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jueves, noviembre 11, 2010

Maquillaje para Hermelinda



Estoy en plan grande: cuatro meses sin ver más de media hora continua de televisión. Digamos que es mi récord, pero hago trampa, pues casi he sustituido la tele por el YouTube, aunque también veo esto a cuentagotas. Ayer, sin embargo, entré a una gordería de las miles que diseminan calorías en Torreón, y adrede me senté frente al televisor. El canal que estaba en la pantalla era de TV Azteca, y ofrecía uno de esos programas con chicas chamorrudas y sonrientes y galanes con facha de metrosexual, todos conversando sobre temas más baratos que una gordita sin guiso dentro. Despachaba pues mis gorducas cucas cuando, en comerciales, apareció a cuadro la figura de Ulises Ruiz Ortiz, el gobernador de Oaxaca. Confieso que me hizo mal el chicharrón tras escuchar a ese hombre oralmente emproblemado para expresar un mensaje al parecer escrito por un loco.
No tengo la redacción exacta, pues lo pesqué al vuelo y no lo hallé en internet, pero hay un pasaje en el que Ruiz asegura haber acabado con la corrupción y con los grupos que le hacían daño a Oaxaca. Al oír eso, sobre todo lo relacionado con la corrupción supuestamente ya extinta en aquella entidad, no pude no pensar en los límites de la propaganda. ¿Se puede decir lo que sea en los anuncios pagados con dinero público? Una posición radical y por ello utópica lleva a pensar que debería desaparecer toda propaganda que informe sobre los logros del gobierno. La lógica así lo dicta. O sea, difundir mensajes en los que se celebre (autocelebre) la construcción de carreteras, escuelas, hospitales, parques y demás no es lógico por dos razones: a) la obra de gobierno se hace con dinero ajeno, es decir, no con el dinero del gobierno, sino con el de los contribuyentes; b) la obligación del gobierno es administrar los recursos de tal forma que la población sea beneficiada, por lo tanto quien cumple con sus obligaciones no tiene por qué celebrarlo. Esa sería la posición de los radicales antipropagandistas.
Los moderados, en los que están incluidos todos los medios del país, aceptan que la propaganda exista e incluso que sea abundante, pues uno de los valores sobrentendidos de la política (a la) mexicana es que los gobiernos se chingan la lana (aquí el eufemismo es innecesario), por tanto hay que demostrar por todos los medios que en efecto hubo inversión en obra pública. Sé que en otros países la propaganda sobre obras de gobierno es escasa. En unos porque no hay tanto dinero para pagar anuncios y en otros porque la gente confía en el buen destino de sus impuestos, ergo el gobierno no tiene qué demostrar nada a nadie. En México, la cultura política y mediática deja ver claro que no hay gobierno sin fuertes presupuestos disponibles para propaganda, plata que debe ser gastada con habilidad pues mata dos pájaros de un tiro: establece un vínculo con los medios y permite que los ciudadanos vean que sus impuestos sí están trabajando, como decía un viejo eslogan de Hacienda.
Ahora bien, hay de mensajes a mensajes. La propaganda puede ser siempre cuestionada y cuestionable, pero es un hecho que no puede llegar a la mentira flagrante, sobre todo con las obras más visibles y costosas. No es posible afirmar en un anuncio, por ejemplo, que fue construido un megahospital en equis lugar sin que exista el edificio o en verdad sea una cliniquita con tres jeringas. La propaganda más eficaz, por ello, es la que autoaplaude las grandes obras, porque es la más creíble. Hay otra, la que da cifras escandalosas e incomprobables por la población (“fueron atendidos chorrocientos mil niños en nuestros hospitales”), que la gente ve y olvida de inmediato. Y hay otra, la peor: ésa que no destaca infraestructura nueva ni da cifras faraónicas. Precisamente como la de Ulises Ruiz, quien con toda desfachatez explica que acabó con la corrupción así nomás, de un soplido, en abstracto. En otras palabras, liquidó el peor defecto del que es acusado su gobierno. A esa propaganda le llamo, no sé si el símil sea feliz, “maquillaje de Hermelinda Linda”, cosmético que en vez de embellecer enfatiza la fealdad.

Hoy, libro sobre los centenarios
Hoy a las 8 pm será presentado el libro Pasos, repasos y tropiezos de dos centenarios, del escritor saltillense Jesús de León, quien será acompañado por el escritor Ramiro Rivera. La cita es en el Cinart-Icocult, antigua estación del ferrocarril, en Torreón. Este libro de 213 páginas será obsequiado a los asistentes de acuerdo a disponibilidad. La entrada es libre.

jueves, octubre 15, 2009

El arco del triunfo



Supongo que el español de cualquier parte es maravilloso, pero a mí me gusta el mexicano. Tal vez, por cercanía sentimental, hallo eufónico el argentino y el cubano, pero el mío, mi español, el mexicano, es el que me gusta. No podía ser de otra manera. Sin notarlo, todos vamos archivando una cantidad descomunal de modismos, de giros, de metáforas, de expresiones que terminan por convertirse en parte del patrimonio espiritual más sonoro y querido, un patrimonio que nos deja reconocernos donde estemos, casi como si fuera un password de nuestra identidad.
Una de esas expresiones sin abuela, tremenda como pocas, es “pasar por el arco del triunfo” algo, lo que sea. Es sinónimo de soslayar, de no atender, de ignorar, de menospreciar o no pelar cualquier orden, ley, sentencia o llamado de atención. Es pasar por calva sea la parte, allí donde tiene su centro el arco formado por las piernas masculinas, aquello que nos ha sido ordenado. En México no nos referimos pues, en sentido estricto, el hermoso monumento parisino ubicado en los Champs-Élysées, sino al soberano acto de mandar algo a chiflar su máuser con lujo de prepotencia, restregando incluso la orden en el aguacatamen de la varonil anatomía.
En México somos expertos pasadores por el arco del triunfo. Lo hacemos a diario con cuanta minucia perturba la paz de nuestra vida cotidiana. Los amos de esto que es una forma arraigada de la impunidad son, quiénes más podrían serlo, nuestros políticos. Se puede afirmar por ello que nuestro país es el líder mundial en pasamiento por el arco del triunfo de cuanta acusación, sanción, recomendación o castigo llega a las pezuñas de la casta polaca. Hay muy pocas excepciones, claro, pero no obedecen a la observancia de la ley, sino a vendetas procesadas en las cañerías más profundas del poder, como pasó con Díaz Serrano, la Quina, Mario Villanueva y otros pocos que podemos contar con algo de esfuerzo memorístico.
Los casos faraónicos de pasamiento arcotriunfal de la ley son bien conocidos, pues muchos de sus ejecutantes siguen en activo, pasándose por el arco, a diario, todo lo que se diga o tramite sobre ellos. ¿Hay alguien que supere en esto, por ejemplo, a Echeverría? Pues no, por eso allí está el viejo demagogo, instalado cómodamente, desde hace cinco sexenios y medio, en su vejez impune.
No vayamos tan lejos, sin embargo: el gobernador de Puebla se pasó por el arco las grabaciones que lo delataban como flagrante violador de la ley al hostigar, fuera de todo proceso judicial, a quien había denunciado con pelos y señales una red de pederastas. Los intereses, la complicidad, permitieron que el llamado “precioso” hiciera con la opinión pública lo que Juan Camaney hace cuando le piden que pague las caguamas que debe en la tiendita: pasó por el arco toda crítica.
Y otro cercano: Ulises Ruiz, quien estuvo en apuros pero al fin logró reprimir con sobrada ferocidad a sus opositores en Oaxaca. Le tocó la suerte de hacer eso, reprimir, en 2006, año en el que los intereses del PAN y del PRI convergieron para cerrar el paso a la opción incómoda. Por eso Fox, para no romper con el PRI necesario, no puso en su sitio a Ruiz y lo dejó hacer canallada tras canallada, sin freno y hasta ahora sin castigo.
Ayer, por eso escribo esto, la “Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró al gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, responsable de la violación grave de una serie de garantías individuales que se registraron en el conflicto magisterial, político y social que se vivió en la capital de su entidad, de mayo de 2006 a enero de 2007”. La resolución exculpó a Fox, y sólo tiene el carácter de “recomendación”, pues “durante este periodo se violaron de manera grave los derechos al acceso a la justicia, a la integridad personal, a la vida, así como las garantías a la libertad y a las libertades de tránsito, de trabajo, de pensamiento y expresión, de educación, de propiedad, a la paz, y al acceso a la información”. No pasará nada por ello. También Ulises Ruiz y sus secuaces conocen el arco del triunfo. Lo adoran, es su salvación.