miércoles, diciembre 21, 2016

Novela













Una semana después pude decirle la verdad. La tomó tranquilamente, casi abochornado por el papelón del martes. Me había caído como caen todos estos inocentes: por un consejo de un amigo de un cuñado, esas carambolas que tiene la recomendación de mi negocio. Noté su optimismo y su ingenuidad desde el primer correo electrónico. Se trataba de una novela de 800 páginas sobre un pueblo mítico, con personajes entre mágicos y disparatados, en teoría apocalíptica y con mensaje concientizador, rollo sólo legible si se ostenta una voluntad cercana a la abnegación. Quedamos de vernos en un Starbucks, lugar en donde definiríamos los pormenores del convenio. Llegó con dos engargolados harto gordos. La novela no cabía en uno. Pensé que la llevó en papel no por miedo al robo electrónico, sino por la superstición del tamaño en la escritura literaria. Para él, su novela era buena independientemente del contenido y la prosa, es decir, sólo porque era inmensa. Quise rechazar el monstruoso ofrecimiento, pero dijo que pagaría bien la ayuda por cuidarla e imprimirla. Tengo, como cualquier microeditor de provincia, permanentes necesidades materiales, pero no tantas como para animarme a encarar tareas de ese tamaño, punto menos que infinitas. A ojo de buen lector eché un vistazo a las primeras cuartillas bajo la mirada atenta del autor. Era necesario meter mano dura a la sintaxis, pero la ortografía no parecía tan deficiente. Respiré hondo y advertí que el jale representaba una inversión larga de trabajo. Me dijo que estaba dispuesto a esperar lo que fuera, uno o dos meses. Yo había pensado en un año. Pero bueno, negociamos que en tres meses y adelante, acordamos el anticipo y a chambear. Me dio una USB y de inmediato, en casa, procedí a enderezar ese vestiglo narrativo. Revisiones veloces y aburridas fueron y vinieron, y al fin llegó a la imprenta. Contra mi recomendación, pidió imprimir dos mil. Yo pensé en 200. Hizo lo que pudo para promover su presentación y la imprenta se demoró hasta el día D. Esa tarde no teníamos libros, y calculé que hubiera sido lo mejor. La presentación avanzó tensa. Los libros (una caja con 70) llegaron casi al final del acto y el autor respiró aliviado. Luego, cuando ofreció el libro a la venta, el público compró tres. Hoy acabo de decirle que así es esto, que para empezar debimos imprimir cien, tal vez menos.

sábado, diciembre 17, 2016

Gimnasia




















Imposible borrarlo de la cabeza, imposible. Diez años después luego del golpe me animé a ver el video. Por supuesto que yo conocía su éxito, las miles de veces que fue reproducido en YouTube, pero durante todos estos años me mantuve lejos de la secuencia porque la imaginaba atroz, y ahora veo que no fue para tanto. Caí de espalda, casi me rompí la clavícula izquierda, pero hay algo allí que ayuda a mitigar el mal momento. En fin. Entré al video y vi a Olga con el micrófono en mano, con su voz inentendible y chillona, vestida de payasita. Poco antes de aquella fiesta me llamó. “Héctor, ¿sigues haciendo gimnasia?”. Le respondí que sí, que cada vez le dedicaba menos tiempo pero que sí, seguía en la gimnasia. La verdad, llamarla así, “gimnasia”, era desmesurado. Me gustaba aprovechar los tres aparatos del gym dedicados a la gimnasia olímpica: unos aros, un caballo con arzones que jamás pude dominar y unas barras paralelas. Además, echaba maromas en un piso más o menos blando usado en el local para el baile reductivo. Esa era toda mi gimnasia, y por eso me llamó Olga. “Quiero pedirte un favor. Como me dedico a la animación de fiestas infantiles, hoy en la tarde tengo una. Los padres del niño dicen que les encantaría, y pagarían lo que fuera necesario, para que tuviéramos un Hombre Araña. Ya conseguí el disfraz, pero me falta el amigo que quiera usarlo. Pensé en Roberto, mi hermano, pero es algo gordo y no se vería bien. ¿Te animas? Son 500 pesos por aparecer diez minutos y tomarte fotos con el festejado”. La oferta parecía irrechazable, y además tenía mucho de favor. Esa tarde caí en la fiesta y esperé mi oportunidad. Al oír que mencionaban al Hombre Araña, yo saldría de un vestidor improvisado, y así lo hice. Pegué dos o tres maromas que salieron muy bien, luego otra, y cuando corrí a la pared para hacer una vuelta invertida, un pie se resbaló y adiós todo. Tuve que levantarme, sentí que me rodaban las lágrimas y ni siquiera podía sobarme. Me mantuve cuanto pude en cuclillas, casi como araña. Yo sabía que la gente pensaba en mí, que suponía mi dolor, pero no podía verlo. Diez años después lo pienso así: el video chusco no lo es tanto porque la máscara me protegió. De haberse visto mi rictus, mi gesto, la burla hubiera sido peor.

sábado, diciembre 10, 2016

Finiquito












En la desesperación todo es posible, todo, incluso que yo haya tenido esta idea. La situación se había complicado tanto que estuve a punto de autofiniquitarme. No lo hice por cobarde, aunque la vengo pensando desde hace años. Lo que me atemoriza es el método: tirarme de un puente, ingerir algún veneno, recurrir a una modesta soga o terminar con un balazo en la campanilla. No sé. Lo pensé muchas veces y nada me convenció. Sé que pensarlo tanto, en el fondo, era cobardía pura, pero me engañaba pensando que en cualquier oportunidad tomaría la decisión de utilizar el mejor recurso. Mientras tanto crecieron los problemas. Todo se agrandó hasta llegar a niveles de alarido. Mantuve la calma no por serenidad, sino porque sabía que contaba con una solución cabal, instantánea. Entonces, cuando al fin estuve convencido de que no había otro camino, llegó la solución: por una carambola de esas que sólo ofrece la realidad, caí en la oficina mugrosa de un politiquillo famoso por haber atravesado todos los pantanos y seguir de pie, convertido en una lacra pero asombrosamente bien atornillado al poder y todavía medrando de las arcas municipales. No explicaré cómo llegué allí, pero el supuesto era, por decir lo menos, estúpido: en teoría yo trabajaba de matón. El trabajito consistía en desaparecer a alguien, en borrar del croquis local a un enemigo del patrón. Se supone que yo tenía un arma. Me dio los detalles sobre el sujeto en un fólder apropiadamente rojo, y allí mismo la primera parte del pago amarrado con una liga. Salí del edificio y la realidad me pareció más grande, como afantasmada por una poderosa sensación de lejanía. Lo que hice fue dejar el dinero a mi mujer, avisar al sujeto para que huyera y luego retirarme sin explicar más. Compré algunas latas de comida, agua, varios paquetes de cigarros. Luego alquilé una habitación de hotel barato y me metí a esperar, a dejar que pasara el tiempo. Aquí he visto televisión, sólo televisión, y no he querido escribir nada. Calculé que en cinco días se les agotaría la paciencia, pero erré: fue en cuatro. Cuando escuché que tocaban la puerta sentí que por fin la espera había acabado. Ya no sería necesario el veneno, la soga ni el balazo, mi balazo. Aquellos hombres defraudados me darían el finiquito.

miércoles, diciembre 07, 2016

Aguinaldo















En el camino a casa se descompuso el bocho. Yo iba contento, pues por primera vez en quince años gozaba el privilegio de tener un aguinaldo. No era mucho, sólo quince mil pesos, pero al menos serviría para planear algunas compras, no quedar anulado y viendo pasar la alegría como en diciembres anteriores. Iba entonces contento con mi plata nueva y en ese mismo momento el coche, un VW ya más viejo que el acorazado de Potemkin, comenzó a toser hasta que se detuvo en pleno periférico. Ya había amenazado, desde hace dos semanas, con sucumbir a mi trote, pero aguantó hasta que sospechó, como si fuera un ser humano, que me cayó la plata. Por eso se descompuso. Llamé al mecánico y me dijo que no podía pasar, que rentara una grúa. Me dio el teléfono y bueno, decidí llamar. Los de la grúa dijeron que serían mil pesos sólo por arrastrar el bocho hasta el taller, y sin remedio acepté. Ya en el taller esperé el dictamen del mecánico, también sin remedio. Una hora bastó para que me diera la suma de problemas acumulados en el motor y la suma de todo lo demás: piezas y mano de obra, seis mil pesos. Me pidió cuatro de anticipo y ni modo nuevamente, se los di. Tomé un taxi para llegar a casa, pero a medio camino llamó Irma: estaba en el sanatorio, en urgencias, pues el niño se rompió un brazo al tropezar en la escalera. En vez de Seguro Social o Cruz Roja, no sé por qué mierdas se le ocurrió buscar servicio médico privado. Desvié pues el rumbo del taxi y caí apurado en el sanatorio. Mi pequeño ya estaba casi listo para salir, pues hallé a Irma en el área de administración. Serían cinco mil pesos por todo, incluido el suministro de un medicamento para el dolor (del cual nos dieron la receta). Tomamos otro taxi a casa y allí dentro hice cálculos: grúa, mil; mecánico, seis mil; sanatorio, cinco mil. Todavía me quedaban tres del aguinaldo, una baba, pero algo es algo. Al bajar del taxi, lamentablemente, vi que en la puerta de la casa estaba Raúl, mi cuñado. Apenas lo vi, recordé el acuerdo: le dije que este día le pagaría los 2500 pesos que me prestó hace un mes. Se los di, fingí que no pasaba nada y entré a casa convertido en un insecto más pinche que Gregorio Samsa. Me quedaban 500 pesos, pero Irma pronto los pulverizó: “Dame unos 500 pesos para ir al súper, no hay nada en el refri”.

sábado, diciembre 03, 2016

Planes














El plan de Karla no era novedoso. De hecho me recordó una película de Pedro Infante, lo que muestra su pobre imaginación. Había terminado con su novio pero aún le tenía ley, como decían también en las películas de aquella época. Era mi amiga de la universidad, habíamos egresado juntos tres años antes, y claro, en el fondo siempre me latió la idea de ser algo más que su amigo, como reza la cumbia del Buki. Pero ella entró con novio a la carrera, siguió con novio y salió con novio, así que nunca me dejó margen de maniobra. Me resigné, aprendí a verla como si fuera una prima o algo parecido, aunque en el fondo de mis huesos siempre me mantuve alerta. Ella cortó y quería encelar a su ex. Me pidió salir, coincidir en los lugares públicos a los que el tipo asistía y dar la impresión de que ella y yo "andábamos quedando" (así dijo). Acepté por una sola razón: por imbécil. Karla conocía los movimientos de su ex, los logares que frecuentaba, así que allí nos apersonábamos para dejar volando la idea de que casi casi éramos lo que no éramos. Ella me tomaba de la mano en la mesa y reía teatralmente, como si le encantara mi conversación. Un día pisó el acelerador y me dio un beso leve, de esos que van hacia el cachete pero logran pellizcar una orillita de la boca. Algo en mí palpitó abajo, y puede ser que en ella también, no sé. Andábamos un poco bebidos de más, así que en el coche caímos en una especie de noviazgo sin actuación. A la manaña siguiente, sin embargo, todo seguía igual, y dos semanas después Karla volvió con su ex pese a que me confesó que aquello era más una rutina que otra cosa. El que no quedó bien fui yo, pues no me la sacaba de la mente. Ahora le pedí a una amiga que fingiera ser mi novia para aterrizar con falaz espontaneidad en los lugares que frecuentaba Karla. No sé, pequeña y lo que sea, una esperanza sí me dejó bien clavada el plan de Karla.

miércoles, noviembre 30, 2016

Examen



Estaba en la preparatoria y en aquellos tiempos sucedía ya que las secundarias federales padecían sobrepobladas por la escandalosa cantidad de sesenta alumnos, y a veces varios más, en cada grupo. Los exámenes, por eso, solían ser elementales, de unas pocas preguntas que permitieran al maestro la revisión más veloz posible. Estaba en mi segundo año y yo sospechaba desde entonces que las humanidades eran “lo mío”. Soñaba pues con dejar atrás, algún día, todo lo referente a la física y el álgebra, como al final ocurrió cuando opté por estudiar Derecho. En un examen de historia, una de mis pocas materias favoritas, cierto compañero de cuyo nombre no puedo acordarme me pidió entre dientes, desde el pupitre de atrás, que abriera el brazo para copiar la pregunta número ocho. La maestra no podía derramar su mirada vigilante en todo el salón, así que solía pedir ayuda a una secretaria o a quien fuera. Vi casos raros, como el de un profesor que llevó incluso al conserje de la escuela con tal de impedir que los alumnos copiaran. Diez minutos después yo tenía el examen concluido, pero con más desidia que generosidad, o no sé si miedo a que me descubrieran pasando las respuestas, esperé el momento oportuno para facilitar el trabajo de mi amigo. Entonces, lejos la maestra y distraída en una ventana su aburrida ayudante, abrí un poco la axila y dejé pasar la mirada de mi compañero. “Listo, la copié, listo”, me dijo con un susurro. Unos días después recibí un diez de calificación (los exámenes eran, como ya dije, simplísimos, tal blandos que un adulto con información mediocre podía responderlos en dos minutos). Pasaron varios días y llegó la calificación de la materia. Mi compañero recibió la suya y de inmediato me buscó para hacerme un comentario burlón: “Por tu culpa obtuve un 9 (nueve) de calificación”. Su única respuesta incorrecta fue la que me había copiado. Obviamente me desconcertó, pues yo saqué 10 (diez) final. Le pedí que me mostrara su examen, y allí estaba la razón de su 9. La pregunta solicitaba anotar las ciudades donde habían estallado las dos primeras bombas atómicas. Con lápiz, claramente, mi compañero había copiado y ésta había sido su respuesta: “Hiroshima y Nacozari”. 

sábado, noviembre 26, 2016

Boquete



















Llegó al cementerio en la madrugada, a las dos en punto. Con dificultad brincó la barda enana que lo separaba de los túmulos y afortunadamente pudo ver, gracias a una luna llena que parecía foco, la cuadrícula polvorienta de caminitos y el decorado escenográfico de lápidas y cruces que le recordó películas mexicanas de terror. Un perro ladró a lo lejos, y más lejos aún sonó el pitazo imperativo de un tren. La noche de noviembre ya no guardaba calor  ni mosquitos, sino un fresco que en mejores situaciones hubiera sido disfrutable. Avanzó con los ojos puestos en los árboles, atento al sitio convenido. Lo encontró junto al pinabete que lucía sus tristes greñas con un horror obvio en ese ámbito. Había alcanzado los sesenta y dos años con una enfermedad metida en el fondo de los huesos. El hoyo era de buen tamaño y, al parecer, tenía la profundidad suficiente para aislarlo de todo. Pensó en el pasado inmediato, en el lento o quizá no tan lento descenso hacia el abismo de la depresión. Poco a poco, sin quererlo pero también sin luchar en contra de ellos, los problemas se fueron acumulando a su alrededor. La pérdida del trabajo, el quebranto de su relación de diez años, la aparición del mal hospedado en su cuerpo cuando fue al examen de rutina… Todo venía a pique, trató de meter las manos pero pronto vio que era imposible. El cuerpo da hasta cierto límite, y el alma igual. Ahora ninguno de los dos estaba a modo para defenderlo: cuerpo y alma se mostraban ahora vencidos y no tenía caso oponerse al destino ya sellado. Todavía miró hacia el cielo. Vio la luna, unas nubes afiladas, las ramas lúgubres del pinabete, el caminito de tierra. Nada, no había consuelo en nada, ni arriba ni abajo. Se colocó al borde del agujero, sentado, y al empujarse un poco con las manos cayó como bulto, derrumbado en el fondo, quizá con el tobillo roto. En la cintura, metida en el pantalón, guardaba la pistola. La colocó de frente a su boca. Ahora no veía nada, sólo sintió la gelidez metálica del cañón por el que saldría su balazo. El panteonero había cumplido con el trato bien pagado de hacer el hoyo. Antes de dispararse deseó que ojalá y aquel hombre llegara con la aurora, callado y responsable, a recoger la pistola y reintegrar la tierra al boquete ya habitado.

miércoles, noviembre 23, 2016

Puntos












Todo comenzó con un pantalón nuevo. Adrián lo recibió como regalo de su novia y se puso contentísmo: “Es para la fiesta —le dijo Yosadara—, y luego ya sabes…”. El “ya sabes” iba acompañado de un guiño y era la insinuación de la promesa, largamente pospuesta, de entregarse en un hotel. Todos sus amigos ya habían pasado por ese aro de lumbre y Adrián se sabía rezagado. En las charlas de borrachos postadolescentes, por supuesto, no admitía su demora, desviaba el tema cuanto podía y cuando debía encararlo no dejaba de fanfarronear con falsedades. Creía ser convincente, pero en el fondo palpitaba su sospecha de que alguno de los cuates podía descubrir la triste verdad. Así que al mismo tiempo recibió el pantalón y el ofrecimiento de su novia: ahora sí, luego de la fiesta buscarían el sitio y ya, por fin, terminaría el misterio más grande en sus largos 16 años recién cumplidos. Sólo faltaban tres días y listo, sabría quién era Yosadara en cuerpo y alma. Llegó a casa, entró a su cuarto, se tumbó el pantalón viejo y por la prisa se le fue hasta el calzoncillo. Así, desnudo y con apuro entró en el nuevo. Se vio en el espejo y lucía perfecto, impecablemente negro. “Este será el pantalón de la victoria”, pensó. Sin perder alegría, con innecesaria premura bajó el zipper y allí ocurrió el desaguisado. La punta de su prepucio fue agarrada por los dientes de la cremallera y Adrián quedó inmovilizado. Sintió un dolor que llegó hasta sus ojos, que de inmediato se humedecieron. Quiso gritar, pero imaginó la entrada de su madre y sus hermanas, la bochornosa revisión. Como pudo se tendió en la cama y allí, inmóvil, esperó no sabía qué. Se fue la madrugada y en la mañana —ventajas de las vacaciones— oyó el llamado de su madre tras la puerta. Fingió, le dijo que quería seguir dormido, y así pasó todo el día. Aprovechó que la casa quedó sola para arrastrarse como gusano a la cocina. Tenía hambre, pero evitó los líquidos pues no quería orinar. Desesperado, un día y medio después dio un jalón al zipper que cedió dejando una herida en el pellejo. Sin remedio, su madre lo llevó al hospital y allí le pusieron cuatro puntos. Ya en casa, casi aliviado, recibió a Yosadara y ella decidió darle un adelanto: se desabotonó la blusa, se desabrochó el sostén y Adrián comenzó a gritar de dolor.

sábado, noviembre 19, 2016

Alianza














Bajé del camión y lo primero que se me ocurrió fue husmear por la ciudad, comenzar a conocerla pese a sus 38 grados. Así que esto es La Laguna, pensé. Tanto que me la platicó mi padre, oriundo de acá. El viejo todavía alcanzó a ser fanático del Santos, pero no me contagió, pues yo torcí hacia Chivas desde que estaba en la primaria. Mi padre festejó como loco el primer campeonato, allá por el 96, y un año después se nos adelantó. Desde entonces, para homenajearlo en secreto, quise echar una vuelta a su ciudad, a Torreón, pero jamás se dio la oportunidad hasta este día. En la empresa me comisionaron y no me hice del rogar, tomé el bus y nueve horas después llegué a la cochambrosa terminal. “Los primero es lo primero, mijo. Vaya al Torreón viejo, camine por la Casa del Cerro y échese una cerveza en el mercado Alianza. Allí empezó mi ciudad”. Eso hice. Sólo traía una mochilita de hombro y antes de buscar hotel se me ocurrió tomar un taxi hacia el “Torreón viejo”, como le decía mi padre. Cuando llegué a la zona comencé a culearme. Era un sitio espantoso, caótico, parecía un mercado de la India. Bajé de todos modos y erré sin rumbo. Me asombró la cantidad de perros callejeros, tantos como personas. También me asombró la cantidad de catarrines, todos tirados o sentados en la calle con su frasco de alcohol médico mezclado con cualquier refresco. Vi de lejos la famosa Casa del Cerro y me prometí visitarla con más calma. Luego me interné en un laberinto de callecitas con fruterías, carnicerías, queserías y todo lo que termine en ías. Hallé, por cierto, varías cervecerías semiocultas y por supuesto sórdidas. Vi una que además contaba con billares. Entré. Estaba sola, pero apenas me senté, comenzaron a poblarse las otras mesas. Supongo, por las fachas, que eran albañiles, jornaleros, raza de combate a ras de suelo. Sentí que algunos me miraban de vez en vez. El solo hecho de usar lentes era allí una diferencia sustancial. Pensé en beber sólo una Indio y salir, pero me gustó que estuviera harto fría y me tomé la segunda. Algo más me gustó: la música norteña de la rocola, triste y justísima para el lugar. Cinco horas después salí de allí, mareado y vagamente orgulloso porque le cumplí a mi padre: empecé a conocer Torreón por su comienzo. Luego pedí un taxi hacia cualquier hotel.

miércoles, noviembre 09, 2016

Jefe




















Me urgía un trabajo y compartí a mi primo la inquietud. Era un tipo cercano a dos o tres mandones, abierto y oficioso. “Le diré a don Óscar que te reciba; él podrá acomodarte en alguna chamba”, propuso. Don Óscar no, pensé, pero preferí no ponerme rejego. Confié en el tiempo, en los treinta años transcurridos. Fui pues a la oficina del viejo. Despachaba en un edificio de tres pisos, todo de su propiedad. Yo sabía que alternaba el negocio de los tráileres con la política, pero seguramente andaba en más asuntos. Estos sujetos jamás se quedan quietos, le tiran a todo. En la antesala me hicieron esperar más de media hora. De la mesita central tomé una revista para matar el rato. Era un pasquín servil al poder de turno y por supuesto hostil, casi brutal, con los enemigos. Por allí vi la foto de don Óscar en un templete donde él y varios como él levantan los brazos en señal de triunfo. Era uno más entre los pocos que se habían apoderado del municipio. Jamás perdían. La secretaria me hizo pasar y lo vi de espaldas, la mancha de pelo corto en su nuca y la calva como tonsura. Hablaba por teléfono, miraba hacia la calle. Esperé de pie a que el viejo me ofreciera asiento. Tres eternos minutos después se dio la vuelta y casi sin verme estiró la mano para señalarme el asiento. Siguió llamando. Capté que era una larga distancia, algo de comprar o vender camiones en Reynosa. Hablaba sin cuidar la información, fuerte y distendido. Colgó veinte minutos después y de inmediato recibió otra llamada. Era un colega suyo de la política local. Lo trató de compadre. Habló sobre una reunión. Mencionó un rancho. Especuló sobre una candidatura. Habían pasado treinta años desde que publiqué un reportaje sobre este gusano. En ese lapso perdí todo: la revista, la familia, el entusiasmo. El viejo colgó otra vez. Apenas lo hizo, le habló su secretaria. Salió de la oficina sin cerrar la puerta y me abandonó quince minutos más. Atendió de pie a uno de sus empleados. Al fin volvió, miró la pantallita de su celular, picoteó. Tomó asiento, barajó papeles sobre el fichero, habló: “¿Lo conozco?”. Respondí que no. “Bueno, da igual. Mire, tengo un puesto de velador. Si le cuadra, empieza hoy”. Volvió a sonar su celular. Mencionó unas inversiones en McAllen.

sábado, noviembre 05, 2016

Torre




















La “Figura 68” (Torre de radioemisión vista desde abajo, foto de László Moholy-Nagy) del libro Punto y línea sobre el plano, de Vassily Kandinsky, me perturbó. Se trata de una imagen en la que se entrecruzan varias vigas de metal, lo que configura un todo sin orden aparente. Es uno de los muchos elementos gráficos que Kandinsky suma a sus teorizaciones sobre el constructivismo. Lo cito por una razón: esa torre es idéntica a la que años atrás vi desde esa misma perspectiva y en la que supuse iba a perder la vida. Todavía hoy, muy frecuentemente, pienso en aquellas horas. Salí de la galería como a las ocho de la noche, y estaba a punto de llegar a mi Focus cuando tres hombres me cayeron por la espalda. Oí una voz y al mismo tiempo sentí una cosa fría y dura en el cuello, detrás de la oreja derecha: “No se mueva, no mire”. De inmediato acaté la orden. Una manaza me agachó la cabeza y caminamos a un vehículo. Sólo pude ver los zapatos de quienes me detenían. Me subieron y en todo momento indicaron que no mirara, que mantuviera el cuerpo encorvado. Conjeturé: era una confusión. Ese día llevé mi saco más elegante, pues recibiría al arquitecto Aranguren. Sin problemas cerramos el trato por dos cuadros que le gustaron mucho, y se fue. Noté que, bien observados, parecíamos parientes, por lo menos primos: el pelo largo, ensortijado y canoso, la misma estatura, el saco azul y la camisa blanca. Todavía contesté algunos mails en la galería, afuera se hizo de noche y al salir pasó lo que pasó. Era una confusión, sin duda. Nos detuvimos en un paraje oscuro. Me dejaron un rato en el coche y bajaron a deliberar. Oí que discutían, pero no entendí nada. Poco después me bajaron, caminamos un rato en la penumbra y llegamos a una torre. Me echaron las manos atrás, me amarraron a una pata de la torre y se largaron. Pensé que volverían a terminar con todo, pero no. Tuve mucho frío y sentí que en cualquier momento me atacarían las alimañas. Asombrosamente pude dormir, y amaneció. Durante la mañana vi la torre desde abajo, ya con la espalda tiesa de dolor. Cuando estuve seguro de que no volverían, me zafé del nudo. Todavía eché un vistazo a la torre y huí a tumbos. Hoy, dos años después, encontré la imagen del húngaro Moholy-Nagy y recordé todo con renovado horror.

miércoles, noviembre 02, 2016

Ganchos













Mi boleto era de la fila D en la zona verde, un buen lugar para ver la pelea de campeonato. No el más caro, por supuesto, pero sí cercano al ring. Se enfrentarían Ismael Burrito Gómez contra Alberto Misil Aguirre por el fajín de peso gallo del Consejo. Yo no tenía favorito, pero me inclinaba levemente a favor de Gómez sólo porque en teoría era el más débil. El título estaba vacante y se pronosticaba una pelea de órdago. Despaché las preliminares sin mayor emoción, dándole con gusto a la cerveza. Así llegó el pleito estelar y con él Isabel a la primera fila. Isabel lucía espectacular, casi una artista. Traía una falda brillosa, como de oro, untada a su descomunal derrière. Pese a sus cuarenta y cinco se conservaba como si dios no quisiera maltratarla, un cromo. Puedo asegurar que incluso estaba mejor que antes, cuando fuimos novios. Ya desde entonces, a sus veintitantos, era ambiciosa. Jamás dejé de pensar que, de hecho, me cortó porque aspiraba a más, pero no pude probarlo porque poco tiempo después consiguió un trabajo fuera de la ciudad y le perdí el rastro. Pasados los años, un amigo común me dijo que Isabel había pegado el brinco del barrio al paraíso, pues se agenció un millonario, un cacique de Zacatecas. En teoría eso no debía dolerme, pero lo hizo. Muchos años pensé lo mismo cuando el recuerdo me la traía a la mente: la perdí por falta de plata. Pero yo no estaba muy seguro de que ella estaba bien, feliz y orgullosa de ser la propiedad de alguien, una cosa. Ella y su mono llegaron pues a la primera fila y de inmediato noté la pleitesía del acomodador y de otros personajes: el tipo era tan importante que se daba el lujo de llegar hasta la última pelea y le respetaban los asientos. Isabel, insisto, lucía como actriz en alfombra roja, y su dueño era un bigotón de pelo en pecho, esclava en la muñeca y Stetson negro. Sus conocidos lo saludaban con respeto y frente a Isabel bajaban la cabeza. Sentí impotente rabia. Cuando comenzó la pelea, vi que el tipo le iba al Burrito, y entonces, de manera natural, cambié mi preferencia, me incliné por el Misil. Fueron suficientes dos ganchos para que el Burrito liquidara, por KO efectivo en el tercer asalto, al bulto Aguirre. Hay tipos que siempre ganan todo. El bigotón era uno de ellos.

miércoles, octubre 26, 2016

Dimensiones




















Caí preso por un fraude del que no me excusaré. Tampoco negaré que odio el encierro, la reclusión en este espacio gris, ajeno a cualquier mínima forma de la alegría y la misericordia. Es una cárcel mexicana al fin, y las cárceles mexicanas no se parecen a las gringas. En los documentales he visto que allá son también horribles, pero al menos parecen limpias, ventiladas, casi como severos hospitales. Acá no. Acá son opacas, pringosas, tienen el mobiliario siempre roto y huelen a sudor revuelto con desesperanza. Son muy tristes, y casi todos los que aquí habitan llegan mal, muy mal, y terminan peor, muy peor, a veces locos. Por eso, cuando vi que debajo de la cama el piso estaba flojo, rasqué con una cuchara y asombrosamente logré que se desmoronara la delgada plantilla de cemento. Tenía apenas un centímetro de grosor y por allí pasaba un túnel. Fue fantástico. Estaba muy oscuro, pero me la jugué. Logré colar mi cuerpo en el hoyo y de inmediato recorrí a gatas la penumbra. Supongo que avancé como cien metros o poco más, hasta que llegué a la salida, un hueco que resplandecía con violenta luz. Tuve miedo, pensé que del otro lado podría estar, no sé, el patio de la cárcel o algo así, quizá fusiles listos para acribillarme. Pero el horror al encierro fue más grande y me atreví a salir. Extrañamente, asombrosamente, me vi en un espacio abierto, fresco, pleno de árboles y flores. A lo lejos, un arroyo emitía el ruido de agua golpeando sobre rocas. Olía a paz. Pensé que era un sueño, y que pronto iba a despertar a la pesadilla de la cárcel, pero no: el hecho de pensar que era un sueño me hacía comprender que no era un sueño, que aquella fantasía era ahora la realidad. Sentí hambre y al lado apareció una mesa bien servida con mis platillos favoritos. Sentí frío y en mi espalda apareció un saco grueso, protector. Deduje que todo surgía nomás con pensarlo. Tuve ganas de ya saben qué, y apareció Bárbara Mori. Le dije que me esperara, que al menos permitiéramos el arribo de la noche. Se me ocurrió un plan: aparecerme a mí mismo, hacerme una réplica y mandarla a la celda. Y apareció mi otro yo, y lo mandé al túnel, a la cárcel. Mientras ese fantasma purgaría mi condena, yo iba a disfrutar de este nuevo mundo y lo compartiría con Bárbara. Sonreí.

sábado, octubre 22, 2016

Tijera
















El viernes a las cinco salí corriendo de la oficina, llegué a casa y en la maleta arrojé todo lo que pude para sobrevivir el fin de semana en Guadalajara. La inauguración de la nueva sucursal estaba programada para las nueve del sábado, demasiado temprano. Corrí al aeropuerto con la maleta hecha a las prisas, es verdad, pero procuré que el traje se conservara intacto en su estuche para no dar arrugadas lástimas al día siguiente. Al aterrizar no fue necesario ir a la banda, así que corrí a tomar el taxi que me llevaría al hotel. Hasta ese momento no había pensado en mi pelo con serenidad. Me lo toqué: sentí la cabezota de león, la greña de dos meses abultada sobre mi cráneo. La inauguración iba a ser cosa elegante, con muchas edecanes y mucho niñote fresa sonriendo ante las cámaras. Me iba a sentir mal, lo sabía, pues me desagrada hasta la depresión andar como palmera. Siempre me asombraron esos tipos que pueden usar el pelo largo y les sienta a modo, pero yo tengo de esas cabelleras y esas cabezas que sin poda no están “de verse”, como dice mi padre. El caso es que eran como las diez de la noche e iba en el taxi ya resignado a mi jodido look, cuando se dio una aparición maravillosa: vi abierta una peluquería. Estaba en una especie de barrio, y le ordené al taxista que de inmediato diera vuelta a la manzana. Bajé con mis maletas y entré: un joven con filipina blanca leía un tabloide amarillista en el sillón de peluquero. Pregunté que si había servicio y afirmó. Me senté y el joven comenzó a quitarse la filipina. Luego salió un anciano de una puerta sólo cubierta con un trapo. El viejo recibió un beso en la frente y el joven se marchó. Supuse que era su hijo. El viejo me colocó el mandil, preguntó “cómo”, dije “cortito, escolar”, y comenzó la operación. Noté con alarma que sus manos temblaban, que la tijera atacaba como avión de combate al lado de mis sienes. Pensé en el papelón del día siguiente: llegar trasquilado a la ceremonia. Quise huir, pero no supe cómo hacerlo, así que me resigné al desastre. A tijeretazos temblorosos, sin decir una sola palabra, el viejo terminó su labor. Cuando al fin estuve en el baño del hotel, sonreí: quedé como me gusta, mejor que nunca.

miércoles, octubre 19, 2016

Celular














Un hombre conduce con placer su coche del año. Deja que la tarde termine por consumirse y comience la oscuridad. Viene de regreso, va ahora a su casa luego de comprar un par de chácharas en la refaccionaria. En un semáforo ve que un conocido levanta el cuello como en busca de taxi. Le lanza el claxonazo y su conocido se aproxima. Dice que va para cierto rumbo y el hombre que conduce se anima a ofrecerle un aventón.  El tipo acepta, tira un silbido y detrás de un poste sale una mujer. El hombre que conduce no hace preguntas, deja que ambos suban y platica con su amigo. Por el retrovisor echa una ojeada sin curiosidad a la mujer, una cuarentona sin chiste, desmaquillada y con una liga en el pelo. Bajan como veinte cuadras después y el hombre que conduce sigue su camino. Disfruta de su auto, enciende el estéreo y busca la señal de su radiodifusora favorita. Está una canción que le gusta, la canta a gritos, feliz, y con ella llega a casa. Baja, deja el llavero en la mesita de la entrada y corre al baño. Allí, sentado, toca la bolsa de su camisa: no está su celular. Termina y va al auto: sabe que en la antebracera deja siempre su teléfono. Pero esta vez no aparece. Se asoma a los tapetes, debajo de los asientos, y nada. Piensa en su amigo. Él fue. Lo busca, lo encuentra y el tipo jura que al subir vio el celular en la antebracera, pero no más. Fue entonces la mujer. Lamentablemente no tiene su dirección exacta. Era una conocida que esperaba taxi hacia el mismo rumbo, y sólo sabe que se llama Esther. Dos días después da con ella. Le exige su celular, la amenaza con una denuncia. “Usted no conoce los contactos que tengo con la policía”. Ella acepta que robó el celular y dice que ya lo vendió. Se engalla. Él pregunta cuánto le pagaron. “Setecientos”, dice ella. “Recupérelo y le doy mil”. La mujer acepta. Se aleja hacia un laberinto de su barrio y vuelve diez minutos después. “Aquí está, suelte mi dinero”. Él duda: “Déjeme revisarlo”. Lo revisa, falta la memoria, lo más importante. “Le quitaron la tarjeta”, alcanza a decir. “Los mil o de aquí no sale el carro. Tuve que deshacer una venta, usted me metió en un problema”, amenaza la mujer. Él saca los mil pesos y se va antes de que todo termine en la tercera guerra mundial.

sábado, octubre 15, 2016

Tortillas













Éramos una horda de niños, siete de mi madre y el resto puros vecinos. Tocaron. Aquella tarde mi madre abrió la puerta y eran dos mormones, uno rubio, a todas luces gringo, y otro moreno, a todas luces de la raza de bronce, de los nuestros. Los dos jóvenes pidieron permiso para dar una plática y mi madre no halló motivo para negarse. Eran otros tiempos, no se le tenía miedo al extraño ni aunque fuera gringo. La visita nos pareció extraordinaria, tanto que de inmediato corrimos a pasar la voz entre los amigos de la cuadra. Sin saber cómo pasó, al rato ya estábamos quince niños en el patio, listos para escuchar a los encorbatados. Recuerdo que mi madre se ocultó en la cocina mientras el patio era un hervidero de expectación infantil. Todos queríamos oír al güero, saber cómo hablaba. Pasado un rato, luego de que el mexicano introdujo sin despertar nuestra sorpresa, el gringo dijo unas palabras y todos reímos: hablaba como Tiro Loco el de las caricaturas, el amigo del burrito Pepe Trueno. Con su cara de marinero perfecto, nos indicó que organizaría varios juegos. El único que recuerdo fue el de “Simón dice”. Consistía en hacer todo lo que indicaba el gringo, quien iba eliminando competidores si daba una orden y era ejecutada sin que antes de la orden dijera “Simón dice”. Los juegos siguieron y llegó la noche. Mi madre nos llamó luego a cenar, pero se refería a todos, incluidos los mormones. Jamás olvidaré los titubeos de nuestros visitantes, la sensación de que eran imprudentes al aceptar la cena. Mi madre los convenció, dijo que era algo sencillo, un bocadito preparado así nomás, a las carreras ante la repentina fiesta. No había sillas para tantos en la mesa de la cocina, así que cenamos de pie. Todos veíamos al gringo, era el único distinto entre los comensales. Cuando comenzamos a estirar la mano hacia el mantelito donde mi madre arrojaba, una tras otra, las suculentas tortillas de harina, el gringo tomó una, la dobló en taco, le dio una mordida y a partir de allí ya no pudo parar. Creo que se comió veinte y un vaso con leche, y en ningún momento dejó de elogiar el milagro que había hecho mi madre. Lo que el gringo nunca supo es que mi madre hizo ese milagro todos los días al menos durante treinta años. Así era. Tenía las manos infinitas.

miércoles, octubre 12, 2016

Drama













De alguna manera pensé con anticipación en esa posibilidad. Todo partió de una anécdota, cuando un actor me contó su “método”, por llamarlo de algún modo. Cuenta que le llamaban del banco para acosarlo por las deudas y que una vez, espontáneamente, se le ocurrió hablar como niño: “Bueno… mi papá no está… olvidó su celular…”. Lo hacía tan bien que desconcertaba a los agresivos mastines telefónicos, quienes a regañadientes terminaban cortando la llamada cuando el supuesto niño los envolvía con falsos titubeos. “Quiero seguir ese ejemplo”, me dije, pero no con voz de mocoso, que no me sale. Inventé entonces mi performance y esperé gozoso la oportunidad. Recibí la llamada de la compañía telefónica y aproveché, para entrenarme bien, que se trataba de algo más relajado: una oferta. “Le hablamos para informarle que tenemos un nuevo plan tarifario para usted…”. Impedí que añadiera más datos y comencé mi intervención: “Señorita, gracias por llamar. Usted será la última persona con la que hablaré: he decidido quitarme la vida…”. Yo sabía que ella iba a balbucear ante esta primera afirmación, pero que no cortaría porque estaba en riesgo su trabajo si dejaba solo a un cliente en la orilla del suicidio: “Señor, no, espere…”. Seguí: “Está decidido, señorita. Ya no puedo más… años y años cargando esta horrible sensación de fracaso, todo es irremediable…”. Silencio del otro lado, y continué: “¿Sabe cuántas veces he intentado salir adelante, sabe cuánto he luchado para librarme de este sentimiento? No, no lo sabe usted ni lo sabe nadie, señorita. Por eso ya, se acabó, basta. Nunca más volverán a echarme de un trabajo, las mujeres nunca más volverán a humillarme…”. Y ella habló: “No, señor, espere, espere…”. La interrumpí nuevamente: “Mire, señorita, ya no puedo esperar más. He llegado a un punto sin retorno [esta frase la oí en una película], a la decisión definitiva. Ya no hay poder humano que pueda detenerme y no siento ningún temor. Sé que sólo así terminará todo el maldito agobio que me tiene hundido desde hace tantos años. No hay remedio, hice lo que pude…”. Tenía preparada una palomita de pirotecnia y la encendí. Tronó. Del otro lado escuché el “Bueno, bueno, bueno…” que ahora disfruté, sonriente.