miércoles, septiembre 28, 2022

Diez notas sueltas sobre periodismo y literatura









Ayer ofrecí en la Biblioteca Arocena —dentro de su ciclo “Libros, buena compañía”— diez ideas sobre la relación periodismo-literatura. Las comparto aquí, aunque obviamente pueden parecer vagas pues no tienen el comentario oral que hice in situ:

Uno. La categoría “periodista”, percibida fuera y dentro del periodismo, no está en crisis. Todos sabemos o imaginamos más o menos qué es un periodista: alguien que investiga, interroga, viaja y escribe a toda velocidad sobre personajes y hechos actuales. Por imperativo del oficio, su estilo debe mostrarse, preferentemente, despojado de florituras, y ser claro, eficaz, rápido. Debe, pues, evitar sinuosidades, rodeos. Su prioridad es el dato, la declaración, el hecho noticioso y, en teoría, la “verdad” incluso en los textos de opinión que trabajan en y con la coyuntura informativa.

Dos. La categoría “periodista” entra en tensión cuando la asociamos a la de “escritor”: “escritor-periodista” o “periodista-escritor”. Cuando un escritor decide incurrir en el periodismo, la situación suele despertar el recelo del gremio, que siente invadido su espacio, sospecha una intrusión, la presencia de un profesional espurio. Al contrario, no es común que el escritor (tal vez acorazado en el prestigioso estatus de artista) vea con inquietud la presencia del periodista en la literatura; lo percibe (creo que lo percibe) como un advenedizo algo inofensivo, como alguien que intenta por fin escribir bien y para la perdurabilidad (Alejandro Páez Varela, Guillermo Chao, Sandra Russo, Jorge Lanata…).

Tres. Los casos híbridos pespuntean por igual, o casi por igual, del periodismo a la literatura y de la literatura al periodismo, y son menos frecuentes: Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh, Elena Poniatowska…, aunque es necesario aclarar que no como redactores de noticias, sino como cronistas, reporteros de investigación o entrevistadores.

Cuatro. De lo anterior se desprende una pregunta: ¿publicar periódicamente hace periodista al escritor? Sí y no. Sí por la frecuencia; no, la mayoría de las veces, por los contenidos, a menos que el escritor trabaje con la coyuntura y produzca textos no atemporales.

Cinco. La crónica es el género que más se presta para la mezcla periodismo-literatura, pues queda a medio camino entre ambos quehaceres. Es un “ornitorrinco”, como la llama Juan Villoro, y esto recuerda el caso del ensayo, el “centauro de los géneros”, como lo calificó Alfonso Reyes.

Seis. Quizá uno de los aportes más importantes del escritor-periodista es su relación con la lengua. Mientras el periodismo tiende a petrificarla por el vértigo de la escritura y la búsqueda de eficacia, la literatura aspira a rehidratarla y extraer de ella todos sus matices posibles, como es el caso de Javier Cercas en su libro Soldados de Salamina. Además, busca evitar, como también postula Cercas, la “dictadura del presente” que nos desliga del pasado y nos lleva al extravío de la memoria.

Siete. ¿Todos los géneros cuadran al escritor-periodista? No. Generalmente es periodismo sólo por la periodicidad, no por el contenido. En su libro La buena compañía, Bárbara Jacobs habla de la columna de Virginia Woolf y señala que son “ensayos”, textos de carácter crítico, no material estrictamente periodístico.

Ocho. La prueba de que el escritor-periodista no trabaja con la coyuntura, sino con la atemporalidad y cierta voluntad de estilo, es el libro. Los temas y el tono de las colaboraciones, o el tono y los temas, favorecen la atemporalidad que luego abre la posibilidad de verterlos en un recipiente: el libro.

Nueve. Unos más, otros quizá menos, muchos escritores que colaboran para la prensa en realidad trabajan para el libro. El compromiso de publicar y los plazos de publicación determinan la viabilidad de los libros que se construyen a cuentagotas, semana tras semana, mes tras mes. Desde hace una buena cantidad de años este tipo de libros abulta la bibliografía de los escritores, aunque sin ocupar el centro de su producción ni, mucho menos, atraer tanto la atención de la crítica especializada. Suelen ser libros de mercado, un poco apéndices bibliográficos de la fama ganada por el escritor. Algunos casos: Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska, José Joaquín Blanco, Rafael Pérez Gay, José Emilio Pacheco, Vicente Alfonso…

Diez. Un ejemplo entre muchos: Inventario, libro de Juan José Arreola. Contiene textos publicados en la columna “De sol a sol”, de El Sol de México, del sábado 8 de febrero de 1975 al viernes 10 de diciembre de 1976; muy poco después, en 1977, fueron impresos en libro por Grijalbo y siguen legibles.

sábado, septiembre 24, 2022

Consejo de don Arthur




















Entre los libros menos famosos de Schopenhauer hay uno cuyo título no parece de Schopenhauer, sino de Gaby Vargas: El arte de bien vivir. Pero aguas: no nos vayamos con la finta de este título que hoy leemos prejuiciados como estamos por los libros de autoayuda. Es Schopenahuer, así que no se trata de alimento hipocalórico.

De mis recuerdos más duraderos sobre sus páginas (mi edición es Argentina, de 1957, y la leí allá por el ochenta y tantos) está una idea que jamás aprendí bien, la que aquí cito:

“Los únicos males futuros que deben, con razón, alarmarnos, son aquellos cuya llegada y cuyo momento son seguros. Pero hay muy pocos que se encuentran en este caso, porque los males son: o simplemente posibles o a lo sumo verosímiles, o bien son ciertos, pero es dudosa la época de su llegada. Si uno se preocupa de las dos especies de desgracia, no se tiene ya un solo momento de reposo. Por consiguiente, a fin de no perder la tranquilidad de nuestra vida por males cuya existencia o cuya época son indecisos, debemos habituarnos a considerar los unos como si nunca debiesen suceder, y los otros, como si no debiesen ocurrir con seguridad inmediatamente”.

¿Qué hago entonces? Confieso que, aunque lo niegue y me lo niegue, siempre estoy pensando en la muerte. No tanto con miedo, sino con inquietud de pasajero que espera la llegada de ese tren sin tener listo el equipaje. En otras palabras, no temo a la muerte, sólo temo que me agarre a medio cocer, sin consumar todas las tareas que tengo archivadas en la cabeza con el fosforescente post-it de “pendientes”. Ahora bien, ¿cuándo terminan los pendientes de una vida literaria? Sé, porque lo he visto, que entre los escritores, y supongo que entre los artistas en general, suele incrementarse el número de obras en potencia, de trabajo para el futuro a medida que se transita el tramo del envejecimiento. Es decir, que lejos de amainar, la cantidad de chamba posible crece con el tiempo, de ahí que jamás alcance la vida para desahogar todo lo pendiente. Esta es la razón por la que, tras la partida de un escritor, sus archivos suelan quedar tristemente repletos de notas, borradores, proyectos y demás obras inacabadas o incluso en mero estatus de embrión.

Fuera del apremio ante mi finitud, fuera de esa terca incertidumbre, poco me acongoja a grados de nocaut. En resumen, la muerte está bien asumida por este corazón lagunero; lo que apachurra el ánimo es seguir acumulando tareas y proyectos que luego, cuando de plano sean irrealizables, impregnen de desdicha el último suspiro. 


miércoles, septiembre 21, 2022

Habitar en el fragmento

 








Desde hace varios años, los observadores de la realidad al modo más o menos general de los filósofos han notado que la sociedad de nuestro tiempo habita en el fragmento y es incapaz de una atención sostenida y, sobre todo, profunda. Todo lo que nos rodea tiene algo de flashazo, de estímulo que aparece, se sostiene en nuestro interés un lapso brevísimo y de inmediato es reemplazado por otro de similar fugacidad. Esa es la razón de ser de la llamada “creación de contenidos” para los medios y las redes sociales, una necesidad casi patológica (o sin casi) que ahora compartimos millones de personas, prácticamente todos los que cargamos con el fetiche del celular.

La lucha contra el fragmento está casi perdida de antemano principalmente para quienes ya nacieron sobreestimulados por la innumerabilidad de contenidos. Me refiero, obvio, a “contenidos” sin contenido o de contenido fofo como los millones que atestan las redes sociales. Y esto lo digo como conejillo de Indias, autorreferencialmente. Me precio de leer con disciplina y siento orgullo de mi adicción al libro, pero con todo y esto me he sorprendido husmeando retahílas de tiktoks que me hipnotizan con chistoretes, datos raros, escenas involuntariamente chuscas, jugadas deportivas destacadas o mujeres bailando con sensualidad a ritmos de toda índole. El maldito algoritmo sabe cuál es la pedacería de “contenidos” capaz de retener la atención hasta del usuario más rejego.

Tapados hasta la mollera por el dominio del fragmento, ¿qué posibilidades quedan para los esfuerzos sostenidos de concentración? En esta pregunta retórica se juega el destino de la crítica verdaderamente atendible. Quiero decir que, acostumbrados como estamos a ver sólo cachitos de realidad, y además frívolos, es casi imposible articular o atender un discurso crítico sobre nada. Mi visión es, obvio, pesimista: alrededor sólo cunde ruido, desleídas opiniones de opiniones de opiniones, y además mal articuladas, basadas científicamente en un contenido de Tiktok o en un post de Facebook, el que llegó ayer o hace un minuto.

Por eso los pensadores de lo social están alarmados. Ya nadie lee o escucha en serio, sin distraerse, por culpa de la última ráfaga de fragmentos que reclaman atención en el celular.


sábado, septiembre 17, 2022

Machote del futbol

 

 Como un servicio gratuito al gremio periodístico futbolero, ofrecemos aquí un machote de respuestas del jugador de futbol profesional ante los diversos resultados y circunstancias de cada match. Con esto deseamos hacer más fácil la obtención de opiniones después de los partidos. Aplicando entonces los cambios pertinentes (mutatis mutandis, diríase con elegancia), estas respuestas sirven para toda ocasión. Un nota nada impertinente: conviene leer lo que viene con leve acento argentino o uruguasho. 
 1. Respuesta ante un triunfo por marcador estrecho: "Bueno, el partido pudo decidirse para cualquier lado. Los dos equipos jugaron bien, todos metimos la pierna, pero gracias a dios las cosas se nos dieron y logramos el triunfo. Esto se decide con goles y nosotros lo hicimos. Así es el futbol. Y bueno, tampoco podemos estar muy contentos, hay que seguir trabajando. El equipo jugó bien pero todavía nos falta mucho, hay buen ambiente en el grupo y ahora debemos pensar en el siguiente rival. No hemos ganado nada y como te digo, hay que seguir trabajando".
2. Respuesta ante una derrota por marcador estrecho: "Bueno, el partido pudo decidirse para cualquier lado. Los dos equipos jugaron bien, todos metimos la pierna, pero lamentablemente las cosas no se nos dieron y nos vamos con una derrota. Este juego se decide con goles y nosotros no lo hicimos. Así es el futbol. Y bueno, no estamos contentos. El equipo jugó bien pero todavía nos falta mucho, hay buen ambiente en el grupo y ahora hay que pensar en el siguiente rival. No hemos perdido nada y bueno, hay que seguir trabajando".
3. Respuesta ante un triunfo holgado: "Bueno, el equipo jugó bien, propuso el partido, se nos dieron las cosas, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy nos tocó ganar con un marcador amplio. Pareció fácil, pero ellos juegan bien, aunque se desconcentraron después del segundo gol y eso nos abrió el camino para que cayeran los demás tantos. Sin embargo, no hay que cantar victoria, no hemos ganado nada, hay que seguir trabajando. Este resultado nos da confianza. Viene un compromiso difícil y debemos encararlo con seriedad".
4. Respuesta ante una derrota aplastante: "Bueno, el equipo jugó mal, quiso proponer el partido, pero no se nos dieron las cosas, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy nos tocó perder con un marcador amplio. Ellos juegan bien, nosotros nos desconcentramos después del segundo gol y eso abrió el camino para que cayeran los demás tantos. Sin embargo, no hay que lamentarse, no hemos perdido nada, hay que seguir trabajando. Este resultado nos compromete. Viene un compromiso difícil y debemos encararlo con seriedad". 
5. Respuesta ante un empate: "Bueno, no hubo nada para nadie, los dos equipos jugaron bien, lucharon, y al final se van con un punto que, bueno, no es para echar las campanas al vuelo, pero sirve para seguir allí, buscando una buena posición en la tabla. Viene un compromiso difícil, no hay rival pequeño, tenemos que seguir trabajando. El futbol es así, a veces se gana, a veces se pierde, a veces se empata. Hoy nos tocó empatar y bueno, creo que fue un partido muy cerrado".
6. Respuesta ante una victoria con polémicos errores arbitrales: "Bueno, los árbitros también son humanos y se equivocan. Nosotros no tenemos la culpa, propusimos el partido y bueno, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy gracias a dios nos vamos con un triunfo. Sin embargo, hay que seguir trabajando, tenemos que pensar en nuestro próximo compromiso pues todavía no hemos ganado nada".
7. Respuesta ante una derrota con polémicos errores arbitrales: "Bueno, los errores del árbitro nos hicieron mucho daño. Propusimos el partido y ni modo, el futbol es así, a veces se pierde, a veces se gana, y hoy por desgracia nos vamos con una derrota en la que mucho tuvo que ver el pésimo arbitraje. Sin embargo, hay que seguir trabajando, tenemos que pensar en nuestro próximo compromiso pues todavía quedan muchos puntos por disputar. Hay que darle vuelta a la página, mentalizarnos para dejar en el pasado la derrota de hoy".

miércoles, septiembre 07, 2022

Un doodle y veinte cuentos

 







Hace una semana me enteré en Google que Google había homenajeado con un doodle a Julio Ramón Ribeyro (disculpen el trabalenguas). Esa cosa, el doodle, es, según Google, esto: “Los doodles son los divertidos, sorprendentes e incluso a veces espontáneos cambios que se realizan en el logotipo de Google para conmemorar festividades, aniversarios y las vidas de célebres artistas, pioneros y científicos”. El de Ribeyro fue una sorpresa porque siento que el peruano sigue siendo un escritor algo desdeñado pese a que se trata de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos del siglo XX y de siempre. Al ver su nombre en el homenaje recordé que hace como diez años lo metí en una lista de cuentos y cuentistas para mí admirables, que hoy comparto.

Toda selección es, obvio, discriminatoria. Ofrezco pues esta lista de veinte cuentos sólo para no terminar recomendando cincuenta o más. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cupiera exactamente la veintena.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe

 “El Sur”, Jorge Luis Borges

“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo

“Yzur”, Leopoldo Lugones

“Deshoras”, Julio Cortázar

“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro

“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov

“Enoch Soames”, Max Beerbohm

“El cuervero”, Juan José Arreola

“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez

“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez

“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh

“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco

“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo

“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia

“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés

“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino

“La muerte”, Mario Benedetti

“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi

“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

sábado, septiembre 03, 2022

Adiós a Héctor Becerra

 








En noviembre de 1987, hace 35 años, la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón premió a los ganadores de los concursos de literatura Magdalena Mondragón (cuento y ensayo) y de caricatura política Eduardo del Río, “Rius”. La ceremonia se celebró en el edificio del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, ubicado, en aquel entonces, sobre la calle 12, entre Juárez y Morelos, Torreón. Entre otras personalidades, asistieron Ignacio Trejo Fuentes, jurado de ensayo que eligió como ganador un trabajo de Gilberto Prado Galán, y Salvador Castañeda, escritor lagunero radicado en el Distrito Federal, quien evaluó a los participantes en cuento.

Estuve en la ceremonia como reportero de El Juglar, órgano informativo del departamento cultural de la Universidad pública de nuestra entidad. Me tocó, por ello, escribir la nota principal, y en aquella época todavía sumaba mi segundo nombre, “Eduardo”, en la firma. Uno de los ganadores en caricatura fue Héctor Becerra Delgado, y fue allí, en aquella ceremonia, donde lo conocí. Luego nos encontraríamos muchas veces en la Ibero Torreón (de donde egresó y fue maestro), en actividades culturales diversas o en la radiodifusora en la que tantos años trabajó y donde se convirtió en un referente lagunero del comentario sobre rock y cine.

Recién, como sabemos, la radiofonía y la cultura laguneras han perdido a Héctor Becerra. La noticia de su partida fue un sacudón entre nosotros, una de esas malas nuevas que no podemos creer a la primera. Tenía 55 años, y por su actitud y hasta por su modo de vestir siempre nos daba, creo que a todos, una impresión de frescura juvenil poco o nada próxima a la idea de la muerte. Por esto no fueron pocas las expresiones de sorpresa que cundieron sobre todo por las redes sociales, ámbito en el que Héctor también se manejaba con soltura. Amigas y amigos, incluso personas que lo conocían sólo como voz detrás de un micrófono, expresaron de inmediato y por varios días el sentimiento que los/nos embargaba. Ante tantas y tan variadas manifestaciones de cariño y respeto era imposible no afianzar una certeza: Héctor había labrado bien la tierra de la amistad, se había dado a querer por todos los que alguna vez tuvimos la oportunidad de tratarlo en cualquier parte.

La última vez que pude conversar con él se dio hace poco más de un año. Invitados ambos por nuestra común amiga Lucila Navarrete a un breve campamento en La Flor de Jimulco, el contingente viajó en dos autos. No recuerdo por qué, en el regreso yo venía con mayor disponibilidad de espacio en mi vehículo y le dije a Héctor que me acompañara. Conversamos durante ese retorno a Torreón y confirmé lo que ya intuía: que a diferencia de otras personas ante las que mi realidad suele no importar y en situaciones de ese tipo (un viaje) me obligan a preguntar irremediablemente sobre sus vidas para no caer en incómodos baches de silencio, Héctor no dejó de mostrar genuino interés por mis actividades, por mis hijas, por mis amigos de literatura. Era un entrevistador nato, amable, respetuoso.

Hoy ya no está entre nosotros, pero es seguro que su recuerdo nos acompañará a todos los que alguna vez, poco o mucho, lo tratamos. Descanse en paz Héctor Becerra Delgado, y gracias por su inteligencia y su cordialidad.

miércoles, agosto 31, 2022

Dos canciones bien cocinadas

 






Hace algunas semanas caí a desayunar en Ciudad Lerdo con parte de mis hermanos. Fuimos a un lugar llamado “Sabor a mí”. Esto, obvio, movió mi recuerdo hacia Álvaro Carrillo, compositor de muchas letras ya famosas en el cancionero popular mexicano como “El andariego”, “Luz de luna” y por supuesto “Sabor a mí”. Para no pasar de largo por la oportunidad, me asomé a varias de las canciones de Carrillo, quien nació en Cacahuatepec, Oaxaca, en 1919, y murió en un accidente de auto hacia 1969 en la capital del país.

Al atender el fluido de “Sabrá Dios” advertí lo que habitualmente me agrada en una letra de música popular: que así exponga un relato simple, avance sin tropiezos sintácticos y no acuse versos o palabras forzados. Esta canción cumple tan bien su desarrollo que es posible construirla como un párrafo sin que notemos dislocamientos, brusquedades, casi como si acatara la compacidad de una carta: “Sabrá Dios si tú me quieres o me engañas. Como no adivino seguiré pensando que me quieres solamente a mí. No tengo derecho en realidad para dudar de ti y para no vivir feliz, pero yo presiento que no estás conmigo aunque estés aquí. Sabrá Dios, uno no sabe nunca nada. Me dará vergüenza si este amor fracasa nada más por mi equivocación, y debo estar loco para atormentarme sin haber razón, pero voy a luchar hasta arrancar esa ingrata mentira de mi corazón”.

Algo similar ocurre con “Aviéntame”, de Catarino Leos. El hecho de que sea una canción norteña —en la mayor parte de los casos fallidas en su trazo literario—, nos hace presentir errores, pero no, es perfecta en el despliegue de su pequeña historia. También podemos leerla como carta: “Algo te pasa, pero ya no eres la misma, de un tiempo acá yo te he notado diferente. No se equivoca el corazón cuando presiente que sin motivos se le deja de querer. Por eso quiero sin rodeos hablar contigo y sin temor me digas qué es lo que te pasa; si mi presencia ya no te es indispensable, en un segundo de tu vida yo me voy. Aviéntame, si es que ya en tu vida yo no valgo nada, si de mi cariño estás decepcionada, ya no tiene caso, para que fingir. Aviéntame, eso es preferible a seguir mintiendo, sácame esta duda que me está comiendo, porque ya con ella no puedo vivir”.

La ilación (así se escribe, sin hache, y no es palabra derivada del verbo “hilar”) es pues, para mí, un mérito de toda canción bien cocinada.

domingo, agosto 28, 2022

Uno de mis abuelos












Quesque hoy es el Día del Abuelo, así que bueno, venga un breve recuerdo. Al de mi flanco paterno, Zeferino, de rulfiano nombre, no lo conocí, pues él ya había muerto cuando aterricé en este mundo. Al que sí conocí fue al padre de mi madre, de nombre Eduardo Vargas Rodríguez. Esta foto es la única que tengo solo con alguno de mis abuelos, y supongo que data de 1966, cuando yo rondaba los dos años de edad. Creo de hecho que es de mi cumpleaños, pero la verdad no sé. Mi abuelo nació, según mi madre, en 1904 (como Alejo Carpentier, como Agustín Yáñez); era oriundo de Sierra Mojada, Coahuila, pero pronto se avecindó con su familia en San Pedro de las Colonias, Coahuila, donde estudió la primaria. Sólo probablemente, sin asegurar nada, he pensado que mi abuelo pudo haber visto en San Pedro a Francisco I. Madero, quien por aquellos tiempos vivía en aquel municipio; fue allí, precisamente y como sabemos, donde el político parrense escribió La sucesión presidencial. Pero insisto, esta es sólo una suposición de mi parte.

Mi abuelo murió a mediados de los setenta, así que me dio tiempo de verlo para ahora recordarlo. Mi madre nos llevaba con frecuencia a saludarlo, yo tendría ocho o nueve años, y debo confesar que me infundía miedo, pues era un señor hosco, muy poco dado a la sonrisa, de voz áspera. Había tenido éxito en los negocios, sumaba una buena cantidad de propiedades y usaba unos lentes de cristal verdoso que hacían imposible ver cómo nos miraba. En las fiestas era espléndido, patriarcal, y ordenaba la preparación de abundante comida, mucho trago y música ininterrumpida de mariachi o conjunto norteño en vivo. El recuerdo más presente que de él tengo es el siguiente: una vez mi madre me llevó a saludarlo o a cualquier otro asunto, y al entrar a su oficina (la oficina que había acondicionado en su casa) vi que tenía abierta su caja fuerte. Yo era un niño, supongo que de aproximadamente ocho años, y mi abuelo no se preocupó en cerrar la pesada puerta de la caja. Pude ver, como en las películas de hacendados, monedas de oro (quizá de los llamados “centenarios”), papeles seguramente importantes (escrituras), algunos fajos de billetes y una pistola. Es difícil olvidar esos símbolos de poder, por ello la imagen de aquella visión ha perdurado en mi memoria. Sé que nunca manejó autos, aunque tuvo muchos, y que sus parrandas eran largas y musicales, aunque esporádicas. A Carmen, su esposa, es decir, a mi abuela y madre de mi madre, la recuerdo también con suficiente claridad. Murió por las mismas fechas, allá por el 75, y era el envés de don Lalo: afectuosa, tierna, frágil, abnegada. Por mi abuelo llevo como segundo nombre Eduardo. Por último, algo había en don Lalo que le daba un aire al actor Carlos López Moctezuma, de ahí que me infundiera miedo.

sábado, agosto 27, 2022

Palabras abrazadas

 







Sé que en el inglés y en otros idiomas como el alemán hay muchas palabras compuestas, es decir, armadas con dos palabras que funcionan como unidad, como si fueran una sola. Es el caso de “scarface” (caracortada) o “Volkswagen” (auto del pueblo), del inglés y alemán, respectivamente. El español no tiene tan marcada esta tendencia, pero claro que también se da. Por ejemplo, “brincacharcos” (pantalón sin el largo adecuado), “tumbaburros” (diccionario), “solovino” (nombre dado genéricamente a los perros que llegan solos). Las hay también de tres términos: “tentempié” (bocadillo, tente+en+pie), “enhorabuena” (felicitación, en+hora+buena), e incluso de cuatro: correveidile (chismoso, corre+ve+y+dile). Hay algunas en las que no se nota el aglutinamiento: “mentecato” (mente+captus, tomado de la mente) o “cantimplora” (canta+y+llora).

Varias palabras de este tipo sirven para nombrar objetos (“sacapuntas”, “abrelatas”) o también para referirse a cierto tipo de personas. Enumero rápido estas doce usadas para designar por aspecto, personalidad, rango y demás.

Buscapleitos (también buscabullas). No necesita ampliación. Es aquel sujeto caracterizado por meterse en problemas, sobre todo en enfrentamientos gratuitos.

Chavorruco. Muy de moda, palabra compuesta por dos mexicanismos: “chavo”, joven, y “ruco”, viejo. O sea, aquel viejo que defiende su adolescencia hasta límites que rayan peligrosamente en el ridículo. Ojo: debemos escribirla con doble erre, no “chavoruco”, que se oye como si la pronunciara un chino.

Chingaquedito. Tipo que molesta a los demás de manera sutil y acumulativa, no necesariamente frontal, es decir, que de tiempo completo gotea indirectas, ironías o sarcasmos.

Gordibuena. También de moda. Cierto tipo de chica más o menos abundante de carnes, de silueta voluptuosa y, por qué no decirlo, seamos sinceros, tentadora.

Malacopa. Bebedor que se va poniendo agresivo a medida que avanza la ingesta de alcohol. En México todos tenemos un tío con esta temible peculiaridad.

Mandamás. Jefe, patrón.

Moscamuerta. Hipócrita, que da la impresión de no dañar o aspirar a nada y en el fondo abriga propósitos ambiciosos y/o lesivos.

Nalgapronta. Que se ofrece o cede fácilmente ante las posibilidades afectivas o venéreas.

Pelatunas (también pelagatos). Don nadie, sujeto sin solvencia material.

Pioresnada. Sujeto que queda como última opción, casi casi agarrado en oferta para algún entrevero amoroso. También podríamos escribirlo “peoresnada”, pero la tendencia mexicana a la diptongación ha terminado por deshacer el hiato “peor” y convertirlo en “pior”, como “trapiar” por “trapear”.

Sabelotodo. Tipo que se las da de (o de veras es) erudito en cualquier materia. Puede ser usado con y sin ironía mediante.

Tragadeoquis. Persona sin utilidad, que no deja ningún provecho o que muestra una gran voracidad alimenticia sin encarar después algún acto productivo.

miércoles, agosto 24, 2022

Aquel tenis



















Durante diez años fui seguidor televisivo del tenis internacional. Eso abarcó, más o menos, de 1978 hasta finales de los ochenta. Fue, de hecho, mi etapa de mayor enajenación deportiva, el momento en el que aprendí todo lo que todavía sé sobre box, futbol, tenis, beisbol, futbol americano y, claro, futbol soccer. Esto lo recuerdo porque el pasado fin de semana eché un vistazo a YouTube y me detuve cinco minutos en un match de María Sharápova contra una belga. Aparte de quedar deslumbrado ante la rusa, me llamó la atención su tiro de top spin. Eso me llevó a pensar en el jugador que más admiré, pues coincidió que él estaba en la cúspide cuando me interesé por el tenis.

Me refiero al sueco Björn Borg, que sin inmutarse sacaba unos raquetazos bestiales desde el fondo de la cancha, muchos con el efecto sublime del top spin que nadie, hasta donde pude ver, dominaba tanto como él, rey en tenis del “efecto Magnus”. Vi a Björg contra otros legendarios como Connors, Vilas y, por supuesto, contra otro que también admiré: John McEnroe. Las mujeres no eran entonces tan seguidas por la tele, pero me tocó ver partidos enteros de Chris Evert y, sobre todo, de aquella máquina checa llamada Martina Navratilova.

Para la época de Iván Lendl y Boris Becker yo me había separado mucho no sólo de las transmisiones deportivas, sino de toda la televisión. Pero aquello fue grato mientras duró. No me arrepiento y hasta la fecha creo que nadie ha jugado mejor al tenis que mi ídolo Björn Borg, el Témpano de Hielo, según la crónica de Vicente Zarazúa y Pancho Contreras en canal 5.

Al margen del seguimiento en la tele, siempre sospeché que podía jugar bien al tenis. Algo en mi interior me decía que si lo hubiera aprendido, ciertos tiros desde el fondo, mis tiros, terminarían por derrotar rivales. Pero pasó que nunca tuve la oportunidad. Sabía que las canchas de ese deporte estaban en clubes privados, y soñar con una raqueta era soñar demasiado, así que me resigné a imaginarme un posible buen tenista. Años después jugué un poco de ping-pong, y aunque es algo distinto, sentí que mis buenos muñecazos con efecto (algo tenísticos) eran una prueba de que pude hacer algo en el tenis. Pero esto nunca pasará de ser una simple conjetura, un sueño muy borroso en el recuerdo.


sábado, agosto 20, 2022

Policías y redactores

 











En la escritura se cae con frecuencia en el uso de una sinonimia delirante. Como la repetición de palabras en un texto dizque es un delito castigado con cárcel sin derecho a fianza, muchos redactores, sobre todo de la prensa, incurren en el hábito de usar neologismos o parir sinónimos muy poco elegantes, algunos más desagradables que patada en los destos. El periodismo policial antiguo era especialmente diestro en el manejo de esta fealdad, y buscaba sinónimos y cierto caló para evitar la reiteración de palabras o por un pretendido eufemismo que jamás llegó a eufimizar nada. Creo que tal pobreza se ha mitigado—o quizá ya no exploro noticas de esa índole—, pero como hace años leía la nota roja no he olvidado algunas palabras de la jerga periodístico-policial. Comparto algunas.

Aletero. Antes casi todos los autos tenían “aletas”, el triangulito de cristal que, al moverlo, permitía un mejor flujo de aire al interior del carro. Cuando las pertenencias de un vehículo eran robadas, muchas veces se debía a que los ladrones forzaban una aleta, metían la mano y abrían la puerta, de allí que fueran “aleteros”.

Amasia. Cuando la compañera o amante de un sujeto implicado en cualquier delito aparecía en la nota roja, sin falla era una “amasia”, palabra que en sí misma suponía el pecado de no ser la esposa casada de blanco en un ritual católico, apostólico y romano.

Chacal. Si algún tipo perpetraba crímenes con barbarie extrema, un poco en la modalidad de los asesinos seriales a la mexicana, era indefectiblemente considerado un “chacal”.

Chafero. Fue el vendedor de objetos de poco valor, chafas, pero ofrecidos como si fueran de lujo. Las “joyas” eran su producto insignia.

Coscorronero. Llamaban así a quienes de madrugada abrían, para robar, un agujero en el techo de cualquier negocio, es decir, le propinaban un metafórico coscorrón en la coronilla (“Los coscorroneros robaron joyas y dinero”).

Cristalazo. Quienes rompían un aparador cometían esto, un “cristalazo”; obviamente no lo tronaban por vandalismo ocioso, sino para robar.

Ergástula. Una de las palabras más espantosas de nuestra lengua. Se supone que equivale a cárcel.

Fardera. Oficio que consistía en robar prendas, sobre todo íntimas, de las tiendas; ignoro por qué fue una ocupación exclusivamente femenina.

Fémina. Horrible sinónimo de “mujer” usado en la prensa criminal (“Declaró que a esa hora bailaban algunas féminas en el lugar”).

Finca. Después de usar “casa”, “negocio”, “edificio”, “residencia”, el periodista se sentía indefenso y apelaba a este sinónimo genérico de la prensa roja: “finca” (“Cerca de las once de la noche comenzó el incendio de la mencionada finca”).

Galeno. Lo escribo y se me retuercen las tripas. Fue uno de los sinónimos más socorridos por la necedad periodística (“Según el galeno, la herida interesó órganos vitales de la víctima”).

Mariposero. No sé por qué, pero así fue llamado el ladrón de bicicletas del neorrealismo lagunero.

Nosocomio. Otro nauseabundo. Se supone que es una forma elegante de decir “hospital” (“El lesionado fue atendido en un nosocomio de la localidad”).

Parroquiano. Los asistentes a todo bar, cantina, lupanar, piquera, similares y conexos, todos eran, siempre, “parroquianos”.

miércoles, agosto 17, 2022

Tres anglicismos descartables

 








La política de aceptación o rechazo a los anglicismos no es de muy fácil manejo en el habla y la escritura cotidianas. Igual que ante palabras de otros orígenes, sé que en cualquier caso debemos estar atentos y aceptar una palabra cuando es insustituible porque se trata de una innovación cultural o tecnológica, e incluso en estas situaciones es bienvenido que nos asalte la duda. Por ejemplo, ¿acepto el anglicismo —ya castellanizado— “accesar” o no? Según mi opinión, no, pues en español ya contábamos con el verbo “acceder” como sinónimo de “entrar”. ¿Acepto el niponismo “karaoke”? Según mi opinión, sí, pues esta palabra acompaña una innovación.

En mi caso, no soy de los que persiguen como policía a quienes enriquecen su vocabulario con novedades del momento, como “es correcto” en lugar de “sí”, “literal” para lo que es indudablemente literal (“Llegué a la oficina a las 7 de la mañana, literal”), “expertiz” por “experiencia” y otras voces no menos flamantes y bobas. Que cada quien haga con su lengua lo que guste, pero a fuerza de escucharlos (y leerlos) hay algunos anglicismos que quizá merezcan el beneficio de la guillotina. Traigo sólo tres.

Uno. La palabra “bizarro” tiene tras acepciones en el diccionario académico. 1. Valiente. Arriesgado. 2. Generoso, lucido, espléndido. 3. Raro, extravagante o fuera de lo común. Su uso en español era literario y antiguo, siempre en el sentido de las acepciones 1 y 2, pero hace varios años empezó a destacar entre nosotros, por influencia del inglés, la tercera acepción con la variante semántica del inglés, que a lo raro añade una buena dosis de fealdad. Es decir, que lo bizarro no es sólo lo raro o extravagante, sino lo francamente feo e incluso grotesco. No por nada hay un género porno así llamado en el que los protagonistas son sujetos nada convencionales, por decirlo amablemente.

Dos. Como cualquiera lo sabe, debemos al nombre de Vespucio, navegante y cartógrafo florentino, el topónimo “América”, de donde deriva el adjetivo “americano”. En teoría, este gentilicio designa a todo el territorio que va desde Nunavut, al norte de Canadá, hasta las Islas Hermite, un poco más abajo de Ushuaia, en Argentina. Así pues, el vallenato es un ritmo americano, el mole es un platillo americano y el Chimborazo es un volcán americano, y no sólo lo que está o fue hecho en “America” (sin tilde), es decir, en EUA.

Tres. También por calco del inglés, está muy de moda calificar como “épico” lo que sobre todo los jóvenes perciben intenso, agitado, estridente, movido o algo así. Pero no, lo “épico” es lo “Perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica”, lo que se relaciona con las guerras. Por esta razón, con gran servilismo anglófilo ya hay, malamente, “bodas épicas” o “viajes épicos a Cancún”.

martes, agosto 16, 2022

De libros, lectores y editores

 









En 2019 o poco antes, Gerardo Segura —escritor, periodista y promotor cultural coahuilense— me invitó a participar en el libro que he comentado en esta liga. Meses después supe que se agotó en su soporte material y por ello el sello encargado de editarlo, la Secretaría de Cultura de Coahuila, ha sumado este título a su lista de obras para descarga gratuita en la siguiente página. Comparto aquí la presentación escrita por Gerardo Segura y la entrevista completa que generosamente me hizo e incluyó en el libro. Confío en que se trata de un material de notable interés sobre todo para los lectores, escritores y editores.


Presentación

Gerardo Segura

En el hermoso libro Qué leen los que no leen, de Juan Domingo Argüelles, se aborda el prejuicio respecto a las lecturas sanas, las que nutren, y las chatarra. Nos han enseñado que la lectura es buena y la no lectura alimenta el ocio. También que las lecturas sanas están en un canon y las malas en el puesto de periódicos, en la peluquería, en las salas de espera. Este planteamiento abre el camino a un asunto extra lector que habría que discutir, o simplemente ignorar y que cada quien se las arregle como pueda, que piense lo que quiera.

Otro semejante es el tema de que los libros buenos, los válidos, son los impresos por sellos editoriales comerciales. Las ediciones de autor, los institucionales, de imprentas del barrio, son proyectos que se agotan en sí mismos, sin trascender. En la biblioteca de casa hay un par de bellísimos ejemplares de Iberia editorial que impulsa Jaime Muñoz Vargas. Lejos del manido “Libros muy dignos” o “No le pide nada a nadie”, los libros de Iberia son ejemplos de que fuera de los sellos nacionales comerciales sí se sabe editar siguiendo los cánones de las artes gráficas.

Y uno más es mal leer los libros. Las maestras nos dijeron con más frecuencia que éxito, que habíamos leído mal tal o cual libro, que no lo entendimos. ¿Hay un modo correcto de leer? ¿Hay un modo incorrecto de leer? Si es así, habría que preguntarse si existe un modo correcto y uno incorrecto de vivir, de entender de qué va la historia personal.

La lista de prejuicios, de malos entendidos, de intransigencias, de fantasmas que recorren las páginas de los libros, se alarga al tenor del censor, del juez que, ya sea vestido de bibliotecario, maestro, cura, librero, crítico, con frecuencia bien intencionado, hasta ser más grande que la enciclopedia británica.

A lo largo de años embebido en la lectura he resuelto algunos escollos y creencias, las menos, con tal de seguir abandonándome 8 en las páginas de los libros con la impudicia imprescindible para disfrutarlos. Sin embargo, cuando llegó la promoción de la lectura como actividad profesional y me trepé a la palestra a pontificar sobre el modo correcto de leer, vinieron las preguntas incómodas. ¿Así se hace? ¿Así procederá Alma Velasco, Felipe Garrido, Daniel Goldin y tantísimos más promotores serios, promotores de verdad? Ya la lectura de Ramón Flecha y antes, de su tutor Paulo Freire, había zanjado la cuestión con voz más clara que mi entendimiento: que cada quien lea a la luz de su historia personal.

Leer, como leerse, es un asunto tan subjetivo que más tiene que ver con el propio acercamiento inaugural a la lectura, con el acompañamiento que vivió, con el modo de entender la reacción del entorno a su ejercicio lector, con el tipo de lecturas realizadas... con un montón de cosas más que, como los genes reunidos al instante de la concepción, obedecen más al azar que a una planeación bien rumiada.

Preguntando, preguntador, me hice a la mar de la conversación con la Gente de libros. Todo lo que buscaba saber era si les ocurría lo mismo, si sus libros, sus hábitos lectores, sus libreros y esperanzas librescas alimentaban o padecían glorias o fantasmas.

La pléyade aquí reunida representa a los diversos gremios de la parábola que trazan los libros desde su salida del escritorio del escritor hasta su destino final. Editores, promotores, bibliotecarios, lectores y críticos están representados en las siguientes páginas, sin frontera entre una actividad y otra. Los bibliotecarios escriben, los escritores promueven la lectura, los lectores son escritores, los promotores son críticos, los críticos son bibliotecarios, así sea de su propia biblioteca... Ya lo dijo Yolanda Argudín en las entrañables clases en la Ibero Churubusco: el que anda entre libros a escribir se enseña.

Como en los ríos viejos las riveras están deslavadas y el agua fluye de un lado a otro sin mucha vocación de límite. Así, la gente de libros va al tenor de su juicio de un lado a otro de las orillas del 9 libro y ora toca la rivera del ensayo, ora la de la promoción, ora de la edición con tal de seguir leyendo, alimentando sus pensamientos, su voz interior.

Más allá de la censura, de los consejos, de los prejuicios del censor, el lector letrado escucha a su voz interior que, página tras página, libro tras libro, va haciéndose más sonora, más clara, más nítida, más inteligente. Tal vez por eso sea que algunos lectores letrados hablan poco, ocupados, como están, en dialogar con su voz interior, con el hombre que siempre va consigo.

*

La gente de libro cuyo pensamiento camina por estas páginas, son personas a las que admiro, respeto y tengo como ejemplo en uno o varios sentidos. A los que busqué y no están por algo será. Se partió del principio de construir un abanico conformado por jóvenes de diferentes edades, de diferentes regiones, no solo capitalinos, no solo coahuilenses; de diferentes acentuaciones profesionales, de diferentes formaciones, y de diferentes modos de pensar. El propósito es ofrecer al lector un caleidoscopio del pensamiento de los grandes lectores en México.

A cada una se le presentó una guía de conversación, de entre cinco y seis preguntas, que se desahogó conforme transcurría la charla. Se decidió suprimir la voz del interlocutor en un afán de dejar sola y libre la del entrevistado y que ésta corriera a su libre albedrío, salvo en el caso de tres entrevistados que prefirieron redactar sus respuestas y enviarlas por correo.

Gracias a la bondadosa confianza que dispensaron al proyecto, gracias por sus confidencias e infidencias (no todas están) y gracias por el trabajo de leer la edición final y aprobar el respectivo manuscrito.

Gerardo Segura Saltillo, Coah. Noviembre 2018

 

Entrevista a Jaime Muñoz Vargas

La imagen más vieja que retengo sobre mi contacto con las letras se remonta, creo, a 1968. Tendría yo como cuatro años y en la salita de mi casa en la calle Madero, de Gómez Palacio, Durango, me veo tirado en el piso, con una hoja, un lápiz y un periódico. Concentrado, copio algunas letras y formo una palabra. Sospecho que todavía no sé qué sonido tiene cada letra, pero con ellas formo una palabra que ni siquiera es eso, una palabra, sino un arbitrario puñadito de letras. Al final, llega mi padre y le muestro el resultado. Lee que no dice nada, que sólo se trata de una breve sucesión de letras, sonríe y seguramente me da unas leves palmadas en la coronilla. Creo recordar, o no sé si ese recuerdo lo inventé después, que para mí fue muy meritorio juntar esas letras, copiarlas tal y como las veía en el periódico. Esto significaría entonces que escribí poco antes de entender lo que escribía, que para mí las letras primero fueron forma antes que sonido.

Como digo, un periódico fue mi primer papel impreso. En mi casa no había libros ni antecedentes de lectura como fuente de placer. Lo que sí había era periódico, pues mi madre compraba a diario La Opinión, el periódico más viejo de La Laguna, fundado en 1917. Gracias a esto, cuando al fin llegué a la primaria y aprendí a leer, las páginas del diario se complementaron con los libros de texto, así que de 1970 a 76, más o menos, no tuve contacto con otros papeles que no fueran esos. Los libros de texto de aquellos años que me gustaban más eran los de español e historia, y desde siempre me sentí lejos de los otros.

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época (1978) era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina, pero no me duraría mucho tiempo, pues llegaron las enciclopedias y con ellas unos libros de regalo, como un pilón. Las enciclopedias sirvieron en casa para las tareas de mis hermanos y las mías, pero yo aproveché más un libro extra, de los de regalo, al que considero muy importante en mi vida, acaso el primero que logró cautivarme. Alguna vez, en septiembre de 2014, escribí sobre él, y lo evoqué así en mi blog:

“Desde hace unos cinco años pienso con frecuencia en aquel libro. Llegó a la casa familiar como regalo en la compra de una enciclopedia, la Británica o la Grolier, quizá la Salvat, no sé. Recuerdo su formato grande, como tabloide, su pasta dura, su buen encuadernado y el papel brillante y bien impreso a color de todas sus páginas, como de revista gringa. Lamento no recordar el título, lo que contrasta con la excelente calidad de las fotos que conservo en la memoria. Era un libro gordo, de al menos 250 páginas, y por su tamaño pesaba tanto que sólo podía ser hojeado en una base de apoyo, sobre una mesa.

Las fotos hacían un recorrido por las edificaciones más importantes construidas por la humanidad y algunos portentos de la naturaleza: edificios, puentes, casas, presas, catedrales, museos, cataratas, ríos. De cada obra o escenario natural, varias tomas a full color desde distintos ángulos. Además, un texto aledaño, sencillo e instructivo. Para despachar cada zona del planeta, creo que su índice procedía por continentes, pero eso no puedo asegurarlo.

Una de mis secciones favoritas era la inicial. En las primeras páginas, antes de llegar a las edificaciones modernas más impresionantes, el libro describía, también con abundantes imágenes, las siete maravillas de la antigüedad. Sin información previa ni guía de nadie, yo metía los ojos en aquellas páginas y con verdadera delectación leía y releía lo que se afirmaba sobre la gran pirámide de Guiza, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa, la estatua de Zeus, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría. Todo eso era mágico, tanto como ver después, en las fotos siguientes, la muralla china, la torre Eiffel o el puente de San Francisco. De una forma que por supuesto ya da risa, aquel fue mi primer internet, el viaje por el mundo entero que jamás, por cierto, he realizado más que en las páginas de aquel libro maravilloso.

Tengo [tenía] 48. Ese libro estuvo cerca de mi vida, al menos, desde mi adolescencia hasta mis treinta años. Dado el uso rudo que le infligió una familia llena de manos infantiles, al final lo recuerdo sin el forro, pero todavía bien unido por el lomo perfectamente cosido con resistente cáñamo.

¿Cuándo desapareció aquel libro, a dónde fue a parar? Si tuviera su título, el nombre de la editorial, lo que sea, estoy seguro que trataría de conseguirlo nomás para revivir el gusto de emprender aquellos viajes alrededor del mundo en 250 páginas”.

Hasta aquí la evocación. Luego de escribir eso, busqué en Google como pude y añadí esto:
“Posdata media hora después. Luego de escribir los párrafos anteriores, le rasqué a la memoria y di en internet con el mentado libro. Hay muchos ejemplares a la venta en España. Lo compraré, no importa que me salga cariñosa la mensajería que cruza el Atlántico. He aquí abajo la portada. Su ficha bibliográfica es ésta: Maravillas del mundo: prodigios de la naturaleza y realizaciones del hombre, desde las cataratas del Niágara hasta las bases espaciales, Roland Gööck, Círculo de Lectores, 1968, 250 pp.”.

Eso ocurrió en la adolescencia, y al llegar a la prepa se dio otro hecho peculiar que asimismo consigné en algún texto sólo publicado en el blog y titulado “Asombro de los libros”. Cito el pasaje más significativo: “Sin conciencia plena de ese deslumbramiento inaugural, como a los quince años llegaron a mi vida los primeros libros no obligatorios, aquéllos que no eran de texto gratuitos. He olvidado los títulos, pero sé que dichos volúmenes amarillentos tenían un contenido religioso pues mi hermano los había interceptado en un descarte de parroquia y, no sé con qué razón, me los regaló en una caja de galletas Marías. Aquéllos, como ya dije, fueron mis primeros libros no obligatorios, no escolares; eran como veinte o treinta piezas descabaladas, mordidas por los años y todas con páginas color ocre. Recuerdo que los limpié, los pegué, los forré, los ordené y mucho antes de leerlos ya me había enamorado de los libros, de los objetos llamados libros. Así, con la simpleza del azar, empezó mi relación con esos objetos sagrados que hasta la fecha busco y ordeno con la misma emoción infantil que me sobrecoge cuando vuelvo a conseguir alguna novedad editorial”. Desde entonces, pues, comenzó una relación con los libros que prosigue hasta la fecha. Empecé con lo que mencioné y en casi cuarenta años he podido armar, desde aquellos años, una biblioteca que quizá ronde los nueve o diez mil títulos. Creo que es lo único que tengo en términos de propiedad material.

Las buscas de la lectura

He tratado de explicarme por qué comencé a leer, y sospecho que eso se debió a mi flanco tímido. No soy antisocial, pero tampoco me he considerado nunca el alma de las fiestas. Tiendo entonces a la soledad, al aislamiento, zonas de la vida en las que no me siento nada mal. La timidez y la soledad en general tienen mala prensa, suelen ser etiquetadas como negativas en el mundo del exitismo, pero a mí me sirvieron para comenzar a leer. Un día descubrí que tener libros y leerlos me complacía, y repetí y repetí freudeanamente ese placer. Poco después de quedar asombrado ante los libros, di el siguiente paso: escribir. Por supuesto, desde entonces hasta la fecha leer me gusta más, y escribo como una consecuencia casi obligatoria de lo estimulante que ha sido para mí pasar los ojos por los libros.

Leer siempre es un viaje, como lo descubrí en el libro Maravillas del mundo. Un viaje imaginario, pero viaje al fin. Es decir, se trata de un desplazamiento, de una salida de nuestra circunstancia. Gracias a la lectura he podido saciar una necesidad que muchos resuelven con viajes reales, con el alcohol o las drogas, con el cine, con la música, con la locura o el suicidio. Leer me ha permitido conocer otras geografías, moverme en otros periodos de la historia, vagabundear en el alma de muchos hombres, turistear azoradamente en nuestra lengua, enterarme de conflictos que se libran sobre el papel, clavar la mirada en dichas y desdichas ajenas. Todo esto, en la noción vargaslloseana, ha enriquecido mi pobre experiencia individual y me ha granjeado diversas alegrías, como descubrir a Borges y releerlo o saber que Quevedo o Cervantes siempre estarán al alcance de la mano. No quiero decir que la lectura haya tenido, para mí, sólo fines utilitarios o terapéuticos, sino que gracias a la alegría que leer me produce he lidiado mejor con las miserias de la vida que, como cualquiera, enfrento. Esto significa que leer es para mí, en primer término, un acto estético, un ejercicio hedónico, y en segundo lugar todo lo demás.

Cuando la pasión se desborda

Tengo una lista más o menos monolítica de querencias. Es previsiblemente larga, pero no tanto como para agobiar a quien quiera, si es que tal persona existe, hurgar en mis preferencias de lector: Borges encabeza todo, él es quien coloca la bandera en la cima del Everest. Luego de él, Cervantes y Quevedo (ya mencionados), Reyes, Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Rulfo, Arreola, Sor Juana, Kafka, Papini, Schwob, Cortázar, Nabocov, Zweig, Faulkner, Ramón López Velarde, Martín Luis Guzmán, Agustín Yáñez, Rodolfo Walsh, Poe, Conan Doyle, Luisa Valenzuela, Neruda, nuestra Enriqueta Ochoa, Paz, Sabines, Osvaldo Soriano, Julio Ramón Ribeyro, J.M. Coetzee, Umberto Eco, Cioran, Auster, Roberto Fontanarrosa, José Agustín, Juan Forn, Juan Sasturain, Fernando del Paso, Tomás Eloy Martínez, José Lezama Lima, José Martí, Eduardo Galeano, José Revueltas, Vicente Leñero, todos los cronistas de Indias, Salvador Novo, Alejandro Dolina, Guillermo Saccomanno, César Aira, Juan Sasturain, Federico Campbell, Mempo Giardinelli, Miguel Ángel Asturias, Ricardo Piglia, Jorge Ibargüengoitia, Abelardo Castillo, Silvia Iparraguirre, Manuel Mujica Lainez, Juan José Saer, Ricardo Garibay, Rubén Bonifaz Nuño, Sergio Pitol, Carlos Montemayor, Max Rojas, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Efraín Huerta, René Avilés Fabila, Óscar de la Borbolla, Juan Villoro, José Joaquín Blanco, Luis Sepúlveda, Enrique Serna, Hugo Hiriart, Hernán Lara Zavala, Guillermo Samperio, Eduardo Antonio Parra, Luis Humberto Crosthwaite, Julio Scherer, Álex Grijelmo, Horacio Verbitsky, Christian Ferrer, Eduardo Subirats… A ellos debo sumar libros de amigos cercanos y queridos como Saúl Rosales, David Lagmanovich, Sergio Antonio Corona, Gilberto y Javier Prado Galán, Gerardo García Muñoz, Fernando Fabio Sánchez, Vicente Alfonso, Édgar Valencia, Miguel Báez, Daniel Lomas, Daniel Herrera, David Miklos, José Salvador Ruiz, Fabián Vique, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela, Giselle Aronson, Antonio Cruz, Daniel Salinas Basave, Zita Barragán, Atenea Cruz, Roberto Bardini, Felipe Garrido, Rogelio Guedea, Lilian Elphick, María Rosa Fiscal, Jesús Marín, Magda Madero, Gerardo Segura, Alejandro Pérez Cervantes, Alfredo García, Frino, Julián Herbert, Valeria Zurano, Carlos Dariel, Leandro Hidalgo…

Es una lista caótica, ciertamente, pero en este caos, en este tumulto, he encontrado la “grata compañía”, como decía don Alfonso, de libros que leí y ahora, cada vez que puedo, revisito como quien vuelve a la casa familiar, como quien rehidrata lo querido. En cuanto a libros de mi preferencia, en efecto tengo algunos. Por ejemplo, la primera edición (1965) de Para las seis cuerdas, de Borges, libro que me gusta por su forma, por sus grabados y por su contenido; son milongas “que parecen nada”, como dijo Yupanqui, y sin embargo resultan “sonadoras”, tanto que juntas constituyen uno de los libros más importantes de mi vida. Tengo, como libro amuleto, la edición conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia con la firma de Vargas Llosa en la página donde comienza su largo prólogo. También, la obra completa o casi completa de Carpentier, incluida la primera edición (1949) de El reino de este mundo, novela que abrió las puertas de mi total admiración al gran narrador cubano. Quiero mucho asimismo mis primeras ediciones de Zozobra, de López Velarde; Urbe, de Maples Arce; Cuestiones gongorinas, de Reyes; Pedro Páramo, de Rulfo; Historias de cronopios y de famas, de Cortázar; La feria, de Arreola; y varias más que aprecio por su contenido y porque es difícil conseguirlas dada su rareza. Debo añadir que en sentido estricto no tengo un libro favorito, sino que he tratado de acopiar la obra completa, o todo lo que sea posible, de los escritores que admiro.

Ha pasado, sí, que alguno de esos autores me ha movido a escribir tal o cual cuento, tal o cual ensayo. Procuro en general, sin embargo, que la influencia no me pese, lo que es relativamente fácil cuando uno es consciente de que enamorarse de un escritor puede ser peligroso. Trato entonces de no imitar, de ser fiel a lo que me propuse desde hace mucho: asumir mi condición de escritor con todas mis limitaciones y con mis pocas virtudes, si es que las tengo, y trabajar tanto como se pueda sobre todo en el momento de la corrección, punto clave en el proceso creativo.

Ahora bien, una anécdota relacionada con mis libros. Creo que ésta puede servir: en 2001 gané un premio de novela y me dieron 75 mil pesos. No era una fortuna, pero ayudó en algo a la economía familiar, siempre en apuros. Junto con el premio llegó mi amigo Fernando Martínez a decirme que un amigo suyo tenía la tercera edición del diccionario de la Academia y quería venderla a cinco mil pesos. Como yo tenía el monto del premio, decidí hacerme ese regalo, darme un cariño bibliográfico. Lo pagué en dos cuotas y desde entonces tengo ese bello libro, el más viejo de mi acervo, armado en 1791 con la hermosa tipografía de Joaquín Ibarra y Marín, impresor real (o sea, del rey).

Como dice el bolero…

No tengo hábitos de lectura, salvo quizá el de leer donde se pueda y a la hora en que se pueda, e igual pasa cuando se trata de escribir. Dado que soy padre de tres hijas, la situación material siempre me ha exigido trabajar mucho en lo que sé hacer, que es dar clases, editar, escribir para la prensa, coordinar talleres y cursos, dictaminar en concursos, todo eso, oficios que pueden dar para vivir pero no para hacer rico. El tiempo que me queda libre, como dice el bolero, si me es posible se lo dejo a las querencias familiares y luego de eso, el chorrito de tiempo que todavía resta lo aprovecho esté donde esté para leer y escribir. No puedo por ello establecer rutinas, sino que siempre maniobro en las grietas, leo y escribo a saltos. Ahora bien, los fines de semana o los días de vacaciones la situación cambia un poco: escribo y leo tanto como puedo para recuperar terreno. No soy un lector muy veloz, digiero lentamente, siempre estoy atento a la forma, y eso demora el trance de atravesar un libro. Por todo lo que llevo dicho, el baño es desde hace mucho, para mí, un santuario de la lectura.

La creación literaria es el espejo de las lecturas

No sé. Quiero suponer que en el cuidado de la forma sí, no tanto en el contenido. Siempre he leído información relacionada con la escritura, historias del español, gramáticas, diccionarios, libros de texto. Eso que me sirve en las clases también me ha ayudado a conocer un poco mejor la herramienta de trabajo de quien escribe y edita. No escribo como quiero, sino como puedo, pero es un hecho que siempre procuro peinar bien mis renglones, que salgan a la calle sin dar tan mala impresión. Si bien, como le ocurre a cualquier escritor, tal o cual lector me ha dicho que lo mío se parece a tal o cual otro escritor, eso no sucede con frecuencia, lo que es una buena noticia, pues supongo que logro evitar u ocultar bien a los autores que más me gustan, es decir, esquivar su influencia. La verdad, no me gusta la idea de ser una mala copia. Prefiero mil veces ser un mal original.

Editar es como una carta esférica

Comencé por curiosidad, y primero como editor de revistas. Un buen día, luego de conocer el programa Pagemaker, intenté editar un cuadernillo. Con preguntas a diseñadores, con exploración de libros bien editados, leyendo (por ejemplo, ese vademécum titulado El libro y sus orillas, de Roberto Zavala Ruiz) entendí poco a poco tanto la teoría básica como los rudimentos de programas de computadora que con el paso de los años me ayudaron a editar mejor y ser una de mis varias chambas. Este trabajo me gusta mucho, claro, y por ello aprendí todo el proceso: desde recibir (e incluso escribir) el libro en Word hasta recogerlo en la imprenta y presentarlo. Los libros me gustan, ya lo dije aquí muchas veces, y por eso también me agrada la riesgosa aventura de ayudar a que nazcan.

De cómo se disloca la lectura

Leo lentamente, también ya lo dije, porque no paso por los renglones sin pensar en los rasgos de estilo, en el léxico del autor, en las posibilidades de una etimología, en las combinaciones sintácticas, en la puntuación, en la adjetivación. Para muchos lectores todo eso no existe, y disfrutan el libro a su manera, lo que me parece absolutamente legítimo. Yo dejé de ser ese tipo de lector hace muchos años, cuando se me apareció la idea (no sé si llamarla “vocación”) de escribir. Desde entonces la lectura me resulta placentera porque implica todo lo que enumeré. Hace poco, por ejemplo, leí en una clase “El camino de Santiago”, cuento de Carpentier, que inicia así: “Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas…”. Son apenas tres renglones, pero si trato de leerlos hasta el hueso noto que contienen mucha información y un montón de recursos estilísticos que quizá puedo explicar. No es lo mismo decir “Juan andaba con dos tambores a lo largo del río Escalda” que decirlo como Carpentier, con esa poética dislocación de la sintaxis y la elipsis de la palabra “río”, o en la necesidad de saber qué son las “gúmenas” y las “bitas”. En eso me detengo mucho, lo que indefectiblemente ralentiza mis lecturas. Si pudiera encontrar una semejanza con la vida, leo como quien camina por la calle y va admirando edificios, fachadas, jardines, balcones, no como quien la recorre en moto.

Nada se puede añadir al todo

Me da miedo intentar una definición del libro luego de la propuesta por Borges y citada sin piedad cada día internacional del libro: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Aparece, como sabemos, en su conferencia titulada precisamente “El libro” del libro Borges oral. ¿Qué puedo añadir yo? No se me ocurre nada, sólo quizá esta idea que Pierre Menard bien podría aplaudir: para mí, de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

¿Cuáles títulos o autores invitas a leer para empezar a acercarse a la lectura? Todos los que he ido dejando en el camino de estas respuestas y muchos más que no menciono por olvido e ignorancia.