miércoles, junio 03, 2009

Siglo XXI. Escritores coahuilenses II























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Luego de las portadas, siguen a continuación, en el mismo orden, los textos que figuran en las contratapas de la serie Siglo XXI. Escritores coahuilenses (II) publicada por la Universidad Autónoma de Coahuila en 2009:

Praga como un cuerpo
Carmen Ávila

El lector de estas páginas será gratificado con más de una agradable sorpresa. Con gran agilidad y soltura de estilo, cualidades de la narradora y cuentista que ya conocíamos en Carmen Ávila, esta escritora nos ofrece aquí un cautivador bordado de ideas e imágenes alrededor del cuerpo. Desde recuerdos de viajes, donde las ciudades se destacan como organismos vivos, hasta las etéreas ideas filosóficas de Paul Valéry, quien concibió la original y extraña noción poética de que tenemos más de un cuerpo, pasando por cuentos, leyendas y consejas humorísticas sobre la nariz: todo esto y más aguarda al lector en las páginas de este breve y ameno libro. En la época actual, cuando el cuerpo humano se ve cada vez más como simple objeto, Carmen Ávila nos recuerda su inmensa trascendencia inmaterial y psicológica. (Francisco González Crussí)

Casa de entonces
Gloria Lozano-Castrejón

En el libro Casa de entonces, se distingue claramente un primer plano de escritura en donde el resultado es sumamente ventajoso para el lector pues hay una escritura fluida, transparente; de alguna manera reproduce la andadura del habla coloquial, tocando a veces el extremo conversacional y, de otra, el confesional.
Pero en seguida, aparece otro plano de escritura que refiere el hallazgo de la memoria que se construye a través del habla del narrador.
Escribir desde ese territorio interior significa cifrar el misterio de la intimidad con la muerte, con el pasado que antes fue vida pero que hoy es ausencia. Esta trampa de la escritura, sin embargo es la que proporciona la certeza de que la muerte no es sino la traducción de la vida a una lengua que nos es extraña porque no es de nuestro dominio.
Desde esta perspectiva, la escritura adquiere la forma de una mirada diagonal en torno al punto de partida donde todo inicia: la intimidad. El acierto de Casa de entonces consiste en no traducir episodios de la historia íntima del narrador, sino en dar otra versión de los hechos desde la trampa de lo íntimo. (Jaime Torres Mendoza)

De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales
Fernando Fabio Sánchez

En estas historias de Fernando Fabio Sánchez nadie está seguro de nada. Asistimos a un mundo de sombras que se desplazan en la sombra, como fugaces alucinaciones; a un universo apócrifo donde la gente puede ser otra gente en la misma realidad o la misma gente en una realidad distinta; a un cónclave de pesadilla en que comparecen personajes inquietantes. Las apariencias mienten —aunque el lector no debe confiarse, pues no siempre es así— y en los laberintos que acogen a los personajes las salidas no parecen conducir sino a otros laberintos.
En sentido opuesto al juego de las cajas chinas, en De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales algunos elementos de los cinco primeros relatos aparecen como referencias en el séptimo, que a su vez es contenido por el sexto: “Tres textos”. Este relato —no sólo el más extenso sino también el más elaborado del volumen— comienza con un doble ejercicio: el tratamiento psicoanalítico de un estadounidense perdido en una región de sí mismo y la búsqueda de una hija desaparecida y posiblemente asesinada. Antes de arribar a conclusiones el relato se trunca y nos coloca frente a “La carta soñada” —texto séptimo—, donde cambia el personaje protagónico y la investigación se desplaza hacia el esclarecimiento de media docena de asesinatos.
Autor de tramas complejas, Fernando Fabio Sánchez proyecta una vibrante energía verbal, en correspondencia plena con las vicisitudes de su narrativa. (Gerardo de la Torre)
Enlazar al prólogo escrito por Ignacio Corona (Ohio State University)

La dispersión
Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo

Los seres humanos, con la bendición y el terrible castigo de vivir regidos por la conciencia, hemos enfrentado el hecho ineludible de la muerte, por todos los medios imaginables. La magia, la ciencia, la filosofía, las artes todas, se han ocupado del tema a lo largo de los siglos, buscando hallar una respuesta que satisfaga nuestra curiosidad y mitigue la ansiedad que nos asedia. Existe, también, tal vez porque así obviamos su existencia, la poca o nula mención a la parte más significativa del tránsito entre el ser y el dejar de ser: la agonía, que se procura dejar en el campo de la medicina.
De esta suerte, confundimos el hecho de morir, con el memento mori, salvándonos en las anticipaciones, de pensar en el dolor físico, asociado con la agonía, ya sea breve o prolongada. Nacer y morir, instantes cruciales de la existencia. “Sólo la Muerte puede hablar de la muerte”, clama el poeta Hugo Von Hofmannsthal, por conducto de su personaje, Claudio, en la obra teatral El loco y la muerte. Por su parte, André Malraux, murmura: “Sólo mi muerte cuenta”.
Marco Antonio Jiménez, se aventura en la tradición del Ars moriendi, apoyándose en secciones marcadas por los cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, que van antecedidas de citas de Ken Wilber y Rob Nairn. “Para que te descifren las sonoridades/ de la muerte/ el desierto retira sus lámparas,/ apareces presa de palabras/ de oscuros escribientes:/ es la tierra iniciando en tu cuerpo/ las disoluciones,/ los ceremoniales de la última escritura”. Es una poesía con rumores de otras latitudes, de otras culturas, que a primera vista nos resulta remota y, sin embargo, cuyos elementos son de una proximidad llena de frescas resonancias. ¿Nos atreveremos a entrar? (Jaime Augusto Shelley)

Dolor de ser isla
Gilberto Prado Galán

Se dice, una y otra vez, que en México no se lee poesía. Aunque si se camina por los pasillos de las librerías, siempre encontrará un sección (grande o pequeña, según el establecimiento), dedicada a ella. Los libros de poesía se venden. Alguien los lee. Y es de creerse que, en realidad, lo que sucede es más sencillo de lo que parece: La gente lee poesía pero no gusta hablar de ello. Un cierto pudor, un deseo de mantener esa actividad en secreto, a solas, sin mención pública para que nadie vaya a creer que se es sensible, o peor aún, débil. O bien, el libro de poemas que nos gusta no parece tener la misma respetabilidad o importancia que uno de Historia o Matemáticas y no se ostenta el hecho de adquirirlo. Todavía más: si un libro nos impacta emocionalmente, si nos conmueve, incluso hasta llegar a las lágrimas, será difícil compartir dicha experiencia con alguien.
Con Dolor de ser isla, esto puede acontecer. La pérdida del ser querido cala profundamente en la conciencia del poeta y eso se refleja angustiosamente en sus poemas, aunque de modo contenido. Y la presencia de la muerte (a veces propia, a veces ajena) permea las páginas del libro, de manera obsesiva. Su hálito va tocando cada fibra sensible del lector, de modo entrecruzado con su opuesto, el amor, el recuerdo del amor, su aroma inagotable, en una ronda ciega —otro elemento perturbador es la ceguera—, en “Umbría”, poema corto, nos dice: “En la noche tu luz no me responde/ no traza ningún nombre en las paredes,/ no camina su historia, no me llama,/ no abre ninguna puerta, no ilumina/ los gritos que anochecen las ventanas (…)”. Poemas perturbadores que se deslizan por las páginas y nos confrontan con el dolor. Su dolor, nuestro dolor. ¿Dónde se establece una frontera? (Jaime Augusto Shelley)

Duende de luna y noche
Haidy Arreola Semadeni

Este libro suena, fluye libremente por el cauce de la página. Su autora se encuentra plena de intuiciones rítmicas, sin duda su oído se encuentra afinado con la mejor poesía; o debería decir, con la mejor música.
Pareciera estar hecho de un tirón, porque en realidad se lee así, como un solo poema por la imantación de sus acentos. Pero en realidad sabemos que es una ilusión y detrás de cada poema hay un trabajo arduo, una labor que luce por su transparencia. Pocas veces, y esto sucede con alguna de la poesía contemporánea, recordamos que la poesía está hecha de versos, que tiene un espíritu dentro que se agita y sacude la página. En la lectura de los poemas de Haydi Arreola Semanedi algo late. No sólo es el corazón en trance erótico, en tono nostálgico; hay algo en su interior que se mueve en el diapasón de la poesía. (Édgar Valencia)

La invitación. Alfonso Reyes y la literatura fantástica
Édgar Valencia

Resulta reconfortante y agradecible en los tiempos que vivimos, el hecho de que un investigador literario se lance a escudriñar los escombros de nuestra cultura del siglo pasado y regrese con una pequeña joya entre las manos, algo que había sido dejado allí, en aquel laberinto de palabras. Se ha estudiado muy poco la importancia decisiva que resultó la reunión de un grupo de jóvenes intelectuales interesados en la transformación del ámbito cultural de nuestro país en el periodo final del porfirismo y su cauda de “positivistas”. Destacará pasados los años, de aquel grupo, denominado del Ateneo, dado su excepcional caso personal, un joven llamado Alfonso Reyes. Su padre, caería acribillado en su intento de toma del Palacio Nacional, durante la Decena Trágica. Esto convierte al intelectual y hombre de letras más destacado de la época, en una especie de ícono.
El escritor, dada su situación conflictiva en México, decide residir en Europa donde eventualmente ingresa al servicio diplomático y sirve al país de manera ejemplar en varios países. Es en este peregrinaje que Reyes empieza a publicar obras de ficción y, en particular, de literatura fantástica. Édgar Valencia se ocupa de dos textos que considera paradigmáticos, publicados en 1922, en el volumen El Plano Oblicuo. Y para hacerlo, cree conveniente acercarnos al marco referencial del cuento fantástico, lo que se dio en llamar género, o subgénero literario, como el autor apunta.
Recorremos así un camino muy bien trazado del desarrollo de esa corriente que Reyes debió conocer a profundidad, dada su inagotable curiosidad intelectual , cuyo meollo más visible aparece en la Francia del siglo XlX, con autores como Villiers de L’isle Adam, Gérard de Nerval y ya en los principios del XX, Guillaume Apollinaire en su vertiente, poco conocida, de cuentista.
Los dos cuentos seleccionados “La cena” y “De cómo Chamisso dialogó con un aparador holandés” por el autor para su estudio, provocan en el lector avispado el deseo de volver a la lectura de otras obras de ese fino escritor que fue Alfonso Reyes, tan respetado por Borges y muchos otros y que, al parecer, las premuras de nuestra sociedad actual, tan dada a las novedades editoriales meramente comerciales, omiten. (Jaime Augusto Shelley)

José Tercero
José Luis Luna

José Tercero, guión cinematográfico de José Luis Luna, es un ejercicio ágil que nos instala desde las primeras líneas en un ambiente donde la incertidumbre y la certeza se confirman mutuamente, donde el destino de los personajes, atraído por un potente imán hacia el centro de la historia que se cuenta, multiplica las posibilidades de un desenlace teñido de acrimonia.
Un encuentro fortuito es el inicio de una historia que abre la lente para mostrarnos cómo ni el tiempo ni el espacio son estáticos, y a la vez, develar una bella metáfora acerca de la condición humana: José Eliseo y Fermín se confrontan sólo por un instante y así, un círculo que inicio su perímetro muchas décadas atrás , se completa con un giro en apariencia inesperado pero en el fondo crucial, sustancial. También, como líneas en fuga que parecieran no tener origen, José Eliseo y Fermín vienen a encontrarse en otro tiempo como ánimas en busca del descanso eterno, pero no de sus almas, sino de las de sus antepasados. Teniendo como paisaje de fondo la ciudad y escalando a cada minuto la tensión de la historia, los personajes involucrados intentan escapar de lo imposible: la certeza de que todo va en caída y de que nadie saldrá ileso en el trance.
Una historia sencilla que concentra su fuerza en la fluidez de la trama y que se apoya en un lenguaje coloquial y directo, que hace de la anécdota que se cuenta el objeto único a observar, se convierte de pronto en una mirada tan abierta como para que el paisaje luminoso y hostil produzcan armonías y en un testimonio tan personal como para que reconozcamos de inmediato la fuerza creativa de su autor.
Este guión, que en el verano de 2008 se filmó con la colaboración de artistas independientes en la ciudad de Monclova, es el principio de una carrera que seguramente será fructífera y plena en la vida de José Luis Luna. (Luis Javier Alvarado)

Kilómetro cero
Jorge Valdés Díaz-Vélez

Kilómetro cero, reunión de cuatro libros de Jorge Valdés Díaz-Vélez, parte de la obra ganadora que recibió en España el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana 2007, Los Alebrijes y culmina con el poemario Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1998, La puerta giratoria. En ella transcurre un periplo poético que nos habla de la constante ascensión del trabajo de Jorge, miembro distinguido de ese gremio de diplomáticos escritores que han hecho del viaje una forma de vida, y que se hermanan sin poner reparos con los artistas de los países en los que van pasando momentos fundamentales de sus vidas.
El arraigo y el desarraigo son el constante vaivén de esas vidas capaces de parar sus tiendas en cualquier valle o cualquier desierto, y de celebrar los paisajes físicos y humanos que se extienden ante sus ojos. Argentina, Cuba, Costa Rica, España, Estados Unidos; ciudad de México, Torreón, Saltillo... son muchos los lugares en los que Jorge ha vivido, cumplido puntualmente sus tareas (“a mi trabajo acudo, con mi dinero pago” decía Machado), y realizado su labor creativa en la que le va la vida de por medio. Su Ítaca, es sin duda, Coahuila. Por “bosques y espesuras” lleva sobre los hombros la región de desiertos, oasis y espejismos que atesora los momentos iniciales de su amor por la poesía.
El viaje y el amor son los temas esenciales de una poesía que encontró su forma de decir las cosas y de acercarse a la vida y sus contrastes con ojos deslumbrados, pero también con sosiego y con esa sabiduría que es mayor cuando se ha poetizado. “En donde diga brisa, ciudad que me abandona”, dice este viajero desde la terraza de su madurez poética y, como Leopardi, bajo las vagas estrellas de la Osa Mayor contempladas desde la terraza de la casa paterna. (Hugo Gutiérrez Vega)

Microcosmos. El hombre como compendio del ser
Mauricio Beuchot

Si usted es el tipo de persona que rehúye instintivamente cualquier aproximación a la filosofía bajo el pretexto de que es muy difícil de entender, aquí se verá atrapado en el maravilloso sendero que el autor va abriendo ante nuestros ojos, conforme la lectura avanza por terrenos a los que nunca nos hubiéramos atrevido a penetrar. Gracias a un lenguaje sencillo y haciendo buen uso de su enorme bagaje de erudición, este camino que nos brinda el autor resulta de gran enriquecimiento para el lector, sea lego o no. La propuesta es directa: el mundo en el que estamos inmersos tiende a fisicalizarse, a punto tal, que la espiritualidad tiende a desaparecer de casi todas nuestras actividades diarias y especialmente en el ejercicio de nuestra ética y la percepción ontológica.
Abra el libro y siga las huellas: un impresionante recorrido le espera. La historia del pensamiento occidental, desde sus inicios hasta nuestros días, con referencias y citas claras y abundantes que enmarcan este especulum (espejo).
Sócrates, recuerda Platón, diferenciaba la doxa (opinión), del pensamiento metódico y sistematizado, con el que podremos llegar a la verdad. La primera sólo crea o aumenta la confusión en el diálogo, al carecer de fundamentaciones sólidas. Y si lo miramos bien, la mayor parte de nuestra comunicación con o desde el mundo que nos circunda, íntimo, social o profesional, se mueve en planos mutables, poco confiables.
El ser humano, nos dice nuestro autor, es concebido, desde el pensamiento más antiguo, como un microcosmos. “En él participan todos los modos del ser: el mineral, el vegetal, el animal y el espiritual”. Y a partir de allí, el panorama se va abriendo por diversas disciplinas: desde el lenguaje, la lógica, la ciencia, hasta la historia y la filosofía metafísica, la ética y la justicia, para concluir en la religión y la mística. Lea el mapa, llegará a su destino. (Jaime Augusto Shelley)

Poliéster
Dana Gelinas

Al abrir este libro se encontrará el lector(a) con un sinfín de sorpresivas imágenes
estampadas de manera sucesiva. Textos que emergen de un plano de luz y claridad aun a mitad de la oscuridad exterior. Lo que ilumina estas palabras esparcidas como semillas en la página, es la sensación que acomete al lector de estar allí, testigo presencial de un acontecer durante la gestación y fluir de la experiencia poética.
Brotan entonces, desde el fondo de la percepción, sin deseo de dejar sedimentar, los sucesos vívidos, palpables, el aquí y el ahora, en el poema.
Casi con carácter de testimonio, afloran tribulaciones e instrumentos del orden cotidiano, sólo que envueltos en el verbo, y de este modo, una mirada que, transformada en palabras, nos remite a otra visión: “En el principio fue la escalera./
A Dios no le importaba subir;/ arriba nadie lo esperaba./ Sin la escalera se habría tropezado./De seguro creó la escalera para acceder al jardín de sus criaturas”. (“Downstairs”).
En el transitar continuo, agotador, de la ciudad y el trasiego de sus mercancías, vuelve a aparecer la mirada que inquiere por un más acá, rozando la línea de la “normalidad” asumida con dejos de sorna enternecida. “En un mediodía blanco/ una novia de vitrina se pasea entre quinceañeras amarillas. (…) Una matrona, enrojecida y ancha,/ vigila los pasos de las novias muertas/ que cuidan la tienda/ y venden un vestido/ sin pensar en nada”. (“La calle de las novias”).
El ojo, el gesto, la sonrisa, son sin duda femeninos. Nos acercan a esa interioridad que en la poesía pocas veces nos es dable estrechar, retener en las manos.
Y sucede lo que siempre sucede. Que el otro mundo se estrella en el rostro fragante y armónico de los días en sí, para sí. Aquello de afuera ahora dentro, encarnando el dolor y el sufrimiento. La Montaña en Chiapas es una herida que no cicatriza: “—No hay guerra / Estamos abiertos al diálogo./ Se oye un llanto de niños tras la maleza/ —Es la selva. Está llena de animales”. (“Sólo Dios, Chiapas”). “Será difícil vivir/ sin la paz de la inocencia”. (“Cara o cruz”).
Lector: la suerte está echada. (Jaime Augusto Shelley)

Registro de causantes
Daniel Sada

Daniel Sada se mueve bien en las distancias cortas: sus cuentos se extienden, en su oportuna brevedad, sobre paisajes desérticos y anécdotas que, a pesar de su sencillez, o quizá precisamente a causa de ella, devienen historias más complejas que rayan en lo excéntrico y rezuman, a menudo, una imaginación desbocada en su originalidad. En los agrestes parajes del norte mexicano recorridos por la pluma del escritor, lo cotidiano se convierte en una oportunidad para explorar los extremos humanos: desde el sexo, la corrupción y el abandono, hasta los deportes, la religión y el dinero, con un sentido del humor a veces anárquico, a veces hilarante y otras tantas simplemente trágico. El resultado es una visión desolada del campo y de sus pobladores, del todo ajena a la tendencia cosmopolita de nuestro tiempo, que nada tiene que ver con el costumbrismo. O con el realismo.
Los dieciséis cuentos que componen Registro de causantes tienen una vertiente común, a más del constante desamparo que desprenden el paisaje de la provincia y sus personajes: el empleo de una narrativa indócil, las más de las veces tan incómoda como eficaz. Domina en los textos un ritmo vertiginoso, revelador de mentiras y verdades que sólo pueden descubrirse cuando se lee entre líneas. Así, a la obsesión por los temas que cada historia esboza se suma otra, igualmente subversiva: la obsesión por un lenguaje depurado, punzante, que obliga al lector a sumergirse en un singular universo de rarezas. (Gerardo de la Torre)

Tres amores (o más)
Francisco José Amparán

Tres amores (o más) reúne el mismo número de historias: tres novelas cortas que comparten la desasosegada y melancólica visión del mundo del coahuilense Francisco José Amparán, cuya narrativa llana y directa, totalmente despojada de adornos, deja entrever su largo entrenamiento como periodista. Francisco José Amparán se desplaza por la ficción con la seguridad de quien se ha dedicado a contar los hechos de la vida real y sabe distinguir entre lo relevante y lo que debe guardarse en la memoria, de forma que en estas páginas permanece únicamente aquello que debe ser dicho: lo indispensable para el desarrollo de una trama sin puertas falsas, sin estorbos.
En “Pavana a cuatro voces” son revelados los misterios alrededor de un aparente pacto de muerte: una psiquiatra, un sacerdote y dos suicidas ofrecen un mosaico polifónico que detalla el acontecimiento detonador y lo saca de la nota roja para convertirlo en una evocación de la culpa y la búsqueda del perdón. “Crónica para Helen” es casi una novela doble: mientras un narrador en segunda persona cuenta la historia de una niña y su vocación de escritora, ella, a su vez, narra el devenir de sus personajes, quienes no son más que el espejo donde Helen deposita, paulatinamente, su experiencia de vida. Finalmente, en “Cómo gané la guerra” un hermético anciano da cuenta de su más temible batalla; no la que hizo que México ingresara a la Segunda Guerra Mundial, sino otra que ocupó el mismo tiempo: la de un amor obtenido a pulso. (Gerardo de la Torre)

Silabario de Eros
Fernando Martínez Sánchez

Vamos de la mano del poeta a recorrer dos paisajes, dos campos que se entrelazan, bifurcan y vuelven a entrelazarse, incesantes. El cuerpo de la mujer amada y la ciudad son los temas de este libro con una extraña cronología que es posible asumir en el viaje, sin sentir extrañeza, gracias al paso, también gradual, de las formas tradicionales de verso medido en su primera sección, al verso libre, libérrimo, en las partes media y final. Un viaje por las formas, en el más estricto sentido.
La forma del cuerpo de una (¿o unas?) mujer(es) y el de la ciudad, conforme se suceden los tiempos, internos y externos que van marcando la modificación de la mirada, el proceso de revisión del acontecer existencial. “La ciudad es ahora/ un lugar a merced de todas las ausencias;/ las sirenas perdieron sus escamas/ y el hechizo del canto;/ expiró la rima bajo las ruedas del metro/ y los verbos se ahogaron en la lluvia inclemente.” (“La crueldad del crepúsculo”).
Se avanza por un territorio a veces soleado y, en otras, sombrío, nostálgico, aunque siempre cargado de la intensa emoción que nos prodiga en sus versos el autor. (Jaime Augusto Shelley)

Cuatro caminos



Pienso en voz alta. El proselitismo no me interesa, y menos en este país atestado de escépticos e indiferentes. Sólo pienso en voz alta (o en letra impresa), más para ponerme en claro el escenario que para llevar agua a molinos ajenos a mi competencia. Por todas partes se ha desparramado, espontánea o artificialmente, no sé, la idea de anular el voto. Es una etapa más desarrollada, digamos, del abstencionismo que ha sido por tradición el medio de protesta electoral ante el pobre empaque de los candidatos. Soy de los que, con reservas si se quiere, no estoy de acuerdo ni con la abstención ni con la anulación del voto, pues creo que en ambos casos el único que gana es el mismo que ha hundido a México. Esto no significa, por supuesto, que votar por una opción diferente garantice que saldremos, ahora sí, del barranco, pero al menos abre la posibilidad, remota si se quiere, de un gobierno más honrado y con una visión más nacionalista. Estas son las cuatro direcciones que puede tomar el voto. Sólo una, creo, nos garantiza la apertura de una microscópica expectativa hacia el optimismo. Las otras tres sólo son sinónimo de continuismo, es decir, de paso consistente hacia el desastre.
1) El voto duro. Hay, legítimamente, electores que con o sin propaganda, que con o sin escándalos, que con o sin acusaciones y demás ya tienen, y siempre han tenido, decidido su voto por alguna opción política. Cada partido tiene su cuota de votantes duros, ciudadanos a los que no les importa la coyuntura ni el nombre de los candidatos, pues votan casi mecánicamente, movidos por una convicción granítica. Ante ellos, no hay argumento opositor que valga, pues votarán como votan siempre, por su partido y por sus gallos. En orden descendente, la mayor cantidad de votos duros la tienen el PRI, el PAN y el PRD.
2) El abstencionista. Por ignorancia, por decepción, por miedo, por flojera o por todo eso junto, muchos ciudadanos no asisten a las urnas. A ellos no los mueve ni los conmueve nada. Ven pasar las elecciones como quien ve pasar el viento: sin inmutarse. Vale apuntar que una parte significativa de esta enorme masa no vota a conciencia, es decir, declina participar porque ninguna de las opciones es de su gusto. Desde hace años, el abstencionista es mayoría, tanto que si hubiera un Partido Abstencionista, estaría en Los Pinos. Su no voto es, se sabe, un voto a favor de quienes lo han desalentado, de ahí que al sistema no le venga tan mal el auge de los que se quedan en casa.
3) Los anulantes. Es una especie nueva. Convencidos de que todo está mal, de que todos los políticos “son iguales”, de que no tiene caso apoyar a nadie, pero también concientes de que deben mostrar un modo de protesta, han decidido anular la boleta, cruzarla toda. Es, claro, una legítima manifestación de inconformidad, pero en términos reales resulta inoperante por desarticulada, invisible y efímera. Las mafias del sistema se frotan las manos y se relamen los bigotes por el eventual éxito de esta iniciativa.
4) El voto “volado”. Lo llamo así porque es como un volado, un águila o sello. En el panorama político mexicano no hay muchos signos alentadores: todos los actores parecen desgastados, manchados, desahuciados. Elegir es, casi casi, jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor, y no por nada han cobrado tanta fuerza la abstención y la anulación. Creo, sin embargo, que la ruleta rusa puede contener una bala de salva. Yo sé cuál puede ser (nótese que el “puede” enfatiza lo hipotético del argumento), pero sólo lo pienso y no lo digo. Es la opción que, por sus errores y por la hostilidad que históricamente ha padecido, no ha podido nunca colocarse en un plano de decisión realmente importante, salvo en un caso. Esa opción no garantiza nada, pero creo que merece al menos un voto de confianza por no haber sucumbido ante los hachazos del poder. Nomás por eso conjeturo que no ha de ser la peor opción, y votaré por ella.

domingo, mayo 31, 2009

Premio para Carlos Reyes



Carlos Reyes, escritor de Torreón, acaba de agenciarse el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2009. Los jurados fueron Ana Clavel, Élmer Mendoza y David Toscana, quienes decidieron otorgar el premio al trabajo Travesti presentado bajo el seudónimo Dragull; en su dictamen anotaron que el premio lo decidían para la novela de Reyes “por la mezcla funcional del lenguaje que incluye monólogo, narrador omnisciente y entrevista. La apuesta temática tiene que ver con la identidad de personajes llevados al límite, con un estilo en el que se dan la mano la mesura y la agilidad narrativas”. El libro será editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Carlos Reyes Ávila nació en Torreón, Coahuila, en 1976. Estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de Coahuila y realizó estudios de la Maestría en Filosofía en la Universidad Veracruzana. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila en los ciclos 1999-2000 y 2002-2003, en la categoría de Jóvenes Creadores. En el 2000 ganó los Juegos Florales Nacionales, Ma. del Refugio Prats de Herrera, convocados por la casa de la Cultura de Tuxtepec, Oaxaca. En el 2003 recibió el Premio Nacional de Poesía Tijuana. Ha publicado su poesía en La Jornada, El Financiero, Diario de Xalapa, Milenio, Tierra Adentro, Alforja, el Poema Seminal, Acequias, La Cabeza del Moro, Clepsidra, Literal, Arcilla Roja, y Estepa del Nazas. Es autor de Luna de cáncer (Icocult, 1999), Donde oficia la sangre(Dirección Municipal de Cultura, Torreón, 2001), Habitar la transparencia (Icocult, 2003), el libro de poesía infantil Aprendiz de volador (Dirección Municipal de Cultura, Torreón, 2003), Claridad en sombra (IMAC de Tijuana, 2004), Arthasastra (Arlequín Ediciones. 2007), Una llaga en el rostro del tiempo (Universidad Autónoma de Coahuila. Col. Siglo XXI Escritores Coahuilenses, 2007) y la novela El Círculo de Eranos (Fondo Editorial Tierra Adentro/Icocult, 2007; la liga lleva a la reseña contenida en este blog).
Felicidades, pues, para Carlos Reyes, y que siga su ya notable cosecha de premios y publicaciones.

El mundo de Bayer



Leí por estos días una compilación de artículos de Osvaldo Bayer. Por la franqueza de su tono, la calidad de su información y la trasparencia de su gesto ético me atrevo desde ya a decir que tal será uno de los libros más importantes que leeré en 2009. Su título es En camino al paraíso (Javier Vergara Editor, 1999) y lo compré en una de las dos librerías de viejo que tenemos en Torreón. ¿Cómo llegó acá? No lo sé. Cuando pasa eso, que un libro bueno, económico y raro llegue a mis manos en esta comarca industrial y remota, pienso que la providencia bibliográfica es demasiado generosa.
Sólo tenía noticias laterales sobre Bayer. Sabía, por ejemplo, que fue amigo del gordo Soriano, con quien trabó abundante correspondencia mientras ambos pasaban sus respectivos exilios en Europa: Bayer en Alemania y Soriano en Bélgica. La lectura de algunas de sus cartas me dejó una frase de Soriano que luego usé como epígrafe para Ojos en la sombra. Eso me llevó a buscar, sin prisas, pero sí con cierta obstinación, textos de Bayer en internet. Encontré varios, la mayoría en Rebelión (http://www.rebelion.org/), y entendí a las claras por qué debió huir de la Argentina durante la noche del Proceso que hizo del exterminio un deporte nacional.
Ahora escribo sobre él, sobre Bayer, para recomendar su obra a quienes quieran asomarse a la visión de un hombre honesto hasta el ardor. Porque cala, y cala en serio, leer a un crítico como Bayer, quien no se anda por las ramas cuando llama ladrones a los ladrones, criminales a los criminales, depredadores a los depredadores. Bayer es una máquina de denunciar, un claro ejemplo de que la palabra es arma poderosa contra las innumerables atrocidades que mancillan el planeta. Es, para presentarlo de inmediato a quienes aquí no lo conocen, una especie de Galeano argentino, tal como Galeano sería un Bayer uruguayo.
Al ir leyendo En camino al paraíso pensé, obvio, en escribir sobre su autor, y eso es lo que aquí hago. Por una de esas casualidades que tiene la cacería de temas, iba en el coche y sintonicé al azar una difusora cultural, no sé si Radio Torreón o Radio UAL. Muy extraño me pareció escuchar un acento argentino que hablaba sobre la Patagonia, sobre crímenes denunciados en sus libros, sobre el valor estratégico de aquellas tierras que ahora son vendidas a particulares norteamericanos y europeos. El entrevistador, también argentino, nunca dijo el nombre de su interlocutor, pero ambos mencionaron un par de veces el libro La Patagonia rebelde, por lo que supe que era Bayer quien, sin saberlo, deambulaba en las ondas hertzianas laguneras. Concluí: leo por primera vez un libro de Bayer, y por primera vez, en la misma semana, lo oigo, todo esto en Torreón; por tanto, debo escribir alguito sobre él, sin duda.
Una ficha biográfica abreviada anota que nació en Santa Fe, Argentina, en 1927. Pasó su niñez en Tucumán y luego en Bernal, Provincia de Buenos Aires, y en Belgrano, Capital Federal. Realizó estudios de medicina y filosofía en la UBA, para luego estudiar Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Es historiador, escritor, periodista, guionista cinematográfico, traductor y fue profesor honorario, titular de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como redactor en la revista Continente, en el diario Noticias Gráficas; fue jefe de redacción del diario Esquel, secretario de redacción del diario Clarín y director de la revista Imagen. Actualmente escribe notas para el diario Página 12. Fue traductor del alemán de Franz Kafka, Bertolt Brecht, Karl Jaspers, Thomas Mann y otros. Ha publicado La Patagonia rebelde (cuatro tomos); Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia; Los anarquistas expropiadores; Exilio (en colaboración con Juan Gelman); Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?; La masacre de Jacinto Aráuz; La Rosales, una tragedia argentina; Rebeldía y esperanza; Los cantos de la sed, entre muchos otros. En Alemania formó parte de diversos organismos de Derechos Humanos y en más de cien actos en Europa denunció los métodos de la dictadura militar. En 1997 recibió el premio “Veinte años de Madres de Plaza de Mayo”, el reconocimiento que más valora. Bayer fue declarado doctor honoris causa por las universidades patagónicas del Comahue y de la Patagonia Austral.
En camino al paraíso contiene un prólogo de Osvaldo Soriano; sospecho que fue el último o uno de los últimos textos que sobre Bayer escribió el autor de Triste, solitario y final, quien murió en 1997. Tal vez mejor que nadie, Soriano dibuja el contorno intelectual y moral de su prologado. No escasean los elogios, cierto, pero uno siente de inmediato que no son gratuitos, que Soriano opina sobre Bayer con cercanía y respeto, con la admiración de un argentino que probó la crítica y la amistad de un intelectual sin dobleces, de una sola pieza, como se dice de quienes no eluden poner el índice en las llagas. Dice: “Es verdad: Bayer es un hueso duro de roer. Sin él sería más fácil olvidar. Hacerse una historia a medida y cambiar de canal”. Luego, cita unas palabras que obtuvo al entrevistarlo: “Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común”.
Los artículos de Bayer no contradicen las palabras grabadas por Soriano. Al contrario, son la prueba contundente de que en Argentina, en Alemania, en el mundo todo, la abominable sombra de la desigualdad y la injusticia es lo más común y exige permanentes críticos. Permanentes, sí, permanentes porque el mundo está metido y cada vez se mete más en el círculo de una imbecilidad asesina, la “imbecilidad” (así la llama Bayer una y otra vez) del consumo, del armamentismo, del coloniaje cultural, de tanto y tanto más. Bayer pelea, critica con furia indetenible, y en alguno de sus artículos nos recuerda que, en el actual estado de ignominia mundial, “La única norma es la ética”.

sábado, mayo 30, 2009

Cursos de la Escuela de Escritores de La Laguna



Curso taller de dramaturgia
Impartido por Antonio Balquier
Duración: 8 horas repartidas en cuatro sábados
Horario: sábados de 10 a 12 horas
Inicio: 20 de junio
El curso pretende informar sobre autores dramáticos, corrientes dentro de la dramaturgia e iniciar al asistente a la creación de su propia obra dramática. Dirigido tanto a público en general como a la gente que realiza cualquier actividad dentro del teatro.

Curso de novela corta moderna
Impartido por Carlos Velázquez
Duración: 6 horas repartidas en tres sábados
Horario sábados de 10 a 12 horas
Inicio: 20 de junio
A través de la lectura de seis novelas cortas contemporáneas el coordinador abordará lo que es la escritura y su problemática, así como descifrar la creación en los tiempos actuales.

Curso de poesía inglesa siglos XIX y XX
Impartido por Alfredo Loera
Duración: 8 horas repartidas en cuatro sábados
Horario: sábados de 10 a 12 horas
Inicio: 20 de junio
El curso tiene como objetivo que el alumno conozca a los poetas de lengua inglesa más representativos, a través de la lectura de sus obras en español, pero haciendo el comparativo en el idioma original. El curso es en español y abarca un estudio de la vida y momento histórico de cada uno de los autores estudiados, sus influencias y el peso que lograron sobre los poetas actuales.

Taller de guión de cine y televisión
Impartido por Víctor Elizalde
Duración: 9 horas repartidas en tres sábados
Horario: sábados de 10 a 13 horas
Inicio: 20 de junio
El objetivo del taller es conocer al mismo tiempo que se realiza, el proceso que sigue el guión técnico tanto para cine como para televisión. Dirigido a público en general, y a las personas que trabajan en medios, publicidad, estudiantes de comunicación, etc.

Curso taller de literatura infantil
Impartido por Teresa Muñoz
Duración: 6 horas repartidas en 4 sábados
Horario: sábados de 12 a 13:30 horas
Inicio: 20 de junio
Se pretende acercar a los niños (7 a 11 años) a la literatura a través de la lectura de obras cortas escritas por autores dedicados a los niños, y fomentar la escritura de las ideas, opiniones, sensaciones, que dichas obras dejen en ellos.

Todos los cursos anteriores, exceptuando el de literatura infantil, están dirigidos al público en general a partir de los 14 años. Mayores informes, con Teresa Muñoz los sábados en el Cinart Pilar Rioja (Prolongación Galeana esquina con Prolongación Colón antigua estación del ferrocarril), o a los teléfonos 7255515 y 0448711227783

Café literario (ciclo julio-septiembre 2009)



Este es el programa del café literario organizado por el Teatro Isauro Martínez de Torreón. Más informes en el teléfono 7166261. Hacer click sobre la imagen para ampliarla.

Pobre padrecito Alberto



¿A quién se le ocurre vivir en Miami y ser cura? Es como no comer en una semana y entrar a una lonchería llena de mixtos y de triples, o como no dormir en varios días y visitar una fábrica de hamacas. No hay derecho, chatos. Así que, claro, se veía venir que el padre Alberto, sin remedio, procedería tarde o temprano al arremangue de su sotana para cumplir el más antiguo rito que celebran el hombre y la mujer (o la pareja, para no excluir otro tipo de ayuntamientos un poco menos ortodoxos).
Las fotos de un paparazzo fueron publicadas, se sabe, en una revista de chismes. En ellas fue posible ver que el padre Alberto se revuelca de lo lindo con una chica; ambos retozan en la playa y se nota que el pecado no los hace precisamente infelices. Luego se supo que la chamaca se llama Ruhama y es, o fue, devota feligresa de la capilla donde su galán, el padre Alberto, enunciaba sermones con más convicción que Savonarola.
Tras la publicación de las fotos vino el escándalo. Programas de investigación periodística tan acreditados como el de Cristina Saralegui fueron foros ideales para ventilar no los sermones, sino los secretos en la montaña que guardaba el padrecito supuestamente chilesuelto. Muchas mujeres se reportaron como felices víctimas del semental con alzacuello, pero él, hostigado por la prensa miamense, acusado por índices flamígeros, aseguró que Ruhana era la única chica que había sido depositaria de sus impetuosos licores seminales. El colmo del escándalo llegó cuando las malas lenguas hicieron caminar la especie de que el padre Alberto le había dado para comprar chicles nada más ni nada menos que a Paty Manterola, lo cual, al parecer, resultó más falso que la santidad de Marcial Maciel.
Tras el tiroteo, el padre Alberto señaló que, para mitigar la pena, dedicaría algunas semanas al retiro espiritual y la oración. Pero los acusadores no han desistido y señalan que se retiró espiritualmente no para orar, sino para acercarse carnalmente, de nuevo, a su apetitosa novia y pasearse con ella por Los Ángeles. Al final, el padre Alberto fue separado de sus funciones sacerdotales como cura católico, lo que devino ruptura con esa institución. Hoy, el padre Alberto valió cracas y tuvo que cambiar de burocracia; fue recibido por la iglesia episcopal, que según esto es más liberal y sí permite el casamiento de sus sacerdotes.
Más allá del caso, que por cierto es ideal para el cotilleo de la vomitiva tele miamense, el padre Alberto y sus calenturas han puesto sobre el tapete, otra vez, la necesidad de debatir a profundidad, en el seno de las iglesias, la obligación de la castidad y el celibato, y la coherencia que tiene hoy esa medida. Para unos, es medieval; para otros, es una de las pruebas más firmes de la auténtica vocación sacerdotal. Sea lo que fuere, atrevo una opinión de ciudadano común alejado de todas las iglesias habidas y por haber.
El voto de castidad era, digamos, menos torturante hasta cierta época de la historia humana. Antes, los curas se las veían seguramente negras para sobrellevar esa pesada carga, para tolerar las cosquillas que provoca el gusanito del apetito carnal, pero por suerte no había cine, no había revistas, no había televisión, no había internet, y gracias a eso era pobre la presencia de la cochina tentación. La sociedad, al pasar del paradigma, digamos, imaginario al paradigma icónico, diseminó y disemina todos los días, por todos los medios, como productos de consumo, cuerpos de hombres y mujeres hermosos (para mí, hermosas sólo ellas) en todas las situaciones posibles, solos o entreverados (Miami, vale decir, es una capital mundial de la voluptuosidad y el placer). Ante eso, es más fácil que las resistencias se venzan, de ahí que la castidad sea, hoy sí, una prueba de fuego harto canija. Por ello, pobre padrecito Alberto: tan lejos de dios y tan cerca de Miami Beach.

viernes, mayo 29, 2009

Estado de descomposición



La descomposición económica y social es resultado de otra, más aguda: la descomposición política que ha depredado desde las instituciones a las instituciones. La mente, gran armadora de rompecabezas, tiende a fijar su mirada en la ficha más prieta del conjunto, en este caso, la violencia, esa violencia que con sus estallidos en rojo abre la puerta a todo tipo de zozobras y preguntas. Lo malo de esa lectura es que suele ser exculpatoria: “la violencia genera más violencia”, decimos, y en esa manoseadísima frase se esconde la trampa mediante la que el Pilatos en el poder se lava las pezuñas: parece que la violencia que genera más violencia la genera de la nada, simplemente porque sí.
Muchos tratadistas, filósofos del más perro entender, han escudriñado la naturaleza violenta del hombre. “El mal”, le han llamado. Es cierto que aquí está, en nosotros, esa cosa viscosa que nos hace seres agresivos, territoriales, competidores. Son vestigios de nuestra parte animal, una parte que no ha desaparecido ni desaparecerá, pero que se mantiene sofocada por una serie de pactos que Rousseau llamó, para decirlo pronto, “contrato social”. El contrato social fundó tribus, luego estados, después naciones, y nos creó, hasta la fecha, la ilusión de que la convivencia armónica es posible, de que el hombre es, en esencia, un cavernícola más o menos bien domesticado, sometido a reglas, esas mismas reglas que hasta en Suiza llega a transgredir un violador, un defraudador, quien sea.
Desde el momento en que nacemos en una comunidad, todos somos, pues, potenciales trasgresores. No todos llegan a serlo, y, quien lo es, lo es porque ha ejecutado actos ilícitos de pequeña escala. El contrato social, opere en el sistema de gobierno que opere, dicta reglas estrictas; no matar, por ejemplo, al primero que se nos atraviese, o no tomar un bien si antes no lo ganamos o no nos fue otorgado. A esa violencia relativamente aislada y esporádica sí sobrevive una comunidad, pues las manifestaciones de trasgresión serán parte de la naturaleza humana, del mal, que en algunos contados individuos se desboca. Cuando no es así, cuando la violencia se agudiza y se propaga (los cronistas antiguos dirían “como reguero de pólvora”) no es pertinente mirar sólo al individuo que ejerce tal violencia, pues la generalización de ese mal no es la enfermedad, sino un síntoma de algo peor: alguien más grande, el Estado, es el verdadero causante del problema al relativizar/violentar/anular todos los presupuestos del contrato social: hay violencia omnipresente, en efecto, porque han sido abortados los beneficios que en teoría debe acarrear el acatamiento del contrato: no hay trabajo, no hay alimento, no hay vivienda, no hay educación, no hay cultura, no hay salud, no hay ley, no hay justicia. En ese marco, es fácil que no sean uno o dos los trasgresores, sino miles, esos miles que ven segado su futuro y, para reivindicarse o como mero gesto de resentimiento, dinamitan con violencia las bases de la convivencia.
Lo que quiero decir es que la violencia generalizada hace estragos, pero a su vez fue causada por otros estragos mayores y acaso más profundos. En nuestro país, las malas administraciones federales han ido minando, gradual y sostenidamente, sexenio tras sexenio, cada vez con menos sutileza, sin misericordia por la mayoría, con todo tipo de artimañas y mentiras, el estado de derecho. De nada ha servido cambiar de colores, pues en los hechos el desfondamiento ha proseguido; Fox y Calderón han culpado al régimen priísta, que es muy culpable, sí, del desastre, pero no menos cómplices de lo que vivimos son los ocho años recientes de decisiones erráticas y continuismo solapado apenas con barnices discursivos. En resumen, no daremos un paso para salir del hoyo mientras no entendamos que el mal se encuentra en otro lado, no sólo, o no necesariamente, donde queda sangre derramada.

jueves, mayo 28, 2009

Cortázar retomado



Nunca he gustado de jugar a las interpretaciones con la literatura. Las obras que salpican símbolos en sus páginas no son las que más me cuadran, y eso es, claro, un defecto de fábrica (mío, obviamente). No soy bueno, pues, para los rollos esotéricos. Por eso, cuando oí o leí, hace añales, una interpretación simbólica de “Casa tomada”, acaso el más famoso cuento de Cortázar, pensé que aquello era una exageración. No lo es tanto, lo sé, pues ese relato no se deja leer en sentido demasiado estricto; luego entonces, si lo leemos sin esfuerzo connotativo, lo empobrecemos, pues simplemente trata de una pareja de hermanos que vive sola en una amplia casona que es herencia de los dos: “Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse”. Él lee literatura francesa, y ella teje. Ambos han quedado solterones: “Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos”. Sobre su hermana, dice el narrador personaje: “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella”
Pero no desea tanto hablar sobre ellos, sino sobre la casa: “Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño”.
Esa casa, poco a poco, sufre un ataque invasor, lo que, irremediablemente, confina a sus inquilinos a un menor espacio: “Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado”.
Así, gradualmente, pieza tras pieza, la casa va siendo tomada por un ente misterioso, lo que impone a los hermanos una reclusión cada vez más sofocante. Nunca sabemos quién o qué toma la casa, pero es un hecho que ese ente invasivo, sea lo que sea, parece inexorable. El final no lo traigo. Sólo concluyo que aquel cuento es, en la interpretación simbólica que alguna vez oí o leí, una metáfora del país que paulatinamente va siendo cercado por fuerzas oscuras, fuerzas que terminan por adueñarse del entorno.

miércoles, mayo 27, 2009

Disculpen a Galeano



Hoy, asqueado y con luto por la barbarie estéril, lamento que los libros y los artículos de Eduardo Galeano no caduquen. Si así fuera, significaría que este mundo ya sería otro. No peor, sino más habitable. Pero ocurre que lo escrito en 1971, o ayer, por la mano del uruguayo tiene una vigencia pavorosa, y aunque lo minusvaloren Montaner, Plinio y Vargas Llosa Jr., la realidad es que los gritones amantes de la libertad y la democracia no se han dado una escapada a las favelas, a las cárceles, a las zonas rojas, a las selvas, al periodismo en México, para calar in situ el sañudo rigor de la justicia que profesan. No hay sofisma de escritorio que pueda contra esas realidades.
Ahora que lo rehidrató Chávez tras el regalo que hizo a Obama, Galeano pasó a ser un Quijote charrúa. Sus textos navegan por los axones de la red y pasan de buzón en buzón, como éste que me llegó gracias al amable reenvío de Iván Berrón López. Su título es “Disculpen la molestia” (Página 12, 8-5-09) y en él, con algunas preguntas más o menos pertinentes, pisa grandes callos del planeta. Traigo un fragmento; lo calco íntegro en el blog:
“Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza. ¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés? El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración? ¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla? ¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden? Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes? ¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan? ¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores? ¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles? ¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de ‘crimen organizado’? Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles. Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres? ¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es? ¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes. Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina. En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea? Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia? ¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia? ¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo? Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos? ¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías? Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos? Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas: —Ahí lo tienes —dijo la Reina—. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final. En El Salvador, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento. El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia? A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego”.

martes, mayo 26, 2009

Nuevo premio



Mi novela Parábola del moribundo ganó el primer premio nacional de novela corta Rafael Ramírez Heredia convocado por el IPN, la revista La Otra (ex Alforja), el Instituto de Cultura del Estado de Durango y la Fundación Guadalupe y Pereyra. Los jurados fueron Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. El premio será entregado el 12 de junio en Durango, Durango. La siguiente entrevista, realizada por Karla Lobato, fue publicada el 26 de mayo de 2009 en La Opinión Milenio.

1. ¿Cuál fue el detonante para que diez años después de escribirla sacara del cajón esta novela?
Cuando en 1999 terminé Parábola del moribundo sentí casi de inmediato que debía dejarla reposar. Con el paso del tiempo le dediqué algunos momentos de revisión y eso me llevó a cambiar su aspecto como cinco veces. Nunca me dejaba plenamente satisfecho, así que le permutaba, le quitaba y le añadía detalles. Llegó a tener como 250 cuartillas y le tumbé páginas por kilos hasta dejarla de 120. No fue difícil aligerarla. Lo que pasa es que su personaje protagónico es un escritor y yo creía pertinente que entre capítulo y capítulo mostrara textos de su cuño. Decidí eliminar esas secciones y el libro se contrajo considerablemente. Así que, en efecto, es un libro del 99, pero con intermitentes retoques y podas aplicados durante una década. Lo más difícil no fue hacer la obra negra, sino aplicar los acabados, casi reescribirla, lo que hice con cuidado, más o menos, en 2002 o 2003.
o
2. ¿Cuál es la primera intención de esta producción, es decir, qué tema aborda en ella?
La historia es muy sencilla: trata sobre un poeta de 33 años (la edad que más o menos tenía yo cuando la escribí) que vive en La Laguna y, por ello, hace alardes de ingenio para sobrevivir y mantener su vocación: corrige libros, imparte talleres, escribe reseñas e incluso desea escribir una novela, para ver si de allí sí obtiene algo. Ese poeta es pobretón, misántropo, resentido, culto y medio depresivo, y desde el primer capítulo traba amistad con un viejo de setenta años que jamás ha leído un libro pero tiene una enorme fuerza vital, pese a sus años, y es muy bueno para el trago y las mujeres, además de que tiene bastante plata. Narro sus andanzas por la noche lagunera, el disparate de su amistad, casi como si fueran el Quijote y Sancho al revés: el Quijote es el joven poeta y Sancho el viejo lúbrico, todo en un ambiente que me atrevo a considerar deudor de la novela picaresca española, que siempre ha sido una de mis principales pasiones como lector. Ahora bien, en medio de esas peripecias, como aderezo, la novela describe la odisea de ser escritor en La Laguna, el mundillo literario-periodístico local, las pequeñas mezquindades y ridiculeces que se dan por nuestro todavía evidente provincianismo.

3. ¿Qué significado tiene para usted obtener un galardón como éste?
La primera vez que recibí un reconocimiento fue en 1984: fue una mención honorífica en el primer concurso regional de cuento Magdalena Mondragón organizado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón; el jurado fue Rafael Ramírez Heredia, quien murió en octubre de 2006. En 2009, varias instituciones se organizaron para homenajearlo, lanzaron la convocatoria del concurso y lo gané, lo que es motivo de orgullo para mí, pues siempre he dicho que el mejor premio literario que he recibido en mi vida fue aquella humilde mención honorífica determinada por Ramírez Heredia cuando yo tenía veinte años.

4. ¿Obtener este premio puede ser un detonador más para motivarlo a continuar con otros proyectos?
Los premios ayudan, pero no son determinantes de nada. Digamos que este premio lo he recibido con gusto, me enorgullece, pero con o sin él yo sigo trabajando como puedo y cuando puedo, como el poeta protagonista de la novela. En todo caso, la motivación más importante es la que proviene de quienes decidieron otorgarle el primer lugar: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala son tres escritores que respeto y admiro.

5. Con la creación de premios como éste, ¿existen apoyos suficientes para los creadores?
Comparado con otros de Latinoamérica, México es un país que apoya decorosamente a los escritores. Lo malo es que no hay, creo, tanto apoyo para quienes empiezan como sí lo hay para quienes ya están encarrilados. Es un juego algo perverso: apoyan hasta que uno demuestra que la hace, pero lo malo es que muchas veces no se puede demostrar nada por falta de soportes, de suerte que los comienzos de casi cualquier escritor, sobre todo en provincia, son muy sufridos. Imaginemos, por ejemplo, a un joven escritor de Gómez Palacio: si pide apoyo le van a decir “Mira, si ni siquiera has publicado nada”. En mi caso, que soy de Gómez Palacio, fui alguna vez “reconocido” por el ex alcalde Rendón, quien ni siquiera fue a la ceremonia en el cabildo. Luego, dos años después, Ricardo Rebollo me dijo, muy entusiasta pero falazmente, “esta presidencia te apoyo un proyecto”, luego estiró y estiró la decisión definitiva, que quedó en nada, porque él sabía que iba a largarse como chapulín a una candidatura. Pero bueno, ante ese vacío en el entorno local he buscado fuera y por suerte cada vez tengo mejores contactos en periódicos y editoriales de la capital y de otros países. Todo es cuestión de no bajar la guardia, de dignificar el oficio de escribir y no andar rogándole a nadie.

6. Después de una larga carrera, ¿de dónde sacar nuevas ideas para la creación de algún texto?
Por suerte, desde hace varios años tengo al menos cinco libros en pausa. A estas alturas ya son como gorditas: sale una y ya voy echando la otra en el comal.

7. ¿A quién dedica este premio?
Parábola del moribundo ya tiene dedicatario explícito: es un poeta de Torreón. Además, todo lo que hago es para mis cuatro mujeres.

domingo, mayo 24, 2009

Teoría de los alfileres



No son muchos, pero sí fieles. Me refiero a mis lectores, quienes por medios diversos me aproximan un reconocimiento que por supuesto no merezco pero sí acepto, pues de chiquito me enseñaron a no desairar lo que de buena gana sale del prójimo. Uno de esos lectores es una lectora; su nombre es Estela Perezgasga de Valdez, que como podemos imaginar es la esposa de don Bulmaro Valdez y madre ejemplar de trece hijos entre los que cuento como amigos a Paco, Pepe y Uriel. Pues bien, doña Estela leyó “Madre sólo hay dos”, columna que publiqué hace dos domingos, precisamente el 10 de mayo; esa columna trata sobre la noción de “patria” que han tenido algunos poetas mexicanos. Poco después, por asuntos de chamba vi a Pepe, quien además de ser un gran artista resultó puntual heraldo: me hizo llegar un texto que su madre mandó fotocopiar para que yo lo leyera. Doña Estela es una mujer de edad, una señora que vivió el otro México, el México en el cual todavía era posible respirar en paz y soñar con un futuro donde cundiera el respeto y no la barbarie insolente que hoy vivimos.
Soy de los que, sin poder explicarlo bien a bien, sobre todo desde el punto de vista económico, veo un México metido en el laberinto de su propia orfandad. Siento al país cayendo hacia el abismo, sin hijos que quieran hacer valer algún verso de su himno, hundido en el lodazal de la corrupción, de la indiferencia y el cinismo. Me pregunto, por ejemplo, qué hacer con el problema de la corrupción. ¿Se puede hacer algo para acabar con ella? ¿Por qué da la impresión de que es ubicua? ¿Por qué parece el lubricante de todas las bisagras que mueven al país? ¿Por qué detrás de todos los políticos y los funcionarios parece haber, al menos, un aura de corruptos? Cualquier semana nos da tela para cortar sobre este tema: las noticias y, en estos días, la propaganda electoral son los picos de una realidad que debajo parece agusanada, irremediablemente podrida, como les comenté ayer, en ameno pero triste coloquio, a mis cuates Jorge Zarzosa, Pepe Valdés y Chuy Burciaga. Aproveché la charla de sobremesa para refritear mi teoría de los alfileres; es una teoría que sólo tiene de teoría el hecho de que yo la llame así, pero qué importa: consiste en afirmar que el ideal de progreso, desarrollo, bienestar social, paz, estado de derecho, institucionalidad, empleo, justicia y demás son, a estas alturas, entelequias. Los políticos suelen discursear todavía con esas y otras palabras del mismo o parecido campo semántico, pero la verdad, si le echamos un poco, un poquito de realismo/pesimismo advertiremos que, en la podredumbre actual, en medio del desastre al que nos han llevado criminales tecnocráticos y empoderadas burras que no saben ni leer “epidemiológico”, la única esperanza que nos queda es prender con alfileres los jirones de país y seguir adelante, haciendo como que estamos bien, sobreviviendo hasta que por fin acabemos con lo poco que todavía queda.
Si alguna vez alcanzamos progreso, desarrollo, bienestar social, paz, estado de derecho, institucionalidad, empleo, justicia, es decir, si alguna vez llegamos a ser Finlandia o Suecia, será porque ocurra el milagro de la participación social en estado de pureza. Como los milagros no existen, como la inercia de la corrupción y el desaliento todo lo permea, que sea con alfileres como se sostenga la patria a la que por supuesto el cielo un soldado en cada hijo no dio. En fin, en fin.
Por todo, el texto que en fotocopia me mandó doña Estela Perezgasga es, más que un texto en prosa poética, una especie de imagen que sirve para medirnos por contraste. Su título es “La Patria”, lo escribió José López Bermúdez en 1948, según dice la nota escrita a mano por doña Estela. Lo transcribo y lo comparto, pues muestra un tono y una aspiración que acaso nos parecerán obsoletos exactamente porque ya nadie cree en la patria y sólo ve por su interés individual y quizá familiar, por el sálvese quien pueda. Va:
“La patria se pierde en la guerra y se pierde también en la paz. No ha menester perderse en los campos heroicos, cuando se pierde en el corazón. Ahí se prostituye y prostituir a la patria es perderla.
La patria no es sólo el concepto de la tierra ocupada, el mapa geográfico, el plano azul de los mares, el amor a lo nacional, el himno luminoso y marcial.
La patria es la suma de los recursos naturales y los elementos tradicionales. Es el derecho a la cultura, la libre concurrencia a la vida pública, el derecho a la libre vecindad, el derecho al buen gobierno, el derecho al pan justamente ganado, la libertad de la risa y el amor bajo la luna popular.
El pan en la esclavitud, la prisión en la calle, el sueño a la sombra de las bayonetas y el canto impuesto en la boca nos niegan la patria y nos hacen caer en la más terrible orfandad social.
Se comienza a tener patria cuando se tiene un rincón donde cantar y pensar. Una moral sencilla. Una ley que acatar. Un pan fresco y luchado. Un lecho sin remordimiento. Un hijo en quien perpetuarse. Un libro grato al corazón. Un balcón abierto como un surco al grano dorado por el sol.
Esa es mi patria. Elegid la vuestra”.
López Bermúdez dibuja un país que no será, desdichadamente, el que heredaremos a quienes lo habiten más delante. Pensar en una noción de país, creo, es un acto político, el mitin más importante que podemos celebrar en la conciencia. No lo hemos hecho, ni eso ni mucho más; el resultado de tal sistemática omisión salta a la vista.

sábado, mayo 23, 2009

Cumpleaños 45, hoy



Hoy llego a 45 en la friolera y voy tamando ya la bajadita de la vida. Optimista, pese a todo.

Borges en el futbol



Publicado por Lectorum en 2008, El humor de Borges, libro de Roberto Alifano, recoge a flashazos una amplia tanda de ocurrencias amonedada por el escritor más importante de América Latina. Es un título que merece reseña aparte, pues si algo caracterizó a Borges fue una capacidad demoledora para hacer bromas con la materia prima de la inteligencia, lo que se ve más que claro en todo en este libro. Prometo, pues, un comentario amplio; por ahora, en tiempos de liguilla, me detengo sólo en el apartadito “De gambetas y en orsai” (eso de orsai es, creo, la pronunciación rioplatense de off side).
Allí, Alifano el compilador recuerda que alguna vez le hizo esta pregunta al protagonista de su libro: “¿Fue alguna vez a ver un partido de fútbol, Borges?”. La respuesta es la siguiente: “Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay contra Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo, alguien nos dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle, yo le dije a Amorim: ‘Bueno, yo le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay —Amorim era uruguayo— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted’. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol”.
Esa anécdota se anuda al comentario nacido de la pregunta “¿Así que nunca le atrajo el fútbol?”. Quizá haya sido Borges el anómalo argentino que más ha odiado ese deporte, como se puede notar en la siguiente respuesta: “No, nunca. Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final: yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son creo que once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esa estupidez, apasiona a la gente. A mí me parece ridículo”. Alifano apostilla: “Sin embargo, es el deporte más popular”, pero Borges no se inmuta y sigue con su denostación: “Y, sí, porque la estupidez es una cosa popular. Y eso lleva a la gente al insulto, a la calumnia, a la humillación. Porque siempre los que ganan se burlan de los que pierden”.
Más adelante, la entrevista trata sobre el origen del futbol; comenta Alifano: “Ahora, qué curioso que sea un deporte inventado por los ingleses”. Y Borges: “Es muy raro, sí. Y también es muy raro que siendo Inglaterra un país tan odiado —tan injustamente odiado— nadie le haya echado en cara el haberle metido al mundo ese juego tan estúpido. Yo creo que el haber impuesto el fútbol en el mundo es el peor crimen, el mayor crimen cometido por Inglaterra”.
Las opiniones de Borges sobre el arte pambolero no fueron, en suma, nada favorables. Extrañamente, siento una simpatía oscilante por sus pareceres. Estoy de acuerdo, sí, en mucho, pero hay algo en la estupidez del soccer que luego de ejercerla en la niñez uno se ata a ella de por vida. Me pasa siempre: voy, es un ejemplo, por la banqueta y disparo penales y tiros libres en el área de mi imaginación. Tal vez a Borges le faltó pisar alguna cancha, patear un balón. Pero es cierto, lo acepto: es un juego retacado de simplonerías.

jueves, mayo 21, 2009

Benedetti sigue siendo



Tres días con sus noches duró el luto periodístico por la muerte de Mario Benedetti. Así mueren ahora los artistas famosos, con todos los reflectores encima, incluidos los internéticos, y con una extraña unanimidad que deja fuera los matices. No recuerdo otro caso similar, que un escritor latinoamericano haya convocado tantos titulares y un aplauso tan cerrado. Muchos, aunque seguramente no la mayoría, lamentaron esa muerte con sinceridad y luego de un contacto cierto con la obra del uruguayo. Los más, como ocurre con frecuencia cuando de inercias mediáticas se trata, se sumaron a la congoja porque suena de caché adscribirse a la secta beneditteana, decirse sus lectores de toda la vida y hasta sus deudores literarios. Sea cual sea el caso, el hecho real es que fue querido hasta por quienes de haberlo conocido bien quizá no lo defenderían, pues Benedetti es (conste que hablo en presente, pues su obra todavía goza de excelente salud) uno de los intelectuales latinoamericanos más incómodos para los poderes que habitualmente han dominado los países llamados con desdén “repúblicas bananeras”. El lado más flaco y cursi de su producción, la poesía con tema amoroso, ha servido para velar su flanco subversivo, aquel que fue dinamo de innumerables críticas en su contra y en algunos momentos se tornó hasta peligroso, tan peligroso que forzó sus exilios y sus trashumancias.
En poesía no fue Neruda, en cuento no fue Cortázar, en novela no fue Vargas Llosa, en teatro no fue Elena Garro, en ensayo no fue Ángel Rama, cierto. Fue, sin embargo, uno de los casos más visibles de, como se dice hoy, versatilidad. Trabajó con varias arcillas y las vació en distintos moldes. No era su obra, en ningún género, espectacular, pero lograba tocar fibras muy peculiares del alma humana. Supo entender cuáles eran los problemas más comunes del ciudadano de hoy y convertirlos en objetos literarios de relativamente fácil digestión, y eso lo llevó a formar parte del imaginario colectivo latinoamericano.
Recuerdo en particular que en mi juventud lo leí con sumo entusiasmo. Sentí desde el principio que era un escritor ideal para las clases de literatura, así que durante muchos años fue lectura obligada en los muchísimos grupos que tuve durante mis más de quince años como trotador del aulas, eso hasta que en 2005 me retiré, harto, de la docencia. Ahora lo leo y no me trasmite la misma emoción de antes, pero de ninguna forma desdeño el innegable valor de sus creaturas. Aprecio mucho su prosa, y de su poesía me gusta la que toca, a veces con agrio humor, los temas de la vejez y el paso del tiempo, los que reflexionan sobre la amistad, la soledad, el optimismo. Los poemas amorosos suelo dejarlos un poco al margen, aunque no discuto que le gusten a quien le gusten.
Ahora que ha muerto, las necrológicas periodísticas han enunciado por encimita que Benedetti nunca le dio la espalda a su posición de escritor (digámoslo como se decía en los sartreanos sesenta) comprometido. En efecto, fue un escritor que supo conciliar el arte con la crítica, y en más de una ocasión hizo explícita su posición en un ambiente en el que la ambigüedad o la indiferencia comenzaron a ser la moda. Por eso, en Perplejidades de fin de siglo, obra de 1993, aseguró esto, casi como si fuera una profesión de fe: “Un viejo tango nombraba ‘la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser’. Hoy esos versos podrían ser un retrato de cierta izquierda vulnerable, desguarnecida, esa que encoge a la primera lluvia. En conclusión: no hay que tener vergüenza de haber sido, y, para no sentir el dolor de ya no ser, lo mejor es seguir siendo. De izquierda, claro”. Y Benedetti siguió siendo, hasta su muerte y más allá.

miércoles, mayo 20, 2009

Dinosaurio cincuentón



“Este libro se acabó de imprimir el día 20 de mayo de 1959 en los talleres de Imprenta Nuevo Mundo (…) La edición estuvo al cuidado de Joaquín Díez-Canedo y del autor”, dice el colofón de la primera edición de Obras completas (y otros cuentos). Eso significa entonces que “El dinosaurio”, microrrelato contenido en aquel libro (p. 69), cumple hoy sus primeros cincuenta añitos de vida. Para ser una línea de apenas siete palabras se le ve todavía robusta, feliz en su trono de relato más corto de la historia. Luego otros han querido superar su rapidez y acaso lo han logrado, pero el mérito de haber llegado primero a la síntesis extrema le cabrá siempre a Augusto Monterroso. Lo demás es sombra.
A esa obra y a ese autor les dediqué un librito titulado Monterrosaurio (2008). Lo hice porque desde hace algunos años cambié mi percepción acerca del tamaño literario. Por mucho tiempo intuí que la brevedad y el fragmentarismo tenían un encanto peculiar, pero no me animaba a aceptarlo por la gravitación que en mí ejercía el mito de la novela decimonónica, del ladrillote hecho libro. Con la edad afiné mi noción de que toda obra es válida en función de su eficacia, no necesariamente de su tamaño. Así, Monterroso el brevísimo y su desdén por lo mega me sedujeron, aunque en mi caso sin desdén por lo mega, más bien con aprecio por todo aquello que ofrezca algo digno de recuerdo, use o no use muchas palabras en el trance de comunicar.
Tampoco me lo tomo muy en serio, debo decir. El escepticismo formal del microrrelato es una manifestación de un escepticismo más amplio, de una duda sembrada en todo lo que atraviesa los sentidos. El microrrelato es, a mi ver, una púa, un instante de luz. Tengo la corazonada de que su aroma siempre es humorístico y quizá por eso los microrrelatos adustos no me agradan. Una paradoja, un juego de palabras, una ironía son ingredientes básicos del molde. Allí lo importante no es lo dicho, sino lo no dicho, de ahí que el microrrelato suela ser alusivo e inquietante, como “El dinosaurio” que luego pasaría a convertirse en hito y luego en escuela.
Mi libro sobre ese tema tiene adrede un prólogo largo, para jugar desde allí con la paradoja: un prólogo de veinte páginas que desmenuza una línea de texto. Insisto que no lo tomo muy en serio, por eso hay bromas metidas en el embustero estilo académico que le calcé. Hago citas que hasta parecen de investigador, como ésta del propio Monterroso:
—¿Cómo nació la idea de este cuento?
—No lo tengo tan presente como mi primer recuerdo erótico. Sin embargo, no creo que haya nacido en un momento dado, sino quizá en un momento de bromas con los amigos, de chistes ocurrentes que uno dice de pronto, y se conjugó esa frase. Me pareció ser un buen texto breve, lo escribí y lo más importante es que lo publiqué en forma de cuento. La valentía no estaba en escribirlo en ese tiempo (hace más de treinta años) sino publicarlo como tal. Lo metí en el primer libro de cuentos y está en medio de los dos más largos que he escrito [‘Diógenes también’ y ‘Leopoldo (sus trabajos)’], tienen 20 ó 30 páginas, éste tenía una sola línea y eso llamó la atención. Ahora se ha convertido en una pregunta un tanto obligada. No creo que tenga mayor valor”. Así, en registro falsamente docto acometí la introducción hasta llegar al meollo de mi libro, una sarta de “monterrosaurias”, piezas que son versiones chuscas inspiradas en el original. Creo que son 85, como ésta: “El lupanar: Cuando ingresó, su hermana todavía estaba allí” (por si alguien desea perder su tiempo en él, ese libro está a la venta en la librería del Teatro Martínez y en la librería Punto y Aparte).
Para acabar pronto, “El dinosaurio” cumple cincuenta y creo que no habrá meteorito yucateco capaz de aniquilarlo. Su vida estará asegurada mientras haya en el mundo exploradores que gusten cazar hormigas con el arpón de un alfiler.