Me había
ido bien y allí mismo, afuerita del bar El Nopal, sentí la obligación de
ayudarlo. Tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto y ya había perdido tres
dientes. Los que le quedaban eran grandes y amarillos, y cuando hablaba le
salía una voz cavernosa, triste, una voz como emitida desde el fondo de un
desastre. Era él, ahora de bolero lumpen, casi cuarenta años después de haberlo
conocido. El tatuaje en el brazo —un ojo con tres lagrimitas oscuras— me ayudó
a identificarlo. Era él. Me atreví a preguntarle mientras lustraba mis zapatos.
Usted ya no se acuerda de mí, le dije. Levantó la cara sin dejar de cepillar
uno de mis empeines. No, patrón, la verdad no. El enrojecimiento de sus ojos
mientras miraba hacia arriba y el pelo desgreñado y brilloso por la suciedad le
dieron por un instante cierto aire de divino rostro sin corona de espinas. Bajó
la cara y siguió con su chamba, concentrado ya en el jabón de calabaza. Yo lo
conozco, amigo, le dije. Usted vendía lonches. Ah, sí, respondió, de eso
hace un chingatal de años. Pero ya ve, me acuerdo de usted muy bien. Usted se
ponía en la Presidente Carraza y la calle Blanco, en su carrito, agregué para
que tuviera mejor noticia de mi buena memoria. Y recordé más. Él boleaba y yo
le compartía uno de mis mejores recuerdos de la infancia. Ahí voy, con el poco
dinero que había disponible. Me alcanzaba para un lonche de mortadela y al
llegar le pedía, como bocadillo de entrada, las “chichitas” del pan, los picos
que quitan y tiran los loncheros antes de preparar lo que sigue. El tipo me los
daba sin chistar y poco a poco se hizo costumbre: me veía venir y ya tenía
seis, ocho o diez picos de francés, y yo era feliz en ese instante. Así hasta
que salí a estudiar a Durango y así hasta que, sin darme cuenta, el lonchero
desapareció hasta el reencuentro de hoy. Usted siempre me regalaba los piquitos
de pan, remaché. Ah, respondió sin emoción. ¿Y por qué dejó los lonches y ahora
bolea?, pregunté. Me fue mal, amigo. Me gusta tomar. Hago esto sólo para seguir
tomando, ya qué, dijo mientras untaba grasa El Oso al mocasín. ¿Toma aquí en El
Nopal? Sí, dijo. Entonces voy a pedirle un favor. Soy amigo del dueño. Ahora
mismo vamos y le decimos que usted ya jamás pagará aquí sus tragos. Cada vez
que venga, que le abra una cuenta y yo la pagaré. Volvió a mirarme desde su
banquito portátil de bolero. Vi en su mirada que no me creyó, pero yo le
hablaba en serio. Yo le iba a pagar una alegría con otra.
miércoles, marzo 16, 2016
sábado, marzo 12, 2016
Lotería
Siempre,
siempre me fue mal, pero ya no estoy para quejarme. Espero al médico para una
revisión cardiaca de rutina y aquí, en esta salita de consultorio, recordé la
serie de lotería. Aquello ocurrió hace quince años, en la antesala del
oculista. Esperaba mi turno cuando vi en una silla aledaña la sección deportiva
de La Opinión. La tomé casi desganadamente y allí apareció la tira de
billetes. La secretaria del doctor andaba en otro lado, yo era el único
paciente en espera de turno, así que nadie podía verme y tomé la tira. Mi vista
estaba muy dañada, los lentes ya no me servían de mucho pero pude ver que se
trataba de una serie vigente. Supuse que otro cliente la había dejado olvidada,
o era del médico o de la secretaria, daba lo mismo, y decidí quedármela. Cargaba
una carpeta con los papeles de mi liquidación, pues luego de ver al
especialista yo debía pasar por los miserables pesos que me tocaban luego del
despido. Mi situación era realmente complicada. Casado y con un hijo en edad
escolar, me habían echado de la empresa luego de siete años de trabajo. Estaba
hasta el tope de deudas y mi ojo izquierdo requería con cierta urgencia una
intervención quirúrgica. La plata que me darían por el recorte no iba a durar
ni dos meses, así que debía conseguir otra chamba de inmediato. Fue entonces
cuando decidí gastar unos pesos en el examen, pues si le daba más largas, me
había dicho el oftalmólogo, podía perder la vista de un ojo. Y en el
consultorio, en aquella visita, hallé la tira de billetes que poco después
me dio la sorpresa. Dejé la serie en la carpeta durante dos semanas y una de
esas tardes vi un anuncio de Melate y eso me llevó a recordar la tira. Nunca
fui buen comprador de esos sueños desesperados por hacerse rico, pero sabía que
era necesario revisar en algún periódico o directamente en la Lotería Nacional.
Fui al centro y al revisar la sábana se me vino encima toda la alegría de que
era capaz este mundo: la serie estaba premiada. Temí que me descubrieran, así
que espere tres semanas para cobrar. Hice todos los trámites y fue maravilloso,
casi de infarto, el cheque que recibí. Traté de no hacer evidente mi nueva
condición, pues desde allí supe que se habían acabado todos o casi todos los
problemas. Mejoré la casa, compré dos coches austeros pero nuevos, cambié al
pequeño de colegio y compré cinco taxis que afortunadamente fueron generando
las ganancias suficientes como para vivir de eso. Ahora traigo un problema
cardiaco, es verdad, pero sigue habiendo con qué atenderlo. Sé que estas
historias suelen terminar mal, pero ésta todavía no.
jueves, marzo 10, 2016
Encuentro con Roberto Perfumo
Reviso en mi agenda
retrospectiva que el jueves 16 de julio de 2015 a las dos de la tarde fui
invitado por el periodista Eduardo Anguita a grabar su programa de radio. Desde
Morón, luego de hora y media de viaje en bus, tren y subte, llegué puntual a la
cita en el edificio de Radio Nacional ubicado en Maipú 555, casi el ombligo de
la capital argentina. El programa de Anguita pasaría diferido el sábado
siguiente, 18 de julio, a las ocho de la noche, y se trataba de una mesa en la
que sería abordado el tema del narcotráfico en Argentina y en México. El Chapo
se había fugado el día 11, así que para mi amigo Anguita resultaba interesante que
un mexicano opinara particularmente sobre ese asunto. En el panel estarían
también Eduardo Sguiglia —economista, ex embajador y escritor que durante la
dictadura vivió exiliado en México— y Alberto Calabrese, experto en materia de
narcotráfico.
Grabamos el programa, dije
lo que quise, escuché con atención a mis interlocutores y todo quedó listo, sin
mayor problema, para el sábado. Anguita fue muy cordial, y no quedaron a la
zaga ni Sguiglia ni Calabrese, con quienes seguí la charla en los pasillos de
Radio Nacional. En eso estábamos cuando pasó cerca de nosotros Roberto Perfumo,
símbolo del futbol argentino. El ex jugador de Racing y River, ex mundialista y
desde hace mucho periodista deportivo cuyo apodo, el Mariscal, describe
perfectamente su manera de liderar en las canchas, saludó al colega Anguita y a
sus acompañantes. Para los ahí reunidos era normal, supongo, ver y saludar a
Perfumo, pero para mí no; estaba frente a un tótem especialista en secar
rivales sobre el césped con una dureza pocas veces vista (tenía “una
personalidad de su puta madre”, como dijo alguna vez Maradona) y no dudé en hacer lo que hice: saludarlo con efusividad, decirle que había leído su libro Hablemos de futbol (armado junto a
Víctor Hugo Morales) y solicitarle una foto. Saqué mi celular y le pedí a no sé
quién que me ayudara. Perfumo accedió sin problema, aunque lo noté algo
cansado, con una sonrisa apenas insinuada y voz bajita. Luego de la foto se me
ocurrió comentarle algo, lo que fuera, y me salió un elogio un poco extraño: delante
de todos, de frente, le confesé que para mí hubiera sido un honor recibir una patada
suya. Todos rieron, y más el Mariscal, y eso me hizo sentir muy bien.
Minutos después, al revisar
la imagen, vi algo raro. Hay a nuestra espalda una pizarra para pegar anuncios,
y en ella destaca la cara de otro argentino algo famoso. Es como si
estuviéramos tres en esa foto.
Escribo este breve recuerdo
porque hoy murió Roberto Perfumo (Sarandí, 1942-Buenos Aires, 2016). Descanse
en paz.
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miércoles, marzo 09, 2016
Lodazal
Pensé que había
muerto, pero su presencia aquí, en el restaurante, casi al lado mío,
histriónico y como siempre muy conversador, recordaba la sobada frase de la
yerba mala que nunca iba a morir. Por supuesto que los años ya le habían
propinado una golpiza, que las canas, las entradas, las arrugas y la
barriguilla correspondían ahora a sus setenta. Conservaba, eso sí, la posición
bien erguida, el cuello siempre tirante de los chaparros y el porte estudiado
que reforzaba con el saco esport y la camisa sin corbata. Jamás olvidé “sus
secretos”, la técnica persuasiva que alguna vez, hace treinta años, quiso
enseñarme. “Mira, Rosalío, lo primero que debemos hacer es cambiarte el nombre.
Un líder así llamado jamás avanzará lo suficiente”, fue lo primero que
recomendó al aceptarme como adepto. Me sugirió un nombre ordinario, luego una
inicial enigmática y al final mi verdadero apellido. “Puedes llamarte Carlos Y.
Ortega”, dijo. Luego me explicó el truco: “Carlos es un nombre sencillo, y
luego viene la ‘Y’ que desconcierta: por supuesto que te preguntarán y tú dirás
que significa ‘Ybrahim’, pero que no te gusta usarlo, y así tus discípulos
sentirán que acceden a tu mundo íntimo, que se adueñan de una ‘clave’”. El
Maestro había creado un sistema de mensajes sutiles para convencer a la
juventud sin que ella lo notara. “El uso del saco esport te da autoridad, pero
jamás lo complementes con corbata. Los jóvenes perciben al hombre de corbata
como remoto, como inalcanzable. El saco te deja a medio camino entre lo lejano
y lo próximo, el sitio ideal en el que debe colocarse todo gran líder,
Rosalío”. Su teoría de la Gran Conversión atravesaba sin solución de
continuidad como diez o quince religiones alarmistas a las que aderezó con
preceptos de su delirante cosecha. Por supuesto que la ensalada era
aberrante, pero de eso me di cuenta algo después, cuando abandoné el grupo y
comencé a leer. Siempre impartidas en cafés sombríos, las clases de Maestro —él
las llamaba “iluminaciones”— buscaban adherentes a una causa que jamás me quedó
clara y que obviamente no prosperó. Hoy el Maestro no podría reconocerme, y al
oírlo cerca de mi mesa no puedo sino asombrarme de su parálisis, de su
estancamiento en aquel lodazal de ideas pedestres. Ya casi anciano, oí que
instruía a su discípulo: “El uso del saco esport te da autoridad, pero jamás lo
complementes con corbata. Los jóvenes perciben al hombre de corbata como
remoto, como inalcanzable. El saco te deja a medio camino entre lo lejano y lo
próximo, el sitio ideal en el que debe colocarse todo gran líder,
Carmelo”.
sábado, marzo 05, 2016
Playa
Descubrí
este bar por accidente. Salí tarde de la chamba (los encargos del jefe suelen
llegar con absoluta imprudencia) y tomé el bus a toda velocidad. Faltaban cinco
minutos para que comenzara la final y calculé: andarán en el minuto veinte
cuando llegue a casa. Bueno, me resigné. Luego fue suficiente una pestañita en
el asiento para advertir con espanto, al abrir los ojos, que había tomado la
ruta equivocada. En el entronque del bulevar me fui al oeste, en sentido
contrario al de mi casa. Bajé apenas me di cuenta del error. Y allí quedé, en
un barrio desconocido y mugriento. Caminé unas cuadras con apuro. Vi el reloj.
El partido ya comenzó, pensé. Y es la final y juega mi equipo y es el favorito.
No conocía el rumbo, era urgente encontrar a alguien para saber qué camión debía
tomar, y dónde también. Avancé dos cuadras más y parecía adrede: nadie andaba
en la calle. Entonces ocurrió el milagro: en una esquina vi el bar Playa azul
que en la pared lucía un anuncio en cartón fosforescente escrito a mano: “Hoy,
final del futbol en vivo”. Me asomé y estaba casi lleno; sólo una mesa con dos
sillas se abría como posibilidad. Fui hacia ella con el temor de que estuviera
reservada. Me senté y vino un mesero. Me ofreció tres marcas de cerveza. Pedí
una. Iban en el minuto diez, cero a cero. Sentí una alegría redonda, perfecta,
pues ya tenía cerveza y lo mejor: una tele con la final desde el DF. En el
minuto veinte llegó el fulano, un viejo como de sesenta años, correoso, bajo de
estatura y de rasgos esquinados como los de Cousteau el de los documentales marítimos,
aunque en jodido. Todas las mesas estaban ocupadas, pero yo tenía una silla
libre. Me preguntó que si no era molestia, y le respondí que no. Pensé que
movería la silla a otro lado, pero lo que hizo fue sentarse junto a mí. Traía
una cerveza en la mano y no la soltó hasta que el mesero vino a servirnos las
siguientes. Cousteau se me hizo conocido. Yo lo veía de reojo, entre jugada y
jugada de la finalísima. De perfil me pareció muy narigón, como los tiburones.
Pensé que esa comparación era perfecta, por lo acuático. El viejo jamás dijo
palabra, ni volteó a verme, pero fue mi compañero de mesa durante todo el
partido. Sentí que lo había visto en algún lado, pero no supe dónde. Le
recalculé la edad: quizá sesenta y tantos, casi setenta. El partido terminó, el
viejo dijo buenas noches y fue a pagar. Cuando pedí mi cuenta aproveché. “Ah,
quizá se le hizo conocido porque hace cuarenta años mató a dos cristianos en un
ratito. Se hizo famoso en los periódicos. En el bote le pusieron El Tiburón”,
dijo el mesero.
miércoles, marzo 02, 2016
Miedo
Por
eso todos los días había sentido lo mismo. Todos los días de todos los años que
tenía trabajando lo acosaba una sensación borrosa, como un miedo lejano, como
una incomodidad palpitante en lo profundo de su alma. Era algo que no podía
definir, amorfo y velludo como un grano pegado en los muros interiores de su
cráneo. Se levantaba puntualmente aunque cada vez más golpeado, con un dolor
recurrente en la espalda baja. Orinaba sentado mientras el agua de la regadera
comenzaba a salir cálida. El regaderazo era un ensalmo, una pequeña salvación
en aquellos primeros minutos del día. Para estirar un poco el goce de la
cascada sobre el cuerpo tomaba un espejito pero no servía de mucho, por el
vapor, y se afeitaba pues al tacto; luego de cada deslizamiento golpeaba el
rastrillo en los azulejos para tumbar los minúsculos pelos incrustados entre
las navajitas del Prestobarba. Salía con la sensación de que la vida no era tan
mala, se secaba con firmeza y luego se peinaba hasta que quedaba como
engominado. Así, relamido y con la toalla anudada a la cintura, caminaba a la cocina. Calentaba agua en la cafetera y de una vez le echaba dos
bolsitas de té verde. Le gustaba esperar unos minutos tendido de nuevo en la
cama, desnudo ya totalmente, verijón y con las manos anudadas a la nuca. Todo
eso —las cuatro paredes, la cama, el agua, el jabón, el rastrillo, la toalla,
el desodorante, la cafetera, el té— eran poco pero eran mucho al mismo tiempo,
así que se obligaba a sentir que todo era producto de un privilegio mayor: el del
trabajo. Ganaba una miseria, pero era suficiente para mantenerse en pie, limpio
y alimentado, en un país que él consideraba cada vez más azotado por la
decadencia de todo, por la podredumbre de todo. En fin, luego seguía vestir una
de las diez o quince camisas, uno de los cinco o seis pantalones de combate y
los zapatos de siempre, negros o cafés. Y así, con el portafolios firme en la
mano derecha, caminar hacia el coche todavía en proceso de pago, pues iba apenas
en el octavo abono, y en el coche escuchar las noticias del día, los
comentarios siempre improvisados, los anuncios. Era la rutina, qué más podía
hacerse. Luego llegar, estacionarse, marcar la entrada en el reloj e ingresar al
cubículo. Lo mismo siempre hasta esta mañana. En vez de que la rutina siguiera
su camino, el vigilante le ha indicado que pase al departamento de personal.
Sabe para qué es, pues a otros los han echado con idéntico procedimiento. Por
eso el miedo, por eso todos los días había sentido lo mismo, lo mismo.
sábado, febrero 27, 2016
Invasión
A
los 56 años le ocurrió algo inesperado: el amor. Él, Pedro Ponce, creía que ya
había pasado por esa calle, pues en dos matrimonios hizo tres hijos y siempre
creyó que había querido a fondo, plenamente. No contaba las mujeres anteriores
ni ulteriores a los matrimonios; tampoco las simultáneas, que tuvo si no a
montones, sí aquí y allá, como cualquiera. Por eso cuando comenzó los tratos
con María no supuso lo que ahora era una terquedad. La conoció en el negocio de fotocopias
donde ella trabajaba. Al establecer un nuevo despacho buscó en la cercanía un
punto para hacer las reproducciones de escrituras y contratos, y al hallarlo
justamente a la vuelta de su cuadra encontró a esa mujer de cuarenta o poco
menos, humildemente vestida y algo silenciosa, casi descortés con la clientela.
Al principio, como sucede siempre con ciertas bellezas no muy expuestas, la
pasó por alto. Fue en la segunda o tercera visita cuando reparó en sus ojos, en
su boca, en sus manos blancas y alargadas. Pensó que no pasaba nada, pero en la
madrugada ella se le apareció en el pensamiento. Recordó los ojos, la boca, las
manos blancas e imaginó su pelo, largo, negro y un poco ensortijado, fijo con
una peineta de plástico. Al amanecer, apenas recordó que había pensado en
María, pero no le dio importancia. Dos noches más ocurrió lo mismo: la pensó,
intrigado, inquieto ya de ver a esa mujer en las brumas del sueño. Buscó
entonces un documento y fue a fotocopiarlo sin necesidad, sólo para comprobar
que María no valía tantas evocaciones. Ella lo atendió y él obtuvo una mala
noticia: sí valía la pena. La miró bien y logró conjeturar un cuerpo hermoso
debajo de esa ropa horrenda por modesta y anticuada. María lo atendía como
autómata, sin modificar su gesto. Entonces las madrugadas de Pedro comenzaron a
pesar, a ser invadidas por aquella terca aparición. Sintió algo desconocido,
una obsesión que, supuso, era algo parecido al amor. Así, irremediablemente, la
abordó. Esperó su salida del trabajo y la persiguió de cerca. En otras
cacerías, al asediar a otras mujeres, se había sentido tenso, pero en esta
ocasión fue peor. Sentía que iba a fracasar, algo le indicaba que al menos iba
a ser difícil. La alcanzó, le ofreció un café y ella se negó. El deseo
persistió, y en el segundo intento lo logró. Luego repitieron tres cafés más,
casi tensos. En una oportunidad se le ocurrió cerrarle el paso e intentó un
beso que fue respondido torpemente, sin malicia, y el resultado fe
terrible: a los 56 ha perdido el apetito, no se concentraba en nada y sólo
pensaba en una triste realidad: en la invasión de María.
viernes, febrero 26, 2016
Puzzle del fantasma
Además
de papeles, fotos y otros documentos concretos o ahora digitales, lo que
dejamos al partir —nuestra biografía—
es una serie de imágenes que acaso logra perdurar en los otros, en quienes nos
trataron para bien o para mal. Ese recuerdo, pesado y borroso a un tiempo, es
precisamente el que sobrevive en quienes trabaron contacto con Edward
Echenique, afantasmado “protagonista” de Apuntes
para una biografía (Simurg, Buenos Aires, 2009, 186 pp.), novela de Alberto
Ramponelli (Morón, Argentina, 1950-2016). Entrecomillé la palabra protagonista porque Echenique sólo
aparece de carne y hueso en el primer capítulo, de manera que se trata de un
personaje principal muy peculiar: habita todo el libro, pero en casi todas las
páginas lo hace como sombra, la sombra que sobrevive en la memoria de quienes interactuaron
con este “fantasma de fantasmas”.
Coordinador
de talleres literarios desde 1985 hasta su fallecimiento, Ramponelli dirigió la
revista literaria Otras Puertas (1993-1997), y entre otros libros
publicó Desde el lado de allá (relatos, 1990), El último fuego
(novela, 2001), Viene con la noche (novela, 2005), Una costumbre de
Oceanía (relatos, 2006) y Crónicas
del mal (relatos, 2014).
Apuntes para una biografía (premio Fondo Nacional de las Artes 2008 cuyo jurado —de lujo— estuvo
integrado por Ana María Shua, Guillermo Martínez y Juan Martini) despliega con
total solvencia los saberes no sólo literarios de Ramponelli, quien trabaja
aquí con un discurso en el que lo político ocupa un lugar central. Pese a su
brevedad y su aparente sencillez, es una novela compleja, una especie de puzzle
en el que cada pieza añade un rasgo al nebuloso protagonista. Poco a poco, a
medida que el relato avanza, va apareciendo la calaña total de Echenique, el
programa de vida que se trazó y la manera en la que marcó a quienes trabaron
diálogo con él.
Hijo
de un diplomático argentino delegado en los Estados Unidos, Echenique radica
también allá y se involucra en movimientos político-esotéricos que lo llevan a la
cárcel. Gracias a la influencia de su padre logra salir de prisión, pero es
deportado. La novela comienza aquí —estamos en los albores de la década de los
setenta—, sobre el avión que lo lleva de regreso a la Argentina (por eso este
primer capítulo tiene como título “La vuelta”). Durante ese largo vuelo cuenta con tiempo suficiente para pensar en su futuro: entonces desarrolla en su mente una
idea que denomina, no sin egolatría, “la estrategia Echenique”. Al pisar el
territorio de su patria, el protagonista pone manos a la obra.
A
partir del capítulo II, y hasta el VIII, Ramponelli comienza la apuesta
narrativa de Apuntes para una biografía:
desvanecer, disolver, diluir la vida de Echenique en la de los personajes que
estuvieron cerca de él mientras ponía en funcionamiento su “estrategia”. Así,
capítulo tras capítulo vemos a Echenique, es cierto, pero en función de lo que
acontece a los demás. En el presente del relato el protagonista acaba de morir.
Quienes lo trataron —no todos— se enteran de su muerte por una minúscula nota perdida
en algún diario, lo que apalanca y pone en movimiento el recuerdo. Por ejemplo,
el exmilitar del capítulo IV que toma un descanso en su nuevo trabajo de
taxista y mientras hojea el periódico se topa con el apellido. Esa chispa
proustiana sirve para llevarlo no tan nostálgicamente al sur de la Argentina,
lugar donde tuvo que custodiar a un preso especial y misterioso, Echenique, recluido
por un motivo igualmente misterioso. Más adelante, claro, sabremos la razón:
Echenique fue chupado por una escuadra de milicos de alto rango que deseaba
usarlo como instructor en materias esotéricas cuyo fin era establecer el Cuarto
Reich en la Argentina. El secuestro de Echenique puso fin a su “estrategia” —una
extraña ensalada de reconversión de la sociedad que tiene como objetivo “terminar
con la dicotomía entre ciencia y espíritu”— y provocó la desbandada de sus adictos,
quienes por miedo se refugiaron donde pudieron, algunos incluso en Europa.
Así procede la novela: cada capítulo/biografía —la del exmilitar, la de la novia, la del discípulo favorito…— va haciendo visible la excéntrica catadura de Echenique, personaje que adquiere entidad en el fragmento, sujeto armado en la imaginación del lector con base en la pedacería que lo alude gradualmente.
Así procede la novela: cada capítulo/biografía —la del exmilitar, la de la novia, la del discípulo favorito…— va haciendo visible la excéntrica catadura de Echenique, personaje que adquiere entidad en el fragmento, sujeto armado en la imaginación del lector con base en la pedacería que lo alude gradualmente.
El
capítulo XI, “Apuntes para una biografía”, constituye un mapa o resumen. El
discípulo “favorito” de Echenique se entera por el diario de que el “gurú” ha
muerto y desempolva los papeles que guardan sus lecciones. Mientras traza el
borrador de un proyecto biográfico asistimos, como lectores, a un recorrido en
sentido inverso: la pauta en embrión del noveno tranco ya tuvo su realización
en los capítulos precedentes. En otras palabras, ya habremos leído la "biografía" de Echenique cuando llegamos a su esbozo en el capítulo IX.
Esta
novela de Alberto Ramponelli, narrada con prosa que jamás trastabilla —pues no es
el “resultado azaroso de un incipiente narrador”, sino el “producto de un
paciente orfebre-narrador”, como escribió Carlos Gazzera sobre El último fuego, otra novela de
Ramponelli— recorre una época convulsa para la Argentina y constituye un
ejemplo de pericia literaria en la que con fragmentos se articula una espléndida
totalidad: el ambiente convulso, espeso de ideas contradictorias que atravesó los
setenta argentinos.
lunes, febrero 22, 2016
Las cáscaras imborrables
Aunque
sea casi invisible para los ojos sólo acostumbrados al glamour del
profesionalismo, hay una épica en el deporte callejero. El llano ofrece la
oportunidad de ver —o mejor: de vivir— aventuras que se quedan en el recuerdo y
forman pequeños orgullos colectivos en el barrio, en el ejido, en la escuela,
en la empresa. Ya hay, por suerte, cierta literatura preocupada por retener
esos instantes, por fantasear con el trabajo deportivo ajeno al pago. El futbol
es, claro, como en la realidad, la actividad que más atención literaria ha
recibido.
Como
ciertos goles o ciertas jugadas, algunos relatos no caen de la memoria
fácilmente. Pasan los años y quién sabe por qué extraña razón los recordamos
con tanta transparencia que de alguna forma reaparecen, vívidos, proyectados en
la pantalla de nuestra imaginación. Yo, por ejemplo, recuerdo con toda claridad
el día en el que, echado frente a la tele en la casa todavía materna de
Torreón, vi a Maradona tomar la pelota un poco atrás de la media cancha, recibir
el pase “de gol” del Negro Enrique, pisarla raspándola en reversa para quitarse
la primera marca y cómo, erguido el pecho, flotando en zigzag, etéreo en la
carrera, avanzó eludiendo rivales hasta poner el balón al fondo de la red y de
la historia.
Más
que el último toque, lo que revivo es la expectativa de la jugada, su amplio e
hipnótico desarrollo. Aquello fue pues, insisto, como un relato que nos
mantiene en suspenso hasta derivar en un clímax contundente. Igual, sin que yo
sepa bien a bien por qué, cuando pienso en cascaritas de barrio regresa a mi
memoria “El tipo que pasaba por allí”, adherente estampa narrativa de Alejandro
Dolina. Me gusta porque en medio de su sencillo y callejero planteamiento
ocurre un hecho maravilloso, casi sobrenatural: “Suele ocurrir en los equipos
de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi
siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los
potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en
puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como
Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si
repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna
explicación y ya nadie se acuerda de su existencia”.
Son
apenas tres párrafos, y en el segundo aparece, cuando ya nos fue planteado el
asunto de esta veloz historia, el “pero” necesario para dar vuelta a la habitualidad:
entra en acción un “tipo que pasaba por ahí” que no será esta vez un simple
“tipo que pasaba por ahí”: “Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos
del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos
anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió
seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el
partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos”.
Luego
del asombro, Dolina disminuye la velocidad del relato con una conclusión memorable,
uno de esos trazos literarios que, como dije al principio, se quedan en la
memoria como jugada real: “Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba.
Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a
verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de
primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha
preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella
tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno”.
Breve
y perfecto como gol olímpico, este relato de Dolina merece la antología. Si
alguna vez echamos cáscara en el barrio, es indudable que sentimos en ese
puñado de palabras la presencia del “tipo que andaba por allí” como una
aparición mágica, como un dislocamiento de la realidad acontecido en medio de
dos porterías. Como tantos ex jugadores de barriada, en medio del polvo y bajo
los flechazos del sol lagunero, soy de los que al leer relatos de este tipo
terminan por pensar que no lo leyeron, más bien que lo vivieron como
experiencia única e irrepetible, tan real como una cáscara imborrable con los
cuates.
sábado, febrero 20, 2016
Segundo diario mínimo: humor ecológico
Publiqué este comentario hace quince años. No estaba en el blog. La traigo ahora por razón evidente.
La vastedad intelectual de Umberto Eco
no se puede medir con unos cuantos elogios. Arquitecto de una obra literaria y
académica impar, Eco es hoy uno de los autores europeos más reconocidos por la
crítica y, caso asombroso, uno de los más favorecidos por el éxito comercial.
Pocos como él: libro tras libro convalida su tamaño como pensador y libro tras
libro aumenta el número de sus receptores. Calidad (literaria) y cantidad (de lectores)
reúne como pocos este autor nacido en Alessandria, Piamonte, en 1932.
Famoso sobre todo por El nombre de la
rosa, la novela que lo colocó en las crestas de la fama, Eco es, como se
sabe, un autor múltiple; de hecho, este autor es varios autores: hay un Eco
semiota, un Eco literato, un Eco historiador, un Eco lingüista, un Eco
periodista y un Eco etcétera. El penúltimo Eco es el que se manifiesta con toda
su malicia y con todo su humor en el Segundo diario mínimo, racimo de
colaboraciones aportadas a la revista L’Espresso, particularmente a la
sección “La Bustina di Minerva” que desde 1986 es —o era, no sabemos— visitada
por una legión de agradecidos seguidores.
El condimento fundamental del Segundo
diario mínimo es, inevitablemente, el humor. Con humor, con inteligentísimo
humor, Umberto Eco traza sus colaboraciones y sus decodificadores asistimos al
banquete de la risa y la razón. Estos artículos parecen el reposet donde Eco se
calza las pantuflas y se desanuda la corbata, donde deja de ser el erudito de
los Grandes Temas y con su agudeza de siempre reflexiona sobre las minucias de
la vida cotidiana que suelen ser desdeñadas por el mundo académico.
La sola lista de las colaboraciones
parece un muestrario de inquietudes hilarantes: “Cómo sustituir un carnet de
conducir robado”, “Cómo viajar con con salmón”, “Cómo comer en el avión”, “Cómo
no hablar de futbol”... El autor de Obra abierta exhibe facultades
humorísticas raras en un sabelotodo (esto es literal) de su talla, de donde se
puede inferir que los intelectuales no necesariamente son momias ineptas para
la risa. Es prudente advertir que los artículos contienen mucha información que
demanda un contexto italiano, pues el periodismo exige siempre, quiérase o no,
trabajar para un lector inmediato que en este caso es el transeúnte de Milán,
Roma, Nápoles, de Italia toda.
No está de más traer algunos bocadillos;
del artículo “Cómo usar al taxista”, probemos esto:
Si hacéis una carrera entre un taxista
de Frankfurt con un Porsche y un taxista de Río de Janeiro con un Volkswagen
abollado, llega antes el taxista de Río, entre otras cosas porque no se para en
los semáforos. Si lo hiciera, se le acercaría un Volkswagen abollado, montado
por chiquillos que estiran la mano y se os llevan el reloj (...) Por doquier,
para reconocer a un taxista hay un medio infalible. Es una persona que nunca
tiene cambio.
De “Lamentamos rechazar (informes de
lectura para el editor)”, donde Eco juega con el anacronismo e imagina a un
dictaminador —moderno y por tanto mercenario— que juzga obras ya célebres;
veamos la parte donde enjuicia En busca del tiempo perdido y el asma de
Proust:
Es, sin lugar a dudas, una obra que
requiere un esfuerzo: quizá sea demasiado larga, pero si hacemos una serie de pockets
se puede vender.
Sin embargo tal como está no funciona.
Es necesario un vigoroso trabajo de edición: por ejemplo, hay que revisar toda
la puntuación. Los periodos son demasiado trabajosos, hay algunos que necesitan
una página entera. Con un buen trabajo de redacción, que los reduzca al aliento
de dos o tres líneas cada uno, fragmentando más, poniendo punto y aparte más a
menudo, el trabajo mejoraría con toda seguridad.
Si el autor no quisiera, entonces mejor
dejarlo. Así el libro resulta —como diría yo— demasiado asmático.
No falta pues en el Segundo diario
mínimo el buen humor, aunque a veces haya pinceladas del Eco menos
conocido, un Eco que discurre por los laberintos de su nostalgia, un Eco que se
nos aparece juvenil, tan sincero que apenas puede uno creer que quien así
escribe es el autor de Semiótica y filosofía del lenguaje, por citar
sólo un caso de obra densa. En “Cómo comer el helado” Eco destroza el consumismo
con una situación vivida en su niñez, cuando sus padres le negaban cierto
exceso:
Yo, sin embargo, estaba fascinado por
algunos chicos de mi edad cuyos padres les compraban no un helado de cuatro
reales, sino dos cucuruchos de dos reales (...) Ahora, habitante y víctima de
la civilización del consumo y del derroche (como no era la de los años
treinta), entiendo que aquellos seres queridos ya difuntos estaban en lo
justo. Dos helados de dos reales en
lugar de uno de cuatro no eran económicamente un derroche, pero sin duda, lo
eran simbólicamente. Precisamente por eso los deseaba: porque dos halados
sugerían un exceso. Y precisamente por eso se me negaban: porque parecían
indecentes, insulto a la miseria, ostentación de un privilegio ficticio,
jactancioso bienestar. Comían dos halados sólo los niños viciados...
Como la naturaleza, el espíritu también
requiere su cuidado ecológico. De allí la importancia del humor, de la
escritura relajada que en el caso del Segundo diario mínimo refulge y
nos anima a encarar nuestro estrés con una risilla en los labios y con la
certeza de que la comicidad es una de las formas de la inteligencia. Al reír de
sí mismo y del mundo que lo rodea, Eco nos da, quizá sin pretenderlo, una de
sus mejores lecciones. Aprendámosla.
Supongamos
Supongamos que un tipo al que llamaremos Juan llega un día
cualquiera a la oficina. Supongamos también que afuera ha estacionado
un coche de lujo último modelo. Supongamos que lo acaba de comprar, que luego
de muchos sacrificios ha reunido la cantidad suficiente para pagar el enganche
y sacarlo de la agencia. Supongamos que tendrá muchas dificultades para pagar
los abonos, pero si no hay contratiempos —una enfermedad, un accidente,
cualquier imprevisto de los que nunca faltan en este país acuchillado siempre
por el azar— logrará pagarlo en tres sacrificados años. Supongamos ahora que un
compañero de oficina, llamémosle Luis, lo envidia de inmediato porque es lógico
envidiar a un compañero de trabajo que de sorpresa trae un último modelo y
además porque entre los dos hay, supongamos, una rivalidad inconfesa, todavía
no declarada. Supongamos que ambos se tienen recelo porque los dos han
mantenido en pie una misma aspiración: conquistar a Ruth, una compañera de
oficina supongamos muy bonita. Ahora pasemos a suponer que Juan se adelanta
porque un coche nuevo no sólo sirve para avanzar en las calles, sino también en
cualquier otro ámbito de la vida. Ruth da la impresión, supongamos, de que
muestra alguna preferencia por Juan, y es entonces cuando, supongamos, Luis se
engalla y decide pisar a fondo el acelerador (en su caso metafórico, pues no
tiene auto). No sabe qué hacer, sólo sabe que de golpe lo invadió una
desesperación que no conocía: el coche nuevo de Juan fue el detonante de una
angustia definitiva. Nota que Juan confía demasiado en su joya de metal y es
allí donde Luis, supongamos, pone en marcha un plan. La suerte lo favorece,
supongamos: descubre por accidente que Ruth va los sábados a un curso de
repostería fina, y en tres días Luis estudia todo lo que se debe saber sobre
ese tema. El mismo sábado llega al curso, se inscribe, y cuando aparece Ruth se
encuentran como por accidente. Sin que ella lo note, Luis le demuestra que
conoce el asunto, sabe de ingredientes y utensilios, termina la sesión y
al rato salen a un café. A partir de allí, supongamos, Ruth va siendo enamorada
por Luis, quien no necesita un último modelo para desbancar a su rival. Termina
así, supongamos, como novio de Ruth. Ahora bien, supongamos que nadie cree
esta historia. Supongamos que en realidad Juan conquista a Ruth con apabullante
facilidad y Luis es brutalmente marginado. Supongamos que de nada sirven las
clases de repostería, ni la fe de Luis ni el buen corazón de los lectores.
Supongamos que un BMW lo mata todo.
miércoles, febrero 17, 2016
Guerra
Había pasado el peor fin de semana en la vida de Meléndez y ya era lunes,
al fin. Llegaba a las nueve para ver los pendientes y tener todo listo antes de
que apareciera su patrón, don Bernabé, siempre a las diez en punto, sin falla.
Esa era la rutina de todos los días, cronometrada. Faltaban quince minutos para
las diez, así que a Meléndez le queda un cuarto de hora para saber de qué
tamaño sería el latigazo. Veinte años en la empresa lo hacían conocer
perfectamente todos los gestos del patrón, cada una de sus características como
jefe. Sabía, por ejemplo, de sus estallidos de cólera motivados por minucias,
de su sonrisa ladeada cuando algo le provocaba mucha gracia, de su ceja
izquierda levantada cuando estaba a punto de fulminar con palabras, de su
mirada fija —como perdida— cuando se reconcentraba en una idea perversa. Don
Bernabé era dueño de un emporio dedicado a la construcción de obra civil. Tenía
intereses en muchos otros negocios, pero el que más le interesaba custodiar era
el de la política. Sabía que por allí pasaba gran parte de su éxito, así que
siempre procuraba tener sana la comunicación con los hombres que decidían hacia
dónde iba a parar la inversión pública. Para eso le servía Meléndez: él era el
interlocutor, el hombre de confianza que llevaba los regalos y con frecuencia
cerraba tratos previamente apalabrados. El jefe era implacable con todos y al
parecer sólo tenía miedo a un ser humano: su esposa. Difusos rumores hablaban
de pleitos entre ellos, de secretos y nunca comprobados distanciamientos. Don
Bernabé jamás abordaba el tema. Con todos —y esto incluía a Meléndez— sólo
trataba asuntos de trabajo, como cuando le encargó conseguir el espectáculo
para el aniversario de la empresa. A Meléndez se le ocurrió contratar un
cómico. Esa tarde, don Bernabé llevó a su esposa, una señora fría, de gesto
inflexible. El cómico fue el deleite de todos los trabajadores, pero Meléndez
no despegó la vista de la pareja principal. Los monólogos del cómico trataban
temas conyugales en los que se ridiculizaba por igual al hombre y la mujer, y
todos reían, menos la señora del patrón. Aquello terminó y don Bernabé salió
disparado y sin tomar a su mujer de la mano. Por eso fue el fin de semana más
angustioso en la vida de Meléndez. Pero ya era lunes y esperaba la llegada del
patrón. Lo vio bajar del Mercedes, vio detrás al escolta, vio que se aproximaba
a la oficina. Traía la sonrisa ladeada y la primera frase que soltó fue epifánica:
“Gracias, Meléndez. El cómico fue la cereza del pastel. Lo discutimos y por fin
ella se larga”.
miércoles, febrero 10, 2016
Cátedra
Casi todos los taxistas son platicadores, pero el que ahora me
llevaba a la universidad lo era en exceso. Apenas le dije que íbamos a donde
íbamos, preguntó qué tal andaban las humanidades en la escuela. Bien, le
respondí con tono amable, pero sin ganas de ir más allá del monosílabo pese a
lo sorpresivo de la pregunta. A partir de allí comenzó su conferencia, la
descripción del apocalipsis en el que habitábamos. Hay mucha deserción, amigo.
Miles de jóvenes abandonan sus estudios a la altura de la prepa y otros tantos
lo hacen cuando llegan a la universidad. Las razones son varias, pero la
principal es económica, amigo, no tienen para seguir adelante. ¿Luego qué
pasa?, se preguntó. Pues nada, que al buscar trabajo no lo hallan o lo hallan
muy precario —así dijo, muy precario—, se agarran de lo que sea para mantenerse
y a veces, con tal de llevar algo a la casa, se meten en la delincuencia o en los
giros negros. ¿Y qué hace el gobierno? Nada, las escuelas cada vez están peor,
todas rebasadas por la matrícula, sobrepobladas, jodidas de su infraestructura
y también tocadas por la corrupción. Esto tiene consecuencias muy graves,
amigo. ¿Qué se puede hacer con todos los desempleados, eh? Es mucha fuerza de
trabajo desperdiciada, demasiada capacidad intelectual vaciada en la
alcantarilla. En vez de tener gente en el campo, en las fábricas, técnicos bien
capacitados, tenemos un ejército de ninis, señor, y por eso vivimos en un país
que come, viste y calza con importaciones, una economía petrolizada, una
economía jodida. ¿Vea nomás cómo anda el dólar? Se lo está cargando el payaso,
y eso que el gobierno ha puesto un chingadazo de reservas sobre la mesa. ¿Pero
qué se puede esperar de esos tipos, señor, qué se puede esperar de esa banda de
ladrones que ha acomodado todo para beneficiarse y hundir al país, eh?
¿Democracia, democracia la que tenemos? No, señor, estamos muy lejos de vivir
en una democracia. Si el voto fuera respetado, de todos modos eso no es
suficiente, porque democracia es que todos tengan trabajo, educación, salud,
alimento, cultura, cul-tu-ra, señor. Ya ve que no hay nada de eso, todo está en
la calle y lo peor es que los tipos que nos gobiernan han armado su circo para
seguir allí con la ley en la mano. Ellos solos se candidatean y ellos solos se
votan. ¿Y nosotros? Nosotros nada, no respondemos, lo callamos todo. Es un
fracaso. ¿Y usted cómo sabe que fracasamos?, me atreví a interrumpirlo. ¿Que
cómo sé?, respondió viéndome de lado y sin soltar el volante, retador. Claro
que lo sé. Soy sociólogo y míreme, míreme.
sábado, febrero 06, 2016
Encontronazo
Paco
recordó a su padre y pensó que recordarlo allí era una
confirmación de su buena suerte. Recordó nomás el gesto, la manera
despreocupada de tomar el salero y todo lo demás. No recordó palabras, sólo
aquel gesto seguro, casi insignificante pero denso de fuerza para decir con él
que no pasaba nada, que la tranquilidad sería lo último que perdería. El tipo
que venía a amenazarlo medía casi dos metros y usaba el pelo al rape, como
militar. Era algo blancuzco, como un vikingo o un árbol en otoño. Se había
presentado de golpe en el bar, y casi dio la impresión de que había entrado
luego de tirar una patada a la puerta. Airado, sin intimidarse ante los
parroquianos, preguntó dónde estaba el tal Paco. El cantinero señaló hacia la
mesa del fondo y el monstruo aquel avanzó con el paso firme de quien va directo
a derramar su odio. Traía los puños cerrados y la cabeza como echada para
adelante, ya todo listo para el zafarrancho. ¿Paco?, preguntó seco y miró casi
al mismo tiempo a los tres tipos que bebían cerveza. Paco dijo soy yo y
entonces el animal comenzó con su estallido. No te vi, pero te vio mi vecino y
sé que fuiste tú quien le dio un golpe a mi coche. Tiene quebrada una calavera
y hundido un pedazo del cofre. Es un auto nuevo, dijo, y lo que más me emputa
es que no te hayas hecho responsable del daño. Todo lo decía a gritos, y en
medio de los gritos incrustaba maldiciones que añadían violencia a la
situación, y salivaba. Paco se mantuvo en silencio. Tenía miedo, casi terror,
pero algo le decía que lo mejor era permanecer quieto, no soltar una sola
palabra hasta saber claramente la intención del agresor. Sabía que sí, que tuvo
la culpa del golpe al coche nuevo del grandulón, y que en vez de quedarse a
responder por el perjuicio se había ido sin mirar atrás, pero no dijo nada. El
monstruo repitió la descripción de la escena y exigió el pago inmediato de los
daños. Paco ya sabía qué iba a responder. Le diría al bruto que sabía que al
dar reversa le pegó a algo, pero tenía mucho apuro y pensaba volver luego para
pagar. También sabía que ese día estuvo en la casa del bruto y se vio con su
mujer, y que salió corriendo cuando supo que el monstruo volvía
intempestivamente del viaje. Traía dinero para pagar el daño —un daño menor si
se miraba bien— y entonces recordó a su padre. Sin alterarse, antes de buscar
su billetera en la nalga derecha, se arrojó un poco de sal al envés de la mano
izquierda y se dio un tranquilo, un confiado lengüetazo con sabor a paz.
miércoles, febrero 03, 2016
Reencuentro
A diez metros estaba Nancy
escogiendo sus legumbres, su fruta de la temporada. Omar la miraba con los ojos
casi pegados a la visera, fija la gorra de beisbolista en el cráneo que dejaba
escapar unas patillas cortas y un poco de melena sobre la nuca. Notó que le
seguía gustando, que había ganado kilos, como todos, pero tenía aún ese aire
distinguido que tanto lo maravilló cuando ambos entraron a la escuela de
administración. Habían pasado 25, 30 años, daba lo mismo, era mucho tiempo sin
verla. Quiso abordarla en seguida, sorprenderla con un toquecito en el hombro,
esperar que diera la vuelta y estallara en un gesto de desconcierto y luego una
sonrisa de alegría, de esas sonrisas un poco incrédulas de los reencuentros
inesperados. Omar buscó otro ángulo, simuló que calculaba la madurez de una
sandía mientras ella apretaba levemente la consistencia de unos tomates. La
indecisión de abordarla sin más demora tenía varias razones. La primera era
simple: ¿y si en cualquier momento aparecía el esposo o el novio o lo que
fuera? Omar no quería verse forzado a saludar hipócritamente, a que lo
presentaran como amigo de la universidad y luego dos o tres frases más de
trámite hasta llegar al “bueno, un gusto verte”, de despedida. La segunda razón
era más difusa y se perdía en el recuerdo de un malentendido. Él le ofreció
noviazgo, ella dijo espérame, él se hizo mientras de otra novia y cuando ella
estuvo lista él ya no reaccionó; luego el trabajo fuera de La Laguna y más de
dos décadas sin saber de ella hasta esa mañana en el supermercado. Seguía
linda, cómo no, lo confirmó cuando, a cinco metros y colocado tras una
barricada de papas y de precios fosforescentes, la vio de espalda. Unos jeans
ajustados, bien embutidos, una blusa sobria y la cola de caballo muy juvenil,
pese a la edad. ¿Estaba sola? ¿Tenía hijos? ¿Terminó la carrera? ¿Trabajaba? La
ropa delataba que no le iba mal, y para confirmarlo ahí estaba el carrito bien
cargado de víveres. Logró aproximarse un poco más, mirarla de perfil. La blusa
se levantaba firme en el pecho mientras ella, muy concentrada, calculaba ahora
el punto de los aguacates con sus hermosas manos blancas de siempre. No
aparecía el esposo o el novio, Nancy andaba sola. Había llegado el momento de
abordarla. Omar avanzó cinco pasos y le dio los golpecitos en el hombro. Al
voltear, dijo el nombre mágico como afirmación, no como pregunta: “Nancy”. Ella
dibujó una sonrisa educada: “No, no soy ella, señor”, dijo y siguió con los
aguacates.
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