miércoles, enero 22, 2020

El fílder que está solo y espera


















El título de este apunte parafrasea el de una obra muy famosa en la Argentina; nomás le hago, pues, un leve cambio, el del sustantivo, al título del libro El hombre que está solo y espera, del maestro Raúl Scalabrini Ortiz. Ese libro es un clásico de la literatura argentina, y a mi apresurado juicio es algo así como El laberinto de la soledad de los porteños. No sé si exagero, pero es un título bellísimo pese a su sencillez: El hombre que está solo y espera. ¿Por qué me gusta, por qué me emociona ese puñadito de palabras? Veo tanto allí, imagino tanto allí. Para empezar, el peso de la vida en el lomo del ser humano. Todos somos un poco, o un mucho, eso: hombres que estamos solos y esperamos. Y tenemos tan escasa información sobre todo esto: no sabemos bien a bien por qué o para qué somos, por qué o para qué estamos solos y qué demonios estamos esperando. El hombre, la soledad y la esperanza: carajo, esa parece ser la vida, y sólo un observador, un gran observador como Scalabrini Ortiz, puede condensar tanto en tan pocas y tan sencillas palabras.
Aunque los mexicanos en general no tenemos la visión desolada e introspectiva de los porteños, su flanco, digamos, existencial, hay un cuadro que, creo, puede asimilarse al título de Scalabrini Ortiz, al sentido profundo de su mirada sobre el habitante de Buenos Aires. El cuadro es “El fílder del destino”, del pintor y dibujante Abel Quezada (Monterrey, 1920-Cuernavaca, 1991). No digo nada si digo que el maestro Quezada fue lo que ya sabemos: uno de los más importantes cartonistas que ha tenido jamás nuestro país. Por el estilo de su trazo y de su humor, ambos inconfundibles, Quezada pasó a convertirse, como Gabriel Vargas, como Chava Flores, como José Alfredo, como el Piporro, como Cri-Cri y algunos cuantos más, en traductor y caja resonante de nuestra idiosincrasia. Su fuerte estuvo en el periodismo, pero dejó una obra más que digna en el terreno de la pintura. De una web tomo estas palabras que, me parece, dan idea de la idea que él mismo tenía sobre su trabajo con el pincel y el lienzo:

El título de este libro [Los tiempos perdidos] se debe a que yo sólo pinto en “tiempos perdidos”, los fines de semana. Soy pintor aficionado, “sunday painter” como se dice en inglés.
Pinto solamente como una forma de descansar cambiando de actividad. No tengo ninguna pretensión académica ni económica. Nunca he expuesto mis cuadros (…)
La mayoría son producto de mi imaginación, pero otros son resultado de apuntes que hice durante viajes, en bares y restaurantes, en aviones, vestíbulos de hoteles, en cafés, en
cualquier parte donde tuviera a mano un papel y un lápiz.
Me gustaría tener el tiempo para poder pintar todo lo que he dibujado. Me hubiera gustado aprender a pintar desde mucho antes, desde muy joven, y tener un recuerdo de tantas cosas que vi. 
Es curioso, pero habiendo yo sido un dibujante profesional toda mi vida, he sido también, desde que empecé a pintar, un pintor vergonzante. Hasta hace poco tiempo solamente mi familia había visto mis cuadros y unos cuantos de mis amigos sabían de mi afición dominical. Contados de ellos me han visto pintar. Yo no lo decía nadie, porque pintar es muy distinto a dibujar, aunque parezca lo contrario.
Mi dibujo profesional fue siempre la caricatura, el trazo con burla. En la caricatura se adquiere un estilo, una forma de hacer las líneas. Cuando un caricaturista intenta pintar es muy difícil quitarse los vicios que ha adquirido dibujando. Para mí esto ha sido imposible. En muchos de mis cuadros se ve una tendencia a hacer cabezas desproporcionadamente grandes en comparación a sus cuerpos, cosa que en la caricatura resulta bien. Se nota una incapacidad para la perspectiva, pues la falta de ésta no perjudica, sino favorece la caricatura.

Poco se puede agregar a la severidad autocrítica de esta opinión. Sólo diré que, pese al dictamen que Abel Quezada hizo sobre la pintura de Abel Quezada, me atrevería a contradecirlo si estuviera vivo. Su pintura me gusta tanto como sus dibujos precisamente porque las telas conservan, con el agregado del color, la frescura de su inconfundible espontaneísmo infantil. De hecho, gracias al color hay una vida que los dibujos del periódico no tienen, y eso, como me ocurre con coloristas aniñados como el genial Miró, me alegra la pupila.
De los cuadros de Quezada hay uno que no sólo es mi favorito entre los que le conozco, sino entre todos los que figuran en la hipotética galería de mi alma: “El fílder del destino”. Me gusta por supuesto su título, el uso del sustantivo “fílder” que puede parecer intruso a la poesía insinuada en el complemento “del destino”. Fílder, una palabra del argot beisbolero y ya castellanizada de fielder a fílder, tan aparentemente humilde, desacraliza desde allí el asunto, baja lo trascendente, de manera literal, al terreno de juego, o sube lo popular al cielo de lo espiritual. Es, lo sentí así desde que conocí ese hermoso título, un gran gran nombre para una obra de arte.
Aparte de su nombre, hay varios detalles que atrapan mi atención como si fueran  un guante de beisbol. Su composición clásica, para empezar: dos masas de color, una azul y otra verde, dominan el cuadro. El césped atraviesa toda la línea áurea inferior y forma el horizonte: a partir de allí, inmenso, se abre un cielo amenazante, cerrado por nubarrones. Exactamente en la zona áurea inferior izquierda, un minúsculo ser habita el todo: es nuestro fílder, nuestro humilde fílder. La ausencia de otros elementos refleja la soledad absoluta del pelotero, y su mirada al cielo y su guantecito abajo, no en posición de cachar, reflejan una tremenda desesperanza, algo así como la poca fe que ya tiene en su destino. Por eso mismo digo que es el fílder que está solo y espera con la mirada lo que de alguna manera sabe que ya no llegará a su guante.
Es, por todo y pese a la palabra fílder en el título y el estilo caricatural del dibujo, un cuadro conmovedor, la prueba, para mí, de que cualquier motivo puede gotear arte si sabemos, como Abel Quezada y su pelotero, hallar el modo preciso de batear la esférica.

Comarca Lagunera, 19, octubre y 2012

Posdata. De última hora se me ocurrió subir una imagen que grafica con toda sencillez el asunto de las líneas áureas. Hagan de cuenta que es el esqueleto composicional de “El fílder del destino”.


sábado, enero 18, 2020

Llegar a Cinco Esquinas
























Mi vocación es llegar tarde a casi todo, y por eso así aterricé, cuatro años después de su aparición, en Cinco Esquinas, novela de Mario Vargas Llosa. Cuando salió no fue un macanazo editorial ni nada parecido, sino un título más entre los demasiados que el peruano ha venido apurando en su ya octogenaria vida. Da la impresión de que en el crepúsculo de su existencia el autor de La casa verde no declina en el deseo de hacerse visible con novedades en los anaqueles, casi como si quisiera demostrar que su vista y su imaginación, pese a los años, gozan de cabal salud.
Recuerdo que cuando Cinco Esquinas recién había sido impreso, en Gonvill de Torreón me regalaron una especie de folletito con el primer capítulo. Lo leí y no puedo mentir: me gustó. La larga descripción de las dos señoras jóvenes y burguesas en franco encontronazo lésbico con el telón de fondo de la violencia senderista/fujimorista/montesinista me dejó intrigado. Sentí que en cualquier otro momento debía leer lo que seguía, y ese momento llegó la semana pasada.
Es poco original decir que Cinco Esquinas no es uno de los libros señeros de Vargas Llosa. Si uno ya pasó por Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo, libros como el que aquí comento parecen una pequeñez. Sin embargo, como lo he dicho muchas veces, una novela regular del peruano podría pasar como notable novela para casi cualquier otro narrador. Pero ya sabemos que la crítica es así: a Vargas Llosa no se le perdonan los libros que no son La guerra del fin del mundo, y poco se toma en cuenta que, obvio, lo mejor de su producción ha quedado atrás y que de él sólo podemos esperar libros menores comparados con los que ya acuñó.
Cinco Esquinas exhibe, sin embargo, la envolvente agilidad narrativa y los recursos en el manejo de los diálogos que conocemos en su autor. Por ese lado nada se le puede reclamar. Es difícil, pues, que no caigamos embrujados por la pintura de sus personajes y por el agudo tratamiento de la atmósfera: la violencia política peruana y el manejo sinuoso de la prensa. Subyuga la hechura de Rolando Garro, el periodista intrigante, y más todavía la de su subordinada y discípula, La Retaquita. El final es algo débil y uno percibe cierta simpatía del autor por Enrique Cárdenas y otros personajes burgueses que sólo son “malos” en función de sus travesuras sexuales.
En la galaxia narrativa de Mario Vargas Llosa, Cinco Esquinas no es la estrella más brillante, pero no son pocas las virtudes literarias que muestra de uno de los más importantes novelistas latinoamericanos.

miércoles, enero 15, 2020

Recuerdo de Carlos Girón














Cuando uno recuerda con claridad lo que ocurrió hace cuarenta años quiere decir que la vida ya viene más o menos de bajadita. Hace unos días murió Carlos Girón, el clavadista, y fue suficiente leer su nombre para que de inmediato se agolparan en mi mente ciertas imágenes de 1980. Seguramente vi su competencia más famosa en un televisor Admiral “a color” instalado en la sala de la nueva casa, pues hacia mediados del 77 mi familia se había mudado de Gómez Palacio a Torreón. Usé comillas porque aquel aparato, aunque parecía lujoso por su caja de madera brillante e imitación caoba, desde el punto de vista cromático siempre funcionó de manera desigual: pasaba caprichosamente del color al blanco y negro, así que debíamos darle golpes para que recuperara el rejego full color.
Las Olimpiadas de Moscú se celebraron en las postrimerías de la Guerra Fría, y los gringos las boicotearon con su inasistencia. La influencia de los Estados Unidos provocó que otros 65 países hicieran lo mismo. México no se plegó a la decisión norteamericana y asistió con sus atletas. Entre ellos estaba Carlos Girón, esperanza de medalla para México, país siempre destacado por contar con clavadistas de élite.
El día de la competencia en trampolín de tres metros todo el país estaba atento a la posible hazaña. En aquellos tiempos había pocos canales de televisión, así que durante los grandes acontecimientos no era raro que, en efecto, fuera unánime el seguimiento de los televidentes. En todo el país vimos pues que Carlos Girón alcanzó un desempeño extraordinario y llegó a tener casi asegurada la de medalla de oro. Fue entonces cuando su contrincante más cercano, un ruso de nombre Aleksandr Portnov —como amablemente nos informa Wikipedia—, debía hacer un clavado de elevada calidad para alcanzar a Girón. Muy al contrario, Portnov tiró un clavado atroz, lo que le valió una calificación muy baja. Esto garantizaba la presea dorada para el mexicano, pero algo raro y muy localista sucedió.
Los jueces anularon el clavado y permitieron que el soviético se lanzara otra vez. Alegaron que en su anterior ejecución había sido desconcentrado por un grito, hecho que parecía nimio pero sirvió para que Portnov pegara un mejor brinco, consiguiera una calificación alta e injustamente se agenciara la de oro.
Pese a todo, Carlos Girón fue considerado y recibido como héroe. Han pasado cuatro décadas, pero para muchos sigue siendo el mejor clavadista mexicano de la historia. Descanse en paz.

sábado, enero 11, 2020

Segundo drama




















Hace casi exactamente tres años (el 18 de enero de 2017) se dio el primer caso de esta índole en nuestro país, y Acequias, revista bajo mi cargo en la Ibero Torreón, recogió sobre este drama cuatro opiniones antes expuestas en una mesa redonda. El editorial de aquel número 72 planteó de esta forma su propósito:
“Aquella inolvidable mañana el acontecimiento nos estremeció: en Monterrey, Nuevo León, un joven disparó a su maestra y a varios de sus compañeros en el salón de clases, y luego se suicidó. Inmediatamente después de pasada la primera conmoción, vinieron el morbo, el deseo de obtener más datos sobre el suceso y las especulaciones de sobremesa. En México, sobre todo en los ambientes estudiantiles, no dábamos crédito al hecho que —como casi todo lo que ahora se viraliza en internet— quedó registrado en un video. ¿Qué sucedió, por qué un adolescente pudo atentar así contra la vida de sus cercanos en un aula de secundaria?
Pasados pocos días, el terrible acto pasó al olvido. Otros mil acontecimientos lo opacaron y lo convirtieron en anécdota, en ‘algo’ que ocurrió en una escuela regiomontana. En la Ibero Torreón, sin embargo, fue pensada una mesa redonda para dialogar no tanto sobre lo que pasó aquella mañana aciaga, sino en sus posibles resortes, en las implicaciones de las conductas de alto riesgo en las escuelas y en lo que estamos haciendo mal como sociedad para encarar tales situaciones y, fundamentalmente, para prevenirlas. Los maestros e investigadores Sergio Garza, Francisco Rodríguez, Laura Orellana y Javier Ramírez escribieron un resumen de sus exposiciones y aquí, en esta edición de Acequias, los ofrecemos al lector como punto de partida para nuevas reflexiones”.
Pasma la simetría que tiene la tragedia de Monterrey con lo sucedido ayer en Torreón. Otra vez nos pasará el asombro, el dolor, y otras miles de noticias sepultarán la urgencia de pensar y repensar el destino de los niños expuestos hoy al olvido y a miles y miles de situaciones que, por su edad, muchos no pueden procesar. Si a la podredumbre informativa a la que pueden acceder con total descuido se suma el deterioro de los lazos comunitarios (entre ellos el familiar), pocas esperanzas tenemos de no volver a recibir noticias de tan lamentable naturaleza. ¿Cuánto tiempo durarán los golpes de pecho y las acusaciones abstractas? ¿Cuánto durará nuestra “plomiza consternación”? Ojalá pudiéramos hacer algo.

miércoles, enero 08, 2020

Minucias del padre Garibay
























A propósito de un texto publicado hace pocos días recibí esta pregunta: ¿qué libros pueden servir para hacernos una idea sobre la polis que encontraron los españoles y ahora llamamos Ciudad de México? No dudé en responder que la bibliografía sobre el tema es apabullante, pero puede resumirse en estos tres títulos fundamentales: las Cartas de relación, la Historia verdadera sobre la conquista de la Nueva España y la Historia general de las cosas de la Nueva España de, respectivamente, Hernán Cortés, Bernal Díaz y fray Bernardino de Sahagún, todos asequibles en ediciones populares como las de Porrúa en su colección Sepan cuantos…
Al tercero de los libros mencionados le tengo especial afecto porque se trata de un pormenorizado recuento de lo que había en México antes y durante la conquista. Sahagún dice “las cosas” para significar “todo”, lo material y lo inmaterial, lo concreto y lo simbólico, es decir, que su libro abarca todo aquello que pudo acopiar sobre la cultura azteca. La edición de este libro fue preparada para Porrúa por Ángel María Garibay Kintana (Toluca, 1892-Ciudad de México, 1967), uno de los más importantes sabios del siglo XX mexicano.
Gracias pues a la edición de la Historia… sahaguneana tuve noticia sobre el padre Garibay, de quien Porrúa también tiene a la mano otros libros que nos muestran el saber del mexiquense, quien, mientras atendía su misión religiosa, supo arar en un vasto territorio de intereses intelectuales. Uno de ellos fue el lingüístico, en el que destacó por su hondo conocimiento de varias lenguas como el griego, el hebreo y el náhuatl, por mencionar sólo tres. Otra de las lenguas que lo apasionó fue, claro, el castellano, como puede verse en En torno al español hablado en México (UNAM, 2015, 146 pp.). Hasta antes de conseguirlo, yo ignoraba que el padre Garibay había colaborado con la prensa como lo hizo entre las décadas del cincuenta y sesenta para Excélsior, El Universal y Novedades, diarios a los que acudió para compartir, sobre todo, inquietudes de carácter lingüístico.
Estas antologías ofrecen pues “minucias del lenguaje”, curiosidades sobre el uso de ciertas palabras, precisiones etimológicas y asedios similares. El padre desplegó sus opiniones con una prosa algo arcaizante ya para su época y con un tono regañón en el que, molestia aparte, resalta la importancia de estar siempre atentos a nuestra expresión cotidiana.
No me parece innecesario sumar este libro del padre Garibay al que preparó de fray Bernardino. La erudición del toluqueño nunca será desdeñable.

sábado, enero 04, 2020

Dos máquinas ornamentales
























Una mezcla de nostalgia y fetichismo me llevó a conservar dos máquinas mecánicas de escribir. La más antigua es una Remington Portable Model 5, calculo que de la década de los cuarenta. La compré más o menos en 1994 en un bazar donde la vi indefensa y empolvada tras el aparador. Recuerdo que tenía una caja de madera devorada por el tiempo, herrumbrosa de la chapa y ya tan frágil que mejor decidí tirarla. Desde que la compré, su mecanismo no funcionaba, estaba socio y lleno de pelusa, pero de la fachada lucía impecable —negra lustrosa, como de charol— y todas sus teclas conservaban el aspecto original, unas rueditas metálicas con las letras en el centro, blancas como dientes. Nunca en 25 años la usé, y su única utilidad fue ornamental. Es decir, en algún lugar de los espacios que he habitado sustituyó floreros, marcos de fotos, monitos de cerámica. Como todos los objetos caseros, esta Remington se me volvió invisible, pero cada vez que la observaba con detenimiento me reenamoraba de su aspecto sobrio y de paso fabulaba con las cuartillas que alguien, no sé quién o quiénes, vio nacer en su rodillo.

La otra máquina, una Olympia guinda y hermosa, es menos vieja, como de los sesenta o setenta. La conseguí hacia finales de los ochenta, de carambola, y en ella llegué a escribir muchas cuartillas publicadas durante mis primeros años de trabajo en el incierto mundillo del periodismo cultural. Pese a que siempre funcionó bien, las computadoras provocaron que también deviniera adorno. Un día de 2013 alguien me preguntó si tenía una máquina de escribir mecánica, pues Diego Luna presentaría en el Teatro Martínez el monólogo de un personaje escritor (o algo así) y no tenían una a la mano. Dije que sí, mi Olympia salió a escena tecleada por el actor Luna, y durante muchos meses, sin conflicto, mi máquina quedó a resguardo de quien me la pidió prestada. Creo que en 2016 o 2017 me la devolvió, pero ya no le funcionaba la barra espaciadora. No me preocupé tanto, pues mis dos máquinas de escribir inútiles para escribir eran más bien adornos, dos hermosos objetos que yo atesoraba como relojes que ya no dan la hora.

En diciembre pasado, hasta ahora luego de tantos años, décadas incluso, envié mis dos máquinas a reparación. Tras recogerlas hice lo obvio: en cada una metí una hoja y comencé a teclear. Quise imaginar que yo todavía era capaz de escribir allí, pero me hicieron recular el ruido de los teclazos y la certeza de que me equivocaría sin poder corregir inmediatamente. Ya veré qué uso les doy, pero no es poco saber que seguirán siendo mis dos adornos favoritos.

miércoles, enero 01, 2020

Fantasmas desatados














El escritor —y más precisamente el narrador, el creador de relatos— es un animal habitado por fantasmas, un aposento por el que deambulan seres incorpóreos de la más variada catadura. Quien padece de manía cuentística o novelística sabe, por ello, que escribir es el único recurso que tiene para apaciguar en su interior el hervidero de espectros que lo enfebrecen, de suerte que construir historias es un autoexorcismo, una especie de liberación.
¿Y qué tipo de seres son los que pueblan el alma del narrador? La respuesta es simple: todos. Un creador de esta naturaleza no discrimina edad, sexo, temperamento, aspecto y costumbres de los bichos concernientes a su obra. Lo mismo puede, por esto, indagar en la personalidad de un asesino que en la de un santo sin que en ninguno de los casos se tome esto como diatriba o como apología. Me refiero, claro, a los textos que saben borrar o esconder, si lo tienen, su intención moral o edificante, panfletaria en suma.
Sobre este tema y sus alrededores leí dos artículos en la semana que cerró 2019. Uno de ellos, publicado en Milenio, fue escrito por Arturo Pérez Reverte. Su título es agresivo: “Déjennos escribir, idiotas”, y en él se calza los guantes contra cierta crítica inclinada a considerar como indefectible la necesidad de que el escritor sea a la vez un sujeto responsable desde el punto de vista ético y se abstenga en lo posible de crear obras que puedan ser interpretadas como atentatorias contra algún valor social, sea cual sea. El autor de La carta esférica arremete contra esos árbitros (los llama “inquisidores, perdonavidas puritanos, esbirros”) y defiende el derecho del escritor a escribir lo que guste.
El otro artículo es “Las dos caras de Vargas Llosa”, de Fernando D’Addario, publicado en Página 12, y de alguna manera se vincula con el de Pérez Reverte. D’Addario muestra un detalle algo anómalo entre la vida y la obra del novelista peruano. Por un lado, evidencia que para MVL el golpe en Bolivia tuvo como fin deponer al tirano Evo Morales, y por otro, que MVL exhibe en Tiempos recios, su más reciente libro, la terrible realidad vivida por la Guatemala de Jacobo Arbenz, una realidad nada ajena, como la de Bolivia hoy, a la intromisión gringa. Se puede decir, por esto, que Vargas Llosa es un señor que opina públicamente de una manera y con total libertad escribe ficciones como si fuera otro, como si sus fantasmas lo obligaran todavía a ser algo progre.

sábado, diciembre 28, 2019

Visión a doble play
























Cortés llegó a Veracruz el 21 de abril de 1519, hace 500 años, y la efeméride me agarró sin tiempo para leer o releer algo más que no fuera lo estrictamente vinculado con los materiales de mi trabajo editorial. Me asomé, eso sí, a algunos pasajes de las Cartas de relación y a un libro de historia muy mal traducido: La conquista de México (Porrúa, Sepan cuantos…, 1996), de Beatrice Berler. Pasaron los meses y el propósito de husmear en la crónica de Indias se esfumó hasta que pude acometerlo durante estos días de diciembre, y muy a las carreras.
En la FIL compré varios títulos más de la colección Opúsculos publicada por El Colegio Nacional. Uno de ellos, Visión de Anáhuac (1519), de Alfonso Reyes, entró a mi carrito de compras no tanto por el libro en sí, sino por el amplio y compendioso prólogo de Javier Garciadiego. La Visión… es un texto de difícil etiquetado. Creo que se trata de un ensayo de descripción histórica o algo aproximado a esto. Cuando lo leí por primera vez, hace treinta años en aquella serie de Lecturas Mexicanas editada por la SEP en el sexenio de De la Madrid, pese a mi juvenil oscuridad logré detectar que se trataba de una obra esencial, un orgulloso recuento de la maravilla de cultura que los mexicanos heredemos y son la base de nuestro mestizaje. Me dispuse pues a releer aquel texto de Reyes escrito en Madrid hacia 1916. Antes de comenzar recordé, no sé por qué, que en algún lado leí o escuché una afirmación acaso falsa, pero no por ello menos interesante: cuando Borges y Bioy querían saber si una frase estaba bien escrita, apelaban a la entonación de su amigo Reyes. Fue así como, sin batallar, pues bien sabía que eso estaba allí, busqué en YouTube la lectura de Reyes a su Visión, y emprendí un experimento que ahora recomiendo: oír y leer al alimón a Reyes, seguir el ritmo de sus palabras y sentir en ellas la gravitación de su voz emocionada al pasar revista a “la región más transparente del aire” observada desde dos balcones: uno, el de las crónicas de Cortés, Bernal, Solís y Gómara, y dos, el de su propia experiencia como transeúnte de nuestra meseta central.
Atravesar la Visión… de Reyes por ambos caminos me llevó a la sorpresa de encontrar que en algunas mínimas partes el texto escrito no coincide con la voz del autor. Son pocos los agregados, las supresiones y las permutas, así que recomiendo el mismo viaje a quienes quieran hacerse una idea del asombroso mundo que encontró Europa en la joya que poco después sería bautizada Nueva España.

miércoles, diciembre 25, 2019

Top five de cumbias




















Contra mi acostumbrado ascetismo, en un mes asistí a dos fiestas formales, una boda y una graduación, y en ambas casualmente resonó “Encontré la cadenita”. Creo que es de mis cumbias favoritas, y eso me llevó de la mano a pensar en las piezas de este tipo que más me gustan. No son tantas, pues es un género que jamás escucharía fuera de un ambiente festivo y popular, precisamente con baile incluido. He aquí entonces, sin atender un orden, mi top comentado de cumbias predilectas.
“Encontré la cadenita”. Es de la “Sonora Dinamita”, grupo que amonedó un montón de cumbias buenas y famosas, sobre todo las que contienen la voz de Lucho Argaín. Me gusta desde que arranca, con percusiones africanas que luego ceden lugar al hipnótico impacto de las trompetas. La letra, como en todos los casos de este género de canciones, es más que simple, a mi parecer insustancial. Debo decir que en el caso de la Sonora Dinamita siempre he dudado entre la mencionada pieza y, obvio, “El lagunero”.
“Mi Matamoros querido”. Prócer de la cumbia en los setenta/ochenta, Rigo Tovar acuñó este tema como homenaje a su tamaulipeca ciudad natal. Otra vez la letra es nada, pero la música tiene una celeridad infernal y envolvente que estalla en el meollo de la canción, sitio donde todos los instrumentos parecen enredarse hasta el éxtasis, sobre todo el sintentizador psicodélico que en algún punto recuerda al de Roy Manzarek en The Doors. Por otro lado, en el video lucen en toda su magnificencia los pasitos de Rigo y su pelazo de sirena de la lotería.
“La cumbia francesa”. Esta la interpretaba un tipo de nombre Xavier Passos (así, con exótica doble ese), y es una cumbia sensual, no estridente, de ritmo sinuoso que increíblemente tira unos versos en cachondo francés que quizá no hubiera minusvalorado el maestro Charles Asnavour.
“Viento”. Mi favorita de Tropicalísimo Apache, de ritmo inconfundible y una letra que tiene la sana intención de expresar algo humano y profundo (por llamarlo de algún modo) más allá del versito repetitivo habitual en la cumbia. De nuevo el sintetizador juega un rol, aquí, fundamental, el password de esta pieza junto con la voz-rúbrica de Arturo Ortiz. Por supuesto, uno duda con las favoritas de TA, sobre todo si se trata del Mosaico extranjero y su parte del sintetizador barroco que en varios momentos de la pieza parece ejecutar una improvisación jazzística.
“La cita”. Un drama verdaderamente desgarrador se desarrolla en esta rola interpretada por los Chicos de Barrio, también de La Laguna. La letra es del gran Leonardo Favio, quien la cantaba en cámara Phantom y casi al borde del llanto. Como el mendocino era cineasta, esta canción tiene algo de cuento. Pese a que se pierde dramatismo en el caso de “La cita” versionada como cumbia, es un monumento sonoro gracias a la buena mezcla de voces que logran Susana Ortiz y Dimas Maciel, vocalistas emblemáticos de este grupo.

sábado, diciembre 21, 2019

Anhelo de los Converse













No me muevo en círculos selectos, así que los fines de semana hago el esfuerzo por distender lo más que se pueda el asunto del vestido pese a que ya de por sí no soy obsesivo en ese rubro. Los tenis son, por ello, parte de mi atuendo en los días ajenos a la obligación de la camisa y demás almidonamientos.
Alguna vez un joven reparó en mis Converse negros. Dijo que le parecían feísimos, de darketo o algo así. No batallé mucho para estar de acuerdo con él, pero le objeté un par de detallitos que no le expliqué allí, pues yo deseaba que la aclaración fuera escrita, y es ésta, breve.
Más allá de que puedan parecer horribles o lo que sea, uso Converse por una razón práctica y otra sentimental. La primera, evidentemente, se relaciona con la comodidad: son tenis (los argentinos les llaman “zapatillas”) ligeros, casi como pantuflas; andar con ellos es no sentir el peso del zapato, caminar como descalzo, lo que por supuesto mitiga mis recurrentes dolores en las plantas.
La segunda razón es menos inmediata y se remonta a mi adolescencia. Consciente o inconscientemente, creo que casi todo lo que hacemos, deseamos, rechazamos, se fragua en la niñez o en la adolescencia, así que esas dos etapas suelen acompañarnos el resto de la vida. En mi caso, y creo que en el de mi setentera generación, los Converse equivalían a tenis de lujo, los mejores que podían usarse en aquel tiempo. Era una época todavía no globalizada, de pocas importaciones, así que el usuario de unos Converse era visto con verdadera envidia por sus coetáneos. Los tenis mexicanos eran pésimos (Canadá, Dunlop…), y unos Converse sólo podían ser nuestros si se pagaba una fortuna en las fayucas o si la familia o algún amigo de la familia viajaba a los Estados Unidos para traernos de contrabando el anhelado par.
Tan codiciados eran que una fábrica mexicana hizo una copia, los Súper Faro. Eran chafísimas y quedaban hechos pedazos a la primera usada, además de que se les veía a leguas un acabado tosco. Entre calzar Súper Faro y no tener nada, era mejor lo segundo. No obstante, tuve unos, y confieso que al segundo día ya eran un despojo.
Que recuerde, pues, jamás tuve en la adolescencia, lo digo con retrospectiva tristeza, unos Converse. No había tíos que viajaran a la frontera, no había plata para comprar en la fayuca a precio de oro los productos “americanos”, así que toda esa ilusionada etapa la atravesé con aquel modesto deseo insatisfecho.
¿Y qué pasó muchos años después, a mis cuarenta y pico? Nada: que los zapatos me producen dolores en las plantas de los pies, que necesito usar tenis muy seguido, y que los Converse ya están en todos lados a cerca de mil pesos el par. Por tanto, esos tenis son la combinación perfecta para hacer que mis achaques y mi nostalgia tengan un satisfactor más allá de que sí, es cierto, ante los ojos de muchos parezca un calzado irremisiblemente feo.
Pero acá entre nos, ya por último: influido como estoy por mi pasado, creo que los Converse son espectaculares, el mejor tenis jamás inventado por la humanidad.

miércoles, diciembre 18, 2019

Publicar y leer aquí
















Publicar un libro en La Laguna no es difícil si el propio autor decide financiarlo, pues ya contamos con, al menos, dos o tres imprentas que trabajan muy bien y hay varios jóvenes editores que conocen los rudimentos básicos del oficio. El problema de publicar surge si uno aspira a que una institución pública o privada quiera arropar tal o cual libro. Lamentablemente no tenemos ninguna editorial consolidada en La Laguna y las instituciones (gobiernos, universidades, centros culturales…) no tienen una política editorial sostenida. Hay casos aislados de instituciones que impulsan la publicación, pero son tan pocos que no logran cubrir la demanda de propuestas. Muchos escritores e investigadores de la localidad, por ello, deben buscar auspicios fuera de la región o de plano autofinanciar sus proyectos.
Por otro lado, vivimos en una región con magra cantidad de lectores, y en esto no nos diferenciamos mucho de los habitantes del resto del país. Los laguneros leemos poco, tenemos pocas librerías y bibliotecas, y carecemos del hábito de leer como parte de la vida cotidiana. Aunque la dinámica ha cambiado poco a poco, seguimos siendo una comunidad más inclinada a las actividades productivas vinculadas con la industria y el comercio que una comunidad cercana a los bienes del espíritu. Esto ha mejorado en los últimos treinta años con la creación de espacios como el Museo Arocena, el Teatro Nazas, la restauración del Teatro Isauro Martínez, el Museo del Algodón, la llegada de las librerías Gandhi o El Astillero y demás, pero en lo editorial seguimos rezagados con respecto a otras zonas del país. En una palabra, el libro todavía no es un producto habitual en la canasta básica del lagunero.
Creo que podría ayudar mucho que las instituciones (gobiernos municipales, universidades, centros culturales e iniciativa privada) incluyan entre sus proyectos el de publicar a los autores locales. Principalmente las universidades, ya que en teoría deben ser, además de formadoras dentro del aula, difusoras del conocimiento y la creatividad por medio de la palabra escrita. Ahora bien, los caminos para formar lectores son varios y nada excluyentes: que las escuelas dediquen tiempo a la lectura, que los medios difundan el valor del libro, que los padres de familia lean con sus hijos pequeños, que los universitarios debatan a partir de tal o cual autor, que las instancias culturales presenten libros u organicen ferias, etcétera. Todos podemos hacer algo por el hábito de la lectura. La responsabilidad no recae sólo en quienes se dedican a editar o escribir.

sábado, diciembre 14, 2019

Cámaras, alarmas y otras orwelleces













Tengo una aversión profunda por los ruidos estridentes y en particular por los claxonazos. Esa es la razón por la que, a lo mucho, suelo usar el claxon dos o tres veces al año, y de ahí también que al activarse cualquier alarma de coche mi estado de ánimo comience a zozobrar; cuando oigo alguna, no muy en el fondo del alma empieza a bullirme una especie de ansiedad que sólo se apaga, precisamente, cuando la maldita alarma es apagada. En ese momento siento un alivio muy parecido a la sedación.
Ahora bien, digo lo anterior para que se entienda lo que viene. Vivo cerca, a quince o veinte metros, de un negocio con una alarma ultrasensible. Supongo que en las madrugadas se activa hasta con el paso de las cucarachas que de inmediato echan a andar el monótono concierto. No digo que eso ocurra a diario, pero sí una o dos veces a la semana, casi siempre entre las cuatro y las seis de la mañana. No sé si los otros vecinos ya se acostumbraron o tienen el sueño muy pesado o se arrullan con esa corneta de tren, pues en efecto es un estrépito que suele durar entre veinte minutos y media hora. Ignoro también si alguien la apaga o se apaga sola. Da lo mismo, pues en los hechos ya me ha quebrado el sueño durante meses y meses, tanto o más que el reloj despertador de siempre y, en otros tiempos, las asquerosas llamadas de los bancos.
Sé que las alarmas en casas, negocios y vehículos no son hoy innecesarias. No lo son, pero a mi juicio reflejan la miserable condición a la que hemos rebajado la vida en sociedad. Todo está vigilado, todo tiene púas, en todos lados hay cámaras, a todos lados nos sigue el GPS del celular y, aunque nos hagamos patos, todo lo que escribimos y leemos gracias a internet, incluido el abundante menú de pornografía que consumimos a la carta, tiene algún tipo de orwelliano seguimiento. ¿Cómo es posible conseguir en estos tiempos una absoluta privacidad? Es casi imposible a menos que no tengamos celular y vivamos en una aldea a la que no llegue ninguna señal de nada. Porque si no tenemos celular pero vivimos en la ciudad y la deambulamos a diario, en cualquier rincón va quedando registro de nuestros pasos, de nuestro rostro, de las puertas que abrimos y de los trámites que hacemos.
Para mí, lo bueno de todo esto es que llegó cuando ya voy de salida, pues no me gustan ni las alarmas ni las cámaras de seguridad, dos de las herramientas más monstruosas creadas por el ser humano para disuadir y vigilar al ser humano.

miércoles, diciembre 11, 2019

El mago de las fechas



















El bus de la excursión estaba a punto de partir. El guía nos había dado dos horas para recorrer el centro de aquella pequeña ciudad turística. Durante unos minutos erré con una pareja alemana de recién casados. Ella hablaba un español mocho, pero entendible. Poco después me desesperé, y supongo que ellos también se desesperaron de caminar a mi lado en plan de compartirnos frases huecas, así que optamos por tomar rumbos distintos. Era casi el final del viaje, y localicé pronto el mercadito de las artesanías para llevar a casa lo de siempre, llaveros, bisutería, ceniceros y todas esas baratijas que sirven para alegrar un minuto a los familiares y amigos más cercanos. Eché un vistazo al reloj y vi con gusto que quedaba media hora para escoger los ineludibles souvenirs. No sin algún tibio regateo, escogí las chácharas. Volví a ver el reloj: diez minutos para que saliera mi bus. Calculé que estaba a tres cuadras del estacionamiento, es decir, a tres minutos de caminata a paso veloz. Entonces vi el pequeño tumulto en una esquina. Un hombre hablaba con voz bien timbrada y elocuencia casi magisterial. Usaba un saco azul oscuro y muy cuadrado de los hombros, y una corbata roja y sebosa. Mostraba en su mano derecha unos sobres que describía como “el método”. Yo no entendía de qué se trataba eso, pero me detuve porque el público lo miraba y lo escuchaba sin parpadear. El tipo explicó.
—… el método es infalible, y les aseguro que dejará boquiabiertos a sus amigos. Luego de que lean las instrucciones contenidas en este sobre, ustedes no ignorarán una sola fecha de nacimiento y muerte de los personajes más famosos de la historia del arte, la política, la ciencia y el deporte. Este método les asegura la admiración de quienes los escuchen, y para demostrarlo me expongo ante ustedes a cualquier inquisición. Díganme el nombre de algún personaje relevante y de inmediato diré el año de su nacimiento y el año de su muerte…
No puedo negar que quedé atrapado por esa explicación. El tiempo corría, el bus iba a salir y yo deseaba ver el resultado de la prueba. Para apurar el examen, fui el primero en proponer un nombre famoso.
—Martin Luther King —grité, seco.
—1929-1968 —respondió de inmediato el merolico.
Hubo un breve silencio. Luego, del pequeño tumulto salió una voz de mujer.
—Sor Juana Inés de la Cruz.
—1651-1695.
Esa segunda respuesta detonó una andanada de nombres y de más respuestas expresadas sin átomo de titubeo, serenas, como enunciadas por quien atraviesa una especie de trance.
—Galileo.
—1564-1642.
—Simón Bolívar.
—1783-1830.
—Charles Chaplin.
—1889-1977.
—Juana de Arco.
—1412-1431.
—Cicerón.
106 a.C.-43 a.C.
—Marx.
—1818-1883.
Las respuestas eran seguras e inmediatas, tanto que se hizo un silencio cuando de momento, sorprendido por la escena, el público ya no halló más nombres. Pensé en alguien menos visible, pero importante en la historia por alguna hazaña, y grité su nombre.
—Edmund Hillary.
—1919-2008.
No pude creerlo. Concluí que ese pobre merolico, un Wikipedia de carne y hueso, tenía muy buena memoria, y él, sin saber lo que pasaba por mi mente, me contradijo.
—Ustedes están pensando que esto es sólo buena memoria. Se equivocan. Mi método —aquí levantó de nuevo los sobres— es sencillo, ustedes sólo deben aprender algunas reglas elementales y hacer dos simples operaciones aritméticas. Les doy un avance: piensen primero en el siglo XVI. Ese será, digamos, nuestro punto de partida hacia el pasado y el presente…
Vi mi reloj, me había pasado diez minutos de la hora convenida para llegar al bus, y, sin más, corrí. El apuro me hizo olvidar por un momento al mago de las fechas, pero en todo el trayecto de regreso a mi país no dejé de pensar en su voz, en su memoria y en la posibilidad de que los sobres guardaran, en efecto, “un método”.
Pasado un tiempo, y para no frustrarme, opté por pensar que lo soñé. Es lo más fácil: olvidar esas vivencias, obligarnos a creer que fueron pesadillas.