domingo, mayo 17, 2009

Memorias del subsuelo de un lector del boom


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Conferencia leída por Saúl Rosales en el Icocult Laguna el 22 de abril de 2009. Agradezco al autor haber aceptado la invitación a publicar en este espacio que, ante la falta de soportes impresos adecuados en La Laguna, desea poner textos de calidad al alcance del lector. La coincidencia de comenzar a publicar este tipo de colaboraciones en "Ruta Norte" el mismo día de la muerte de Benedetti es sólo eso, una coincidencia. La aprovechamos, sin embargo, para inaugurar este foro en homenaje a la memoria del escritor uruguayo. La imagen que encabeza este post es la credencial que acredita a Saúl Rosales como integrante de algunos talleres de la UNAM.
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Memorias del subsuelo de un lector del boomx
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Saúl Rosales
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Para contribuir a la llamarada de petate, dicho muy mexicano por lo menos si lo consideramos desde el nahuatlismo petate, digamos que el boom de la literatura latinoamericana es un producto de México para el mundo como lo son el chicle, el chocolate, el cacahuate y algo ya imprescindible en incontables y solazados hogares del mundo, la marihuana.
Como vemos, la humanidad tiene mucho que agradecerle a este país por haberle descubierto la gimnasia de masticar chicle, las afrodisiacas calorías del cacahuate y del chocolate y, sobre todo, por la marihuana, por lo bueno que es para las reumas. Con el fin de jugar con esta idea escudriñé los libros de Bernardino de Sahagún. Me metí a ese mundo de los antiguos mexicanos mucho antes de que la Cámara de Diputados se rebullera debatiendo la legislación de las drogas. Empecé a tirar estas líneas a principios de marzo, cuando los diputados apenas se estaban desperezando de las vacaciones de navidad. En Sahagún me encontré con que los antiguos mexicanos ofrecían al dios Opochtli “flores y cañas de humo”. Al leer “cañas de humo” no me imaginé airosas cañas de azúcar ni frondosos tallos de plantas ca-na-bi-ná-ceas, sino carrizos habilitados como rudimentarias pipas de fumar. Cañas-carrizos-carrujos. Estas cañas preparadas para venerar a Opochtli, igual que las llantas del carro de Camelia, llevaban su noble alma repleta de una hierba en polvo con el que “se emborracha y se adormece”. Estas son palabras textuales. La misma hierba con la que “se emborracha y se adormece” se le avienta a una monstruosa culebra para dominarla, le dictan a Sahagún sus informantes.
Pero para medio volver al tema diré que también en los libros de este patricio de la historiografía se lee que la hierba que emborracha y adormece la usaban los antiguos mexicanos como anestesia. No encarrujada y gasificada como podría imaginarse, no, sólo se fregaban con ella las mordeduras de culebra. Muchos años después, la lírica popular de México exportó al mundo la hierba, aunque sólo en la letrilla de la cucaracha que no puede caminar porque le falta marihuana que fumar. La exportación de la hierba, sólo en la letrilla, ocurrió durante y después de la Revolución de 1910. Como se ve, mediante la canción, y luego el cine, México exportó la hierba; por su parte la mafia, bueno, no La Mafia, el legendario “corporativo”, sino una mafia cultural, exportó el boom de la literatura hispanoamericana.

1962
Antes de comentar por qué el boom es una aportación mexicana retrocedamos al año en que para mí empieza el boom, 1962. Digo que para mí porque sus orígenes históricos los veremos más adelante siguiendo a Mario Benedetti. (Creo que no necesito adelantar quien es Mario Benedetti.) En dicho año 1962, la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, recibe el Premio Biblioteca Breve de la editorial española Seix Barral. Con esa novela me inicio yo como lector del boom. Pero retrocediendo otra vez metámonos a la mañana del 5 de mayo de ese año, en la ciudad de Puebla, donde desfilan banderas mexicanas capturadas un siglo atrás durante la intervención francesa. La mañana es fresca pero con sol. Por aire, carreteras y vías de ferrocarril habían llegado desde lejos contingentes para el desfile patriótico. Francia había devuelto los lábaros mexicanos con motivo del centenario de la Batalla de Puebla que aún conmemoramos cada año con suspensión de labores y tibios actos cívicos. La Escuela Militar de Mecánicos de Aviación del Colegio del Aire de la Fuerza Aérea Mexicana instalada en Zapopan, Jalisco, proporcionó la escolta de una de las banderas reintegradas a la nación. El sargento segundo comandante de la escolta que hundiendo el filo posterior de los tacones marchaba con orgullo de seleccionado nacional de futbol por las calles de Puebla, que escuchaba los vítores con marcialidad atildada durante tres años en el Colegio de la Fuerza Aérea Mexicana, enérgico, orgulloso y henchido de patriotismo, era yo.
Unas semanas después del desfile del 5 de Mayo dejé de ser alumno de la escuela militar, por cierto de nombre igual al de una institución sudamericana de tristísima memoria. Graduado como sargento segundo, la Fuerza Aérea Mexicana me colocó en la capital de la república. Para vivir allí me hospedé en un departamento de la calle de Donceles junto a condiscípulos que habían recibido el mismo destino. Tuve la suerte de encontrarme en el comedor de la casa de asistencia la revista semanaria Siempre. Como yo ya estaba acostumbrado a leer y me pasaba mucho tiempo solo, me habitué a buscarla cada jueves. Después me enteré que me había aficionado a la revista de mayor circulación nacional. Sus páginas de temas generales eran interesantísimas y su suplemento cultural que ondeaba como páginas centrales hacía sentir al lector que se asomaba al Parnaso. En este suplemento impreso con tinta verde y llamado “México en la Cultura”, me familiaricé con la literatura mexicana y la literatura hispanoamericana, y además con ciertos teatro, cine, música, pintura, etcétera. Las notas, los comentarios, las críticas, los análisis, las opiniones impresas en verde me orientaban para dispersar de maneras diversas mi soledad, en tanto las impresas en sepia contribuían a mi educación política. Confesaré que la literatura mexicana y la latinoamericana no habían existido antes para mí porque desde niño era lector de Selecciones del Readers Digest y no tuve escuela de nivel medio superior que me las revelara con énfasis y pirógrafo mercadotécnico.

1963
Unos meses después de aquel patriótico y marcial 5 de Mayo, es decir, ya en 1963, dotado de cierta holgura económica gracias a los sobresueldos que me redituaba el ser mecánico en el hangar presidencial y a que mi vida previa de obrero temprano me acostumbró a vivir con bajo presupuesto, pude comprar La ciudad y los perros. Inducido por las reseñas, los comentarios, las notas periodísticas y las entrevistas a Vargas Llosa llevé a mi incipiente biblioteca un ejemplar de la primera edición que, por cierto, perdí en las manos de una alumna de Letras Españolas de la UNAM. La virgen de Lourdes Equis no me hizo el milagro de regresármelo. La novela y su autor empezaban a actuar como pendones de lo que sería la vanguardia del boom de la literatura latinoamericana. La novela de Vargas Llosa, permitámonos recordarlo, tiene como escenario principal una escuela militarizada. En su lectura conviví con los cadetes, compartí la prepotencia de El Jaguar, la abulia de El Esclavo y el abuso de los suboficiales y oficiales contra los alumnos. Me entregaba gozoso a la ficción trazando paralelismos con la realidad que yo había vivido durante tres años en la escuela de la Fuerza Aérea Mexicana.
Ya en ese tiempo en Vargas Llosa y La ciudad y los perros convergían las luces de innumerables reflectores puesto que habían ganado el Premio Biblioteca Breve del concurso convocado por la editorial española mencionada. Ahora yo sabía que existían premios literarios y que eran importantes y que existía la literatura latinoamericana. Leí con ansiedad y gozo el libro, sorprendido porque la historia ocurría en la escuela militar, pero también intrigado por los intrincados trazos de la narración. Me cautivaban los suspensos dosificados por el escritor y me deslumbraba la poliédrica forma de la historia. Me asombraba que se pudiera narrar de manera tan distinta a la que se usaba en las novelas que había leído antes. El tiempo libre que me dejaban mis obligaciones de mecánico del hangar presidencial y mi poco apego al ping pong con que nos distraíamos los de tierra mientras las naves volaban de gira, me facilitaban meterme en la vida de los personajes de La ciudad y los perros y visitar los lugares de Perú que poblaban. Por supuesto, me perdía en la novela durante lapsos más prolongados cuando, distante de mi vida militar de sargento segundo del Estado Mayor Presidencial, disfrutaba mi vida de civil.
La prolongada soledad se convertía en libros leídos. Sin saberlo, estaba yo convertido en lector de lo que vendría a ser el boom de la literatura latinoamericana. Mi gula de fanático explorador de líneas y líneas, páginas y páginas, libros y libros, era estimulada por la información periodística, las propias lecturas de evasión y la publicidad de las editoriales. Me sentía bien siguiendo las recomendaciones de las reseñas de libros de “México en la Cultura” y de los suplementos dominicales de los diarios de la capital de la república. En ese tiempo, cuando todavía fulguraba potente la luz de los reflectores puesta en Vargas Llosa y La ciudad y los perros se prendió otra, atraída por el mexicano Vicente Leñero, quien había ganado en el propio 1963, con Los albañiles, el mismo premio que el autor peruano.
Los índices coquetos de los premios pescalectores que engurruñados hacen la señal de ven, los premios que como cupidos tejen cardillos entre el lector y los libros me llevaban a las obras galardonadas pero yo leía también muchas que no presumían medallas ni diplomas ni veneras ni condecoraciones. Leía muchos de los libros que críticos y reseñistas recomendaban y en ese entonces la crítica y la publicidad editorial se preocupaban por llevar la mirada de los lectores hacia la literatura latinoamericana. De cualquier manera, otro análisis mostraría cómo el modo de producción económica afecta, se aprovecha y determina la estética. La determina porque al impulsar un prototipo lo convierte en modelo a seguir y hace seguirlo.

1965
A mediados de 1965 dejé el hangar. Guardé el medidor de densidad del líquido de las baterías y colgué mis uniformes e insignias del Estado Mayor Presidencial y la Fuerza Aérea y me puse a trabajar de empacador en la bodega de la cadena de librerías donde compraba los volúmenes con que llenaba mis vacíos, con los que evadía la soledad, los que me ayudaban a no hacerme ilusiones en este mundo. En otro lado he integrado a la ficción pasajes de la nueva posición que conquisté al pasar de bodeguero empacador a dependiente en una de las librerías. En este año, 1965, no sé si también en los anteriores a mi alta en el empleo de dependiente, se vendía mucha literatura hispanoamericana. Por una razón que se evidenciaría pocos meses después los lectores buscaban con avidez El Señor Presidente, novela del guatemalteco Miguel Ángel Asturias (según Enrique Anderson Imbert “una de las mejores en toda la novelística hispanoamericana”), publicada diez años antes, junto con otra que había salido en 1963, Mulata de tal. Los lectores procuraban también otras obras pero ahora me acordé de El Señor Presidente porque me conmovieron mucho cinco palabras de uno de sus personajes, el Pelele, que en el mundo de sus alucinaciones le dice a su madre: “Ñañola, me duele el alma”. Y la madre de su fantasía le responde: “Hijo, me duele el alma.” Edipo lector por ese tiempo vivía en una casa de asistencia de la colonia Roma con los libros como única familia.
Moderando la hipérbole, digamos mejor que los libros no eran su única familia porque le hacían compañía, un radiecillo y ecos de las páginas de El Señor Presidente como “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre!”, palabras que resonaban también como eco que le llegaba desde los días de infancia en Torreón, es decir, resonancias alejadísimas en tiempo y espacio de la Guatemala de Miguel Ángel Asturias. Pero decía que acompañaba también a Edipo lector, para distraerlo en la Colonia Roma, un radiecillo. Era de transistores, neologismo mágico. Su marca era National y por supuesto made in Japan. Tenía las dimensiones de un libro de obras completas. Gracias a los transistores escuchaba Radio Universidad, emisora hertziana de la UNAM que mencionaba el boom entre música del diapasón extendido desde la Edad Media hasta la vanguardia de Pierre Boulez, música extraña y hermosa, y voces que hablaban de Latinoamérica, de la Revolución y de la literatura hispanoamericana.

1966
Como consecuencia de su búsqueda de un empleo mejor y para, sin proponérselo, envolverse más en la atmósfera de lector del boom, el de la voz, se encadenó al trabajo enajenado en la imprenta donde entonces imprimían dos publicaciones importantes para la historia del boom, la Revista de la Universidad de México y la Revista de Bellas Artes. Ambas revistas, la de la UNAM y la del INBA albergaban en sus páginas y en sus respectivos directorios a muchos de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana. Yo los leía en las dos poderosas publicaciones como escuchar admiradas voces familiares. La razón de que me resultaran cercanas es que muchas de ellas también eran las voces del suplemento cultural de la revista Siempre y de la Gaceta del Fondo, que también procuraba yo. Y más aún, en esa imprenta, a la que llegué a trabajar como corrector de pruebas en 1966, se publicaban y se reeditaban los libros de Editorial Era, libros como El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1966), de cuyo autor, altísima figura del boom, ustedes han de acordarse; Aura (1962), cuyo autor de inmediato se adivina y en fin, Gracias por el fuego, de Mario Benedetti, quien mucho y muy pronto escribiría con claridad y tino del recién reconocido boom.

1968
Este año, 1968, es en el que ubica el auge del boom el mismo Mario Benedetti, quien es una de las personalidades más recias de la literatura latinoamericana de antes, durante y después del propio boom. En el ensayo que lleva como título “Sobre poetas comunicantes”, fechado en 1972 e incluido en El escritor latinoamericano y la revolución posible, libro de 1974, Benedetti afirma que el auge pleno del boom ocurrió cuatro años antes de la publicación de su ensayo, o sea, en 1968. Esto no quiere decir que en este año hayan aparecido las más resplandecientes obras. Surgieron muchos libros memorables. Para mencionar algunos de los más reconocidos, de los cuales la mayoría pueblan los entrepaños de literatura hispanoamericana en mi biblioteca personal –aún puede uno enorgullecerse de practicar el oficio de lector y poseer una biblioteca personal–, aparecidos a partir del año que comienza esta cronología, anoto, de 1962, la obra que me inscribió como lector fanático del boom, La ciudad y los perros, de Vargas Llosa; El Siglo de las Luces, de Carpentier; Aura y La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes; de 1963, Mulata de tal, de Asturias y Rayuela, de Cortázar, libro que viene a asestarse y asentarse como afirmación incontrastable de que la literatura es un juego, un juego de las profundidades humanas en el que se tañen las cuerdas de las deficiencias y las virtudes evidenciadas y potenciales del alma. Debo aquí, en un acto de autopunición, confesar que en la amargura de la soledad leí Rayuela con la miope idea de que si el libro me proponía infinitas maneras de leerlo, es decir, si se podía comenzar en cualquier capítulo, entonces para qué incomodarme, así que comodonamente y paradójicamente lo leí y más tarde lo releí de la manera tradicional. La amargura es más cómplice del marasmo que del juego. También de 1963 es –lo dije antes– Los albañiles, novela que como ya también mencioné antes, ganó ese año el mismo premio que la de Vargas Llosa; de 1964 son Juntacadáveres, de Onetti y Cantar de ciegos, de Fuentes; de 1965 es la ya citada Gracias por el fuego, del admirable Benedetti, novela que empieza en el restaurante Tequila, de Nueva York y acaba en la corrupción sudamericana. De 1966 son Todos los fuegos el fuego, de Cortázar, con sus ilusionismos de realidad irrealidad; La casa verde, de Vargas Llosa, con diestros juegos de tiempo, espacio y personas, y La mala hora, de García Márquez. Esta última novela había sido publicada en 1962 en España, pero como el editor europeo se permitió “cambiar ciertos términos y almidonar el estilo”, García Márquez no reconoció la edición. De este modo, por voluntad del autor, la edición príncipe es la mexicana de 1966. La publicó Era, como ya dije.
Pero qué pasa con el boom. Sigamos a Benedetti para ver cómo el boom de la literatura latinoamericana es una aportación de México al mundo, igual que lo fueron en otro tiempo el chicle del ejercicio mandibular, el cacahuate de las calorías afrodisiacas, el chocolate del gusto sibarita y la marihuana sin epítetos, para no hablar de oídas. Claro, el escritor uruguayo no lo dice de la manera en que lo acabo de enunciar. El autor de Gracias por el fuego afirma en El escritor latinoamericano y la revolución posible: “El célebre boom fue en realidad una prolongación internacional de la mafia; y no es casual que los mexicanos hayan sido sus más fervientes y eficaces promotores.” Repito la cita: “El célebre boom fue en realidad una prolongación internacional de la mafia; y no es casual que los mexicanos hayan sido sus más fervientes y eficaces promotores.” Los mexicanos produjeron, por supuesto no toda la obra del boom pero sí parte de ella y sobre todo la hicieron retumbar en el exterior. Por qué señala Benedetti la eficacia promotora de la mafia. Aclaremos. La “mafia” a que se refiere Benedetti no era una pandilla transnacional de delincuentes ni una banda que se reunía para “hacer oración” ni un club de jardinería de los jueves. La “mafia” era un grupo de narradores, poetas, dramaturgos, pintores y en general intelectuales y artistas que tenían su nicho, o mejor dicho sus nichos, en la ciudad de México, en el ya mencionado suplemento cultural de la revista semanal Siempre; en las mensuales Revista de la Universidad de México, Revista de Bellas Artes y Gaceta del Fondo y además, en Radio Universidad. Algunos integrantes de la ubicua “mafia”, o asociables con ellos eran Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Emmanuel Carballo, Sergio Pitol, Huberto Bátiz, José Emilio Pacheco, Luis Guillermo Piazza, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Rosario Castellanos, Margo Glantz, María Luisa Mendoza, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Paz, Cuevas, los hermanos García Ponce, Vicente Rojo, Juan Soriano. (Por su distanciamiento recoleto no sé si hice bien en incluir a José Emilio Pacheco, pero publicaba con disciplinada constancia en los mismos lugares.)
Como conclusión provisional haré aquí un nudo para que sus mentes lo desaten: una buena cantidad de autores de la mafia publicaban sus obras en Ediciones Era. Ediciones Era era propietaria de la imprenta donde se imprimían sus propios libros pero también la Revista de la Universidad y la Revista de Bellas Artes. En estas revistas publicaban los de la mafia y formaban parte del cuerpo editorial. Además, la mayoría de los libros producidos por Era eran marxistas. (Muchos de ellos contribuyeron al despertar de mi conciencia de clase proletaria.)
Sin embargo, aparte del origen mexicano del boom indicado por Benedetti encontramos, siguiendo todavía a este autor en El escritor latinoamericano y la revolución posible, en el ensayo que lleva este mismo nombre, que también tiene un origen cubano, gestado por la triunfante Revolución con todas sus audacias ejemplares: “A través de la estallante experiencia cubana”, dice Benedetti refiriéndose al proceso revolucionario cubano de 1953 a 1959, “Europa se interesó por el resto de América Latina”. Y sigo citando al escritor uruguayo con el siguiente fragmento donde adelanto que plantea un paralelismo entre el rompimiento de Cuba con las relaciones de dependencia política tradicionales y el rompimiento de los autores con las formas antiguas de narrar: “Con la revolución cubana comenzó, pues, una nueva manera, experimental e imaginativa de llevar adelante una política antimperialista. Curiosamente la literatura latinoamericana (en particular la narrativa, pero también aunque en menor grado, la poesía y el teatro) rompió así mismo con los viejos moldes, con la vieja retórica, con la vieja rutina y se lanzó con entusiasmo a experimentar.”
Como digresión digamos que una vez más aparecen hermanados Cuba y México, esta vez como cunas del boom. Cuba lo impulsaría mucho en el campo editorial, tanto como lo hacían Buenos Aires y la Ciudad de México. La Cuba revolucionaria fundó la Casa de las Américas y promovió intensamente la creación mediante los concursos literarios.
Ahora permítanme recordar lo que presumí antes, esto es que entré a trabajar de corrector de pruebas en la imprenta donde se imprimían la Revista de la Universidad de México, la Revista de Bellas Artes (del INBA) y los libros de Ediciones Era. Era Era, como lo sugerí antes, uno de los engranajes del boom. Las instalaciones de la imprenta ocupaban una casa común de la calle Aniceto Ortega en la Colonia del Valle, en la Ciudad de México (el número y el teléfono se pueden encontrar en las páginas legales). Las labores de impresión atronaban en la planta baja; en la alta, al fondo a la izquierda, quedaba el cuarto donde trabajábamos los correctores. Frente a este cuarto quedaba el de la dirección de Ediciones Era albergando los tratos y los documentos que se resuelven en la publicación de libros que podemos integrar al boom como Aura, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, ya datados antes, y varios más. Mientras yo me ganaba el salario corrigiendo pruebas en el cuarto del fondo a la izquierda, haciendo resonar la duela pasaban hacia o desde la dirección de Era, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Fernando Benítez, et al. y, diariamente varias veces, Emmanuel Carballo y Vicente Rojo. Rojo era copropietario en las siglas de Era, según me confió la correctora que ya estaba allí cuando yo llegué. A Carballo lo acercaban a Era vínculos familiares. Yo miraba entonces a aquellos integrantes de la mafia como miraría a Adela Noriega, si me la encontrara en la tiendita de la esquina.
La novela, por muchas razones superjustificadas, más llamativa del boom, Cien años de soledad, había aparecido en 1967. La ilustración de su portada, el barco de velas varado y abandonado, la reprodujo el suplemento cultural de Siempre. El premio Seix Barral que habían obtenido la novela peruana La ciudad y los perros y la novela mexicana Los albañiles, este año lo conquista la novela Cambio de piel, de Carlos Fuentes, quien el mismo 1967 había publicado otra novela, Zona sagrada. Aunque no había hecho mutis, Vargas Llosa reaparece publicando Los cachorros, relato que es un minucioso atentado terrorista contra la sintaxis por su violencia contra las personas y los tiempos del verbo. A Miguel Ángel Asturias, el de El Señor Presidente y Mulata de tal, novelas muy buscadas cuando yo trabajaba de dependiente en la Librería de Cristal, lo premian con el Nobel.
Fue un buen año para el boom 1967 y sus reverberaciones seguirían muchos años más. Por lo pronto ya había muchos libros latinoamericanos para leer durante el revolucionario 68 y platicarlos entre activismo político y canciones folclóricas también latinoamericanas.
Tras la eclosión del boom, en 1969, Vargas Llosa publica una novela de audacias formales y de atmósfera igual a la que para los lectores se había revelado con v chica y rebelado con b grande el año anterior, me refiero a Conversación en La Catedral, que se convirtió en mi favorita de las del autor peruano; Fuentes lanzó, Cumpleaños, libro de cuentos que no satisfizo al personal.
Pero el boom no había estallado sin procedimientos ni ingredientes precursores. Los hubo y muy importantes en las formas narrativas de cuento, novela corta, relato y novela de amplio volumen. Mencionaré algunos títulos sin su registro cronológico pero observando su cronología a partir de 1939, año en que aparece El pozo, de Onetti.
Al año siguiente y en los siguientes años, elevan el caudal precursor Ficciones y El Aleph, de Borges; Viaje a la semilla (deslumbrante relato de Carpentier en donde el protagonista pasa de ser viejo a ser semen, tema que repitió hace poco la película El extraño viaje de Benjamin Butto), El reino de este mundo y El acoso, de Carpentier, ya lo dijimos; El túnel y Sobre héroes y tumbas, de Sábato; La vida breve y El astillero, del ya mencionado Onetti; El llano en llamas y Pedro Páramo, de Rulfo, es decir, del “mejor narrador de América Latina”, según apreciación de Benedetti; La región más transparente y Las buenas conciencias, de Fuentes; Montevideanos y La tregua, del propio Benedetti; Los pasos perdidos, del ya mencionado Carpentier; Las armas secretas y Los premios, de Cortázar; Los jefes, de Vargas Llosa y, en fin, Hijo de hombre, de Roa Bastos.
Y si es caudaloso el torrente precursor del estallamiento del boom, lo es igualmente el que lo siguió. Es así que en 1972, corregida por Cortázar y Monsiváis, sale de Ediciones Era Paradiso, novela de Lezama Lima y para llegar sólo hasta 1981 nombraré los libros que todavía sobreviven en mi biblioteca, aunque no en mi memoria: de Cortázar El libro de Manuel y Octaedro; de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y la grandiosa La guerra del fin del mundo; de Carpentier El recurso del método, novela que hizo resaltar el tema de los dictadores latinoamericanos, ya tratado antes por Asturias y Valle Inclán, Concierto barroco, muy divertida novela corta, una obra magna en arquitectura y en tono, La consagración de la primavera y El arpa y la sombra; de Sábato, Abbadón el exterminador; de Roa Bastos otra de dictadores latinoamericanos y realismo mágico que es Yo el supremo; de Borges, El libro de arena; de García Márquez, también de dictadores, El otoño del patriarca y finalmente, aunque el boom seguía copioso, La cabeza de la hidra y Terra nostra, de Fuentes.
En el anterior alud de títulos y autores he mezclado libros de novela y cuento aunque en la realidad la preferencia de los editores y la tolerancia de los lectores privilegiaron la novela. Para acercarse a la literatura dramática del tiempo del boom pueden leerse varios volúmenes preparados por Carlos Solórzano, un fino colaborador de los mismos lugares ocupados por los divulgadores del boom.
Sé que omito muchos títulos y autores, pero con las ráfagas disparadas superé ya el tiempo en que mi perorata podría ser tolerable. De ese modo que acabo de narrar me gesté, me desarrollé y me templé como miembro de una generación de lectores de lo que se conocería como el boom, el boom, que para mí es un momento peculiar en la historia general de una literatura vigorosa que ya contaba en sus catálogos con nombres como Carpentier, Borges, Asturias, Vallejo, Hudiobro, Neruda y muchos más. El boom, con ese nombre identificado, es sólo un momento de la gran corriente de la literatura latinoamericana que ya se había sumado a las vanguardias literarias del siglo XX, sobre todo con la poesía.
Sentí una gran responsabilidad al tener que hablar para ustedes de ese importante tema, por eso malinterpretando impúdicamente la lección de Montaigne hablé de lo que conozco menos mal, hablé de mí, aunque en el contexto del boom de la literatura latinoamericana. Estas palabras fueron como unas memorias del subsuelo de un lector del boom.

Mario Benedetti (1920-2009)



Consternados, rabiosos, así recibimos la noticia. Hoy se fue el viejo de Montevideanos, de La tregua, de Poemas de oficina, de Pedro y el capitán, de El recurso del supremo patriarca y de tantos, tantísimos libros más que, nos gustaran o no, salían de un hombre claro, entregado a la palabra y a la opinión sin dobleces éticos. Queda, por supuesto, su obra, que no es poca y tiene asegurada larga vida, pues se levanta como testimonio de una época agitada, una época de banderas y consignas que después muchos arrumbaron. No él, por cierto.

Al cine con Alfonso López



Podría decir que Alfonso López Vargas fue mi alumno en dos o tres clases de narrativa en la Escuela de Escritores de La Laguna, que durante muchos años trabajó para la CFE, que es apasionado de la actuación y de la dirección teatrales, que hace como cinco años publicó su primer libro de cuentos (Del alba al anochecer) y que tiene otro inédito con historias para niños. Podría decirlo, pero eso es a fin de cuentas un resumen que huele a frío currículum y dice poco, o nada, sobre el fondo de la persona. Prefiero decir, mejor, que Alfonso López Vargas es una buena, una generosísima persona.
Dicho eso, lo compruebo. En un momento de la vida en la que muchos hombres ven la declinación y hasta el agotamiento de sus entusiasmos, Alfonso López obsequia tiempo, dinero y esfuerzo, como decía un antiguo comercial, para la cultura lagunera. No es poco lo que da, pues con sus propios recursos mantiene vivo un ciclo de cine. No sólo consigue las películas, sino que recorre en taxi los medios para hacerle promoción, imprime carteles y el día de cada exhibición asiste para dirigir las sesiones en una especie de cine-debate. Todo eso, como digo, sin exigir ningún crédito, con el dinero de su bolsillo y con el tiempo de su reloj. Y no se piense que es un hombre rico en lo económico, que si lo fuera de todos modos tendría mérito. Es jubilado de la Comisión y su esposa se encuentra en un estado de salud delicado; eso no merma, sin embargo, su fe en el cine y su deseo de compartir lo que sabe. Alfonso López Vargas es, para mí, pues, ejemplo de desprendimiento en este mundo en el que la mayoría quita, pide, exige, cobra y hasta roba. Alfonso no, Alfonso simplemente da.
El ciclo de mayo está en marcha. Le he pedido a Alfonso que me permita añadir el cartel de sus presentaciones en el blog de “Ruta Norte” y aquí estará también el de junio, a la vista de quien desee informarse. La cita de cada función ha quedado establecida para los lunes a las ocho de la noche en el Museo Regional de La Laguna. Por supuesto, todas las exhibiciones son gratuitas.
Al creador del ciclo “Los escritores van al cine” le he solicitado, además, un esbozo conceptual de su proyecto, y lo plantea así:
“Origen del proyecto. Conjugar nuestra adicción a la literatura con una firme y sana pasión por el cine nos ha llevado a los siguientes razonamientos:
En principio, nos parece una verdad irrefutable que ‘para que haya una buena película debe de haber una buena historia’ Por lo tanto, una cinta basada en una obra literaria aceptada y bien calificada por críticos y lectores lleva ya cierta garantía respecto a la calidad de ese film.
Lo anterior, por supuesto, no es garantía ‘absoluta’ de la bondad de ese film. Crear cine es un trabajo de equipo y para que haya un buen resultado, se precisan varios elementos más, entre los cuales podemos mencionar.
De inicio, una buena adaptación para adecuar la forma de expresión del texto literario al lenguaje cinematográfico que es, evidentemente, distinto. Para esto se necesita un buen guionista.
Como, además, en el cine se maneja imagen y no solo palabra, se vuelve imprescindible la acertada selección de locaciones, escenografía, utilería, iluminación, vestuario, maquillaje, etcétera, y, para la presentación de esa historia en imágenes, los sonidos ambientales y, a criterio del creador, música de fondo que dé la atmósfera adecuada que subraye la acción, todo lo cual es manejado por un grupo de técnicos calificados.
Luego viene la selección de los actores que interpretarán a los diversos personajes y que deberán tener la presencia física necesaria y manejar las formas de expresión (matiz en la voz, expresión gestual y corporal, desplazamientos lógicos y precisos, etcétera). que proyecten actitudes, emociones y sentimientos acordes a la situación que marca la trama, así como una vital y convincente interrelación para que, al final el editor dé el toque final, dándole la necesaria continuidad y haciendo de todo el material filmado una unidad.
Todo ese complejo equipo técnico, del cual mencionamos sólo una pequeña parte, ya con la supervisión y aprobación del productor, es coordinado por el talento creativo de un comprometido director, que es, a fin de cuentas el responsable de que el producto final que veamos proyectado en pantalla sea o no de satisfactoria calidad.
Tomando en cuenta lo anterior, nos hemos dado a la tarea de planear un ciclo de cine diseñado para dar a conocer al público lagunero un grupo de películas que cuenten, por un lado, con la base de una historia de calidad avalada por el nombre de un buen escritor y, por el otro, que hayan sido realizadas por un selecto equipo de cine, aprobado por un buen productor y comandado por un talentoso director.
Observaciones. El cine ha dejado de ser (si es que alguna vez fue únicamente eso) un simple espectáculo para divertirnos y ‘pasar el rato’. El cine cobra cada vez mayor importancia bajo diversos aspectos:
—Como expositor de relatos que nos dejen experiencias capitalizables para la formación de criterios.
—Como testigo de la historia para integrar nuestra memoria individual o grupal y, en este último caso, a nivel regional, nacional o mundial.
—Como eficaz difusor de ideas (el público que se sienta frente a una pantalla lo hace con una mentalidad totalmente receptiva aun cuando posteriormente pueda rebatir las ideas que, mientras está ahí, perciba y acepte)
—Como vehículo de propaganda (su proyección es masiva).
Objetivos a lograr. Aunque nuestra intención inicial haya sido únicamente (lo confesamos con honestidad) la de presentar un ciclo de películas que impulsen al público a interesarse en la obra literaria en la cual se basa, la experiencia nos ha mostrado que, efectivamente, se empieza con:
1) Promoción a la lectura. Ya que los comentarios que, al final de la función, hacen los asistentes, son, a medida que el ciclo avanza, no solo con una intención crítica a la cinta sino, además, con atención a la obra literaria, lo que, a paso lento, pero seguro, confiamos en que redundará en la captura de posibles nuevos lectores. (La pregunta que ya empezamos a oír y nos causa satisfacción es ‘¿Y qué otras novelas ha escrito ese autor?’ (en una hoja de información que les entregamos al llegar a la sala les damos una breve semblanza del escritor que contiene información sobre su bibliografía). Lo que nos crea la ilusión (que esperamos pronto percibir como realidad) de que estamos formando nuevos adeptos a la lectura. Puede que el proceso sea lento, pero hay que recordar que ‘La gota de agua orada la roca’ y que ‘El que persevera, alcanza’ y ya sabemos que los refranes son la sabiduría popular. Pero, además:
2) Mejora nuestra calidad de espectadores. Por otra parte, el observar los detalles y comentar acerca de ellos nos desarrolla el espíritu crítico lo que, a la larga nos hace un mejor público y, como consecuencia, más exigente que ya no se conforma con cualquier cosa y de esa manera contribuirá, con su asistencia al buen cine y su inasistencia al malo, a presionar o, por lo menos, a estimular a los productores para buscar que eleven la calidad de ‘nuestro’ cine.
Comentario final: En la selección de películas se intenta, además del estricto cuidado en cuanto a la calidad, dar variedad al programa incluyendo cintas de diversos países, diferentes épocas, así como variados temas y géneros para que los asistentes tengan una muestra integral y representativa de lo que es y ha sido el cine ‘universal’.
Esperamos que la asistencia al ciclo ‘Los escritores van al cine’ poco a poco se incremente y sea constante. Ese será el gran premio a nuestro esfuerzo. No es nuestro interés obtener éxitos económicos en taquilla ya que la entrada es gratuita, cortesía conjunta de la Escuela de Escritores de La Laguna con el Museo Regional de La Laguna”.

sábado, mayo 16, 2009

La viejo y el relato del crimen



Su poder se nota en el repentino silencio de los medios. Ante el hecho escandalosamente inédito, y por tanto noticioso, de que un ex presidente sacara trapos sucios de otro ex presidente, muchos se desvivieron por desactivar la bomba con simple silencio o con tres estratagemas recurrentes: 1) ambos personajes tienen larga cola y, por ello, quedan inhabilitados para criticarse entre sí; 2) De la Madrid está mermado de sus facultades y todo lo que diga raya en el delirio senil; y 3) a los informativos mexicanos de mayor peso les importa más un crimen político en Guatemala —lo que con video o sin video ocurre a diario en todo el mundo— que los dichos de un mexicano poderoso que habla sobre otro aún más poderoso y puede dar tela para debatir sobre la caída de un sistema, sobre viejas y trucadas y multimillonarias privatizaciones, sobre cientos de muertes de perredistas durante un sexenio, sobre un magnicidio en Tijuana, sobre el asesinato en el DF de un líder del PRI, sobre un levantamiento armado en Chiapas, sobre tratos con el narcotráfico, sobre hermanos incómodos y sobre un montón de trastadas más. Pero no. Con una diligencia asombrosa se le dio vuelta a la hoja y como ley de Newton fue aceptado lo expuesto en una carta por el “ofendido”. Cuál dictamen médico, cuál necesidad de peritaje sobre la salud mental de De la Madrid: bastan unas palabras del Innombrable para dar por hecho que en la entrevista de Aristegui asistimos a las confesiones de un ruquito deschavetado.
Pero, oh maldita lógica, lo que todos oímos no anda tan descaminado de lo que en general es aceptado como cierto en nuestro país. Los que escuchamos a De la Madrid somos concientes de que ya no es un orador demosténico, sino un anciano de voz cascada, pero en ningún momento habló de elefantes rosas, de tinas de baño voladoras o de árboles con corbata, sino que afirmaba o negaba tranquilo y categórico a las preguntas de la periodista, además de enunciar frases cortas y lapidarias que lejos de parecer obtusas o alucinadas parecían salir de la más cruda lógica: “Cometió muchos errores serios; el peor, la corrupción”. ¿Hay en esas palabras un elefante rosa?
Las acusaciones permanentes acerca de la permanente intromisión de Salinas en la vida política actual torna importante, al menos desde el punto de vista informativo, lo que diga quien lo llevó a la presidencia. Es tan importante que si fuera un loco de todos modos valdría la pena oírlo, como hizo Emilio Renzi en el cuento más famoso de Ricardo Piglia, “La loca y el relato del crimen”; allí, una loca callejera ve un crimen de putas y padrotes. Cuando la escuchan en la policía, dice una sarta de estupideces, pero Renzi, periodista policial por accidente, conjetura lo que sigue: “En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde, ¿se da cuenta?, un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada”. O sea, hasta un loco, si lo hay, sirve para esclarecer delitos.

viernes, mayo 15, 2009

Premio a Claudia Berrueto



Claudia Berrueto es poeta y actualmente trabaja para la coordinación editorial de la Universidad Autónoma de Coahuila, área en la que lucha contra viudas y huérfanas junto a nuestro común amigo Gerardo Segura. Nació en Saltillo en 1978, y la razón por la que da gusto hablar sobre ella en esta entrega es que hoy recibirá el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2009 convocado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de aquella ciudad fronteriza.
Claudia ganó con el poemario Polvo doméstico, dictaminado por los jurados Alfonso René Gutiérrez, Edmundo Lizardi y Víctor Soto Ferrel, quienes emitieron el fallo el primero de mayo de 2009; Polvo doméstico fue uno de los 129 poemarios recibidos en el IMAC y provenientes de 25 estados de la República. Las palabras asentadas en el dictamen sólo insinúan la calidad de la poesía que escribe Claudia, pero son suficientes para trazarnos una idea general sobre la orientación de su propuesta artística: “Elegimos esta obra por su inteligente inmediatez retórica y su concreción de imaginario, cualidades que le confieren una especial frescura lírica”.
La ganadora es licenciada en Letras españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Fue becaria del FECAC en el área de poesía (2003-2004) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2005-2006). Tercer lugar en el concurso de poesía Manuel Acuña (2006). Colaboradora del colectivo lagunero NIT. Noche y poesía. Textos suyos han aparecido en diversas publicaciones a nivel nacional. Antologada en Pensar con los ojos abiertos II (UA de C), Anuario de poesía mexicana 2006 (FCE) Muestra de Literatura joven de México (FLM), La mujer rota y Del silencio hacia la luz. Mapa poético de México. En el fondo una mantarraya es su primer libro y fue publicado por la editorial coahuilense independiente Gota de agua. Actualmente trabaja en la Coordinación editorial de la UA de C.
Más allá de lo que pueda decirnos una ficha biográfica, Claudia es uno de los valores indiscutibles de la literatura coahuilense, de la grande y entusiasta buena hornada de los nacidos entre 1975 y 1980. En lo personal, he trabado amistad con ella gracias a los mutuos afanes relacionados ora con la difusión literaria, ora con la edición de libros de las colecciones que publica la UAdeC. En todos los casos, la limpieza de su trato y su inteligencia siempre despierta me han llevado a conocerla también como poeta. No dudo que este primer premio nacional anuncia la llegada de Claudia a los territorios de la madurez literaria. Es joven, tiene experiencia académica y formación de buena lectora, así que podemos esperar de ella sólo buenos frutos. La felicito entonces, me apersono como metáfora en la premiación tijuanense y le reitero desde aquí que ha hecho muy bien en ser escritora.
Comparto dos poemas del libro ganador. “Mi padre y su diamante”: “a mitad de semana lo recuerdo / se ajusta una cachucha imaginaria frente al espejo / listo para salir a conectar la bola o un foul. / hay tardes en que llega suspendido por la lluvia, / otras, ponchado y aventando el bat, / pero muy pocas con el eco de un home run en su sonrisa. // todos los domingos me persigue / y lo veo barrerse antes de llegar a tocarme. / mi memoria es de spikes y almohadillas, / en ella viven mi padre y su diamante”.
“bravo 561”: “una casa en ruinas canta mi amor / mientras es marcada por la persistente furia del agua. // escuché su canción de madera trozada y húmeda; / mi amor cantando desde el centro del último cuarto, / llamándome con todos los muros de estas ruinas; / un cuerpo hecho de promesas / tocando mi hombro desde el abandono. // la casa que se desintegra / canta mi amor / hoy pasé delante de su puerta / y regresó la tromba / oprimiéndome contra el suelo / tallando líneas de agua / en mis huesos”.

jueves, mayo 14, 2009

La crema de la crema



No todos los días pasa que un ex presidente declare contra otro ex presidente. Menos, que el de la voz (uso la jerga pertinente para tratar asuntos de la delincuencia) hable contra quien fuera su sucesor. Y menos aún, que los comentarios surjan de Miguel de la Madrid y vayan dirigidos contra Carlos Salinas. Estamos pues ante la presencia de un hecho inédito en el México del pripanismo: aunque muy a destiempo, De la Madrid rompe una de las reglas más respetadas del sistema, el silencio total en torno a la figura de su sucesor. Algo grande debe estar moviéndose en las más altas viscosidades del poder para que de repente se dé una exhibición de trapos al sol como la que ya estamos viendo.
Las declaraciones de Miguel de la Madrid se dieron ayer en el programa de radio de Carmen Aristegui. Allí, la envejecida voz de quien nos gobernó de 1982 a 1988 suelta la sopa sobre el hijo predilecto de Agualeguas. Para De la Madrid, Salinas terminó “muy mal” su sexenio y fomentó entre su familia una “gran corrupción”. Además, dijo que Raúl, el hermano eternamente incómodo, entabló nexos con el narcotráfico. Añadió que “en aquel entonces no tenía elementos de juicio sobre la moralidad de los Salinas, que de eso se dio “cuenta después”, y que se equivocó al designarlo como sucesor. En conclusión, el también ex director del Fondo de Cultura Económica manifestó que se sentía decepcionado de Salinas sobre todo en el punto de su “inmoralidad” para manejar dinero.
Más de veinte años tardó De la Madrid para abrir el pico y referirse así a Salinas. El argumento de que no tenía elementos de juicio es, por supuesto, un decir, dado que tales elementos fueron un secreto a voces durante todo el salinismo y rayaron en el escándalo cuando aquel sexenio concluyó. La demora obedece, más bien, al silencio que se impone como obligación a los ex presidentes, ese mismo silencio que guarda Calderón sobre Fox y que en general han observado todos sobre todos, hasta ayer. Lo importante aquí, más que la evaluación de aquellos dos sexenios perdidos, es lo que significan en el presente, el oscuro flujo y reflujo de fuerzas políticas que avanzan, retroceden, atacan y se repliegan en la turbulencia de procesos electorales cada vez más contaminados por componentes perversos.
La presencia de Salinas en el poder es innegable desde 1985 u 86, si no es que desde antes. La niegan sólo quienes no desean verla, pues es un hecho que Salinas ha actuado de mil formas en el zedillato, el foxato y ahora en el calderonato. Lo más evidente es, claro, el peso que ha tenido en la ubicación de cuadros de su establo dentro de posiciones estratégicas. Luis Téllez, por ejemplo, era/es uno de tantos hombres al servicio de Salinas, de ahí que cayera como bulto luego de sus telefónicas patadas al pesebre. Por eso muchos (me incluyo) pensamos todavía que el personaje más nocivo para el país en el último cuarto de siglo es el padrino de baja estatura, calvo y de maneras sobrias y calculadas, esa eminencia gris del maquiavelismo elevado al cubo.
Hoy, con los dichos de De la Madrid sobre el tapete, no queda sino confirmar, por si hiciera alguna falta, que hemos sido gobernados por verdaderos capos, que detrás de todo ha estado nada más ni nada menos que la mano que mece la patria, ese hombre asombroso en más de un sentido, pues ha sido capaz de atravesar sexenios y sexenios en silencio o con fugaces apariciones públicas. Por eso ahora es fascinante saber de sus trotes gracias a un ex colega suyo. Pregunta Aristegui: “¿Cómo un presidente puede robarse la partida secreta?”. Contesta De la Madrid: “Porque es secreta”. Imaginemos todo lo que es secreto en la vida de un presidente. Eso y muchísimo más es lo que ultraja al país, lo que nos tiene donde estamos. La crema de la crema en materia de corrupción e impunidad ha comenzado, en suma, a derramar el tepache. Conviene que nos preparemos para lo peor.

miércoles, mayo 13, 2009

Porcino complot



Si no fuera trágico, sería cómico lo que ocurre con buena parte de la prensa mexicana. Lo que antes fue motivo de burla, indiferencia o descalificación, ahora es una especie de verdad a la que de todos modos no hay que ponerle mucha atención, pues ya es cosa del pasado. Bonita memoria histórica, pues. Por eso nos ha ido como nos ha ido y ahora nos va como nos va, porque tenemos la extraña costumbre de manejarnos con la historia lejana y cercana con una ligereza que frisa en lo caricatural. Me estoy refiriendo, claro, a la conspiración del eje Salinas-Fox para acabar con un enemigo peligroso, lo que en aquel momento fue denominado complot y para muchos comunicadores resultó algo así como el petate del muerto; aquel complot hoy es todo, menos una fantasmagoría de la cual podamos reír, sino una verdad que nos obliga a vomitar ante el comprobado estatus excrementicio de la polaca mexicana.
Dije la semana pasada que el libro de Ahumada había levantado ampolla en medio de la influenza porcina, y aseguré que el tema iba a durar unos días más en la marquesina informativa. No era necesario tener dotes nostradámicos para saber eso, pues resultaba evidente que un asunto en apariencia enterrado se mantiene vivito y ladrando: ese asunto es, sin pelos, el del fraude electoral. Se dijo mucho que sí, que no, que quizá; la aseveración de que hubo fraude pasaba por el argumento de la conjura: varios interesados en el descarrilamiento de la opción mejor encaminada acordaron hacer pedazos a un candidato y aprovecharon ilegal, impúdicamente toda la fuerza del Estado para lograrlo. En la conjura se dio algo que parecía demasiado bien coordinado para ser espontáneo: el armónico vocerío de muchos opinadores que, como siguiendo un libreto, aprovechaban las pifias más insignificantes del blanco para dispararle todo tipo de dardos. Al final lograron su propósito, pero por un margen que no dejó dudas sobre las dudas, esas que siguen vigentes hasta la fecha y que de alguna manera se han ido difuminando, para convertirse en barruntos de certeza, con las truculentas revelaciones del empresario corrupto y corruptor.
Al final, no me asombra tanto que se vaya sabiendo una verdad que para muchos ya lo era con o son libro polémico mediante. Lo que asombra es que antes, en los tiempos del bombardeo, muchos se rasgaban las vestiduras y reclamaban respeto a la “institución presidencial” cuando un candidato cometía (¡oh, oh y mil veces oh!) el tremendo error de decirle a Fox “¡Cállate, chachalaca!” y reían cuando ese mismo candidato boquisuelto, apodado jocosa y krauzeanamente “mesías tropical”, insinuaba que todo era un complot, hoy digan tan poco y como si no fuera grave que un ex presidente diabólico y un ranchero horroris causa que simulaba ser presidente estuvieran metidos hasta el coño en una jugarreta a todas luces putrefacta. Me extraña, de paso, que figuras repugnantes como la de Diego Fernández de Cevallos, lesivas por añales al mismísimo tuétano del país, no reciban programas especiales, columnas, revistas enteras o calificativos como el de “mesías empresarial”. Pues no, eso no, lo que lleva a conjeturar que entre los opinadores y los corruptos hay un pacto de no agresión o agresión insulsa, casi casi manita sudada, connivencia en los dichos y en los hechos.
Los opinadores han diluido el efecto Ahumada con cuatro maniobras: 1) generalizar la culpa: todos son corruptos, o sea que da lo mismo lo que diga Ahumada; 2) rozar lo que antes negaron: decir de pasadita que sí hubo complot, como si fuera peccata minuta aunque en el fondo sea la razón de ser del actual gobierno con pecado original concebido; 3) desacreditar a la fuente: Ahumada es una basura, ¿para qué hacerle caso? 4) cruzar el pantano sin mancharse: escribir y hablar como si no fueran parte de, como habitantes de un Olimpo al que no pueden acceder los anzuelos del poder político. Así que, como dicen los españoles: ¡joder!

domingo, mayo 10, 2009

Madre sólo hay dos



A estas alturas del partido creo que no hay quien pueda dar lecciones creíbles de civismo, pero nunca está de sobra echarle un vistazo, aunque sea de lejecitos, al concepto que uno abraza de patria y patriotismo. Escribo para este día de las madres porque pretendo contradecir el lugar común de que madre sólo hay una; no, madre sólo hay dos, la que nos parió y la otra, más grande, a la que solemos llamar patria (del latín patrĭa, patris, tierra paterna) y que sería mejor denominar matria, lo que hace oximorónico decir madre-patria y pleonástico madre-matria. Sea como sea, madre sólo hay dos, en mi caso doña Catalina Vargas, la jefa del mal hijo que esto escribe y desea no defraudarla, y México, la matria de este muy mediocre mexicano que siempre quisiera ser más masiosare de lo que es.
El viernes pasado escribí, como todo mundo ignora, un texto en homenaje de José Emilio Pacheco; lo hice por el setenta aniversario de su nacimiento, celebrado en abril, y porque recién fue galardonado con el premio Reina Sofía. En aquellos párrafos aproveché para citar, por enésima, su poema “Alta traición”, y como tengo fe en que los lectores me leen, se decepcionan y nunca vuelven, ahora lo reitero: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos”. Ese puñado de versos condensa lo que, sospecho, debe ser la patria de los escépticos: un lugar concreto, asible, visibilizable, no la entidad inalcanzable que en los libros de texto ostenta un “fulgor abstracto”. Creo coincidir con esa idea de patria, pues, como Pacheco, cometo la alta traición de querer al suelo donde he nacido y sentir que inmensa nostalgia invade mi pensamiento cuando por alguna razón me alejo mucho de él, de esta patria o matria chica que es La Laguna, el Nazas, los cerros calvos, los pinabetes feos y terrosos, ciertamente, pero nuestros, pero míos.
En registro inflamado, el “Credo” de Ricardo López Méndez, el “Vate”, camina un derrotero más popular que sin duda lo torna llegador, sentimental como canción de radio y si duda auténtico en su arrebato por el orgullo de la mexicanidad: “México, creo en ti como en el vértice de un juramento, / Tú hueles a tragedia tierra mía, / y sin embargo ríes demasiado, / acaso porque sabes que la risa, / es la envoltura de un dolor callado. (…) México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la X, / que algo tiene de cruz y de calvario, / porque el águila brava de tu escudo, / se divierte jugando a los volados, / con la vida y a veces con la muerte. (…) México, creo en ti, porque eres el alto de mi marcha, / y el punto de partida de mi impulso, / mi credo, ¡patria!, tiene que ser tuyo, / como la voz que salva, / y como el ancla”.
Anterior al poema anterior e indiscutiblemente el mejor producto literario de temática mexicanista, “La suave patria” de Ramón López Velarde trabaja con la arcilla de lo cotidiano, de lo inmediato, y borra hasta donde es posible los rastros de ese patriotismo (o patrioterismo, no sé) que varios años después Pacheco juzgará abstracto. A la peculiar observación del entorno íntimo como concreción de la patria, López Velarde aduna la espectacularidad de sus inusitados adjetivos de sulfato de cobre y el encanto casi matemático de sus rimas. Es un poema abrumadoramente hermoso, el mejor: “Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro, / alzo hoy la voz a la mitad del foro, / a la manera del tenor que imita / la gutural modulación del bajo, / para cortar a la epopeya un gajo. / Navegaré por las olas civiles / con remos que no pesan, porque van / como los brazos del correo chuan / que remaba la Mancha con fusiles. / Diré con una épica sordina: / la patria es impecable y diamantina. // Suave Patria: permite que te envuelva / en la más honda música de selva / con que me modelaste por entero / al golpe cadencioso de las hachas, / entre risas y gritos de muchachas / y pájaros de oficio carpintero. (…) Sobre tu Capital, cada hora vuela / ojerosa y pintada, en carretela; / y en tu provincia, del reloj en vela / que rondan los palomos colipavos, / las campanadas caen como centavos. / Patria: tu mutilado territorio / se viste de percal y de abalorio. / Suave Patria: tu casa todavía / es tan grande, que el tren va por la vía / como aguinaldo de juguetería. (…) Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía, / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería. / Cuando nacemos, nos regalas notas, / después, un paraíso de compotas, / y luego te regalas toda entera, / suave Patria, alacena y pajarera. (…) Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito. / Inaccesible al deshonor, floreces: / creeré en ti, mientras una mexicana / en su tápalo lleve los dobleces / de la tienda, a las seis de la mañana, / y al estrenar su lujo, quede lleno / el país, del aroma del estreno. / Como la sota moza, Patria mía, / en piso de metal, vives al día, / de milagro, como la lotería. (…) Suave Patria: vendedora de chía: / quiero raptarte en la cuaresma opaca, / sobre un garañón, y con matraca, / y entre los tiros de la policía...”.
En “Luvina”, el cuento de Rulfo, un profe charla con los pobladores del pueblo moribundo que da título al relato; en ese breve diálogo descansa una lección: no debemos confundir a la patria con el mugroso gobierno: “Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! —les dije—. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará’.
‘Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
‘—¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
‘—También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
‘Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre’”.

sábado, mayo 09, 2009

Derecho de vómito



Sin el libro a la mano, con las puras referencias y fragmentos de los periódicos, me he dado ya una idea, como tantos en el país, de lo que contiene Derecho de réplica, el libro de Carlos Ahumada que esta semana ha levantado ampolla y amenaza con durar unos días más en la cresta informativa, casi como si fuera influenza porcina, pero sin influenza (aunque sí, y mucho, con el factor porcino en medio). Cualquier lector sabe que cualquier columnista bien nacido se acostumbra a no hacerle gestos a la putrefacción, pues ella abunda y es, de hecho, el pan noticioso de cada día. Sin embargo, hasta en materia de vómitos hay niveles. He leído, como digo, algunos fragmentos del engendro ahumado y, considerada para su eliminación la dosis de mentira que esa cosa pueda contener, lo que queda es un muestrario de asquerosidades inimaginable hasta en los trochiles más inmundos.
El relato pormenorizado de quien en su momento disfrutó el mote de “gran corruptor” no les despeinará un solo pelo a quienes, pasados los años, se convirtieron en sus enemigos al menos por haberlo dejado solo cuando cayó en desgracia. Son sujetos demasiado poderosos como para pensar que con un libro, por nauseabundo que sea, van a sufrir alguna consecuencia. Pero allí está el desfile de nombres y de hechos, la viscosa miermelada de giña que difícilmente aguantan los estómagos poco habituados al trato con la escatología política de nuestra patria.
En la mixtura de nombres, dichos y hechos uno tiene derecho a dudar, pues detrás de cada afirmación habita un hombre estragado por el odio y la urgencia de venganza. La objetividad, pues, cede lugar a la ojetividad, así que todo es posible. Pese a ello, insisto que algo queda (y conste que me baso en la información y en los extractos difundidos por la prensa), en este caso la sensación/confirmación de que un plan repugnantemente sucio fue orquestado para hacer de las elecciones de 2006 una adefesio, la puñalada que el panismo-priísmo, en contubernio con las televisoras y los grupos empresariales, asestó al corazón de la tierna democracia mexicana.
Sabíamos desde entonces que el tiempo se iba a encargar no de cicatrizar las heridas, sino de ahondarlas, pues más temprano que tarde saldrían a la luz las relaciones tejidas en aquel momento de nuestra historia. Nunca será del todo claro lo que pasó, pero en el reborujo de ataques y contraataques, y ante las menciones explícitas y las confesiones inevitables, emerge algo de claridad en el sentido de que el complot (otrora motivo de guasa) en realidad fue más que eso: una verdadera sinfonía de hienas que por todos los medios a su alcance buscaron descarrilar al candidato mejor perfilado hacia la presidencia de la república.
Como en otras ocasiones, rehidrato aquí la idea de que poco importa que AMLO sea peor. En mi caso particular, algunos me echaron en cara una supuesta simpatía con el ex candidato del PRD. Más de una vez dije, y lo reitero aquí, que ése no era el punto de la discusión, sino la evidente falta de escrúpulos de quienes urdieron una telaraña de maniobras para impedir, desde el desafuero hasta el 2 de julio, que el aspirante non grato llegara de bajadita a Los Pinos. Amafiados, todos con intereses peculiares pero a fin de cuentas convergentes y nucleados en su necesidad de conservar poder y privilegios de toda índole, los Salinas, los Fernández de Cevallos, los Peñas Nietos, los Fox, los Calderones, los Molinar Horcasitas y demás, apoyados por una siniestra maraña de secuaces, lograron a pujidos imponer la patraña de un triunfo apenitas, de 0.56% puntos de diferencia. Ingenuos seríamos si pensamos que la historia termina con el libro de Ahumada. Con los años irá saliendo más podre, cuando los compinches de antaño disputen posiciones en el mapa del poder. Ante tales escenarios, viva la influenza.

viernes, mayo 08, 2009

Setenta de Pacheco



José Emilio Pacheco cumple setenta años en 2009. Nacido en la Ciudad de México, desde muy joven dio trazas de ser un escritor y periodista de los que sí escriben, de esos que prefieren el estudio (en los dos sentidos de la palabra, como acto de estudiar y como lugar propicio para hacerlo) al reflector. Es considerado (junto a Monsiváis, Pitol, Lizalde, Elizondo y García Ponce), componente esencial de la generación de medio siglo, aquélla que se forjó en el alemanismo del desarrollo estabilizador. Ese es el marco sociocultural, por cierto, de Las batallas en el desierto, su muy leída noveleta.
Al también autor de Morirás lejos lo he visto una sola vez. Fue en Chihuahua, en una lectura que el poeta hizo en la sala principal de la Quinta Gameros. Aquello ocurrió en 1990 o 1991, no recuerdo con precisión. Lo que sí recuerdo es que ya para entonces lo admiraba por tres razones: por su columna “Inventario”, publicada con disciplina semanal en Proceso; por su poesía, accesible a toda hora y, sobre todo, por los cuentos reunidos en El principio del placer (Joaquín Mortiz, 1972). Esos cuentos, que compré en un lote de saldos de la Librería de Cristal de la Morelos y Falcón, en Torreón, fueron para mí, de veinte años en aquel momento, una revelación, los primeros relatos en los que advertí el rico poliedrismo del cuento, las formas convencionales y no convencionales de narrar una historia. Entre esos cuentos destaca en mi memoria “La fiesta brava”, un cuento que, como caja china, guarda otro cuento, lo que en aquella época me deslumbró.
No fue lo único que le leí, claro, pues muchos años seguí frecuentando su columna en la revista fundada por Julio Scherer. Además, sumé algunos de sus libros de poesía hasta tener Tarde o temprano (FCE), el título que reúne la totalidad de sus libros de poesía publicados hasta 2004. En cuanto a su narrativa, Las batallas en el desierto pasó a formar parte de mis materiales básicos en clases de narrativa; era fácil de conseguirlo en La Laguna, lo que sumado a su brevedad y a la sencillez de su trama daba como resultado que fuera un librito inmejorable para el aula. Por todo eso me dio gusto ayer la nota que comunica otro reconocimiento para Pacheco, el Premio Reina Sofía 2009. El mexicano se embolsa el prestigio de ese galardón y 42 mil 100 euros (alrededor de 56 mil dólares), morlacos nada despreciables que le caen por su aportación literaria “al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España”.
El premio le fue otorgado por la totalidad de su obra poética, que en general es de cuño harto trasparente y siempre muestra una preocupación al rojo por los problemas esenciales del hombre contemporáneo. No hay estridencias en la poesía de Pacheco, sino una voz que susurra, reflexiona y se pregunta por los innumerables destinos rotos de la humanidad. Hay dos poemas de su cosecha que siempre son citados, y ésta no será la excepción. “Alta traición”, una pequeña pieza que vaya le hace falta a nuestro país en momentos como el que atravesamos: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos”. Y el otro, con el que termino (“Fin de siglo”): “La sangre derramada clama venganza”. / Y la venganza no puede engendrar / sino más sangre derramada / ¿Quién soy: / el guarda de mi hermano o aquel / a quien adiestraron / para aceptar la muerte de los demás, / no la propia muerte? / ¿A nombre de qué puedo condenar a muerte / a otros por lo que son o piensan? / Pero ¿cómo dejar impunes / la tortura o el genocidio o el matar de hambre? / No quiero nada para mí: / sólo anhelo / lo posible imposible: / un mundo sin víctimas. // Cómo lograrlo no está en mi poder; / escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento / de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo / con el cuenco trémulo de la mano / Mientras escribo llega el crepúsculo / cerca de mí los gritos que no han cesado / no me dejan cerrar los ojos”.

jueves, mayo 07, 2009

Saúl Rosales editor



Hace un par de semanas Saúl Rosales ofreció una extraordinaria conferencia en la galería del Icocult Laguna. Trató sobre el boom, y hubo lleno. El abordaje que hizo fue sencillo: nos habló del movimiento literario en el que solemos agrupar, entre otros, a Vargas Llosa, a Cortázar, a García Márquez y a Fuentes, pero no con datos fríos, de libro, sino como parte de su vivencia como trabajador asalariado, como lector y como aprendiz de escritor. Los asistentes vimos pues, tras las palabras de Saúl, al joven lagunero que en la capital lidiaba con la supervivencia y al mismo tiempo comenzaba a leer, durante la década de los sesenta, suplementos, revistas y libros que en aquel momento sólo hablaban del vigor alcanzado por las letras latinoamericanas gracias al trabajo de algunos jóvenes novelistas. Fue, en suma, una conferencia amena, emotiva e inteligente.
Frente al público se me ocurrió decir que las doce cuartillas preparadas por Saúl merecían un foro periodístico, un lugar en el que otros lectores pudieran acercarse a ellas. Por el momento, señalé, en La Laguna no hay un espacio de papel que pueda acoger un texto tan largo, así que ofrecí mi blog; como se sabe, estos espacios no tienen límite para albergar textualidad digital. Saúl prometió darme el texto, y en su espera estoy. Cuando lo tenga, aquí avisaré sobre la dirección internética en la que podremos leerlo.
Avisaré, entonces, tanto como ahora aviso que Saúl me ha enviado su colaboración más reciente para Acequias, la revista de la UIA Laguna. Es aquella que trata sobre la edición en nuestra comarca y en la que también fui invitado a colaborar. Publico aquí el artículo completo. No olvido recordar, sin embargo, que su mejor versión es la que ofrece la revista en soporte de papel. Podemos pedirla en acequias@lag.uia.mx, o al teléfono 7051010, extensión 1135, con Édgar Salinas y/o Julio César Félix. Mientras, lo que opina Saúl sobre su vinculación con el trabajo editorial:

Edición corregida y no aumentada

Saúl Rosales

Haber empezado mi vida “adulta” en una imprenta determinó que ahora esté aquí tirando a la carrera líneas acerca del trabajo editorial. La imprenta es el mago que saca de su chistera una publicación que sale como la paloma a volar por el mundo. De la imprenta también puede salir un viejo tipógrafo a destilar ideas sobre el trabajo editorial y el de los editores. Aclaremos: el trabajo del editor es muy variado, tanto que a veces se confunde y se funde con el del impresor y aun con el del que invierte millones en una empresa de publicaciones. Por eso hasta se encuentran escritores que le dicen “editor” al impresor. Concluyamos algo: es editor alguien que posee una rica empresa editorial, pero también es editor quien para ganarse un salario prepara materiales que se convertirán en las publicaciones que salen a volar por el mundo como las palomas.
Para este lugar, definamos al editor como la persona que prepara (bien) materiales destinados a la publicación impresa. Se vuelve necesaria esta precisión porque sin el más pequeño interés en parecer racionales, los anunciantes que trasmiten sus mensajes por todos los medios de comunicación así como sus patrones hablan ahora de tal edición de tangas, de la equis edición del Oscar, de la edición para este año del automóvil fulano, de la edición de tal programa de televisión o radio cuando se refieren a una emisión. Sin embargo, la edición por antonomasia es la de publicaciones impresas.
Hablemos, pues, del editor que vende sus capacidades, no del que las compra, es decir, hablemos del que hace que los medios de producción saquen palomas, no del propietario de los medios de producción. Ese editor que vende sus capacidades para que por medios ajenos el mundo disponga de publicaciones que degustar y consumir, por necesidad impuesta o por placer seleccionado, pudo haber encontrado que sus conocimientos y habilidades de tipógrafo lo llevaban por un camino más o menos desbrozado y que al seguirlo aprendía más sobre el trabajo editorial. Aprendía, por ejemplo, cómo se producen en la imprenta libros, periódicos y revistas. Es mi caso.
Con el saber de tipógrafo que empecé a acumular en las imprentas de Torreón llegué al onceavo piso de la rectoría de la UNAM a editar de manera rudimentaria un compendio diario de noticias que volaba muy temprano a las altas oficinas de la Ciudad Universitaria. Encabezaba el grupo que producía la publicación con un impresor y cuatro seleccionadores de textos. Los materiales básicos eran matrices de papel especial que salían de la copiadora Xerox listas para ser montadas en una impresora offset Multilith para tamaño oficio y carta.
La misma labor de editor de noticias fotocopiadas me hizo volar a la SEP y allí mismo se amplió cuando el empleo me convirtió en editor de una colección de libros de propaganda oficial y de una revista también oficial de gris nombre oficial: Revista SEP. Para conservar un empleo como este de editor debe uno ser muy cuidadoso, lo que significa llevarse bien con la gramática y con la estética, tener conciencia de lo que son los contenidos que maneja y su presentación visual, cuidarse de los errores propios y cuidarse de los de otros. Lo bien hecho es imperceptible, lo malo es escandaloso. Un gazapo salta como fuego de artificio, la pulcritud se desliza semejante a la noche. La militancia política proletaria paralelamente me elevó a editor de la revista Insurgencia Popular. Por otros rumbos, las urgencias de un salario me llevaron a editar la revista Logos, de filosofía, publicada por la Universidad La Salle. (Allí leí, aún sin conocerlo, a mi amigo Mauricio Beuchot, a quien muchos años después conocí en Torreón. Escribía con frecuencia sobre los temas propios de la revista y todavía conservo algún ejemplar donde trató filosofía del lenguaje.)
El trote por las imprentas y la procuración de la calidad enriquecieron mi capacidad laboral de editor. Así dotado por la vida proletaria aterricé en Torreón y luego de pasar de ignoto editor de La Opinión de la Tarde ascendí a editor del suplemento dominical llamado Opinión Cultural. Hasta no hace mucho (supongo que todavía), el visionario Jaime Muñoz podía presumir su colección.
Como docente de periodismo en la institución que ahora es Universidad La Salle edité con un equipo de alumnos la página “Presencia / Enlace Universitario”, en El Siglo de Torreón. Salía cada domingo para cumplir las funciones que su cabezal pregonaba. También en el campo universitario me encargué de la edición de El Juglar, periódico mensual del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila en Torreón. (Aquí otra salida del tema: en cada lugar que me acomodaba procuraba que aparecieran no sólo publicaciones, sino también concursos literarios. Quien revise mi biografía notará esa coincidencia.) Allí mismo en la UAC procuré (edité parcialmente) un libro de cuentos y uno de poesía. Este segundo lo concluyó Jaime Muñoz.
Para que se encargara de la impresión mi amigo Rogelio Villarreal, edité un par de libros fundacionales de una etapa importante de la literatura lagunera: Botella al mar. Crestomatía narrativa y Comarca de soles. Poesía de Botella al Mar. Seguramente Jaime Muñoz preferiría que ambos títulos se hubieran quedado en los abundantes hoyos negros de mi memoria pero para mí, a pesar de mi parcela vergonzante, son entrañables.
Cuando llegué a ganarme las quincenas en las oficinas del Teatro Martínez, en la comarca bullía una estimulante atmósfera literaria. Le comenté a la directora Sonia Salum que ya se podría sostener en la región una empresa editorial. Infaustas y gratas circunstancias parieron poco después la colección Cuesta de la Fortuna en cuya edición no participé. Sí me encargué luego de la edición de varios títulos que auspiciaron instituciones oficiales y privadas nucleadas por el TIM, ya dirigido por Márgara Garza. Crearon programas culturales conjuntos, en los cuales se consideró como tarea muy importante la publicación de libros. Con Márgara Garza en la Dirección del TIM fundamos la revista literaria Estepa del Nazas, cuya edición sigue a mi cargo.
Para ese tiempo se publicaba (y por necesidad se editaba) como, creo, no había sucedido antes en la comarca lagunera. Se puede decir que era copiosa la producción de libros, sobe todo publicados por instituciones oficiales. Aparecían coediciones en las que entidades privadas y públicas se complementaban y no faltaban las publicaciones de autor salidas de las capacidades de editores maduros o primerizos y de impresores que los suplían.
Se ha ampliado el campo editorial. Aunque se constriñe la producción de libros aparecen revistas y periódicos que ostentan los profusos recursos de las computadoras. Los editores de muchas de estas publicaciones los derrochan hasta producir portadas y páginas que parecen más nauseabundos intestinos que estéticas estampas. La plaga de la tipografía y la edición conocida como “diseñadores gráficos” es dispendiosa y estridente como nuevo rico. El fino trabajo de los editores cercanos a Gutenberg es desplazado por el macarrónico pegote de los “diseñadores gráficos” hijos de la computadora.

miércoles, mayo 06, 2009

El lechero de Sherlock



México no se ha caracterizado precisamente por ser un país donde la verdad deambule con trasparencia. Al contrario, allí donde hay dinero, política y corrupción (si es que esas palabras no son esencialmente lo mismo en nuestro caso), hay opacidad, así que no es un crimen sospechar, al menos sospechar, que detrás del manejo mediático de la epidemia hubo cuidadosas y no tan cuidadosas manos negras dispuestas a llevar aguas a distintos molinos. Ahora, ya con el electrochoque de la influenza en picada, las autoridades se afanan en mostrar que no estaban equivocadas. A posteriori, entonces, manejan las pruebas irrefutables de que el mal nos hubiera devorado si ellos no actuaban con tanta diligencia.
Esa defensa aposteriorística me recordó un cuento de Conrado Nalé Roxlo (Buenos Aires, 1898-1971). Poeta, narrador, guionista y periodista, Nalé Roxlo escribió una rara tanda de pastiches literarios que ordenó en Antología apócrifa (1944), libro en el que risueñamente desgreña a varios clásicos. En el cuento “Los crímenes de Londres”, el argentino parodia a Sir Arthur Conan Doyle y a sus personajes estrellas: Sherlock Holmes y su asistente Watson. La trama es muy sencilla. Mientras desayunan, Holmes lee el periódico. De pronto se asoma a la ventana y ve a un tipo con impermeable amarillo. Le dice a Watson que mire y saque una conclusión. Watson sólo atina a decir que ve a un policía y neblina. Sherlock, como siempre, lo corrige, le hace énfasis en la importancia del hombre del impermeable amarillo y saca una intrigante conclusión: “Y ahora escúcheme bien, amigo Watson; ese hombre no trae nada bueno”.
La trama avanza: “El hombre misterioso entró en el portal de nuestra casa y a poco volvió a salir; se acercó a la puerta de una casa de enfrente, penetró en el portal y a los pocos instantes lo vimos reaparecer y doblar la esquina”. Holmes, seguro de que el hombre misterioso esconde algo, sale en su persecución. Narra Watson: “Desde la ventana lo vi doblar la misma esquina que el misterioso desconocido del impermeable amarillo. Presa de gran inquietud, me puse a hacer un solitario para calmar mis nervios mientras esperaba el regreso del gran detective. Una hora después estaba ante mí, pero tan cubierto de barro, que tardé mucho en reconocerlo. Se cambió de ropa, sin decir palabra, luego tomó su violín y ejecutó una tarantela, señal de que estaba muy preo­cupado. Yo guardaba un respetuoso silencio”. Holmes conjetura que incluso el hombre puede tener nexos corruptos con Scotland Yard, así que decide investigar en los sitios a los que entró el del impermeable. Platica con una mujer, quien le afirma con tranquilidad que aquel hombre es un lechero. No contento, Holmes le pide a la mujer el frasco con la leche, y pasa una madrugada entera sometiendo el líquido a un minucioso examen químico. Al final, luego de algunas peripecias más, se da este diálogo:
“—Watson. ¿Qué le dije yo cuando vimos por primera vez al misterioso personaje del impermeable amarillo?
—Que ese hombre no podía traer nada bueno.
—Y así es, querido Watson, he analizado la leche y contiene un treinta y cinco por ciento de agua y un quince por ciento de cal. ¿Tenía o no tenía razón?
Una vez más tuve que inclinarme ante el genio de Sherlock Holmes”.
Así, la afirmación inicial de Holmes queda al final plenamente justificada; su conclusión es, en sentido estricto, perfectamente lógica, aunque no se relacione con el crimen que al principio imaginamos los lectores.
Con la crisis epidémica en su agonía, me queda la sensación de que el rollo no fue para tanto. Tal vez sí, tal vez no, eso no lo podemos saber en la selva de datos que arrojó. Pero eso de justificar situaciones pavorosas a posteriori suena raro, tan raro como Holmes haciendo del lechero un delincuente.

domingo, mayo 03, 2009

Diálogo con el Jaibo



En noviembre de 2007 tuve la suerte de enunciar una breve presentación del cineasta Arturo Ripstein. Lo hice en el auditorio del Museo Arocena dentro de una actividad enmarcada en el Festival Artístico Coahuila de aquel año. Todo salió bien, incluso la regañona enmienda pública que me hizo Ripstein cuando tuve la ocurrencia de narrar una anécdota sobre Roberto Cobo, su actor eje en El lugar sin límites (1977). Palabras más, palabras menos, en aquella ocasión narré que hacia 1991 fueron inaugurados unos cines en la esquina de lo que hoy es la Saltillo 400 y diagonal Las Fuentes. Era una especie de mall en cierne que todavía existe y alberga locales comerciales. En aquella época quiso ser, como digo, una espacio destinado al arte, y para su inauguración nada mejor que presentar una especie de ciclo con “nuevo cine mexicano” (como podemos inferir, desde hace muchos años el nuevo cine mexicano ha sido etiquetado como nuevo cine mexicano). Recuerdo que fueron presentadas las cintas Ciudad de ciegos, La leyenda de una máscara, La mujer de Benjamín, entre otras. Pero eso no fue lo peculiar, sino el hecho de que los organizadores traían a los actores principales de las películas para que al final de cada exhibición el público pudiera charlar con ellos.

Allí vi, si mi memoria no miente, a Gabriela Roel, a Blanca Sánchez, a Eduardo López Rojas y a Roberto Cobo, quien vino cuando fue exhibida La leyenda de una máscara (1989), cinta en la que tuvo un rol menor.
Quedé atónito cuando vi que Cobo entró a la sala. Me asombró su deterioro, el peso de los años sobre su espalda. Usaba bastón y caminaba con lentitud. Al final de la película los actores pasaron al frente, respondieron algunas preguntas y animaron a la concurrencia con el tema de la lucha libre en el cine y en la realidad. Nadie mostró gran interés en Cobo. Poco después, cuando aquello concluyó, tomaron los pasillos de salida y yo deliberadamente esperé a que pasara Cobo, para seguirlo un paso atrás. Casi en la puerta, de sorpresa, le dije una sola palabra al actor que iba adelante: “Jaibo” (yo era joven, tenía 26 años y poco a poco atrevía esos gestos regularmente inhibidos por rancheras timideces). Al oír la palabra, Cobo dio morosamente la vuelta y vio que un muchacho le tendía la mano. “¿Qué tal, Jaibo?”, le enfaticé el saludo. Confundido por la sorpresa, Cobo recompuso de inmediato su postura. “Hola, ¿qué tal?”, respondió, sonriente, con su cara flaca y esencialmente triste. Lo acompañé a la salida, y en el brevísimo trayecto le dije lo que él ya sabía, pero que de todos modos oyó gustoso, más en ese ambiente en el que nadie lo pelaba: usted es protagonista de la mejor película mexicana de la historia, me parece que eso no es poca cosa. El viejo y frágil Cobo sólo me decía gracias, gracias, gracias, hasta que alguien nos interrumpió y lo subió a un coche. No hubo tiempo para más conversación.

Cuando narré la anécdota de mi “diálogo” de dos minutos con Roberto Cobo, Ripstein dijo en público que Cobo fue un hígado; un buen actor, sí, pero terco y berrinchudo, una especie de diva en versión feo. El público rió, pues yo había hablado de Cobo en otros términos, lo puse como si fuera un viejo casi dulce y melancólico, todo para que el director de Profundo carmesí inmediatamente hiciera añicos mi errabunda percepción. El caso es que aquel cruce de tres palabras fue mi único contacto con el Jaibo, quien murió casi diez años después, en 2002. Me quedó siempre el orgullo mágico de haber trabado diálogo, así fuera fugaz, con un sujeto que había encarnado a otro para mí imborrable, a ese adolescente culerísimo, el Jaibo, que se la pasa pasándose de lanza en Los olvidados (1950).
Como sabemos, aquella obra maestra de Buñuel fue recibida con los brazos cerrados en nuestro país. Nacionalistas chatos consideraron que nos difamaba, que mostraba un México cruel, insensato, envilecedor y por tanto inexistente. Lograron incluso que la censuraran, que suspendieran su exhibición. Pocos la defendieron más que Octavio Paz, quien escribió textos en los que destacó el alto valor artístico de aquella obra (como el incluido en Corriente alterna, 1967). Uno de esos textos es una carta fechada el 11 de abril de 1951, en Cannes. La dirige a Buñuel, quien está en la ciudad de México. El poeta no sólo era delegado en el Festival más importante de cine en el mundo, sino que devino fervoroso activista en favor de Los olvidados. La carta señala, entre otros asuntos, lo siguiente:

“Querido Buñuel:
Ayer presentamos Los olvidados. Creo que la batalla con el público y la crítica la hemos ganado. Mejor dicho, la ha ganado su película. No sé si el Jurado le otorgará el Gran Premio. Lo que si es indudable es que todo el mundo consideraba que —por lo menos hasta ahora— Los olvidados es la mejor película exhibida en el Festival. Así, tenemos seguro (con, naturalmente, las reservas, sorpresas y combinaciones de última hora) un premio.
Ahora le contaré un poco cómo pasaron las cosas. El día 1 de abril (apenas supe que era delegado gubernamental entrevisté a Karal, delegado de la industria, o de los distribuidores, no sé aún a ciencia cierta). Karal y su mujer se mostraban totalmente escépticos. No solamente no creían en su película, sino que adiviné que no les gustaba. Claro que me pareció inútil discutir con ellos. Sabía que en ocho días —y ante opiniones de gente que ellos consideraban— cambiarían. Así ocurrió. Ahora Karal proclama que Los olvidados obtendrán el gran premio. (…) El público aplaudió varios fragmentos: el del sueño, la escena erótica entre el Jaibo y la madre, la del pederasta y Pedro, el diálogo entre Pedro y su madre, etc. Al final, grandes aplausos. Pero sobre todo, una profunda, hermosa emoción. Salimos, como se dice en español, con la garganta seca. Hubo un momento —cuando el Jaibo quiere sacarle los ojos a Pedro— que algunos sisearon. Fueron callados por los aplausos”.

Vi Los olvidados hacia 1983, creo, en un cineclub organizado por la UAdeC, y la he vuelto a ver dos o tres veces más. Le tengo mucho aprecio, y no me afecta si soy acusado de aceptar el lugar común de considerarla, hasta hoy, la mejor película mexicana de la historia. Es tan buena que por ella me atreví a platicar con el Jaibo, con el verdadero Jaibo.

sábado, mayo 02, 2009

Epidemia en Las venas



Hace dos semanas, cuando todavía no sospechábamos que una epidemia nos iba a regalar bastantes horas para leer y, de reojo, para ver y oír los noticieros cada vez más enredados con las cifras de la influenza, vimos y leímos las noticias sobre la V Cumbre de las Américas celebrada en Puerto España, capital de Trinidad y Tobago. Como siempre, un detalle pintoresco le robó cámara a lo nodal, pero ese hecho mínimo, anecdótico si queremos, no dejó de tener su fleco simbólico y trascendente. El polémico Hugo Chávez tuvo la ocurrencia de regalarle Las venas abiertas de América Latina (1971) a Barak Obama. Cuando leí la nota pensé que el gesto de Chávez fue muy oportuno, pues aunque hayan pasado casi cuarenta años desde que fue publicada, aquella obra del uruguayo Eduardo Galeano sigue siendo inmejorable para documentar nuestras miserias y la posición periférica que los países de América Latina siguen teniendo en relación a Europa y a los Estados Unidos.
Qué mejor, pues, que enseñarle pruebas al rico de su histórica rapacidad, de sus robos, de sus saqueos, de su inhumana sed de oro. Claro que, dirán algunos, la historia es así: el poderoso triunfa frente el débil, pero no está de más echarle un ojo a esa dinámica cuando el dominador se pavonea en la actualidad de justo, democrático, tolerante, civilizado y rico frente a las sociedades rezagadas y dependientes en las que vivimos. Las venas abiertas de América Latina es un recordatorio puntual, cronológicamente pormenorizado, del proceso depredatorio que durante siglos y hasta le fecha ha permitido empobrecer la realidad de nuestros pueblos para enriquecer a otros, de ahí que nunca sea impertinente su lectura en los círculos más altos de poder, allá donde tradicionalmente son tomadas las decisiones que se apoyan en la paparrucha del destino manifiesto.
El libro de Galeano muestra que las epidemias fueron también útiles para diezmar, sobre todo, a los débiles. Hoy ocurre lo mismo: los grandes problemas de salud, con o son epidemia, con o sin escandalera mediática, los comparten a diario quienes no tienen acceso a servicios médicos privilegiados ni cuentan con un nivel de vida que los aleje de la indigencia. Al contrario, una inmensa minoría de la población mundial goza de mayores expectativas de vida en función no sólo del tratamiento oportuno de sus padecimientos, sino de su nivel de vida. Se podrá argüir que, por ejemplo en el caso mexicano, el Seguro Social, el Issste y todas las demás instancias y programas oficiales del sector, incluido el seguro popular, garantizan el acceso de casi todos a los servicios médicos, pero no es suficiente, pues en el rubro “salud” no sólo entra la infraestructura hospitalaria, el personal, el abasto de medicamentos y el padrón de derechohabientes, sino lo que está al lado del ciudadano en su vida diaria: la alimentación, el desarrollo de sus aptitudes físicas por medio del deporte, la cultura de la nutrición y los servicios públicos relacionados con la salubridad como el drenaje, el control de fauna nociva, el cuidado del agua y la vegetación. Todo eso junto constituye la salud social, no nada más el régimen de vacunas o la disponibilidad de camillas.
Galeano muestra en su libro, insisto, que la epidemia es compañera del imperio: “Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en aparecer (…) Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles”. Por eso, insisto, la salud pública ocupa un contexto más amplio y de larga duración. La enfermedad multiplicada y mal atendida tiene vínculos directos con apetitos económicos y turbiedades políticas que nunca debemos invisibilizar.

viernes, mayo 01, 2009

La peste más famosa



La peste más famosa es, sin duda, La peste de Albert Camus. Novela clave de la posguerra, es, junto con La náusea, la mejor exponente del existencialismo en literatura. Como dije ayer, hay muchas ediciones distintas, tantas que es innecesario mencionar específicamente una. La leí hace poco menos de veinte años. Me queda de ella, en la porosa memoria, su atmósfera sofocante y la sensación imborrable de ver ratas y enfermedad en cualquiera de sus páginas. Comparto un fragmento muy cercano al arranque:
“Fue en ese momento más o menos cuando nuestros conciudadanos empezaron a inquietarse. Pues a partir del 18, las fábricas y los almacenes desbordaban, en efecto, de centenares de cadáveres de ratas. En algunos casos fue necesario ultimar a los animales cuya agonía era demasiado larga. Pero desde los barrios extremos hasta el centro de la ciudad, por todos los sitios que el doctor Rieux acababa de atravesar, en todos los lugares donde se reunían nuestros conciudadanos, las ratas esperaban amontonadas en los basureros o alineadas en el arroyo. La prensa de la tarde se ocupó del asunto desde ese día y preguntó si la municipalidad se proponía obrar o no, y qué medidas de urgencia había tomado para librar a su jurisdicción de esta invasión repugnante. La municipalidad no se había propuesto nada ni había tomado ninguna medida, pero empezó por reunirse en consejo para deliberar. La orden fue dada al servicio de desratización de recoger todas las mañanas, al amanecer, las ratas muertas. Una vez terminada la recolección, dos coches del servicio tenían que llevar los bichos al departamento de incineración de la basura, para quemarlos.
Pero en los días que siguieron, la situación se agravó. El número de los roedores recogidos iba creciendo y la recolección era cada mañana más abundante. Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos. Por la noche, en los corredores y callejones se oían distintamente sus grititos de agonía. Por la mañana, en los suburbios, se las encontraba extendidas en el mismo arroyo con una pequeña flor de sangre en el hocico puntiagudo; unas, hinchadas y putrefactas, otras rígidas, con los bigotes todavía enhiestos.
En la ciudad misma se las encontraba en pequeños montones en los descansillos o en los patios. Venían también a morir aisladamente en los salones administrativos, en los patios de las escuelas, en las terrazas de los cafés a veces. Nuestros conciudadanos, estupefactos, las descubrían en los lugares más frecuentados de la ciudad. Ensuciaban la plaza de armas, los bulevares, el paseo de Front-de-Mer. Limpiada de animales muertos al amanecer, la ciudad iba encontrándolos poco a poco cada vez más numerosos durante el día. En las aceras había sucedido a más de un paseante nocturno sentir bajo el pie la masa elástica de un cadáver aún reciente. Se hubiera dicho que la tierra misma donde estaban plantadas nuestras casas se purgaba así de su carga de humores, que dejaba subir a la superficie los forúnculos y linfas que la minaban interiormente. Puede imaginarse la estupefacción de nuestra pequeña ciudad, tan tranquila hasta entonces, y conmocionada en pocos días, como un hombre de buena salud cuya sangre empezase de pronto a revolverse.
Las cosas fueron tan lejos que la agencia Ransdoc (informes, investigaciones, documentación completa sobre cualquier asunto) anunció, en su emisión radiofónica de informaciones gratuitas, 6.231 ratas recogidas y quemadas en el solo transcurso del día 25. Esta cifra que daba una idea justa del espectáculo cotidiano que la ciudad tenía ante sus ojos, acrecentó la confusión. Hasta ese momento nadie se había quejado más que como de un accidente un poco repugnante…”.