miércoles, febrero 28, 2018

Secreto en la montaña electoral












Es más fácil predecir un meteorito que el resultado de la actual metralla cruzada entre el PRI y el PAN. Como muchos, me declaro incompetente para pronosticar el porvenir cercano de los dos candidatos, pero eso no quiere decir que eluda las delicias de la conjetura. Este escenario de guerra sobrevino luego de que ambos partidos atravesaron un amplio romance que los llevó a pactar no sólo reformas, sino la mismísima presidencia cuando Calderón desahució a Josefina y dejó la vía libre al clan de Atlacomulco, como bien lo documentó El amasiato, libro de Álvaro Delgado.
Mientras sirvió a sus intereses, Anaya jugó cerca del PRI, y esto lo demuestran muchos videos de YouTube que lo exhiben como apapachador de las reformas y, en particular, de Meade, “un mexicano del que nos sentimos profundamente orgullosos”, el único que ocupó tres secretarías de estado “en dos gobiernos emanados de distintos partidos políticos”. Tales logros del abanderado priísta, dijo Anaya, son una consecuencia “de su preparación y de su solidez técnica”, y sobre todo son una “consecuencia natural de su verticalidad y de su extraordinaria calidad humana”. Estas palabras no son ahora nada útiles, pues el equipo del mismo al que elogió, apoyado por el gobierno de Peña Nieto, está tirando a matar para desbancarlo del segundo sitio antes de que arranque formalmente la campaña.
Por su lado, Anaya ha hecho verdaderas acrobacias para quitarse de encima el bombardeo simultáneo de todo el aparato priísta y oficial en pinza. Visiblemente acompañado por Diego Fernández, personaje que en términos de imagen no ayuda mucho si uno quiere deslindarse de acusaciones relacionadas con negocios y dinero manejado en cifras millonarias, el joven queretano ha insistido en los pasivos de Meade como padre del gasolinazo y de varios desvíos en la Sedesol, ya no como el secretario destacado por su “su preparación” y “su solidez técnica”, además de acusar a la PGR de actuar para favorecer al candidato del PRI. El pleito a derivado incluso en el chismorreo tuitero. A una gracejada del panista en la que señala ver por el retrovisor al candidato priísta, Meade respondió: “No soy yo, Anaya, es Barreiro”, en alusión al cuate no reconocido por Anaya.
A estas alturas, pues, el PRI hundirá su cuchillo hasta donde quepa. Apenas hay tiempo ya para ubicarse, así sea mañosamente, en el segundo puesto y operar luego un reto mayor: ponerse un poco por debajo de AMLO antes del 1 de julio. Lo demás se resolvería con taxis y tribunales a la medida.

sábado, febrero 24, 2018

Bisutería de la fama




















Comercial de Banamex. Llega un tipo a un vestidor de hombres (hay lockers al lado) y otro se asombra: “¿Y eso?”. La pregunta se refiere a la gorra que porta el recién llegado: está rotulada con los logos de Telcel y CitiBanamex. El tipo responde: “Me la regaló mi amigo Checo Pérez”. Al decir ese nombre, el otro se asombra todavía más. Luego aparece el auténtico Checo Pérez para decir que ha olvidado firmar la gorra; el tipo del vestidor, ya de por sí asombrado, mira con arrobo al gran Checo. El anuncio continúa con una breve narración sobre las bondades de no sé qué producto, y al final Checo Pérez aparece de nuevo a cuadro, esta vez solo, y dice que si compras no sé qué, te ganarás más boletos “o una experiencia conmigo”. Luego de verlo sentí lástima de sólo imaginar a dos tipos reales emocionados ante la posibilidad de tener una experiencia con Checo Pérez. Eso, creo, suena lógico en un quinceañero o una quinceañera que desean conocer (“tener una experiencia”) con Selena Gómez o Justin Bieber, no en un par de verijones que se derriten ante la fama. ¿El mundo ya es así? ¿Es común que dos tipos de 35 o 40 años se ilusionen con la posibilidad de conocer a “un famoso”? Si es así, qué pena.
Esta descripción permite ver hasta dónde se ha alimentado la superstición de la fama. Y peor todavía: de la fama ganada a punta de frivolidades. Creo que fue Cioran en su Breviario de podredumbre quien afirmó que la fama es una vulgaridad. Pero no importa si fue el rumano quien dijo eso: lo cierto es que, en efecto, la fama, cualquier fama, es una vulgaridad. Hoy llegamos al colmo: si antes la fama era conquistada por héroes o villanos que arriesgaban el pellejo para conquistarla, pasamos a la fama puramente mediática de los cantantes o los deportistas, seres que en ciertos casos pueden forrarse de millones en función de una fama vinculada sobre todo a los aparatos de mercadotecnia que, prestos, la traducen en ganancias. Estas famas modernas parecían la Última Tule a la que podía llegar la popularidad, pero ocurrió un fenómeno que rizó el rizo: la fama puede conseguirse con solo existir, y allí están los casos de los y las, sobre todo las, socialités que en canales de paga y redes sociales atolondran, sin hacer nada, los sentidos de millones de personas. Hay casos de chicas que con fotos voluptuosas en Instagram llegan a públicos que jamás pudo soñar cualquier otro cabezahueca de la historia.
En fin. El mundo, como nunca, inclinado ante La Nada.

jueves, febrero 22, 2018

Arena movediza de la crónica













Uno de los géneros periodísticos o literarios o periodístico-literarios que más problemas ha causado a quienes intentan definirlo es la crónica. Lo podemos comprobar si nos asomamos a otros géneros: cuando alguien dice “entrevista”, sabemos aproximadamente de qué habla; si alguien dice “poesía”, también. No quiero decir con esto que todo sea siempre claro y quede bien delimitado, pues a partir de las definiciones académicas se pueden dar cruces, mixturas, mestizajes de toda índole, lo que a veces hace imposible definir tal o cual texto. A esta circunstancia debemos añadir la cuota, a veces no pequeña, de variaciones en el significado de una palabra, de suerte que terminamos obligados a manejarnos con tiento si nombramos tal o cual texto de una forma o de otra. Como Novelas ejemplares, por ejemplo, Cervantes designó piezas que hoy quizá no nos atreveríamos a llamar de tal manera, sino cuentos o relatos, quizá, ya que nos parecería difícil que doce “novelas” cupieran en un solo libro. Lo que pasa es que el género que hoy conocemos como cuento no empezó a ser llamado así sino hasta mucho tiempo después, bien entrado el siglo XIX. Era imposible, por ello, que Cervantes llamara cuento a “El licenciado vidriera” y a todas las demás historias reunidas en aquel famoso libro.
Una palabra y el objeto que designa, debo decir, suelen ser movedizos, de ahí lo difícil que es a veces definir un producto del espíritu como, en este caso, la crónica. Saúl Rosales ha emprendido un notable acercamiento a este propósito en Cronistas, historiadores y crónicas, libro que sin duda plantea una discusión acerca de la palabra crónica y del quehacer de los cronistas antiguos y contemporáneos. ¿Es o debe ser lo mismo la crónica de hace quinientos años que la de hoy? ¿Es necesario ese mismo tipo de cronista en la actualidad? ¿El cronista actual es un solo tipo de cronista o hay muchos tipos de cronista? Mi duda parte de definiciones como la de Covarrubias, coetáneo de Cervantes, quien en 1611 definía así el género que nos ocupa: “coronica. Está corrompido el vocablo de chronica, chronicorum (…) Vulgarmente llamamos coronica, la historia que trata de la vida de algún Rey, o vidas de reyes, dispuesta por los años, y discurso del tiempo (…) Los Reyes y Príncipes deben leer, o escuchar las coronicas donde están las hazañas de sus pasados, y lo que deben imitar y huir…”. Sobre el cronista, el mismo Covarrubias señala que es “el que escribe historias, o annales de las vidas y hazañas de los Reyes”. Creo que no es necesario advertir que esta crónica no es la que defiende Saúl Rosales, pues sin que se llame crónica ni sean cronistas las que la escriben, ella ha sido sustituida por los aparatos de propaganda llamados “oficinas de comunicación social” que hoy registran escrupulosamente “las vidas y las hazañas” de alcaldes, gobernadores y demás prominencias. En este sentido, sospecho que al cronista oficial al modo antiguo, cuando lo hay, le tocaría hacer hoy otro trabajo, o incluso desaparecer dado que ya hay, por un lado, oficinas de comunicación social, y, por otro, medios de comunicación cuya omnipresencia no deja casi nada sin registro documental, el mismo registro documental que más adelante será, y de hecho ya es, apoyo clave para los historiadores. A la crónica oficial, vale apuntar, le queda ya muy poca cancha para maniobrar, si acaso la que proponía el diccionario de la academia hacia 1817, quinta edición: “crónica. s.f. Historia en que se observa el orden de los tiempos”, es decir, algo parecido a lo que hoy entendemos por “cronología”, que no ha cambiado mucho en la sexta acepción del mismo diccionario en su última edición: “Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos”, o la de cronista, que en su segunda acepción es definido como “Historiador oficial de una institución”.
En su advertencia, el escritor lagunero señala que “Este libro pretende contribuir a que se reinstaure la auténtica crónica en ciudades, pueblos, aldeas, congregaciones —que las hay, y tienen sus ‘cronistas’— y villorrios, con el propósito de que se enriquezca su historia”. La crónica que Saúl Rosales define, defiende y practica en su libro tiene menos que ver, sospecho, con los cronistas oficiales que con los cronistas de la prensa tradicional y moderna, ésa que se expresa en los periódicos importantes y ahora también en muchos espacios de internet. Como un cronista que hace 500 años deseara satirizar la coronación de un rey, el cronista oficial de un gobierno “emanado” del PRI no podría escribir, o escribiría con serias dificultades, casi con riesgo de su cabeza, por ejemplo, “La espera del candidato algo tiene de cruz y de calvario”, pero crónicas parecidas sí han articulado usuarios del oficio que son contemporáneos nuestros, cronistas tan dispares como Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Ricardo Ragendorfer, Pedro Mairal, Juan Villoro, Juan Pablo Meneses, Emilio Fernández Cicco… quienes, como ocurre con el llamado periodismo gonzo, no escatiman subjetividad —dado que ser esto, subjetivo, es inevitable—, humor, ánimo literario ni perruna defensa de un yo libre y participante.
Tras recordar, en su introducción, de qué lejanos libros viene la palabra crónica y tras informarnos qué significa para él y no ha significado para los cronistas apellidados “oficiales”, Saúl Rosales comparte 26 crónicas escritas en diferentes momentos de su vida. Estas crónicas, presiento, toman mucha distancia de la tesitura empleada mayoritariamente por el croniquismo oficial contemporáneo y mexicano, ése que en urbes gigantes y villorrios nace obligado a urdir el cronicón del mandarín o, en su defecto, pergeñar cronologías hueras. Rosales propone pues 26 crónicas modernas, periodísticas y literarias a la vez (por su estilo), crónicas que dan cuenta de su calidad, la del autor, de testigo espontáneo y libre en el momento en el que lo contado se desarrollaba, de ahí que podamos llamarlas crónicas laguneras: “Septiembre de las inundaciones del Nazas”, “Torreón de identidad de ladrillo”, “Reencuentro con el arte de Pilar Rioja”, “Moreleando edición 2013”, “Rusos en la estepa del Nazas”... En todas ellas y las que no menciono se deja ver fielmente lo que Federico Campbell apetece de la crónica en su Periodismo escrito (SEC, 2016): “Es la narración de un acontecimiento de interés colectivo en la que el cronista se puede permitir comentarios y acotaciones, ejercer su estilo personal y utilizar todos los recursos de la literatura narrativa”. Las crónicas de Saúl Rosales son pues, para mí, modelos no tanto de lo que podría hacer un cronista oficial —quien tranquilamente podría ya no existir si se dedica sólo a sancochar cronología—, sino el periodista profesional, el escritor o el simple interesado en asentar un testimonio personalísimo sobre cualquier suceso de interés plural.
Como ocurre con otros de Saúl Rosales —Don Quijote, periodistas y comunicadores; Jales sobre habla lagunera…—, Cronistas, historiadores y crónicas es un libro pertinente por su intención didáctica y su factura literaria. Me gusta pensar en la idea de que, si es leído, entusiasmará a muchos lectores que a partir de estas páginas podrán construir crónicas que hoy nos regocijen o conmuevan o cuestionen y mañana sirvan para edificar con más y mejores ladrillos nuestra historia.

Comarca Lagunera, 21, febrero y 2018

Cronistas, historiadores y crónicas, Saúl Rosales, s/e, Torreón, 2017, 142 pp.

Nota. La foto que encabeza este post es de mi autoría.

miércoles, febrero 21, 2018

Crónicas de Saúl Rosales




















Hoy a las siete de la tarde en la biblioteca municipal José García Letona ubicada en la alameda de Torreón, la maestra Silvia Castro y yo presentaremos Cronistas, historiadores y crónicas, libro más reciente de Saúl Rosales. Este nuevo título contiene un amplio y documentado estudio preliminar en el que el autor detalla el ser de la crónica en tanto género periodístico-literario, además de un apartado aún más amplio que alberga 26 crónicas escritas por el mismo autor y cuyos títulos —al menos muchos de ellos— dejan ver claramente que estos textos se refieren a hechos y personajes del entorno en el que vivimos: “Septiembre de las inundaciones del Nazas”, “Torreón de identidad de ladrillo”, “Reencuentro con el arte de Pilar Rioja”, “Moreleando edición 2013”, “Rusos en la estepa del Nazas”…
En su advertencia, el escritor lagunero señala que “Este libro pretende contribuir a que se reinstaure la auténtica crónica en ciudades, pueblos, aldeas, congregaciones —que las hay, y tienen sus ‘cronistas’— y villorrios, con el propósito de que se enriquezca su historia”. Para él, los cronistas investidos oficial o extraoficialmente como tales han cumplido una labor más cercana a la del historiador que a la del cronista, como extralimitados o al menos imprecisos en sus funciones.
Para establecer los cuadrantes de la crónica, el autor recurre principalmente a las mojoneras colocadas por los soldados y misioneros de Indias, hombres que en algún momento de sus aventuras americanas le asignaron un nombre a eso que escribían: crónica, choronica o coronica, indistintamente, obras que daban fe del acontecimiento en marcha y que hoy sirven a la historia como auxiliares en la reconstrucción de aquel pasado sin más testigos que ellos mismos, es decir, sin los poderosos medios de comunicación que hoy acompañan casi cualquier andanza humana.
“… de dónde proviene el gusto por llamar cronista al historiador y por qué el ‘cronista’ no escribe crónica, sino historia”, es la idea que trata de aclarar el autor en su pormenorizado prefacio. “Para mí, pues, la crónica no es la evocación histórica ni la recuperación escrita de hechos del pasado lejano o más o menos inmediato, sino la reseña del presente”, observa un poco más adelante.
Tuve el gusto de trabajar con Saúl Rosales en la edición de este libro, y ahora me complace saber que lo presentaré. Su contenido es valioso, un aula, para cualquier lector, pero más para quienes hayan sentido alguna vez el deseo de escribir sobre lo inmediato.

sábado, febrero 17, 2018

Felipe lector














Felipe Garrido, nuestro buen amigo Felipe Garrido, fue homenajeado esta semana por el INBA a propósito de su larga trayectoria como escritor y promotor de la lectura en sus vertientes de editor, maestro y conferencista. Se trata, creo que muchos podrán compartir esta opinión, de un reconocimiento justo, pues pocos como él han trabajado con tanto ahínco por las palabra escrita y compartida.
En una nota relacionada con el homenaje fueron recogidas algunas palabras del escritor jalisciense. Esas palabras me impresionaron en función de que me sucedió casi lo contrario. Dijo Garrido: “Mi preocupación más importante ha sido formar a los lectores; eso ha ocupado la mayor parte de mi vida. Nací en un hogar donde, por suerte, la lectura y la escritura eran cosas cotidianas. La familia inmediata y algunos amigos en la escuela, todos leían. Entonces, crecí engañado, creyendo que la gente era lectora, y vine a descubrir que no era así cuando comencé a dar clases en una preparatoria, el Centro Universitario México”.
Suena lógico que en un entorno lector los niños crezcan con la noción de que leer es normal, de ahí que luego parezca anómalo enterarse de que no es así: leer no es normal. No lo es para muchos, y yo fui uno de los millones de casos a los que les pasó de noche la lectura hasta que en cierto momento, no sé exactamente por qué, le tomé aprecio a los libros y de allí en adelante a las palabras y a los poemas y a las ficciones y a la historia y a todo lo que estuviera impreso en negro sobre blanco. Sin embargo, se provenga de donde se provenga, de un entorno lector o no, dos inquietudes nacen con frecuencia en quienes leen: ¿por qué los demás no abrazan este hábito y qué puede hacerse para que lo hagan? La respuesta a esta pregunta puede tomar distintas rutas, una de ellas la de Garrido: porque quienes no leen no saben que leer es divertido y hay que convidarlos con amabilidad a que lo hagan.
Con un empeño no muy frecuente en otros escritores, Felipe Garrido es hoy, como dicen, un referente de la promoción de la lectura en nuestro país. Entre otros muchos emprendimientos relacionados con la lectura ha estado cerca del mundo editorial. Yo lo recuerdo especialmente como baluarte, si se me permite la palabra algo anticuada, de la colección SEP Setentas, o como responsable de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas del FCE. A eso hay que sumar sus libros, sus conferencias, toda una vida alrededor de la palabra. Garrido merece sin duda nuestro reconocimiento.

miércoles, febrero 14, 2018

La máquina de Campbell
























Hace más de cuarenta años, en la plenitud de los setenta, publicar en libro era más difícil que ahora. Hoy, si un escritor junta sus cuartillas no sólo tiene más opciones para imprimirlas en libro, sino que suma la posibilidad casi infinita de ayudarse con las nuevas tecnologías. Los blogs, los libros en PDF distribuidos por mail y otros conductos no son lo más exitoso, pero ayudan a despresurizar el ansia editorial, el deseo de conseguir aunque sea pocos lectores. Antes esto no era posible, pues la única ruta de la difusión estaba en la palabra impresa sobre papel. Esta es la razón por la que entre nosotros no dejan de ser beneméritas ciertas colecciones populares como la Sepan cuantos… de Porrúa, la colección Austral de Espasa-Calpe, o la serie Del Volador de Joaquín Mortiz, que tantos y tantos libros hicieron llegar a todos los rincones de la patria.
En los tres últimos casos citados me referí a editoriales de alcance nacional, a empresas. Junto a ellas, más en un plano independiente y a veces hasta personal, hubo siempre intentos por publicar tanto como era posible. Uno de ellos, harto meritorio, fue el que abrazó el maestro Federico Campbell, quien en los setenta puso dinero, tiempo y esfuerzo para alcanzar algo que en este momento parece increíble: publicar por primera vez a muchos escritores jóvenes, todos ellos todavía “sin nombre”.
En efecto, Campbell, ya para entonces un escritor y periodista reconocido aunque todavía no tan famoso, emprendió la locura de apoyar a varios muchachos que se fueron corriendo la voz y que cuartillas en mano luego derivaron en La Máquina de Escribir, nombre que puso el maestro de Tijuana a la aventura editorial que sirvió de primer trampolín para escritores que luego llevarían por nombre David Huerta, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Fabio Morábito, Esther Seligson, Coral Bracho, Jorge Aguilar Mora, Álvaro Uribe, Margo Glantz, entre otros.
Basado en aquella experiencia y para aprovechar el cuarto aniversario luctuoso del maestro Campbell, Vicente Alfonso, el escritor lagunero que fue el último gran discípulo en la vida del tijuanense, me invitó a participar, como editor y autor, en una publicación colectiva que evoca los libros de La Máquina de Escribir y que contiene doce textos de y sobre el autor de Pretexta. El tiraje en papel es pequeño, pero Vicente y la maestra Carmen Gaitán, viuda del maestro, han decidido que circule libremente en PDF, lo que facilita sobremanera la llegada de este material a quien lo quiera. Yo mismo, si me lo solicitan a rutanortelaguna@yahoo.com.mx, puedo enviarlo.
Mañana 15 de febrero se cumple un año más, el cuarto, de la muerte física de Federico Campbell. Compartir gratis un libro que lo homenajea es un proyecto que él mismo hubiera celebrado, sin duda.

Nota: si prefiere bajar directamente el PDF del libro, use esta liga: https://www.dropbox.com/s/rc83w690m7monrm/Campbell%20maquina%20de%20escribir%20VA1.pdf?dl=0

lunes, febrero 12, 2018

Federico Campbell. Las claves de la memoria




















Federico Campbell. Las claves de la memoria, documental que narra la vida y obra del escritor, será proyectado para conmemorar el 4° aniversario de su fallecimiento

Dirigido por Felipe Serrano Sámano, se exhibirá en el Cine Tonalá de Tijuana el jueves 15 de febrero

El CECUT recibirá más de mil volúmenes de su biblioteca donados por Carmen Gaitán

Ediciones El Equilibrista editará, junto con la UNAM, un volumen de ensayos con los textos más íntimos del autor, sus amigos publicarán una plaqueta conmemorativa.

Con el propósito de recordar al escritor tijuanense Federico Campbell en el cuarto aniversario de su muerte, se llevarán a cabo diversas acciones en honor del autor, escritor fundamental en las letras mexicanas contemporáneas.
El documental Federico Campbell. Las claves de la memoria, narra la historia de la Tijuana adolescente que le tocó vivir al escritor y cómo se fue transmutando en su mítica Ítaca. En la cinta se hace referencia a su entorno familiar y literario y se habla de su quehacer como escritor, periodista y crítico, exploró los claros oscuros del poder y del sistema en el que la delincuencia organizada, los empresarios y políticos son “hermanos de sangre”.
Asimismo, describe sus aportaciones en la naciente nueva literatura española del siglo XX, su entrañable relación con Juan Rulfo y Leonardo Sciascia y su afecto por la literatura intimista como creador. Finalmente, el amor profundo de un hombre que recreó y creó su Ítaca-Tijuana que en el tiempo convirtió en la amada e inalcanzable República de las Letras
Por otra parte, se concretará la donación de más de mil volúmenes —de poesía, teatro y guiones de cine— que su viuda, Carmen Gaitán Rojo, hizo al Centro Cultura Tijuana.  Esta selección la realizó el propio Federico Campbell a lo largo de su vida y muchos de estos libros están dedicados al autor por escritores de la talla de Juan Gelman, David Huerta, José Emilio Pacheco, José Luiz Martínez, entre otros.
En lo referente a publicaciones, ediciones El Equilibrista realizará una coedición con Publicaciones de la UNAM, para editar un volumen de sus ensayos con los textos más íntimos del autor, no los políticos ni literarios, aquellos en los que aborda más los sentimientos. La selección corrió a cargo del escritor Vicente Alfonso, quien, junto a Jaime Muñoz, han preparado la edición de una plaqueta con testimonios sobre la persona y obra de Campbell, con autores como Carmen Boullosa, David Huerta, Elmer Mendoza, Juan Villoro y Martín Solares.
Federico Campbell Quiroz (Tijuana, Baja California 1941-Ciudad de México 2014), estudió derecho y filosofía en la UNAM y periodismo en el Macalester Collage, Minnesota, Estados Unidos. Fundó la editorial La Máquina de Escribir. Como traductor, Campbell se ocupó de la obra de autores destacados, por ejemplo: Harold Pinter, David Mamet o Leonardo Sciascia. Fue becario de la Fundación Guggenheim en 1995 y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca en 1999. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Narrativa de Colima en el 2000 por su novela Transpeninsular, recibió el Premio Nacional de Literatura Letras de Sinaloa 2011 y en ese mismo año se hizo acreedor de la Medalla de Bellas Artes y el nombramiento como Creador Emérito de Baja California en 2009. Entre sus obras se encuentran Infame Turba, Conversaciones con escritores, La memoria de Sciascia, La clave Morse, Tijuanenses, Pretexta o el cronista enmascarado, El imperio del adiós, Padre y memoria, La era de la criminalidad, Periodismo escrito y Regreso a casa.
Felipe Parra Sámano, director de Federico Campbell. Las claves de la memoria, es egresado de filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), crítico, curador de arte y documentalista. Realiza y produce de manera independiente series de documentales sobre escritores, artistas plásticos, compositores y bailarines y coreógrafos. Entre sus trabajos se encuentran las cintas que hizo sobre el compositor José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, el músico Heriberto Soberanes, la escritora Inés Arredondo, el fotógrafo Fernando Brito, y el escritor Élmer Mendoza y dirigió José Guadalupe Posada. De jicotes y calaveras (2015). Como articulista ha colaborado en la revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en la sección cultural del semanario Río Doce, revista Literal, periódico unomásuno, entre otros. Ha publicado ensayos sobre Juan Carlos Onetti, Malcom Lowry, Raymond Chandler, Luis Barragán, Élmer Mendoza, Juan Rulfo, y es curador del concurso de pintura Antonio López Sáenz.

sábado, febrero 10, 2018

Una canción italiana













Mi segunda pequeña, la de en medio, comenzó a indagar en uno de mis gustos más escondidos: la música italiana. No se trata, aclaro, de un placer aparatoso, de ésos que uno anda gritoneando por doquier, como loco, pues sospecho la pedantería que conlleva externar una afición de tal naturaleza. No. Desde hace veinte años, tal vez más, oigo el pop de aquel país por la simple necesidad de escuchar el idioma aunque no lo entienda. Me gusta su sonoridad, el sabor a poesía que tienen hasta sus frases más ordinarias. En el lapso mencionado he podido recorrer algunas voces muy queridas: la de Pavarotti es mi favorita, lo escribí alguna vez, y abajito del gordo de Módena se encuentran, en este orden, Al Bano, Adriano Celentano, Lucio Dalla, Nicola di Bari y algún otro.
Pues bien, un día de hace dos años, durante una charla cualquiera conversé con mi hija sobre esto y para mi sorpresa desperté su interés, lo que a la postre se convirtió en uno de los nexos más fuertes que nos han unido en este lapso. Ella, como cualquier joven de acá, oía preferentemente música en inglés y en español, y en los dos casos ya tiene un dominio estándar de ambos idiomas. Ahora, porque la brevedad de su edad permite estas hazañas, con velocidad pasmosa sumó un notable número de canciones italianas cuyas letras ha aprendido gracias a la buena memoria, capacidad que por cierto nunca tuve y la que tuve ya se extinguió en mí.
La triple combinación, entonces, de juventud, interés e internet han provocado que sin clases formales y gracias a la música ella comprenda el italiano en un nivel ciertamente básico aunque no desdeñable dado el autodidactismo del que partió. Tan enterada está ahora de aquel pop —tal vez uno de los mejores del mundo—, que este año, por estos días, me tiene junto a ella metidísimo en el festival de San Remo para seguir a su cantante favorito, un tal Ermal Meta, albanés nacionalizado italiano, quien al lado de Fabrizio Moro, otro joven, participa con la canción “Non mi avete fatto niente”, pieza antibelicista que en su video oficial recorre algunas guerras recientes para cuestionar, por supuesto, su flagrante estupidez. El video tiene una peculiaridad que entronca con los tiempos de globalización que vivimos: mientras Moro y Meta cantan, desfilan imágenes de miscelánea barbarie (fogonazos, bombas, destrucción…). Debajo, al pie, va apareciendo el subtítulo de cada verso en un idioma distinto.
Escribí hace poco que el mundo es ya una canica. Que una niña en Torreón esté pendiente del San Remo lo demuestra.

sábado, febrero 03, 2018

De burlas veras















Mi teoría sobre el uso de las redes sociales se basa en una idea que puede caber en la locución adverbial “de burlas veras”. Una locución adverbial es una frase que hace las veces, claro, de adverbio, es decir, modifica un adjetivo o un verbo. Doy dos ejemplos callejeros: “de perrote” y “a huevo”, locuciones que suelen modificar a los verbos “ir”, “estar” y “hacer”: “fui de perrote al cine” (la locución adverbial modifica al verbo “ir”) o “hice la tarea a huevo” (modifica al verbo “hacer”). Hay muchísimas locuciones adverbiales y de otros tipos, pero basten estos ejemplos para explicarlas.
“De burlas veras” es más culta. Suele ser usada para modificar al verbo “decir”: “lo digo de burlas veras”. ¿Qué quiere decir esto? Bien, hablar “de burlas veras” es hacerlo a medio camino entre la broma y la solemnidad, ni muy muy ni tan tan, que por cierto es otra locución. Así entonces, cuando escribo para las redes, esos cajones de sastre de la comunicación actual, lo hago zigzagueando entre lo serio y lo lúdico, tanto que a veces, sospecho, no se nota la delgada frontera entre un lado y el otro de la misma moneda.
Hace poco, por caso, aproveché una de mis ventanas internéticas para soltar esta cosa: “Se me ocurrió una idea que quizá puede funcionar. Es ésta: que los escritores hagan lo mismo que los luchadores cuando se retiran de la vida pública o cuando de plano mueren. Como sabemos, los luchadores que han envejecido, se han retirado o han muerto descubrieron que su nombre era en sí el negocio, de suerte que hay o ha habido Hijo del Santo, Blue Demon Jr., Espanto II, Doctor Wagner Jr., etcétera. Si los escritores hicieran lo mismo, tendíamos a Juan Rulfo Jr., al Hijo de Carlos Fuentes, Octavio Paz II, etcétera. No sería tan difícil que esos herederos (que pueden ser o no ser hijos directos) escribieran igual que sus padres, pues todo es que lean y relean la obra de sus predecesores hasta que se les pegue el estilo. Esto podrían reforzarlo con algo parecido a lo que sugiere Pierre Menard: que el epígono trate de vivir cierta vida afín a la del prototipo. Por ejemplo, que el Rulfo Jr. se dedique un tiempo a vender neumáticos Goodrich-Euzkadi por toda la república y luego encuentre trabajo en una dependencia de gobierno dedicada a los asuntos indígenas. Creo que así se garantizaría la perdurabilidad de los grandes escritores y sería más fácil y menos polémico asignar las becas del SNCA”.
Increíble, asombrosamente, algunos me reclamaron, pues les pareció una idea descabellada.