En
otros lugares les llamas hormigas u hormiguitas, y aquí les decimos azqueles o
asqueles, con “s”. En verano son infalibles y aparecen querámoslo o no, como
los enemigos. Cuando me cambié de departamento aparecieron en el baño, sólo
allí. Entraban por el borde de la ventana y comenzaban su descenso infatigable.
Pronto los vi por todo el piso de mi habitación, buscando. Mi nuevo hábitat no
tenía cocina, así que esos insectos poco podían esperar. Tuve la esperanza de
que desaparecieran ahuyentados por el vacío. Pero no, durante varios días seguí
viéndolos. No eran muchos; tal vez, a lo sumo, alcancé a contar treinta
ejemplares bien distribuidos, todos afanosos de hallar algo. Un día pensé en
buscar un espray para eliminarlos. Lo malo es que siempre olvidé comprarlo. Lo
anoté incluso en un papelito, pero por cualquier razón jamás fui al súper por
el fumigante. Poco a poco me hice a la idea de convivir con esos insectos.
Recuerdo que me sentaba en la taza y en vez de leer como acostumbro mientras
prescindo de lo demás, miraba los recorridos más o menos fijos. Unos subían,
otros bajaban, todos con las manos vacías (es un decir), pues ahora desayuno,
como y ceno fuera y no podía haber restos de alimento en mi habitación. Vi que
seguían los mismos rumbos, que se guiaban en un sendero predominante e
invisible. Alguno desviaba el camino, pero la mayoría no violentaba la ruta.
Cuando se topaban de frente hacían un pequeño alto, como quien se cruza con el vecino e intercambia un breve saludo. Yo, no lo he dicho, vine a vivir solo a
este departamento sin cocina porque lo perdí todo tras mi separación. Pensé, en
esas horas de delirio que a veces produce la soledad extrema, que los insectos
eran mis compañeros, y se me ocurrió la locura de tolerarlos, de no pensar otra
vez en su exterminio. Y más: de alimentarlos. Había visto que les fascinaban
los huesos con algún vestigio de carne, así que una noche fui al restaurante,
pedí costillas, y en vez de dejar los restos en el plato los guardé en la
bolsita de supermercado que llevaba especialmente preparada para el caso.
Llegué luego a mi departamento y dejé dos huesos. En la madrugada sentí ganas
de orinar, fui al baño y vi que los restos eran invadidos por una legión de
azqueles. No supe qué hacer, se me fue el sueño y dejé todo como estaba. A la
mañana siguiente, los huesos aparecieron ya abandonados, blancos. Desde entonces ya
no pongo nada. Sólo veo y observo a mis treinta azqueles, los que me han sido leales
con o sin dádivas.