sábado, mayo 16, 2009

La viejo y el relato del crimen



Su poder se nota en el repentino silencio de los medios. Ante el hecho escandalosamente inédito, y por tanto noticioso, de que un ex presidente sacara trapos sucios de otro ex presidente, muchos se desvivieron por desactivar la bomba con simple silencio o con tres estratagemas recurrentes: 1) ambos personajes tienen larga cola y, por ello, quedan inhabilitados para criticarse entre sí; 2) De la Madrid está mermado de sus facultades y todo lo que diga raya en el delirio senil; y 3) a los informativos mexicanos de mayor peso les importa más un crimen político en Guatemala —lo que con video o sin video ocurre a diario en todo el mundo— que los dichos de un mexicano poderoso que habla sobre otro aún más poderoso y puede dar tela para debatir sobre la caída de un sistema, sobre viejas y trucadas y multimillonarias privatizaciones, sobre cientos de muertes de perredistas durante un sexenio, sobre un magnicidio en Tijuana, sobre el asesinato en el DF de un líder del PRI, sobre un levantamiento armado en Chiapas, sobre tratos con el narcotráfico, sobre hermanos incómodos y sobre un montón de trastadas más. Pero no. Con una diligencia asombrosa se le dio vuelta a la hoja y como ley de Newton fue aceptado lo expuesto en una carta por el “ofendido”. Cuál dictamen médico, cuál necesidad de peritaje sobre la salud mental de De la Madrid: bastan unas palabras del Innombrable para dar por hecho que en la entrevista de Aristegui asistimos a las confesiones de un ruquito deschavetado.
Pero, oh maldita lógica, lo que todos oímos no anda tan descaminado de lo que en general es aceptado como cierto en nuestro país. Los que escuchamos a De la Madrid somos concientes de que ya no es un orador demosténico, sino un anciano de voz cascada, pero en ningún momento habló de elefantes rosas, de tinas de baño voladoras o de árboles con corbata, sino que afirmaba o negaba tranquilo y categórico a las preguntas de la periodista, además de enunciar frases cortas y lapidarias que lejos de parecer obtusas o alucinadas parecían salir de la más cruda lógica: “Cometió muchos errores serios; el peor, la corrupción”. ¿Hay en esas palabras un elefante rosa?
Las acusaciones permanentes acerca de la permanente intromisión de Salinas en la vida política actual torna importante, al menos desde el punto de vista informativo, lo que diga quien lo llevó a la presidencia. Es tan importante que si fuera un loco de todos modos valdría la pena oírlo, como hizo Emilio Renzi en el cuento más famoso de Ricardo Piglia, “La loca y el relato del crimen”; allí, una loca callejera ve un crimen de putas y padrotes. Cuando la escuchan en la policía, dice una sarta de estupideces, pero Renzi, periodista policial por accidente, conjetura lo que sigue: “En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde, ¿se da cuenta?, un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada”. O sea, hasta un loco, si lo hay, sirve para esclarecer delitos.

viernes, mayo 15, 2009

Premio a Claudia Berrueto



Claudia Berrueto es poeta y actualmente trabaja para la coordinación editorial de la Universidad Autónoma de Coahuila, área en la que lucha contra viudas y huérfanas junto a nuestro común amigo Gerardo Segura. Nació en Saltillo en 1978, y la razón por la que da gusto hablar sobre ella en esta entrega es que hoy recibirá el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2009 convocado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de aquella ciudad fronteriza.
Claudia ganó con el poemario Polvo doméstico, dictaminado por los jurados Alfonso René Gutiérrez, Edmundo Lizardi y Víctor Soto Ferrel, quienes emitieron el fallo el primero de mayo de 2009; Polvo doméstico fue uno de los 129 poemarios recibidos en el IMAC y provenientes de 25 estados de la República. Las palabras asentadas en el dictamen sólo insinúan la calidad de la poesía que escribe Claudia, pero son suficientes para trazarnos una idea general sobre la orientación de su propuesta artística: “Elegimos esta obra por su inteligente inmediatez retórica y su concreción de imaginario, cualidades que le confieren una especial frescura lírica”.
La ganadora es licenciada en Letras españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Fue becaria del FECAC en el área de poesía (2003-2004) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2005-2006). Tercer lugar en el concurso de poesía Manuel Acuña (2006). Colaboradora del colectivo lagunero NIT. Noche y poesía. Textos suyos han aparecido en diversas publicaciones a nivel nacional. Antologada en Pensar con los ojos abiertos II (UA de C), Anuario de poesía mexicana 2006 (FCE) Muestra de Literatura joven de México (FLM), La mujer rota y Del silencio hacia la luz. Mapa poético de México. En el fondo una mantarraya es su primer libro y fue publicado por la editorial coahuilense independiente Gota de agua. Actualmente trabaja en la Coordinación editorial de la UA de C.
Más allá de lo que pueda decirnos una ficha biográfica, Claudia es uno de los valores indiscutibles de la literatura coahuilense, de la grande y entusiasta buena hornada de los nacidos entre 1975 y 1980. En lo personal, he trabado amistad con ella gracias a los mutuos afanes relacionados ora con la difusión literaria, ora con la edición de libros de las colecciones que publica la UAdeC. En todos los casos, la limpieza de su trato y su inteligencia siempre despierta me han llevado a conocerla también como poeta. No dudo que este primer premio nacional anuncia la llegada de Claudia a los territorios de la madurez literaria. Es joven, tiene experiencia académica y formación de buena lectora, así que podemos esperar de ella sólo buenos frutos. La felicito entonces, me apersono como metáfora en la premiación tijuanense y le reitero desde aquí que ha hecho muy bien en ser escritora.
Comparto dos poemas del libro ganador. “Mi padre y su diamante”: “a mitad de semana lo recuerdo / se ajusta una cachucha imaginaria frente al espejo / listo para salir a conectar la bola o un foul. / hay tardes en que llega suspendido por la lluvia, / otras, ponchado y aventando el bat, / pero muy pocas con el eco de un home run en su sonrisa. // todos los domingos me persigue / y lo veo barrerse antes de llegar a tocarme. / mi memoria es de spikes y almohadillas, / en ella viven mi padre y su diamante”.
“bravo 561”: “una casa en ruinas canta mi amor / mientras es marcada por la persistente furia del agua. // escuché su canción de madera trozada y húmeda; / mi amor cantando desde el centro del último cuarto, / llamándome con todos los muros de estas ruinas; / un cuerpo hecho de promesas / tocando mi hombro desde el abandono. // la casa que se desintegra / canta mi amor / hoy pasé delante de su puerta / y regresó la tromba / oprimiéndome contra el suelo / tallando líneas de agua / en mis huesos”.

jueves, mayo 14, 2009

La crema de la crema



No todos los días pasa que un ex presidente declare contra otro ex presidente. Menos, que el de la voz (uso la jerga pertinente para tratar asuntos de la delincuencia) hable contra quien fuera su sucesor. Y menos aún, que los comentarios surjan de Miguel de la Madrid y vayan dirigidos contra Carlos Salinas. Estamos pues ante la presencia de un hecho inédito en el México del pripanismo: aunque muy a destiempo, De la Madrid rompe una de las reglas más respetadas del sistema, el silencio total en torno a la figura de su sucesor. Algo grande debe estar moviéndose en las más altas viscosidades del poder para que de repente se dé una exhibición de trapos al sol como la que ya estamos viendo.
Las declaraciones de Miguel de la Madrid se dieron ayer en el programa de radio de Carmen Aristegui. Allí, la envejecida voz de quien nos gobernó de 1982 a 1988 suelta la sopa sobre el hijo predilecto de Agualeguas. Para De la Madrid, Salinas terminó “muy mal” su sexenio y fomentó entre su familia una “gran corrupción”. Además, dijo que Raúl, el hermano eternamente incómodo, entabló nexos con el narcotráfico. Añadió que “en aquel entonces no tenía elementos de juicio sobre la moralidad de los Salinas, que de eso se dio “cuenta después”, y que se equivocó al designarlo como sucesor. En conclusión, el también ex director del Fondo de Cultura Económica manifestó que se sentía decepcionado de Salinas sobre todo en el punto de su “inmoralidad” para manejar dinero.
Más de veinte años tardó De la Madrid para abrir el pico y referirse así a Salinas. El argumento de que no tenía elementos de juicio es, por supuesto, un decir, dado que tales elementos fueron un secreto a voces durante todo el salinismo y rayaron en el escándalo cuando aquel sexenio concluyó. La demora obedece, más bien, al silencio que se impone como obligación a los ex presidentes, ese mismo silencio que guarda Calderón sobre Fox y que en general han observado todos sobre todos, hasta ayer. Lo importante aquí, más que la evaluación de aquellos dos sexenios perdidos, es lo que significan en el presente, el oscuro flujo y reflujo de fuerzas políticas que avanzan, retroceden, atacan y se repliegan en la turbulencia de procesos electorales cada vez más contaminados por componentes perversos.
La presencia de Salinas en el poder es innegable desde 1985 u 86, si no es que desde antes. La niegan sólo quienes no desean verla, pues es un hecho que Salinas ha actuado de mil formas en el zedillato, el foxato y ahora en el calderonato. Lo más evidente es, claro, el peso que ha tenido en la ubicación de cuadros de su establo dentro de posiciones estratégicas. Luis Téllez, por ejemplo, era/es uno de tantos hombres al servicio de Salinas, de ahí que cayera como bulto luego de sus telefónicas patadas al pesebre. Por eso muchos (me incluyo) pensamos todavía que el personaje más nocivo para el país en el último cuarto de siglo es el padrino de baja estatura, calvo y de maneras sobrias y calculadas, esa eminencia gris del maquiavelismo elevado al cubo.
Hoy, con los dichos de De la Madrid sobre el tapete, no queda sino confirmar, por si hiciera alguna falta, que hemos sido gobernados por verdaderos capos, que detrás de todo ha estado nada más ni nada menos que la mano que mece la patria, ese hombre asombroso en más de un sentido, pues ha sido capaz de atravesar sexenios y sexenios en silencio o con fugaces apariciones públicas. Por eso ahora es fascinante saber de sus trotes gracias a un ex colega suyo. Pregunta Aristegui: “¿Cómo un presidente puede robarse la partida secreta?”. Contesta De la Madrid: “Porque es secreta”. Imaginemos todo lo que es secreto en la vida de un presidente. Eso y muchísimo más es lo que ultraja al país, lo que nos tiene donde estamos. La crema de la crema en materia de corrupción e impunidad ha comenzado, en suma, a derramar el tepache. Conviene que nos preparemos para lo peor.

miércoles, mayo 13, 2009

Porcino complot



Si no fuera trágico, sería cómico lo que ocurre con buena parte de la prensa mexicana. Lo que antes fue motivo de burla, indiferencia o descalificación, ahora es una especie de verdad a la que de todos modos no hay que ponerle mucha atención, pues ya es cosa del pasado. Bonita memoria histórica, pues. Por eso nos ha ido como nos ha ido y ahora nos va como nos va, porque tenemos la extraña costumbre de manejarnos con la historia lejana y cercana con una ligereza que frisa en lo caricatural. Me estoy refiriendo, claro, a la conspiración del eje Salinas-Fox para acabar con un enemigo peligroso, lo que en aquel momento fue denominado complot y para muchos comunicadores resultó algo así como el petate del muerto; aquel complot hoy es todo, menos una fantasmagoría de la cual podamos reír, sino una verdad que nos obliga a vomitar ante el comprobado estatus excrementicio de la polaca mexicana.
Dije la semana pasada que el libro de Ahumada había levantado ampolla en medio de la influenza porcina, y aseguré que el tema iba a durar unos días más en la marquesina informativa. No era necesario tener dotes nostradámicos para saber eso, pues resultaba evidente que un asunto en apariencia enterrado se mantiene vivito y ladrando: ese asunto es, sin pelos, el del fraude electoral. Se dijo mucho que sí, que no, que quizá; la aseveración de que hubo fraude pasaba por el argumento de la conjura: varios interesados en el descarrilamiento de la opción mejor encaminada acordaron hacer pedazos a un candidato y aprovecharon ilegal, impúdicamente toda la fuerza del Estado para lograrlo. En la conjura se dio algo que parecía demasiado bien coordinado para ser espontáneo: el armónico vocerío de muchos opinadores que, como siguiendo un libreto, aprovechaban las pifias más insignificantes del blanco para dispararle todo tipo de dardos. Al final lograron su propósito, pero por un margen que no dejó dudas sobre las dudas, esas que siguen vigentes hasta la fecha y que de alguna manera se han ido difuminando, para convertirse en barruntos de certeza, con las truculentas revelaciones del empresario corrupto y corruptor.
Al final, no me asombra tanto que se vaya sabiendo una verdad que para muchos ya lo era con o son libro polémico mediante. Lo que asombra es que antes, en los tiempos del bombardeo, muchos se rasgaban las vestiduras y reclamaban respeto a la “institución presidencial” cuando un candidato cometía (¡oh, oh y mil veces oh!) el tremendo error de decirle a Fox “¡Cállate, chachalaca!” y reían cuando ese mismo candidato boquisuelto, apodado jocosa y krauzeanamente “mesías tropical”, insinuaba que todo era un complot, hoy digan tan poco y como si no fuera grave que un ex presidente diabólico y un ranchero horroris causa que simulaba ser presidente estuvieran metidos hasta el coño en una jugarreta a todas luces putrefacta. Me extraña, de paso, que figuras repugnantes como la de Diego Fernández de Cevallos, lesivas por añales al mismísimo tuétano del país, no reciban programas especiales, columnas, revistas enteras o calificativos como el de “mesías empresarial”. Pues no, eso no, lo que lleva a conjeturar que entre los opinadores y los corruptos hay un pacto de no agresión o agresión insulsa, casi casi manita sudada, connivencia en los dichos y en los hechos.
Los opinadores han diluido el efecto Ahumada con cuatro maniobras: 1) generalizar la culpa: todos son corruptos, o sea que da lo mismo lo que diga Ahumada; 2) rozar lo que antes negaron: decir de pasadita que sí hubo complot, como si fuera peccata minuta aunque en el fondo sea la razón de ser del actual gobierno con pecado original concebido; 3) desacreditar a la fuente: Ahumada es una basura, ¿para qué hacerle caso? 4) cruzar el pantano sin mancharse: escribir y hablar como si no fueran parte de, como habitantes de un Olimpo al que no pueden acceder los anzuelos del poder político. Así que, como dicen los españoles: ¡joder!

domingo, mayo 10, 2009

Madre sólo hay dos



A estas alturas del partido creo que no hay quien pueda dar lecciones creíbles de civismo, pero nunca está de sobra echarle un vistazo, aunque sea de lejecitos, al concepto que uno abraza de patria y patriotismo. Escribo para este día de las madres porque pretendo contradecir el lugar común de que madre sólo hay una; no, madre sólo hay dos, la que nos parió y la otra, más grande, a la que solemos llamar patria (del latín patrĭa, patris, tierra paterna) y que sería mejor denominar matria, lo que hace oximorónico decir madre-patria y pleonástico madre-matria. Sea como sea, madre sólo hay dos, en mi caso doña Catalina Vargas, la jefa del mal hijo que esto escribe y desea no defraudarla, y México, la matria de este muy mediocre mexicano que siempre quisiera ser más masiosare de lo que es.
El viernes pasado escribí, como todo mundo ignora, un texto en homenaje de José Emilio Pacheco; lo hice por el setenta aniversario de su nacimiento, celebrado en abril, y porque recién fue galardonado con el premio Reina Sofía. En aquellos párrafos aproveché para citar, por enésima, su poema “Alta traición”, y como tengo fe en que los lectores me leen, se decepcionan y nunca vuelven, ahora lo reitero: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos”. Ese puñado de versos condensa lo que, sospecho, debe ser la patria de los escépticos: un lugar concreto, asible, visibilizable, no la entidad inalcanzable que en los libros de texto ostenta un “fulgor abstracto”. Creo coincidir con esa idea de patria, pues, como Pacheco, cometo la alta traición de querer al suelo donde he nacido y sentir que inmensa nostalgia invade mi pensamiento cuando por alguna razón me alejo mucho de él, de esta patria o matria chica que es La Laguna, el Nazas, los cerros calvos, los pinabetes feos y terrosos, ciertamente, pero nuestros, pero míos.
En registro inflamado, el “Credo” de Ricardo López Méndez, el “Vate”, camina un derrotero más popular que sin duda lo torna llegador, sentimental como canción de radio y si duda auténtico en su arrebato por el orgullo de la mexicanidad: “México, creo en ti como en el vértice de un juramento, / Tú hueles a tragedia tierra mía, / y sin embargo ríes demasiado, / acaso porque sabes que la risa, / es la envoltura de un dolor callado. (…) México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la X, / que algo tiene de cruz y de calvario, / porque el águila brava de tu escudo, / se divierte jugando a los volados, / con la vida y a veces con la muerte. (…) México, creo en ti, porque eres el alto de mi marcha, / y el punto de partida de mi impulso, / mi credo, ¡patria!, tiene que ser tuyo, / como la voz que salva, / y como el ancla”.
Anterior al poema anterior e indiscutiblemente el mejor producto literario de temática mexicanista, “La suave patria” de Ramón López Velarde trabaja con la arcilla de lo cotidiano, de lo inmediato, y borra hasta donde es posible los rastros de ese patriotismo (o patrioterismo, no sé) que varios años después Pacheco juzgará abstracto. A la peculiar observación del entorno íntimo como concreción de la patria, López Velarde aduna la espectacularidad de sus inusitados adjetivos de sulfato de cobre y el encanto casi matemático de sus rimas. Es un poema abrumadoramente hermoso, el mejor: “Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro, / alzo hoy la voz a la mitad del foro, / a la manera del tenor que imita / la gutural modulación del bajo, / para cortar a la epopeya un gajo. / Navegaré por las olas civiles / con remos que no pesan, porque van / como los brazos del correo chuan / que remaba la Mancha con fusiles. / Diré con una épica sordina: / la patria es impecable y diamantina. // Suave Patria: permite que te envuelva / en la más honda música de selva / con que me modelaste por entero / al golpe cadencioso de las hachas, / entre risas y gritos de muchachas / y pájaros de oficio carpintero. (…) Sobre tu Capital, cada hora vuela / ojerosa y pintada, en carretela; / y en tu provincia, del reloj en vela / que rondan los palomos colipavos, / las campanadas caen como centavos. / Patria: tu mutilado territorio / se viste de percal y de abalorio. / Suave Patria: tu casa todavía / es tan grande, que el tren va por la vía / como aguinaldo de juguetería. (…) Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía, / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería. / Cuando nacemos, nos regalas notas, / después, un paraíso de compotas, / y luego te regalas toda entera, / suave Patria, alacena y pajarera. (…) Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito. / Inaccesible al deshonor, floreces: / creeré en ti, mientras una mexicana / en su tápalo lleve los dobleces / de la tienda, a las seis de la mañana, / y al estrenar su lujo, quede lleno / el país, del aroma del estreno. / Como la sota moza, Patria mía, / en piso de metal, vives al día, / de milagro, como la lotería. (…) Suave Patria: vendedora de chía: / quiero raptarte en la cuaresma opaca, / sobre un garañón, y con matraca, / y entre los tiros de la policía...”.
En “Luvina”, el cuento de Rulfo, un profe charla con los pobladores del pueblo moribundo que da título al relato; en ese breve diálogo descansa una lección: no debemos confundir a la patria con el mugroso gobierno: “Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! —les dije—. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará’.
‘Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
‘—¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
‘—También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
‘Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre’”.

sábado, mayo 09, 2009

Derecho de vómito



Sin el libro a la mano, con las puras referencias y fragmentos de los periódicos, me he dado ya una idea, como tantos en el país, de lo que contiene Derecho de réplica, el libro de Carlos Ahumada que esta semana ha levantado ampolla y amenaza con durar unos días más en la cresta informativa, casi como si fuera influenza porcina, pero sin influenza (aunque sí, y mucho, con el factor porcino en medio). Cualquier lector sabe que cualquier columnista bien nacido se acostumbra a no hacerle gestos a la putrefacción, pues ella abunda y es, de hecho, el pan noticioso de cada día. Sin embargo, hasta en materia de vómitos hay niveles. He leído, como digo, algunos fragmentos del engendro ahumado y, considerada para su eliminación la dosis de mentira que esa cosa pueda contener, lo que queda es un muestrario de asquerosidades inimaginable hasta en los trochiles más inmundos.
El relato pormenorizado de quien en su momento disfrutó el mote de “gran corruptor” no les despeinará un solo pelo a quienes, pasados los años, se convirtieron en sus enemigos al menos por haberlo dejado solo cuando cayó en desgracia. Son sujetos demasiado poderosos como para pensar que con un libro, por nauseabundo que sea, van a sufrir alguna consecuencia. Pero allí está el desfile de nombres y de hechos, la viscosa miermelada de giña que difícilmente aguantan los estómagos poco habituados al trato con la escatología política de nuestra patria.
En la mixtura de nombres, dichos y hechos uno tiene derecho a dudar, pues detrás de cada afirmación habita un hombre estragado por el odio y la urgencia de venganza. La objetividad, pues, cede lugar a la ojetividad, así que todo es posible. Pese a ello, insisto que algo queda (y conste que me baso en la información y en los extractos difundidos por la prensa), en este caso la sensación/confirmación de que un plan repugnantemente sucio fue orquestado para hacer de las elecciones de 2006 una adefesio, la puñalada que el panismo-priísmo, en contubernio con las televisoras y los grupos empresariales, asestó al corazón de la tierna democracia mexicana.
Sabíamos desde entonces que el tiempo se iba a encargar no de cicatrizar las heridas, sino de ahondarlas, pues más temprano que tarde saldrían a la luz las relaciones tejidas en aquel momento de nuestra historia. Nunca será del todo claro lo que pasó, pero en el reborujo de ataques y contraataques, y ante las menciones explícitas y las confesiones inevitables, emerge algo de claridad en el sentido de que el complot (otrora motivo de guasa) en realidad fue más que eso: una verdadera sinfonía de hienas que por todos los medios a su alcance buscaron descarrilar al candidato mejor perfilado hacia la presidencia de la república.
Como en otras ocasiones, rehidrato aquí la idea de que poco importa que AMLO sea peor. En mi caso particular, algunos me echaron en cara una supuesta simpatía con el ex candidato del PRD. Más de una vez dije, y lo reitero aquí, que ése no era el punto de la discusión, sino la evidente falta de escrúpulos de quienes urdieron una telaraña de maniobras para impedir, desde el desafuero hasta el 2 de julio, que el aspirante non grato llegara de bajadita a Los Pinos. Amafiados, todos con intereses peculiares pero a fin de cuentas convergentes y nucleados en su necesidad de conservar poder y privilegios de toda índole, los Salinas, los Fernández de Cevallos, los Peñas Nietos, los Fox, los Calderones, los Molinar Horcasitas y demás, apoyados por una siniestra maraña de secuaces, lograron a pujidos imponer la patraña de un triunfo apenitas, de 0.56% puntos de diferencia. Ingenuos seríamos si pensamos que la historia termina con el libro de Ahumada. Con los años irá saliendo más podre, cuando los compinches de antaño disputen posiciones en el mapa del poder. Ante tales escenarios, viva la influenza.

viernes, mayo 08, 2009

Setenta de Pacheco



José Emilio Pacheco cumple setenta años en 2009. Nacido en la Ciudad de México, desde muy joven dio trazas de ser un escritor y periodista de los que sí escriben, de esos que prefieren el estudio (en los dos sentidos de la palabra, como acto de estudiar y como lugar propicio para hacerlo) al reflector. Es considerado (junto a Monsiváis, Pitol, Lizalde, Elizondo y García Ponce), componente esencial de la generación de medio siglo, aquélla que se forjó en el alemanismo del desarrollo estabilizador. Ese es el marco sociocultural, por cierto, de Las batallas en el desierto, su muy leída noveleta.
Al también autor de Morirás lejos lo he visto una sola vez. Fue en Chihuahua, en una lectura que el poeta hizo en la sala principal de la Quinta Gameros. Aquello ocurrió en 1990 o 1991, no recuerdo con precisión. Lo que sí recuerdo es que ya para entonces lo admiraba por tres razones: por su columna “Inventario”, publicada con disciplina semanal en Proceso; por su poesía, accesible a toda hora y, sobre todo, por los cuentos reunidos en El principio del placer (Joaquín Mortiz, 1972). Esos cuentos, que compré en un lote de saldos de la Librería de Cristal de la Morelos y Falcón, en Torreón, fueron para mí, de veinte años en aquel momento, una revelación, los primeros relatos en los que advertí el rico poliedrismo del cuento, las formas convencionales y no convencionales de narrar una historia. Entre esos cuentos destaca en mi memoria “La fiesta brava”, un cuento que, como caja china, guarda otro cuento, lo que en aquella época me deslumbró.
No fue lo único que le leí, claro, pues muchos años seguí frecuentando su columna en la revista fundada por Julio Scherer. Además, sumé algunos de sus libros de poesía hasta tener Tarde o temprano (FCE), el título que reúne la totalidad de sus libros de poesía publicados hasta 2004. En cuanto a su narrativa, Las batallas en el desierto pasó a formar parte de mis materiales básicos en clases de narrativa; era fácil de conseguirlo en La Laguna, lo que sumado a su brevedad y a la sencillez de su trama daba como resultado que fuera un librito inmejorable para el aula. Por todo eso me dio gusto ayer la nota que comunica otro reconocimiento para Pacheco, el Premio Reina Sofía 2009. El mexicano se embolsa el prestigio de ese galardón y 42 mil 100 euros (alrededor de 56 mil dólares), morlacos nada despreciables que le caen por su aportación literaria “al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España”.
El premio le fue otorgado por la totalidad de su obra poética, que en general es de cuño harto trasparente y siempre muestra una preocupación al rojo por los problemas esenciales del hombre contemporáneo. No hay estridencias en la poesía de Pacheco, sino una voz que susurra, reflexiona y se pregunta por los innumerables destinos rotos de la humanidad. Hay dos poemas de su cosecha que siempre son citados, y ésta no será la excepción. “Alta traición”, una pequeña pieza que vaya le hace falta a nuestro país en momentos como el que atravesamos: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos”. Y el otro, con el que termino (“Fin de siglo”): “La sangre derramada clama venganza”. / Y la venganza no puede engendrar / sino más sangre derramada / ¿Quién soy: / el guarda de mi hermano o aquel / a quien adiestraron / para aceptar la muerte de los demás, / no la propia muerte? / ¿A nombre de qué puedo condenar a muerte / a otros por lo que son o piensan? / Pero ¿cómo dejar impunes / la tortura o el genocidio o el matar de hambre? / No quiero nada para mí: / sólo anhelo / lo posible imposible: / un mundo sin víctimas. // Cómo lograrlo no está en mi poder; / escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento / de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo / con el cuenco trémulo de la mano / Mientras escribo llega el crepúsculo / cerca de mí los gritos que no han cesado / no me dejan cerrar los ojos”.

jueves, mayo 07, 2009

Saúl Rosales editor



Hace un par de semanas Saúl Rosales ofreció una extraordinaria conferencia en la galería del Icocult Laguna. Trató sobre el boom, y hubo lleno. El abordaje que hizo fue sencillo: nos habló del movimiento literario en el que solemos agrupar, entre otros, a Vargas Llosa, a Cortázar, a García Márquez y a Fuentes, pero no con datos fríos, de libro, sino como parte de su vivencia como trabajador asalariado, como lector y como aprendiz de escritor. Los asistentes vimos pues, tras las palabras de Saúl, al joven lagunero que en la capital lidiaba con la supervivencia y al mismo tiempo comenzaba a leer, durante la década de los sesenta, suplementos, revistas y libros que en aquel momento sólo hablaban del vigor alcanzado por las letras latinoamericanas gracias al trabajo de algunos jóvenes novelistas. Fue, en suma, una conferencia amena, emotiva e inteligente.
Frente al público se me ocurrió decir que las doce cuartillas preparadas por Saúl merecían un foro periodístico, un lugar en el que otros lectores pudieran acercarse a ellas. Por el momento, señalé, en La Laguna no hay un espacio de papel que pueda acoger un texto tan largo, así que ofrecí mi blog; como se sabe, estos espacios no tienen límite para albergar textualidad digital. Saúl prometió darme el texto, y en su espera estoy. Cuando lo tenga, aquí avisaré sobre la dirección internética en la que podremos leerlo.
Avisaré, entonces, tanto como ahora aviso que Saúl me ha enviado su colaboración más reciente para Acequias, la revista de la UIA Laguna. Es aquella que trata sobre la edición en nuestra comarca y en la que también fui invitado a colaborar. Publico aquí el artículo completo. No olvido recordar, sin embargo, que su mejor versión es la que ofrece la revista en soporte de papel. Podemos pedirla en acequias@lag.uia.mx, o al teléfono 7051010, extensión 1135, con Édgar Salinas y/o Julio César Félix. Mientras, lo que opina Saúl sobre su vinculación con el trabajo editorial:

Edición corregida y no aumentada

Saúl Rosales

Haber empezado mi vida “adulta” en una imprenta determinó que ahora esté aquí tirando a la carrera líneas acerca del trabajo editorial. La imprenta es el mago que saca de su chistera una publicación que sale como la paloma a volar por el mundo. De la imprenta también puede salir un viejo tipógrafo a destilar ideas sobre el trabajo editorial y el de los editores. Aclaremos: el trabajo del editor es muy variado, tanto que a veces se confunde y se funde con el del impresor y aun con el del que invierte millones en una empresa de publicaciones. Por eso hasta se encuentran escritores que le dicen “editor” al impresor. Concluyamos algo: es editor alguien que posee una rica empresa editorial, pero también es editor quien para ganarse un salario prepara materiales que se convertirán en las publicaciones que salen a volar por el mundo como las palomas.
Para este lugar, definamos al editor como la persona que prepara (bien) materiales destinados a la publicación impresa. Se vuelve necesaria esta precisión porque sin el más pequeño interés en parecer racionales, los anunciantes que trasmiten sus mensajes por todos los medios de comunicación así como sus patrones hablan ahora de tal edición de tangas, de la equis edición del Oscar, de la edición para este año del automóvil fulano, de la edición de tal programa de televisión o radio cuando se refieren a una emisión. Sin embargo, la edición por antonomasia es la de publicaciones impresas.
Hablemos, pues, del editor que vende sus capacidades, no del que las compra, es decir, hablemos del que hace que los medios de producción saquen palomas, no del propietario de los medios de producción. Ese editor que vende sus capacidades para que por medios ajenos el mundo disponga de publicaciones que degustar y consumir, por necesidad impuesta o por placer seleccionado, pudo haber encontrado que sus conocimientos y habilidades de tipógrafo lo llevaban por un camino más o menos desbrozado y que al seguirlo aprendía más sobre el trabajo editorial. Aprendía, por ejemplo, cómo se producen en la imprenta libros, periódicos y revistas. Es mi caso.
Con el saber de tipógrafo que empecé a acumular en las imprentas de Torreón llegué al onceavo piso de la rectoría de la UNAM a editar de manera rudimentaria un compendio diario de noticias que volaba muy temprano a las altas oficinas de la Ciudad Universitaria. Encabezaba el grupo que producía la publicación con un impresor y cuatro seleccionadores de textos. Los materiales básicos eran matrices de papel especial que salían de la copiadora Xerox listas para ser montadas en una impresora offset Multilith para tamaño oficio y carta.
La misma labor de editor de noticias fotocopiadas me hizo volar a la SEP y allí mismo se amplió cuando el empleo me convirtió en editor de una colección de libros de propaganda oficial y de una revista también oficial de gris nombre oficial: Revista SEP. Para conservar un empleo como este de editor debe uno ser muy cuidadoso, lo que significa llevarse bien con la gramática y con la estética, tener conciencia de lo que son los contenidos que maneja y su presentación visual, cuidarse de los errores propios y cuidarse de los de otros. Lo bien hecho es imperceptible, lo malo es escandaloso. Un gazapo salta como fuego de artificio, la pulcritud se desliza semejante a la noche. La militancia política proletaria paralelamente me elevó a editor de la revista Insurgencia Popular. Por otros rumbos, las urgencias de un salario me llevaron a editar la revista Logos, de filosofía, publicada por la Universidad La Salle. (Allí leí, aún sin conocerlo, a mi amigo Mauricio Beuchot, a quien muchos años después conocí en Torreón. Escribía con frecuencia sobre los temas propios de la revista y todavía conservo algún ejemplar donde trató filosofía del lenguaje.)
El trote por las imprentas y la procuración de la calidad enriquecieron mi capacidad laboral de editor. Así dotado por la vida proletaria aterricé en Torreón y luego de pasar de ignoto editor de La Opinión de la Tarde ascendí a editor del suplemento dominical llamado Opinión Cultural. Hasta no hace mucho (supongo que todavía), el visionario Jaime Muñoz podía presumir su colección.
Como docente de periodismo en la institución que ahora es Universidad La Salle edité con un equipo de alumnos la página “Presencia / Enlace Universitario”, en El Siglo de Torreón. Salía cada domingo para cumplir las funciones que su cabezal pregonaba. También en el campo universitario me encargué de la edición de El Juglar, periódico mensual del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila en Torreón. (Aquí otra salida del tema: en cada lugar que me acomodaba procuraba que aparecieran no sólo publicaciones, sino también concursos literarios. Quien revise mi biografía notará esa coincidencia.) Allí mismo en la UAC procuré (edité parcialmente) un libro de cuentos y uno de poesía. Este segundo lo concluyó Jaime Muñoz.
Para que se encargara de la impresión mi amigo Rogelio Villarreal, edité un par de libros fundacionales de una etapa importante de la literatura lagunera: Botella al mar. Crestomatía narrativa y Comarca de soles. Poesía de Botella al Mar. Seguramente Jaime Muñoz preferiría que ambos títulos se hubieran quedado en los abundantes hoyos negros de mi memoria pero para mí, a pesar de mi parcela vergonzante, son entrañables.
Cuando llegué a ganarme las quincenas en las oficinas del Teatro Martínez, en la comarca bullía una estimulante atmósfera literaria. Le comenté a la directora Sonia Salum que ya se podría sostener en la región una empresa editorial. Infaustas y gratas circunstancias parieron poco después la colección Cuesta de la Fortuna en cuya edición no participé. Sí me encargué luego de la edición de varios títulos que auspiciaron instituciones oficiales y privadas nucleadas por el TIM, ya dirigido por Márgara Garza. Crearon programas culturales conjuntos, en los cuales se consideró como tarea muy importante la publicación de libros. Con Márgara Garza en la Dirección del TIM fundamos la revista literaria Estepa del Nazas, cuya edición sigue a mi cargo.
Para ese tiempo se publicaba (y por necesidad se editaba) como, creo, no había sucedido antes en la comarca lagunera. Se puede decir que era copiosa la producción de libros, sobe todo publicados por instituciones oficiales. Aparecían coediciones en las que entidades privadas y públicas se complementaban y no faltaban las publicaciones de autor salidas de las capacidades de editores maduros o primerizos y de impresores que los suplían.
Se ha ampliado el campo editorial. Aunque se constriñe la producción de libros aparecen revistas y periódicos que ostentan los profusos recursos de las computadoras. Los editores de muchas de estas publicaciones los derrochan hasta producir portadas y páginas que parecen más nauseabundos intestinos que estéticas estampas. La plaga de la tipografía y la edición conocida como “diseñadores gráficos” es dispendiosa y estridente como nuevo rico. El fino trabajo de los editores cercanos a Gutenberg es desplazado por el macarrónico pegote de los “diseñadores gráficos” hijos de la computadora.

miércoles, mayo 06, 2009

El lechero de Sherlock



México no se ha caracterizado precisamente por ser un país donde la verdad deambule con trasparencia. Al contrario, allí donde hay dinero, política y corrupción (si es que esas palabras no son esencialmente lo mismo en nuestro caso), hay opacidad, así que no es un crimen sospechar, al menos sospechar, que detrás del manejo mediático de la epidemia hubo cuidadosas y no tan cuidadosas manos negras dispuestas a llevar aguas a distintos molinos. Ahora, ya con el electrochoque de la influenza en picada, las autoridades se afanan en mostrar que no estaban equivocadas. A posteriori, entonces, manejan las pruebas irrefutables de que el mal nos hubiera devorado si ellos no actuaban con tanta diligencia.
Esa defensa aposteriorística me recordó un cuento de Conrado Nalé Roxlo (Buenos Aires, 1898-1971). Poeta, narrador, guionista y periodista, Nalé Roxlo escribió una rara tanda de pastiches literarios que ordenó en Antología apócrifa (1944), libro en el que risueñamente desgreña a varios clásicos. En el cuento “Los crímenes de Londres”, el argentino parodia a Sir Arthur Conan Doyle y a sus personajes estrellas: Sherlock Holmes y su asistente Watson. La trama es muy sencilla. Mientras desayunan, Holmes lee el periódico. De pronto se asoma a la ventana y ve a un tipo con impermeable amarillo. Le dice a Watson que mire y saque una conclusión. Watson sólo atina a decir que ve a un policía y neblina. Sherlock, como siempre, lo corrige, le hace énfasis en la importancia del hombre del impermeable amarillo y saca una intrigante conclusión: “Y ahora escúcheme bien, amigo Watson; ese hombre no trae nada bueno”.
La trama avanza: “El hombre misterioso entró en el portal de nuestra casa y a poco volvió a salir; se acercó a la puerta de una casa de enfrente, penetró en el portal y a los pocos instantes lo vimos reaparecer y doblar la esquina”. Holmes, seguro de que el hombre misterioso esconde algo, sale en su persecución. Narra Watson: “Desde la ventana lo vi doblar la misma esquina que el misterioso desconocido del impermeable amarillo. Presa de gran inquietud, me puse a hacer un solitario para calmar mis nervios mientras esperaba el regreso del gran detective. Una hora después estaba ante mí, pero tan cubierto de barro, que tardé mucho en reconocerlo. Se cambió de ropa, sin decir palabra, luego tomó su violín y ejecutó una tarantela, señal de que estaba muy preo­cupado. Yo guardaba un respetuoso silencio”. Holmes conjetura que incluso el hombre puede tener nexos corruptos con Scotland Yard, así que decide investigar en los sitios a los que entró el del impermeable. Platica con una mujer, quien le afirma con tranquilidad que aquel hombre es un lechero. No contento, Holmes le pide a la mujer el frasco con la leche, y pasa una madrugada entera sometiendo el líquido a un minucioso examen químico. Al final, luego de algunas peripecias más, se da este diálogo:
“—Watson. ¿Qué le dije yo cuando vimos por primera vez al misterioso personaje del impermeable amarillo?
—Que ese hombre no podía traer nada bueno.
—Y así es, querido Watson, he analizado la leche y contiene un treinta y cinco por ciento de agua y un quince por ciento de cal. ¿Tenía o no tenía razón?
Una vez más tuve que inclinarme ante el genio de Sherlock Holmes”.
Así, la afirmación inicial de Holmes queda al final plenamente justificada; su conclusión es, en sentido estricto, perfectamente lógica, aunque no se relacione con el crimen que al principio imaginamos los lectores.
Con la crisis epidémica en su agonía, me queda la sensación de que el rollo no fue para tanto. Tal vez sí, tal vez no, eso no lo podemos saber en la selva de datos que arrojó. Pero eso de justificar situaciones pavorosas a posteriori suena raro, tan raro como Holmes haciendo del lechero un delincuente.

domingo, mayo 03, 2009

Diálogo con el Jaibo



En noviembre de 2007 tuve la suerte de enunciar una breve presentación del cineasta Arturo Ripstein. Lo hice en el auditorio del Museo Arocena dentro de una actividad enmarcada en el Festival Artístico Coahuila de aquel año. Todo salió bien, incluso la regañona enmienda pública que me hizo Ripstein cuando tuve la ocurrencia de narrar una anécdota sobre Roberto Cobo, su actor eje en El lugar sin límites (1977). Palabras más, palabras menos, en aquella ocasión narré que hacia 1991 fueron inaugurados unos cines en la esquina de lo que hoy es la Saltillo 400 y diagonal Las Fuentes. Era una especie de mall en cierne que todavía existe y alberga locales comerciales. En aquella época quiso ser, como digo, una espacio destinado al arte, y para su inauguración nada mejor que presentar una especie de ciclo con “nuevo cine mexicano” (como podemos inferir, desde hace muchos años el nuevo cine mexicano ha sido etiquetado como nuevo cine mexicano). Recuerdo que fueron presentadas las cintas Ciudad de ciegos, La leyenda de una máscara, La mujer de Benjamín, entre otras. Pero eso no fue lo peculiar, sino el hecho de que los organizadores traían a los actores principales de las películas para que al final de cada exhibición el público pudiera charlar con ellos.

Allí vi, si mi memoria no miente, a Gabriela Roel, a Blanca Sánchez, a Eduardo López Rojas y a Roberto Cobo, quien vino cuando fue exhibida La leyenda de una máscara (1989), cinta en la que tuvo un rol menor.
Quedé atónito cuando vi que Cobo entró a la sala. Me asombró su deterioro, el peso de los años sobre su espalda. Usaba bastón y caminaba con lentitud. Al final de la película los actores pasaron al frente, respondieron algunas preguntas y animaron a la concurrencia con el tema de la lucha libre en el cine y en la realidad. Nadie mostró gran interés en Cobo. Poco después, cuando aquello concluyó, tomaron los pasillos de salida y yo deliberadamente esperé a que pasara Cobo, para seguirlo un paso atrás. Casi en la puerta, de sorpresa, le dije una sola palabra al actor que iba adelante: “Jaibo” (yo era joven, tenía 26 años y poco a poco atrevía esos gestos regularmente inhibidos por rancheras timideces). Al oír la palabra, Cobo dio morosamente la vuelta y vio que un muchacho le tendía la mano. “¿Qué tal, Jaibo?”, le enfaticé el saludo. Confundido por la sorpresa, Cobo recompuso de inmediato su postura. “Hola, ¿qué tal?”, respondió, sonriente, con su cara flaca y esencialmente triste. Lo acompañé a la salida, y en el brevísimo trayecto le dije lo que él ya sabía, pero que de todos modos oyó gustoso, más en ese ambiente en el que nadie lo pelaba: usted es protagonista de la mejor película mexicana de la historia, me parece que eso no es poca cosa. El viejo y frágil Cobo sólo me decía gracias, gracias, gracias, hasta que alguien nos interrumpió y lo subió a un coche. No hubo tiempo para más conversación.

Cuando narré la anécdota de mi “diálogo” de dos minutos con Roberto Cobo, Ripstein dijo en público que Cobo fue un hígado; un buen actor, sí, pero terco y berrinchudo, una especie de diva en versión feo. El público rió, pues yo había hablado de Cobo en otros términos, lo puse como si fuera un viejo casi dulce y melancólico, todo para que el director de Profundo carmesí inmediatamente hiciera añicos mi errabunda percepción. El caso es que aquel cruce de tres palabras fue mi único contacto con el Jaibo, quien murió casi diez años después, en 2002. Me quedó siempre el orgullo mágico de haber trabado diálogo, así fuera fugaz, con un sujeto que había encarnado a otro para mí imborrable, a ese adolescente culerísimo, el Jaibo, que se la pasa pasándose de lanza en Los olvidados (1950).
Como sabemos, aquella obra maestra de Buñuel fue recibida con los brazos cerrados en nuestro país. Nacionalistas chatos consideraron que nos difamaba, que mostraba un México cruel, insensato, envilecedor y por tanto inexistente. Lograron incluso que la censuraran, que suspendieran su exhibición. Pocos la defendieron más que Octavio Paz, quien escribió textos en los que destacó el alto valor artístico de aquella obra (como el incluido en Corriente alterna, 1967). Uno de esos textos es una carta fechada el 11 de abril de 1951, en Cannes. La dirige a Buñuel, quien está en la ciudad de México. El poeta no sólo era delegado en el Festival más importante de cine en el mundo, sino que devino fervoroso activista en favor de Los olvidados. La carta señala, entre otros asuntos, lo siguiente:

“Querido Buñuel:
Ayer presentamos Los olvidados. Creo que la batalla con el público y la crítica la hemos ganado. Mejor dicho, la ha ganado su película. No sé si el Jurado le otorgará el Gran Premio. Lo que si es indudable es que todo el mundo consideraba que —por lo menos hasta ahora— Los olvidados es la mejor película exhibida en el Festival. Así, tenemos seguro (con, naturalmente, las reservas, sorpresas y combinaciones de última hora) un premio.
Ahora le contaré un poco cómo pasaron las cosas. El día 1 de abril (apenas supe que era delegado gubernamental entrevisté a Karal, delegado de la industria, o de los distribuidores, no sé aún a ciencia cierta). Karal y su mujer se mostraban totalmente escépticos. No solamente no creían en su película, sino que adiviné que no les gustaba. Claro que me pareció inútil discutir con ellos. Sabía que en ocho días —y ante opiniones de gente que ellos consideraban— cambiarían. Así ocurrió. Ahora Karal proclama que Los olvidados obtendrán el gran premio. (…) El público aplaudió varios fragmentos: el del sueño, la escena erótica entre el Jaibo y la madre, la del pederasta y Pedro, el diálogo entre Pedro y su madre, etc. Al final, grandes aplausos. Pero sobre todo, una profunda, hermosa emoción. Salimos, como se dice en español, con la garganta seca. Hubo un momento —cuando el Jaibo quiere sacarle los ojos a Pedro— que algunos sisearon. Fueron callados por los aplausos”.

Vi Los olvidados hacia 1983, creo, en un cineclub organizado por la UAdeC, y la he vuelto a ver dos o tres veces más. Le tengo mucho aprecio, y no me afecta si soy acusado de aceptar el lugar común de considerarla, hasta hoy, la mejor película mexicana de la historia. Es tan buena que por ella me atreví a platicar con el Jaibo, con el verdadero Jaibo.

sábado, mayo 02, 2009

Epidemia en Las venas



Hace dos semanas, cuando todavía no sospechábamos que una epidemia nos iba a regalar bastantes horas para leer y, de reojo, para ver y oír los noticieros cada vez más enredados con las cifras de la influenza, vimos y leímos las noticias sobre la V Cumbre de las Américas celebrada en Puerto España, capital de Trinidad y Tobago. Como siempre, un detalle pintoresco le robó cámara a lo nodal, pero ese hecho mínimo, anecdótico si queremos, no dejó de tener su fleco simbólico y trascendente. El polémico Hugo Chávez tuvo la ocurrencia de regalarle Las venas abiertas de América Latina (1971) a Barak Obama. Cuando leí la nota pensé que el gesto de Chávez fue muy oportuno, pues aunque hayan pasado casi cuarenta años desde que fue publicada, aquella obra del uruguayo Eduardo Galeano sigue siendo inmejorable para documentar nuestras miserias y la posición periférica que los países de América Latina siguen teniendo en relación a Europa y a los Estados Unidos.
Qué mejor, pues, que enseñarle pruebas al rico de su histórica rapacidad, de sus robos, de sus saqueos, de su inhumana sed de oro. Claro que, dirán algunos, la historia es así: el poderoso triunfa frente el débil, pero no está de más echarle un ojo a esa dinámica cuando el dominador se pavonea en la actualidad de justo, democrático, tolerante, civilizado y rico frente a las sociedades rezagadas y dependientes en las que vivimos. Las venas abiertas de América Latina es un recordatorio puntual, cronológicamente pormenorizado, del proceso depredatorio que durante siglos y hasta le fecha ha permitido empobrecer la realidad de nuestros pueblos para enriquecer a otros, de ahí que nunca sea impertinente su lectura en los círculos más altos de poder, allá donde tradicionalmente son tomadas las decisiones que se apoyan en la paparrucha del destino manifiesto.
El libro de Galeano muestra que las epidemias fueron también útiles para diezmar, sobre todo, a los débiles. Hoy ocurre lo mismo: los grandes problemas de salud, con o son epidemia, con o sin escandalera mediática, los comparten a diario quienes no tienen acceso a servicios médicos privilegiados ni cuentan con un nivel de vida que los aleje de la indigencia. Al contrario, una inmensa minoría de la población mundial goza de mayores expectativas de vida en función no sólo del tratamiento oportuno de sus padecimientos, sino de su nivel de vida. Se podrá argüir que, por ejemplo en el caso mexicano, el Seguro Social, el Issste y todas las demás instancias y programas oficiales del sector, incluido el seguro popular, garantizan el acceso de casi todos a los servicios médicos, pero no es suficiente, pues en el rubro “salud” no sólo entra la infraestructura hospitalaria, el personal, el abasto de medicamentos y el padrón de derechohabientes, sino lo que está al lado del ciudadano en su vida diaria: la alimentación, el desarrollo de sus aptitudes físicas por medio del deporte, la cultura de la nutrición y los servicios públicos relacionados con la salubridad como el drenaje, el control de fauna nociva, el cuidado del agua y la vegetación. Todo eso junto constituye la salud social, no nada más el régimen de vacunas o la disponibilidad de camillas.
Galeano muestra en su libro, insisto, que la epidemia es compañera del imperio: “Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en aparecer (…) Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles”. Por eso, insisto, la salud pública ocupa un contexto más amplio y de larga duración. La enfermedad multiplicada y mal atendida tiene vínculos directos con apetitos económicos y turbiedades políticas que nunca debemos invisibilizar.

viernes, mayo 01, 2009

La peste más famosa



La peste más famosa es, sin duda, La peste de Albert Camus. Novela clave de la posguerra, es, junto con La náusea, la mejor exponente del existencialismo en literatura. Como dije ayer, hay muchas ediciones distintas, tantas que es innecesario mencionar específicamente una. La leí hace poco menos de veinte años. Me queda de ella, en la porosa memoria, su atmósfera sofocante y la sensación imborrable de ver ratas y enfermedad en cualquiera de sus páginas. Comparto un fragmento muy cercano al arranque:
“Fue en ese momento más o menos cuando nuestros conciudadanos empezaron a inquietarse. Pues a partir del 18, las fábricas y los almacenes desbordaban, en efecto, de centenares de cadáveres de ratas. En algunos casos fue necesario ultimar a los animales cuya agonía era demasiado larga. Pero desde los barrios extremos hasta el centro de la ciudad, por todos los sitios que el doctor Rieux acababa de atravesar, en todos los lugares donde se reunían nuestros conciudadanos, las ratas esperaban amontonadas en los basureros o alineadas en el arroyo. La prensa de la tarde se ocupó del asunto desde ese día y preguntó si la municipalidad se proponía obrar o no, y qué medidas de urgencia había tomado para librar a su jurisdicción de esta invasión repugnante. La municipalidad no se había propuesto nada ni había tomado ninguna medida, pero empezó por reunirse en consejo para deliberar. La orden fue dada al servicio de desratización de recoger todas las mañanas, al amanecer, las ratas muertas. Una vez terminada la recolección, dos coches del servicio tenían que llevar los bichos al departamento de incineración de la basura, para quemarlos.
Pero en los días que siguieron, la situación se agravó. El número de los roedores recogidos iba creciendo y la recolección era cada mañana más abundante. Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos. Por la noche, en los corredores y callejones se oían distintamente sus grititos de agonía. Por la mañana, en los suburbios, se las encontraba extendidas en el mismo arroyo con una pequeña flor de sangre en el hocico puntiagudo; unas, hinchadas y putrefactas, otras rígidas, con los bigotes todavía enhiestos.
En la ciudad misma se las encontraba en pequeños montones en los descansillos o en los patios. Venían también a morir aisladamente en los salones administrativos, en los patios de las escuelas, en las terrazas de los cafés a veces. Nuestros conciudadanos, estupefactos, las descubrían en los lugares más frecuentados de la ciudad. Ensuciaban la plaza de armas, los bulevares, el paseo de Front-de-Mer. Limpiada de animales muertos al amanecer, la ciudad iba encontrándolos poco a poco cada vez más numerosos durante el día. En las aceras había sucedido a más de un paseante nocturno sentir bajo el pie la masa elástica de un cadáver aún reciente. Se hubiera dicho que la tierra misma donde estaban plantadas nuestras casas se purgaba así de su carga de humores, que dejaba subir a la superficie los forúnculos y linfas que la minaban interiormente. Puede imaginarse la estupefacción de nuestra pequeña ciudad, tan tranquila hasta entonces, y conmocionada en pocos días, como un hombre de buena salud cuya sangre empezase de pronto a revolverse.
Las cosas fueron tan lejos que la agencia Ransdoc (informes, investigaciones, documentación completa sobre cualquier asunto) anunció, en su emisión radiofónica de informaciones gratuitas, 6.231 ratas recogidas y quemadas en el solo transcurso del día 25. Esta cifra que daba una idea justa del espectáculo cotidiano que la ciudad tenía ante sus ojos, acrecentó la confusión. Hasta ese momento nadie se había quejado más que como de un accidente un poco repugnante…”.

jueves, abril 30, 2009

El camino de la peste



El tema de la influenza me llevó de la mano al tema de la peste en la literatura. De botepronto hallé dos referencias que se me quedaron enganchadas en la memoria: “El camino de Santiago”, largo cuento de Alejo Carpentier, e inevitablemente La peste, novela de Albert Camus. Invito pues a su lectura; ambos son de fácil consecución, pues hay diferentes ediciones. El cuento de Carpentier aparece en el libro Guerra del tiempo o también en Cuentos completos. Debo decir que es, que ha sido siempre uno de mis favoritos. La vida de ese personaje llamado Juan de Amberes, descrita con el barroquismo carpenteriano, es un banquete literario. Al inicio del tranco dos, dice el narrador cubano: “Creyóse, en un comienzo, que el mal era de bubas, lo cual no era raro en gente venida de Italia. Pero, cuando aparecieron fiebres que no eran tercianas, y cinco soldados de la compañía se fueron en vómitos de sangre, Juan empezó a tener miedo”. Todo el cuento es una pieza maestra de perfección prosística, un dechado de belleza literaria. Así comienza (aparece completo en este blog), y mañana le sigo con la novela de Camus:

El camino de Santiago
Alejo Carpentier

I
Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del sombrero, todo había de parecerle un tanto aneblado —aneblado como lo estaba ya por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo carro humeaba por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la iglesia luterana que habían transformado en caballerizas. Sin embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa de podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban, siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La nave y los hombres parecían envueltos en un mismo remordimiento, como si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con el desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado, aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues, lo de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos, tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en alguna huerta de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de hacer portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos, sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así, cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza de los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando que si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles de invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no acababa de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas por los antiguos. "¿Sirenas?"—había gritado poco antes la moza fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde Nápoles, tras de la tropa. "¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos tetas que dos carretas!" Juan no había oído el resto, en el revuelo de soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca, Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas coplas que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos, y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza, y el relincho de un garañón que sonó en la nave de los luteranos como la misma risa de Belcebú.
II
Creyóse, en un comienzo, que el mal era de bubas, lo cual no era raro en gente venida de Italia. Pero, cuando aparecieron fiebres que no eran tercianas, y cinco soldados de la compañía se fueron en vómitos de sangre, Juan empezó a tener miedo. A todas horas se palpaba los ganglios donde suele hincharse el humor del mal francés, esperando encontrárselos como rosario de nueces. Y a pesar de que el cirujano se mostraba dudoso en cuanto a pronunciar el nombre de una enfermedad que no se veía en Flandes desde hacía mucho tiempo a causa de la humedad del aire, sus andanzas por el reino de Nápoles le hacían columbrar que aquello era peste, y de las peores. Pronto supo que todos los marineros del barco de los naranjos enanos yacían en sus camastros, maldiciendo la hora en que hubieran respirado los aires de Las Palmas, donde el mal, traído por cautivos rescatados de Argel, derribaba las gentes en las calles, como fulminadas por el rayo. Y como si el temor al azote fuese poco, la parte de la ciudad donde se alojaba la compañía se había llenado de ratas. Juan recordaba, como alimaña de mal agüero, aquella rata hedionda y rabipelada, a la que había fallado por un palmo, en la pedrada, y que debía ser algo así como el abanderado, el pastor hereje, de la horda que corría por los patios, se colaba en los almacenes, y acababa con todos los quesos de aquella orilla. El aposentador del soldado, pescadero con trazas de luterano, se desesperaba, cada mañana, al encontrar sus arenques medio comidos, alguna raya con la cola de menos y la lamprea en el hueso, cuando un bicho inmundo no estaba ahogado, de panza arriba, en el vivero de las anguilas. Había que ser cangrejo o almeja, para resistir al hambre asiática de aquellas ratas llagadas y purulentas, venidas de sabe Dios qué Isla de las Especias, que roían hasta el correaje de las corazas y el cuero de las monturas, y hasta profanaban las hostias sin consagrar del capellán de la compañía. Cuando un aire frío, bajado de los pastos anegados, hacía tiritar el soldado en el desván bajo pizarra que tenía por alojamiento, se dejaba caer en su catre, gimoteando que ya se le abrasaba el pecho y le dolían las bubas, y que la muerte sería buen castigo por haber dejado la enseñanza de los cantos que se destinan a la gloria de Nuestro Señor, para meterse a tambor de tropa, que eso no era arte de cantar motetes, ni ciencia del Cuadrivio, sino música de zambombas, pandorgas y castrapuercos, como la tocaban, en cualquier alegría de Corpus, los mozos de su pueblo. Pero, con un parche y un par de vaquetas se podía correr el mundo, del Reino de Nápoles al de Flandes, marcando el compás de la marcha, junto al trompeta y al pífano de boj. Y como Juan no se sentía con alma de clérigo ni de chantre, había trocado el probable honor de llegar a ingresar, algún día, en la clase del maestro Ciruelo, en Alcalá, por seguir al primer capitán de leva que le pusiera tres reales de a ocho en la mano, prometiéndole gran regocijo de mujeres, vinos y naipes, en la profesión militar. Ahora que había visto mundo, comprendía la vanidad de las apetencias que tantas lágrimas costaran a su santa madre. De nada le había servido repicar la carga en el fuego de tres batallas, desafiando el trueno de las lombardas, si la muerte estaba aquí, en este desván cuyos ventanales de cristales verdes se teñían tan tristemente con los fulgores de las antorchas de la ronda, al son de aquel tambor velado, tan mal tocado por esos flamencos de sangre de lúpulo que nunca daban cabalmente con el compás. La verdad era que Juan había gimoteado todo aquello del pecho abrasado y de las bubas hinchadas, para que Dios, compadecido de quien se creía enfermo, no le mandara cabalmente la enfermedad. Pero, de súbito, un horrible frío se le metía en el cuerpo. Sin quitarse las botas, se acostó en el catre, echándose una manta encima, y encima de la manta un edredón. Pero no era una manta, ni un edredón, sino todas las mantas de la compañía, todos los edredones de Amberes, los que le hubiesen sido necesarios, en aquel momento, para que su cuerpo destemplado hallara el calor que el Rey Salomón viejo tratara de encontrar en el cuerpo de una doncella. Al verlo temblar de tal suerte, el pescadero, llamado por los gemidos, había retrocedido con espanto, bajando las escaleras llenas de ratas, a los gritos de que el mal estaba en la casa, y que esto era castigo de católicos por tanta simonia y negocios de bulas. Entre humos vio Juán el rostro del cirujano que le tentaba las ingles, por debaio del cinturón desceñido, y luego fue, de repente, en un extraño redoble de cajas—muy picado, y sin embargo tenido en sordina—la llegada portentosa del Duque de Alba.
Venía solo, sin séquito, vestido de negro, con la gola tan apretada al cuello, adelantándole la barba entrecana, que su cabeza hubiera podido ser tomada por cabeza de degollado, llevada de presente en fuente de mármol blanco. Juan hizo un tremendo esfuerzo por levantarse de la cama, parándose como correspondía a un soldado, pero el visitante saltó por sobre el edredón que lo cubría, yendo a sentarse del otro lado, sobre un taburete de esparto, donde había varios frascos de barro. Los frascos no cayeron ni se rompieron, aunque un olor a ginebra se esparciera por el cuarto, como un sahumerio de sinagoga. Afuera sonaban confusas trompetas, revueltas en gran desconcierto, desafinadas, como tiritándoles las notas, en el mismo frío que tenía tableteando los dientes del enfermo. El Duque de Alba, sin desarrugar un ceño de quemar luteranos, sacó tres naranjas que le abultaban bajo el entallado del jubón, y empezó a jugar con ellas, a la manera de los titiriteros, pasándoselas de mano a mano, por encima del peinado a la romana, con sorprendente presteza. Juan quiso hacer algún elogio de su pericia en artes que se le desconocían, llamándolo, de paso, León de España, Hércules de Italia y Azote de Francia, pero no le salían las palabras de la boca. De pronto, una violenta lluvia atamborileó en las pizarras del techo. La ventana que daba a la calle se abrió al empuje de una ráfaga, apagándose el candil. Y Juan vio salir al Duque de Alba en el viento, tan espigado de cuerpo que se le culebreó como cinta de raso al orillar el dintel, seguido de las naranjas que ahora tenían embudos por sombreros, y se sacaban unas patas de ranas de los pellejos, riendo por las arrugas de sus cáscaras. Por el desván pasaba volando, de patio a calle, montada en el mástil de un laúd, una señora de pechos sacados del escote, con la basquiña levantada y las nalgas desnudas bajo los alambres del guardainfantes. Una ráfaga que hizo temblar la casa acabó de llevarse a la horrosa gente, y Juan, medio desmayado de terror buscando aire puro en la ventana, advirtió que el cielo estaba despejado y sereno. La Vía Láctea, por vez primera desde el pasado estío, blanqueaba el firmamento.
—¡El Camino de Santiago!—gimió el soldado, cayendo de rodillas ante su espada, clavada en el tablado del piso, cuya empuñadura dibujaba el signo de la cruz.
III
Por caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del bordón, luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas cosidas al cuero, y la calabaza que sólo carga agua de arroyos. Empieza a colgarle la barba entre las alas caídas del sombrero peregrino, y ya se le desfleca la estameña del hábito sobre la piadosa miseria de sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar baldosas de taberna, ni apartarse de la recta vía de Santiago, como no fuera para admirar de lejos la santa casa de los monjes clunicenses. Duerme Juan donde le sorprende la noche, convidado a más de una casa por la devoción de las buenas gentes, aunque cuando sabe de un convento cercano, apura un poco el paso, para llegar al toque del Angelus, y pedir albergue al lego que asoma la cara al rastrillo. Luego de dar a besar la venera, se acoge al amparo de los arcos de la hospedería, donde sus huesos, atribulados por la enfermedad y las lluvias tempranas que le azotaron el lomo desde Flandes hasta el Sena, sólo hallan el descanso de duros bancos de piedra. Al día siguiente parte con el alba, impaciente por llegar, al menos, al Paso de Roncesvalles, desde donde le parece que el cuerpo le estará menos quebrantado, por hallarse en tierra de gente de su misma lana. En Tours se le juntan dos romeros de Alemania, con los que habla por señas. En el Hospital de San Hilario de Poitiers se encuentra con veinte romeros más, y es ya una partida la que prosigue la marcha hacia las Landas, dejando atrás el rastrojo del trigo, para encontrar la madurez de las vides. Aquí todavía es verano, aunque se cumplen faenas de otoño. El sol demora sobre las copas de los pinos, que se van apretando cada vez más, y entre alguna uva agarrada al paso, y los descansos de mediodía que se hacen cada vez más largos, por lo oloroso de las hierbas y el frescor de las sombras, los romeros se dan a cantar. Los franceses, en sus coplas, hablan de las buenas cosas a que renunciaron por cumplir sus votos a Saint Jacques; los alemanes garraspean unos latines tudescos, que apenas si dejan en claro el Herru Sanctiagu! Got Sanctiagu! En cuanto a los de Flandes, más concertados, entonan un himno que ya Juan adorna de contracantos de su invención: "¡Soldado de Cristo, con santas plegarias, a todos deñendes, de suertes contrarias!"
Y así, caminando despacio, llevando fila de más de ochenta peregrinos, se llega a Bayona, donde hay buen hospital para espulgarse, poner correas nuevas a las sandalias, sacarse los piojos entre hermanos, y solicitar algún remedio para los ojos que muchos, a causa del polvo del camino, traen legañosos y dañados. Los patios del edificio son hervideros de miserias, con gente que se rasca las sarnas, muestra los muñones, y se limpia las llagas con el agua del aljibe. Hay quien carga lamparones que no sanaron ni con el tocamiento del Rey de Francia, y otro que jinetea un banco para descansar del estorbo de partes tan hinchadas, que parecen las verijas del gigante Adamastor. Juan el Romero es de los pocos que no solicitan remedios. El sudor que tanto le ha pringado el sayal cuando se andaba al sol entre viñas, le alivió el cuerpo de malos humores. Luego, agradecieron sus pulmones el bálsamo de los pinos, y ciertas brisas que, a veces, traían el olor del mar. Y cuando se da el primer baño, con baldes sacados del pozo santificado por la sed de tantos peregrinos, se siente tan entonado y alegre, que va a despacharse un jarro de vino a orillas del Adur, confiando en que hay dispensa para quien corre el peligro de resfriarse luego de haberse mojado la cabeza y los brazos por primera vez en varias semanas. Cuando regresa al hospital no es agua clara lo que carga su calabaza, sino tintazo del fuerte, y para beberlo despacio se adosa a un pilar del atrio. En el cielo se pinta siempre el Camino de Santiago. Pero Juan, con el vino aligerándole el alma, no ve ya el Campo Estrellado como la noche en que la peste se le acercara con un tremebundo aviso de castigo por sus muchos pecados. A tiempo había hecho la promesa de ir a besar la cadena con que el Apostol Mayor fuese aprisionado en Jerusalem. Pero ahora, descansado, algo bañado, con piojos de menos y copas de más, empieza a pensar si aquella fiebre padecida sería cosa de la peste, y si aquella visión diabólica no sería obra de la fiebre. El gemido de un anciano con media cara comida por un tumor, que yace a su lado, le recuerda al punto que los votos son votos, y metiendo la cabeza en el rebozo de la esclavina, se regocija pensando que llegará con el cuerpo sano, donde otros otros prosternarán sus llagas y costras, luego de pasarlas, inseguros aún del divino remiendo, bajo el arco de la Puerta Francina. La salud recobrada le hace recordar, gratamente, aquellas mozas de Amberes, de carnes abundosas, que gustaban de los flacos españoles, peludos como chivos, y se los sentaban en el ancho regazo, antes del trato, para zafarles las corazas con brazos tan blancos que parecían de pasta de almendras. Ahora sólo vino llevará el romero en la calabaza que cuelga de los clavos de su bordón.
IV
El camino de Francia arroja al romero, de pronto, en el alboroto de una feria que le sale al paso, entrando en Burgos. El ánimo de ir rectamente a la catedral se le ablanda al sentir el humo de las frutas de sartén, el olor de las carnes en parrilla, los mondongos con perejil, el ajimójele, que le invita a probar, dadivosa, una anciana desdentada, cuyo tenducho se arrima a una puerta monumental, flanqueada por torres macizas. Luego del guiso, hay el vino de los odres cargados en borricos, más barato que el de las tabernas. Y luego es el dejarse arrastrar por el remolino de los que miran, yendo del gigante al volatinero, del que vende aleluyas en pliego suelto, al que muestra, en cuadros de muchos colores, el suceso tremendo de la mujer preñada del Diablo, que parió una manada de lechones en Alhucemas. Allí promete uno sacar las muelas sin dolor, dando un paño encarnado al paciente para que no se le vea correr la sangre, con ayudante que golpea la tambora con mazo, para que no se le oigan los gritos; allá se ofrecen jabones de Bolonia, unto para los sabañones, raíces de buen alivio, sangre de dragón. Y es el estrépito de siempre, con la fritura de los buñuelos, y el desafinado de las chirimlas, con algún perro de jubón y gorro, que viene a pedir limosna para el pobre tullido caminando en las patas traseras, como cristiano. Cansado de verse zarandeado, Juan el Romero se detiene, ahora, ante unos ciegos parados en un banco, que terminan de cantar la portentosa historia de la Arpía Americana, terror del cocodrilo y el león, que tenía su hediondo asiento en anchas cordilleras e intrincados desiertos:
—Por una cuantiosa suma
La ha comprado un europeo,
Y con ella se vino a Europa;
En Malta desembarcóla,
Desde allí fue al país griego,
Y luego a Constantinopla,
Toda la Tracia siguiendo.
Allí empezó a no querer Admitir los alimentos,
Tanto que a las pocas semanas
Murió rabiando y rugiendo.
CORO: Este fin tuvo la Arpía
Monstruo de natura horrendo,
Ojalá todos los monstruos
Se murieran en naciendo.

Por no dar limosna, los que escuchaban en segunda fila se escurren prestamente, riendo de los ciegos que descargan su enojo en la prosapia de los tacaños; pero otros ciegos les cierran el paso un poco más lejos, cerca de donde se representa, en retablo de títeres, el sucedido de los moros que entraron en Cuenca disfrazados de carneros. Escapando de la Arpía Americana, Juan se ve llevado a la Isla de Jauja, de la que se tenían noticias, desde que Pizarro hubiera conquistado el Reino del Perú. Aquí los cantores tienen la voz menos rajada, y mientras uno ofrece oraciones para las mujeres que no paren, el jefe de los otros, ciego de grande estatura, tocado por un sombrero negro, bordonea con larguísimas uñas en su vihuela, dando fin al romance:
—Hay en cada casa un huerto
De oro y plata fabricado
Que es prodigio lo que abunda
De riquezas y regalos.
A las cuatro esquinas de él
Hay cuatro cipreses altos:
El primero de perdices,
El segundo gallipavos,
El tercero cría conejos
Y capones cría el cuarto.
Al pie de cada ciprés
Hay un estanque cuajado
Cual de doblones de a ocho,
Cual de doblones de a cuatro.

Y ahora, dejando la tonada de la copla para tomar empaque de pregonero de levas, concluye el ciego con voz que alcanza los cuatro puntos de la feria, alzando la vihuela como estandarte:
—¡Ánimo, pues, caballeros,
Ánimo, pobres hidalgos,
Miserables buenas nuevas,
albricias, todo cuitado!
¡Que el que quiere partirse
A ver este nuevo pasmo
Diez navíos salen juntos
De Sevilla este año...!

Vuelven a escurrirse los oyentes, otra vez injuriados por los cantores, y se ve Juan empujado al cabo de un callejón donde un indiano embustero ofrece, con grandes aspavientos, como traídos del Cuzco, dos caimanes rellenos de paja. Lleva un mono en el hombro y un papagayo posado en la mano izquierda. Sopla en un gran caracol rosado, y de una caja encarnada sale un esclavo negro, como Lucifer de auto sacramental, ofreciendo collares de perlas melladas, piedras para quitar el dolor de cabeza, fajas de lana de vicuña, zarcillos de oropel, y otras buhonerías del Potosí. Al reír muestra el negro los dientes extrañamente tallados en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, y agarrando unas sonajas se entrega al baile más extravagante, moviendo la cintura como si se le hubiera desgajado, con tal descaro de ademanes, que hasta la vieja de las panzas se aparta de sus ollas para venir a mirarlo. Pero en eso empieza a llover, corre cada cual a resguardarse bajo los aleros —el titiritero con los títeres bajo la capa, los ciegos agarrados de sus palos, mojada en su aleluya la mujer que parió lechones—, y Juan se encuentra en la sala de un mesón, donde se juega a los naipes y se bebe recio. El negro seca al mono con un pañuelo, mientras el papagayo se dispone a echar un sueño, posado en el aro de un tonel. Pide vino el indiano, y empieza a contar embustes al romero. Pero Juan prevenido como cualquiera contra embuste de indianos, piensa ahora que ciertos embustes pasaron a ser verdades. La Arpía Americana, monstruo pavoroso, murió en Constantinopla, rabiando y rugiendo. La tierra de Jauja había sido cabalmente descubierta, con sus estanques de doblones, por un afortunado capitán llamado Longores de Sentlam y de Gorgas. Ni el oro del Perú, ni la plata del Potosí eran embustes de indianos. Tampoco las herraduras de oro, clavadas por Gonzalo Pizarro en los cascos de sus caballos. Bastante que lo sabían los contadores de las Flotas del Rey, cuando los galeones regresaban a Sevilla, hinchados de tesoros. El indiano, achispado por el vino, habla luego de portentos menos pregonados: de una fuente de aguas milagrosas, donde los ancianos más encorvados y tullidos no hacían sino entrar, y al salirles la cabeza del agua, se les veía cubierta de pelos lustrosos, las arrugas borradas, con la salud devuelta, los huesos desentumecidos, y unos arrestos como para empreñar una armada de Amazonas. Hablaba del ámbar de la Florida, de las estatuas de gigantes vistas por el otro Pizarro en Puerto Viejo, y de las calaveras halladas en Indias, con dientes de tres dedos de gordo, que tenían una oreja sola, y ésa, en medio del colodrillo. Había, además, una ciudad, hermana de la de Jauja, donde todo era de oro, hasta las bacías de los barberos, las cazuelas y peroles, el calce de las carrozas, los candiles. "¡Ni que fueran alquimistas sus moradores!", exclama el romero atónito. Pero el indiano pide más vino y explica que el oro de Indias ha dado término a las lucubraciones de los perseguidores de la Gran Obra. El mercurio hermético, el elixir divino, la lunaria mayor, la calamina y el azófar, son abandonados ya por todos los estudiosos de Morieno, Raimundo y Avicena, ante la llegada de tantas y tantas naves cargadas de oro en barras, en vasos, en polvo, en piedras, en estatuas, en joyas. La transmutación no tiene objeto donde no hay operación que cumplir en hornacha para tener oro del mejor, hasta donde alcanza la mano de un buen extremeño, parado en una estancia de regular tamaño.
Noche es ya cuando el indiano se va al aposento, trabada la lengua por tanto vino bebido, y el negro sube, con el mono y el papagayo, al pajar de la cuadra. El romero, también metido en humos yéndose a un lado y otro del bordón—y, a veces girando en derredor—, acaba por salirse a un callejón de las afueras, donde una moza le acoge en su cama hasta mañana, a cambio del permiso de besar las santas veneras que comienzan a descoserse de su esclavina. Las muchas nubes que se ciernen sobre la ciudad ocultan, esta noche, el Camino de Santiago.
V
Dice ahora, a quien quiere oírle, que regresa donde nunca estuvo. Allá quedó Santiago el Mayor y la cadena que le aprisionó y el hacha que lo decapitó. Por aprovechar las hospederías de los conventos y su caldo de berzas con pantortas de centeno; por gozar de las ventajas de las licencias, sigue llevando Juan el hábito, la esclavina y la calabaza, aunque ésta, en verdad, sólo carga ya aguardiente. Bien atrás quedó el Camino Francés, beneficio de otro que, al pasar por Ciudad Real, lo tuvo tres días pegado a los odres del más famoso vino de todo el Reino. De allí en adelante nota algo cambiado en las gentes. Poco hablan de lo que ocurre en Flandes, viviendo con los oídos atentos a Sevilla, por donde llegan noticias del hijo ausente, del tío que mudó la herrería a Cartagena, del otro que perdió su plata, por no tenerla registrada. Hay pueblos de donde han marchado familias enteras; canteros con sus oficiales, hidalgos pobres, con caballo y los criados. Ahora tocan cajas en todas las plazas, levando gente para conquistar y poblar nuevas provincias de la Tierra Firme. Los mesones, los albergues, están llenos de viajeros. Así, habiendo trocado la venera por la Rosa de los Vientos, llega Juan el Romero a la Casa de la Contratación, tan olvidado de haber sido peregrino, que más parece un actor de compañía desbandada, de los que a falta de dinero, echan mano a las arcas del vestuario, acabando por ponerse la casaca del bobo de entremés, las bragas del vizcaino, la cota de Pilato y el sombrero que llevaba Arcadio, el pastor enamorado de la comedia al estilo italiano, que no gustó. Poco a poco, haciéndose de unas calzas acá allá de una capa, cambiando la esclavina por zapatos, regateando al ropavejero, Juan lucía un atuendo que si en nada recordaba al romero, tampoco evocaba al soldado de los Tercios de Italia. Además, no era propósito suyo acudir a la llamada de las levas, pues bien le había advertido el Indiano que las conquistas a lo Cortés, yéndose en armada, no era ya lo que mejor aprovechaba. Lo que ahora pagaba en Indias era el olfato aguzado, la brújula del entendimiento, el arte de saltar por sobre los demás, sin reparar mucho en ordenanzas de Reales Cédulas, reconvenciones de bachilleres, ni griterías de Obispos, allí donde la misma Inquisición tenía la mano blanda, por tener muy poco que hacer con tantos negros e indios, escasamente preparados en materia de fe, sabiéndose, además, que si hubiese empeño en repartir sambenitos, los más se irían en vestir capellanes culpables del delito de solicitación en el confesionario; y como la atenuante del impulso repentino era tanto más válida en tierras calientes, el Santo Oficio americano había optado, desde el comienzo, por calentar jícaras de chocolate en sus braseros, sin afanarse en establecer distingos de herejía pertinaz, negativa, diminuta, impenitente, perjura o alumbrada. Además, donde no había iglesias luteranas ni sinagogas, la Inquisición se echaba a dormir la siesta. Podían los negros, a veces, tocar el tambor ante figuras de madera que olían a pezuña del diablo. Pero mientras con su pan se lo comieran, los frailes se encogían de hombros. Lo que molestaba eran las herejías que venían acompañadas de papeles, de escritos, de libros. Así, después de agacharse bajo el agua bendita, los negros e indios volvían muchas veces a sus idolatrías, pero hacían demasiada falta en las minas, en los repartimientos, para que se les viera, al tenor del Cuarto Evangelio, como el sarmiento seco que se amontona y arroja al fuego. De este modo, favoreciéndolo con la merced de su larga experiencia, el Indiano , lo había recomendado a un cordelero sevillano, cuya atarazana, repleta de catres y jergones, era posada donde otros aguardaban, como él, permiso para embarcar en la Flota de la Nueva España, que en mayo saldría de Sanlúcar con mucha gente divertida a bordo de las naves. Con el nombre de Juan de Amberes quedaba Juan asentado en los libros de la Casa de la Contratación —pues no debía olvidarse que se le esparaba en Flandes, luego de la promesa cumplida—, entre un Jorge, negro esclavo del Obispo de Tarragona, y uno que demasiado insistía en no ser hijo de reconciliado, ni nieto de quemado por herejía. En el mismo folio de asientos desfilaban, a continuación, un pellejero de la Emperatriz, un mercader genovés llamado Jácome de Castellón, varios chantres, dos polvoristas, el Deán de Santa María del Darién con su paje Francisquillo, un algebrista maestro en pegar huesos rotos, clérigos, bachilleres, tres cristianos nuevos, y una Lucía, de color de pera cocha. En eso del color, mejor hubiera sido no entrar en distingos, buscándose matices de era cocida o no, porque Juan, en sus andanzas por el laberinto bético, se asombraba ante el gran portento de los humanos colores. Y no eran tan sólos negros horros que esperaban el día de salir en las flotas, loros como brea o con el pellejo de berenjena; no eran tan sólo las morenas del para cumbé, guineas alcojoladas, mulatas de Zofalá, sino que se veían, en estas vísperas de salida, muchog indios que aguardaban el regreso a sus patrias en el séquito de prelados o capitanes, venidos a tratar negocios en la Corte. El solo Chantre Mayor de Guatemala, que embarcaría en la Flota, se traía tres criados, de color aceitunado, con las frentes ceñidas por tiras bordadas, y una manta de lana espesa, con los colores del arco iris, metida por la cabeza a modo de capisayo. Los tres llevaban cruces al cuello, pero sabe Dios de qué paganismo hablarían, en su idioma de respirar para dentro, que más soñaba protesta de sordomudo que a lengua de cristiano había indios de la Española, yucatecos que llevaban calzones blancos, y otros, de cabeza redonda, bocas belfudas, y pelo espeso, cortado como a medida de cuenco, que eran de la Tierra Firme, y hasta aparecían en misa, algunas veces, los ocho mexicanos de la casa de Medina Sidonia, que habían tocado chirimías —y muy diestramente, por cierto —en las fiestas dadas para celebrar el encuentro de Doña María con el Príncipe Felipe, en Salamanca. Todo aquel mundo alborotoso y raro, tornasolado de telas gritonas, de abalorios y de plumas, donde no faltaban eunucos de Argel, y esclavas moras con las caras marcadas al hierro, ponían un estupendo olor de aventuras en las narices de Juan de Amberes. Y luego, era la salmuera de los matalotajes, la brea de los calafates, las sardinas salpresadas de las tabernas de vino blanco, el dado echado a todas horas, y la endemoniada zarabanda que ya se bailaba en las casas del trato, donde los marineros habían traído la costumbre de mascar una yerba parda, que les teñía la saliva de amarillo, y ponía en sus barbas un fuerte olor a regaliz, a vinagre, a especias, y a muchas cosas más que no acababan de oler bien.
Y ya está Juan de Amberes en alta mar. No le dejan pasar a México, porque el Consejo quiere gente para poblar comarcas empobrecidas por los saqueos de piratas franceses, la falta de labradores, la mortandad de los indios en las minas. Juan recibió la nueva con pataleos y blasfemias. Pensó luego que era castigo de Dios, por no haber llegado hasta Compostela. Pero a punto apareció el Indiano de la feria de Burgos en el albergue de viajeros, para decirle que una vez cruzado el Mar Océano, podría reírse de los oficiales del Consejo, pasando a donde mejor le viniera en ganas, como hacían los más cazurros. Y así, ya sin enojo, anda Juan redoblando el tambor en la cubierta de su nave, para anunciar la carrera de cerdos que se hará en el sollado, antes de que los animales caigan bajo el cuchillo del cocinero, para ser salados. Queriéndose burlar el tedio de la calma chicha, y olvidar que el agua de los barriles ya sabe a podrido, se corren cochinos, se corren becerros, mientras todavía están en pie, en espera de otras diversiones. Habrá, luego, la batalla de jeringas cargadas de agua de mar; el palo atado a la cola del perro enfurecido, que romperá más de una cabeza de un molinete; la busca, a ojos vendados, del gallo apretado entre dos tablas, para zajarle la cabeza de un sablazo; y cuando todo esto aburre y el dinero de los unos ha pasado a ser de otros, diez veces, al juego de la quínola o el rentoy, se desatan las fiebres, caen los de la insolación, hay quien deja los colmillos en una galleta ya rumiada de ratones, pasa algún difunto por sobre la borda, pare mellizos la negra lora, vomitan estos, se rascan los otros, largan aquellos las entrañas, y cuando ya parece que no se aguanta más, de pulgas de liendres, de mugre y hediondeces, grita el vigía, una mañana, que por fin se divisa el morro del puerto de San Cristóbal de La Habana. Era tiempo de llegar: el ingrato camino para alcanzar la fortuna estaba cansando ya a Juan, a pesar de que peces voladores, vistos algunos días antes, le hubieran parecido un portento anunciador de Arpías Americanas y tierras de Jauja. Contento ahora, al mirar un campanario esbelto sobre el hacinamiento de tejados y chozas de lo que debe ser la ciudad, agarra los palillos y atruena el tambor con el compás de la marcha que llevaba su compañía, cuando entrara en Amberes a tomar cuarteles de invierno, para hacer la guerra a los herejes, enemigos de nuestra santa religión.
VI
Pero allí todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van, cartas que vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles hediondas, llenas de fango en todo tiempo, donde unos cerdos negros, sin pelo, se alborozan la trompa en montones de basura. Cada vez que la Flota de la Nueva España viene de regreso, son encargos a los patrones de las naves, encomiendas de escritos, misivas, infundios y calumnias, para entregar, allá, a quien mejor pueda perjudicar al vecino. En el calor que envenena los humores, la humedad que todo lo pudre, los zancudos, las nihuas que ponen huevos bajo las uñas de los pies, el despecho y la codicia de menudos beneficios —que grandes, allí, no los hay— roen las almas. Quien sabe escribir no usa la merced en escribir discursos de provecho, a la manera de los antiguos, alguna pastoral o invención de regocijo para el Corpus, sino que se las pasa mandando quejas al Rey, habladurías al Consejo, con la pluma mojada en tinta de hiel. Mientras el Gobernador trata de desacreditar a los Oficiales Reales en carta de ocho pliegos, el Obispo denuncia al Regidor por amancebado; el Regidor al Obispo, por usurpar cargos de Inquisidor, no conferidos por el Cardenal de Toledo; el Escribano Público acusa al Tesorero, amigo del Alcalde, acusa al Escribano de pícaro y trapacero. Y va la cadena, rompiendo siempre por lo más débil o lo más forastero. A éste se denuncia de haber comprado hierbas de buen querer a un negro brujo, a quien mandarán azotar en Cartagena de Indias; al Pregonero, porque dicen que cometió el nefando pecado; al Encomendero, por haber movido los linderos de un realengo; al Chantre, por lujurioso; al Artillero por borracho, al Pertiguero por bujarrón. El Barbero de la villa —bizco de daña con el solo mirar cruzado— es la espernada de la cadena de infamias, afirmando que Doña Violante, la esposa del antiguo gobernador, es zorra vieja que tiene comercio deshonesto con sus esclavos. Y así se lleva, en este infierno de San Cristóbal, entre indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros que huelen a garduña, la vida más perra que arrastrarse pueda en el reino de este mundo. ¡Ah! ¡Las Indias!...Sólo se le alegra el ánimo a Juan de Amberes, cuando llega gente marinera de México o de la Española. Entonces, durante días, recordando que fue soldado, roba a los carniceros un costillar que guisarán entre varios, en salsa de achiote o polvo de chile traído de la Veracruz —o ayuda a tumbar las puertas de las pescaderías, para cargar con las cestas de pargos y jicoteas. En esos meses, a falta de manjares más finos, Juan se ha aficionado a las novedad del jitomate, la batata y la tuna. Se llena las narices de tabaco, y en días de penurias —que son los más— moja su cazabe en melado de caña, metiendo luego la cara en la jícara para lamerla mejor cuando la tripulación de las flotas viene a tierra, se da a bailar con las negras horras —de cara de Diablo para hacer tal oficio, donde tanto escasean las hembras—, que tienen un corral de tablaje, con catres chinchosos, junto a la dársena del carenero. Lo poco que gana tocando el atambor cuando hay arco a la vista, encabezando alguna procesión, o tratando de concertar a las zambas que tocan maracas en los Oficios de Calenda, se lo gasta en el bodegón de un allegado del Gobernador, próximo la Casa del Pan, que suele recibir, de tarde en tarde, barricas del peor morapio. Pero aquí no puede hablarse de vino de Ciudad Real, ni de Ribadavia, ni de Cazalla. El que le baja por el gaznate, esmerilándole la lengua, es malo, agrio, y caro por añadidura, como todo lo que de esta isla se trae. Se le pudren las ropas, se le enmohecen las armas, le salen hongos a los documentos, y cuando alguna corroña es tirada en medio de la calle, unos buitres negros, de cráneo pelado, le destrenzan las tripas como cintas de Cruz de Mayo. Quien cae al agua de la bahía es devorado por un pez gigante, ballena de Jonás, con la boca entre el cuello y la panza, que allí llaman tiburón. Hay arañas del tamaño de la rodela de una espada, culebras de ocho palmos, escorpiones, plagas sin cuento. En fin, que cuando tintazo avinagrado se le sube a la cabeza, Juan de Amberes maldice al hideputa de indiano que le hiciera embarcar para esta tierra roñosa, cuyo escaso oro se ha ido, hace años, en las uñas de unos pocos. De tanto lamentar su miseria en un calor le tiene el cuerpo ardido y la piel como espolvoreada de arena roja, se le inflaman los hipocondrios, se le torna pendenciero el ánimo, a semejanza de los vecinos de la villa, cocinados en su maldad, y una noche de tinto mal subido, arremete contra Jácome de Castellón, el genovés, por fullerías de dados, y le larga una cuchillada que lo tumba, bañado en sangre, sobre las ollas de una mondonguera. Creyéndolo muerto, asustado por la gritería de las negras que salen de sus cuartos abrochándose las faldas, toma Juan un caballo que encuentra arrendado a una reja de madera, y sale de la ciudad a todo galope, por el camino del astillero, huyendo hacia donde se divisan, en días claros, las formas azules de lomas cubiertas de palmeras. Más alla debe haber monte cerrado, donde ocultarse de la justicia del Gobernador.
Durante varios días cabalga Juan de Amberes el rocín que pierde las herraduras en tierra cada vez más fragosa. Ahora que se dejaron atrás los últimos campos de caña, una cordillera va creciendo a su derecha, con cerros de lomo redondeado, como grandes perros dormidos bajo su lana de manigua. Siguiendo las orillas de un arroyo que viene bajando a saltos, trayendo semillas y frutas podridas, con altas malangas en los remansos y pececillos de ojos negros que titilan a contracorriente, el fugitivo va subiendo hacia donde los árboles cargan flores moradas, o se enferman, en la horquilla de un tronco, del tumor de una comejenera hirviente de bichos. Hay matas que parecen vestidas de cáscara de cebolla, y otras que cargan los nidos de enormes ratas. Juan deja el caballo en el amarradero de un tronco de ceibo, pues tendrá que trepar ahora por grandes piedras para alcanzar el filo de la cordillera. Y ya baja hacia la otra vertiente, cuando clarea el matorral, y se abre el mar a sus pies: un mar sin espuma, cuyas olas mueren, con sordo embate, en las penumbras de socavones habitados por un trueno de gravas rodadas. Al atardecer está en una playa cubierta de almejas, donde unas vejigas irisadas mueren al sol, entre cáscaras de erizos pomas leonadas y guamos grandes, de los que braman como toros. Juan se hincha los pulmones de aire salobre, de brisa fresca que le llena los ojos de lágrimas, al olerle a Sanlúcar el día de la partida, y también a su desván de Amberes, con la pescadería de abajo, cuando ladra un perro tras de los cocoteros, y ve el fugitivo, al volverse, un hombre barbado que le apunta con un arcabuz:
—¡Soy calvinista! —dice, en tono de reto.
—¡Yo he matado! —responde Juan, para tratar de descender, en lo posible, al nivel de quien acaba de confesar el peor crimen. El barbado afloja el arma, lo contempla durante un rato, y llama por un Golomón —negro de mejillas tasajeadas a cuchillo—, que cae de un árbol, casi encima de Juan, y le baja el sombrero sobre la cara, con tal fuerza que la cabeza se lo raja a media copa. Metido en la noche del fieltro, lo hacen caminar.
VII
Seiscientos fueron los calvinistas degollados por el desmadrado de Menéndez de Avilés en la Florida, cuenta el barbado, enfurecido, golpeando la mesa con anchos puños, mientras Golomón, más lejos, afila el machete en una piedra. De milagro escapó el hugonote, compañero de René de Landonnière, con treinta hombres que luego se dispersaron tratando de alcanzar la Española. Y el hombre, entreverando la doctrina de la predestinación con blasfemias para herir al cristiano, cuenta la degollina con tales detalles de tajos altos y tajos bajos, de sables mellados, que se paraban a medio cuello y terminaban aserrando —de hachazos que venían a caer en lo empinado del espinazo sonando a trinchante de carnicero— que Juan de Amberes agacha la cabeza con una mueca de disgusto, dando a entender que por honrar a Dios y a Jesucristo con menos latines, el castigo le parecía un poco subido, y más aquí donde las víctimas, en verdad, en nada molestaban. A uno, de un mandoblazo, le llevaron el hombro izquierdo con la cabeza. «Otro empezó a gatear, ya sin cabeza, con el pescuezo hecho un cuello de odre», —cuenta el barbado, furibundo, queriendo hallar objeción en el otro, para ordenar a Golomón que le tumbe, de un machetazo, todo lo que se le alza por encima de la nuez. Pero Juan de Amberes no aprueba ya por fingimiento. Él, que ha visto enterrar mujeres vivas y quemar centenares de luteranos en Flandes, y hasta ayudó a arrimar la leña al brasero y empujar las hembras protestantes a la hoya, considera las cosas de distinta manera, en ese atardecer que pudo ser a el último de su vida, luego de haber padecido la miseria de estos mundos donde el arado es invento nuevo, espiga ignorada la del trigo, portento el caballo, novedad la talabartería, joyas la oliva y la uva, y donde el Santo Oficio, por cierto mal se cuida de las idolatrías de negros que no llaman a los Santos por sus nombres verdaderos, del ladino que todavía canta areitos, ni de las mentiras de los frailes que llevan las indias a sus chozas para adoctrinarlas de tal suerte que a los nueve meses devuelven el Páter por la boca del Diablo. Que allá, en el Viejo Mundo, se pelee por teologías, iluminaciones y encarnaciones, le parece muy bien. Que demande el Duque de Alba a quemar al barbado, allá donde el hereje pretende alzar provincias contra el Rey Felipe, Campeón del Catolisismo, Demonio de Mediodía, es acto de buena política. Pero aquí se está entre cimarrones. Es cimarrón él mismo, por la culpa que acarrea. Cimarrón como el calvinista que ha compartido la cimarronada con un cristiano nuevo, tan nuevo que se olvidó del bautismo, luego de haber tenido que escapar de La Habana, al de nunciar que el Obispo vendía por buenas, a la Parroquial Mayor, unas custodias enchapadas, de lo peor, pidiendo su pago en oro del que se muerde. Así, con el calvinista y el marrano, ha encontrado Juan amparo contra la justicia del Gobernador, y calor de hombres. Y calor de mujeres. Porque, en la cimarronada que acaudillara Golomón, al escabar de una plantación de cañas de azúcar, los perros agarraron a muchos esclavos que fueron rematados luego por los ranchadores. Entretanto, las mujeres, que iban delante, alcanzaron el monte. Así, tiene ahora el tambor Juan de Amberes dos negras para servirle y darle deleite, cuando el cuerpo se lo pide. A la grandísima, de senos anchos, con la pasa surcada por ocho rayas, ha llamado Doña Mandinga. A la menuda, cuyas nalgas se sobrealzan como sillar de coro, y apenas si tiene un pelo ralo donde las cristianas lucen tupido vellón, ha llamado Doña Yolofa. Como Doña Mandinga y Doña Yolofa hablan idiomas distintos, no discuten a la hora de ensartar los peces por las agallas en el asador de una rama. Y así se va viviendo, en trabajos de encecinar la carne del jabalí o del venado, guardando bajo techo las mazorcas de los indios, en un tiempo detenido, de mañana igual a ayer, donde los árboles guardan las hojas todo el año, y las horas se miden por el movimiento de las sombras. Al caer de las tardes, una gran tristeza se apodera de los que viven en el palenque. Cada cual parece recordar algo, añorar, echar de menos. Sólo las negras cantan, en el humo de leña que demora sobre la mar tranquila, como una neblina que oliera a cortijo. Juan de Amberes se quita el sombrero, y, de cara a las olas, dice el Padrenuestro y también el Credo, con voz que le retumba a lo hondo del pecho, cuando afirma que cree en el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. El calvinista, más lejos, musita algún versículo de la Biblia de Ginebra; el marrano, de espaldas a las carnes desnudas de Doña Yolofa y Doña Mandinga, dice un salmo de David, con inflexiones que parecen de llanto contenido: «Clemente y misericordioso Jehová, lento para la ira y grande para el perdón...» Álzase la luna y los perros del palenque, sentados en la arena, aúllan en coro. El mar rueda sus gravas en los socavones de la costa. Y como el judío, después de los rezos, denuncia una trampa del calvinista en el juego de los naipes, se lían los tres a puñetazos, pegando, cayendo, abrazados en lucha, pidiendo cuchillos y sables que no les traen, para reconciliarse luego, entre risas, sacudiendo la arena que les ha llenado las orejas. Como no tienen dinero, juegan conchas.
VIII
Pero, al cabo de meses que no se cuentan, Juan se enferma de languidez. Pueden abanicarlo con pencas, la Doña Yolofa y la Doña Mandinga, espantando las diminutas moscas que se alzan, en este tiempo, sobre los manglares cercanos; pueden traer buenos peces los indios encandilándolos con teas en las cuevas de la costa. El Tambor de Amberes pasa largas horas sacando humo de tabaco de un hueso que para eso tiene, añorando los tiempos en que entraba en las ciudades, junto al abanderado, el trompeta y el pífano de boj, y a su paso se abrían las ventanas verdes, con adorno de corazones calados en la madera de los postigos, y sobre los alféizares florecidos asomábanse mujeres que parecían ofrecer el pecho sonrosado bajo el encaje de la camisola —que eso sí eran mujeres, las de Italia, de Castilla, de Flandes, y no esos pellejos de odres, con olor a chamusquina, tan duros que no podían pellizcarse, de las negras que aquí había que tomar como hembras. Con esas loras, lorísimas, no podía un antiguo colegial de Alcalá hablar de las mil cosas que había visto y aprendido en sus andanzas por el mundo, pues todo lo que sabían ellas era aporrear sus bárbaros tambores y cantar unas coplas tan extravagantes y repetidas que cuando las empezaban, a manera de un responso, sacudiendo unas sonajas, y coreando lo que Golomón guiaba a la comodidad de la garganta, Juan el Estudiante se iba al monte con los perros, en muestra de su disgusto. Porque estudiante había sido Juan según contaba al barbado y al judío —en la clase donde se enseñaban las artes del Cuadrivio, con el conocimiento de las cifras para tañer la tecla, el harpa y la vihuela, el modo de hacer diferencias, mudanzas y ensaladas, sin olvidar el conocimiento del canto llano y la práctica del órgano. Y como no había tecla ni vihuela en aquella costa, Juan demostraba, de palabras y tarareos, cómo sabía hacer glosas a una pavana o hermoseaba la tonada del Conde Claro o el Mírame cómo lloro, con floreos y adornos a la manera francesa o italiana, como ahora se acostumbraba en la Corte. Con el cuadro de aquellos conocimientos había crecido también la condición del fugitivo, que ahora resultaba ser el hijo de un escudero de los que en aquellos tiempos llevaban su penuria con dignidad, por no deshacerse de una casa solariega, desde cuyo zaguán divisábase —a la distancia de donde queda aquel árbol: y miraban todos para allá —la fachada de la Imperial Universidad de San Ildefonso, cuya vida estudiantil contaba el atambor con detalles, sucedidos y ocurrencias, que cada día tomaban mayores vuelos. Si alguna vez había sido soldado, lo debía al compromiso de servir al Rey, observado por todos sus antepasados, hasta donde las fechas se enredaban con las hazañas de Carlomagno. Así, dándose a encopetar el árbol genealógico, se aliviaba del hastío de comer tanta almeja, tanta tortuga mal adobada, tanta carne ahumada en las parrillas del calvinista. Su paladar reclamaba el vino con apremio casi doloroso, y cuando la mente se le iba tras de bodegones imaginarios, se le pintaban mesas enormes, cubiertas de perdices, capones, gallipavos, manos de vitela, quesos de grandes ojos, fuentes de escabechados, manjar blanco y miel de Alcarria. Pero no era Juan el único alanguidecido en aquel palenque, donde los negros y los indios, en cambio, librados de mastines ranchadores, se hallaban muy a gusto, en una constante paridera de mujeres y de perras. El judío soñaba con la Judería toledana, donde se vivía apaciblemente, desde hacía muchos años, pudiendo cada cual regocijarse en las bodas de mucha música, o escuchar a los sabios que leían los Tratados, sin que las persecuciones de otros días llenaran las casas de lágrimas y de sangre. Cerrando los ojos, vela el marrano las estrechas calles donde los linterneros y cuchilleros tenían sus talleres, junto a la pastelería de los hojaldres, con sus roscas de almendras y las toronjas alcorzadas. Los padres, conversos por pura forma, seguían el mandato de enseñar a sus hijos algún oficio manual, además de hacerles estudiar la Tora, y así, quien no hacía balanzas, como el primo Mossé, era trabajador en coral y pintor de barajas, como Isaac Alfandari; platero famoso como el otro primo Manahén, o Maestro de Llagas, como el pariente Rabi Yudah. Las judías endecheras cantaban por dinero en los entierros de cristianos, y en las oficinas y comercios sonaba siempre la bella música sorda de las cuentas movidas en el ábaco. Sueña el judío con la Judería, y el barbado sueña con París, de donde se dice oriundo, aunque la verdad es que nació en un arrabal de Rouen, y sólo estuvo ocho días al pie del Châtelet, siendo grumete de una barcaza leñera. Pero le bastaron los ocho días para ver a los farsantes que representaban comedias sobre un puente muy hermoso, meditar acerca de la vanidad de todo al pie de las horcas de Montfaucon, y catar el vino de las tabernas de la Magdalena y de la Mula. Afirma que no hay nada como París, y reniega de estas tierras ruines, llenas de alimañas, donde el hombre, engañado por gente embustera, viene a pasar miserias sin cuento, buscando el oro donde no reluce, siquiera, una buena espiga de trigo. Y habla de hembras rubias, y de la sidra que bulle, y de la oca que suda el zumo sobre un fuego de sarmientos, acabando de alterar los hipocondrios del tamborero, que increpa a Golomón por perezoso, ahora que le ha dado, de tanta oír, por hablar confusamente de un linaje que el hierro candente humilló en su carne. Todos fueron gente de condición, y el negro, que apenas si se acuerda, en cuanto a su nación, de un río muy ancho y muy enturbiado de raudales, a cuya orilla había chozas con paredes de barro embostado, habla de un mundo en que su padre, coronado de plumas, paseaba en carrozas tiradas por caballos blancos —semejante a la que hacían rodar los de Medina Sidonia, por la Alameda de Sevilla, en días de fiesta. Todos sueñan, malhumorados, entre cangrejos que hacen rodar cocos secos, triscando las frutillas moradas de un árbol playero, que medio saben a uva, y remozan apetencias de vino en las bocas hastiadas de cazabe y chicha de maíz. Todos piensan en cosas que poco tuvieron en realidad, aunque las columbraron con apetito adivino, hasta que revientan las lluvias, alzando nuevas plagas. Juan se enfurece, patalea, grita, al verse envuelto por tantas mosquillas negras que zumban en sus oídos, pringándose con su propia sangre al darse de manotazos en las mejillas. Y una mañana despierta todo calofriado, con el rostro de cera, y una brasa atravesada en el pecho. Doña Yolofa y Doña Mandinga van por hierbas al monte —unas que se piden a un Señor de los Bosques que debe ser otro engendro diabólico de estas tierras sin ley ni fundamento. Pero no hay más remedio que aceptar tales tisanas, y mientras se adormece, esperando el alivio, el enfermo tiene un sueño terrible: ante su hamaca se yergue, de pronto, con torres que alcanzan el cielo, la Catedral de Compostela. Tan altas suben en su delirio que los campanarios se le pierden en las nubes, muy por encima de los buitres que se dejan llevar del aire, sin mover las alas, y parecen cruces negras que flotaran como siniestro augurio, en aguas del firmamento. Por sobre el Pórtico de la Gloria, tendido está el camino de Santiago, aunque es mediodía, con tal blancura que el Campo Estrellado parece mantel de la mesa de los ángeles. Juan se ve a sí mismo, hecho otro que él pudiera contemplar desde donde está, acercándose a la santa basílica, solo, extrañamente solo, en ciudad de peregrinos, vistiendo la esclavina de las conchas, afincando el bordón en la piedra gris del andén. Pero cerradas le están las puertas. Quiere entrar y no puede. Llama y no le oyen. Juan Romero se prosterna, reza, gime, araña la santa madera, se retuerce en el suelo como un exorcizado, implorando que le dejen entrar. «¡Santiago! solloza—. ¡Santiago!» Al atorarse de agua salada, se ve a la orilla del mar y ruega que le dejen embarcar en una urca fondeada donde sólo ven los demás un tronco podrido. Tanto llora, que Golomón tiene que atarlo con unas lianas, dentro de su hamaca, dejándolo como muerto. Y cuando abre los ojos al atardecer, hay un gran alboroto en el palenque. Una nave en derrota, desmantelada por las Bermudas, ha venido a vararse en un cayo, frente a la costa. Traídas por la brisa, se oyen las voces de los marineros pidiendo ayuda. Golomón y el barbado empujan la canoa hasta el agua, mientras el marrano carga con los remos.
IX
En aquel amanecer la sombra del Teide se ha pintado en el cielo como una enorme montaña de niebla azul. El barbado, que viaja como cristiano, dándoselas de borgoñón pasado a las Indias con licencia del Rey (y se ha comprometido a demostrarlo a la llegada), sabe que sus andanzas terminarán muy pronto. Como la Gran Canaria tiene comercio con gentes de Inglaterra y de Flandes, y más de un capitán calvinista o luterano descarga allí su mercancía, sin que le pregunten si cree en la predestinación, ayuna en cuaresma o quiere bulas a buen precio, sabe que le será fácil perderse en la ciudad, viendo luego cómo escapar de la isla y pasarse a Francia. Dirige a Juan una mirada entendida, por no hablar de lo que saben ambos. Por lo pronto, hay ya el contento de haber vuelto a encontrar, en la lenteja y el salpicón, el queso y la salmuera, sabores que se añoraban demasiado, allá en el palenque donde quedaron, más llorosas por despecho que por duelo, la Doña Yolofa y la Doña Mandinga, que casi se tenían por damas castellanas ante las otras negras, al saberse las mancebas del hijo de algo tan grande como debía serlo un Escudero. El enfermo donde lo esperaban las sandalias y el bordón del peregrino, que las promesas eran promesas, y por no cumplir la suya le habían llovido las malandanzas. Y ahora, tan cerca de pisar tierra de la buena y verdadera, después de largas semanas de mar, se siente alegre como recordaba haberlo estado, cierta tarde, luego de bañarse con el agua del Hospital de Bayona. Piensa, de pronto, que al haber estado allá, en las Indias, le hace indiano. Así, cuando desembarque, será Juan el Indiano. Oye entonces un alboroto de marineros en el castillo de popa, y creyendo que se regocijan por la pronta llegada, corre a verlos, seguido del barbado. Pero lo que allí ocurre no es cosa de risa: los hombres rodean al cristiano nuevo, zarandeándolo a empellones. Uno lo tira al suelo de una zancadilla, y levantándolo por la piel del cogote lo hace arrodillarse: «¡El Padrenuestro!» —le grita en la cara. «¡El Padrenuestro y luego el Avemaría!» Y Juan se entera de que los marineros espiaban al cristiano nuevo desde hacía varios días, al saber, por boca del cocinero que, con la treta de servirle de marmitón, había robado alguna harina para hornearse un pan sin levadura. Y hoy, que era sábado, lo habían visto bañarse temprano y ponerse ropa limpia. «¡El Padrenuestro!», aúllan todos ahora, dándole de puntapiés. El marrano, atolondrado, gime súplicas que nadie escucha, y al recibir el latigazo de una soga de nudos, empieza a murmurar algo que no es Padrenuestro ni Avemaría, sino el Salmo de David que recitaba en el palenque, tres veces al día: «Clemente y misericordioso Jehová, lento para la ira y grande para el perdón...» No termina de decirlo, cuando todos se le echan encima, pateándolo, mientras uno corre por los grillos. Y ya lo tienen aherrojado, escupiendo los dientes que le desprendieron de un garrotazo, cuando se vuelven todos hacia el barbado, a quien acosan de repente contra una borda, llamándolo corsario luterano. El otro, haciendo frente, protesta con tal firmeza, amenazando con elevar una queja al Consejo, que el patrón, indeciso, acaba por pedir sosiego. Por las dudas, decide que lo más cuerdo es entregar al fingido borgoñón a la justicia de Las Palmas, la cual proveerá a poner en claro el caso de la tal licencia para pasar a las Indias. Lívido, el barbado se ve remachar un par de hierros en los tobillos, mientras se llevan al marrano, entre insultos, arrojándole baldes de agua sucia a la cara. Va tan lastimado que deja un rastro de sangre por donde pasa. Mira Juan cómo lo tiran escala abajo, y cierran una escotilla sobre su última queja. Acaba de saber que, después de haber sido isla de paz para moros y conversos, y de vista muy gorda para marinos y mercaderes luteranos, la Gran Canaria se ha erigido en atalaya mayor del Campeón del Catolicismo, representado por el ministerio de un tremebundo inquisidor que ha plantado, en La Palma, la Cruz Verde del Santo Oficio, apresando tripulaciones enteras por sospechosas. Sus calabozos están llenos de patrones holandeses, de capitanes anglicanos, prestos a ser entregados al Brazo Secular. Golomón, agazapado al pie del trinquete, tiembla como un afiebrado, temiendo que le pregunten por qué, cuando rezaba ante Nuestro Señor Jesucristo, en la hacienda del amo cuya marca se le clarea en el pellejo, no llamaba al Redentor por su nombre, sino que lo alababa en su lengua, luego de colgarse muchos abalorios al cuello. Juan trata de aquietarlo, como a perro bueno, con palmadas en los hombros, sin poderle decir —por temor a quien pudiera oírlo —que en días de Tablado Mayor no gastaba leña la Inquisición en quemar negros, sino más bien doctores demasiado conocedores del árabe, teólogos de oreja puntiaguda, gente protestante, o difundidores de un librejo hereje, muy perseguido en los puertos donde anclaban las naves holandesas, que tenía por título «Alabanza de la Locura», o «Elogio de los Locos», o algo semejante. Y como ya se acerca el día de la Trinidad, y la Trinidad es fiesta buena para los autos, Juan el Indiano ve ya al marrano de sambenito negro, mientras el barbado se le figura vistiendo uno amarillo, con la cruz de San Andrés bordada en rojo, delante y detrás. Luego de recibir la bendición al pie del Estandarte, montarían los dos en sus burros, en medio de la gritería y el escarnio de los que hubiesen venido de muy lejos para ganarse los cuarenta días de indulgencia, y serán arreados hacia el brasero, con otros muchos herejes, llevándose en alto los retratos de quienes, por fugitivos, quedarían ardidos en efigie.
X
Un día de feria, al cabo de una calle ciega, está Juan el Indiano pregonando, a gritos, dos caimanes rellenos de paja que da por traídos del Cuzco, cuando lo cierto es que los compró a un prestamista de Toledo. Lleva un mono en el hombro y un papagayo posado en la mano. Sopla en un gran caracol rosado, y de una caja encarnada sale Golomón, como Lucifer de auto sacramental, ofreciendo collares de perlas melladas, piedras para quitar el dolor de cabeza, fajas de lana de vicuña, zarcillos de oropel, y otras buhonerías del Potosí. Al reír muestra el negro los diente, tallados en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, de tres incisiones, a usanza de su pueblo, y, agarrando unas sonajas, se entrega al baile, moviendo la cintura con tal desencaje que hasta la vieja de los mondongos y las panzas se aparta de su tenducho arrimado al Arco de Santa María, para venir a mirarle. Como en Burgos se gusta ya de la zarabanda, el guineo y la chacona, muchos lo celebran, pidiendo otra novedad del Nuevo Mundo. Pero en eso empieza a llover, corre cada cual a resguardarse bajo los aleros, y Juan el Indiano se encuentra en la sala de un mesón, con un romero llamado Juan, que andaba por la feria, con su esclavina cosida de conchas —venido de Flandes para cumplir un voto hecho a Santiago, en días de tremenda peste. Juan el Indiano, que desembarcó en Sanlúcar, llevando el bordón y la calabaza de los peregrinos en cumplimiento de promesa, largó el hábito en Ciudad Real, un día que Golomón, armándose de un mono y un papagayo para ayudarse a revender baratijas de feriantes, le demostrara que pregonando novedades de Indias se ganaba lo suficiente, en dos jornadas propicias, para holgarse con vino y mozas durante una semana. El negro se desvive por catar la carne blanca que gusta de su buen rejo; el indiano, en cambio, pierde el tino cuando le pasa una lora por delante, de las que tienen la grupa sobrealzada como sillar de coro. Ahora, Golomón seca el mono con un pañuelo, mientras el papagayo se dispone a echar un sueño, posado en el aro de un tonel. Pide vino el indiano, y comienza a contar embustes al romero llamado Juan. Habla de una fuente de aguas milagrosas, donde los ancianos más encorvados y tullidos no hacen sino entrar, y al salirles la cabeza del agua se la ve cubierta de pelos lustrososo, las arrugas borradas, la salud devuelta, los huesos desentumecidos, y unos arrestos como para empreñar una armada de Amazonas. Habla del ámbar de la Florida, de las estatuas de gigantes vistas por Francisco Pizarro en Puerto Viejo, y de las calaveras con dientes de tres dedos de gordo, que tenían una oreja sola, y esa, en medio del colodrillo. Pero Juan el Romero, achispado por el vino bebido, dice a Juan el Indiano que tales portentos están ya muy rumiados por la gente que viene de Indias, hasta el extremo de que nadie cree ya en ellos. En Fuentes de la Eterna Juventud no confiaba nadie ya, como tampoco parecía fundamentarse en verdades el romance de la Arpía Americana que los ciegos vendían, por ahí, en pliego suelto. Lo que ahora interesaba era la ciudad de Manoa, en el Reino de los Omeguas, donde quedaba más oro por tomar que el que las flotas traían de la Nueva España y del Perú. Las comarcas que se extendían entre la Bogotá de los ensalmos, el Potosí —milagro mayor de la naturaleza— y las bocas del Marañón, estaban colmadas de prodigios mucho mayores que los conocidos, con islas de perlas, tierras de Jauja, y aquel Paraíso Terrenal que el Gran Almirante afirmaba haber divisado en algún paraje— y todos le conocían ahora la carta escrita antaño al Rey Fernando— con su monte en forma de teta. Se hablaba de un alemán, muerto con el secreto de un reino donde las bacías de los barberos, las cazuelas y peroles, el calce de las carrozas, los candiles, eran de metal precioso. Seguían templándose las cajas para salir a nuevas empresas... Pero aquí corta Juan el Indiano el discurso de Juan el Romero, diciéndole que las conquistas a lo Pizarro, yéndose en armada, no eran ya lo que mejor aprovechaba. Lo que ahora pagaba en las Indias era el olfato aguzado, la brújula del entendimiento, el saltar por sobre los demás, sin reparar mucho en ordenanza de Reales Cédulas, reconvenciones de bachilleres, ni griterías de Obispos, allí donde la misma Inquisición tenía la mano blanda, calentándose más jícaras de chocolates en los braseros, que came de herejes... Las cajas que acá se templaban no conducían a la riqueza. Las cajas que debían escucharse eran las que sonaban allá, pues eran las que llamaban a las nuevas entradas donde los hombres se hacían de haciendas portentosas, guerreando menos que antes y llevando médicos de una pasmosa ciencia en lo de pegar huesos rotos y curar mordeduras de alimañas con las propias plantas de los indios.
XI
Al día siguiente, luego de haber regalado las veneras de su esclavina a la moza con quien pasara la noche, toma Juan el Romero el camino de Sevilla, olvidándose del Camino de Santiago. Le sigue Juan el Indiano, tosiendo y garraspeando, pues se ha resfriado con el viento que baja de las sierras. Cuando tirita en el camastro de una venta, añora el calor que Doña Yolofa y Doña Mandinga llevaban dentro de la piel demasiado dura. Mira el cielo aneblado, rogando por el sol, pero le contesta la lluvia, cayendo sobre la meseta de piedras grises y piedras de azufre, donde las merinas mojadas se apretujan en el verdor de un ojo de agua, hundiendo las uñas en la greda. Golomón viene detrás, descalzo, con el mono y el papagayo arrebozados en la capa, embistiendo, con el sombrero pajizo, un aire que le hiela. En Valladolid los recibe el hedor de un brasero, donde queman la mujer de uno que fue consejero del Emperador, en cuya casa se reunían luteranos a oficiar. Acá todo huele a carne chamuscada, ardeduras de sambenito, parrilladas de herejes. De Holanda, de Francia, bajan los gritos de los emparedados, el llanto de las enterradas vivas, el tumulto de las degollinas, la acusación, en horribles vagidos, de los nonatos atravesados por el hierro en la matriz de sus madres. Unos dicen que empiezan tiempos nuevos, en la sangre y en las lágrimas; otros claman que roto es el Sexto Sello, y pondráse el sol negro como un saco de cilicio, y los reyes de la tierra, y los príncipes, y los ricos, y los capitanes, y los fuertes, y todo siervo y todo libre, se esconderán en las cuevas y los montes. Pero, más allá de Ciudad Real, algo cambia en las gentes. Poco hablan ya de lo que ocurre en Flandes, viviendo con los oídos atentos a Sevilla, por donde llegan noticias de hijos ausentes, del tío que mudó la herrería a Cartagena, del otro que tiene buena posada en Lima. Hay pueblos de donde han marchado familias enteras; canteros con sus oficiales, hidalgos pobres con el caballo y los criados. Juan el Indiano y Juan el Romero aligeran el paso, al ver alzarse la primera huerta de naranjos, entre el morado de las berenjenas y el cobre de los melones, burelados por un campo de sandías. Reaparecen las tabernas de vino blanco, las negras loras o de color de pera cocha, con las nalgas sobrealzadas como sillar de coro. En brisas de salmuera, de brea, de madera resinosa, ármase el alboroto de los puertos de embarque. Y cuando los Juanes llegan a la Casa de la Contratación, tienen ambos —con el negro que carga sus collares— tal facha de pícaros, que la Virgen de los Mareantes frunce el ceño al verlos arrodillarse ante su altar.
—Dejadlos, Señora —dice Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé, pensando en las cien ciudades nuevas que debe a semejantes truhanes—. Dejadlos, que con ir allá me cumplen.
Y como Belcebú siempre se pasa de listo, he aquí que se disfraza de ciego, vistiendo andrajos, poniendo un gran sombrero negro sobre sus cuernos, y, viendo que ha dejado de llover en Burgos, se sube a un banco, en un callejón de la feria, y canta, bordoneando en la vihuela con sus larguísimas uñas:
—¡Ánimo, pues caballeros
Ánimo, pobres hidalgos,
Miserables, buenas nuevas,
Albricias, todo cuitado.
Que el que quiere partirse,
A ver este nuevo pasmo,
Diez naves salen juntas,
De Sevilla este año...!

Arriba, es el Campo Estrellado, blanco de galaxias.