lunes, marzo 14, 2022

Crónica sobre el Cañón del Junco

 









Exploración en el Cañón del Junco

Vestigios de escritura ancestral en Cuatrociénegas

“Este fin de semana iremos al Cañón del Junco, un lugar con pinturas rupestres que está en Cuatrociénegas. Te invitamos…”, fue el mensaje que recibí por inbox el 8 de septiembre. Lo escribió Héctor Esparza, una de las dos cabezas que concibieron la revista Nomádica. La otra, como sabemos, está sobre el cuello de Armando Monsiváis, Monsi. Accedí de inmediato. Luego de una larga, muy larga espera, por fin formaría parte de una expedición a los entornos deambulados y vueltos a deambular por mis amigos nómadas.

Tenía algunas dudas sobre mi condición física, pero en medio de la pandemia había reanudado poco antes la práctica del senderismo, deporte que consiste en caminar y caminar por los azarosos derroteros de cualquier zona campestre. El senderismo no había implicado, en mi caso, acampar, así que carecía de los rudimentos básicos para la pernoctación al aire libre. “Nosotros llevamos todo”, aclaró Héctor, pero no quise depender al cien por ciento de la generosidad nomádica y, como niño, salí en busca de un sleeping y de todo lo que pudiera ser necesario. No hallé mucho. Además del bolsón para dormir que usaría en el Bolsón de Mapimí, compré una navaja múltiple Coleman (marca que mitifiqué desde mi niñez), una brújula y una bolsita kangurera. Con eso recién comprado y una cantimplora, una soga y una lámpara ya disponibles en casa, la víspera del recorrido me eché temprano a dormir. Fue inútil: la impaciencia me tasajeó el sueño como sucedía hace muchos años, en la infancia, cuando alguna emoción me esperaba al día siguiente, cuando alguna alegría brillaba casi al alcance de la mano.

El sábado 12 desperté muy temprano y no resentí el pésimo descanso de la madrugada. Me aguardaba una aventura en despoblado, mucho más que un día de campo, y eso no podía mermarse con ningún cansancio. Como niño tomé todos los arreos y emprendí la marcha hacia el centro operativo de Nomádica. Llovía levemente, como garúa, y llegué todavía a oscuras. Lo primero que vi fue la Combi 1975, la nave espacial que, según la leyenda, ya había hecho decenas de viajes en pro del periodismo de investigación naturalista. Di los buenos días a Monsi. Luego vi a Héctor. Ambos me saludaron sin efusividad, acostumbrados como están al trote de recorrer todos los recovecos de Coahuila y Durango. Quise ayudar, pero vi que hacían nado sincronizado y preferí mantenerme sólo atento. “Aquí empieza la crónica”, pensé. “Estos dos ya le saben bien a todo el rollo”.

Poco después llegó un vehículo sospechoso. “Es el arqueólogo”, me dijo Héctor. Se refería a Yuri de la Rosa Gutiérrez, también experto en esas correrías, profesional del campismo investigativo. El arqueólogo no venía solo. Junto con él apareció Snoopy, un perro más listo que los cuatro seres humanos que ocuparíamos la Combi. Salimos rumbo a San Pedro cerca de las siete de la mañana, con el ligero chipichipi en el exterior y la carretera sin mucho tráfico.

La disposición de los ocupantes no varió desde el inicio. Monsi al volante, yo de copiloto (aunque no copiloteara nada), y Héctor, Yuri y Snoopy atrás. Mi conversación en la ruta, por ello, se expandió casi exclusivamente con Monsi. Es increíble lo poco que uno conoce a los amigos, y sólo el diálogo sosegado de un viaje puede permitir el despliegue de experiencias personales. A preguntas expresas, supe más de Armando Monsiváis, de su padre y su madre, de sus hermanos, y sobre todo de él, de sus inicios en el dibujo y luego en la fotografía, de sus viajes por el mundo, de sus hijos, de su matrimonio… una pizca de todo.

En el laberinto del diálogo llegamos al tema de la Combi. La compró a finales de los noventa y poco a poco fue adaptándola para viajar. Lo extraño del caso es que todas o casi todas las adaptaciones las había diseñado y ejecutado su actual dueño, pues, lo fui sabiendo en el camino, una de las más grandes pasiones de Monsi es la todología en artes y oficios. En efecto, a retazos me enteré, durante el trayecto San Pedro-Cuatrociénegas, que había construido su casa y él ha acometido cada adaptación y desperfecto, además de que suele reparar sus vehículos, así que es ducho en albañilería, electricidad, herrería, plomería, carpintería, mecánica y, en términos menos manuales, tiene asimismo destrezas propias del diseño industrial y de la arquitectura. Si a eso sumamos el dibujo (técnico y periodístico), la fotografía y la escritura, resulta una especie de agravio para quienes sólo sabemos desempeñarnos en uno o dos oficios, y esto a tientas. El colmo llega cuando uno sabe que además toca la batería y desde hace 18 años abraza un proyecto editorial. “Leonardo es un incompetente junto a ti”, me atreví a decirle.

Casi al mediodía llegamos a Cuatrociénegas para recoger al guía. Mientras lo esperábamos, Monsi y yo fuimos en busca de unas gorditas para desayunar. A media cuadra de la plaza principal encontramos un negocio y ordenamos. Las gorditas eran pequeñas, como de seis centímetros de diámetro, y eso me llevó a pensar en los cambios que experimenta la realidad a pocos kilómetros de distancia. Ya en Cuatrociénegas la gastronomía es otra, no idéntica a la que conocemos los laguneros. “La Laguna termina donde empieza otro tipo de gordita”, concluí.

El guía no pudo ser el que esperábamos, sino su hijo, un mocetón de 17 años de nombre Abdel. Con todo en orden, volvimos a la poderosa Combi y nos encaminamos al ejido Nueva Atalaya ubicado a la derecha de la carretera Cuatrociénegas-Torreón. A partir de allí el camino dejó de ser la mesa de billar asfáltica que habíamos recorrido y se convirtió en muchas brechas, atajos y meandros de superficies desiguales: polvo, piedra de río (sin río), laja, llano, grava. En todo el tramo de casi dos horas la Combi se portó con entereza, sin rajarse un segundo ante lo peliagudo del trayecto.

Poco a poco nos alejamos de todo asentamiento humano. Los últimos rastros de civilización que vimos fueron dos abrevaderos artificiales, secos ambos. Uno de ellos lucía al lado la presencia, no poco pavorosa, de un caballo muerto y ya casi irreconocible, seguramente fulminado por la sed. La falta de agua, o más bien su uso irracional, ha provocado que ese rumbo de Coahuila muestre signos de desahucio, una calamidad que sólo deja en pie la flora y la fauna más tercas y endémicas, y a veces ni éstas.

Al fin llegamos a nuestro destino, más de siete horas después de haber salido de Torreón. El Cañón del Junco es en efecto, como su nombre lo indica, una inmensa grieta sinuosamente flanqueada por macizos de piedra. Los geólogos podrán explicar la razón prehistórica de esas formaciones, pero es evidente a simple vista que en algún momento del remotísimo pasado, cuando el hombre ni siquiera era una insinuación en la naturaleza, una montaña se rajó formando aquel cañón.

Allí, en una “cortina” del cañón estaban los dibujos rupestres que íbamos a saludar. Héctor me había dicho que estuvieron en ese sitio hace dos décadas, así que su principal inquietud estaba puesta en ver la condición actual de aquel vestigio aborigen. Hicimos una primera exploración hacia la cortina de los dibujos (no me atrevo a llamarlos “pinturas”) y comenzó el debate histórico, arqueológico, lingüístico y cultural. Yuri tuvo un encontronazo con Monsi en la discordia ¿es arte o no es arte? Héctor se obsesionó con la ontología del lenguaje, tema de acceso más complicado que el Cañón del Junco. Mientras nuestro toma y daca se desarrollaba, Snoopy exploraba a sus anchas, sin miedo a nada, todo el espacio abierto a su curiosidad infatigable.

Luego de las conferencias magistrales celebradas junto a los dibujos rupestres, bajamos para comer algo y comenzar el montaje del campamento. Vi entonces, y ayudé en lo que pude, el trabajo de los exploradores. Yuri y el joven guía levantaron una gran casa de campaña; Héctor, no supe por qué, articuló al lado un cono individual, y Monsi puso a modo el techo plegable, como fuelle, de la camaleónica Combi Westfalia. Allí dormiría él.

En la soledad total del cañón, el día se fue apagando y entonces reparé en una de las maravillas que me deparaba el viaje: el cielo durante la noche. En el crepúsculo, cuando el sol todavía iluminaba a ras de suelo, imploré para que se retiraran unas pocas nubes, pues yo deseaba ver el cosmos sin obstáculos. Había poca disponibilidad de leña, pero entre todos reunimos varas para alentar una fogata donde cocinaríamos la cena. El menú fue sencillo, sin lujos, y más lujosa fue la charla: entre otras cosas, pregunté a Yuri por su lugar y año de nacimiento en el DF, y me dijo “Tlaltelolco, 1968”. Hacia el 2 de octubre tenía pues unos meses de nacido, sus padres participaban en el movimiento estudiantil y él había sido bautizado “Yuri” en homenaje al cosmonauta soviético, quien murió aquel mismo año.

Poco a poco llegó la noche más transparente que yo había visto en cuarenta años. Entre todos me indicaron la ubicación de Júpiter, de Saturno, del rojizo Marte y la Vía Láctea en el inmenso lienzo salpicado de luces que se abría ante mis ojos de animal urbano. “Este sí es cielo, no la poca cosa que podemos vislumbrar en la ciudad”, pensé.

Ya cenado, Monsi fue por su cámara. Comenzó allí, para mí, otro espectáculo. Hasta entonces, yo imaginaba que las fotos a cielo nocturno consisten en poner la cámara en “bulbo” sobre tripié, y listo. Craso yerro. Para captar hebras de luz en la oscuridad casi absoluta es necesario el bulbo de la cámara, cierto, pero también un juego complicado de luces, tiempos y obturaciones de la lente con la mano. Es algo difícil de explicar, pues Monsi, como director de orquesta —y Héctor como primer violín— nos daba indicaciones desde su emplazamiento junto al tripié para hacer tomas fotográficas que podían alcanzar los dos minutos de duración. “Uno puede llegar de día, tomar la foto e irse… eso lo hace todo mundo. Para que agreguemos interés periodístico tenemos que buscar algo distinto”, me dijo Monsi. Al final de las dos horas fotográficas en la penumbra no pude no confesarle mi satisfacción: “Me da gusto haber colaborado en estas fotos”.

Concluida la sesión para capturar las imágenes nocturnas de los dibujos rupestres volvimos al campamento. Todos estábamos ya fatigados y, sin más, tomamos nuestros lugares para el sueño. Yo caí en la casa de campaña grande, junto al guía, Yuri y Snoopy; Monsi en la Combi y Héctor en la casa de campaña individual, sólo acompañado por sus ronquidos, unos ronquidos que hacían eco en la inmensidad del cañón.

Al día siguiente, domingo, desayunamos con una nueva fogata e hicimos una breve caminata extra más adentro del cañón. Yo añadí un último vistazo a las pinturas. En el regreso nos detuvimos en una especie de cueva con una formación rocosa parecida a un elefante. La recorrimos, vimos gran cantidad de guano de murciélago al lado del paquidermo y ahora sí salimos del cañón.

En el camino de retorno agradecí íntimamente la aventura y pensé en lo que había hecho durante la mañana, cuando en un ratito me escapé sin compañía a ver los dibujos: me despedí para siempre de aquellas enigmáticas huellas de la comunicación humana, pues es casi seguro que nunca más habré de volver a ese lugar. Viví en ese simple gesto la emoción de quien se despide de los viejos, de los viejísimos paisanos que las habían pintado para comunicar algo, jamás sabremos qué.

Comarca Lagunera, 3, octubre y 2020

sábado, marzo 12, 2022

Cuento, caló y sincronía

 









Como la novela, el cuento es un recipiente igualmente capaz de contener el habla y los comportamientos sociales del presente. Tiene en este sentido la posibilidad de convertirse en documento no sólo artístico, sino también antropológico e histórico. En “El Nicolás” (La tumba, 1966), de José Agustín, podemos advertir el uso abundante de caló, por un lado, y, por otro, de algunos guiños a las vivencias con las que se topaba la juventud preparatoriana y universitaria de la capital mexicana. Observemos.

En cuanto al habla, “El Nicolás”, como la obra toda de José Agustín acuñada en aquel momento, está salpicada por numerosos modismos. Varios de los que son incorporados en este cuento siguen siendo asombrosamente entendibles y hasta usados en la actualidad: “bravero”, “emboletado”, “gandalla”, “prángana”, “guamazo”, “descontón”, “chamaquito”, “güey” (que ahora todos escriben, no sé por qué, “wey”), “pinche”. Otros están en desuso, como “cuais” (cuate), “manises” (plural de “mano”, apócope de “hermano”), “azuliza” (policías). En el relato también son abundantes las locuciones verbales, adverbiales e incluso sustantivales: “de la patada”, “armar la pelotera”, “dar la manita”, “andar jorobando”, “un cien” (un billete de cien pesos), “muy sabrosos” (“íbamos caminando muy sabrosos”, muy desenfadados). En este breve repertorio podemos notar cuáles palabras o expresiones sobreviven y cuales han desaparecido. Incluso es dable apreciar que algunos objetos son ya parte del pasado, como los cigarros marca “Delicados”, que eran muy baratos y creo que ya desaparecieron; en el caló también eran llamados “Delincuentes” (“Mi tío fuma Delincuentes”). Observar la presencia de todas estas palabras y expresiones nos habla de que alguna vez coincidieron en el tiempo, sincrónicamente, y también, con el paso de los años o en la diacronía, algunas desaparecieron.

Otro detalle interesante de un cuento como “El Nicolás” está en sus referencias a la realidad. Trataré de resaltar dos de las situaciones de aquella época, los sesenta, distintas con respecto del presente, de ahí que sea posible inferir que en el camino entre aquella realidad y la actual hubo un cambio cultural. Hay una escena en la que el grupo de jóvenes que sube al bus intimida con actitudes machistas a unas muchachas:

“–Me cae gordo ir a Filosofía y Letras porque hay puras flacas. ¿Me oyeron? Puras flacas, bien flacas las canijas besuconas.
Las chamacas se hacían las disimuladas viendo hacia la ventana, muy serias, pero el Tarolas no las iba a soltar tan fácil”.

Esta escena me parece mucho más difícil de encontrar en esta época, pues las jóvenes de hoy no reaccionarían como las del cuento; de hecho, los bravucones de ahora la pensarían dos veces antes de proceder como los chicos del relato.

Otro asunto. Los jóvenes son azuzados por el Nicolás para golpear a unos huelguistas: “orita tengo ganas de bronquear a esos rojos”. Menciona su simpatía por el MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación), grupo de ultraderecha, fascista a la mexicana, famoso por pelear sobre todo contra los comunistas. Pues bien, en las discordias juveniles de la actualidad, e incluso en el mero discurso, han desaparecido las identificaciones políticas de izquierda o derecha, y grupos como MURO ya no existen porque son innecesarios en un mundo ya dócilmente derechizado.

Les evito la búsqueda del cuento en internet; aquí lo dejo:

El Nicolás

José Agustín

Hubieras visto a este cuate tan bravero (se llama Nicolás y es nosequé del equipo de futbol americano), apenas se subió al camión, ya estaba diciéndole a un cuate:
–Óigame, infeliz, me cae de la patada que me usen de recargadera.
El pobre tipo éste peló unos ojísimos y rapidito se metió más adentro. Después, el buen Nicolás se volvió, riendo, hacia nosotros.
–Tarugo, ni se me había recargado.
Palabra de honor que sentí re gacho: por nada del mundo me gustaría estar frente al Nicolás y oír que me diga me cae de la patada que me usen de recargadera. Qué cuate. Pero ya estaba emboletado con estos gandallas y ni modo de echarme para atrás.
Por otra parte, el relajo me atraía. Con nosotros también andaba un gordito bien vaciado, siempre trae un suéter dado al cuas y le dicen el Tarolas o el Prángana o el Apestoso: todos los apodos le caen a todo dar.
La verdad es que ya estaba sintiendo un poco de miedo. Tú sabes que no soy un charles atlas así y estos cuates bronquean a todo el mundo.
Me junté con ellos porque había ido al estadio buscando al maestro Rodríguez Ceniceros, que según me pasaron el tip, andaba echando lente para evitar las broncas. El caso es que al pobre maestro le rajaron la cabeza y ni supo cómo (por ahí dijeron que quiso separar a unos y ni separó a nadie y nomás le colocaron un soberano guamazo), la cosa es que ya se lo habían llevado para echarle su alcoholito y todo eso. Ahí encontré a Rolando que venía con este Nicolás y con el Tarolas. Me dijeron que jalara con ellos, y sin saber ni por qué, jalé con ellos.
Había ido a buscar al maestro Rodríguez Ceniceros a ver si me daba una manita para el examen (la verdad es que no me siento muy fuerte y quien quita y me truena), además, me dijeron que el maestro me daría la manita, y si ya deveras no daba una, con un cien se arreglaba todo. Pero ahora, imagínate, el maestro Rodríguez Ceniceros quedó con la cabeza rajada y yo jalé con estos cuates.
Desde un principio me olí que se armaría la pelotera y tuve ganas de jalar al Rolando para decirle que nos cortáramos, pero el muy menso iba lambisconeando al Nicolás. Me repatea cuando se pone de barbero para quedar bien con alguien y nomás anda jorobando la borrega. Y este Nicolás (lo hubieras visto) se sentía a todo dar oyendo al otro tarugo dándole coba.
Al poco rato se desocupó un asiento y que se abalanza el Nicolás. Una señora, con niño y toda la cosa, ya mérito se sentaba y puso una carota cuando el Nicolás le dio mate con el asiento. El infeliz sacó un cigarro y todavía le echó el humo al chamaquito. El pobre ha de haber sentido horrible porque el Nicolás fuma Delicados. La seño, como quien no quiere la cosa, también se fue haciendo para atrás. La verdad es que me dio lástima pues casi creí que el Nicolás le soltaría un descontón (es capaz, el maldito), nada más sentí que el corazoncito me pateaba como loco.
Luego, que se suben unas chamacas y el Tarolas empezó a molestarlas, diciéndonos:
–Me cae gordo ir a Filosofía y Letras porque hay puras flacas. ¿Me oyeron? Puras flacas, bien flacas las canijas besuconas.
Las chamacas se hacían las disimuladas viendo hacia la ventana, muy serias, pero el Tarolas no las iba a soltar tan fácil.
–¿Qué pasó, mis reinas, vamos a un café existencialista?
El Nicolás agregó:
–Aquí mi cuais, aunque mugrosón, toca la guitarra eléctrica glimson.
–Siempre cargo mi guitarra, hoy lolvidé, ni modo, ¿no? Pero pa que me crean les voy a cantar el tuis de filosofía.
El Nicolás reforzó la ofensiva:
–Van a oír lo que es bueno. Órale, tarugo, canta.
Entonces que grita el Tarolas:
–¡A petición de las flacas aquí presentes ahí les va el Filósofi tuis!
Y que deveras empieza a berrear tarugadas, palabrita que no creí que se aventara. Las pobres chamacas se pusieron bien rojas, hicieron la parada y que se bajan (apuesto a que todavía ni llegaban a su esquina).
Nicolás y el Tarolas iban risa y risa y cuando alguien los miraba feo, el Nicolás, echándole humo, decía:
–Cómo traigo ganas de rajar hocicos.
Casi llegando al centro vimos a unos huelguistas que ponían una bandera rojinegra, canelones y toda la cosa, y lueguito nos dijo el Nicolás:
–Órale, bájense.
Ya abajo le preguntamos qué le picaba.
–Nada, manises, hace unos meses me contrataron los de MURO para rajar madres en una manifestación o algo así en CU y orita tengo ganas de bronquear a esos rojos.
–¿Y por qué a ellos? –pregunté.
–Pos porque los rojos, sepa la bola, pero yo soy muy católico.
–Estás loco –dijimos.
–Ni tanto, ni tanto, si son tres nomás, a poco me creen tan güey. Bueno, qué, ¿se rajan?
El maldito Tarolas dijo mangos y el Rolando también, y pues no me quedó más remedio que jalar parejo. Entonces, encabezados por el Nicolás, caminamos muy sabrosos toda la cuadra hasta donde estaban los pinches huelguistas.
El Nicolás pasó frente a uno y echó un gargajote al suelo, pero el otro ni se dio cuenta. Entonces, le dijo:
–Conque de huelga, ¿no?
El obrero se le quedó viendo y que lo tira a loco. Eso le dio un corajazo al Nicolás, pues mascullando:

—Ora verás, rojo jijo —le colocó un chingaputamadrazo horrible. Los otros dos obreros se alebrestaron y tuvimos que entrar al quite. Hubieras visto al Tarolas: con todo y lo panzón colocaba sus buenos mandarriazos.
Yo me anduve haciendo tarugo, como quien no quiere la cosa, dando patadas aquí y allá hasta que, quién sabe cómo, me dieron un descontón horrible, y como buen menso que soy, me desmayé.
Después, apenas y recuerdo que llegó la azuliza y que nos llevaron a la delegación y que el Nicolás le habló a un diputado y que nos dejaron ir. Pero lo que recuerdo muy bien es que a los huelguistas les armaron un lío del carajo por alborotadores y que a mí el Nicolás me decía:
–Bien, manis, te portaste muy machito.

miércoles, marzo 09, 2022

Ficción con fondo histórico

 







Alguna vez escribí y publiqué un ensayo más o menos amplio sobre “19 de diciembre de 1971” (Nada de otro mundo, 1988), cuento de Roberto Fontanarrosa que me parece, y creo que me seguirá pareciendo hasta el último aliento, el mejor con tema futbolístico. Su asunto de fondo fue un partido real entre dos equipos que se odian sin ahorro de tirria: Rosario Central y Newell’s Old Boys. Ambos juegan en la ciudad de Rosario, y son, para entendernos mejor, rivales al modo de Tigres y Rayados. Desde hace años, por ello, sus encuentros equivalen a guerras civiles de rosarinos contra rosarinos.

Pues bien, en la fecha que da título al cuento ambos equipos disputaron un partido en cancha neutral, el Monumental, casa de River Plate. No era un partido de la temporada regular, sino una semifinal, así que el estadio de Buenos Aires se llenó de público rosarino parejamente dividido. El resultado final fue de 1 a 0 favorable a Central, y el gol que hizo la diferencia pasó a convertirse en una leyenda llamada “La palomita de Poy”, esto por el tipo de jugada, un cabezazo de palomita, y por el apellido del anotador, Aldo Pedro Poy.

Con ese fondo real, histórico, el Negro Fontanarrosa creó una ficción memorable en la que un grupo de hinchas de Central deciden hacer algo para no perder aquel choque, el más importante de su equipo hasta aquel año, 1971. Y aquí ingresamos a la fabulación: narrado en primera persona del plural, quien nos cuenta las acciones observa que todos sus amigos pensaron en sus respectivas cábalas ganadoras (rituales de los aficionados que se supone tienen un efecto benéfico si las repiten antes, durante y/o después de los partidos; por ejemplo, usar una determinada playera, ver el partido en tal televisor, hacer un rezo específico, etcétera). Lamentablemente, nada de eso garantiza el triunfo de Central, y ellos lo saben.

Alguno recuerda, sin embargo, que un sujeto, el viejo Casale, afirmaba que Central había ganado todos los partidos a los que él asistió, así que era como un amuleto de carne y hueso. Por desgracia tenía un mal cardiaco y por prescripción médica ya no podía exponerse a emociones futboleras, menos si se trataba de su equipo. Falta mucho para llegar al final: sólo adelanto que Casale es secuestrado y llevado a la fuerza al estadio. Lo demás ya podemos imaginarlo.

domingo, marzo 06, 2022

Presentación de Vendaval de cambios

 

Saldos de Querétaro







 

Mauricio Kuri, gobernador de Querétaro, se dio tiempo para jugar con las palabras luego de la tragedia. Dijo que algunos fanáticos no son fanáticos, sino “frenéticos”. En la rueda de prensa del domingo 6 de marzo en la mañana precisó además que no había muertos, pero sí varios heridos, dos o tres de gravedad, lo que contradijo la información extraoficial que horas antes circuló en las redes sociales y en algunos medios establecidos cuyas cifras oscilaban entre los 10 y 20 muertos. Al final, contra la percepción producida por los escalofriantes videos de la trifulca en el estadio Corregidora, las autoridades señalaron que sólo hubo lesionados.

A partir de la evidencia es imposible no sospechar que comenzó la operación cobija para salvar el negociazo del futbol profesional. A la hora de la hora, no sólo de él viven los jugadores y los directivos, sino también son una fuente permanente de ingresos para los medios de comunicación. Muchos, pues, saldrían perdiendo si aflorara la verdad con toda su crudeza. Si a esto sumamos el quemón de las autoridades municipales y estatales queretanas, hay sobradas razones para malpensar en una política de control de daños basada en el ocultamiento de las verdaderas consecuencias.

Pero sean verdades o mentiras (en ambos casos expresadas a medias), lo importante es el hecho en sí, la bestialidad de muchos sujetos que simulan ser aficionados y en realidad son delincuentes, tipos que en lugar de cerebro tienen un pedazo de cagada embutido en el cráneo. Viene de hace tiempo, décadas ya, el problema de las porras, hinchadas o barras en el futbol. En países como Inglaterra y Argentina han provocado medidas radicales, como no vender cerveza, impedir que las hinchadas salgan de los estadios al mismo tiempo o evitar, en casos extremos, que los seguidores del equipo visitante asistan al estadio del local.

Las barras no se han disuelto, pero ciertamente en algunos países fue mitigado el número de las batallas campales que durante algunos años eran el pan de cada partido en muchos estadios. No es fácil disolverlas, pues en algunos casos se han convertido en grupos mafiosos que usan el futbol como máscara para embozar las deformaciones de su alma. Se justifican afirmando que asisten a los estadios para alentar al equipo de sus amores, pero suelen no ver los partidos por el enardecimiento bobo que los lleva a creer, como tarados, que su equipo es “el mejor”, “el único”, “el más grande”, exactamente lo que no aceptan miles de fanáticos más en todo el mundo. Una estupidez, sin duda.

Acabar con la plaga de la afición enfermiza, manifiesta sobre todo en las hinchadas que operan como hordas, no es tan difícil. Basta con impedir su ingreso a los estadios, espacios en los que entran en trance violento a la menor provocación de un carrujo de mota. También le vendría bien a los partidos de nuestra liga que no se vendiera cerveza y, claro, operativos de protección civil menos laxos que el que vimos el sábado 5 de marzo en Querétaro, donde incluso se sospecha que la policía facilitó el accionar de los trogloditas.

Otra medida oportuna es la de solicitar a los “periodistas” que no le hagan al vivo en las redes y en los programas radiofónicos o televisivos de panel. Cuando hay violencia en los estadios, en muchos comunicadores aflora la doble moral de pedir mesura. Hipócritas. Afirman que el futbol “es solo un juego”, “un espectáculo familiar”, pero a la hora de informar y comentar, por el rating o los likes, se mofan, denigran, insultan a ciertos jugadores y a ciertos equipos, lo que a la postre exacerba ánimos en el aficionado generalmente primario de este deporte, quien suele vivir obsesionado con la venganza vicaria del meme o, en el caso de los barrabravas, con la acción directa contra el enemigo cada vez que se presenta la ocasión.

En 2011, Querétaro fue considerada la palabra más bella de nuestro idioma. Diez años después esta misma palabra da la vuelta al mundo como teatro de la barbarie.

sábado, marzo 05, 2022

Cuento infinito









Hay un cuento de JEP (léase José Emilio Pacheco) que en algún momento deseo arrimar a esta mesa de disección exprés. Me refiero a “La fiesta brava”, texto que me gusta y siempre recuerdo con admiración, pues fue el primero que leí, hace ya 35 años o poco más, entre los que apelaban al recurso de meter un cuento en otro cuento. Para entonces no era ya una novedad formal en la narrativa contemporánea, pero me sorprendió por lo que tenía de enfático: un personaje debe escribir un cuento y en el mismo cuento leemos el cuento que escribió.

Varios años después cayó en mis manos una pequeña reunión de cuentos publicada por la UNAM con prólogo de Juan Villoro. Su autor era Ricardo Piglia, así que no podía esperar nada malo dado el gustazo provocado poco antes por su novela Plata quemada. En aquel lote de historias leí el, quizá, más famoso cuento de Piglia: “La loca y el relato del crimen”. Tras leerlo reviví el impacto de “La fiesta brava” casi como una repetición en cámara lenta. ¡Qué buen cuento!, pensé, un homenaje a la perfección que es posible alcanzar en este género latoso y muchas veces asumido como poca cosa pero que a la hora de la hora es uno de los más difíciles de domesticar.

“La loca y el relato del crimen” cuenta la historia, claro, de un crimen cuyo único posible testigo es una loca. Dos tipos, Almada y Antúnez, que se mueven en el mundillo prostibulario, algo así como padrotes (cafishos, los llaman en Argentina), tienen en medio a una prostituta que un buen día aparece asesinada. La policía apresa a Antúnez como sospechoso del delito. Hasta aquí el primer tramo.

En el segundo aparece Emilio Renzi, periodista del rubro literario que por la ausencia de un reportero específico debe cubrir la nota sobre el asesinato de la prostituta. Va a la zona de detención y junto a varios reporteros escucha el delirante relato de la loca. Transcribe luego la grabación y, tras analizarlo con los métodos aprendidos en la universidad, concluye que el acusado no fue el asesino, sino un tal Almada, y se lo comunica a Luna, su jefe en el periódico, quien lo regaña.

“—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico”.

Renzi no lo convence, pues Luna se atiene a lo que ha concluido la policía.

“—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María

—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
—Decíme ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?”

Como vengo haciéndolo en estos vistazos críticos, no digo el final. Busquen el cuento y ya verán que el cierre es, como su apertura y su desarrollo, perfecto.

Para su comodidad, aquí está:

La loca y el relato del crimen
Ricardo Piglia

I
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.
Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó. “Quebrarla en dos para hacerla gemir y entregarse.”
En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más pervertida aun bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente, retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie.
—Che, vos —dijo.
La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.
—¿Cómo te llamás? —dijo él.
—¿Quién?
—Vos. ¿O no me oís?
—Echevarne Angélica Inés —dijo ella, rígida—. Echevarne Angélica Inés, que me dicen Anahí.
—¿Y qué hacés acá?
—Nada —dijo ella—. ¿Me das plata?
—Ahá, ¿querés plata?
—La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como una túnica.
—Bueno —dijo él—. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.
—¿Eh?
—¿Ves? Mirá —dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos—. Te arrodillás y te lo doy.
—Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.
—¿Escuchaste? —dijo Almada—. ¿O estás borracha?
—La macarena, ay macarena, llena de tules —cantó la mujer y empezó a arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo húmedo en sus ojitos de gato.
—Ahí tenés. Yo soy Almada —dijo y le alcanzó el billete—. Cómprate perfume.
—La pecadora. Reina y madre —dijo ella—. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.
Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados color sangre de la entrada.
—La macarena, ay macarena —cantaba la loca—. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules —cantó la loca.
Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera. Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.
“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse.
Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido olvidame como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me busques porque él te va a matar.
Antúnez leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada en la luna del espejo.

II
A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la Facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.
El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia incomprensible. La Policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.
—Tratá de ver si podés inventar algo que sirva —le dijo el viejo Luna—. Andáte hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.
En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La Prensa. El tipo era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos suaves.
—Yo no he sido —dijo—. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de arriba.
Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.
—Seguro fue éste —dijo Rinaldi cuando se lo llevaron—. Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.
—Me pareció que decía la verdad.
—Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En cuanto empezó a oírla Renzi encendió su grabador.
—Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacás el antifaz mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he tenido blanca por la inocencia.
—Parece una parodia de Macbeth —susurró, erudito, Rinaldi—. Se acuerda ¿no? El cuento contado por un loco que nada significa.
—Por un idiota, no por un loco —rectificó Renzi—. Por un idiota. ¿Y quién le dijo que no significa nada?
La mujer seguía hablando de cara a la luz.
—Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a pertenecer.
—Vuelve a empezar —dijo Rinaldi.
—Tal vez está tratando de hacerse entender. —¿Quién? ¿Esa? Pero no ve lo rayada que está —dijo mientras se levantaba de la butaca—. ¿Viene?
—No. Me quedo.
—Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?
—Por eso —dijo Renzi controlando la cinta del grabador—. Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo.

Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.
—Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal Almada, el gordo Almada.
—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico.
—Decime pibe —dijo Luna lentamente—. ¿Me estás cargando?
—Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde ¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada.
El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.
—¿Ve? —insistió Renzi—. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que vio.
—Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?
—No me joda.
—No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis?
—¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario. El viejo Luna sonrió como si le doliera algo.
—Tranquilizate pibe. ¿O pensás que este diario se dedica a la lingüística?
—Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?
—Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas.
—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.
—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
—Decime ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?
—En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto—. Mira, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armes lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.
Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después bajó la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le dictara:
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo —empezó a escribir Renzi—, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.

miércoles, marzo 02, 2022

Enemigo interno

 








Una recomendación de manualito para los cuentistas es hallar anécdotas reales o imaginarias en las que el protagonista tenga al menos un enemigo, un antagonista. Gracias al choque de estas dos entidades es posible encender la llama del suspenso, y perdón por la metáfora cursi. La presencia de antagonistas dinamizadores, claro, no es privativa del cuento, pues se materializa en cualquier producto narrativo. Hasta Supermán, quien todo lo puede, tiene oponentes de cuidado, rivales que conocen el valor de la kriptonita para doblegarlo.

Pero fuera de esos villanos obvios, hay otros más complejos, sujetos con legítimo derecho de luchar aunque luego los rotulemos como “villanos”. Y más allá, todavía, hay enemigos abstractos, opositores sin rostro: las propias limitaciones del protagonista, sus miedos, sus prejuicios, su ineptitud para cristalizar algún propósito abierto como catedral al principio del relato. Veamos un ejemplo.

En el cuento “El profesor suplente” (Las botellas y los hombres, 1964) de Julio Ramón Ribeyro, un personaje, Matías Palomino, pasa su vida hundido en la grisura de la burocracia. Cierto día, un profesor amigo le pasa la oportunidad de que lo supla en una clase de historia, lo que hincha de orgullo a Palomino. Mientras prepara su clase, nuestro personaje se sobrevalora, piensa que esa nueva chamba es muy merecida y le abrirá cancha a otro ingreso y a la ansiada respetabilidad.

Ya listo, con su clase más que preparada, sale en camino al colegio. Pero ocurre una tragedia: frente a la escuela es presa de un pánico ingobernable, de suerte que los conocimientos que traía ordenados se le traspapelan: “Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba”.

El pavor aprieta el cuello de Palomino y gradualmente mina su ánimo. Podemos apreciar que en el horizonte no hay obstáculos, ningún antagonista tangible: un enemigo interno es en este cuento quien acude a poner la zancadilla.

Para que no batallen si se les antojó leerla, les dejo aquí esa historia:

El profesor suplente

Julio Ramón Ribeyro

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.

—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad… eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio… No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta… ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!

Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.

Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.

—Todo esto no me sorprende —dijo al fin—. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.

A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.

—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.

Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.

En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.

Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.

Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.

Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.

A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.

—Por favor —decía— ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.

—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.

Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.

—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

—¡Magnífico!… ¡Todo ha sido magnífico! —Balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

sábado, febrero 26, 2022

Cuento instructivo

 








Como otros géneros, el cuento puede llegar a no parecer cuento, sino un objeto muy distinto. De hecho, su catadura llega a tocar extremos harto atrevidos, casi colindantes con el no-cuento. Uno de los casos más radicales que conozco es “Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (El libro del fantasma, 1999), de Alejandro Dolina. Se ubica tan a la orilla del espectro cuentístico que casi casi no lo es, aunque si lo observamos con detenimiento tiene rasgos que participan del texto breve narrativo. De hecho, supone tres formas de escritura, de ahí la dificultad que plantea para definirlo: la presencia de un personaje que habla en primera persona lo hace narrativo; la reflexión del personaje tiene algo de ensayístico y, por último, ofrece líneas vinculadas al género de escritura que podemos denominar “instructivo de producto comercial”, si es que esto existe. Veamos.

El texto no ha sido organizado en párrafos, sino mediante una numeración en incisos, como la acostumbrada en los instructivos. El primer y el segundo ítems cumplen cabalmente con la regla de este género, es decir, dan indicaciones:

“1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda”.

Lo peculiar ocurre en el tercer ítem, sitio donde irrumpe la anomalía:

“3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades”.

A partir de este momento el instructivo pasa a ser un foro de expresión donde el redactor se comunica con sus lectores para alcanzar un propósito que desborda la frivolidad a la que estaba destinado, es decir, aleccionar sobre la apertura de un paquete. Para no alterar al lector potencial, el redactor del instructivo seguirá ofreciendo recomendaciones técnicas, pero en medio de ellas acometerá el objetivo de pensar en un asunto trascendente, vinculado con la subjetividad del ser humano. En síntesis, hará una veloz crítica del optimismo que solemos hallar en las mafufadas de la autoayuda. Para el redactor del instructivo, la alegría de oreja a oreja, la felicidad como dogma, es una falacia y por ello desea su demolición:

“7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal”.

Por supuesto, no diré en qué concluye la lista. Sólo añado que estas “Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (de fácil consecución en internet) constituyen un texto asombroso por su originalidad, por su gracia y porque a fin de cuentas tiene sobrada razón en su repudio a los “sofistas risueños”.

Para mayor comodidad de mi esporádico lector, dejo inmediatamente aquí las:

“Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight”

Alejandro Dolina

Trabajo realizado por Manuel Mandeb por encargo de la agencia de publicidad Vivencia.

1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda.

3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades.

4) Los vendedores de elixir nos convidan todos los días a olvidar las penas y mantener jubiloso el ánimo. El Pensamiento Oficial del Mundo ha decidido que una persona alegre es preferible a una triste.

5) La medicina aconseja cosmovisiones optimistas por creerlas más saludables. Al parecer, la verdad perjudica la función hepática.

6) Viene gente. Siga la línea de puntos en la dirección indicada por la flecha.

7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal.

8) Conversar acerca de estos asuntos es considerado de la peor educación. Los comerciantes se escandalizan, las personas optimistas huyen despavoridas, los maximalistas declaran que la angustia ante la muerte es un entretenimiento burgués y los escritores comprometidos gritan que la preocupación metafísica es literatura de evasión. Al respecto, mientras le recomiendo que no deje el paquete de jabón al alcance de los niños, le juro que todo lo que se escribe es de evasión, menos la metafísica: las noticias políticas, los libros de sociología, los horarios del ferrocarril, los estudios sobre las reservas de petróleo, no hacen más que apartarnos del tema central, que es la muerte.

9) Calcule 100 gr. de jabón por cada kilo de ropa sucia.

10) Cuánto más inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza. Por eso, las exhortaciones a la alegría suelen proponer la interrupción del pensamiento: “es mejor no pensar...”. Casi todos los aparatos y artificios que el hombre ha inventado para producir alegría suspenden toda reflexión: la pirotecnia, la música bailable, las cantinas de la Boca, el metegol, los concursos de la televisión, las kermeses.

11) Separe la ropa blanca de la ropa de color. Y entienda que la tristeza tiene más fuerza que la alegría: un hombre recibe dos noticias, una buena y una mala. Supongamos que ha acertado en la quiniela y que ha muerto su hermana. Si el hombre no es un canalla, prevalecerá la tristeza. El premio no lo consolará de la desgracia. Byron decía que el recuerdo de una dicha pasada es triste, mientras que el recuerdo de un pesar sigue siendo pesaroso.

12) No mezcle este jabón con otros productos y no haga caso de los sofistas risueños. Tarde o temprano alguien le dirá: “Si un problema tiene solución, no vale la pena preocuparse. Y si no la tiene, ¿qué se gana con la preocupación?”. Confunde esta gente las arduas cuestiones de la vida con las palabras cruzadas. La soledad, la angustia, el desencuentro y la injusticia no son problemas sino tragedias, y no es que uno se preocupe sino que se desespera.

Lloraba Solón la muerte de su hijo.

Un amigo se acerca y le dice:

—¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?

—Por eso —contestó Solón—, porque sé que es inútil.

13) No está tan mal ser triste, señora. El que se entristece se humilla, se rebaja, abandona el orgullo. Quien está triste de ensimisma, piensa. La tristeza es hija y madre de la meditación. Participe del concurso “Vacaciones Sunlight” enviando este cupón por correo.

14) Ahora que se fue el jabonero, aprovecharé para confesarle que suelo elegir a mis amigos entre la gente triste. Y no vaya a creer el ama de casa Sunlight que nuestras reuniones consisten en charlas lacrimógenas. Nada de eso: concurrimos a bailongos atorrantes, amanecemos en lugares desconocidos, cantamos canciones puercas, nos enamoramos de mujeres desvergonzadas que revolean el escote y hacemos sonar los timbres de las casas para luego darnos a la fuga. Los muchachos tristes nos reímos mucho, le aseguro. Pero eso sí: a veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa “atención, muchachos, que no me he olvidado de nada”.

NOTA: Las instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight fueron rechazadas.

miércoles, febrero 23, 2022

Presentación del poemario Estar de paso

 









Estar de paso, primero libro de Alfredo Castro, será presentado este miércoles 23 de febrero a las 7 de la tarde en el Teatro Alfonso Garibay, Bravo 245 poniente, en Torreón. Los comentarios estarán a cargo de Sergio Rojas, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

“Estamos ante un libro deslumbrante de un poeta joven en plena fulminación de las certezas, en plena restauración del lenguaje para intensificar la vida. Estar de paso nos invita a habitar de maneras más íntimas y sensibles el vértigo y la contemplación de nuestra época”, escribió Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo sobre esta obra.

Alfredo Castro Muñoz (Torreón, Coahuila, 1998). Egresado en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Periodismo por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su poesía ha aparecido en distintos medios físicos y digitales como la revista Acequias, de la Ibero Torreón, y Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, así como en los portales Red es Poder y Bitácora de vuelos. Ha publicado reseñas y artículos para la revista Siglo Nuevo. Actualmente es docente en materias de humanidades para bachillerato. Desde hace seis y tres años, respectivamente, participa en los talleres literarios del Teatro Isauro Martínez y de la UAdeC.

Sergio Rojas, presentador del libro, es maestro y poeta. Nació en Gómez Palacio y radica desde hace varios años en Torreón. Ha participado en talleres de poesía coordinados por: Jaime Augusto Shelley, Julio César Félix y José Vicente Anaya. Desde el año 2016 y hasta la fecha forma parte del Taller de Literatura de la Universidad Autónoma de Coahuila, Unidad Torreón, coordinado por Marco Antonio Jiménez. Actualmente se desempeña como Asesor Técnico Pedagógico y Director de Educación Especial en la Supervisión Escolar 509 en Torreón.

Por su parte, el escritor Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964, y reside en Torreón desde 1977. Es coordinador editorial y maestro de la Ibero Torreón y responsable del taller literario del Teatro Isauro Martínez. Ha publicado sobre todo libros de cuento.

La entrada es libre. Brindis.

Arma del humor


 






Los accesos a la crítica son muchos, tantos como personalidades de escritor existen. Si pensamos en dos polos sólo para simplificar lo complejo, en un lado estarían los examinadores de la realidad que observan todo con muy seria actitud, cejijuntos, graves en el trance de analizar; en el polo opuesto es viable considerar a los críticos jocosos, satíricos, burlones, aquellos que miran los fenómenos y los pasan a carcajadas por el microscopio.

La crítica sostenida en el humor es, claro, mucho más llevadera en el plano de la narrativa, no tanto en el del ensayo. Digamos que la caricaturización de un hecho puede llevarnos a pensar en la posibilidad de reflexionarlo, de sopesarlo en su condición de problema. Un poco fue así en el caso de Ibargüengoitia, quien para hacer crítica social, aunque no la pretendiera, se valió del humor en sus cuentos y novelas. Algo similar veo en el cuento “Sobre las plumas del pavo”, de Agustín Monsreal. Allí, para burlarse del machismo “seductor”, puédelotodo y pendejo de muchos hombres, el escritor yucateco apela al humor y expone que el frecuente acoso suele no tener disculpa.

Para empezar, el timbre juguetón del relato, narrado en primera persona por un escritor ya entrado en años, nos comparte el tono jocoso mediante el cual se expresa nuestro protagonista. Solicitado por una joven poeta como orientador en materia de poesía, el veterano escritor es invitado a la casa de la chica y en la solicitud ve un guiño del destino: ella, de nombre Casiopea, quiere algo más que magisterio. Ya para entonces sabe él, por las descripciones recibidas, que ella es “cabellimedusiana, ojidominadora, narihelénica, boquisuculenta, cuellicisnácea, pechidelicias, cinturiavispada, caderienérgica, glutipasmante, muslimanjares, chamorriexquisita…”. El viejo piensa así, con estas palabras compuestas y por supuesto ridículas.

Al oír los versos de la poeta, el maestro nota con horror que son monstruosos: “Luego que terminó de leer cuatro cinco de sus mamarrachadas rencorosas, levantó hacia mí el fulgor de sus ojazos y me miró, paciente y plácida como una esposa o una vaca”.

Su opinión, que debió ser sincera, pasa a ser otra cosa por el deseo de seducirla, lo que nos derrama en un final donde el macho es exhibido en toda su ridiculez y su prepotencia, y todo sin salir del humor.