sábado, abril 09, 2016

Baile











Bailaban. El sol no había desaparecido en el oriente, hacia el Cerro de la Cruz, y todavía quedaban tendidos algunos rayos sobre la cresta de la ciudad. Eran las ocho y media, pero el cambio de horario traía el agotamiento de la luz hasta muy tarde, casi hasta las nueve. Daba lo mismo, pues en la plaza de armas ya estallaba el ritmo de un danzón con aroma nocturno y muchas, muchas parejas lo aprovechaban. La mayoría pasaba los sesenta, y lucía sus mejores trapos. Se trataba de una fiesta humilde, pública, estentórea, un motivo suficiente para esperar los domingos con anhelo y no desear nunca la muerte. Así se encontraron. O se reencontraron, más bien, Chayo y Ezequiel, ambos al borde de los setenta. “Disculpe, ¿usted no es Chayo?”, dijo Ezequiel con el sombrero en el pecho, como disculpándose de antemano por confundir a la mujer. “Soy —respondió Chayo, y agregó—, ¿y usted es Ezequiel?”. Ambos quedaron asombrados por haberse reconocido medio siglo después, e hicieron pareja para el baile. Entre pieza y pieza lograron platicar. En sus palabras se hacía presente la franqueza del que ya no necesita guardar nada. “Acabo de regresar a Torreón, Chayo. Después de que nos conocimos y fuimos novios, estuve aquí cinco años, terminé la normal y conseguí un jale de maestro en la sierra de Durango. Allí conocí a una con la que me casé. Pero salió mal no por ella, sino por mí: agarré duro la tomada. Apenas llegué a tener un hijo, pero se me murió a los siete, de una enfermedad que se pudo atender pero que fui dejando porque el trago me tenía muy distraído. La mujer me dejó, perdí la poca familia que había hecho y en vez de enderezarme me fui más chueco. Pedí un cambio y me mandaron a Michoacán. Allí llegué para dar clases en secundaria, de historia, pero no duré, pues ya para entonces iba borracho a trabajar, si es que iba. Me echaron y comencé a rodar. Me fui a México, luego a Veracruz, después a San Luis, hasta que terminé, no sé cómo, en una casa de recuperación de Zacatecas. Fue como una vuelta a mi tierra, y dejé el trago. Tengo ya diez años sin beber una gota y hace unos meses, luego de cuarenta años perdido, recalé a Torreón”. Chayo esperó su turno: “Yo me casé, tuve tres hijos. Me fue mal con el viejo, lo engañé. Me golpeó y terminamos. Luego me dediqué a ya sabe qué hasta que me aguantó el pellejo. Mis dos hijos se fueron al otro lado. A uno lo mataron. Otro está en la cárcel. Vivo arrimada con mi hija, de milagro”. Seguían bailando otro danzón. “¿Sabes qué somos, Chayo?” “¿Qué somos?” “Dos supervivientes. Abráceme más no para que se vea más cachondo. Abráceme fuerte como para felicitarnos mientras dura esta canción”.