadas; cuatro son presentaciones de mi trabajo formal (como coordinador de literatura en el Icocult Laguna) y cuatro son invitaciones de amigos. Así el reparto, pregunto: ¿a cuál de las diez le puedo decir no? Si alguien tiene una mejor respuesta que la mía, la aceptaré; si no, seguiré presentando libros. A ninguna puedo decirle que no por estas razones: las presentaciones pagadas son un ingreso extra que no puedo declinar (tengo tres hijas; si alguien quiere ayudarme a mantenerlas con la condición de que ya no haga presentaciones pagadas, acepto la oferta); las presentaciones que organizo, igual: son parte de mi ingreso y son inevitables; y, por último, las invitaciones de amigos son eso: de amigos, y al ser así batallo mucho para eludirlas (hay otras consideraciones laterales, pero por ahora las omito).
Sobre este último caso, recuerdo bien, escribí hace tiempo que no tengo alternativa: si presento libros de amigos que me lo piden como favor, se enojan los que creen que ando como loco buscando foros, haciéndole al machín, mendigando rebabas de “prestigio”; si no acepto, paso como creído, como alzado, como poco solidario, como petulante que ya se la creyó y no es capaz de ser cuate con los escritores que convidan a una presentación. ¿Qué camino tengo, pues? Los apiadados de mi pobre circunstancia comentan que rechace las invitaciones, por llamarlas así, altruistas, que ya no pierda más mi valioso tiempo en esas banalidades. Lo malo es que no sé a cuál amigo (¿a cuál banalidad?) decirle que no, si todos, en general, me invitan con la mejor actitud, deseosos de que los “honre” con mi participación, lo cual, debo aclararlo, me honra más a mí que a ellos, por su confianza y el gesto de camaradería que lleva implícito promover esa especie de padrinazgo bibliográfico, si se pudiera definir así a la presentación de un libro.
En resumen, a veces contra mi íntima voluntad y mi visible cansancio, seguiré presentando libros por lo que ya dije, porque no tengo más opción y también porque es uno de los flancos de mi trabajo como promotor de la lectura. Supongo que no hay nada malo en eso y no se requiere por tanto demasiada justificación. Pero ya ven: de vez en cuando hay que desfacer malentendidos, ofrecer disculpas por perpetrar el bien.

miércoles, marzo 24, 2010

Territorio Buñuel



No es una novedad incluir a los bancos en el rubro “crimen organizado”. Tal vez suene un tanto exagerado, pero letra por letra, sustantivo (crimen) más adjetivo (organizado), los bancos cumplen con el propósito de todo crimen de esa índole: el que se organiza para, al margen de la ley, obtener ganancias estratosféricas. Y cuando digo que los bancos están fuera de la ley estoy afirmando, como los anarquistas, que lo están aunque estén dentro de la ley, pues ellos así la han diseñado, a su antojo y conveniencia.
La pinchedumbre de los bancos llega al extremo de abatir otras pinchedumbres, como ha ocurrido recién al despacho de abogángsters capitaneado por Diego Fernández de Cevallos. Esta vez, el Jefe y sus negocios personales se han topado con una roca impenetrable: es Banamex, empresa que no pagará 250 mil millones de pesos por una inversión de más de veinte años a una tasa del 91%.
“La Suprema Corte de Justicia de la Nación amparó a Banamex y dejó sin efecto la sentencia que había dictado en contra del banco el Tribunal Superior de Justicia de Chihuahua, el cual había llegado a la conclusión de que la inversión realizada por el cliente del banco se había renovado mensualmente, desde aquella época, a la misma tasa de interés”, dice ayer El Universal.
La lana se le escapó al cliente del Jefe Diego debido a una nueva lectura de las leyendas impresas en el pagaré: “En el documento se estableció que se trataba de una inversión a 28 días, con una tasa de 91% de interés renovable cada que terminara el plazo fijado. En el pagaré el banco estampó dos leyendas: ‘Los intereses le serán renovados el día del vencimiento al mismo plazo’ y ‘De no contar con instrucciones al vencimiento se renovará (en las) mismas condiciones’. Al revisar dichas leyendas, el Tribunal Superior de Justicia de Chihuahua concluyó que la inversión se renovó desde que se firmó el pagaré, de manera automática cada 28 días, a la misma tasa pactada por el banco que era la de de 91%. Por eso al 1 de mayo de 2004, el monto de la inversión inicial (de 400 mil viejos pesos) ascendía a mil 462 millones de pesos, y al 2010, el monto se estima andaba en alrededor de 250 mil millones de pesos”. Creo en este caso, manque allí ande metida tan finísima y barbuda persona, que la conclusión del Tribunal Superior de Justicia de Chihuahua se ajusta con toda tranquilidad a lo dicho por la letra de los pagarés, pero las palabras fueron sometidas a la alquimia de una nueva interpretación y resultó lo que resulta cuando las palabras se interpretan con el deseo de interpretar lo que se les hinche a los prestidigitadores de la ley.
“Pero al revisar las mismas leyendas, la Corte, hizo una nueva interpretación que benefició al banco, al establecer que la frase ‘se renovará en las mismas condiciones’, no se refería a la tasa fijada de 91%, sino a las mismas condiciones de las tasas fijadas por el Banco de México, aunque en el pagaré no se hiciera referencia a este punto. (…) El máximo tribunal del país le ordenó al banco pagar la inversión realizada, pero ya no a la tasa de 91%, sino a la tasa fijada por el Banco de México en la época, cuando lo hacía, o la tasa comercial promedio que regía cuando el Banco de México ya no regulaba este punto”.
Y ahora me pregunto, como cualquiera que le debe al banco: ¿la SCJN protegería así a un cliente que por alguna razón equis le deba a una institución crediticia?; “se dice que hay una intención de proteger al banco, olvidando que detrás de cada banco hay miles de ahorradores”, señaló Ortiz Mayagoitia, presidente de la SCJN. Extraña ley esta que protege a los ahorradores apapachando a los bancos. Todo México es territorio Buñuel.

domingo, marzo 21, 2010

Basura casa por casa



Digamos que parece cómico, pero no lo es. Un joven repartidor de publicidad casa por casa lleva un bulto de papeles en una especie de zurrón fabricado a propósito para esa chamba. Es imposible calcular cuántos volantes carga, pero a ojo de buen cubero pueden ser unos mil. Como él, otros jóvenes portan su zurrón lleno de anuncios de papel; ellos toman otra ruta y comienzan el reparto. Aquí se da lo aparentemente cómico: en vez de dejar un volantito o un folleto o un cuadernillo en cada casa, arrojan dos o tres. Así, en lugar de caminar quince o veinte cuadras, no sé, despachan su trabajo en cuatro o cinco. Como cualquier ciudadano, sé por experiencia que los jóvenes repartidores eso hacen.
En mi casa (que es la suya, amigo lector, dicho esto a medio camino entre la fórmula de urbanidad y el gesto sincero) hay, siendo estrictos, dos lugares en los cuales dejar el anuncito de papel: la puerta principal (que de principal sólo tiene el hecho de que por allí entramos) y la cochera (que de cochera sólo tiene el nombre, pues no la usamos). ¿Y qué sucede? Que los jóvenes repartidores han llegado a dejar, sólo en mi casa, seis o siete anuncios distribuidos de la siguiente manera: uno en una ventana, dos en la puerta, otro en otra ventana y dos más en la cochera. Seis anuncios de un producto o servicio sólo para mí, quizá para que me quede bien claro que la oferta de pizzas es fenomenal, o que los “combos” de hamburguesas saben mejor en equis parte, o que los medicamentos más baratos están en tal negocio, o que es hora de bajar esas molestas llantitas.
Con los años, he llegado a resignarme como se resigna uno a todo en este país. Sé que no hay remedio: todos los perros días de mi vida deberé convivir con esos papelitos inservibles, con esa miseria publicitaria que sin desearla llega en parvadas a mi entorno, despiadada. Así, por eso, cada que llego a casa, cada que salgo, recojo los tres, los cuatro anuncios que me han arrojado y sin dedicarles la más insignificante atención los hago bola y los tiro en algún basurero de mi casa o en una bolsa que siempre cargo en mi coche precisamente para no tirar ni un mínimo papel a la calle.
El asunto, lo sé, linda con la neurosis. Mejor sería ignorar el problema, dejar que se pudra en el suelo la publicidad enchalecada por ciertos negocios con el sistema de reparto casa por casa. Pero no. Algo me dice que el problema parece menor y hasta graciosito, pero me caga que exista un método publicitario así de ruin e irresponsable. ¿Qué derecho tienen los restaurantes, las farmacias, los supermercados y todo tipo de negocios a arrojar papeles no solicitados en los domicilios particulares? Ninguno. Finalmente, hay ciudadanos que, sospecho, consideramos que eso es basura, lo que transforma en grosería aquello que supuestamente es el generoso ofrecimiento de un producto o servicio.
Alguien dirá que, con variantes, es lo mismo en toda publicidad. Discrepo. Si los periódicos, la televisión, el radio o internet emiten publicidad, uno puede elegir no comprar esos periódicos, no ver esos canales o no visitar esas webs. Está abierta, en tales casos, la posibilidad de elegir. Con los espectaculares de la calle y las fachadas de los negocios pasa que son anuncios colocados en propiedades privadas, aunque muchas veces afean la ciudad y producen “contaminación visual”, es cierto.
El sistema de anuncitos de papel repartidos casa por casa es una imposición al cliente potencial. Aquí no hay posibilidad de elegir: el anuncio es arrojado en cualquier punto de los domicilios y quienes allí habitan poco pueden hacer para impedir que eso suceda. Ni modo de estar todo el día, como guardias, esperando a que pase el repartidor para decirle que no deje el anuncio, que gracias. Aunado a esa falta de respeto a la comunidad, reitero que los jóvenes contratados para el reparto dejan más de un anuncio idéntico por casa, pues les pagan una miseria y, sin supervisores, convierten la chambita eventual en una más de las muchas travesuras que se pueden improvisar en la picaresca del subempleo.
Sabemos que la nuestra no es una comunidad ejemplarmente cuidadosa con el manejo de sus desperdicios. He escrito ya lo que todos hemos visto: no hay reunión o tumulto en La Laguna sin granizada de inmundicias en el suelo. Para muchos, terminar de comer algo en la calle y tirar el envoltorio o el desecho en cualquier parte, incluso desde la ventanilla del coche o del camión, es un acto natural, automático e irreflexivo. A mí me parece que es estúpido, irresponsable y digno de la más severa y solemne mentada de madre. Si a eso le sumamos la falta de verdor en nuestro paisaje, el polvo omnipresente, la urbanística sin abuela, obtenemos como resultado la fealdad de nuestro espacio, la comarca lagunera. Y hay más, por si no llenamos: las decenas, quizá los cientos de negocios que invaden los hogares y las calles con papelitos de escoria publicitaria impuesta sin defensa para el ciudadano.
¿Qué se me ocurre para evitar esto o al menos mitigarlo? No sé. Tal vez que usted, si está de acuerdo con mi comentario, le saque copia y lo lleve (¿y lo arroje?) a los lugares que nos han bombardeado con papelitos. Tal vez así muchos negocios lleguen a entender que su publicidad no nos interesa, que para nosotros es, sin más, basura casa por casa.

sábado, marzo 20, 2010

Durango de cuerpo entero



Una taxonomía elemental de la historia bien planteada nos ofrece muy esquemáticamente dos grandes territorios. Por un lado, la historia digamos académica, especializada, apta para dialogar con la comunidad científica dedicada al oficio de historiar; por el otro, la historia con carácter divulgativo, creada con el propósito de informar al heterogéneo lector sobre un espacio-tiempo determinado. La primera, como podemos imaginar, tiende a ser más densa, a recargar lo que conocemos como “aparato erudito”, ese conjunto de notas, apéndices, gráficas y bibliografías que son parte de la metodología exigida entre la comunidad que produce conocimiento científicamente válido. La segunda, apoyada en la anterior, alija el aparato erudito y pone al alcance del lector de a pie los datos generados por la historia académica.
Como se verá, no soy de los que creen en el divorcio entre esos dos espacios de la escritura histórica. Me parece que, lejos de vivir separados, se complementan y se ayudan. La historia doctoral descubre, revela, explora caminos nuevos y mantiene el estatus de ciencia social, no exacta, para la historia. Su equipaje de aparato erudito no es, como algunos creen, oramento, ropaje para fastidiar al lector, sino anclaje sin el cual la presentación de resultados luciría inútil para la comunidad de especialistas. Imaginemos, por ejemplo, a un historiador que quisiera leer directamente los documentos que otro ha citado en un trabajo. Sin la consignación de la fuente eso sería imposible, de ahí que los historiadores son, como todos los obreros de la investigación académica, especialistas en declarar de dónde diablos sacaron los ladrillos que les han servido para edificar sus textos.
Distinta en sus presupuestos metodológicos, la historia divulgativa se sirve de la anterior para llegar precisamente a lo que insinúa la etimología del verbo divulgar: llevar al vulgo, en el sentido no minusvalorativo de la palabra, acercar al pueblo de una manera amigable los conocimientos que con rigor han sido obtenidos en la investigación histórica. ¿Y en qué ayuda la segunda a la primera? Respondo a esta pregunta con una imagen. La divulgación es como una redada en términos náuticos: se lanza la red a todo el cardumen social y la pesca puede ser el joven que luego, por vocación o simple curiosidad, profundizará en los estudios históricos hasta sumarse a una comunidad de homólogos. Es tal el sentido de mi sospecha: la historia cejijunta de los académicos da algo a la historia más relajada de los divulgadores y recibe de ellos más interesados en profundizar.
Hay casos, por supuesto, de historiadores que deambulan por igual en ambos predios, como ocurre con el trabajo de Miguel Vallebueno Garcinava y Rubén Durazo Álvarez. Conocido por trabajos de subido octanaje historiográfico, en Arte e historia. Por los caminos de Durango Vallebueno Garcinava, junto a Durazo Álvarez, nos regala con un trabajo que participa equitativamente del conocimiento y del placer. Se trata, en efecto, de un documento en clave divulgativa, ameno e informado sobre una de las entidades norteñas más grandes, ricas y complicadas desde el punto de vista orográfico: Durango. Como es frecuente en este tipo de trabajos, Por los caminos de Durango tiene en mente a varios “lectores modelo”; pueden interesarse en estas páginas, desde luego, los meros curiosos, pero también los empresarios, los promotores turísticos, los antropólogos, los políticos, los propios historiadores y, sin duda, los artistas que apetezcan disfrutar de espléndidas “vistas”, como antes les llamaban sobre todo a las fotos panorámicas.
Editado, como suele decirse, con toda la mano, se trata de un libro con mucho peso no sólo desde el punto de vista metafórico, sino real. Es prácticamente un recorrido con lupa por los espacios de Durango, un periplo tan minucioso que no dejó rincón significativo de la geografía estatal sin ser escudriñado. Con imágenes y palabras justamente administradas, Por los caminos de Durango se ofrece entonces como una especie de Aleph borgesiano sobre nuestro estado, el libro en el que convergen todos los puntos de esta entidad, lamentablemente, poco conocida dentro y fuera del mismo estado. Creo que tal ha sido el propósito de Vallebueno y Durazo: condensar en un solo racimo de páginas todo lo que de bueno y hermoso nos ofrece Durango.
Aprovecho mis palabras para hacer una breve digresión. Ni antes ni ahora he tenido la suerte de recorrer físicamente la entidad del que soy oriundo. Nací en Gómez Palacio (prometo que ya no lo vuelvo a hacer) y a no ser por esa ciudad, Lerdo, Mapimí y la capital, Durango, poco sé de mi estado. Una vez, cuando adolescente, hice un viaje como explorador a la sierra, a unos parajes relativamente cercanos a El Salto. Aquello ocurrió, si poco, en 1978, hace más de treinta años. Pues bien, es hora que no olvido las imágenes portentosas de la sierra, esas piedras gigantes montadas con equilibrio de cirquero en piedras más pequeñas, los árboles infinitos, la sensación de que allí todo era nuevo, tal y como el creador lo echó al mundo. Pasaron los años y mis viajes a Durango y por Durango nunca se dieron. Ahora es tarde para iniciar la aventura de conocer en persona el mapa portentoso de mi estado. Por ello, un libro como el que esta noche nos convoca me enorgullece y me saca del apuro y la pena de no conocer a Durango. Sé que muchos pensarán lo mismo que yo, así que en nombre de ellos agradezco a los historiadores, a los fotógrafos y a los auspiciadores de este noble y aleccionador emprendimiento.
Dije hace nos párrafos que Por los caminos de Durango es un libro de peso completo. Así es, y no se anda con reticencias a la hora de mostrarnos, a permanente full color, al Durango que muchos sospechábamos sin conocerlo. Para una labor así de poderosa, obvio es que los autores han segmentado el espacio para su mayor comprensión, y se han ayudado de mapas fidelísimos para que el lector se ubique con claridad en el espacio. Seccionado en diez estancias, Por los caminos de Durango traza una ruta de lectura con inmejorable brújula: apela al criterio de región que a su vez toma en cuenta la cercanía de ciudades y pueblos, pero también su orografía, sus recursos hídricos, su clima y hasta su cultura.
Todo es, porque así es en realidad, majestuoso, inmenso, a veces hasta apabullante. En orden, los apartados son 1. La sierra y las quebradas; 2. La sierra tepehuana; 3. Alto Nazas; 4. La cuenca del río Florido; 5. El distrito minero de San Juan del Río; 6. La industria textil de Peñón Blanco; 7. Los valles centrales; 8. Las llanuras norteñas; 9. Cuencamé y el semidesierto y 10. El desarrollo de la región lagunera. En esa decena de regiones cabe la observación escrupulosa, el apunte histórico oportuno, el dato rico en sugerencias, de este libro que sin duda será de consulta obligada para todos.
He señalado que en sus páginas conjuga la palabra con la imagen de una manera armónica. Por esto, no sería justo olvidar a dos participantes claves en la configuración de Por los caminos de Durango: uno, los fotógrafos encabezados por Balam de Lot Gálvez Luque, quien ha capturado con su cámara, acaso como nadie hasta ahora, el cuerpo entero de Durango. Balam y varios fotógrafos más han sabido darnos lo que se requiere para apreciar la fisonomía de un gigante, y lo han hecho con criterio documental sin detrimento del estético; el otro buen culpable de las abundantes imágenes que aderezan este libro es, por supuesto, el patrocinador, la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción Delegación Durango, pues sin su aporte hubiera sido imposible publicar un libro que exigía una inversión fuerte de recursos. A esa misma Cámara, por cierto, me atrevería a sugerirle una edición idéntica en el contenido, pero en rústica, esto para muchos más lectores tengan en el futuro acceso a tan rico material.
En suma, a Miguel Vallebueno, Rubén Durazo, Balam de Lot Gálvez y los demás fotógrafos, además de la CMIC, mi felicitación más cálida y el deseo de que este tributo a la belleza de Durango se convierta en la mejor puerta para acceder a nuestra entidad.

viernes, marzo 19, 2010

Vargas Llosa corriendo



Lo he visto tres veces, las tres en 2005. Nunca hice la crónica de esos “encuentros”, la debo todavía, eso porque a veces guardo tales anécdotas para evitar suspicacias de fanfarronería. He entrecomillado “encuentros” porque, obviamente, no lo fueron en sentido estricto. Digamos que sólo una vez conversé con él, y eso durante cinco distraídos minutos, en San Luis Potosí. Innegablemente, es una vacotota sagrada, una especie de rock star sin greñas ni guitarra eléctrica. La muchedumbre lo sigue, lo aclama, lo abuchea. Es un tipo famosísimo, uno de los pocos sujetos que gozan de popularidad casi hollywoodense pese a dedicarse a las letras.
Pues bien, cuando lo escuché en la FIL 2005 se aventó, como siempre, varias apantalladoras exposiciones sobre literatura, solo o en mesas redondas. Estuvo perro. Eran tiempos preelectorales, la política mexicana andaba muy caldeada, y no faltó que a la hora de las preguntas saliera el tema de López Obrador, el populismo, la izquierda y el proceso electoral. Por supuesto, sin información fresca, dejándose llevar por la inercia de sus ideas, nomás le faltó decir, textual, que AMLO era “un peligro para México”. Por supuesto, su posición, y la de quien sea, es respetable, pero allí me pareció sumamente desinformado sobre lo que ocurría en nuestro país, pues con toda tranquilidad asoció la figura de López Obrador a la de Hugo Chávez, como si fueran exactamente lo mismo y como si no hubiera condiciones históricas distintas en Venezuela y México. O sea, la consigna en aquel momento era advertir sobre los peligros del neopopulismo, como si los gobiernos que dicen no serlo en realidad no fueran, poco o mucho, populistas.
Y bueno, ya sabemos lo demás, llegó el 2 de julio de 2006 y todo eso. Poco después, en diciembre de aquel año, con un populismo fuera de toda tranca, el flamante gobierno federal mexicano emprendió una cruzada desorganizada contra el crimen organizado. El resultado, ya lo sabemos también, es reprobatorio: más de 17 mil muertos entre culpables e inocentes y un clima de zozobra que seguramente dejará traumas emocionales en la población, sobre todo en los niños que, al no tener referente sólido de lo que es la paz, creerán que la vida es esta cosa mugrienta en la que salir a la calle es tan peligroso como ir a una piñata celebrada en la selva.
Pese a los resultados, el gran narrador peruano no ha tenido empacho en opinar sobre lo que nos ocurre. Ayer, en La Opinión on line, leí un parrafito sobre el que no hallé más datos contextuales: “El escritor peruano Mario Vargas Llosa aseguró que la iniciativa del presidente Felipe Calderón ha sido muy valiente de enfrentar al narco de manera tan resuelta, ‘porque jugando al avestruz, mirando al otro lado, no se resuelve el problema, si acaso se alarga el estallido y podría venir en condiciones mucho peores que las actuales’”.
Por supuesto se trata de una opinión apresurada por alguna pregunta de banqueta. El narrador anduvo en el DF; vino a inaugurar la muestra Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida, y allí hizo el comentario citado. No sobra pedir, a propósito, que para mejorar su dicho, para apuntalarlo en hechos reales, visite con calma Ciudad Juárez o Reynosa, por ejemplo, y como lo hizo con su hija Morgana, fotógrafa, escriba algo parecido a su libro Israel-Palestina. Paz o guerra santa (Aguilar, 2006). Estoy seguro que cambiaría su parecer sobre la guerra contra el narco que se libra en México sin resultados positivos a la vista.

miércoles, marzo 17, 2010

Los de abajo: el cimiento



He revisitado las páginas de Los de abajo, de Mariano Azuela, con reiterado goce. La primera vez que estuve en ellas fue hace cerca de treinta años, allá por 1983. Luego, creo, volví a deambularlas en los albores de los noventa y hoy, en 2010, he consumado mi tercera lectura de esta novelita que es considerada unánimemente la primera piedra de la literatura de la Revolución Mexicana. Y conste que, por lo pronto, le llamo literatura y no novela. Sé que sus mejores productos fueron novelísticos, pero sentiría injusto no incluir en su gran corpus al cuento e incluso a esa forma de la poesía que es el corrido, es decir, el romance anónimo que cantó las glorias y las desventuras de la muchedumbre revolucionaria.
En efecto, la literatura generada por el movimiento armado que estalló en 1910 es mucha, muy variada y de heterogénea calidad. Por eso hablo de literatura de la Revolución Mexicana, aunque es también cierto que sus picos los halló en la novela. Este ciclo organizado por Saúl Rosales en el TIM da cuenta, precisamente, de las narraciones que con largo aliento dibujaron el lienzo de gran formato que detalle tras detalle terminó por configurar un movimiento sin precedente en la historia de las letras mexicanas. Sobre esto no hay, creo, discusión. La novela de la Revolución Mexicana es un esfuerzo colectivo de raigambre totalmente nacional y sólo tiene, a mi juicio, un equivalente en las letras de América Latina: la poesía gauchesca. Esos dos movimientos, nacidos en ámbitos específicos e identificables por el contenido de sus productos, tienen asimismo sus correlatos continentales: el Modernismo y el Boom.
La novela de la Revolución Mexicana nació, como sabemos, casi en el instante mismo en el que se libraban las más cruentas batallas de la gesta armada que encabezó Madero en 1910. Todavía estaba fresca la sangre en las trincheras y ya un médico maderista escribía pasajes con ese tema como eje de sus narraciones. Él fue quien, sin sospecharlo en aquel momento, colocó el primer eslabón a una cadena de obras que con el tiempo iban a convertirse en un tópico de las letras nacionales. Tengo para mí que a partir de Los de abajo la literatura mexicana comenzó a arar en un surco que extiende sus frutos hasta el presente. Más todavía: creo que el tema de la Revolución Mexicana es el más entrañable asunto de la literatura nacional, pues la mayor parte de sus relatos, muchos de ellos logradísimos, lo han abordado directa o indirectamente: Los de abajo, La sombra del caudillo, Ulises criollo, Cartucho, Apuntes de un lugareño, Tropa vieja, ¡Vámonos con Pancho Villa!, El resplandor, Al filo del agua, Pedro Páramo, La muerte de Artemio Cruz, Gringo viejo y Madero, el otro son apenas algunos de los libros que casi llenan un siglo de literatura y todavía dan la impresión de que no han abordado ni una mínima parte de lo que fue el movimiento revolucionario y sus personajes más salientes.
De todos esos libros, a Los de abajo le cabe el mérito de haber sido, en estricto respeto a la cronología, el primero que plasmó en ágiles estampas las acciones vinculadas al tema de la refolufia. Mariano Azuela lo escribió en 1915, año en el que de octubre a diciembre lo publicó por primera vez, al más puro estilo folletinesco, en el diario El Paso del Norte. Un año después, ese mismo periódico del El Paso, Texas, publicó la novela en forma de libro, y allí empezó el desfile de obras con olor a sangre, pólvora, heroísmo y traición.
Sobre estos libros disertarán varios laguneros convocados por Saúl Rosales; será los martes a las 8 pm en el TIM; hablarán Manuel Terán Lira, historiador; Luis Hernández Aranda, periodista; Carlos Castañón, historiador; Asunción del Río, académica; Alberto Madero, académico universitario; Magdalena Madero, escritora; Javier de la Garza, ex presidente municipal de Torreón y Yolanda Natera, escritora. Ayer me tocó a mí; es un ciclo imperdible. No se lo pierdan.

lunes, marzo 15, 2010

Ciclo sobre la Revolución Mexicana



Biblioteca Municipal José García de Letona
Costado Oriente de la Alameda Zaragoza
Torreón, Coahuila
Ciclo de mesas redondas
La Revolución Mexicana en libros

En el marco de celebraciones por el inicio de la Revolución, en la Biblioteca Municipal se llevarán a cabo cuatro mesas redondas en las que se comentarán libros cuyo contenido es literatura o historia de la Revolución Mexicana.

Programa

29 de abril
“Libros de historia de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Silvia Castro Zavala
Gildardo Contreras Palacios
Javier Garza de la Garza
Salvador Hernández Vélez

27 de mayo
“Libros de novela de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Jaime Muñoz
Yolanda Natera
Luis Hernández Aranda
José Luis Herrera

24 de junio
“Libros de cuentos de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Daniel Maldonado
Gerardo Monroy
Carlos Velázquez
Yohan Uribe

29 de julio
“Libros de memorias de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Asunción del Río
Carlos Castañón
Edgar Salinas
Manuel Terán Lira

Biblioteca Municipal José García de Letona
Sala principal
20.00 hs.
Torreón, Coahuila

Entrada libre

domingo, marzo 14, 2010

Urdimbre de memoria y ficción



No es infrecuente, más bien es común, que el lector tenga por el autor una especie de curiosidad biográfica. ¿En qué medida el autor ha vivido lo que narra? ¿Qué tanto es ficción y qué tanto es realidad? ¿Puede un autor desprenderse de su experiencia y construir ficciones completamente ajenas a su vida? Sobre esta inquietud tenemos muy al alcance de los ojos un puñado de esclarecedoras páginas escritas por Alfonso Reyes; se trata de “La biografía oculta” y “Detrás de los libros”, breves ensayos avecindados en La experiencia literaria (1942). El regiomontano desmenuza allí, con sucinta eficacia, los errores y hasta los disparates en los que podemos incurrir si nos dedicamos a la cacería indiscriminada de rasgos autobiográficos en las obras de ficción. No voy a traer aquí todo lo que dice Reyes al respecto; baste la afirmación de entrada al tema para darnos una idea de su posición: “El tomar al pie de la letra cierta declaración en primera persona puede conducir a los peores extremos. El ‘yo’ es muchas veces un mero recurso retórico. Los recuerdos de la propia vida, al transfundirse en la creación poética, se transfiguran en forma que es difícil seguir la huella. En ocasiones, los testimonios más directos se esconden detrás de un párrafo que sólo contiene, en apariencia, ideas y conceptos abstractos. En ocasiones, lo que se ofrece como una evocación de hechos reales puede ser un mero efecto de inventiva literaria”.
No confundamos ligeramente, pues. Aunque pueda haber puentes tendidos, una es la realidad del escritor y otra la del narrador (enmascarado en la primera, la segunda o la tercera personas) que nos cuenta la historia. Por “experiencia literaria” propia sé lo que significa escribir ficciones que son leídas como retacería autobiográfica. Ese peligro crece, por supuesto, cuando uno narra en primera persona y ubica lo relatado en el tiempo presente; en ese caso, la mayoría de los lectores hace en automático la asociación: el texto cuenta, tal cual, lo vivido por el autor, sin duda, casi como si fuera una crónica de sus andanzas, un plagio de sus vivencias, casi como si todo escritor tuviera manía exhibicionista o impudicia confesional.
Con variaciones de grado, claro, supongo que los creadores de ficciones no vigilamos qué tanto es real y qué tanto es falso en una narración de cosecha propia. Simplemente, nos dejamos ir, nos vencemos ante la imaginación y la reminiscencia de lo sí vivido. Sólo al final sabemos si tal o cual pasaje de un cuento o una novela corresponden a algo que nos pasó o a algo que sólo imaginamos y que quizá, hay que decirlo de paso, es evocación nacida en el útero del subconciente. Además, el grado de fantasía y realidad varía de relato a relato. Vuelvo a mi caso: tengo cuentos en los que, por así decirlo, para que se entienda mejor, un 10% de lo relatado es fantasía y el resto es casi crónica de hechos reales; también, he escrito historias con el porcentaje contrario: 90% es fabulación y lo sobrante, realidad. El problema para distinguir esto se agrava cuando el escritor trabaja en el amplísimo cuadrante del realismo; si alguien narra que voló en una alfombra mágica, es muy difícil que otro le pregunte si fue cierto; pero si alguien cuenta que voló en AirFrance y en el avión saludó a un político mexicano famoso por su corrupta trayectoria, no faltarán curiosos que pregunten si eso realmente ocurrió.
Como ya dije, creo que los inventores de ficciones generalmente no nos cuidamos de medir las dosis de mentira y verdad que puede contener un relato. Reitero, sin embargo, que al menos en mi caso es así. Al narrar voy siguiendo un guión mental, y a veces escrito, de la historia, y en el camino invento rasgos de los personajes y peripecias que sirvan como palanca motriz de la historia. En ese trance me da lo mismo si viví o no lo contado, pues al final lo que se necesita es que sea verosímil, no que me haya pasado o sea producto de mi capacidad para mentir. Esta elástica posibilidad de narrar con ingredientes creados en puridad o recordados por vividos, es una de las pocas formas de poder que tiene un narrador. Gracias a eso, su imaginación se tiende sobre la cuartilla y su memoria de lo real da cuenta de los bueno o lo malo que le haya acontecido. Sólo yo sé, por ello, cuántos agradecimientos para muchas personas se han imbricado con mis ficciones y cuántos gratos desquites he trabajado para poner en su sitio (al menos ante el solitario tribunal de mi conciencia) a los malnacidos que he tenido la desgracia de tratar.
Lo que menos le importa a un narrador es ser tenido como documentalista, salvo, por supuesto, en la llamada novela de “no ficción” escrita a la manera de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh; A sangre fría, de Truman Capote o Los periodistas y Asesinato, de Vicente Leñero. Con ser verosímil, creíble, persuasivo, el narrador se da por satisfecho, pues a la hora del juicio final, el del lector, lo fundamental es haber creado un microcosmos bello y autónomo, tenga o no, en su mecanismo, engranes tomados de la realidad o de la infinita bodega de la imaginación que es, acaso, la forma democrática de la omnipotencia, nuestra pequeña cancha para jugar a ser dioses.

Pasta de mexicano



La columna de Renata Chapa publicada hoy en El Diario de Chihuahua:

Imaginario colectivo

Pasta de mexicano
Renata Chapa

No escribir sobre noticias desalentadoras es una tarea difícil en México. El vistazo a nuestra realidad deja un agrio sabor de boca que muchos columnistas traducimos en renglones no menos ácidos. A algunos les podrá parecer que nuestra intención es prolongar el dolor y que en tiempos como los que ahora corren, los de múltiples y constantes luchas, deberíamos optar por lo contrario: motivar a la acción ciudadana con optimismo; tener fe en que el cambio positivo sí se va a dar; augurar que tiempos mejores están por venir y creer con vehemencia que “sí se puede”. Parece innecesario preguntar a quién no le gustaría, incluyendo a los mismos periodistas, que estas consignas tuvieran un alto grado de factibilidad. A quién no.
Sin embargo, la realidad es eso, lo real, y se presenta tal y como es. Con los representantes de los intereses del pueblo mexicano firmando pactos anómalos a hurtadillas; con políticos que buscan beneficios para sí mismos en función de lo que su pertenencia a un cierto partido les pueda arrimar; con diputados y diputadas que se gritan entre sí “putos”, “borrachos”, “asesinos”, “corruptos”, “depravados”, “mentirosos”, “ilegítimos” por decir lo menos en plena sesión de Congreso; con los presidentes de los dos partidos más influyentes en México trastornados por la ira, solicitando pruebas del polígrafo para determinar quién es más o menos mentiroso en sus declaraciones; con legisladores que reciben sueldos de insulto para chatear, platicar, grillar, comer, dormir y “conciliar” desde sus curules mientras México se desangra en sus narices.
Con la reconfirmación de historias de pederastia perpetuadas por el fundador de la orden religiosa “Legionarios de Cristo”; con una iglesia católica silenciosa de más ante la contundencia de los hechos; con los testimonios de los hijos y esposa de Maciel que narran una cadena de abusos donde la impunidad se torna ley; con la solicitud de indemnización por parte de los hijos de Maciel por la cantidad no menos estrujante y alarmante de 26 millones de dólares; con una orden religiosa que, según narra el columnista Jorge Fernández Menéndez, además de estar a cargo de una importante red escolar privada en México, “posee bienes por unos 28 mil millones de dólares a nivel mundial y fue la principal operadora financiera del Vaticano desde el escándalo del Banco Ambrosiano” (www.exonline.com.mx, 09/03/2010).
Con bombo y platillo anunciando la ubicación del mexicano Carlos Slim Helú como el hombre más rico del mundo según la revista Forbes; con una empresa de telefonía que, sumada a otros boyantes negocios de giros diversos, le reditúa a Slim 53 mil quinientos millones de dólares en un país con el 54% de sus habitantes viviendo con menos de 4 dólares diarios, el 22% con menos de 2.5 dólares y el 24% con menos de 2; con la entrega de la “Orden de Oro del Mérito Libanés” en Beirut al “Titán de las Comunicaciones”, como le llaman a Slim.
Con cuestionamientos permanentes sobre el porqué de la violencia en un país que está “reprobado en el cumplimiento de los derechos básicos de los infantes de cero a cinco años de edad porque no les garantiza vivir, crecer saludables y que vayan a la escuela”; con un México “calificado con 5.6 en un ranking del uno a diez en garantizar los tres derechos fundamentales” ya mencionados, según el Índice de los Derechos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) (http://www.exonline.com.mx/, 13/03/2010); con niños y niñas víctimas del siniestro de la guardería ABC y que su pérdida aún mantiene a sus padres en vilo; con niños y niñas convertidos en carne de cañón en esquinas; con niños y niñas entregados al mejor postor en redes de prostitución y tráfico infantiles en México.
Con todo esto, y muchísimo más, la realidad se presenta tal y como es en México. Y dentro de ella es claro que también existe espacio para los contrastes. Para esos datos que rompen el habitual y lógico pesimismo, y que si bien no cambian el negro por el rosa pastel, sí son preludio a un estado de ánimo menos vapuleado.
Con todo y Elba Esther Gordillo; con todo y los cánceres de un anacrónico sindicato de maestros; con todo y las carencias en la infraestructura de los espacios educativos públicos; con todo y las incompetencias académicas de ciertos docentes que contaminan, generación tras generación, a millones de estudiantes en las áreas urbanas y rurales del país; con todo y corruptelas y mafias en las cúpulas del poder que controlan la educación en México; con todo y nuestro par de libros leídos por mexicano al año; con todo y nuestro elementalísimo nivel en materia de investigación; con todo y esto y lo que sigue deteriorando la calidad de la educación en nuestro país, tres jóvenes mexicanos estudiantes de la Facultad de Ciencias de la UNAM y del IPN, tras enfrentarse a más de 110 equipos de alumnos de universidades de primera a nivel mundial (Harvard, Cambridge, MIT, la Universidad de Tokio, entre otras) conquistaron el primer lugar en la categoría de “Investigación Básica en Biología Sintética” de la competencia International Genetically Engineered Machines (iGEM).
“Gilberto Gómez Correa, estudiante de Física de décimo semestre; Luis de Jesús Martínez Lomelí y Jesús Pérez Juárez, de octavo en las carreras de Matemáticas y Biología, respectivamente, formaron parte de la delegación que asistió recientemente a la competencia para representar al equipo UNAM-IPN (…) (que) fue fundado por el especialista del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas (IIMAS) de la UNAM, Pablo Padilla Longoria; cuenta con el apoyo de investigadores del Centro de Ciencias Genómicas de Cuernavaca y del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad, del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional de Irapuato, Guanajuato, y como asesor, Francisco Razo Hernández (http://www.jornada.unam.mx/, 12/03/2010)”.
Al momento de ser entrevistados, uno de los ganadores compartió una frase que bien valdría la pena analizar dos veces: “nuestro proyecto busca corroborar ideas matemáticas o físicas en el mundo real; por ello creamos un ejemplo propio”. Los alumnos, según lo dicho, no sólo tenían bien calibrada la teoría, sino que no cesaron hasta ver resultados en su propia práctica y aportar por medio de la construcción de conocimiento. Los tres muchachos, guiados por sus profesores, innovaron de manera magistral. Su logro corrobora la importancia de la actitud que se asuma de frente a las adversidades.
Porque es un hecho que antes del dominio de los fundamentos físicos y matemáticos estuvo la disposición de los alumnos para el estudio profesional a pesar de cualquier cantidad de obstáculos. Luego, con teoría en mano, su actitud siguió abriéndoles la brecha para no cesar al insistir en el contraste de contenidos duros en escenarios reales. Y finalmente, gracias a su entrega y a la de sus profesores y demás compañeros, optaron por competir, por tercera ocasión, en una contienda en la que muchos podrían haberlos visto perdidos de antemano.
Hoy, esos tres chavos nos demuestran el tipo de pasta que podría marcar la diferencia en tantos mexicanos. Son un aliciente en medio de realidades que parecieran perdidas. Nos dan la buena noticia de que, en efecto, es con vehemencia, y no con medias tintas, como el “sí se puede” puede ser un grito de lucha nacional y no una de tantas frases motivacionales con olor a demagogia barata.
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centrosimago@yahoo.com.mx

sábado, marzo 13, 2010

Tres talentos



No lo tengo, en nada, pero cuando lo veo trato de reconocerlo porque sé que eso mi dignifica. Me refiero al talento, a esa capacidad que tienen algunos individuos para hacer algo, lo que sea, muy bien. Generalmente lo asociamos a actividades “positivas”: tener talento para hablar, para bailar, para correr, para construir, para curar, para cocinar, para investigar, para criticar, para pintar, para actuar, pero la definición del DRAE (“capacidad para el desempeño o ejercicio de una ocupación”) no parece restringir el talento sólo a lo bueno; así pues, se puede ser talentoso para insultar, para herir, para mentir, o, en una palabra, para joder. Aunque insisto: generalmente asociamos el talento a lo sancionado como “bueno” por la sociedad.
Por desgracia, no todos los talentos reciben la misma recompensa. Basta saber cuánto ganan un buen actor, un buen deportista o un buen cantante para advertir que la distancia entre sus talentos y los de otros (cocineros, médicos, plomeros, contadores, pintores) es a veces disparatada. La fama asociada a esos talentos es, creo, un factor determinante del pago y el reconocimiento. No han sido pocos, por ello, los inútiles reclamos para equilibrar un poco la situación. No será posible, por supuesto, pero nunca está de sobra recordar que todo talento merece, al menos, respeto y, si se puede, estímulos para desarrollarse hasta alcanzar el tope de su potencial.
Pasa con los científicos. Podrán ser geniecillos, lumbreras, unos verdaderos clavados en lo suyo, pero de todos modos son vistos apenas de reojo, si bien les va. La poca atención que se les presta suele agudizarse en países como el nuestro: dependientes de la ciencia y la tecnología que otros han desarrollado. De hecho, se sabe que llevamos casi dos sexenios a la baja, en caída libre, en materia de apoyo a la ciencia, lo que nos garantiza un futuro atado al consumo de lo que otros inventan o perfeccionan.
La competencia de nuestros científicos es indiscutible, como lo es la modestia de los apoyos que reciben. De hecho, no hay una cultura científica que empiece desde los primeros estudios, de suerte que los jóvenes lleguen a la universidad, al menos, con una idea clara de lo que es la ciencia y que todos aquellos que deseen abrazarla puedan hacerlo. No es el caso de México, y quien lo dude que explore en nuestros universitarios: sus inquietudes científicas se reducen a cero no porque la odien, sino porque nadie desde el kínder a la universidad les hizo ver la importancia de la investigación científica. Los casos que salen a la luz pública de científicos mexicanos notables son aislados, movidos por voluntad individual o buenas carambolas familiares.
Como los artistas y deportistas de alta capacidad mal o nulamente explotada, así hay posibles científicos, jóvenes que destacan en sus estudios y nadie les señala nunca que pueden ser investigadores. No fue el caso, al parecer, de Jesús Pérez, Luis de Jesús Martínez y Gilberto Gómez Correa (estudiantes de la UNAM y del IPN), quienes con asombrosa precocidad se han puesto a las patadas científicas contra universitarios de grandes ligas. ¿Y qué pasó? Pues casi nada: “Compitieron contra más de 110 equipos para obtener el primer lugar en la categoría de Investigación Básica en Biología Sintética de la competencia International Genetically Engineered Machines, organizada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts”. Tal vez eso no exprese el tamaño de la proeza, así que es necesario decir que lo lograron contra jóvenes de las universidades de Harvard, Cambridge, Tokio y MIT, entre otras. ¿Y qué pasará? Pues lo de siempre: algún día esos muchachos se fugarán, con todo y sus cerebros, a otros países. Ese es el destino de la ciencia mexicana: la exportación forzada de investigadores, el bracerismo de talentos.

viernes, marzo 12, 2010

De la mentira al cinismo



Aunque parezcan muy distintas, en esencia la mentira estándar es lo mismo, o casi, que la mentira de Estado (por llamarla de una forma que no permita confusiones), esa que manejan con desenvoltura de magos de la política. Las dos mentiras tienen su origen en un caldo de cultivo cultural que la fomenta, en el que se desarrolla y madura hasta convertirse en parte del comportamiento cotidiano. Bien observada, pues, la mentira es patrimonio de todos, práctica que a cada paso atraviesa nuestras acciones. La permisividad ante la mentira, la relajación con la que es puesta ante los ojos del niño, cuaja en nuestro interior hasta convertirse en práctica habitual, en parte de los códigos elementales de supervivencia, tanto que sería imposible vivir en un país como México sin mentir de alguna forma.
Poco o mucho, todos simulamos. Lo hace el pordiosero que con picardías se gana la vida cuando todavía puede hacerlo con alguna forma del trabajo, y lo hace el multimillonario que gracias a una empresa cuasimonopólica (que niega serlo) llega a la revista Forbes. En el reino de la mentira es imposible zafarse, porque al que actúa a ciegas con la verdad se aísla su entorno. De hecho, las reglas no escritas de la urbanidad indican que debemos ser cuidadosos, que debemos simular lo más que se pueda para parecer correctos y bien acondicionados para la vida en el reino salvaje.
Pero hay niveles, y es allí donde quiero hacer un énfasis. No es lo mismo el que miente para sobrevivir o para ser aceptado en el clan, que el que lo hace sistemáticamente y con gran perjuicio del grupo humano con el que comparte espacio. Los políticos, en este caso, son animales que a lo largo de sus vidas llevan a la perfección el arte de la mentira. Si los otros bichos de la fauna social deben usarla para sobrevivir en lo inmediato, los políticos la usan casi metafísicamente, como parte de un código en el que va de por medio su mantenimiento (y el de su grupo) en el poder, esto sin importar en lo más mínimo, cuando llegan al colmo de la desfachatez, el deterioro que causen en la gente a la que dicen servir.
No quiero decir con esto que los políticos sean innecesarios; desgraciadamente son necesarios, pues alguien debe trabajar en esa esfera. Lo que quiero decir es que, dado el triunfo de la democracia representativa como forma de gobierno, los políticos dependan en mucho del electorado (no en todo, pues en México los electores son todavía manipulables, engañables y a veces hasta prescindibles sin que lo sepan), así que deben cuidar las expresiones que son el producto ofrecido diariamente a la ciudadanía. Aprenden la hipocresía, la ambigüedad, los ambages, el cantinflismo, la gaseosidad, el chispazo de humor como escape por peteneras, el pleito ranchero, el verdulerismo cuando ya no se puede más. Fox, que la defecaba sí o sí porque a cada rato le brotaba su tosca e imprudente y peligrosa verdad, tuvo que recurrir a un vocero que inyectara ambigüedad a los dichos del presidente (“Lo que el presidente dijo [una verdad brutal] en realidad quiere decir… [y aquí entraba la ambigüedad]”).
La gobernabilidad se apoya, seamos crudos, en el arte de mentir con elegancia, en la simulación creativa y cuerda, en el embuste sensato. Lo que hemos visto recién en San Lázaro es le menos parecido a la mentira pinocheta (de Pinocho, no del gorila). Se trata entonces de otro objeto. Para negar la evidencia irrefutable, incontrovertible, palmaria del documento firmado por el PRI y el PAN no cuadra ya la mentira, sino su etapa superior: el cinismo. Si la mentira sirve para sobrevivir, el cinismo es peligroso porque lejos de tranquilizar, irrita, infunde un ruido con espinas en la vida pública. En eso estamos ya, tristemente.

jueves, marzo 11, 2010

El milagro de Juan Pablo II



Leo en la página Aciprensa (“Lo que todo católico necesita saber”) una nota que atrajo necesariamente mi atención: “El Papa Juan Pablo II podría ser beatificado el 2 de abril de 2010, cinco años exactos después de su muerte, según informó el periódico polaco Dziennik, que aseguró que la Congregación para las Causas de los Santos de la Santa Sede ya habría tomado la decisión. A principios de este mes, el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Stanislaw Dziwisz, aseguró que el proceso de beatificación del Papa Woytila estaba a punto de terminar y que el mismo Benedicto XVI deseaba cerrar el proceso ‘lo antes posible’ porque es ‘lo que el mundo está pidiendo’. El proceso de beatificación de Juan Pablo II se inició el 28 de junio de 2005, dos meses después del fallecimiento del Pontífice y gracias a la dispensa concedida por su sucesor, Benedicto XVI, para que la causa pudiera empezar sin necesidad de esperar a los cinco años de rigor que deben transcurrir entre el fallecimiento de una persona y el comienzo de su causa”.
Una excelente noticia, sin duda, para los millones de admiradores del pontífice nacido en Polonia, el “Papa viajero”, como fue bautizado luego de recorrer en periplos apostólicos miles y miles de kilómetros que tal vez eran un sacrificio, es cierto, aunque siempre muy bien recompensado por las muestras de cariño que cosechó el rubio Pastor en los rincones del planeta por donde paseó su carismática figura. México gozó de esa mirífica presencia varias veces, y aquí fue aclamado como en pocas partes del mundo: “Tú eres mi amigo del alma, realmente el amigo / que en todo camino y jornada estás siempre conmigo…” (Estadio Azteca lleno y cantando como si fuera una sola formidable garganta).
La Wiki (¡cómo es cuestionada esa megaenciclopedia y qué útil es!), se refiere, por supuesto, al “proceso de beatificación” relámpago: “El 13 de mayo de 2005, el Cardenal Camillo Ruini, Vicario para la ciudad de Roma, dio formalmente por iniciado el proceso de beatificación de Juan Pablo II; para ello, Benedicto XVI concedió el 28 de abril dispensa del plazo de cinco años de espera después de la muerte requerido por el derecho canónico para iniciar el proceso de beatificación, de modo similar a como hizo el mismo Juan Pablo II con el proceso de beatificación de la Madre Teresa de Calcuta. El 2 de abril de 2007, a dos años de su muerte, concluyó la fase diocesana del proceso de beatificación, reuniéndose todos los testimonios sobre su vida y los presuntos milagros (…) En una misa que se realizó en la Plaza de San Pedro el mismo día, el Papa Benedicto XVI aseguró que el proceso va ‘rápidamente’. El 19 de diciembre de 2009 fue declarado Venerable por Benedicto XVI, lo que hace que la fecha de beatificación esté cerca, pero faltaría el milagro”.
El milagro de Juan Pablo II está a la vista, y es que se encuentre en camino de llegar a los altares luego de que desde el 16 de octubre de 1978, es decir, desde el mismísimo arranque de su pontificado, cuando recibió las primeras noticias sobre la depravación de Marcial Maciel, sujeto convertido hoy en escándalo continental, no haya hecho nada para sancionar al cotijense fundador de los Legionarios de Cristo. En vez de eso, como sabemos, en 1991, 1992, 1993 y 1994 le otorgó nombramientos importantes y llegó al colmo de enviarle una carta de felicitación por sus cincuenta años de sacerdocio. La famosa foto de Juan Pablo II tocando la frente de Maciel —el pozolero de la moral— es testimonio elocuente de esas extrañas santidades. Ignoro si alguien puede portar aureola luego de encubrir, por casi tres décadas retacadas de silencio, a un pervertido.

miércoles, marzo 10, 2010

Un repaso guerrero



A media temporada ya puede uno saber, con más certeza, cómo anda el abarrote en el futbol mexicano. Salvo dos o tres equipos (Guadalajara, Monterrey…), los demás dan la impresión de siempre en torneos cortos: inestabilidad, zigzagueo entre el desempeño regular y la mediocridad tirándole a mucho menos que eso. He ido a tres partidos en el nuevo estadio y creo que, si no he perdido práctica como espectador, el equipo local está pasando ya de la pobreza de un inicio incierto a la regularidad de las buenas actuaciones. El partido pasado contra Atlante (de los más débiles sinodales, vale decir, pero que al estar 2-0 arriba se convirtió en una buena prueba) enseñó que el funcionamiento colectivo todavía no llega al tope y se tiene que apoyar en la individualidad ya talentosa, ya esforzada.
Como es así, más válido me parece observar el desempeño de las piezas aisladas, aunque con la esperanza de que Romano encuentre, en la mitad restante de la temporada, el parado que dé idea plena de trabajo conjunto. Como no estoy en el medio ni polemizo con nadie, más fácil, creo, me resulta ser confiado y creer que Romano alcanzará el propósito final de todo entrenador: armar un equipo. Ya veremos. Mientras, como digo, los resultados han salido gracias a gestos personales, a brotes de ímpetu individual.
Oswaldo Sánchez ha estado bien. Si no me equivoco, tiene ya un tiempo razonable sin errores notables, algo que quede en el recuerdo como grave; la puerta tiene pues buen vigilante. En la zaga, no falla el más regular de todos los santistas: Iván Estrada; con pelo largo o corto, este chaparro es el conejo de Energizer: nunca se le acaba la pila. La central no es lo mejor, pues Juan Pablo Santiago no me parece el más dotado. Pese a eso, juzgo que la rechifla del domingo pasado fue exagerada, pues el tapatío pasa por una etapa en la que, más allá de sus limitaciones, está tratando de correr y hacer lo suyo. Jonathan Lacerda es un jugador que desde el primer partido (más: desde las primeras jugadas) mostró notables hechuras; rápido, técnico, alto, lo siento en avanzada hacia su acoplamiento definitivo, aunque todavía le noto algo de desconfianza a la hora de atacar; hay que esperar a que dé su máximo, pero para ser su primera temporada en el fut nuestro, no está nada mal.
La media no armoniza todavía con la defensa ni el ataque. Sin ser desastrosa, tampoco anda en su mejor momento, sobre todo por Ludueña, que debido a lesiones y bajas de juego no ha vuelto a ser, como lo fue hace un par de años, el mejor extranjero en el futbol mexicano. Juan Pablo Rodríguez siempre ha cumplido como recuperador, y Carlos Morales ha demostrado ser un aditivo confiable pese a que, como Lacerda, todavía está en proceso de aclimatación. Cuando han jugado, tanto Wálter Jiménez como Fernando Arce han salido algo discretos, por debajo de su futbol habitual.
Adelante, creo, tenemos la mejor línea del equipo. Los partidos que han jugado aquí han estado para clavar, a lo menos, cinco goles en promedio, pero dado el pésimo desempeño a la hora de resolver se han ido pepinos hechos. Oribe Peralta es el mejor regreso al Santos que yo recuerde, si es que ha habido otros; un tanto atrabancado, sin garbo, maduró y aprendió en Jaguares a pararse donde debe, por eso está cazando goles; tiene, además, lo que les falta a muchísimos: unas ganas bárbaras de ser útil. Por otro lado, es una alegría ver a Darwin Quintero, un tipo que se atreve al arabesco; en ocasiones se excede, pero eso se le reprocha menos que su inmadurez resolutiva; el día que aprenda a definir será una maravilla. De Vuoso lo mismo: pundonor y bravura; ya está recuperando su tino goleador; que así sea y pronto vuelva a ser el Vuoso de los muchos goles.

domingo, marzo 07, 2010

Jorge recordado por Raúl



Jorge Méndez, nuestro querido amigo Jorge, recibirá, organizado por la UAdeC, un primer y merecido homenaje el próximo miércoles 10 de marzo a las 7:30 de la noche en el auditorio de la FCA. Todavía no tengo detalles, pero supongo que será un acto sentido, otra forma de agradecer a Jorge lo mucho que hizo por el teatro universitario lagunero. Como sencillo aporte a la valoración de su trabajo, entrevisté a Raúl Méndez, actor lagunero que alguna vez fue dirigido por Jorge y ahora destaca, sobre todo, en el cine mexicano con películas como Amar a morir, Km 31, Matando cabos y El Tigre de Santa Julia. Acordé este diálogo con Raúl el sábado 27 de febrero, luego de la misa a la que asistió, como muchos, dolido por la partida de su maestro y amigo. Esto fue lo que respondió:

¿Cómo y dónde conociste a Jorge Méndez?
Lo conocí en 1993, cuando me invitó a un montaje que estaba preparando (La carpa, de Vicente Leñero); con esa puesta tuvimos la oportunidad de ser parte de la muestra regional, estatal y de zona norte; fue la primera vez que entendí la dimensión de una compañía de teatro y sus alcances.

¿Cuáles fueron los consejos o recomendaciones o enseñanzas que recuerdes te haya dado?
Más que consejos, Jorge lo que lograba con la gente que estaba a su alrededor era contagiarla de la pasión por el teatro; a mí en lo personal me dejó muy claro que el ser actor no es una “profesión” o una “carrera”, sino una condición de vida y por lo tanto creo hasta el día de hoy, como él también lo creía, que el teatro lleva de la mano una gran responsabilidad, la de ser honestos al momento de estar en el escenario, la de no “actuar”, sino abandonarnos al mundo del personaje en el tiempo en el que la obra se lleva a cabo.

¿Alentó en alguna medida tu carrera actoral?
Por supuesto, me hizo advertir, gracias a su enorme pasión por el teatro, que vivir de la ficción por el resto de mi vida implicaba un mayor crecimiento y preparación, y fue por lo que decidí emigrar a la Ciudad de México, para empezar mis estudios profesionales. Eso es algo que siempre me dejó muy claro: un buen actor nace y se hace.

¿Tenías contacto con él luego de tu salida a la capital?
Tuve la oportunidad de regresar a Torreón con un par de obras que eran parte del repertorio que teníamos en nuestra compañía llamada Los Endebles; Jorge asistió a las dos puestas en escena. Hay una anécdota que te quiero compartir. Todos sabemos que Jorge nunca se callaba las cosas y tenía una manera muy ácida de hablar de la vida; cuando venimos por primera vez con la obra Los Endebles la presentación fue en el teatro Isauro Martínez; como lagunero me sentía más responsable de que el teatro tuviera espectadores, a las dos de la tarde salí a la taquilla para preguntar cómo iba la venta y la persona me comentó que había ochenta boletos vendidos, el Teatro Martínez tiene capacidad para ochocientas; diez minutos antes de empezar la función, nosotros estábamos calentando en el escenario, concentrados en lo nuestro y de pronto una voz bastante conocida (la de Jorge Méndez) se vuelve protagónica y grita: “¡Tenían que regresar estos cabrones para ver este teatro de nuevo lleno!” En ese momento nos detuvimos y fuimos todos a los rincones del teatro para asomarnos por el telón: el teatro no solo estaba lleno, sino que tuvieron que improvisar doscientas butacas más. Al terminar la obra nos encontramos con Jorge y sin decirnos una sola palabra se acercó y vimos sus ojos llorosos por una indescriptible emoción.

¿Qué significa para ti la muerte de Jorge?
La muerte de Jorge me significa la pérdida de un gran amigo, maestro y director, pero lo que más me preocupa en estos momentos es el hecho de que queda un enorme hueco en el quehacer teatral; a una ciudad que actualmente está destruida por el ambiente de violencia lo que mejor le podría venir es tener el pretexto o la posibilidad de que por medio del teatro la gente lograra, por un par de horas, adentrarse en un mundo imaginario para alejarse de la cruda realidad actual de nuestra comarca. Habrá que hacer un ejercicio profundo que venga de quienes están en Torreón y fueron discípulos de Jorge para que no dejen que el tiempo pase y el teatro caiga en un letargo. Hay que seguir luchando por el teatro lagunero como Jorge lo hizo por tantos años.
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¿Cuál crees que es el mejor homenaje que la Universidad y La Laguna pueden dedicarle?
El mejor homenaje no creo que esté en un discurso, no creo que en la teoría, sino en la práctica, en el acto teatral en sí; creo que es momento de que aquellos que por años recibieron las enseñanzas de Jorge busquen la manera de montar varias obras, que se vuelva un hecho histórico el tener la posibilidad de ver en siete días de la semana siete obras diferentes; hay que pensar que sí se pueden hacer las cosas.

Hacer camino



La columna de Renata Chapa en El Diario de Chihuahua (7 de marzo de 2010):

Imaginario colectivo
Hacer camino
Renata Chapa

Radio Red en cadena nacional, 7:45 de la mañana: “Ayúdeme, Sergio. No soy zapatista. Tampoco tengo vínculos con el crimen organizado”. La voz de la abogada chihuahuense Estela Ángeles Mondragón pide auxilio. Su tono es frágil y, a la vez, está colmado de fuerza. Relata el atentado que semanas atrás sufrió su hija en la cochera de su casa. Cuenta la manera en que su “niña”, como ella le dice tiernamente, conservó la vida ante la rabia de una de ésas calibre 35. Menciona que acudió a la autoridad a denunciar los hechos y que dos semanas después, al llegar a su oficina, encontró sin vida a su compañero (como ella lo nombra) Ernesto Rábago Martínez. Otra vez se trató del 35. Dos del mismo calibre.
El periodista Sergio Sarmiento escucha atento y dice tomar nota de todo. Estela, siempre conjugando en tiempo presente, le explica que ella y Ernesto, también litigante, pertenecen a la Asociación Civil sin fines de lucro “Bowerasa” (Haciendo camino) dedicada a defender a las comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara. Sarmiento se entera que Estela, apoyada por Ernesto, era la voz legal de los rarámuris del ejido Baqueachi; que luego de años de litigios, el Tribunal Colegiado (primero y segundo) en materia penal y administrativa había determinado que un predio de siete mil hectáreas que estaba en disputa fuera entregado de inmediato a los indígenas y que el grupo de ganaderos de la región de Carichic que ocupaba esas tierras fuera desalojado. “Aquí la peleonera soy yo; la broncosa soy yo. ¿Por qué tuvieron que lastimar a mi hija? ¿Por qué le quitaron la vida a mi compañero? No soy buena para hablar en los medios, Sergio, pero sí ante los tribunales. Estoy muy afectada. En un momento más vamos a la funeraria a despedir a Ernesto. Ayúdeme, por favor”. Sarmiento se comprometió a dar un seguimiento especial al caso. Reiteró que muchas personas en todo México acababan de escuchar el caso. Que seguro fluiría la ayuda.
Funeraria Gayosso, 9:45 de la mañana: Estela y Ernesto están rodeados de familiares y amigos muy cercanos. El grupo no es numeroso. A pesar de la tristeza que reflejan en su gesto, se respira una fortaleza especial. Son los últimos momentos en los que el licenciado Rábago será velado. La menuda figura de su compañera se distingue a su derecha. Las tiras de un morral de manta blanca y roja en forma de una blusa tarahumara le cruzan el pecho. Estela se sigue preguntando en voz alta lo mismo: “¿Por qué a él, si era para mí?”. Llega la hora de salir rumbo a la iglesia. Estela se dirige a Ernesto con palabras en rarámuri y en español. Le expresa admiración, agradecimiento y amor inquebrantables. “Mi hermano, mi compañero de mil peleas. Que Dios ilumine tu camino espiritual”. Mientras tanto, afuera, en la calle Allende, son seis los coches que esperan para caminar detrás de Estela y Ernesto. La mañana era fresca. Blanca. A pesar de que el arranque del día pintó para gris, el sol ganó la batalla. También se sumó al camino rumbo a la iglesia que incluyó tres calles largas. La Abasolo fue una de ellas. Ésa donde se ubican las oficinas el Registro Agrario Nacional.
Iglesia del Perpetuo Socorro, 10:10 de la mañana. Tres compañeros tarahumaras ya acompañan a Ernesto en la puerta de la iglesia. Uno de ellos es Felipe, comisariado ejidal. El párroco de Carichí, Ignacio Becerra, está listo también, al igual que un grupo numeroso de asistentes que se sumaron a la celebración religiosa. Estela sigue al lado de su compañero. Ernesto y su gente cruzan el pasillo de la iglesia donde él hiciera su primera comunión. Al llegar al frente del altar, llama la atención un mensaje que pende de uno de los pilares. Está escrito sobre tela color púrpura: “Éste es mi hijo escogido. Escúchenlo”. El padre Nacho toma el micrófono y pide a Dios que perdone los pecados de los asistentes. Pide “por el corazón de quienes quitaron la vida al hermano Ernesto. Que encuentren arrepentimiento y perdón”. Y vuelve a pedir: “que Jesús tenga compasión de nosotros en la Sierra”. La primera lectura fue del profeta Jeremías, “Bendito el hombre que confía en el Señor”. El canto siguiente lo reiteró, “Dichosos los hombres que confían en el Señor”.
Felipe y Estela celebran toda la misa de pie. Flanquean a Ernesto. Son blancas las margaritas y los crisantemos que se suman a ellos tres.
La segunda lectura fue del Evangelio según San Lucas. Trató sobre el destino del rico y del mendigo ante los ojos de Dios. “Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero y perseveran hasta dar fruto”.
El padre Nacho tomó de nuevo el micrófono. “Ernesto quería ser punto de apoyo. Él quería estar con nosotros en la Sierra. Fue nuestro respaldo siempre con lucidez de pensamiento; con un corazón bueno y sincero. Estamos aquí para vivir la Pascua de Ernesto que sabemos que al igual que la Pascua de Jesús también producirá muchos frutos. Nos entristece su partida. Nos debilita. Pero, a la vez, tiene que ser fuerza y esperanza para abrir nuestras vidas. Los compañeros rarámuris no han bajado de la Sierra y venido aquí derrocados ni vencidos, sino preguntando qué sigue. Pidamos por que este acontecimiento no quede impune y que se esclarezca. Que no se vincule con lo que no es. Que obre el Reino de justicia, de la verdad y que nos respetemos. Que la lucha sea por la fraternidad”. El sacerdote, profundamente conmovido, se dirigió de manera personal a Ernesto Rábago, a Estela y a la comunidad indígena representada por Felipe. Reiteró que su corazón se quedaba triste, pero con una fuerte responsabilidad que asumía por completo de frente a ellos: quedarse en la parroquia de Carichí no por la provincia, ni por la diócesis, sino por el pueblo. “Señor, líbranos de todos los males, injusticias e impunidad para seguir caminando como pueblo de Dios. Pidamos por la paz”.
Acompañaron al padre Nacho dos sacerdotes más. Uno de ellos, casi para finalizar la misa, expresó: “La muerte de Ernesto clama vida porque clama perdón. Al cristiano no le interesa la muerte; jamás pensamos en ella; nos preguntamos por la vida y Ernesto nos conduce a trabajar por el reino, por la vida y por el perdón”. El padre Nacho cerró la ceremonia: “Ernesto, ya te vas. Allá te encontrarás con los que también dieron vida por paz y justicia. Te encontrarás con el primero que lo hizo, con Jesucristo. Tristes nos quedamos porque te fuiste así, pero con la alegría y el corazón agradecido por lo que nos regalaste en vida. Pídele a Dios que nos de fuerza. A la comunidad de Baqueachi y a la de Wawacherare. Pide por Estela. Pide por mí también. Por nuestra Parroquia de Carichí. Por esta tu Parroquia del Perpetuo Socorro que fue tu iglesia de niño. Que te vaya bien, hermano”.
Panteón Municipal, 12:05 de la tarde. La brisa es suave. Aún fresca. El sol es indulgente. Un árbol sereno, sencillo, humilde acompaña al licenciado Ernesto Rábago Martínez. Alrededor de él continúan las muestras de afecto y respeto. Tristezas y recuerdos, también. La voz del padre Nacho es clara y fuerte. De ella se valen familiares y amigos de Ernesto para ser fuertes. Así lo hacen Estela y Felipe. Ambos tocan un tambor tarahumara con insistencia. Sus sonidos viajan por el aire. Llegan hasta Chihuahua. Recalan en la imponente Sierra Tarahumara. “Dichosos los que mueren en el Señor. Que descansen de su fatiga, pues sus obras los acompañan”. A continuación, se escuchan las notas de una guitarra acústica. Uno de los sobrinos de Ernesto la toca tranquilamente e interpreta “Coincidir”, mientras los ramos de flores van formando uno solo. Cuando casi todos se han retirado, la madre de Ernesto está a un lado de él. Tiene de frente a Estela. A Felipe. Al padre Nacho. A los compañeros de lucha de su hijo. Toma fuerza y hace camino de viva voz: “Que no sea inútil el dolor de esta madre. Logren lo que él soñó. Aunque yo soy la que más lo necesita, no quiero ser egoísta. Que este dolor se vuelva muchas felicidades. Señor, ayúdalos. Que ellos logren lo que mi hijo siempre quiso. Dales la estafeta. Que tu espíritu siempre esté con nosotros”.

centrosimago@yahoo.com.mx
Dos peticiones:
1. Seguridad y solidaridad para Estela Ángeles Mondragón y su hija.
2. El apoyo para crear una fundación en memoria de Ernesto Rábago
para ayudar con más fuerza a nuestras comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara.

sábado, marzo 06, 2010

El canto de los viajeros











El viaje de los cantores, obra de Hugo Salcedo (Ciudad Guzmán, Jalisco, 1946), ha sido montada por Gerardo Moscoso y el grupo teatral estable del Icocult Laguna. Me apuro a señalar dos de sus virtudes más salientes: su crudeza y su pertinencia en estos tiempos de salvajismo económico. Porque detrás del texto se ve claro, sin tapujos eufemísticos, el resquebrajamiento material de miles de familias que por tal razón deben sacrificar miembros —padres, madres, hijos— en la penosa y arriesgada aventura del “sueño americano”.
Una vez más, Moscoso y su equipo han trabajado con un texto espinoso. Lo han hecho con carencias materiales (situación, por cierto, ad hoc al contenido de la historia), y han resuelto la puesta con ingenio. Usan, por ejemplo, sólo un par de sillas como implemento escenográfico, y lo demás es luz, sonido, desenvoltura actoral y trabajo de dirección, creatividad en suma.
La obra es ideal para un grupo de teatro concurrido y popular, ya que demanda una gran población de personajes, lo que a su vez abre muchas oportunidades de participación escénica que de paso forma una visión crítica en los miembros del taller, todos ellos con una vinculación aún fresca al mundo del teatro.
El texto de Salcedo narra una desgracia —que en el fondo es todas las desgracias— de los mexicanos (y centroamericanos) que desde sus pueblos se juegan la vida en un viaje erizado de peligros. Los caminos del indocumentado, bien los sabemos, siempre tienen como aduana a los polleros, esos sujetos que le añaden ruindad a lo que ya de por sí es duro. El programa de mano incluye una oportuna cronología del hecho real en el que está basado el asunto eje de la obra. Hace poco más de veinte años, un tren salió de Zacatecas rumbo a Ciudad Juárez. Los polleros conectaron allí a otros ilegales con deseos de pasar la línea; el ofrecimiento es que, ya en El Paso, los indocumentados pasarían a otro vagón y se dirigirían rumbo a Dallas. En un punto del trayecto, el tren sufrió desperfectos y fue desviado de su itinerario original. Como el vagón con los indocumentados fue cerrado hermética, criminalmente, y el clima castigaba con un calor de infierno, el aire en el interior se agotó y la temperatura subió hasta casi rostizar a los ilusionados pasajeros. Cuando la patrulla fronteriza da con el vagón, descubre 18 muertos y sólo un sobreviviente.
La noticia escandalizó en su momento. Fue una especie de cúspide, un punto señero de la desgracia a la que se exponen muchos hombres y mujeres expulsados de sus tierras por la pobreza. Al final, como ocurre en estos casos, nunca se hizo justicia, y el hecho pasó al olvido. El viaje de los cantores vino entonces a rescatarla, a recordar que por causas muy distintas, todas terribles, siguen muriendo cientos de personas desterradas de sus pueblos por falta de oportunidades.
El título de la obra alude a lo que hicieron los mexicanos atrapados en el vagón: cantar a coro para alejar la desesperación y el pavor de morir como luego murieron: asfixiados. El montaje de Moscoso, insisto, resuelve la historia con modestos recursos técnicos; gracias pues al esfuerzo y la creatividad de todo el numeroso equipo se crea la atmósfera de dolor y punza este testimonio crítico a una sociedad donde la injusticia brilla, siempre brilla, por su ominosa presencia. Hoy sábado y mañana domingo hay funciones, ambas a las 8 pm; Teatro Salvador Novo, antigua estación del Ferrocarril de Torreón.
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Notita al margen: esta columna cumple hoy cinco años exactos. Gracias a todos y aquí seguimos.

viernes, marzo 05, 2010

Ciclo Te platico un libro de la Rev Mex


Indicador en vivo del fracaso



Muchas pueden ser las mediciones macro para sacar en claro, o al menos para darnos una idea, de lo que somos como país. Las más comunes son las económicas, todas las que de alguna forma registran el desarrollo de nuestra vida material. Hay otras menos frías y hasta curiosas: cuánto leemos, qué tanto vamos al cine, qué peso tenemos, qué tanto participamos en política, qué sitio futbolero ocupamos, qué tan felices somos. De todo o casi todo se puede obtener una medición, aunque es obvio que ninguna será la realidad, sino apenas un tanteo que nos aproxime a ella. Todas requieren, para ser aceptables, un mecanismo de observación o sondeo que se aparte lo más posible de la subjetividad, ya que hasta la estadística más gélida puede estar atravesada, y de hecho lo está, por la subjetividad de quien elige el objeto de estudio, el espacio, las preguntas y el universo abordado. De ahí el viejo paralelismo entre la estadística y los bikinis: que ambos muestran todo, menos lo esencial.
A propósito, ¿qué pasaría si hoy elaboráramos una medición de la indigencia nacional? ¿Podríamos crear un censo de mendigos? ¿Cuántos limosneros per cápita tenemos en México? (uso el sentido mexicano de limosnero, inverso al original: “Caritativo, inclinado a dar limosna”, RAE). No es imposible medir los grados de mendicidad que lastran a un país, aunque sé de antemano que es difícil. Ahora bien, ¿es necesario medir algo que nos resulta cada vez más visible en todos lados? ¿Servirá para algo?
Insistir en una reflexión, con datos duros o no, sobre la mendicidad, me parece pertinente porque a partir de lo que concluyamos es viable añadir ese dato a todos los que, sumados, crean la imagen de un país instalado alarmantemente en el fracaso. Como no voy a ser yo, por incompetente, el que elabore el índice de mendicidad en México, me conformo con atestiguar, siempre con pena, lo que a diario veo/vemos por todos lados. Más allá de la incomodidad que provocan en quienes no hemos llegado a la solicitud de caridad como forma de supervivencia, los mendigos son una evidencia excelente de que las políticas económicas de nuestro país han puesto entre la mano extendida y la pared a miles de personas, sobre todo niños, mujeres y ancianos, aunque en estos tiempos (otra prueba de la enorme capacidad que tiene nuestro estado para producir miseria) hasta los adultos en edad de trabajar extienden la mano y suplican con rostros demacrados “una ayudita por el amor de dios”.
Aunque nos molesten, o precisamente por eso, no debemos injuriar al mendigo que con genuina o falsa necesidad (la falsedad de las súplicas también es un aprendizaje picaresco de la miseria) nos tiende la mano para pedir, sino a los creadores de esa omnipresente forma de supervivencia. Hay algo mucho más grande y poderoso (un Estado que no funciona, criminal en función de que aniquila el futuro de millones) que no hemos sabido cambiar o rediseñar, de suerte que la multiplicación de los desheredados no se da por generación espontánea, de la nada o por gusto, sino por el cierre total de las expectativas de mejoría, el aborto de cualquier forma digna de vivir. Cada vez veo más, de suerte que es imposible dar abasto, si en la mañana salimos con cincuenta pesos de morralla, a la horda de manos mendicantes que por todos lados salen a nuestro paso. En vez de menospreciarlas, deberíamos agradecerles por recordarnos, en vivo y a todo color, sin discursos ni academiquerías abstractas, que este país está del demonio y que hemos hecho muy poco, casi nada, para mejorarlo.