domingo, mayo 11, 2008

Otra colección para Coahuila



Hace ya cinco o seis años me invitaron a formar parte del consejo editorial de la Universidad Autónoma de Coahuila. Tal iniciativa fue planteada por Roberto Orozco Melo y Gerardo Segura, amigos que me hacían un honor que sigo sin merecer, pues no me parece flaco reconocimiento pertenecer a una instancia que dentro de nuestra máxima institución académica busca seleccionar y publicar a los escritores de (o radicados en) Coahuila.
Desde las primeras reuniones del consejo, a las que asistí gustoso desde Torreón, vi que el proyecto iba en serio, que se trataba de un emprendimiento digno de total apoyo. Sumé mi opinión a varios colegas escritores y entre todos, en una verdadera labor de consejería editorial, articulamos una primera colección de escritores coahuilenses ya emblemáticos en las letras de la entidad y en ciertos casos del país: Julio Torri, Artemio del Valle Arizpe, Magdalena Mondragón, Rafael del Río, Raymundo Ramos, Enriqueta Ochoa y muchos otros fueron abrazados en libros de estupenda factura y muy decorosa distribución.
Pensé en aquel momento que había concluido el trabajo del consejo editorial configurado para armar la colección citada, pero no: de inmediato fui convidado nuevamente, esta vez a decidir sobre una nueva tanda de autores que complementaría a la anterior. La idea era publicar libros originales, no reediciones ni reimpresiones. Fue así como los consejeros dimos con la decisión de confeccionar una convocatoria que planteara a los coahuilenses la posibilidad de publicar. Pasado el plazo de recepción de originales, los consejeros nos reunimos en la rectoría para establecer los mecanismos de selección. Allí fue formulada, con aprobación unánime, la necesidad de dictaminar cada propuesta con lectores expertos en cada materia abordada en los originales concurrentes, de suerte que la colección pudiera salir con la mayor garantía posible de calidad.
Menciono estos mecanismos por una razón simple: el armado de la colección Siglo XXI Escritores Coahuilenses siguió un procedimiento, un derrotero trazado con causa y pausa por los miembros del consejo editorial siempre atento al logro de la mayor democratización posible en todos los sentidos: origen y edad de los autores, géneros abordados y temáticas. Este esfuerzo por establecer claridad en el mecanismo de selección y apertura a toda propuesta dio como resultado la colección a la que me refiero aquí: un racimo variado de libros que de golpe, a simple vista, describe grosso modo la actual salud de las letras en Coahuila.
Me da especial gusto que la universidad pública se haga responsable de esta labor editorial. Si bien hay otras instancias dedicadas a la edición, principalmente dependientes del gobierno estatal, de los municipios y de algunas universidades privadas, es el máximo recinto del saber en Coahuila el que debe auspiciar el trabajo de edición más constante y decidido no sólo de obras literarias y periodísticas, sino también científicas y didácticas.
El papel de la universidad no es, por ello, un solo papel: entre sus múltiples haceres debe hacer énfasis en lo editorial, dado que así se logra un objetivo doble: difundir ideas y resguardar el pensamiento y la emoción de quienes en Coahuila escriben para reflexionar y quienes lo hacen para emocionar.
El catálogo de títulos y autores de Siglo XXI Escritores coahuilenses atraviesa la poesía, el cuento, el teatro, el ensayo, la narrativa testimonial y el periodismo de opinión y cultural. La poesía ocupa al contingente más numeroso, con cinco de los catorce títulos: Una llaga en el rostro del tiempo, de Carlos Reyes; Dialéctica de la pasión, de Saúl Rosales Carrillo; Cuatro vientos, de Juan Martínez Tristán; Días inciertos, de Adriana Luévano; Época sin nombre, de Lucero Chamé; luego, con cuatro volúmenes de la colección, tenemos los de periodismo (periodismo que me atrevo a apellidar “cultural” en estos casos): Abraxas, prosas circunstanciales, de Alfredo García Valdez; Breves historias y otros temas, de Antonio Malacara Martínez; Corazón de boina verde, de Julián Herbert y La Laguna de tinta, de Vicente Alfonso; en narrativa hay tres títulos: dos de cuentos y otro testimonial: Miel de maple, de Miguel Báez Durán; Ojos en la sombra, de quien esto escribe y Con estas manos digo, colectivo; en teatro, un título: Nueva dramaturgia coahuilense, de José Palacios, y en ensayo, de Sanjuanita Torres Ruiz, Fray Servando a la luz de Astey.
Por deformación profesional le doy preferencia como lector a los títulos de narrativa y periodismo, pero no me incomoda apreciar los que trabajan otros géneros. Sea como sea, el menú de libros de esta colección reitera que en Coahuila, pese al sol y a la sequedad del paisaje, florece la escritura. Hace muy bien la UAdeC en permitir que la voz de nuestros escritores sea escuchada. Excelente me parece la noticia de que esto continúe, y para lograrlo acaba de ser lanzada la segunda convocatoria; que sean pues muchísimos más los libros que en el bien finquen nuestra aspiración de sentir y de saber.