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sábado, agosto 01, 2009

Otra de Saltillo



Ciertos lectores me acercan lo que venturosamente hallan aquí y allá, donde sea. Uno de ellos, Enrique Macías Morales, suele escribir de vez en cuando al correo de Ruta Norte para aproximarme sus hallazgos. Ayer, por ejemplo, me envió un texto atribuido al escritor saltillense Jesús Cedillo, con quien por cierto tengo buena relación desde hace varios años. Pues bien, dizque Cedillo publicó en Vanguardia (no veo su firma por ningún lado) un artículo titulado “Torreón en llamas” (27 de junio). No lo cito por falta de espacio, pero sí su liga.
Pues bien, Macías Morales le respondió, y en tal respuesta podemos inferir el contenido de lo escrito por Jesús R. Cedillo; siento que es interesante lo que expone: “Con la misma atención con la que el autor de este bodrio dice seguir la lamentable —y magnificada por la prensa saltillense— ola de violencia que se vive en la Comarca Lagunera, he seguido los artículos que este individuo publica periódicamente en este diario. He notado su enfermiza aversión hacia la Comarca, expresada en todo su esplendor en este último escrito.
Es necesario hacer saber al lector saltillense que si hay una región abierta y cosmopolita, ésa es precisamente la Comarca Lagunera: región poblada por inmigrantes procedentes de innumerables regiones tanto del país, como del mundo: libaneses, palestinos, griegos, italianos, franceses, holandeses, españoles, chinos, alemanes, etc. La Laguna es un crisol de culturas cuyo producto final ha sido una sociedad diferente a las de ciudades cercanas que presumen de ‘estirpe’ y ‘rancio abolengo’: Saltillo, Durango y Zacatecas; a las cuales La Laguna en poco más de cien años ha superado en tamaño, empuje, industrialización, desarrollo económico y número de habitantes. (…) El regionalismo enunciado por el autor de este escrito es un sello que distingue a los pueblos pujantes y no es propio de la Comarca Lagunera exclusivamente. Donde hay regionalismo, hay desarrollo. Consumir los productos de calidad producidos en la propia región es un símbolo de identidad y solidaridad con el paisano, es hacer que la región conserve sus recursos económicos y, por ende, crezca. Basta visitar la ciudad de Monterrey para observar su marcada opción preferencial por los productos propios de su región. Al viajar, buscan los productos producidos en su región comprándolos en las tiendas de conveniencia propiedad del grupo regiomontano. Otro ejemplo es Chihuahua: región pujante cuyos habitantes tienen la misma mentalidad de consumir todo lo originario de su entidad.
Una vez desmentidos los débiles argumentos del autor del escrito anexo, será necesario analizar el por qué de su aversión por la Comarca Lagunera y sus habitantes. El tal Cedillo concibe la globalización como integración. Para él, el que La Laguna se integre significa que nuestra sociedad, para integrarse a la galaxia coahuilense, deberá alinearse y girar en torno a Saltillo, tal como lo hace el resto de las regiones de la entidad. Aceptar a la sociedad saltillense como una élite superior viéndola como plebeyos ante la corte es un deseo frustrado que produce dicha aversión hacia los habitantes de una región que no tiene nada que envidiarle a la ciudad sede de los poderes de la entidad.
El pretender mezclar los conceptos globalización/regionalización con el fenómeno de la inseguridad (mismo que ya ha comenzado a padecer Saltillo) resulta un intento vano para atacar a nuestra región desde dos frentes. O quizá, tratando de enfundarse en su imaginaria túnica de censor, querrá decir a los laguneros: ‘por no someterse ante Saltillo, por ir a contracorriente de la capital; padecen inseguridad’. Mi intención dista mucho de la de atacar a los habitantes de Saltillo, ya que si lo hiciera, me rebajaría al nivel del columnista referido. Simplemente considero necesario aclarar conceptos para desmentir los sofismas enunciados por tan acomplejado autor”.

miércoles, abril 01, 2009

Responsables y evasivos



Alejandro Pérez, el saltillense autor de Murania y buen amigo, me envía al mail un artículo de otro apreciado compañero de trajines, el historiador Carlos Manuel Valdés Dávila, a quien admiro y estimo y de quien ya he celebrado alguna vez sus notables libros. Saltillense también, Valdés Dávila se me aparece siempre en la memoria como humanista consumado: un hombre que ha llegado a la bondad por el camino de la inteligencia, de la preparación ardua en los terrenos del aula y la biblioteca. Es un hombre sabio y generoso, un dechado de erudición como hay pocos en Coahuila. No por nada es doctor en historia por la Universidad de Perpiñán, Francia, además de tener una tonelada más de títulos ganados a punta de talento y tenacidad.
Pues bien, Valdés Dávila expone en “La responsabilidad”, artículo que publicó en Vanguardia, una serie de ideas que deambula el derrotero muchas veces recorrido del compromiso que debe o no debe tener quien se dedica a escribir. Es un momento oportuno para replantearlo, pues el mapa del país se nos cae a pedazos de la pared y la crítica es, precisamente, un medio para intentar el enderezamiento de los rumbos o al menos advertir que el mapa del país se nos cae a pedazos de la pared. Soy de la idea de que hay muchos caminos, no uno, mediante los cuales puede comprometerse quien escribe. Los jóvenes suelen ser radicales, suicidas: prefieren un solo golpe de efecto a la labor pausada que, a la larga, les pueda dar alguna voz y credibilidad. Como se podrá advertir, pasé ya la edad en la que escribía textos que aspiraban —siempre fallidamente, vale decir aunque sea obvio— transformar al mundo y sólo cerraban puertas y agudizaban mi posición de aislamiento. Ahora, más reposada el alma, creo que la labor de quien escribe (escritor, académico, periodista) es mantener alerta las antenas y hablar, en la medida de las posibilidades de cada quien, por los que han sido excluidos de eso, de una voz. Es un tema largo y escabroso, pues depende de muchas especificidades, pero no creo que la escritura tenga derecho ahora, en nuestra realidad, a eludir, a refugiarse en la famosa torre de marfil, a callar.
Subrayo que hay muchas especificidades. Doy un caso: no falta que muy cercanos amigos me traigan temas candentes, espinosos, así sea del ámbito cultural. Me azuzan, acelerados: “Jaime, es necesario acabar con tal situación. Tú puedes escribir sobre eso”. Veo la legitimidad del problema, pero también veo mis fuerzas y la capacidad de respuesta contraria; luego evalúo: “Me piden opinar sobre tal hecho, y si lo hago tal vez ése sea mi último comentario, pues la situación puede ponerse dura”. Entonces declino, pues uno no es invulnerable (en lo físico, en lo económico, en lo intelectual) y escojo el camino de la prudencia: vale más conservar la presencia que dé cancha a una labor (como dicen ahora) propositiva y larga, a un exabrupto que sí, en efecto, parezca muy valeroso aunque a la larga termine por convertirse en nada. En otras palabras, quien escribe no es Supermán; quien escribe, quien escribe en serio, por lo general es un sujeto vinculado a los libros, a las aulas, al goce estético o cognoscitivo, un ser pacífico y sin grandes recursos de fortuna, un ser que por la casualidad de vivir en cierta geografía triste se ve en la imperiosa obligación de encarar una disyuntiva: u opina, o calla. Esa es la posición, digamos, extrema, pero podemos decir que, en medio, u opina con prudencia, con inteligencia, con sagacidad, con astucia, o calla por miedo o evasividad, cierto, aunque también por instinto de conservación, para no acelerar el proceso de aniquilamiento que algún poder quiera ejercer sobre él.
Carlos Manuel Valdés cierra su brillante comentario con estas palabras: “responsabilicémonos por cada uno de los vivos ahora, hoy mismo”. Lo que pide es pasar del rollo testimonial, meramente anecdótico, a la transformación de la realidad. Los caminos son muchos. Cada quien debe buscar el suyo.

miércoles, diciembre 17, 2008

Papuchos con sotana



La crisis edifica un mundo de paradojas. Leo un largo reportaje del Semanario publicado por Vanguardia, en Saltillo, y me informo sobre las tendencias del apetito venéreo mercantilizado en medio del desastre económico. Al parecer, los calenturientos han emigrado a otras prácticas, acaso a la continencia monacal impuesta por las calamitosas circunstancias que vivimos. Pueden ser dos las razones de la sequía, ambas relacionadas con el billete: a) el estrés que produce no tenerlo pega directamente en las zonas erógenas; y b) el apetito puede permanecer incólume, pero sin dinero no es posible comprar absolutamente nada en el mercado de los placeres carnales.
El reportaje se ciñe a la realidad de Saltillo, donde los despidos provocados por la recesión han aumentado escandalosamente los casos de disfunción eréctil: cuando la cartera está vacía, los pájaros languidecen como si hubieran sido pintados por Dalí. Consigna la investigación que es un fenómeno comprobadísimo: a más líos económicos, menos ganas, lo que no sólo ha alejado a la clientela potencial de téiboles, sino de hotelitos con cortina en cada habitación y de sex shops. En otras palabras, la crisis ha estremecido al mercado de los pelos y el sudor a precio, y ya en este momento lo mantiene a raya y en shock.
Lo extraño es que, mientras lo non sancto se aleja obligadamente de su nonsanctidad, lo supuestamente tocado por la pureza coquetea con el mercado de la libido alborotada. Son las contradicciones nacidas en el seno del colapso financiero. Porque suena de veras muy raro que en Italia un fotógrafo haya tenido la supercalifragilisticaespiralidosa ocurrencia de captar las imágenes de algunos curas bien parecidos para incluirlas en un calendario. Con sotana, con alzacuellos, todos bien afeitados y peinados con absoluta sobriedad, los jóvenes ensotanados miran a la cámara sin hacer poses voluptuosas ni insinuantes: sólo miran a la cámara, pero como son tipos elaborados con nonio (o vernier), a la medida, alaindelonescos, esa sola pose puede ser muy excitante, no sé, para ciertas mujeres que alguna vez hayan jugado con la pecaminosa fantasía de agenciarse un padrecito de muy buenas hechuras. El material ha sido reunido en un producto denominado Calendario Romano 2009, y el vaticano todavía no se pronuncia en contra de él, por lo que el fotógrafo, de nombre Piero Pazzi, seguirá en la promoción para su venta y en futuras convocatorias para nuevos calendarios de índole sexiclerical.
Como la santa sede ha sostenido que cada sacerdote aparece allí “a título personal” y no lo ha condenado, los fotógrafos artísticos mexicanos tienen una enorme posibilidad de entrar al negocio, de abrir, como dicen los expertos en negocios, un “nicho de mercado” nuevo en nuestro país. No sé si haya suficientes curas caritas en México, pero no tendría ningún chiste buscar a sacerdotes de rango menor, desconocidos. Sería un hitazo, más bien, que algún artista de la lente convocara en un solo calendario a los figurones de la más alta jerarquía mexicana. Imaginemos que excitante sería ver, por ejemplo, a:
1) Norberto Rivera: ideal para el mes de marzo, por su rostro fresco y primaveral. Como modelo podría posar sentado en alguna silla de country club, y al fondo se podrían ver golfistas y esos cochecitos que ellos suelen usar para no cansarse con ese deporte tan fatigoso.
2) Juan Sandoval Íñiguez: por la gelidez de sus convicciones y por ser uno de los que siempre toman la iniciativa para todo, sería un modelo inmejorable para enero. Como le gustan mucho los grandes negocios, en su foto posaría dentro de la espaciosa oficina (prestada) de algún empresario, con caobas y brillos por doquier.
3) Onésimo Cepeda: es uno de los más vinculados a las elites económicas del país. Como sabe moverse entre la gente de muchísimo dinero, es un buen modelo para diciembre, el mes de los aguinaldos. En la foto podría lucir, buen símbolo de lo que representa, la poderosa puerta de una bóveda bancaria y él de frente, con los brazos cruzados y en contrapicado, como si fuera portada de Poder y Negocios.