jueves, abril 23, 2009

Aplauso para 12 hombres



Es una producción de Jorge Ortiz de Pinedo, pero afortunadamente ese comediante no actúa en la obra. Me refiero a 12 hombres en pugna (Twelve angry men), de Reginald Rose. Es, de entrada, una pieza tan inteligente que, sin renunciar a la crudeza de su asunto central, no descarta la pincelada humorística. Debajo de todo este trabajo late el gran tema de la justicia, por lo cual vale esbozar, desde ya, el argumento: doce ciudadanos comunes y corrientes, de diferentes edades y oficios, son convocados para fungir como jurados en un juicio gringo a un joven de 16 años acusado de matar a su padre. La obra comienza cuando las pruebas, las acusaciones, los testigos y la defensa ya han pasado, de manera que acompañamos a los doce jurados en la sala aislada donde deliberarán sobre la culpabilidad o la inocencia del presunto asesino. Lo primero que hacen, para ahorrar tiempo, es votar: si los doce coinciden que es culpable, el joven irá, sin remedio, a la silla eléctrica; al principio, once votan por la culpabilidad, y uno, no. Desde ese momento comienza un largo y complicado debate entre los doce hasta llegar al imprevisible desenlace.
Como son doce presencias ininterrumpidas en escena y un solo cuadro escenográfico, 12 hombres… amenaza con ser una catástrofe llena de aburrimiento. Los jurados hablarán y hablarán para discutir la inocencia o la culpabilidad de un pandillero al que ni conocen. No sé otros espectadores, pero yo presentí que la obra estaba condenada al precipicio del aburrimiento. Y no, pues con pasmosa maestría los doce actores sacan adelante, con lujo de histrionismo, las personalidades de los jurados. Y cómo no, si sobre el escenario calculé que había como 300 años de experiencia actoral, sumadas las trayectorias de López Tarso, Aarón Hernán, Julio Alemán, Patricio Castillo y compañía. Fue de veras impresionante ver cómo una buena obra (aunque pudo ser cualquiera, hasta una mala) era despachada por esa brutal suma de capacidades actorales. Acostumbrados como estamos al teatro deefeño que aprovecha inercias telenoveleras para hacer agostos en provincia, 12 hombres… es, sin duda, un producto literario muy estimable, pero más los es, estoy seguro, la solvencia con la que doce actores mexicanos hicieron de las suyas sobre el escenario. Todos están bien colocados en sus personajes, todos se apropiaron de sus papeles, pero es innegable que en esos grados de profesionalismo también se puede notar la diferencia entre los consagrados y los que pueden estar en vías de serlo. Ignacio López Tarso, que de alguna manera es pilar en el argumento general, actúa con una naturalidad y un desparpajo que hace parecer sencillo ese trabajo. Igual Aarón Hernán, Julio Alemán, Patricio Castillo, Salvador Pineda, José Elías Moreno y me atrevo a sumar a Odiseo Bichir (por cierto, el único Bichir que no me parece tan Bichir). Los demás están muy bien, excelentemente bien, pero sospecho que todavía ocupan un peldaño atrás.
Un detalle importante de la obra, y allí tiene mucho que ver la dirección de José Solé, es su capacidad para mantener la tensión en un centro de diálogo sin que los actores que no participan parezcan maniquíes. En efecto, 12 hombres… hace discutir en torno de una mesa a los doce jurados, pero hay ratos en los que, por exigencias del realismo, algunos diálogos son mantenidos por dos o más personajes al margen de la mesa, de pie, junto a la ventana o en el baño adjunto. Mientras eso sucede, sin embargo, no se deja sentir el artificio de que los demás guarden silencio, pues con absoluta naturalidad se mueven en el escenario como quien toma aire, se estira de brazos o simplemente mira a la calle desde las ventanas. Todo vale en esta obra, sin duda, y las actuaciones están más allá de lo admirable. López Tarso y compañía son un ejemplo de plenitud actoral.

miércoles, abril 22, 2009

Ovni en Durango



A propósito de obispos que ensordecen, estuve en Durango hace dos meses. Fui a presentar una revista. Me trataron, como siempre allá, muy bien, indefectiblemente “de usted”. Ya entrada la noche, luego de la presentación, voy con Raymundo Tuda a cenar. Despachamos unos tacos. Él va por un negocio de los suyos, de producción televisiva, y me acompaña con todo su conocimiento de duranguense a cuestas. Como a las once, ya despejados del trance alimenticio, volvemos al centro histórico de la capital. Me deja impresionado lo que veo, la hermosa iluminación de los edificios, la limpieza de las calles, la pulcritud y la belleza de lo antiguo bien conservado. Pega un fresco que colinda con el frío. Caminamos y es un gusto ver que a dos horas del calor terregoso de La Laguna está Durango y su precioso centro histórico. Tan grato es el momento en esas calles que en un arranque de alegría me da por pensar en una felicitación explícita para Susana Elósegui Cross, la guapa secretaria de Turismo en Durango.
Caminamos, pues, y al errar por allí damos con el punto desde el cual se ve el reflejo de “la monja” en la cúpula de la catedral. Leo la leyenda inscrita en una placa metálica. Es casi la medianoche y hay vida, agitación, ruido en el centro histórico de la capital duranguense. Un vendedor de hotdogs tiene su changarro lleno de clientes. Por allí, un trío le canta a una chamaca abrazada por su novio. La caminata, sin prisa, sigue. Pasamos a la plaza, y al lado del quiosco hay un grupo de jóvenes que entre gritos parecen jugar a las maromas, a la gimnasia o algo así. La noche convida al surrealismo: ¿qué hacen veinte muchachos vestidos de civil jugando al saltimbanqui? Ni Raymundo ni yo lo sabemos, pero es evidente que en la plaza no es normal hacer gimnasia a las doce de la noche. Al pasar junto a ellos, una jovencita nos dice: “A ver, señores, ustedes son los jurados”. Nos detenemos sin saber qué pasa: luego entre varias y varios hacen una especie de pirámide parecida a las que forman en los desfiles. Hacemos plática. Son un equipo de porristas de Nayarit y acaban de participar en una competencia específica de esa disciplina. Con la fortaleza y la desinhibición que da la juventud en bola, nos demuestran sus capacidades. Los hombres cargan a las chicas, las lanzan entre tres al aire y las atrapan con destreza. Luego de unos minutos, alucinados, nos despedimos de los estudiantes nayaritas y avanzamos hacia la camioneta.
Raymundo decide mostrarme algunos puntos de la ciudad, entre ellos la casa que habitó de niño. Vamos hacia allá. Ya pasamos la medianoche. Vemos su antigua casa, su escuela primaria. La conversación fluye sin prisa, con el gusto que provoca un clima perfecto y la sensación de paz. Una hora después regresamos al centro histórico. El asombro no cesa: a diferencia de las ciudades laguneras, el ombligo de Durango capital es un hervidero de trocotas y de transeúntes a una hora que para nosotros ya es incómoda. Hay mariachis en algunas banquetas, grupos de amigos en plan de divertirse, comida callejera en varias esquinas. Avanzamos por la 20 de Noviembre. Un semáforo en rojo nos detiene. Admiramos la panorámica. Luego Raymundo, desde su posición al volante, me exige que vea por el espejo de mi lado: “¡Mira atrás, rápido, asómate!”. Accedo a mirar por mi retrovisor. Lo que viene hacia nosotros es una luz enceguecedora: además de los faros habituales, la troca que se acerca luce un diamante hecho de aproximadamente doce faros al centro, en la parrilla. La luz es hipnótica. Cuando esa Hummer se coloca al lado mío, concluyo que en La Laguna no podría circular algo así de ostentoso y estridente, como un Ovni. El chofer de la troca es un joven que va tocado con una gorra de beisbolista. Creo notar, de un vistazo, incrustaciones diamantinas en su cachucha y chicas jóvenes con él. Bajo la vista, pero siento que el joven me mira retador. Mi tensión dura como treinta segundos, y Ray concluye:
—Quizás es el hijo de uno muy pesado y tú ni cuenta.

domingo, abril 19, 2009

Acequias de edición



La parte central del número 47 de Acequias, revista de la UIA Laguna, ha sido dedicada al trabajo editorial desarrollado en La Laguna. Ofrece cuatro textos que dan idea de la hechura de libros en nuestra región: los artículos “Edición cometida y no aumentada”, de Saúl Rosales Carrillo; “Rogelio Villarreal Huerta por Rogelio Villarreal Macías”, de Daniel Herrera y “Editar en el desierto”, de mi cuño y letra; además, la entrevista “Periodista torreonense controvertido”, de Raúl Olvera Mijares. Añade, obviamente, ensayos, cuentos y reseñas, además de la obra gráfica de Luis Sergio Rangel. Para obtener un ejemplar gratuito hay que llamar a la UIA Laguna, al 7051010, extensión 1135, o escribir a Édgar Salinas y/o Julio César Félix, los editores, a acequias@lag.uia.mx. Traigo aquí mi colaboración:
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Editar en el desierto
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Jaime Muñoz Vargas
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A don Rogelio Villarreal Huerta:
por allá nos vemos pronto, amigo,
para que me conceda el honor de coeditar
con unas cervecitas de por medio
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Cuando en 1984 trabajé como editor del suplemento universitario Clase publicado cada quince días en La Opinión jamás imaginé que, entre otros, ése iba a ser uno de mis oficios. No lo imaginé, pero ya desde aquel momento sentí que trabajar con las palabras, las imágenes y el papel era divertido y aleccionador, además de que posibilitaba una fuente de ingresos sin alejarme demasiado de la literatura. Como otras, la influencia principal de mi gusto por la edición la recibí involuntariamente de Saúl Rosales. Cuando me dio clases de literatura algunas veces me mostró las hojitas para “esquemar” el suplemento cultural de La Opinión que él editaba y cuando trabajamos juntos en el Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC también lo vi diagramar El Juglar, “órgano informativo” del DDC, en esas hojitas de papel revolución que contenían retículas donde a lápiz quedaba esbozado el diseño de cada página. Todo eso ocurrió entre 1983 y 1988.
Poco después, de 1990 a 1998, al editar el suplemento la tolvanera hallé en verdad que ésa era una de mis vocaciones. Todo salía a ciegas, sin más escuela que la experiencia adquirida sobre la marcha, el inevitable ensayo-error arriesgado en cada número. Del 90 al 92 procedía casi a la usanza antigua, sólo que sin linotipo: juntaba las colaboraciones en papel, las pasaba a un “capturista” que las tecleaba para guardarlas en la computadora; luego me reunía con el diseñador para vaciar los textos en un formato predeterminado donde de paso abríamos huecos para las viñetas; después me hacía una impresión, revisaba en papel con pluma Bic roja, el diseñador pasaba mis enmiendas y listo, el original se iba a la imprenta.
En el 93 compré mi primera computadora, una Macintosh Classic II que parecía Arturito el de La guerra de las galaxias. Con ella pude abreviar pasos: comencé a hacer yo mismo el diseño, como se podrá notar en lo espantoso que quedaba. No tenía o no existía el escáner, lo ignoro, así que las viñetas las fotocopiaba de libros y/o revistas para luego pegarlas con resistol de barra Pritt dentro de los espacios dejados a propósito (así se iban las páginas a fotomécanica, después a la insoladora y al final a la prensa). Era un trabajo muy rudimentario, artesanal, tanto que demandaba tijeras y pegamento escolar, y no había otra opción. Varios años pasaron y poco a poco mejoré el sistema; sumé el escáner a mis herramientas, de manera que pude manipular imágenes con mayor facilidad. En 1996, poco más o menos, pasé de la revista al libro. Más con intuición que conocimiento, propuse la edición de una serie de cuadernillos que sería regalada en la compra de la revista. Como siempre, les di preferencia a los jóvenes, a quienes incluso prologué (Miguel Báez Durán, Édgar Valencia, Miguel Morales Aguilar y algunos más que no pasaban de los 25 años). Pese a la escandalosa modestia de su material —interiores en papel revolución, forros en minagris, esa cartulina color plomo que se usa como base de los talonarios para rifas y boletos de camión—, la colección salía bien editada. Ya para entonces, por intuición, por observación, insisto, cuidaba detalles de editor profesional, aunque nunca lo he sido: evitar viudas y huérfanas, anular callejones, respetar los criterios de hojas blancas al inicio de la publicación y entre capítulos, folios sólo en hojas con texto corrido, punto menor en notas, uniformidad de los inicios colgados, etcétera.
Desde el principio noté que era un trabajo delicado, que cualquier descuido podía ser la caída. A diferencia de otras actividades, la del editor de impresos conlleva siempre el riesgo del error y, lo peor, el de la exhibición pública y permanente de los yerros. Aprendí, por ejemplo, a releer diez o más veces lo textual en las portadas (título, subtítulo, firma, cuarta de forros), a observar con lupa, letra por letra, los títulos de cada capítulo o pieza parcial de un libro, a observar con detenimiento el índice y ver su correspondencia correcta de título y página, y, en suma, a releer tantas veces como fuera posible el contenido de todo el libro. Pese a eso, claro, tengo en mi expediente personal un amplio muestrario de erratas memorables. Ninguna en portada, creo; unas cuantas en títulos de capítulo y muchas, eso sí, en cuerpo de texto. La lección que he obtenido de esta chamba es simple: a todo se le puede ganar en materia de edición, menos a las erratas. No se les puede ganar, pero es posible aminorar su presencia, limitar su impertinente aparición sobre la página ya terminada, y esto se logra sobre todo releyendo las versiones más recientes, aquellas que, se supone, van siendo despiojadas poco a poco. La prisa no es buena acompañante, por eso, en los viajes editoriales.
En el trance de editar por gusto y por dinero me obligué a buscar información sobre la hechura de libros. Tengo varios, y sin duda el mejor es El libro y sus orillas (UNAM, 1991), de Roberto Zavala Ruiz. A ellos sumo no menos de treinta diccionarios de diversas especialidades. Informarse sobre las características y los puntos finos del trabajo editorial es importante, pero más, creo, es la observación y la convivencia con libros y con personas que saben de edición, como Cristina Solórzano y Mariana Ramírez, con quienes compartí muchas jornadas de trabajo en la UIA Laguna. Editar me llevó a ver de otro modo los libros viejos, a valorar como fetiches las primeras ediciones de obras famosas, a envidiar publicaciones (como las españolas) editadas e impresas con perfección. Gracias, pues, a mi flanco de editor, tengo primeras ediciones de Reyes y Borges (ambas con firma original), de López Velarde, de Agustín Yáñez, de Elías Nandino, de Juan Gelman, de Rulfo y de varios más. Tengo incluso, impreso con la tipografía de Joaquín Ibarra y Marín, la tercera edición, un portento tipográfico que me arrodilla, del Diccionario de la Real Academia Española (1780) por primera vez “Reducido a un tomo para su más fácil uso”.
Edito, en suma, por gusto y a veces como complemento de mis actividades profesionales de supervivencia. Es un oficio todavía desconocido en La Laguna, zona donde los impresores y ahora los diseñadores gráficos han sido quienes editan, generalmente sin los saberes básicos, como el cuidado ortográfico. Por ello, con o sin encargos de por medio, suelo editar, y algunos de mis amigos saben que hasta les he regalado ediciones e impresiones de sus obras nomás por pura camaradería. En mi cabeza bullen diseños, encuadernados, tipografías, cajas, portadas, tipos de papel. El dinero suele faltar para aterrizar los proyectos, pues no es precisamente económico hacer un libro digno. No obstante, tengo en la sala de espera, siempre, cinco o seis o siete libros breves que deseo hacer por gusto, incluidos algunos míos.
Me queda claro que editar es una profesión que debe ser acompañada por el placer. Sospecho que al menos en mi caso es así, por eso sigo aprendiendo, enseñándome solo. Conozco ya los rudimentos elementales del oficio, pero sé que esto no termina nunca; más ahora, con el desarrollo de potentes programas de cómputo que en teoría, sólo en teoría, editan casi solos. Y concluyo con cinco incisos que quizá le pueden servir al aspirante de editor en La Laguna:
a) Hay que campechanear la edición por gusto y por dinero.
b) Hay que convencer a quienes desean publicar de que los impresores y los diseñadores gráficos no son necesariamente editores.
c) Hay que observar muy de cerca el trabajo de los impresores, ir al taller, convivir con los prensistas, para evitar sorpresas.
d) Hay que trabajar (en La Laguna, quiero decir) con un surtido pobre y por lo regular caro de insumos para la impresión, sobre todo de papel.
e) Hay que aprender a regalar parte de los libros que uno edita.
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Comarca Lagunera, 5, marzo y 2009
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Nota del editor: la imagen que encabeza esta entrada es la portada de la primera edición de Urbe (Manuel Maples Arce, México, 1924) que es parte de mi colección de rarezas editoriales.

sábado, abril 18, 2009

Niños y letras según Gabo



Comparto un artículo iluminador (¿cuál no lo es?) de García Márquez. Su título es “Manual para ser niño” y de él entresaco la parte titulada “¿Con qué se comen las letras?”. Todo se refiere a Colombia, pero tranquilamente puede ser México. Le sobra razón a Gabo en todo lo que afirma:
Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más énfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: “Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea”. Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza —y no tanto la televisión y los malos libros—, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste —que es la única condición para leer un libro—, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.
Haría falta —como falta todavía para todas las artes— una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.
Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

viernes, abril 17, 2009

Talentos por doquier



En 2007 circuló en internet la noticia de que un tal Paul Potts, anónimo vendedor de celulares nacido hacia 1970 en la ciudad de Bristol, se había descabechado a todos sus oponentes en el concurso Britain's Got Talent, programa de televisión trasmitido en Inglaterra. Gordito, medio chimuelo, tímido, el tal Potts subió en su turno al escenario para tratar de demostrar su talento ante tres jurados; uno de ellos era el temible Simon Cowell, sujeto que por su proverbial ojetez crítica es el símbolo mundial de los jurados en programas con estilacho American Idol. Potts cantó una versión compacta del aria “Nessun dorma”, de Turandot. Como es costumbre, cuando el participante estaba por comenzar con su interpretación fue interrogado por los jueces sobre sus aspiraciones. Potts se notó apocado, como inseguro. Luego comenzó a cantar y, aunque los expertos podían notar que se trataba de un tenor principiante, para los legos habituados al pop resultó una revelación, tanto que llegaron a la lágrima, pues ya se sabe que “Nessun dorma” es un aria de Puccini que carece de abuela y gusta aunque sea cantada a medios chiles. De inmediato, Potts pasó a convertirse en una celebridad, a grabar discos, a presentarse en conciertos y a servir de “inspiración” en este mundo en el que muchos perdedores podemos seguir pensando que sí se puede.
Tres años después de aquel hitazo ha ocurrido otro en el programa Britain's Got Talent. Algunos ya comienzan a sospechar que se trata de un recurso mañoso de los que la tele suele guisar para tener trasmisiones de alto impacto emotivo. Sea como fuere, la desempleada inglesa Susan Boyle, de 47 años, voluntaria en una iglesia de West Lothian (localidad próxima a Edimburgo, Escocia, donde reside), fue al programa y de nuevo ocurrió que, dada su apariencia, nadie ofreciera tres cacahuates por ella: gordezuela, con pelo de mujer dejadota y un vestido anodino hecho con telas Parisina, Boyle cantó como los mismísimos ángeles (perdón por la imagen, pero ya me engolosiné con la crónica origeleana). Su presentación fue entonces otro éxito y revela que todos podemos, que sólo es cuestión de echarle un chorro de ganas y no dejarnos acobardar por la maldita falta de oportunidades.
Esos talentos que se revelan de pronto son habituales en nuestro país. Aparecen tan frecuentemente que con facilidad podemos armar trivias muy interesantes. Vean si no:
Actriz de telenovelas que de la noche a la mañana se reveló, gracias a las broncas sostenidas con su marido, como experta en las artes de Mesalina. Su caso sirvió para ejemplificar que las cámaras y los micrófonos no son buena compañía en las alcobas. Respuesta:______________.
Actor, bailarín, cantante (todo entre comillas) que contrajo matrimonio con una neorrumbera cubana famosa por agarrar parejas de vividores de los cuales luego se separa con gran escándalo. Respuesta:_______________.
Político mexicano que ha destacado en el plano internacional como corredor de maratones en los que es capaz de bajar una hora su marca de abuelito dime tú. También es conocido como el “Ocelote de Tabasco”. Respuesta:______________.
Cuidador de vacas que gracias a sus amigos llegó a la presidencia de la república sólo para demostrar que la presidencia de la república es una institución que ahora sólo sirve para que nadie crea en la presidencia de la república. Respuesta:______________.
Funcionario mexicano que con todo y algunos kilitos de más tuvo la simpática ocurrencia de enfundarse en una franela de beisbolista para demostrar que los abucheos no significan nada. Respuesta:____________.

jueves, abril 16, 2009

Cultura y metropoli



Tuve ayer la fortuna de participar en una mesa redonda organizada por la UIA Laguna. Compartí el micrófono con Laura Orellana, Jesús de la Torre y Luis Guillermo Hernández. Creo no equivocarme si afirmo que el pánel cuadró bien, que los comentarios fueron muy interesantes y novedosos en más de un momento. Leí el maquinazo que comparto ; trata sobre el tema, hoy muy esculcado, de La Laguna como metrópoli:
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Cultura y metrópoli
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Me han invitado a opinar sobre la metropolización de la comarca lagunera. Para empezar, en el caso de palabras que usaremos con frecuencia creo más en su derivación hacia verbos menos lujosos, o más austeros, como regionalización. Al final es más fácil conjugarlos: yo regionalizo, tú regionalizas, él regionaliza, nosotros regionalizamos, vosotros regionalizáis, ellos regionalizan; eso suena un poco mejor que el espantoso yo metropolizo, tú metropolizas, él metropoliza, nosotros metropolizamos, vosotros metropolizáis, ustedes metropilizan. Pero en fin, en sancochamiento de verbos no hay control, ya ven que ahora existe aperturar (en vez de abrir) o fotocredencializar, de donde se desprende que quien nos fotocredencialice será un buen fotocredencializador.
Parto de esa apostilla al inservible saber lingüístico para señalar además que, si nos atenemos al significado que nos obsequia la Academia que limpia, fija y da esplendor, “metrópoli” no parece embonar con la idea que nos estamos haciendo de una región de varias ciudades más o menos apiñadas por razones geográficas, políticas, culturales, religiosas, económicas, policiacas y hoy hasta futboleras. En efecto, la primera acepción académica de “metrópoli” es “Ciudad principal, cabeza de la provincia o Estado”; la descartamos, pues no es la idea de ciudad, sino de región multiciudadana, la que queremos expresar con “metrópoli”. La segunda acepción, como toda segunda acepción, en más estrecha: “Iglesia arzobispal que tiene dependientes otras sufragáneas (para quienes no lo sepan, como yo, esa palabra significa “Que depende de la jurisdicción y autoridad de alguien” y “Perteneciente o relativo a la jurisdicción del obispo sufragáneo”); o sea que también la deshechamos, pues no estamos metropolizando, perdón, regionalizando por razones clericales, sino totalmente laicas. La última acepción de “metrópoli” también nos deja a medias: “Nación, u originariamente ciudad, respecto de sus colonias”. Tenemos dos caminos: a) como la palabra “metrópoli” no sirve —en sentido estricto ni metafórico— para lo que queremos, mejor dejamos por la paz ese rollo de la metropolización y nos ponemos a vivir como antes, sin buscarle cinco pies al burro. O b) cambiar de palabra y usar regionalizar, lo que vendría a ser como cobrar conciencia de que muchas actividades o rubros pueden y deben obedecer a una cierta lógica plurimunicipal, con lo cual, si no ganamos nada, al menos tenemos una palabra aparatosa más: plurimunicipal.
Ahora bien: creo que nadie ha demostrado como nuestro amigo el doctor Corona Páez que la historia de La Laguna (en tanto entidad uniforme acaso en términos de mentalidad, lo que va más allá de las colindancias políticas) es la historia de una región ciertamente compacta. Antes, mucho antes de que nuestros héroes nos dieran patria, entonces, esta zona ya compartía un todo común: espacio, clima, economía, religión, cultura, lengua, río y todo lo que pueda caber en un largo etcétera. Con la muy mentada “metropolización” estamos hoy, por ello, descubriendo no el Mediterráneo, pero sí, al menos, el mugroso laguito de la Alameda. En otras palabras, estamos volviendo a una condición antigua, aquella que pensaba en La Laguna como un organismo más o menos homogéneo, no como quince ciudades a las que, y eso ha ocurrido desde hace varias décadas, les vale un reverendo coño lo que ocurra con el vecino simplemente porque, en rigor, no existe tal vecino.
Creo que hay dos factores que han catalizado la urgencia de repensarnos como comarca. A reserva de trabajar más esto que aquí necesariamente es esquemático, sospecho que tanto la economía como la seguridad pública son los factores desencadenantes del flamante apetito por metropolizarnos, perdón, por regionalizarnos a empujones. Como en suma La Laguna es un conglomerado en forma de racimo, las inversiones que se hacen a un lado del río le afectan en muchos sentidos al otro, de ahí que los gobiernos deban buscar un mínimo de armonización en el terreno de las inversiones. Además, tanto Gómez como Torreón han aprendido a bailar con las más feas: generan un platal, ambas son, en sus respectivos estados, casi las primeras potencias económicas y sin embargo no son capitales, sino ciudades tratadas como se trata al hijo menor que sí la hizo, que sí estudió y que sí agarró buen jale: tendrá lana, progreso, desarrollo, campeonatos de futbol, pero nunca dejará de ser hijo menor.
El otro factor es el de la seguridad pública. Desde hace tres o cuatro años, cuando La Laguna pasó de ser una Arcadia norteña para convertirse en rastro al aire libre y de tiempo completo, los departamentos de policía vieron la urgencia de regionalizar sus operativos, de coordinarse. Por supuesto hasta el momento no han logrado absolutamente nada, pero de perdida nos queda la tranquilidad de que están muy bien coordinados para ejercer la ineptitud. Nunca, que yo sepa, una balacera iniciada en Torreón ha generado detenidos en Gómez, o viceversa, lo que indica que el río nos divide, sí, pero también nos une en materia de inoperancia. El caso más reciente de coordinación se dio el lunes: los policías de Gómez fueron alertados de un robo a una sucursal de Telmex; persiguieron a los ladrones hasta Torreón, donde se sumaron patrullas de esta ciudad. Al final, la persecución terminó en la esquina de Juan Terrazas y Pedro Camino, en la Ampliación Los Ángeles, donde los policías de ambos bandos, perdón, de ambas ciudades, se diputaron a mentadas de madre, y frente al asombro de los ciudadanos, la captura de los delincuentes. Por supuesto eso pasó porque eran ladrones (me refiero a los ladrones en sentido estricto, no a los policías); si los delincuentes chambean en otro giro ni siquiera los persiguen.
En suma, la idea de regionalización creo que toca puntos específicos de la vida comunitaria, sobre todo, como ya dije, los rubros económico y de seguridad pública. En lo demás, no creo que haya mucha necesidad de regionalizar demasiado, pues eso sería como hacer lo ya hecho. En lo cultural oficial o institucional, la coordinación ya comenzó a darse, pero noto que Lerdo y Gómez se suman a Torreón como en Torreón se han coordinado, para compartir actividades y bajar costos, muchas instituciones que suelen ser copatrocinadoras de actividades. El caso de la Cartelera cultural, el primer proyecto informativo conjunto, es un buen indicio del propósito regionalizador de la cultura oficial local.
Por lo demás, como lagunero químicamente puro, nunca he sentido que los lerdenses o los gomezpalatinos o los torreonenses se vean entre sí con altivez o con menosprecio. A mí siempre me ha dado lo mismo que alguien sea de donde sea, si es lagunero. Lo veo como a un igual, sin más, sin asombro, como a una lagartija más de nuestra estepa, entre las que me cuento. Porque, como ha investigado el doctor Corona Páez, el concepto de lagunero, o de laguneridad, viene de casi cinco siglos atrás, cuando llegaron los primeros españoles y los primeros tlaxcaltecas a estas tierras bárbaras y maravillosas. Luego entonces, de qué asombrarnos cuando vemos que el Santos es regional, que el río es regional, que el pan francés es regional, que la hamburguesa (la mejor del universo, por cierto) es regional, que el taco dorado es regional, que la reliquia es regional, que la nieve de Chepo es regional, que el lonche mixto es regional, que el azquel es regional, que la gordita (otro de nuestros productos imbatibles) es regional, y así. Por todo, sólo muy contadas cosas no son regionales, como la venta de cerveza todo el día, por lo cual hago un atento llamado a las autoridades para que ya no se dé esa nefasta situación, pues resulta muy difícil ir a comprar en Gómez lo que debemos tener en Torreón.
Se suponía que iba a tratar sólo de cultura y ya ven, me despaché una larga e inútil digresión. Pero ya es demasiado tarde para recular. Quién me manda no ser un buen metropolizador.
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Comarca Lagunera, 15, abril y 2009

miércoles, abril 15, 2009

Zermeño Vs. Burger King



¿Ha visto el lector la competencia de Televisa y TV Azteca para “posicionar” (este verbo es muy apreciado por los publicistas) la grotesca lucha libre gringa? ¿Ha visto los aracles, la parafernalia, ese teatro absurdo que llega a extremos tan mameyes que resulta insoportable? Ni en sus peores momentos, es decir, ni en la Triple A, la lucha libre mexicana ha alcanzado esos niveles de pendejez. No quiero decir que la lucha nuestra sea el súmmum de la verosimilitud, pero algo tiene, o ha tenido hasta el momento, que no rebasa ciertos límites de estulticia: los luchadores mexicanos se han especializado en lances acrobáticos, en una elasticidad circense que muy poco tiene que ver con los golpes de borracho que se atizan en la lucha yanqui. He allí la diferencia, lo que justifica, creo que con justicia, que la lucha libre mexicana sea la mejor del mundo, dicho esto con una pertinente sonrisilla escéptica.
Tan buena ha sido la lucha mexicana que prácticamente no hay punto de la república donde en arenas bien montadas o en jonucos a medio edificar haya funciones por lo menos una vez a la semana. La Laguna, por cierto, cuanta al menos con diez escenarios, aunque algunos sean tan pequeños y barriales que casi parecen clandestinos; hay uno, por ejemplo, en las cercanías del aeropuerto que parece coso medieval, de tablas y con un ring tan cercano al público que la fanaticada casi puede palpar a los luchadores.
Comento lo anterior a propósito de las noticias desatadas por la reacción de México ante la campaña publicitaria de Burger King en España y Gran Bretaña. Como bien los sabemos, “La cadena comenzó en los últimos días a promover en España una nueva hamburguesa denominada ‘Texican Whopper’, mediante un cartel en los que aparecen un vaquero alto junto a un hombre bajito y robusto disfrazado de luchador con una máscara y un traje con la bandera mexicana, lo cual provocó críticas de la embajada de México en la nación ibérica y la solicitud de retirar la publicidad”. La nota de El Universal añade que “En los carteles el luchador lleva puesto un poncho con los colores y el escudo de la bandera mexicana, mientras que en el anuncio televisivo sólo lleva los colores del símbolo patrio en el traje, la capa y la máscara. Bajo el lema ‘Unidos por el destino’, el uso del vaquero texano y el luchador mexicano buscaba representar la mezcla de sabores del producto”.
Ante tales disparates publicitarios (¿cómo es posible que alguien invente una palabra como “texican”?; esa sola creatura lingüística amerita cárcel), la embajada de México en España hizo declaraciones fuertes por medio de nuestro hombre en Madrid, Jorge Zermeño: “denigra a nuestros símbolos patrios y utiliza indebidamente la imagen del mexicano con un estereotipo que tampoco debe ser”. Muy bien, pero en la misma crítica a los publicistas de Burger King el ex alcalde de Torreón se aventó un apunte luchístico-antropológico que merece un mínimo comento: “es un estereotipo que siempre nos ponen, que no se vale ni corresponde a lo que somos”.
¿Cómo? ¿Nosotros sí podemos imaginar/estereotipar a los chinos con su gorrito cónico, o a los brasileños con sus sombreros frutales, o a los españoles con su boina vasca y sus brazos peludotes pero en otro lado nadie puede estereotiparnos como quiera? Creo que la crítica por lo de la bandera no anda errada, pero decir que a los mexicanos no nos representa (de algún modo) el luchador chaparro es ignorar que nuestro país es un hervidero de luchadores chaparros. Basta investigar un poco en Torreón para darnos una idea sobre los numerosos “gladiadores” que se ganan un peso extra en el subempleo de la lucha libre. En pocas palabras, yo boicotearía a Burger King por el uso de la bandera, no por el estereotipo del luchador. Sólo levantaría el boicot si anuncia que un día repartirá hamburguesas gratis en todo México. Sí, y que sirvan una que se llame “Desagravio tricolor Whopper”.
o
Nota del editor: en la foto, El Tacle, luchador lagunero. La imagen fue tomada de la web de la Arena Olímpico Laguna.

domingo, abril 12, 2009

Magia y decadencia de Garrincha



Veo a mi hija más pequeña, de casi siete años, metida en el YouTube; busca sus canciones favoritas, toda esa basura pop que difunde el canal de Disney. La veo y pienso en lo que siempre pienso cuando pienso en el poder de internet: para los niños es normal que exista esa monstruosidad de información al alcance de unos cuantos clicks. Nacieron con eso, así que su percepción del entretenimiento y del aprendizaje (en este orden) es muy distinta a la nuestra. Los pequeños no se asombran; nosotros, los adultos, creo que sí, pues de golpe pasamos de una edad lenta y algo escasa de información al torrencial mundo de datos que la red nos ofrece.
En tal contexto soy, como tantos, cliente distinguido de YouTube. Gracias a esa bárbara ventana he podido ver a mis ídolos artísticos y deportivos de los sesenta, setenta y ochenta. Qué placer escuchar y ver allí a Yupanqui, a Los Ángeles Negros, a los Creedence y a tantos y tantos otros que fueron para mi generación iconos formativos (o deformativos), el ruido que servía de fondo en las fiestas o en cualquier lugar. Pero hay más: todo lo que tenga audio o video, o audio y video, ha ido cayendo poco a poco en el YouTube, de suerte que el concepto de almacenaje audiovisual fue radicalmente modificado en unos cuantos años.
Y hay más: puedo ver ahora lo que jamás vi, y paso a dar un ejemplo. Durante años he escuchado a los viejos cronistas futboleros hablar de “la magia de Garrincha”. A retazos, sin concierto, supe que Garrincha fue un innovador del balompié, que sus gambetas llegaron a un atrevimiento descarado, lo que sirvió para que muchos estadios se llenaran de público atraído por la fama de ese extremo verdaderamente volador. Tiempo después, en un disco de Alfredo Zitarrosa hallé una canción titulada “Garrincha”, donde el cantor uruguayo hizo una especie de homenaje a la figura del brasileño que improvisaba quiebres de cintura y hacía trucos inusitados con el balón. El tema cantado por Zitarrosa me llevó a buscar material sobre Garrincha; encontré, entre otros, una especie de boceto mal escrito (le he pulido al menos la ortografía), pero que sirve lo suficiente para sacar de apuros: “Cuando murió Garrincha lloró todo Brasil y el mundo del futbol perdió al que ha sido un mago del balón y posiblemente el mejor extremo derecho que ha habido nunca. Cuando era pequeño (le apodaron Garrincha, que quería decir pajarito feo e inútil) sufrió poliomielitis y los médicos le dijeron que nunca podría andar con normalidad, de hecho era zambo (tenía los pies girados 80 grados hacia dentro) y tenía una pierna 6 cm. más larga que la otra, pero se equivocaron, y esas piernas le sirvieron para ser el rey del regate (amagaba hacia el centro y se iba por la derecha). Nunca nadie ha tenido la valentía de hacer los regates, las fintas, los amagos y las jugadas hasta la línea de fondo que hizo Garrincha. Tenía una clase individual prodigiosa y aprovechó la banda derecha como nadie. Daba igual el marcador que le pusieran, Garrincha siempre le regateaba una, dos o tres veces antes de poner el balón al compañero mejor colocado. Jugo 60 partidos con la selección brasileña, esa selección que nunca perdió con él y Pelé en el campo. Debutó como profesional en el Botafogo con 20 años con el que llegó a marcar 232 goles (el día de su debut ya marcó 3). Por aquella época los partidos contra el Santos de Pelé eran memorables. Sus problemas con el alcohol y las mujeres le llevaron a la decadencia futbolística. Se vio envuelto en un escándalo cuando dejó a su mujer y a sus 8 hijos para casarse con una cantante. También tuvo problemas con Hacienda. Su muerte que se dio el 20 de enero de 1983 en Río”.
He indagado, claro, en la despensa de YouTube y corroboro lo que describen las palabras ya citadas: Garrincha operó sobre la cancha con una especie de descarada alegría. Se nota en los videos que en todo momento intentó engañar a sus rivales con fintas y dribles que hoy son habituales, pero que en su época resultaban desconcertantes para los defensivos contrarios y regocijantes para la tribuna. Con razón se hizo de tal mito. Era tan escurridizo que debían marcarlo dos o tres defensas, pero con todo y eso lograba eludirlos. Un futbolista que juega con ese voltaje lúdico no puede ser cualquier cosa ni ayer ni hoy. Zitarrosa cantó el candombe que compuso Manuel Picón para Manuel Dos Santos, Garrincha (1933-1984):
“Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete, / lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre, / y le pega tan suave, tan corto, tan bello, / que el balón es palomo de comba en el vuelo, / y lo toca tan justo, tan leve, tan quedo, / que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // Lo lleva unido al pie, como un equilibrista unido va a la muerte, / lo esconde —no se ve—, le infunde magia y vida y luego lo devuelve, / y se escapa, lo engaña, lo deja, lo quiere, / y el balón le persigue, le cela, le hiere, / y se juntan y danzan y grita la gente, / y se abrazan y ruedan por entre las redes, / ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente! // ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? / Ya no es usted, señor, ya no es usted. // El último balón lo para con el pecho y junto al pie lo duerme, / lo mira y sólo ve cenizas del amor que estremeció a la gente, / y lo pierde en la hierba, lo deja, lo olvida, / no lo quiere, le teme, no puede, no atina, / y se siente de nuevo enterrado en la vida, / el balón se le escapa entre insultos y risas, / ¡y se enfurece la gente, y le abuchea la gente! / ¿Quién se llevó de pronto la multitud? / ¿Quién le robó de pronto la juventud? / ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? / ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? / ¿Quién le llenó su copa en la soledad? / ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? / ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? / ¿Quién le gritó en la cara: —Usted no es nada, ya no es usted? // Ya no es usted, señor, ya no es usted…”.

sábado, abril 11, 2009

Empezar de cero



Hojeo la edición 1086 de la revista Semanal del periódico español ABC, y encuentro allí una entrevista a Liza Minnelli. La publicación apunta lo que ya muchos saben: la famosa diva es hija del director Vincente Minnelli y de la actriz y cantante Judy Garland; debutó en el cine a los dos años y su máximo logro lo obtuvo a los 26, cuando por Cabaret recibió un Óscar. Más, mucho más ha conseguido, claro, la Minnelli, pero con lo dicho basta para saber que su vida ha estado flanqueada por el éxito.
En una de las declaraciones, sin embargo, la superestrella del canto y el baile observa que “Ningún drama me ha frenado nunca: he luchado y me he recuperado… ¡Y he tenido que empezar de cero muchas veces!” La declaración sirve para reflexionar en lo que significa “empezar de cero”. Evidentemente, no es lo mismo “empezar de cero” en Estados Unidos que en México o en Somalia, y no es lo mismo “empezar de cero” siendo Liza Minnelli que Perico de los Palotes o Juan de las Cuerdas.

Como sabemos, de los españoles heredamos la vergüenza de aceptar que la fortuna, si la hay, nació del trabajo, del esfuerzo cotidiano para ganar el pan con el sudor de la frente. Nada mejor, y eso lo dictaba el pensamiento hispánico dominante durante la Colonia, que heredar los bienes, que descender de nobles y conservar intacta la riqueza por generaciones. Pasados los siglos, los gringos nos impusieron su concepto de honor en la riqueza: lo importante, lo valioso, lo respetable no es recibir todo peladito y en la boca, sino ganárselo con iniciativa, trabajo, creatividad y deseo de superación. Con ellos nació la veneración al “hombre que se hace a sí mismo”, al self made man, al tipo que merece respeto social porque a punta de ingenio y tesón se convirtió, de la nada, en alguien. No está de más mencionar el caso emblemático de Bill Gates, el self made man más macizo de todos los que se han hecho a sí mismos tras haber nacido sin un lonche bajo el brazo.

Pero decía que hay maña cuando alguien como Liza Minnelli señala que “empezó de cero”. ¿Realmente lo hizo? ¿Sabrá ella lo que es empezar verdaderamente de cero? De cero, lo que se dice cero, sin ayuda ninguna, con todos los factores en contra, sin ningún asidero en la vida, sin apoyo familiar, sin buen aspecto físico, sin dinero, sin oportunidades del gobierno, sin relaciones sociales, sin fama. Lo que pasa en realidad es que, salvo Paris Hilton, Kim Kardashian y otras socialités parásitas, hoy es muy bien visto que alguien con fortuna declare, aunque no sea cierto, que “empezó de cero”.

Cuántas veces no hemos oído esas historias entre tantos laguneros venidos a menos y que han logrado levantarse. “Con estas manos y mucho trabajo, gracias a dios salí adelante luego de que la familia se quedó sin nada”. Luego nos enteramos de que, en efecto, hubo mucho trabajo de por medio, pero también un padrino ganadero que al verlo en bancarrota lo empleó y al paso de los años le vendió unas vacas a crédito y así, todo gracias a la relación social original. “Yo batallé muchísimo, empecé con las uñas, sólo con el terrenito baldío que me dejó mi mamá cuando murió. Fue muy difícil, pues primero tuve que bardearlo y poco a poco allí monté el negocio”, dice otro que empezó de cero. “Ni me cuentes. Yo no tenía nada, pero cuando don Fulano supo que yo era hijo de Zutano me dio empleo. Gracias a dios y a don Fulano, que en paz descanse, pude salir adelante en la vida”, añade el último que, como Liza Minelli, también empezó de cero. Las relaciones sociales, un capitalito escondido, el simple apellido sirven muchas veces para no empezar de cero.
Veo la esquina del bulevar Independencia y Colón, al lado del Quijote. Limpiavidrios, malabaristas, escupefuego... Esa horda infraempleada empezó de cero cuando llegó al mundo. Las 24 horas del día, de todos los días, empieza de cero. No hay padrino, no hay apellido, no hay terrenito, no hay nada. De cero. De absoluto cero. Siempre.

viernes, abril 10, 2009

Aguas con el futuro



Siguen pasando los años y no hay, que yo sepa, una cumbre lagunera sobre el agua. Ciertamente, los empeños de diversos grupos para propiciar el debate serio (lo cual es, en sí, un avance) no han tenido eco en la autoridad ni en los sectores empresariales acusados de agotar las reservas de agua. Atenidos como estamos a la providencia, vemos pues que las décadas se alejan y nos dejan, como dice el bolero, llorando quimeras.
Para ver el desastre social que arrastra la falta de agua ayudan mucho, aunque tristemente, los ejemplos de exterior. La suspensión parcial o total del suministro de agua en muchas colonias del DF, alimentadas por el sistema Cutzamala, es un escenario infernal breve, de 36 horas, pero sirve para graficar el caos que sobreviene en una comunidad grande si el abasto de agua no se da. El agua es, para acabar pronto, todo, la base del sistema productivo, el origen de la vida, de suerte que privar al hombre de tal elemento precipita desastres de todo signo. En una sentencia, la historia de la humanidad es la historia del agua, y al revés.
En el DF, pese a que el corte es relativamente breve, el conflicto devino tiroteo político entre el Gobierno del Distrito Federal y la Conagua. Ebrard y Luege Tamargo se agarraron de la greña a propósito del problema con el agua. Al parecer, la razón le asiste hasta el momento al jefe de gobierno, por lo que las palabras de Luege han sido tomadas como golpeteo político, una muestra más de las ya bien ubicadas mañas del panismo enyunquecido en épocas electorales. Ante las acusaciones de Luege, el gobierno capitalino dio a conocer el oficio de la Conagua en donde queda claro, más claro que el agua, que este organismo notificó al GDF sobre la suspensión de 36 horas.
“[Ebrard] Reseñó que al enterarse de la decisión de Conagua el Gobierno del Distrito Federal se limitó a informar a la población de esta situación y preparar un programa de abasto emergente, sin culpar a nadie ni politizar un tema que es muy serio. ‘Nunca hemos mentido, aquí está el oficio y por supuesto que tampoco exageramos; es un asunto que tenemos que ver con responsabilidad, porque estamos hablando de 400 colonias sin agua en un lapso de más de tres días’”. Asimismo, “Sobre las aseveraciones del director de Conagua en el sentido de que se pierde más por fugas, el mandatario capitalino remarcó que están fuera de lugar porque de 2007 a 2008 el Gobierno del DF ha hecho la inversión más importante en infraestructura hidráulica de las décadas recientes, que incluye el cambio de 600 kilómetros de la red de distribución de agua potable, la renovación de plantas de tratamiento, reposición de pozos y el Acueducto Santa Catarina, entre otros. ‘Ese argumento me parece que es otra vez de tipo político. Se trata de golpear al gobierno de la ciudad y a la ciudad so pretexto de cualquier cosa, más allá de su función’”.
Fuera de lo político o no político, el agua, como pude verse, no puede ser manejada con ligereza. De ella depende la viabilidad primigenia de una sociedad, lo que exige a los políticos un comportamiento serio y responsable, ajeno hasta donde sea posible a la frivolidad electorera que suele caracterizar al gobernante mexicano. Ante tal ejemplo, ¿qué esperan los gobiernos locales para acentuar su interés en el futuro del agua lagunera? ¿Qué tanto sabemos sobre nuestras reservas o sobre los grados actuales de contaminación? ¿Es posible que un consejo de expertos vea la posibilidad de hacer una especie de auditoría científica externa para saber en qué condiciones se encuentra nuestro acuífero? ¿Cuándo hará la autoridad municipal, estatal y federal un esfuerzo profesional para convocar a un debate que arroje luz y compromisos? Parece que estamos esperando cortes y desabastos para que eso pase. Que la sequía nos agarre al menos bien bañados.

jueves, abril 09, 2009

Fujimori y otros gorilas



Durante años México se ha ufanado de ser líder en Latinoamérica. Lo es, claro, pues su economía es desde la conquista una de las más boyantes en la zona. El paso de las décadas no ha dejado de constatar ese hecho: la economía y la cultura de México son referente de latinoamericanidad (si se puede decir así) en el mundo. Hace poco, para acabar pronto, una amiga argentina me decía por messenger que estaba a punto de tomar un curso sobre cine mexicano. Le dije que seguramente iba a ver muchos melodramones, y me dijo que sí, que por esas películas somos famosos en toda América Latina. Tenemos, pues, fama en “Nuestra América”, como la llamaba Martí, pero nunca hemos dado buen ejemplo de castigo a los malos gobernantes. Nunca.
Ayer, con la buena nueva de los 25 años (parecen pocos, pero qué mas da si el Chinito ya tiene 70 de edad) a la sombra que le echaron a Fujimori, Perú nos da ejemplo de que allá sí pudieron engrilletar a un pez gordo de la delincuencia política. Como sabemos, su régimen duró de 1990 al 2000, y en esos diez años su mayor logro fue haber desarticulado a Sendero Luminoso. El pico de aquel hecho lo marcó la captura y el encarcelamiento de Abimael Guzmán, líder de los terrucos que azolaron al país andino en la década de los ochenta. La novela Abril rojo, de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), narra la atmósfera de espanto que vivía Perú en aquellos años. Cierto, Fujimori acabó con los senderistas, pero en el camino dejó sembrados a muchos inocentes, diluyó el Congreso y, gracias sobre todo al pillazazo Vladimiro Montesinos (el José Córdoba Montoya del ingeniero Fujimori), la corrupción y la barbarie de Estado alcanzaron cotas poco antes vistas en un gobierno peruano, lo cual no es poco decir. Ayer, a casi veinte años de su asunción al poder, Fujimori fue condenado por diferentes delitos, lo que sin duda constituye un hito en la historia latinoamericana.
Los antecedentes más cercanos al fallo contra el ex presidente peruano los podemos hallar en la Argentina, donde gradualmente han sido juzgados y condenados varios de los militares que hicieron de las negrísimas suyas durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Para empezar, los tres golpistas iniciales (Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti) tuvieron que chupar barrote carcelario luego de los juicios y les sentencias que se les aplicaron tras el regreso de la democracia. Medicina similar le suministraron a Christian Von Wernich, quien durante el mencionado Proceso (eufemismo por dictadura) se desempeñó como capellán de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, y con tal investidura visitaba centros clandestinos de detención, tortura y ejecución. Aunque siempre ha negado los cargos que se le imputan, numerosos testimonios sirvieron para identificarlo como coequipero de los victimarios, de suerte que en octubre de 2007 fue condenado a reclusión perpetua. Más recientemente, en 2008, también en la Argentina (país que hasta la fecha tiene la vanguardia latinoamericana de castigo a gorilas), fue condenado a perpetuidad Antonio Domingo Bussi, quien atropelló todo lo atropellable en la provincia de Tucumán; igual sopa probó Luciano Benjamín Menéndez, quien hizo estragos en la ciudad de Córdoba.
En Chile, el megagorila Augusto Pinochet fue a hospedarse en el infierno sin haber pisado una cárcel (como preso, no como torturador), pero ya en sus años finales probó el sabor de la ignominia internacional y tras su muerte no han sido pocos los apuros padecidos por sus familiares para defenderse de la mala fama que les acarrea vivir atados al infame apellido.
La pregunta es, por todo, ¿y en México, cuándo? Da la impresión de que nunca, pues aquí las impunidades y los intereses en juego son tan grandes que nadie castiga nunca al poderoso. Quien lo dude, que mire a Echeverría.

miércoles, abril 08, 2009

Siete narradores de Velázquez



La revista Punto de partida (número 154) publicada por la UNAM invitó al escritor lagunero Carlos Velázquez a formar una breve muestra de los narradores coahuilenses más destacados de los setenta para acá. Se trata de un trabajo muy puntual, pues evidencia la buena salud de la narrativa en nuestra entidad. En su presentación (que republico completa en este espacio), Velázquez ha expuesto lo siguiente sobre los autores seleccionados y sobre la circunstancia actual de la narrativa en nuestro estado (“Siete narradores de Coahuila”):
Un rasgo definitorio de la narrativa coahuilense actual es sin duda su carácter experimental, cualidad identificable primordialmente por cuatro aspectos: la impronta cosmopolita, la consolidación del desarrollo de la literatura regional mexicana, la genealogía ascendente (la deuda con corrientes despreciadas es impagable, por ejemplo con La Onda) y la interdisciplina: las técnicas narrativas provenientes del cine, la cultura pop, la intertextualidad y lo hipergenérico. El talante experimental, además de lo mencionado, abreva principalmente de los talleres impartidos en los años ochenta en Torreón, Saltillo y Gómez Palacio por Miguel Donoso Pareja, pero sobre todo por dos de sus alumnos: José de Jesús Sampedro y David Ojeda. La excepción es Saúl Rosales, quien siempre fue un “atacadote” del Ulises de James Joyce y promotor de la obra de José Agustín, simpatías que transmitió puntualmente a los alumnos de sus talleres.
Para la conformación de la presente muestra me decidí por el acabado de los textos y no por las becas o premios obtenidos por los autores. Desde el principio concebí que elaborar un trabajo de esta naturaleza sin correr riesgos era una tarea baladí. Ante todo, asumí una postura, no sin la noción de que tal vez cometería sacrilegio. Los materiales aquí reunidos son lo que consideré los episodios más afortunados de la narrativa coahuilense de los últimos diez años. Sloterdijk refería que para registrar un periodo había que intoxicarse de la época. Pues bien, yo me he intoxicado de estos textos.
Hacia 1999, en el texto de presentación al libro Julio Torri. Ganadores y menciones del premio estatal 1994-1999, Julián Herbert anotaba que “la gran mayoría de los autores coahuilenses en activo había nacido en la década de los cincuenta”, y agrega: “La mayor parte de los narradores con una cierta pericia y experiencia radica en Torreón; otros están en Saltillo, pero el número de éstos es sensiblemente inferior”. En la actualidad dicha percepción se ha modificado. Este muestrario indica la preponderancia de los escritores nacidos en los años setenta, preponderancia no sólo evidenciada por la anatema generacional, sino por el eficiente “madruguete” literario a nivel nacional e internacional respecto de sus antecesores. Además, establece un cambio respecto al predominio presencial de autores en Torreón. De los compilados, sólo dos radican en La Comarca Lagunera de Coahuila. Los restantes se ubican en el Distrito Federal y en Saltillo.
Jaime Muñoz Vargas, nacido en 1964, es una presencia que sobresale entre la generación que lo antecede y la que lo sucede inmediatamente. Muñoz Vargas es el verdadero precursor de los nacidos en la década de los setenta. Su primera novela, El principio del terror, representó las ambiciones y la autosuficiencia cultural a la que aspirábamos los narradores prospecto. Un texto cosmopolita, experimental, de distribución nacional y sobre todo, no institucional.
En la cuarta de forros de la novela Un mundo infiel, Eduardo Antonio Parra enfatiza: “Julián Herbert es de los raros escritores que nacen de pie en el ámbito de nuestra narrativa […].” Este juicio se aplica a todos los narradores coahuilenses nacidos en los años setenta. Si bien no todos han caído de pie en el panorama, sí han despertado con una vampírica obsesión por situarse con éxito dentro de las letras mexicanas. En resumen, un diagnóstico de la narrativa actual coahuilense arroja el siguiente resultado: ofrece individualidades prometedoras; el organismo experimental al que se alude sólo cuenta con el presente; los autores que han alcanzado mayor notoriedad a nivel nacional pertenecen a la década del setenta; las aportaciones de los nacidos en los ochenta han sido más bien inexistentes; no se vislumbra una presencia con el poder de penetración que sí exhibe la generación anterior. Pese a lo que se aparenta, la mejor narrativa del estado poco tiene de institucional. El éxito de su proyección se debe a la capacidad que ha tenido para incorporarse al corpus de la literatura mexicana, por lo que su permanencia depende de su consolidación en el espectro nacional y latinoamericano.

domingo, abril 05, 2009

La Biblia Vaquera o la experimentación libérrima



Carlos Velázquez (Torreón, 1978) ha publicado recién La Biblia Vaquera (FETA, 2008) su segundo libros de cuentos. Precedido por la buena fama que le dejó Cuco Sánchez Blues, el primero, Velázquez confirma con su nueva salida a plaza que es una de las voces más atendibles de la presente literatura lagunera. Y no exagero. Acostumbrados como estamos a mezclar al autor y su obra cuando los tenemos a la mano y lo tratamos, Velázquez es mucho más que el joven escritor con cierta inclinación a la desfachatez y al relajo que tan bien consuena con el espíritu de su generación. Detrás de eso que, me parece, poco importa, está el escritor firme, informado, atento a su entorno y más atento aún al ruido proveniente del exterior. Porque en él, como en muchos de sus contemporáneos, cohabita un tumulto de intereses que pasa prácticamente por todas las áreas: le importa la literatura como prioridad, pero no deja de meter las manos en todo lo que de alguna manera pueda ser incorporado luego al caldo artístico. Así, la obra de autores como Velázquez da la impresión de embarullarse en el todo social, de suerte que en un párrafo puede convivir la lucha libre con la pintura contemporánea, la tecnología con el bolero ranchero, el barrio bravo con la mismísima Biblia. Es una estética un tanto delirante, caótica, disparada a todos lados, congestionada de caló, neones y referencias a cualquier cosa que en el mundo haya o no haya.
La Biblia Vaquera continúa pues el camino abierto por Cuco Sánchez Blues. Esta confirmación no es una repetición o un trillar sobre el mismo surco, sino la persistencia de su autor en una tesitura que lo identifica ya como el (formalmente) más rebelde de los escritores laguneros. Así lo ha elegido él, y en esa elección hay una estética antiesteticista que rima bien con la estridencia del mundo actual. Por supuesto, como ocurre siempre, no es la de Velázquez una literatura para todo público. Desde que va siendo creada, la obra del escritor discrimina lectores y va en busca a los suyos. La Biblia Vaquera no entona pues con el lector poco habituado a la pirueta verbal, al desgarriate narrativo, a la sobrexcitación por superabundancia de estímulos. El lector acostumbrado a la prosa tersa y sin distorsión, a la estructura lógica del relato, al personaje tipo, asiste en La Biblia Vaquera al cataclismo del canon, al derrumbamiento y vejación de modelos bien peinados.
No se piense, sin embargo, que Velázquez procede sin concierto. Si concierto es, precisamente, no ceder ante los discursos del método que lo lleven a parecer mecánico. A diferencia de otros escritores, él da la impresión de sentirse a gusto en una especie de estado salvaje narrativo. Lo que a otros incomoda, a él le place; lo que a unos les calza bien, a él lo cansa. Por eso sus historias están fabricadas con la materia prima del vértigo y del humor. A cada paso, que es como decir a cada renglón, el lector asiste a una pirotecnia que encierra inteligencia y humor, caso de que no sean lo mismo. Todo lo que he dicho cuadra sobre todo con el cuento que le da título al libro, ganador por cierto del premio Magdalena Mondragón 2005 en el género de cuento. Los otros trabajan en un diapasón más conservador, con insistencia en la navegación por los predios de lo populachero, pero siempre con el guiño de un humor que se basa tanto en el juego de la palabra como en las situaciones encaradas por los personajes.
La Biblia Vaquera (un triunfo del corrido sobre la lógica) —tal es su subtítulo— está dividido en tres secciones y cada una cuanta con dos historias: Ficción (“La Biblia Vaquera” y “Burritos de yelera”), No ficción (“Reissue del facsímil original de la contraportada de una remasterizada Country Bible” y “Ellos las prefieren gordas”) y Ni ficción ni no ficción (“La condición posnorteña” y “El díler de Juan Salazar”). En todas retumba el fogonazo de una prosa que va quemando llanta en cada renglón, imparable, ansiosa por comunicar, jadeante como perro rabioso en medio de la plaza de armas. Celebro su prosa porque en ella se deposita, creo, la virtud capital de Velázquez: como los surrealistas, aunque no exactamente como ellos, va creando automáticamente, con ametralladora, una serie de imágenes hilarantes en las que el esplendor de la creatividad verbal, del invento, dejan boquiflojo al lector de tanta risa.
Algunos le regatean mérito al humor, y siempre, cuando le conceden validez, lo cuelan de contrabando al baúl de la buena literatura. Creo que si de algo padece la literatura mexicana es de una infinita falta de humor, de humor del que sea, y presencias como La Biblia Vaquera ayudan a pensar que no todo está perdido: que hay escritores a los que no les tiembla la mano para jugar a la esperpéntica con toda libertad, sin apiadarse ni un segundo de la lógica ni del qué dirán. Digo que hay algo de surreal en La Biblia Vaquera en el sentido, precisamente, de su chacotera ilogicidad. Pocos escritores se animan o se animarían a perder la brújula cartesiana al extremo al que llega Velázquez, para quien la lógica es una pantaleta de chica fácil: sube y baja con plena libertad, de suerte que su subtítulo queda plenamente justificado: aquí la lógica cede su lugar al disparate del corrido, a la mentira, a la transgresión, al adulteramiento, al pastiche, a la invención más descabellada. Los referentes reales se mezclan con las falsedades como si los lectores no existiéramos, de suerte que aquí, por ejemplo, Díaz Ordaz manda reprimir una manifestación de comerciantes en plena época de la clonación pirata de discos compactos, todo dicho con una prosa frescota (en el sentido de desenfadada).
Este libro está hecho pues de vértigo, de sicodelia postsicodélica y norteña hasta el tope. Para aproximarse a él y notar con claridad el valor de sus contenidos es necesario separar sus partes, desmembrarlo un poco. Así entonces, veo primeramente la prosa, que como ya dije es todo un caso de arriesgue y disloque. Esa prosa podría ser sometida al arbitrio de la retórica y saldrían chispas. ¿Qué recurso no está presente aquí? Tantos que parece un laboratorio gongorino en el que se juega con las posibilidades de la lengua hasta sacarle nuevas refulgencias. Y lo mejor, esa prosa ha sido cocinada con palabras cosechadas en cualquier territorio semántico, sin distingos de clase: lo mismo la palabrota que el tecnicismo anglo, lo mismo el galicismo culterano que la vulgaridad despatarrada, todo para lograr un efecto polifónico muy difícil de hallar en las prosas de por acá. El único pero que le pondría, en todo caso, y tal es uno de sus riesgos, radica en la gran cantidad de expresiones, reales o deformadas, de un léxico demasiado local a veces, lo que me hace presuponer dificultades casi insalvables para un lector no habituado a convivir con nuestro repertorio lingüístico y cultural, lo que de paso hace imposible, o casi imposible, traducir esta Finnegans Wake con guaripa y bajosexto.
En cuanto a los personajes, todo es imprevisible en La Biblia Vaquera, así que en ella no debemos esperar sujetos tipo, seres mecánicos. De hecho, Biblia Vaquera, con una u otra máscara o matiz, es el o la protagonista de los cuentos reunidos en el libro. El lector se halla entonces en una situación calamitosa, de shock: ¿cómo identificar a los fantasmas que pueblan estas páginas? Imposible también, pues un personaje es, por ejemplo, “luchador diyei santero fanático religioso y pintor” en una sola historia, lo cual torna muy peliagudo tratar de pescarlo con los anzuelos convencionales. Hay aquí, entonces, esperpentos que se mueven con hilos que parecen manejados por un sicópata: un luchador diyei santero fanático religioso y pintor, un bebedor consumado de sotol y su esposa experta en preparar burros de yelera, una pirata de discos compactos marxista-leninista, un marido que se quiere echar a una gorda para salvar su matrimonio, un compositor de corridos que desea hacerse unas botas de piel de Biblia Vaquera y un cabrón en desesperada busca de “díler”. Todo un arsenal de seres hechos a mano.
La geografía ha sido también alterada en este libro anómalo. Es La Laguna, pero no es La Laguna. O es La Laguna, pero pintada en un lienzo de Francis Bacon, con todo lo horrible y/o lo grotesco que eso puede ser. Al final, ese telón de fondo es el idóneo para colocar allí atmósferas y personajes delirantes, barrocos, complejos, atmósferas y personajes que incluso para los lectores “innorteñibles” resultarán, seguramente, memorables.
No me apura repetir que en La Laguna tenemos a un autor sólido en Carlos Velázquez. Lo que me apuraría en todo caso es no decirlo, no reconocer que en él contamos con el hijo más libre y mejor adaptado al salvajismo de una narrativa hecha siempre con la materia prima de la experimentación, del riesgo y la mixtura.

La Biblia Vaquera (un triunfo del corrido sobre la lógica), Carlos Velázquez, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2008, 99 pp.

Aves poéticas de Novo



Está por concluir el ciclo de vida del más reciente número de Nomádica, la revista lagunera especializada en biodiversidad. Sigo apersonándome por allí, con gusto. En la salida siguiente aportaré un comentario sobre el ahuizote, ese mítico animalejo mexicano. Mientras, comparto el artículo que ya se hizo viejo y que circula junto a los muchos materiales interesantes que pueblan esa revista, única de su índole por estos rumbos. Venga, pues, “Aves poéticas de Novo”:
Ya por antonomasia, el ornitólogo de La Laguna es Paco Valdés, sin duda, pero eso en los territorios de la ciencia. El otro, un observador de las aves hechas no de plumas sino de palabras, fue el cuasilagunero Salvador Novo, quien hacia 1953 publicó Las aves en la poesía castellana, volumen 10 de la colección Letras mexicanas del Fondo de Cultura Económica. Tengo, gracias a las siempre generosas librerías de viejo, la primera edición y acaso única de ese concienzudo trabajo que escudriña la recurrente y terca presencia de las aves en la obra de muchos poetas de lengua española. Es, pasadas las décadas, un libro extraño, que yo sepa uno de los menos conocidos del cronista capitalino. No deja de admirarme que, entre sus inacabables tareas de hombre público y escritor a toda prisa, Novo dedicara algunas horas a pensar con calma lo que lee y lo que escribe. Si bien es cierto alcanzó una endiablada habilidad para escribir sin pausa y muy bien, frenéticamente, al ritmo que le marcaban los periódicos, Novo se dio maña y dejó, entre otros, libros como el que me ocupa, páginas con el sello del hombre que no escribe para la multitud, sino para esos pocos que, más por especialización que por aristocratismo, se interesan por temas tan específicos como el de Las aves en la poesía castellana.
Ya desde sus “Palabras iniciales” o introducción, Novo se nos ofrece en registro erudito, culterano a no poder más. Como si, adrede, nos quisiera comunicar que es, como lo fue, experto en letras clásicas, y, para confirmarlo, su prosa invoca, torrencial, a los personajes y a los autores que apuntalen la autoridad que es menester para encarar una materia tan peculiar y delicada como la que allí introduce: “¡Las aves en la poesía castellana! El tema fue incubándose de un modo tan casual, tan botánico, como el Ibis concibe, ‘si tradición apócrifa no miente’. Sugiriómelo, por vuelos cada vez más altos, el canto, y meditar en él con qué reiterada frecuencia ocurren todavía en las canciones populares los pajarillos, y cómo, en cambio, han huído de la poesía moderna”. Es decir, el cronista de la Ciudad de México repara en las aves líricas gracias a las palomas que hacen cucurrucucú o los gorrioncillos pechos amarillos del canto popular, y a partir de tal observación auditiva, si se nos permite el oxímoron, advierte que las plumas han desaparecido de la poesía que él adjetiva “moderna”.
Visto al vuelo, para no desentonar con la metáfora en el análisis de un libro sobre aves, es cierto que los seres alados pueblan en cantidades pasmosas la composición de temas musicales. Lo siguen siendo hasta hoy. A esa sobrepoblación correspondió una especie de extinción avícola en la poesía, digamos, “culta”. Es como si las aves hubieran migrado de una poesía a otra, de un clima espiritual a otro. Novo comprueba, con ejemplos, tal mutación, por eso empieza con el ruiseñor renacentista, pasa por las palomas de Gonzalo de Berceo y el gallo del Arcipreste, para luego ingresar a la reflexión sobre los plumíferos (no los escritores y sus plumas, sino los animales emplumados) del romancero, que es, por qué no afirmarlo, un contacto ya popular entre las aves y la poesía.
El autor de Nueva grandeza mexicana no olvida al cisne, ave celebradísima por la poesía de todos los tiempos, al grado de ser mote habitual de poetas cuyo talento era mayor al común de los mortales; fue el caso de Góngora, conocido por sus fans como “el cisne cordobés”.
Novo deja al final un capítulo delicioso: “Las aves en la poesía mexicana”. Allí, el cronista-ensayista-poeta se da vuelo y exhibe un conocimiento apabullante sobre el canto callejero: “Conforme avanzamos —a grandes saltos, lo sé— hacia el especializado presente, las menciones genéricas de los pájaros tienden a objetivarse a tiempo que se hacen más concretamente:
Ya los sabes que soy pajarera
y en los campos me vivo cantando,
disfrutando de la primavera,
de las aves sus pálidos cantos.

dice ya con su alegre ritmo una canción moderna, y en La Joaquinita, norteña, de 1917, hija tardía y ágil de la Adelita:
Los pajarillos en las ramas se encaraman.
Ya es luego Pajarillo barranqueño, el Pájaro carpintero, el Gavilán, el Tecolote de guadaña, pájaro madrugador, el Gavilán pollero, o la proliferada Paloma, desde aquélla:
Cuando salí de La Habana, ¡válgame Dios!,
o la que el rápsoda (sic) convoca en los corridos para confiarle un urgente mensaje:
Vuela, vuela, palomita,
vuela si sabes volar”.

Es, por esto y más, un gran libro. Creo que no ha sido reimpreso o reeditado. Justo sería verlo de nuevo por los aires.
o
Nota vacacional
Ruta Norte seguirá chambeando durante la semana de asueto. Aquí nos leemos el miércoles.

sábado, abril 04, 2009

Azqueles laguneros



La semana que termina nos dejó dos excelentes noticias relacionadas con el teatro lagunero: el lanzamiento de la Compañía Azqueles, del Icocult Laguna, y el anuncio de la inminente presentación de la compañía de teatro de sordomundos que está en su arranque bajo el auspicio del Teatro Nazas. De la segunda haré comentarios en otra ocasión. De la primera, que he visto crecer de cerca aunque no tengo nada que ver con ella, guardo ya una opinión sumamente favorable, pues se trata de un proyecto que le hacía falta a La Laguna sobre todo para atender al público infantil.
La idea original de la Compañía Azqueles es de Laura Eraña, directora del Icocult Laguna. La coordinación del grupo está a cargo de Julia Meléndez, quien durante varios meses organizó los trabajos para que en las dos semanas recientes quedara conformada no solo la compañía, sino su primera capacitación y su esquema básico de trabajo. Esto dará como resultado que la Compañía Azqueles pronto lleve a cabo, del 14 al 18 de abril, sus presentaciones inaugurales. Ofrecerá las Fábulas del tío Conejo, tríptico compuesto por las historias “El árbol que se enojaba” (Cuba), “El zorro y el conejo” (Argentina) y “El conejo veloz” (México).
Según la primera información que ha proporcionado a los medios, la Compañía Azqueles “pretende desarrollar la imaginación y la creatividad, además de ayudar a fincar la identidad cultural de los niños por medio de técnicas modernas y tradicionales del teatro de figura, específicamente con la técnica japonesa ‘bunraku’.
La información añade que “la aspiración de esta nueva Compañía es lograr que los niños laguneros tengan una experiencia cultural y formativa diferente, viva, que conjugue artes como la música, el teatro y la literatura, además del trabajo plástico que ya de por sí implica la elaboración profesional de títeres. El nombre de la Compañía tiene resonancia de lagunerismo, pues, como dice el escritor Francisco Emilio de los Ríos en su libro Nahuatlismos en el habla de La Laguna (1999), en la región lagunera ‘azquel’ es ‘una hormiga pequeña de color rojizo y negro. (…) Suele salir en cualquier parte, calles, patios, jardines, cocinas, habitaciones, baños, etc., excepto en invierno. Etimología: azcatl, hormiga’”.
Las labores de capacitación contaron con un experto en el mundo del títere. Se trata del maestro “Ignacio Larios (Guadalajara, Jalisco, 1957), mejor conocido en el ambiente titiritero como Nacho-Cucaracho. Larios Nieves es diplomado en cultura infantil por Conaculta-UAM Xochimilco y cuenta con cerca de treinta años dedicado a la labor de difusión y perfeccionamiento del teatro de títeres en México, razón por la cual es frecuente invitado a festivales y cursos organizados en nuestro país y en el extranjero. Por su destacada labor ha obtenido los premiso ‘Gorgorito’ (UNIMA, Madrid, 2004), por sus aportaciones al teatro de títeres en Latinoamérica, y el premio al mejor programa educativo de la Muestra Iberoamericana de video educativo 2008 del Instituto Latinoamericano de Cultura Educativa. Actualmente es además director de la Compañía independiente ‘La Cucaracha’”.
Sé que La Laguna ha tenido ya algunas experiencias relacionadas con los títeres, y sé también que por acá han sido muy bien recibidas las compañías foráneas, pero la Compañía Azqueles quiere llegar más lejos: configurar un grupo local sólido y autosuficiente, capaz de dar permanencia a esta modalidad teatral que es ideal para arraigar en los niños el trabajo con la imaginación y los valores. He visto de cerca cómo elaboran los títeres, el teatrino y cómo preparan los cuadros escénicos, y puedo augurar que ésta es una propuesta que detonará muchas satisfacciones para la Compañía y, sobre todo, para el público. Que así sea.

viernes, abril 03, 2009

Morir de nada



Que alguien me saque de la duda, pero creo que fue César Luis Menotti quien hizo comentarios para TV Azteca en el mundial de no sé qué año, creo que en el de Francia 98. Tampoco recuerdo el partido específico. Mi memoria suele ser traicionera, pero siempre hace intentos por pepenar en el fondo del recuerdo las buenas ocurrencias. México perdía frente a no sé quién, y en vez de atacar para hacerse del empate se quedaba peloteando a media cancha, como si no pasara nada. Era insólito. Faltaban pocos minutos para que terminara el juego y el Tri seguía en las mismas, cascareando, tirando güeva, como sabiamente dicen hoy los jóvenes. Fue entonces cuando Menotti, conocido no sin sorna como “el filósofo del futbol”, opinó: “México debe atacar aunque luego le anoten otro gol. En la vida hay que morirse de algo, y México se está muriendo de nada” (léase esto con el acento adecuado, porteño en este caso, bien tanguero).
Esa tendencia a morir de nada la volví a ver en el juego contra Honduras. Carajo, qué falta de ímpetu ofensivo, qué poca creatividad, qué feo jugaron al futbol los de color verde comandados por un turista nórdico con cara de millonario otoñal. Mientras Honduras llegaba y anotaba con una efectividad sicarial, México cascareaba como si el juego fuera eterno, como si ese cotejo en San Pedro Sula fuera de chicle y pudiera ser estirado al infinito. Caray, qué inefectividad. Ni siquiera parecía un equipo de futbol, sino el gobierno de la república comandado por Eliot Ness.
Como está fresco, recuerdo que en el primer tiempo tuvieron cinco tiros libres muy cercanos a los linderos del área. Cualquier otro equipo de cualquier otro país hubiera tirado al menos uno con el ánimo de clavarla en el ángulo. Pero qué pasó en el caso de nuestros grandes tiradores Guardado y Pável —por cierto, el buen amigo y lector Miguel Ramírez me comenta que así como yo dije que el Vicentillo Zambada es un clon de Rafa Márquez, él añade que Pável es algo así como la calca en versión joven de Norberto Rivera—: tuvieron varios balones frente a la barrera y tiraron basura, nada para inquietar al guardameta hondureño. Fue un fiasco, como fiasco fue también el desempeño del brasileño Leandro, un mediocampista que tiene añales en el futbol mexicano y al que nunca le he visto una jugada de riesgo, algo que vaya más allá de la intrascendencia de recibir el balón y tocarlo al compañero más cercano. Y lo mismo Omar, y Vuoso, y luego Nery, que entró bravucón y muy ofensivo, sí, pero para dar patadas que en algo contrarrestaron las que propinó en todo momento el conjunto catracho.
Ese partido inocuo de la selección dio la medida exacta de nuestro futbol actual, sometido a la venalidad abyecta de directivos y televisoras que impusieron al entrenador y turista sueco sin considerar que era un hombre tan alejado de nuestra índole como lo puede estar un lagunero (aficionado de sol) de un ciudadano de Malmö. Ahora, luego del enésimo fracaso, las televisoras hacen la alharaca de siempre, juzgan con horca y cuchillo al recién despedido y levantan nuevamente la expectativa de los triunfos y la clasificación al mundial en puerta, como si eso fuera difícil. Ni siquiera vale preocuparse, pues en la Concacaf prácticamente no hay posibilidades de fracaso para México, y si llega al fin Aguirre (que es un tipo serio), la nave levantará pico y la selección dará de nuevo las satisfacciones que tanto necesita el país para anestesiar un poco el organismo patrio congestionado de violencia.
No me engaño, pues. Sé que la selección es un negociazo incluso para el Estado, pues con ella se pueden tender cortinas de humo pertinentes en momentos de crisis. Pero qué le voy a hacer; sé algo de fut y me da coraje ver que los mexicanos defienden con muy blandengues tanates lo que se supone es una representación simbólica de la nacionalidad. Por favor, no jodan.

jueves, abril 02, 2009

Nuevo libro vaquero



Carlos Velázquez (Torreón, 1978) ha publicado recién La Biblia Vaquera (FETA, 2008), su segundo libros de cuentos. Precedido por la buena fama que le dejó Cuco Sánchez Blues, el primero, Velázquez confirma con su nueva salida a plaza que es una de las voces más atendibles de la presente literatura lagunera. Y no exagero. Acostumbrados como estamos a mezclar al autor y su obra cuando los tenemos a la mano y lo tratamos, Velázquez es mucho más que el joven escritor con cierta inclinación a la desfachatez y al relajo que tan bien consuena con el espíritu de su generación. Detrás de eso que, me parece, poco importa, está el escritor firme, informado, atento a su entorno y más atento aún al ruido proveniente del exterior. Porque en él, como en muchos de sus contemporáneos, cohabita un tumulto de intereses que pasa prácticamente por todas las áreas: le importa la literatura como prioridad, pero no deja de meter las manos en todo lo que de alguna manera pueda ser incorporado luego al caldo artístico. Así, la obra de autores como Velázquez da la impresión de embarullarse en el todo social, de suerte que en un párrafo puede convivir la lucha libre con la pintura contemporánea, la tecnología con el bolero ranchero, el barrio bravo con la mismísima Biblia. Es una estética un tanto delirante, caótica, disparada a todos lados, congestionada de caló, neones y referencias a cualquier cosa que en el mundo haya o no haya.
La Biblia Vaquera continúa pues el camino abierto por Cuco Sánchez Blues. Esta confirmación no es una repetición o un trillar sobre el mismo surco, sino la persistencia de su autor en una tesitura que lo identifica ya como el (formalmente) más rebelde de los escritores laguneros. Así lo ha elegido él, y en esa elección hay una estética antiesteticista que rima bien con la disonancia del mundo actual. Por supuesto, como ocurre siempre, no es la de Velázquez una literatura para todo público. Desde que va siendo creada, la obra del escritor va discriminando lectores y va buscando a los suyos. La Biblia Vaquera no entona pues con el lector poco habituado a la pirueta verbal, al desgarriate narrativo, a la sobrexcitación por superabundancia de estímulos. El lector habituado a la prosa tersa y sin distorsión, a la estructura lógica del relato, al personaje tipo, asiste en La Biblia Vaquera al cataclismo del canon, al derrumbamiento y vejación de modelos bien peinados.
No se piense, sin embargo, que Velázquez procede sin concierto. Si concierto es, precisamente, no ceder ante los discursos del método que lo lleven a parecer mecánico. A diferencia de otros escritores, él da la impresión de sentirse a gusto en una especie de estado salvaje narrativo. Lo que a otros incomoda, a él le place; lo que a unos les calza bien, a él lo cansa. Por eso sus historias están fabricadas con la materia prima del vértigo y del humor. A cada paso, que es como decir a cada renglón, el lector asiste a una pirotecnia que encierra inteligencia y humor, caso de que no sean lo mismo. Todo lo que he dicho cuadra sobre todo con el cuento que le da título al libro, ganador por cierto del premio Magdalena Mondragón 2005 en el género de cuento. Los otros trabajan en un diapasón más conservador, con insistencia en la navegación por los predios de lo populachero, pero siempre con el guiño de un humor que se basa tanto en el juego de la palabra como en las situaciones encaradas por los personajes.
La Biblia Vaquera (un triunfo del corrido sobre la lógica) —tal es su subtítulo— está dividido en tres secciones, y cada una cuanta con dos historias: Ficción (“La Biblia Vaquera” y “Burritos de yelera”), No ficción (“Reissue del facsímil original de la contraportada de una remasterizada Country Bible” y “Ellos las prefieren gordas”) y Ni ficción ni no ficción (“La condición posnorteña” y “El díler de Juan Salazar”). Creo que es un gran libro, y hoy jueves lo presentaré junto al autor en el Teatro Nazas a las ocho pm. Allí nos vemos.

miércoles, abril 01, 2009

Responsables y evasivos



Alejandro Pérez, el saltillense autor de Murania y buen amigo, me envía al mail un artículo de otro apreciado compañero de trajines, el historiador Carlos Manuel Valdés Dávila, a quien admiro y estimo y de quien ya he celebrado alguna vez sus notables libros. Saltillense también, Valdés Dávila se me aparece siempre en la memoria como humanista consumado: un hombre que ha llegado a la bondad por el camino de la inteligencia, de la preparación ardua en los terrenos del aula y la biblioteca. Es un hombre sabio y generoso, un dechado de erudición como hay pocos en Coahuila. No por nada es doctor en historia por la Universidad de Perpiñán, Francia, además de tener una tonelada más de títulos ganados a punta de talento y tenacidad.
Pues bien, Valdés Dávila expone en “La responsabilidad”, artículo que publicó en Vanguardia, una serie de ideas que deambula el derrotero muchas veces recorrido del compromiso que debe o no debe tener quien se dedica a escribir. Es un momento oportuno para replantearlo, pues el mapa del país se nos cae a pedazos de la pared y la crítica es, precisamente, un medio para intentar el enderezamiento de los rumbos o al menos advertir que el mapa del país se nos cae a pedazos de la pared. Soy de la idea de que hay muchos caminos, no uno, mediante los cuales puede comprometerse quien escribe. Los jóvenes suelen ser radicales, suicidas: prefieren un solo golpe de efecto a la labor pausada que, a la larga, les pueda dar alguna voz y credibilidad. Como se podrá advertir, pasé ya la edad en la que escribía textos que aspiraban —siempre fallidamente, vale decir aunque sea obvio— transformar al mundo y sólo cerraban puertas y agudizaban mi posición de aislamiento. Ahora, más reposada el alma, creo que la labor de quien escribe (escritor, académico, periodista) es mantener alerta las antenas y hablar, en la medida de las posibilidades de cada quien, por los que han sido excluidos de eso, de una voz. Es un tema largo y escabroso, pues depende de muchas especificidades, pero no creo que la escritura tenga derecho ahora, en nuestra realidad, a eludir, a refugiarse en la famosa torre de marfil, a callar.
Subrayo que hay muchas especificidades. Doy un caso: no falta que muy cercanos amigos me traigan temas candentes, espinosos, así sea del ámbito cultural. Me azuzan, acelerados: “Jaime, es necesario acabar con tal situación. Tú puedes escribir sobre eso”. Veo la legitimidad del problema, pero también veo mis fuerzas y la capacidad de respuesta contraria; luego evalúo: “Me piden opinar sobre tal hecho, y si lo hago tal vez ése sea mi último comentario, pues la situación puede ponerse dura”. Entonces declino, pues uno no es invulnerable (en lo físico, en lo económico, en lo intelectual) y escojo el camino de la prudencia: vale más conservar la presencia que dé cancha a una labor (como dicen ahora) propositiva y larga, a un exabrupto que sí, en efecto, parezca muy valeroso aunque a la larga termine por convertirse en nada. En otras palabras, quien escribe no es Supermán; quien escribe, quien escribe en serio, por lo general es un sujeto vinculado a los libros, a las aulas, al goce estético o cognoscitivo, un ser pacífico y sin grandes recursos de fortuna, un ser que por la casualidad de vivir en cierta geografía triste se ve en la imperiosa obligación de encarar una disyuntiva: u opina, o calla. Esa es la posición, digamos, extrema, pero podemos decir que, en medio, u opina con prudencia, con inteligencia, con sagacidad, con astucia, o calla por miedo o evasividad, cierto, aunque también por instinto de conservación, para no acelerar el proceso de aniquilamiento que algún poder quiera ejercer sobre él.
Carlos Manuel Valdés cierra su brillante comentario con estas palabras: “responsabilicémonos por cada uno de los vivos ahora, hoy mismo”. Lo que pide es pasar del rollo testimonial, meramente anecdótico, a la transformación de la realidad. Los caminos son muchos. Cada quien debe buscar el suyo.