sábado, abril 28, 2007

Bunge en la UAdeC



Si en este momento me preguntaran cuál ha sido el intelectual más importante que ha visitado La Laguna en el año del centenario torreonense, no me temblaría la palabra para subrayar, categóricamente, que es el doctor Mario Bunge. Profesor en la actualidad de la Universidad McGill, en Montreal, Bunge nació hacia 1919 en Buenos Aires y a lo largo de su vida ha producido una obra científica y filosófica impresionante, tanto que, desde hace décadas, es considerada una de las personalidades más sobresalientes del pensamiento mundial.
Invitado por la UAdeC y la SEP mediante la iniciativa del doctor Roberto Tuda Rivas, maestro de la Facultad de Economía, Bunge impartió un curso sobre investigación científica y conversó con la comunidad universitaria sobre su experiencia como investigador, docente y autor de numerosas obras relacionadas con dicho campo. Asistí a la sesión de ayer y aseguro que la presencia del doctor Bunge fue un lujo y se ubica más allá de lo que estamos acostumbrados a ver y oír por estos rumbos, de ahí que la Facultad de Economía, Mercadotecnia y Sistemas de la UAdeC-Torreón, y particularmente el doctor Tuda Rivas, merezca una entusiasta felicitación. Nuestro máximo centro educativo cumple así, al invitar a intelectuales de tan alto nivel, con su labor de difusión del conocimiento, un acierto que ojalá se repita con mayor frecuencia.
Con la solvencia propia del erudito que todo lo sabe y lo que ignora lo indaga en la realidad y en los libros, Bunge discurrió sobre los complejos obstáculos que en nuestros días encara la investigación. En lo particular le hice algunas preguntas relacionadas con el actual estatus de la ciencia en América Latina. De todas las opiniones que le pedí, la más coyuntural es una que se relaciona con el rectorado que viene tras la reciente dimisión del ingeniero Jesús Ochoa. ¿Qué le recomendaría al nuevo rector de la UAdeC en materia de investigación? Respondió: “Primero, lo más fácil desde el punto de vista administrativo, preguntar a los investigadores existentes cuáles son las cinco o seis revistas a las que debiera suscribirse la universidad, repoblar las bibliotecas; segundo, dar becas a doctorantes, tratar de juntar dinero de alguna parte para que el estudiante que inicie su investigación no tenga que trabajar fuera de eso, que sea estudiante de tiempo completo (…) Otra recomendación que daría es que el rector no se quede en su oficina, que vaya a los centros de investigación y que escuche, que pregunte qué se necesita y cómo pude ayudar. Que no haga de burócrata, sino de líder. Que sea un científico, que sienta que fomentar la investigación es su deber”.

Massera y Videla

Ayer leímos aquí, en La Opinión, una nota sobre Eduardo Massera y Jorge Rafael Videla, gorilas supremos de la dictadura que vapuleó a la Argentina del 76 al 83. Además de eso, pudimos leer la estupenda columna internacional de Roberto Bardini, experto analista de las atrocidades perpetradas por el régimen militar más carnicero que haya habido jamás en el país austral. México, Torreón está lejos de aquel salvajismo y del indulto que Menem les otorgó a los genocidas en 1990, pero a éste que les escribe no dejó de aflorarle una sonrisa de satisfacción al leer que los crímenes de Videla y de Massera son, según un nuevo fallo de la justicia, imperdonables y ambos efectivos castrenses deberán purgar, a sus avanzadas edades, una reclusión perpetua que además los bañe de la ignominia que bien merecen.
Bardini tituló su artículo con la famosa sentencia “No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague” para dejar patente que la barbarie de esos torturadores fue, al fin, aunque sea un poco tarde, castigada por la historia. No es un pequeño triunfo para la legalidad internacional, dado que entre ese par de patanes y sus achichincles sumaron, por supuesto que con absoluta y cínica crueldad, allanamientos, secuestros y asesinatos de todo tipo, como dice Bardini, que en su artículo cita a Rodolfo Walsh, de quien hice una nota necrológica el 27 de marzo a propósito del 30 aniversario de su muerte. En aquella ocasión no pude citar, por falta de espacio, el documento cumbre de Walsh, la “Carta abierta a la Junta Militar”, también mencionada por Bardini, texto que escribió para enumerar los estropicios causados por aquellos criminales a un año de la asonada, en 1977. Cito ahora alguna parte de esa carta inmortal: “Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio. (…) La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Santos en la A

Sólo una parte de lo declarado por el buen amigo Alberto Canedo, presidente del Santos, me parece convincente: aquella en la que afirma que, si la suerte y el futbol no son favorables el domingo venidero, el club albiverde armará un trabuco para encarar la temporada siguiente con las mejores armas y ascender lo más rápido posible al máximo circuito. Ni siquiera me parece que deba ser llamado “plan B”, pues si las cosas salen mal, más mal de lo que han salido hasta ahora, es el único camino digno, aguantar un año en primera A.
Abrir la posibilidad, la pura posibilidad de comprar una franquicia en cualquier condición y bajo cualquier modalidad me parece hoy no sólo una afirmación un tanto imprudente, sino poco honrosa. No quiero decir poco ética, pero sí, al menos, poco honrosa. Lo digo porque en el futbol uno debe aprender que no sólo el triunfo alecciona, sino que también las derrotas son parte del juego y nada mejor que afrontarlas con entereza, con casta, por no decirlo feamente.
Santos no es el América como para querer solucionarlo todo a punta de cartera. Como lagunero, como aficionado de años al fut, me duele que los Guerreros se vayan a la liga inmediata inferior, pero nada me daría más gusto, luego del trago amargo, que ver a los nuestros (incluyo a los directivos) esforzarse por salir del pantano con futbol, no con dinero. Si el mal juego fue la causa de la caída, un buen aficionado debe saber que sólo en la cancha se puede sacar la espina, con goles, con atajadas, con puntos, no con negociaciones multimillonarias en una mesa apartada.
No creo que haya mala intención en las declaraciones de Canedo; al contrario: me parecen las mejor intencionadas entre todas lo que se han dicho últimamente. Las siento sólo un poco fuera de sitio, como sometidas a una presión especial de parte de los medios. Lo que pretende el presidente santista es, en todo caso, asegurar a la afición que la directiva no cejará en su empeño por mantener el soccer de primera división en La Laguna, y si para eso es necesario abrir la billetera, lo hará. Buena intención, como digo. Pero es imprudente por dos razones: porque puede relajar a los jugadores en este momento que requiere de ellos el máximo compromiso y porque, como ya lo observé, los cheques no deben lavar los errores humanos que también se pueden cometer, y por toneladas, en el ambiente futbolero.
Si en la vida uno paga por sus tropiezos, así en el fut. No quiero al Santos en primera A, y hasta creo que se salvará el domingo. Pero si cae, el único plan B que yo veo es descender con dignidad y luchar por el inmediato ascenso. No hay de otra sopa.

El beis de hoy

Soy, como todo mundo no lo sabe, empedernido fan de la lucha libre. De hecho, mi misa dominical ocurre los jueves en la noche, cuando asisto a la Arena Olímpico Laguna para ahorrarme el pago de un psicoanalista. Aunque es un espectáculo familiar y nadie, salvo los luchadores, corre peligro, el tono de los gritos a veces rebasa algunas rayas de la decencia y, por ello, lo recomiendo poco como divertimento infantil. Abunda, pues, lo pelangocho, lo naco, lo carrillento más sincero. No me considero villamelón, y por eso he visto que, poco a poco, en los últimos años, la lucha consigue más adeptos fresas, cherrys. Los aficionados de abolengo no reclamamos nada, pues la burguesía local suele llevar lo único bueno que posee: lindo personal femenino, lo cual le añade al espectáculo un encanto totalmente (Gómez) Palacio. En la lucha he visto incluso, porque han asistido por allí alguna vez, a muchos personajes como el Flipy Nevares, Roberto Fernández, Sofia Camil, Paco Amparán, Gerardo Hernández, Daniel Guzmán. El jueves pasado, por ejemplo, asistió Idoia Leal. Monsi, nuestro monero estrella, es de los que nunca faltan, de los míos.
Digo esto porque el domingo fui al beis luego de no hacerlo en casi una década. Junto a mi padre y a mi hermano, reviví un poco aquella infancia en la que el Unión Laguna fue grande en el estadio rosa. Realmente me impresionó lo bien armado que tienen todo el show, el deseo de ofrecer digno espectáculo con los Vaqueros. Supongo que, en general, es un calco de las maneras gringas de promover el beis, aunque de seguro hay elementos que aquí fueron creados. Más que el fut, más que básquet, mucho más que la lucha o el box, el beis es un deporte familiar, una espléndida oportunidad para reunir al clan. El estadio luce maravilloso, con perfecto césped, impecable iluminación, visible pizarra, todo. La mascota, el pollo, es un personaje gracioso y además de la sabrosa carne adobada de los legendarios lonches beisboleros, las vaqueritas añaden el toque de jugosa carnacua que ahora es casi imprescindible para jalar la atención de la babeante perrada varonil.Sólo dos o tres recomendaciones que espero escuchen quienes le están metiendo los kilos al equipo: hay exceso de publicidad fija y en la pantalla de video; uno termina por sentir que es un aparador y no un deporte. Nunca debe haber música con jugadores en el cuadro, pues el beis es un deporte para irse platicando. Y, como lo explica muy bien una carta de ayer escrita por el señor Higinio Esparza, es de mal gusto, e impune, zaherir al público con la cámara y la pantalla. Por lo demás, todo muy bien. Tenemos buen beis.

martes, abril 24, 2007

Karaoke periodístico I

Hace más o menos mil años, cuando yo era feliz e indocumentado, alimenté una columnita cultural titulada “Solfaedro”. Allí, se suponía, usaba el bisturí de la retórica para analizar canciones populares. Modestia al margen, creo que al respetable le gustaba esa curiosa práctica. No tenía muchas pretensiones, sólo mostrar que el fenómeno literario puede parir encantos o adefesios a la menor provocación, y nada mejor que la lírica barriobajeña para evidenciarlo. Me ceñí al postulado borgesiano que supone la posibilidad de examinar cualquier pieza literaria, por abominable que parezca, o al Paz de El arco y la lira: “El método estilístico puede aplicarse lo mismo a Mallarmé que a una colección de versos de almanaque”.
Quiero revivir aquel ejercicio. Lo hago, para empezar, con “La mesera”, una canción rancherísima de un tal Mike Salas e interpretada por numerosos grupos. Las canciones con ímpetu narrativo se prestan mucho para el estudio de la mentalidad, pues cuentan historias en donde laten las apetencias y las aversiones más hondas del populamen. “La mesera” cuenta un cuento, pues. Empieza así: “En una fonda chiquita / que parecía restaurante / entré a comerme unos tacos / porque ya me andaba de hambre / ya ven que el hambre es canija / pero más el que la aguante”; nótese la sutil distinción que hace el compositor; ¿cuál será la diferencia, la categorización aristotélica entre fonda y restaurante?; además, el adjetivo “chiquita”, por simplón, es luminoso, insuperable; asimismo, el comentario ontológico que parece nota al pie, el del hambre canija. Continúa: “Se me acercó una morena / que estaba rete tres piedras / me dijo ¿qué se le ofrece? / puede pedir lo que quiera / señor, yo estoy pa’servirle / aquí yo soy la mesera”. En este segmento se insinúa ya el coqueteo (“puede pedir lo que quiera”) y la precisión innecesaria, por evidente, “aquí yo soy la mesera”, dicho esto para despertar la inquietud sexual de los oyentes, que ya podemos imaginar a una chamaca sabrosota, de historieta Sensacional de traileros, con unas nalgas inabarcables apenas forradas por una minifalda de licra más pequeña que el éxito de los operativos contra el narco. Luego: “Nomás miré aquella prieta / se me olvidaron los tacos / le dije traiga cerveza / de pollo sirva dos platos / y usted se sienta conmigo / pa’divertirnos un rato”. Es un tramo delicioso; ordena una bebida para el precalentamiento y cambia los mugrosos tacos por un platillo “fino” (dicho esto con un hipérbaton enceguecedor: sirva dos platos de pollo-“de pollo sirva dos platos”; le habla, muy propio él, “de usted”). Más delante: “Le pregunté eres casada / me contestó vivo sola / pero antes de que le sigas / echa a tocar la pianola / nomás le pones un peso / porque ésa no toca sola”. La pieza continúa en ascenso: ella responde ambiguamente (“vivo sola”), luego versos aparentemente banales, aunque la pianola puede equivaler, como símbolo, a la mesera. “No sé ni cuántas tomamos / yo y mi amiga la mesera / el cuento es que hasta bailamos / a punto de borrachera / cantamos ‘La cucaracha’ / y creo que hasta ‘La rielera’”; esta parte refleja todo un mundo: la mesera bebe hasta el tope con su cliente, el burro que se pone por delante (“yo y mi amiga”), luego bailan y cantan canciones no precisamente seráficas. Al final, un cierre de película (mexicana): “Ya cuando se hizo de noche / le dije a qué hora nos vamos / me dijo no, chiquitito, / en eso sí no quedamos / pero si traes dinerito / hasta una polka bailamos”; la conclusión era obvia: el macho trae entre manos, desde el principio, pasar una noche de copas una noche loca, tirarse a la mesera; ella prosigue en la ambigüedad coqueta: aclara que no quedaron en el acostón, pero está dispuesta a todo, hasta a bailar una polka (eufemismo), eso si su cliente trae plata, pues ella, como la pianola, “no toca sola” y hay que invertirle si no amor, sí algo de plata.
Desde que oí esta canción (en un cd con mp3 pirata) lo único que anhelo en la vida es aventarme unos tacos en cualquier fonda chiquita que, por supuesto, parezca restaurante.

sábado, abril 21, 2007

Premio a Vicente

La Opinión difundió ayer la noticia sobre el más reciente premio obtenido por Vicente Alfonso Rodríguez Aguirre (Torreón, 1977), el Nacional de Literatura Policiaca (Conaculta/Gobierno de Veracruz) cuyos lujosos jurados fueron Enrique Serna, Federico Campbell y Vicente Francisco Torres. Yo me enteré del logro el martes pasado, pues el talentoso lagunero vino del DF y aniquilamos unas gorditas celebratorias en Poquito Lunch. Dejo que él describa su galardonada aventura narrativa: “Comencé a escribir Partita para mujer muerta a mediados de 2004, robándole tiempo al trabajo que tenía entonces; era editor de un diario. La historia venía cocinándose desde 1995, cuando leí en la biblioteca de la Facultad de Música de la UANL las crónicas del escándalo que desató La consagración de la primavera, de Stravinsky, durante la noche del estreno.
Trabajé algunos fragmentos aislados en el taller de Saúl Rosales, a quien considero un gran maestro. Él me alentó mucho a seguir el camino de la novela, sin descuidar, por supuesto, el agotador ejercicio de los cuentos. A mediados de 2004 entregué un par de capítulos como proyecto para pedir la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas (flm), pero fue hasta la convocatoria 2005 en que fui aceptado. El maestro Orlando Ortiz, quien dirige un taller abierto en la flm me hizo ver la necesidad de afinar el tono y de visualizar bien las anécdotas que quería narrar: él ha leído gustoso las diferentes versiones y ha señalado con puntería infalible los pasajes débiles. Además me ha orientado mucho al sugerirme textos para estudiar la tradición de la literatura policíaca. También he trabajado la novela con mi tutor, Bernardo Ruiz.
En relación a trabajos anteriores, he buscado para esta novela una prosa más parca, seca, que transmita mejor lo narrado. Tuve que sacarle tres kilos de adjetivos al primer borrador, y amarrarme las manos ante la tentación de sembrar imágenes y metáforas al gusto. Muchas veces ponía, antes de comenzar a escribir, un vallenato que estaba muy de moda hace diez, doce años: ‘Los caminos de la vida’; de algún modo me hacía revivir mi época de estudiante de composición, pues no había día que no escuchara en Monterrey esa canción en las calles. Y ocurrió algo que no esperaba: después de casi una década de tener empolvados mis discos de música clásica, sentí la necesidad de escucharlos otra vez.
Por lo pronto, en la fundación seguiré trabajando un libro de cuentos sobre gemelos [Vicente es gemelo de Toño] llamado Señas particulares que espero terminar antes de que concluya mayo. Además estoy trabajando una serie de crónicas de viaje”.

viernes, abril 20, 2007

No es frivolidad

El miércoles entregué mi Ruta Norte antes de las seis de la tarde. Pocas horas después, a las 11:30 pm, Ciro Gómez Leyva y Carlos Marín debatieron en el programa Tercer grado sobre la violencia que lacera al país. Marín hizo cálculos, digamos, conservadores (no lo cito textualmente): si en cuatro meses han sido ejecutados 800 fulanos, al cierre del año tendremos 2400 muertos, eso si bien nos va, si la violencia no aumenta. Su multiplicación fue 800 por 12 (meses) igual a 2400.
En mi columna de ayer, la que mandé el miércoles antes de las seis de la tarde, hago el mismo cálculo que Marín, sólo que yo cerré en 700 la suma cuatrimestral de muertos. Mi total, por tanto, es de 2100. Muertos más, muertos menos, el cálculo es el mismo, igual de conservador, igual de especulativo, igual de terrible, igual de superable por la realidad mexicana hoy empeñada en batir todas las marcas Guiness del asesinato a sangre fría. Luego de su ejercicio aritmético, el director de Milenio recibió una andanada de opiniones en contra. Ni López Dóriga ni Adela Micha estuvieron de acuerdo en estimar así, con una multiplicación, el grado de horror en el que está metida la nación. Adela llegó a enfatizar, demagoga, que un muerto bastaría para estar preocupados.
El más escéptico fue Ciro. Meneaba la cabeza para mostrar que el cálculo de Marín era imprudente, que no es la suma de los muertos lo preocupante (o algo así), sino la falta de una estrategia clara, de parte del gobierno, para acabar con la ubicua malignidad del narcotráfico; sumar muertos, dijo, es “frívolo”. Luego de eso, el punto de la discusión se diluyó y la conversación se fue por otros rumbos, pero a mí me quedó zumbando la palabrita: “frívolo”. Sumar, calcular conservadoramente los muertos vía cuerno de chivo es “frívolo”.
No lo creo. En materia de ejecuciones, como en la frase publicitaria del film Godzilla, “el tamaño [la suma] sí importa”. La razón de su importancia no está sólo en el número de los sujetos que caen muertos, sino en el hecho simple de que aumentan las probabilidades de que la muerte les/nos toque a los inocentes. Si hay uno, dos, tres casos de hepatitis, las autoridades encargadas de salud podrán pensar que se trata de uno, dos, tres casos aislados, pero si hay quince, veinte, treinta casos de hepatitis en una determinada zona durante un determinado lapso, es prudente pensar en una epidemia y hay que preocuparse. Si hubiera cien, doscientos, trescientos muertos, es un problema todavía ceñido a ciertos estándares de violencia. ¿Pero 2100, 2400, 3000? ¿Especular el posible total es una frivolidad o una advertencia urgente para hacer algo?

jueves, abril 19, 2007

Muertos por toneladas

A veces las hipérboles (figura literaria que consiste en la exageración fuera de toda medida para ponderar algo) son alcanzadas por la realidad. Haber dicho “muertos por toneladas” hubiera sido una vistosa hipérbole en 1997, pero enunciar hoy eso mismo no es más que una mera pincelada descriptiva de lo que pasa con la violencia incubada a grados inauditos por Fox y ahora incontenida por la errabunda gerencia felipista.
Un cálculo que va más allá del ejercicio numérico indica que, si el año continuara en el mismo tenor de los primeros cuatro meses, al final de 2007 tendremos más de dos mil ejecutados. Pura aritmética: van 700 en cuatro meses; se sumarán otros 700 de mayo a agosto y una cifra similar de septiembre a diciembre. En total, 2100 muertos si el fenómeno fuera fijo, pero va escalando y Carlos Bazdresch, del CIDE, calcula que llegará a cuatro mil. Ahora bien, aceptemos 2100 y pensemos que cada víctima pesa en promedio 85 kilos; eso nos arroja un total de 178 toneladas y media de carne humana. ¿Podríamos imaginar lo que veríamos si apilamos esos cuerpos? Es imposible alcanzar una mínima vislumbre de tan macabra imagen, aunque ciertas fotos del holocausto nos den idea de lo que es la muerte amontonada y anónima. Aquí el problema es que, aunque toda ejecución es pavorosa, las guerras políticas no dejan de encerrar cierto ideal, por torcido y discriminatorio e inhumano que sea, mientras que la guerra del narco es librada totalmente bajo el estúpido imperio del dinero.
Ese poder enmugrecido por el dinero con olor a muerte es precisamente el que envenenó al foxato, el mismo que ha trasminado a las instituciones dizque encargadas de procurar seguridad en nuestro país y el mismo que ahora libra una lucha histórica por conservar sus temibles fueros. Gran parte de la espiral violenta toca al actual gobierno. No sólo porque es heredero directo del anterior, del gobierno foxista, sino también por su inoperancia, su hipocresía y su fatal nacencia espuria. Lejos de haber obtenido así sea un triunfo parcial y momentáneo contra el crimen, el gobierno de Calderón ve, como espectador nomás, las masacres generalizadas en toda la república. Jornadas de veinte muertos nunca se habían admirado en el país, y todavía el político de Michoacán emite lánguidos discursos donde afirma que la situación avanza por el camino correcto.
Ya sería hora, más bien, de cambiar estrategias, antes de que sea imposible (tal vez ya lo sea) enderezar el rumbo. Lo primero sería llamar a Fox, cuya lasitud dejó crecer el mal a grados infernales. No lo hará. Ni eso ni nada que en verdad remedie nada. Los cadáveres elevarán una montaña.

Del cuento y sus orillas

Encontré un blog denominado “perrolobo” en el que es discutida mi posición en torno al cuento; no conozco a los interlocutores de ese blog (Manuel Llanes y Javo). Cuando hablan sobre mi artículo se refieren a “Itinerario de Las manos del tahúr” publicado en Andante26, revista electrónica de Hermosillo, Sonora. Tengo, por supuesto, algunas opiniones sobre lo que afirman Perrolobo y Javo, pero aquí lo interesante es su diálogo, no lo que yo pueda añadir a la polémica. No conozco a Perrolobo ni a Javo, insisto, pero los felicito y agradezco su generosa atención a mi texto y al cuento, género poco apreciado por el mercado editorial y sobre el que suele discutirse poco en nuestro país.
Calco, pues, las palabras de Perrolobo y Javo (omito breves comentarios ajenos al tema del cuento; dejo lo que mencionan sobre Samperio):

Mañana en Primera Plana, “Un libro de cuentos que no lo son del todo”, una crítica acerca de Es el viento (2006), la antología de relatos de César Gándara que Josué Barrera y yo presentamos ayer en el patio de la Alianza Francesa. Básicamente lo que digo es que algunos textos del libro de Gándara no se ajustan a una definición tradicional, pero no importa, porque a pesar de lo que diga Jaime Muñoz Vargas no es obligación que un cuento tenga planteamiento, climax y desenlace para ser cuento. A ver qué les parece.

11 Responses to
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1 Javo on mar 8th, 2007 said:
Muy de acuerdo con tu planteamiento sobre el cuento: sería triste limitarnos llamar cuento solo al tipo de cuento que llamas “tradicional” (Poe, Quiroga, Cortázar). Me interesa leer tu crítica sobre Es el viento, que no he leído pero me interesa. Un saludo, Manuel.

2 Javo on mar 8th, 2007 said:
PD. Sin embargo, me intriga el título de tu reseña: “Un libro de cuentos que no lo son del todo”. ¿En qué quedamos? ¿O es ironía? Leeré lo de Muñoz Vargas.

3 perrolobo on mar 8th, 2007 said:
Javier: hola, ¿qué hay? Mañana pongo el link para que leas la crítica en la versión en línea del periódico. Si quieres leer el libro de César Gándara te lo presto. Con el título del ensayo me refiero a que los textos de Es el viento son cuentos, pero algunos no son tradicionales. El artículo de Muñoz Vargas te lo recomiendo mucho, está muy interesante, lo malo es que no dice nombres.

4 Javo on mar 8th, 2007 said:
Oye, se me pasó decirte algo en mis comentarios anteriores: si bien creo que las características de cuento no son tan rígidas, también creo que hay textos que no son cuentos; por ejemplo, aquellos cuyo énfasis está puesto en las imágenes y no en contar una historia, que es distinto acontar una historia y además incorporar imágenes, muchas o pocas. En fin, es complejo esto, ¿no? Estoy leyendo lo de Muñoz Vargas.
Sí me interesa que me prestes el cuentario de Gándara.

5 perrolobo on mar 8th, 2007 said:
Yastas, te llevo Es el viento. Sí, no todo es cuento.

6 Javo on mar 8th, 2007 said:
Ya leí lo de Muñoz Vargas. Está muy bien planteado y tiene sentido lo que dice. Me deja pensando. Hay también quienes dicen que una novela no es una novela si no tiene trama, si no hay nexos argumentales entre sus distintos episodios. Y sí, las buenas novelas tramadas son deliciosas, pero también hay otras, como El Jarama de Sánchez Ferlosio, en la cual no parece pasar nada, pero en realidad ocurren muchas cosas. En fin, personalmente no me agradan las novelas donde realmente no ocurre nada.Cada quien tiene un criterio y no se trata de descalificar el de otros. Sí de problematizar, de llevarlo al debate serio, que quizá sea de alguna utilidad. Me parece buena idea la de juzgar un texto literario por lo que él es y ofrece y no por nuestros prejuicios. En fin, todo esto suena muy bonito y es difícil de hacer. Me despido, pues ya estoy divagando mucho. Hasta al rato.

7 Javo on mar 8th, 2007 said:
Ah, no tiene mucho que ver con el tema, pero verás qué simple el Samperio. Dice que no hay que comparar a Gabo con Cervantes. Que en todo caso quien merecería esa comparación es Rulfo :S. ¿La arbitrariedad es ley?

8 perrolobo on mar 8th, 2007 said:
Javo: a mí me parece muy dogmático el texto de Muñoz Vargas, que deja fuera cuentos como los de Carver o Hemingway. Lo malo es que no dice nombres, lo cual me parece una omisión que dificulta estar de acuerdo o no con él. Acerca de la trama en las novelas (o su ausencia) hay todo un debate, pero conozco novelas del canon que ponen en entredicho la importancia de la trama.Descalificar a los demás no es tan malo y hasta puede ser divertido. Además, el error existe. Bye y muchas gracias por tu participación.

9 perrolobo on mar 8th, 2007 said:
Javo: me gustaría leer lo que dice Samperio, porque de entrada no sé cuál es el punto de comparación entre García Márquez y Cervantes, o entre éste y Rulfo. Nos vemos.

10 Javo on mar 8th, 2007 said:
Con todo gusto te paso lo de Samperio, Manuel:
“No comparen con Cervantes” GUILLEMO SAMPERIO CUENTISTA Para Guillermo Samperio autor de varios cuentos y novelas, la obra de Gabriel García Márquez es fundamental:“Pienso que es uno de los emblemas de la literatura universal. Cien años de soledad es uno de los mayores libros de Latinoamérica, que crea toda una generación de personajes y seguidores que hasta nuestros días lo consideran un texto de culto. Lo que no se me hace tan afortunado es que lo comparen con el Quijote. Cervantes es único y su obra es muy digna, si alguien merece esa comparación sería Juan Rulfo”.
Sí es algo dogmático el texto de Muñoz Vargas, pero argumenta bien y confiesa que quizá su definición sea limitada, pero que es la que considera más adecuada. Saludos.

11 perrolobo on mar 9th, 2007 said:
Javier: pues ojalá Samperio dijera por qué, ¿no? Si, es curioso como Muñoz Vargas muestra cierta reserva hacia los textos que no le gustan, pero luego a quienes los escriben los llama integrantes de una “secta” y al final los culpa de la desventura del género en el mercado editorial. Esa agresividad en favor de un dogma me parece más propia de alguien asustado ante lo que se le escapa, que una buena argumentación. Como siempre, un gusto.

miércoles, abril 18, 2007

Tangueando en Torreón

Tuve cuatro veces el deseo de escuchar los conciertos de tango ofrecidos por Raúl Jáquez y Rolando Gotés en el Museo Regional de La Laguna. Por una u otra razón no pude asistir ninguna de esas noches, pero el viernes pasado me di la escapadota y ocurrió lo que yo presentía: una presentación espléndida de dos músicos laguneros que con talento y trabajo logran lo increíble: acercarnos a la expresión artística más representativa de la Argentina como si en realidad oyéramos a dos porteños en lo suyo, tangueando.
Al menú musical de La Laguna debemos añadir entonces el jazz y el tango de estos dos artistas. Da gusto, porque si no abundan los jazzistas, menos quienes alguna vez han querido hacer del tango una posibilidad viva para nosotros. Ignoro si habrá más presentaciones, pero realmente sería grato saber que sí, que Jáquez y Gotés extenderán el plazo de sus recitales didácticos, una conjunción feliz en tierras como la nuestra, muy poco enteradas de toda la información que fluye en torno al tango.
Acompañados en la introducción al concierto por Adriana Vargas —quien leyó un esbozó contextual— los intérpretes luego despacharon trece tangos de los más sentidos. Antes de cada uno, Jáquez comentó detalles sobre los intérpretes, sobre las canciones y sobre los cantantes que las inmortalizaron. Según entendí, este concierto fue dedicado a recorrer parte del repertorio de Agustín Irusta, cantante rosarino de los más afamados en su país, pero poco conocido en el nuestro. De hecho, fuera de Gardel, de Lamarque y Rinaldi, creo que pocos tangueros son bien conocidos en México. A los nombres del zorzal y de aquellas dos grandes hay que agregar, sin duda, a Julio Sosa, a Edmundo Rivero, al Polaco Goyeneche, a Cacho Castaña, a Eladia Blázquez y a la mejor con faldas, Adriana Varela.
En tal nómina es indudable que debe figurar la voz aguda y como arrastrada de Agustín Irusta. Abaritonado, Irusta cantó “María” (un tango que seguido paladeo gracias a un CD de un tanguero joven llamado Julián David), “Por la vuelta” (que Julio Jaramillo hizo famoso en versión bolero), “Mano a mano” (de los más difíciles y que Gardel cantaba sin despeinarse), “Garufa” (de los más célebres), “Lo han visto con otra”, “Madreselva”, “Esta noche me emborracho” (un clásico), “Yira yira” (flor del desaliento), “Adiós muchachos”, “Rondando tu esquina” (también conocido entre nosotros gracias a Jaramillo), “Victoria” (nunca me ha gustado), “Sombras nada más” y “Malena” (fregón), tangos que revivieron en la voz, el fuelle y las cuerdas de Jáquez y Gotés. Creo que es una iniciativa muy estimable; ojalá continúe y ojalá podamos apoyarla.

domingo, abril 15, 2007

¡Torito, Torito!



Junto al Santo, Kalimán, Cantinflas, Tintán, María Félix, Memín Pingüín (con “güi”), José Alfredo y Agustín Lara, Pedro Infante Cruz (Guamúchil, Sinaloa, 18 de noviembre de 1917) es uno de los ídolos populares indiscutibles de la cultura mexicana. Independientemente de lo que digan alienígenas como Origel, Alfaro, Sola y Kaffie, independientemente del chismorreo babotas que los programas de espectáculos han levantado antes de este día, la figura de Infante merece feliz recordación por su valor actoral, un valor que está más allá de las averiguatas jotiringas del presente.
Como sabemos (y en esta edición seguro aparece algo sobre la efemérides), hoy se cumplen cincuenta años justos del avionazo que le robara la vida al actor, percance ocurrido en una nave Tamsa de la segunda guerra mundial cuyo recorrido iba a darse de Mérida, Yucatán, a la capital del país. Medio siglo, pues, sin Pedrito, acaso el personaje más popular que jamás haya habido, y habrá, en el mundillo del showbiz mexicano.
Bien observado, el accidente que segó la existencia de Infante fue un catalizador de su ya de por sí inmensa fama. De hecho, a la muerte trágica y el consecuente aumento de popularidad solemos denominarlo ahora “efecto Pedro Infante”. Como ocurrió con Gardel, la muerte aparatosa y repentina colocó de inmediato al joven norteño en los altares laicos del país. En otra dimensión, ese efecto lo acusaron las almas de Salvador Sánchez, de Selena y, recién, de Valentín Elizalde, pero todos sin el shock que representó la muerte de Pedrito para nuestra cultura pop.
Muchos se preguntan todavía, por ello, qué habría pasado si Infante no hubiera muerto a los cuarenta casi justos. Es imposible saberlo, pero es aceptable pensar en más películas, en más canciones, en apariciones televisivas durante los setenta y, ya de viejito bonachón (como el lamentable Tito Guízar de la ancianidad) en telenovelas de los ochenta hasta la llegada de su muerte natural y su canonización. En ese cuadro hipotético Infante no habría perdido su condición de ídolo, pero seguramente hubiera generado un poco la lástima que provoca el Cantinflas de los filmes en Technicolor, un Cantinflas restirado, con dentadura postiza, con cuellos de tortuga, sin la simpática agilidad de la juventud y con el personaje del peladito muy gastado por el uso, ya sin punch. Por ello, aunque suene feo, la temprana muerte ayuda a pensar en el Pedro Infante de la cúspide, buen mozo (así decía mi abuelita), harto mamey por las pesas de su gimnasio, tan dicharachero y caimebién como lo vimos siempre en el lote de cintas que rodó.
El éxito de Infante no se puede explicar solo. Si bien tenía la onza y supo cambiarla cuando se le presentó la coyuntura, el de su triunfo fue uno de los casos más precisos de combinación accidental de talentos. Gracias a los temas de Manuel Esperón, gracias a la compañía de actrices espléndidas como Blanca Estela Pavón y gracias sobre todo a la destreza que como director tenía Ismael Rodríguez, Infante subió a la catapulta que lo lanzó al estrellato fílmico. No era el mejor cantante, pero entonaba bien no sólo las rancheras (a mí me gusta en los boleros, nunca en las canciones cómicas), no era el mejor actor, pero sabía hacer creíble (“¡Torito, Torito!”) a casi todos sus personajes (menos el de cura y el de Tizoc) y poseía una química natural para seducir al público.
He visto, a propósito del recuerdo mediático, algunas escenas de sus películas; todas tienen estructuras tiesas, pero los argumentos son interesantes y claros, cuentan una historia sin vaguedades ni tropiezos, y fueron editadas y musicalizadas con la perfección que permitía su época. Con eso basta para aceptar a Pedro Infante en la memoria.

sábado, abril 14, 2007

Glamour cristero

Siempre me ha encantado el gusto naive de los concursos de belleza, sobre todo en dos etapas: trajes típicos y de baño (aquí emito un cachorro “mmmm” mordiéndome el labio). Confieso que tengo algunos años de no seguir ese espectáculo, pues con tantos canales de televisión ya nunca sé en dónde ni cuándo desfilarán las imponentes beldades ante los voraces ojos de la ecumene. Por ese motivo no han dejado de atraerme a la lectura las notas sobre la participación de México en el venidero Miss Universo 2007 a celebrarse en mayo entre Cancún y el DF. Cuento.
La sorpresa, el as bajo la falda que nuestro país ha preparado para el certamen, es el traje “tradicional” de la representante azteca, una hermosa trigueñita de nombre Rosa María Ojeda, fiel ejemplar de la belleza que caracteriza a las sucesoras de Lupita Jones. Ese vestido es una joya del arte kitsch, la más acabada imagen del gusto que se ha venido imponiendo en México desde que la sinarquía se hizo del poder. La prenda que portará la señorita Ojeda, según los cables, muestra en el amplio vuelo de sus pliegues (aquí, con esta frase, me sentí Sara Bustani conversando con Pepillo Origel) “pintadas a mano, figuras de campesinos colgados de postes telegráficos, mujeres en misas clandestinas y escapularios, así como la imagen de la Virgen de Guadalupe”. A la usuaria de esa pieza textil ya se le conoce, obviamente, como “Miss Cristera”.
María del Rayo Macías, la diseñadora del traje que ganó la posibilidad de atravesar la pasarela universal de la belleza (aquí me siento Raúl Velasco narrando desde ultratumba) ha comentado que, como oriunda del Bajío, la influencia del pensamiento cristero le ha dejado una marca cultural indeleble: “María del Rayo es arquitecta y vive en Encarnación de Díaz, Jalisco. Desde hace cinco años ha diseñado el traje de Señorita Encarnación y el año pasado no sabía sobre qué tema hacerlo. ‘En esta región, en Los Altos de Jalisco, la gente sigue siendo muy religiosa; está muy presente la Cristiada, es un tema de plática muy común’”. Fue así como, tras un chispazo de ingenio, la diseñadora de Encarnación metió toda la encarnación al asador y decidió confeccionar un atuendo con ahorcados y escapularios, digno de los vientos que soplan para la patria forjada a golpes sobre el yunque.
El gobierno de Ebrard ya pidió que la chica no desfile con ese vestido. Mala idea. Yo propongo que no sólo desfile con tan linda prenda, sino que en la prueba de bikini, con lentejuelas, dibuje en cada triangulo pectoral los rostros de Sandoval Íñiguez y de Norberto Rivera, y en la partecita frontal de la tanga el de Serrano Limón. Sería exquisito.

viernes, abril 13, 2007

Hit parade novelístico

Un amable lector me hace ver que no comenté nada sobre la reciente encuesta de Nexos para ver cuáles eran las mejores novelas mexicanas escritas en los pasados treinta años. No comenté nada, le respondo, porque las colaboraciones de la pasada semana (vacacional) las mandé todas juntas a La Opinión y me olvidé siete días de Ruta Norte. El mismo lector, enfático, me envió la dirección fondodeculturaeconomica.com donde en su sala de prensa es difundido el boletín con los resultados.
El despacho suscrito por Nexos el 30 de marzo de 2007 señala: “Sabemos que la mejor, la más innovadora, la más sugerente, la más compleja, etcétera, de las novelas no se puede establecer a través de una votación. Pero sabemos también que preguntarle a escritores y críticos literarios sobre las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años tiene sentido. En primer lugar, porque sus opiniones son enteradas, elocuentes y significativas. Y en segundo, porque queremos contribuir a desatar un debate sobre el estado que guarda la novela entre nosotros”.
De su metodología, Nexos apunta que “Elaboramos una lista original de 123 escritores y críticos literarios. Intentamos ser incluyentes, convocar a personas de muy diversas trayectorias y convicciones artísticas e ideológicas, de distintas generaciones, reunir a la pluralidad de corrientes literarias que coexisten en nuestro país, en una palabra, trascender el cerco de nuestros propios gustos, para alcanzar un ejercicio significativo. (…) Con el apoyo del Servicio Postal Mexicano, y de su director, Gonzalo Alarcón Osorio, enviamos 123 juegos de sobres para recibir tres votos por cada persona y al mismo tiempo mantener en el más estricto de los anonimatos las opiniones de los participantes”.
Los resultados son ya muy conocidos, pero quien todavía no sepa nada sobre el rollo (que resonó en semana santa) puede ir a nexos.com.mx. Verá que Noticias del imperio (de Fernando del Paso) ganó con 23 menciones; Las batallas en el desierto (de José Emilio Pacheco) quedó en segundo, con 10; en tercero Crónica de la intervención (de Juan García Ponce), con 8; Elsinore (de Salvador Elizondo) y El desfile del amor (de Sergio Pitol), con 7; Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (de Daniel Sada) y La guerra de Galio (de Héctor Aguilar Camín), con 6; En busca de Klingsor (de Jorge Volpi), con 5; y así, cinco novelas con cuatro menciones, cuatro con tres, 14 con dos y 46 con una sola. Allí, con una humilde mencioncita, aparece mi novela Juegos de amor y malquerencia, y juro que mi mamá no fue encuestada.
Tiene razón Nexos: el resultado es debatible, pero eso no anula lo interesante del ejercicio.

La invasión cherry

Se requiere un comentario sobre lo que me atrevo a denominar “invasión cherry”. Se trata de un fenómeno social difícil de clasificar, pero visible en la edad, la apariencia, la gestualidad, el tono de voz, el origen social y, sobre todo, la cosmovisión de muchos sujetos que en unos cuantos años se han apropiado del espacio público como paracaidistas de cuello blanco. Están metidos en todo: obviamente en la empresa, pero también en la política, en el espectáculo, en el deporte y en la cultura. En todo, y siempre para hacerse ricos a nombre del pueblo al que dicen representar y/o satisfacer. Paso breve revista de esta fauna emergente:
1) Cherry emprendedor: endenantes, todavía en los ochenta, ser millonario era asunto de rucos. Hacerse rico implicaba, además de trabajo e imaginación, paciencia, cierta abnegación de buey y una austeridad a prueba de corrosión. Hoy, a los veinte años, el joven no sólo quiere ser millonario, sino que tiene la obligación de serlo antes de los treinta si no quiere ser calificado como “looser”. En esa mentalidad hay que ser “agresivo”, creativo, despiadado con la despiadada competencia. Nada importa, sólo hacer billetes con una franquicia o lo que sea, cueste lo que cueste.
2) Cherry político: acabo de estar en Chihuahua capital. Es tiempo de precampañas para la presidencia municipal y para diputaciones locales. La propaganda muestra no a políticos, sino a jóvenes “triunfadores”, millonetillas como los candidatos de Gómez Palacio que hablan con muchos “o sea” o “¿si me entiendes?”, siempre con el tonito discursivo de nuestro diputado Bracho.
3) Cherry artista: ya no hay ídolos de extracción popular. Ahora, para ser ídolo, hay que contar con una cierta pátina fresota. Los casos abundan: Alejandro Fernández, nuestro “cantante” Pablo Montero, Pepe Aguilar, Maná, todos los mocos de RBD, “Luismirrey”, Christian Castro, la “Pau”, Gael García, Diego Luna, Adal, Salma y los tres directores Cuarón, Del Toro y González Iñárritu.
4) Cherry deportista: cada vez son más los atletas que jamás tocaron calle para hacerse desde abajo. Ahora, con facultades, laboratorio y dinero es posible escalar musculosas alturas y obtener patrocinios de polendas. Ahí están Lorena Ochoa, los automovilistas (Mario Domínguez), jugadores de futbol como Torrado, los hijos de JC Chávez y del Santo.
5) Cherry culterano: los grandes politólogos y escritores del país son hoy de esencia cherry: Federico “Reyes-Heroles”, Jesús “Silva-Herzog” Márquez, Volpi, Aristegui, Leo Zukermann, Denisse Dresser, Dehesa, Loaeza I y II.

Pillería al máximo

Y luego se preguntan por qué hay evasión fiscal en México. Por un lado Hacienda persigue con jauría a los contribuyentes hormiga y por otro permite que los grandes capitales se muevan a su antojo en materia tributaria. Quien lo dude, que se asome a una de las noticias más importantes que circularon ayer martes: “La Auditoría Superior de la Federación (ASF) informó que en el quinto año de gobierno de Vicente Fox, las dos cadenas televisivas sumaron créditos fiscales por mil 521 millones 821 mil 200 pesos, mientras que en el mismo ramo de entretenimiento y comunicaciones, ‘una compañía editorial'’ debe al fisco 2 mil 675 millones 476 mil, y cuatro clubes de futbol adeudan 2 mil 178 millones 880 mil 200 pesos”.
Vistos así, los números parecen (son) inmensos, pero no dicen mucho al ciudadano de a pie. Hay que complementar esas cifras con otro párrafo, éste: “La auditoría también realizó un ejercicio para ‘mostrar un orden de magnitud del efecto que implican las elevadas cifras de devoluciones de impuestos y los créditos fiscales’, facilitados por la legislación tributaria. Para ello sumó la diferencia entre las carteras inicial y final de créditos fiscales de 2005, que fue de 68 mil 470.7 millones de pesos, y las devoluciones de impuestos por 149 mil 849.7 millones. ‘El dato resultante fue equivalente a 27.5 por ciento de los 793 mil 6.7 millones de pesos que captó en ese año, como ingresos tributarios, el gobierno federal’, aseguró.
Casi el 28 por ciento, entonces, de lo que ingresó, o debió ingresar, al arca pública volvió a las manos de los evasores de pipa y guante. Esta situación deja muy mal parado al sistema tributario mexicano, que suele ensañarse con la pequeña y la mediana empresa y deja abierta a los tiburones, como Televisa y TV Azteca, la oportunidad de que no paguen un quinto al fisco.
Sobre el caso, el editorial de ayer de La Jornada nos pinta un fresco del desastre provocado por la inequidad hacendaria: “Los 100 mil millones de pesos que no ingresaron a las arcas nacionales representan también, cinco años del gasto anual de la Universidad Nacional Autónoma de México; con esos recursos muy bien se hubiera podido abatir el desabasto de medicinas en el Instituto Mexicano del Seguro Social y en el ISSSTE, o dar mantenimiento a toda la infraestructura de oleoductos de Pemex”.
Vuelvo al inicio de estos párrafos: y todavía nos preguntamos por qué el ciudadano común (ése que con un salario flaco debe pagar impuestos que enflaquecen aún más su ingreso) odia a la Secretaría de Hacienda. El peso de la economía nacional está, pues, para colmo, sobre el lomo de las economías pequeñas.

lunes, abril 09, 2007

Soy y no soy

Escribir narrativa realista es algo riesgoso. Cuando alguien tiene la bondad de leer mis cuentos, ocurre con frecuencia que surge en ese alguien la inquietud de saber qué tanto es verdad, qué tanto es autobiográfico. Yo respondo que todo y nada a la vez, pues si bien todo parece real, sostengo que los fueros de la imaginación (es decir, de la mentira, de la deformación) se imponen en el relato o al menos pesan tanto que terminan por alejar la realidad inventada de la realidad real. Finalmente, en la biografía del escritor también cuentan sus sueños, lo que escucha, lo que revolotea en su subconsciente, lo que lee, no sólo lo que vive en pleno uso de su razón. Tal problema (que el lector crea que es autobiográfico lo que escribe un escritor realista) no lo enfrenta un narrador fantástico, pues cualquiera sabe que no hay alfombras voladoras ni seres que atraviesen paredes.
Digo esto y traigo un ejemplo; hace varios años, como siete, viví en la realidad una situación que me pareció graciosa. Luego, tres o cuatro años después, escribí la microanécdota; traté de calcarla de la realidad, de escribirla sin ninguna alteración, y salió esto (“Premios”):
“Me encontraba en un restaurante agringado junto con mis pequeñas y mi esposa. En un rincón del establecimiento descansaba, llena de luces y color, una maquinita extraña que servía para dar premios luego de depositar en ella unas monedas. Mi hija mayor, cazadora intransigente de esas promociones, insistió durante toda la cena que deseaba meter en la maquinita una moneda para ver qué premio obtenía. Sin parar, me rogó una y otra vez que le diera la moneda. Le expliqué lo de siempre: esos aparatos sólo sirven para robar el dinero. No la convencí. Al final de la cena le di la moneda y, obvio, no sacó el juguete que esperaba. Entonces rompió en un llanto actoral, de niña que ya maneja, sin Stanislavsky de por medio, lágrimas y gritos de chantaje. Ya lejos y en el coche de regreso a casa, la niña seguía llorando. En eso se me ocurrió preguntar qué malditos premios ofrecía el instructivo pegado en el aparato. Renata mamá comentó que el tercer premio era un refresco, el segundo un trozo de pastel y el primero una cena. Al oír aquello, la niña, que más bien esperaba un juguete, cesó de gritar y, de golpe, con la voz más serena del mundo, dijo: ‘Ah, entonces para qué lloro’”.
Tiempo después mi hija, la pequeña protagonista del caso (quien no recordaba nada sobre aquella experiencia), leyó la historia como si fuera ajena, y escribió lo que sigue cuando en la escuela le pidieron un relato (respeto su sintaxis y su ortografía):
“Un día estábamos en Nuevo Laredo entonces fuimos al restaurante ‘Dennis’ y pues nos pusimos a comer. Después vi a mi hermanita que se le iluminó la cara y le dije ¿Qué tienes? Y me dijo: quiero uno de esos. ¿De cuáles? De esa maquinita. Y entonces cuando acabamos de comer le dijo a mi papá ¡me concas, me concas! (así dice mi hermanita me compras) y mi papá le dijo que no así que empezó a llorar.
Mi papá lla no aguantaba así que la dejó y le dio una moneda y perdió. Mi hermana seguía llorando y luego le preguntó ¿cuáles eran los premios papi? Una cena, una camiseta y una rebanada de pastel y luego mi hermana dijo a para qué lloro”.
Grosso modo, el camino seguido por esta anécdota describe una ruta habitual en la literatura realista: ocurrió en la realidad, fue hecha conciente por mí (y escrita fielmente, como periodismo) y luego leída, “revivida” y deformada con toda arbitrariedad por mi hija, pero sin menoscabar su apariencia de realidad. Lo que importa en la literatura realista, en suma, es el producto estético final, no si quien escribe vivió o no vivió lo contado. Decir la verdad es lo de menos en esta literatura. Es suficiente con ser verosímil.

sábado, abril 07, 2007

Malvinas, 2 de abril

No sé quién sea “HS”, pero su “Malvinas: recordando a un miserable” es un excelente artículo del ortiba.com sobre la necesidad de hacer memoria también sobre las lacras que, en el lado opuesto al heroísmo, sirven de mal ejemplo a la humanidad. Es, apretada, una síntesis biográfica sobre Alfredo Astiz, militar argentino que encarnó, que encarna, lo peor del ser humano:
“Durante estos días la conmemoración del 2 de abril de 1982 y las notas alusivas seguramente inundarán la primera plana de los medios. Seguramente se definirán consignas como que la gesta en defensa de la soberanía debe diferenciarse correctamente de la dictadura que la prohijó. Seguramente se ensalzará el heroísmo desmedido de algunos combatientes. Pero también es bueno recordar que la cantidad de ex combatientes suicidas supera en 2007 la cantidad de caídos en combate, exceptuando los muertos del Belgrano. Recordar que mientras los militares improvisaban sobre el terreno sin la más mínima inteligencia geopolítica y el pueblo se conmovía por la recuperación del ansiado territorio, la ‘hermanita perdida’, los medios promovían y alentaban un ridículo y patético patrioterismo, la más de las veces puramente comercial, sin que hayan intentado después ningún tipo de autocrítica.Recordemos a un miserable: el infiltrado en el grupo de Madres de Plaza de Mayo bajo el nombre de Gustavo Niño, supuesto hermano de un desaparecido, que ‘marcó’ a las principales dirigentes, entre ellas Azucena Villaflor, quien fuera secuestrada, arrastrada a la ESMA y arrojada viva al mar desde aviones de la Armada. (…) Y de tantas otras barbaridades que quizás jamás nos sean reveladas, como la emboscada, secuestro y muerte de Rodolfo Walsh. El 26 de abril de 1982, este miserable estaba a cargo del comando de élite ‘Los Lagartos’ en las islas Georgias. Ese comando era la única presencia militar argentina en las Georgias, zona de conflicto bélico, por lo tanto era la primera y única vez que el miserable pudo haber justificado con suprema razón y justicia el uso legítimo de las armas que el pueblo argentino pagó y entregó a las fuerzas armadas con el fin de ser usadas en defensa de la soberanía territorial.
Pero el miserable que no dudó en dirigir el fuego contra chicas indefensas (…), ni en secuestrar monjas, el miserable a quien no le importó un carajo la vida de otros civiles argentinos, el que se ufanaría con soberbia vileza ante la prensa ‘Soy el hombre mejor preparado técnicamente para matar a un político o a un periodista’, cuando las tropas británicas iniciaron el desembarco en Puerto Leigh, de inmediato izó la bandera blanca”.

Sigue Nomádica

Como aquí, en La Opinión, felizmente sigo en Nomádica, la revista que con creatividad e inteligencia editan Héctor Esparza y Armando Monsiváis, Monsi. El número que circula en estos días mantiene el estándar de buenos contenidos ya acostumbrado en esta publicación atípica en nuestra región. Si por motivos de semana santa usted es visitante y/o si de casualidad es un apasionado de estas semidesérticas tierras, le recomiendo de veras una suscripción de estas páginas nómadas, siempre aderezada con espléndidas fotos monsivaítas, siempre con inteligentes textos de Perezgasga, Arratia, Esparza et al y magníficamente diseñada por Armando Monsiváis Barajas.
Allí mi colaboración pretende asomarse en aquello que juzgo de interés en relación al entorno físico. Ojalá, por ejemplo, estas palabras sean un buen anzuelo (“Mis árboles”): “Creo que todos guardamos un árbol en la memoria. El mío es una palma ubicada en el ombligo de mi antigua casa gomezpalatina, una casa que hoy está en ruinas y ahora sólo sirve para albergar los fierros y el mugroso caos de un taller de ductos y herrería atendido por dos viejitos fatigadísimos, hombres tan cansados que ya batallan hasta para enunciar una simple palabra. (…) Allí, dentro de aquellas gruesas paredes de adobe y enjarre descascarado, se fueron los primeros trece años de mi vida, acaso los mejores que me han cabido en suerte. (…) El espectáculo que mis ojos contemplaron casi me sometió al llanto. Cada rincón del aposento era un desastre. El tiempo y el descuido, con sádica violencia, habían convertido mi recordado espacio de la niñez en una pocilga inhabitable, en una zona parecida a las que deja un bombardeo militar. No sin cierto asco, tomé como veinte o treinta fotos. Cada una recogía un rincón que mi memoria se había negado a olvidar y que ahora era, ni más ni menos, un cochinero digno de espanto. Mientras los viejos fumaban en silencio, recorrí las habitaciones, el patio, el corral en el que llegué a criar conejos y gallinas, en el que incluso llegué a tener un cerdito y un borrego enojón (daba topes cada vez que se enfadaba) llamado Bikú. No pude no pensar que hacía treinta años dormí, comí, jugué entre esas paredes, y que fui dichoso o me acerqué mucho, cuando menos, a ese estado raro llamado felicidad. La horrible casa era un claro testimonio de mi finitud: algún día yo, haga lo que haga, seré una casa en ruinas, un despojo más útil para la muerte que para la aspiración de futuro.
En ese breve viaje a mi pasado lo que más me impresionó fue la palmera. Siempre me pareció una criatura gigante, y tres décadas sin verla le añadieron, seguro, varios metros más de altura...”

jueves, abril 05, 2007

Tango genial

El tango es uno de mis gustos casi inconfesables, pues uno suena prehistórico a la primera mención de ese placer. Los oigo desde hace décadas, y no presumo si afirmo poseer una choncha colección. La web Todo Tango es un aleph del género, y allí se puede encontrar el tema que ahora me detiene, “Cambalache”, una gema del totémico Enrique Santos Discépolo. Aunque abunda en lunfardo, el antiguo y todavía vivo caló de los bajos fondos porteños, no es difícil hincarle el entendimiento.
Lo que me suena asombroso es la picosa actualidad de su letra. En Todo Tango hay una versión interpretada por Adriana Varela (a mi juicio la mejor cantante de tangos, una Gardel con faldas), pero casi podemos prescindir de la voz, pues basta su letra para saber que el hombre posmoderno fue anticipado, con minucioso pesimismo, por un antiguo noctámbulo de Buenos Aires. Estos son sus versos (añado entre corchetes alguna tibia glosa): “Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé... / ¡En el quinientos seis / y en el dos mil también! / Que siempre ha habido chorros [rateros], / maquiavelos y estafaos, / contentos y amargaos, / valores y dublé... / Pero que el siglo veinte / es un despliegue de maldá insolente, / ya no hay quien lo niegue. / Vivimos revolcaos / en un merengue / y en un mismo lodo / todos manoseaos... / ¡Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor!... / ¡Ignorante, sabio o chorro, / generoso, estafador! / ¡Todo es igual! / ¡Nada es mejor! / ¡Lo mismo un burro / que un gran profesor! / No hay aplazaos [reprobados en la escuela] / ni escalafón, / los inmorales / nos han igualao. / Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición, / ¡da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos, / caradura o polizón!... / ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! / ¡Cualquiera es un señor! / ¡Cualquiera es un ladrón! / Mezclao con Stavisky va Don Bosco / y ‘La Mignón’, / Don Chicho y Napoleón, / Carnera y San Martín... / Igual que en la vidriera irrespetuosa / de los cambalaches [bazares] / se ha mezclao la vida, / y herida por un sable sin remaches / ves llorar la Biblia / contra un calefón... / ¡Siglo veinte, cambalache / problemático y febril!... / El que no llora no mama / y el que no afana [roba] es un gil! [tonto] / ¡Dale nomás! / ¡Dale que va! / ¡Que allá en el horno / nos vamo a encontrar! / ¡No pienses más, / sentate a un lao, / que a nadie importa / si naciste honrao! / Es lo mismo el que labura [chambea] / noche y día como un buey, / que el que vive de los otros, / que el que mata, que el que cura / o está fuera de la ley...”. Apostillar más es innecesario; “Cambalache” parece una profecía.

Tres de Reyes

¿He contado alguna vez que casi de regalo conseguí tres libros firmados por Alfonso Reyes en el colofón? Los tengo todavía, y a su valor documental se suma el hecho insólito de contar con ese insigne garabato, un par de palabras, “Alfonso” y “Reyes”, que equivalen a saber abrumador. En general, abomino del fetichismo, de la manía coleccionadora de chácharas sobrenaturales. Ni amuletos, ni pósters, ni baratijas que encierren jetaturas infalibles. Pero a lo largo de una vida entregada al libro he desarrollado un afecto especial, una pasión rayana en el totemismo, por ciertas obras ora por su antigüedad, ora por su diseño, ora por su edición, ora por cualquier otro detalle peculiar.
En 1990, tal vez 91 o 92, ya no puedo saberlo, se instaló una librería en un pequeño cubículo del anexo del Teatro Martínez. La idea fue, hasta donde llega mi recuerdo, de Felipe Garrido, quien bautizó al reciento como Unicornio. El proyecto fue un oasis, pero duró poco. Había en ese limitado recinto un poco de estantería, y sobre ella una apreciable cantidad de títulos editados, la mayoría, por el FCE. Muchos de esos libros eran nuevos, pero de edición no reciente, lo que permitía encontrarlos a precios de ganga. Me hice, o sus clientes nos hicimos, no sé de cuántos buenos títulos, tantos que en otro momento jamás he vuelto a comprar una cantidad siquiera próxima de libros del Fondo.
Lo mejor ocurrió aquel sábado inolvidable. Al concluir el taller literario que impartía en la UAdeC, me di una vuelta de rutina a la Unicornio. Y se hizo la luz: alineados, en edición intonsa (sin refine), figuraban en un estante varios tomotes blancos de las Obras completas de Reyes. Su precio era ridículo, casi como encontrarlos hoy a diez pesos por unidad. Faltaban los volúmenes I y II, y llegaba hasta el XIX. Revisé y vi que había, pues, dos juegos de los tomos III al XIX, así que compré uno de inmediato. Al llegar a casa no bajé los ejemplares del coche, pues lo primero que hice fue llamar por teléfono a mi cuate Gerardo García, a la sazón perito encontrador/comprador de libros. Le narré el desaguisado y me urgió a que pasara por él para ir por el otro juego de tomos antes de que se esfumara. Volé. Llegamos a la Unicornio y él hizo su compra. Para celebrar el hallazgo fuimos el café Los Globos, ya extinto, y bajamos cada quien dos o tres tomos, sólo para revisar. En una de esas, Gerardo descubrió un colofón, y al final hallamos, con estas palabras, tres cada uno: “La edición estuvo al cuidado de Alí Chumacero y consta de 104 ejemplares en formato mayor, numerados del I al CIV y firmados por el autor”. Tengo tres firmas de esas. Casi nada.

Ánimo pachanguero

Ayer fue día del taco. Dada la enorme tradición de la festividad (que data desde los remotos tiempos de febrero de 2007) yo celebré con tres atracones de náufrago: en la mañana, seis de barbacoa (puro cachete) con su cebollita, su cilantruco acá y su salsa especialota; en la tarde, tres de chicharrón, tres de mole y uno de asadito; en la noche, dos de adobada, dos de suadero y uno de buche. Fue entonces inaudita la cantidad de sebo que ingresó a mi organismo, el suficiente como para liquidar de un paro cardiaco hasta a Carl Lewis. Pero estoy vivo, pasé en pie la efemérides del taco, y lo más importante: muy orgulloso de saber que tenemos ya un día para rendir tributo al alimento nacional por excelencia, al rey de nuestra gastronomía callejera.
Gran favor le hace la televisión al gusto mexicano por la pachanga. El día de la familia poco antes, y ayer el del taco, son motivos válidos para considerarnos el país que con mayor facilidad abraza cualquier fiesta, incluso la más estrambótica, como ya lo hacemos con el Halloween o con el San Valentín. Todo es cuestión de que la tele diga “rana” y nosotros bricamos. Así debe ser. Creo, sin embargo, que para ser justos con algunas instituciones nacionales (como la familia y el taco), es necesario añadir alguno que otro círculo en el calendario. Estas son mis propuestas:
1. Día de la remesa. La economía mexicana no se ha hundido gracias a los compatriotas visionarios que llenos de ilusión se han ido al extranjero. Sus envíos de dinero son, luego del petróleo, una de las fuentes de riqueza más importantes del país, así que nada mejor que celebrar como se debe la plusvalía de la pobreza nacional, pues merced a ella muchos se van y luego se convierten en sostenes (como mi primo Sóstenes) de muchas familias nacionales. Propongo que ese día no sean cobradas las comisiones por envíos de money order.
2. Día del corrupto. ¿Qué sería de nosotros sin la sagrada corrupción? Lejos de ser un baldón, de ella nos ufanamos, de ella presumimos como si fuera la gran chingadera mediante la cuál nos empinamos al prójimo bien y bonito. De hecho lo es, pues debido a su tremendo arraigo se ha tejido debajo de la vida nacional una infinita telaraña de tejemanejes corruptos, inextricables, inanalizables, la joya de nuestra idiosincrasia. Propongo que ese día todos intentemos hacer una buena transa, aunque hay muchísimos cabrones que la llevan de gane pues todos los días se adiestran en el arte de trasquilar al que se ponga de modo.
3. Día del ejecutado. Es injusto que el fomento gubernamental de la violencia y la impunidad deje al margen de la celebración a los cientos de cristianos caídos en el cumplimiento de sus andanzas. Propongo pues un día en el que honremos a todas las víctimas de la cuerno de chivo. Como gesto solidario, sugiero que tal día los periódicos y los programas de tv y radio no saquen una sola nota sobre el tema (aunque ejecuten ocho en un día, como ocurrió el jueves pasado en Nuevo León).
4. Día del lonche (cien por ciento local). Pongo a consideración del respetable público lagunero la fiesta del lonche. Como el que se elabora en nuestra tierra es, a decir de los expertos, el mejor del mundo, propongo que le dediquemos una jornada de júbilo e ingesta. Puede instituirse de paso el trofeo “Misto: aguacate y carne” (así, con “s”, no con “x”) para los loncheros que hayan hecho historia en algún punto de La Laguna. Ese trofeo debe ser entregado en una bolsa de papel que además contenga servilletas y chiles serranos. Sugiero que a los mejores clientes se les impongan las medallas “Don Jaime” y “Don Chilo”. Justicia pura.

Pronto pago

Otra factura saldó el jueves el deudor Felipe Calderón. De todo se le podrá acusar, menos de no pagar lo que debe. Cuatro meses después de haber asumido la presidencia, FCH se apersona en Oaxaca para fortalecer al sucio gobierno de Ulises Ruiz mediante la inauguración de obras públicas y, lo fundamental, mediante la foto que, como ya lo había hecho en Puebla con el ejecutivo estatal precioso, reafirma el testimonio de armonía entre el michoacano con lo inenarrablemente peorcito del tricolor.
La crónica (no escribiré, como se ha escrito ya un millón de veces, de un encuentro “anunciado”) de Diego Osorno, enviado de Milenio a la región del Istmo de Tehuantepec, es una pieza periodística que por sí sola, sin necesidad de añadirle nada o muy poco, expone el cósmico cinismo de Ruiz y la nula capacidad de maniobra en la que se desempeña Calderón. Las concesiones para llegar al poder fueron tantas que uno tras otro, puntualmente, ha tenido que entregar réditos a quienes lo apoyaron. En el caso de Oaxaca, recordemos que su momento de mayor ebullición se dio durante las semanas previas a la toma de protesta felipense; el PAN necesitaba al PRI para consumar la pantomima y tuvo que aceptar la permanencia del góber oaxaqueño. Cuatro meses luego, Calderón palmea la espalda de Ruiz; no lo abraza, pero con pachón collar de flores se exhibe junto a ese sujeto repudiado.
Para cristalizar este juego de fantoches tuvo que ser montado en Oaxaca un escenario artificial, ayuno por completo de pueblo y simpatía espontáneos. El góber odioso acarreó, dice la crónica de Osorno, a las fuerzas vivas del PRI local para que vitorearan a todo cogote cada gesto del ilustre visitante. Además, 200 militares ataviados de paisanos recibieron la orden de colgar el verde olivo para que en el acto sirvieran de tumulto engañabobos. Como en los viejos tiempos, “Fueron soldados del Ejército Mexicano vestidos de civil, soldados con tenis deportivos, pantalones de mezclilla, camisas de algodón con leyendas en inglés, pero con el inconfundible corte de cabello castrense, que no disimulaban las gorras de la Comisión Federal de Electricidad”. Todo en orden, nada que alterare los nervios del michoacano.
Lejos, contenidos por dos mil efectivos de seguridad, los opositores de Ruiz lanzaban consignas al vacío y la fotocopia de una carta que no por inofensiva deja de ser elocuente: “Con este acto Felipe Calderón hace público el respaldo que su partido y su gobierno han venido brindando a Ulises Ruiz, responsable directo de muy graves violaciones a los derechos de la ciudadanía oaxaqueña”. Ni hablar. El poder cuesta y hay que pagarlo.

Mensajero de la UIA

Cien salidas al encuentro del lector cumple hoy el Mensajero del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, sj, de la UIA Laguna. Editada por el doctor Sergio Antonio Corona Páez, esta revista virtual alcanza pues un peldaño que merece reconocimiento y difusión, pues no abundan en La Laguna las publicaciones periódicas universitarias de larga vida. Elaborado con los recursos más comunes y económicos de la actual tecnología digital (el programa Word y el internet), el Mensajero es una prueba concreta de que no son el lujo y el dispendio los que le dan valor a un espacio de esta índole, sino la calidad de sus contenidos, el propósito intelectual que lo oxigena.
Tuve la suerte de integrarme a trabajar, hace siete años, al Archivo Histórico de la UIA. Me sumé al Mensajero desde el número 12, esto con la entrega hasta hoy ininterrumpida de una reseña bibliográfica por ejemplar. De esa manera, pues, me cabe el sincero orgullo de acompañar, casi desde el nacimiento del Mensajero hasta ahora (aunque haya dejado de trabajar formalmente en la UIA), al doctor Corona Páez en este emprendimiento cultural gratuito, diseñado para llegar a sus lectores con un sistema que no ha perdido vigencia ni originalidad: además de ser “subido” a la red en la página web de la UIA, cada fin de mes llega simultáneamente a una larga lista de suscriptores mediante un correo electrónico que les anuncia la nueva edición.
La dirección en internet del Mensajero permite acceder, además, a todos los número publicados hasta el momento, a los cien. Ahí, además de las reseñas que he propuesto (un trabajo que vale más por su persistencia que por su calidad), el lector interesado podrá encontrar varias decenas de ensayos sobre historia escritos por el doctor Corona Páez, todos verdaderos ejemplos de claridad expositiva y erudición. A lo largo de casi ocho años el Mensajero acumula entonces una cantidad tal de textos históricos y literarios que contrasta con la humildad de los recursos que permiten su edición.
En el número que comienza hoy a circular (el cien, como ya dije), ofrezco una reseña sobre una colección de libritos antológicos que la Unesco le publicó a don Alfonso Reyes. Ignoro todavía qué otro material contenga, pero aseguro que es de valor. Quien se interese por leer esta revista puede entrar a la página web de la UIA o, más fácilmente, pedir que, sin cobro alguno, le llegue el link al boletín por medio de un correo electrónico; se puede solicitar directamente a sergio.corona@lag.uia.mx.
Felicidades a quienes han hecho posible la permanencia del Mensajero. Hay mucho mérito en la vigencia de esta generosa publicación. Salud.