sábado, noviembre 30, 2024

La novela de Cercas


 













El punto ciego (Random House, 2016, México, 139 pp.) debió ser el primer libro de Javier Cercas que debí leer, no el quinto, aunque tampoco era posible seguir este orden dado que los anteriores son esto, anteriores. Lo que quiero decir es que El punto ciego puede ser una adecuada introducción de Cercas a la obra de Cercas, y aún más: a sus obsesiones de lector, a sus filias y sus fobias como novelista, a su formación en general como hombre de imaginación y pensamiento, escritor ya famoso no sólo en el contexto de la hispanidad europea y americana, pues sus títulos han sido volcados a muchas lenguas.

Algo noté, claro, en Soldados de Salamina, Anatomía de un instante, La velocidad de la luz y El impostor, y lo que noté en estos cuatro libros es dilucidado en El punto ciego, libro cuyo eje es la reflexión sobre un rasgo fundamental en la novela que parte del Quijote y llega hasta nosotros en numerosas historias: el de la ambigüedad. Su material fue la base de lo que expuso en una serie de conferencias, las de la cátedra Weidenfeld en Literatura Europea Comparada de la Universidad de Oxford que “fue creada en 1994 por Lord Weidenfeld, el eminente editor, periodista y filántropo británico de origen austriaco. Desde su fundación ha sido ocupada sucesivamente por George Steiner, Martha C Nussbaum, Gabriel Josipovici, Amos Oz, Roberto Calasso, Umberto Eco, Nike Wagner, Robert Alter, Mario Vargas Llosa, Sander Gilman, Michele Le Doueff, Wolf Lepenies, Bernard Schlink, Marjorie Perloff, Roger Chartier, James Wood, Ali Smith, Don Paterson y Javier Cercas”.

La semblanza rápida de Cercas (Ibahernando, Cáceres, Extremadura, 1962) apunta que es profesor de literatura española en la Universidad de Gerona. Ha publicado ocho novelas: El móvil, El inquilino, El vientre de la ballena, Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera y El impostor. Su obra consta también de un ensayo, La obra literaria de Gonzalo Suárez, y de tres volúmenes de carácter misceláneo: Una buena temporada, Relatos reales y La verdad de Agamenón. Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas y han recibido numerosos premios nacionales e internacionales, dos de ellos al conjunto de su obra: el Premio Internazionale del Salone del Libro di Torino, en Italia, y el Prix Ulysse en Francia. Yo añado que en los próximos días estará en la FIL Guadalajara.

En El punto ciego, el autor extremeño ha dividido la exposición en cuatro partes y un epílogo. El meollo de cada sección es la idea de que la novela, la gran novela moderna, desde su nacimiento con el Quijote, es un relato organizado no para dar respuestas contundentes, irrefutables o taxativas, sino para insinuar preguntas, dudas y planteamientos que a su vez son reflejo de la vida y su esencial confusión, su inestabilidad y su incertidumbre. Cercas recurre en su exposición, sobre todo, a tres obras: el Quijote ya mencionada, Moby Dick y El proceso, libros en los que destaca “el punto ciego”, la imposibilidad de saber a las claras, en cada caso, si el caballero andante está loco o cuerdo, si la ballena encarna el bien o el mal y si Josef K. es culpable o inocente y de qué: en una palabra, el carácter necesariamente difuso de cualquier respuesta, esto “porque la novela es el género de las preguntas, no el de las respuestas: en rigor, la obligación de una novela no consiste en responder la pregunta que ella misma se plantea, sino en formularla con la mayor complejidad posible”, señala en la página 55.

Asimismo, mucho se detiene en su libro Anatomía de un instante que, pese a ser un trabajo voluminoso, sustancialmente describe el momento en el cual, mientras las balas tronaban a su alrededor, Adolfo Suárez se mantuvo sentado en su curul durante el golpe con tricornio de charol perpetrado el 23 de febrero de 1981 al Congreso de los Diputados en Madrid. La pregunta que flota en todo el libro es por qué Suárez no se movió, y para intentar responderla, aunque con toda intención sin lograrlo, Carcas escribió casi 400 páginas que fueron tenidas como crónica, reportaje y demás, pero no como novela aunque su autor, aquí, reitera que lo es.

El tercer capítulo aborda La ciudad y los perros como modelo de novela con punto ciego. Como al paso, aquí también comenta el hiato de tres siglos que padeció la novela en España luego de que Cervantes engendrara su libro capital. Inglaterra y Francia no demoraron en aprender la lección, el juego de ironía, incertidumbre y antidogmatismo que campea en el Quijote, mientras España se encerraba en las tiesas prescripciones del dogma religioso y monárquico. Hasta finales del siglo XIX comienza a despertar, y es a mediados del XX cuando aparecen en español, pero de este lado del charco, los autores que más influirían en Carcas porque han entendido bien, entre otras, la lección del punto ciego: Borges, Rulfo, Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa y muchos otros cuyos apellidos conocemos.

El capítulo final es el que ofrece más ingrediente autobiográfico, es decir, en el que Cercas nos ofrece más evidencias sobre el descubrimiento de su vocación. Por lo que tuvo de dogmática, recuerda con rechazo (aunque luego aminora su dureza) la figura del intelectual representada por Sartre, y adhiere más bien a la del escritor posmoderno, imbuido de dudas e ironía y ya sin la prédica del compromiso a ultranza como soporte o corsé de la escritura.

Escritor inteligente, novelista de afilada prosa y buenas ideas, Cercas es un autor con el que podemos discrepar en más de un punto, pero sin duda, también, al que debemos observar. Yo lo he hecho así por culpa de Soldados de Salamina, libro que me fascinó/intrigó porque en él es evidente un gesto de suyo interesante, muy posmo y frecuente en los otros libros de Cercas: que nos cuenta una historia y al alimón nos cuenta cómo y por qué cuenta esa historia. No sé si esto también tiene que ver con el punto ciego, pero para mí es suficiente como ejemplo de novela con y sin ficción al mismo tiempo, moderna de los pies hasta la coronilla.

miércoles, noviembre 27, 2024

Borges y la literatura de EUA

 

















Borges publicó varios libros en colaboración con algunas de sus amistades. Los más famosos son, claro, aquellos que trabajó con Bioy, sobre todo los cuentos policiales amparados bajo el seudónimo común de H. Bustos Domecq. Otros personajes menos conocidos con los que consumó libros “en colaboración” fueron Luisa Mercedes Levinson (madre de Luisa Valenzuela), Delia Ingenieros, Margarita Guerrero, Betina Edelberg, Alicia Jurado y María Esther Vázquez. Con Estela Zemborain de Torres armó uno de los menos famosos: Introducción a la literatura norteamericana, de 1967, cuya primera edición aquí tanteo.

Una de las preguntas que me hago sobre este tipo de libros es la más simple: ¿cómo trabajaba JLB “en colaboración”? Quizá haya un buen objeto de estudio académico tras la pregunta, pero a falta, por hoy, de una respuesta clara no me queda otro camino que la suposición: imagino que él encargaba buscar y confirmar datos, quizá le releían algún pasaje, y a partir de allí, apoyado en su portentosa memoria, dictaba. Esto lo pienso porque sus libros a cuatro manos siempre exhiben, así sea tenuemente, su estilo, las maneras ya conocidas de su sintaxis, principalmente de su adjetivación.

Como jamás la he visto a la venta, supongo que Introducción a la literatura norteamericana no ha sido reeditado. En este libro, breve como todos los libros de Borges, recorre con apuro enciclopédico los nombres más famosos de las letras yanquis, y a las carreras se detiene en algunos para desarrollar ideas muy generales sobre sus biografías, obras y estilos. Es evidente que la literatura de EUA le merecía mucho respeto y afecto, tanto incluso como la inglesa que, es sabido, gozó de su mayor consideración.

Los autores que más destacan en la valoración son Franklin, Cooper, Hawthorne, Poe, Emerson, Thoreau, Whitman, Melville, Wilder, Faulkner, Hemingway y Capote, entre otros. En cada cual, insisto, se detiene un ratito y sólo para dar una pincelada que lo describa a la velocidad de una página.

No es ni será un libro clásico de Borges, pero, como todo lo suyo, un valor sí tiene: en este caso orientar una posible ruta de lectura para quienes apetezcan recorrer poco más de dos siglos de literatura yanqui, una literatura que ciertamente ha sido, y todavía es, más que atendible.


sábado, noviembre 23, 2024

Norte folk, entre la fantasía y el delirio


 

















Como sucede con las razas, no hay cultura que no sea mezcla de otras culturas, que no sea combinación, el resultado de algún mestizaje. Sólo la ingenuidad lleva a creer que esto no es así, que existe la posibilidad de que algo no sea producto de dos o más ingredientes a la vez. En el libro Norte folk (ICED, 2023), Óscar Bonilla (Gómez Palacio, 1996) ha procurado hibridar personajes legendarios de realidades alejadas para ubicarlos en México, y más precisamente en el norte, y más todavía, en Torreón, lo que se nota por la alusión a colonias y calles de esta localidad. El resultado de tal alquimia es un lote de seis relatos breves que aquí procederé a sobrevolar.

Como preámbulo debo señalar que los cuentos han sido construidos de manera lineal, con una prosa pulcra y despojada, aunque en numerosos párrafos se perciba un tenue impuslo poético principalmente cuando los personajes reflexionan sobre alguna circunstancia de sus vidas; todos son como trozos de experiencia, como crónicas de algún momento, así que acusan el guiño muy posmoderno de no urdir la trama para la última línea o la sorpresa de nocaut (la trick story de O. Henry) ni de construir dos historias a la vez, los famosos “dos hilos” de Piglia. En general, resumo, es fácil percibir estos rasgos recurrentes: los personajes son hombres jóvenes; los entornos son convencionales, casas, antros, colonias; la mayoría están narrados en primera persona; en casi todos hay sexo, alcohol, música y drogas; en todos se culmina en alguna viscosa forma de violencia y, por último, claro, en casi todas destacan hechos mágicos o sobrenaturales, aunque más adelante aclararé que sobre esto podemos asumir alguna reserva.

En cuanto a lo folk del paratexto “título”—si nos atenemos al origen arqueológico del neologismo propuesto en el siglo XIX y cuya palabra derivada más conocida es folclor—, puede ser entendido como la gravitación de un rasgo popular/tradicional en la cotidianidad de los personajes. Así el duende del primer relato, así el vampiro del segundo, así la mandolina diabólica que viene del pasado nipón en el que, según aquella cultura, ciertos objetos se animan luego de pasado un siglo, y así el personaje genéricamente llamado “kappa” del cuento homónimo. Son presencias de un contexto remoto pero ubicadas en un ámbito reconocible por nosotros en el tiempo y el espacio, como ya lo observé hace dos párrafos. Ahora sí, echo un vistazo a cada pieza.

“Kobold”, duende en alemán, narra la historia de un joven, acaso adolescente, que se traslada con sus padres de la Ciudad de México a un entorno que parece el nuestro, desértico. El protagonista narrador es arrancado de su espacio y llega a otro en el que habita una casa a la vez ya ocupada por un duende que canta acompañado por un acordeón. Este ser fantástico le narra su historia, los muchos años que pena solitario en ese lugar. El gnomo hace ruido, espanta a la gente. La situación no es obstáculo para que el nuevo inquilino trabe amistad con él, quien a su vez le hace un paradójico favor: permitir que la relación de sus padres, ya mala, estalle y el joven se libre de la tortura diaria de presenciar pleitos matrimoniales. A su vez, él gratifica al duende de una manera especial que no adelanto.

En “Vampiro” accedemos a una historia que podemos leer literalmente, decodificarla como parodia. El vampiro se muestra ávido de sangre femenina y puesto a sufrir, por falta de alimento, en nuestros andurriales. Mina, la mujer amada, lo ha abandonado y el alcohol no alcanza a satisfacer las cuotas de su ingesta diaria. Necesita sangre, y por ello sólo las mujeres de la noche pueden calmar el ansia del protagonista, quien en realidad es un kótex humano. Se trata de un cuento que sabe que es un cuento (el narrador omnisciente lo deja ver de manera explícita: “pues, como todos los vampiros, el vampiro de este cuento es vanidoso”) y que, como buen pastiche, busca nuestra sonrisa ante la comedia trágica de un chupapubis contumaz.

El cuento “Huli Jing” parece apartarse del registro fantástico o semifantástico de los dos anteriores. Salvo por el pasaje onírico-simbólico del bosque y la zorra, todo aquí es realista, casi casi de “palpitante actualidad”, para decirlo con la manida fórmula de los noticieros provincianos. Un joven apenas postadolescente tiene un amigo de ascendencia china. Radican en Torreón. El amigo a su vez tiene una sabrosa prima que ya estudia periodismo en la Ciudad de México y, dada tal vivencia, ella parece algo adelantada en su visión del mundo y en materia de reventón alcohólico y sexual. El personaje narrador soborna con la Play Station al amigo, se la presta durante todo el verano, con tal de tenerlo como Celestino. Él le presenta a la prima, quien muy pronto asume esta dinámica: entre que juega y toma en serio al protagonista. La fluctuación entre su mundo aniñado y burgués (snob en el abuso del inglés de serie televisiva) y cierta mirada irónica sobre la realidad social tornan un tanto inverosímiles las reflexiones del personaje, quien al mismo tiempo que juega Play es capaz de percibir en los estudios de periodismo, por ejemplo, un costado “romántico y miserable”. En este sentido vale enfatizar que los relatos en primera persona ponen en riesgo la verosimilitud cuando la circunstancia del personaje, o su habla, no parece cuadrar con lo que afirma y por qué y para quién lo afirma.

“Tsukumogami”, el relato más largo de Norte folk, desafía, como divertimento que camina por la cornisa, las leyes de la verosimilitud a menos de que aceptemos leerlo en clave onírica y suspendamos de manera tajante nuestra incredulidad. Un joven músico de rock, guitarrista y compositor, se encuentra bloqueado, las letras no fluyen de su imaginación. Aparece un amigo de origen japonés, Jorge Takahashi, quien asombrosamente se dedica a la trata de blancas y le regala una mandolina al parecer añeja que perteneció a su familia. Hasta aquí todo parece más o menos convencional, pero luego sobreviene un hecho extraño, ambiguo: su guitarra eléctrica amanece destrozada por razones misteriosas. A partir de aquí el relato agarra otro camino: la fuerza mágica (como en El ángel exterminador de Buñuel o en “Casa tomada” de Cortázar, por citar dos célebres ejemplos de esta índole) pasa a ocupar el centro de la escena; esta fuerza en realidad es la mandolina que hace de las suyas, empieza a demoler todo y provocar situaciones tan alucinantes como surrealistas en sentido casi estricto, es decir, que parecen sometidas a la desmesura de los sueños.

En el relato “Kappa” aparece otro personaje de la cultura japonesa tradicional. El kappa es una criatura de tamaño infantil, con caparazón de tortuga, dedos unidos con pellejo (como los de los patos) y una especie de agujero o cuenco en la cabeza, que siempre debe traer lleno de agua. Es experto en tropelías, en destrozos sociales. Uno de estos seres llega acá, a nuestro rancho, no sabemos cómo, y luego de ser exhibido y vejado de muchas formas, como el angelote de García Márquez, se escapa y acomete una multitudinaria venganza. Este tipo de cuentos, para ser eficaces, deben ser leídos sin adarme de escepticismo, como fantasías puras o como símbolos de algo que no alcanzo por ahora a discernir. Atrevo sin embargo una hipótesis: el kappa del cuento es sometido a humillaciones que generan en él resentimiento y azuzan su vocación de serial killer. ¿Esto es una metáfora de los linchamientos, por ejemplo, en las redes y el odio a la sociedad que se gesta en quien los padece? No sé, así que quizá sea mejor pensar en una fantasía literal, sin mensaje agazapado.

La última pieza del libro, “Mr. Hemingway”, también posibilita la lectura múltiple: literal, fantástica pura, simbólica, delirante, surrealista… Todo comienza como un suceso convencional: una familia recoge a un cachorro, Mr. Hemingway, y no pasa mucho tiempo para que el animal, o lo que sea que es, tenga sin antecedente previo un comportamiento humano. El narrador trabaja en una empresa automotriz y quiere progresar allí, obtener un ascenso. Un día se da esta oportunidad y en vez de ser elegido para el nuevo puesto, quien lo obtiene es Mr. Hemingway, el animal o lo que sea que es. Insisto: no sé si no alcanzo a precisar qué hay detrás de la anécdota, pues este tipo de textos desafía tanto que termina por insinuar 1) que es muy denso, o 2), que incurre en el facilismo de exponer lo que sea en el entendido de que cualquier situación incomprensible podría esconder una perla para el entendimiento del lector.

Comencé este comentario con una afirmación sobre el hibridismo cultural. En Norte folk tal observación es visible desde el título, pues sus piezas, la mayoría al menos, establecen un diálogo entre nuestro entorno y personajes engendrados por culturas remotas, lo que muestra el interés de Óscar Bonilla (que es un interés saliente en su generación) en realidades como la japonesa que tanto ha gravitado recientemente, como reflejo de su poder económico, por el cine, la literatura y sobre todo por la historieta llamada, hasta donde sé, manga o algo así.

Felicito al autor gomezpalatino por expandir su inquietud y sus temáticas más allá de nuestros tristes cerros. Ojalá que ustedes puedan asomarse a los espesos y pesadillescos microcosmos de Norte folk.

Nota. Texto leído en la presentación de Norte folk en la que también participaron Nadia Contreras y el autor; se celebró el 21 de noviembre de 2024 en el auditorio Jorge Méndez del Centro Cultural José R. Mijares, Torreón.


miércoles, noviembre 20, 2024

Tradiciones en serie










En noviembre tenemos dos fiestas, una religiosa y otra cívica. La primera, el Día de los muertos, pasó ya, y la segunda, el aniversario de la Revolución Mexicana, se conmemora hoy. Sobre el “día de finados”, como dicen en nuestros ranchos, se me quedó esto en el tintero.

Algunos amigos y otros no tanto me preguntaron antes del 2 de noviembre el significado del día de muertos y todo eso que, suponemos, es nuestro y se ve amenazado por el intruso Halloween. Dije lo que pude, siempre en la idea de que, si me dan a escoger, prefiero la ritualidad local que la forastera, pues más allá de que nos guste o no, es la que abraza elementos propios de la vida material de México. Sé que ahora son frecuentes los cruces, las mixturas, eso que deriva en lo que antropólogos como Néstor García Canclini llaman “cultura híbrida”, pero a fuerza de ser sincero creo que el Halloween es demasiado artificioso, ajeno y mercantil como para adoptarlo o siquiera mezclarlo con la tradición mortuoria nacional. La relación que el mexicano ha tenido con la muerte es suficientemente barroca como para añadirle ingredientes externos.

Ahora bien, lo que no me gusta es que, entre otras adulteraciones, algunos rasgos más o menos estandarizados del Día de muertos mexicano se vean atravesados por la mecanización, pues si algo agrada en un altar, por ejemplo, es que se le note “mano” o trabajo artesanal. Ahora más que en otros años, vi altares que sumaban cromos de imprenta con imágenes de calaveras nada creativas, o esto que me parece el colmo de la frialdad: papel picado hecho en serie, con dibujos perfectos, perforados seguramente con la técnica que en impresión es conocida como “suaje” o “troquel” (véase en la foto que son decenas de hojas de papel de China perforadas de un jalón). El chiste del papel picado es desafiar la creatividad de quien lo trabaja, propiciar en él un esfuerzo que dé como resultado figuras llamativas y coloridas hechas a mano, ar-te-sa-na-les. He visto, aunque en menor cantidad, frutas de plástico, cabezas de calabaza, brujitas en escobas y algún otro adorno más halloweenero que mexicano. Lo que me apura, en suma, es que dentro de algunos años terminemos dependiendo de los chinos y sus materiales precocidos para mantener vivas las festividades que mejor nos pintan.


sábado, noviembre 16, 2024

Dualidades en La cocina


 








No es la primera vez, ni será la última, en la que una masa infinita de realidades será contada a partir de un símbolo. Así procede el arte y así procede, de hecho, la mente humana: el símbolo es una simplificación, una reducción asequible para la inteligencia, una sinécdoque, figura retórica de suma utilidad pues supone la elección de una parte para describir un todo. Emplear este recurso nos permite comprender, razonar, generalizar, como cuando a partir de un hueso fósil es posible reconstruir al dinosaurio o como cuando una muestra estadística abre la posibilidad de intuir la orientación de un grupo mayor.

Esto hace La cocina (2024), película de Alonso Ruizpalacios (Ciudad de México, 1978), cineasta que con una parte —la cocina de un restaurante neoyorquino— ha logrado describir el todo de una compleja realidad, la norteamericana en sus costados económico y social con énfasis en la migración y el choque cultural. Emprender una síntesis de este tamaño, como podemos imaginar, es un desafío riesgoso, y Ruizpalacios lo acomete y lo consuma, creo, satisfactoriamente. Se trata pues de un film que debemos entender en clave sinecdóquica: todo lo que en él se expone es apenas una pieza representativa del rompecabezas norteamericano, de ese leviatán en el cual el mercado y la competencia pueden llevar al estrellato o hacer picadillo la voluntad más férrea de nativos y, principalmente, de fuereños.

Pero detenernos en el asunto y su abordaje es enfocar la mirada en uno solo de sus aciertos. Tiene otros méritos, a mi parecer, notablemente alcanzados, elevados “a la altura del arte”, como dijo López Velarde de Cuauhtémoc, el “joven abuelo”. Ese arte está muy claramente impreso en vectores técnicos como la banda sonora, la elección de la locación principal, la edición y la fotografía. En ellos, asimismo, laten dualidades que operan en el espectador como pauta de los contrastes y las tensiones que Ruizpalacios ha deslizado en su guion para perfilar dos mundos.

La primera dualidad contrastante se da en el plano de la música. En muchos momentos de la cinta el fondo sonoro podría ser considerado exquisito o culto, muy ad hoc al contexto neoyorquino, summum de cosmopolitismo: “Little girl”, Andrea Litkei-Ervin Litkei; “Your sweet love”, Lee Hazlewood; “Central Park”, Tomás Barreiro; esta música se contrapone al uso recurrente del tema norteño “Nomás un puño de tierra” en la versión, si no me engaño, de Los Bravos del Norte. Tal pieza no sólo remite a México, sino que en algunos versos su letra parece describir la biografía del protagonista, además de que el estribillo es un sutil presagio del final. Otra dualidad es evidente: la elección de la fotografía en blanco y negro fuerza la sensación de que en el contexto abordado, el norteamericano, la realidad termina por establecerse en términos polares, como negra o como blanca, como triunfo o como fracaso, y no como el espacio colorido que se vende en la publicidad del “sueño americano”. Un contraste más se da en el microcosmos donde se desarrolla la historia: la cocina; mientras son escasas las escenas en la zona del pulcro y vistoso restaurante, las del reducto donde se preparan los alimentos son amplias y caóticas, y allí, en esa especie de cárcel, se hacinan los trabajadores y viven amagados siempre por el látigo verbal de un capataz, el chef que vocifera como déspota. La elección de este espacio no parece gratuita si pensamos que la cocina es, en general, uno de los escenarios más estresantes del mercado laboral, casi una prueba de fuego para el temple de cualquier trabajador, pues la paciencia de los comensales dura lo que dura un platillo caliente, y más en la ajetreada Times Square.

Dos dualidades más, entre otras que de momento no menciono, pueden ser destacadas en La cocina: la pasión desbordada y festiva de Pedro (Raúl Briones), el cocinero mexicano, frente a la frialdad y el pragmatismo de Julia (Rooney Mara), la mesera norteamericana. El mejor ejemplo de su contraste se da cuando hacen el amor en el frigorífico: aunque él se vuelca en ella con fervor, el carácter de la chica parece corresponder al gélido sitio donde se entrega al mexicano. Un último contraste, por ahora, es el marcado por la personalidad pétrea y la facha caucásica de Max (Spenser Granese) en contrapunto con la actitud dicharachera y relajada de Pedro, su rival dentro de la cocina.

Los ingredientes mencionados se mezclan sutilmente en la historia que arranca con la llegada de Estela (Anna Díaz), poblana que, sin dominio del inglés, llega a NY en busca de Pedro, quien trabaja como cocinero en The Grill. Luego de avivarse frente al gerente Luis (Eduardo Olmos), Estela ingresa al espacio laboral de la cocina y reencuentra a su paisano en una de las “islas” de la cocina. Muy pronto aparece un conflicto que correrá discretamente paralelo a la trama: el dueño y el contador de The Grill le comunican al gerente que algún trabajador ha robado poco más de 800 dólares, y los tres deciden encontrar y escarmentar al culpable sin apelar a la policía. Pero este conflicto es una finta, pues lo importante es adentrarnos en la normalidad aparente de la vida laboral yanqui y, sobre todo, en la idiosincrasia del trabajador mexicano, más dado a no dejarse devorar por las heladas rutinas del sistema, de ahí que en un punto de la historia los mexicanos que chambean en la cocina, dentro del estrés que implica preparar platillos urgentes, dicten cátedra de albures, es decir, de ludismo verbal, de relajo para desactivar la brutalidad del engranaje laboral gringo. La pregunta es simple: ¿puede el alma mexicana salir adelante en una realidad que la oprime y apenas deja resquicio a la vitalidad y el juego característicos de nuestra índole? Pedro es el conejillo de Indias, y en al menos dos momentos insinúa que su idea es volver a México, esto para significar que el mundo norteamericano no le cuadra, que él quiere estar con los suyos, lo cual, en NY, es una flaqueza que suele pasar factura. Si un mexicano desea mantenerse vivo en EUA, no es recomendable que entone la “Canción mixteca” ni abra cancha a la nostalgia, sino adaptarse bien y pronto a los severos usos y costumbres del lugar.

El problema es que Julia, la gringa, no cede pese a que está embarazada del mexicano, sobre quien, además, recaen las sospechas del robo de los 800 dólares. El gerente sabe de la relación entre ambos y cree, maliciosamente, que Pedro está jugando, que Julia sólo es “el amor de su visa”. Todos ignoran que Pedro va en serio, que es un querendón a la mexicana, que en verdad está enamorado y lo que menos desea es permanecer en EUA o aprovecharse de una mujer para agenciarse “los papeles”. La historia, así, avanza hacia una resolución sorpresiva que nos permite vislumbrar la impiedad, la malditez esencial del “sueño americano”.

La cocina, estrenada en febrero de este año en el Festival de Cine de Berlín, narra una historia compleja y es además un trabajo muy bien logrado en lo técnico, y en este sentido su pasaje más memorable es el vertiginoso plano secuencia (de más de diez minutos) que Ruizpalacios desarrolla de la cocina al restaurante y del restaurante a la cocina. Otro de sus méritos indudables está en el casting y en las actuaciones de Raúl Briones, Rooney Mara, Motell Gyn Foster y Eduardo Olmos, lagunero, este último, que junto con Cristina Rodlo es una de las actuales cartas de la actuación torreonense en el cine internacional, para decirlo asimismo con una dualidad.


miércoles, noviembre 13, 2024

Marcial Fernández en Torreón

 











No con todo el catálogo, pero sí con varios de sus títulos, la editorial Ficticia ha mostrado significativa presencia en las librerías de Torreón. Esto no es poco mérito si consideramos que la distribución es una de las flaquezas del aparato editorial independiente, así que no está de más subrayarlo y subrayar, de paso, que todos los más de 250 libros de este sello han pasado por el visto bueno de Marcial Fernández, creador de Ficticia, quien este viernes 15 de noviembre a las 7 de la tarde ofrecerá la conferencia “La magia de la palabra escrita” en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez.

Sería más que suficiente credencial hablar de todos los libros editados por Marcial, decir que se trata de un editor cuidadoso y tenaz en su propósito de apoyar, sobre todo, a los jóvenes escritores mexicanos. Pero Marcial es más que esto, pues junto a su labor como partero de libros ha construido una obra literaria en la que destacan el humor y la imaginación. Y no conforme, durante muchos años se dedicó, esto como periodista, a la crónica taurina y al artículo cultural. A todo lo anterior hay que sumar el futbol como pasión en dos facetas: como practicante amateur y como promotor de su escritura, pues Ficticia es el único auspiciante de una colección precisamente llamada Ediciones del Futbolista.

No puedo descreer de la semblanza que nos proporciona la web ficticiana: Marcial Fernández nació en la Ciudad de México en 1965. Durante dos décadas se dedicó a la crónica taurina con el seudónimo de Pepe Malasombra. Con dicho heterónimo publicó varios libros de tauromaquia, todos agotados, menos Citar, templar, mandar. Es fundador y editor de Ficticia Editorial, sello especializado en cuentística contemporánea. Con su nombre ha publicado los libros Museo del tiempo y otras ficciones, Máscara de obsidiana, Un colibrí es el corazón de un dios que levita, Los mariachis asesinos, Balas de salva y Andy Watson, contador de historias.

Se trata entonces de un tipo versátil en el sentido hoy más común del adjetivo, de un editor-escritor-periodista cuajado de experiencias, tantas que como conferencista tiene garantizada la gratitud de sus oyentes, como lo he advertido en ferias y encuentros de escritores. No podemos perdernos este viernes sus palabras.

sábado, noviembre 09, 2024

Dos de alacranes

 











Extraviado en las carpetas de la compu me topé con un párrafo escrito sobre pedido. Sirvió para ilustrar, creo que en 2023, la carta del alacrán en una exposición colectiva que pasaba revista a todas las imágenes de nuestra lotería. El párrafo que urdí para describir al temible bicho expresa lo siguiente: “El alacrán no parece ser un animal, sino una estructura diseñada por la creatividad de la naturaleza. Hecho de partes desiguales, todas se juntan sin bisagras hasta configurar un bicho que no parece de este mundo, sino originario de alguna pesadilla. No hay, podemos suponer, ojos humanos que lo vean sin recelo o pleno miedo, pues todos sabemos que en su segmentada entraña guarda licores fulminantes, una sustancia que inocula con su aguijón de garfio o pico mecánico en miniatura. Como todo arabismo, la palabra ‘alacrán’ tiene una sonoridad inolvidable, y quizá desde allí es más amenazante que llamarlo ‘escorpión’, del griego. Pero alacrán o escorpión es lo mismo: detrás de ambas palabras siempre habrá una púa que más vale mantener a respetuosa distancia”.

Al releer mi descripción pensé otra vez en dos momentos de mi vida en los que, por mero accidente, no estuve a “respetuosa distancia” de aquel animalejo, sino muy cerca, tan cerca que alguno pudo torcerme con su veneno. Esto recuerdo da para lo que denomino “crónica retrospectiva”. La primera data de mi infancia. Tendría ocho o nueve años y, como cada domingo, iba junto con Luis Rogelio, mi único hermano mayor, a los partidos de beisbol en los que participaba nuestro padre. Si algo en la vida le gustaba al viejo era eso: jugar beisbol y al final festejar las victorias o lamentar las derrotas con amigos y cerveza. La salida dominical comenzaba desde la noche del sábado, dado que mi padre preparaba de manera ritual sus arreos de pelotero, casi como si fuera a jugar la Serie Mundial. Aunque sabía que los partidos se desahogaban siempre en campos de tierra, lustraba sus spikes con cuidado de hortelano japonés. Esperaba los domingos con emoción de niño.

Los espacios donde jugaba estaban ubicados en diferentes puntos de la zona rural lagunera, sobre todo de Gómez Palacio. Así, durante mi infancia recorrí con él muchas rancherías en las que se jugaba sin estadio, con las puras rayas de cal trazadas sobre el polvo de los llanos en llamas. Mi padre era primera base y cuarto en el orden al bat. Los domingos se ceñían pues a esa rutina, y yo iba porque era un paseo y porque jugaba con mi hermano y con los hijos de los otros peloteros. Veía dos o tres innings, jugaba un poco con los demás niños, veía otros dos innings, me aburría, y así hasta que terminaba cada partido.

En una ocasión mi padre jugó en Dinamita, Durango, que era de los pocos sitos con un pequeño graderío seguramente construido por la compañía Dupont. No tenía barda en los jardines, y en algún momento del choque caminé solo hasta varios metros detrás del jardinero central. Vi una piedra de regular tamaño, y me senté allí. Me gustó la perspectiva, ver el partido con el catcher hasta el fondo del diamante. Pasó un rato, calculo que media hora, hasta que me cansé de estar sentado, me puse de pie y sin saber por qué, moví la piedra: verdoso como jade, debajo había un puñado de alacranes que comenzó a moverse cuando lo molestó el sol. No hice más. Me alejé de allí y más de cincuenta años después todavía sigo asombrado de mi suerte: ninguno salió a ofrendarme su ponzoña.

La otra anécdota se dio como cinco años después, en un campamento. Tenía cerca de 14 años cuando me invitaron a participar en un grupo de “escultismo” que en realidad era la fachada de un grupo político-católico de ultraderecha que estaba sumando adeptos a su turbia causa (en aquellos tiempos todavía se daba que la política se disputara a los jóvenes y que algunos jóvenes tuvieran, buena o mala, una ideología definida). Eso lo supe después, claro, pues en principio sólo creí que se trataba de un inocente divertimento de aficionados a la exploración de la naturaleza. El destino fue Mexiquillo, en la hermosa sierra de Durango. Nuestro guía fue un adulto como de 22 años apellidado Gómez, muy católico y, también lo supe después, muy degenerado, un abusador de menores cuyo acecho me pasó cerca. Recuerdo haber recorrido los parajes serranos con estupor, las formaciones rocosas parecidas a las del coyote y el correcaminos, las montañas, los arroyos, los túneles inconclusos de un ferrocarril. En una de las travesías andaba cuando descendí una loma pedregosa. Debía bajar con cuidado, pues las piedras estaban algo sueltas. Al dar un paso, apoyé el pie en una roca que parecía firme, pero no; al moverse dejó visible, como en Dinamita, un hervidero de alacranes de color también verduzco opalescente, y más pequeños. No es necesario añadir que me moví de allí con apuro y otra vez ileso.

En fin. Estas son mis anécdotas con alacranes, un insecto con dos extrañas capacidades: matar y permanecer tercamente adherido a la memoria.

miércoles, noviembre 06, 2024

Internet de papel

 

















El siglo XVIII, llamado “de las Luces” o “Ilustración”, también es conocido como “Enciclopedismo” por una razón obvia: aunque esta palabra fue inventada por los griegos para designar, como metáfora, la “educación en círculo” (de kyklos, rueda, círculo, y paideia, educación) con la idea de educación “completa”, fueron los filósofos D’Alambert, Voltaire, Diderot y otros quienes difundieron la palabra “enciclopedia” con el propósito de reunir, en obesos volúmenes, todo el conocimiento posible. Quienes rebasamos los cuarenta años todavía alcanzamos a usarla, pues era un objeto común en muchos hogares no tan desfavorecidos en ingreso familiar.

Hoy sabemos que las enciclopedias son vejestorios que nadie quiere ni siquiera para adornar el bufete de un abogado fanfarrón y transa, pues fueron apabullantemente borradas por internet. Y no sólo sucumbieron las enciclopedias, sino también todos los libros llamados “de referencia”, como los diccionarios y los manuales, que ahora nadie consultaría ni recluido en la cárcel de Alcatraz. Para evidenciar su desventaja siempre doy el ejemplo de las fechas de muerte; cuando una enciclopedia sumaba a un personaje todavía vivo, el dato de su deceso sólo podía ser actualizado en una nueva edición, mientras que en Wikipedia aparece casi inmediatamente después de que el personaje dejó escapar su último buche de aire.

Pese a todo conservo, más por nostalgia que por sentido común, una enciclopedia y al menos treinta diccionarios de diferente índole, entre ellos cuatro ediciones del DRAE (gratis e íntegra, podamos consultar la última en el celular). Aunque pocos, también conservo algunos libros que a mi juicio tenían la aspiración de reunir el caos, casi como si fueran internet de papel. Estos libros, por supuesto, tenían y siguen teniendo algo de disparatado, porque por más empeño que se ponga al afán compilatorio, la múltiple realidad desborda cualquier límite.

Me refiero a obras como El libro de los sucesos, eventos, hechos, casos, cosas… (Lasser Press Mexicana, México, 1981, 631 pp.), de Isaac Asimov (Petróvichi, 1920-NY, 1992). Ya desde el título largo y fallido, el erudito ruso trató de apresar la diversidad, y procedió a armar un libro atestado de fragmentos curiosos, interesantes, quizá buenos, sí, pero que congestionan cualquier cabeza, tal y como lo hace hoy el internet, herramienta que nos ha llenado la mesa de información imposible de digerir de tan abundante, rápida y movediza.

El índice del libro es una muestra de acumulación caótica, pues nada tienen que ver entre sí “Alquimia, gemas y oro”, “Delicias del paladar”, “Epopeya de la aviación”, “Falacias”, “Maldad humana”, “Nuestro cuerpo”, “Próceres de los Estados Unidos”, “Sucesos extraños”, “Última moda”, por citar algunos temas. Y dentro de cada arbitrario rubro, una sarta de párrafos, cada uno con un “suceso” o “hecho” o “cosa”. Por ejemplo, en el tema “Delicias para el paladar”, un párrafo señala: “En épocas antiguas y medievales, ‘miel’ era utilizado como sinónimo de cualquiera cosa agradable (‘tierra de leche y miel’), porque era casi el único edulcorante asequible entonces a Occidente. El azúcar no llegó a Europa, en cantidad, hasta el siglo XII, cuando los cruzados la trajeron con ellos al volver de Oriente”; en “Maldad humana”, esta gragea: “Jean Marie Collt D'Hervois (1750-1796), que no fue un gran actor, fue abucheado cuando actuó en Lyon, Francia. Se vengó. Volvió a Lyon como un poderoso juez, nombrado por su correvolucionario Robespierre, ordenó la muerte de 6 000 ciudadanos”.

Y así miles de píldoras en mucho más de 500 páginas. Estos libros fueron precursores del fragmentarismo que hoy, con internet, nos permite acceder a millones de datos, pero todos dispersos y, en general, epidérmicos, pues muy pocos son los usuarios que deciden pasar de la superficie a la profundidad, de lo infinito a lo selecto. En una palabra: pensar.


sábado, noviembre 02, 2024

Amores de Zapata












Solemos imaginar a los héroes político-militares siempre en calidad de héroes, en permanente trance justiciero, es decir, entregados a sus buenas o malas causas las 24 horas del día. Quizá esto se debe a que la categoría de las personas que han llegado al bronce de la plaza pública no admite, ante la mirada del pueblo llano, las ordinarieces de la vida cotidiana, como comer, dormir, hacer del dos o regodearse salivosamente en las alcobas. Muchas biografías dan cuenta de miles de detalles vinculados con las andanzas públicas de los próceres, pero no tantas son las que exploran los pliegues menos evidentes de sus vidas.

Esta laguna también puede deberse a un rasgo del comportamiento humano que fue característico hasta hace poco: la defensa de la intimidad. En efecto, las personas separaban muy bien los espacios de lo público y de lo privado, de suerte que lo segundo permanecía oculto, no se compartía sino muy escasamente. Hoy, en la era de las redes sociales, esto cambió de manera radical: lo privado se enfatiza al grado de convertirnos en delatores seriales de nosotros mismos, todo por la limosna de los likes que nos permiten comprobar que existimos y somos aceptados en la sociedad (digital).

Antes lo privado quedaba oculto y se cuidaba hasta la muerte, lo que movía las palancas del chisme y del infundio. Cualquier error —una infidelidad, por ejemplo— se pagaba caro en el mundillo comunitario, más cuando era pequeño. De ahí viene la sentenciosa frase “pueblo chico, infierno grande”, donde por “infierno” debemos entender “habladuría”, “cotilleo” a expensas del prójimo. En este caldo se movieron los héroes, así que son escasas las andanzas privadas de las que ha quedado huella documental, vacío que por otro lado aprovecha la novela histórica para dar densidad a lo narrado.

El libro Las compañeras de Zapata (Crítica, México, 178 pp.), de Felipe Ávila Espinosa, es un notable ejemplo de investigación abocada a explorar lo que en general ha sido tema secundario. En este caso, la vida amorosa —amorosa en el sentido espiritual y físico del adjetivo— de Emiliano Zapata Salazar, uno de los iconos indiscutidos de la Revolución Mexicana. Sin olvidar el marco de fondo, es decir, el quehacer político del líder morelense y las circunstancias sociales que lo rodeaban, el investigador focaliza su mirada en la promesa del título: los amoríos del caudillo consumados en matrimonio o arrejunte.

No era Zapata, por lo que se lee, un tipo ajeno a los placeres de la carne. Dueño de un carisma poderoso, de ánimo cordial y porte físico espectacular, no faltaron en su vida los encuentros carnales. Debemos, claro, ubicarnos en su contexto: los hombres de aquel tiempo no se ponían muchas trabas para foguearse (esta palabra tiene un significado ígneo) con las mujeres que quedaban a su alcance, más cuando el tipo disponible tenía atributos de pudiente en todos los sentidos. Zapata era joven, buen mozo, vestía bien, montaba a caballo con maestría, lideraba una causa, y todo esto hacía imposible que fuera soslayado por muchas de las mujeres con las que trabó contacto. Por esto no puedo no pensar en la reticencia de la palabra "compañeras" y no "mujeres" en el título, esto para mitigar, un tanto anacrónicamente, la posible y poco bienvenida atribución de donjuanismo al guerrillero prócer.

Felipe Ávila, autor de este libro, es sociólogo por la UNAM y doctor en Historia por El Colegio de México. Es autor de El pensamiento económico, poltíco y social de la Convención de Aguascalientes; Los orígenes del zapatismo, Entre el Porfriato y la Revolución. El gobierno interino de Francisco León de la Barra; Las corrientes revolucionarias y la Soberana Convención; Breve historia del zapatismo (2018), Emiliano Zapata. La lucha por la tierra, la justicia y la libertad (2019); Breve historia de la Revolución Mexicana (en coautoría con Pedro Salmerón, 2017) y Carranza: constructor del Estado Mexicano (2020). Es profesor de Historia del Sistema de Universidad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Además de los apartados introductorios, Las compañeras de Zapata (por cierto, libro pulcramente editado) contiene seis capítulos y un epílogo. Los tres primeros trancos se refieren, en orden cronológico, a las tres mujeres de quienes ha quedado buen registro documental como compañeras del revolucionario nacido en Anenecuilco hacia 1879. Ellas son Inés Alfaro Aguilar, “su primera compañera”; Josefa Espejo, “su esposa”; y Gregoria Zúñiga, “a la que más quiso”. Luego vienen tres capítulos titulados “Goyita y la muerte de Zapata”, “Petra Portillo” y “Otras compañeras de Emiliano”, además del epílogo.

Al inicio, el autor explica sobre Zapata que “Su imagen se ha vuelto un ícono de la cultura popular. Su figura está por doquier, en pinturas de artistas célebres, en monumentos y estatuas, en centenares de fotografías y decenas de videos. Su nombre lo llevan colonias, calles, escuelas, ejidos, estaciones de transporte público, organizaciones campesinas y populares. Sin embargo, sabemos poco sobre la vida privada de Zapata: ¿cómo era con sus compañeras y con las mujeres con las que tuvo hijos, con su familia, con sus amigos y compañeros guerrilleros? Este libro es un primer acercamiento a ese Zapata terrenal, más íntimo, más privado, a través de los testimonios de quienes compartieron parte de su vida con él”.

Para construir su acercamiento, Ávila Espinosa recurre a entrevistas directas con algunas de las mujeres que sobrevivieron al líder tras su asesinato en la emboscada tendida contra él en la hacienda de Chinameca, esto el 10 de abril de 1919. Los diálogos son parte de archivos públicos, no del propio autor con las protagonistas. La reconstrucción de la vida cotidiana en la que se movió Zapata con su ejército tiene, por ello, marcados tintes de oralidad, como en este pasaje salpicado de abundantes nahuatlismos, y así casi todo lo citado in extenso dentro del libro: “Del lado izquierdo del corredor estaba la cocina y también del lado izquierdo de la puerta de esta se encontraba en el interior el tlecuil o fogón sobre el que se colocaba el comal de barro para hacer las tortillas, el tazcal para guardarlas y los tenamaztles, que son tres piedras colocadas de modo que puedan ponerse sobre ellas las ollas al fuego; una tinaja grande para agua, el metate, el molcajete y, colgando del techo, un garabato de madera en donde siempre tenían carne seca o longaniza”.

No se percibe en las declaraciones un mal recuerdo de Zapata, ni en lo sentimental ni en lo político. De hecho, su ruptura con Madero —quien fue padrino en su primera boda— fue más consecuencia de los enemigos que mediaron entre ellos que de ellos mismos: “La relación entre Madero y Zapata fue compleja. Los dos eran hombres sinceros, bienintencionados y preocupados por el bienestar de los demás. Había una simpatía y un respeto mutuos. No obstante, representaban mundos diferentes. Zapata era un campesino del centro sur de México, representante de una cultura tradicional de apego a la tierra y a sus comunidades. La tierra era un medio para obtener el sustento diario, no para acumular riqueza. Madero era un próspero hacendado norteño, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, con una visión de la agricultura como empresa productiva, tecnificada y comercial”.

En los sobresaltos de la lucha revolucionaria que a la postre lo convertiría en leyenda, Zapata se dio tiempo para amar con cuerpo y alma. Ingresar a este sector de su biografía es humanizarlo, es regresarlo a su complejidad, es fundir su bronce para convertirlo en carne y hueso, es perfilarlo tan acertado y falible como cualquier otro ser humano.