sábado, febrero 20, 2016

Segundo diario mínimo: humor ecológico




















Publiqué este comentario hace quince años. No estaba en el blog. La traigo ahora por razón evidente.

La vastedad intelectual de Umberto Eco no se puede medir con unos cuantos elogios. Arquitecto de una obra literaria y académica impar, Eco es hoy uno de los autores europeos más reconocidos por la crítica y, caso asombroso, uno de los más favorecidos por el éxito comercial. Pocos como él: libro tras libro convalida su tamaño como pensador y libro tras libro aumenta el número de sus receptores. Calidad (literaria) y cantidad (de lectores) reúne como pocos este autor nacido en Alessandria, Piamonte, en 1932.
Famoso sobre todo por El nombre de la rosa, la novela que lo colocó en las crestas de la fama, Eco es, como se sabe, un autor múltiple; de hecho, este autor es varios autores: hay un Eco semiota, un Eco literato, un Eco historiador, un Eco lingüista, un Eco periodista y un Eco etcétera. El penúltimo Eco es el que se manifiesta con toda su malicia y con todo su humor en el Segundo diario mínimo, racimo de colaboraciones aportadas a la revista L’Espresso, particularmente a la sección “La Bustina di Minerva” que desde 1986 es —o era, no sabemos— visitada por una legión de agradecidos seguidores.
El condimento fundamental del Segundo diario mínimo es, inevitablemente, el humor. Con humor, con inteligentísimo humor, Umberto Eco traza sus colaboraciones y sus decodificadores asistimos al banquete de la risa y la razón. Estos artículos parecen el reposet donde Eco se calza las pantuflas y se desanuda la corbata, donde deja de ser el erudito de los Grandes Temas y con su agudeza de siempre reflexiona sobre las minucias de la vida cotidiana que suelen ser desdeñadas por el mundo académico.
La sola lista de las colaboraciones parece un muestrario de inquietudes hilarantes: “Cómo sustituir un carnet de conducir robado”, “Cómo viajar con con salmón”, “Cómo comer en el avión”, “Cómo no hablar de futbol”... El autor de Obra abierta exhibe facultades humorísticas raras en un sabelotodo (esto es literal) de su talla, de donde se puede inferir que los intelectuales no necesariamente son momias ineptas para la risa. Es prudente advertir que los artículos contienen mucha información que demanda un contexto italiano, pues el periodismo exige siempre, quiérase o no, trabajar para un lector inmediato que en este caso es el transeúnte de Milán, Roma, Nápoles, de Italia toda.
No está de más traer algunos bocadillos; del artículo “Cómo usar al taxista”, probemos esto:

Si hacéis una carrera entre un taxista de Frankfurt con un Porsche y un taxista de Río de Janeiro con un Volkswagen abollado, llega antes el taxista de Río, entre otras cosas porque no se para en los semáforos. Si lo hiciera, se le acercaría un Volkswagen abollado, montado por chiquillos que estiran la mano y se os llevan el reloj (...) Por doquier, para reconocer a un taxista hay un medio infalible. Es una persona que nunca tiene cambio.

De “Lamentamos rechazar (informes de lectura para el editor)”, donde Eco juega con el anacronismo e imagina a un dictaminador —moderno y por tanto mercenario— que juzga obras ya célebres; veamos la parte donde enjuicia En busca del tiempo perdido y el asma de Proust:

Es, sin lugar a dudas, una obra que requiere un esfuerzo: quizá sea demasiado larga, pero si hacemos una serie de pockets se puede vender.
Sin embargo tal como está no funciona. Es necesario un vigoroso trabajo de edición: por ejemplo, hay que revisar toda la puntuación. Los periodos son demasiado trabajosos, hay algunos que necesitan una página entera. Con un buen trabajo de redacción, que los reduzca al aliento de dos o tres líneas cada uno, fragmentando más, poniendo punto y aparte más a menudo, el trabajo mejoraría con toda seguridad.
Si el autor no quisiera, entonces mejor dejarlo. Así el libro resulta —como diría yo— demasiado asmático.

No falta pues en el Segundo diario mínimo el buen humor, aunque a veces haya pinceladas del Eco menos conocido, un Eco que discurre por los laberintos de su nostalgia, un Eco que se nos aparece juvenil, tan sincero que apenas puede uno creer que quien así escribe es el autor de Semiótica y filosofía del lenguaje, por citar sólo un caso de obra densa. En “Cómo comer el helado” Eco destroza el consumismo con una situación vivida en su niñez, cuando sus padres le negaban cierto exceso:

Yo, sin embargo, estaba fascinado por algunos chicos de mi edad cuyos padres les compraban no un helado de cuatro reales, sino dos cucuruchos de dos reales (...) Ahora, habitante y víctima de la civilización del consumo y del derroche (como no era la de los años treinta), entiendo que aquellos seres queridos ya difuntos estaban en lo justo.  Dos helados de dos reales en lugar de uno de cuatro no eran económicamente un derroche, pero sin duda, lo eran simbólicamente. Precisamente por eso los deseaba: porque dos halados sugerían un exceso. Y precisamente por eso se me negaban: porque parecían indecentes, insulto a la miseria, ostentación de un privilegio ficticio, jactancioso bienestar. Comían dos halados sólo los niños viciados...

Como la naturaleza, el espíritu también requiere su cuidado ecológico. De allí la importancia del humor, de la escritura relajada que en el caso del Segundo diario mínimo refulge y nos anima a encarar nuestro estrés con una risilla en los labios y con la certeza de que la comicidad es una de las formas de la inteligencia. Al reír de sí mismo y del mundo que lo rodea, Eco nos da, quizá sin pretenderlo, una de sus mejores lecciones. Aprendámosla.

Segundo diario mínimo, Umberto Eco, Lumen, Barcelona, 2000, 323 pp.

Supongamos












Supongamos que un tipo al que llamaremos Juan llega un día cualquiera a la oficina. Supongamos también que afuera ha estacionado un coche de lujo último modelo. Supongamos que lo acaba de comprar, que luego de muchos sacrificios ha reunido la cantidad suficiente para pagar el enganche y sacarlo de la agencia. Supongamos que tendrá muchas dificultades para pagar los abonos, pero si no hay contratiempos —una enfermedad, un accidente, cualquier imprevisto de los que nunca faltan en este país acuchillado siempre por el azar— logrará pagarlo en tres sacrificados años. Supongamos ahora que un compañero de oficina, llamémosle Luis, lo envidia de inmediato porque es lógico envidiar a un compañero de trabajo que de sorpresa trae un último modelo y además porque entre los dos hay, supongamos, una rivalidad inconfesa, todavía no declarada. Supongamos que ambos se tienen recelo porque los dos han mantenido en pie una misma aspiración: conquistar a Ruth, una compañera de oficina supongamos muy bonita. Ahora pasemos a suponer que Juan se adelanta porque un coche nuevo no sólo sirve para avanzar en las calles, sino también en cualquier otro ámbito de la vida. Ruth da la impresión, supongamos, de que muestra alguna preferencia por Juan, y es entonces cuando, supongamos, Luis se engalla y decide pisar a fondo el acelerador (en su caso metafórico, pues no tiene auto). No sabe qué hacer, sólo sabe que de golpe lo invadió una desesperación que no conocía: el coche nuevo de Juan fue el detonante de una angustia definitiva. Nota que Juan confía demasiado en su joya de metal y es allí donde Luis, supongamos, pone en marcha un plan. La suerte lo favorece, supongamos: descubre por accidente que Ruth va los sábados a un curso de repostería fina, y en tres días Luis estudia todo lo que se debe saber sobre ese tema. El mismo sábado llega al curso, se inscribe, y cuando aparece Ruth se encuentran como por accidente. Sin que ella lo note, Luis le demuestra que conoce el asunto, sabe de ingredientes y utensilios, termina la sesión y al rato salen a un café. A partir de allí, supongamos, Ruth va siendo enamorada por Luis, quien no necesita un último modelo para desbancar a su rival. Termina así, supongamos, como novio de Ruth. Ahora bien, supongamos que nadie cree esta historia. Supongamos que en realidad Juan conquista a Ruth con apabullante facilidad y Luis es brutalmente marginado. Supongamos que de nada sirven las clases de repostería, ni la fe de Luis ni el buen corazón de los lectores. Supongamos que un BMW lo mata todo.

miércoles, febrero 17, 2016

Guerra













Había pasado el peor fin de semana en la vida de Meléndez y ya era lunes, al fin. Llegaba a las nueve para ver los pendientes y tener todo listo antes de que apareciera su patrón, don Bernabé, siempre a las diez en punto, sin falla. Esa era la rutina de todos los días, cronometrada. Faltaban quince minutos para las diez, así que a Meléndez le queda un cuarto de hora para saber de qué tamaño sería el latigazo. Veinte años en la empresa lo hacían conocer perfectamente todos los gestos del patrón, cada una de sus características como jefe. Sabía, por ejemplo, de sus estallidos de cólera motivados por minucias, de su sonrisa ladeada cuando algo le provocaba mucha gracia, de su ceja izquierda levantada cuando estaba a punto de fulminar con palabras, de su mirada fija —como perdida— cuando se reconcentraba en una idea perversa. Don Bernabé era dueño de un emporio dedicado a la construcción de obra civil. Tenía intereses en muchos otros negocios, pero el que más le interesaba custodiar era el de la política. Sabía que por allí pasaba gran parte de su éxito, así que siempre procuraba tener sana la comunicación con los hombres que decidían hacia dónde iba a parar la inversión pública. Para eso le servía Meléndez: él era el interlocutor, el hombre de confianza que llevaba los regalos y con frecuencia cerraba tratos previamente apalabrados. El jefe era implacable con todos y al parecer sólo tenía miedo a un ser humano: su esposa. Difusos rumores hablaban de pleitos entre ellos, de secretos y nunca comprobados distanciamientos. Don Bernabé jamás abordaba el tema. Con todos —y esto incluía a Meléndez— sólo trataba asuntos de trabajo, como cuando le encargó conseguir el espectáculo para el aniversario de la empresa. A Meléndez se le ocurrió contratar un cómico. Esa tarde, don Bernabé llevó a su esposa, una señora fría, de gesto inflexible. El cómico fue el deleite de todos los trabajadores, pero Meléndez no despegó la vista de la pareja principal. Los monólogos del cómico trataban temas conyugales en los que se ridiculizaba por igual al hombre y la mujer, y todos reían, menos la señora del patrón. Aquello terminó y don Bernabé salió disparado y sin tomar a su mujer de la mano. Por eso fue el fin de semana más angustioso en la vida de Meléndez. Pero ya era lunes y esperaba la llegada del patrón. Lo vio bajar del Mercedes, vio detrás al escolta, vio que se aproximaba a la oficina. Traía la sonrisa ladeada y la primera frase que soltó fue epifánica: “Gracias, Meléndez. El cómico fue la cereza del pastel. Lo discutimos y por fin ella se larga”.

miércoles, febrero 10, 2016

Cátedra













Casi todos los taxistas son platicadores, pero el que ahora me llevaba a la universidad lo era en exceso. Apenas le dije que íbamos a donde íbamos, preguntó qué tal andaban las humanidades en la escuela. Bien, le respondí con tono amable, pero sin ganas de ir más allá del monosílabo pese a lo sorpresivo de la pregunta. A partir de allí comenzó su conferencia, la descripción del apocalipsis en el que habitábamos. Hay mucha deserción, amigo. Miles de jóvenes abandonan sus estudios a la altura de la prepa y otros tantos lo hacen cuando llegan a la universidad. Las razones son varias, pero la principal es económica, amigo, no tienen para seguir adelante. ¿Luego qué pasa?, se preguntó. Pues nada, que al buscar trabajo no lo hallan o lo hallan muy precario —así dijo, muy precario—, se agarran de lo que sea para mantenerse y a veces, con tal de llevar algo a la casa, se meten en la delincuencia o en los giros negros. ¿Y qué hace el gobierno? Nada, las escuelas cada vez están peor, todas rebasadas por la matrícula, sobrepobladas, jodidas de su infraestructura y también tocadas por la corrupción. Esto tiene consecuencias muy graves, amigo. ¿Qué se puede hacer con todos los desempleados, eh? Es mucha fuerza de trabajo desperdiciada, demasiada capacidad intelectual vaciada en la alcantarilla. En vez de tener gente en el campo, en las fábricas, técnicos bien capacitados, tenemos un ejército de ninis, señor, y por eso vivimos en un país que come, viste y calza con importaciones, una economía petrolizada, una economía jodida. ¿Vea nomás cómo anda el dólar? Se lo está cargando el payaso, y eso que el gobierno ha puesto un chingadazo de reservas sobre la mesa. ¿Pero qué se puede esperar de esos tipos, señor, qué se puede esperar de esa banda de ladrones que ha acomodado todo para beneficiarse y hundir al país, eh? ¿Democracia, democracia la que tenemos? No, señor, estamos muy lejos de vivir en una democracia. Si el voto fuera respetado, de todos modos eso no es suficiente, porque democracia es que todos tengan trabajo, educación, salud, alimento, cultura, cul-tu-ra, señor. Ya ve que no hay nada de eso, todo está en la calle y lo peor es que los tipos que nos gobiernan han armado su circo para seguir allí con la ley en la mano. Ellos solos se candidatean y ellos solos se votan. ¿Y nosotros? Nosotros nada, no respondemos, lo callamos todo. Es un fracaso. ¿Y usted cómo sabe que fracasamos?, me atreví a interrumpirlo. ¿Que cómo sé?, respondió viéndome de lado y sin soltar el volante, retador. Claro que lo sé. Soy sociólogo y míreme, míreme.

sábado, febrero 06, 2016

Encontronazo













Paco recordó a su padre y pensó que recordarlo allí era una confirmación de su buena suerte. Recordó nomás el gesto, la manera despreocupada de tomar el salero y todo lo demás. No recordó palabras, sólo aquel gesto seguro, casi insignificante pero denso de fuerza para decir con él que no pasaba nada, que la tranquilidad sería lo último que perdería. El tipo que venía a amenazarlo medía casi dos metros y usaba el pelo al rape, como militar. Era algo blancuzco, como un vikingo o un árbol en otoño. Se había presentado de golpe en el bar, y casi dio la impresión de que había entrado luego de tirar una patada a la puerta. Airado, sin intimidarse ante los parroquianos, preguntó dónde estaba el tal Paco. El cantinero señaló hacia la mesa del fondo y el monstruo aquel avanzó con el paso firme de quien va directo a derramar su odio. Traía los puños cerrados y la cabeza como echada para adelante, ya todo listo para el zafarrancho. ¿Paco?, preguntó seco y miró casi al mismo tiempo a los tres tipos que bebían cerveza. Paco dijo soy yo y entonces el animal comenzó con su estallido. No te vi, pero te vio mi vecino y sé que fuiste tú quien le dio un golpe a mi coche. Tiene quebrada una calavera y hundido un pedazo del cofre. Es un auto nuevo, dijo, y lo que más me emputa es que no te hayas hecho responsable del daño. Todo lo decía a gritos, y en medio de los gritos incrustaba maldiciones que añadían violencia a la situación, y salivaba. Paco se mantuvo en silencio. Tenía miedo, casi terror, pero algo le decía que lo mejor era permanecer quieto, no soltar una sola palabra hasta saber claramente la intención del agresor. Sabía que sí, que tuvo la culpa del golpe al coche nuevo del grandulón, y que en vez de quedarse a responder por el perjuicio se había ido sin mirar atrás, pero no dijo nada. El monstruo repitió la descripción de la escena y exigió el pago inmediato de los daños. Paco ya sabía qué iba a responder. Le diría al bruto que sabía que al dar reversa le pegó a algo, pero tenía mucho apuro y pensaba volver luego para pagar. También sabía que ese día estuvo en la casa del bruto y se vio con su mujer, y que salió corriendo cuando supo que el monstruo volvía intempestivamente del viaje. Traía dinero para pagar el daño —un daño menor si se miraba bien— y entonces recordó a su padre. Sin alterarse, antes de buscar su billetera en la nalga derecha, se arrojó un poco de sal al envés de la mano izquierda y se dio un tranquilo, un confiado lengüetazo con sabor a paz.

miércoles, febrero 03, 2016

Reencuentro


















A diez metros estaba Nancy escogiendo sus legumbres, su fruta de la temporada. Omar la miraba con los ojos casi pegados a la visera, fija la gorra de beisbolista en el cráneo que dejaba escapar unas patillas cortas y un poco de melena sobre la nuca. Notó que le seguía gustando, que había ganado kilos, como todos, pero tenía aún ese aire distinguido que tanto lo maravilló cuando ambos entraron a la escuela de administración. Habían pasado 25, 30 años, daba lo mismo, era mucho tiempo sin verla. Quiso abordarla en seguida, sorprenderla con un toquecito en el hombro, esperar que diera la vuelta y estallara en un gesto de desconcierto y luego una sonrisa de alegría, de esas sonrisas un poco incrédulas de los reencuentros inesperados. Omar buscó otro ángulo, simuló que calculaba la madurez de una sandía mientras ella apretaba levemente la consistencia de unos tomates. La indecisión de abordarla sin más demora tenía varias razones. La primera era simple: ¿y si en cualquier momento aparecía el esposo o el novio o lo que fuera? Omar no quería verse forzado a saludar hipócritamente, a que lo presentaran como amigo de la universidad y luego dos o tres frases más de trámite hasta llegar al “bueno, un gusto verte”, de despedida. La segunda razón era más difusa y se perdía en el recuerdo de un malentendido. Él le ofreció noviazgo, ella dijo espérame, él se hizo mientras de otra novia y cuando ella estuvo lista él ya no reaccionó; luego el trabajo fuera de La Laguna y más de dos décadas sin saber de ella hasta esa mañana en el supermercado. Seguía linda, cómo no, lo confirmó cuando, a cinco metros y colocado tras una barricada de papas y de precios fosforescentes, la vio de espalda. Unos jeans ajustados, bien embutidos, una blusa sobria y la cola de caballo muy juvenil, pese a la edad. ¿Estaba sola? ¿Tenía hijos? ¿Terminó la carrera? ¿Trabajaba? La ropa delataba que no le iba mal, y para confirmarlo ahí estaba el carrito bien cargado de víveres. Logró aproximarse un poco más, mirarla de perfil. La blusa se levantaba firme en el pecho mientras ella, muy concentrada, calculaba ahora el punto de los aguacates con sus hermosas manos blancas de siempre. No aparecía el esposo o el novio, Nancy andaba sola. Había llegado el momento de abordarla. Omar avanzó cinco pasos y le dio los golpecitos en el hombro. Al voltear, dijo el nombre mágico como afirmación, no como pregunta: “Nancy”. Ella dibujó una sonrisa educada: “No, no soy ella, señor”, dijo y siguió con los aguacates.

sábado, enero 30, 2016

Escritor




















Sentía que había perdido la inspiración, y ya no escribió nada, se dejó morir como escritor. Sólo a veces, como esa noche, imaginaba historias en la aridez de su mente, como aquélla del asesino que avanza sigilosamente. Va a la casa —a la caza— de un tipo al que no conoce. Sólo sabe que es profesor, que se llama Julio Pastrana y que se involucró con la mujer equivocada. En la gabardina trae el arma. Hace frío y el viento lo intensifica, lo hace calar hasta el esqueleto. Piensa en el plan que ha diseñado. Tocará la puerta, el tipo abrirá y entonces cruzarán un breve diálogo. “¿Es usted Julio Pastrana?”, preguntará el asesino. Pastrana dirá que sí, desconcertado. En la mano seguramente tendrá un libro, y también seguramente vestirá ropa cómoda, quizá una bata de franela, el atuendo ideal para un domingo de invierno. El asesino le dirá que trae un mensaje, y Pastrana lo hará pasar unos metros sólo para no mantener libre la entrada del aire helado. Ya dentro, el asesino dirá que no trae ningún mensaje, que mintió, y de inmediato sacará la pistola con la que matará a Pastrana. Tras disparar, se pondrá los guantes, saltará el cadáver, llegará hasta la habitación del profesor y hasta el escritorio ubicado en la biblioteca. Lo que sigue es simple: revolverá papeles, cargará una cámara fotográfica, un reloj y dos anillos, lo que haya de valor para simular un robo. Poco después, cuando ya haya desbaratado lo suficiente el orden de la casa, volverá hacia el cadáver o lo que el asesino ha creído que es un cadáver, quien ensangrentado lo esperará ya con una pistola lista para ser activada. El asesino no tendrá tiempo para tomar su arma ya oculta en los pliegues de la ropa, pero entonces sucederá algo extraordinario: Pastrana no conserva fuerza y se derrumbará sin disparar. Ahora sí, el asesino ganará la calle luego de cerciorarse, por la ventana, que no pasa un alma. Cuando ya se alejó lo suficiente, reparará en un detalle: si el muerto no estaba completamente muerto una vez, bien podría no estarlo dos veces, y lo delatará. Decide regresar para el remate. En el camino se arrepentirá. No es necesario hacer nada. Recuerda que en efecto es un asesino a sueldo, pero sin consistencia física, ni siquiera consistencia escrita. Se trata apenas de un pobre asesino imaginario, de un hombre cuya historia apenas existe en la agotada mente de un escritor retirado. El asesino reanudará su huida y por dentro maldecirá al escritor que no lo ha escrito.

miércoles, enero 27, 2016

Castigo














Ahora le dicen bullying, tiene un nombre. Antes, cuando fui niño, sólo le decíamos burla o golpe. Supongo que era lo mismo: un tipo o una tipa sin escrúpulos, más fuertes, más hábiles y más cínicos, arremetían contra alguien hasta pulverizar su ánimo y dejarle bien sembrado el terror. Eso fue lo que sentí cuando me tocó la hora de sufrirlo. Quien me aplicó la tortura fue un niño de ojos achinados al que apodaban El Meñe, uno de esos babotas que reprueban un año y cuando entran a otro grupo ya han crecido y se convierten en jefes sólo porque tienen más centímetros de estatura. Lo detecté de inmediato. Cuando llegué a ese grupo vi que El Meñe era el hostilizador. A todos, sin excepción, los dominaba con la pura amenaza de los golpes, de manera que nadie se le insubordinaba. Además, dos o tres compañeros conformaban para él una guardia pretoriana que en sí misma era disuasiva. Quien se atreviera a algo con El Meñe podía sufrir, antes que nada, el ataque de su séquito. Quejarse ante un maestro, denunciar sus métodos en la dirección, confesar el miedo ante una madre, todo era demasiado riesgoso, pues si no lograban detenerlo su venganza podía ser inmediata y brutal. Esa circunstancia permitía que El Meñe y sus secuaces se apoderaran de las actividades estudiantiles, eran los que pedían cooperaciones y de allí sacaban, obvio, raja. Yo no lo entendía con claridad, estábamos en secundaria, pero borrosamente sospechaba que El Meñe sería algo en el futuro, un líder o algo así. Sólo una vez vi que alguien se le puso enfrente; un compañero muy callado se le plantó, lo encaró. El Meñe aceptó el desafío y se dieron un tiro afuera de la escuela. Ganó el que tenía que ganar, por mucho: El Meñe. Tenía además una costumbre: agarrar un puerquito rotativo. Lo humillaba un mes y luego pasaba a otro, y a otro y a otro. Cuando tocó mi turno padecí el horror, como ya dije. Recuerdo que varios días lloré en silencio, pues El Meñe era cruel e invulnerable. Pasó encima de mí y luego siguió con otro, pero los estragos de miedo que me dejó duraron mucho tiempo. Todavía en las épocas de mi carrera lo recordaba, sentía una especie de estremecimiento y un vago deseo de venganza. Pero, sin darme cuenta, lo olvidé. Creo que la disolución de mi odio era signo de que el tiempo me sanó. Pero hoy, mientras esperaba el verde en un semáforo, lo vi con alegría. Era él. Repartía volantes políticos a los conductores, como candidato. El destino se había vengado por mí y por muchos agraviados: El Meñe aspiraba a ser diputado por el Partido Verde.

miércoles, enero 20, 2016

Gordo














El sujeto era gordo, alto y de pelo crespo, pero su rasgo más sobresaliente estaba en que se movía con la lentitud de un tráiler a punto de estacionarse. Lo vi durante cinco años, siempre en el mismo rincón del café, siempre vestido con pantalón caqui y una camisa inmensa, de cuadros chicos y desfajada. Me caía bien porque, como yo, no saludaba a nadie, simplemente entraba y a paso cansino llegaba hasta su mesa, se instalaba con dificultad y le servían un café que ya no pedía pues los meseros sabían que eso deseaba, además de una canastita con pan dulce. El gordo caía allí de lunes a viernes de seis a siete, siempre en punto, exacto como las desgracias. Cargaba un libro y leía unas páginas, bebía tres tazas y despachaba sin falla dos piezas de pan. Toda su rutina era parsimoniosa y precisa, e igual, sin decir palabra, en cámara lenta, dejaba dinero sobre la mesa, se levantaba otra vez con dificultad y salía. Recuerdo que noté algo: cuando abandonaba el local todos los comensales lo mirábamos intrigados. Seguramente había unanimidad en los pensamientos: ¿quién era ese gordo inquietante?, nos preguntábamos. La ciudad ya no es lo que era hace algunos años, cuando todos se conocían y el chisme era comunitario, pasto para mitigar el aburrimiento. Ahora podía llegar un gordo al café y aunque su presencia fuera notoria y recurrente ya se daban casos de aislamiento total, de anonimato perfecto. Cierto jueves reparé en su ausencia. Pregunté a un mesero y me dijo sólo una palabra: murió. Dije ah viendo a otro lado y no pregunté más. Pasaron unos días y una tarde llegué al café. Todas las mesas estaban ocupadas, salvo la del gordo. Fui hacia allá, me senté y pedí lo de siempre. Al día siguiente ocurrió de nuevo, caí en la mesa del gordo. Al tercer día había muchos espacios disponibles en el local, pero adrede fui a sentarme en el mismo lugar. Poco a poco, tarde tras tarde, tomé posesión de aquel espacio y repetí la rutina tal y como lo hacía el gordo, sólo que yo nomás fulminaba una pieza de pan. Aprendí a cargar libros y a simular interés en ellos. Una tarde, al salir, vi que todos me miraban. Sospecho que se preguntaban quién era yo. Me gustó vivir en ese misterio, desconcertar a la concurrencia, crearme un aura intrigante. Más que el café, más que el pan, más que el libro mentiroso, lo que comenzó a deleitarme era sentir que otros me veían como veíamos al gordo, que en paz descanse.

sábado, enero 16, 2016

Ksntpka















De la afamada —aunque sólo entre cierto público— editorial Isis, el capítulo XXII del libro Costumbres describe la peculiaridad de la tribu ksntpka nativa de una isla perdida en el Índico. Es un pueblo pacífico dado que no tiene vecinos contra los cuales reñir. Por esa misma razón carece de envidia y sus miembros todo lo comparten con un sentido absoluto de la desposesión. Las mujeres y el alimento son sus dos únicas fuentes de placer, pues se trata de una sociedad dominada —y en esto no se diferencia de muchas otras— por los machos. Como todo es de todos, casi siempre tienen lo que necesitan, no lo disputan, viven en entera libertad y puede afirmarse que son inmensamente felices. Salvo una, no tienen leyes, o si las tienen, son tácitas, sobrentendidas, casi ajenas al discernimiento. La única ley que los guía es que todo es de todos. Entre ellos no existen pues los pronombres “mi” o “tu”. Para decir, por ejemplo, “mi comida”, en su código expresan algo así como “la comida”, de ahí que mientras un ksntpka come, otro puede, sin mayor conflicto, meter la mano en la vasija ajena y hacer lo mismo; esto también explica su serena promiscuidad. En cuanto a los hijos, se sabe que los crían con amor colectivo, es decir, que actúan como si todos fueran padres y madres de todos los pequeños. Los adultos enseñan a cazar a los varones de menor edad, y un joven hoy puede tener un instructor y mañana otro. Los ksntpka son excelentes en la pesca; se internan en el mar y luego de unas horas regresan con espléndidas presas. Como todo es de todos, cuando pescan un gran ejemplar todos pueden decir “yo lo atrapé” sin que se moleste el verdadero autor de la hazaña, pues él también puede afirmar, con idéntica sensación de mérito, “yo lo atrapé”. Gustan, como cualquier pueblo, de las ceremonias. Como no tienen dirigentes, cualquiera sabe invocar a los dioses y cualquiera acepta sacrificarse en una sesión bárbara de golpes. Luego de pedir que kagtaka —su diosa de la luna— descienda, todos, incluidos los niños, arremeten a puñetazos y puntapiés contra un sujeto que funge como mártir. El sacrificado queda molido, pero en su dolor entra en trance y siente una comunión con kagtaka, el éxtasis. Pese a esa liturgia bestial, no son pocos los que se anotan para representar al aykugkay , "el sacrificado", y se han dado casos en los que un aykugkay es elegido dos o tres días sin interrupción hasta que muere, lo que representa el máximo honor en esa peculiar comuna. Son dos los requisitos para ser aykugkay: no ser mujer ni menor de edad, lo que asegura la supervivencia de los ksntpka.

miércoles, enero 13, 2016

Fantasma



















Roberto aceptó ir a la casona porque le gustaba Lily. No sabía por qué a casi todas las mujeres les daba por disfrutar historias de terror, pero aprovechó esa inclinación para acercarse y ver hasta dónde podía llegar con ella si es que ella quería llegar a cualquier punto con él. A Lily le habían pedido en la carrera un cortometraje y tuvo la ocurrencia de escribir un guion pretenciosamente gótico, casi tan disparatado como un vidoclip. Un día lo citó en el café para compartirle el proyecto, pues en teoría a Roberto le apasionaba el cine y algo podía agregar al éxito del corto. Esa misma tarde quiso decirle que todo sonaba absurdo, que la oscuridad, las telarañas artificiales y ciertos efectos de sonido no bastaban para producir espanto, pero prefirió guardarse los comentarios, elogiarla por la fluidez de la pequeña trama y alentarla a "filmar". Lily le informó que ya había reunido al equipo que la ayudaría. Consiguió un camarógrafo (que también sería el editor), un músico, cuatro actores, una vestuarista, un maquillista y un asistente de dirección (su hermana). Roberto no sintió un átomo de identificación con el proyecto, pero Lily le gustaba y no podía quedar al margen. “Si quieres, yo hago la foto fija”, le dijo. “¿Y qué es eso?”, respondió ella. “Es la fotografía que se hace mientras filman. Las imágenes son un detrás de cámaras y también son útiles para la publicidad que luego se hará de la película, como se estila en las superproducciones”. Lily quedó encantada con las bondades atribuidas a la foto fija, y aceptó. Pasada una semana llamó a Roberto para convocarlo a una reunión con "el equipo". En la junta él notó que todos eran muy jóvenes, casi preparatorianos. Desbordaban atención, camaradería, el entusiasmo más o menos habitual de quien encara una gran aventura. Uno de ellos, el de mejor pinta, haría el papel protagónico y fue quien participó más en el diálogo con Lily. Llegó el día del rodaje, un sábado. La directora-guionista los había citado en una casona abandonada, aterradora sólo en el sentido polvoriento de la palabra. La grabación comenzó, todo anduvo bien y Roberto tomó fotos hasta que sucedió lo inesperado. El guion original no indicaba que al protagonista se le aparecía una fantasma vestida con deliciosas mallas de bailarina y algunos velos. Lily hizo esa modificación del clímax, y ella, por supuesto, a falta de otra actriz, actuó la escena. Como en las peores telenovelas, hubo un largo beso final entre el protagonista y la fantasma exprés. Roberto siguió en la foto fija, como se estila en las superproducciones.

domingo, enero 10, 2016

De Ax y sus maravillas
























Desde hace meses traía el pendiente de subir mi presentación, y la prasentación del propio autor, Alfredo Hernández (Torreón, 1943), a El prodigioso reino de Ax (Ayuntamiento de Torreón-SEC, 2013, Torreón, 97 pp.), libro que me sigue pareciendo, a un tiempo, desconcertante y hermoso. Subsano aquí esa deuda.

De cómo tuve noticia sobre Ax
Jaime Muñoz Vargas

El 24 de mayo de 2013 fui invitado a enunciar unas palabras en el homenaje que rindió San Pedro de las Colonias, Coahuila, a dos de sus ciudadanos más valiosos: el matrimonio de la poeta Concha Luna y el dramaturgo y narrador Alfredo Hernández. Asistí gustoso, seguro de que el reconocimiento era más que merecido, pues Concha y Alfredo son, para mí y para muchos que los conocemos, dos excelentes escritores y dos de los promotores culturales más entusiastas de La Laguna.
Al final de la ceremonia tuve la suerte de conversar en corto con Alfredo. Recién había elogiado en público sus relatos breves, y le insistí que debíamos hacer algo para verlos publicados. Fue entonces cuando, ya casi en la despedida, exactamente afuera de la Casa de la Casa de la Cultura de San Pedro, Alfredo soltó a regañadientes: “Tengo por allí unos textos que quizá puedan servir para algo. Hace muchos años publiqué algunos en el DF, pero necesito revisarlos y ordenarlos, pues no he vuelto a ese material en mucho tiempo. Lo llamé ‘El prodigioso reino de Ax’, y es una relación de cosas útiles, animales diversos, plantas, flores, minerales, asesinos, salteadores, músicos, poetas y demás gentes de buen y mal natural que hicieron grande y poderoso al reino de Ax. De eso trata más o menos”.
Algo me latió al oír este sumario. Sospeché de inmediato, basado en las microficciones de Alfredo que poco antes leí con motivo del homenaje, un valor literario que provocó mi inquietud y, claro, mi respuesta más apurada: “Mándame eso, maestro. Suena muy bien”.
Pocos días después envié una carta a Alfredo para preguntarle por Ax. Le dije que no había olvidado la propuesta y que esperaba con ansia el material. Respondió que estaba trabajando, que debía releer, pulir, reordenar todo. Esperé, y luego de unas semanas me llegó la primera tanda de estampas de El prodigioso reino de Ax. Apenas clavé el ojo en las cuartillas y advertí que se trataba —así, sin avisar— de uno de los libros más inteligentes y divertidos escritos en la historia de la literatura lagunera, pues en él su autor nos lleva a un mundo remoto y delirante, un reino poblado por objetos y criaturas del más extraño pelaje que, entre otros méritos, obligan a reflexionar sobre la condición ficcional inherente a buena parte de la escritura histórica. Acuñadas con exquisita prosa, vi que las estampas sobre Ax hacían guiños de jocosa y borgesiana erudición, y con ellos nos instalaba en la certeza de que el hombre, haga lo que haga y viva en la época en la que viva, siempre será un bicho estrambótico, un creador de desvaríos, un ser más próximo a la locura que a la razón. Pensé que era fácil augurar un inmediato aprecio a las páginas de este libro, animal bibliográfico tan asombroso que también parece obra del prodigioso reino de Ax y no de la literatura amonedada habitualmente en la Comarca Lagunera. Lo demás fue trabajar un poco con Alfredo y pedir a Luis García González el trabajo de ilustración que tampoco dudo en calificar como excelente, un complemento gráfico digno de total admiración y gratitud.
En resumen, El prodigioso reino de Ax es un libro que no debemos eludir. Su imaginación y su filoso humor nos obligan a celebrar la presencia de Alfredo Hernández, una presencia que da gusto reencontrar y compartir.
Comarca Lagunera, 22, octubre y 2013

Introducción al prodigioso reino de Ax
Alfredo Hernández

Aquel que fue declarado territorio estéril por los descubridores ingleses y portugueses, lugar proclamado maldito por los viajantes que posteriormente rescataron unos cuantos manuscritos conservados hasta la época presente, fue el reino de Ax cuyo recuerdo estuvo a punto de desaparecer. Un yermo de planicies inmensas cubiertas con un manto milenario de sal guarda las reliquias de aquel país que se desarrolló entre el prodigio y la locura de sus gobernantes, más lo segundo que lo primero. Historiadores de todo el mundo en todas las épocas han intentado penetrar en el misterio del lugar y el tiempo de este reino.
Más espesa que la capa salina que cubrió el territorio es la conjura que se propuso borrar todo rastro del paso de los hombres de Ax sobre la tierra. Esa confabulación provocó en muchas mentes el deseo de saber más de lo que las tradiciones y leyendas han transmitido. Contando con los amarillentos y quebradizos papeles de que ya dimos noticia, muchos alientan la esperanza de encontrar aquellas ciudades con palacios de muros de esmeralda.
Algunas mentes brillantes lograron penetrar en el misterio y acordaron mantener en secreto la historia para que los hombres del futuro, tú y yo, buscáramos nuestro propio camino sin las referencias de lo sorprendente que esconde la memoria de Ax.
De la colección de documentos conservados en la biblioteca del venerable J. L. Casares pudo extraerse el «Nova Totivs Terrarvm Orbis Geographica Ac Hydrographica Tabula, del auct: Henr: Hondio». En ese mapa, realizado en el primer tercio de 1600, aparece un espacio abajo del «Mar de India», la región «Terra Australis Incognita» que algunos identifican como asiento del reino perdido. El padre G. de Ockham, poco antes de ser excomulgado por el papa Juan XXII, descartó esa idea y propuso buscar en el lugar que hoy es conocido como Triángulo de las Bermudas, muy cerca del sitio donde se dice que se encontraron ruinas que confirman la existencia de la Atlántida.
En cuanto a la época del florecimiento de la cultura de Ax, nadie se pone de acuerdo, pues si bien Pitágoras emplea como metáfora la belleza física de todos los hombres y mujeres de aquel territorio, Tucídides introduce en La guerra del Peloponeso a uno de los embajadores griegos que tiene conocimiento exacto del lugar preciso donde se desarrolló la grandeza de aquel pueblo, sólo que éste no pronuncia palabra en todo el encuentro con los lacedemonios. Pero hay más todavía. Artistas, filósofos, historiadores, religiosos y buscadores de tesoros manejan secretamente algunos trozos de información que intercambian en medio de rigurosos acuerdos y luego cada uno a su manera intenta reconstruir el mapa real donde se ubica el lugar que ha motivado tantos afanes. Han pasado muchos años desde que el primero de estos hombres dio a conocer la estatuilla de bronce de la reina Tit en aquel oscuro museo de historia natural de un remoto poblado boliviano, confirmando con ello la existencia de lo que hasta entonces sólo había sido conjetura.
Todo lo referente a los hechos que ningún historiador quiere registrar, han sido transmitidos de boca a oído. Aún no hay nada escrito, salvo estos pocos registros recuperados del arca de hierro de un anticuario egipcio muerto en extrañas circunstancias. Pero esa es otra historia y no se relatará en estos documentos por temor a caer en imprecisiones o falsedades.

Tres en uno












Cuando despertó, Gregorio Samsa todavía estaba allí convertido en un horrible escarabajo, pero no supo si era Gregorio Samsa soñando que era un horrible escarabajo o un horrible escarabajo soñando que era Gregorio Samsa.

sábado, enero 09, 2016

Azqueles
















En otros lugares les llamas hormigas u hormiguitas, y aquí les decimos azqueles o asqueles, con “s”. En verano son infalibles y aparecen querámoslo o no, como los enemigos. Cuando me cambié de departamento aparecieron en el baño, sólo allí. Entraban por el borde de la ventana y comenzaban su descenso infatigable. Pronto los vi por todo el piso de mi habitación, buscando. Mi nuevo hábitat no tenía cocina, así que esos insectos poco podían esperar. Tuve la esperanza de que desaparecieran ahuyentados por el vacío. Pero no, durante varios días seguí viéndolos. No eran muchos; tal vez, a lo sumo, alcancé a contar treinta ejemplares bien distribuidos, todos afanosos de hallar algo. Un día pensé en buscar un espray para eliminarlos. Lo malo es que siempre olvidé comprarlo. Lo anoté incluso en un papelito, pero por cualquier razón jamás fui al súper por el fumigante. Poco a poco me hice a la idea de convivir con esos insectos. Recuerdo que me sentaba en la taza y en vez de leer como acostumbro mientras prescindo de lo demás, miraba los recorridos más o menos fijos. Unos subían, otros bajaban, todos con las manos vacías (es un decir), pues ahora desayuno, como y ceno fuera y no podía haber restos de alimento en mi habitación. Vi que seguían los mismos rumbos, que se guiaban en un sendero predominante e invisible. Alguno desviaba el camino, pero la mayoría no violentaba la ruta. Cuando se topaban de frente hacían un pequeño alto, como quien se cruza con el vecino e intercambia un breve saludo. Yo, no lo he dicho, vine a vivir solo a este departamento sin cocina porque lo perdí todo tras mi separación. Pensé, en esas horas de delirio que a veces produce la soledad extrema, que los insectos eran mis compañeros, y se me ocurrió la locura de tolerarlos, de no pensar otra vez en su exterminio. Y más: de alimentarlos. Había visto que les fascinaban los huesos con algún vestigio de carne, así que una noche fui al restaurante, pedí costillas, y en vez de dejar los restos en el plato los guardé en la bolsita de supermercado que llevaba especialmente preparada para el caso. Llegué luego a mi departamento y dejé dos huesos. En la madrugada sentí ganas de orinar, fui al baño y vi que los restos eran invadidos por una legión de azqueles. No supe qué hacer, se me fue el sueño y dejé todo como estaba. A la mañana siguiente, los huesos aparecieron ya abandonados, blancos. Desde entonces ya no pongo nada. Sólo veo y observo a mis treinta azqueles, los que me han sido leales con o sin dádivas.

viernes, enero 08, 2016

Chapo reciclado




















Escribí este pequeño soneto (valga el pleonasmo) para no olvidar el bello día que estamos a punto de terminar. En México, como en cualquier parte del mundo, no hemos estado al margen de las cortinas de humo. Nuestra novedad, nuestra peculiaridad, en todo caso, está en la terca rehidratación del procedimiento, de manera tal que con esto nuestro gobierno ha inventado una forma completamente original del reciclaje. ¿Cuánto más podrá servir el mismo asunto para distraernos? No lo sabemos. Eso sólo pueden saberlo dios y la Secretaría de Gobernación.

Chapo reciclado
Atraparon al Chapo nuevamente
—a ese Chapo que dicen es el Chapo—
vaya historia sin par, sin referente
vaya manera de exprimir al capo.

Se afirma que el Estado delincuente
lo usa, le coloca cualquier trapo
y lo exhibe en el juego recurrente
del tipo que se cree muy listo y guapo.

En este laberinto de patrañas
con tanta información de nebulosa
debemos tratar de darnos mañas:
saber cuál es veraz, cuál falsa o sosa
evitar la tv, que no nos pierda
ni nos hunda entre tanta y tanta mierda.

sábado, enero 02, 2016

Cuando los libros se van

















Nomás un puño de tierra, eso dice una canción al referirse a lo que nos llevamos tras la muerte: nomás un puño de tierra y a veces ni eso cuando optamos —o cuando nuestros familiares optan— por la cremación. Todo lo que poseemos, entonces, lo mucho o lo poco que poseemos, se queda aquí, en este valle de lágrimas en el que sólo respiramos un ratito.

Ante lo brutal de ese destino pleno de desposesión, ante el “no-ser” que decía Lezama Lima, suele no quedarnos más que pensar en lo que hemos acumulado, sea poco o sea mucho, y elegir en qué manos terminará. Por lo general, quienes se han preocupado mucho por tener saben a dónde irán a parar sus tesoros luego de la muerte: la esposa, los hijos, el pariente más cercano se quedan con la herencia, con las casas, los vehículos, las joyas, el dinero y todo lo que guarde algún valor visible, indiscutible.

¿Pero qué pasa si el futuro muertito ha sido un acumulador de libros y no de otros objetos fácilmente intercambiables en el mercado? Sabido es que quien abraza el vicio de los libros no toma las providencias necesarias para heredarlos; sabe qué hacer con sus otras posesiones, si es que las tiene, pero no con los libros. Algo extraño ocurre en estos casos: los libros son acaso percibidos como imperecederos y las bibliotecas como entes ajenos a la dispersión, a la pulverización. Si durante treinta, cuarenta o más años descansaron en una estantería, no hay razón para pensar en el término de su vida en comunidad, es decir, en el fin de su existencia como biblioteca personal.

Lamentablemente, el tiempo, esa sustancia invisible que siempre es cruel con el hombre, también lo es con las bibliotecas personales. Más de una numerosa, bien armada, sólida, llena de títulos fascinantes y lujosos, ha terminado convertida en nada, dispersa, diluida en librerías de viejo tras la muerte de su dueño. Lo digo por experiencia. Pertenezco a una generación que comenzó a comprar libros hacia la década de los ochenta. Además de los nuevos que adquirí desde las primeras épocas del intruso celofán, compré, y sigo comprando, en librerías de viejo. Allí he hallado joyas, libros que de otra manera jamás hubieran llegado a mis manos. Pues bien, no ha sido infrecuente que en esos espacios aparezcan títulos antes pertenecientes a bibliotecas bien armadas. Lo sé porque ostentan firmas, sellos de goma o ex libris de escritores y periodistas de mi región.

¿Y qué pasó, por qué llegaron esos libros hasta allí? Es fácil conjeturarlo. Al morir, los familiares quizá supieron qué hacer con el dinero y otros bienes heredados por el desaparecido, pero no con sus libros. Resolvieron entonces por el camino fácil: vender en las librerías de segunda mano, tal vez en bulto, indiscriminadamente, bibliotecas enteras. Luego, como pirañas, a granel, hemos ido apareciendo los compradores y nos hemos llevado por separado los libros que antes estaban juntos y formaban una biblioteca.

Mi amigo argentino David Lagmanovich tomó providencias. Murió en 2010, había nacido en 1927, y antes de llegar a los ochenta organizó y catalogó su enorme biblioteca y mediante convenio la donó a un centro cultural de San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino. Esa biblioteca siga en pie, reunida en un solo espacio y es útil para quienes desean consultarla.

Por más que el futuro se pinte como sólo digital, es pertinente que los dueños de bibliotecas sepan que la vida sí se acaba y que sus libros pueden quedar en buenas manos, salvados de la despiadada venta. Organizarlas y donarlas con cuidado puede ser quizá su último acto de amor por los libros, los (sus) queridos libros arracimados en una biblioteca personal.