domingo, diciembre 06, 2009

Andamiaje de Benedetti


o
El miércoles 25 de noviembre Saúl Rosales ofreció una conferencia sobre Mario Benedetti en el Icocult Laguna. Otra vez, como ocurrió en abril, hubo lleno y la exposición alcanzó una hora y media sin que el público, como dicen los cronistas deportivos, se moviera de sus asientos. Frente a los asistentes le pedí a Saúl, al final, que dada la extensión de su conferencia nos permitiera tenerla a la mano por si desean leerla más personas o revisitarla quienes ya la oyeron, esto porque de momento no hay publicaciones laguneras que puedan dar cabida a textos de esa envergadura (son casi 25 cuartillas). Saúl accedió y un día después me mandó el documento que aparece completo en este post. Aquí mismo está todavía la conferencia sobre el boom que dictó él mismo en abril.

Andamios para ascender a Mario Benedetti
(Icocult Laguna, 25 de noviembre de 2009)

Saúl Rosales

(Preludio: En Andamios, libro que comentaré al final, el ex militante de la corriente política de izquierda Eduardo Vargas, acomodado como diputado casi de derecha, juega con las palabras al comentar su deleznable posición. Dice que pasó de “turulato a curulato”; claro, por eso de la curul. Más adelante otro personaje, el coronel retirado, ex torturador, Saúl Bejarano, en su carta-de-suicida hace un juego de humor negro con las palabras al escribir que se siente desfallecido “y dentro de muy poco: fallecido”. Pero al citar los juegos de palabras de Vargas y Bejarano lo que hago es introducir la infausta curiosidad de que quien me invitó a hablar de Benedetti con ustedes se llama Jaime Eduardo Muñoz Vargas, casi, pues, como el Eduardo Vargas de Andamios. El otro personaje, Saúl Bejarano, ya relacionaron ustedes, lleva el nombre del emisor de estas palabras. Triste casualidad en que nos colocó Benedetti.)

La mayor parte del tiempo que convivimos con los personajes que creó Mario Banadetti, y que paseamos con nuestros ojos en los escenarios que edificó en sus páginas, lo pasamos en Uruguay. Benedetti es un cronista que colecciona los tiempos del uruguayo del siglo XX. Por ello es cronista del ciudadano del mundo capitalista. El uruguayo que transita por las páginas de la narrativa del autor muerto el 9 de mayo de 2009, para decirlo desde los extremos, es el depredador que saquea al prójimo en la sociedad capitalista en busca de una vida placentera, o es una víctima de ese sistema, por tanto, nosotros somos como los habitantes de esa narrativa, así estemos en cualquier ciudad sudamericana, en Torreón o en Madrid.
Como pequeñoburgueses iguales a Claudio, protagonista de La borra del café, nos vamos acomodando en los medioiluminados rincones que nos cede el mundo burgués; o como Ramón, burguesito protagonista de Gracias por el fuego, nos atamos a las comodidades en que es pródigo para sus beneficiarios el poder económico; o en fin, pretendemos, como el gran burgués padre de Ramón, Edmundo Budiño, aprovechar sin piedad y sin remordimientos los amplios dominios de los comandantes de la riqueza.
Amor, militancia política e identidad social derivada de la identidad individual, la identidad nacional y la identidad latinoamericana (los uruguayos de Gracias… y los exiliados de Andamios, por ejemplo, hurgan en este tema de la identidad social) son algunas de las pasiones, preocupaciones y actividades determinantes de los personajes de las siete obras de Mario Benedetti, cinco novelas, un libro de cuentos y una pieza de teatro, que comentaremos muy brevemente. Muchas otras ramas temáticas sostienen la fronda de la prosa relatora de nuestro autor uruguayo. Cambiemos la imagen del árbol por una cromática para decir que tal como se comparaba la narrativa de la Revolución Mexicana con la obra mural de la Escuela Mexicana de Pintura y se afirmaba que novelas, cuentos, memorias y teatro con el tema de la Revolución de 1910 se erigían en gran mural que retrataba la gesta del pueblo mexicano y sus consecuencias, igual podemos decir que los libros Montevideanos (1959), La tregua (1960), Gracias por el fuego (1965), Pedro y el capitán (1979), Primavera con una esquina rota (1982), La borra del café (1993) y Andamios (1997) son parte de la gran obra muralística donde Benedetti nos introduce para ver y admirar las vidas de personajes que ha creado para que habiten con sus presencias ficticias un lapso prolongado y a veces crítico de la historia de Uruguay.

El amor
Personajes principales de esos libros, sin embargo, son hombres frágiles a quienes el amor viene a templar aunque sea temporalmente. Es el caso de Santomé, en La tregua; Ramón, en Gracias…; Javier, en Andamios y aun don Rafael, padre de Santiago, en Primavera…; el propio Santiago, protagonista de esta última novela, es una excepción que confirma lo que pasa con los otros cuatro en tanto que él no es endeble ni flaquea. Santiago consolida su amor en la cárcel que le deparó la militancia política y fortalecido, con esa pasión como equipaje, va al encuentro de Graciela, su esposa, quien vive exiliada en España.
El amor es un tema con muchas sugerencias por explorar en la narrativa de Benedetti. Por ejemplo los deslices hacia otra pareja que no es la habitual no acaban en actos punibles ni en borrascosos problemas morales. Cuando Javier descubre que su mamá le fue infiel a su papá no se asaetean con desavenencias; cuando Raquel le avisa a Javier que tiene otro hombre no se desata una tormenta; el amor es desahijado de la tierna alma de Claudio por Natalia, quien ostenta una especial concepción de la práctica sexual. Hay una visión tolerante de las relaciones de pareja en las que la palabra infidelidad no se pronuncia porque no es pertinente. Una lectura que explorara en este tema encontraría que el autor induce hacia una nueva concepción de la expresión amorosa. Sin embargo, en otros nublados los celos sí relampaguean.
El amor es una expresión humana de entrega y ansia de posesión, de dominación y autosubyugamiento, de requerimiento y prodigalidad. En diversas modalidades lo vemos realizado en los personajes del mural desplegado por Benedetti.
En La tregua, por ejemplo, conocemos un amor filial pródigo de comprensión en la madre de Laura Avellaneda. La madre sabe que su hija, Avellaneda, joven de veinticuatro años, vive enamorada de un hombre que le lleva el doble de la edad, Santomé, quien está por cumplir cincuenta. Con su amor de madre, verdadero, inmenso y puro, la madre comprende y respeta el amor de su hija y no sólo no lo obstaculiza, sino lo favorece.
Del amor de Avellaneda y Santomé es mucho lo que puede decirse, es la columna vertebral de la primera gran novela de Benedetti.
Otro amor filial limpio y grande que vemos en La tregua es el de Santomé y su hija Blanca. Al encanto de la pureza se le suma el de la comprensión. La joven Blanca comprende el amor de su cincuentón padre Santomé por la joven Avellaneda y ambas se convierten en plenas amigas.
De vuelta al amor de las parejas, en el cruel trance de la tortura de Pedro y el capitán, se alcanza a percibir el sano amor de Pedro por su esposa. En el espinoso breñal de los afectos de la familia Budiño, de Gracias… se encuentra el espinoso amor del protagonista Ramón por Dolores, esposa de su hermano Hugo. Y para concluir estos brochazos que pretenden reflejar aspectos del amor en la narrativa de Benedetti, anunciemos en Andamios, el amor nuevo y limpio nimbado por la serenidad de la edad, entre Javier y Rocío, y, en la misma novela, el franco amor entre Fermín y Rosario. Pero que hasta aquí queden los ejemplos.

La pasión política
La vida política de los personajes de las novelas aquí mencionadas es principalmente de acción directa y de crítica. Quiero decir, no hay vida partidaria ni militancia orgánica con sus pasiones, con sus emociones ni sus satisfacciones. Si entendemos la política como la preocupación de un ciudadano por sus conciudadanos la encontraremos guiando las acciones de muchos personajes del mural pintado por Benedetti en su obra narrativa. Las pinceladas y los brochazos fuertes de la política estridulan muchas páginas de Gracias por el fuego o, por el contrario, su ausencia resalta en el apoliticismo no militante de Claudio en La borra del café, y es la causa del sacrificio de Pedro en Pedro y el capitán. Pero el ingrediente político es ubicuo en la prosa narrativa de Benedetti tanto como lo es en nuestra vida cotidiana si no nos abandonamos a la inconciencia, cómodo cómplice del poder. La política la leemos en la crítica cívica a la corrupción mediante Santomé en La tregua; en el recorrido por los intestinos de la corrupción que es el acercamiento a la familia Budiño en Gracias por el fuego; en la visión que desde la cárcel y el exilio tienen los personajes que observan la corrupción y los efectos de la dictadura en Primavera con una esquina rota; en la visión de Uruguay y sus habitantes transformados uno y otros por los diez años de bestial dictadura en Andamios, y, en fin, en la visión de las formas de ser de un torturador y un torturado, es decir, de un sicario de la dictadura y de una víctima del poder salvaje que se ensaña con quien mediante la acción directa ejerció su acción política, en Pedro y el capitán.

Reseñas
Los párrafos anteriores aletean sobre aspectos particulares de la parte de la narrativa de Benedetti mencionada. De la misma bibliografía y algún libro más hagamos ahora una reseña siguiendo la cronología de las primeras ediciones, aunque no todos los volúmenes de que me serví son primera edición.

Montevideanos (1959)
La vieja metáfora que lleva a ver el libro de ficción narrativa convertido en espejo que refleja no sólo la imagen con la que queremos ser identificados, sino la imagen de nuestra realidad interior trémula de contradicciones se puede usar para describir el libro de cuentos Montevideanos, publicado por Mario Benedetti en 1959. La incapacidad humana para vencer los impulsos ciegos y torpes que dominan sobre la lentitud de la razón, esta dialéctica interior que se resuelve en acciones de bien, de mal y de arrepentimiento por haber actuado bien o mal es magistralmente instalada y manejada por Benedetti en sus personajes. Pero aclaro que cuando digo instalada y manejada no quiero sugerir que sus personajes sean máquinas –o como máquinas–, muy por el contrario, la destreza del genial autor uruguayo convierte a la dialéctica en barrena que da a sus personajes profundidad de seres humanos. Una de las gruesas líneas de la conducta humana que traza la existencia de los personajes de Montevideanos es similar a la cadena de estupideces que uno considera que va forjando en su vida al haber actuado mal o bien.
Traigo dos ejemplos. Uno. En “Los novios”, crispado y dilatado cuento, el narrador protagonista llega a un punto en el que se encuentra en la urgencia de decidir entre la vida que le atrae por estar sustentada principalmente en la libertad ante la pareja, por un lado, y, por el otro, el desquite revanchista que lo ataría a ella. El planteamiento induce hacia la opción de la libertad. Nuestra condición natural tiende a la libertad. Sin embargo, el protagonista elige lo segundo, encadenarse a la vida abominable que significa el goce de su desquite. No quiere el matrimonio pero se ciñe el yugo para mortificar a la pareja. Prolonga así la dialéctica de sus contradicciones porque a causa de su decisión se siente feliz y miserable.
El otro ejemplo es lo que sucede en el famoso cuento “Los pocillos”. Los pocillos son lo que aquí llamamos vasos y tasas. Esta narración nos sobrecoge con el proceder perverso de aquellos que han conquistado la simpatía que producen su desprotección, su desamparo, su desvalimiento. Si no simpatía, uno siente compasión por quienes no poseyeron alguna de las capacidades humanas naturales o fueron despojados de ella. La siente tanto que hasta suaviza la manera de definir a los minusválidos y en vez de llamarlos así, minusválidos, los llama “personas con capacidades diferentes”, aunque en realidad y por encima de los eufemismos compasivos, su naturaleza humana es devaluada por sus incapacidades. En fin, la perversidad humana se agrava en “Los pocillos” porque la incapacidad del minusválido que nos ha inducido a compadecerlo resulta falsa.
Acerca de la prosa del Benedetti de 1959 cito unas líneas de este cuento: “Era increíble como hallaba a menudo, aun en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.”
Y leo otra muestra del oficio de Benedetti para trazar los rasgos de las almas: “Ella hablaba con él [con Alberto], o simplemente lo miraba y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. ‘Gracias’, había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.”
He aquí cómo el creador Benedetti construye personajes, cómo se erige dios con su palabra para modelar criaturas de ficción donde se liberan o se contienen todos los resortes humanos, criaturas de un universo que el autor inventa con el fin de que los aficionados a la lectura lo habiten.

La tregua (1960)
La tregua, en su brevedad, es una novela que ofrece generosa riqueza al lector. La tregua es rica porque los personajes son ricos en rasgos de su personalidad y esto causa que uno los acepte como seres humanos tan vivos como uno mismo que con la imaginación los va siguiendo por las páginas publicadas por Benedetti en 1960; es una novela rica porque el habla que la constituye es riquísima en rasgos particularizantes muy afortunados; es rica porque su levadura ideológica es abundante y discreta; porque la sociológica es de amplitud certera; es rica porque su potencia metafórica es copiosa y en fin, es rica porque va a las honduras donde se guarda lo más valioso de las relaciones humanas, amorosas o familiares para sacarlo y exhibirlo. Todo esto da como suma una novela importante, imprescindible de leer para los amantes de la ficción literaria que tenemos como lengua madre el español.
La tregua hace que se releguen los otros libros de narrativa de Mario Benedetti igual que Veinte poemas de amor y una canción desesperada hace que se releguen otros libros importantes de Neruda. La tregua es una novela tan popular que ningún buen lector de narrativa escrita en lengua española ignora su línea argumental amorosa, la pasión del cincuentón Santomé, felizmente correspondida por la jovencita Avellaneda, veinticinco años menor que él.
De la línea troncal que es este amor del viejo y la joven se desprenden ramales con la misma alta tensión. No son temas de menor voltaje la corrupción general de la sociedad ni la amplia y cercana presencia homosexual que enturbia la cotidianidad de Santomé; la transformación que provoca la edad en quienes rodean al protagonista, ni la ilusión del tiempo libre para el inminente jubilado, ni el peso de los recuerdos.
La novela es el diario de Martín Santomé, por tanto está narrada en primera persona y como Santomé es un tanto cínico y se sabe frustrado e inadaptado, su habla es libre, desprejuiciada, habla vulgar. No siente ningún pudor en reproducirla en su diario. Aquí aparece el oficio de escritor magistral de Benedetti, quien recrea las formas verbales que su oído ha registrado no sólo en Uruguay. Nada más en una página, en la del 12 de abril para más señas, Santomé escribe no con actitud filológica sino con la naturalidad de quien se confía con su diario, varias expresiones que le escucha a Vignale y que en la realidad siguen sonando con frecuencia si no en el habla de Uruguay, curiosamente sí en el habla mexicana. Estas expresiones se pueden escuchar ahora en los programas de televisión de producción mexicana. Un primer ejemplo es, “se te caen las medias”, construcción que se refiere al efecto que causa una gran sorpresa. Los mexicanos, hábiles para degradar lo que cae en su poder, la han convertido en “se te caen los calzones”. Otro ejemplo, procedente de la misma página en la que Santomé reproduce las palabras de Vignale es una expresión desde hace mucho tiempo muy usada en el habla mexicana. El sintagma es “armar relajo”. En la oración de Vignale se escucha así: “lo que menos quiero es armar relajo”. La mexicanidad de esta expresión parecería estar avalada por el libro Fenomenología del relajo, del filósofo mexicano Jorge Portilla. En otro lugar de La tregua se escucha “rifársela”, en el sentido de ponerse en riesgo. Pero la otra expresión del habla popular muy usada ahora entre nosotros y soltada por el personaje de Benedetti en su novela publicada en 1960 es “hacer el oso”. Esta es una expresión que se espeta para referir que se hace o se hizo algo tonto, ridículo o estúpido. En la novela, cuando Santomé evoca su entrevista con Vignale, aparece literal y literariamente de la siguiente manera: “Primero fueron miradas y yo haciéndome el oso”. Ya en otro lado escribí que la palabra oso en esta construcción me parece aféresis de baboso, por el sentido de los sintagmas en que funciona como sinónimo de tonto, de estúpido, de débil mental extremo. La tregua es una novela rica para quienes gustamos de seguir historias ficticias y para quienes sentimos la curiosidad de las expresiones lingüísticas.
Concluyo estos apuntes sobre La tregua, recomendando la lectura de lo que anota Santomé en su diario el viernes 17 de enero. Son unos suculentos párrafos donde se combinan la tensión emocional y la observación filológica, el dolor de la muerte y el palpar las palabras.

Gracias por el fuego (1965)
Si en La tregua nos encontramos, entreverado con el tema del amor del cincuentón y la veinteañera, el subtema del conflicto del protagonista Martín Santomé, para comunicarse como padre con sus hijos, en Gracias por el fuego el tema de las abrasivas relaciones padre-hijo es una línea argumental de alta tensión. Ramón Budiño sufre las dificultades de la convivencia con su padre a la vez que su hijo Gustavo las padece con él, aunque en menor medida entre estos dos porque Gustavo actúa en consecuencia con su modo de pensar y eso lo coloca en la trinchera segura de la consistencia ideológica de quienes tienen miras socialmente progresistas.
En Gracias por el fuego, el origen del conflicto entre el padre Edmundo y el hijo Ramón es la personalidad subyugante, prepotente, arrogante y burguesa del burgués Edmundo Budiño frente a la parcial sumisión-insumisión de su hijo Ramón, quien se le somete, pero piensa de una manera distinta y esto al padre le repugna. Ramón piensa, no actúa. La pasividad y la inconsecuencia de Ramón con la tibia insurrección de sus ideas respecto a las de su padre mantienen irritado a su progenitor.
Edmundo Budiño, a quien se le conoce en la novela como el Viejo, desprecia a sus dos hijos, no sólo a Ramón. Del otro, de Hugo, dice con acerbo adjetivo que el resto de la novela carga de desprecio y odio: “El estúpido me quiere imitar.” Y en su oportunidad, con martillo de juez prepotente dictamina que Ramón es “un indeciso y un cobarde”. Benedetti nos hace sentir el compacto odio con que el gran burgués arremete contra sus hijos. Sin embargo el juicio del Viejo respecto a Ramón es certero. A lo largo de la novela de la que es protagonista, Ramón se define con esas características de indeciso y cobarde que lo asemejan al dubitativo y pasivo Hamlet. Incluso la indecisión y la cobardía de Ramón son las que acaban dando rumbo a la historia narrada por Benedetti. Escuchemos las siguientes palabras del personaje acerca de sí mismo, de su fidelidad a su condición de clase burguesa y a su pasividad: “La verdad es que sé que no voy a cambiar, que no voy a tomar ninguna decisión tajante, dramática.” La toma de decisiones radicales es el camino a la incomodidad y nos gusta el yugo de la ley del menor esfuerzo. Ramón es comodón.
Gracias por el fuego apareció en 1965 y su acción sucede muy poco antes, en 1961. Es una época de definiciones graves ante la vida. La historia que se iba escribiendo por esa época en los países latinoamericanos –uso el adjetivo latinoamericanos aunque Ramón me corregiría diciendo que es un anglicismo–, naturalmente entre ellos Uruguay, donde se desarrolla la novela, exigía tener una identidad, una conciencia del ser y del deber ser. Una vez adquirida una identidad se debe serle fiel. Cuba se mostraba como el máximo valor de la autodefinición latinoamericana en el conjunto de nuestros países y en las conciencias individuales al declararse socialista. En muchos de los personajes de la novela de Benedetti existe esta conciencia histórica y en Ramón más que en ninguno otro. Pero él no se definirá ni cuando su amigo periodista Walter Vega lo enmarca en el problema de la conciencia de clase.
De ese modo la novela hurga en el microcosmos de Ramón y en el macrocosmos del momento histórico que le tocó vivir, un momento cuya gravedad lo llevará a una salida existencialista, propia de su incapacidad para definirse como integrante de la clase proletaria, clase distinta y opuesta a la suya, la burguesa. Ramón no sigue una praxis consecuente con sus tibias proposiciones pálidamente progresistas, mucho menos las que lo identificaran con el proletariado. No asume una identidad social a la cual serle fiel.
Mientras tanto, al igual que lo hacen otros personajes, el mismo protagonista de Gracias por el fuego, Ramón Budiño, no deja de hacer observaciones acerca del habla para señalar curiosidades lingüísticas o para llevar la atención hacia expresiones de octanaje literario. Por ejemplo, después de decir que el hijo es una cicatriz, Ramón ironiza: “Buena definición para proponer a la Academia. Hijo: cicatriz del amor.” En ese juego de la novela que consiste en que los personajes observan su habla, Gloria, amante del padre de Ramón, recuerda a un compañero de la Facultad que siempre daba vuelta a los lugares comunes. “Giraldi decía entre dos carcajadas: ‘Los barcos abandonan a la rata’.” El referido trastrueca el dicho de que en el amago del naufragio, las ratas abandonan el barco. Un último ejemplo, aunque se puede leer en las primeras páginas de la novela: un personaje, durante la charla tumultuosa con que comienza la novela en el Tequila Restaurant de Nueva York, lanza la siguiente definición: “el arte es la chispa que resulta de frotar la prohibición con el castigo”. En seguida una de las uruguayas celebra el ingenio del enunciado y le dice al uruguayo que habló: “Te salió redondo.” Y él comenta para confirmar el valor de lo que acaba de decir: “¿Verdad que sí? Se me ocurrió ahora, mientras hablaba.”
Gracias por el fuego acaba siendo la biografía de Ramón Budiño, un hombre que está insatisfecho con su mundo, por lo degradado que lo ve, pero que no tiene el ímpetu necesario para hacer algo por cambiarlo. El uruguayo hamletiano no se atrevió a dejar de ser burgués por más que viera y le hicieran ver lo aberrante de su condición. En la esencia del burgués está la ineptitud para la acción dificultosa, sólo quiere la dirección, mandar, ejercer el poder desde la suave poltrona.
En la novela Gracias por el fuego, se deslizan páginas memorables como aquellas en que el protagonista discurre sobre el amor, la muerte y el escrúpulo. Pero son muchas las de igual calidad en el encadenamiento de sutiles anticipaciones, promisiones y revelaciones poderosamente lógicas que estimulan el interés del lector y dan consistente estructura a la narración.

Pedro y el capitán (1979)
A los lugares donde se enfrentaban los ejércitos durante la guerra, seguramente siguiendo la terminología de los manuales bélicos, se les llamaba “teatro de operaciones”. En el teatro de operaciones donde se usaban fusiles, granadas y bayonetas, se definía al vencedor y al perdedor aunque desde la óptica del pacifismo ambos salen perdiendo. Pedro y el capitán, obra dramática de Mario Benedetti, es el “teatro de operaciones” donde se enfrentan las fuerzas aliadas de la inteligencia y las convicciones de la vanguardia popular de un ejército que lucha por crear un hombre nuevo, representadas por Pedro, contra las fuerzas de la bestialidad y el dominio del ejército oficial que reprime la aspiración de una nueva forma de vivir, representadas por el capitán.
La obra comienza cuando Pedro, con la cara oculta por una capucha, es arrojado a un cuarto de interrogatorios que será el teatro de operaciones al que asisten el espectador del drama o el lector. Recibe a Pedro el capitán. Ellos serán los únicos personajes durante la representación. Viene en seguida un monólogo del militar mediante el que se describe ante Pedro como el interrogador “bueno”, el que en estas prácticas en la realidad se contrasta con los malos, que, aclaremos, no son malos, son bestias. “Mi especialidad no es la picana, sino el argumento”, dice el capitán, aunque en el desarrollo de la obra lo veremos abofetear a Pedro a causa del mutismo militante de la fidelidad a la lucha popular. Por lo demás, se verá conforme corre el drama, “el argumento” que maneja el capitán no deja de llevar municiones psicológicas de grueso calibre como la amenaza de torturar a la esposa y al hijo de Pedro frente al mismo detenido.
En la oscuridad de la capucha, la inmovilidad de las ataduras y el dolor de la tortura, Pedro no dejará de luchar por su vida y su ideología revolucionaria y lo hará armado sólo con su palabra de militante popular. En un momento de la obra Pedro se alza con la ironía que es lucidez en el torturado e impotencia en el torturador. Le dice al interrogador: “Quizá yo sepa más de usted que usted de mí”. Y el capitán le contesta:

Capitán: (Con ironía.) ¡No me digas!
Pedro: Si le digo. En su afán de extraerme lo que sé y lo que no sé, usted no advierte que se va mostrando tal cual es.
Capitán: ¿Y cómo soy?
Pedro: Bah.
Capitán: Me parece que te pregunté cómo soy.
Pedro: Sí, ya sé. Pero es absurdo. Me mete en cana, hace que me revienten y encima exige que le sirva de analista. Eso no.
Capitán: Después de todo, ya me imagino cómo soy.
Pedro: Entonces estoy de acuerdo con ese autodiagnóstico.
Capitán: ¿Y si me imagino noble y digno?
Pedro: ¿Sabe lo qué pasa? Usted no puede venderse a sí mismo un tranvía. (Pausa muy breve.) No se puede imaginar noble y digno.
Capitán: (Gritando.) ¡Cállate!
Pedro: ¿Cómo? ¿No quería que hablara? Y ahora que me decido a hablar…

Como éste que acabo de leer, el drama publicado por Benedetti en 1979 tiene muchos pasajes que son literariamente espléndidos ejemplos del manejo de la palabra, y, como retratos de la realidad, deslumbrante revelación de la bestialidad que alcanza el ser humano (el torturador), contrastada con la lucidez reivindicante que también puede alcanzar el ser humano (el torturado).
Al final de Pedro y el capitán, la vanguardia revolucionaria, el militante revolucionario, vence muriendo; el poder gubernamental, en el capitán, sobrevive humillado por la fidelidad del militante revolucionario a su causa y a sus compañeros.
Pedro y el capitán, en sus menos de cien páginas, es una obra de tensión similar a la de un poema.

Primavera con una esquina rota (1982)
La novela Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti, es una mirada a la ferocidad represora que practica el Estado capitalista contra sus opositores verdaderos. (Conviene aplicar el adjetivo verdaderos, porque aquí, en México, se crean oposiciones cómodas, a la medida de las necesidades de los gobiernos en turno). La novela de Benedetti es también una mirada a la represión que toma formas de cárcel y tortura para unos; de exilio, es decir, otra forma de tortura, para otros. Sin embargo en el entramado de crueldad que se tiende de pilar a pilar, de viga a viga de la estructura de esta novela, resaltan dos hilos, uno de ternura infantil y otro amoroso.
La narración la traman y la urden cartas de Santiago desde la prisión de Uruguay donde sufre encierro y tortura, y la complementan los días y las palabras de Graciela, su esposa; de Beatriz, hija de ambos que tiene 9 ó 10 años de edad, así como de don Rafael, padre del encarcelado y Rolando, amigo del preso, todos instalados en la lejanía del exilio en España.
Esta novela tiene la característica de que la narración es interrumpida por textos personales de Benedetti, textos no relacionados directamente con la historia pero que surgidos de la realidad estricta y de las andanzas políticas del autor uruguayo son de la misma familia del texto que constituye la ficción, son escritos acerca de la represión, el exilio, la lucha por la democracia y la solidaridad humana. Pasa en la novela como en el teatro de Brecht, donde la acción es interrumpida para que surja el mensaje didáctico o para que los propios actores, sin la dinámica dramática, es decir, sin actuar, cambien o reacomoden la escenografía, movimiento que rompe la ficción y rompimiento que dará mejor contexto a la continuación del drama. Así, la ficción dolorosamente realista de Primavera con una esquina rota es reforzada con textos contextualizadores que apuntalan la ficción con su carácter de cuñas afiladas por la historia.
Al recordar la relación padre-hijos que se observa en La tregua y sobre todo en Gracias por el fuego y cotejarla con la que se da entre el Santiago encarcelado y don Rafael en el exilio, se realza el afecto, el auténtico cariño, el amor filial entre los dos que han sido militantes de la oposición política durante la dictadura uruguaya, Santiago incluso en la acción directa o, para no usar ese concepto de la lucha revolucionaria, con las armas en la mano. En una de las muchas páginas densas de sentimientos don Rafael se dice: “Estoy donde estoy y él está donde está. Pobre hijo. Si pudiera canjearme con él. Pero no me aceptan. No soy suficientemente odioso. No quise derribarlos, desarmarlos, vencerlos. El sí lo quiso y fracasó. Si yo pudiera entrar allí para que él saliera […]”. Don Rafael tiene 67 años de edad, Santiago 38.
Por el contrario, la saña de la dictadura convertida en cárcel para Santiago y exilio para su esposa Graciela va minando las distantes relaciones de la pareja. El amor naufraga por la insatisfacción de los sentidos. La pareja se va desmoronando. La fuerza narrativa de Benedetti nos introduce en las variaciones anímicas de Graciela provocadas por la separación, la lejanía, la distancia, el exilio. El exilio desbarata los afectos. Benedetti no es condescendiente con su personaje Graciela. No quiere hacer de ella una mártir del matrimonio y nos la muestra quebradiza, endeble, vulnerable ante los reclamos que la ausencia no escucha. A Graciela se le rompe la integridad afectiva a causa de la distancia entre los cuerpos. (pp. 90-92)
En cuanto a Beatriz, la niña de 9 ó 10 años, hija de Graciela y Santiago, es un personaje enternecedor y gracioso. La maestría de Benedetti sabe crear una niña que es una niña de literatura pero no de caricatura ni de hielo. No la dibuja, no la describe Benedetti, los lectores la recreamos y la conocemos con sus palabras de ingenuidad pueril. Todas las intervenciones de Beatriz son cándidamente profundas y graciosas. Se pueden ejemplificar con su disertación sobre la palabra libertad, que por cierto, con atroz ironía, es el nombre del penal donde vive recluido su papá Santiago. (pp. 109-111)
Beatriz es un personaje de gracia y ternura, un sorprendente personaje por su gracia ingenua y su ingenuidad graciosa que irriga de frescura la desolación que padecen su mamá Graciela que ve cómo el exilio le destruye la necesidad del esposo; mitiga la domeñada desesperación de Santiago, su papá, que además con su convicción revolucionaria se blinda para sobrevivir al encierro y la tortura; modera la congoja de don Rafael, su abuelo, en quien se concentran los dolores del exilio, del padecimiento por el hijo que sufre las garras de la dictadura y de ver que la nuera va abandonando anímicamente a su hijo encarcelado. (Un monólogo de ejemplo de Beatriz en las pp. 174-176.)
Es Primavera con una esquina rota una novela sobre la heroicidad de los desarraigados por la dictadura.
Una cosa última en este rápido acercamiento a Primavera con una esquina rota: un compañero de celda de Santiago lee la novela mexicana Pedro Páramo. No es de extrañar, Benedetti, en algunos de sus libros de ensayo –recordemos sus títulos: El escritor latinoamericano y la revolución posible, El ejercicio del criterio y El recurso del supremo patriarca–, consideró a Rulfo el mejor escritor mexicano.

La borra del café (1993)
Cuando mediante la publicidad editorial, las noticias culturales y las reseñas bibliográficas me enteré que La borra del café venía a aumentar el fondo novelístico de Benedetti, el título se me clavó en la curiosidad porque no podía encontrarle la coherencia. Para mí la borra era, desde la infancia de almohadas duras y colchonetas en lugar de tersos edredones de invierno, era, digo, la borra, un compacto apelmazamiento de algodón que se usaba de relleno. A las almohadas les sacaban la borra para lavarlas; a las colchonetas luidas se les veía o se les salía la borra que guateaba la tela barata confeccionada contra el frío. Entonces, cómo hablar de la borra del café, cómo asociar el negro líquido de los insomnios con los puñados de algodón apelmazado. Por supuesto, la lectura de la novela me esclareció el concepto más que la presentación de la cuarta de forros que se preocupó por aclarar el raro nombre del libro. Luego, al seguir los breves capítulos que articulan la novela dejé de inquietarme por las ocultas significaciones del título que, inútilmente, volví a intentar descubrir al pensar en lo que diría aquí.
La borra del café son los sucesivos capítulos de la vida de Claudio desde la edad de entrar a la primaria hasta la de aterrizar en la vida profesional, en la que al final empieza a ser un triunfador dentro de los litorales de la clase media. Claudio es un pequeñoburgués afortunado, nacido en una casa cómoda; pasa una adolescencia en la que se le da lo importante. A sus dieciséis años, Natalia, una estudiante chilena avecindada en su casa, lo inicia en la vida sexual y hasta en una visión distinta de la apropiación sexual. Ella le explica al adolescente: “No te olvides que soy del Quique. El es mi hombre.” “¿Y esto que hicimos?” “Esto que hicimos fue ante todo un acto de solidaridad. En Chile somos muy solidarios. Y solidarias. Hace tiempo que sentía que necesitabas esto. Para tu formación ¿entiendes? Y hoy se dio la ocasión.”
Aquí leo un soneto de solidaridad sexual que se puede poner entre los poemas de Benedetti más re-citados por los enamorados a sus herméticas enamoradas. El soneto se llama “Piernas”.

Las piernas de la amada son fraternas
cuando se abren buscando el infinito
y apelan al futuro como un rito
que las hace más dulces y más tiernas.

Pero también las piernas son cavernas
donde el eco se funde con el grito
y cumplen con el viejo requisito
de buscar el amparo de otras piernas.

Si se separan como bienvenida
las piernas de la amada hacen historia
mantienen sus ofrendas y en seguida

enlazan algún cuerpo en su memoria.
Cuando trazan los signos de la vida
las piernas de la amada son la gloria.

Después de ese interludio deleitoso y solidario, volvamos con el pequeñoburgués Claudio. Para el tiempo de su iniciación con Natalia, en su vida amorosa ya había aparecido, literalmente aparecido, Rita; Rita niña para el niño Claudio, Rita adolescente para el adolescente Claudio, Rita profesionista para el profesionista Claudio. Varias veces Rita roza la vida de Claudio. Lo ilusiona y desaparece. La figuración de Rita lo aborda aun en el avión en el que viajará a Quito. Sin embargo en esta última ocasión que sucede en el ante-antepenúltimo párrafo de la novela, Claudio abandona el llamado del amor ideal y decide: “Mariana y punto”.
Mariana es la estable compañera amorosa de Claudio. La conoce a los veintiún años en un baile y se convierten en una afortunada pareja pequeñoburguesa: “nos contábamos las respectivas historias, que no eran, vale reconocerlo, demasiado apasionantes”. Benedetti les aporta la pasión del tango que los seduce. Hace en tres párrafos una descripción del baile que es un poema. El tango los lleva a la cama y al amor. Hacia el final de la novela la fortuna de ambos se vuelve material pecuniario cuando Claudio, jugando a la ruleta en un casino, gana tanto dinero que los hace pensar en casarse.
Al final, cuando parece que la afortunada vida pequeñoburguesa de Claudio será sacudida por un imprevisto que lo lleve a lo extraordinario, se impone su fortuna pequeñoburguesa. Había abordado un avión, como dije antes, que lo llevaría a Quito para participar en un seminario internacional de diseño gráfico al que lo había enviado su empresa. (Subrayo el su porque a los asalariados los patrones les hacen creer que el lugar donde venden sus capacidades es su empresa.) A bordo de la nave aérea aparece Rita como azafata. El profesionista triunfador recibe las caricias de ella y en tanto conversan el comandante del avión anuncia el tiempo que tardarán para llegar a Mictlan. Claudio se alarma. ¿Mictlan? No sabe qué lugar es ése. Y a donde se dirigía él es a Quito. “¿No íbamos a Quito?”, le pregunta a la azafata Rita. “Ibamos, sí. Ahora vamos a Mictlan”, le responde ella.
El lector informado sabe que Claudio tiene razón en alarmarse, aunque no sepa qué lugar es ése. Porque el lector informado sabe que Mictlan en la mitología azteca es la región de los muertos. Mas no hay razón para alarmarse, aunque haya razón para alarmarse, porque ese destino inesperado, como la presencia de Rita, es un sueño. Lo que le ocurre a Claudio es una pesadilla pero lo que nos espera a todos no es un sueño, porque al final, literalmente al final, todos iremos a Mictlan, lugar de los muertos.

Andamios (1997)
Andamios es un libro valioso porque contiene lo que es consustancial a la obra de Benedetti, el amor a lo mejor del ser humano, entre ello, el amor a la libertad, a la lucha por la libertad, a la integridad que inyectan los ideales creados por la vocación de justicia; también a la habilidad para crear belleza. Andamios reconoce la capacidad humana para crear belleza y la evidencia en sí mismo.
Andamios es un libro de Mario Benedetti donde confluyen, como ríos que forman la gran corriente de una ficción narrativa, cartas, artículos periodísticos, sueños, poemas, crónicas de viaje, mensajes de fax, mensajes de suicidas. Se crea con esos afluentes el torrente literario que es la vida de Javier, un exiliado que salió de Uruguay a causa de la dictadura que asoló de 1973 a 1985, con bestial crueldad, a esa nación sudamericana y regresa después de doce años y ahora navega tratando de ajustarse a un país que ya no es el que dejó, aunque debe reconocer que tampoco él es el mismo Javier que salió al exilio.
Siguiendo al propio Benedetti en su “Andamio preliminar”, nos hemos referido antes a Andamios como libro y no como novela porque al empezar aquel breve prólogo de poco más de dos páginas, el autor uruguayo hace una advertencia ambivalente. Dice: “no estoy muy seguro de que este libro sea una novela propiamente dicha (o propiamente escrita)”. El “propiamente escrita” implica que sí es novela. Los materiales que también hemos mencionado antes (cartas, crónicas, mensajes de suicidas, etcétera) podrían explicar la advertencia de Benedetti, sin embargo la articulación narrativa con que son ensamblados los diversos textos, sus tonos y el entreveramiento de sus inflexiones salidos de una voz relatora no dejan duda de que al leer Andamios el lector camina por los senderos de una novela. La disyunción o juego de palabras de “o propiamente escrita”, propuesta por el autor, lo confirma. Al jugar con el giro lingüístico del adverbio propiamente parece que Benedetti admite que el libro es una novela, aunque sus sistemas no quepan en la arquitectura tradicional. Aunque, impropiamente, es novela. Así, Andamios es la novela que no fue para ser. A pesar de la advertencia del autor uno acaba con la satisfacción de haber metido su curiosidad de lector a los interiores de los personajes y de haberlos visto actuar en sus escenarios. Andamios es una novela porque su lector convive con personajes y visita lugares de letras en páginas que van articulando una narración no convencional pero gozosa para los ojos que gustan el perderse en la ficción escrita.
Andamios, seguramente igual que el resto de obras de Benedetti, es un libro valioso porque reúne algunos de los mejores rasgos del ser humano, el amor a la libertad, la fidelidad a la lucha popular, la vocación de justicia, la habilidad para crear belleza y más en el contexto de un Uruguay recién salido de una dictadura cruel y encarrilado en una democracia endeble minada por los vicios del capitalismo. Rocío, la nueva pareja del protagonista Javier, mujer de militancia política radical, se pasó diez años sufriendo la cárcel y la tortura como consecuencia de su lucha antidictatorial. Ahora, cuando yace en la cama al lado del hombre que fuma plácidamente, desahoga su inquietud por las condiciones del mundo absurdo que los rodea después de todo, es decir, un después de todo que significa años de resistencia, encierro carcelario, tortura y exilio. Rosario le dice a Javier: “Pero en el futuro no estamos solamente vos y yo. Abro el diario, miro la tele, y me parece estar inmóvil, aletargada, en un rincón de la catástrofe.” Sentirse inmóvil “en un rincón de la catástrofe” es tener conciencia de que el mundo está contrahecho y de que la propia humanidad tiene la capacidad de corregirlo y que cada uno tiene el compromiso de afanarse en esa tarea.
Entre las intimidades generadas por el amor o el apetito sexual de los personajes de esta novela de Benedetti, personajes que en su mayoría tuvieron una militancia política radical de izquierda, discurre, no podía ser de otra manera por la condición de personajes ricos en ideología marxista (Javier dice jugando con las palabras y desplegando una verdad: “No hay Marx que por bien no venga”), discurre, digo, el análisis que de su circunstancia hacen, no es análisis académico ni especulación sociológica sino apreciaciones de militantes salidos de la praxis. Estos militantes en reposo analizan desde la condición de un mendigo de Montevideo hasta el poder de la FIFA (siglas que no necesitan ser descodificadas) y hasta el propio cuerpo, el cuerpo humano, el cuerpo que alberga al yo, el cuerpo en su significación con otro cuerpo, el de la mujer amada, por el que es y en el que es. Andamios resulta así una novela de la pasión amorosa y de la pasión política y en ella se encuentran tres poemas al cuerpo, residencia de las pasiones y de la existencia. Su cuerpo le arranca a Javier, protagonista de Andamios tres poemas de un gozo humano renacentista.

Conclusión
Es ejemplar para quienes se dediquen a la literatura o no, sean artistas o no, el compromiso del escritor Mario Benedetti con lo mejor de la humanidad, con las capacidades que la dignifican. Su vida mostró que se puede triunfar en la literatura, como seguramente en todo, sin genuflexiones indignas ni zigzagueos coquetos coreografiados para agradar a los poderes que pueblan el mundo de humillados y ofendidos, expoliados y sacrificados.
Este escritor uruguayo nacido en 1920 vivió y vive para mostrar que en los tiempos de desaliento ideológico, de atonía revolucionaria, de desconfianza en las capacidades humanas, siempre hay un compañero con palabra y conducta dignas, reconfortantes y estimuladoras.
La línea de dignidad de Benedetti no se descompuso con sinuosidades, quiebres ni fisuras. Reintegrado a su patria como algunos personajes de Andamios, la novela mencionada, después del prolongado exilio que fue una persecución política, una represión de nombre específico, exilio, Benedetti siguió siendo paradigma principalmente para quienes seguimos pensando que es posible cambiar al hombre que han formado las pasadas épocas de la humanidad, cambiarlo para que sea un mejor ser humano. Quienes creemos esto vemos en el ejemplo de Benedetti y la parte de la humanidad que es como él, que siguen en pie los andamios de la voluntad y de la ideología que servirán para edificar al hombre nuevo. Para edificar una obra o reconstruirla primero se deben alzar los andamios. Los mejores en la humanidad siguen trabajando en el armado de los andamios.
Otros andamios podemos ver en la persona y la obra de Benedetti, los andamios que sirven para edificar la conciencia social del escritor, una conciencia que no es como la del albañil que alza paredes, ni la del minero que socava la tierra ni la del conductor de tráiler carguero porque el producto del trabajo de ellos no afecta la conciencia de los demás. La obra del escritor sí modifica, aunque él no se lo proponga, la manera que el lector tiene de ver la realidad, de analizarla y de acomodarse en ella. La literatura rediseña líneas de conducta.
El ejemplar autor uruguayo dedicó innumerables páginas a reflexionar sobre la tarea del escritor y el sentido de la obra literaria en el contexto de pobreza popular, gobiernos oligárquicos, dictaduras militares y dependencias transnacionales que han asolado a Latinoamérica y sus palabras permanecen como andamios que pueden servir al escritor para construir sus personajes, sus diálogos, sus relaciones, sus escenarios y sus historias. Para concluir aclaremos que ni la obra analítica y crítica de los ensayos de Benedetti, ni su narrativa derivan hacia el panfleto. La estética es una expresión del humanismo y los tamaños de la sumisión y de la libertad son opcionales, cada quien le fija fronteras y litorales. Cada quién determina qué tanto se doblega o qué tanto vive erguido. Tal y como la Revolución Cubana mostró que la dignidad nacional se puede rescatar, Benedetti muestra que la dignidad del artista y del ser humano tiene la medida que cada quien quiera darle. La relectura o la lectura de los libros de Mario Benedetti pueden confirmar estas afirmaciones.

sábado, diciembre 05, 2009

Pacheco Cervantes



Todos sabemos que el Premio Cervantes es el Nobel en español. Tras recibirlo, José Emilio Pacheco llega en materia de galardones a la máxima altura que un escritor pueda alcanzar si escribe en nuestra lengua. El reconocimiento es, pues, para él, pero también lo es para México, país con no pocos aportes en la vigorosa historia de este idioma común a tantos pueblos. Con éste, suman ya cuatro mexicanos con el Cervantes en la alforja; antes lo obtuvieron Octavio Paz, Carlos Fuentes y Sergio Pitol, lo que distribuye el paquete, si nos atenemos a los géneros que más han abrazado, en dos poetas (Paz y Pacheco) y dos narradores (Fuentes y Pitol). Como dato curioso, la estadística indica que a los escritores mexicanos les conviene tener un apellido con P inicial.
En el ensayo “Cuatro estaciones de la cultura mexicana” (La historia cuenta, 1998), Enrique Krauze ubica a Pacheco entre los poetas de la generación de 1968. Entre otros, aparecen en el mismo grupo Carlos Montemayor, Juan Bañuelos, Jaime Labastida, Elsa Cross, David Huerta, Jaime Augusto Shelley y Ricardo Yáñez. También en la generación del 68 destaca a los novelistas Jorge Aguilar Mora, José Agustín, René Avilés Fabila, Arturo Azuela, Parménides García Saldaña, Hernán Lara Zavala, Gustavo Sáinz y Ignacio Solares; en el ensayo, la misma generación así clasificada por Krauze resalta a Héctor Aguilar Camín, Roger Bartra, José Joaquín Blanco, Lorenzo Meyer, Carlos Monsiváis y Guillermo Sheridan. Esos son algunos de los escritores que, como digo, han aportado una obra innegablemente valiosa al español, poetas, narradores y ensayistas de una generación (si creemos en eso: que existen las generaciones) nacida, meses más o menos, entre 1940 y 1950, es decir, cuando México dizque se abría al mundo moderno y cambiaba las riendas del caballo por el volante de automóvil. Creo ver en esos escritores el tirón definitivo hacia el cosmopolitismo; en diferentes medidas, por supuesto, los autores mencionados junto a Pacheco ya no miraban tanto hacia el país como hacia el exterior. Quiero decir que para estos escritores era tan valioso lo nacional como lo foráneo y ya no era incluso necesario hacer distingos que en algún otro momento derivaron en guerras de papel como la abundantemente documentada en México en 1932: la polémica nacionalista de 1929 (FCE, 1999) de Guillermo Sheridan. Como Pacheco, los escritores de ese tándem podían ya, con todo desparpajo, oír rock, leer en inglés o francés, traducir, mover a sus personajes por calles y ya no por brechas, mezclar géneros, experimentar con estructuras, describir sin velo escenas sexuales, preocuparse por las minorías y dialogar con el arte pop, entre otras novedades.
Como sus contemporáneos, Pacheco es un escritor todoterreno. El género de su mayor dominio es la poesía, pero tiene cuentos estimables, un par de novelas y una muchedumbre de textos críticos publicados igualmente en una muchedumbre de revistas y periódicos; en esto sólo es superado por su amigo y casi hermano Monsiváis, aunque Pacheco se diferencia de aquél en un mayor ceñimiento al ensayo literario breve y no a la todología manejada por el autor de Escenas de pudor y liviandad.
Los premios son siempre bienvenidos por todo escritor, o por casi todo escritor, y más si son como el Cervantes, que no surge por convocatoria ni obliga a la revisión de una obra específica. El máximo premio para un escritor de lengua española es concedido por trayectoria, como el Nobel, así que quien lo recibe quizá puede soñarlo, pero, se supone, no operar para que se lo den. El monto en metálico, 125 mil euros, no es nada despreciable, y esta cantidad se suma a la difusión que recibe la obra del galardonado. Pacheco estaba en la FIL cuando recibió la noticia, lo que de inmediato colocó sus declaraciones en el centro de la atención y cotizó a la alza sus autógrafos. Con el Cervantes, Pacheco gana además otra ubicación; sale de la vitrina de escritores mexicanos y se coloca en la que también ocupan Carpentier, Borges, Onetti, Sabato, Roa Bastos, Bioy Casares, Vargas Llosa, Cela, Mutis, Gelman, entre otros ganadores del premio que recibirá el 23 de abril de 2010 en la Universidad de Alcalá de Henares. Tal vez Pacheco parezca poco junto a monstruos como Carpentier o Borges (¿quién no parece poco junto a Borges?) o Vargas Llosa, o junto al mismo Paz. Tengo para mí que su obra vale, más que por su tamaño, por la congruencia de su sentido humanista, por ser ventana siempre abierta a la reflexión: mirador apuntado sin descanso hacia el corazón del hombre, es decir, obra que compendia las virtudes de su generación.

jueves, diciembre 03, 2009

Juanito reloaded



Realmente fue saludable, como un buche de oxígeno, carecer de Juanito durante dos meses. Fue un ensalmo luego de que, tras las elecciones y la primera rebatinga, el hombre de la banda tricolor en la cabeza sufriera una afección cardiaca que lo alejó de las noticias durante casi sesenta días. Fui de los que pensé, oh ingenuo, ya aquel sujeto no regresaría luego de que Ebrard le hiciera mano de cochino para dejarlo en la banca. Pero Juanito es Juanito y ha vuelto literalmente por sus fueros y reloaded como delegado de Iztapalapa.
Como Juanito es un factor propicio para ridiculizar hasta la caricatura a López Obrador y a la “izquierda”, mientras ha estado en acción recibe una cobertura triple “A”, insólita en un país que tal vez, como catarsis, puede distraerse con tarugadas de corte juanítico, pero no llegar al extremo de convertir a ese tipejo en noticia de cinco estrellas y con vista al mar. Pero ya se sabe: Rafael Acosta es un maravilloso activo propiciador de enlodamientos merecidos e inmerecidos: a la cuota de lodo que en realidad merece el affaire Iztapalapa, los medios se dan vuelo y usan los dichos y los hechos del monigote para hiperbolizar el desastre de las tribus izquierdosas cuya desarticulación tiene razones endógenas, es cierto, pero más exógenas, inducidas desde arriba.
Muy de lejos, siento que no estaba mal abandonarlo a su suerte en la delegación que “ganó”, como escribí hace algunos meses. Soy de los que aseguran que el lopezobradorismo pierde más de lo que gana en la disputa de la delegación donde Brugada y Juanito se arrebatan la estafeta. Más allá de su promesa en aquel acto tragicómico, Juanito es el ganador oficial, y de allí no lo van a sacar, según parece. Fue un error confiar en la palabra de un tipo que sólo ha dado trazas de no estar en sus cabales y ser sólo un clown de la polaca nostra. Y no lo digo porque nos falten clowns en otros partidos o en la nómina del poder, sino porque en su caso la catadura de payaso es harto visible, tricolor y prosódica, por tanto explotable con fines de taquilla televisiva y política. El acercamiento al PAN evidencia con claridad de qué lado masca Juanito, en qué niveles se mueve la payasada de su vida pública.
He leído, ya con tedio, que el delegado iztapalapense está configurando su equipo de colaboradores, eso mientras sigue en pie el conflicto por la demarcación capitalina. Por lo pronto, ya nombró a una panista como directora general Jurídica y de Gobierno. El periodismo, ansioso por saber otros nombres de posibles funcionarios, le ha preguntado si invitará a Alberto Rojas, mejor conocido en las elites culturales como El Caballo, para que colabore con toda su experiencia en Iztapalapa. A propósito de tal posibilidad, muchos especulan ya con la idea de que en el gabinete metan toda la carnacua al asador y lleguen puros funcionarios albureros. No por nada, en su paréntesis cardiaco el inefable Juanito se mezcló en el inframundo del teatro populachero que en chilangolandia tiene una larga tradición. Se sabe incluso que El Caballo será director del sesudo drama ¡Ay Juanito no te rajes!, pieza en la que se verá qué tan alto es el talento histriónico del rajón ex petista.
Fotos sin camisa con musculosos fisiculturistas, escenas de la vida real en el hotel donde hizo campamento antes de tomar protesta, entrevistas con periodistas shalalá, momentos mágicos en un palco de la máquina cruzazulina, toma de protesta frente a un pelotón de fotógrafos que lo fusilan a flashazos mientras él se arranca la corbata y grita un “muera el PT”, pernoctación en casas de campaña donde pasará frías madrugadas, arribo a su oficina con cerrajero por delante y show, show y más show.
En resumen, Juanito empeñó su palabra con la honestidad de un promotor de rifas callejeras. Su tricolora cabecita tal vez más destrampada que logrera lo ha hecho reparar muy poco, o nada, en aquel juramento que no hizo con tinta sangre del corazón, sino al calor de una asamblea en la que cualquiera, cualquiera como Juanito, puede jurar lo que sea sin que en realidad se sienta obligado a cumplir. En otras palabras, y al margen de que Juanito sea un perjuro más en la larguísima historia nacional de las traiciones ilustres, ¿a quién le importa ser acusado de apostasía si tiene a merced el presupuestazo de Iztapalapa? Juanito podrá ser lo que sea, menos eso que usted está pensando.

miércoles, diciembre 02, 2009

Lectura sobre ruedas



Tengo para mí que los caminos de acceso al libro y la lectura son imprevisibles. Si bien es cierto que favorece mucho descubrir de niño el milagro de una biblioteca bien nutrida o el contacto con algún pariente adicto a la lectura, el azar interviene mucho en esto. Conozco casos, el mío tal vez sea uno de ellos, en los que el libro llegó así, impensadamente, sin anunciarse mucho. El caso es que, cuando el umbral de intereses de la persona deja ver una mínima predisposición a la lectura, el contacto accidental con un autor, con un libro, con un verso o un cuento puede despertar vocaciones adormiladas y latentes.
Una mezcla de azar e planeación tuvo hace poco uno de los proyectos más originales que he visto deambular en el programa mexicano, siempre inacabado, de fomento a la lectura. Lo propuso Salvador Álvarez de la Fuente, coordinador estatal, en Coahuila, del Programa Salas de Lectura. El nombre que le puso fue “Lecturas para llevar” y consistió en lo siguiente: luego de elegir un día equis y dos cruceros muy transitados de Torreón, un equipo de jóvenes estudiantes de la PVC se apostaron en los puntos predeterminados para regalar a los conductores pequeños volantes impresos con textos literarios y, cuando lo permitían, para imprimir en el cristal trasero del vehículo, con serigrafía, algunos versos o alguna brevísima prosa literarios. Cierto que se trató de textos cortos que no van a cambiar radicalmente el destino de nadie; su propósito, eso sí, fue añadir un toque de humanismo, de arte, a una realidad citadina que no suele darnos algo así, una pizca de poesía que nos lleve a la reflexión o al tenue contacto con la belleza de las palabras. Los jóvenes pevecianos, comandados en este caso por Salvador, hicieron su trabajo con un entusiasmo ejemplar y además de los cientos de volantes dejaron estampados con serigrafía más de cuatrocientos coches. De golpe, pues, un puñado de muchachos y el ingenio de un promotor cultural diseminan algo de literatura en plena calle. Todavía hoy, si usted maneja y está atento, podrá ver algún coche con la pinta serigráfica de un poema, es decir, de un producto hecho para hacer mejor al hombre, no para vender.
Le dije a Salvador que su idea me parece digna de eco. Al parecer, pronto repetirá la dosis y ojalá se vuelva una costumbre así como la de pegar anuncios políticos, publicitarios o deportivos en los coches; en otros términos, que también la literatura cuente allí con un espacio. Tuve la suerte de dialogar con Salvador la pertinencia de los textos difundidos: acordamos proponer a cuatro autores: Enriqueta Ochoa, Mario Benedetti, Jaime Sabines y Vinicius de Moraes. Si vivieran, sé que esos escritores se sentirían orgullosos de que un pedacito de sus obras viaje en taxi, en coche particular, en camión de reparto, en grúa, todos junto al hombre común de todos los días, al ciudadano que sale y hace y produce y lucha y en su coche, por lo regular, no carga un poco de poesía.
Vi un rato la técnica de impresión serigráfica que los muchachos de la PVC imprimían en el cristal trasero de un taxi. Vi también el reparto de volantes y no pude no pensar en dos referencias al acto de dar literatura en plena calle: la escena del poeta que recita sus versos a los conductores en la película El lado oscuro del corazón y, más cerca de mi experiencia personal, el tipo que vi en España echado en el suelo y con un letrerito en el pecho: “Le regalo mi poesía”. Hay que repetir esta experiencia, sin duda, para que las palabras de escritores como Vinicius de Moraes lleguen a otros destinos sobre un coche; leamos “Carta del ausente” mientras esperamos el verde en el semáforo: “Amigos míos, si durante mi ausencia vieran acaso pasar a mi amada, pidan silencio general. Después señalen hasta el infinito.
Ella debe ir como una sonámbula envuelta en un hálito de tristeza porque sus ojos sólo verán mi ausencia.
Ella debe ser ciega a todo lo que no sea mi amor, este indecible amor que vive encerrado en mí como en una cárcel, mirando su rastro.
Si fuera de tarde, compren y deshojen rosas a su melancólico paso, y si pudieren, entonen cantos primos, que cese totalmente el tránsito y callen los cláxones de modo que se oiga largamente el ruido de sus pasos.
Amigos míos, junten las manos para rezar y rueguen, no importa a qué credo o divinidad, por el bienestar de mi gran amada durante mi ausencia, porque su vida es mi vida, mi muerte es su muerte”.

domingo, noviembre 29, 2009

El gozoso dolor de la arena



Los elementos externos al corazón de un libro pueden ser, en el caso de los escritores sin malicia, meros rasgos ornamentales, ítems que se llenan nomás porque deben ser llenados. Entiendo por “elementos externos” el título, la imagen de la portada si la hay, los epígrafes, los nombres de los capítulos y las viñetas en el caso de que lleve. Para un escritor minucioso, todo comunica y emite pistas sobre el sentido de la obra, lo que resulta particularmente útil al lector cuando se trata de un libro con cierto carácter ambiguo, enigmático o simbólico. Son, pues, claves para ingresar a él, y aquí bien vale recordar que clave significa llave, la llave que nos abre las puertas del misterio.
Húmedo desierto es, como casi todo libro de poesía, un racimo de poemas cuajados con imágenes que no se dejan desnudar a la primera lectura. Para ir develando sus secretos es pertinente conocer algunas claves que, siento, están sobre el mismísimo tapete de entrada a este recinto, es decir, en el título, en la imagen de la portada y en el epígrafe principal. Voy a tratar de argumentar por qué. Primero, creo que éste, el tercer poemario individual de Graciela Guzmán, ha sido vertebrado con una imagen paradójica: el amor es una pasión que mitiga la desolación, pero no la disuelve totalmente.
Antes, porque casi recién ha escogido a La Laguna para radicar, quiero informar que Graciela Guzmán (León, Guanajuato, 1957) se ha especializado durante muchos años en la corrección de estilo, trabajo que sobre todo desempeñó en el diario AM de la ciudad de León, Guanajuato. En esa misma ciudad participó en talleres literarios y poco a poco fue consiguiendo una voz poética que maduró hasta cristalizar en sus primeras publicaciones: La vida no vale nada y La desnudez a solas. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés y publicados en revistas de Estados Unidos. Ha sido becaria en la categoría creadores con trayectoria por el Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato. Además de la literatura, practica la fotografía, actividad en la que ha obtenido, entre otros, el premio estatal de fotografía 1997 en su entidad natal.
Descrita esa trayectoria en la que destaco la labor de corrección, oficio que también he practicado y califico de extremadamente delicado, vuelvo al libro que nos reúne: a nadie se le escapa que su título encierra una paradoja: son dos términos contrastantes, oximorónicos: si el desierto se caracteriza por la sequedad, ¿por qué aparece aquí cómo húmedo? Sospecho que allí está la primera clave, pues lo que dijo David Lagmanovich para el microrrelato es también válido para otros géneros, en este caso la poesía: el título “cumple una indudable función de focalización y, al hacerlo, completa el significado —o, si así se prefiere, devela la intención autoral— a que aspira la composición en su totalidad”. La segunda clave es más visible todavía, aunque ignoro qué tanto influyó la autora en esto: la imagen que ilustra la portada muestra un desierto en color ocre, unas onduladas dunas que tienen algo de cuerpo; sobreimpuesto a esa imagen, un reloj de arena cuya cintura estrecha no necesito describir; el conjunto da la idea de dos cuerpos juntos: el del reloj ayuntado con las dunas; esta es la segunda clave. La última es el epígrafe: “El amor es el silencio más fino, / el más tembloroso, el más insoportable”, dos versos de Jaime Sabines arrancados de ya sabemos qué poema.
No sé si me excedo en el afán de interpretar los elementos que llamo externos, ajenos a la textualidad del libro en sí. Si exagero, nada se pierde. Si atino, algo habremos conseguido en el afán de leer con esta brújula. Las tres claves que destaco como llaves para ingresar a Húmedo desierto nos llevan a pensar que el amor no anula el yermo que es el cuerpo sin la irrigación de los afectos, pero esa pasión allí, sobre el desierto de la vida, es mejor que nada, grata a pesar de la sequedad esencial del ser que es conciente de su finitud. Por eso está allí Sabines, un poeta que es símbolo de enamorado triste, de amoroso melancólico, de húmedo desierto al fin. Por eso la imagen del páramo que es cuerpo hecho de sensuales dunas sobre las que cae el cuerpo de un reloj de arena que marca el ritmo de la felicidad carnal, es verdad, pero también la terminación ineludible del placer. Insisto: tal vez este conato de aproximación proporcione una idea general sobre el tema que deambula los poemas de Graciela Guzmán. Puede que sí, puede que no, pero al entrar en sus versos intuyo que es posible hallar una confirmación, al menos cierta coincidencia, entre lo que observo fuera del libro y lo que hay dentro. En los versos hay goce, hay alegría, hay humedad, pero también un persistente desamparo, una especie de aura que ensombrece con una capa de aridez el rito jadeante de los cuerpos.
Por ejemplo, en el “Poema desde el baldío que preparó tu calle sexta” Guzmán sugiere: “Hablo del amor que prepara exequias / porque no tiene suficiente vida para dos”. Igual, con un amor incompleto, como mutilado de antemano, el poema “Preparativos para volver a la realidad: “Las experiencias no son vanas / Lo son estos labios de río estéril / esta lengua habitante de páramos / estos brazos rodeando vacuidades / este corazón que late a ciclos / esta piel de cortesana furtiva / Lo es este amor que no me sirve / para eclipsar fantasmas”. Estos y muchos versos más, por no decir todos los de Húmedo desierto, remiten al título del libro, a la imagen de portada, al agridulce poeta chiapaneco: son una constancia de la desolación apenas tocada por fugaces dichas, por cuerpos que se irrigan pero no acaban por hacer que nazcan verdores en la arena.
Con poemas como estos, sinceros, ajenos al chantaje, Graciela Guzmán se presenta ante una comarca que esperamos no le sea desértica y sí pródiga. Ojalá. Pase lo que pase, bienvenida a La Laguna (texto leído en la presentación de Húmedo desierto celebrada en el Icocult Laguna el 27 de noviembre. Participamos Angélica López Gándara, Daniel Maldonado, la autora y yo).

sábado, noviembre 28, 2009

Capital de Heriberto



A Heriberto Ramos Hernández lo conozco de hace poco, tal vez tres o cuatro años. Pese a ello, ya sea por carta o por conversaciones directas le he cobrado franca admiración apoyado en dos razones: su trato siempre cordial y, sobre todo, sus muy bien estructuradas opiniones. No podría ser de otra manera, pues es un excelente lector y un bien dotado articulista. Maestro y conferencista frecuente en varias ciudades del país, Heriberto tiene, entre otros méritos, el de ser colaborador de CNNExpansión, medio en el que son frecuentemente acogidas sus opiniones sobre economía y administración pública, temas en los cuales tiene amplia experiencia teórica y práctica. No por nada Édgar Salinas lo llama “gurú”.
Creo que alguna vez, cuando ofrecí una charla sobre periodismo en los tiempos de internet, a Heriberto le agradó una frase con la que me referí a quienes con disciplina y rigor escriben y publican en sus blogs: “periodistas sin periódico”. Él es uno de ellos, e ignoro por qué los medios locales no se disputan sus agudos comentarios. Pese a eso, Heriberto no deja de colocar sus opiniones en un blog que comparte por mail a su lista de contactos. Le he preguntado algo sobre este tema, y creo que sus respuestas nos invitan a visitar Capital hoy, comentarios sobre negocios, finanzas, libros, economía y gestión. Dice al respecto: “Hay millones de blogs abiertos, pero más del 87% no pasan de ser una ocurrencia donde el bloguero publica dos o tres textos del tipo ‘mi querido diario’, o del tipo ‘quiero gritar mi verdad al mundo’; lo cierto es que la blogósfera es un páramo de soledades mediáticas. Los blogs que se conservan son aquellos donde el bloguero tiene algo cotidiano que decir: opiniones temáticas, chismes sabrosones, etcétera”.
Heriberto mantiene en pie su blog por varias razones: “Me permite ir rescatando poco a poco los más de 350 artículos que tengo publicados en medios impresos, como CNNExpansión, Vanguardia de Saltillo, las revistas de Negocios del ITAM y del IPADE, revistas de la Ibero como Acequias y Vínculos, papers académicos que he escrito y han sido arbitrados por los sellos de la European Management Asociation y la Oxford University Press, y otras colaboraciones en revistas locales. Me permite además, cuando alguno de mis alumnos de posgrado me pregunta sobre algún tema, direccionarlo a mi blog si tengo ya algo comentado sobre ese punto en particular, lo que me ahorra tiempo en las clases. El blog me permite escribir cuando, donde y como quiero, sin fechas de entrega u horarios, sin formatos previos”.
Sobre sus temáticas más visibles, apunta: “No escribo sobre temas de mi vida privada, tampoco pontifico o utilizo ese espacio como vehículo catártico o para atacar a alguien. Escribo sobre mi quehacer profesional en temas de negocios, finanzas, economía, administración, pero sobre todo de libros; me gusta mucho leer, unos dos libros por semana sí leo, y pues me gusta poner ahí opiniones, reseñas, puntos de vista. El blog sí tiene lectores, no sé cuántos asiduos, pero recibo con relativa frecuencia correos de personas que lo leen y tienen opiniones y cuestionamientos sobre lo que escribo; también hacen comentarios dentro del blog. No creo que deba orientar a nadie, eso se me hace algo con un cierto tufo jerárquico. No me siento obligado a nada, la verdad leo mucho más de lo que escribo. El blog para mí es como un avión que abordo a placer y que me lleva y me trae a donde sea y donde luego me encuentro a otros pasajeros que andan por ahí, en las mismas rutas o destinos o con similares intereses. No estoy tan seguro si me interesa publicar más en medios impresos; durante el periodo de 2006 a 2008 tenía varias columnas, algunas pagadas, otras solo por hobbie; me gusta, pues, escribir, pero no me gustan los plazos fatales o tener que entregar una columna cuando no tengo ganas o algo que decir, así que hoy con el blog únicamente escribo cuando quiero hacerlo. Como viajo mucho por motivos de trabajo, me siento más libre, además de que estoy ya en la fase final con mi editor (y amigo) para la publicación de un primer libro, y eso me está demandando mucha atención”. Heriberto Ramos Hernández y su blog son otra de las muchas puertas abiertas por un lagunero al mundo de la crítica; este “periodista sin periódico” opina siempre con originalidad, tino y no pocas veces irónica malicia, todo lo cual suma su mejor capital. Lo recomiendo sin reservas.

viernes, noviembre 27, 2009

Fiscal en la comida



No recuerdo en qué texto afirmé esto que quiere parecer agudo pero en realidad es obvio y seguramente ya lo han dicho mil personas: la historia de la humanidad es la historia de su alimentación. Pues sí, el sólo hecho de que podamos afirmar lo que sea, cualquier frase, es prueba de que nos hemos alimentado. Ahora bien, si nos hemos alimentado, lo hemos hecho acompañados de personas, de olores, de sonidos, de colores, de vivencias que hacen de la comida algo que está más allá, mucho más allá, de su sentido primario, el de administrarnos energía. En otras palabras, la comida no es sólo la química que nos mantiene en pie, sino todo un tramado de experiencias que define gran parte de las culturas nacionales, regionales e incluso familiares.
Sólo por esa razón es un tema inagotable: la comida es, así de simple, el hombre, y el hombre es lo que come, lo que ha comido. Los abordajes al mundo de la alimentación, por ello, son tan variados y abundantes que no hay estudioso capaz de conocerlos todos. Imaginemos una biblioteca con esa aspiración totalizante: estarían allí, por supuesto, los innumerables recetarios, las historias de algún producto (el café, el cacao, el vino, el arroz, la papa…), los diccionarios con términos culinarios, los manuales de nutriología, los acercamientos de carácter económico (la industria azucarera brasileña, por ejemplo) y en fin, todo lo que frontal o lateralmente muestre, describa o examine algo, lo que sea, sobre el alimento.
En esa biblioteca descomunal no pueden faltar, ahora, las aproximaciones al comer mediante la literatura o, para ser más precisos, mediante la mirada poética de los escritores que por lo general han tratado el tema en clave de memoria. Es el caso de Memorias de cocina y bodega, de Alfonso Reyes, o de Grano de sal, de Adolfo Castañón. A diferencia de los recetarios, manuales e historias, los libros de escritores tienen un regusto amigable, pues aproximan su palabra a los platillos casi con el ánimo de que, con exquisitas descripciones, se nos hagan agua la boca y el corazón. Son libros necesariamente cálidos, pues pocos escritores habrá que no sientan una deuda con el sabor, el olor y la apariencia de la comida, contimás (cuánto y más) si tuvieron una madre que se esmeró por preparar delicias. Los escritores que escriben sobre comida, pues, preparan libros casi literalmente sabrosos, atojables, auténticas evocaciones con aroma y sabor gratos.
María Rosa Fiscal nos ha invitado a su mesa de palabras en un par de ocasiones. Primero, en 2005, con el libro El aroma de la nostalgia: sabores de Durango, y ahora con la obra que presentamos esta tarde, el volumen dos del mismo título. En ambos convites, sus comensales hemos sido agasajados con una lista de platillos firmemente arraigados en el ámbito familiar de la ciudad de Durango, pero más profundamente retenidos por el espíritu de María Rosa, escritora a la que admiro, respeto y quiero mucho, pues para mí es un ejemplo de lucidez y generosidad. Para los que no lo saben, María Rosa nació en Durango y estudió letras en la UNAM, además de una maestría en la misma disciplina. Durante casi veinte años formó parte del personal académico de la UNAM, y además impartió cursos de literatura y español en el Centro de Enseñanza para Extranjeros en el DF y en San Antonio, Texas. Ha publicado, entre otros, La imagen de la mujer en la narrativa de Rosario Castellanos (UNAM, 1981), Durango, una literatura del desarraigo (Conaculta, 1991) y Perfiles al viento (IMAC-Juan Pablos, 2000). Además, son incontables los artículos y reseñas que ha publicado en periódicos y revistas del país, entre los que se cuenta la revista Proceso.
Un poco al sesgo de su producción ensayística, María Rosa Fiscal nos ha regalado en los años recientes con dos libros que a mi ver son dechados de buena prosa memorística: se trata de libros que contienen recetas de platillos familiares a los que su autora ha añadido el aderezo de su recordación y su apetito de excelente lectora, es decir, todo aquello que surge en su mente al enunciar “caldo de pescado” o “galletas de miel para la navidad”. Sucede así, y María Rosa lo ha percibido muy bien, porque la palabra que designa cada plato del menú casero no es sólo un nombre, sino un detonador de recuerdos, de sabores y de olores principalmente, pero también de otras palabras, de gestos, de toda la circunstancia que rodeó el acto de comer en el espacio familiar. En otras palabras, las palabras de la comida, de los platillos, no caminan solas en la mente, sino que siempre van tomadas de la mano de otros recuerdos, de otras palabras. Cuando los laguneros decimos, por ejemplo, “carretera”, la imagen que aparece es la de una carretera, la de cualquier carretera, casi la misma carretera que pueden imaginar un acapulqueño, un bogotano o un serbio; cuando decimos “gordita”, en cambio, no sólo acude al cerebro la imagen de una rueda plana hecha de masa tatemada y con comida dentro; de hecho, pensándolo bien, eso no acude a la mente. Lo que llega es un olor, una textura, un sabor, un ambiente de mañana, un mundo de sensaciones que a los laguneros nos alela. Por eso creo que la comida es casi intraductible: un árabe o un filipino podrán leer, en sus lenguas nativas, la palabra “gordita” y quizá su descripción, pero no lograrán saber qué es a menos que convivan durante años con nuestra cultura, la cultura de la gorda. Igual nos pasaría a nosotros con los platillos de culturas ajenas.
Así pues, el esfuerzo de María Rosa es un esfuerzo por traducir, por traducirnos lo que hay en torno a “los sabores de la infancia” (como alguna vez me dijo el poeta y diplomático lagunero Jorge Valdés Díaz-Vélez). No desfilan aquí las consabidas recetas mecánicas, tan frías como el instructivo para armar un motor. María Rosa procede con palabra sazonada por el cariño, la nostalgia y la inteligencia. En cada una de sus estampas brilla entonces el relato detallado de todo lo que a ella le evoca un platillo salado, una golosina, una bebida. El libro es, por ello, un catálogo de finas prosas que toman como pretexto determinados alimentos para contarnos ora una anécdota, ora la vida de un personaje popular, ora la crónica de algún instante en el que dicho bocado fue especialmente significativo. Así en “Atole de pinole”, donde cuenta un paseo a la sierra de Durango con una amiga del DF, Adriana, que en aquel periplo probó el maravilloso ensalmo de maíz azucarado: “El retorno se convirtió en una pesadilla que Adriana soportó con más estoicismo que yo. Llegamos a Durango a las 8:00 p.m. En verdad, mi amiga había vivido una aventura muy diferente a la imaginada. Adriana no expresó ninguna queja y sólo comentó: ¡Qué rico estaba el atole de pinole!” Luego, cuando la narración ha terminado, María Rosa nos acerca la receta del producto que protagoniza su relato: “Se disuelve el pinole en un poco de agua. Luego, se vacía en una olla con agua y se pone a hervir con unas rajas de canela y un piloncillo o panela sin dejar de mover con una cuchara de palo. Se debe calcular bien para que no quede ni muy espeso ni muy aguado, lo mismo con el piloncillo para que no resulte demasiado dulce. Cuando haya hervido un rato, se ve la consistencia del atole, se retira de la lumbre y ya está listo para saborearlo”.
El procedimiento es similar en la configuración de todas las piezas: la autora introduce a la receta con la reconstrucción de la atmósfera en la que tales o cuales platos eran consumidos. No repara en gastos de erudición histórica ni buena memoria. La estrategia es similar, en suma, a la seguida en su libro anterior, como ella misma lo comenta en su prólogo-entremés: “La estrategia literaria es similar a la del libro anterior: La receta sirve de pretexto para narrar una historia. La voz narrativa sigue siendo la primera persona aunque he intentado, en algunas narraciones, que el punto de vista se dirija más hacia el exterior con el fin de proporcionar al lector un atisbo de la sociedad durangueña, sus gustos, su evolución y algunos pensamientos sobre la historia de su gastronomía”.
Lo que logra María Rosa al acometer así cada receta es un libro, otro libro, ameno, cordial y muy informado. Juzgo que no son pocos los méritos de esta obra y juzgo que debemos felicitar y agradecer a su querida autora como lo hago enfáticamente en este preciso momento: gracias, María Rosa.

Nota del editor: Texto leído ayer 26 de noviembre en la presentación del libro celebrada en la Casa de la Cultura de Gómez Palacio. Participamos Yolanda Natera, María Rosa Fiscal y yo.

jueves, noviembre 26, 2009

Natalia y Uliana en concierto



Traigo dos acepciones de las diez que da la RAE sobre el verbo “concertar”; la primera, “Componer, ordenar, arreglar las partes de una cosa, o varias cosas”; la quinta: “Acordar entre sí voces o instrumentos musicales”. Por eso, precisamente por eso se llaman “conciertos” los conciertos, pues suponen la conjugación perfecta de objetos distintos. En el caso de los objetos distintos que usan Natalia Riazanova y Uliana Akatova —el violín y el piano, respectivamente, o los sonidos por ellos producidos— su concierto llega a empatar tan bien que le hacen honor al verbo concertar; en efecto, las dos artistas rusas que han elegido a La Laguna como su lugar de radicación llevan al extremo la concordancia de sus talentos. Una con el arco y las cuerdas, la otra con las teclas, ambas llegan con sus interpretaciones a pisar zonas del arte musical por fortuna cada vez más visitadas en el contexto del la comarca lagunera.
Escribí en una columna no tan lejana que debemos sentirnos orgullosos de lo que ocurre en la actualidad con la alta música ejecutada en nuestra región. Si hace poco más de diez años teníamos un esporádico concierto, ahora podemos acceder a ellos con saludable regularidad. Junto con las presentaciones en los foros de la región (sobre todo en los teatros Martínez y Nazas), una ola de quehaceres aledaños han ido afinando el gusto por esta música entre los laguneros: es el caso la docencia en espacios de enseñanza musical y, por qué no mencionarlo, de la presencia de música de calidad en ceremonias privadas, familiares. La suma de todo esto (presentaciones formales, enseñanza y presentaciones sociales, a lo que quizá debemos añadir la grabación de algunos discos y la edición de la revista especializada Intermezzo) da como resultado un extraordinario momento para la música culta no sólo de La Laguna, sino de Coahuila y acaso del norte del país.
En el enriquecimiento de ese fenómeno cultural han colaborado, y colaboran todos los días, sin duda, Natalia y Uliana. En ambos casos se trata de artistas que hacen presentaciones formales, es verdad, pero que también dedican parte de sus horas a la enseñanza. De allí pues que su radicación en la comarca sea valiosa y ese valor se manifieste muy seguido. Hoy, por ejemplo, las dos artistas ofrecerán un concierto en el Teatro Isauro Martínez. La entrada es libre, así que todo es que la gente vaya al TIM para que disfrute de un placer artístico definitivamente superior.
Natalia y Uliana han preparado un programa harto interesante, pues combina géneros que por lo común no conviven en un mismo menú. Son la Sonata No. 3 Op. 108 en re menor de Johannes Brahms, cuatro temas de Astor Piazzola y lo que aprecio como más importante no tanto por la fama de los compositores, sino por el proyecto que palpita detrás de estas interpretaciones: piezas (valses, un pasodoble y un tango-canción) de Jesús Martínez Larrañaga y Jonás Yeverino Cárdenas. ¿Quiénes son ellos? Pues ni más ni menos que antiguos compositores coahuilenses que Natalia y Uliana están rescatando como parte de un plan dirigido a recuperar la música compuesta en nuestros ámbitos. Habida cuenta de que para muchos la historia es sólo el listado de los acontecimientos políticos y militares, NyU están haciendo lo que algunos estudiosos de la historia: acercarse al pasado por otras puertas, en este caso, por la de una actividad artística que también nos puede decir algo sobre los hombres que habitaron estas tierras. La labor de rescate no implica sólo la acumulación y el desempolvamiento de partituras, sino, como en la pintura, el de la restauración y la exposición al público. En el caso de las obras de Martínez Larrañaga y Yeverino Cárdenas, Natalia y Uliana han procedido a restaurar, a retocar, a llenar las lagunas sonoras en una labor de (si es posible llamarlo así) repartituración que bien mirado también tiene algo de arqueológico. El resultado es asombroso —como lo constatarán quienes asistan hoy a las ocho de la noche, gratis, al Teatro Martínez—: un concierto que amalgama la belleza de la música alta con la recuperación/restauración/exposición, benemérita en la historia de nuestro arte, de valioso patrimonio cultural. Los melómanos y los no melómanos laguneros no se lo pueden perder. Allí nos vemos.

miércoles, noviembre 25, 2009

Con dinero baila todo



Imbuido por el espíritu del gran sabio Perogrullo, cavilo: ¿alguno de ustedes se ha tomado la molestia de reflexionar sobre su actitud en el mismísimo momento en el que le cae una buena lana? Esto de “una buena lana” es relativo, por supuesto, ya que una buena lana para un millonario de Torreón puede ser una miseria para Steve Jobs, así como una buena lana para un obrero es una bicoca para el socio mayoritario de la empresa. Pero pensemos en nuestro concepto de “una buena lana”. Cuando nos cae, y más si andamos charros, la actitud ante la vida cambia de golpe. Como que el mundo se abre, como que las flores del hermoso campo miran hacia nosotros y silbamos o cantamos o sonreímos bien acodados en el barandal de la seguridad. Decimos: “Me cayó una buena lana”, y somos felices al menos por un rato.
El efecto plata es uno de los más canijos que conozco. En él veo, según lo ha planteado, insisto, el genial Perogrullo, la base de todo lo que se mueve en la actualidad. Hay tantas tentaciones y hay tan poco dinero para uno. Casi todo lo tienen, ya sabemos, unas pocas manos en el mundo, así que debemos resignarnos a vivir permanentemente colgados del anhelo. Hoy anhelamos esto, mañana aquello. Siempre anhelamos todo, y si dejamos de anhelarlo la publicidad se encarga de que no dejemos de anhelarlo. Con dinero, por eso, se mitigan los apetitos, aunque de golpe surgen otros que hacen infinitos los deseos. En otras palabras, el hambre de dinero sólo se sacia con más dinero, lo que nos hace concluir que hay algo que tiende a ser inacabable en este asunto.
Si nos ponemos blandos de corazón y vemos la vida como seguramente la ven Hello Kitty y Rosita Fresita, lo único que no cuesta es un amanecer, o la brisa que viene del mar (no, a los laguneros sí nos cuesta la brisa del mar, por ejemplo), o el hermoso canto de los pajaritos. Todo lo demás tiene precio. Una casa con lo básico cuesta un dineral, mucho más de lo que el salario mínimo es capaz de comprar. Sin duda. Esa casa “de material” (esta expresión es maravillosa, pues insinúa la hermosa idea de que hay casas inmateriales), con las paredes pintadas, sin goteras, con hidroneumático, refrigeración, bóiler, habitaciones aisladas e individuales o cuando mucho dobles y bien iluminadas y bien ventiladas y espaciosas, más sala, comedor, jardín, área de lavandería, cocina con aditamentos, baños sin fugas y algún hall-biblioteca de descanso, cuesta un dineral, mucho más, más que mucho más de lo que puede alcanzar el miserable salario mínimo mexicano, y eso cuando hay miserable salario mínimo mexicano, pues mucha gente ni eso tiene.
La casa también puede tener cochera, digamos, para dos autos. Los autos, cuando uno no desea que se queden muertos en los semáforos o cuando uno quiere que salgan de viaje y se traguen la carretera y lleven buena música y si se puede clima, cuestan un platal. A eso hay que sumar las abusivas tenencias, los puños de gasolina y la cuota regular para meterlos al “servicio”. Si el coche tiene esas o acaso más modestas características pero es de agencia, el seguro que exigen las financiadoras también es gasto.
Las tentaciones, pues, cunden como chancros en burdel. Por ejemplo, la ropa, para ser ropa, ya no debe ser ropa a secas, sino ropa “de marca”. El reloj, para ser reloj, también debe verse fino, de algún fabricante que nos deje bien parados cuando nos piden la hora. El celular igual: que no sea de plastiquito Nokia o Motorola porque da vergüenza contestar en público. Todo eso sirve para ir al mall, para que nos vean en el club o en los restaurantes donde uno no arriesgue el pellejo con la insalubridad de la comida. Y no sumemos aquello que parece más suntuario, como una laptop e internet inalámbrico en casa o módem que viaja a todos lados y tele por cable o por satélite y, y, y, y…
Los que tienen eso o los que tenemos una parte de eso, aunque sea pequeña, quizá no imaginamos la tortura que perforaría el alma si no tuviéramos ni tantito de lo que se necesita ahora para instalarnos en la zona del confort y del estatus. Por eso, cuando nos cae una lana, nos ponemos contentos, muy contentos, tanto como pueden ponerse quienes nunca tuvieron nada y alguna actividad ilícita les abre la posibilidad. En el mundo actual, con tantos y tantos que no pueden comprar nada, es relativamente fácil cruzar la línea y buscar el carajo dinero como sea, al precio que sea. Si bien el dinero es propiedad de unos pocos, el gusto por el dinero, dicho esto sin rodeos, es patrimonio de todos independientemente de cómo sea ganado o no ganado.

domingo, noviembre 22, 2009

Ese es mi amigo el Sandro



Jamás imaginé que iba a escribir sobre Sandro. Él es parte de un fenómeno que opera en mí desde hace algunos años, un fenómeno que me permite apreciar cuán rucos van poniéndose el pellejo y el espíritu. Sé que esto no es privativo de un servidor, sino dolencia de casi todo ser humano: lo que amamos en la infancia cobra pleno valor en la vida adulta, y lo que odiamos puede llegar a convertirse en querido referente de nuestra niñez. En el segundo caso está Sandro. Este cantante argentino nacido en Buenos Aires hacia 1945 fue un tipo detestado por muchos de mi generación. Recuerdo que no soportábamos nada de lo que hacía: su voz temblorosa y agitada, sus acelerados quiebres de cadera, su desaforado correteo en los escenarios, su sudor infatigable, sus patillazas, sus pantalones con campana catedralicia, sus camisas abiertas hasta medio pecho peludote. Los niños, los adolescentes de los setenta no lo “superábamos”, como dicen hoy, con impreciso verbo, las chicas.
Las razones de aquella malquerencia pueden ser, entre otras, éstas: que Sandro enfatizaba una mezcla de amariconamiento con una supuesta masculinidad de perdonavidas, que en México lo difundía el odioso Raúl Velasco y, sobre todo, que volvía locas a las mujeres, y ya se sabe que todo sujeto que vuelve o volvía locas a las mujeres suele ser odiado por los hombres. Hago memoria y creo ver en la pantalla de mi mente la aparición de Sandro en algún televisor; es domingo y mi querida tía Carmen está de visita en nuestra casa. Cuando aparece el cantante, ella no esconde sus impulsos y grita como gritan todas las mujeres que ven a Sandro en vivo. El galanazo, mientras tanto, se menea como energúmeno en el escenario mientras canta con un estilo desgarrado alguna de sus piezas más llegadoras, como la de su amigo el puma. Pero todas, todas las canciones interpretadas por Sandro (ninguna desafiante desde el punto de vista literario, todas arregladas con trompetas estilo OTI) eran llegadoras para las mujeres que se desgreñaban a moco y lágrima tendidos cuando veían al ídolo en escena. En la televisión, mientras mi tía lanza alaridos, el argentino sigue adelante con su tanda de éxitos. Desfilan en su boca “Rosa, Rosa” (donde ejecutaba magistralmente el pasito “la batidora”), “Quiero llenarme de ti”, “Yo te amo”, “Tengo” , “Penas” , "Se te nota" y “Mi amigo el puma”, “Trigal”, canciones que literalmente sacaban chispas en su estrepitoso público. Mientras eso ocurría, los niños y los jóvenes y acaso los adultos de los setenta rumiábamos insultos entre dientes, envidiosos del jalón que tenía Sandro con las codiciadas rorras.
En mi recuerdo, borroso ya, sobrenada una visita de Sandro a Torreón, creo que al Teatro Alvarado. Por mi tía supe que aquello estalló de laguneras frenéticas, ansiosas de ver en corto los contoneos pélvicos, casi fornicatorios, del Gitano que las tenía en un puño, que las dominaba con un mínimo jadeo lleno de traspiración en el rostro, como amante que las mira con las manos en la masa.
Eso hacía el cabrón de Sandro, un show odioso porque ninguna le decía que no, como si fuera un príncipe. Pero pasó el tiempo y al menos en México se diluyó su poderío. Si en los setenta se apersonaba varias veces por acá, en la década siguiente sus visitas se hicieron cada vez más esporádicas y en los noventa ya no volvió. Años después supe que siguió presentándose en escenarios argentinos y que su fama seguía intacta por allá. Como los futbolistas veteranos, había perdido movilidad, pero el colmillo de cantante seductor lucía más largo y retorcido que nunca. Con un gemidito, con un gesto, arrastrando más las notas y cantando en otro tempo, el morocho seguía en pie. Eso no duró mucho, sin embargo. En 1998 fue evidente que su adicción al humo había hecho estragos en sus pulmones, que el enfisema había pegado exactamente en su principal herramienta de trabajo. Tan grave estaba que debió alejarse de los escenarios, aunque en 2001 volvió a ponerse frente al público auxiliado con un tanque de oxígeno.
Los primeros años del nuevo milenio le demostraron que la salud no es algo eterno, y que si uno no ayuda empeora peor, si se me permite la expresión. Tras una larga espera, Sandro fue intervenido el 20 de noviembre en un quirófano de Mendoza, Argentina, para oficiar en su cuerpo un transplante de corazón y de pulmones cuyo pronóstico aún es reservado. Roberto Sánchez, nombre real del cantante, se debate pues, en este momento, entre la posibilidad de una vida con mucho olor a estreno y la firme posibilidad de que los trasplantes no den el ancho.
Pase lo que pase, Sandro me ganó treinta años después. Como otros referentes setenteros otrora aborrecidos, cuando tengo contacto con ellos se me deja venir todo el pasado y lo que antes fue molesto ahora es grato, como si con ello fuera arrastrado a la nostalgia de un pretérito feliz. Tendemos a idealizar la niñez, y no soy ajeno a eso. La verdad es que fue difícil sobrevivir en el ambiente de amigos rudos y carrillentos, que en muchos casos la convivencia entre la raza fue amarga, pero algo me dice que no fue así, que aquellas vagancias en Gómez Palacio, que aquellas picas de fut callejero con la palomilla, que aquella escuela atiborrada de carajos ocuparon una etapa espléndida de mi vida. En aquella atmósfera, Sandro ocupó un espacio lateral de mi vida. Pensé que lo detestaba, pero al pasar los años advertí que no, que su voz me remitía a los tiempos heroicos y felices de la adolescencia, casi de la niñez. He conversado sobre esto con dos sandrólogos empedernidos: Raymundo Tuda y Juan Pablo Neyret. Con ellos he coincidido en una afirmación luminosa: Sandro era Sandro, un sujeto inigualable, el galanazo chingón que uno quiso ser y nunca fue.
Un cuento de mi libro Leyenda Morgan le rinde breve tributo. Es aquel relato en el que mi protagonista accede a un table dance y ve bailar a las entubadas chicas al ritmo de Sandro. Pues bien, este columna es otro pequeño homenaje, un tragarme viejas palabras y un vindicar yo mismo contra mí mismo el talento de Sandro y su estrujante pop. Que viva Sandro, pues.

sábado, noviembre 21, 2009

De Nigris y la mafia



No era un superestrella, pero es indudable que sabía cazar balones y embutirlos un poco a la manera de Jared, si me permiten la comparación. Jovencito, apenas de 31 años, Antonio de Nigris nos tomó a todos por sorpresa. Si bien ya le habíamos perdido la pisada, de vez en vez sabíamos que andaba, tal vez sin mucho éxito, en algún equipo del mundo, jugando no sabemos si bien o mal, pero allá, contratado por temporadas cortas. Estuvo incluso en el Santos de Brasil, el equipo que recién nos visitó para inaugurar ya sabemos qué. Así pues, desde muy lejos, la figura del llamado Tano llegaba a México por la vía de vagas y pequeñas notas informativas. En mi fuero íntimo nunca dejé de admirarle ese trotamundismo; será porque soy un insalvable sedentario, el caso es que De Nigris demostró tener una asombrosa resistencia a la lejanía.
En México, creo, no le hubieran faltado equipos y bien se sabe que los sueldos en nuestro balompié no son nada despreciables. Lo que gana un jugador en un mes puede equivaler al sueldo de decenas o cientos de trabajadores, así que el Tano bien pudo quedarse. Pero no, prefirió trashumar por canchas remotas y desconocidas para la afición local.
Como todos, lo recuerdo con la casaca del Monterrey, de los Pumas, del América y del Puebla. También, un breve momento, con la verde de la selección, donde por cierto anotó un gol de esos que en lo personal siempre quise hacer, pues seguramente la pierna siente el orgásmico placer de haber golpeado con saña una pelota que viene de aire, centrada con algo de fuerza; en ese tanto memorable contra Brasil en 2001, De Nigris vio venir el pase largo, se colocó detrás de los defensas y como venía, de aire, le soltó toda la pata y salió un latigazo bestial que por poco destruye la portería (de hecho, en el video se nota que por el balazo sale volando un objeto colocado detrás de la red). No olvido que cuando cayó ese gol el narrador era mi amigo Raúl Orvañanos, quien con voz ronca y rendido énfasis gritó: “De Nigris… ¡uy, qué gol, qué gol, golazo de De Nigris, qué bárbaro, me voy a poner de pie!”. Y sí, ése y otro de aire que le hizo al América estaban para ponerse de pie, pues el joven regio tenía la habilidad de los rematadores natos: estar siempre allí, acechando, y soltar sin pensarla dos veces el disparo a una portería que está más en su mente que en la realidad, pues este tipo de jugadores es capaz de rematar de espalda (como Borgetti frente a Italia o como De Nigris en varias ocasiones). Insisto: no era un superdotado, pero tenía lo suyo y en México se ganó el respeto de los aficionados que sí le saben a esto.
Tras su muerte, la información en México fluctuó entre el desconcierto y los homenajes al vapor. Nos enteramos de golpe que jugaba para un equipo griego, que padecía un problema cardiaco y que todo ocurrió repentinamente. Las jugadas de De Nigris desfilaron en las pantallas de la televisión durante la semana que termina. El tema llegó también a las secciones de espectáculos, pues Poncho, el hermano de De Nigris, se mueve en ese ambiente. Poncho viajó a Grecia para tramitar el traslado del cuerpo hacia México, y desde allá ha venido haciendo la declaración más importante de su vida: que los altos directivos del futbol mexicano son unos “mafiosos”.
Sus opiniones pueden ser tenidas como expresadas por un sujeto alterado con el pesar que provoca la muerte cercana, en este caso la de su hermano. Pero encierran verdad, pues es muy extraño que una institución que maneja millones de pesos no sea capaz, aunque sea por imagen, de ponerse al servicio de una familia fuertemente vinculada al futbol. La situación estaba puesta de pechito para que las autoridades del futbol mexicano se lucieran, para que a la voz de ya colocaran un avión en Grecia y representantes que ayudaran a los familiares de De Nigris a desahogar cualquier trámite molesto. Pero salió a relucir otra vez lo mismo: la solidaridad no es un hábito frecuente en el futbol mexicano, menos entre sus máximos rectores.
Por ello, propongo que en los partidos de la liguilla que hoy empieza sea ofrecido un minuto de silencio a la memoria de Antonio de Nigris y luego un minuto de abucheos para los directivos, por mezquinos.

viernes, noviembre 20, 2009

Ismael y Gómez Palacio



La infraestructura cultural de Gómez Palacio no ha crecido un centímetro cuadrado durante la administración de Ismael Hernández Deras. El problema es profundamente penoso, tanto que los oriundos de esta ciudad sentimos una mezcla de rabia y tristeza ante tal vacío. Hoy, sin embargo, habrá una sentida ceremonia para declarar a Gómez Palacio “Cuna de la Revolución Mexicana en Durango”. Vendrá el gobernador y estarán aquí todos los diputados locales de la entidad, además de las autoridades del gobierno gomezpalatino.
Es fácil celebrar en abstracto y emitir sentidos loores en los que sólo va de por medio, cuando mucho, la emoción. Muy distinto es hacer, construir, levantar piedra sobre piedra las edificaciones que sirvan duraderamente a la comunidad y ayuden a paliar los graves males que la aquejan. Gómez Palacio, lo sabemos todos, ha crecido hacia el norte, de suerte que el grueso de su demografía está allá. En la zona sur de la ciudad se encuentran, empero, sus escasos espacios culturales: la Casa de la Cultura, el Teatro Alberto M. Alvarado y el auditorio Francisco Zarco. Al margen de que esas instituciones requieren obras de mantenimiento y mejoría permanentes, lo importante ahora es pensar también en otros rumbos de la ciudad que en materia cultural han sido cabalmente olvidados aunque allí se concentre un amplio núcleo poblacional. Son colonias populares en las que los problemas no escasean y no tienen oportunidades cercanas de practicar, en este caso, las actividades culturales que (como bien lo demostró Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín, Colombia) ayudan a mitigar y hasta a desaparecer la aguda conflictividad de esas zonas. El deporte y la cultura, nadie lo ignora, son excelentes vacunas preventivas, así que administradas a tiempo logran desactivar los impulsos delincuenciales, pues, entre otros muchos beneficios, infunden autoestima a la persona. Algo de esto saben en Torreón, donde su infraestructura sí ha crecido y ha sido puesta al servicio de todos los laguneros, incluidos los de Gómez.
En diciembre de 2005 el gobernador Hernández Deras prometió un nuevo museo para Gómez Palacio; nada hay todavía. Como éste, sigue pendiente el pago de otras deudas en las que empeñó su palabra, como es el caso de los terrenos de La Jabonera y la liquidación de su parte, o como en la todavía ausente inversión para rehabilitar la ex Hacienda de La Loma. A eso podemos sumar, hoy, cuando todavía su gobierno está a tiempo de sentar las bases de un proyecto muy benéfico para el norte de Gómez Palacio, la construcción de un complejo cultural en el Mercado de Chapala. Es propiedad del gobierno federal, y ha permanecido en el abandono prácticamente desde su apertura. En vez de que sea una cueva para el vicio o un nido de alimañas, este espacio de aproximadamente dos y media hectáreas puede servir para que los habitantes de aquel Gómez Palacio abandonado y colindante con Ciudad Lerdo tengan un lugar en el cual desarrollar las aptitudes artísticas que de seguro tienen en abundancia, aunque hoy sin la posibilidad de ejercitarlas.
Las autoridades suelen preguntarse cómo frenar los enormes problemas generados por la pobreza y su consecuente lastre de desesperanza y resentimiento. La violencia que hoy vemos diseminada aquí y allá podría disminuir si los niños y los jóvenes tienen espacios para el fortalecimiento de sus capacidades. En el Mercado de Chapala, hoy un cascarón abandonado, puede haber un gran recinto cultural hecho con toda la mano, algo que enorgullezca a los pobladores del norte gomezpalatino y, de paso, sirva también a Lerdo. No es disparatado pensar en un sitio con videsalas, museo, galerías, aulas para talleres de danza, música, pintura y literatura, biblioteca y área con computadoras conectadas a internet, teatro y acaso una sección para el trabajo artesanal. Mucho puede caber en ese espacio, así que el arranque de la obra dejaría al gobernador Hernández Deras con una estupenda imagen ante los gomezpalatinos.
En resumen, el norte de mi ciudad, Gómez Palacio, requiere infraestructura cultural, gestos de verdadera solidaridad sobre todo con los niños y los jóvenes de aquel lugar. El arte los haría crecer, como bien lo sabemos quienes hemos conversado sobre esta iniciativa: Adolfo Nalda, Gustavo Montes, Sergio Pérez Corella y yo. Nosotros, y seguramente miles de gomezpalatinos, tenemos esta convicción: invertir en cultura es mejorar el porvenir.

jueves, noviembre 19, 2009

Precipicio de la apatía



Dos notas que circularon ayer trazan la figura de un monstruo bicéfalo que deambula cual despiadado chupacabras por el territorio nacional. Por un lado, la corrupción; por otro, la apatía. Son dos cabezas de un mismo vestiglo, pues a mi ver se complementan y tienen en la lona a la mayoría de los mexicanos. Transa y desinterés, en feliz enlace, son pues las dos manos que mueven la palanca del sostenido derrumbe que presencia el país desde hace décadas. Por usar la experiencia que tengo más a la mano, la mía, debo decir que he visto sólo tres periodos de cierto entusiasmo cívico en lo que tengo de vida: 1988, 2000 y 2006. En el primero hubo un fraude brutal y nada pasó; en el segundo hubo un fraude disfrazado y nada pasó; en el segundo hubo un fraude sutil y nada pasó. Al final, la gente fue contenida con una estrategia de comunicación no ajena a la difusión del miedo; el caso es que pronto volvió a reinar la apatía que hoy está en la cúspide, pues coincidimos en que todos los gobiernos, los partidos y sus actores “son iguales”. Al enojo de antes lo ha sucedido la indiferencia, una especie de rebeldía domesticada, de ira puesta en estado vegetativo por los medios. Finalmente, el mexicano sabe que todo funciona mal, que en todos lados nos saquean y nos engañan, que la política a la usanza nacional es un chiste macabro, pero es mejor eso que movilizarse hacia cualquier lucha. Quien pelea desde cualquier trinchera por la crítica y el cambio, quien se involucra en serio, es inmediata víctima de la ridiculización o de la indiferencia, si bien le va.
Subirats y muchos analistas del presente señalan que ahora ya no es necesario llegar a la represión usual de las antiguas dictaduras. Los métodos de Trujillo o Somoza, por citar sólo a dos gorilas ilustres, han pasado a mejor vida y hoy duermen en el cuarto de los cachivaches históricos. Reprimir en las sombras o en las plazas públicas ya no es lo habitual, se ha tornado innecesario. Junto con la neutralización ideológica inducida por la cultura del hedonismo y la frivolidad, los noticieros operan de acuerdo a las necesidades del poder en turno, del cual ellos suelen formar parte. Así entonces, cuando se requiere fomentar el miedo a las calles, se difunden acontecimientos de sangre; cuando es necesario distraer, se construye una nota sensacionalista que sirva como cortina de humo; cuando es urgente achicar la imagen de un enemigo, se le ridiculiza, se le magnifican los errores y se le administra la cobertura con ediciones especiales. El juego es, por supuesto, más complejo, pero con esos ejemplitos nos podemos dar una idea del estado de coma cívico al que ha llegado el ciudadano: vive solitariamente indignado con su suerte, con sus problemas, con el empeoramiento de su calidad de vida y al mismo tiempo no mueve un dedo para revertir esa dinámica tan ajena a su bienestar.
Sobre la corrupción hay toneladas de opiniones, muchas de ellas académicas y autorizadas, con datos estadísticos y toda la cosa. Sobre la apatía, no tanto, o realmente poco, pues es en fechas recientes que ha cobrado visibilidad la tristeza de los mexicanos, ese sentimiento de desesperanza que lejos de moverlo hacia la acción lo lleva hacia el consuelo de los paraísos artificiales: las drogas, el alcohol, la abnegación religiosa, el esoterismo, el fervor deportivo en la pasividad del mero espectador, los divertimentos como el antro o las novedades fílmicas despolitizadas, la tecnofilia insulsa y demás.
Javier Oliva Posada, académico de la UNAM, observa sobre esto que la quiebra institucional se debe a “la incapacidad de los gobiernos para cumplir con los compromisos que asumen ante la sociedad, a la aparición de patologías sociales tendientes a la destrucción y deterioro del tejido social y en general, añade, a la ausencia de un proyecto de nación y de un pacto que sobrepase la agenda electoral y el análisis de la coyuntura”.
En resumen, peor que la partidocracia, peor que la delincuencia organizada, peor que las crisis económicas es la apatía, motor a su vez de nuevos cánceres, de más apatía, esa especie de todopoderosa güeva existencial que hoy vemos manifestarse en muchos lados, como cuando alguien afirma: “Todos son iguales, ya ni para qué hacer la lucha”. Lo terrible es que parece cierto, demasiado cierto.

miércoles, noviembre 18, 2009

Camino a La Laguna



Hay, como sabemos, muchas vías de acceso a La Laguna. Podemos llegar por la carretera a Saltillo, a México o a Ciudad Juárez, entre las más importantes. También es posible hacerlo por la carretera a Cuatrociénegas, aunque es mucho menos transitada que las otras. Por aire hay dos caminos: el aeropuerto Francisco Sarabia de Torreón o el J. Agustín Castro de Ciudad Lerdo. En cuanto al tren, ignoro si todavía hay corridas de pasajeros. También podemos llegar por mar, dado que, como bien sabemos, Mazatlán es la playa de la Comarca Lagunera. Esos son, mencionados en tres patadas, los caminos físicos. Pero hay otros menos tangibles y, creo, igualmente importantes. Uno de ellos es el de la comida: podemos saber algo de La Laguna si nos echamos un lonche misto (misto con “s”, no con “x”, como lo he repetido hasta el hartazgo), si devoramos unas gorditas o si liquidamos un duro preparado con redundantes cueritos y una combinación bomba de verduras con crema, salsa y redilas para que no se caiga todo ese contenido. También podemos, desde hace poco más de 25 años, husmear lo que es esta región si de lejos vemos los partidos de futbol, ahora jugados en un nuevo escenario más lujoso, pero igualmente aterrado.
Esos caminos, que juzgo importantes, nos acercan a una región con características peculiares. Chambeadora, un tanto bárbara, tragona, bebedora, alegre, abierta, manirrota, bravera cuando se requiere, laxa en el manejo de las normas. Así, al menos, la percibo yo, que tengo viviendo una buena cantidad de años por estos andurriales, nada más 45. Pero, ¿cómo la perciben los demás? ¿Qué opina de sí mismo el lagunero? Estas preguntas generalmente no salen a relucir. Uno vive en la cultura, su cultura, como un pez en el agua, de suerte que eso que nos envuelve (la cultura que en el pez es el agua) nos parece tan natural que jamás reparamos en sus características, en sus rasgos más salientes.
Eso es, precisamente, lo que como fuereño ya bien aclimatado hace José Édgar Salinas Uribe en su más reciente libro: explorar el ser lagunero diseminado en textos narrativos escritos sobre todo por laguneros, indagar qué es el homo lagunensis y qué es para tal bicho el susodicho entorno, este pedazo de mundo donde el polvo nunca cesa y donde el sol no tiene casi nube para detener su candela.
Con una década entre nosotros, Salinas Uribe ha sido un meticuloso espectador de lo que somos. Ha podido serlo porque es observador, analítico y forastero, como se les decía en el lejano oeste a los recién llegados. Cuidadoso lector de los hábitos colectivos, lo es también de los libros, recipientes inmejorables de la personalidad comunitaria, de sus costumbres, de sus filias y sus fobias. Si el doctor Sergio Antonio Corona Páez indagó en fuentes documentales primarias para aclarar el origen histórico de esta región en La Comarca Lagunera. Constructo Cultural, Salinas Uribe ha hundido su mirada en relatos ficcionales, en las novelas y en los cuentos, más algunos otros trabajos de otros géneros, para trazar otro perfil de la laguneridad desde el flanco de la imaginación.
Desfilan, pues, por las páginas de Arqueología de un imaginario: La Laguna, los autores que de alguna u otra forma han navegado las aguas de nuestra idiosincrasia. En ellos, Salinas Uribe ha resaltado los tópicos comunes, ha rastrado las señas identitarias que pueden darle al no lagunero una idea de las preocupaciones configuradoras de “la fantasía que existe en los orígenes de la región”, como apunta Mauricio Beuchot en la bella cuarta que convida a la visita de esta obra.
Publicado con los sellos de Juan Pablos y del Ayuntamiento de Torreón, Arqueología de un imaginario: La Laguna, es un paso importante en la develación de una comarca ante los ojos locales y foráneos, además de permitirnos apreciar, por si hiciera falta, el valor de la literatura como vaso en el que confluyen las apetencias íntimas de toda comunidad. Bienvenido entonces este nuevo camino a La Laguna: la ruta que hoy nos traza José Édgar Salinas Uribe.

domingo, noviembre 15, 2009

Cien ideas de Bunge



Todo mundo sabe (cuando digo “todo mundo” todo mundo debe entender que me refiero a mi escaso lote de lectores) que en 2007 tuvimos en Torreón la visita de Mario Bunge. Creo que al respecto escribí un par de comentarios; en ambos lamenté, por decirlo de una manera amable, la indiferencia de nuestra ciudad ante el intelectual de más calibre que al menos una vez haya estado en Torreón durante sus primeros cien años de vida como ciudad. Alguien dirá, con legítimo escepticismo, que exagero, pero si se asoma a la ficha más accesible que todos tenemos a la vista, la de Wikipedia, advertirá que hasta me quedo corto, que Bunge es un intelectual de dimensiones extremas. El argentino es un científico sensible a los problemas de nuestro tiempo y un hombre cuya sed de conocimiento no lo ha alejado de las preocupaciones cotidianas. Así, armado con una biblioteca en su mente, Bunge lo explora todo, lo que a la postre da la idea de que su cabeza es un amplio centro de análisis en el que cabe lo denso y lo ligero, lo profundo y lo superficial, siempre examinado con un rigor que no admite opiniones epidérmicas.
Hace unos días, al vagabundear por los anaqueles de la Gandhi, me topé con uno más de los libros de Bunge. Su título es 100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café. Desde allí podemos notar que en el corpus bibliográfico del argentino se trata de un libro en tono menor, periodístico más que académico. Y sí, eso es: una colección de cien artículos de diferente extensión, todos numerados y encabezados con sencillez. La malicia está en el contenido de cada pieza, que así esté vestido de prosa amena, casi coloquial, nunca abandona la profundidad, el enfoque novedoso, la mirada crítica de un hombre que ni desenfadado deja de ser poderosamente agudo.
Y hay más: 100 ideas… nos muestra que la erudición no está reñida con el humor, pues Bunge desliza en todo momento frases que no mueven a risa, sino a hilaridad. Lejos de la solemnidad, pues, el científico argentino radicado en Canadá va pasando los temas relajadamente, salpicando aquí y allá ironías de estirpe inglesa.
No resisto la tentación de copiar una parte de la ficha que sirve como zaguán del libro: “Mario Bunge, nacido en Buenos Aires en 1919, se doctoró en ciencias fisicomatemáticas, obtuvo quince doctorados honoris causa y pertenece a cuatro academias. Fundó la Universidad Obrera Argentina, la revista Minerva, la Society for Exact Philosophy y la Asociación Mexicana de Epistemología. Fue profesor titular de las universidades de Buenos Aires, La Plata y Nacional Autónoma de México, así como profesor visitante en cuatro universidades norteamericanas y cinco europeas. Es autor de más de quinientos artículos y más de cincuenta libros sobre ciencias y filosofía (…) Algunas de sus obras han sido traducidas a doce lenguas”.
Pese a tal capital curricular, Bunge se presenta en 100 ideas…, como digo, muy cercano al lector de a pie, al hombre no especializado pero con actitud abierta a la reflexión sobre los temas que aletean en cualquier sobremesa. Un listado a saltos del índice permite que nos hagamos de una visión panorámica del libro (nótese el orden alfabético): “Azar”, “Barbarie técnica”, “Cultura y gobierno”, “Deporte”, “Estudiantes”, “Fútbol e intelecto”, “Gobernar sin conocer”, “Incertidumbre”, “Libertad”, “Neofobia” y “excelsofobia”, “Precio de los hijos”, “Quema de libros”, “Sexo industrial”, “Terrorismos”, “Universidad moderna”, “Violencia”. Mostrado así, a brincos, parece el libro de un moderno Montaigne, y si me fuerzan a aceptar que eso es, lo acepto: este de Bunge es un muestrario de ensayitos personalísimos, a la manera de los que dejó para la historia el señor de la montaña al que con justicia le atribuimos la paternidad del género.
Voy a traer un ejemplo sencillo del enfoque que hace Bunge a un tema de todos los días: el futbol, asunto que, por cierto, ha estado muy presente entre nosotros por estos días: “El título de esta nota parecerá absurdo a quienes crean saber en qué se diferencian los futbolistas de los intelectuales. Dirán que es sabido que mientras los primeros patean, los segundos piensan. Pero quien haya jugado alguna vez al futbol sabe que, para patear bien y para meter o atajar goles de cabeza, se necesita una buena cabeza. Y quienes se hayan topado con autores posmodernos saben que hay quienes fingen pensar, cuando de hecho no hacen sino patear palabras, formando oraciones que carecen de sentido, así como hay compositores que simulan hacer música enhebrando notas al azar o repitiendo hasta el hartazgo estrofas primitivas.
Ésta sí que es una diferencia importante entre los dos tipos de personas: hay pseudointelectuales, pero no hay pseudofutbolistas. Se puede fingir pensar, pero no se puede fingir pasar la pelota, defender el arco ni meter goles. Se puede pertenecer al comité olímpico sin practicar deportes, pero no se puede participar en una olimpíada sin ser un deportista excelso. (…)
Lo que motiva a los futbolistas, al igual que a los científicos (y a los artistas y filósofos), es el juego mismo y el deseo de ser apreciado, y acaso admirado, por los conocedores. La diferencia reside en que el público del científico, artista o filósofo es minoritario, en tanto que el juego del futbolista de un equipo mundialmente famoso puede llegar a ser admirado por cien millones de personas.
Pero la fama del deportista suele ser efímera, en tanto que la del científico puede ser duradera, sobre todo cuando lo que ha descubierto o inventado lleva su nombre. Ejemplos: el principio de Arquímides, las leyes de Newton, las ecuaciones de Maxwell, el pascal, el watt, el voltio, el faraday, el amperio, el curie, el bacilo de Koch, la pasteurización. En cambio, no hay tal cosa con la corrida de Joe di Maggio, el raquetazo de André Agassi, el taquito de Pelé o el cabezazo de Maradona. Estas acciones fueron vistas y son recordadas por muchos, pero es todo.
¿A qué se debe esta diferencia? A que la jugada brillante provoca admiración, pero no entra en nuestras vidas como entran las ideas profundas que ayudan a comprender el mundo y a cambiarlo, ni la novela, sonata o pintura que sigue conmoviendo a través de los siglos.
¿Quién se acuerda de los atletas que participaron en las olimpiadas griegas? ¿Y qué recordamos de los Juegos Olímpicos de Munich, aparte del sangriento atentado terrorista? En cambio, seguimos estudiando mecánica cuántica, leyendo a Cervantes, escuchando a Beethoven y admirando a Van Gogh. Estos grandes triunfos de la actividad desinteresada han hecho más que entretenernos un rato: han enriquecido nuestras vidas, y con ello nos han mejorado…”.
Espero que mis lectores vayan a este libro. No tiene página baldía.

sábado, noviembre 14, 2009

Ciudadano ejemplar



No hay día sin malas noticias. De hecho ahora, con internet, no hay minuto sin malas noticias, sin información sobre conflictos, muertes, transas, desastres, agandalles, abusos y todo lo que ya sabemos. México es un excelente muestrario de la desventura noticiosa, así que el periodismo tiene materia prima eterna para mantener sólida nuestra depresión de consumidores informativos. En este escenario, la política y sus protagonistas son pasto habitual del lector, del radioescucha o del televidente. Por eso aquella sabia adivinanza: ¿en qué se parece un político a un plátano? Luego de pensarla y no saber, la respuesta: en que no sale un cabrón derecho. Y por las mismas andan muchos funcionarios públicos, sobre todo los que ocupan un nivel alto en la nómina. Para empezar, sus sueldos suelen alcanzar cotas desmesuradas, rangos de insulto en un país cuyos salarios mínimos no pueden mantener dignamente a una persona, ya no digamos a una familia. Además de eso, cuántas veces no hemos leído que legisladores, asesores, directores y demás fauna salvaje recibe bonos o compensaciones que agravan, si esto es posible, la miseria moral de esos sujetos que sin empacho reciben “prestaciones” muy cercanas al bandidaje.
En todo eso y más pensé cuando, como casi todos los días, vi al compa que se instala en la avenida Bravo y calzada Colón para dirigir el tráfico que allí es comúnmente pesado. Ese amigo padece sin duda (¿sin duda o tal vez?) algún problema mental, pues no parece haber sido convocado por nadie para hacer lo que hace con tanto entusiasmo, como si de veras fuera un agente de tránsito, un Pedro Chávez de ATM interpretado por nuestro querido Pedro Infante. El amigo de la Colón no tiene como única peculiaridad la de agilizar el flujo de vehículos con sus señas y sus gritos. Lo hace además con un toque surrealista, un detalle que seguramente hubiera hincado de asombro al mismísimo Salvado Dalí: nuestro amigo labora como tránsito espontáneo tocado con un sombrero charro. Sí, con un sombrero charro que de inmediato genera la imagen más alucinante que haya visto la calzada Colón en toda su historia. Así pues, mientras uno espera el verde en el semáforo, o mientras uno pasa a todo trapo por allí, el señor tránsito/charro nos orienta con cuidadosos aspavientos de oficial interesado en que sigamos adelante si está en verde o nos detengamos de inmediato se ha llegado la luz roja. El hombre suma (calculo quizá mal, pues la pobreza tiene la maldita costumbre de añadir años a la facha de cualquiera) unos sesenta y tantos, como setenta. Es moreno y su descuidada barba ya pinta algunas canas, como dice en “Mujeres divinas” el liróforo celeste Martín Urieta. Así, con esa traza híbrida de vagabundo-charro-hombre de la tercera edad, el improvisado agente ayuda a descongestionar el área, o al menos eso intenta.
En un mundo donde nadie hace nada por los demás sin pedir algo a cambio, en una realidad en la que los funcionarios de cierto estatus no se sacian con lo que ganan sin hacer más que lo estrictamente necesario (en algunos casos sólo “estar”, sólo “existir”), la actividad desinteresada de un hombre anónimo merece reconocimiento y respeto, más allá de que padezca algún problema de desubicación. En todo caso, él está quizá más ubicado que nosotros, pues se supone que los generosos, los pulcros, los responsables, los manirrotos somos los normales, aunque muy lejos estemos de instalarnos, como el tránsito/charro, en un jale diario sin pedir un solo cinco a cambio.
En ciertos países, un castigo de trabajo comunitario por faltas menores consiste en ayudar a los transeúntes a pasar por zonas de tráfico, como lo hemos visto en programas gringos. Su ganancia, en ese caso, es la conclusión de la pena. Nuestro personaje, en contraste con ese tipo de chamba a favor de la comunidad, no gana nada, ni un peso, y si algún centavo gana es en la subchamba de barrendero de estacionamiento que también le he visto desempeñar. No creo que suene mal, por todo, esta propuesta: que el ayuntamiento le dé un reconocimiento, la medalla al servicio comunitario desinteresado (si puede añadir un billetito, mejor). No es una puntada, sino una forma de revelarnos que todavía existe la gente que da sin pedir nada a cambio, nada.