domingo, mayo 01, 2016

Cartapacios de un “volcán-hembra”




















Las formas de la novela son infinitas, tantas que casi no es posible hablar de forma cuando nos aproximamos a este género. En el caso de Cartapacios (Universidad Veracruzana, Xalapa, 2016, 336 pp.) de Pedro Damián Bautista, libro ganador del premio latinoamericano para primera novela Sergio Galindo 2015, encontramos un relato —dicho esto en un sentido muy amplio— articulado con recursos no convencionales, una historia que produce una rara sensación de inagotabilidad gracias a su irrefrenable ludismo.
Cartapacios está armada en cinco trancos. El primero, titulado “A modo de exordio introito preámbulo”, contiene el presente de la narración: un joven en bicicleta asedia como voyeur a una chamaca benísima que hace ejercicio en los amplios jardines de la UNAM. Esa joven es Yolanda-Antonietta, a quien el mocoso, entre peripecias que pronto revelan el registro delirante de la historia, alcanza y logra bajarle algunas encamadas dignas de feliz recordación. La postninfeta, sin embargo, emigra de la capital y deja al chico cuatro cuadernos o cartapacios donde ella pormenoriza las andanzas que le han cabido en suerte. Esos cuatro cartapacios son, como es obvio, los capítulos restantes de la novela.
A partir de este momento encaramos la vida inútil pero vertiginosamente divertida de Yolanda-Antonietta. Oriunda de Laredo, Texas —lo que de alguna manera justifica su hibridismo cultural—, Yolanda es una chica demasiado inteligente, absurdamente inteligente y sabedora de su naturaleza, tanto que se da el lujo de mantener en pie los cuatro largos diarios donde detalla cada pliegue de su existencia. La parte de su autoconciencia que más la entretiene es saberse impresionantemente cachonda y ser dueña de un poder de seducción que posibilita encamamientos con quien elija. Por supuesto, todos los varones que la conocen se la quieren, como perros babeantes, echar en un taco, pero es ella quien a fin de cuentas, como precoz cazadora, maneja las situaciones, quien controla las partidas del ajedrez lúbrico.
No podemos pedir una lógica narrativa a las peripecias asentadas en los diarios de la depredadora Yolanda. Como en el argentino Alberto Laiseca, los asuntos se van sucediendo sin anudamientos sensatos, sin relaciones de causalidad perfectamente visibles o a veces nada visibles. Lo fundamental en Cartapacios está en el desafío que Pedro Damián Bautista tuvo que afrontar para, primero, construir a una nena tan canijamente deliciosa, y, segundo, darle entidad con un estilo donde jamás decaen el humor, la acidez, los juegos de palabras, la arbitrariedad, el cosmopolitismo más chocante/exultante y el tumulto de escenas que, dicho sea de paso, colocan de golpe a este “volcán-hembra” como ejemplo señero de desinhibición y goce vital en la literatura mexicana.
Novela abiertamente antinovela, Cartapacios es, enfatizo, un desafío barroco, un buceo desmesurado a los aciertos y los deliberados disparates que pueden resguardar, en tono oral, los diarios de Yolanda-Antonietta. En todo momento, la encantadora protagonista se percibe como imán, incluso cuando no es necesario reiterarlo: “Siempre me provocó miedo y estremecimiento pasar sola a Nuevo Laredo; pasaba con alguien siempre, o prefería no ir. Esa especie de bestialidad mexicana que advertía; el desorden, la basura, lo promiscuo, los hombres en el puente sin documentos migratorios, mujeres agresivas, la pobreza inmediata, el evidente desempleo, tipos arruinados, la derrota, la hiperviolencia, las evidencias de narcos y sus miradas sobre mí”. Su capacidad para atraer la convierte en prematura experta en control de canes y otras plagas: “Los dieciséis y diecisiete años fueron de crecimiento y aventurillas. Y cuidando mi virginidad fundamental, me hice experta para apaciguar perros… & wolves. Amén”. Un tipo, el profesor de lenguas Albert Cacciari, le comparte una hipótesis que puede servirnos para cuadrar mejor la catadura de la apetecida: “Tú representas un conglomerado interesante en sí mismo, Yolanda-Antonietta; se desprende de ti una carga erótica involuntaria que pienso que desconoces y que te planta como una mujer ya adulta a tus diecisiete años, independiente del mundo; ninfeta y adulta”.
Un ejemplo más de su autocontrol lo tenemos en este pasaje (así termina el capítulo sobre Albert): “Fui a su cubículo dos o tres veces más, por la tarde, obedeciendo a una discreta señal que me daba. Vicious but delicious; se extasiaba conmigo hasta media hora sumergido, con un poderosísimo movimiento lingual y labial que me traía infinitos orgasmos hasta perderme dentro de mí. Me gustaba eso-así porque presuponía descompromiso-incompromiso, libertad, igualdad; experiencia. Él no se iría a enamorar de mí ni yo de él. Experimentaba los efectos de mi persona; era como conocerme más objetivamente; terrenal y transparente, desconflictuada, sin semejanzas con las chicas de mi edad. De esa manera empecé a potenciar mi cuerpo para enfrentar el mundo”.
En suma, todos quieren tirársela, todos elaboran discursos para llegar a ella sin saber que ella los anticipa porque desea lo mismo. En general, todos se estupidizan con Yolanda, y ella ríe de ellos y hace que crean que la dominan, que es su juguete. “El asunto —dice— es que soy un fenómeno bastante peculiar de la biología. Una entre cien mil”, un “volcán-hembra”.
Cartapacios, en suma, es un experimento que nos jalará de las solapas para introducirnos en dos mundos: en el de la memorable Yolanda-Antonietta y en otro, acaso más importante: en el de las inmensas posibilidades de la literatura cuando se decide a estallar, a romper jocosa, endiablada, salvaje y bienvenidamente todas las ataduras que nos impone la razón a la hora de construir ese molusco conocido habitualmente como novela.
Xalapa, Veracruz, 23, abril y 2016

*Texto leído en la presentación de Cartapacios que se celebró en la Feria Internacional del Libro Universitario organizada por la Universidad Veracruzana. Participamos Édgar Valencia, Carlos Manuel Cruz y quien esto escribe. El autor de la novela no pudo asistir.

sábado, abril 30, 2016

Prima
















Día del niño... Alondra. Bajamos de un ómnibus en la carretera federal. Una lluvia apenas lluvia nos recibió en el exterior y comenzamos a caminar bajo aquel chipichipi no molesto, más bien grato en la cara del niño que era yo en aquel momento. ¿Cuántos años tenía? siete, ocho a lo mucho o por ahí. No más, seguro. Mi padre tomaba de la mano al niño y en la otra llevaba una maletita de vinil color café, de ésas que tenían dos correas con hebillas demasiado grandes. La escena es algo fílmica al menos en mi mente: el adulto y el niño caminan durante aquella tarde muy nublada y algo fría. Frente a ellos hay una arboleda que forma un largo callejón. El niño no sabe por qué viaja con su padre, por qué lo eligió a él entre todos sus hermanos. En su mano siente la palma firme de su padre, su brazo rígido, y eso le comunica seguridad. Siguen avanzando y lo único que el niño recuerda son árboles, muchos árboles al lado de una carretera lavada por la garúa. Es la primera vez que el niño viaja solo con su padre. No recuerda, de hecho, otros viajes. Este es el primero y a la larga será el último. Aunque se trata de una tarde gris, en su interior hay sol, una alegría total: está viajando con su padre. Llegan a Aguascalientes, a una ciudad que se llama Pabellón. No sabe a qué asunto van. El pequeño es muy pequeño y su padre no le informa gran cosa. Sólo sabe que desde Torreón viajaron en un ómnibus y ahora están lejos, caminando en una especie de avenida con muchos árboles al lado. Entran a la ciudad, caminan algunas cuadras. Su padre ha mirado un papelito varias veces antes, de seguro donde anotó la dirección. Luego de mucho tiempo tocan a la puerta de una casa. Abre una señora canosa y se abraza con papá. “Es tu tía”, dice el padre al niño y la mujer se inclina para darle un beso en la frente. Entran a la casa. La señora grita y salen tres mujeres jóvenes, adolescentes o poco más. Ellas festejan la llegada del pequeño, un primo al que no conocían. Le dicen que es 30 de abril, día del niño. Lo llevan a la mesa de un comedor y le sirven galletas, dulce de coco y leche, y le acomodan el pelo, ríen con él, les parece muy simpático. En la sala, la tía entrega unos papeles amarillos al visitante. No tanto después, todos se disponen a dormir. El niño es disputado y pasará la noche con Alondra, la mayor de la primas. El padre tendrá una cama en la habitación de las visitas. Durante la madrugada —recuerda el niño y por ese recuerdo recuerda todo el viaje— oye en varios momentos la respiración de su prima y pese a la débil luz del cuarto mira de reojo, hipnotizado, el subir y bajar de la sábana sobre un imborrable pecho femenino.

miércoles, abril 27, 2016

Andrajo















El trabajo le dejaba poco margen para los libros. Por eso leyó “Wakefield” a brinquitos, en siete días. Al terminarlo no supo si lo leyó así, en módicos abonos, porque así leía todo o porque le iba gustando tanto que no quiso terminarlo de golpe. Daba lo mismo, el cuento había llegado a su desembocadura y al final le produjo una suerte de iluminación. ¿Qué seguía? Nada, no seguía nada, o más bien seguía la Nada. Mañana sería lunes, día de trabajo. Recordó su agenda: estaba recargada de asuntos impostergables. Y de este lado la familia, y de aquel otro las numerosas deudas para mantener a flote el barco de las apariencias. En veinte años se le habían ido cuarenta, una vida casi, en las miserias habituales de todo mundo: hacer todo a la misma hora, relajarse los mismos escasos días, mantenerse sometido a la presión de un calendario implacable, lleno de plazos perentorios para pagar, sobre todo para pagar, pagar. Wakefield era pues el último empujón. Tomó una pequeña maleta y la hizo con lo básico: el cepillo de dientes, la máquina de afeitar, un desodorante, una gorra de pelotero ya descolorida; se arrepintió inmediatamente después de haber cargado eso. Iba a guardar el peine con el que aplacaba las tres hebras que le quedaban de pelo, pero detuvo el movimiento. Se echó una camisa encima, metió los pies en unos tenis y tomó la calle con las manos vacías. Pasó junto a una tiendita y quiso comprar algo; notó sin alarma que había olvidado la billetera. Así estaba bien. Enrumbó hacia cualquier dirección y comenzó a recorrer calles y calles sin temor a extraviarse, pues era lo que ahora buscaba, perderse en el laberinto y jamás salir de allí. Por un momento pensó en sus actos; no sabía en qué punto había quedado el límite que separaba su antigua vida de la que ahora comenzaba. Sabía, eso sí, que el detonante no había sido el cuento de Hawthorne, sino algo más profundo y lejano. Siempre vio a los parias, a los vagabundos, con una especie de secreta fascinación, con una envidia sofocada a fuerza de miedo: en otros tiempos lo aterraba saber que dentro, en su alma titubeante, se movía un impulso poderoso y capaz de forzar la emulación. No sabía si era capaz de imitarlos, pero ahora ya estaba en el camino, quería ser uno más, un sujeto sin rostro, un ser envuelto en la indiferente mugre que la calle obsequia a quienes la eligen por hogar. Durante algunas semanas de renuncia quedaría, como ellos, irreconocible y comiendo de los basureros, ajeno por completo al asco, sin dolor, sin odio, sin moraleja, invisible al engranaje bajo un túmulo de andrajos. Y soñó, soñó con ese triunfo.

sábado, abril 23, 2016

Adolescencia












Ayer me topé de casualidad con Joana en la plaza Margaritas, a la que jamás había ido. Yo leía en una banquita blanca de hierro forjado y sin duda me exponía a los cagadazos de los pájaros, pero el clima estaba ad hoc y no había un motivo de peso para alejarme de ese sabroso microambiente. Lo malo del lugar, más que la abundancia de aves, era que pasaban muchas personas ajuareadas con trapos deportivos, sobre todo adultos ya medio entrados en años que, como yo, seguramente se defendían de algún achaque y acataban la prescripción médica de caminar. Yo no caminaba, o caminaba muy poco, pero al menos me hacía a la idea de agarrar aire limpio mientras leía, en este caso, un ensayo sobre novela latinoamericana. En una de ésas pasó Joana. La vi venir de lejos, cuando entró al pasillo disponible para los andarines. Era imposible no verla, pues vestía una blusa fosforescente, untada al cuerpo, y una gorra del mismo color. Pensé que era una joven, por el cuerpazo, pero ya cerca vi que no. Ella fue la que me reconoció. “¡Miguelito!”, dijo mientras se acercaba con los brazos abiertos, listos para que me pusiera de pie y le correspondiera. Olía a un perfume delicioso y al apretarla contra mí noté que su estructura estaba firme, como si tuviera veinte años y no cuarenta y tantos. “¿Qué haciendo por acá, amiguín’”, fue lo primero que dijo luego del abrazo. “Nada, amiga, vine a tomar aire limpio y a leer”. Joana comenzó el elogio de los viejos tiempos. “Tú siempre tan clavado, Miguelito. Jamás te has separado de los libros. ¿Sigues en tus clases? Qué has hecho de tu vida, cuenta”. Mi resumen fue el de siempre: nada, lo mismo, clases de literatura en la prepa y ya, y todavía soltero jajajaja. Mi babotas jajajaja fue secundado por el de Joana, quien no esperó pregunta para informarme que igual ella, siempre en lo mismo: atenta a su marido, a sus dos hijos y en los ratos libres muchisísimo ejercicio. Me enteró también que Óscar, su marido, seguía con su clan de motociclistas, que además estaba clavado en la práctica de la cacería y que ella lo acompañaba de vez en cuando a disparar. “No sabes lo que significa ese reto”, dijo. En un ratito se nos habían acabado los temas y se despidió con otro abrazo y un beso de mejillas, con las bocas muy lejanas. Joana se veía espléndida. Y pensar que alguna vez, hace mil años, intenté hacerla mi novia. Dijo que no, obvio. Poco tiempo después encontró al que fue su marido, un tipo al que seguían gustándole las motos y se vestía de negro, con parches de calaveras y letras góticas para parecer chico malo. Ahora también le apasionaba la cacería. Cómo no iba a perder a Joana, pensé. Ella eligió vivir una eterna adolescencia.

miércoles, abril 20, 2016

Reclamo
















“Es una ficción, nada de lo que escribí allí es cierto, yo suelo inventar”, le dije. El tipo parecía todo, menos un blandengue. No sé cómo había dado con mis huesos, el caso es que me cayó en el café al que suelo asistir algunas tardes, al ladito de la alameda. Estaba yo muy concentrado en la revisión de mi columna cuando me tocó el hombro con un índice más o menos imperioso. “¿Es usted Jaime?” Levanté la cabeza y en los ojos le noté la decisión. No estaba enfurecido, ciertamente, pero me miraba como con ganas de estarlo, es decir, directamente, con una vaga chispa de amenaza congelada en las pupilas. Respondí que sí. “¿Muñoz?”, agregó. Afirmé con la cabeza, y entonces el tipo empujó una silla con el pie y tomó asiento. Me molestó que hiciera eso, pero ya no alcancé a decir nada porque comenzó de inmediato su reclamo. “Mire, Muñoz, yo no lo conozco ni me importa, pero el fin de semana pasado me habló un amigo para comentarme algo: que usted se ha burlado de mí en el periódico. Al principio no entendí bien de qué se trataba, pero él me explicó y hasta me leyó el escrito. En su publicación hay un tipo que desea abrir en La Laguna un restaurant-bar para pura gente triste, pero según usted él es un fracasado, un bueno para nada que se acercó a un posible socio sólo para tumbarle el capital de arranque. Usted dice que el proyecto es una estupidez, así dice, textual, una estupidez, y no estoy dispuesto a tolerar esa ofensa…”. En ese momento, cuando ya se había puesto bravo, sentí la urgencia de atajarlo: “Es una ficción, nada de lo que escribí allí es cierto, yo suelo inventar”. No sirvió de nada. Al contrario, se cruzó de brazos con pose de Maestro Limpio, echó un poco la cabeza para atrás como para mirarme con escepticismo, y reanudó el ataque: “¿Quiere que le diga por qué digo que usted se está burlando de mí? Mire, ahí le va. Yo me apellido Orozco, y usted me lo cambió por Olmedo; quien me platicó todo fue Felipe, mi socio. ¿Sabe cómo se llama la novia de mi socio? ¿No adivina? Bueno, pues Mireya, a ella le dejó el mismo nombre, ese fue el error que usted cometió. ¿Soy o no soy el Olmedo del escrito? ¿Cree que soy tonto?”. Quedé acorralado: Orozco en realidad era el Olmedo del primer relato, y no me quedó más opción que disculparme: “Mire, Orozco, no quise ofenderlo, de veras. Le ruego me perdone… pero entienda por favor que se trató de una ficción, que Olmedo no existe, que Mireya es puro cuento, que el restaurante-bar es una estúpida mentira, una mentira tan grande como usted, Orozco, que tampoco existe y en este punto final pasa a convertirse en personaje muerto. Hasta nunca”.

miércoles, abril 13, 2016

Adivinador














Una llega a donde llega gracias a miles y miles de pequeñas circunstancias, tantas que es imposible enumerarlas. Por ejemplo, yo estoy aquí, en esta plaza frente al mago con turbante, debido a que mis padres me tuvieron. Pero no sólo eso. Ellos no hubieran podido tenerme si antes no los tenían a ellos, así que me debo también a mis abuelos. Pero no sólo eso. Si a mis abuelos no los hubieran tenido, ellos no hubieran tenido a mis padres y etcétera. En resumen y para abreviar, soy hija de Adán y Eva o de los primeros monos, y si creemos en la teoría cientificista más que en la mítica, soy hijo de las primeras células que se juntaron para crear vida animal. El caso es que nací acá, en Gómez, y ahora estoy en la plaza frente al mago con turbante que se autodenomina “Bramán el Portentoso”. Mi presencia aquí, no lo cuento por vanidad, se debe a que desde chica fui buena para el estudio y tuve el apoyo de mi padre. Salí del kínder de Santa Rosa, luego estuve en la primaria Bruno Martínez, después en la 18, luego en el Tec de La Laguna, después en el Poli de la capital para la maestría y, al final, el doctorado en Pensilvania.  Mi trabajo en Francia es un excelente trabajo, tan bueno que puedo pedir permisos como éste que me tiene de urgencia en Gómez, mi ciudad. Vine porque mi padre fue internado y está, o estuvo, no sé, en peligro de muerte. Luego de cinco días de hospital ya se encuentra un poco mejor, aunque sigue grave. Pude pues salir a tomar aire, a recorrer la ciudad donde nací, a reconocerla luego de tantos años. Es pintoresca, un tanto desolada, triste, pero cuando el sol se oculta cobra una vida peculiar, parecida a la que le vi de niña. Allí me topé con el adivinador. Una rareza. “Adivino el pasado”, añade el letrero en la mesita donde tiene una ridícula bola de cristal y una especie de cetro decorado con chaquira. Me detuve y sólo por jugar le dije que adivinar el pasado era sencillo. Respondió muy serio que no, que adivinar el pasado es tan difícil como adivinar el futuro. Me explicó que su especialidad era adivinar el pasado de las personas con solo verlas. “Llego exactamente hasta su presente”, remató. Me pidió unas monedas para demostrarlo y le di cincuenta pesos. Miró cejijunto la bola mágica y dijo luego de unos segundos: “Mire, señorita hermosa, usted ha estudiado mucho. Salió del kínder aquí cerca, luego hizo la primaria… acá cerca también, estudió hasta la carrera en este rumbo, pero luego se fue a la capital y terminó en Estados Unidos. Trabaja en Europa, de donde viajó hasta acá porque su padre está a punto de morir en este momento, mientras le hablo. Mejor corra al hospital, tal vez alcance a despedirlo…”.

sábado, abril 09, 2016

Baile











Bailaban. El sol no había desaparecido en el oriente, hacia el Cerro de la Cruz, y todavía quedaban tendidos algunos rayos sobre la cresta de la ciudad. Eran las ocho y media, pero el cambio de horario traía el agotamiento de la luz hasta muy tarde, casi hasta las nueve. Daba lo mismo, pues en la plaza de armas ya estallaba el ritmo de un danzón con aroma nocturno y muchas, muchas parejas lo aprovechaban. La mayoría pasaba los sesenta, y lucía sus mejores trapos. Se trataba de una fiesta humilde, pública, estentórea, un motivo suficiente para esperar los domingos con anhelo y no desear nunca la muerte. Así se encontraron. O se reencontraron, más bien, Chayo y Ezequiel, ambos al borde de los setenta. “Disculpe, ¿usted no es Chayo?”, dijo Ezequiel con el sombrero en el pecho, como disculpándose de antemano por confundir a la mujer. “Soy —respondió Chayo, y agregó—, ¿y usted es Ezequiel?”. Ambos quedaron asombrados por haberse reconocido medio siglo después, e hicieron pareja para el baile. Entre pieza y pieza lograron platicar. En sus palabras se hacía presente la franqueza del que ya no necesita guardar nada. “Acabo de regresar a Torreón, Chayo. Después de que nos conocimos y fuimos novios, estuve aquí cinco años, terminé la normal y conseguí un jale de maestro en la sierra de Durango. Allí conocí a una con la que me casé. Pero salió mal no por ella, sino por mí: agarré duro la tomada. Apenas llegué a tener un hijo, pero se me murió a los siete, de una enfermedad que se pudo atender pero que fui dejando porque el trago me tenía muy distraído. La mujer me dejó, perdí la poca familia que había hecho y en vez de enderezarme me fui más chueco. Pedí un cambio y me mandaron a Michoacán. Allí llegué para dar clases en secundaria, de historia, pero no duré, pues ya para entonces iba borracho a trabajar, si es que iba. Me echaron y comencé a rodar. Me fui a México, luego a Veracruz, después a San Luis, hasta que terminé, no sé cómo, en una casa de recuperación de Zacatecas. Fue como una vuelta a mi tierra, y dejé el trago. Tengo ya diez años sin beber una gota y hace unos meses, luego de cuarenta años perdido, recalé a Torreón”. Chayo esperó su turno: “Yo me casé, tuve tres hijos. Me fue mal con el viejo, lo engañé. Me golpeó y terminamos. Luego me dediqué a ya sabe qué hasta que me aguantó el pellejo. Mis dos hijos se fueron al otro lado. A uno lo mataron. Otro está en la cárcel. Vivo arrimada con mi hija, de milagro”. Seguían bailando otro danzón. “¿Sabes qué somos, Chayo?” “¿Qué somos?” “Dos supervivientes. Abráceme más no para que se vea más cachondo. Abráceme fuerte como para felicitarnos mientras dura esta canción”.

sábado, abril 02, 2016

Herido














“Ya está muy viejo, esta vez le daremos oportunidad a los jóvenes”. Así de fácil y de cruel lo habían eliminado del negocio, así de fácil y de cruel cercenaban sus veinte diciembres ininterrumpidos como Santoclós verosímil. ¿Y ahora qué harían?, pensó. Claro, contratar al primer hijo de puta que les llene la Printaform, de seguro un enano prieto, flaco y lampiño que deberá hacer milagros con almohadas y barba postiza para dar el personaje, lo que por cierto jamás ocurrirá, pues los prietos y lampiños no sirven para Santacloses de verse. ¿Cómo salen con semejante idiotez?, pensó. ¿Qué no vieron en dos décadas el éxito de ventas provocado por un Santoclós que sí parece Santoclós? Mientras volvía a casa se vio en el reflejo de muchos aparadores. Cierto, era ya viejo, de setenta, pero eso ayudaba en lugar de defraudar. Era gordo, de tez rojiza, alto y sobre todo bien poblado de pelos blancos y largos en la cara, como todo buen hombre de origen alemán, así fuera remota la llegada del apellido Eichelberger (roble de la colina) a estas tierras jamás acariciadas por la civilización. Lo suyo era más que un disfraz, era la mismísima encarnación de Santoclós en estos desiertos llenos de indios cacarizos. Pero los imbéciles de la tienda, pensó, le darían “oportunidad a los jóvenes”, como si el papel de Santoclós pudieran ocuparlo muchos cabrones al mismo tiempo. Mientras volvía a casa con la mala noticia bufando en su nariz, no dejaba de preocuparle el futuro, siempre el futuro. Su esposa estaba enferma y por eso y por muchas otras razones jamás desaparecían las deudas que con la plata de la Navidad solían disminuir hasta quedar casi en ceros. Las cosas no andaban nunca desahogadas en lo económico y diciembre era entonces una época de recuperación, de sueldo decoroso y una que otra buena comisión arreglada con Montoyita, el fotógrafo que movía las fotos ampliadas por debajo de la mesa, fuera de la tienda, sin que lo supiera el dueño. Esta vez no sería así, a menos de que pronto cocinara con otro fotógrafo lo que se pudiera, una escenografía en la alameda o donde sea, todo por culpa del pendejo dueño de la tienda, un indio como todos en este país lleno de prietos que jamás podrían hacer un Santoclós hecho y derecho, nórdico, de buena estampa y carcajada exacta para alentar el espíritu navideño como dios mandaIndios pendejos, pensó.

lunes, marzo 28, 2016

Rogelio Ramos Signes, amigo














Lo conocí en algún café tucumano hace más de diez años, cuando asistí a un congreso de literatura organizado por (y en) la Universidad Nacional de Tucumán. Mi contacto en esa expedición fue David Lagmanovich, un amigo de lujo que jamás dudó en compartirme sus querencias más cercanas. Recuerdo que cuando llegué a Tucumán David me esperaba en los andenes de TransferLine. En ese momento nos conocimos personalmente luego de cinco años como intensos corresponsales vía mail, y casi de inmediato, sobre el remís, David me extendió una invitación: “Si gustas, llega a tu hotel, descansa un rato y más a la tardecita vamos a tomar café con un amigo que quiero que conozcas”. Hice lo indicado y el amigo resultó ser Rogelio Ramos Signes. Al que conocí entonces fue al que ustedes ya conocen: un hombre sereno, culto, amable, atento siempre a las palabras de su interlocutor, uno de esos tipos que deberían abundar, para que el mundo sea mejor, y sin embargo escasean. Aquella tarde con Rogelio, a quien David respetaba mucho, fue para mí inolvidable, por eso puedo reconstruirla en estas líneas.
Luego vi a Rogelio un par de veces más: otra en Tucumán y la más reciente en Buenos Aires, en las Jornadas de Raúl Brasca organizadas en la Feria del Libro hacia 2010. En todos los encuentros Rogelio ha sido el mismo que traté por primera vez en 2004. Y más allá de esos venturosos encuentros, Rogelio ha sido siempre un amigo amable por mail y ahora por Facebook, donde sin querer queriendo dialogamos y también donde sin querer queriendo él me enseña más que a escribir, a ser en la literatura.
Cierro con una anécdota muy personal, podría decir que íntima. Volvía yo de un viaje del DF a mi tierra, Torreón, en el norte de México, y por razones que no viene a cuento relatar, me encontraba tremendamente agobiado, puedo decir que triste, muy triste, mirando hacia un precipicio moral. Para entonces, en ese 2011, ya usaba un teléfono celular con servicio de correo electrónico y cuando iba en el micro por la ciudad de Querétaro llegó una carta. Era de Rogelio, quien por ese medio compartía a sus contactos un poema dedicado a su padre. Lo leí una vez. Lo leí dos, tres, cuatro veces en ese tramo de carretera, y lloré mucho, tanto que milagrosamente me sanó. Supe entonces, en el silencio de mi pena, que podía pasar lo que fuera a mi alrededor, pero que si seguía pasándome eso, tener amigos que escribían así, literatura de tal densidad emocional e intelectual, yo no era tan malo como me sentía. De la pesadumbre total pasé de golpe a sentirme un privilegiado, y de inmediato le escribí a Rogelio para agradecer su amistad y su literatura.
Le dije algo más: que se llamaba como mi padre, y eso de alguna forma me hacía quererlo y respetarlo más. Gracias, pues, amigo, y felicidades por ganarte nuestro cariño y nuestro respeto con tu obra literaria y tu generosa amistad.

Torreón, Coahuila, México, 19, marzo y 2016

Nota: Palabras leídas en el homenaje que el pasado 19 de marzo rindieron en Tucumán, Argentina, a Rogelio Ramos Signes. Gracias a Julio Estefan por leerlo. En la foto, con el homenajeado en mayo de 2010 durante la Feria del Libro de Buenos Aires.

miércoles, marzo 23, 2016

Despoblado













La ruta era alucinante, de pesadilla, una brecha seca en medio del semidesierto lagunero. El sol caía como soplete, sin piedad sobre la tierra sólo decorada por arbustos estoicos y uno que otro rocón calizo. ¿Quién abrió ese camino en la nada? Horacio lo recorría por el asunto de las fotos. Deseaba llegar a los petroglifos, hacer las tomas, y volver. Quizá no calculó bien lo que le habían informado: llevaba cerca de una hora en esa ruta de piedrecilla gris y no aparecía nada, sólo el panorama de los arbustos a los costados del Renault en movimiento. Una hora después de conducir comenzó a tener miedo. ¿Iba en realidad hacia los petroglifos? Esos vestigios no eran muy famosos, se les mencionaba poco en la documentación científica y turística del norte, y según cierto investigador, realmente un charlatán, representaban misteriosos ritos, maldiciones de seres sobrenaturales y esas cosas más o menos exitosas en las publicaciones esotéricas. Horacio sólo quería tomar unas fotos, no interpretar los signos acuñados hace cientos de años. Tenso ya tras el volante, adelantaba la cabeza para encontrar el cerrito. Ya está cerca, pensó para darse ánimos, pero veinte minutos después seguía sin encontrar nada. Tuvo ganas de orinar y detuvo el coche. Mientras disparaba su chorro en una planta hirsuta y espinosa, vio que una llanta trasera del Renault estaba muy baja. Fue hacia ella, la tocó, luego se asomó a la cajuela y vio con alarma que estaba en problemas: su refacción no tenía aire y, lo peor, no cargó gato ni cruceta. Un desastre. Por instinto levantó la mirada y observó hacia todos lados: lo mismo, nada. No supo si regresar o seguir adelante, pues no entendía con exactitud dónde estaba. Se sintió indefenso. Desenfundó el celular, pero no tenía señal. Decidió seguir y cinco minutos después halló una especie de cabaña. De allí salió un viejo. Le compartió su problema y, sin decir palabra, el tipo sacó una cruceta, puso un gato, quitó la llanta, infló la refacción con una bomba manual y la colocó. No aceptó paga. Poco después encontró los petroglifos. Hizo las fotos y volvió por la misma ruta con la sensación de que se había perdido. Ya no vio la cabaña. Todo había resultado misterioso, mágico y amenazante, en efecto una pesadilla, pero también —así la interpretó— una advertencia. Lo primero que buscó antes emprender el camino hacia el cerrito fue lo más práctico y ordinario: una vulka.

sábado, marzo 19, 2016

Motos












La vida te da lecciones, y por eso con Osvaldo pasó lo que tenía que pasar. Lo conozco desde la carrera, pues cuatro años estudiamos juntos en la Facultad de Administración. Digamos que no era muy brillante en los estudios —un alumno con promedio de ocho—, pero tenía virtudes muy bien cotizadas en el mundo convencional. Era, como se dice, un tipo carismático. Desde aquella época se distinguió por una manera de ser muy especial: hablaba con una sonrisa permanente y siempre parecía interesado en las palabras de quienes conversaban con él. No era bien parecido, pero se vestía a la moda y hacía ejercicio, de manera que su imagen irradiaba frescura, una salud de joven atleta. Todas las muchachas del salón, claro, lo querían, pues además de charlar con ellas entre carcajadas no faltó que en una u otra fiesta las sacara a bailar desparpajadamente de a dos o tres al mismo tiempo, como les gusta a las mujeres cuando no hay parejas suficientes. Los compañeros lo veíamos con desconcierto: era fácil llegar a odiarlo, pero resulta que también era buen amigo. Hicimos un equipo de beis y no dudó en acompañarnos. Armamos un viaje de estudios a Guadalajara, e igual, Osvaldo era de los primeros en anotarse y participar sin titubeos en el relajo. Fue precisamente por esas fechas cuando compró la moto, una Kawasaki hermosa. Si era exitoso con las mujeres, la moto le triplicó los bonos. Entonces sí lo envidié. Había trabajado y ahorrado y compró ese perfecto animal de fierro cuando estábamos casi por salir de la carrera. En esas fechas yo andaba, como decimos, “sobres” de Rocío, la más linda del grupo. Osvaldo, claro, me la tumbó sin despeinarse desde aquella mañana en la que los vi alejarse sobre la moto, con ella abrazada al pecho del valiente. No metí las manos, era imposible subir al ring contra ese contrincante, así que terminé por aceptar la realidad. Terminé la carrera, hice mi vida y no pasó nada que merezca algún recuerdo. Luego me enteré, por compañeros del grupo, que Osvaldo se había convertido en corredor de motos. Más adelante supe que organizaba competencias y que puso dos negocios especializados con taller y toda la cosa. Lo mejor en estos casos es colocarse lejos, sobrevivir al acoso de ese gusano barrenador de la conciencia que es la envidia. Un día, sin embargo, al encender la tele en el cable vi que lo entrevistaban —¡lo entrevistaban!— en ESPN antes de una competencia. Decidí verla, ver los muchos percances en la pista de cross, y soñé allí mismo con una posibilidad. La esperé durante toda la carrera, pero hice mal. El accidente jamás se dio. Con Osvaldo pasó lo que tenía que pasar: ganó.

miércoles, marzo 16, 2016

Tragos




















Me había ido bien y allí mismo, afuerita del bar El Nopal, sentí la obligación de ayudarlo. Tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto y ya había perdido tres dientes. Los que le quedaban eran grandes y amarillos, y cuando hablaba le salía una voz cavernosa, triste, una voz como emitida desde el fondo de un desastre. Era él, ahora de bolero lumpen, casi cuarenta años después de haberlo conocido. El tatuaje en el brazo —un ojo con tres lagrimitas oscuras— me ayudó a identificarlo. Era él. Me atreví a preguntarle mientras lustraba mis zapatos. Usted ya no se acuerda de mí, le dije. Levantó la cara sin dejar de cepillar uno de mis empeines. No, patrón, la verdad no. El enrojecimiento de sus ojos mientras miraba hacia arriba y el pelo desgreñado y brilloso por la suciedad le dieron por un instante cierto aire de divino rostro sin corona de espinas. Bajó la cara y siguió con su chamba, concentrado ya en el jabón de calabaza. Yo lo conozco, amigo, le dije. Usted vendía lonches. Ah, sí, respondió, de eso hace un chingatal de años. Pero ya ve, me acuerdo de usted muy bien. Usted se ponía en la Presidente Carraza y la calle Blanco, en su carrito, agregué para que tuviera mejor noticia de mi buena memoria. Y recordé más. Él boleaba y yo le compartía uno de mis mejores recuerdos de la infancia. Ahí voy, con el poco dinero que había disponible. Me alcanzaba para un lonche de mortadela y al llegar le pedía, como bocadillo de entrada, las “chichitas” del pan, los picos que quitan y tiran los loncheros antes de preparar lo que sigue. El tipo me los daba sin chistar y poco a poco se hizo costumbre: me veía venir y ya tenía seis, ocho o diez picos de francés, y yo era feliz en ese instante. Así hasta que salí a estudiar a Durango y así hasta que, sin darme cuenta, el lonchero desapareció hasta el reencuentro de hoy. Usted siempre me regalaba los piquitos de pan, remaché. Ah, respondió sin emoción. ¿Y por qué dejó los lonches y ahora bolea?, pregunté. Me fue mal, amigo. Me gusta tomar. Hago esto sólo para seguir tomando, ya qué, dijo mientras untaba grasa El Oso al mocasín. ¿Toma aquí en El Nopal? Sí, dijo. Entonces voy a pedirle un favor. Soy amigo del dueño. Ahora mismo vamos y le decimos que usted ya jamás pagará aquí sus tragos. Cada vez que venga, que le abra una cuenta y yo la pagaré. Volvió a mirarme desde su banquito portátil de bolero. Vi en su mirada que no me creyó, pero yo le hablaba en serio. Yo le iba a pagar una alegría con otra.

sábado, marzo 12, 2016

Lotería














Siempre, siempre me fue mal, pero ya no estoy para quejarme. Espero al médico para una revisión cardiaca de rutina y aquí, en esta salita de consultorio, recordé la serie de lotería. Aquello ocurrió hace quince años, en la antesala del oculista. Esperaba mi turno cuando vi en una silla aledaña la sección deportiva de La Opinión. La tomé casi desganadamente y allí apareció la tira de billetes. La secretaria del doctor andaba en otro lado, yo era el único paciente en espera de turno, así que nadie podía verme y tomé la tira. Mi vista estaba muy dañada, los lentes ya no me servían de mucho pero pude ver que se trataba de una serie vigente. Supuse que otro cliente la había dejado olvidada, o era del médico o de la secretaria, daba lo mismo, y decidí quedármela. Cargaba una carpeta con los papeles de mi liquidación, pues luego de ver al especialista yo debía pasar por los miserables pesos que me tocaban luego del despido. Mi situación era realmente complicada. Casado y con un hijo en edad escolar, me habían echado de la empresa luego de siete años de trabajo. Estaba hasta el tope de deudas y mi ojo izquierdo requería con cierta urgencia una intervención quirúrgica. La plata que me darían por el recorte no iba a durar ni dos meses, así que debía conseguir otra chamba de inmediato. Fue entonces cuando decidí gastar unos pesos en el examen, pues si le daba más largas, me había dicho el oftalmólogo, podía perder la vista de un ojo. Y en el consultorio, en aquella visita, hallé la tira de billetes que poco después me dio la sorpresa. Dejé la serie en la carpeta durante dos semanas y una de esas tardes vi un anuncio de Melate y eso me llevó a recordar la tira. Nunca fui buen comprador de esos sueños desesperados por hacerse rico, pero sabía que era necesario revisar en algún periódico o directamente en la Lotería Nacional. Fui al centro y al revisar la sábana se me vino encima toda la alegría de que era capaz este mundo: la serie estaba premiada. Temí que me descubrieran, así que espere tres semanas para cobrar. Hice todos los trámites y fue maravilloso, casi de infarto, el cheque que recibí. Traté de no hacer evidente mi nueva condición, pues desde allí supe que se habían acabado todos o casi todos los problemas. Mejoré la casa, compré dos coches austeros pero nuevos, cambié al pequeño de colegio y compré cinco taxis que afortunadamente fueron generando las ganancias suficientes como para vivir de eso. Ahora traigo un problema cardiaco, es verdad, pero sigue habiendo con qué atenderlo. Sé que estas historias suelen terminar mal, pero ésta todavía no.

jueves, marzo 10, 2016

Encuentro con Roberto Perfumo














Reviso en mi agenda retrospectiva que el jueves 16 de julio de 2015 a las dos de la tarde fui invitado por el periodista Eduardo Anguita a grabar su programa de radio. Desde Morón, luego de hora y media de viaje en bus, tren y subte, llegué puntual a la cita en el edificio de Radio Nacional ubicado en Maipú 555, casi el ombligo de la capital argentina. El programa de Anguita pasaría diferido el sábado siguiente, 18 de julio, a las ocho de la noche, y se trataba de una mesa en la que sería abordado el tema del narcotráfico en Argentina y en México. El Chapo se había fugado el día 11, así que para mi amigo Anguita resultaba interesante que un mexicano opinara particularmente sobre ese asunto. En el panel estarían también Eduardo Sguiglia —economista, ex embajador y escritor que durante la dictadura vivió exiliado en México— y Alberto Calabrese, experto en materia de narcotráfico.
Grabamos el programa, dije lo que quise, escuché con atención a mis interlocutores y todo quedó listo, sin mayor problema, para el sábado. Anguita fue muy cordial, y no quedaron a la zaga ni Sguiglia ni Calabrese, con quienes seguí la charla en los pasillos de Radio Nacional. En eso estábamos cuando pasó cerca de nosotros Roberto Perfumo, símbolo del futbol argentino. El ex jugador de Racing y River, ex mundialista y desde hace mucho periodista deportivo cuyo apodo, el Mariscal, describe perfectamente su manera de liderar en las canchas, saludó al colega Anguita y a sus acompañantes. Para los ahí reunidos era normal, supongo, ver y saludar a Perfumo, pero para mí no; estaba frente a un tótem especialista en secar rivales sobre el césped con una dureza pocas veces vista (tenía “una personalidad de su puta madre”, como dijo alguna vez Maradona) y no dudé en hacer lo que hice: saludarlo con efusividad, decirle que había leído su libro Hablemos de futbol (armado junto a Víctor Hugo Morales) y solicitarle una foto. Saqué mi celular y le pedí a no sé quién que me ayudara. Perfumo accedió sin problema, aunque lo noté algo cansado, con una sonrisa apenas insinuada y voz bajita. Luego de la foto se me ocurrió comentarle algo, lo que fuera, y me salió un elogio un poco extraño: delante de todos, de frente, le confesé que para mí hubiera sido un honor recibir una patada suya. Todos rieron, y más el Mariscal, y eso me hizo sentir muy bien.
Minutos después, al revisar la imagen, vi algo raro. Hay a nuestra espalda una pizarra para pegar anuncios, y en ella destaca la cara de otro argentino algo famoso. Es como si estuviéramos tres en esa foto.
Escribo este breve recuerdo porque hoy murió Roberto Perfumo (Sarandí, 1942-Buenos Aires, 2016). Descanse en paz.

miércoles, marzo 09, 2016

Lodazal












Pensé que había muerto, pero su presencia aquí, en el restaurante, casi al lado mío, histriónico y como siempre muy conversador, recordaba la sobada frase de la yerba mala que nunca iba a morir. Por supuesto que los años ya le habían propinado una golpiza, que las canas, las entradas, las arrugas y la barriguilla correspondían ahora a sus setenta. Conservaba, eso sí, la posición bien erguida, el cuello siempre tirante de los chaparros y el porte estudiado que reforzaba con el saco esport y la camisa sin corbata. Jamás olvidé “sus secretos”, la técnica persuasiva que alguna vez, hace treinta años, quiso enseñarme. “Mira, Rosalío, lo primero que debemos hacer es cambiarte el nombre. Un líder así llamado jamás avanzará lo suficiente”, fue lo primero que recomendó al aceptarme como adepto. Me sugirió un nombre ordinario, luego una inicial enigmática y al final mi verdadero apellido. “Puedes llamarte Carlos Y. Ortega”, dijo. Luego me explicó el truco: “Carlos es un nombre sencillo, y luego viene la ‘Y’ que desconcierta: por supuesto que te preguntarán y tú dirás que significa ‘Ybrahim’, pero que no te gusta usarlo, y así tus discípulos sentirán que acceden a tu mundo íntimo, que se adueñan de una ‘clave’”. El Maestro había creado un sistema de mensajes sutiles para convencer a la juventud sin que ella lo notara. “El uso del saco esport te da autoridad, pero jamás lo complementes con corbata. Los jóvenes perciben al hombre de corbata como remoto, como inalcanzable. El saco te deja a medio camino entre lo lejano y lo próximo, el sitio ideal en el que debe colocarse todo gran líder, Rosalío”. Su teoría de la Gran Conversión atravesaba sin solución de continuidad como diez o quince religiones alarmistas a las que aderezó con preceptos de su delirante cosecha. Por supuesto que la ensalada era aberrante, pero de eso me di cuenta algo después, cuando abandoné el grupo y comencé a leer. Siempre impartidas en cafés sombríos, las clases de Maestro —él las llamaba “iluminaciones”— buscaban adherentes a una causa que jamás me quedó clara y que obviamente no prosperó. Hoy el Maestro no podría reconocerme, y al oírlo cerca de mi mesa no puedo sino asombrarme de su parálisis, de su estancamiento en aquel lodazal de ideas pedestres. Ya casi anciano, oí que instruía a su discípulo: “El uso del saco esport te da autoridad, pero jamás lo complementes con corbata. Los jóvenes perciben al hombre de corbata como remoto, como inalcanzable. El saco te deja a medio camino entre lo lejano y lo próximo, el sitio ideal en el que debe colocarse todo gran líder, Carmelo”.

sábado, marzo 05, 2016

Playa




















Descubrí este bar por accidente. Salí tarde de la chamba (los encargos del jefe suelen llegar con absoluta imprudencia) y tomé el bus a toda velocidad. Faltaban cinco minutos para que comenzara la final y calculé: andarán en el minuto veinte cuando llegue a casa. Bueno, me resigné. Luego fue suficiente una pestañita en el asiento para advertir con espanto, al abrir los ojos, que había tomado la ruta equivocada. En el entronque del bulevar me fui al oeste, en sentido contrario al de mi casa. Bajé apenas me di cuenta del error. Y allí quedé, en un barrio desconocido y mugriento. Caminé unas cuadras con apuro. Vi el reloj. El partido ya comenzó, pensé. Y es la final y juega mi equipo y es el favorito. No conocía el rumbo, era urgente encontrar a alguien para saber qué camión debía tomar, y dónde también. Avancé dos cuadras más y parecía adrede: nadie andaba en la calle. Entonces ocurrió el milagro: en una esquina vi el bar Playa azul que en la pared lucía un anuncio en cartón fosforescente escrito a mano: “Hoy, final del futbol en vivo”. Me asomé y estaba casi lleno; sólo una mesa con dos sillas se abría como posibilidad. Fui hacia ella con el temor de que estuviera reservada. Me senté y vino un mesero. Me ofreció tres marcas de cerveza. Pedí una. Iban en el minuto diez, cero a cero. Sentí una alegría redonda, perfecta, pues ya tenía cerveza y lo mejor: una tele con la final desde el DF. En el minuto veinte llegó el fulano, un viejo como de sesenta años, correoso, bajo de estatura y de rasgos esquinados como los de Cousteau el de los documentales marítimos, aunque en jodido. Todas las mesas estaban ocupadas, pero yo tenía una silla libre. Me preguntó que si no era molestia, y le respondí que no. Pensé que movería la silla a otro lado, pero lo que hizo fue sentarse junto a mí. Traía una cerveza en la mano y no la soltó hasta que el mesero vino a servirnos las siguientes. Cousteau se me hizo conocido. Yo lo veía de reojo, entre jugada y jugada de la finalísima. De perfil me pareció muy narigón, como los tiburones. Pensé que esa comparación era perfecta, por lo acuático. El viejo jamás dijo palabra, ni volteó a verme, pero fue mi compañero de mesa durante todo el partido. Sentí que lo había visto en algún lado, pero no supe dónde. Le recalculé la edad: quizá sesenta y tantos, casi setenta. El partido terminó, el viejo dijo buenas noches y fue a pagar. Cuando pedí mi cuenta aproveché. “Ah, quizá se le hizo conocido porque hace cuarenta años mató a dos cristianos en un ratito. Se hizo famoso en los periódicos. En el bote le pusieron El Tiburón”, dijo el mesero.

miércoles, marzo 02, 2016

Miedo













Por eso todos los días había sentido lo mismo. Todos los días de todos los años que tenía trabajando lo acosaba una sensación borrosa, como un miedo lejano, como una incomodidad palpitante en lo profundo de su alma. Era algo que no podía definir, amorfo y velludo como un grano pegado en los muros interiores de su cráneo. Se levantaba puntualmente aunque cada vez más golpeado, con un dolor recurrente en la espalda baja. Orinaba sentado mientras el agua de la regadera comenzaba a salir cálida. El regaderazo era un ensalmo, una pequeña salvación en aquellos primeros minutos del día. Para estirar un poco el goce de la cascada sobre el cuerpo tomaba un espejito pero no servía de mucho, por el vapor, y se afeitaba pues al tacto; luego de cada deslizamiento golpeaba el rastrillo en los azulejos para tumbar los minúsculos pelos incrustados entre las navajitas del Prestobarba. Salía con la sensación de que la vida no era tan mala, se secaba con firmeza y luego se peinaba hasta que quedaba como engominado. Así, relamido y con la toalla anudada a la cintura, caminaba a la cocina. Calentaba agua en la cafetera y de una vez le echaba dos bolsitas de té verde. Le gustaba esperar unos minutos tendido de nuevo en la cama, desnudo ya totalmente, verijón y con las manos anudadas a la nuca. Todo eso —las cuatro paredes, la cama, el agua, el jabón, el rastrillo, la toalla, el desodorante, la cafetera, el té— eran poco pero eran mucho al mismo tiempo, así que se obligaba a sentir que todo era producto de un privilegio mayor: el del trabajo. Ganaba una miseria, pero era suficiente para mantenerse en pie, limpio y alimentado, en un país que él consideraba cada vez más azotado por la decadencia de todo, por la podredumbre de todo. En fin, luego seguía vestir una de las diez o quince camisas, uno de los cinco o seis pantalones de combate y los zapatos de siempre, negros o cafés. Y así, con el portafolios firme en la mano derecha, caminar hacia el coche todavía en proceso de pago, pues iba apenas en el octavo abono, y en el coche escuchar las noticias del día, los comentarios siempre improvisados, los anuncios. Era la rutina, qué más podía hacerse. Luego llegar, estacionarse, marcar la entrada en el reloj e ingresar al cubículo. Lo mismo siempre hasta esta mañana. En vez de que la rutina siguiera su camino, el vigilante le ha indicado que pase al departamento de personal. Sabe para qué es, pues a otros los han echado con idéntico procedimiento. Por eso el miedo, por eso todos los días había sentido lo mismo, lo mismo.