sábado, enero 30, 2016

Escritor




















Sentía que había perdido la inspiración, y ya no escribió nada, se dejó morir como escritor. Sólo a veces, como esa noche, imaginaba historias en la aridez de su mente, como aquélla del asesino que avanza sigilosamente. Va a la casa —a la caza— de un tipo al que no conoce. Sólo sabe que es profesor, que se llama Julio Pastrana y que se involucró con la mujer equivocada. En la gabardina trae el arma. Hace frío y el viento lo intensifica, lo hace calar hasta el esqueleto. Piensa en el plan que ha diseñado. Tocará la puerta, el tipo abrirá y entonces cruzarán un breve diálogo. “¿Es usted Julio Pastrana?”, preguntará el asesino. Pastrana dirá que sí, desconcertado. En la mano seguramente tendrá un libro, y también seguramente vestirá ropa cómoda, quizá una bata de franela, el atuendo ideal para un domingo de invierno. El asesino le dirá que trae un mensaje, y Pastrana lo hará pasar unos metros sólo para no mantener libre la entrada del aire helado. Ya dentro, el asesino dirá que no trae ningún mensaje, que mintió, y de inmediato sacará la pistola con la que matará a Pastrana. Tras disparar, se pondrá los guantes, saltará el cadáver, llegará hasta la habitación del profesor y hasta el escritorio ubicado en la biblioteca. Lo que sigue es simple: revolverá papeles, cargará una cámara fotográfica, un reloj y dos anillos, lo que haya de valor para simular un robo. Poco después, cuando ya haya desbaratado lo suficiente el orden de la casa, volverá hacia el cadáver o lo que el asesino ha creído que es un cadáver, quien ensangrentado lo esperará ya con una pistola lista para ser activada. El asesino no tendrá tiempo para tomar su arma ya oculta en los pliegues de la ropa, pero entonces sucederá algo extraordinario: Pastrana no conserva fuerza y se derrumbará sin disparar. Ahora sí, el asesino ganará la calle luego de cerciorarse, por la ventana, que no pasa un alma. Cuando ya se alejó lo suficiente, reparará en un detalle: si el muerto no estaba completamente muerto una vez, bien podría no estarlo dos veces, y lo delatará. Decide regresar para el remate. En el camino se arrepentirá. No es necesario hacer nada. Recuerda que en efecto es un asesino a sueldo, pero sin consistencia física, ni siquiera consistencia escrita. Se trata apenas de un pobre asesino imaginario, de un hombre cuya historia apenas existe en la agotada mente de un escritor retirado. El asesino reanudará su huida y por dentro maldecirá al escritor que no lo ha escrito.

miércoles, enero 27, 2016

Castigo














Ahora le dicen bullying, tiene un nombre. Antes, cuando fui niño, sólo le decíamos burla o golpe. Supongo que era lo mismo: un tipo o una tipa sin escrúpulos, más fuertes, más hábiles y más cínicos, arremetían contra alguien hasta pulverizar su ánimo y dejarle bien sembrado el terror. Eso fue lo que sentí cuando me tocó la hora de sufrirlo. Quien me aplicó la tortura fue un niño de ojos achinados al que apodaban El Meñe, uno de esos babotas que reprueban un año y cuando entran a otro grupo ya han crecido y se convierten en jefes sólo porque tienen más centímetros de estatura. Lo detecté de inmediato. Cuando llegué a ese grupo vi que El Meñe era el hostilizador. A todos, sin excepción, los dominaba con la pura amenaza de los golpes, de manera que nadie se le insubordinaba. Además, dos o tres compañeros conformaban para él una guardia pretoriana que en sí misma era disuasiva. Quien se atreviera a algo con El Meñe podía sufrir, antes que nada, el ataque de su séquito. Quejarse ante un maestro, denunciar sus métodos en la dirección, confesar el miedo ante una madre, todo era demasiado riesgoso, pues si no lograban detenerlo su venganza podía ser inmediata y brutal. Esa circunstancia permitía que El Meñe y sus secuaces se apoderaran de las actividades estudiantiles, eran los que pedían cooperaciones y de allí sacaban, obvio, raja. Yo no lo entendía con claridad, estábamos en secundaria, pero borrosamente sospechaba que El Meñe sería algo en el futuro, un líder o algo así. Sólo una vez vi que alguien se le puso enfrente; un compañero muy callado se le plantó, lo encaró. El Meñe aceptó el desafío y se dieron un tiro afuera de la escuela. Ganó el que tenía que ganar, por mucho: El Meñe. Tenía además una costumbre: agarrar un puerquito rotativo. Lo humillaba un mes y luego pasaba a otro, y a otro y a otro. Cuando tocó mi turno padecí el horror, como ya dije. Recuerdo que varios días lloré en silencio, pues El Meñe era cruel e invulnerable. Pasó encima de mí y luego siguió con otro, pero los estragos de miedo que me dejó duraron mucho tiempo. Todavía en las épocas de mi carrera lo recordaba, sentía una especie de estremecimiento y un vago deseo de venganza. Pero, sin darme cuenta, lo olvidé. Creo que la disolución de mi odio era signo de que el tiempo me sanó. Pero hoy, mientras esperaba el verde en un semáforo, lo vi con alegría. Era él. Repartía volantes políticos a los conductores, como candidato. El destino se había vengado por mí y por muchos agraviados: El Meñe aspiraba a ser diputado por el Partido Verde.

miércoles, enero 20, 2016

Gordo














El sujeto era gordo, alto y de pelo crespo, pero su rasgo más sobresaliente estaba en que se movía con la lentitud de un tráiler a punto de estacionarse. Lo vi durante cinco años, siempre en el mismo rincón del café, siempre vestido con pantalón caqui y una camisa inmensa, de cuadros chicos y desfajada. Me caía bien porque, como yo, no saludaba a nadie, simplemente entraba y a paso cansino llegaba hasta su mesa, se instalaba con dificultad y le servían un café que ya no pedía pues los meseros sabían que eso deseaba, además de una canastita con pan dulce. El gordo caía allí de lunes a viernes de seis a siete, siempre en punto, exacto como las desgracias. Cargaba un libro y leía unas páginas, bebía tres tazas y despachaba sin falla dos piezas de pan. Toda su rutina era parsimoniosa y precisa, e igual, sin decir palabra, en cámara lenta, dejaba dinero sobre la mesa, se levantaba otra vez con dificultad y salía. Recuerdo que noté algo: cuando abandonaba el local todos los comensales lo mirábamos intrigados. Seguramente había unanimidad en los pensamientos: ¿quién era ese gordo inquietante?, nos preguntábamos. La ciudad ya no es lo que era hace algunos años, cuando todos se conocían y el chisme era comunitario, pasto para mitigar el aburrimiento. Ahora podía llegar un gordo al café y aunque su presencia fuera notoria y recurrente ya se daban casos de aislamiento total, de anonimato perfecto. Cierto jueves reparé en su ausencia. Pregunté a un mesero y me dijo sólo una palabra: murió. Dije ah viendo a otro lado y no pregunté más. Pasaron unos días y una tarde llegué al café. Todas las mesas estaban ocupadas, salvo la del gordo. Fui hacia allá, me senté y pedí lo de siempre. Al día siguiente ocurrió de nuevo, caí en la mesa del gordo. Al tercer día había muchos espacios disponibles en el local, pero adrede fui a sentarme en el mismo lugar. Poco a poco, tarde tras tarde, tomé posesión de aquel espacio y repetí la rutina tal y como lo hacía el gordo, sólo que yo nomás fulminaba una pieza de pan. Aprendí a cargar libros y a simular interés en ellos. Una tarde, al salir, vi que todos me miraban. Sospecho que se preguntaban quién era yo. Me gustó vivir en ese misterio, desconcertar a la concurrencia, crearme un aura intrigante. Más que el café, más que el pan, más que el libro mentiroso, lo que comenzó a deleitarme era sentir que otros me veían como veíamos al gordo, que en paz descanse.

sábado, enero 16, 2016

Ksntpka















De la afamada —aunque sólo entre cierto público— editorial Isis, el capítulo XXII del libro Costumbres describe la peculiaridad de la tribu ksntpka nativa de una isla perdida en el Índico. Es un pueblo pacífico dado que no tiene vecinos contra los cuales reñir. Por esa misma razón carece de envidia y sus miembros todo lo comparten con un sentido absoluto de la desposesión. Las mujeres y el alimento son sus dos únicas fuentes de placer, pues se trata de una sociedad dominada —y en esto no se diferencia de muchas otras— por los machos. Como todo es de todos, casi siempre tienen lo que necesitan, no lo disputan, viven en entera libertad y puede afirmarse que son inmensamente felices. Salvo una, no tienen leyes, o si las tienen, son tácitas, sobrentendidas, casi ajenas al discernimiento. La única ley que los guía es que todo es de todos. Entre ellos no existen pues los pronombres “mi” o “tu”. Para decir, por ejemplo, “mi comida”, en su código expresan algo así como “la comida”, de ahí que mientras un ksntpka come, otro puede, sin mayor conflicto, meter la mano en la vasija ajena y hacer lo mismo; esto también explica su serena promiscuidad. En cuanto a los hijos, se sabe que los crían con amor colectivo, es decir, que actúan como si todos fueran padres y madres de todos los pequeños. Los adultos enseñan a cazar a los varones de menor edad, y un joven hoy puede tener un instructor y mañana otro. Los ksntpka son excelentes en la pesca; se internan en el mar y luego de unas horas regresan con espléndidas presas. Como todo es de todos, cuando pescan un gran ejemplar todos pueden decir “yo lo atrapé” sin que se moleste el verdadero autor de la hazaña, pues él también puede afirmar, con idéntica sensación de mérito, “yo lo atrapé”. Gustan, como cualquier pueblo, de las ceremonias. Como no tienen dirigentes, cualquiera sabe invocar a los dioses y cualquiera acepta sacrificarse en una sesión bárbara de golpes. Luego de pedir que kagtaka —su diosa de la luna— descienda, todos, incluidos los niños, arremeten a puñetazos y puntapiés contra un sujeto que funge como mártir. El sacrificado queda molido, pero en su dolor entra en trance y siente una comunión con kagtaka, el éxtasis. Pese a esa liturgia bestial, no son pocos los que se anotan para representar al aykugkay , "el sacrificado", y se han dado casos en los que un aykugkay es elegido dos o tres días sin interrupción hasta que muere, lo que representa el máximo honor en esa peculiar comuna. Son dos los requisitos para ser aykugkay: no ser mujer ni menor de edad, lo que asegura la supervivencia de los ksntpka.

miércoles, enero 13, 2016

Fantasma



















Roberto aceptó ir a la casona porque le gustaba Lily. No sabía por qué a casi todas las mujeres les daba por disfrutar historias de terror, pero aprovechó esa inclinación para acercarse y ver hasta dónde podía llegar con ella si es que ella quería llegar a cualquier punto con él. A Lily le habían pedido en la carrera un cortometraje y tuvo la ocurrencia de escribir un guion pretenciosamente gótico, casi tan disparatado como un vidoclip. Un día lo citó en el café para compartirle el proyecto, pues en teoría a Roberto le apasionaba el cine y algo podía agregar al éxito del corto. Esa misma tarde quiso decirle que todo sonaba absurdo, que la oscuridad, las telarañas artificiales y ciertos efectos de sonido no bastaban para producir espanto, pero prefirió guardarse los comentarios, elogiarla por la fluidez de la pequeña trama y alentarla a "filmar". Lily le informó que ya había reunido al equipo que la ayudaría. Consiguió un camarógrafo (que también sería el editor), un músico, cuatro actores, una vestuarista, un maquillista y un asistente de dirección (su hermana). Roberto no sintió un átomo de identificación con el proyecto, pero Lily le gustaba y no podía quedar al margen. “Si quieres, yo hago la foto fija”, le dijo. “¿Y qué es eso?”, respondió ella. “Es la fotografía que se hace mientras filman. Las imágenes son un detrás de cámaras y también son útiles para la publicidad que luego se hará de la película, como se estila en las superproducciones”. Lily quedó encantada con las bondades atribuidas a la foto fija, y aceptó. Pasada una semana llamó a Roberto para convocarlo a una reunión con "el equipo". En la junta él notó que todos eran muy jóvenes, casi preparatorianos. Desbordaban atención, camaradería, el entusiasmo más o menos habitual de quien encara una gran aventura. Uno de ellos, el de mejor pinta, haría el papel protagónico y fue quien participó más en el diálogo con Lily. Llegó el día del rodaje, un sábado. La directora-guionista los había citado en una casona abandonada, aterradora sólo en el sentido polvoriento de la palabra. La grabación comenzó, todo anduvo bien y Roberto tomó fotos hasta que sucedió lo inesperado. El guion original no indicaba que al protagonista se le aparecía una fantasma vestida con deliciosas mallas de bailarina y algunos velos. Lily hizo esa modificación del clímax, y ella, por supuesto, a falta de otra actriz, actuó la escena. Como en las peores telenovelas, hubo un largo beso final entre el protagonista y la fantasma exprés. Roberto siguió en la foto fija, como se estila en las superproducciones.

domingo, enero 10, 2016

De Ax y sus maravillas
























Desde hace meses traía el pendiente de subir mi presentación, y la prasentación del propio autor, Alfredo Hernández (Torreón, 1943), a El prodigioso reino de Ax (Ayuntamiento de Torreón-SEC, 2013, Torreón, 97 pp.), libro que me sigue pareciendo, a un tiempo, desconcertante y hermoso. Subsano aquí esa deuda.

De cómo tuve noticia sobre Ax
Jaime Muñoz Vargas

El 24 de mayo de 2013 fui invitado a enunciar unas palabras en el homenaje que rindió San Pedro de las Colonias, Coahuila, a dos de sus ciudadanos más valiosos: el matrimonio de la poeta Concha Luna y el dramaturgo y narrador Alfredo Hernández. Asistí gustoso, seguro de que el reconocimiento era más que merecido, pues Concha y Alfredo son, para mí y para muchos que los conocemos, dos excelentes escritores y dos de los promotores culturales más entusiastas de La Laguna.
Al final de la ceremonia tuve la suerte de conversar en corto con Alfredo. Recién había elogiado en público sus relatos breves, y le insistí que debíamos hacer algo para verlos publicados. Fue entonces cuando, ya casi en la despedida, exactamente afuera de la Casa de la Casa de la Cultura de San Pedro, Alfredo soltó a regañadientes: “Tengo por allí unos textos que quizá puedan servir para algo. Hace muchos años publiqué algunos en el DF, pero necesito revisarlos y ordenarlos, pues no he vuelto a ese material en mucho tiempo. Lo llamé ‘El prodigioso reino de Ax’, y es una relación de cosas útiles, animales diversos, plantas, flores, minerales, asesinos, salteadores, músicos, poetas y demás gentes de buen y mal natural que hicieron grande y poderoso al reino de Ax. De eso trata más o menos”.
Algo me latió al oír este sumario. Sospeché de inmediato, basado en las microficciones de Alfredo que poco antes leí con motivo del homenaje, un valor literario que provocó mi inquietud y, claro, mi respuesta más apurada: “Mándame eso, maestro. Suena muy bien”.
Pocos días después envié una carta a Alfredo para preguntarle por Ax. Le dije que no había olvidado la propuesta y que esperaba con ansia el material. Respondió que estaba trabajando, que debía releer, pulir, reordenar todo. Esperé, y luego de unas semanas me llegó la primera tanda de estampas de El prodigioso reino de Ax. Apenas clavé el ojo en las cuartillas y advertí que se trataba —así, sin avisar— de uno de los libros más inteligentes y divertidos escritos en la historia de la literatura lagunera, pues en él su autor nos lleva a un mundo remoto y delirante, un reino poblado por objetos y criaturas del más extraño pelaje que, entre otros méritos, obligan a reflexionar sobre la condición ficcional inherente a buena parte de la escritura histórica. Acuñadas con exquisita prosa, vi que las estampas sobre Ax hacían guiños de jocosa y borgesiana erudición, y con ellos nos instalaba en la certeza de que el hombre, haga lo que haga y viva en la época en la que viva, siempre será un bicho estrambótico, un creador de desvaríos, un ser más próximo a la locura que a la razón. Pensé que era fácil augurar un inmediato aprecio a las páginas de este libro, animal bibliográfico tan asombroso que también parece obra del prodigioso reino de Ax y no de la literatura amonedada habitualmente en la Comarca Lagunera. Lo demás fue trabajar un poco con Alfredo y pedir a Luis García González el trabajo de ilustración que tampoco dudo en calificar como excelente, un complemento gráfico digno de total admiración y gratitud.
En resumen, El prodigioso reino de Ax es un libro que no debemos eludir. Su imaginación y su filoso humor nos obligan a celebrar la presencia de Alfredo Hernández, una presencia que da gusto reencontrar y compartir.
Comarca Lagunera, 22, octubre y 2013

Introducción al prodigioso reino de Ax
Alfredo Hernández

Aquel que fue declarado territorio estéril por los descubridores ingleses y portugueses, lugar proclamado maldito por los viajantes que posteriormente rescataron unos cuantos manuscritos conservados hasta la época presente, fue el reino de Ax cuyo recuerdo estuvo a punto de desaparecer. Un yermo de planicies inmensas cubiertas con un manto milenario de sal guarda las reliquias de aquel país que se desarrolló entre el prodigio y la locura de sus gobernantes, más lo segundo que lo primero. Historiadores de todo el mundo en todas las épocas han intentado penetrar en el misterio del lugar y el tiempo de este reino.
Más espesa que la capa salina que cubrió el territorio es la conjura que se propuso borrar todo rastro del paso de los hombres de Ax sobre la tierra. Esa confabulación provocó en muchas mentes el deseo de saber más de lo que las tradiciones y leyendas han transmitido. Contando con los amarillentos y quebradizos papeles de que ya dimos noticia, muchos alientan la esperanza de encontrar aquellas ciudades con palacios de muros de esmeralda.
Algunas mentes brillantes lograron penetrar en el misterio y acordaron mantener en secreto la historia para que los hombres del futuro, tú y yo, buscáramos nuestro propio camino sin las referencias de lo sorprendente que esconde la memoria de Ax.
De la colección de documentos conservados en la biblioteca del venerable J. L. Casares pudo extraerse el «Nova Totivs Terrarvm Orbis Geographica Ac Hydrographica Tabula, del auct: Henr: Hondio». En ese mapa, realizado en el primer tercio de 1600, aparece un espacio abajo del «Mar de India», la región «Terra Australis Incognita» que algunos identifican como asiento del reino perdido. El padre G. de Ockham, poco antes de ser excomulgado por el papa Juan XXII, descartó esa idea y propuso buscar en el lugar que hoy es conocido como Triángulo de las Bermudas, muy cerca del sitio donde se dice que se encontraron ruinas que confirman la existencia de la Atlántida.
En cuanto a la época del florecimiento de la cultura de Ax, nadie se pone de acuerdo, pues si bien Pitágoras emplea como metáfora la belleza física de todos los hombres y mujeres de aquel territorio, Tucídides introduce en La guerra del Peloponeso a uno de los embajadores griegos que tiene conocimiento exacto del lugar preciso donde se desarrolló la grandeza de aquel pueblo, sólo que éste no pronuncia palabra en todo el encuentro con los lacedemonios. Pero hay más todavía. Artistas, filósofos, historiadores, religiosos y buscadores de tesoros manejan secretamente algunos trozos de información que intercambian en medio de rigurosos acuerdos y luego cada uno a su manera intenta reconstruir el mapa real donde se ubica el lugar que ha motivado tantos afanes. Han pasado muchos años desde que el primero de estos hombres dio a conocer la estatuilla de bronce de la reina Tit en aquel oscuro museo de historia natural de un remoto poblado boliviano, confirmando con ello la existencia de lo que hasta entonces sólo había sido conjetura.
Todo lo referente a los hechos que ningún historiador quiere registrar, han sido transmitidos de boca a oído. Aún no hay nada escrito, salvo estos pocos registros recuperados del arca de hierro de un anticuario egipcio muerto en extrañas circunstancias. Pero esa es otra historia y no se relatará en estos documentos por temor a caer en imprecisiones o falsedades.

Tres en uno












Cuando despertó, Gregorio Samsa todavía estaba allí convertido en un horrible escarabajo, pero no supo si era Gregorio Samsa soñando que era un horrible escarabajo o un horrible escarabajo soñando que era Gregorio Samsa.

sábado, enero 09, 2016

Azqueles
















En otros lugares les llamas hormigas u hormiguitas, y aquí les decimos azqueles o asqueles, con “s”. En verano son infalibles y aparecen querámoslo o no, como los enemigos. Cuando me cambié de departamento aparecieron en el baño, sólo allí. Entraban por el borde de la ventana y comenzaban su descenso infatigable. Pronto los vi por todo el piso de mi habitación, buscando. Mi nuevo hábitat no tenía cocina, así que esos insectos poco podían esperar. Tuve la esperanza de que desaparecieran ahuyentados por el vacío. Pero no, durante varios días seguí viéndolos. No eran muchos; tal vez, a lo sumo, alcancé a contar treinta ejemplares bien distribuidos, todos afanosos de hallar algo. Un día pensé en buscar un espray para eliminarlos. Lo malo es que siempre olvidé comprarlo. Lo anoté incluso en un papelito, pero por cualquier razón jamás fui al súper por el fumigante. Poco a poco me hice a la idea de convivir con esos insectos. Recuerdo que me sentaba en la taza y en vez de leer como acostumbro mientras prescindo de lo demás, miraba los recorridos más o menos fijos. Unos subían, otros bajaban, todos con las manos vacías (es un decir), pues ahora desayuno, como y ceno fuera y no podía haber restos de alimento en mi habitación. Vi que seguían los mismos rumbos, que se guiaban en un sendero predominante e invisible. Alguno desviaba el camino, pero la mayoría no violentaba la ruta. Cuando se topaban de frente hacían un pequeño alto, como quien se cruza con el vecino e intercambia un breve saludo. Yo, no lo he dicho, vine a vivir solo a este departamento sin cocina porque lo perdí todo tras mi separación. Pensé, en esas horas de delirio que a veces produce la soledad extrema, que los insectos eran mis compañeros, y se me ocurrió la locura de tolerarlos, de no pensar otra vez en su exterminio. Y más: de alimentarlos. Había visto que les fascinaban los huesos con algún vestigio de carne, así que una noche fui al restaurante, pedí costillas, y en vez de dejar los restos en el plato los guardé en la bolsita de supermercado que llevaba especialmente preparada para el caso. Llegué luego a mi departamento y dejé dos huesos. En la madrugada sentí ganas de orinar, fui al baño y vi que los restos eran invadidos por una legión de azqueles. No supe qué hacer, se me fue el sueño y dejé todo como estaba. A la mañana siguiente, los huesos aparecieron ya abandonados, blancos. Desde entonces ya no pongo nada. Sólo veo y observo a mis treinta azqueles, los que me han sido leales con o sin dádivas.

viernes, enero 08, 2016

Chapo reciclado




















Escribí este pequeño soneto (valga el pleonasmo) para no olvidar el bello día que estamos a punto de terminar. En México, como en cualquier parte del mundo, no hemos estado al margen de las cortinas de humo. Nuestra novedad, nuestra peculiaridad, en todo caso, está en la terca rehidratación del procedimiento, de manera tal que con esto nuestro gobierno ha inventado una forma completamente original del reciclaje. ¿Cuánto más podrá servir el mismo asunto para distraernos? No lo sabemos. Eso sólo pueden saberlo dios y la Secretaría de Gobernación.

Chapo reciclado
Atraparon al Chapo nuevamente
—a ese Chapo que dicen es el Chapo—
vaya historia sin par, sin referente
vaya manera de exprimir al capo.

Se afirma que el Estado delincuente
lo usa, le coloca cualquier trapo
y lo exhibe en el juego recurrente
del tipo que se cree muy listo y guapo.

En este laberinto de patrañas
con tanta información de nebulosa
debemos tratar de darnos mañas:
saber cuál es veraz, cuál falsa o sosa
evitar la tv, que no nos pierda
ni nos hunda entre tanta y tanta mierda.

sábado, enero 02, 2016

Cuando los libros se van

















Nomás un puño de tierra, eso dice una canción al referirse a lo que nos llevamos tras la muerte: nomás un puño de tierra y a veces ni eso cuando optamos —o cuando nuestros familiares optan— por la cremación. Todo lo que poseemos, entonces, lo mucho o lo poco que poseemos, se queda aquí, en este valle de lágrimas en el que sólo respiramos un ratito.

Ante lo brutal de ese destino pleno de desposesión, ante el “no-ser” que decía Lezama Lima, suele no quedarnos más que pensar en lo que hemos acumulado, sea poco o sea mucho, y elegir en qué manos terminará. Por lo general, quienes se han preocupado mucho por tener saben a dónde irán a parar sus tesoros luego de la muerte: la esposa, los hijos, el pariente más cercano se quedan con la herencia, con las casas, los vehículos, las joyas, el dinero y todo lo que guarde algún valor visible, indiscutible.

¿Pero qué pasa si el futuro muertito ha sido un acumulador de libros y no de otros objetos fácilmente intercambiables en el mercado? Sabido es que quien abraza el vicio de los libros no toma las providencias necesarias para heredarlos; sabe qué hacer con sus otras posesiones, si es que las tiene, pero no con los libros. Algo extraño ocurre en estos casos: los libros son acaso percibidos como imperecederos y las bibliotecas como entes ajenos a la dispersión, a la pulverización. Si durante treinta, cuarenta o más años descansaron en una estantería, no hay razón para pensar en el término de su vida en comunidad, es decir, en el fin de su existencia como biblioteca personal.

Lamentablemente, el tiempo, esa sustancia invisible que siempre es cruel con el hombre, también lo es con las bibliotecas personales. Más de una numerosa, bien armada, sólida, llena de títulos fascinantes y lujosos, ha terminado convertida en nada, dispersa, diluida en librerías de viejo tras la muerte de su dueño. Lo digo por experiencia. Pertenezco a una generación que comenzó a comprar libros hacia la década de los ochenta. Además de los nuevos que adquirí desde las primeras épocas del intruso celofán, compré, y sigo comprando, en librerías de viejo. Allí he hallado joyas, libros que de otra manera jamás hubieran llegado a mis manos. Pues bien, no ha sido infrecuente que en esos espacios aparezcan títulos antes pertenecientes a bibliotecas bien armadas. Lo sé porque ostentan firmas, sellos de goma o ex libris de escritores y periodistas de mi región.

¿Y qué pasó, por qué llegaron esos libros hasta allí? Es fácil conjeturarlo. Al morir, los familiares quizá supieron qué hacer con el dinero y otros bienes heredados por el desaparecido, pero no con sus libros. Resolvieron entonces por el camino fácil: vender en las librerías de segunda mano, tal vez en bulto, indiscriminadamente, bibliotecas enteras. Luego, como pirañas, a granel, hemos ido apareciendo los compradores y nos hemos llevado por separado los libros que antes estaban juntos y formaban una biblioteca.

Mi amigo argentino David Lagmanovich tomó providencias. Murió en 2010, había nacido en 1927, y antes de llegar a los ochenta organizó y catalogó su enorme biblioteca y mediante convenio la donó a un centro cultural de San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino. Esa biblioteca siga en pie, reunida en un solo espacio y es útil para quienes desean consultarla.

Por más que el futuro se pinte como sólo digital, es pertinente que los dueños de bibliotecas sepan que la vida sí se acaba y que sus libros pueden quedar en buenas manos, salvados de la despiadada venta. Organizarlas y donarlas con cuidado puede ser quizá su último acto de amor por los libros, los (sus) queridos libros arracimados en una biblioteca personal.

miércoles, diciembre 30, 2015

Noventa bienvenidos pretextos




















Recién, el 24 de diciembre, cayó en mis manos El interés más sincero, noventa pretextos para iniciar una conversación, de Heriberto Ramos Hernández. Tuve la fortuna de escribir para sus páginas unas palabras liminares, y son éstas:
Heriberto Ramos Hernández es mi amigo. No de esos amigos que llegan una vez e intercambian dos o tres chistes, dos o tres confidencias o dos o tres cervezas para luego esfumarse, sino de aquellos que aparecen para permanecer en el afecto, para proseguir en la cercanía de esa serena y generosa conversación que es, o debe ser, la amistad.
Desde mis primeros diálogos con él noté lo obvio y por lo tanto inevitable: provenimos de una misma generación y por ello compartimos la misma educación sentimental, las mismas canciones, el mismo cine, incluso la misma ramplona televisión, pero pertenecemos a dos ámbitos profesionales distantes; no hay entre lo suyo y lo mío, entonces, muchos puntos de contacto. Lo natural hubiera sido, por ello, enmudecer en una mesa de café o en la sobremesa de alguna fiesta, y no fue el caso. Heriberto, hombre de intereses misceláneos, supo colocar su charla en un punto para mí adecuado, el de la literatura y la política, de manera que en lugar del mutismo logramos establecer un ping-pong de ideas enriquecedor, ya que él no es sólo un tipo que-sabe-mucho, sino algo más importante: es un hombre que reflexiona mucho y con innegable profundidad, que bucea sin miedo en su interior y de tal pesquisa siempre obtiene ideas distintas, enfoques novedosos, puntos de vista que aclaran un concepto o van más allá de lo habitual, tanto que echan por tierra lugares comunes tenidos habitual y erróneamente como certezas, como duras y bien galvanizadas opiniones.
El interés más sincero, noventa pretextos para iniciar una conversación es una evidencia de los saberes múltiples que carga Heriberto en el carcaj. Lector tan voraz como cuidadoso del detalle, del renglón, de la palabra y sus ingrávidas sutilezas, este lagunero es un buen ejemplo de que nada estorba a la hora de pensar. Los libros, es cierto, son frecuente catapulta de sus indagaciones, pero no es menos cierto que una canción popular, una película, un programa de televisión, una foto, una nostalgia, la sobremesa con su esposa y con su hijo, el diálogo con un jardinero, cualquier recuerdo y todo lo que rodea esto que llamamos vida detonan en él un parecer gratamente dicho y, mejor, lúcidamente angulado.
Las páginas que vienen a continuación no ocultan su matriz periodística, pero en su momento, cuando las piezas aquí reunidas fueron artículos semanales, no se atuvieron a la relampagueante coyuntura ni se tragaron la gambeta del ruido mediático. Antes bien nacieron con un extraño ánimo de ser útiles más allá del diario, de orientar hacia libros e ideas que en efecto sirvieron ayer y pueden servir hoy a quien las lea. Experto en lo suyo —las finanzas, las inversiones, la economía y sus, para muchos, esotéricos flecos—, Heriberto ha logrado atravesar por su experiencia profesional y sus lecturas para condensar en animados textos lo que para tantos es opacidad, confusión y a veces pleno misterio. No dudo que sus consejos, sus aerodinámicas conclusiones y su galería de buenas fuentes disuelvan dudas al lector poco avisado en estos temas y de paso acerquen, si fuera el caso, la simpatía del conocedor, su homólogo.
Los noventa artículos que pueblan estas páginas fueron en un primer momento preparados para la prensa lagunera. Heriberto los publicó semanalmente en su espacio del diario Milenio Laguna, y algunos aparecieron además en otros medios impresos como la revista Expansión.
Al volver las hojas de El interés más sincero veo en suma al amigo con el que he conversado, al Heriberto que me ha convidado ya tantas veces al amable flujo de su charla. Es difícil explicar lo que consideramos esencial, y una personalidad lo es. La de Heriberto es respetuosa, cordial, solidaria, optimista, luchona, como decimos por acá. Jamás lo he visto airado, jamás he oído de él una palabra de quejumbre y desaliento, jamás le he percibido mala leche contra nadie, ni siquiera contra quienes la merecen, aunque sí rabia ante la injusticia y puntiagudo sarcasmo ante los brutos que la ejercen. Creo que si lo miramos con atención —en el fondo y como quería Montaigne para sus Ensayos—, él, Heriberto, es el tema de este libro.
Accedamos pues al espíritu que guardan estas páginas. Dialoguemos con los noventa pretextos de Heriberto Ramos Hernández e iniciemos con ellos alguna conversación.
Comarca Lagunera, 15, septiembre y 2015

Nota: El interés más sincero. Noventa pretextos para iniciar una conversación (Interamericana, Torreón, 2015, 262 pp.) es asequible en la librería El Astillero (Morelos 567 poniente, Torreón).

miércoles, diciembre 23, 2015

Convite de Agustín Yáñez




















Mientras nos distraemos con decenas de escritores que van y vienen, muchos de ellos movidos sólo por palancas marquetineras, se nos pasa la lectura de artistas verdaderamente grandes, de hombres colocados al margen de aparadores siempre atiborrados de libros que no resistirán el peso del tiempo y serán olvidados poco más allá de su pequeña cresta publicitaria. Uno de esos escritores tocados por la perennidad y ajenos desde hace mucho a los grandes anuncios es Agustín Yáñez. Autor de una de las obras más sólidas del siglo XX mexicano, Yáñez permanece porque sus ficciones fueron escritas con un sentido profundamente consciente de lo estético. Como pocos escritores, Yáñez supo trabajar los materiales temáticos que le quedaron más a la mano con una prosa cuyo aliento poético se distingue en cualquier trazo.
Si el lector de hoy desea convivir con libros en los que palpita el imán de la belleza, todo es que busque, por ejemplo, Las tierras flacas, La creación o Al filo del agua, historias que jamás defraudarán porque su hacedor supo recoger en ellos el alma de seres vivos movidos por impulsos y apetencias inmediatos, hombres y mujeres que interactúan en universos retratados con emotiva densidad, siempre descritos con una voluntad de estilo como pocas veces se ha visto en la literatura mexicana. Si Yáñez sigue siendo un escritor de altos alcances se debe, reitero, a que en sus obras no hay un solo párrafo mal urdido.
Devoto lector de Yáñez, Saúl Rosales sentía tener una deuda con él y la saldó hace poco en un libro doblemente titulado: Mi iconografía del barrio de Yáñez y ¿Que dónde nació Agustín Yáñez? La portada amplia que se trata de dos crónicas y que tales textos vienen acompañados por fotos. Es pues un libro completamente volcado al gran escritor de Guadalajara, un homenaje de lector agradecido con el genio y la figura de, tal vez, el más dotado narrador que haya dado el estado de Jalisco si olvidamos por un momento a Rulfo.
El escritor lagunero camina el espacio infantil de Yáñez, escudriña sus calles, observa sus edificios y registra con palabras y con imágenes (tomadas por él mismo) lo que pudo ser la realidad —porque ha cambiado— del gran escritor. Como corresponde al tema, todo lo dibuja con el delicado tratamiento de la crónica, un género que permite el lujo poético, un lujo que nos convida a revisitar tanto el espacio físico como el literario de Agustín Yáñez.

sábado, diciembre 19, 2015

Espíritu recaudatorio




















Tiene casi ochenta años, goza de buena salud y conduce una austera Ford 2008, su vehículo de trabajo. Es un hombre sereno, respetuoso y ajeno a los problemas con los demás. Para él, su trabajo es un asunto de responsabilidad, disciplina y paciencia. Así ha sido durante más de sesenta años. Jamás ha tenido altercados de tránsito, pues desde que maneja lo hace con absoluta corrección, sin precipitarse, seguro de que nunca hay razón para pisar el acelerador a fondo. En todo es un tipo correcto, un hombre de antes, un viejo de los que se formaron en la intuitiva caballerosidad de los cincuenta. Este tipo es mi padre, pero podría ser cualquier otro señor de esa edad y con esa educación ciudadana.
Pese a eso, muy recientemente lo han multado un par de veces casi seguidas por exceso de velocidad. Sí, un hombre que jamás ha burlado un semáforo en rojo, que jamás se ha estacionado en lugares prohibidos, que jamás ha conducido sin papeles o sin láminas, en los días cercanos se ha convertido en una especie de Fittipaldi según los radares de la autoridad gomezpalatina. Por supuesto, no les creo a esos radares y no le creo a la autoridad que los habilita no para prevenir accidentes y proteger a la ciudadanía, sino para recaudar.
Según el registro de los radares que han provocado las dos multas, mi padre se ha excedido dos o tres kilómetros por hora del límite fijado. Un exceso ridículo, imperceptible al ojo humano, pero suficiente para sancionar porque los radares no mienten. En otras palabras, no se aplica un sentido común preventivo: que pasarse dos o tres kilómetros del límite sirva para amonestar, para recomendar, para advertir, no para multar, y que excederse descaradamente en efecto motive las sanciones. Si no fuera así, las carreteras harían énfasis con luces y letreros en puntos muy visibles y los radares estarían en sitios adecuados para prevenir, no donde es casi seguro que el conductor va a caer en la telaraña para ser multado.
Doy un ejemplo que me queda cerca, pues aunque soy un caminante irredento más que un conductor (odio manejar), debo atravesar este punto con cierta frecuencia. Es el paso aledaño al Issste por la avenida Allende. Siempre me he preguntado por qué los agentes se colocan exactamente al lado del hospital y no unos cien metros antes. Claro, colocarse un poco antes sólo les daría margen para prevenir, no para multar, y por allí no va el negocio.
El gobierno, en todos sus niveles y movido siempre por un feroz espíritu recaudatorio, lo que quiere es el dinero de la ciudadanía, no su seguridad.

miércoles, diciembre 16, 2015

Nuevo compendio alburológico
























¡Chiquita y no te la acabas! Guía práctica del albur fue publicado este año con el sello de Cinar Ediciones S.A. de C.V. Su autor es Martín Durán, de quien la solapa nos informa que nació en el DF hacia 1972 y ha sido bajista en grupos como Monocordio, El Palomazo Informativo y Mantarraya. Además, que ha operado como guionista radiofónico, columnista y actor de “nivel (secundario)”; también que le ha hecho al ingeniero de audio para Santa Sabina, Julieta Venegas y Ely Guerra. La segunda solapa observa que “Se considera a sí mismo un soñador porque necesita por lo menos doce horas de descanso para sentirse más o menos en onda”. Asimismo, apunta que “es la única persona viva conocida que ha escrito más libros de los que ha leído”.
Como podemos apreciar, las solapas anuncian el tono jocoso que los lectores hallaremos en un libro dedicado al tema de la jocosidad en este caso envasado en frases con doble sentido, en los llamados albures que se han convertido desde hace décadas en un divertimento habitual sobre todo entre los hombres nacidos aquende nuestras fronteras.
Tengo para mí que la cultura del albur es chilanga, y que desde allí, gracias a los medios de comunicación, pasó a simpatizar a todos los mexicanos que en el relajo cotidiano juegan y quieren humillar risueñamente a sus cercanos. No digo nada nuevo. Igual, que en el albur, para que lo sea, siempre deberá estar presente, de manera alusiva, el falo y todos los orificios que en el ser humano hay. No por otra razón el albur, al ser del dominio casi exclusivo de los machos, se deja penetrar —dicho esto sin albur— por insinuaciones homosexuales, es decir, en él gana el macho que se coloca como activo frente al vencido que para serlo debe quedar en una posición pasiva, todo esto, por supuesto, en freudiano sentido figurado.
El lagunero Gilberto Prado Galán colabora en el prólogo del libro, y luego de sus palabras nos internamos en las honduras del albur puesto en acción. Un poco como la Picardía mexicana de Armando Jiménez, su famosísimo predecesor, ¡Chiquita… avanza por secciones bien definidas: nombres impropios, lugares, medicinas, pájaros y chiles, flores y frutos, y al final una estancia dedicada a “oficios” armada con breves historietas espléndidamente dibujadas por Jorge Aviña.
No hay terreno para alburear en el breve espacio de esta columna. Sólo diré que es un libro ya reseñado muy elogiosamente por el gran escritor Agapito Veles Ovando oriundo de Tejeringo el Chico.