Mostrando las entradas con la etiqueta halloween. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta halloween. Mostrar todas las entradas

miércoles, noviembre 20, 2024

Tradiciones en serie










En noviembre tenemos dos fiestas, una religiosa y otra cívica. La primera, el Día de los muertos, pasó ya, y la segunda, el aniversario de la Revolución Mexicana, se conmemora hoy. Sobre el “día de finados”, como dicen en nuestros ranchos, se me quedó esto en el tintero.

Algunos amigos y otros no tanto me preguntaron antes del 2 de noviembre el significado del día de muertos y todo eso que, suponemos, es nuestro y se ve amenazado por el intruso Halloween. Dije lo que pude, siempre en la idea de que, si me dan a escoger, prefiero la ritualidad local que la forastera, pues más allá de que nos guste o no, es la que abraza elementos propios de la vida material de México. Sé que ahora son frecuentes los cruces, las mixturas, eso que deriva en lo que antropólogos como Néstor García Canclini llaman “cultura híbrida”, pero a fuerza de ser sincero creo que el Halloween es demasiado artificioso, ajeno y mercantil como para adoptarlo o siquiera mezclarlo con la tradición mortuoria nacional. La relación que el mexicano ha tenido con la muerte es suficientemente barroca como para añadirle ingredientes externos.

Ahora bien, lo que no me gusta es que, entre otras adulteraciones, algunos rasgos más o menos estandarizados del Día de muertos mexicano se vean atravesados por la mecanización, pues si algo agrada en un altar, por ejemplo, es que se le note “mano” o trabajo artesanal. Ahora más que en otros años, vi altares que sumaban cromos de imprenta con imágenes de calaveras nada creativas, o esto que me parece el colmo de la frialdad: papel picado hecho en serie, con dibujos perfectos, perforados seguramente con la técnica que en impresión es conocida como “suaje” o “troquel” (véase en la foto que son decenas de hojas de papel de China perforadas de un jalón). El chiste del papel picado es desafiar la creatividad de quien lo trabaja, propiciar en él un esfuerzo que dé como resultado figuras llamativas y coloridas hechas a mano, ar-te-sa-na-les. He visto, aunque en menor cantidad, frutas de plástico, cabezas de calabaza, brujitas en escobas y algún otro adorno más halloweenero que mexicano. Lo que me apura, en suma, es que dentro de algunos años terminemos dependiendo de los chinos y sus materiales precocidos para mantener vivas las festividades que mejor nos pintan.


jueves, noviembre 08, 2012

El disfraz más rápido del oeste




















Ayer me contaron esta anécdota. Aseguré al protagonista cuidar su anonimato y ser fiel en la relatoría. Prometido: ni una letra de ficción hay pues en este puñado de renglones. Todo ocurrió en los Estados Unidos. Mi amigo es fanático del futbol americano. Hace unos días los Broncos jugaron en su casa, el estadio Sports Authority Field at Mile High, y coincidió que mi amigo tuviera un viaje de trabajo a Denver, la capital de Colorado. Aprovechó pues para apersonarse en un partido que al final ganaron los de casa contra los Santos de Nueva Orleans por 34 a 14. Todo viajero piensa que el clima de su rancho es el clima que rige en todo el planeta, así que sólo llevó a Denver un suéter que calentaba menos que una mentada de madre. Hacía frío, mucho, e incluso ya había nevado, y eso lo obligaba a comprar una prenda ad hoc.
Por esos días también se atravesó el Halloween, y sus contactos de allá, como todo mundo en aquel país dado a ejercer con disposición infantil cualquier divertimento, lo convidaron a una fiesta de disfraz obligatorio. Mi amigo aceptó y se dejó guiar por los cuates gringos que, entusiastas, fueron a comprar las prendas apropiadas para la noche.
Mi amigo comenta que llegaron a la tienda elegida, un lugar no muy populachero que digamos. Faltaba un rato para que comenzara la pachanga y con tristeza vio que los precios de cada estúpido disfraz eran una ofensa a la cordura. Ninguno bajaba de 300 dólares. Pensó rápido: no iba a gastar cinco mil pesos en un traje de Drácula o algo por el estilo, así que, como buen mexicano, se fue por terracería, resolvió con el ingenio desarrollado en nosotros a punta de penurias.
En la tienda buscó el área de ropa convencional. Como requería un abrigo, una gabardina, algo para protegerse del frío, lo halló a buen precio; sabía que esa prenda le sería útil más allá del Halloween. Luego fue al departamento de sombreros y halló uno medio gangsteril (que daba el gatazo para convertirlo en gorrito de Freddy Krueger) a quince dólares. Al final, sus amigos vieron que había comprado un abrigo con el que salió bien arropado de la tienda y una pequeña bolsa con el sombrero. Nadie le preguntó nada, lo dejaron en el hotel para que se disfrazara y media hora después pasaron nuevamente por él.
Mi amigo entró a su habitación, se tumbó la ropa y quedó frente al espejo sólo con una blusita interior térmica y unos calzones tipo bóxer. Había eliminado también los calcetines. Luego se puso la gabardina, el sombrero y los zapatos de vestir sin calcetines. El disfraz de flasher o exhibicionista estaba perfecto, y en mucho ayudó su cara de trabajador cansado por el ajetreo del viaje.
Al salir de su habitación, halló en los pasillos del hotel a muchos sujetos disfrazados a la perfección, con prendas hechas específicamente para ser percibidas como disfraz. Notó que el suyo, esa gabardina, ese sombrero, esos zapatos sin calcetines y esas piernas blancas y desnudas, atraían las miradas, las risas y los comentarios efusivos en inglés. Todavía no salía del hotel y ya era la sensación del momento.
Cuando sus amigos lo vieron atravesar cínicamente el lobby no faltaron carcajadas, sobre todo por el descaro de llevar las patas de gallina, pelonas y con ese frío. De inmediato recibió palmadas en el hombro y felicitaciones por la excelencia del atuendo. Pasó lo mismo en el antro al que lo llevaron. Dráculas, momias, hombres lobo y demás iban y venían, pero cuando el flasher se ponía de pie para ir al baño, todos emitían respetuosas carcajadas de reconocimiento a esas patas imborrables.
Así avanzó la noche hasta la madrugada. Al final, como mi amigo decidió caminar las tres cuadras que lo separaban de su hotel, avanzó por la acera y no faltaron los coches que se arrimaron a felicitarlo. En la última cuadra, una patrulla de la policía de Denver lo detuvo. Mi amigo imaginó lo peor, que lo arrestarían. Se equivocó: los policías se acercaron a verlo y a celebrar aquel disfraz elaborado con ingenio y, nadie lo supo allá, por unos pocos dólares.