miércoles, noviembre 30, 2016

Examen



Estaba en la preparatoria y en aquellos tiempos sucedía ya que las secundarias federales padecían sobrepobladas por la escandalosa cantidad de sesenta alumnos, y a veces varios más, en cada grupo. Los exámenes, por eso, solían ser elementales, de unas pocas preguntas que permitieran al maestro la revisión más veloz posible. Estaba en mi segundo año y yo sospechaba desde entonces que las humanidades eran “lo mío”. Soñaba pues con dejar atrás, algún día, todo lo referente a la física y el álgebra, como al final ocurrió cuando opté por estudiar Derecho. En un examen de historia, una de mis pocas materias favoritas, cierto compañero de cuyo nombre no puedo acordarme me pidió entre dientes, desde el pupitre de atrás, que abriera el brazo para copiar la pregunta número ocho. La maestra no podía derramar su mirada vigilante en todo el salón, así que solía pedir ayuda a una secretaria o a quien fuera. Vi casos raros, como el de un profesor que llevó incluso al conserje de la escuela con tal de impedir que los alumnos copiaran. Diez minutos después yo tenía el examen concluido, pero con más desidia que generosidad, o no sé si miedo a que me descubrieran pasando las respuestas, esperé el momento oportuno para facilitar el trabajo de mi amigo. Entonces, lejos la maestra y distraída en una ventana su aburrida ayudante, abrí un poco la axila y dejé pasar la mirada de mi compañero. “Listo, la copié, listo”, me dijo con un susurro. Unos días después recibí un diez de calificación (los exámenes eran, como ya dije, simplísimos, tal blandos que un adulto con información mediocre podía responderlos en dos minutos). Pasaron varios días y llegó la calificación de la materia. Mi compañero recibió la suya y de inmediato me buscó para hacerme un comentario burlón: “Por tu culpa obtuve un 9 (nueve) de calificación”. Su única respuesta incorrecta fue la que me había copiado. Obviamente me desconcertó, pues yo saqué 10 (diez) final. Le pedí que me mostrara su examen, y allí estaba la razón de su 9. La pregunta solicitaba anotar las ciudades donde habían estallado las dos primeras bombas atómicas. Con lápiz, claramente, mi compañero había copiado y ésta había sido su respuesta: “Hiroshima y Nacozari”. 

sábado, noviembre 26, 2016

Boquete



















Llegó al cementerio en la madrugada, a las dos en punto. Con dificultad brincó la barda enana que lo separaba de los túmulos y afortunadamente pudo ver, gracias a una luna llena que parecía foco, la cuadrícula polvorienta de caminitos y el decorado escenográfico de lápidas y cruces que le recordó películas mexicanas de terror. Un perro ladró a lo lejos, y más lejos aún sonó el pitazo imperativo de un tren. La noche de noviembre ya no guardaba calor  ni mosquitos, sino un fresco que en mejores situaciones hubiera sido disfrutable. Avanzó con los ojos puestos en los árboles, atento al sitio convenido. Lo encontró junto al pinabete que lucía sus tristes greñas con un horror obvio en ese ámbito. Había alcanzado los sesenta y dos años con una enfermedad metida en el fondo de los huesos. El hoyo era de buen tamaño y, al parecer, tenía la profundidad suficiente para aislarlo de todo. Pensó en el pasado inmediato, en el lento o quizá no tan lento descenso hacia el abismo de la depresión. Poco a poco, sin quererlo pero también sin luchar en contra de ellos, los problemas se fueron acumulando a su alrededor. La pérdida del trabajo, el quebranto de su relación de diez años, la aparición del mal hospedado en su cuerpo cuando fue al examen de rutina… Todo venía a pique, trató de meter las manos pero pronto vio que era imposible. El cuerpo da hasta cierto límite, y el alma igual. Ahora ninguno de los dos estaba a modo para defenderlo: cuerpo y alma se mostraban ahora vencidos y no tenía caso oponerse al destino ya sellado. Todavía miró hacia el cielo. Vio la luna, unas nubes afiladas, las ramas lúgubres del pinabete, el caminito de tierra. Nada, no había consuelo en nada, ni arriba ni abajo. Se colocó al borde del agujero, sentado, y al empujarse un poco con las manos cayó como bulto, derrumbado en el fondo, quizá con el tobillo roto. En la cintura, metida en el pantalón, guardaba la pistola. La colocó de frente a su boca. Ahora no veía nada, sólo sintió la gelidez metálica del cañón por el que saldría su balazo. El panteonero había cumplido con el trato bien pagado de hacer el hoyo. Antes de dispararse deseó que ojalá y aquel hombre llegara con la aurora, callado y responsable, a recoger la pistola y reintegrar la tierra al boquete ya habitado.

miércoles, noviembre 23, 2016

Puntos












Todo comenzó con un pantalón nuevo. Adrián lo recibió como regalo de su novia y se puso contentísmo: “Es para la fiesta —le dijo Yosadara—, y luego ya sabes…”. El “ya sabes” iba acompañado de un guiño y era la insinuación de la promesa, largamente pospuesta, de entregarse en un hotel. Todos sus amigos ya habían pasado por ese aro de lumbre y Adrián se sabía rezagado. En las charlas de borrachos postadolescentes, por supuesto, no admitía su demora, desviaba el tema cuanto podía y cuando debía encararlo no dejaba de fanfarronear con falsedades. Creía ser convincente, pero en el fondo palpitaba su sospecha de que alguno de los cuates podía descubrir la triste verdad. Así que al mismo tiempo recibió el pantalón y el ofrecimiento de su novia: ahora sí, luego de la fiesta buscarían el sitio y ya, por fin, terminaría el misterio más grande en sus largos 16 años recién cumplidos. Sólo faltaban tres días y listo, sabría quién era Yosadara en cuerpo y alma. Llegó a casa, entró a su cuarto, se tumbó el pantalón viejo y por la prisa se le fue hasta el calzoncillo. Así, desnudo y con apuro entró en el nuevo. Se vio en el espejo y lucía perfecto, impecablemente negro. “Este será el pantalón de la victoria”, pensó. Sin perder alegría, con innecesaria premura bajó el zipper y allí ocurrió el desaguisado. La punta de su prepucio fue agarrada por los dientes de la cremallera y Adrián quedó inmovilizado. Sintió un dolor que llegó hasta sus ojos, que de inmediato se humedecieron. Quiso gritar, pero imaginó la entrada de su madre y sus hermanas, la bochornosa revisión. Como pudo se tendió en la cama y allí, inmóvil, esperó no sabía qué. Se fue la madrugada y en la mañana —ventajas de las vacaciones— oyó el llamado de su madre tras la puerta. Fingió, le dijo que quería seguir dormido, y así pasó todo el día. Aprovechó que la casa quedó sola para arrastrarse como gusano a la cocina. Tenía hambre, pero evitó los líquidos pues no quería orinar. Desesperado, un día y medio después dio un jalón al zipper que cedió dejando una herida en el pellejo. Sin remedio, su madre lo llevó al hospital y allí le pusieron cuatro puntos. Ya en casa, casi aliviado, recibió a Yosadara y ella decidió darle un adelanto: se desabotonó la blusa, se desabrochó el sostén y Adrián comenzó a gritar de dolor.

sábado, noviembre 19, 2016

Alianza














Bajé del camión y lo primero que se me ocurrió fue husmear por la ciudad, comenzar a conocerla pese a sus 38 grados. Así que esto es La Laguna, pensé. Tanto que me la platicó mi padre, oriundo de acá. El viejo todavía alcanzó a ser fanático del Santos, pero no me contagió, pues yo torcí hacia Chivas desde que estaba en la primaria. Mi padre festejó como loco el primer campeonato, allá por el 96, y un año después se nos adelantó. Desde entonces, para homenajearlo en secreto, quise echar una vuelta a su ciudad, a Torreón, pero jamás se dio la oportunidad hasta este día. En la empresa me comisionaron y no me hice del rogar, tomé el bus y nueve horas después llegué a la cochambrosa terminal. “Los primero es lo primero, mijo. Vaya al Torreón viejo, camine por la Casa del Cerro y échese una cerveza en el mercado Alianza. Allí empezó mi ciudad”. Eso hice. Sólo traía una mochilita de hombro y antes de buscar hotel se me ocurrió tomar un taxi hacia el “Torreón viejo”, como le decía mi padre. Cuando llegué a la zona comencé a culearme. Era un sitio espantoso, caótico, parecía un mercado de la India. Bajé de todos modos y erré sin rumbo. Me asombró la cantidad de perros callejeros, tantos como personas. También me asombró la cantidad de catarrines, todos tirados o sentados en la calle con su frasco de alcohol médico mezclado con cualquier refresco. Vi de lejos la famosa Casa del Cerro y me prometí visitarla con más calma. Luego me interné en un laberinto de callecitas con fruterías, carnicerías, queserías y todo lo que termine en ías. Hallé, por cierto, varías cervecerías semiocultas y por supuesto sórdidas. Vi una que además contaba con billares. Entré. Estaba sola, pero apenas me senté, comenzaron a poblarse las otras mesas. Supongo, por las fachas, que eran albañiles, jornaleros, raza de combate a ras de suelo. Sentí que algunos me miraban de vez en vez. El solo hecho de usar lentes era allí una diferencia sustancial. Pensé en beber sólo una Indio y salir, pero me gustó que estuviera harto fría y me tomé la segunda. Algo más me gustó: la música norteña de la rocola, triste y justísima para el lugar. Cinco horas después salí de allí, mareado y vagamente orgulloso porque le cumplí a mi padre: empecé a conocer Torreón por su comienzo. Luego pedí un taxi hacia cualquier hotel.

miércoles, noviembre 09, 2016

Jefe




















Me urgía un trabajo y compartí a mi primo la inquietud. Era un tipo cercano a dos o tres mandones, abierto y oficioso. “Le diré a don Óscar que te reciba; él podrá acomodarte en alguna chamba”, propuso. Don Óscar no, pensé, pero preferí no ponerme rejego. Confié en el tiempo, en los treinta años transcurridos. Fui pues a la oficina del viejo. Despachaba en un edificio de tres pisos, todo de su propiedad. Yo sabía que alternaba el negocio de los tráileres con la política, pero seguramente andaba en más asuntos. Estos sujetos jamás se quedan quietos, le tiran a todo. En la antesala me hicieron esperar más de media hora. De la mesita central tomé una revista para matar el rato. Era un pasquín servil al poder de turno y por supuesto hostil, casi brutal, con los enemigos. Por allí vi la foto de don Óscar en un templete donde él y varios como él levantan los brazos en señal de triunfo. Era uno más entre los pocos que se habían apoderado del municipio. Jamás perdían. La secretaria me hizo pasar y lo vi de espaldas, la mancha de pelo corto en su nuca y la calva como tonsura. Hablaba por teléfono, miraba hacia la calle. Esperé de pie a que el viejo me ofreciera asiento. Tres eternos minutos después se dio la vuelta y casi sin verme estiró la mano para señalarme el asiento. Siguió llamando. Capté que era una larga distancia, algo de comprar o vender camiones en Reynosa. Hablaba sin cuidar la información, fuerte y distendido. Colgó veinte minutos después y de inmediato recibió otra llamada. Era un colega suyo de la política local. Lo trató de compadre. Habló sobre una reunión. Mencionó un rancho. Especuló sobre una candidatura. Habían pasado treinta años desde que publiqué un reportaje sobre este gusano. En ese lapso perdí todo: la revista, la familia, el entusiasmo. El viejo colgó otra vez. Apenas lo hizo, le habló su secretaria. Salió de la oficina sin cerrar la puerta y me abandonó quince minutos más. Atendió de pie a uno de sus empleados. Al fin volvió, miró la pantallita de su celular, picoteó. Tomó asiento, barajó papeles sobre el fichero, habló: “¿Lo conozco?”. Respondí que no. “Bueno, da igual. Mire, tengo un puesto de velador. Si le cuadra, empieza hoy”. Volvió a sonar su celular. Mencionó unas inversiones en McAllen.

sábado, noviembre 05, 2016

Torre




















La “Figura 68” (Torre de radioemisión vista desde abajo, foto de László Moholy-Nagy) del libro Punto y línea sobre el plano, de Vassily Kandinsky, me perturbó. Se trata de una imagen en la que se entrecruzan varias vigas de metal, lo que configura un todo sin orden aparente. Es uno de los muchos elementos gráficos que Kandinsky suma a sus teorizaciones sobre el constructivismo. Lo cito por una razón: esa torre es idéntica a la que años atrás vi desde esa misma perspectiva y en la que supuse iba a perder la vida. Todavía hoy, muy frecuentemente, pienso en aquellas horas. Salí de la galería como a las ocho de la noche, y estaba a punto de llegar a mi Focus cuando tres hombres me cayeron por la espalda. Oí una voz y al mismo tiempo sentí una cosa fría y dura en el cuello, detrás de la oreja derecha: “No se mueva, no mire”. De inmediato acaté la orden. Una manaza me agachó la cabeza y caminamos a un vehículo. Sólo pude ver los zapatos de quienes me detenían. Me subieron y en todo momento indicaron que no mirara, que mantuviera el cuerpo encorvado. Conjeturé: era una confusión. Ese día llevé mi saco más elegante, pues recibiría al arquitecto Aranguren. Sin problemas cerramos el trato por dos cuadros que le gustaron mucho, y se fue. Noté que, bien observados, parecíamos parientes, por lo menos primos: el pelo largo, ensortijado y canoso, la misma estatura, el saco azul y la camisa blanca. Todavía contesté algunos mails en la galería, afuera se hizo de noche y al salir pasó lo que pasó. Era una confusión, sin duda. Nos detuvimos en un paraje oscuro. Me dejaron un rato en el coche y bajaron a deliberar. Oí que discutían, pero no entendí nada. Poco después me bajaron, caminamos un rato en la penumbra y llegamos a una torre. Me echaron las manos atrás, me amarraron a una pata de la torre y se largaron. Pensé que volverían a terminar con todo, pero no. Tuve mucho frío y sentí que en cualquier momento me atacarían las alimañas. Asombrosamente pude dormir, y amaneció. Durante la mañana vi la torre desde abajo, ya con la espalda tiesa de dolor. Cuando estuve seguro de que no volverían, me zafé del nudo. Todavía eché un vistazo a la torre y huí a tumbos. Hoy, dos años después, encontré la imagen del húngaro Moholy-Nagy y recordé todo con renovado horror.

miércoles, noviembre 02, 2016

Ganchos













Mi boleto era de la fila D en la zona verde, un buen lugar para ver la pelea de campeonato. No el más caro, por supuesto, pero sí cercano al ring. Se enfrentarían Ismael Burrito Gómez contra Alberto Misil Aguirre por el fajín de peso gallo del Consejo. Yo no tenía favorito, pero me inclinaba levemente a favor de Gómez sólo porque en teoría era el más débil. El título estaba vacante y se pronosticaba una pelea de órdago. Despaché las preliminares sin mayor emoción, dándole con gusto a la cerveza. Así llegó el pleito estelar y con él Isabel a la primera fila. Isabel lucía espectacular, casi una artista. Traía una falda brillosa, como de oro, untada a su descomunal derrière. Pese a sus cuarenta y cinco se conservaba como si dios no quisiera maltratarla, un cromo. Puedo asegurar que incluso estaba mejor que antes, cuando fuimos novios. Ya desde entonces, a sus veintitantos, era ambiciosa. Jamás dejé de pensar que, de hecho, me cortó porque aspiraba a más, pero no pude probarlo porque poco tiempo después consiguió un trabajo fuera de la ciudad y le perdí el rastro. Pasados los años, un amigo común me dijo que Isabel había pegado el brinco del barrio al paraíso, pues se agenció un millonario, un cacique de Zacatecas. En teoría eso no debía dolerme, pero lo hizo. Muchos años pensé lo mismo cuando el recuerdo me la traía a la mente: la perdí por falta de plata. Pero yo no estaba muy seguro de que ella estaba bien, feliz y orgullosa de ser la propiedad de alguien, una cosa. Ella y su mono llegaron pues a la primera fila y de inmediato noté la pleitesía del acomodador y de otros personajes: el tipo era tan importante que se daba el lujo de llegar hasta la última pelea y le respetaban los asientos. Isabel, insisto, lucía como actriz en alfombra roja, y su dueño era un bigotón de pelo en pecho, esclava en la muñeca y Stetson negro. Sus conocidos lo saludaban con respeto y frente a Isabel bajaban la cabeza. Sentí impotente rabia. Cuando comenzó la pelea, vi que el tipo le iba al Burrito, y entonces, de manera natural, cambié mi preferencia, me incliné por el Misil. Fueron suficientes dos ganchos para que el Burrito liquidara, por KO efectivo en el tercer asalto, al bulto Aguirre. Hay tipos que siempre ganan todo. El bigotón era uno de ellos.

miércoles, octubre 26, 2016

Dimensiones




















Caí preso por un fraude del que no me excusaré. Tampoco negaré que odio el encierro, la reclusión en este espacio gris, ajeno a cualquier mínima forma de la alegría y la misericordia. Es una cárcel mexicana al fin, y las cárceles mexicanas no se parecen a las gringas. En los documentales he visto que allá son también horribles, pero al menos parecen limpias, ventiladas, casi como severos hospitales. Acá no. Acá son opacas, pringosas, tienen el mobiliario siempre roto y huelen a sudor revuelto con desesperanza. Son muy tristes, y casi todos los que aquí habitan llegan mal, muy mal, y terminan peor, muy peor, a veces locos. Por eso, cuando vi que debajo de la cama el piso estaba flojo, rasqué con una cuchara y asombrosamente logré que se desmoronara la delgada plantilla de cemento. Tenía apenas un centímetro de grosor y por allí pasaba un túnel. Fue fantástico. Estaba muy oscuro, pero me la jugué. Logré colar mi cuerpo en el hoyo y de inmediato recorrí a gatas la penumbra. Supongo que avancé como cien metros o poco más, hasta que llegué a la salida, un hueco que resplandecía con violenta luz. Tuve miedo, pensé que del otro lado podría estar, no sé, el patio de la cárcel o algo así, quizá fusiles listos para acribillarme. Pero el horror al encierro fue más grande y me atreví a salir. Extrañamente, asombrosamente, me vi en un espacio abierto, fresco, pleno de árboles y flores. A lo lejos, un arroyo emitía el ruido de agua golpeando sobre rocas. Olía a paz. Pensé que era un sueño, y que pronto iba a despertar a la pesadilla de la cárcel, pero no: el hecho de pensar que era un sueño me hacía comprender que no era un sueño, que aquella fantasía era ahora la realidad. Sentí hambre y al lado apareció una mesa bien servida con mis platillos favoritos. Sentí frío y en mi espalda apareció un saco grueso, protector. Deduje que todo surgía nomás con pensarlo. Tuve ganas de ya saben qué, y apareció Bárbara Mori. Le dije que me esperara, que al menos permitiéramos el arribo de la noche. Se me ocurrió un plan: aparecerme a mí mismo, hacerme una réplica y mandarla a la celda. Y apareció mi otro yo, y lo mandé al túnel, a la cárcel. Mientras ese fantasma purgaría mi condena, yo iba a disfrutar de este nuevo mundo y lo compartiría con Bárbara. Sonreí.

sábado, octubre 22, 2016

Tijera
















El viernes a las cinco salí corriendo de la oficina, llegué a casa y en la maleta arrojé todo lo que pude para sobrevivir el fin de semana en Guadalajara. La inauguración de la nueva sucursal estaba programada para las nueve del sábado, demasiado temprano. Corrí al aeropuerto con la maleta hecha a las prisas, es verdad, pero procuré que el traje se conservara intacto en su estuche para no dar arrugadas lástimas al día siguiente. Al aterrizar no fue necesario ir a la banda, así que corrí a tomar el taxi que me llevaría al hotel. Hasta ese momento no había pensado en mi pelo con serenidad. Me lo toqué: sentí la cabezota de león, la greña de dos meses abultada sobre mi cráneo. La inauguración iba a ser cosa elegante, con muchas edecanes y mucho niñote fresa sonriendo ante las cámaras. Me iba a sentir mal, lo sabía, pues me desagrada hasta la depresión andar como palmera. Siempre me asombraron esos tipos que pueden usar el pelo largo y les sienta a modo, pero yo tengo de esas cabelleras y esas cabezas que sin poda no están “de verse”, como dice mi padre. El caso es que eran como las diez de la noche e iba en el taxi ya resignado a mi jodido look, cuando se dio una aparición maravillosa: vi abierta una peluquería. Estaba en una especie de barrio, y le ordené al taxista que de inmediato diera vuelta a la manzana. Bajé con mis maletas y entré: un joven con filipina blanca leía un tabloide amarillista en el sillón de peluquero. Pregunté que si había servicio y afirmó. Me senté y el joven comenzó a quitarse la filipina. Luego salió un anciano de una puerta sólo cubierta con un trapo. El viejo recibió un beso en la frente y el joven se marchó. Supuse que era su hijo. El viejo me colocó el mandil, preguntó “cómo”, dije “cortito, escolar”, y comenzó la operación. Noté con alarma que sus manos temblaban, que la tijera atacaba como avión de combate al lado de mis sienes. Pensé en el papelón del día siguiente: llegar trasquilado a la ceremonia. Quise huir, pero no supe cómo hacerlo, así que me resigné al desastre. A tijeretazos temblorosos, sin decir una sola palabra, el viejo terminó su labor. Cuando al fin estuve en el baño del hotel, sonreí: quedé como me gusta, mejor que nunca.

miércoles, octubre 19, 2016

Celular














Un hombre conduce con placer su coche del año. Deja que la tarde termine por consumirse y comience la oscuridad. Viene de regreso, va ahora a su casa luego de comprar un par de chácharas en la refaccionaria. En un semáforo ve que un conocido levanta el cuello como en busca de taxi. Le lanza el claxonazo y su conocido se aproxima. Dice que va para cierto rumbo y el hombre que conduce se anima a ofrecerle un aventón.  El tipo acepta, tira un silbido y detrás de un poste sale una mujer. El hombre que conduce no hace preguntas, deja que ambos suban y platica con su amigo. Por el retrovisor echa una ojeada sin curiosidad a la mujer, una cuarentona sin chiste, desmaquillada y con una liga en el pelo. Bajan como veinte cuadras después y el hombre que conduce sigue su camino. Disfruta de su auto, enciende el estéreo y busca la señal de su radiodifusora favorita. Está una canción que le gusta, la canta a gritos, feliz, y con ella llega a casa. Baja, deja el llavero en la mesita de la entrada y corre al baño. Allí, sentado, toca la bolsa de su camisa: no está su celular. Termina y va al auto: sabe que en la antebracera deja siempre su teléfono. Pero esta vez no aparece. Se asoma a los tapetes, debajo de los asientos, y nada. Piensa en su amigo. Él fue. Lo busca, lo encuentra y el tipo jura que al subir vio el celular en la antebracera, pero no más. Fue entonces la mujer. Lamentablemente no tiene su dirección exacta. Era una conocida que esperaba taxi hacia el mismo rumbo, y sólo sabe que se llama Esther. Dos días después da con ella. Le exige su celular, la amenaza con una denuncia. “Usted no conoce los contactos que tengo con la policía”. Ella acepta que robó el celular y dice que ya lo vendió. Se engalla. Él pregunta cuánto le pagaron. “Setecientos”, dice ella. “Recupérelo y le doy mil”. La mujer acepta. Se aleja hacia un laberinto de su barrio y vuelve diez minutos después. “Aquí está, suelte mi dinero”. Él duda: “Déjeme revisarlo”. Lo revisa, falta la memoria, lo más importante. “Le quitaron la tarjeta”, alcanza a decir. “Los mil o de aquí no sale el carro. Tuve que deshacer una venta, usted me metió en un problema”, amenaza la mujer. Él saca los mil pesos y se va antes de que todo termine en la tercera guerra mundial.

sábado, octubre 15, 2016

Tortillas













Éramos una horda de niños, siete de mi madre y el resto puros vecinos. Tocaron. Aquella tarde mi madre abrió la puerta y eran dos mormones, uno rubio, a todas luces gringo, y otro moreno, a todas luces de la raza de bronce, de los nuestros. Los dos jóvenes pidieron permiso para dar una plática y mi madre no halló motivo para negarse. Eran otros tiempos, no se le tenía miedo al extraño ni aunque fuera gringo. La visita nos pareció extraordinaria, tanto que de inmediato corrimos a pasar la voz entre los amigos de la cuadra. Sin saber cómo pasó, al rato ya estábamos quince niños en el patio, listos para escuchar a los encorbatados. Recuerdo que mi madre se ocultó en la cocina mientras el patio era un hervidero de expectación infantil. Todos queríamos oír al güero, saber cómo hablaba. Pasado un rato, luego de que el mexicano introdujo sin despertar nuestra sorpresa, el gringo dijo unas palabras y todos reímos: hablaba como Tiro Loco el de las caricaturas, el amigo del burrito Pepe Trueno. Con su cara de marinero perfecto, nos indicó que organizaría varios juegos. El único que recuerdo fue el de “Simón dice”. Consistía en hacer todo lo que indicaba el gringo, quien iba eliminando competidores si daba una orden y era ejecutada sin que antes de la orden dijera “Simón dice”. Los juegos siguieron y llegó la noche. Mi madre nos llamó luego a cenar, pero se refería a todos, incluidos los mormones. Jamás olvidaré los titubeos de nuestros visitantes, la sensación de que eran imprudentes al aceptar la cena. Mi madre los convenció, dijo que era algo sencillo, un bocadito preparado así nomás, a las carreras ante la repentina fiesta. No había sillas para tantos en la mesa de la cocina, así que cenamos de pie. Todos veíamos al gringo, era el único distinto entre los comensales. Cuando comenzamos a estirar la mano hacia el mantelito donde mi madre arrojaba, una tras otra, las suculentas tortillas de harina, el gringo tomó una, la dobló en taco, le dio una mordida y a partir de allí ya no pudo parar. Creo que se comió veinte y un vaso con leche, y en ningún momento dejó de elogiar el milagro que había hecho mi madre. Lo que el gringo nunca supo es que mi madre hizo ese milagro todos los días al menos durante treinta años. Así era. Tenía las manos infinitas.

miércoles, octubre 12, 2016

Drama













De alguna manera pensé con anticipación en esa posibilidad. Todo partió de una anécdota, cuando un actor me contó su “método”, por llamarlo de algún modo. Cuenta que le llamaban del banco para acosarlo por las deudas y que una vez, espontáneamente, se le ocurrió hablar como niño: “Bueno… mi papá no está… olvidó su celular…”. Lo hacía tan bien que desconcertaba a los agresivos mastines telefónicos, quienes a regañadientes terminaban cortando la llamada cuando el supuesto niño los envolvía con falsos titubeos. “Quiero seguir ese ejemplo”, me dije, pero no con voz de mocoso, que no me sale. Inventé entonces mi performance y esperé gozoso la oportunidad. Recibí la llamada de la compañía telefónica y aproveché, para entrenarme bien, que se trataba de algo más relajado: una oferta. “Le hablamos para informarle que tenemos un nuevo plan tarifario para usted…”. Impedí que añadiera más datos y comencé mi intervención: “Señorita, gracias por llamar. Usted será la última persona con la que hablaré: he decidido quitarme la vida…”. Yo sabía que ella iba a balbucear ante esta primera afirmación, pero que no cortaría porque estaba en riesgo su trabajo si dejaba solo a un cliente en la orilla del suicidio: “Señor, no, espere…”. Seguí: “Está decidido, señorita. Ya no puedo más… años y años cargando esta horrible sensación de fracaso, todo es irremediable…”. Silencio del otro lado, y continué: “¿Sabe cuántas veces he intentado salir adelante, sabe cuánto he luchado para librarme de este sentimiento? No, no lo sabe usted ni lo sabe nadie, señorita. Por eso ya, se acabó, basta. Nunca más volverán a echarme de un trabajo, las mujeres nunca más volverán a humillarme…”. Y ella habló: “No, señor, espere, espere…”. La interrumpí nuevamente: “Mire, señorita, ya no puedo esperar más. He llegado a un punto sin retorno [esta frase la oí en una película], a la decisión definitiva. Ya no hay poder humano que pueda detenerme y no siento ningún temor. Sé que sólo así terminará todo el maldito agobio que me tiene hundido desde hace tantos años. No hay remedio, hice lo que pude…”. Tenía preparada una palomita de pirotecnia y la encendí. Tronó. Del otro lado escuché el “Bueno, bueno, bueno…” que ahora disfruté, sonriente.

sábado, octubre 08, 2016

Minuto




















“Bien hecho, Pepetón”, dijo Toño mientras caminábamos hacia el jardín. Él deseaba tomar un poco de aire fresco, respirar un momento ahora que su hermana compartía la cena con el rector, segura ya ante la acechanza de los tiburones. Se llamaba Olivia y era asquerosamente bella. Traía una banda de miss sobre un vestido rosa que se le pegaba al cuerpo. Había obtenido un segundo lugar en el concurso estatal y yo no daba crédito: si Olivia era eso, cómo estaría la que ganó. Todos, por supuesto, la habíamos visto en fotos, pues triunfó en la zona regional antes de participar en la finalísima donde quedó a un pelo del primer lugar. Las fotos no son lo mismo, como pude comprobarlo cuando llegó al salón de fiestas. Yo recogía boletitos parado en la puerta como uno más de los organizadores. Era el baile de coronación en la universidad y Olivia había sido invitada. Su hermano Toño, mi amigo, logró sin batallar que el rector y la sociedad de alumnos aceptáramos la presencia de la “miss profesional”. Cuando vi que ella caminaba hacia la entrada supe que estaba viendo algo inolvidable. Y lo era, si no cómo explicar que más de treinta años después yo recuerde aquel momento como si lo estuviera viendo: Olivia tomada del antebrazo por su hermano, altísima en unos zapatos de aguja y el pelo exuberante y algo rizado y azabache cayendo sobre unos hombros perfectos. Luego, cerca, los ojos gigantescos y alegres y la sonrisa enmarcada en labios escarlata bajo su naricita de pellizco. Pasó la puerta, Toño me la presentó y no supe si recogí o no los boletos. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida y la admiré como correspondía: desde abajo, desde la más rotunda imposibilidad de alcanzarla. Poco después de que Olivia pasó, recordé mis preparativos. Yo había buscado un traje para la fiesta y con los pocos pesos que pude juntar sólo me alcanzó para uno verde-musgo de Milano. Mal cortado, tenía el tiro tan abajo que sentía caminar como si trajera el pantalón de Cantinflas, a medio culo, siempre a punto de caer. Poco después ocurrió un milagro. Toño, no sé por qué, llegó apuradamente y me llevó a un extremo de la pista, colocó mi brazo a modo para que Olivia me usara como chambelán improvisado. Un instante después, recorrí la pista junto a ella con la marcha triunfal de Aída. Fue lo más cerca que estuve jamás de la belleza total. Duró un minuto y sé que aquello ocurrió porque yo no representaba ningún peligro para Olivia.

miércoles, octubre 05, 2016

Gallina












Lo que cuento es real. Andaba en Nueva York con mi amigo Fabián Vique, argentino, cuando vimos una gallina por la quinta avenida, muy cerca del hotel donde paramos para asistir a VI Encuentro Internacional de Literatura Surrealista organizado por la Universidad de Miami Campus Minnesota. El caso es que caía la tarde, íbamos de regreso al hotel y vimos la gallina. La seguimos, intrigados por su paso seguro y la certeza de que sería apachurrada por algún brutal neumático. La gallina, sin embargo, hacía alto en las esquinas, esperaba el rojo, avanzaba como si conociera todo el mecanismo de la vida en esa urbe. Vimos que entró a un bar, que con inglés perfecto pidió una cerveza y que bebió en paz, como burócrata cansado frente a la barra. Nosotros aprovechamos para pedir un par de Heinekens hasta que, por fin, la gallina pegó un salto desde el asiento alto y sin respaldo, y salió entera, campante. Fabián y yo no lo creíamos. Fuimos con el cantinero y le dijimos que aquello era insólito. El bárman, un joven de evidente origen puertorriqueño, respondió: “Jajaja, es lo ma nolmal, en Nueva Yolk ya nada nos asombla. Jajaja”. Poco después seguimos bebiendo y no sé si fue el asombro o fue el cansancio lo que nos mantuvo en silencio. Al bar entraban personajes de todas las calañas, como se ve en las películas. No faltó el tipo solitario, la mujer con facha de resbalosa, el grupito de amigos que chocan tarros porque seguramente les ha ido bien en un negocio. Cuando todo parecía haber regresado a la normalidad, la gallina volvió alpub, caminó entre algunas mesas y alcanzó el baño. Tardó un rato en salir, pero daba la impresión de que nadie la había visto, de que nadie se asombraba ante esa realidad que sólo por encima parecía graciosa y era lo contrario. Tras un rato de expectativa, la gallina salió oronda del baño y volvió a tomar la calle sin perturbar a nadie en el bar y sin que nadie la perturbara. Fabián, al margen de toda exaltación, con su habitual serenidad, resumió la escena en forma de microrrelato clásico: “No sé si somos nosotros soñando una gallina en Nueva York o una gallina en Nueva York soñando con nosotros”.

sábado, octubre 01, 2016

Vuelos
















La mañana de su salida era fresca, muy soleada, andaluza al fin. No parecía entonces el marco ideal para su pesadumbre. Tres días antes había recibido la noticia. Es la última oportunidad, Marco, trata de venir. Su hermana menor tenía la voz imperiosa y resignada de quien regaña sin miedo porque no siente tener autoridad. Ven a verla, trata de viajar, por favor. Marco se sentía culpable, por supuesto, pero ya en otras ocasiones había recibido esa misma o casi esa misma llamada de su hermana y no pasaba nada, su madre seguía asombrosamente viva. Pero ahora era distinto, y Marco lo sabía. Su madre tenía noventa años, estaba ya en la orilla de la vida, o quizá más allá. Cómo volver, se preguntaba Marco. Cómo volver después de treinta años en cualquier parte —Bulgaria, Italia, España, daba lo mismo— y lejos de mamá. Recordó que a los cinco años de no haber regresado comenzó a sentir vergüenza: qué podía decir cuando la viera nuevamente. Un poco ciertas y un poco falsas, comenzó a inventarse excusas. El viaje es muy caro y no me ha ido bien. Apenas acabo de acomodarme en un nuevo empleo y no es prudente pedir permiso. Tres llamadas al año, esa era la cuota: dos para los cumpleaños y una para la navidad. Así, asombrosamente, sin piedad y como suele evaporase el tiempo, pasaron veinte, treinta años sin volver. Tuvo incluso que inventarse una identidad falsa cuando llegaron las redes sociales, pues le daba pena que lo vieran bien adaptado al extranjero. No supo cómo, pero tomó la decisión: viajaría. Sacrificó unos ahorros guardados para viajar a Rusia y tomó el tren a Madrid. Luego, en otra mañana soleada, el avión a México. Llegó de noche y le asombró el caos. En los ochenta el DF todavía no estaba así. Temprano, tomó el vuelo a La Laguna y al final lo recibió el brutal calor seco de junio. Su hermana lo esperaba con un abrazo. Subieron al Volkswagen, Marco vio fugazmente otra ciudad, aunque todavía polvosa y fea. En unos minutos llegaron a casa. Mamá estaba en su cuarto y él avanzó solo, temblando. Al verlo, su madre —tendida en la cama como una vara seca—, extendió el brazo casi sin levantarlo y con voz apenas audible dijo tres palabras: hijito, pequeño, ven. Marco no pudo decir nada. Se acercó llorando.

miércoles, septiembre 28, 2016

Confidente




















Me dijo que aquel chaparro le dijo sí, amigo, lo felicito por su esposa, es una dama inteligente y guapa, muy distinguida, y me dijo que al tipo se le veía a leguas una necesidad de remarcar eso porque se sintió descubierto. Me dijo que el gracioso había llegado recientemente a trabajar en la misma oficina, que se puso tenso al elogiar, o sea, que le gustaba su mujer, la mujer de mi amigo, quiero decir, y que por eso escogió uno de los dos caminos que se tienen cuando un tipo es descubierto merodeando a una mujer ajena. Sí, tomó el camino del elogio abierto, porque el otro es el del silencio culpable. Así que por eso dijo tu mujer es una gran compañera, y agregó que responsable y cordial, no cabe duda de que te sacaste la lotería, pocos hombres tan afortunados como tú. El tipo tenía apenas dos meses en la oficina, era un empleado menor, pero de todos modos tuvo arrestos para animarse a platicar con la secretaria ejecutiva e intentar algo, lo que fuera con tal de verla. Ella es abierta, platicadora, un pan, y le dio entrada sólo por urbanidad, lo sé, pero el tipo se emocionó y quizá alcanzó a imaginarse un futuro en el que podía tener algo que ver con ella. Pobre. Tras recibir su primer pago le regaló un libro de superación personal, de esos firmados por un tal Coelho que no valen ni el papel en el que están impresos. Hasta ahí no pasó nada, pero luego le obsequió un disco con los hits de Roberto Carlos. Como que le gustaba regalar brasileños, pero una cosa es obsequiar un libro chafa y otra muy distinta los hitazos de Roberto Carlos. El tipo quería avanzar. A la tercera quincena cometió un error. Un libro y un disco pueden ser disimulados en el bolso de mano, pero no un ramo de flores. Lo que el chaparro no sabía es que ese viernes mi amigo pasaría por su mujer, y que al enterarse iba a pedir que le presentaran al generoso pretendiente. Fue allí cuando el tipo quedó desarmado y dijo lo que dijo: te sacaste la lotería y blablablá. Todo eso dijo mi amigo mientras yo pensaba en su mujer, en el viernes de la semana pasada, en aquel hotelito donde ella no perdió tiempo pensando en su marido, mucho menos en el estúpido compañero de oficina que la asediaba sin una miserable posibilidad de éxito.

miércoles, septiembre 21, 2016

Erudición














Faltaban diez minutos para la salida del camión y saqué el libro, una novela que a la mitad ya amenazaba con hartarme. No era temporada alta, así que la sala de espera, hedionda como siempre a una mezcla de cloro con orines, lucía casi despoblada. Leí un par de páginas y la novela no mejoró. Casi decidí cerrarla cuando a mi lado apareció un tipo andrajoso. Tuvo la prudencia de dejar un asiento libre entre los dos. Poco después torció la cabeza para tratar de leer la portada de mi libro. Lo hizo descaradamente, como si yo no estuviera allí. Para que no se aproximara más, adrede giré un poco el libro y logré que leyera bien. Noté que era débil visual, tenía los ojos acuosos y cansados, azules tirando a grises. No quise preguntarle nada por temor a que permaneciera allí, pero él fue quien habló. “Yo también leo”, dijo. “Bueno, ya casi no, ayer mataron a un perro pero en el mercado venden fruta”. Dijo lo del perro y se quedó pensando. No era necesario que añadiera algo más para saber que estaba loco. Tuve el deseo de que se largara o de moverme de lugar, pero otra vez habló: “Dante escribió la Divina Comedia que está dividida en tres partes. Lo que más me gusta es que Agamenón sale allí en su caballo Rocinante y viaja hasta la Patagonia con Jean Valjan. Sin embargo, Cristóbal Colón navegó veinte mil leguas de viaje submarino para llegar a Canadá, pero luego se casó con Sor Juana Inés de la Cruz y todo se fue al carajo. Por eso Lorca no lo perdonó y le dio muerte en Venecia para después quedarse con el efebo”. Yo no decía nada, lo dejé conferenciar con una mezcla de asco y fascinación. “¿Usted está de acuerdo en que a Tolstoi le den una beca estatal? No, señor, Coahuila no está para eso. En dicho caso que escriba más, la segunda parte de Madame Bovary pero esta vez que la ubique en Viesca. Los que ya estamos cansados de Nabocov no lo queremos como alcalde. Aquí tenemos muchos problemas, señor, y si ese tipo no pudo mejorar la vida de Macondo, es imposible que logre hacer algo bueno por el atletismo”. Me salvaron las bocinas, la salida de mi autobús. No dije nada, sólo le extendí el libro y él lo tomó. “Ayer mataron a un perro…”, rumió y creo agregó lo de la fruta.