jueves, octubre 18, 2012

Imposibilidad de tirar aceite














Los temas nos encuentran. Estaba en la Plaza Mayor de Torreón en espera de un concierto y unas risas cercanas llamaron mi atención. Era un grupo de adolescentes con uniforme escolar, de  secundaria oficial: siete mujeres y un solo hombre. Lo que pronto me asombró fue que el chico no se amilanaba, que las hiciera reír y que todas parecieran maravilladas ante el joven gavilán pollero. No era un puberto bien parecido, pero se desenvolvía con total seguridad, dueño del corro que le festejaba hasta la manera de pararse. Tras esa escena recordé la envidia tonta que sentimos en aquella edad por los compañeros que no batallan para ganar la simpatía de las muchachas, de las nenas que mirábamos de lejos los inoperantes, los desprovistos de armas, de rollo, de buen humor, de todo lo que servía para desenvolverse y dar el ancho en el ámbito de la galanura. En fin. Muchos pasamos por eso. Luego el tiempo nos asilenció, nos enseñó que hay, tal vez, otras virtudes, o quizá que el apocamiento no es un defecto tan grande. El caso es que sobrevivimos a la juventud, y un día, ya rucos, sonreímos ante aquellos deseos que por insatisfechos nos hicieron sufrir y ahora nos arrancan una sonrisa con la que expresamos nuestra comprensión al pobre pendejín que irremediablemente fuimos.
Me salió pues esta crónica versificada gracias al recuerdo, que suele ser creativo. No la tomen en serio. Es nomás un desahogo sintáctico.

Imposibilidad de tirar aceite

Siempre quise tirar aceite
ser el gandalla de chicas en la escuela
el alma de las fiestas
el mejor en el baile
y el más suelto para tirar madrazos.

Quise caminar chingoncillo por los parques
silbar las de los Doors con el viento en contra
un tabaquito oculto en el cuenco de la mano
y el escupitajo mamón a flor de jeta
es decir
quise ser dueño del mundo
no tener miedo al destino
ni a los perros
que suelen humillar al heroico navegante de las calles.

Pero ya ven
uno llega a la vida y va aceptando
primero a ciegas, sin saber nada de nada
luego un poco más claramente
que no todos somos iguales
que a unos les toca ser esto
a otros aquello
y a mí me tocó la timidez
el perfil bajo
el gusto por la soledad
el diálogo con el silencio
todo lo que no da para tirar aceite
ni dárselas de muy acá
de muy muy
ustedes saben.

Lo mío fue construir alguna amistad a punta de palabras
jugar futbol en el anonimato asfáltico
descubrir el diálogo del libro en el desierto
escribir, hasta la fecha, con absoluta falta de confianza
y sacar con sacacorchos el amor, lo más difícil.

No me alegra, no me entristece ese destino.
Es el mío y no sirvió para tirar aceite
ni para ser, como ya dije
el mero mero gandalla de chicas en la escuela.

Quedo tranquilo de saber
sin embargo, sin embargo
así sea vagamente
más o menos
qué fui
qué sigo siendo
y ya sin duda qué seré.

martes, octubre 16, 2012

Las máscaras de mi catarsis















Mi gusto por la lucha libre se pierde, nebuloso, en los orígenes de mi memoria. Puedo asegurar que desde siempre la he tenido cerca, como una sombra juguetona en mi vida y en mi memoria. Nací en Gómez Palacio y viví allí, sospecho, la edad más importante: mi niñez. Exactamente en la adolescencia, a los 13 años, di el salto a Torreón, un salto en apariencia pequeño pero en realidad muy grande si consideramos que casi desde siempre el desarrollo económico, deportivo y cultural de Torreón ha sido el más saliente de La Laguna. Pero decía que mi infancia fue gomezpalatina, y que la casa de la avenida Madero que me vio pasar de bebé a puberto estaba ubicada a media cuadra de un cine. Sí, a media cuadra de mi casa había un cine, y eso fue determinante en mi adicción por la fantasía, por la narración de historias en cualquier soporte.
El cine Elba, así se llamaba el bodegón que fue casi parte de mi primer hogar, pasaba sin excepción películas de luchadores. Imaginen esto: el cine de Santo estaba en su momento de mayor difusión y yo tenía una sala a pocos metros de mi casa, así que sin remedio pude ver todas las hazañas fílmicas del Enmascarado de Plata, su delirante lucha por la justicia en un mundo lleno de seres tan malévolos como disparatados. Confieso que de mocoso no advertí las exuberantes anomalías y los atropellos a la lógica de esas películas. Eso lo descubrí después, así que fui uno más entre los miles de niños alelados y suspensos ante la atlética bondad del encapuchado frente a la ojetez sin orillas de unos villanos que con toda razón recibían su sistemático merecido al final de cada enredo.
Yo era adolescente cuando Santo comenzó a filmar todo en color, así que junto con la decadencia del cine luchalibrístico se dieron mis primeras muestras de escepticismo en todos los sentidos. Por ejemplo, y luego de un breve tránsito por la fe, descreí de dios. Otros asuntos atraparon mi atención (el futbol, los libros, la vagancia con los amigos y el deseo siempre trastabillante de agenciarme alguna chica), pero el gusto por la lucha en vivo o en película se mantuvo allí, en una parte infantil y oculta de mi corazón. Durante muchos años, de los quince a los 35, digamos, fui un fan intermitente de la lucha. El tema me interesaba por su flanco cultural, y en sobremesas siempre hice lo que pude para defenderlo, para decir, así o de cualquier otra manera, que es el deporte-teatro más arraigado en el imaginario mexicano. En ese largo paréntesis pude haber ido muy de vez en cuando a la arena, a ver luchas en vivo, pero nunca lo hice con regularidad de aficionado contumaz.
A mis treinta y tantos, cuando yo ya estaba cerca de los cuarenta, estreché mi amistad con Raymundo Tuda, analista político y productor de televisión, quien se convirtió en mi cómplice como fan intransigente de la lucha. A Ray lo conozco desde 1982, pues él iba uno o dos años antes que yo en la carrera de comunicación dentro de la misma escuela, el ya desaparecido Iscytac; desde entonces nos hablamos bien, pero nuestra verdadera amistad se fortaleció allá por el 2000 o 2001, cuando comenzamos, sin premeditarlo, a llamarnos cada jueves para acordar una visita al mejor pancracio de la comarca lagunera: la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio, Durango.
Ray y yo tenemos intereses y visiones muy distintos, pero también algunas gratas afinidades: a ambos nos gusta la política nacional (no tanto la local), la música pop en español de los setenta, poca literatura, el gusto casi enfermizo por la gastronomía callejera de la región y, lo supimos in situ, la lucha libre como espacio ideal para el relajo. Sin falta, jueves tras jueves durante al menos una década nos apersonamos con boleto pagado en la arenita de Gómez Palacio para ver luchas, para cenar y para gritar misceláneas tonterías que muchas veces se relacionaban menos con los combates en el cuadrilátero que con la política y la información coyuntural. La lucha era pues el pretexto para conversar y mostrar acervo noticioso, malicia literaria, destreza para el albur y otras tantas variadas habilidades en materia de estentórea ramplonería. El caso es que no fallábamos y cuando por alguna razón no se daba la visita, creo que ambos resentíamos la falta.
Hacia 2010 todo se puso no mal, sino muy mal en nuestra comunidad. Antes, durante noches y noches, o a cualquier hora, La Laguna era una arcadia asombrosa por su tranquilidad. En muy pocos sitios de la comarca había sensación de verdadero peligro, tanto que me recuerdo en lugares que hoy no pueden ser visitados por la sencilla razón de que ya los cerraron a punta de balazos o por la obvia y asustada falta de clientela. Mis libros Leyenda Morgan y Parábola del moribundo, ambos harto noctámbulos, dan una idea, mi idea, de lo relativamente edénico que era la noche lagunera hasta que comenzaron los arponazos de la violencia sin patas ni cabeza.
El nuevo escenario limitó toda andanza callejera a ciertos sitios y en ciertos horarios. Zonas antes muy socorridas se convirtieron de golpe en franjas ajenas a toda noción de paz. A las nueve de la noche, muchos lugares de la comarca, por no decir todos, acusaron un toque de queda tácito y la sensación cortazariana de que la casa estaba tomada por desconocidas y fatídicas presencias. Tal fue la razón por la que, pese a nuestro mutuo interés por el tema de la violencia y la política, Ray y yo comenzamos a ausentarnos de la lucha. Asistíamos tres jueves de cada mes, luego dos, luego uno, luego cada dos meses, y así hasta que un jueves fuimos por última vez, hace como cinco meses. Junto con eso, a ambos nos cayeron chambas de las que devoran todo el tiempo, y eso agudizó nuestro ausentismo de la querida Arena Olímpico Laguna.
En las semanas recientes he vuelto solo y en la butaquería me topo con amigos creados en ese espacio (Saúl Bonilla, Juan Carlos Cárdenas, Enrique Diosdado, el Tulín Dajda…), pero sé que en este momento no es prudente salir a medianoche de la función en Gómez Palacio y atravesar su lóbrega zona industrial para llegar a Torreón. Hay algo de desafío en eso, pero también, para mí, el deseo de no abandonar uno de los pocos gustos multitudinarios que conservo intacto.
Ahora bien: dije “multitudinarios” y la verdad no es para tanto. Toda actividad nocturna celebrada en La Laguna, entre las pocas que sobreviven, ha perdido público. La lucha de la AOL no es la excepción, y si ya de por sí muy pocas veces la arena se llenaba, con la nueva situación se han dado allí funciones con menos de cincuenta espectadores en la gradería. No me gusta, es cierto, que luzca tan sola, pues eso significa pocas ganancias para quienes viven del negocio, pero tampoco me agrada que esté a tronar, pues así todo es más incómodo, se atesta de villamelones y hasta ir al baño se torna complicado. La arenita me gusta como la he visto casi todos los jueves: a medio gas, con un número regular de público dividido entre los asiduos y los recién llegados.
¿Y qué demonios me atrae de esa farsa? No sé bien qué, sólo sospecho que allí me siento a gusto, me tomo un par de cervezas y grito dos o tres sandeces que parecen tuits sonoros, lo que me desahoga. Alguna vez fui a la lucha triple A, pero confieso que no me gustó, que para mí la lucha más eficaz desde el punto de vista cultural es la que parte del barrio, la que ejercen jóvenes que viven permanentemente a medio camino entre el amateurismo y un conato de profesionalidad. Esa lucha está plagada de pifias, de tropiezos, de malas actuaciones, pero también me parece auténtica, digna de ser mirada con simpatía por lo que tiene de amor al arte y no al dinero.
No sé cuánto tiempo más seguiré yendo, pero sé que ese humilde espectáculo ya es parte de mi experiencia vital. En el polvoriento ring, en esas butacas de doloroso acero, entre risas y gritos desaforados, frente a máscaras con poca o nula historia y cabelleras que se ganan la vida no en el cuadrilátero sino en oficios simples, he hallado una especie de sosiego, la necesaria ración de drama histriónico que todo buen espíritu requiere para sentirse, creo, semanalmente equilibrado.

Comarca Lagunera, 16, octubre y 2012

miércoles, junio 27, 2012

Inagotable quijotismo en Saúl Rosales



Escritores quijotistas me llegan de inmediato a la cabeza: Goethe, Heine, Thomas Mann, Destoievski, Víctor Hugo, Unamuno, Graham Green, Mark Twain, Alejo Carpentier, Alfonso Reyes, Borges, García Márquez, Vargas Llosa y, por supuesto, el recientemente ido Carlos Fuentes, quien por cierto declaró más de una vez que celebraba el rito espiritual de releer cada año la gran novela de Cervantes. Estos y varios famosos escritores más han ponderado como extraordinaria la calidad del Quijote, sus incuantificables aciertos, su condición de libro imperecedero. Tan lo es que no existe obra humana de ninguna índole, ni arquitectónica ni tecnológica ni nada, que haya convocado igual unanimidad en el elogio y un número de juicios siquiera aproximado al que recoge año tras año, desde hace siglos, el relato cervantino.
Este caudal enorme de aproximaciones, que por grande parece haber agotado sus posibilidades, no deja de crecer en todas las lenguas y a propósito de todas las temáticas. En efecto, el Quijote es un libro generador de libros, acaso la historia mejor escudriñada de cuantas ha producido una imaginación humana. Cuento anecdóticamente, y sólo para traer un ejemplo, que hace cerca de 25 años di con un libro donde se vinculaba al Quijote con la medicina. Recuerdo que para entonces yo ignoraba la frecuencia de esas implicaciones. ¿Cómo —me preguntaba— , el Quijote puede ser algo más que un divertimento narrativo? El paso de los años y otros hallazgos de esa índole me confirmaron que la obra de Cervantes en general, y el Quijote en particular, era desdoblable: podía ser literatura, divertida literatura o banquete filológico nomás, pero también era, por su poder sugestivo, lo que deseáramos interpretar, lo que quisiéramos adaptar a nuestros propósitos siempre y cuando estuvieran atravesados por una sentido enaltecedor del tema o el oficio al que quisiéramos asimilar la andante caballería, esa andante caballería extinta ya en tiempos de Cervantes, pero metafóricamente viva en toda actividad cuyo objeto, cuya orientación, cuyo fin sea ayudar, socorrer, cuidar, proteger, salvaguardar al que lo necesite con mayor urgencia.
Así entonces, aquel libro donde se hermanaba al manchego con la medicina no podía ser más atinado, como luego entendí. Más allá de que en la actualidad éste o muchos otros oficios no sean precisamente quijotescos, lo cierto es que en términos ideales un médico es mejor en la medida en la que antepone su vocación de servir a su urgencia de servirse, de enriquecerse usando como medio el dolor ajeno.
Saúl Rosales, puedo decirlo desde ya, es el más importante cervantista lagunero. En 2010 publicó Un año con el Quijote, libro que congrega los artículos por él escritos durante los doce meses celebratorios del cuarto centenario de la edición príncipe impresa en 1605. Hoy, a su generosa obsesión suma Don Quijote, periodistas y comunicadores, libro en el que aproxima la figura del caballero a la de los actuales difusores de información y opiniones. Como lo hizo el médico ya mencionado, Saúl Rosales, quien ha sido periodista y maestro de varias generaciones de estudiantes de comunicación, acerca el quehacer del hombre de La Mancha al de quienes, con diferente rocín y diferentes armas, también tienen, en teoría, en el plano de lo ideal, la obligación irrenunciable de buscar la verdad en la inmediatez de la vida cotidiana, de articularla en vertiginosos mensajes y de comunicarla para que mediante tal ejercicio sea posible desfacer entuertos y socorrer, sobre todo, a los menesterosos de nuestra hora.
Se trata pues de un libro movido por un brazo de palanca ético. Saúl Rosales no esconde en estas páginas su deseo de mostrar que en el hético y ético Quijote y su oficio cuadran, mutatis mutandis, sutiles y valiosas directrices para el desempeño del comunicador. El autor entiende la importancia de esta profesión, conoce sus puntos flacos, la facilidad con la que a veces una vocación sana de periodista se tuerce por el pragmatismo o la venalidad, que conducen casi en automático al ejercicio cínico de la mentira y el ocultamiento. Rosales, lector atento del Quijote, extrae del caballero andante una miscelánea de lecciones que todo comunicador bien nacido puede apropiarse y usar como adarga, como escudo ante las acometidas del poder que aspira siempre a corromperlo.
El método elegido por Saúl Rosales es sencillo, amable con el lector, puedo decir que hasta práctico si consideramos que su lectura es lineal, es decir, que avanza de acuerdo a lo que cada capítulo del Quijote, en orden, le insinuó. Luego de ponderar en el prólogo el valor del periodismo, actividad nacida casi al mismo tiempo que Cervantes, avanza en cerca de cien pasajes breves, de una cuartilla o poco más, por los capítulos de las dos partes del Quijote. Cada una de las reflexiones es encabezada por un epígrafe detonador, cita textual breve en la que apoya sus comentarios. Dicho de otro modo, el escritor lagunero va glosando ciertas afirmaciones del Quijote y las asocia, resementizadas, al quehacer del comunicador actual. Como dije hace algunos renglones, las palabras que don Quijote enuncia para referirse a sus viejos y en apariencia caducos empeños, son discretamente (uso para el caso el sentido antiguo de la palabra discreción, como lo recuerda el autor en la página 117) acopladas por Saúl Rosales a nuestro época y al oficio de comunicar. La verdad, la valentía, el respeto, la solidaridad, la honra, la inteligencia, la responsabilidad y muchos otros valores caros a la caballería andante, deslizados con humor y buena prosa por Cervantes, aquí se tienden como puentes hasta nuestro tiempo para orientar al periodista, para guiarlo ahora que, parece, en esta y en muchas otras profesiones se olvida el ideal de ser útil a la sociedad, y, en sentido inverso, son fomentadas las nociones nada quijotescas del individualismo y la mezquindad.
Don Quijote, periodistas y comunicadores, es por todo un paseo múltiple: por el libro de Cervantes, por la comunicación como actividad fundamental en las sociedades contemporáneas y por las llanuras de la ética siempre necesitada de andantes caballeros o de andantes periodistas y comunicadores.

Comarca Lagunera, 26, junio y 2012

Nota del editor: Texto leído en la presentación de este libro celebrada ayer en la biblioteca municipal de la alameda Zaragoza, Torreón. Participamos Angélica López Gándara, el autor y yo. La foto que encabeza este post es cortesía de Luis Rogelio Muñoz Vargas, mi bróder. Esta publicación contiene viñetas de Tábata Ayup y fue cuidada por Ruth Castro.

domingo, junio 24, 2012

Quijote entre comunicadores



Como lo hizo en Un año con el Quijote (2010), Saúl Rosales ha escrito otro libro por y sobre la obra literaria más importante de nuestra lengua. Su título es Don Quijote, periodistas y comunicadores, aguda reflexión sobre las ideas del inmortal personaje de Cervantes que tienen o pueden tener relación con el oficio, no pocas veces quijotesco, de comunicar. Es, por ello, un libro que juzgo imprescindible para los periodistas de nuestro tiempo, trabajadores amenazados por la violencia, la ligereza ética y las tentaciones que le tiende el poderoso.
Don Quijote, periodistas y comunicadores será presentado a las 7 de la tarde este 26 de junio en la biblioteca José García de Letona ubicada en la alameda Zaragoza de Torreón. Presentaremos Angélica López Gándara, el autor y yo.
La entrada es libre y el libro allí estará a la venta. Esta actividad es organizada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón.
Con autorización del autor, reproduzco en seguida un fragmento del libro. Espero que noten su valor con esta probadita y nos acompañen pasado mañana en la presentación.

Príncipes de la ignorancia

...todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo.

Cap. XVI, 2a. parte, p. 667

Los clásicos de la teoría de la comunicación masiva atribuían a los medios –prensa, radio, cine y televisión– las funciones de informar, orientar y divertir. Si se observa, el periodismo, a veces balanceada y a veces desproporcionadamente, cumple tales atribuciones dando noticias, aportando opiniones y proporcionando una diversión que va desde los crucigramas y los cómics hasta los chismes del mundo del espectáculo y las hazañas del deporte.
De esa manera, divulgando el saber noticioso, el reflexivo y el de esparcimiento, el periodismo contribuye a erradicar la ignorancia que desde el punto de vista de don Quijote caracteriza al vulgo, ignorancia que en su caso convierte en rústico y villano al señor y al príncipe, según asevera cuando dice que “todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo”.
En los hipotéticos tiempos de don Quijote, que serían una borrosa combinación de la época de Cervantes, el medievo y la imaginación literaria, el saber se concentraba en los monasterios; más tarde, durante el Renacimiento, lo acumulaban quienes podían adquirir libros manuscritos en originales o copias. Con la imprenta de Gutenberg el conocimiento se popularizó, en tanto hizo posible la profusión de libros estampados, almanaques, hojas volantes noticiosas y luego periódicos, entendido el término periódico en la acepción de publicación cíclica, diaria y no necesariamente diaria, puesto que los primeros periódicos fueron semestrales y gradualmente se fue reduciendo su periodicidad hasta convertirlos en diarios.
En nuestro tiempo el periodismo proporciona conocimiento noticioso, tanto como conocimiento analítico. Con sólo el saber contenido en las diversas expresiones del periodismo se puede adquirir la información suficiente para eludir la categoría de vulgo que aplica don Quijote. Ahora se ha dicho que la información es poder.
El periodismo enseña, es decir, aporta conocimiento; informa y forma. Lleva nutrimento a las conciencias; las in-forma y también las auxilia en su transformación al ofrecerles la hondura y el ejercicio mental de las reflexiones, comentarios y opiniones que divulga. En suma, el periodismo forma conciencias.
Sin duda el periodismo cumple una función social que don Quijote aplaudiría porque informando y orientando ayuda a disminuir lo que el Caballero de la Triste Figura llama “número de vulgo”, término que no designaría ahora sino la masa que vive contra su voluntad sumida en la ignorancia por las deficiencias dolosas de las repúblicas interesadas en impedir el desarrollo intelectual que induce a la crítica y a la insumisión.

sábado, junio 16, 2012

Recuerdo del "Petrolero" Macías







Gracias a tuiter recibí de Miguel Parrilla estas fotos y la siguiente anécdota. Valga todo para recordar, como dice mi amable seguidor tuitero, a un grande del boxeo irritila:

Parte de mi infancia crecí en la colonia Lucio Blanco, brava como ella sola, y por ello ingresé a la Escuela Primaria Federal General Lucio Blanco; ahí me hice amigo de Joaquín Macías Adame (hijo del “Petrolero” Macías) sin saber que su papá era un grande del boxeo nacional.
En quinto grado la amistad sucumbió debido al típico “tiro” de recreo. No recuerdo el motivo por el cual se dio, el caso es que sin decir nada nos agarramos a moquetazos. Como era de esperarse, caímos en la dirección de la escuela ante la maestra Galdina, la directora, y lo primero que recibimos fue un estirón de patillas (mínimo en aquella época de 1980 u 81). Después del regaño por la pelea, la directora citó a nuestros padres al día siguiente.
En la tarde, cuando vi a mi padre, le dije que lo habían citado en la escuela por mi pleito, y él, muy orgulloso, me dijo: “¿Y ganaste? Si no para no ir”. Le dije: “Pues sí, le saqué sangre de la nariz” (nótese el hijo bravucón e imaginativo haciendo sentir más orgulloso a su padre). “Bueno —contestó mi padre—, mañana voy a hablar con la directora y el papá del niño. ¿Y con quién te peleaste?”. Le respondí: “Con Joaquín, papá", y ya no contestó nada, pues él sabía quién era. Hasta que comprendí, entendí y vi quién era Joaquín "Petrolero” Macías supe por qué mi padre nunca se presentó al día siguiente en la dirección de la escuela. No lo culpo, yo en su caso hubiera hecho lo mismo.
Aquel fue uno de esos pleitos de niños que al día siguiente se olvidan y se sigue con la amistad como si nada. Y todavía, aunque no nos veamos, Joaquín Macías Adame y yo seguimos siendo amigos.
Esta anécdota la traigo para recordar a Joaquín “Petrolero” Macías, un grande del boxeo lagunero.

Pies de fotos

Con Sugar Ray Leonard y Marcos Geraldo, en la pelea que estos entablaron en New Orleans.

Junto a Pipino Cuevas, el campeón que nunca se despeinaba.

Con el campeón del mundo Sugar Ray Robinson; también en la foto Raúl Tirado, Sigfrido Rodríguez y el Octavio “Famoso” Gómez.

Con José Sulaimán, eterno presidente del Consejo Mundial de Boxeo.

El “Petrolero” en su mejor forma.

Salazar Mallén, un rencor vivo



Poco conocido, Rubén Salazar Mallén es uno de los escritores mexicanos más peculiares del siglo XX. El abordaje de Agustín Cadena en “Una poética del rencor” (La Jornada Semanal 280, 23 de octubre de 1994) nos deja ver claro por qué: fue un narrador que se calzó los guantes y halló en la realidad el punching bag ideal para soltar sus mandarriazos. “Vivió como pensaba y escribió como vivía”, dice Cadena en su revelador e invitante acercamiento. Creo que luego de leer estas dos páginas se antoja buscar algo de Salazar Mallén, lo que sea.
“Si Salazar Mallén fue y es contradictorio, ha sido para narrar nuestra realidad: el universo también contradictorio que se oculta tras el decorado de la historia; el universo de los caciques, de la intimidad del Partido Comunista de los años treinta, de la corrupción de nuestro sistema político, de la guerrilla urbana, de la lascivia y las pasiones, de los laberintos del poder”, escribió Javier Sicilia sobre Salazar Mallén en el prólogo a un compendio de sus obras publicado por la UNAM. Es entonces de esos escritores exaltados, accidentados, polémicos, malditos y por ello dignos de mejor atención, esa misma atención que le puso Agustín Cadena en 1994 y aquí comparto.

El poder y Canetti



Creo que nunca olvidaré la lectura de La invención del poder, libro que me regaló Federico Campbell allá por 1998. Es una colección de artículos en la que el periodista y escritor tijuanense reflexiona sobre las características, las relaciones, los abusos y los límites del poder. Supongo que gracias a ese libro advertí la importancia que reviste pensar permanentemente en el poder, aprender a tenerlo presente como sombra que al menor descuido tapa y asfixia a las sociedades poco atentas o demasiado sumisas/permisivas.
Recordé a Campbell por el ensayo de Héctor Ceballos Garibay (publicado en La Jornada Semanal 280, 23 de octubre de 1994) que lleva como título “Elías Canetti: El poder como delirio”. En los tiempos electorales que vivimos no está de sobra echar un ojo a las nociones sobre el poder del escritor búlgaro, quien acababa de morir cuando La Jornada Semanal le dedicó su portada y el texto de Ceballos Garibay que aquí convido.
Digo que no está de más el vistazo porque si algo decidiremos en los próximos quince días es la relación de la sociedad mexicana con el poder, con el nuevo, el que viene, el que ejercerá su fuero dentro de pocos meses. Es, pues, un texto importante en la coyuntura que vivimos. De hecho, siempre es importante, pues al poder jamás hay que darle la espalda, sino verlo, analizarlo, acotarlo, amarrarle las manos y las botas antes de que ceda a la fácil tentación de oprimir.
Podemos acceder aquí al PDF.

jueves, junio 14, 2012

Entrevista a Lezama Lima



Siempre he sostenido que el género más útil para el escritor es el género de la entrevista. Me refiero a la entrevista leída, al diálogo que entabla el buen periodista con el escritor admirado. Gracias a este género pude acercarme desde muy joven a las ideas de aquellos poetas, cuentistas y novelistas que sin querer, porque así es la entrevista, dejaban ver o entrever sus opiniones sobre cualquier tema. Allí, en esa esgrima de palabras, hallé claves, secretos revelados, puertas que se abren hacia la mejor inteligencia de sus obras y, por qué no, hacia la propia escritura del que lee cuando quien lee es un escritor en busca de sentido.
En la entrevista que aquí ofrezco, José Lezama Lima expone una parte de su experiencia y sus nociones literarias a Jean Michel Fosey. Lo hace con su peculiar, con su deslumbrante estilo oral, mezcla de incandescencia intelectual y relampagueante poesía.
En estas páginas aparece la famosísima autodescripción de Lezama, pincelada que no resisto la tentación de citar: “Aquí estoy en mi sillón, condenado a la quietud, ya peregrino inmóvil para siempre. Mi único carruaje es la imaginación, pero no a secas: la mía tiene ojos de lince. Son ya pocos los años que me quedan para sentir el terrible encontronazo del más allá. Pero a todo sobreviví, y he de sobrevivir también a la muerte. Heidegger sostiene que el hombre es un ser para la muerte; todo poeta, sin embargo, crea la resurrección, entona ante la muerte un hurra victorioso. Y si alguno piensa que exagero, quedará preso de los desastres, del demonio y de los círculos infernales”.
Las seis páginas que ofrezco, decoradas por cierto con ilustraciones del gran René Portocarrero, fueron tomadas de la Revista de la Universidad de México, volumen XXXI, número 12, agosto de 1977, cuya portada (con Nabocov en verde) remata el post anterior a éste. En la primera página detecté dos erratas graves: Vargas Llosa define a Lezama como “conversador fascinante”, no como “conservador fascinante”. Poco después, en lo que ya cité, la RUM dice: “crea en la resurrección”, y debe ser como yo cito: “crea la resurrección”. Despachadas estas dos salvedades, he aquí la entrevista escaneada para ustedes por su servidor.

Retrohemerografía cultural



¿Qué hacer en tiempos de internet con un conglomerado de revistas y suplementos culturales que sólo fueron recogidos en soporte de papel? ¿Dónde colocarlo? ¿En el bote de la basura, en alguna biblioteca, en un archivo? Estas preguntas me las vengo haciendo desde hace diez años, cuando dejé de coleccionar revistas y suplementos como lo hice al menos durante dos décadas y pico, de 1983 a 2003.
Pues sí, en 1983 u 84 comencé mi secreta y ya abandonada carrera como compilador de papeles periodísticos culturales. Lo primero que reuní fue el suplemento Opinión Cultural, del diario La Opinión, (llamado luego La Opinión-Milenio y hoy Milenio Laguna). Era un tabloide semanal de ocho páginas que vivió algo así como tres o cuatro años y fue dirigido un breve lapso, en su arranque, por Enrique Rioja del Olmo y Agustín Velarde, y luego, la mayor parte del tiempo durante el que circuló, por Saúl Rosales Carrillo. Opinión Cultural fue de hecho el primer espacio periodístico donde publiqué, esto en septiembre de 1984. Domingo tras domingo esperaba pues la edición del diario para extraerle el suplemento. Sé que extravié o se me pasaron varios ejemplares, pero también sé que conservé y conservo la mayoría y no exagero si afirmo que dicho tabloide semanal representó parte de mi escuela de periodismo cultural, ya que en La Laguna no teníamos muchos espacios de esa índole.
Mientras compraba libros y también configuraba una biblioteca hoy ciertamente decorosa, me di tiempo y maña para reunir otro tipo de papeles, revistas y suplementos. Ya dije con cuál comencé, y a eso le siguió el suplemento universitario Clase (quincenal publicado en La Opinión durante unos dos años), que perdí completito en una mudanza; luego, el periódico cultural El Juglar del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón, que también perdí al pasar de mi casa de soltero a mi casa de casado.
Sin rigor, pero sí con la disciplina necesaria para no tirarlos luego de usarlos, compré y fui guardando, durante semanas, meses, años, los suplementos Aquí vamos, de El Porvenir (de Monterrey); sábado, del periódico unomásuno; La Jornada Semanal, de La Jornada; El Búho, de Excélsior; El Dominical, de El Nacional y Babelia, de El País. Aunque me pegó una especie de suplementomanía, no desdeñé la consecución y el archivo de revistas; así, aunque las pepenara usadas, me hice de muchos ejemplares de la Revista de la Universidad de México, de Nexos y Vuelta. Luego, de rebote, conseguí la colección completa de las revistas laguneras Cauce, Nuevo Cauce y Suma. Otras revistas laguneras que tengo casi completas son Acequias de la Universidad Iberoamericana Laguna, Brecha (cuyo suplemento cultural, la tolvanera, edité durante ocho años), Estepa del Nazas del Teatro Isauro Martínez y Nomádica.
La aparición de internet, el cansancio y nuevas preocupaciones (las de padre en permanentes apuros) me llevaron a deponer la búsqueda de publicaciones de ese tipo. Dejé de hacerlo, creo, hacia 2003, más o menos. Pero jamás tiré los papeles compilados, los conservo y desde hace meses rumio qué hacer con ellos. Y bueno, ya se me ocurrió una solución que acaso servirá durante un lapso relativamente corto. No me (ni les) prometo nada, pero trataré de hacer lo que ahora describo: he comprado un nuevo escáner y compartiré en mi blog, así, de aquellos viejos papeles, algunos artículos, ensayos, reseñas, cuentos y poemas que me agraden. Ignoro si tal empredimiento tiene sentido, pero no se me ocurre nada mejor en este momento. Supongo que me cansaré, que los años venideros pesarán como costales de arroz sobre mi lomo y dejaré por fin de intentar aventuras tan extrañas como ésta. Ya veremos qué pasa, pues de cualquier manera sólo me siento obligado a hacer, sin más patrocinio que mi entusiasmo, lo que humanamente puedo hacer para que otros, sobre todos los jóvenes escritores, tengan acceso a la lectura de materiales que reuní, que conservo casi de milagro y que juzgo —siempre juzgaré— valiosos pese a que originalmente fueron vaciados en recipientes de papel periódico, el papel más perecedero de todos los papeles.
Esperemos que esto sirva de algo. Creo que si alegra un rato, si instruye un poco, si nos revive un momento, habré cumplido el vago propósito que me ha movido.

Comarca Lagunera, 15, junio y 2012

viernes, junio 08, 2012

Comillas para el mandamás



Usamos comillas en al menos seis casos frecuentes relacionados con la escritura:

1) Para resaltar un sobrenombre:

Mario Moreno "Cantinflas".
Daniel "El Hachita" Ludueña.

En ambos casos, tales comillas pueden ser sustituidas por cursivas:

Mario Moreno Cantinflas
Daniel El Hachita Ludueña

También, cuando es evidente que son apodos, podemos omitir comillas y cursivas, pues con la sola mayúscula puede quedar explicito ese rasgo, aunque esto no es lo más recomendable:

Mario Moreno Cantinflas.
Daniel El Hachita Ludueña.

2) Cuando explícitamente se introduce un énfasis en cierta palabra o frase:

El significado de la palabra latina "memurandum" tiene que ver etimológicamente con "memoria", algo que escribimos para recordar, para que hagamos memoria.

El rebuscado y artificioso término "sospechosista" es de reciente incorporación al argot político mexicano.

También en este caso podemos sustituir las comillas por cursivas cuando el sistema de escritura lo permite. Tuiter, por ejemplo, no tiene cursivas (como Word), así que sólo con comillas es posible emplear este énfasis.

3) Parecido al anterior en todo sentido, se recomienda usar comillas (o mejor: cursivas) en palabras extranjeras de reciente incorporación a nuestro comercio verbal; aunque hoy, sobre esto y dado el flujo global de las comunicaciones, hay un gran desorden:

El "marketing" es hoy fundamental.

Fue formado un "pool" para analizar las noticias.

El "mall" estaba a reventar.

Nuevamente queda a criterio de quien escribe sustituir por cursivas la palabra entrecomillada. También es viable, según el grado de "aclimatación" que tenga tal o cual palabra, dejarla en redondas:

El marketing hoy es fundamental.

Fue formado un pool para analizar las noticias.

El mall estaba a reventar.

4) Para resaltar partes de una obra, como canciones (partes de un disco), poemas (partes de un libro) o artículos o columnas (partes de un periódico). El uso de comillas para títulos de discos, libros y periódicos no es recomendable, sino cursivas, y sólo es aceptable cuando no hay cursivas en el sistema de escritura, como tuiter.

La canción "Bésame mucho" fue incluida en el disco Romance volumen I.

El poema "Piedra de sol", de Octavio Paz, fue originalmente publicado en Libertad bajo palabra.

"Plaza pública" era el nombre de la columna que publicaba Granados Chapa en Reforma.

5) Para imprimir sentido irónico a la palabra o frase. Esto suele funcionar mejor si tomamos en cuenta el contexto en el que se enmarca lo enunciado:

Iba muy "elegante" a la fiesta.

En efecto, fulano nos "salvó" del problema.

Fue un presidente sumamente "destacado".

Ojo: así, aisladas, estas afirmaciones requieren las comillas ironizantes. Si añadimos el contexto, si antes de que ellas sean escritas preparamos al receptor, tal vez no sea necesario el uso de comillas, pues el sentido irónico estará determinado por el contexto:

Impuso políticas públicas que no funcionaron y derivaron en la bancarrota económica y moral del país. Fue, como se puede apreciar, un presidente muy destacado.

6) Para citar palabras textuales (orales o escritas) de alguien:

Entonces Juan me dijo: "No voy a ir, ve tú, eso no me interesa".

Borges alguna vez escribió: "Me duele una mujer en todo el cuerpo".

Como es lógico, estas reglitas son recomendables en la escritura, y sólo en los casos 5 y 6 es dable pensar que las comillas pueden ser también "usadas" por un hablante. Así, al hablar, alguien puede hacer comillas en el aire con los dedos o aclarar que cita con toda explicitud. Imaginemos que alguien habla y dice esto:

En efecto, fulano nos salvó del problema.

Antes de la palabra "salvó", hace seña de comillas con los dedos y con eso advierte o enfatiza el sentido irónico.

Otro caso: cuando alguien dice algo como esto, al hablar:

Borges alguna vez escribió: "Me duele una mujer en todo el cuerpo".

Antes de que entre la cita textual, hace seña de comillas con los dedos y/o dice la palabra "cito", así:

Borges alguna vez escribió [cito]: "Me duele una mujer en todo el cuerpo".

Visto lo anterior, y perdonen por la predigresión escolar, ¿qué comillas usó el periodista Ciro Gómez Leyva en el programa Tercer Grado transmitido el 6 de junio en el canal 2 de Televisa? Como sabemos, se refirió a los muertos generados por la guerra (o como queramos llamarle) contra el crimen organizado en México, y al hacerlo mencionó la suma de caídos. Dijo textualmente esto: "Dos preguntas: si ganas, ¿piensas denunciar al presidente Calderón por [dibujando comillas en el aire, con los dedos y pronunciando con retintín enfático] los-60-mil-muertos-de-la-guerra de-Calderón, como dicen? Segunda, en estos meses de campaña ¿con cuántos mandos del ejército y de la marina, es decir, con cuántos mandos [repite el dibujo de comillas en el aire, con los dedos, y el retintín] de-la-guerra-de-Calderón te has reunido, Andrés?".

Vale la pena detenerse en este uso de las comillas, pues estamos hablando de muertos, de seres humanos asesinados, sean o no criminales, y no de cacahuates o ladrillos.
Para empezar, es claro que las comillas corresponden al uso número 6, a las comillas para citar textualmente. Ahora bien, ¿a quién citó? Dijo: "los-60-mil-muertos-de-la-guerra de-Calderón, como dicen". ¿Quiénes dicen eso según Gómez Leyva? No lo sabemos. Pueden decirlo muchos políticos opositores al actual régimen, o muchos periodistas, o la gente, el ciudadano. Da lo mismo: alguien dice que son 60 mil muertos y Gómez Leyva usa comillas para remarcar que "eso dicen", y además refuta que tal cantidad de cadáveres sea imputable a Calderón.
Bien. A Gómez Leyva le preocupa que digan eso, de ahí el doble énfasis digital de las comillas. Le preocupa, no sé si en este orden, que digan que son 60 mil muertos y que se los atribuyan a Calderón. Aquí se basa mi inquietud: las perversas comillas de Gómez Leyva tienen como fin A) criticar a quienes manejan la cifra de 60 mil muertos y B) criticar a quienes ubican a Calderón como principal ¿culpable/responsable? de la guerra o lucha o cruzada (o como queramos llamarle) contra el narco.
Si es "A", me gustaría saber qué cifra maneja él. ¿50 mil? ¿40 mil? Vamos a ayudarle: digamos que maneja la friolera de 30 mil muertos, la mitad de los que él entrecomilla. Mis preguntas son, entonces, las siguientes: ¿le parecen pocos? ¿30 mil le suenan a cifra no preocupante? Nomás para que se ubique, 30 mil desaparecidos (muertos, en rigor) dejó la dictadura argentina (el llamado Proceso de Reorganización Nacional), y ahora Videla y sus cómplices (Bussi, Menéndez y compañía) visten el históricamente ominoso traje de cebra. En conclusión, ¿cuántos muertos necesita Gómez Leyva para no entrecomillarlos, para no ubicarlos en el rango de mero chisme anticalderonista?
El otro punto: ¿Calderón es o no culpable/responsable de los 60 mil muertos? Gómez Leyva quiere hacer ver como ingenuos a quienes sostienen la cifra de 60 mil y se la achacan a Calderón. Por supuesto que él, Calderón, no es el culpable material, él no los mandó matar, y por supuesto que mil factores aledaños concurren para dar como resultado el panorama macabro que vivimos, pero a final de cuentas él declaró como política vertebral de su gobierno, desde que lo asumió, el combate al crimen organizado. Si los resultados hubieran sido exitosos, él se estaría colgando ahora la medalla del triunfo. Como no es el caso, a él se le atribuye en este momento, por elemental lógica y aunque algunos quieran eximirlo de responsabilidad, la metafórica medalla del fracaso. ¿O qué quería, al respecto, Gómez Leyva? ¿Que los dedos flamígeros apuntaran a Juan Molinar, a Agustín Carstens, al Mochaorejas, a la Mataviejitas? Ciertamente, la responsabilidad es plural, tiene mil flecos, pero quieran o no quieran, por percepción social y porque a fin de cuentas él impuso esta política de seguridad estilo "garrotazo al avispero", Calderón es el primer responsable de sus resultados, con o sin las comillas suavizantes o exculpatorias que Gómez Leyva le obsequió el miércoles 6 de junio en el programa Tercer Grado.

domingo, junio 03, 2012

Corriente interior



Al leer el poema vivo en sus versos

Navego sobre esas aguas de tinta
y remo solo y quizá calladamente feliz
en medio del océano

Algo hay, no entiendo, en la poesía
que me permite una vislumbre inhabitual
ver el otro lado del agua
clavar la cara y admirar peces desconocidos
la turbiedad profunda
la agitación de una corriente interior
el estremecimiento de la flora sumergida
el brillo de un molusco eléctrico
la metáfora confundida en el coral

La poesía que me tocó
sólo me deja trazar algún barrunto
—este barrunto, por ejemplo—
y es menos mía que la ajena
la ajena que es mía toda
tan mía que por eso me la apropio
y la publico como quiero en el alma
donde yo mando y leo

El arte de mirar no tiene dueño
por eso creo
que toda la poesía
que todo el mar
que todos los peces
que todas las palabras de todos los poetas
secreta y no secretamente
me pertenecen

sábado, junio 02, 2012

“Adoro” en cinco formas



Al comenzar este año intenté algunos ejercicios para aprovechar la descomunal bodega de YouTube, el hecho de que ahora, gracias a esto, podemos leer un comentario musical y al mismo tiempo ir escuchando. Trabajé, por ejemplo, el caso de una canción famosa interpretada por varios grupos o cantantes (“Tornero”). Hoy perpetro algo similar y continúo con un proyecto cuyo objetivo es sólo hedónico.
Tomo como espécimen “Adoro”, la famosa y simplísima canción, como todas las suyas, de Armando Manzanero. La letra contiene, como tantas de su género, cero jiribilla literaria. Es sólo, pues, una breve exposición de amor sin orillas enunciada con las hipérboles que son del caso. Su valor, claro, está en el arreglo: tiene un melodía suave y pegadiza, adhesivamente reiterativa en la palabra que da título a la pieza.
La versión que viene es la de su autor, quien jamás tuvo buena voz y aquí se oye un poco como Alvin y las ardillas. Escuchemos.
Tampoco lucía una voz de lujo, pero Carlos Lico fue quien imprimió a “Adoro” los primeros tintes de tema clásico setentero. Mi recuerdo de esta versión ahora ha sido un tanto defraudado. Ya no me agrada igual, le noto a Lico una voz demasiado abierta, fallida en el vibrato, poco dulce para una balada de esta naturaleza. Creo que exagero, y no faltarán los setentosos que estén en desacuerdo con mis oídos de hoy. Una anécdota: siempre que el maldito Loco Valdés presentaba en sus programas a Carlos Lico, decía: “El cantante que proviene directamente del planeta de los simios”. Así se llevaban. Bueno, esta es la pieza del yucateco Manzanero con el yucateco Lico.
Como quien engulle una aceituna, así despacha Plácido Domingo esta canción. Es, por supuesto, un tema técnicamente pequeño para esa voz acostumbrada a desafíos operísticos. No sé, por esto, si una canción de este pelo funcione igual cantada, como aquí, más allá de la perfección. Noten por ejemplo el cierre, el arabesco clasicista con el que Domingo la remata. Parece excesivo. Pero insisto: los tenores metidos en lo popular gustan y disgustan casi por igual. Así la acomete entonces Plácido Domingo.
Parecerá una blasfemia, pero Chavela Vargas no es muy de mi gusto. Sin embargo, lo reconozco, su desempeño en “Adoro” es casi formidable. Digo “casi” porque no me agrada el colofón tan tosco. Iba bien en flujo ronco-dulzón, en ranchero molto lento e sostenuto, y al final debió seguir así, pero la cerró con un portazo de corrido. Aquí está.
Entiendo perfectamente que no podemos hablar de “Adoro” sin referirnos a la versión guapachosa del grupo Bronco. Más allá de que agrade o no (sospecho que es mayoritario el sí), el videoclip es real-maravilloso. Mientras lo veía no pude evitar mi risueño asombro con la narración icónica empatada a la interpretación. Para sorpresa de todos, allí aparece nada más ni nada menos que Armando Manzanero cantando un fragmentito, al principio, de su famoso tema. Lo hace en un simulacro de serenata; cuando termina, se va con sus acompañantes y en el camino un niño tan desvelado como mal actor felicita al letrista: “Me gustó mucho su canción, yo cuando sea grande quiero cantar y escribir canciones”. Manzanero, siempre humilde, como debe ser en el caso de un genio, le dice: “Lo vas a hacer mejor que yo”. Luego arranca el sintetizador mágico de Bronco y mágicamente nos instalamos en la casota de Manzanero. A partir de aquí las transiciones se vuelcan en la pantalla con frenesí dadaísta. Vemos que la hija de Manzanero sale de una tienda con bolsas y cajas. Allí, por accidente, se topa con Lupe Esparza, vocalista de Bronco, quien la ayuda a reponerse y en el cruce de miradas, así nomás, con el puro magnetismo de su personalidad enguaripada y hebilluda y de pantalón strech nalgaparada, la conquista. Acto seguidísimo están cenando con deficiente gestualidad y también acto seguidísimo llegan con otra ropa a casa de Manzanero, como si en el camino se hubieran topado con un hotel o algo así. Al ser presentados, el compositor saluda a Esparza en una escena que parece tomada de la divertida serie Tierra de gigantes. Luego, a la altura del estribillo, aparece la familia y todo el grupo Bronco echándose unos cabritos surrealistas y en la misma dinámica del golpe y del porrazo, los vemos en un estudio de grabación y en una sesión fotográfica donde aparecen primero con smoking y luego con un traje azul-verde que está más allá de toda capacidad descriptiva. Las escenas apelmazadas y sorpresivas se suceden así hasta el final, ganan discos de platino, la pareja de enamorados se instala en una locación bucólica donde Lupe hace de la suyas y le propina un besito en el cuello a la teórica hija de Manzanero, todo esto, claro, con una edición disruptiva, vertiginosa y decididamente naïve. Pese al video, o precisamente por él, no sé, esta versión de “Adoro” se impuso en el gusto popular y es, creo, la que mejor recordamos. Está aquí, y con esto nos despedimos del respetable público.

viernes, junio 01, 2012

Cálculos científicos



La ciencia no conoce límites. Acabo de leer que, según cuidadosas investigaciones, la fecha precisa del nacimiento de Cristo ocurrió seis años antes de lo que se cree. La conclusión es simple y deslumbrante: en verdad Cristo nació seis años antes de Cristo.

jueves, mayo 31, 2012

Lo eludible, lo ineludible



Dispensen la obviedad
pero podemos eludir
al patrón
al cobrador
al Estado
al calor
al perro
al frío
otra vez al cobrador
al policía
al ladrón
al cáncer
al motociclista
al catarro
a la suegra
al pesimista
al optimista
a la esposa
al tedio
al esposo
al otro cobrador
a la mosca
al reguetón
al libro
al demagogo
al trabajo
al enemigo
al siquiatra
a doña Petrita
a dios
al diablo
nuevamente al cobrador
a todo
salvo
(de nuevo dispensen la obviedad)
salvo la hora de nuestra muerte
amén

Nota: tomé la foto que ilustra este post en el cementerio de Sierra Mojada, Coahuila, el 26 de mayo pasado. Me impresionó la contundencia del cemento, el peso de lo concreto sobre la abstracción de la muerte.

miércoles, mayo 30, 2012

Medio siglo de cronopios y de famas



Muchos años hace que la crítica y ciertos escritores y lectores han asumido como deporte o mero entretenimiento matar al boom. Lo han matado muchas veces, pero el boom no sólo ha sobrevivido a esos flechazos, sino a otros acaso peores, como las malas aunque bien intencionadas imitaciones, o la producción ulterior de quienes protagonizaron aquel amorfo o muy bien pensado movimiento literario que estalló a principios de los sesenta y dejó obras cuya vigencia nos permite visitarlas o revisitarlas sin el trauma de que perdemos nuestro tiempo.
Cierto que el boom fue un rótulo sobreexplotado por el comercio y la crítica, pero eso no es culpa de los autores allí afiliados y, menos, de sus obras. Hoy nos puede caer muy pesado García Márquez, o ideológicamente repugnante Vargas Llosa, o desigual el recién ido Carlos Fuentes, o ya muy lejano el lejano e inextricable Carpentier, pero es un hecho todavía incuestionable, creo, que su irrupción artística fue un hito y sus obras, sus mejores obras, desafiaron lo que hasta ese momento habían propuesto las letras latinoamericanas no solo a nuestra América, sino al mundo entero.
Fuera del macanazo propinado por Darío a finales-principios del XIX-XX, la literatura latinoamericana había sido hasta mediados del siglo anterior una especie de eco siempre tardío de las realizaciones europeas. Esto se explica no sólo por el papel tutelar, económica y espiritualmente colonialista, de Europa sobre América, sino también por la lentitud de las comunicaciones. Mientras el Romanticismo hacía furor en el alma de los artistas europeos, las colonias de ultramar comenzaban apenas a desperezarse de su amplia dependencia virreinal. Cuando aparecieron los primeros románticos americanos ya en Europa jugaban con otras cartas, y así hasta bien entrado el siglo XX, pues incluso las vanguardias latinoamericanas no fueron otra cosa que meras y divertidas emulaciones, a veces verdaderas calcas, de lo que hacían los artistas en el viejo continente.
Aunque heredero de tradiciones foráneas, el boom fue más que una repercusión. Es verdad que retomó técnicas que poco antes habían invadido la narrativa norteamericana y europea, pero también es cierto que por primera vez algunos escritores latinoamericanos comenzaron a trabajar sin complejos de inferioridad e innovaron y se adentraron en experimentaciones que antes sólo parecían permitidas a los artistas de mayor edad, a los europeos, sobre todo. Lo asombroso no fue tanto el nacimiento de una obra deslumbrante pero aislada. Lo que fascinó tanto al lector como a la crítica fue, creo, la simultaneidad, el hecho impresionante de que al mismo tiempo, sin un aparente caldo de cultivo, casi como quien da una patada a la puerta de la gran literatura, un grupo más o menos numeroso de escritores comenzó a notarse en todos lados. El mercado, es indiscutible, los favoreció y se favoreció con sus obras, pero más allá de los pesos y los centavos de ganancia nos quedaron obras que, sumadas y valoradas hoy por su contenido, no tienen equivalente en otra etapa de la historia literaria de América Latina. Fueron, sobre todo, novelas, pero también, con ese poderoso remolque, jalaron cuentos, ensayos literarios y políticos, e incluso hasta poesía, pues de golpe los ojos de la crítica no latinoamericana puso más atención en las letras de nuestro continente espiritual.
La lista de autores, más amplia de lo que suponemos, forma un conjunto de obras que apabulla. Un solo miembro de los imprescindiblemente mencionados como navegantes del boom (Cortázar, por ejemplo) es en sí una literatura. El cómputo de sus obras equivale a miles de páginas en las que un hombre, ese argentino nacido en Bélgica y naturalizado francés, construyó un mundo que hasta la fecha, si nos despojamos de aniñadas rijosidades, es todavía un rico universo de tramas y personajes, de apuestas por el juego y desafíos a la lógica. Por eso digo: a esos autores no es posible matarlos con berrinches, con exabruptos de renovador deslumbrante, sino con obras que sean definitivamente mayores o, mejor, no hay que matarlos, sino asimilarlos como parte de nuestro patrimonio, un patrimonio al que le podemos sumar lo que queramos luego de que el boom dejó de ser el pan de cada día en la literatura latinoamericana.
Adrede mencioné a Cortázar porque es indiscutible que él fue, junto a tres o cuatro más, pináculo del Boom, pináculo de ventas y pináculo en todos los demás sentidos que queramos darle a esa metáfora orográfica. Han pasado sesenta, cincuenta, cuarenta años desde que aparecieron sus libros y muchos de ellos mantienen no nada más vigencia, sino clientela, que es a final de cuentas lo que le importa al frío mercado. Sabemos por ejemplo que, pasado el furor sesentero-setentero, Rayuela sigue siendo reeditada. Lo mismo pasa con Bestiario, con Final del juego, con Las armas secretas, con Deshoras o, en suma, con todos los libros de cuentos compilados en dos (o tres, según el sello editorial) gruesos volúmenes de su cuentística total. Uno de los libros ya entrados en años, cincuentón para más señas, es Historias de cronopios y de famas, publicado originalmente por la editorial Minotauro, de Buenos Aires, el 30 de mayo de 1962, hoy hace exactamente cincuenta años. No se trata de un libro caduco, olvidado, puesto ya en el museo de los triques al que suele ser condenada la mayor parte de los libros. Historias…, al contrario, es uno de los títulos más concurridos del argentino, y no está de más afirmar que el mote con el que identificamos a su autor proviene precisamente de esa obra: Cortázar es el “cronopio” porque tal fue el neologismo que más pegó, la palabrita que ahora, cincuenta años luego, identificamos con el totémico autor de Rayuela.
Historias… es un libro peculiar no sólo en el contexto de la obra cortazareana. Pocas creaturas había de su tipo en el momento de su aparición, y puedo asegurar que sigue siendo un objeto literario de suyo raro, tanto que así, de golpe, no se me ocurre otro para compararlo. Tal vez, no sé, alguno de Arreola, o de Monterroso, o uno de Filisberto Hernández o de Macedonio Fernández. Pero Historias… es uno de esos libros que son una prueba de permanente renovación. Aún hoy, leído de cabo a rabo, uno sale de allí con la sensación de desconcierto, de gozoso desconcierto. Está en la fantasía, en el desenfadado surrealismo que propone. Es disparatado, pero al mismo tiempo internamente lógico. Su prosa es poética, pero también transpira un coloquialismo que nos aproxima a la voz callejera.
Sabemos que Historias… está dividido en cuatro estancias: “Manual de instrucciones”, “Ocupaciones raras”, “Material plástico” e “Historias de cronopios y de famas” ¿Qué quiso decir Cortázar con estos textos? ¿Hay algún propósito simbólico en ellos o es sólo un desafío a las leyes de la lógica, un clavado en las más profundas aguas del ludismo? Creo que una clave para entender Historias…, y en general a casi todo Cortázar, está en su noción de lo fantástico, como lo declaró alguna vez en una conferencia: “Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico (…) ese extrañamiento está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior…”.
Historias…, pues, es la zambullida más honda en esa concepción de lo fantástico, pues aquí el argentino camina con libertad por las calles de Buenos Aires y al mismo tiempo convive con un mundo completamente ajeno, interior, rico en insinuaciones y espeso de imágenes desconcertantes y maravillosas, arraigadas en el mundo del subconsciente.
Su vigencia está allí, precisamente: este libro prueba que junto a una obra atornillada a la realidad, al drama humano (el cuento “Reunión”), puede convivir una obra libérrima, jubilosa en la exploración de lo fantástico, risueña y digna de sobrevivir cincuenta, sesenta, muchos años, los que quiera tardar para convertirse en clásica.

Comarca Lagunera, 25, mayo y 2012

martes, mayo 29, 2012

Conferencia sobre Garibay

Cocteles de Emiliano



Los tuits son, como decíamos en los tiempos del cólera, "maquinazos", textos que salen del teclado y se van al ciberespacio sin mayor revisión. Tienen algo, por ello, de la "escritura automática" que practicaron los surrealistas para que emergiera el subconciente en estado puro o al menos sin el estorbo adulterante de la razón, de la conciencia.
No quiero decir que este tipo de textos sirva para hacer radiografías acabadas, pero deja ver hebras de personalidad, rasgos del talante. Quien escribe un tuit deja en ese palmo de terreno algo, pequeño quizá, de su ser interior, de su índole. Tiene tan poca importancia un tuit ocasional que, sin advertirlo, porque no es peligroso, dejamos allí algunas huellas digitales de nuestra alma.
Pienso lo anterior debido a un par de tuits escrito por Emiliano Salinas Occelli, hijo del ex presidente Salinas de Gortari. No sigo su cuenta, no me interesa ni siquiera por morbo, pero a propósito de su reciente exposición mediática alguien retuiteó un mensaje suyo y me asomé a ver algunos tuits de @salinasemiliano. Uno de ellos, fechado el 13 de mayo de 2012 a las 20:42 horas, opina desde un Blackberry lo siguiente: “@salinasemiliano: La terminal 2 del Aeropuerto Benito Juarez huele sucesivamente a pies, a basurero, a vómito, y a caño. Qué coctelito de bienvenida!”
En ese puñado de caracteres hay mucha información, más de la que podemos imaginar a simple vista. Primero, lo habitual: que Emiliano no tiene cuidado formal al escribir un tuit, lo que a estas alturas importa poco. Dice, por ejemplo, “sucesivamente”, pero quizá quiso decir “simultáneamente”, pues un coctel es simultáneo, no sucesivo. La tilde faltante de “Juarez”, la coma de más al final de la enumeración y el huérfano signo admirativo de cierre son los otros tres gazapos. Pero en fin, escribir con desenfado es lo común en las redes sociales. Eso no importa, o al menos no importa a la abrumadora mayoría, así que mejor olvidarlo.
El sentido del tuit es lo llamativo. Sabemos que Emiliano Salinas anda en pose de activista, indicando a la sociedad cuál es el camino para salir del túnel, orientando a muchos seres extraviados en la oscuridad, conferenciando aquí y allá, siempre en foros concurridos, lo útil que es seguir los Importantes Consejos que él disemina con extraordinaria y buena onda actitud. El apellido que le dio su todopoderoso padre nos hace presuponer que tiene puertas abiertas por doquier; si ocurre lo contrario, no es ilógico pensar que con dinero queda salvado casi cualquier obstáculo. Se supone pues que el plan en el que hoy opera Emiliano, siempre ante públicos ad hoc, es frontalmente redentorista, solidario con toda la perrada que no tuvo la suerte de poseer su claridad de pensamiento, esas herramientas cognitivas forjadas en las mejores universidades del mundo o a la sombra del sagaz Innombrable.
Pues bien, el solidario y buenísima onda Nuevo Redentor Político y Social dijo que “La terminal 2 del Aeropuerto Benito Juarez huele sucesivamente a pies, a basurero, a vómito, y a caño. Qué coctelito de bienvenida!”. Nótese que conoce el país, que el aeropuerto, un lugar pulcro y de privilegio, un sitio de lujo para la mayoría, a Emiliano le parece una zahúrda. ¿Imaginará siquiera lo que es el olor a patas, a basurero, a vómito, a caño cuando de veras huele a todo eso en los miles de sitios carcomidos por la miseria en este país y en muchos más de todo el mundo? ¿Sabrá el delicado Emiliano lo que es la pestilencia generada por la pobreza? ¿Cree en serio que el aeropuerto, un lugar suntuoso al que jamás accederán millones de mexicanos, es un sitio insalubre? ¿Habrá caminado, por ejemplo, un mercado popular donde la gente sobrevive a diario, sin escapatoria, entre pedos, mierdas, alimañas, malos drenajes, gargajos, inmundicias, calor y pésima ventilación? Sospecho que no, que el joven mesías cree que el aeropuerto es lo máximo en materia de incomodidad, lo máximo o al menos un lugar que no merece ningún asombro ni agradecimiento por los lujos que ofrece a quien puede pagarlos.
Un cálculo más o menos arbitrario me permite imaginar que Emiliano tiene dinero para pagarse 400 o 500 años, si los viviera, metido sin hacer nada en un yate perfecto, con la mejor comida y bebida y con cien modelos de Playboy para que le rasquen el ombligo y todo lo que él quiera. Poco o nada puede saber entonces de malos olores, de cocteles repugnantes, de incomodidades ni nada de eso. En el tuit se creyó crítico de un mal servicio, pero sólo le afloró el descomunal fresota que lleva dentro (y es por fuera).
En un tuit ulterior, luego de que le brotó el subconciente como brotan las aguas negras en los mercados del populacho jediondo, Emiliano dijo esto (17 de abril de 2012, 20:21 horas): "QUIEN MANDA EN UN PAIS, EL PRESIDENTE Y CONGRESO O LEYES DE LOS CAPOS?"/ Ninguno, los ciudadanos son quienes mandan." Nótese que aquí se las da de demócrata, que aquí quiere demostrar que Él Está Con El Pueblo. Fallido crítico social, fallido redentor, fallido impulsor de un cambio de mentalidad. Al oírlo, al leer sus tuits, no sé por qué recuerdo aquel bolero interpretado por Bienvenido Granda ("El Bigote que Canta"): “Todo es falso, pero tú eres mucho más”.

viernes, mayo 25, 2012

Conferencia cronopia, hoy



Desde la Coordinación Editorial de Dirección Municipal de Cultura de Torreón presentamos las primeras tres conferencias del Ciclo Primeras Ediciones. A 50 años de su publicación.
Este Ciclo de conferencias inicia en el mes de mayo y continuará los siguientes meses del 2012, alternado con otros eventos que conmemorarán autores y libros clásicos de literatura.
El viernes 25 de mayo, el escritor Jaime Muñoz dará una charla sobre el libro Historias de cronopios y de famas, del argentino Julio Cortázar. Asimismo, el miércoles 30 de mayo la conferencia tratará sobre Beber un cáliz, del autor Ricardo Garibay, y será presentada por Daniel Lomas.
Los libros Historias de cronopios y de famas, y Beber un cáliz se publicaron por primera vez en 1962, es decir, están cumpliendo 50 años. Para celebrar este aniversario editorial, en las conferencias se conversará de cómo fueron recibidas en el momento de su publicación y qué es lo que ha sucedido con ellas después de varias décadas. También se abordarán a sus autores y se tratará su vigencia en las letras latinoamericanas.
Las charlas se llevarán a cabo en la Biblioteca José García de Letona, ubicada en la Alameda Zaragoza en la ciudad de Torreón, a las 19:00 horas.

jueves, mayo 24, 2012

Del tuiter @rutanortelaguna

Sin pensarla mucho, también como viene el balón, en el aire y de volea, he habilitado en mi tuiter cierta cantidad de trabajo icónico. Es el lado gráfico que me fue vedado en la mano y que ahora, con la compu, puedo desarrollar sin mayor ambición, sólo la de jugar y de paso ejercer algo de crítica. Hoy colgué la siguiente imagen con el texto "¡Amiguito!, halla las diferencias en el juego 'Siempre la misma mierda' ¡y retuitéalo a tus cuates!". Poco a poco iré subiendo a este blog y a Facebook lo que trepo a la cuenta @rutanortelaguna

miércoles, mayo 23, 2012

Futuro que fui



Veo a mi hija de dos años
y pienso en su futuro
en su inasible futuro

Vive en el presente
en la eternidad de este momento
en sus muñecas de plástico y pelos enmarañados
y en sus balbuceos de color blanco

La veo y pienso en su futuro y la imagino grande
y alta y hermosa
lúcida y sonriente
pese al horrible mundo que hoy es el mundo

¿Alguien pensó en mi futuro
cuando yo, entre canicas y luchadores, vivía en la eternidad?
¿Lo he defraudado?

Comarca Lagunera, abril, 2002

martes, mayo 22, 2012

Fiesta en pausa



Adriana Vargas y Julián Parra, editores de la revista Metrópolis, me convidaron a funguir como "editor invitado" para su número de tercer aniversario. Entre otros materiales preparé el siguiente texto como "presentación". La parte que "edité" trata sobre el bajón de la fiesta lagunera, el silenciamiento de la vida nocturna en esta región otrora efervescente de convivencia callejera.

Este número celebrante de Metrópolis ofrece en su primera parte un puñado de textos sobre la actual realidad de la fiesta lagunera. No es, por supuesto, un trabajo concluyente, sino una reflexión a vista de pájaro sobre el fenómeno de la violencia y sus consecuencias más inmediatas y evidentes. Digamos que se trata entonces de un reflector puesto sobre el hecho incontestable de que algo pasó, de que en menos de una década —y sobre todo durante el sexenio sangriento que todavía no hace su fúnebre corte de caja— los laguneros asistimos al horrible espectáculo de un vandalismo que arrasó con buena parte de nuestra convivencia, sobre todo de la nocturna.
Así como era imposible pronosticar una devastación como la que padecemos, es ahora imposible saber si podemos abrigar la esperanza de la recuperación. Los pesimistas dicen que no, que ya nada volverá a ser lo mismo; los optimistas aseguran lo contrario y piensan que la jauja parrandera volverá por sus fueros, que los malos tiempos se irán y regresaremos al estadio de tranquilidad que hizo de La Laguna uno de los sitios espiritualmente más acogedores del país.
Tres textos desarrollan el asunto. El primero, un recorrido de Reginaldo Díaz por la circunstancia de la noche en este momento, un diálogo de reportero con la realidad que hoy vemos sobre todo en el primer cuadro de la ciudad de Torreón, nuestro querido centro histórico ahora en penurias.
El segundo es un artículo del escritor Vicente Alfonso, lagunero radicado desde hace cerca de diez años en el Distrito Federal. El joven escritor apunta, con la excelente prosa que lo caracteriza, la paradoja con la que se encontró luego de cambiar su residencia, una paradoja que ahora lo señala allá, en el DF, como nativo de tierra bárbara.
Un fragmento de mi novela Parábola del moribundo es el tercer y último apartado de esta sección. Conlleva un apunte previo, así que no me extiendo más en esta presentación.
Sólo agrego mi agradecimiento al colectivo de Mertópólis por su amable invitación. Espero que el tercer aniversario de la revista coincida con el renacimiento esperado de nuestra querida comarca y su abundante y deseable fiesta.

lunes, mayo 21, 2012

Cien días de chamba



Vicente Alfonso, escritor y periodista lagunero, me entrevistó para nutrir hoy su columna "El Síndrome de Esquilo" publicada en El Siglo de Torreón. He aquí sus preguntas y mis respuestas. El plano que complementa este post ilustra lo que digo un poco más abajo: el centro histórico de la ciudad tiene por suerte muchos centros culturales; el Oriente, hacia donde ha crecido Torreón, como lo marco en el polígono rojo, no tiene infraestructura cultural. Las marcas verdes corresponden a espacios universitarios privados importantes (la UIA y el Itesm) y el cuadro anaranjado a la UAdeC. El triángulo amarillo grande es el lugar en el que yo propondría establecer, por su equidistancia de muchas colonias populares, el primer centro de iniciación de las artes del Oriente de Torreón.

¿Cómo evaluarías, en tres líneas, estos primeros cien días de trabajo como Director de Cultura de Torreón?
Ha sido una experiencia dura y enriquecedora al mismo tiempo. Al llegar a la DMC noté que había una gran inquietud por conversar de parte de la comunidad cultural local. Muchos querían plantear proyectos y solicitar apoyos, y algunos cuantos, también, compartir su trabajo de manera solidaria. Me di poco más de un mes para recibirlos, para no dejar a nadie fuera del diálogo (creo que en la oficina platiqué con más de cien personas durante ese primer mes). A la par configuré mi proyecto, vi que en general, como siempre, el presupuesto es limitado en relación con el tamaño de la ciudad y con las solicitudes de la comunidad artística, pero también vi que se podía hacer algo importante y novedoso: seguir con los llamados “eventos”, las presentaciones, las exposiciones, todo eso, pero al mismo tiempo comenzar, apenas comenzar, con lo que considero la idea clave de mi paso por la DMC: jalar hacia el Oriente. Forzado por su geografía, dado que no puede crecer hacia la sierra de las Noas ni hacia el lado de Durango, nuestra ciudad ha crecido espectacularmente hacia el nor, centro y suroriente. Allá está ahora, mayoritariamente, la vivienda, la industria y el comercio de la ciudad, pero a esto no se le ha aparejado infraestructura cultural. Mi idea es ésta: poner en la agenda de las políticas públicas culturales de Torreón la urgencia de llevar cultura hacia el Oriente, de considerar que en diez o más años debe haber, sin falta, centros culturales equivalente, o más grandes si es posible, a los que ya tenemos por suerte en el centro histórico. Por lo pronto, apelé a la inquietud de varios maestros que ya están dando clases de arte en espacios prestados del Oriente. Es un primer paso y ojalá las administraciones culturales vendieras puedan darle seguimiento.

¿Ha cambiado tu visión de la ciudad?
El cargo en la DMC me obligó a pensar de otra manera. Cuando uno está fuera piensa que todo es más sencillo. Al llegar aquí noté que la ciudad es muy grande, que sus problemas son muchos y que mientras construimos algo debemos luchar para abatir inercias. Una de ellas, por ejemplo, es la que establece que la cultura siempre debe operar con tajadas muy pequeñas del pastel presupuestal. Y sí, de la noche a la mañana la ciudad creció en mi interior.

¿Ha cambiado tu visión del círculo de creadores de Torreón?
No tanto. Hay mucha inquietud y mucho talento, pero eso ya lo conocía, y conocía también a los creadores, promotores e intérpretes de la ciudad. Hay detalles, sin embargo, que me parecen peculiares, dignos de ser tomados en cuenta si elaboramos un estudio sobre el comportamiento cultural en la ciudad. De hecho, a lo largo de mi función en la DMC he ido tomando notas sobre la cultura local, pues sobre tal tema pienso escribir un ensayo amplio cuando termine mi responsabilidad en este espacio. Tenemos muchísimos talentos, insisto, pero también hay lastres, inercias, entendimientos tácitos muy extraños.

¿Cómo crees que influye tu labor como creador en tu labor como Director de Cultura?
No las mezclo. En todo caso, saberme escritor y haberlo demostrado aunque sea con malos libros es útil para saber que con o sin instituciones, con o sin apoyos, con o sin lo que sea, la vocación artística, cuando es genuina y poderosa, aflora. El arte es misterioso, tanto que puede nacer hasta en el desierto.

¿Cuál es el papel de la cultura en la vida de Torreón en 2012?
Si comparamos el papel actual al que tenía hace treinta años, creo que hemos avanzado. La retórica política ya desgastada dice siempre esto: “Falta mucho por hacer”. Es una obviedad. Mientras haya injusticia, mientras haya inequidad, mientras haya dolor, faltará mucho por hacer. Y bueno, no hay que repetir tanto esa frase: hay que materializarla en actos aunque sea modestos, pero actos al fin. Hay que hablar menos y hacer más.

domingo, mayo 20, 2012

Tierras del Santos



De botepronto escribí hoy, temprano, esta crónica versificada. Es una breve descripción, sencilla e íntima a la vez, sobre la región en la que juega nuestro equipo. Aunque quizá puede cuadrarle a todos o casi todos los paisanos de esta tierra, al escribirla pensé en tres destinatarios: en los niños, en los jóvenes y principalmente en todos aquellos laguneros que están fuera de la comarca por la razón que sea. Mi deseo es que los dos primeros aprendan a querer más el lugar en el que viven, y los segundos a extrañarlo con permanente apetito de volver. Tiene, pues, una aspiración más emotiva que esteticista, y para hilarla apelé a lo que bien sabemos gracias a los estudios históricos de larga duración ya disponibles, afortunadamente: que La Laguna no sólo es Torreón-Gómez-Lerdo, sino una amplia comarca donde convergen, por decir lo menos, alrededor de diez ciudades de Coahuila y Durango. Las palabras que vienen intentan deambular esos espacios, los espacios hoy vestidos de anhelante verdiblanco. La foto que complementa este post fue tomada con permiso de la web Crónica de Torreón.

Tierras del Santos
Jaime Muñoz Vargas

para los laguneros en el exterior;
de ellos también son nuestros símbolos


Por el futbol
porque los ojos del país nos miran ahora con una
oooooooooooooooooooooooo[pizca de atención
quizá sin mucho énfasis, de lejos
y porque afuera a veces lo preguntan
digo:
cómo explicar la cosa a los fuereños
cómo darles una idea de La Laguna
sin extraviarlos en un reborujo de rutas y lugares.

Piensen primero en un paraje con mucho polvo y mucho sol
—todo el polvo y todo el sol que quepan en su mente—
y a eso añádanle calor, mucho calor
una tonelada de calor sobre los lomos
un calor de lumbre
seco y hostil
un calor que le dé calor al mismísimo calor.

Piensen en eso
pero aunque piensen
este calor es inimaginable
es un calor que vive más allá del calor
un calor que quema y educa
que arruga al más curtido.

El polvo y el calor son pues nuestras sombras
y sin acostumbrarnos
hemos aprendido, renegando
a vivir aquí desde hace tres o cuatro siglos
desde que Parras de la Fuente, nuestra abuela
nació e hizo de la nada
de la absoluta Nada
un vergel hermoso hasta la fecha.

Luego fueron naciendo
junto al Nazas y el Aguanaval
—nuestros fluviales espinazos—
pueblos chicos y heroicos
desconocidos por muchos
queridos por nosotros como hermanos:
Viesca salina
Matamoros aguerrido
San Pedro revolucionario
Torreón sólido
Madero activo
Lerdo jardín
Gómez Palacio industrioso
Mapimí pétreo
Tlauhualilo de sandías y buen beisbol
Sierra Mojada mineral
y Cuencamé, el otro abuelo.

Este racimo de ciudades
son La Laguna
—Rodas con un pie en Coahuila y otro en Durango—
región que por múltiple siempre ha buscado
enceguecida por el sol
un poco a tientas, encandilada
algunos rasgos más o menos comunes en su rostro.

El esfuerzo es uno de ellos
la lucha diaria para sacarle algo a la tierra
y el gusto por la fiesta que es el premio al trabajo
un pragmatismo que no repara mucho en reflexiones
una forma de ser que camina y ara
que ara y camina
sudorosa.

Otra marca afín en el rostro lagunero
nació gracias a los antiguos frutos:
somos pueblos nutridos por la uva y el algodón
dos queridos símbolos
existan o ya no en el presente cada vez más distante del pasado.

Un lagunero
—hablo ahora de la gente—
suele ser alegre, compartido
amable con el forastero
tolerante casi siempre
y a veces un tanto presuntuoso.

Ese lagunero se hizo poco a poco de sus símbolos
recogió del suelo, del polvo
su identidad, su índole, los rasgos de su cara
y a todo lo que ya tenía le fue sumando
desde hace treinta años
la gritona querencia del futbol
y de un equipo
que sin querer
misteriosamente
como se da todo en la vida
es ahora un santo y seña de lo nuestro
un rasgo más
un modesto rasgo más
—para que no suene absurdo ni banal—
en el rostro de estas ciudades
vestidas hoy de verde y blanco
alegres
muy alegres y festivas
y hermanas
y optimistas
y deseosas de retomar las calles
pese a todo.

Comarca Lagunera, 20, mayo y 2012

miércoles, marzo 21, 2012

Imagina



Coopero con esta bicoca a la celebración del día de la poesía. Escribí estas líneas (no me atrevo a llamarlas “versos”) en 2003, cuando aún no nos alcanzaba el horror y podíamos deambular sobre el lomo de la madrugada con desenfado casi cínico. El Imagina y todo lo que se le parece (parecía) ya cerró, lo que ha traído un desempleo atroz a La Laguna. Aquel establecimiento era abominable, sí, pero tenía su encanto, un encanto tosco y magnético. En dos de mis relatos los personajes se meten a esa covacha inmunda: me refiero a un cuento de Leyenda Morgan y a un pasaje de la novela Parábola del moribundo. Hoy añado, sobre el Imagina que nada tuvo que ver con John Lennon, este conato de poema escrito, supongo, al calor de unas copas en aquel pinchurriento bodegón otrora sito en el ombligo de la zona industrial de Gómez Palacio.

Imagina

De vez en cuando la alegría, cierta alegría, se posa en el infierno.

El Imagina es un bodegón de mugre
donde hombres elementales beben y bailan
con mujeres también elementales que también beben y bailan
a diez pesos la canción y a veinte la cerveza.

Estar allí es habitar por un momento
—perdón por la insolencia—
un cuadro del Bosco.

Las risas estallan y viajan por el humo
mientras el grupo Tex Mex Galaxia truena con notas perdularias
de matones y desengaños y amores muy mal avenidos.

Detrás de tantas alegrías se oculta la tragedia inocultable
de seres que son chácharas olvidadas
de mujeres que le sacan a su risa algunos pesos
y hombres que le sacan a sus pesos una risa.

Imagina, el Imagina
brasa ardiente en el corazón de la penumbra.