domingo, marzo 06, 2022
Saldos de Querétaro
Mauricio Kuri, gobernador
de Querétaro, se dio tiempo para jugar con las palabras luego de la tragedia.
Dijo que algunos fanáticos no son fanáticos, sino “frenéticos”. En la rueda de
prensa del domingo 6 de marzo en la mañana precisó además que no había muertos,
pero sí varios heridos, dos o tres de gravedad, lo que contradijo la información
extraoficial que horas antes circuló en las redes sociales y en algunos medios establecidos
cuyas cifras oscilaban entre los 10 y 20 muertos. Al final, contra la
percepción producida por los escalofriantes videos de la trifulca en el estadio
Corregidora, las autoridades señalaron que sólo hubo lesionados.
A partir de la evidencia
es imposible no sospechar que comenzó la operación cobija para salvar el
negociazo del futbol profesional. A la hora de la hora, no sólo de él viven los
jugadores y los directivos, sino también son una fuente permanente de ingresos
para los medios de comunicación. Muchos, pues, saldrían perdiendo si aflorara la
verdad con toda su crudeza. Si a esto sumamos el quemón de las autoridades municipales
y estatales queretanas, hay sobradas razones para malpensar en una política de
control de daños basada en el ocultamiento de las verdaderas consecuencias.
Pero sean verdades o
mentiras (en ambos casos expresadas a medias), lo importante es el hecho en sí,
la bestialidad de muchos sujetos que simulan ser aficionados y en realidad son
delincuentes, tipos que en lugar de cerebro tienen un pedazo de cagada embutido
en el cráneo. Viene de hace tiempo, décadas ya, el problema de las porras,
hinchadas o barras en el futbol. En países como Inglaterra y Argentina han
provocado medidas radicales, como no vender cerveza, impedir que las hinchadas salgan
de los estadios al mismo tiempo o evitar, en casos extremos, que los seguidores
del equipo visitante asistan al estadio del local.
Las barras no se han
disuelto, pero ciertamente en algunos países fue mitigado el número de las batallas campales
que durante algunos años eran el pan de cada partido en muchos estadios. No es
fácil disolverlas, pues en algunos casos se han convertido en grupos mafiosos
que usan el futbol como máscara para embozar las deformaciones de su alma. Se
justifican afirmando que asisten a los estadios para alentar al equipo de sus
amores, pero suelen no ver los partidos por el enardecimiento bobo que los
lleva a creer, como tarados, que su equipo es “el mejor”, “el único”, “el más
grande”, exactamente lo que no aceptan miles de fanáticos más en todo el mundo.
Una estupidez, sin duda.
Acabar con la plaga de la
afición enfermiza, manifiesta sobre todo en las hinchadas que operan como hordas,
no es tan difícil. Basta con impedir su ingreso a los estadios, espacios en los
que entran en trance violento a la menor provocación de un carrujo de mota.
También le vendría bien a los partidos de nuestra liga que no se vendiera
cerveza y, claro, operativos de protección civil menos laxos que el que vimos
el sábado 5 de marzo en Querétaro, donde incluso se sospecha que la policía
facilitó el accionar de los trogloditas.
Otra medida oportuna es
la de solicitar a los “periodistas” que no le hagan al vivo en las redes y en los
programas radiofónicos o televisivos de panel. Cuando hay violencia en los
estadios, en muchos comunicadores aflora la doble moral de pedir mesura. Hipócritas.
Afirman que el futbol “es solo un juego”, “un espectáculo familiar”, pero a la
hora de informar y comentar, por el rating
o los likes, se mofan, denigran, insultan
a ciertos jugadores y a ciertos equipos, lo que a la postre exacerba ánimos en
el aficionado generalmente primario de este deporte, quien suele vivir
obsesionado con la venganza vicaria del meme o, en el caso de los barrabravas,
con la acción directa contra el enemigo cada vez que se presenta la ocasión.
En 2011, Querétaro fue considerada la palabra más bella de nuestro idioma. Diez años después esta misma palabra da la vuelta al mundo como teatro de la barbarie.
sábado, marzo 05, 2022
Cuento infinito
Hay un cuento de JEP (léase José Emilio Pacheco) que en
algún momento deseo arrimar a esta mesa de disección exprés. Me refiero a “La
fiesta brava”, texto que me gusta y siempre recuerdo con admiración, pues fue
el primero que leí, hace ya 35 años o poco más, entre los que apelaban al recurso de meter
un cuento en otro cuento. Para entonces no era ya una novedad formal en la
narrativa contemporánea, pero me sorprendió por lo que tenía de enfático: un
personaje debe escribir un cuento y en el mismo cuento leemos el cuento que
escribió.
Varios años después cayó en mis manos una pequeña reunión
de cuentos publicada por la UNAM con prólogo de Juan Villoro. Su autor era
Ricardo Piglia, así que no podía esperar nada malo dado el gustazo provocado
poco antes por su novela Plata quemada.
En aquel lote de historias leí el, quizá, más famoso cuento de Piglia: “La loca
y el relato del crimen”. Tras leerlo reviví el impacto de “La fiesta brava”
casi como una repetición en cámara lenta. ¡Qué buen cuento!, pensé, un homenaje
a la perfección que es posible alcanzar en este género latoso y muchas veces
asumido como poca cosa pero que a la hora de la hora es uno de los más
difíciles de domesticar.
“La loca y el relato del crimen” cuenta la historia,
claro, de un crimen cuyo único posible testigo es una loca. Dos tipos, Almada y
Antúnez, que se mueven en el mundillo prostibulario, algo así como padrotes (cafishos, los llaman en Argentina), tienen
en medio a una prostituta que un buen día aparece asesinada. La policía apresa
a Antúnez como sospechoso del delito. Hasta aquí el primer tramo.
En el segundo aparece Emilio Renzi, periodista del rubro literario
que por la ausencia de un reportero específico debe cubrir la nota sobre el
asesinato de la prostituta. Va a la zona de detención y junto a varios
reporteros escucha el delirante relato de la loca. Transcribe luego la
grabación y, tras analizarlo con los métodos aprendidos en la universidad, concluye que el acusado no fue el asesino, sino
un tal Almada, y se lo comunica a Luna, su jefe en el periódico, quien lo
regaña.
“—¿Qué
me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos
le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo
mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede
entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para
analizar el lenguaje psicótico”.
Renzi
no lo convence, pues Luna se atiene a lo que ha concluido la policía.
“—Escuche,
señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida
metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una
cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo
mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María
—Está
bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles
al juez.
—Decíme ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un
cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?”
Como vengo haciéndolo en estos vistazos críticos, no digo
el final. Busquen el cuento y ya verán que el cierre es, como su apertura y su
desarrollo, perfecto.
Para su comodidad, aquí está:
La
loca y el relato del crimen
Ricardo Piglia
I
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el
cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar
su abatimiento.
Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y
lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el
viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el
primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la
ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el
atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía
perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo
de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero,
las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal.
Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz
malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una
planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó. “Quebrarla en dos para
hacerla gemir y entregarse.”
En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más
pervertida aun bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente,
retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como
buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz
de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta
que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por
mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio
el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con
un pie.
—Che, vos —dijo.
La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.
—¿Cómo te llamás? —dijo él.
—¿Quién?
—Vos. ¿O no me oís?
—Echevarne Angélica Inés —dijo ella, rígida—. Echevarne Angélica Inés, que me
dicen Anahí.
—¿Y qué hacés acá?
—Nada —dijo ella—. ¿Me das plata?
—Ahá, ¿querés plata?
—La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la
envolvía como una túnica.
—Bueno —dijo él—. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.
—¿Eh?
—¿Ves? Mirá —dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos—. Te
arrodillás y te lo doy.
—Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.
—¿Escuchaste? —dijo Almada—. ¿O estás borracha?
—La macarena, ay macarena, llena de tules —cantó la mujer y empezó a
arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara
entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo
húmedo en sus ojitos de gato.
—Ahí tenés. Yo soy Almada —dijo y le alcanzó el billete—. Cómprate perfume.
—La pecadora. Reina y madre —dijo ella—. No hubo nunca en todo este país un
hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.
Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada
cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados
color sangre de la entrada.
—La macarena, ay macarena —cantaba la loca—. Llena de tules y sedas, la
macarena, ay, llena de tules —cantó la loca.
Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y
Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los
hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con
Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin
elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se
usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se despertaba
pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la
luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo
hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola
le pidió que no se fuera. Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo.
“¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había
dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente
de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido
llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer
salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla
venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que
tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado
copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz.
Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar
del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo
que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de
volverse loca.
“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo,
y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le
había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del
otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los
cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de
Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós escrito con rouge en el
espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes
de irse.
Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es
como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido olvidame como
si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me
busques porque él te va a matar.
Antúnez leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara
reflejada en la luna del espejo.
II
A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo
bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la Facultad
especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas
de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la
causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo
acercaba a los personajes de Roberto Arlt.
El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del
asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a
cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de
putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer
cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era
una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la
encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia
incomprensible. La Policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que
vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.
—Tratá de ver si podés inventar algo que sirva —le dijo el viejo Luna—. Andáte
hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.
En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal
Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La Prensa. El tipo era alto y tenía la
piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a
una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban
con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un
hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar
se llenó de ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las
manos miró a Renzi con ojos suaves.
—Yo no he sido —dijo—. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de
arriba.
Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.
—Seguro fue éste —dijo Rinaldi cuando se lo llevaron—. Soy capaz de olfatear un
criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen
que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.
—Me pareció que decía la verdad.
—Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la
luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En
cuanto empezó a oírla Renzi encendió su grabador.
—Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los
ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer
a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de
aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer
visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay
macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal
tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque
estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen
Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy
bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de
esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacás el antifaz
mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre
María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y
dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen
con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he
tenido blanca por la inocencia.
—Parece una parodia de Macbeth —susurró, erudito, Rinaldi—. Se acuerda ¿no? El
cuento contado por un loco que nada significa.
—Por un idiota, no por un loco —rectificó Renzi—. Por un idiota. ¿Y quién le
dijo que no significa nada?
La mujer seguía hablando de cara a la luz.
—Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el
hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho
inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no
te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz
es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro
los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a
pertenecer.
—Vuelve a empezar —dijo Rinaldi.
—Tal vez está tratando de hacerse entender. —¿Quién? ¿Esa? Pero no ve lo rayada
que está —dijo mientras se levantaba de la butaca—. ¿Viene?
—No. Me quedo.
—Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la
encontraron?
—Por eso —dijo Renzi controlando la cinta del grabador—. Por eso quiero
escuchar: porque repite siempre lo mismo.
Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio
del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con
lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.
—Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él
nombró, un tal Almada, el gordo Almada.
—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y
vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo
mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede
entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para
analizar el lenguaje psicótico.
—Decime pibe —dijo Luna lentamente—. ¿Me estás cargando?
—Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está
obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde
¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa
estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son
como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio
está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que
no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el
loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese
método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una
cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se
pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé
esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo
Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y
no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da
cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada.
El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.
—¿Ve? —insistió Renzi—. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las
subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en
medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y
todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas
palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que
vio.
—Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?
—No me joda.
—No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos
papeles? ¿La tesis?
—¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario. El viejo Luna sonrió
como si le doliera algo.
—Tranquilizate pibe. ¿O pensás que este diario se dedica a la lingüística?
—Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de
Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?
—Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató
porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el
jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas
contando que a la mina la mataron a puñaladas.
—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda
de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una
cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo
mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.
—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los
papeles al juez.
—Decime ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un
cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?
—En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto—.
Mira, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armes
lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.
Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su
renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la
ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto,
pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto.
Después bajó la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le
dictara:
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el
cuerpo —empezó a escribir Renzi—, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia
para tratar de borrar su abatimiento.
miércoles, marzo 02, 2022
Enemigo interno
Una recomendación de manualito para los cuentistas es
hallar anécdotas reales o imaginarias en las que el protagonista tenga al menos
un enemigo, un antagonista. Gracias al choque de estas dos entidades es posible
encender la llama del suspenso, y perdón por la metáfora cursi. La presencia de
antagonistas dinamizadores, claro, no es privativa del cuento, pues se materializa
en cualquier producto narrativo. Hasta Supermán, quien todo lo puede, tiene
oponentes de cuidado, rivales que conocen el valor de la kriptonita para
doblegarlo.
Pero fuera de esos villanos obvios, hay otros más
complejos, sujetos con legítimo derecho de luchar aunque luego los rotulemos
como “villanos”. Y más allá, todavía, hay enemigos abstractos, opositores sin
rostro: las propias limitaciones del protagonista, sus miedos, sus prejuicios,
su ineptitud para cristalizar algún propósito abierto como catedral al
principio del relato. Veamos un ejemplo.
En el cuento “El profesor suplente” (Las botellas y los hombres, 1964) de Julio Ramón Ribeyro, un
personaje, Matías Palomino, pasa su vida hundido en la grisura de la burocracia.
Cierto día, un profesor amigo le pasa la oportunidad de que lo supla en una
clase de historia, lo que hincha de orgullo a Palomino. Mientras prepara su
clase, nuestro personaje se sobrevalora, piensa que esa nueva chamba es muy
merecida y le abrirá cancha a otro ingreso y a la ansiada respetabilidad.
Ya listo, con su clase más que preparada, sale en camino
al colegio. Pero ocurre una tragedia: frente a la escuela es presa de un pánico
ingobernable, de suerte que los conocimientos que traía ordenados se le
traspapelan: “Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert
un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de
Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de
Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal
deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una
sed impostergable lo abrasaba”.
El
pavor aprieta el cuello de Palomino y gradualmente mina su ánimo. Podemos
apreciar que en el horizonte no hay obstáculos, ningún antagonista tangible: un
enemigo interno es en este cuento quien acude a poner la zancadilla.
Para que no batallen si se les antojó leerla, les dejo aquí esa historia:
El profesor suplente
Julio Ramón Ribeyro
Hacia
el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la
miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la
camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en
fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se
escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió
el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
—¡Mi
querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás
profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del
país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de
un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica
ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras
horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si
podrás llegar a la Universidad… eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una
gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado,
que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No
señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio…
No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he
encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la
puerta… ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes
de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había
llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta
vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el
sombrero.
Durante
unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las
delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico,
impidió que su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al
aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa,
luego de haberlo observado contra luz de la farola.
—Todo
esto no me sorprende —dijo al fin—. Un hombre de mi calidad no podía quedar
sepultado en el olvido.
Después
de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus
viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni
siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba
reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra
sus patrones de la oficina.
A
las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural
bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer,
quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas
de su terno de ceremonia.
—No
te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—.
Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En
el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección.
Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando,
para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto
pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su
porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por
donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años,
cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no
había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola
cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus
fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia
repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en
evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de
abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia,
al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando
llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco
perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez
minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien
valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar,
divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos
cruzadas a la espalda.
En
la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía
un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron
un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el
reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de
una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa
constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose
con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega
que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la
expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que
su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su
bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un
poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una
sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando
llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una
duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un
animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia,
quien empleaba figuras semejantes para demoler sus enemigos del Parlamento.
Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el
portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre
uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas
asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina
opuesta.
Allí
se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había
arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía.
Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los
hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos
de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal
deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una
sed impostergable lo abrasaba.
Durante
un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio
residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas
se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo
de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido
dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro
que el círculo del terror.
Desconcertado,
se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba
como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban
girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas
insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las
letras de un aviso comercial perdido en el follaje.
Un
campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún
estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas
virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una
convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el
movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y
atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar
la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y
ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le
recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión
de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A
los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus
espaldas. Era el portero.
—Por
favor —decía— ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia?
Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.
—¡Yo
soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna
vergonzosa confusión.
El
portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la
avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras,
se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó
finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por
cerebro.
Cuando
los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó
de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una
humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente
eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por
todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por
un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo
esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura,
tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una
sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los
brazos abiertos.
—¿Qué
tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
—¡Magnífico!… ¡Todo ha sido magnífico! —Balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.
sábado, febrero 26, 2022
Cuento instructivo
Como
otros géneros, el cuento puede llegar a no parecer cuento, sino un objeto muy
distinto. De hecho, su catadura llega a tocar extremos harto atrevidos, casi
colindantes con el no-cuento. Uno de los casos más radicales que conozco es
“Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (El libro del fantasma, 1999), de Alejandro Dolina. Se ubica tan a
la orilla del espectro cuentístico que casi casi no lo es, aunque si lo
observamos con detenimiento tiene rasgos que participan del texto breve
narrativo. De hecho, supone tres formas de escritura, de ahí la dificultad que
plantea para definirlo: la presencia de un personaje que habla en primera
persona lo hace narrativo; la reflexión del personaje tiene algo de ensayístico
y, por último, ofrece líneas vinculadas al género de escritura que podemos
denominar “instructivo de producto comercial”, si es que esto existe. Veamos.
El texto no ha sido organizado en
párrafos, sino mediante una numeración en incisos, como la acostumbrada en los
instructivos. El primer y el segundo ítems cumplen cabalmente con la regla de
este género, es decir, dan indicaciones:
“1) Busque la flecha
indicadora.
2) Presione con el dedo pulgar hasta
que el cartón del envase ceda”.
Lo peculiar ocurre en el tercer ítem,
sitio donde irrumpe la anomalía:
“3) Disimule. Soy un
joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las
muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré
algunas verdades”.
A partir de este momento el
instructivo pasa a ser un foro de expresión donde el redactor se comunica con
sus lectores para alcanzar un propósito que desborda la frivolidad a la que
estaba destinado, es decir, aleccionar sobre la apertura de un paquete. Para no
alterar al lector potencial, el redactor del instructivo seguirá ofreciendo
recomendaciones técnicas, pero en medio de ellas acometerá el objetivo de
pensar en un asunto trascendente, vinculado con la subjetividad del ser humano.
En síntesis, hará una veloz crítica del optimismo que solemos hallar en las
mafufadas de la autoayuda. Para el redactor del instructivo, la alegría de
oreja a oreja, la felicidad como dogma, es una falacia y por ello desea su
demolición:
“7) Escuche bien
porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los
compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les
acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia
esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste
es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias
picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original
de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia
una cosa que no es la principal”.
Por supuesto, no diré en qué concluye
la lista. Sólo añado que estas “Instrucciones para abrir el paquete
de jabón Sunlight” (de fácil consecución en internet) constituyen un texto
asombroso por su originalidad, por su gracia y porque a fin de cuentas tiene
sobrada razón en su repudio a los “sofistas risueños”.
Para mayor comodidad de mi esporádico lector, dejo inmediatamente aquí las:
“Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight”
Alejandro Dolina
Trabajo realizado por Manuel Mandeb por encargo de la agencia de publicidad Vivencia.
1) Busque la flecha indicadora.
2) Presione con el dedo pulgar hasta
que el cartón del envase ceda.
3) Disimule. Soy un joven escritor que
no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja
que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades.
4) Los vendedores de elixir nos
convidan todos los días a olvidar las penas y mantener jubiloso el ánimo. El
Pensamiento Oficial del Mundo ha decidido que una persona alegre es preferible
a una triste.
5) La medicina aconseja cosmovisiones
optimistas por creerlas más saludables. Al parecer, la verdad perjudica la
función hepática.
6) Viene gente. Siga la línea de puntos
en la dirección indicada por la flecha.
7) Escuche bien porque tenemos poco
tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este
jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es
más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno
reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el
camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no
recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión:
apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal.
8) Conversar acerca de estos asuntos es
considerado de la peor educación. Los comerciantes se escandalizan, las
personas optimistas huyen despavoridas, los maximalistas declaran que la
angustia ante la muerte es un entretenimiento burgués y los escritores
comprometidos gritan que la preocupación metafísica es literatura de evasión.
Al respecto, mientras le recomiendo que no deje el paquete de jabón al alcance
de los niños, le juro que todo lo que se escribe es de evasión, menos la
metafísica: las noticias políticas, los libros de sociología, los horarios del
ferrocarril, los estudios sobre las reservas de petróleo, no hacen más que
apartarnos del tema central, que es la muerte.
9) Calcule 100 gr. de jabón por cada
kilo de ropa sucia.
10) Cuánto más inteligente, profunda y
sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza.
Por eso, las exhortaciones a la alegría suelen proponer la interrupción del pensamiento:
“es mejor no pensar...”. Casi todos los aparatos y artificios que el hombre ha
inventado para producir alegría suspenden toda reflexión: la pirotecnia, la
música bailable, las cantinas de la Boca, el metegol, los concursos de la
televisión, las kermeses.
11) Separe la ropa blanca de la ropa de
color. Y entienda que la tristeza tiene más fuerza que la alegría: un hombre
recibe dos noticias, una buena y una mala. Supongamos que ha acertado en la
quiniela y que ha muerto su hermana. Si el hombre no es un canalla, prevalecerá
la tristeza. El premio no lo consolará de la desgracia. Byron decía que el
recuerdo de una dicha pasada es triste, mientras que el recuerdo de un pesar
sigue siendo pesaroso.
12) No mezcle este jabón con otros
productos y no haga caso de los sofistas risueños. Tarde o temprano alguien le
dirá: “Si un problema tiene
solución, no vale la pena preocuparse. Y si no la tiene, ¿qué se gana con la
preocupación?”. Confunde esta gente las arduas cuestiones de la vida
con las palabras cruzadas. La soledad, la angustia, el desencuentro y la
injusticia no son problemas sino tragedias, y no es que uno se preocupe sino
que se desespera.
Lloraba Solón la muerte de su hijo.
Un amigo se acerca y le dice:
—¿Por qué lloras, si sabes que es
inútil?
—Por eso —contestó Solón—, porque sé
que es inútil.
13) No está tan mal ser triste, señora.
El que se entristece se humilla, se rebaja, abandona el orgullo. Quien está
triste de ensimisma, piensa. La tristeza es hija y madre de la meditación.
Participe del concurso “Vacaciones Sunlight” enviando este cupón por correo.
14) Ahora que se fue el jabonero,
aprovecharé para confesarle que suelo elegir a mis amigos entre la gente
triste. Y no vaya a creer el ama de casa Sunlight que nuestras reuniones
consisten en charlas lacrimógenas. Nada de eso: concurrimos a bailongos
atorrantes, amanecemos en lugares desconocidos, cantamos canciones puercas, nos
enamoramos de mujeres desvergonzadas que revolean el escote y hacemos sonar los
timbres de las casas para luego darnos a la fuga. Los muchachos tristes nos
reímos mucho, le aseguro. Pero eso sí: a veces, mientras corremos entre
carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas,
necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro
lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que
significa “atención,
muchachos, que no me he olvidado de nada”.
NOTA: Las instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight fueron rechazadas.
miércoles, febrero 23, 2022
Presentación del poemario Estar de paso
Estar de paso,
primero libro de Alfredo Castro, será presentado este miércoles 23 de febrero a
las 7 de la tarde en el Teatro Alfonso Garibay, Bravo 245 poniente, en Torreón.
Los comentarios estarán a cargo de Sergio Rojas, Jaime Muñoz Vargas y el autor.
“Estamos ante un libro deslumbrante de un poeta joven en plena
fulminación de las certezas, en plena restauración del lenguaje para
intensificar la vida. Estar de paso nos invita a habitar de maneras más
íntimas y sensibles el vértigo y la contemplación de nuestra época”, escribió Marco
Antonio Jiménez Gómez del Campo sobre esta obra.
Alfredo Castro Muñoz (Torreón, Coahuila, 1998). Egresado en Ciencias de la Comunicación con
especialidad en Periodismo por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su poesía
ha aparecido en distintos medios físicos y digitales como la revista Acequias,
de la Ibero Torreón, y Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, así
como en los portales Red es Poder y Bitácora de vuelos. Ha
publicado reseñas y artículos para la revista Siglo Nuevo. Actualmente
es docente en materias de humanidades para bachillerato. Desde hace seis y tres
años, respectivamente, participa en los talleres literarios del Teatro Isauro
Martínez y de la UAdeC.
Sergio
Rojas, presentador del libro, es maestro y poeta. Nació en Gómez Palacio y
radica desde hace varios años en Torreón. Ha participado en talleres de poesía
coordinados por: Jaime Augusto Shelley, Julio César Félix y José Vicente Anaya.
Desde el año 2016 y hasta la fecha forma parte del Taller de Literatura de la
Universidad Autónoma de Coahuila, Unidad Torreón, coordinado por Marco Antonio
Jiménez. Actualmente se desempeña como Asesor Técnico Pedagógico y Director de
Educación Especial en la Supervisión Escolar 509 en Torreón.
Por
su parte, el escritor Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en
1964, y reside en Torreón desde 1977. Es coordinador editorial y maestro de la
Ibero Torreón y responsable del taller literario del Teatro Isauro Martínez. Ha
publicado sobre todo libros de cuento.
La entrada es libre. Brindis.
Arma del humor
Los
accesos a la crítica son muchos, tantos como personalidades de escritor
existen. Si pensamos en dos polos sólo para simplificar lo complejo, en un lado
estarían los examinadores de la realidad que observan todo con muy seria
actitud, cejijuntos, graves en el trance de analizar; en el polo opuesto es
viable considerar a los críticos jocosos, satíricos, burlones, aquellos que
miran los fenómenos y los pasan a carcajadas por el microscopio.
La
crítica sostenida en el humor es, claro, mucho más llevadera en el plano de la
narrativa, no tanto en el del ensayo. Digamos que la caricaturización de un
hecho puede llevarnos a pensar en la posibilidad de reflexionarlo, de sopesarlo
en su condición de problema. Un poco fue así en el caso de Ibargüengoitia,
quien para hacer crítica social, aunque no la pretendiera, se valió del humor
en sus cuentos y novelas. Algo similar veo en el cuento “Sobre las plumas del
pavo”, de Agustín Monsreal. Allí, para burlarse del machismo “seductor”,
puédelotodo y pendejo de muchos hombres, el escritor yucateco apela al humor y
expone que el frecuente acoso suele no tener disculpa.
Para
empezar, el timbre juguetón del relato, narrado en primera persona por un
escritor ya entrado en años, nos comparte el tono jocoso mediante el cual se
expresa nuestro protagonista. Solicitado por una joven poeta como orientador en
materia de poesía, el veterano escritor es invitado a la casa de la chica y en
la solicitud ve un guiño del destino: ella, de nombre Casiopea, quiere algo más
que magisterio. Ya para entonces sabe él, por las descripciones recibidas, que
ella es “cabellimedusiana, ojidominadora,
narihelénica, boquisuculenta, cuellicisnácea, pechidelicias, cinturiavispada,
caderienérgica, glutipasmante, muslimanjares, chamorriexquisita…”. El viejo
piensa así, con estas palabras compuestas y por supuesto ridículas.
Al
oír los versos de la poeta, el maestro nota con horror que son monstruosos: “Luego que terminó de leer cuatro cinco de sus mamarrachadas
rencorosas, levantó hacia mí el fulgor de sus ojazos y me miró, paciente y
plácida como una esposa o una vaca”.
Su opinión, que debió ser sincera, pasa a ser otra cosa por el deseo de seducirla, lo que nos derrama en un final donde el macho es exhibido en toda su ridiculez y su prepotencia, y todo sin salir del humor.
sábado, febrero 19, 2022
Un cuento irrepetible
Lo
celebro por enésima ocasión porque no deja de asombrarme. Me refiero al cuento
“Los locos somos otro cosmos” (Las
vocales malditas, 1988), de Óscar de la Borbolla. Para quienes no lo seben,
este libro contiene cinco cuentos, cada uno monovocálico, es decir, con una
sola de las vocales en cada una de sus palabras, de ahí que sean cinco. Los
títulos de los relatos también suponen este juego: “Cantata a Satanás”, “El
hereje rebelde”, “Mimí sin bikini”, “Los locos somos otro cosmos” y “Un gurú
vudú”. El que más me gusta es el de la “o”, que comento no sin antes decir que
en Youtube hallé una versión dramatizada indudablemente genial, pese a la
modestia de su producción escolar.
“Los
locos somos otro cosmos” me gusta por el juego monovócálico, claro, pero
también por la peliaguda situación que plantea. Aunque se desarrolla en un
laboratorio cerrado, es pura acción, una vertiginosa escalada de pequeñas
situaciones incrustadas en la situación general: un loco, Rodolfo, está a punto
de recibir una andanada de electrochoques. Quienes se encargan de ejecutar el
procedimiento son el doctor Otto y sus asistentes, sor Flor y sor Socorro.
El
cuento inicia cuando Rodolfo ya está aparentemente sometido. Todo parece una
acción rutinaria: “Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror:
dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los
hombros, sollozó: ‘No doctor, no... loco no...’ Sor Socorro lo frotó con yodo: ‘Pon
flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros’”. Lo que no
saben quienes doblegan a Rodolfo es que éste va a rebelarse y, aunque primero
quiere, sin éxito, sobornarlos con elogios, luego emplea toda su fuerza física
para tratar de escapar: “soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. ‘¡Pronto,
doctor Otto! —convocó sor Flor—. ¡Pronto con cloroformo! ¡Yo lo cojo!...’
Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo
como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró”.
El
intento de fuga queda en eso, en intento, pues el doctor Otto retoma la
iniciativa y trata de convencer por la buena a Rodolfo para continuar con el
suministro de los shocks: “Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor
no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo
lloro por todos los locos, con shocks los compongo...”.
Lo
que viene a continuación es quizá la parte más poderosa, por conmovedora, del
relato: Rodolfo explica que los shocks no son necesarios si se alcanza a
comprender la otredad del loco, individuo que sólo es distinto. El loco toca
aquí un vuelo poético hermosísimo cuando se refiere a las diferentes especies
de vida, todas distintas, que le sirven de ejemplo para persuadir al doctor
Otto sobre el respeto al otro: “Nosotros somos los locos, otros son loros,
otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con
shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo...”. El cuento sigue y
cierra igual, con la maravilla de su ejecución monovocálica y el desarrollo de
su tema eje: el respeto al diferente.
“Los
locos somos otro cosmos” es un cuento extraordinario y ahora lo reitero con un
adjetivo algo manido pero justo en este caso: irrepetible.
Como
es fácil hallarlo en internet, aquí dejo el cuento a modo para viabilizar su
inmediata lectura. Lo que pueden hacer es oír el video mientras leen:
Los locos somos otro
cosmos
Óscar de la Borbolla
Otto
colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos,
torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: “No, doctor, no... loco no...” Sor Socorro lo frotó con yodo: “Pon flojos los codos —rogó—,
ponlos como yo. Nosotros no somos ogros”. Sor Flor tomó los mohosos polos color
corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó
polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: “No, doctor Otto, shocks no...”
Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con
bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos
los honró. Como no los colmó, los provocó: “Son sólo orcos, zorros, lobos.
¡Monos roñosos!” Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor
Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso
horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó;
soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. “¡Pronto, doctor Otto! —convocó
sor Flor—. ¡Pronto, con cloroformo! ¡Yo lo cojo!...” Rodolfo, lloroso con mocos,
los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor
sonó como gong, rodó como trompo, zozobró.
Otto,
solo con Rodolfo, rogó como follón, rogó con dolo: “Rodolfo... don Rodolfo, yo
lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo
con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los
compongo...
—No,
doctor. No —sopló ronco Rodolfo—. Los shocks no son modos. Los locos no somos
pollos. Los shocks son como hornos; son potros con motor, sonoros como coros o
como cornos... No, doctor Otto, los shocks no son forzosos, son sólo poco
costosos, son lo cómodo, lo no moroso, lo pronto... Doctor, los locos sólo
somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo
somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó
los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos
somos colonos, sólo colonos. Nosotros somos los locos, otros son loros, otros,
topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no
los troncho, no los rompo, no los normo...
Rodolfo
monologó con honroso modo: probó, comprobó, cómo los locos sólo son lo otro.
Otto, sordo como todo ortodoxo, no lo oyó, lo tomó por tonto; trocó todos los
pros, los borró; sólo lo soportó por follón: obró con dolo. Rodolfo no lo notó.
Otto rondó los pomos, tomó dos con cloroformo, como molotovs los botó. Rodolfo
con los ojos rotos mostró los rojos hombros; notó poco dolor, borrosos los
contornos, gordos los codos; flotó. Con horroroso torzón rodó con hondo sopor.
Rodolfo soñó. Soñó con rocs, con blondos gnomos, con pomposos tronos, con pozos
con oro, con foros boscosos con olorosos lotos. Todo lo tocó: los olmos con
cocos, los conos con oporto rojo, los bongós con tonos como Fox Trot.
Otto
lo forró con tosco cordón, lo sofocó. Rodolfo sólo roncó. Sor Socorro tornó con
poco color. Sor Flor con bochorno tomó ron: “Oh, doctor —lloró—, oh, oh, nos
dobló con sonoro trompón”. Otto contó cómo lo controló.
—Otto,
pospón los shocks —rogó sor Socorro.
—No,
no los pospongo. Loco o no, yo lo jodo. No soporto los rollos... Pronto, ponlo
con gorro.
—¿Cómo,
doctor —notó sor Flor—, ocho volts?
—No,
no sólo ocho. ¡Todos los volts! Yo no sólo drogo, yo domo... Lo domo o lo
corrompo como bonzo.
—¡Oh
no, doctor Otto!, como bonzo no.
—¡Cómo
no, sor Socorro! Nosotros no somos tórtolos o mocosos; somos los doctos...
¡Ojo, sor Socorro! No soporto los complots...
Otto con morbo soltó todos los volts, los prolongó con gozo. Sor Socorro con sonrojo sollozó. Sor Flor oró por Rodolfo. Rodolfo roló como mono, tronó como mosco. Otto lo nombró: “Don gorgojo”, “loco roñoso”, “golfo”. Rodolfo zozobró con sonso momo. Otto cortó los shocks.
jueves, febrero 17, 2022
Los años de plomo en La Laguna
Los años de plomo, novela del escritor Hugo Esteve Díaz, será presentada este viernes 18
de febrero a las 7 de la noche en el Teatro Alfonso Garibay, de Torreón. La
comentarán Saúl Rosales, Jaime Muñoz Vargas y el autor.
En el prólogo de Los años de plomo, el también escritor regiomontano Hugo Valdés
Manrique señala que “El interés de Hugo Esteve Díaz por
la llamada guerra sucia que asoló al país hace medio siglo no se limita a los
exhaustivos trabajos de investigación que ha venido publicando en años
recientes: su gusto por la literatura lo condujo a escribir Los años de plomo
para dar cuenta de pormenores de esa etapa desde un registro novelístico que
mucho se agradece, en vista de cómo la narrativa revela aspectos y matices que
inevitablemente escapan en una pieza ensayística y aun en el testimonio y el
documento de denuncia”.
Por su parte, el lagunero Vicente
Alfonso observó que el autor es “Conocido y reconocido por sus trabajos en
torno a la llamada Guerra sucia, período en que el estado mexicano reprimió
violentamente a los grupos políticos disidentes y opositores, Hugo Esteve Díaz
confirma con esta novela que la ficción no es lo opuesto a la verdad, sino su
complemento: una herramienta que permite poner en evidencia el carácter
complejo de ciertas situaciones. Fraguada con el ritmo trepidante del thriller
y la acuciosa paciencia del investigador, Los años de plomo es una poderosa
ficción que nos permite ver con otros ojos ciertos pasajes clave de nuestra historia
reciente”.
Saúl
Rosales nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la
Academia Mexicana de la Lengua. Es autor de más de veinte libros de ensayo,
cuento, poesía, novela y periodismo cultural.
Por
su parte, Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964, y reside
en Torreón, Coahuila, desde 1977. Ha publicado sobre todo libros de cuento.
La entrada a la presentación de Los años de plomo —novela sobre la guerra sucia desatada en los setenta— es libre.
miércoles, febrero 16, 2022
Escalar una cualidad
“El
Malevo” (Matrioska, 2012), microrrelato de la escritora argentina Gilda Manso, muestra en cuatro párrafos el escalamiento de una cualidad, en este caso negativa. Como es breve,
lo comparto entero:
“Comía
la naranja sin pelarla. La partía al medio con un cuchillazo seco y la
masticaba así, con cáscara. Esta costumbre le había hecho ganar el respeto de
todo el pueblo. Esto, y su capacidad para desenfundar el revólver a la menor
provocación.
Era
conocido como El Malevo, y todos los días se sentaba en la mesa más arrinconada
del bar, a la espera de algo. Todas las personas, tarde o temprano, lo buscaban
para que los ayudase a solucionar problemas. El Malevo, con su revólver fácil,
sus palabras escasas y sus desayunos de naranjas al mejor estilo macho que todo
lo puede, tenía más poder que cualquiera.
Un
mediodía de verano, arrastrando polvo y sudor, El Gigante irrumpió en el bar.
Contó que venía de un pueblo remoto, huyendo del marido de alguien. Se sentó,
apoyó los pies en el respaldo de la silla de El Malevo y ordenó un whisky. El
Malevo lo miró con toda la incredulidad que podía permitirse y puso una mano en
su arma. El Gigante no se inquietó: tomó un espléndido ananá de una frutera
repleta y le pegó un mordisco feroz. Así, sin pelarlo.
El
Malevo volvió a guardar la mano en el bolsillo y pagó una ronda de whiskies,
por si acaso”.
Los
primeros dos párrafos sirven para dibujar el perfil de El Malevo, su catadura
de hombre rudo. Lo más llamativo es que devora naranjas sin eliminarles la
cáscara, una costumbre que muy pocos pueden compartir. En esta parte asistimos
a una especie de cliché: el del macho al que nadie en el pueblo osa
contradecir, pues allí “tenía más poder que cualquiera”.
El
tercer párrafo no es su contraste, sino la potenciación de la capacidad
intimidatoria encarnada ahora en El Gigante, que es el mismo Malevo pero
escalado hacia arriba. No sólo ostenta mayor tamaño físico, de ahí el apodo,
sino algo mejor: despacha un fruto más grande, la piña, con el mismo hábito de
no quitarle la cáscara, casi como si supiera que con eso se pone por encima del
posible enemigo.
Todo es aquí una competencia de brutalidades en las que el vencido no tiene más remedio que ceder antes de ponerse en riesgo. El choque no se da, los whiskys gratis son la bandera blanca de El Malevo, quien pierde sin pelear.
sábado, febrero 12, 2022
Sorpresa imprevista
La arquitectura del cuento clásico no es la única que es
posible elegir a la hora de emprender la hechura de un relato breve; es viable
tomar un camino más laxo aunque sin diluir totalmente el argumento que apunta
hacia el destello final. Pienso por ejemplo en “Me basta” (Mariana Constrictor, 2011), de Guillermo Fadanelli, historia en la
que al parecer nos apartamos de la narración con un planteo dual (historia A e
historia B), pero, así sea de manera tenue, sin romper del todo con la estructura
paralela.
A primera vista, “Me basta” da la impresión de ser un cuento
como muchos otros de Fadanelli: desenfadado, distendido, una especie de recorte
de la realidad. Su prosa y el ambiente al que se refiere apuntalan el guiño relajado:
los personajes son jóvenes y lo que se cuenta no quiere, en apariencia,
orillarnos hacia una sorpresa final. Sin embargo, la logra de manera sutil,
pues el cuento se apaga y nos deja con la sensación de que, en efecto,
asistimos a una sorpresa.
El personaje, como es frecuente en la narrativa actual,
cuenta en primera persona una andanza cualquiera. En este caso, recuerda cómo
conoció a una chica, Siena. Él se encontraba en una fiesta casera y al
necesitar un baño ve que el de abajo está ocupado. Se anima entonces, sin
permiso, a subir unas escaleras, localiza el otro baño y abre la puerta; lo que
encuentra es a Siena metida en una bañera con unos audífonos puestos. Queda
petrificado. Lejos de asustarse, la joven comienza a dialogar con él (“¿Vienes a drogarte o eres un
pervertido?”) y le pregunta si
tiene cocaína. Luego de que él le deja una grapa al lado de la bañera, sale del
baño y poco después desaparece de la fiesta con una novedad: la imagen de Siena
tatuada en el cerebro.
Nos enteramos luego de que el tipo es escritor, que vive
solo y es un tanto bobo al menos para lidiar con chicas. El recuerdo de Siena
en la bañera no se le desvanece y ocurre que en un anuncio de publicidad ve su
foto en la calle. Luego acontece un hecho maravilloso: ella aparece en su
departamento, y lleva un perro, Severino. Dialogan, ella le explica cómo dio
con la dirección y le pide la bañera y una dosis droga. A partir de allí comienzan
con una relación extraña: él se declara su esclavo y ella toma al pie de la
letra la dependencia: “Puedes acompañarme dos veces por mes al cine, a una reunión o a donde
sea, pero la condición es que no te atrevas a hablar conmigo, serás como
Severino, ¿te parece, señor escritor? Sólo responderás a mis preguntas y si un
día tomas libertades de más o rompes las reglas nunca volveré a bañarme en tu tina”.
El relato parece ser eso nomás, la
estampa de un tipo dependiente de una joven, ambos unidos por un lazo que
equivale a nada, pues ni sexo hay, ni siquiera un pinchurriento besito.
Sin embargo, la sorpresa llega junto al cierre: “A veces, Siena me permite acompañarla cuando sale a divertirse con sus amigos, pero debo mantenerme en una mesa apartada y no intervenir a menos que ella lo demande. Sólo cuando vamos al cine me deja permanecer a su lado y entonces soy tremendamente dichoso”. Luego, en el remate, suelta una frase en la que quedan plasmadas sus modestísimas aspiraciones.
