sábado, noviembre 10, 2012

Pura exclusividad





























Hay palabras que de tan usadas ya perdieron su sentido original. Lo perdieron o queda en ellas un significado vago, casi invisible, de lo que fueron. Una de esas palabras es “exclusivo”. Es, como sabemos, de uso habitual en el comercio, y cuando la vemos no pensamos en la discriminación que implica. Sólo pensamos, si es que llegamos a racionalizar el vistazo rápido del rótulo donde figura, que la palabra determina una especie de zona o producto o servicio restringidos sobre todo por sus precios. Sé que no debo exagerar, que tanto quienes la escriben como quienes la leen no la toman muy en serio, pero siempre que la veo sonrío un poco: por la razón que sea, el lugar “excluye”, es decir, separa, segrega: allí entran, o compran, o usan, quienes pueden pagar el bien o el servicio. Quienes no puedan hacerlo, que mejor se hagan a un lado.
Lo gracioso del caso es que la palabrita fue manejada en principio, quizá, por espacios o productos de veras amenazantes, inaccesibles por lo caro. No sé, entrar a un club de yatismo o comprar un Rolls-Royce es, por sí mismo, exclusivo, y si alguna vez lo advirtieron en un anuncio, hoy no necesitan letreros de tal calaña para discriminar a la mayoría, para imponer su radicalismo exclusivista.
El uso quedó pues confinado, es lo extraño, a sitios no precisamente opulentos. No falta, pues, exclusividad aquí y allá, en todos lados, como lo prueban las dos fotos que hoy envié por tuiter. Es, la podemos denominar así, una manía pretenciosa de los negocios populares: el guiño que todo cliente necesita para sentirse acá, en otro nivel.

Agro y literatura




















Tuiter creó para la literatura una técnica agrícola-compulsiva que me atrevo a denominar "escritura por goteo".

jueves, noviembre 08, 2012

El disfraz más rápido del oeste




















Ayer me contaron esta anécdota. Aseguré al protagonista cuidar su anonimato y ser fiel en la relatoría. Prometido: ni una letra de ficción hay pues en este puñado de renglones. Todo ocurrió en los Estados Unidos. Mi amigo es fanático del futbol americano. Hace unos días los Broncos jugaron en su casa, el estadio Sports Authority Field at Mile High, y coincidió que mi amigo tuviera un viaje de trabajo a Denver, la capital de Colorado. Aprovechó pues para apersonarse en un partido que al final ganaron los de casa contra los Santos de Nueva Orleans por 34 a 14. Todo viajero piensa que el clima de su rancho es el clima que rige en todo el planeta, así que sólo llevó a Denver un suéter que calentaba menos que una mentada de madre. Hacía frío, mucho, e incluso ya había nevado, y eso lo obligaba a comprar una prenda ad hoc.
Por esos días también se atravesó el Halloween, y sus contactos de allá, como todo mundo en aquel país dado a ejercer con disposición infantil cualquier divertimento, lo convidaron a una fiesta de disfraz obligatorio. Mi amigo aceptó y se dejó guiar por los cuates gringos que, entusiastas, fueron a comprar las prendas apropiadas para la noche.
Mi amigo comenta que llegaron a la tienda elegida, un lugar no muy populachero que digamos. Faltaba un rato para que comenzara la pachanga y con tristeza vio que los precios de cada estúpido disfraz eran una ofensa a la cordura. Ninguno bajaba de 300 dólares. Pensó rápido: no iba a gastar cinco mil pesos en un traje de Drácula o algo por el estilo, así que, como buen mexicano, se fue por terracería, resolvió con el ingenio desarrollado en nosotros a punta de penurias.
En la tienda buscó el área de ropa convencional. Como requería un abrigo, una gabardina, algo para protegerse del frío, lo halló a buen precio; sabía que esa prenda le sería útil más allá del Halloween. Luego fue al departamento de sombreros y halló uno medio gangsteril (que daba el gatazo para convertirlo en gorrito de Freddy Krueger) a quince dólares. Al final, sus amigos vieron que había comprado un abrigo con el que salió bien arropado de la tienda y una pequeña bolsa con el sombrero. Nadie le preguntó nada, lo dejaron en el hotel para que se disfrazara y media hora después pasaron nuevamente por él.
Mi amigo entró a su habitación, se tumbó la ropa y quedó frente al espejo sólo con una blusita interior térmica y unos calzones tipo bóxer. Había eliminado también los calcetines. Luego se puso la gabardina, el sombrero y los zapatos de vestir sin calcetines. El disfraz de flasher o exhibicionista estaba perfecto, y en mucho ayudó su cara de trabajador cansado por el ajetreo del viaje.
Al salir de su habitación, halló en los pasillos del hotel a muchos sujetos disfrazados a la perfección, con prendas hechas específicamente para ser percibidas como disfraz. Notó que el suyo, esa gabardina, ese sombrero, esos zapatos sin calcetines y esas piernas blancas y desnudas, atraían las miradas, las risas y los comentarios efusivos en inglés. Todavía no salía del hotel y ya era la sensación del momento.
Cuando sus amigos lo vieron atravesar cínicamente el lobby no faltaron carcajadas, sobre todo por el descaro de llevar las patas de gallina, pelonas y con ese frío. De inmediato recibió palmadas en el hombro y felicitaciones por la excelencia del atuendo. Pasó lo mismo en el antro al que lo llevaron. Dráculas, momias, hombres lobo y demás iban y venían, pero cuando el flasher se ponía de pie para ir al baño, todos emitían respetuosas carcajadas de reconocimiento a esas patas imborrables.
Así avanzó la noche hasta la madrugada. Al final, como mi amigo decidió caminar las tres cuadras que lo separaban de su hotel, avanzó por la acera y no faltaron los coches que se arrimaron a felicitarlo. En la última cuadra, una patrulla de la policía de Denver lo detuvo. Mi amigo imaginó lo peor, que lo arrestarían. Se equivocó: los policías se acercaron a verlo y a celebrar aquel disfraz elaborado con ingenio y, nadie lo supo allá, por unos pocos dólares.

miércoles, noviembre 07, 2012

Que se jodan
















Es una declaración que ilustra como pocas el cinismo al que ha llegado buena parte del arte actual. Plagiarios han existido siempre, malos artistas, también, y cínicos, pues no se diga. Pero bueno, a ninguno lo premiaron con 150 mil dólares a domicilio y luego de un escándalo que ha sido documentado como nunca gracias al tamaño del disparate y la fuerza de las nuevas tecnologías. Decir así nomás, como dijo Bryce Echenique, “que se jodan”, es una prueba de que hoy, como nunca, vale más dólar en mano que ver un ciento de críticas volando a lo ancho y lo largo de la red.
Voy a pensar en una salida hipotética. Imagino que soy Bryce Echenique, que a mis 73 años tengo más que resuelta mi situación económica y he escrito algunos libros que muchos consideran notables. Hasta allí todo bien, maravillosamente bien. Luego viene alguna acusación de plagio, hay escándalo, el asunto se da en el ámbito del periodismo, donde quizá, por descuido o lo que sea, se puede deslizar alguna cita sin nota de referencia y todo eso. Me defiendo, pero al final se prueba que hubo algo. En fin. Lo primero que se me ocurre luego de eso es proteger mi literatura, crearle la coraza más gruesa posible. Bajo el perfil mediático, sigo haciendo, o tratando de hacer, buena literatura, me alejo del periodismo que fue el espacio escritural de mi (supuesto o real) tropiezo. Pasa un tiempo y un jurado objetivo y competente, es un decir, le concede un premio a mi literatura. Lo acepto creyendo que nada pasará, pero los malditos medios reaniman el viejo escándalo del plagio. La bronca alcanza dimensiones mundiales. Estoy en una disyuntiva. Decido.
¿Qué decido? Si yo estuviera en el pellejo del galardonado con el premio FIL 2012, volvería al renglón que escribí poquito antes: lo primero que se me ocurre luego de eso es proteger mi literatura, crearle la coraza más gruesa posible. Entonces, sin dudarlo más, escribo una carta serena, sin exabruptos aunque por dentro piense “que se jodan”, y expongo allí que ni el prestigio del premio ni el dinero (mucho menos el dinero) valen (para mí, aunque sea sólo para mí) más que mi literatura, y para evitar suspicacias, enojos, malentendidos y andanadas justas o gratuitas, declino el premio que en los hechos ya no le añade nada a la obra que por tantos lectores ha sido estimada como excelente.
Una salida de ese tipo, o parecida, puede alborotar otro rato el avispero, pero el ruido se calmaría pronto y no faltaría que muchos, enemigos incluso, valoraran la decisión como sensata y, sobre todo, honrada al grado de sofocar el incendio.
No fue lo que pasó. En el extremo de la insensatez y casi con el deseo de que la luz de los reflectores incremente el desprecio por su persona y, lamentablemente, por su obra, Bryce Echenique acepta el premio en lo oscurito, lejos de Guadalajara, y termina declarando “que se jodan” quienes lo han criticado, y añade que “Es un grupo de extrema derecha”, y que “Hay gente que quiere todos los premios para ellos. (sic) Son unos frustrados”.
Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Juan Villoro, entre otros que han cuestionado el galardón para el peruano, no pueden ser ubicados en la extrema derecha y menos en el amplísimo espectro de los escritores frustrados. Es una aberración enjuiciar así, a lo loco, y no escuchar a nadie, a nadie, salvo a los que aplauden.
Siento en suma que Alfredo Bryce Echenique ha cometido el peor de los pecados que un escritor puede cometer: creer que los lectores no existen, y, peor entre lo peor, creer que entre esos lectores no hay también excelentes escritores que sin duda hubieran apagado la polémica con una simple y elegante y digna carta de renuncia al premio. Así de fácil.

lunes, noviembre 05, 2012

Futbolito con Leonardo Favio













El recuerdo y sus vericuetos. Muere el querido Leonardo Favio y lo primero que me viene a la mente es una escena que me acompañará hasta la tumba: la feria en la colonia Santa Rosa de Gómez, mis amigos adolescentes, la imagen de una mocosa que tal vez fue mi primera novia y huyó con su indocumentada familia a Estados Unidos, el ruido de los juegos mecánicos, un partido de futbolito con los cuates y allí cerca, grave, la voz de Leonardo Favio cantando “Ella ya me olvidó”. La siguiente crónica pretende recobrar aquella escena.

Futbolito con Leonardo Favio

Fines de los setenta
la niñez había pasado
era adolescente el que hoy recuerda.

Ese joven que fui
pasea con sus amigos en una feria
apenas guarda en el bolsillo cinco pesos
y el futuro no existe para él.

Camina entre los juegos y las luces
devora por allí tacos dorados
y sonríe sin saber que sonríe porque es libre
o cree que es libre.

Alquila con sus amigos un futbolito*
hacen dos bandos y mientras juegan
estalla, cercana, una canción de moda:
“Ella, ella ya me olvidó 
yo, yo la recuerdo ahora…”. 

Un rayo golpea su corazón:
la niña ya está lejos
dejó la secundaria para viajar
con su familia
al sueño gringo.

Titubeante, inseguro
meses antes le robó un noviazgo
que duró nada
tres, cuatro semanas a lo mucho.

Sólo una carta llegó desde Los Ángeles
sólo una
luego el olvido de sus rasgos y su voz
de sus palabras
de todo.

Sobrevivió, digamos, un borrón
un nombre propio
y entera, impecable, como película
la escena del futbolito en Santa Rosa
la voz en altavoz de Leonardo Favio
aquella voz que sin más recuerdo ahora
cómo no recordarla.

*Sé que la foto y el contexto ayudan, pero no está de más aclarar a mis amigos argentinos que “futbolito” es el nombre mexicano de la mesa de juego que ustedes denominan “metegol”.

viernes, noviembre 02, 2012

Kusturica, Maradona y el Hachita Ludueña










Lo que contaré a continuación me dejó helado. De veras: helado y de paso feliz. No tardaré ni tres párrafos en contarlo, pues lo acabo de vivir y todavía no puedo creerlo, así que quiero pasarlo rápido del corazón al blog. Narro. Hace dos o tres años vi el documental Maradona por Kusturica presentado en 2008 por el cineasta serbio Emir Kusturica. Como sabemos, tras su estreno se convirtió en uno de los trabajos más importantes en torno a la figura del, para muchos, mejor futbolista de todos los tiempos. Cuando le eché un primer vistazo fue en un video pirata que me fastidió con una pésima definición y un sonido del asco, tanto que terminé perdiendo esa mala copia sin ninguna tristeza.
Pues bien, hoy paseaba por YouTube y lo recordé. De inmediato hallé la versión completa de poco más de hora y media, y comencé a verla. Todo iba en paz hasta que Kusturica habla un poco sobre el tango y sus orígenes. Mientras explica en off, se ve que entra a una “milonga”, es decir, a un centro de baile de los muchos que hay en Buenos Aires. Lo asombroso es que gracias a las imágenes reconocí vagamente el lugar, y pensé: “Se parece a la milonga que visité en mayo de 2010”. Poco después, en la misma secuencia, se ve un anuncio luminoso de neón rojo que dice “Club Graciel” (minuto 47 con 15 segundos en el video). Mi memoria es mala, pero alcancé a reconocer ese nombre. Recordé que escribí una crónica y la publiqué de inmediato, y que tal vez allí mencioné el nombre del lugar. Fui a mi crónica, y no estaba ese dato. Lo que sí hallé fue la dirección que me dieron Laura Nicastro y Quique Ruslender, quienes me habían invitado a verlos bailar. La crónica está aquí, y como allí escribí la dirección, lo que hice fue googlear esto: “Club Graciel milonga Buenos Aires”, y saltó la dirección en el plano de Google, exacta a la de mi blog. O sea, sin que yo lo supiera hasta hoy, estuve quizá hasta en la misma silla que ocupó Kusturica al filmar ese segmento de su documental sobre Maradona. Fue asombroso, pues de todos los numerosos espacios donde se baila tango en Buenos Aires, en 2010 fui a caer, por azar y sin saberlo, al elegido por Kusturica para aquella partecita milonguera de su film.
Hasta aquí una razón de mi asombro. La otra es mejor. Sigo viendo el documental y Kusturica entra a una casa no muy lujosa, más bien de gusto clasemediero. No sabemos de quién es esa casa, pero allí están, entre otras personas, Maradona y sus padres. Hay conversaciones entre ellos, se ve un televisor encendido y con volumen no muy alto. La voz que sale del televisor parece describir algo así como “los mejores goles de la jornada internacional”, pues menciona un juego de Uruguay y otro que parece europeo. Luego, vemos la imagen de Maradona junto a una mesa y de fondo sigue la voz del locutor televisivo. Alcanzamos a distinguir que dice “futbol mexicano” y “Ludueña”; creo que también dice “Puebla”. Maradona pone atención a la tele y dice: “Mirá el golazo que hace Ludueña” (minuto 51, segundo 24), y del televisor sale esta frase, describiendo el gol: “Ahí va el Hachitaaaaaa…”.
¿Qué me asombra en este caso? Pues nada, nomás que entre los miles y miles de partidos o repeticiones de partidos que pudieron proyectar los decenas de canales y los cientos de programas futboleros que en el mundo hay, mientras filmaban esa escena en el documental más famoso sobre Maradona tenía que ser precisamente la repetición de un instante en el que marca gol el mejor extranjero que juega hoy en el equipo de la región donde vivo, esta comarca recóndita del centro-norte mexicano, La Laguna.
Ahora entienden por qué me quedé helado. El mundo es ahora más pequeño de lo que imaginamos.

miércoles, octubre 31, 2012

Qué miedos aquellos




















Cuando yo era niño no había Halloween ni nada de eso. Íbamos al panteón y allí nos aterrábamos en los dos sentidos del verbo "aterrar".

Nota. En la foto, el CEO de este blog versión western en los tiempos del cólera. El lugar donde irradia su miedo es probablemente el parque Morelos de Gómez Palacio, Durango.

Declaración de principios de la Catrina














“Lucharé contra el Halloween aunque me quede en los puros huesos”.

martes, octubre 30, 2012

Normativa del estornudo


















Luego de analizarlo con minuciosidad, siento que el instructivo para estornudar es innecesario, pues sólo comprende un punto de relativamente fácil memorización: 1. Estornude.

Diego desde el centro de Diego




















Hace poco más de diez años publiqué en un fugaz periódico universitario de La Laguna este apunte sobre el libro Yo soy el Diego. Luego lo reproduje en otros dos lugares, pero no está en este blog. Hoy lo subo porque de momento no tengo nada para piropear a uno de los personajes que más grande y frecuente alegría me producen: Maradona, quien hoy cumple 52 años. Sé que es enfermizo el rollo de gastar, cada mes, cada mes y medio, una hora de tiempo viendo videos en You Tube con jugadas, goles, entrenamientos y más donde este cabrón enano me aproxima a la poesía escrita con futbol. No entro en debates sobre Pelé, Cruyff, Messi, Ronaldo y todos los demás. Para qué hacerlo, pues admirar a Maradona no excluye en mí otras sinceras admiraciones. Pero por una cuestión de gusto, de química o de lo que sea, Diego es para quien esto escribe el grado máximo al que se puede llegar en materia de futbol, y eso ya nadie me lo saca del corazón. Va pues la vieja reseñita:

Diego desde el centro de Diego
Una vieja costumbre del mundo es la de buscar al número uno de tal o cual actividad. En el deporte, Michael Jordan es, por unanimidad, el mero mero del basquetbol; Babe Ruth lo es del beisbol; Mohamad Alí del box, Sergei Bubka del salto con garrocha, Javier Sotomayor del salto de altura y Francisco Pipín Ferrara del buceo; en otros casos, hay división de pareceres: Bjorn Borg tal vez lo sea del tenis, Carl Lewis del atletismo, Emerson Fittipaldi del automovilismo. Por supuesto, otras áreas del quehacer humano también tienen a sus insuperables: nadie puede igualar a Gandhi como paradigma de pacifismo, así como nadie se equipara a Hitler como estandarte de la barbarie política. El mundo se entretiene buscando al hombre más representativo en cada actividad.
Con el futbol, el deporte más popular inventado por la humanidad, los juicios se bifurcan. Para un sector de la tribuna universal, Pelé es sin asomo de titubeo el máximo exponente; brasileño que hacía magia con el balón, Pelé anotó chorrocientos mil goles, ganó campeonatos del mundo y se convirtió durante algunos años en el indiscutible icono del balompié. Pero a finales de los setenta llegó Maradona y, con ello, el soccer mundial comenzó a dudar de la supremacía establecida por Edson Arantes. Muchos —este reseñista se cuenta entre ellos— dieron su juicio a torcer por Diego Armando y hasta la fecha se mantienen firmes en la opinión que postula al Pelusa de Villa Fiorito como el número uno del futbol.
Yo soy el Diego es la autobiografía de Maradona (Buenos Aires, 1960) recientemente publicada. En ella, el argentino describe con minucia, paso tras paso, su accidentada y maravillosa trayectoria como jugador activo. El Pelusa condensa en este libro sus primeros cuarenta años de vida, su nacimiento en Villa Fiorito —arrabal que vio sus gambetas inaugurales—, su paso por los Cebollitas, su llegada al Argentinos Junior, su pase al Boca, su arribo al Barcelona, su noticiosa lesión, su traspaso al Napoli, su campeonato del mundo, su regreso a Buenos Aires, su fugaz presencia en el Sevilla, su retiro y en medio de todo ese ajetreo las entrevistas, los infundios, las zancadillas, el aplauso cerrado, los millones de dólares, la sordidez de las drogas, el amor por sus hijas, su afección cardiaca, su recuperación en Cuba, su admiración por los barbudos de la Sierra Maestra, su tremenda, su imantada personalidad dentro y fuera de las canchas.
Aderezado con una discreta cuota de fotografías, Yo soy el Diego es un espléndido recorrido por los escondrijos de la fama. Escrito con prosa limpia pero que a veces se excede en argentinismos futboleros, este libro divierte, emociona y conmueve, pues en el centro del escenario no vemos al ídolo de las gramillas, sino al indefenso ser humano que fue, que es Maradona, un pibe que de Villa Fiorito, un barrio miserable como tantos en América Latina, saltó a la conquista del mundo con esas piernas cortas e inusitadas que fueron capaces de todo, porque cuando Maradona se calzaba unos tacos y tenía un balón enfrente, todo, absolutamente todo era posible. El gol contra Inglaterra en México 86 obvia cualquier elogio adicional.
Apoyado en dos muletas, los periodistas Ernesto Chelquis Bialo, de Uruguay, y Daniel Arcucci, de Argentina, Maradona dibuja en Yo soy el Diego, su entrecomillable “autobiografía”, el perfil de un joven que desde el misérrimo arrabal subió a lo más alto, que luego descendió a los infiernos de la cocaína y que ahora, con madurez y entereza, nos cuenta qué se siente tocar esos extremos.

Yo soy el Diego, Diego Maradona, Ernesto Chelquis Bialo, Daniel Arcucci, Planeta, Buenos Aires, 2000, 319 pp.

lunes, octubre 29, 2012

La pérdida incesante

















Así sea pequeño o modesto, todo producto sintáctico es analizable. Por ejemplo, un tuit. Escribí hace algunos meses uno que pese a su simplicidad (todo tuit es o al menos parece un bicho simplísimo) me inquieta: “No dejes para mañana lo que pudiste hacer hace 25 años”. Está allí, claro, el juego con la frase cliché que no sé si llegue a ser refrán. De su forma hoy no me gusta, visto con más cuidado, la torpe unión que establece ese “hacer hace”, pero creo que es significativa la sorpresa que produce el largo brinco al pasado. Ahora bien, ¿por qué pensé en un cuarto de siglo? Sospecho que fue arbitrario, que pude decir hace 10, 15 o 20 años, pero escribí 25. La mente parece caprichosa, pero en el fondo no lo es tanto. Tengo la impresión de que misteriosamente hizo una resta: 48, la edad que tengo ahora, menos 25, da como resultado 23, la edad en la que comencé, digamos “oficialmente”, a trabajar. Tengo pues 25 años chambeando en esto y aquello, principalmente en juntar palabras, pero ocurre con frecuencia —supongo que en todos o la mayoría de los casos es así— que me reprocho muchas inconsistencias, muchas recaídas, muchas negligencias, muchas lagunas, muchas posposiciones, muchos innecesarios paréntesis. Si hay algo irrecuperable, si hay algo que perdemos incesantemente y por lo regular termina convertido en invisible y nostálgico flagelo, es el tiempo, el mismo que en este momento se va yendo mientras escribo o leo o sólo pienso este puñado de palabras.

domingo, octubre 28, 2012

Entre la serenidad y el alarido















Hace unos días publiqué este tuit: "‘El Grito’" de Munch es 'La Gioconda' luego de leer las cifras sobre inseguridad en México”.
Pues bien, el 21 de abril de 2006, poco antes de inaugurar este blog ininterrumpido desde entonces, publiqué en La Opinión un comentario espeso de asombro ante la aparición de los primeros decapitados. Traigo el texto tal y como apareció en aquel momento (nunca lo cargué en este blog, hasta hoy):

Seven acapulqueño
Brad Pitt, Morgan Freeman y Kevin Spacey protagonizaron Seven, film dirigido en 1995 por David Fincher. Recuerdo que en su género es, lo dije en su momento y lo reitero diez años después, una película extraordinaria, un thriller de primer orden. Andrew Kevin Walter, guionista, armó en esta obra maestra un complejo mecano, un turbio minilaberinto. Recordemos que la historia narra las andadas de un asesino serial perseguido por dos sabuesos de la ley. El rasgo más significativo de la cinta se relaciona con el sello de los crímenes: el matón deja marcas que denotan su deseo de vincular a cada difunto, en orden, con los siete pecados capitales, de ahí el título de la obra.
Así las claves, el cabrón pelón que de killer personifica Spacey despacha al más allá, presuntamente al infierno, a un tragón que representa la gula, o a un güevonazo que encarna la pereza, por citar sólo a dos de las víctimas. Los detectives Pitt y Freeman tienen la difícil tarea de localizar al bíblico asesino, y para ello van amarrando las claves dejadas por el misterioso delincuente.
Si ya con esto el film resulta extraordinario, la trama nos lleva a una situación anómala: el killer se entrega a la justicia. Sigue un plan perfectamente diseñado, pues buscará y logrará que Pitt incurra en el último pecado capital, el de la ira. Poco antes de entregarse, Spacey decapita a la esposa de Pitt, lo emputa y provoca que el detective, iracundo, descargue su revólver sobre la nuca del ingenioso asesino/mártir.
La cinta tiene muchos recovecos que por falta de espacio no traigo a cuento. Sólo cargo la tinta sobre una de sus escenas más perturbadoras: la decapitación. Pese a ello, pese a lo horrible de tal cercenamiento, el film tiene la alcurnia de las claves, del misterio bíblico y del heterodoxo mensaje que con sus delitos quiere dar el serial killer a la sociedad: somos demasiado laxos, pues cuántos zánganos, tragones, cogelones, avariciosos y demás hay en el mundo y nunca hacemos nada para enderezarlos.
Se me fue el espacio repaladeando Seven en la memoria. La recordé porque ayer, en Acapulco y sin poesía, dos elementos de la policía fueron decapitados. Sus cabezas “estaban adentro de bolsas de plástico que fueron colgadas en el patio de las oficinas dela Secretaría de Finanzas del Gobierno de Guerrero”.  Si ese horror maravilla, no asombra menos el mensaje que llevaban adherido y que redactó sin titubeos la ofendida delincuencia: “Para que aprendan a respetar”.
Se acabaron las metáforas. Sálvese quien pueda.

Pues bien, poco más de seis años después, hoy domingo, leo esta noticia en el periódico Vanguardia, de Saltillo:

“La disputa entre grupos del crimen organizado ha incrementado la violencia en el país, al surgir nuevos métodos de intimidación y temor como son las decapitaciones, que según los registros de la Procuraduría General de la República (PGR) han dejado un saldo de mil 303 personas mutiladas durante los cinco primeros años de la presente administración. 
De acuerdo con la dependencia federal, mientras en el 2007 se localizaron 32 cabezas decapitadas, en 2011 hasta el mes de noviembre se contabilizaron 493. 
Los reportes de la PGR mencionan que Chihuahua, Guerrero, Tamaulipas, Durango, Sinaloa, Estado de México, Baja California, Jalisco, Coahuila y Veracruz son las entidades donde se ha presentado el mayor número de hallazgos”.

No creo exagerar, por eso, en la comparación tuitera que hice entre la Mona Lisa y el más famoso cuadro de Edvard Munch. Al contrario: creo que me quedé muy corto.

sábado, octubre 27, 2012

Mi mundo increíble, un libro con luz


















A finales de 2011 recibí una carta electrónica de mi querida amiga Brenda Moreno, diseñadora gráfica con la que compartí algunos años de trabajo en la Universidad Iberoamericana de Torreón. Brenda me invitaba a platicar con ella y con Ruth Berlanga, directora de Mentes con Alas, para vislumbrar la viabilidad de publicar algún material que sirviera para explicar a nuestra comunidad las generalidades de la parálisis cerebral. Recuerdo que desde la primera reunión hicimos click. Ruth y Brenda no sabían bien a bien qué hacer exactamente, o cómo hacer lo que pudiera hacerse, así que mi labor en ese caso fue meramente orientadora y, en algún sentido, motivacional. Además de darles confianza sobre la potencial cristalización del objetivo, me ofrecí para colaborar en todo el proceso editorial. Definimos el proyecto y comenzamos a caminar en la misma dirección.
Mails fueron, mails vinieron, y varias mañanas, muy temprano, nos reunimos en Mentes con Alas para examinar los avances. Sospecho que no hubo recaídas, que en todo momento supimos que paso a paso llegaríamos a la meta.
Esa meta es, precisamente, este día. Casi un año después de haberla soñado, tenemos ya la primera publicación divulgativa de Mentes con Alas, y es un gusto presentarla para ustedes. Como todo producto complejo, un libro demanda trabajo, cuidado, concentración, disciplina y, por qué no decirlo, amor, pasión por hacerlo con la cabeza puesta en un ideal de perfección. Para que un libro quede bien, cualquiera que sea su extensión, su tema o su destinatario, es imprescindible seguir un proceso y aprobar cada escala con total eficacia. Lo primero que hicimos para encarrilar Mi mundo increíble fue definir su naturaleza: sería una narración para niños, pues a partir de allí podíamos entrar al corazón y la mente de los pequeños para influir en ellos y, de paso, en sus padres y maestros. Teníamos dos rutas posibles: un libro meramente técnico, instructivo, de alguna manera un tanto frío, o una relato que aprovechara el gusto por la ficción que tienen los niños para, con él, contar una historia intrigante, divertida y al mismo tiempo instructiva y aleccionadora, con una moraleja implícita, disuelta en todas sus páginas.
El texto es la base de un libro como Mi mundo increíble, pero dado el destinatario no quisimos que se caracterizara por la austeridad tipográfica que suele ser más adecuada para el adulto. Fue allí cuando pensamos en Tere Hernández —mi ex alumna en la Ibero y luego, lo digo con agradecimiento, maestra de una de mis hijas— para añadir el aderezo de las ilustraciones a color. Creo no exagerar si afirmo que el trabajo de Teresita es extraordinario, creativo, respetuoso con el arte y con quienes esta vez fueron sus modelos. Tere se lució en este libro, tanto que gracias a las imágenes creadas por su talentosa mano siento que Mi mundo increíble tiene vida propia, plenitud de organismo animado por el trazo y el color, luz en cada una de sus páginas.
Gran parte del trabajo de edición se va en planear, en hacer, en corregir, en cambiar, en agregar, en buscar que el libro sea al final un objeto apreciable. Nosotros avanzamos con total cuidado. Su contenido general es sencillo y creo que ofrece, de una manera precisa, lo indispensable para que un niño de entre 7 y 10 años sepa qué es la parálisis cerebral y luego comparta ese conocimiento con sus compañeros y con los adultos que habitan en su entorno. Luego de la introducción de Ruth Berlanga, entramos al relato en sí y a las ilustraciones de Tere Hernández. Después, hay tres apartados con carácter instructivo: “¿Cómo puedes ayudarlos?”, “Reflexión” y “Glosario”. El conjunto crea, como ya dije, una visión periférica del tema y permite que los niños adquieran conciencia sobre el problema y ayuden a solucionarlo, o, al menos, a paliarlo.
Modestia aparte, estoy orgulloso del resultado. Me siento muy alegre porque logramos articular un equipo solidario, un pequeño laboratorio editorial movido por la amistad y el anhelo de comunicar, de comunicar bien. Ruth, Brenda y quizá alguien más crea ingenuamente que me relacioné con este proyecto para dar. Por supuesto que se equivocan, pues yo participé en Mi mundo increíble para recibir, para recibir su ejemplo de solidaridad, de entereza, de fe en el futuro y de noble persistencia en un ideal. Quizá di algo, no sé, pero siempre que doy recuerdo aquella hermosa paradoja de mi amigo Rogelio Guedea, escritor colimense radicado en Nueva Zelanda: “Al final, uno sólo tiene lo que ha dado”. Pues bien, esto que estamos dando o tratando de dar, la historia y la información contenidas en Mi mundo increíble, es lo que al final permanecerá en mí, en nosotros, en nosotras.

Nota: Texto leído el 27 de octubre de 2012 en la presentación de Mi mundo increíble, Mentes con Alas, Torreón, 2012, 41 pp. Participamos Ruth Berlanga, Brenda Moreno, Ricardo Murra Talamás y yo.

viernes, octubre 26, 2012

Vuelven los cardencheros al mezquite














Durante años he sostenido un enconado debate contra mí mismo para convencerme de que es cierta, o al menos aproximadamente cierta, esta afirmación: el cardenche es algo así como canto gregoriano bajo el mezquite lagunero. Pese a la cautela con la que ahora expongo esta comparación, no faltará quien me juzgue hiperbólico. No importa: creo, luego de pensarlo muchas veces, que en esencia nuestro cardenche es gregoriano con resolana y polvo, con sotol y gorro de paja. Los temas, las tesituras, los motivos y las épocas son otros, pero juntar voces y colocarlas en una misma letra sin pizca de acompañamiento musical, jugando siempre con los matices que la garganta crea, es lo que caracteriza al prestigiado gregoriano, y, toda proporción asumida, a nuestro humilde y querido cardenche.
En un mundo que privilegia expresiones culturales que provienen de sociedades materialmente dominantes, la norteamericana en primer término, es muy difícil que sobrevivan, o destaquen al menos, las manifestaciones artísticas locales. Poco a poco, todo o casi todo es desplazado a una periferia de sombras, y aunque hay resistencias y saludables inercias en las culturas minoritarias, el tiempo va aplastando, homogeneizando, sofocando la diversidad, el rasgo distinto, las formas culturales específicas de una región o un grupo.
En este sentido, el cardenche ha vivido durante años bajo la amenaza de su extinción u oculto tras las cortinas del ninguneo. La explicación es simple: a este canto le falta la música que sobra en otros géneros. Frente a la ubicuidad de los medios electrónicos que permiten la reproducción de canto aderezado con música estridente y electrónicamente perfecta, o de música barnizada apenas con canto, el cardenche parece indefenso, a merced del mercado y sus filosos colmillos. Es aquí donde entra en juego el trabajo de visibilización, rescate y sostenimiento que pueden emprender los particulares y las instituciones conscientes del valor que tienen las expresiones culturales únicas, más allá de su uso comercial.
El cardenche es una manifestación de este tipo: está solo, en desventaja permanente, aislado en la espinosa corteza de su austeridad. Pero como ciertas plantas, como el mezquite hosco o el pinabete cenizo, algo tiene que se agarra al alma y de allí ya no sale ni a mentadas de madre. Gracias al empeño de algunos pocos hombres (Alfonso Flores, Ernesto González Domene, Paco Cázares y ahora Gerardo García Colmenero, además, claro, de sus cultores directos, el puñadito de tercos laguneros que lo conservan y lo cantan), el cardenche vive y todavía es capaz de comunicarnos la aridez, el dolor, la fe en el beso, el rencor vivo, la tozudez de hombres y mujeres que en un pasado borroso y lleno de silencio forjaron un cigarrito de hoja, abrieron la botella de aguardiente y en la resolana descubrieron un antídoto contra el aburrimiento: el canto de su emoción genuina codificado con versos sencillos, muy sencillos, cocinados en la mera fogata del corazón no para deleite del estudioso o del snob que habitarían el futuro, sino para hacer llevadera la existencia y lograr que esas flores del arte, por precarias que hoy nos parezcan, se abrieran paso en los terrones secos, en la inhospitalidad del entorno, casi en la nada.
Para oír cardenche, por ello, hay que colocarse en otro sitio, salir casi de este mundo y pensar en el silencio del campo lagunero. Hay que ir más allá del siglo XX. Hay que imaginar una tardecita en la que el sol ha bajado pero en la que todavía pica el calor. Hay que pensar en un grupo de cuatro, cinco, seis hombres que después de las faenas en la tierra busca un lugar en el que ha quedado la resolana como obstinado fantasma. Los hombres hacen caminar un trago, comparten el cigarro, y de repente uno, a todo lo que le da la inspiración, recuerda una tonada de velorio, de ésas que sirven para acompañar a los muertos, y cambia los versos a los santos por otros de amor y desprecio dedicados a la mujer, a la tristeza, a la tragedia de la separación, al mal camino de la tomadera, a todo lo que cotidianamente afectó la vida interior de aquel lagunero antiguo y sin mayores entretenciones.
Imaginado eso, no podemos juzgar el canto cardenche desde ninguna preceptiva ni exquisitez artística contemporáneas. La existencia tosca de sus creadores originales generó un arte áspero, un fruto peliagudo (etimológicamente peli-agudo, con pelos de púa, como la cactácea llamada cardenche), ajeno al lujo de la palabra y la composición ortodoxos. Pero en ese ser humilde, desnudo casi de reglas, con una normativa creada nomás para sí mismo, habita la belleza que unos hombres descubrieron casi solos, al puro tanteo, moviendo una verso acá, una estrofa allá, y poniendo más acullá, en el mismísimo ombligo del dolor, la voz “de arrastre” o “marrana” que ya desde su mismo nombre nos anuncia una condición de canto ríspido.
Por esto y más, celebro la cuarta edición de La canción cardenche en su formato de libro y en su trilogía sonora. Cada cuando, en momentos de emoción especial, vuelvo a la sencillez de ese canto, a mi gregoriano, y me emociono como si yo fuera uno más en el grupo sapioricense o jimulquense sentado abajito del mezquite, con los cerros pelones de nuestra huraña geografía allá lejos, con una mujer rejega en la imaginación y un dolor calando en todos los pinches huesos, como en esta pieza.
Para despedir mi participación, dejen nomás leo el poema cardenche que más me gusta (p. 75). Creo que es maravilloso porque ilustra todo lo que acaso no pude ni podré explicar: la economía total de recursos, la búsqueda a tientas de la belleza, la amargura y la necesidad de hallar sentido al destino en medio de la más rigurosa desolación.

Mi madre me dio un consejo

Mi madre me dio un consejo
que no anduviera tomando.
Mi madre me dio la vida
y tú me la estás quitando.

Te quero porque te quero
en mi querer naiden manda,
te quero, prietita linda,
con las entrañas de mi alma.

Quisiera ser pajarillo
para volar e ir a verte,
cortar ramitas de flores
y coronarte tu frente.

Todas las aves del campo
cantan con mucha alegría,
porque te quero, prietita,
te quero de noche y de día.

Qué bonitos ojos tienes,
yo me alegro más en verte,
porque te quero de veras,
en ti me encontré mi suerte.

Comarca Lagunera, 26, octubre y 2012


Nota: Texto leído en la presentación El canto cardenche. Tradición musical de La Laguna, Alfonso Flores (compilador), palabras liminares de Corín Martínez Herrera, Gerardo Iván García Colmenero y Juan Francisco Cázares Ugarte Herrera, Dirección de Culturas Populares, Durango, 2012, 142 pp., celebrada en el Teatro Centauro, de Ciudad Lerdo, Durango, el 26 de octubre de 2012. Hablamos en la mesa el cantante y compositor Nacho Cárdenas, Gerardo Iván García Colmenero y yo. Un apuntito final: en nota de Tania Molina Ramírez (La Jornada, 23, noviembre, 2010), don Lupe Salazar declaró esto que jamás dejará de ser importante para entender el asunto: "El cardo es una cactácea que mide metro, metro y medio, con unas tunitas amarillas o rojas y unas largas y finas espinas cubiertas por un 'cuerito'. Si uno se pincha, el ‘cuerito’ se atora y no quiere salir, describió, en entrevista, Salazar. Duele más cuando la espina sale que cuando entra. ‘Es como el amor, que entra fácil y para salir es difícil’. De ahí el nombre de este canto”.

martes, octubre 23, 2012

ABC de la calavera














En este breve manual el interesado hallará un método sencillo para elaborar divertidas e inútiles calaveras. No se trata de una preceptiva densa, pues no tendríamos espacio para publicar in extenso las cinco mil 356 páginas de nuestro ABC. Lo fundamental es que el calaverista novato encuentre aquí la información necesaria para insultar con gracia, lo que de paso nos ayudará a preservar una tradición amenazada por el imperialismo cultural que en la práctica ya nos domina pese a nuestros intentos resucitativos. Van pues los puntos de la receta no sin antes hacer una aclaración: se llama “calavera”, no “calaverita”, y es uno de los productos culturales (como cierto pan y las catrinas) que evidencian la vinculación risueña del mexicano con la muerte.

1. Piense en alguien a quien odie, aunque también puede pensar en alguien a quien ame o en alguien que le sea indiferente. En resumen, piense en alguien.

Ejemplo: Elba Ester Gordillo, líder sindical per saecula seculorum del SNTE.

2. Consulte cualquier preceptiva e investigue un poco las características del verso octasilábico (de ocho sílabas).

Ejemplo: Qué-bo-ni-tos-o-jos-tie-nes.

3. Aprenda el rollo de la sinalefa, o sea, que es posible contar como una sílaba la unión de la última y la primera vocales en dos palabras.

Ejemplo:  de-ba-jo-dee-sas-dos-ce-jas.

4. Vuelva a pensar en alguien a quien odie, aunque también puede volver a pensar en alguien a quien ame o en alguien que le sea indiferente. En resumen, vuelva a pensar en alguien.

Ejemplo: Elba Esther Gordillo, a quien ya teníamos de ejemplo.

5. No escriba a lo loco, así nomás. Primero piense un poco en el tema general de la calavera. Tampoco es para tanto, que esto es rápido, carajo.

Ejemplo: Elba Esther y su reelección.

6. Ya ubicado el tema, puje tantito y trate de trazar el primer verso. Recuerde que debe ser octasilábico.

Ejemplo: La Gordillo fue reelecta.

7. Tiene entonces un primer verso, ocho sílabas y una posible rima (“ecta”). Haga lo mismo en el siguiente octasílabo, pero con otras palabras que le den continuidad a lo ya planteado.

Ejemplo: los profes mucho la quieren.

8. Note que hay un hipérbaton deliberado (“mucho la quieren” en vez de “la quieren mucho”). Es importante saber esto por si más adelante opta por rimar con “mucho” y no con “quieren”.

9. El tercer verso nos depara la obligación de rimar con “ecta”. Piense en palabras viables: colecta, perfecta, insurrecta, muerta, imperfecta, resurrecta, recta. Vea la pertinencia de cualquiera de estas palabras. Digamos que elige “perfecta”. Ojo: dos palabras riman cuando su sonido es exactamente igual desde la última vocal acentuada (prosódica u ortográficamente) hasta la última letra: mengua-lengua; décimo-pésimo; trama-cama; cuaderno-paterno; pulpo-culpo; shampoo-bambú; vi-di.

Ejemplo: bien saben que no es perfecta.

10. Y ahora viene el cierre de la estrofa. Piense en palabras viables que rimen con “quieren”: malquieren, prefieren, infieren, interfieren, requieren. Escriba el octasílabo con cierto aire de remate.

Ejemplo: defectuosa la prefieren.

11. El resultado de la estrofa es el siguiente:

La Gordillo fue reelecta
los profes mucho la quieren
bien saben que no es perfecta
defectuosa la prefieren.

12. Digamos  que la anterior fue apenas una introducción, y la calavera no estará terminada hasta que matemos al personaje protagónico de los versos. Repita el procedimiento, mate en este caso a la maestra, mándela al camposanto, hágala dialogar con la huesuda y/o etcétera. Al final, usted tendrá una calavera similar a ésta:

La muerte, nada indulgente,
a Elba Esther quitó la vida
le dio gusto a mucha gente:
la que no obtiene mordida.

La calavera puede ser de una, dos, tres o más estrofas, pero no la convierta en una oda. Sus lectores agradecerán que usted sea ingenioso, pero más que sea breve, pues se trata de un divertimento literario, no de la Ilíada.
Suerte y no olvide evitar calaveras a las suegras. Son invulnerables.

sábado, octubre 20, 2012

El típico malasuerte













Un tren le mutiló la pierna derecha, su casa se incendió, su esposa le dijo adiós, lo echaron del trabajo. Tenía tan mala suerte que el día que la buscó adrede, cuando estaba a punto de arrojarse desde un puente vio un billete de lotería, le pegó al gordo, compró un yate, se operó la nariz y las mujeres le cayeron como lluvia de mayo. Nada le salía bien en la vida.