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miércoles, agosto 24, 2016

La risa del maestro
























La edición tira a feyita y el ejemplar que el azar con celofán me deparó está descabalado —le faltan algunas diez páginas—, pero no importa, es un gran libro. Me refiero a El humor de Borges (Lectorum, 2008, 207 pp.), de Roberto Alifano, amigo y colaborador de Borges. Sé que hay una edición más reciente y, supongo, mejor, más aseada, así que es de relativamente fácil consecución. Hago énfasis en la idea de conseguirlo sobre todo a los borgólatras, aunque no está de más para los no iniciados en este autor que, como el mismo Borges señalaba de Quevedo, es menos un escritor que una literatura, una amplia y profunda y divertida literatura.
Lo leí en 2009, cuando lo compré, y desde entonces no dejo de sentir gozo ante el pingüe racimo de anécdotas compiladas por Alifano para demostrarnos lo que observa en su presentación: “Borges fue generando así una obra verbal paralela a su obra escrita que compite con ésta y la enriquece. A fuerza de tanto reportaje y tanta inquisición terminó siendo un conversador fascinante. Por más que se lo saque de contexto [las cursivas son de Alifano], Borges siempre es genial, siempre es prodigioso. Un escucha sagaz puede notar que, a la vez que contesta toda respuesta muy solemnemente, por lo común toma el pelo muy solemnemente a su interlocutor”.
Es pues una colección de comentarios del mejor escritor y repentista latinoamericano, de manera que uno puede leerla de corrido o a saltos, dejándose llevar por el encabezamiento más sugerente. Nunca en estos años di una opinión general sobre el libro, pero lo mencioné y cité directamente en un artículo titulado “Borges en el futbol”; ahora, en el cumpleaños 117 de Borges, no sobra recomendar El humor de Borges como una de las muchas puertas de entrada, la más risueña, a la lujosa mansión de su obra escrita. La compilación de Alifano me lleva a creer que se trata de un libro importante pese a su ligereza, pues subraya de forma sencilla, nada abstrusa, el talento del inmenso escritor argentino: si así hablaba, si así respondía a cualquier espontánea incitación, ya podemos imaginar cómo se desempeñaba a la hora de escribir.
Es, en suma, un libro que no complica su justificación. Con unas cuantas instantáneas arrancadas de sus páginas basta, creo, para persuadirnos: hay que buscarlo, leerlo y sonreír con sus numerosas pinceladas.
Va un puñado:

La peligrosidad de ser Borges
Borges es acosado por unas señoras en el momento mismo en el que cruzamos la calle.
—¿Usted es Borges, verdad? —pregunta una de ellas.
—Sí —responde el escritor—. Pero si seguimos aquí corro el riesgo de dejar de serlo en cualquier momento.

Posición ética
Hacia mil novecientos cuarenta y tantos Borges integraba la comisión directiva de la Sociedad de Escritores. En una reunión, el poeta Vicente Barbieri clama ante sus compañeros:
—Señores, debemos hacer algo por los jóvenes que se inician en el camino de las letras.
Borges levanta la cabeza y con dos palabras aconseja el procedimiento a seguir:
—Sí, disuadirlos.

Trueque
Aunque es bien sabido que nunca se le concedió el Premio Nobel de Literatura, muchas veces Borges fue propuesto para ese premio. Las propuestas venían de diversas instituciones del mundo. Un señor le informa en la calle que se ha enterado de una de ellas.
—Borges, más de veinte críticos italianos lo proponen a usted como candidato al Nobel para este año.
Y Borges responde con sonrisa maliciosa:
—Bueno, le cambio a esos veinte italianos por un sueco.

Asesino sí, pero ladrón, no
Contaba Borges que un compadrito le contó que había estado preso un par de veces; pero agregó: “Siempre por homicidio, señor, siempre por homicidio”.

Seguridad borgiana
En la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines, le presento a Borges al periodista Enrique Bugatti.
—¿Cómo me dijo que se llamaba usted, señor? —le pregunta Borges.
—Bugatti, como los automóviles —le responde el periodista.
—Ah, encantado, yo soy Borges, como las cajas fuertes.

Plagio
Una tarde, mientras completábamos un artículo que Borges me dictaba para la agencia EFE, cierta urgencia (no literaria), hizo que me disculpara por un minuto. Cuando regresé, Borges me esperaba de pie afirmado en su bastón: “Bueno, el hábito del plagio —me dijo sonriendo—. En este caso será un plagio diurético. Ahora discúlpeme usted por un minuto”. Y se dirigió al baño.

En el trono
En el avión que nos lleva a la ciudad de Santa Fe, donde mantendremos un diálogo público sobre El Quijote, Borges me pregunta si conocí al poeta Pedro Miguel Obligado.
—Lo conocí muy poco, casi no lo traté —le respondo—. Era un excelente poeta.
—Pero sí, tiene poemas magníficos —asiente—. Yo recuerdo de memoria un poema de él  que empieza con estos versos: Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las ojas… Unos versos realmente espléndidos.
—Coincido con usted, tiene poemas bellísimos; un gran lírico.
—Sí, pero era un hombre raro, poco tratable —comenta Borges—. Le voy a revelar uno de sus hábitos, un hábito un poco escatológico. Resulta que todos los días, a las cinco de la tarde, entraba a la librería Atlántida, de la calle Florida, pedía la llave del baño, tomaba un voluminoso tomo de arte, y se encerraba por un largo tiempo. Cuando algún empleado quería entrar al baño, lo encontraba ocupado, y si golpeaba la puerta, se oía de adentro: Un momento, tenga paciencia, soy Pedro Miguel Obligado”. ¿No le parece raro eso a usted?
Al día siguiente, por la mañana llamo a la habitación  de Borges para bajar a desayunar y no responde. Preocupado le pido a una empleada del hotel que me abra la puerta. Compruebo entonces que Borges está en el baño. Golpeo y desde adentro se oye su voz, intencionalmente grave: “Un momento, tenga paciencia, soy Pedro Miguel Obligado”. Cuando sale, completa la broma diciendo: “Bueno, Alifano, como puede imaginarse estaba ocupando el sitio de Pedro Miguel Obligado”.

Sensatez trasandina
—Borges, esto sin duda habrá de alegrarlo —dice asombrada una joven chilena—. En mi país a usted se lo estudia, se lo lee y se lo reconoce más que en el suyo.
—Bueno, eso puede ser una prueba de que aquí seguramente son más sensatos que en Chile  —responde Borges.

Último comentario: el libro cierra con un texto sobre el sobreseimiento a Alifano luego de que María Kodama lo acusó de “delitos contra la propiedad intelectual” por El humor de Borges. La justicia argentina juzgó que Alifano no incurrió en ningún delito pues “aportó su creatividad individual transcribiendo fragmentos de conversaciones entre ambos, y que en ellas fue co-protagonista y determinador de muchas respuestas a sus preguntas”.

sábado, mayo 23, 2009

Borges en el futbol



Publicado por Lectorum en 2008, El humor de Borges, libro de Roberto Alifano, recoge a flashazos una amplia tanda de ocurrencias amonedada por el escritor más importante de América Latina. Es un título que merece reseña aparte, pues si algo caracterizó a Borges fue una capacidad demoledora para hacer bromas con la materia prima de la inteligencia, lo que se ve más que claro en todo en este libro. Prometo, pues, un comentario amplio; por ahora, en tiempos de liguilla, me detengo sólo en el apartadito “De gambetas y en orsai” (eso de orsai es, creo, la pronunciación rioplatense de off side).
Allí, Alifano el compilador recuerda que alguna vez le hizo esta pregunta al protagonista de su libro: “¿Fue alguna vez a ver un partido de fútbol, Borges?”. La respuesta es la siguiente: “Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay contra Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo, alguien nos dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle, yo le dije a Amorim: ‘Bueno, yo le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay —Amorim era uruguayo— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted’. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol”.
Esa anécdota se anuda al comentario nacido de la pregunta “¿Así que nunca le atrajo el fútbol?”. Quizá haya sido Borges el anómalo argentino que más ha odiado ese deporte, como se puede notar en la siguiente respuesta: “No, nunca. Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final: yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son creo que once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esa estupidez, apasiona a la gente. A mí me parece ridículo”. Alifano apostilla: “Sin embargo, es el deporte más popular”, pero Borges no se inmuta y sigue con su denostación: “Y, sí, porque la estupidez es una cosa popular. Y eso lleva a la gente al insulto, a la calumnia, a la humillación. Porque siempre los que ganan se burlan de los que pierden”.
Más adelante, la entrevista trata sobre el origen del futbol; comenta Alifano: “Ahora, qué curioso que sea un deporte inventado por los ingleses”. Y Borges: “Es muy raro, sí. Y también es muy raro que siendo Inglaterra un país tan odiado —tan injustamente odiado— nadie le haya echado en cara el haberle metido al mundo ese juego tan estúpido. Yo creo que el haber impuesto el fútbol en el mundo es el peor crimen, el mayor crimen cometido por Inglaterra”.
Las opiniones de Borges sobre el arte pambolero no fueron, en suma, nada favorables. Extrañamente, siento una simpatía oscilante por sus pareceres. Estoy de acuerdo, sí, en mucho, pero hay algo en la estupidez del soccer que luego de ejercerla en la niñez uno se ata a ella de por vida. Me pasa siempre: voy, es un ejemplo, por la banqueta y disparo penales y tiros libres en el área de mi imaginación. Tal vez a Borges le faltó pisar alguna cancha, patear un balón. Pero es cierto, lo acepto: es un juego retacado de simplonerías.