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sábado, marzo 21, 2015

La cola del chamuco
















La argumentación me recuerda aquella entrevista de Loret a Mario Marín. Sin piedad, como siempre cuando dialoga con un político que permanente o temporalmente no está en la burbuja de protección, el conductor del noticiero se lanzó a la yugular del góber Precioso. El hoy ex gobernador de Puebla negó que su voz fuera la del audio en el que dialogó, lo recordamos, con el empresario Kamel Nacif sobre el tema Lidia Cacho. La prueba era irrefutable, había sido filtrada y todos la dimos por buena, pero bastó que Marín enmarañara un poco el asunto para que aquello terminara en show, sin castigo para este político que hoy goza de libertad y fortuna.
Por eso, imaginemos, ¿qué hubiera pasado en caso de que un encargado de comunicación de la Presidencia o uno de sus segundones hubiera cometido el error de dejar una prueba de audio, video o papel sobre la injerencia del gobierno en el caso Aristegui-MVS? Para empezar, esto es un disparate. Toda proporción guardada, es como pedir que la instrucción para acabar con Colosio tuviera una evidencia documental con sello y firma, o como suponer que cualquier otra orden comprometedora deja en el camino un reguero de membretes institucionales. Pues no: no hay firma de Echeverría que testimonie su mano negra en el caso Excélsior-Scherer, pero a estas horas ni el más destrampado de los locos se atrevería a sostener que LEA estuvo al margen de aquella operación.
En casos como el de Aristegui-MVS y la presunta injerencia de EPN no queda otro camino que leer la realidad y hacer obvias conjeturas. Tal vez de manera atrabancada, desbordada y frontal, sobre todo en las redes sociales, hubo una explicación inmediata del conflicto: “Fue el Estado”. Esto, como siempre, sirve a los articulistas alineados para generalizar (en el mejor de los casos) y para mofarse (en el peor): “El pueblo bueno, como es habitual, dice casi unánimemente que fue el Estado”.
La mala noticia es que no sólo “el pueblo bueno”, de suyo impulsivo y facilista, sospecha en esa dirección. Igualmente, muchos académicos y periodistas ven la cola del chamuco debajo de la cortina. No pueden asegurarlo, pero por lo menos han enderezado conjeturas que instalan la posibilidad de alguna presión oficial para desaparecer del mapa MVS a la periodista y su equipo de colaboradores.
Por si fuera poco, varios medios importantes del mundo (The Guardian, The Washington Post, la BBC…) han cubierto la nota y sobra decir que suponen lo mismo. No sé si esto sea suficiente para dar cierta validez a la conjetura o esos medios también son parte del “pueblo bueno”.

miércoles, marzo 18, 2015

La lógica predadora














No deja de asombrar el asombro con el que son percibidas las reacciones del déspota ante la crítica. Desde hace ya varios años, quienes dicen gobernar este país han ido desnudando sus métodos en todos los sentidos, y hoy es descarado el cinismo con el que arremeten contra aquello que logra exhibir sus falencias en cadena nacional. Es lo que ahora le tocó, por segunda o tercera ocasión, a Carmen Aristegui, acaso la más visible representante del periodismo radiofónico no oficialista en este México de rapiña y acotamientos.
Dado el agandalle de todo lo que significa poder y riqueza, al gobierno actual no le queda otro camino: o aprieta tuercas o aprieta tuercas. Aunque todavía la disfrace con elecciones y contados zonas de poder para la oposición pactista, los hilos más importantes están en sus manos, como traté de expresarlo en mi entrega anterior de esta columna.
Tienen los tres poderes bajo su control y la mayoría de los partidos están en el huacal, inmovilizados por las carretadas de dinero que caen allí para para lubricar su vocación prevaricadora (el Partido Verde es en este caso un ejemplo señero). También están de su lado, aceitados con jugosa publicidad oficial, los principales medios de comunicación, aunque estos necesitan de un cierto margen de maniobra crítica para conservar credibilidad. Hoy, por ejemplo y sólo para mencionar un caso notable de esta maniobrabilidad necesaria, Loret de Mola es uno en sus espacios de Televisa y otro en los otros donde participa, de manera que siempre queda a medio camino en todos los temas, con la credibilidad vivita y coleando pese a que sirve principalmente a los intereses de Azcárraga Jean.
Pero una cosa es tolerar cierta crítica frontal, directa y a la cabeza de la prensa escrita en un país deficitario de lectores y otra muy distinta, brutalmente distinta, es hacer lo mismo en televisión y radio. En televisión, sobre todo en la de señal abierta, se sabe, no hay ni medio minuto al aire de señalamientos que puedan herir el ego del sultán. Siempre ha sido así, y no estamos en tiempos de excepción. En radio resulta un poco más laxa la cosa, aunque es un medio tan poderoso en la capital del país que también es custodiado con lupa.
Carmen Aristegui se había pasado: el torpedo sobre la Casa Blanca tuvo tal resonancia que cimbró sus cimientos, que son los del poder hoy encarnado por EPN. Lo demás ya lo sabemos: el descarrilamiento del tren/cuento chino, la telenovelesca explicación de la Gaviota, el pitorreo público y la pantomima del fiscal anticorrupción. Luego, unos meses después, con el pretexto de un nimio abuso de confianza y un litigio contractual, el sospechoso fin en MVS de quien conducía el noticiero incómodo.
No hay sorpresa. Todo es previsible si nos atenemos a la lógica predadora del gobierno actual.

lunes, octubre 24, 2011

En la revista Ibero



El número 16 de la revista Ibero, correspondiente a los meses de octubre-noviembre de 2011, contiene un artículo mío. El tema eje de la publicación es "Libertad de expresión y derecho a la información", y suma colaboraciones de Miguel Carbonell, Mario Campos, Carmen Aristegui y Érick Fernández, entre otros. Puede ser leída en línea aquí, pero de todos modos les acerco en este blog el texto de mi cosecha. Nota: la foto que encabeza este post fue tomada por mi hija Renata en el lecho seco del río Nazas, sitio que en los años recientes se ha convertido en tiradero no sólo de basura. Agradezco la invitación que me hizo el maestro Juan Domingo Argüelles, director editorial.

Lo que el plomo se llevó: La Laguna en tiempos de espanto
Jaime Muñoz Vargas

Como en casi cualquier otra región del país, el trabajo periodístico fue durante muchos años una actividad que en La Laguna implicaba riesgos mínimos. En general, los periodistas gozaban del ambiguo reconocimiento que la sociedad les atribuye a los oficios “raros”: un periodista entonces era aquí cierto husmeador de asuntos políticos, sociales, culturales, deportivos, un tipo que ganaba medio mal, o muy mal, pero sabía arreglárselas para conseguir el “extrita” gracias a su “poder”. No faltaba pues que, pese a la mala imagen ganada por concepto de corrupción, por compra-venta de “la pluma”, el trabajador de la información fuera respetado y a veces, por qué no decirlo, temido.
El esquema cambió en los años recientes, esto con la irrupción de la violencia sin coto en la región del Nazas, que es la misma operante, como sabemos, en gran parte de México. Aunque la amenaza real, tangible, contundente y efectiva comenzó a pender sobre todos —ricos y pobres, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, cultos e ignorantes—, el gremio periodístico se vio particularmente amagado por las borrosas fuerzas del hampa que disputan la plaza lagunera.
Nadie muy visible y por lo tanto tampoco accesible, que yo sepa, puede describir con perfección y credibilidad el viscoso cuadro de grupos violentos que desde 2006 amedrenta a La Laguna. Se afirma, grosso modo, esquemáticamente, que Torreón pertenece a un cártel y Gómez Palacio (en Durango, segunda ciudad más importante de la región lagunera), a otro, de ahí que la feroz pugna tenga como Franja de Gaza el lecho seco del río que divide ambos municipios. Todo es, para la población, un mar de conjeturas y rumores, de especulaciones y verdades harto vacilantes. El caso es que la violencia comenzó a crecer tras la declaración formal de combate al narcotráfico planteada en 2006 por el actual gobierno de la República.
Poco a poco, o ni tanto, las huellas de la violencia fueron apareciendo en casi todos los rumbos de la comarca. No quiere decir esto, por supuesto, que antes no hubiera signos de violencia. Los había, claro, pero en la dimensión estándar de cualquier ciudad en la que, pese a los hechos de sangre, se puede transitar a cualquier hora, incluso durante las madrugadas. Eso cambió, como digo, en los primeros meses de 2006. De la noticia sanguinolenta y esporádica pasamos a la nota diaria, a veces con previa narcomanta, sobre ejecutados, encajuelados, secuestrados, torturados, encostalados y, ya hoy, desmembrados y degollados, es decir, en La Laguna escalamos vertiginosamente al súmmum de la barbarie no aislada, sino diaria y cada vez más numerosa.
En tal escenario, la reacción de la sociedad civil ha sido el enconchamiento, la búsqueda de refugio en las casas de cada cual. Los grupos empresariales y de comerciantes, por su parte, han ofrecido una respuesta tibia e intermitente, sólo con alguno que otro “pico” de exigencia muy parecido, aunque en el plano local, al que se dio tras el crimen perpetrado contra el hijo del empresario Alejandro Martí. De los grupos religiosos se puede decir lo mismo: alusiones vagas y esperanzadas en los sermones, y no más. Por su parte, los intelectuales, los artistas han alzado su voz y en los años cercanos organizaron en Torreón dos festivales artísticos por la paz que si bien no calaron hondo, al menos tuvieron un valor testimonial digno de atención. Las autoridades municipales, estatales y federales, por su parte, convergen en el mismo discurso que oímos a diario en todas partes: es lamentable lo que pasa, pero la lucha continúa y todo el peso de la ley caerá sobre los culpables de cualquier ilícito.
Salvo en el caso de las autoridades, no veo ilógica la primera reacción de la sociedad, los empresarios, los religiosos y demás. Fue tan sorpresivo el huracán de la violencia que de golpe lo primero que hemos hecho casi todos ha sido cerrar puertas y ventanas (no exagero: un altísimo número de casas perdieron sus fachadas por la situación, ya que sus dueños decidieron arropar las viviendas con bardas que restan estética pero añaden algo de seguridad). Visto que las autoridades no han podido con el problema y sólo suministran discursos de consolación y compromiso huero, todos los grupos sociales, organizados o no, han mantenido a raya su molestia y han optado por un silencio que es fruto directo del pavor y la impotencia. El razonamiento es simple: si el Estado, con armamento y legitimidad para usarlo no ha podido con el paquete, ¿qué puede hacer el ciudadano de a pie por más que crea tener poder e indignación? Ante la inseguridad extrema, la impotencia extrema y su derivación irremediable: el silencio extremo.
Insisto: los llamados “malos” no están jugando en La Laguna. Las muertes cunden y es hora que siguen apareciendo, con cualquier método de aniquilamiento, por todos los recovecos de la región. El colmo, la sima de este boquete a nuestra habitual tranquilidad, se dio en 2010, año en el que se sucedieron al menos cuatro masacres con tintes terroristas. En bares, “quintas” y otros espacios de reunión conocidos como “antros”, además de un centro de rehabilitación para jóvenes drogadictos, el hampa asentada en el terruño mostró que la cosa iba más en serio de lo que creíamos. Sin mayor aviso, una noche cualquiera de principios del 2010, un bar cercano al mercado de abastos torreonense fue atacado por un comando que empleó armas de alto poder para tumbar a todos los que atravesaron en el camino de las balas. Luego pasó algo similar en otro establecimiento del mismo giro. Después, uno más en una quinta campestre. Y, por si fuera poco, otro en el mencionado centro de rehabilitación. En todos los casos la friolera de caídos fue mayor de diez personas.
Eso sembró no el miedo, sino el terror, un terror que luego se tradujo en la pérdida casi entera de la vida nocturna regional. Decenas de bares y restaurantes han cerrado por falta de clientela o miedo obvio de los dueños, esto con el consecuente menoscabo de la economía movilizada por el esparcimiento nocturno: taxistas, meseros, cantineros, cocineros, acompañantes, prostitutas, vendedores de flores, músicos, dueños de salones de fiestas, comerciantes de alimentos, corredores de bienes raíces y un largo etcétera fueron atrozmente golpeados en sus bolsillos por la violencia, al grado de que hoy se da en La Laguna un tácito toque de queda más o menos a partir de las nueve de la noche. Todo el dinero que fluía en la “fiesta lagunera”, una fiesta real, pues es de muchos sabido que la gente de esta región es pachanguera, dispendiosa y compartida, fue puesta en la lona por las balaceras frecuentes y sorpresivas.
En este escenario, la voz crítica del periodismo local, que de por sí no era muy aguda en tiempos de paz, quiso al principio maniobrar para que la información fluyera como si viviéramos todavía en los terrenos de la normalidad. Poco tiempo pasó para que los diarios, las televisoras y las radiodifusoras cambiaran parte de sus prácticas. Lo primero que desapareció fue la firma de los reporteros. En vez de que las notas fueran signadas por fulano de tal, los periódicos optaron, para bien, por protegerlos y comenzaron a firmar “Por la Redacción”. Luego, en el difuso trajín de los grupos violentos, algunos medios y periodistas recibieron amenazas. Un grupo u otro, daba lo mismo, ordenaban que tal o cual nota no saliera o lo contrario, que apareciera con todas sus letras. Como los informadores quedaron en medio de la siniestra rebatinga por el poder, algunos medios decidieron no acceder a las presiones y continuaron defendiendo su independencia. Después, casi de inmediato, no hubo medio que de alguna manera no fuera atacado, o al menos rozado, por la agresión directa. El Siglo de Torreón recibió granadazos en su puerta principal; Noticias de El Sol de La Laguna (de OEM), fue víctima de rafagueo con metralletas; y La Opinión Milenio (hoy Milenio Laguna) perdió arteramente a Eliseo Barrón, reportero de policiales. La consecuencia de estos atentados fue la previsible: mientras los gobiernos municipal, estatal y federal no garanticen seguridad, las notas sobre violencia de calibre subido dejarán de aparecer o aparecerán tratadas como si no fueran terribles, como con desenfado, lo que torna urgente la cobertura que puedan hacer los medios fuereños, sobre todo los de la capital del país en sus espacios editoriales. Una prueba de censura o autocensura, no se sabe, fue lo que pasó recientemente (escribo esto a mediados de septiembre de 2011) en el municipio de Matamoros, Coahuila, también perteneciente a la región lagunera. Transcurría la tarde del domingo 11 de septiembre cuando la pequeña ciudad oyó el estallido de una balacera descomunal, de varios minutos y de consecuencias imprevisibles. Todo quedó paralizado, los vendedores de la plaza principal recogieron sus puestos y el comercio bajó sin demora sus cortinas metálicas. El pueblo se afantasmó como Luvina, el ranchito de Rulfo. La noticia corrió por las redes sociales, sobre todo por Twitter, y nadie ignoró lo ocurrido, pero al día siguiente los medios no dijeron nada por razones que otra vez quedaron en el misterio. Reptó entonces el rumor sobre el número de muertos y demás, consecuencia directa de la desinformación.
El panorama entonces es confuso, podríamos decir que hasta inextricable. Quizá las autoridades militares o los propios delincuentes sepan bien a bien qué pasa en realidad. Pero la población en general y los medios de comunicación, como podemos suponer, sólo conjeturamos y tratamos de vivir al día, con la vida como en préstamo y esperando que la monstruosidad de este momento tenga pronta conclusión. Lo malo es que, como dice el ranchero de por acá, a esto no se le ven trazas de mejorar.

Comarca Lagunera, 15, septiembre y 2011

sábado, mayo 16, 2009

La viejo y el relato del crimen



Su poder se nota en el repentino silencio de los medios. Ante el hecho escandalosamente inédito, y por tanto noticioso, de que un ex presidente sacara trapos sucios de otro ex presidente, muchos se desvivieron por desactivar la bomba con simple silencio o con tres estratagemas recurrentes: 1) ambos personajes tienen larga cola y, por ello, quedan inhabilitados para criticarse entre sí; 2) De la Madrid está mermado de sus facultades y todo lo que diga raya en el delirio senil; y 3) a los informativos mexicanos de mayor peso les importa más un crimen político en Guatemala —lo que con video o sin video ocurre a diario en todo el mundo— que los dichos de un mexicano poderoso que habla sobre otro aún más poderoso y puede dar tela para debatir sobre la caída de un sistema, sobre viejas y trucadas y multimillonarias privatizaciones, sobre cientos de muertes de perredistas durante un sexenio, sobre un magnicidio en Tijuana, sobre el asesinato en el DF de un líder del PRI, sobre un levantamiento armado en Chiapas, sobre tratos con el narcotráfico, sobre hermanos incómodos y sobre un montón de trastadas más. Pero no. Con una diligencia asombrosa se le dio vuelta a la hoja y como ley de Newton fue aceptado lo expuesto en una carta por el “ofendido”. Cuál dictamen médico, cuál necesidad de peritaje sobre la salud mental de De la Madrid: bastan unas palabras del Innombrable para dar por hecho que en la entrevista de Aristegui asistimos a las confesiones de un ruquito deschavetado.
Pero, oh maldita lógica, lo que todos oímos no anda tan descaminado de lo que en general es aceptado como cierto en nuestro país. Los que escuchamos a De la Madrid somos concientes de que ya no es un orador demosténico, sino un anciano de voz cascada, pero en ningún momento habló de elefantes rosas, de tinas de baño voladoras o de árboles con corbata, sino que afirmaba o negaba tranquilo y categórico a las preguntas de la periodista, además de enunciar frases cortas y lapidarias que lejos de parecer obtusas o alucinadas parecían salir de la más cruda lógica: “Cometió muchos errores serios; el peor, la corrupción”. ¿Hay en esas palabras un elefante rosa?
Las acusaciones permanentes acerca de la permanente intromisión de Salinas en la vida política actual torna importante, al menos desde el punto de vista informativo, lo que diga quien lo llevó a la presidencia. Es tan importante que si fuera un loco de todos modos valdría la pena oírlo, como hizo Emilio Renzi en el cuento más famoso de Ricardo Piglia, “La loca y el relato del crimen”; allí, una loca callejera ve un crimen de putas y padrotes. Cuando la escuchan en la policía, dice una sarta de estupideces, pero Renzi, periodista policial por accidente, conjetura lo que sigue: “En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde, ¿se da cuenta?, un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada”. O sea, hasta un loco, si lo hay, sirve para esclarecer delitos.

jueves, mayo 14, 2009

La crema de la crema



No todos los días pasa que un ex presidente declare contra otro ex presidente. Menos, que el de la voz (uso la jerga pertinente para tratar asuntos de la delincuencia) hable contra quien fuera su sucesor. Y menos aún, que los comentarios surjan de Miguel de la Madrid y vayan dirigidos contra Carlos Salinas. Estamos pues ante la presencia de un hecho inédito en el México del pripanismo: aunque muy a destiempo, De la Madrid rompe una de las reglas más respetadas del sistema, el silencio total en torno a la figura de su sucesor. Algo grande debe estar moviéndose en las más altas viscosidades del poder para que de repente se dé una exhibición de trapos al sol como la que ya estamos viendo.
Las declaraciones de Miguel de la Madrid se dieron ayer en el programa de radio de Carmen Aristegui. Allí, la envejecida voz de quien nos gobernó de 1982 a 1988 suelta la sopa sobre el hijo predilecto de Agualeguas. Para De la Madrid, Salinas terminó “muy mal” su sexenio y fomentó entre su familia una “gran corrupción”. Además, dijo que Raúl, el hermano eternamente incómodo, entabló nexos con el narcotráfico. Añadió que “en aquel entonces no tenía elementos de juicio sobre la moralidad de los Salinas, que de eso se dio “cuenta después”, y que se equivocó al designarlo como sucesor. En conclusión, el también ex director del Fondo de Cultura Económica manifestó que se sentía decepcionado de Salinas sobre todo en el punto de su “inmoralidad” para manejar dinero.
Más de veinte años tardó De la Madrid para abrir el pico y referirse así a Salinas. El argumento de que no tenía elementos de juicio es, por supuesto, un decir, dado que tales elementos fueron un secreto a voces durante todo el salinismo y rayaron en el escándalo cuando aquel sexenio concluyó. La demora obedece, más bien, al silencio que se impone como obligación a los ex presidentes, ese mismo silencio que guarda Calderón sobre Fox y que en general han observado todos sobre todos, hasta ayer. Lo importante aquí, más que la evaluación de aquellos dos sexenios perdidos, es lo que significan en el presente, el oscuro flujo y reflujo de fuerzas políticas que avanzan, retroceden, atacan y se repliegan en la turbulencia de procesos electorales cada vez más contaminados por componentes perversos.
La presencia de Salinas en el poder es innegable desde 1985 u 86, si no es que desde antes. La niegan sólo quienes no desean verla, pues es un hecho que Salinas ha actuado de mil formas en el zedillato, el foxato y ahora en el calderonato. Lo más evidente es, claro, el peso que ha tenido en la ubicación de cuadros de su establo dentro de posiciones estratégicas. Luis Téllez, por ejemplo, era/es uno de tantos hombres al servicio de Salinas, de ahí que cayera como bulto luego de sus telefónicas patadas al pesebre. Por eso muchos (me incluyo) pensamos todavía que el personaje más nocivo para el país en el último cuarto de siglo es el padrino de baja estatura, calvo y de maneras sobrias y calculadas, esa eminencia gris del maquiavelismo elevado al cubo.
Hoy, con los dichos de De la Madrid sobre el tapete, no queda sino confirmar, por si hiciera alguna falta, que hemos sido gobernados por verdaderos capos, que detrás de todo ha estado nada más ni nada menos que la mano que mece la patria, ese hombre asombroso en más de un sentido, pues ha sido capaz de atravesar sexenios y sexenios en silencio o con fugaces apariciones públicas. Por eso ahora es fascinante saber de sus trotes gracias a un ex colega suyo. Pregunta Aristegui: “¿Cómo un presidente puede robarse la partida secreta?”. Contesta De la Madrid: “Porque es secreta”. Imaginemos todo lo que es secreto en la vida de un presidente. Eso y muchísimo más es lo que ultraja al país, lo que nos tiene donde estamos. La crema de la crema en materia de corrupción e impunidad ha comenzado, en suma, a derramar el tepache. Conviene que nos preparemos para lo peor.